viernes, 18 de septiembre de 2015

Mon premier voyage, mon premier amour

Me gusta escribir sobre los sitios que visito; es una forma de revivir la experiencia, rellenar algunas lagunas de la memoria y, de alguna manera, compartir momentos que son muy míos... y ahora me doy cuenta de que nunca he escrito sobre mi primer viaje, y el amor que sentí, casi a primera vista, hacia una ciudad que, ¡ay! hace años no piso, pero a la que siempre me prometo volver...


Servidor, en 1970. Y en París

Algunas veces digo que, si llegase a escribir mi biografía, empezaría con una sola frase: "Llegué a París en Abril de 1970..."... ahora no tiene mucho sentido, pero si hubiéseis pasado años y años oyendo contar batallitas a los que estuvieron allí en aquel Mayo del 68 que, al principio, parecía que lo iba a cambiar todo, después, que no había cambiado nada, y ahora llegas a pensar que sí, que cambió muchas cosas... lo entenderíais perfectamente.

El viaje era, simplemente, el Paso del Ecuador de mi curso en la Facultad de Ciencias Económicas: por aquel entonces, la gente viajaba poquísimo, salvo los emigrantes; fuera de España, todo era caro de narices, y dentro tampoco atábamos perros con longanizas, precisamente: pude apuntarme, junto a mis amigos más próximos, porque hice de "extra" durante varios días en una producción cinematográfica y conseguí una pesetas que, en aquel momento, difícilmente habría podido reunir, con la situación económica familiar en uno de sus momentos más apurados... al acudir al banco y cambiarlas por los Nouveaux Francs, se transformaron en un ridículo fajo de pocos, muy pocos billetes... con los que debía sobrevivir en París durante, creo, unos 10 o 12 días...

Salimos un grupo no muy grande, menos de veinte, acompañados por un joven profesor de Contabilidad, Ignacio Casanovas, con el que trabaríamos una buena amistad. A Ignacio, fallecido ya hace años, le debo haber aprendido mucha Contabilidad, y, además, en un tiempo record: pocos días antes del examen final, tomando unas copas, se le ocurrió decirme: "A ti, Antonio, te aprobaré porque somos amigos, pero tú, de contabilidad... ¡ni puta idea, vamos...!" ¡¡Uy, lo que me dijo...!! Estudié como un jabato, noche y día, y tuvo que rendirse a la evidencia y ponerme un nueve, ante su sorpresa, y eso porque me equivoqué en una resta... Subimos al tren, un expreso que empleaba toda una tarde y una noche en cruzar las verdes tierras de Francia, durmiendo sobre los incómodos asientos de eskay azul... pasamos por Carcassonne, cuya ciudadela iluminada fue el primer impacto de la noche, Toulouse -creo- , y enfilamos hacia las tierras del Loira, que también pude ver al cruzarlo por un larguísimo puente... no recuerdo si en Limoges o en Brive-la Gaillarde bajamos del tren para comprar una botella de agua mineral; al ver el precio, horrorizados, volvimos a mirar nuestro fajito de nouveaux, y llegamos a la conclusión de que la cosa, pese a las latas de conserva que llevábamos en las maletas, pintaba mal... creo que había sido en la aduana de Port Bou cuando, al amable policía que me revisaba el equipaje, le había dicho, sonriendo... "No se preocupe, no llevo drogas...", a lo que me había respondido: "A los españoles no os registramos por las drogas... ¡os registramos por el chorizo!". En España era aún endémica la Peste Porcina Africana, y estaba estrictamente prohibido sacar a Europa -Europa entonces estaba fuera- ningún producto del cerdo.



Serían más o menos las ocho de la mañana cuando el grupito de entumecidos viajeros bajamos del vagón en la Gare d'Austerlitz...una amiga, aún más dispuesta que yo a dejarse enamorar por París, abrió los brazos, casi en trance, y exclamó... "¡La luz de los Impresionistas...!" "¡Coño, es niebla!" -dije yo, prosaico... no se veía ni a diez metros, pero lo que se intuía... ¡oh, qué bonito...!

Nos hospedábamos en el Hôtel du Châteudun, en la Rue Châteaudun, muy cerca de Nôtre Dame de Lorette: la localización era magnífica, a pocos minutos andando de los Boulevards, y a un cuarto de hora de Pigalle y Montmartre...el hotel en sí, adecuado a nuestra economía, es decir, algo cutrillo... curiosamente, -para nuestra sorpresa, viniendo de un país tan racialmente plano como la España de la época- éramos los únicos blancos; personal y clientela eran todos, creo recordar, antillanos, que nos acogieron muy amablemente, supongo que por la novedad... nuestra habitación -la compartíamos dos amigos y el profe- era amplia, dotada de un cuarto de baño con una enorme bañera, un lavabo, un bidet... y nada más: el retrete era comunitario, y estaba en el hueco de la escalera, con un fastuoso WC de porcelana decorada, y un pomo de cadena que, desde el primer momento, me propuse robar al final de mi estancia... por desgracia, algún compañero se me adelantó. Para hacer pipí, no había problema, el bidet servía... había dos camas individuales y una de matrimonio que, naturalmente, asignamos a Ignacio; hasta el segundo día no descubrimos que el extraño aparato que había junto a la cama de matrimonio, y que confundimos con una radio, era un cacharro que, si metías un franco, imprimía a la cama un movimiento de masaje... un día se lo quise enseñar a una compañera, una estudiante de medicina muy guapa, que no recuerdo por qué se había añadido a nuestro grupo, y fuimos pillados in fraganti por el profe, que, luego, se disculpaba, creyendo que me había fastidiado el plan... ¡era bastante más optimista que yo!.



Ávidos de verlo todo, nos lanzamos a la desesperada sobre París: tanto recorríamos la ciudad en Metro, para aprendernos las líneas, como andábamos durante horas por sus calles... todo nos parecía grande, todo nos parecía extraordinario, nada recordaba la triste ciudad de un país triste de donde veníamos... recuerdo el sentimiento al ver ondear, limpia en sus colores, la Tricoleur, que me parecía -y me sigue pareciendo- la bandera de un país de ciudadanos libres... yo ya era un francófilo declarado, pero aquel viaje me remató definitivamente.

¡Y los museos...! pasamos horas en el Louvre... vale que yo ya conocía El Prado, por eso su sección de pintura me impresionó, pero dentro de un orden... recuerdo, eso sí, la emoción de poder ver La Gioconda a la altura de mis ojos, y sin los blindajes protectores que el vandalismo ha hecho, por desgracia, necesarios; pero mi emoción se desbordó en su sección de antiguedades clásicas, empezando ya por la Victoria de Samotracia que presidía la escalinata... la Venus de Milo, antiguedades griegas, egipcias, babilónicas... saltábamos como pajarillos de una a otra, dándonos codazos... "¡Mira, esto...!" "¡Mira, lo otro...!"... pero donde seguramente más disfruté fue en el Jeu de Paume, donde estaba entonces el Museo de los Impresionistas, que he vuelto a visitar después en el Quai d'Orsay.

París estaba lleno de atractivos para unos españolitos del mediofranquismo... lo primero que hicimos fue visitar la embajada de Cuba y la de la China Popular... salimos cargados de folletos y Grammas, de la primera, y de Libros Rojos de Mao, en una cuidada traducción castellana, en la segunda...curiosamente, el mío desapareció poco después de casa de mis padres: mis hermanos se lo achacaban a la asistenta que teníamos entonces, y llegamos a la conclusión de que había cumplido su misión si servía para la toma de conciencia de las Clases Populares... Yo, por mi cuenta, que atravesaba una época sindicalista, localicé en el listín -el Bottin- la sede de la CNT, para descubrir, con sorpresa, que se trataba de la rama francesa; la española en el exilio abría muy pocos días a la semana; pero igualmente me encontré con un grupo de viejos excombatientes de las columnas anarquistas, ya ligeramente ancianos, con los cuales pude tener una interesante conversación, que me convenció, una vez más, de la coherencia y altura ética de los ideales de la Acracia, y de sus nulas, por decir poco, posibilidades de aplicarse a la dura realidad.



Justo es reconocer que había otro tema en el que éramos claramente deficitarios, y, por decirlo rápido, enseguida nos planteamos ir a un cabaret: y no elegimos uno malo, precisamente, sino el Crazy Horse, uno de los más conocidos, en plenos Champs Elysées... acongojados como pueblerinos en la Ville Lumière, nos acercamos a la taquilla, y acabamos comprando las entradas más baratas, con derecho a una mesa pequeñita, tipo francés -es decir, del tamaño de un plato grande- y una consumición de un Champagne de marca ampliamente desconocida, situada a unos ciento cincuenta metros del escenario.

Se abrieron las luces, sonó la música, y de un lado y otro del vistoso decorado empezaron a aparecer figuritas, del tamaño aparente del dedo meñique, ataviadas con profusión de plumas de colores y lentejuelas... abalanzándonos sobre la precaria mesa, entornábamos los ojos para concentrar más la vista, conteniendo la respiración... "No llevan nada arriba, ¿verdad?" preguntaba, ansioso, mi compañero..."No, juraría que no..." contestaba yo, viendo demasiado saltarines aquellos senos como guisantes que imaginaba, más que veía... así nos tiramos todo el espectáculo, hasta que, en la apoteosis final, apareció en escena, recorriendo al galope corto la pasarela central de la sala -que bien podrían haber usado las mozas-... un hermoso caballo... "¡Ese sí que va en pelotas!", exclamé yo, entusiasmado...

Ante el fracaso, decidimos buscar una alternativa más canaille... no faltaban lugares en París; casi cada día cruzábamos frente a un dudosísimo local en Pigalle donde el portero, al oírnos hablar en Español, pasaba rápidamente a nuestra lengua... "¡Espectaculo -así, con acento en la "u"- continuo: buen culo, buenas tetas...!" No sé por qué optamos por un local peor aún, en una de las callejuelas próximas a la Plaza de la Bastilla donde, para nuestra sorpresa, las cloacas discurrían a cielo abierto, en una zanja central de la calle. En una sórdida sala con capacidad para unas treinta o cuarenta personas, una señora de unos treinta años -algo pasadita ya, para nosotros- se desnudó con la misma sensualidad que hubiese empleado para ponerse la bata de boatiné al llegar a casa, mostrando un cuerpo desnudísimo, eso sí, blanco lechoso, no especialmente bonito y con algún moretón estratégicamente distribuido... yo no me atrevía a mirarle la cara, de vergüenza propia y ajena, mientras me pasaba unas tetillas que ya iniciaban su declive a pocos centímetros de las narices... la nota divertida de la noche la dio un matrimonio centroamericano, al parecer en viaje de novios, que no sé como diablos habría acabado en aquel antro... la bailarina -porque algo bailaba- sacó a la pista al recién casado, y su esposa -en voz muy bajita, pero en perfecto castellano -le advirtió: "¡Si bailas con esa, esta noche conmigo no duermes...!" Esta vez no había ni Champagne malo, creo que libramos con una Cocacola o algo parecido.


¡Qué simpáticos, los Boches! se dejaron un Panzer, para que me apoye...

Completé mi ración de lo Prohibido asistiendo, en la Cinemathèque, a una proyección de "Memorias del Subdesarrollo", la magnífica obra del gran director cubano Gutiérrez Alea: no recuerdo por qué razón, aquella tarde iba solo; entré con las luces ya apagadas, y me acomodé en el suelo, entre un caballero de gran estatura y una chica jovencita, que me hicieron sitio como pudieron. Además, para mi sorpresa, todo el mundo estaba fumando, cosa desconocida para mí; en España, el Cine y la Iglesia, así como algunos polvorines militares, eran los únicos lugares donde no se podía fumar entonces: encendí mi "Ducados" y me concentré en la película.

En un determinado momento, el protagonista escribe a máquina: "¡Ya me están jodiendo...!"; los subtítulos franceses ofrecieron una versión considerablemente más suave, algo así como "Me están molestando...", y una carcajada unánime resonó en la sala... resultaba que la mayoría éramos hispanófonos, y muchísimos, directamente españoles... el grandullón era, previsiblemente, de Bilbao, y la chica jovencita, de Madrid. Al salir, un grupo numeroso nos juntamos a tomar unas bières, pocas, porque al precio que iban...

No había contado que, la primera noche que pasamos en París, habíamos subido hasta Montmartre y, en la Place du Tertre, entramos en un local bastante grande, creo recordar que Le Funiculaire; allí, en una mesa alargada, había una docena de chicos y chicas de nuestra edad, cantando acompañados por uno de ellos, que tocaba la guitarra... en cuanto nos oyó hablar, arrancó con los sones de "¡Ay, Carmela...!"... resultó ser hijo de un exiliado leonés, juntamos mesas y grupos y, cada noche, subíamos a compartir con ellos alguna bebida y cantar un rato...no resultaba difícil integrarse en la población local, la verdad... sobre todo, tratándose de una población tan cosmopolita: por primera vez, veíamos en las calles ciudadanos de otras etnias; magrebíes, subsaharianos, indochinos... no sin tensiones, por supuesto; una tarde, paseando por cerca de Montmartre, me sorprendió un control de la Gendarmería: con una MAT 49 en la barriga, fui empujado hacia una pared, donde había ya cinco o seis magrebíes... mientras buscaba mi pasaporte -lo juro- no recuerdo si dije "Je suis espagnol" o "je suis chrétien"... me dejaron seguir, y me despedí de mis compañeros de desdicha con un guiño de complicidad, ya que no de solidaridad... si contempláis mi foto que abre esta entrada, comprenderéis perfectamente la confusión.

El "Tiburón", un fetiche de la época...

Quedaba, por supuesto, el espinoso problema de la subsistencia: ya os adelanto que nuestro presupuesto no nos permitía disfrutar de los encantos de la cocina francesa: es cierto que, en otras visitas, descubrí lugares donde, por poco dinero, podías hacerlo, y recuerdo especialmente una boulangerie, a pocos metros del Palacio del Elíseo, en cuya trastienda, y por un precio muy sensato, podías deleitarte con un boeuf bourgignon inolvidable... entonces, probamos los comedores universitarios pero, sinceramente, lo encontramos incomestible: restaurantes visitamos alguno italiano, y mi primer chino, casi inexistentes entonces en Barcelona, así como también mi primera -y de estas no ha habido muchas más- hamburguesería... comíamos en el hotel, de las latas que llevábamos, y también descubrimos, en determinadas porterías del Barrio Latino, unas señoras ataviadas más o menos como nuestras castañeras, sentadas en una silla de enea, con un mantón, una falda y un delantal hasta el suelo, y una cesta de baguettes a su lado; sacaban de debajo del delantal -o de la falda, yo no me atrevía a mirar- porciones de queso o de paté de campagne, y te hacían un bocadillo de media baguette que, con una cerveza, te mantenía hasta la noche... de todas maneras, juraría que no engordé.

Me sucedieron muchas más aventuras, que prometo contar... si me preguntáis, a bote pronto, qué me impresionó más de París, os contestaría... que los urinarios públicos. No es broma; existían aún las famosas "Vespasiennes", unos urinarios metálicos cilíndricos, situados en medio de las aceras, que no llegaban hasta el suelo; veías los pies de los usuarios y, si prestabas atención, incluso oías el chorrito... y me llamaban la atención, justamente, por la escasez de esos equipamientos en España. creo que en Barcelona sólo existían unos en la Plaza de Catalunya, que fueron cerrados con la falaz excusa de que eran lugares de ligue para los homosexuales... nuestros dirigentes, claro que sí, saben que los ciudadanos orinamos, incluso han oído hablar de una cosa llamada próstata: simplemente, les importa un pito: "¡Que se jodan, que vengan meados de casa, o que meen por la privada: que entren en un bar y pidan un café...!" deben pensar... en una sociedad democrática y libre, los Poderes Públicos se preocupan de que sus ciudadanos orinen digna y ordenadamente, y con cargo a Presupuestos -o, como mucho, dejando una propinilla a "Madame Pipí"...- en Japón, un Estado democrático, y claramente comunitario, los lavabos públicos son auténticos centros de civismo, limpios como patenas... aquellas vespasiennes -desgraciadamente, eso sí, sólo para hombres, y para aguas menores- fueron, para mí, la prueba de que se podía gobernar pensando en las necesidades de la gente común y corriente, y ¿qué otra cosa podemos pedir...?

¡Pssssssssss...!









martes, 15 de septiembre de 2015

Mi Manifiesto Electoral

Ejercí por primera vez el Derecho a Voto a la temprana edad de dieciocho añitos, allá por el 1967, en unas elecciones al Consejo Provincial del Movimiento, órgano cuyas funciones desconocía, y sigo desconociendo, pero imagino que no serían especialmente decisivas: Lo hice a petición de unos amigos, para que tachase de la lista -única, por supuesto- a un ciudadano al que yo tampoco conocía, pero ellos si, y afirmaban, rotundamente, que era un cabrón con pintas.





Después de tan poco prometedor inicio, mi performance democrática no podía sino mejorar: así, he acudido a votar todas las veces que he sido llamado a hacerlo, y he procurado siempre votar en conciencia, eligiendo a los candidatos que, en mi opinión, mejor encarnaban mis ideas sobre la organización social que yo consideraba, si no perfecta -tampoco exageremos- sí menos mala. También ha ayudado el hecho de que, durante muchos, muchos años, he sido militante de una formación política que, de nuevo en mi humilde opinión, defendía semejantes planteamientos, y eso simplificaba notablemente mi proceso de decisión, porque hay que ser muy bruto para estar pagando la cuota de un partido y, a la hora de la verdad, votar a otro.

Reconozco que tan cómoda posición se ha ido desmoronando, por la confluencia de diversos factores; por un lado, la profunda crisis de representatividad democrática que atraviesa España, puesta en manifiesto por la muy deficitaria actuación de los partidos tradicionales ante la crisis y el generalizado fenómeno de la corrupción, ha hecho aparecer nuevos sujetos políticos, a cuyos cantos de sirena no ha sido indiferente del todo mi corazoncito... por otro, y como ciudadano de Cataluña/Catalunya, la posición por demás vacilante de la formación política en que yo militaba respecto del llamado, en su momento, "Derecho a Decidir" -hoy, pura y simplemente, secesión- ha acabado dinamitando mis sólidas posiciones iniciales, dejándome en un peligroso terreno de nadie, que me ha llevado a cometer curiosas infidelidades electorales.

Ahora he sido convocado de nuevo a las urnas, por libérrima y legítima decisión del President de la Generalitat, con la peculiaridad de que, según el propio convocante, no se tratan de unas simples elecciones a diputados del Parlamento Autonómico, sino de un plebiscito en el cual el voto a las opciones políticas que así lo recojan en su programa deberá considerarse un "Si" al inicio de un proceso de secesión de Catalunya y la creación -en principio, mediante negociaciones con el Estado Español, sin descartar plenamente la Declaración Unilateral- de un nuevo estado independiente, del cual, al parecer, y si nada lo remedia, sería yo ciudadano.

Por una vez, y sin que sirva de precedente, voy a dar por buena la palabra del President, y acepto plenamente el carácter plebiscitario de las futuras elecciones. Y me propongo actuar en consecuencia.

Considero que la secesión de Catalunya, a estas alturas de la vida, cuando los recientes acontecimientos en Europa demuestran que no hay más salida que la integración de los Estados, la cesión de parcelas cada vez más importantes de soberanía y la profundización en un federalismo continental, tendría un sentido similar al de entrar en una autopista en sentido contrario al de la marcha; crearía serios problemas a Europa -no tanto por la salida de Catalunya de la órbita de las instituciones europeas, sino por el ejemplo en otros conflictos territoriales ya existentes o que se pudieses suscitar-, a España, por supuesto, que perdería uno de sus territorios más dinámicos y una parte importante de su peso en en marco europeo... y, en primer lugar, a la propia Catalunya, que se vería forzada a negociar, al mismo tiempo, las condiciones de su segregación con el Estado Español y de nueva adhesión con las Instituciones Europeas, en un momento en que las relaciones con uno y otras se encontrarían especialmente envenenadas. Las autoridades europeas -hablando claro, Angela Merkel, no se me ocurre otra autoridad europea en este momento- lo ha dicho con toda la claridad que ha podido: desgraciadamente, ni Mas ni Romeva, que manejan un Inglés de "cole" bueno, parecen entender el Alemán... me muero de risa cuando afirman, enfáticamente, que nadie va a expulsar de la Unión Europea a siete millones y medio de ciudadanos... ¿Pero no os vais a ir vosotros, del Estado Español, que es el firmante de los Tratados...? ¡Y de siete y medio, nada; los que os sigan, que yo no pienso...!

Puedo entender perfectamente las razones sentimentales de parte de mis conciudadanos, porque el cariño verdadero, ni se compra, ni se vende, y ni ellos lo sienten, ni muchas veces lo encuentran fuera... las cosas están así; pero el coste emocional de la doble frontera -la que separaría Catalunya del resto de España, y la que, dentro de Catalunya, nos separaría a los entusiastas del nuevo Estado y a los indiferentes, escépticos o contrarios- difícilmente podría ser superado por las eventuales ventajas derivadas de la secesión. Dichas fronteras, no tiene sentido negarlo, existen ya, y se ahondan cada día: aquí dentro, la frontera atraviesa familias y grupos de amigos, y si bien es cierto que, casos absolutamente excepcionales aparte, no ha llegado a afectar la convivencia, ¿Podemos estar seguros de que eso no llegue a suceder en un futuro más o menos próximo...?

No vamos a entrar en las posibles consecuencias económicas, para Catalunya -es decir, no para la Catalunya etérea y eterna, sino para nosotros, para su población actual- de la secesión y subsiguiente salida de la Unión Europea: baste con recordar que economistas adictos a la idea estimaban que no superaría una caída del 5% en el PIB... ¡Un 5% del PIB! ¿Sabéis de qué estáis hablando, ángeles míos...?. Para mí, el tema es, por encima de todo, personal: la secesión no me resolvería ningún problema, al contrario, me crearía nuevas incertidumbres, a una edad en que lo que uno busca es tranquilidad... mi estatus personal, con un pie en Barcelona y otro en las futuras tierras extranjeras de Boltaña -que no está ni siquiera en la Franja de Ponent, sino más España endins- difícilmente podría mantenerse con la facilidad con que hoy lo hago... mi pensión de jubilación, que los secesionistas consideran garantizada, pero sin explicar con mucho detalle cómo me la va a garantizar un Nou Estat que será sucesor de una Comunidad Autónoma cuya deuda pública es considerada por las agencias de rating a un nivel similar al de los billetes del Monopoly... por no hablar de mi futura condición de extranjero en la ciudad en la que he nacido, aunque justo es reconocer que, con mi pasaporte comunitario en el bolsillo, la cosa no dejaría de tener su poquito de morbo.

Por supuesto que una separación amistosa simplificaría notablemente estas cuestiones, pero parece que esta gente no se haya divorciado nunca... eso de "separación amistosa" es un oxímoron como una catedral, y conociendo, como conozco a unos y otros -y la mala leche que unos y otros gastan- tengo por seguro que el triunfo de las candidaturas secesionistas abriría un periodo en que, desde un bando y otro, intentarían darse todas las patadas posibles en el culo... de sus ciudadanos. Mi nivel de confianza en el Viejo Estado es perfectamente descriptible, pero, sintiéndolo mucho, el conocimiento personal y directo que tengo de muchos de los actores dispuestos a protagonizar el "Nou" no me tranquiliza en lo absoluto, más bien todo lo contrario.

Y lo que más me apena es ver cómo gente a la que también conozco y sí aprecio, cuyo concurso sería imprescindible para levantar de una vez España y Europa, -que, lo admito, no es tarea fácil- parecen haber abandonado dichos objetivos, y centrar todo su esfuerzo, su capacidad y su ilusión en crear un paraíso pequeñito, una nueva Holanda, una nueva Dinamarca... como si a la Humanidad le hiciesen falta más países pequeños, ricos e insolidarios... y, además, sin explicar muy bien cómo van a conseguir semejante maravilla aliándose con los que llevan más de 35 años gobernando el cotarro, sin muestras aparentes de esa orientación social de la que ahora alardean, cuadrilla -incluso, a veces, en el sentido penal del asunto- de presuntos corruptos, recortadores y privatizadores... ¿qué piensan hacer, darles un golpe de estado interno?... no acaban de explicarlo... su nuevo descubrimiento, ahora, es que la Lucha de Clases divide a los Pueblos... eso ya lo oía decir yo de pequeñito, a los profesores de Formación del Espíritu Nacional, mira por donde...

En pocas palabras; acepto las reglas del juego que establece el President; vale, te admito "Elecciones Autonómicas" como "Plebiscito"; los plebiscitos no entienden de matices, son "Si" o "No", no puedes contestar "depende...": a tu proyecto, a tu Itaca particular, y la de tantos, !ay! de mis conciudadanos, mi respuesta es "No, gracias" y, en consecuencia, juro por Tutatis y por Belenos que mi humilde voto irá a parar a una formación política que en ningún caso -salvo enajenación mental o ingesta de psicotropos- crea yo que puede llegar a apoyar tu investidura ni tu "full de ruta", ni tan solo mínimamente... y eso, lo reconozco, reduce aterradoramente mi abanico de opciones, descartadas las más sobrecogedoras y que superan mi nivel de sacrificio, porque, sinceramente, no me fío un pelo de aquellos por los que siento más afinidad ideológica en, digamos, asuntos generales; pero hay que joderse: un plebiscito, es lo que tiene... otras elecciones vendrán, donde podré votar a los míos, caso que tengan el detalle de presentarse, y yo pueda reconocerlos... ¡salud y suerte!









lunes, 14 de septiembre de 2015

O Pregón de Fiestas

Hace días Paco Pizarro colgó en facebook unas bonitas fotos del Pregón de Fiestas de Boltaña en 1973; se me removieron muchos recuerdos...



Con José Antonio Dueso... ¡y la burreta!


Ante la sencilla pregunta de "¿Y cuando son las fiestas de tu pueblo...?, los boltañeses tenemos una curiosa reacción: titubeamos, carraspeamos, decimos vaguedades... "Esto... en Agosto, a mediados... bueno, a finales... verás..." para acabar con un "Bueno, mejor que te lo explique..."

Tal día como hoy, catorce de septiembre, Exaltación de la Santa Cruz, hace más de cincuenta años, serían fiestas en Boltaña. Coincidían, que ya es mala suerte, con las del pueblo vecino y razonablemente amigo, y, lo que es peor aún, con casi el inicio del Otoño. Mal tiempo, tronadas y rebeca por las noches...

Además, a mediados de los Sesenta, Boltaña había padecido ya una importante pérdida de habitantes, ocasionada, entre otras causas de carácter general, por dos crisis muy específicas; el despoblamiento de Jánovas y La Solana, relacionado con el proyecto de construcción del maldito pantano que tanto daño nos ha hecho, sin llegarse ni tan siquiera a construir, y -en ese caso, una causa más benigna- la reestructuración militar que supuso la desaparición de la importante guarnición que habíamos tenido desde después de la Guerra Civil, y de la que recuerdo, especialmente, verlos hacer la instrucción en la Plaza de Armas de los Cuarteles, desde la galería de la casa de la familia, y el profundo olor a pies en el Cine Álamo, cuando asistían a la sesión los soldados... Muchos boltañeses  habían ya ido a vivir a otros lugares, la mayoría de ellos, si podían, pasaban allí las vacaciones de verano, pero entonces solían concentrarse en el mes de Agosto. En Septiembre, cada mochuelo a su olivo; los jóvenes que estudiaban fuera también marchaban... las fiestas de Septiembre, por decirlo así, se estaban quedando bajas de efectivos.

Yo, por ejemplo, solo recuerdo haber podido subir, con mis padres, a unas fiestas de Septiembre: en aquel entonces, todo estaba muy lejos de Boltaña; a Barcelona, meca favorita de la diáspora boltañesa, eran seis horas en coche; en transporte público, ya ni os cuento; un día de viaje, combinando el coche de línea hasta Barbastro, otro hasta Monzón, (ya no existía "La Burreta", el tren de vía estrecha que llegué a conocer siendo muy pequeño) y un delirante Expreso a La Coruña, el "Shangai", que te dejaba en Barcelona hecho unos zorros, con un día de recuperación por delante para librarte de los efectos de la carbonilla, el traqueteo y los asientos de madera... Zaragoza era una mancha borrosa envuelta entre polvo y brumas, que algunos afirmaban haber vislumbrado desde la cima de la Peña Montañesa, y que justificaba, por su lejanía, aquel chiste cruel... "Padre, ¿Qué está más lejos, Zaragoza o la Luna..." "¡Tontolaba...! ¿tú ves Zaragoza...?" Huesca era un pueblo. El País Vasco, Francia, ya no digamos Madrid... ni hablar de subir para un fin de semana...

El Consistorio recapacitó, y adoptó una decisión arriesgada, innovadora, que hoy, creo, difícilmente hubiese prosperado: cambiar de fecha las fiestas. Pasarían a celebrarse en Agosto, acabando en el tercer domingo -más o menos, creo recordar que ha habido excepciones-, para que así pudiesen asistir la mayor parte de los emigrados; serían, además, unas fiestas laicas, aunque tuviesen,-¿como no?- sus correspondientes misas: las Fiestas de la Convivencia... no recuerdo que hubiese mucha oposición popular, a todo el mundo debió parecerle una buena idea... votos, no peligraban, porque, total, al Alcalde lo nombraba directamente el Gobernador Civil, y a las autoridades, mientras no hubiesen elegido el Catorce de Abril, una fecha u otra les daba absolutamente igual... nos encontramos, pues, recién salidos de la pubertad, con unas Fiestas de Agosto que -tras el circuito infernal que se iniciaba en las de Lafortunada, seguía con las de Guaso, se bifurcaba con las de Bielsa y Fiscal, y remataba -o nos remataba- con las de Labuerda- cerraba con broche de oro un mes de vértigo, dejando para los más fuertes las ya muy familiares y tranquilitas -dentro de un orden- de La Torrecilla. A tres noches por fiesta, y cinco cubatas por noche -yo iba de gin-Kas-, mas los vasos de poncho... ¡echad cuentas!

Pero no era fácil construir unas Fiestas de nuevo... muchas de las cosas se podían importar directamente de la antigua, pero era quizás el momento de recuperar viejas costumbres o -¿por qué no?- inventar cosas nuevas, que las futuras generaciones recogerían... y así nació la idea del Pregón.

Recordaba yo que mi padre me había contado que, antes de la Guerra -en ese mítico ayer donde habían sucedido todas las cosas- los mozos leían un pregón de fiestas, rimado, donde se comentaban los hechos más destacados del año, sin olvidar referencias personales, muchas veces subidas de tono... supongo que muchos de mis amigos habrían oído hablar también de ese Pregón originario, y no puedo precisar de quién exactamente fue la idea de recuperarlo: recuerdo, eso sí, que lo escribimos una tarde, de una sentada, en una de las mesas exteriores de Casa Gorré, y podría dar el nombre de varios de los que allí nos reunimos -alguno, desgraciadamente, ya no está entre nosotros- si no temiese cometer la suprema indelicadeza de olvidar a alguien, seguramente tan responsable como todos los demás...

Escribimos el Pregón en Castellano, pero ya estaba en L'Ainsa Ánchel Conte, y empezábamos a entender la riqueza que suponía la Lengua Aragonesa y la responsabilidad que recaía sobre nosotros, de no dejarla morir dentro de nuestra generación... así, incorporamos muchas palabras que eran nuestras, las que usábamos corrientemente, antes de que tuviésemos plena conciencia de que eran reliquias de esa lengua antigua, que había llegado a nosotros ya muy fragmentada y amputada, pero que aún todos entendíamos... el Pregón, en sí, no era una obra literaria de gran altura, ni lo pretendía ser; tras saludar a boltañeses de dentro y forasteros de fuera, cantaba los loores de nuestro nuevo Patrón, San Convivencia, que no había sido ni virgen ni mártir, sino más bien golfo y borrachuzo, y exhortábamos a disfrutar de las fiestas con civismo, con una especial insistencia en no espichorrarse por los rincones... el texto, más o menos modificado, se ha seguido leyendo, y deben andar ejemplares por ahí... si alguien lo tiene a mano, le agradecería que me lo hiciese llegar; me haría ilusión comprobar qué queda de lo que escribimos un grupo de amigos cerca de cincuenta años atrás.

Redactado el texto, hacía falta leer el Pregón: y ahí si que nos tiramos a la piscina: ¡organizaríamos un cortejo, montados en burros...! El burro, ese curioso animalito, que ha llegado a estar, entre nosotros, en vías de extinción, era entonces una presencia continua en Boltaña: había casi en cada casa, y se empleaban, fundamentalmente, para bajar y subir a los huertos, función en la que fueron sustituidos, primero, por las mobylettes -que ocuparon su nicho ecológico-  y, en fechas ya mucho más recientes, por los Ladas y los Suzukis... la abundancia de burros había propiciado también la aparición de una diversión para mozos trasnochadores y algo pasados de copas: quien sabía imitar el rebuzno del burro, lo hacía, a altas horas de la madrugada, hasta que, uno a uno, contestaban todos los burros de Boltaña, con gran alegría por parte de los presentes, y -suponemos- recios juramentos por parte de la población civil que intentaba dormir... participé en alguna de aquellas experiencias, llamadas "hacer cantar a os burros", y aún ahora soy capaz de hacer una imitación bastante aceptable del rebuzno, habilidad, todo hay que decir, que apenas si tengo ocasión de demostrar.

Rápidamente, nos organizamos los pregoneros; había que agenciarse, de entrada, un burro; aunque había muchos, no todos valían... era preferible que todos fuesen burras, en evitación de problemas, pero había burras buenas, y burras furas, guitas... me recomendaron especialmente una burra de Casa Valero, acudí a solicitarla, se me concedió, y la monté los dos años en que participé en el Pregón, a entera satisfacción mía y -quiero suponer- suya: nos entendimos muy bien, una burreta dócil y sensata, ya veréis en qué ocasión pudo demostrar su sentido común. Eso si, el olor a sudor de burra te duraba tres o cuatro baños en la Gorga...

A continuación, era preciso localizar un traje regional: me lo prestó Alfonso Karpi, siempre hemos tenido tallas XXL: recuerdo perfectamente el proceso de ponerme la faja, y la alegría de descubrir que, una vez puesta, me reducía considerablemente la barriga, y que en sus pliegues podía guardar lo más imprescindible: tabaco, encendedor -lo correcto hubiese sido un chisquero-, algunas perrillas, aunque confiaba en que la gente, con aquellas pintas, invitaría... a Gloria Conde, que iba a ser mi compañera, le dejaron una maravilla, un traje auténtico del Siglo XIX, con un mantón bellísimo... yo iba muerto de miedo; si nos caíamos y el traje sufría desperfectos, era mejor que nos diésemos a la fuga... en total, salimos unas siete u ocho parejas, me parece recordar, todos convenientemente ataviados, con un buen cortejo de gente que nos seguiría a lo largo de todo el recorrido...

Desde la Plaza, donde empezamos, bajamos hasta el Parador; allí lo leímos por primera vez, formados ante la puerta del viejo edificio que había conocido Lucien Briet. Paseamos luego por la Carretera, bajo los árboles centenarios que aún la adornaban:  apenas si había tráfico en aquellos tiempos, poco molestábamos... Subimos de nuevo hacia el Casco Antiguo, me parece que paramos en Casa Solano a tomar algo, seguramente cerveza en porrón -aunque todos llevábamos bota-, y seguimos de nuevo hacia la plaza, donde ya se había congregado una multitud- a escala boltañesa, quiero decir- para escucharnos.

Mientras el pregonero leía el Pregón, los demás, puestos en fila, lo acompañábamos; fue en aquel momento cuando vi que mi burra, tan pacífica, se inquietaba un poco: mirando hacia atrás, descubrí que un zagal de doce o trece años le había levantado la cola, e intentaba meterle por, prefiero no saber dónde, una ramita de aliaga... rápidamente, echando el cuerpo hacia delante, le solté un alpargatazo en toda la cara, que lo hizo salir disparado... ¡Si llega a acertar, aún estamos corriendo, la pobre burra y yo.!

Disfrutamos mucho con la experiencia, y parece que al distinguido público también le gustó... repetimos al año siguiente, cambiando algo los componentes del cortejo, incorporando nuevos valores... dejamos paso a una nueva generación y, así, en las fotos del 73, ya no quedamos, creo, ninguno de los originales, ancianos ya de ventitrés o venticuatro años... había que dar protagonismo a los jóvenes... ahora, mirando aquellas pocas fotos que conservo, y recordando aquellos tiempos, me río, nostálgico: vuelvo a ver de nuevo a los amigos, que la vida ha ido separando, aunque muchos nos sigamos encontrando una y otra vez, y me alegro de haber podido vivir aquellos momentos... y de poderlos contar hoy.  Por cierto, de nuevo se vuelven a ver burros por Boltaña... ¿Alguien se anima a recuperar el Pregón...?

Con Gloria Conde...



martes, 8 de septiembre de 2015

A propósito de Marrakech...

Hace ya bastantes años, subimos una mañana, con los hijos, a Otal, un precioso valle glaciar colgado sobre el curso del Ara, aguas arriba de Bujaruelo, desde donde se divisa un panorama espectacular: el collado de Bujaruelo, los Gabietos, Comachibosa -Vignemale, para los francófonos...- fue nada más atravesar el lindero del valle, y nos atacaron densas nubes de tábanos... no parábamos de matarlos a manotazos, a veces teníamos cuatro o cinco encima; además, creo recordar que ibamos de domingueros, con pantaloncitos cortos: nos devoraron. Bajando ya, nos cruzamos con un ganadero de Torla, conocido mío... "¡Cómo está el valle de tabanos...!" le comenté... ni muerto digo yo una esdrújula delante de un montañés... "Claro, sacamos ayer las vacas..." me contestó... "Pues podríais haber dejado un par, por lo menos, para darnos una oportunidad a los de dos patas", le respondí...










Eso es, exactamente, lo que nos pasó en Marrakech: pongamos que, cada mañana, dos o tres mil personas se echan a la calle con la esperanza de resolver el día gracias a los turistas: ofreciéndose como falsos guías, que los llevan a las tiendas de parientes y conocidos, poniéndoles una culebra en el cuello, a ver si se acojonan y pagan por que se la saques... los mil y un trucos y picardías que enseña la necesidad, sin caer en el delito. Esos tres mil depredadores tienen a su disposición, pongamos también, veinte o treinta mil turistas... la presión predatoria es soportable. Pero en aquellos días de Enero, hacía un frío pelón, llovía sin parar -lluvia que, en el vecino Atlas, era nieve-, y los turistas nos podíamos contar, como decía el gran Perich, con los dedos de una oreja: tocábamos, tranquilamente, a seis o siete predadores por barba. Demasiado.

Además, yo no sé decir que no, ni regatear; tendríais que haberme visto cuando asesoraba trabajadores en convenios colectivos, como batallaba por cada décima de punto porcentual de incremento, en aquellos felices tiempos en que, entre convenio y convenio, los salarios subían... ¡un tigre, qué un tigre, una comadreja sanguinaria era yo con la Patronal...! pero a un pobre tío, con una cara de hambre de documental español de postguerra, con siete dientes en su boca visible, en babuchas... ¿le iba yo a discutir unos euros que, de verdad de verdad, no me sobraban, pero casi...? si tienes una pizca de conciencia social, haz caso del consejo que me dio un amigo: "Nunca vayas de fiestas a un pueblo peor que el tuyo"... o relájate, considérate una ONG unipersonal, y atente a las consecuencias.




Nada más llegar a nuestro Riad, escondido en las proximidades de la Jemaa el Fna, nos arrojamos a la calle, dispuestos a disfrutar de la experiencia de conocer una ciudad nueva... sin pensar, por un momento, que la Medina de Marrakech no se parecía a nada que hubiésemos visitado con anterioridad; emborrachados desde el primer momento por la sensación de movernos en otro tipo de mundo -nuestra llegada al Riad había sido plenamente iniciática, saltando por encima de los cuerpos de los mendigos que se agolpaban en el callejón de entrada a la vecina mezquita, esperando la generosidad de los fieles que acudían a la oración del viernes- nos dejamos llevar por los colores y los olores -atenuados, afortunadamente, por la lluvia y el frío-, cruzamos la gran plaza sorteando miles de tenderetes, que ya tendríamos tiempo de ver después, nos adentramos en el zoco... y, como es natural, nos perdimos enseguida.

Andaba yo admirando las maravillas que nos salían al paso, una arquitectura espectacular, realzada, por raro que pueda parecer, por su muy deficiente estado de conservación, tiendas de todo lo imaginable, cueros que olían a rayos, trabajos en latón y cristales de colores de una increíble belleza, lana tejida en todos los tonos del arco iris, madera labrada, alfarería... y, al mismo tiempo, jurando en arameo: "Los romanos, qué putos genios -pensaba yo- , todas sus calles paralelas, todos los cruces a 90º, ni uno más, ni uno menos, su cardo, su decumanus... por donde pasaron las legiones romanas, no me desoriento ni yo: a donde no llegaron..." No era cuestión de preguntar; nos engañaban siempre, dirigiéndonos hacia la tienda de sus primos... nos pegamos a un grupo de turistas, con la misma estrategia que la cebra, que se une a las demás para que, con sus rayas, el león -bueno, la leona- no sepa dónde atacar exactamente, pero vimos que ya iban guiadas al matadero comercial por su propio depredador, y nos escabullimos hacia un callejón sin salida, más oscuro aún, donde un grupo de jóvenes montados en sus inmóviles ciclomotores, al ver nuestra cara de acojono, no pudieron por menos de reirse en nuestras narices...



Así andábamos vagando por el zoco, perdidos y haciendo un ridículo espantoso, cuando de una humilde tienda -todas eran humildes- salió una figura, alta y delgada, acentuada su estatura por la capucha de su chilaba de paño pardo, las manos en los bolsillos, que nos gritó: "¡¡Espanioles... Huesca!!

¡¡La madre que lo parió...!! podía haber dicho, qué se yo... Ciudad Real, Mondoñedo, Vilanova i la Geltrú... y va y dice "Huesca"... frené en seco, me vio la cara, y, sencillamente, me di por jodido...

En un momento, estábamos dentro de la tienda, tomándonos un vasito de té: nos contó que había vivido un año en Huesca, haciendo de ayudante de una dentista, pero que se había vuelto por el clima... muerto de frío y empapado, ahora me tocó a mí carcajearme... "¡Pero si en Huesca hace muchísimo mejor tiempo que aquí...!"



Como os podéis imaginar, nos enseñó su tienda: tenía hierbas de todos los olores y a mi, lo confieso, me gusta oler -olfatear- casi tanto como comer... el té moruno -claro-, con su hierbabuena, el Ras el Hanut, el amigo del mal cocinero; lo echas a cualquier cosa, y sabe bueno -uso con frecuencia el truco-, especias de todos los países, piedra de alumbre, que aromatiza las camas marroquíes, crema al aceite de argán, que íbamos a encontrar por todas partes, uno de mis descubrimientos de Marrakech... todo iba cayendo en el carrito, como cuando compras en Amazon, y la cuenta iba subiendo...



Pero la cosa no se quedaba ahí... aquel pedazo de psicólogo dirigía ahora sus baterías hacia Blanca: "Tú dolor espalda...?" ¡Qué le dijo...! "Verás, tengo dos protusiones, no hernias, casi... he tenido ataques de ciática..." "Yo masaje, sígueme..." salimos pitando hacia arriba, por una increíble escalera de caracol donde casi no cabía, y ya estaba Blanca en bragas, boca abajo en una camilla, y nuestro anfitrión dale que te dale, vigilado atentamente por mis ojos, para que no se pasase un pelín... por la cara de Blanca, deducía yo que la cosa iba funcionando, y yo me debatía entre mi obligación caballerosa de estar al quite, y el miedo de que no empezase luego conmigo... "¿Tú no dolor espalda...?" "¿Quién, yo....? ¡nada, de puta madre, hecho un chaval...!" Pagamos, nos despedimos, mucho Sukran, mucho Salam Aleikum, mucho a ver si vuelves por Huesca... cien eurillos, y a la calle. En el precio entró también la orientación: "La plaza, por allí, todo recto...!" ¡Recto, no te jode...! Aún no nos quedaban vueltas hasta llegar a la plaza...

Pasamos así tres días, de aventura en aventura: el ciudadano que nos ofreció acompañarnos hasta las tumbas saidíes y nos llevó a una farmacia: nada que ver con nuestro oscense con chilaba: un joven de bata blanca, gafas de montura metálica, explicaciones científicas, trucos comerciales -todo era dos por uno-... cien eurillos más... yo me miraba por detrás, no me hubiesen colgado un cartel en letras árabes donde pusiese: "A estos pringaos arrumis, cien euros..." y, al final, resultaba que las tumbas de marras no abrían hasta la tarde... O la excursión al país de los Amazig -por mal nombre, bereberes-, donde acabé dándoles consejos sobre como organizar las visitas turísticas... "Haced como los Masai; se le cobra al turista un tanto al entrar, y luego que nadie le dé por saco, intentando venderle cuarzos pintados de colores raros..." Tanto decir "No!", "Non!" y "La!", enviándolos al cuerno en tres idiomas, acabó por amargarme un poco el viaje: tenía la sensación de avanzar como cuando jugaba al rugby, bajando la cabeza, protegiendo el balón con una mano y apartando con la otra a todos los que venían a placarme, como cuando esquivo, en la Rambla Catalunya, a las miríadas de "encuestadores" que intentan sacarme cuotas mensuales para causas justificadísimas... ahora, con el tiempo, me río, reconozco que vi cosas extraordinarias, y os recomiendo bajar al moro, a hacer una visita a esos hermanos que, en el fondo, son tan pobres, tan pillos y tan pesados como nosotros mismos...













lunes, 7 de septiembre de 2015

De caviares y otras cosas iraníes...

No he estado nunca en Irán: los que han ido me han contado maravillas; una sociedad muy distinta de lo que creemos, en un entorno físico y cultural espectacular... y unas gentes amabilísimas...




En la Expoferia agrícola y ganadera de l'Ainsa recalamos en el stand de la piscifactoría de El Grado: compramos allí huevas de trucha y esturión ahumado, y me entretengo mirando los dos esturioncitos que tienen en una pecera:  es la primera vez que veo esos bichos, y los encuentro apasionantes, con su aspecto de bestias prehistóricas, más aún que sus parientes los tiburones. Si pudiese, me los llevaría a casa... me alegro de que ahora crezcan y prosperen en las aguas del Zinca, aunque sea en cautividad; no hace tanto tiempo aún subían por el Guadalquivir....

Junto a ellos anuncian su caviar, el Caviar Per Sé, http://www.caviarperse.com/es... les hago propaganda gratuita, aunque, si me envían una latita en señal de agradecimiento, tampoco les voy a hacer un feo... 30 euros la de 15 gramos, ya me diréis... no descarto comprarme una y darme un homenaje, lo malo es que no tengo la preceptiva cucharita de nácar, y tampoco es cuestión de tomarlo con una de plástico de los vasitos de helado... he probado el caviar un par de veces, en cantidades homeopáticas, y la verdad es que lo he encontrado muy rico: en Rusia, lo vimos, pero no lo catamos; creo que iba más caro aún que aquí.




El Caviar Per Sé me recuerda, inmediatamente, historias sobre Irán y su revolución jomeinista; en sus primeros momentos, los puristas del régimen se plantearon un dilema moral: los musulmanes solo pueden comer pescado que tenga escamas -creo que los judíos comparten dicho precepto-, y el esturión, como el tiburón o la raya, tienen una piel rasposa como la lija: ¿Era lícito seguir exportando los huevos de un animal impuro, aunque constituyese una saneada fuente de ingresos...? Se reunió un consejo de ayatolás y decidieron que... el esturión tenía escamas;: microscópicas, pero escamas... ¡No problema...! ¿Quién dijo que las religiones son siempre irracionales...? Me recordó la historia que contaban de los frailes de un monasterio que, cada año, tiraban un cerdo a la alberca, lo pescaban con un gancho, y decían, alborozados... "¡Ya tenemos pescado para la Cuaresma...!"

Hace varios años ganó el Premio Espiello un documental realizado por una joven directora iraní, Sudabeth Mortezari, "In the bazar of sexes", que nos presentaba una curiosísima institución iraní. El Islam prohibe las relaciones sexuales fuera del matrimonio, como todas las religiones que conozco -y si hay alguna excepción, mandadme información, por favor...-. Pero, claro, la carne es débil, y no es cuestión de tener excomulgados al setenta o el ochenta por ciento de la población. Solución... se admite... ¡el matrimonio temporal! Aparte, por supuesto, de la poligamia digamos normal...

La realizadora entrevistaba a un joven y barbudo ayatolá, algo pasadito de kilos: me vais a perdonar la maldad; era justamente como Oriol Junqueras con turbante negro... "¿Se puede casar un hombre por un breve periodo de tiempo..." "Si" "¿Por una o dos horas?"... "Si" "¿Varias veces al día...?" "Si" (el ayatolá pensaría... "mientras el cuerpo aguante...") "¿El procedimiento es sencillo?" "Si; vienen aquí los novios, el novio me da una cantidad de dinero, yo se la paso a la novia, y ya está..." -Algo irá a parar al cepillo, picarón, pensaba yo...-"Y las mujeres, ¿se pueden también casar tantas veces...?" "No; tienen que dejar pasar unos cuarenta días, para comprobar que no se han quedado embarazadas..." y añadía, juntando sus manos regordetas y poniendo los ojos en blanco..."Si no... ¿qué diferencia habría con la prostitución...?": todos los que vimos el documental, alucinamos...

El materialista y racionalista que hay en mí pensaba que alguna razón debía tener dicha institución; recordemos que, en la guerra entre Iran e Irak, cuando los occidentales apoyábamos abiertamente a Sadam Hussein, murieron decenas de miles de iraníes: me imagino que hombres casaderos llegaron a transformarse en un bien escaso, y era cuestión de repartirlos bien entre las señoras, aunque a cada una le tocasen tan solo dos o tres semanas al año... por aquel entonces, Sadam usaba gases indiscriminadamente contra combatientes y población civil: muchos de los gaseados quedaban temporalmente ciegos -como le ocurrió al propio Hitler cuando lo gasearon los ingleses en Ypres-, y el ejército iraní los enviaba a ser tratados en la Clínica Barraquer, en Barcelona: precisamente tenían un piso franco cerca de mi casa, y compartíamos peluquería; no llegué a verlos -ni ellos a mí, por supuesto-, pero mi peluquero me contaba que, cada quince días, iban a cortarse el pelo, disciplinadamente, como buenos soldados, acompañados de un hombre mayor -posiblemente un suboficial- que los mantenía a raya... candidatos, pobres, a diversos y sucesivos matrimonios temporales...

De todas maneras, se veía claramente en el documental que la mayoría de las esposas temporales aspiraban a, por decirlo de alguna manera, acceder al contrato indefinido, y consideraban la etapa transitoria como un periodo de prueba... así lo expresaba una de las entrevistadas, no una señora del medio rural cubierta de negro hasta el suelo, dispuesta a competir con los encantos de las burras, sino una joven y atractiva empresaria urbana -tenía una peluquería con varias dependientas-, vestida a la occidental, con la que te podrías cruzar en cualquier calle de Barcelona, e incluso volverte a mirarla... "¡Sé que me pedirá continuar, estoy segura...!" Precisamente se habló mucho del caso de la esposa temporal de un conocido futbolista que, al no renovar contrato, se tomó la justicia por su mano y se cargó a su esposo ya en periodo de caducidad... problemas derivados de la flexibilidad...

Recordaba que, en la época de la revolución islámica, corrió por ahí un librito conteniendo preceptos morales atribuidos a Jomeini; creo que aún debo tener por casa un ejemplar... no me atrevo a descartar que se tratase de una burda manipulación occidental tomándose a cachondeo una figura que, se quiera o no, marcó un antes y un después, y acabó con el imperio de un Sha que quedaba muy bien en las páginas del "Hola!", pero no dejaba de dirigir un régimen autoritario con una policía política, la Savak, que pondría el vello de punta a la mismísima Gestapo...

Algunos de los preceptos me parecían sumamente correctos: por ejemplo, prohibía consumir la carne de un animal si, previamente, habías mantenido relaciones sexuales con él: ¿Qué menos, no...?... también prohibía a los varones orinar en dirección a la Meca... suerte que también tienen prohibido el consumo de alcohol, porque, después de cinco cervezas, ya te digo yo que andar buscando la brújula... ahora hay hasta aplicaciones para el móvil... precisamente el otro día, de fiestas en Boltaña, vi a un joven subsahariano colocarse junto a su puesto de sombreritos de plástico y guirnaldas de leds, extender su alfombrilla, y orar en dirección al Castillo: tentado estuve de advertirle... "Señor, que la Meca debe caer un poco más a su derecha...", pero me abstuve porque, de corregir su posición, se hubiese puesto perpendicular a la pendiente orográfica, y podría haber acabado haciendo la croqueta hacia el centro de la plaza... quizás tienen también una dispensa para esos casos... por la hora -en el descanso entre sesiones de baile- debía ser la Oración del Ishá, la de la Noche, y recordaba cuanto nos gustaba, en Marrakech, oir la melancólica llamada del Muecín desde la mezquita vecina a nuestro Riad... "Aláhu Akbar...!"






viernes, 4 de septiembre de 2015

Carta abierta a Raül Romeva






Querido Raül:

Me perdonarás por dirigirme a ti con semejante familiaridad, pero, aunque no me recuerdes por mi nombre -te he saludado varias veces, al verte acompañado de amigos comunes- he sido un hombre importante en tu vida: junto a otras decenas de miles de ciudadanos -tampoco tantos-, te enviamos al Parlamento Europeo, a trabajar en la construcción de una Europa conforme a nuestras ideas, minoritarias, eso sí, pero tan respetables como las de cualquier otro.

Mentiría si te dijese que tu desempeño como europarlamentario satisfizo siempre mis expectativas: incluso puede que sea buen momento para confesarte que, en la fausta ocasión en que firmaste una valiente denuncia contra la Federación Española de Fútbol -y, por extensión, el Reino de España- por no haber sancionado el alevoso pisotón del conocido franquista Pepe a nuestro idolatrado Messi, fui uno de los que llamó a Iniciativa per Catalunya para preguntar a mis superiores si semejante tontería era cierta… “Por desgracia, si, pero ya le hemos dado un toque..” fue la diplomática respuesta… aún no se había producido tu no menos valiosa intervención en el caso de los F-18 espanyols que acojonaban a los pacíficos habitantes del Pallars, que, entre otras cosas, tienen como primera empresa de la comarca la Academia General Básica de Suboficiales…

En efecto, como podrás deducir, estuvimos durante un tiempo en la misma formación política; yo, en concreto, he sido un fiel y discreto militante desde 1986 -me entregó el carnet del Cincuentenario del PSUC Gerardo Iglesias, a la sazón Secretario General de un Partido Hermano que existía en el vecino país-, y no he llegado a cumplir los treinta añitos porque, en uno de sus recientes virajes y contravirajes en materia del Procès, cuando llegó un momento en que no es que no estuviese de acuerdo con las posiciones que se adoptaban, sino que era incapaz de entenderlas, salí disparado por las orejas, y no me quedó más remedio que cometer lo más parecido a la apostasía que puede permitirse un laico: ordenar a mi banco que devolviese los recibos de la cuota; y ahora vago por los espacios siderales como un ectoplasma político, sometido a las tentaciones más insospechadas; pero ese es mi drama personal, y no vamos a hablar de él… tú, el tuyo, ya lo has resuelto, y debo decirte que, en mi opinión, brillantemente.

Pero no dejabas de ser “Mi” Raül Romeva, y debo reconocer que, en unas recientes declaraciones, has sido el bálsamo que ha calmado mis tribulaciones, cada vez más acusadas, ante el Procés que os traéis entre manos: He leído -corrígeme si no es cierto- que en el futuro Nou Estat podré conservar mi nacionalidad española, mi pasaporte europeo -cosas todas que, por cierto, ya me garantizan la Constitución de mi País y los Tratados de los que es signatario- y aún más importante, mi vinculación al sistema fiscal español y a su sistema de pensiones.

Raül; estoy jubilado después de largos años de servicio a la Administración Central del Estado -no llegó a un lustro- y a la Generalitat de Catalunya… mi pensión es mi alegría, mi rayito de sol en el ocaso de mi existencia… no es que sea para tirar cohetes, pero me permite una vida digna… la verdad, veros jugar con esteladas y antorchas puede hacerme más o menos gracia, pero si veo vuestras manitas pecadoras cerca de mi pensión, me empiezo a preocupar seriamente: no es que sea motivo de tranquilidad depender del sistema español, pero en las próximas Elecciones Generales confío en que se pueda hacer algo al respecto… el problema es otro:

Estais proponiendo la creación, en breves fechas, de un Nou Estat del que poco sabemos; tenemos pocos indicios; seremos como Austria, Holanda y Dinamarca… países en  los que, por cierto, están creciendo opciones populístas y xenófobas que ponen el pelo de punta… también sé, porque lo leí en un cartel en el Metro, de l’ANC, que en el Nou Estat se podrá comer helado cada día, cosa que, en principio, podría llegar a interesarme… pocas pistas más tenemos…el problema es que sí conozco bastante de cerca a algunas de las personas que, todo parece indicar, van a construir dicho Estat Nou, bajo la presidencia  -por más que tú tirases alguna cortina de humo al respecto- de un astuto ciudadano -no excesivamente Nou- que, ayer mismo, afirmaba en público no ser personalmente corrupto -eso es bueno, y tranquiliza-, pero no tener una idea muy exacta de las finanzas de su Partido, del cual es líder, por sucesión directa, desde hace bastantes años; y eso no es bueno, y no tranquiliza… y en cuanto a gobernar con los companys de Esquerra… bueno, también lo he visto de cerca, y debo reconocer que es una experiencia estimulante, no lo dudo, pero tampoco excesivamente tranquilizadora. Y uno, a mis años, lo que pide es tranquilidad.


Querido Raül: de tu privilegiada posición al frente de la lista del “Sí” no se deduce qué niveles de responsabilidad vas a desempeñar en el Nou Estat: supongo, eso sí, que tú ya debes tener alguna idea, y que dicho nivel te permite hacer las afirmaciones que tanto me han tranquilizado: porque si, en síntesis, puedo seguir en la ciudad en que he nacido, en mi casita, incluso en mi sofá, sometido a la normativa constitucional que en su día voté, y prometí cumplir y hacer cumplir, y con todos los derechos y deberes que me confieren mi condición de ciudadano de un país -viejo- de la Unión Europea, si puedes garantizarme eso, a ser posible por escrito, y firmado…- no digo yo que me importe un pito lo que salga de las urnas el histórico 27-S, pero, por lo menos, podré dormir más tranquilo las noches que faltan hasta el evento… ¡Muchas gracias de antemano, Cap de Llista!

miércoles, 2 de septiembre de 2015

El día en que conocí al Doctor Pizarro

Hoy cumple años mi amigo Francisco Pizarro: le he prometido un regalo, ¿qué menos...?  No hace mucho, él me regaló una katana: yo le voy a corresponder con un relato de un día muy especial: el día en que nos conocimos...




Seguramente fue a primeras horas de la mañana cuando llamaron mis tíos de Boltaña; mi abuela, Lucía Arcas Barrós, boltañesa, hija y nieta de cuchareros, se estaba muriendo.

Por aquel entonces yo era un joven profesor no numerario en la Facultad de Ciencias Económicas: quiero decir que, con la benevolencia de mis superiores, contaba con bastante flexibilidad de tiempo; me bastó con meter en una bolsa de viaje que acababa de comprar cuatro prendas de ropa, conectar con el eficaz servicio de taxis piratas que permitía salvar en tan solo seis horas los 300 kilómetros que entonces -como ahora- separaban Boltaña de Barcelona, encontrar milagrosamente una plaza disponible, y salir disparado hacia mi destino, salvando los escollos físicos que aún nos ponen el vello de punta a los de mi generación: Els Brucs -aunque quizás ya existía el túnel-, la Panadella y el Alto del Pino.

De todas maneras, ya estaba avanzada la tarde cuando llegué a la casa familiar, donde mis tíos Domingo y Guillermina habían convivido largos años con la abundantísima cosecha de abuelos de la familia: solo quedaba mi abuela, que encontré agonizante, sin conocimiento ya... "Hace un rato la ha venido a ver el médico, un chico nuevo... ha dicho que, cuando llegases, lo buscases en el Parador, que quería hablar contigo..." dijo mi tía.

Y hacia allí me dirigí, el bar del viejo Parador; apenas si tuve que preguntar, porque allí me esperaba el Doctor Pizarro: algo distinto de lo que imaginaba; un hombre joven -aunque ligeramente mayor que yo, eso sí-, alto y delgado, barbudo y melenudo, vestido informalmente... a sus pies, un capazo de   esparto, con el que pasaba visita, cargado de material médico y medicinas... con frecuencia, llevaba también en él a su gato "Bakunin"... tenía también una setter irlandesa, "Marx":  como veis por la selección de nombres, el Doctor Pizarro andaba por aquel entonces un poco alejado del pensamiento económico liberal, por decirlo de alguna manera... acertaba, eso sí: Marx y Bakunin se llevaron como el perro y el gato, aunque Bakunin, de carácter mucho más amable, admiraba profundamente a Marx porque, según decía, era ateo ya desde muy joven, mientras que al príncipe ruso le había costado mucho más tiempo alcanzar dicha condición. Años más adelante, le haría de "canguro" de "Marx" durante mi estancia en Zaragoza: era una perra encantadora, y me gustaba muchísimo sacarla a pasear, confiando en el lugar común de que con un perro se ligaba mucho, extremo que, por desgracia, no pude comprobar.

He tenido la inmensa fortuna de conocer a muy buenos médicos y, en cuanto Paco empezó a hablarme, con su acento sevillano tan exótico en el ambiente boltañés, me di cuenta de que me encontraba ante uno de ellos; cuando Paco habla de un paciente, se transforma, te das cuenta de con qué seriedad asume lo trascendente de su profesión, ese tratar cotidiano con la Vida y la Muerte de gente concreta... "Tu abuela, ya lo sabes, es una enferma cardiaca, en fase muy avanzada... le estoy dando digital pero, cuando fibrile, no habrá nada más que hacer, se acaba..."
Insistí, vagamente... "¿Y si la trasladamos a Huesca...?" "No resistirá el traslado, morirá por el camino, ¿para qué hacerla sufrir más...?"

Me despedí de él, confortado con la idea de que mi abuela había recibido la mejor asistencia que podía obtenerse entonces: dudo de que existiese en todo Sobrarbe una ambulancia medianamente adaptada, no hacía tantos años que mi padre había tenido que bajar a Huesca a mi tía Carmen en la trasera de un 1.500 familiar, tendida sobre un colchón de lana... al llegar a casa, hecho polvo después del día de viaje, pedí a mis tíos que me avisasen cuando les pareciese que se acercaba el final, y fui a tenderme, vestido, en mi cama, para descansar un rato.

Dormía entonces en la casa de mi tío, que hoy es la mía, justo enfrente de la casa familiar, en la Calle San Pablo... fue tocar la cama, y dormirme profundamente... desperté, sobresaltado, de día y con sol, rodeado por el piar de los pájaros... abrí el balcón y, justo en aquel momento, una vecina, en medio de la calle, preguntaba a gritos:

"¿Y no se ha muerto aún Señora Lucía...?"

"¡¡Cállese, coño, que la va a oír...!!", respondí yo; la cama de mi abuela debía estar a escasos diez metros de la pobre mujer, que, supongo yo, se interesaba con su mejor intención...

Cuando llegué a su habitación, la situación había dado un vuelco espectacular: según mis tíos, fue irme yo y calmarse su respiración: había pasado la noche durmiendo plácidamente y, un poco más tarde, se despertó y pidió un vaso de leche... durante el resto de la mañana, abría los ojos y hablaba ya con cierta normalidad.

Una nueva visita de Paco nos confirmó que su estado había mejorado: dentro de la gravedad, ahora estaba estable, y, desde luego, el desenlace no parecía inminente... su naturaleza de hierro -¿o de madera de boj, la materia prima de los cuchareros?-  nos había engañado a todos.

Poco podía hacer yo ya en Boltaña; conecté de nuevo con mi clandestino transportista, recogí mis cosas, y fui a despedirme de mi abuela, que ya casi se incorporaba en la cama: fue al ver mi bolsa de viaje cuando comentó: "¡Una bolsa así me haría falta para bajar a Barcelona...!"

"Para el próximo viaje de tu abuela, pobre, no le hará falta ninguna bolsa..." me comentó al oído mi tía Guillermina.

Pues también en eso nos equivocábamos; tuvo tiempo y salud para bajar otras dos veces a Barcelona, aunque en la última, dos años largos después, ya no pudo esquivar la Muerte... pude, eso si, acompañarla en sus últimos momentos, aunque, por desgracia, no pude satisfacer su último deseo: volver a Boltaña.

Pronto volví a ver a Paco, y muchas fueron las aventuras que compartimos... en Boltaña, en sus frecuentes estancias en Barcelona, gozando de su hospitalidad en Cordoba, cuando a ella se desplazó... ambos hemos vivido vicisitudes personales bastante paralelas, hijos de una generación que ha tenido que inventarse muchas cosas, ante viejos modelos que ya no servían... ahora, jubilados y cada uno en una esquina del mapa. no nos vemos tanto como querríamos, pero nos han cogido a tiempo las nuevas tecnologías, a las que nos hemos adaptado razonablemente bien, y raro es el día en que no contactamos gracias a estos cacharros que ahora estoy manejando. Y por muchos años que podamos hacerlo, Paco, amigo mío...