Así se nos dirigía un profesor que tuve en Bachillerato, un magnífico profesor de Literatura, culpable en parte de mis aficiones... porque es verdad, muy pocas veces "nos" llamamos; nuestro nombre nos lo ponen otros, lo usan otros, y trabajo nos cuesta cuando pretendemos, por ejemplo, que dejen de llamarnos por un apodo y lo hagan de otra manera...
Viene esto a cuento porque he leído que en breve, si no se ha presentado ya, se hará pública una lista de los nombres aragoneses de los Tresmiles de nuestro Pirineo: estoy deseando verla, para estudiarla y, después, modificar los hábitos adquiridos con los años... o no, según el caso. Y que conste que es un interés meramente platónico: o muy rápidamente se abaratan e incrementan su capacidad de carga los drones, o veo seriamente improbable que llegue yo a hollar una de esas cumbres, ya que, incluso en mis mejores momentos, me quedé a pocos metros de "hacer" un Tres Mil... me gusta verlos desde donde ahora puedo, desde abajo, admirarlos, fotografiarlos, y darles su nombre correcto... y eso no siempre es fácil, partiendo del hecho de que las montañas no están rotuladas, la cartografía disponible no permite, a veces, identificarlos adecuadamente y, por si algo faltase, es posible que sobre el nombre correcto de un pico haya más de una opinión... un poco de normalización, por lo tanto, es, por mi parte, entusiásticamente recibida.
Siempre he pensado que parte del problema reside en que los nombres de las montañas no siempre han tenido la importancia que les damos ahora; de un libro descacharrante, "El Antropólogo inocente", de Nigel Barley, aprendí hace años que el Ser Humano, en su innata vagancia -economía de medios, por decirlo en fino- no está especialmente interesado más que en aquello de lo que puede extraer un beneficio más o menos inmediato o, por el contrario, representa un peligro para él: durante siglos y siglos -y, por lo menos, tres o cuatro idiomas distintos- nuestro Pirineo ha estado poblado por sociedades pastoriles, viviendo siempre en el margen de la subsistencia, en un clima hostil, condiciones que difícilmente facilitaban ni hacían necesaria una exploración del territorio que no estuviese directamente ligada a sus necesidades; las tierras de pasto o de labor, los bosques donde se podía obtener madera y caza, las minas, los ríos, las fuentes, los puertos y pasos que te comunicaban con territorios vecinos... eran lugares necesarios, conocidos, apropiados y nombrados: pero las cumbres... si no sospechaba que se le había perdido una oveja por ahí arriba, ¿qué interés podía tener un sobrarbense de hace trescientos años en subir a un Tres Mil...? ¿Exponerse a romperse una pierna, accidente que, sin GREIM, era la muerte segura o, peor aún, la invalidez...?
Por supuesto, había otro interés hacia las montañas; el mágico, suponerlas refugio de las deidades que, más o menos, regulaban sus vidas, especialmente enviándoles tronadas, pedregadas, borrascas y otros alicientes por el estilo... pero ni ese interés ni el meramente orientativo ("Por allí... por allá...") requerían una gran precisión: aún hace algunos años recuerdo que, un día de borrasca, un anciano me decía: "Está nevando en os Puertos..."; los puertos, las estivas, los pasos y los pastos, tenían importancia: las cumbres... ahí estaban, ni molestaban ni importaban demasiado.
Seguramente el interés por parte de nuestros paisanos se disparó cuando llegaron gentes de fuera de las montañas que querían conocerlas, subir a ellas... y necesitaban los servicios de los montañeses como guías: es muy probable que alguno se apuntase sin tener ni idea de por dónde diablos se subiría ahí arriba, pero no era gran problema, costumbre de andar por peñas y riscos no le faltaba a ninguno... primero fueron cartógrafos militares, trazando la raya fronteriza con Francia, pero enseguida empezaron los visitantes extranjeros: nos llegaban los aires del Romanticismo y el descubrimiento del Paisaje, cuanto más pintoresco -propio de pintores-, mejor... lo que hasta entonces eran, meramente obstáculos, dificultades para ganarse la vida lo más placenteramente posible, que es a lo que cualquier persona sensata aspira, pasaban a ser ahora panoramas gigantescos, escenarios grandiosos, retos que estaban ahí para que gentes con las necesidades materiales resueltas -nuestros montes se pueblan de condes, princesas y rentistas- se jueguen la crisma por el placer, descrito como sublime, de contemplar paisajes desconocidos y, a ser posible, torcerse el tobillo en una garganta que se presentaba, ahora, como infernal, caótica, aterradora... cuando hasta aquel momento había sido, sencillamente, un fastidio.
¿Consecuencia inmediata...? Que los nombres de nuestras montañas fueron puestos por gentes procedentes de otras tierras, los que de verdad estaban interesados en ellas; transcribiendo con mejor o peor oído los nombres que mascullaban los lugareños -que, estoy seguro, muchas veces los inventarían, para cimentar su fama de guías avezados- o, sencillamente, poniendo nombres nuevos, en autohomenaje a otros descubridores como ellos, o fruto de sus fértiles imaginaciones, espoleadas por el calentón de la conquista de las cumbres.
Y no tiraron por lo bajo, no... llenaron nuestros mapas de Infiernos, Diablos, Maldiciones, historias mitológicas... no de la mitología local antigua, perdida ya desde siglos atrás, desconocida hasta por los lugareños, sino por recreaciones cultas de la Mitología clásica, conocida, tan solo, por los curas, como mucho, si habían prestado atención a los Clásicos en el Seminario... que se superponía a la mitología mucho más hogareña, de santos y vírgenes, que el pueblo realmente existente manejaba en terrenos situados a cotas accesibles... podíamos decir que hasta los 2.500 metros, más o menos a la cota del Pino Negro, llegaban los santos y las vírgenes de las beatas y los curas, y, a partir de allí, empalmaban con los territorios de los Atlantes, Roldán, Hércules o el Gigante Gerión, al que, os lo puedo jurar, he oído también mencionar hablando de pedregales de nuestras montañas.
Hay un caso paradigmático en Sobrarbe, y, además, afecta al macizo más característico, y que da nombre a nuestro Parque Nacional: Monteperdido, el Monte Perdido.
Parece clara la incongruencia de llamar "Perdido" a un macizo montañoso que se ve desde distancias increíbles: yo he podido divisarlo -y no soy un halcón, sino más bien miope- desde la vertical del Aeropuerto de Barcelona y desde una de las Torres del Pilar, a 300 y más de 200 kilómetros, respectivamente; desde La Panadella, desde Belchite... se ve también desde el Moncayo y, recientemente vi una foto obtenida desde tierras de Teruel... perdido, por lo tanto, no es que esté... si bien es cierto que, según te vas acercando a él, desaparece, salvo en Pineta, donde su cara Norte domina el valle... mucha de la gente que visita Ordesa se vuelve a casa sin haberlo visto si no llega a Soaso; por ejemplo, si viene desde Zaragoza o Huesca, pierde su última oportunidad en Monrepós... si sube desde Barcelona, en L'Ainsa... aunque desde el castillo de Boltaña, el observador avezado puede llegar a ver la puntita de su cumbre.
Por supuesto, el nombre se puso desde Francia, donde la cumbre del Perdido apenas si se avista desde algún lugar muy concreto del Valle de Gèdre, precisamente donde hay un Hotel du Mont Perdu... franceses fueron quienes primero se interesaron por él, por decirlo así, deportivamente -Heredia subió estando de servicio-, y franceses quienes le dieron su nombre... ¿si los guías nativos les hubiesen dicho que "aquello" se llamaba de otra manera, hubiesen ellos contestado: "Ah, mais non, ça s'apelle Mont Perdu, monsieur..!"? lo dudo, el toque exótico hubiese ganado... seguramente el tema del nombre ni se planteó... de cualquier manera, seguimos sintiéndonos ligeramente incómodos con "Monteperdido"; meterle mano al nombre implicaría nada menos que una modificación legislativa, ya que ha dado nombre, junto con Ordesa, a nuestro Parque Nacional; además, ¿qué ponemos en su lugar...? ¿Optamos por "Aso", como creo recordar que proponía el Dr. Plá, nuestro erudito boltañés de adopción...? creo que se plantea otra opción, "Puntón de Treserols", a la espera estoy de la famosa lista... pero no dejo de recordar que la cúspide de la Peña Montañesa recibe el nombre "popular" de "Puntón d'o Libro", que, supongo, hace referencia al libro de firmas -del que ya he conocido varias reencarnaciones- que difícilmente puede llevar allí demasiados años, y que vendría a ser como dar categoría de "Nombre popular" al "Tozal d'o repetidor de Vodafone", pongo por caso...
Pero es que el nombre de todo el macizo también ha sufrido sus altibajos: por lo menos, en este caso sí se conservaba un nombre popular: Treserols. "Erol", posiblemente preromano, lo encontramos también en la mismísima Barcelona, en la Serra de Collserola, "Coll s'Erola", pero... "Tres"? ¿Por qué no cuatro? De hecho, desde muchos lugares, el Cilindro queda escondido detrás de Monteperdido, y aparece como tercera cima, más baja, pero no por ello menos impresionante, la Punta de las Olas... podríamos concluir que los Tres Erols de Treserols, como los Tres Mosqueteros, son cuatro... pero el "Tres" tiene un prestigio mágico que difícilmente puede disputarle el "Cuatro", y así lo vemos, pocos cientos de metros al Este, cuando las Sucas o Zucas, las "Tres Marías"... vuelven a ser cuatro.
Treserols, como nombre, tenía un problema; ¿Qué c.... era un "Erol"? Rápidamente se encontró una solución: serían las "Tres Sorores", las Tres Hermanas, y eso daba un bonito juego a leyendas varias, tres hijas de un rey, tres damas de alta alcurnia -no podían ser tres cabreras, claro, aunque la tierra daba muchas más cabreras que princesas-, hechizos, maldiciones, petrificaciones... hasta Sender se sumó al carro, en una novela menor... las "Tres Sorores" siguen oyéndose, supongo que cada vez menos, pero se tarda años en reconducir situaciones así...
El Cilindro tuvo la inmensa suerte de parecer justamente eso, un Cilindro: pese al pliegue en su pared Este, llamado "la gamba", nadie, que yo sepa, se ha atrevido a hablar de la "Gamba de Marboré",o "Marmoré", que esa va a ser otra... pero la segunda cumbre del macizo conoció uno de los rebautizos de "Clase dos"; para honrar al Barón Ramond de Carbonières, pasó a ser llamado "Soum de Ramond"
No seré yo quien discuta los innumerables méritos de Louis Ramond de Carbonnières, amigo de Napoleón, Barón del Imperio, Prefecto, montañero, botánico... llevan su nombre tres cimas, un endemismo -la Ramonda pyrenaica-, una festuca... me tengo prometido aprovechar un viaje a París para visitar su tumba, en el romántico cementerio de Montmartre. Además, el nombre de su cima -consta que subió a Monteperdido al tercer intento, pero no sé si pasando antes por ella- ha quedado ya perfectamente integrado: Sunderamón, así tal cual... pero... aquí si parece claro que el nombre primigenio, o, por lo menos, el más nativo, sería Pico de Añisclo... Barón, su Soum peligra...
Como peligran también nombres de personas ante cuyo recuerdo debemos todos los que amamos estas tierras quitarnos la boina: Lucien Briet, mi amado Briet, que podría quedarse sin Mallo Gran, reducido a su monumento, eso sí, junto a la pradera de Ordesa que tanto quiso... Schrader, el Príncipe de la Moscowa -¡el hijo del Mariscal Ney, otro amigo de Napoleón!-, Lady Lyster, a la que imagino con sus enaguas almidonadas triscando por su Corredor, allá por el Vignemale, en realidad Vinhamala, en realidad, por nuestro lado, Comachibosa...
Siempre he sido amigo de paños calientes; propongo, por lo tanto, una solución de síntesis, de compromiso... demos a nuestros montes los nombres más apropiados posibles, aquellos que tengan un arraigo en la memoria de nuestras gentes, en el supuesto de que aún puedan encontrarse vestigios, más o menos creíbles, de cómo llamaron a aquellas montañas quienes junto a ellas -que no en ellas; ahí no vivía nadie en su sano juicio- vivían... pero no dejemos caer en el olvido aquellos otros bautizos que recordaban a gentes dignas merecedoras de eso y de más... me apunto a caballo ganador, porque imagino que esa será la solución real: yo la institucionalizaría: nombre oficial: Pico Añisclo/Sunderamón, así tal cual, con su barra inclinada.... honraremos así a nuestros Antepasados, y también a nuestros Antecesores en el amor a las montañas...
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miércoles, 8 de marzo de 2017
lunes, 27 de junio de 2016
Moriello de Sampietro
Prometí ayer que hablaría hoy sobre Moriello... lo hago con muchísimo, gusto, es uno de esos días en que te gusta volver a los temas que están cerca de tu corazón...
Llevo ya tiempo exigiendo que se nos conceda a los sobrarbenses el Don de la Ubicuidad, imprescindible para poder estar, al mismo tiempo, en los múltiples acontecimientos simultáneos que se suceden, poniendo a prueba nuestro sistema de prioridades... el sábado por la noche, tenía tres opciones, las tres muy interesantes, las tres cerca de casa... el Asno de Buridán murió de hambre entre dos montones de paja equidistantes, por no decidirse a cual acudir; justamente eso me pasó a mí, a la cama de cabeza...
El sábado por la mañana el cuerpo me pedía sumarme a una fiesta muy especial; tuve que renunciar por una visita de unas amigas de Blanca y, después, resultó también una opción muy agradable: pero hubiese querido, yo también, subir a Moriello de Sampietro.
Moriello es una de las innumerables aldeas de Boltaña: no es que sean innumerables, de hecho, si me pongo en ello, las enumero; pero son muchas; sesenta y siete años tengo, y creo que aún me falta alguna por conocer. Pero Moriello tiene algo especial; por lejana, por inaccesible, por bellísima...
Subí por primera vez ya algo mayor, en un Land Rover, dando tumbos por una pista infernal: acompañaba a los técnicos que iban a instalar un aerogenerador; no me asombró ver la aldea porque, de hecho, ya la había visto muchas veces, desde el altiplano donde se asientan Bió y Buerba, pero estar allí aportaba algo nuevo, la sensación de pisar aquella cresta a cuchillo, junto al vertiginoso abismo en cuyo fondo corre el Yesa, y pensar en las generaciones y generaciones que habían vivido allí, que habían visto el Mundo desde aquellas alturas... por supuesto, como todos nuestros pueblos, habían tenido mucho más movimiento del que cabía esperar; la gente se casaba con hombres o mujeres de otros pueblos, salían a trabajar fuera, especialmente a Francia... corría la leyenda de uno de esos emigrantes invernales que, a la vuelta, se trajo una bicicleta, que sólo le servía, entre aquellas montañas, para dar vueltas por la era de su casa... un poco más de confianza en sí mismo, y hubiese inventado la BTT cien años antes...
Sin embargo, y aún sabiendo todo eso, Moriello te ofrecía la impresión de algo primitivo, originario, del lugar en el que habían vivido nuestros antepasados, y donde el tiempo se había detenido, aunque una hermosa casa, de arcos abiertos al Sur, de un modelo muy similar a varias otras casas buenas de Sobrarbe, te indicaba que eso no era así... pero completaba el panorama un señor que salió a recibirnos, con una pata de palo seguramente hecha por él mismo... nos invitó a entrar en su casa; dormía en una alcoba cubierta con pieles de cabra, no vi nada parecido hasta que entré en una cabaña Masai, os lo puedo asegurar... nos invitó a un jamón de jabalí que, aún en el viaje de vuelta, roíamos en el todoterreno...
Moriello estaba lejos, muy lejos; ya no funcionaba el tren de mercancías que la unía, en su tiempo, con San Fertús y Gallisué, ni pude encontrar rastro de la estación y las vías, hasta que llegué a sospechar que su existencia era una invención poética de algún letrista de coplas... solo tenía aquella pista de piso abarrancado, Cañón del Colorado en pequeñito, que se empinaba en Liaso, serpenteaba entre carrascas y queixigos monte arriba, ganando altura a espaldas del Castillo de Boltaña, hasta llanear frente a las ruinas del Mesón del Piojo, ya a nivel con Ascaso y tocando la cresta de Nabaín... desde allí, ya se veía Moriello, pero aún quedaba un buen pedazo, largo en la bajada, eterno en la subida... en una ocasión, subí andando; mi hermano Ricardo arrancó de Boltaña diez minutos más tarde, de pasajero en un 4X4, y solo nos dieron alcance en el abrevadero junto al Mesón... tampoco en la bajada tenían los todoterrenos mucha ventaja... otras veces llegué desde Buerba, después de cruzar el Yesa por un bello puente medieval, y subir después por la empinada ladera, entre las casas fantasmas de Sampietro, auténtico poblado de hobbits... cada nueva visita era diferente, pero en todas ellas, esa sensación de estar pisando las mismísimas raíces de Sobrarbe.
Con esas comunicaciones, no es de extrañar que sus últimos habitantes tirasen la toalla y se bajasen a vivir a la metrópolis boltañesa... pero ya se estaba gestando el relevo: ahora, hay una pareja joven -creo que ya nos conocemos del Cineclub, hermosa señora que se fotografía con una pluma de arrendajo en la ceja...- y acaban de arreglar la pista.
Parece que ha quedado espectacular; me animan a subir incluso en mi culibajo Ibiza... tengo que probarlo... muchas veces decíamos que las pistas habían servido para que abandonasen los pueblos sus últimos habitantes; no es cierto; son imprescindibles para poder seguir haciendo habitables nuestras viejas aldeas, y no soy de aquellos que hablan de los "costurones" que las pistas abren en nuestro paisaje... entiendo perfectamente la atracción que lleva a muchos jóvenes a repoblar nuestras viejas aldeas, y que eso sólo puede funcionar si pueden llegar allí con medios modernos, ya no están los tiempos para ir a lomos de burros, y prefieres que pueda subir el médico o el camión del propano... y estoy seguro de que, cada vez que un nuevo fuego se enciende en un viejo fogaril, nuestros antiguos dioses se pasan la bota, dándose palmadas en los hombros... y yo con ellos... ¡¡salud y larga vida, Moriello...!!
Llevo ya tiempo exigiendo que se nos conceda a los sobrarbenses el Don de la Ubicuidad, imprescindible para poder estar, al mismo tiempo, en los múltiples acontecimientos simultáneos que se suceden, poniendo a prueba nuestro sistema de prioridades... el sábado por la noche, tenía tres opciones, las tres muy interesantes, las tres cerca de casa... el Asno de Buridán murió de hambre entre dos montones de paja equidistantes, por no decidirse a cual acudir; justamente eso me pasó a mí, a la cama de cabeza...
El sábado por la mañana el cuerpo me pedía sumarme a una fiesta muy especial; tuve que renunciar por una visita de unas amigas de Blanca y, después, resultó también una opción muy agradable: pero hubiese querido, yo también, subir a Moriello de Sampietro.
Moriello es una de las innumerables aldeas de Boltaña: no es que sean innumerables, de hecho, si me pongo en ello, las enumero; pero son muchas; sesenta y siete años tengo, y creo que aún me falta alguna por conocer. Pero Moriello tiene algo especial; por lejana, por inaccesible, por bellísima...
Subí por primera vez ya algo mayor, en un Land Rover, dando tumbos por una pista infernal: acompañaba a los técnicos que iban a instalar un aerogenerador; no me asombró ver la aldea porque, de hecho, ya la había visto muchas veces, desde el altiplano donde se asientan Bió y Buerba, pero estar allí aportaba algo nuevo, la sensación de pisar aquella cresta a cuchillo, junto al vertiginoso abismo en cuyo fondo corre el Yesa, y pensar en las generaciones y generaciones que habían vivido allí, que habían visto el Mundo desde aquellas alturas... por supuesto, como todos nuestros pueblos, habían tenido mucho más movimiento del que cabía esperar; la gente se casaba con hombres o mujeres de otros pueblos, salían a trabajar fuera, especialmente a Francia... corría la leyenda de uno de esos emigrantes invernales que, a la vuelta, se trajo una bicicleta, que sólo le servía, entre aquellas montañas, para dar vueltas por la era de su casa... un poco más de confianza en sí mismo, y hubiese inventado la BTT cien años antes...
Sin embargo, y aún sabiendo todo eso, Moriello te ofrecía la impresión de algo primitivo, originario, del lugar en el que habían vivido nuestros antepasados, y donde el tiempo se había detenido, aunque una hermosa casa, de arcos abiertos al Sur, de un modelo muy similar a varias otras casas buenas de Sobrarbe, te indicaba que eso no era así... pero completaba el panorama un señor que salió a recibirnos, con una pata de palo seguramente hecha por él mismo... nos invitó a entrar en su casa; dormía en una alcoba cubierta con pieles de cabra, no vi nada parecido hasta que entré en una cabaña Masai, os lo puedo asegurar... nos invitó a un jamón de jabalí que, aún en el viaje de vuelta, roíamos en el todoterreno...
Moriello estaba lejos, muy lejos; ya no funcionaba el tren de mercancías que la unía, en su tiempo, con San Fertús y Gallisué, ni pude encontrar rastro de la estación y las vías, hasta que llegué a sospechar que su existencia era una invención poética de algún letrista de coplas... solo tenía aquella pista de piso abarrancado, Cañón del Colorado en pequeñito, que se empinaba en Liaso, serpenteaba entre carrascas y queixigos monte arriba, ganando altura a espaldas del Castillo de Boltaña, hasta llanear frente a las ruinas del Mesón del Piojo, ya a nivel con Ascaso y tocando la cresta de Nabaín... desde allí, ya se veía Moriello, pero aún quedaba un buen pedazo, largo en la bajada, eterno en la subida... en una ocasión, subí andando; mi hermano Ricardo arrancó de Boltaña diez minutos más tarde, de pasajero en un 4X4, y solo nos dieron alcance en el abrevadero junto al Mesón... tampoco en la bajada tenían los todoterrenos mucha ventaja... otras veces llegué desde Buerba, después de cruzar el Yesa por un bello puente medieval, y subir después por la empinada ladera, entre las casas fantasmas de Sampietro, auténtico poblado de hobbits... cada nueva visita era diferente, pero en todas ellas, esa sensación de estar pisando las mismísimas raíces de Sobrarbe.
Con esas comunicaciones, no es de extrañar que sus últimos habitantes tirasen la toalla y se bajasen a vivir a la metrópolis boltañesa... pero ya se estaba gestando el relevo: ahora, hay una pareja joven -creo que ya nos conocemos del Cineclub, hermosa señora que se fotografía con una pluma de arrendajo en la ceja...- y acaban de arreglar la pista.
Parece que ha quedado espectacular; me animan a subir incluso en mi culibajo Ibiza... tengo que probarlo... muchas veces decíamos que las pistas habían servido para que abandonasen los pueblos sus últimos habitantes; no es cierto; son imprescindibles para poder seguir haciendo habitables nuestras viejas aldeas, y no soy de aquellos que hablan de los "costurones" que las pistas abren en nuestro paisaje... entiendo perfectamente la atracción que lleva a muchos jóvenes a repoblar nuestras viejas aldeas, y que eso sólo puede funcionar si pueden llegar allí con medios modernos, ya no están los tiempos para ir a lomos de burros, y prefieres que pueda subir el médico o el camión del propano... y estoy seguro de que, cada vez que un nuevo fuego se enciende en un viejo fogaril, nuestros antiguos dioses se pasan la bota, dándose palmadas en los hombros... y yo con ellos... ¡¡salud y larga vida, Moriello...!!
jueves, 23 de junio de 2016
¡Akelarre!
Por supuesto, es una broma, y me la perdonaréis mis amigos del Partido del Gobierno en Funciones, que los tengo, y algunos muy buenos y muy queridos...
Aún no habían acabado de sonar las campanas de la iglesia, señalando las doce en punto de la noche más corta del año, cuando las ví acercarse, girando en carrusel sobre las ruinas del castillo, para después ir tomando tierra, una tras otra, con gran algarabía: no montaban en escobas –que, en sus casas, solo deben manejar las asistentas filipinas- sino en grandes, repulsivas gaviotas, que pronto cubrieron el suelo con sus hediondos excrementos. Reconocí a muchas de ellas; estaba allí Soraya, Cospedal, Sánchez Camacho, Luisa Fernanda Rudi –no en vano estábamos en Aragón-, Rita Barberá (montada en dos gaviotas, por motivos obvios), la Lideresa, en calcetines…acompañadas por otras muchas, cientos y cientos, con sus mechas rubias, sus medias negras, sus jerseys de angora y sus collarcitos de perlas… bailaban en círculo, cogidas de la mano, cantando a coro con voces aguardentosas, pero de ginebra “premium”: “¡Aborto es, matar bebés!”, “¡Zapatero, embustero!”, “¡Zapatero, vete con tu abuelo!”… a un ritmo cada vez más frenético…
De repente, salido de un helicóptero que se estrelló ruidosamente en medio del círculo, apareció entre una nube de azufre el Macho Cabrío, el rey del Aquelarre. Inconfundible, a pesar de los cuernos, su mentón caído cubierto por una barba rala, sus ojos en blanco tras sus gafas redondas… le rodeaban una corte de curillas, corriendo sin cesar en pos de impúberes monaguillos, que se protegían como podían los culitos respingones. Barones territoriales, vestidos impecablemente con trajes regalados, formaban un nuevo corro a su alrededor.
Las danzantes, entre gritos cada vez más excitados (“¡Presidente, Presidente!”), se abalanzaron sobre él, intentando besarle los cuartos traseros, peludos y rematados en pezuñas… pero lo más horrible, lo que helaba la sangre en las venas, era contemplar como, entre las brumas provocadas por la nube de azufre, se entreveía por momentos la silueta baja y culona de un general con faja que, levantando y bajando alternativamente la mano, repetía con voz aflautada y monocorde: “¡Queda inaugurado este aquelarre…!”
Parapetado detrás de unas piedras, contemplaba el espectáculo aterrorizado. Quizás por eso, en un momento, no pude contenerme y entoné, con voz apenas audible, una vieja tonadilla infantil:
“¡Zapatero, zapatero.
mete la lezna
por el agujero!”
Al oír la cancioncilla, todas las asistentes al aquelarre se arrojaron al suelo, aullando de pavor, mientras se rasgaban las vestiduras –mostrando alguna que otra cosilla interesante, y auténticos montones de pellejos-, se mesaban los cabellos, y se arrojaban sobre ellos puñados de polvo, para, inmediatamente, correr hacia sus gaviotas y levantar el vuelo tan rápidamente como habían venido… el Macho Cabrío, con sus preladitos, sus monaguillos y sus gúrteles, montaron atropelladamente en el helicóptero, que, sin ruido alguno, se perdió también en el aire, e incluso la sombra con la faja roja ascendió directamente hacia el cielo, como un globo pinchado, dirigiéndose hacia el lejanísimo Valle de los Caídos…
Todo eso sucedió en mucho menos tiempo del que necesito para contároslo: aún no se habían extinguido los ecos de las campanadas en las montañas, cuando ya la paz reinaba de nuevo sobre las ruinas del castillo, bañadas por la luz de la luna llena, sobre el valle dormido, donde solo se escuchaban el rugir de las aguas del río y el bramar de las vuvuzelas en alguna retrasmisión televisiva de un partido de los Mundiales.
Necesario P.S.; he querido mantener el texto originario: la lezna es una aguja de grandes dimensiones que utilizan los artesanos para coser el cuero; aunque la cancioncilla no esté exenta de interpretaciones equívocas, que nadie crea que "lezna" es otro de los muchísimos nombres de... Las alusiones a mi llorado -porque nos dejó, y por cómo lo hizo- José Luís, si volviese a escribir el breve cuento, seguramente serían sustituidas por otras, hechas a algún conocido populista radical de izquierdas, irano-venezolano: por ejemplo: "¡¡Todas a cubierto, que viene El Coletas....!!"
jueves, 16 de junio de 2016
Mi Pantocrátor...
Ayer estaba disfrutando de las fotos que enviaba Gonzalo del Campo sobre las joyas de la Catedral y el Museo Diocesano de Barbastro, al que los simpáticos y empáticos gobernantes catalanes, en sus denodados esfuerzos por hacer amigos, se niegan a enviar incluso aquellas piezas menores pactadas por su Conseller de Cultura, cuando el corazón me dio un vuelco: porque allí estaba, en toda su majestad, el Pantocrátor de Vió -o Bió, vamos a dejarlo así-. Y el Pantocrátor de Vió es mi Pantocrátor: hay una historia detrás y, cuando hay un historia, no paro hasta largarla, ya me vais conociendo...
Ya he contado, en otra ocasión, que mi tío Miguel Pérez Ceresuela era de Vió, de Casa Puértolas: corría un mes de Agosto, posiblemente de 1968 o 1969; estábamos en Boltaña, y comentaron mis tíos que, al día siguiente, pensaban subir a Vió, a comer con su familia; yo tenía muchas ganas de conocer el pueblo y, rápidamente, me apunté a la expedición.
Mi tía Concha, la esposa de Miguel, prima hermana de mi padre, abordó enseguida un tema no menor; ¿Qué podíamos subir...? Todos sabemos que es de pésimo gusto presentarse a comer en una casa sin traer algún presente, no sé, unas flores, una botellita de vino... mi tía se decantó por lo práctico... ¿Qué podía faltar en Vió...? ¡Exacto, una sandía!, la sandía más grande que pudo encontrar, algo así como de cinco o seis kilos, en Japón no hubiésemos podido pagarla ni con el sueldo de un mes del director de la Central Nuclear de Fukushima...
El pequeño problema era que, por aquel entonces, las infraestructuras de Ballibió no atravesaban su mejor momento; desde Puyarruego se tomaba la pista -no asfaltada- que, siguiendo el Bellos a lo largo del Desfiladero de As Cambras, habían abierto a pico y barrena trabajadores esclavos -prisioneros de guerra, alojados en el barracón que aún se ve junto al primer puente- como primer paso en la construcción de una presa que debía embalsar las aguas del río en el mismísimo Cañón de Añisclo, dentro del actual Parque Nacional, desastre medioambiental del que nos libramos por los pelos. Pero la pista llegaba sólo hasta el Puente de San Úrbez, ni siquiera recuerdo que existiese el actual parking sobre el Molino de Aso. Desde allí, arrancaba la senda que, montaña arriba, entre bojes, pinos y caixigos, llevaba a Vió. Poca distancia, pero un desnivel considerable.
Como podéis suponer, me ofrecí a subir en brazos la descomunal sandía: apenas si podía abrazarla, y así tiré t'o tieso, como Sísifo cargando con su roca, o como el propio Atlas sosteniendo sobre sus hombros el Globo Terráqueo, sudando y jurando en Arameo, sin dejar de reirme, por lo bajini, pensando que, en el caso nada improbable de que diese un traspiés, aquella cosa enorme y verde iba a salir rodando, rodando, por la pendiente, hasta romperse en mil pedazos al chocar contra alguna roca o algún tronco, sembrando sus pepitas por toda la Selva Belloso, que es el nombre del densísimo bosque que cubre aquella vertiente...
Pero todos los esfuerzos quedaron compensados y olvidados cuando coronamos la cuesta, y se abrió ante nosotros un panorama increíble: al Norte, el descomunal tajo del Cañón, entre el Mondoto y Sestrales -veíamos sobre nosotros su negro "Fleire", el monolito de roca que recuerda la figura de un monje- y, al fondo, las nieves aún presentes en Treserols. Girando nuestra vista hacia el Sur, allí estaban, en su altiplano, Vió y su vecina Buerba, dos pequeños grupos de casas de piedra y losa, pardas sobre los campos de hierba aún verde: más allá, en el descenso vertiginoso hacia el Yesa, cuyas aguas limpísimas saltan de poza en poza, de badina en badina, sobre sus rocas casi blancas, la peña aguda de Arán, marcando el camino hacia Moriello de Sanpietro, ya en tierras de Boltaña, que se ve allá al fondo, encaramado en su cresta... subiendo un poco, el Portillo de Las Valles, sobre las ruinas de Sampietro, con sus caídas casitas de hobbits, desde donde se abren tres opciones: al Este, pasando por la cumbre del Tozal de las Tres Huegas, hacia San Vicente y Labuerda, en el Cinca; al Sur, hacia Boltaña y las orillas del Ara; al Oeste, hacia Ascaso ya en los pies de Nabaín, cuyo lomo de gigante cierra el horizonte en esa dirección...
Descendimos hacia Vió; sus casas, la verdad, me impresionaron: todas -o casi todas- eran similares; casas-patio, cerradas con un muro, en el cual se abre una puerta, coronada con un tejadillo de losas a dos vertientes, que da paso a un espacio abierto, a donde dan, a lado y lado, las cuadras y establos y, al fondo, la vivienda, que, con sus paredes ennegrecidas y sus minúsculas ventanas, no se diferenciaban demasiado de las otras construcciones. Aquellos fueron, sin duda, los años más duros para la vida en nuestros pueblos de montaña: cuando en Boltaña empezaban a verse "Seiscientos" y televisores, y las chicas se atrevían a ponerse discretos bikinis para bañarse en la Gorga, llegabas a aquellas aldeas de hombres vestidos, invierno y verano, de negra pana, con abarcas sobre gruesos calcetines de lana blanca, todos con sus pequeñas boinas lustrosas y descoloridas por el sol, y las mujeres, de luto permanente, con delantales de cuadros hasta el suelo y un pañuelo cubriendo sus cabellos... no había luz eléctrica, aunque -y eso hacía su falta doblemente dolorosa-, sí habían tenido suministro años atrás, cuando en el Molino de Aso funcionaba una pequeña central hidroeléctrica, y los aisladores, ya sin hilos, decoraban, impotentes, las fachadas de las casas... agua corriente, si la había, venía de depósitos que a saber cómo se llenaban; no había más calefacción que el hogar bajo, ni más combustible que la leña; cualquier enfermedad suponía tener que llegar hasta las distantes carreteras, a lomos de caballerías, y, desde allí, bajar hasta el médico más cercano tendido sobre un colchón en la trasera de una furgoneta... pregunté por el lavabo y, por supuesto, fui dirigido al corral de las gallinas... a nadie puede extrañar que, en esas condiciones, nuestras aldeas se despoblasen en muy pocos años; todo el que podía escapar, huyó, y aún es milagro que en alguna de ellas quedase alguna casa abierta. No fue, por desgracia, el caso de Vió...
La comida familiar fue lo que cabía esperar; larga, de múltiples platos, derroche de calorías, rematada por la fastuosa sandía y esas galletas ligeramente pasadas de fecha de caducidad que siempre se guardan para las visitas... me llamó la atención que la vajilla fuese de duralex, y la cubertería de acero inoxidable, con aquellos cuchillos "de sierra" que los barceloneses iban a comprar a Andorra: había parientes franceses, y la frontera está cerca... después de comer, tomando el café y alguna pequeña copita de coñac o anís, a alguien se le ocurrió decirme: "Antonio, toma las llaves de la Iglesia y vete a verla, te gustará..."
La iglesia de Vió se alza en una pequeña elevación del terreno, ya camino del Yesa; es pequeña, de dimensiones muy contenidas, con una torre que apenas supera la altura de la nave. Si no fuese por su ábside semicircular, nadie descubriría su origen románico, porque soy de la opinión de que, en nuestra arquitectura rural, el Románico aguantó plenamente actual hasta que llegaron la uralita y los bloques de cemento: abrí la puerta y, a la escasa luz que dejaban pasar su obertura y una pequeña ventana de medio punto, vi algo que aún ahora, al recordarlo, me pone el vello de punta...
El ábside estaba pintado de un color pastel, uniforme: no recuerdo si azul claro o rosa cerdito; lo rodeaba, también pintado, un cordón dorado, con nudos decorados con borlas... había entrado humedad por alguna gotera, haciendo saltar la pintura en algunos lugares. Y desde uno de esos desconchones, sobre mi cabeza, me contemplaban redondos, fijos, extrañamente vivos... los ojos de un Pantocrátor.
Apenas si se veía nada más que la cabeza: me llamó la atención que no recordase demasiado a los que yo conocía, de rasgos alargados y angulosos; éste era un Pantocrátor más redondito, de aspecto posiblemente más jovial, más humano, lejos de la exagerada majestad de sus colegas.. ¿una obra de transición...? en cualquier caso, un Pantocrátor románico, visiblemente en buen estado, y no era descabellado suponer que la capa de pintura hubiese ayudado a conservar razonablemente bien el resto de la decoración. Pero la misma humedad que le había permitido salir de su escondite podía, en poco tiempo, perjudicarlo gravemente. Además, la iglesia, con sus casi nulas medidas de seguridad, tampoco ofrecía las suficientes garantías ante un visitante rapaz o, simplemente, borde y vandálico... se imponía actuar.
Volví, corriendo, a la casa, y les informé de mi descubrimiento. Como sospechaba, el desconchón era reciente, y nadie se había percatado de las pinturas... les recomendé que hablasen urgentemente con el cura -que pasaba por allí, como mucho, una vez al año-, para que lo pusiese en conocimiento del Obispado. Poco tiempo después, me llegaron noticias de que, tal y como esperaba, habían tomado cartas en el asunto. Respiré, aliviado; la responsabilidad sobre aquella obra de arte ya estada adecuadamente compartida...
Y ese fue mi primer y único contacto, hata el momento, con "mi" Pantocrátor: He visitado en dos ocasiones la Catedral y el Museo de Barbastro, pero en ninguna de ellas lo he podido volver a ver: en la primera, nos acompañaba el Canónigo responsable del tema -me dijeron, por cierto, que era tío del Presidente de Aragón, Marcelino Iglesias-, un señor muy amable, pero me informó de que el Pantocrátor decoraba la capilla privada del Obispo, y que no eran horas -era una visita nocturna- de irlo a molestar en sus aposentos; en la segunda, esta Semana Santa, no pude entrar en la Catedral -que es donde ahora se encuentra- , porque estaba cerrada para preparar no sé qué acto... confío en encontrar otra ocasión y, así, poderlo ver.
Tampoco he vuelto a entrar en la Iglesia de Vió. ¿Para qué..? Sin su Pantocrátor, sin su mirada, ahí, en lo alto, el lugar debe haber perdido todo su encanto, aquel hechizo que me cautivó, que me hizo estar tanto tiempo allí, en silencio, mirándolo... , Comprendo que esas obras de arte deben conservarse en lugares que ofrezcan las máximas garantías, pero disponemos de medios más que suficientes para colocar, en su lugar originario, réplicas que nos hagan sentir de nuevo la emoción de descubrirlas en el espacio para el que fueron creadas... Sin olvidar el pequeño detalle, que también señala Gonzalo, de que esas obras no fueron pagadas por la Iglesia, así, en abstracto, sino por hombre y mujeres muy concretos, los feligreses de entonces, que debían destinar parte de sus magros recursos para, como en éstos casos, mantener y pagar a los maestros pintores que decoraban sus iglesias... me imagino al lombardo, a mesa y cuchillo, alojado en la mejor alcoba de la casa, y la pintura, que se eternizaba, como las de Antonio López... "Maese, ¿va para largo lo del santo...?" "Certamente, no, bella signora, si me dan uni quanti soldi para comprare pintura, in due o tre mesi la cosa estará, no digo finita, pero... ¿puedo ponerme un poco piu de questa cosa tanto buona, torteta, dici que si llama...?" "E la vostra figlia, bella ragazza, ¿pode far de modello per una giovane cortisana tentando un santo varone, que voglio pintare qui, al lado del confesonario, perque la genti vaya entrando en materia...?" Creo que sus descendientes se han ganado a pulso poderlas volver a contemplar, y si para también algún turista a verlas y deja algunos eurillos, bienvenidos serán...
P.S. Me informa Ánchel Belmonte de que en Vió hay una réplica... lo ignoraba, y me alegro mucho: ya tengo una excusa para volver a verlo allí...
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| Pantocrátor de Vió (Foto, Gonzalo del Campo) |
Ya he contado, en otra ocasión, que mi tío Miguel Pérez Ceresuela era de Vió, de Casa Puértolas: corría un mes de Agosto, posiblemente de 1968 o 1969; estábamos en Boltaña, y comentaron mis tíos que, al día siguiente, pensaban subir a Vió, a comer con su familia; yo tenía muchas ganas de conocer el pueblo y, rápidamente, me apunté a la expedición.
Mi tía Concha, la esposa de Miguel, prima hermana de mi padre, abordó enseguida un tema no menor; ¿Qué podíamos subir...? Todos sabemos que es de pésimo gusto presentarse a comer en una casa sin traer algún presente, no sé, unas flores, una botellita de vino... mi tía se decantó por lo práctico... ¿Qué podía faltar en Vió...? ¡Exacto, una sandía!, la sandía más grande que pudo encontrar, algo así como de cinco o seis kilos, en Japón no hubiésemos podido pagarla ni con el sueldo de un mes del director de la Central Nuclear de Fukushima...
El pequeño problema era que, por aquel entonces, las infraestructuras de Ballibió no atravesaban su mejor momento; desde Puyarruego se tomaba la pista -no asfaltada- que, siguiendo el Bellos a lo largo del Desfiladero de As Cambras, habían abierto a pico y barrena trabajadores esclavos -prisioneros de guerra, alojados en el barracón que aún se ve junto al primer puente- como primer paso en la construcción de una presa que debía embalsar las aguas del río en el mismísimo Cañón de Añisclo, dentro del actual Parque Nacional, desastre medioambiental del que nos libramos por los pelos. Pero la pista llegaba sólo hasta el Puente de San Úrbez, ni siquiera recuerdo que existiese el actual parking sobre el Molino de Aso. Desde allí, arrancaba la senda que, montaña arriba, entre bojes, pinos y caixigos, llevaba a Vió. Poca distancia, pero un desnivel considerable.
Como podéis suponer, me ofrecí a subir en brazos la descomunal sandía: apenas si podía abrazarla, y así tiré t'o tieso, como Sísifo cargando con su roca, o como el propio Atlas sosteniendo sobre sus hombros el Globo Terráqueo, sudando y jurando en Arameo, sin dejar de reirme, por lo bajini, pensando que, en el caso nada improbable de que diese un traspiés, aquella cosa enorme y verde iba a salir rodando, rodando, por la pendiente, hasta romperse en mil pedazos al chocar contra alguna roca o algún tronco, sembrando sus pepitas por toda la Selva Belloso, que es el nombre del densísimo bosque que cubre aquella vertiente...
Pero todos los esfuerzos quedaron compensados y olvidados cuando coronamos la cuesta, y se abrió ante nosotros un panorama increíble: al Norte, el descomunal tajo del Cañón, entre el Mondoto y Sestrales -veíamos sobre nosotros su negro "Fleire", el monolito de roca que recuerda la figura de un monje- y, al fondo, las nieves aún presentes en Treserols. Girando nuestra vista hacia el Sur, allí estaban, en su altiplano, Vió y su vecina Buerba, dos pequeños grupos de casas de piedra y losa, pardas sobre los campos de hierba aún verde: más allá, en el descenso vertiginoso hacia el Yesa, cuyas aguas limpísimas saltan de poza en poza, de badina en badina, sobre sus rocas casi blancas, la peña aguda de Arán, marcando el camino hacia Moriello de Sanpietro, ya en tierras de Boltaña, que se ve allá al fondo, encaramado en su cresta... subiendo un poco, el Portillo de Las Valles, sobre las ruinas de Sampietro, con sus caídas casitas de hobbits, desde donde se abren tres opciones: al Este, pasando por la cumbre del Tozal de las Tres Huegas, hacia San Vicente y Labuerda, en el Cinca; al Sur, hacia Boltaña y las orillas del Ara; al Oeste, hacia Ascaso ya en los pies de Nabaín, cuyo lomo de gigante cierra el horizonte en esa dirección...
Descendimos hacia Vió; sus casas, la verdad, me impresionaron: todas -o casi todas- eran similares; casas-patio, cerradas con un muro, en el cual se abre una puerta, coronada con un tejadillo de losas a dos vertientes, que da paso a un espacio abierto, a donde dan, a lado y lado, las cuadras y establos y, al fondo, la vivienda, que, con sus paredes ennegrecidas y sus minúsculas ventanas, no se diferenciaban demasiado de las otras construcciones. Aquellos fueron, sin duda, los años más duros para la vida en nuestros pueblos de montaña: cuando en Boltaña empezaban a verse "Seiscientos" y televisores, y las chicas se atrevían a ponerse discretos bikinis para bañarse en la Gorga, llegabas a aquellas aldeas de hombres vestidos, invierno y verano, de negra pana, con abarcas sobre gruesos calcetines de lana blanca, todos con sus pequeñas boinas lustrosas y descoloridas por el sol, y las mujeres, de luto permanente, con delantales de cuadros hasta el suelo y un pañuelo cubriendo sus cabellos... no había luz eléctrica, aunque -y eso hacía su falta doblemente dolorosa-, sí habían tenido suministro años atrás, cuando en el Molino de Aso funcionaba una pequeña central hidroeléctrica, y los aisladores, ya sin hilos, decoraban, impotentes, las fachadas de las casas... agua corriente, si la había, venía de depósitos que a saber cómo se llenaban; no había más calefacción que el hogar bajo, ni más combustible que la leña; cualquier enfermedad suponía tener que llegar hasta las distantes carreteras, a lomos de caballerías, y, desde allí, bajar hasta el médico más cercano tendido sobre un colchón en la trasera de una furgoneta... pregunté por el lavabo y, por supuesto, fui dirigido al corral de las gallinas... a nadie puede extrañar que, en esas condiciones, nuestras aldeas se despoblasen en muy pocos años; todo el que podía escapar, huyó, y aún es milagro que en alguna de ellas quedase alguna casa abierta. No fue, por desgracia, el caso de Vió...
La comida familiar fue lo que cabía esperar; larga, de múltiples platos, derroche de calorías, rematada por la fastuosa sandía y esas galletas ligeramente pasadas de fecha de caducidad que siempre se guardan para las visitas... me llamó la atención que la vajilla fuese de duralex, y la cubertería de acero inoxidable, con aquellos cuchillos "de sierra" que los barceloneses iban a comprar a Andorra: había parientes franceses, y la frontera está cerca... después de comer, tomando el café y alguna pequeña copita de coñac o anís, a alguien se le ocurrió decirme: "Antonio, toma las llaves de la Iglesia y vete a verla, te gustará..."
La iglesia de Vió se alza en una pequeña elevación del terreno, ya camino del Yesa; es pequeña, de dimensiones muy contenidas, con una torre que apenas supera la altura de la nave. Si no fuese por su ábside semicircular, nadie descubriría su origen románico, porque soy de la opinión de que, en nuestra arquitectura rural, el Románico aguantó plenamente actual hasta que llegaron la uralita y los bloques de cemento: abrí la puerta y, a la escasa luz que dejaban pasar su obertura y una pequeña ventana de medio punto, vi algo que aún ahora, al recordarlo, me pone el vello de punta...
El ábside estaba pintado de un color pastel, uniforme: no recuerdo si azul claro o rosa cerdito; lo rodeaba, también pintado, un cordón dorado, con nudos decorados con borlas... había entrado humedad por alguna gotera, haciendo saltar la pintura en algunos lugares. Y desde uno de esos desconchones, sobre mi cabeza, me contemplaban redondos, fijos, extrañamente vivos... los ojos de un Pantocrátor.
Apenas si se veía nada más que la cabeza: me llamó la atención que no recordase demasiado a los que yo conocía, de rasgos alargados y angulosos; éste era un Pantocrátor más redondito, de aspecto posiblemente más jovial, más humano, lejos de la exagerada majestad de sus colegas.. ¿una obra de transición...? en cualquier caso, un Pantocrátor románico, visiblemente en buen estado, y no era descabellado suponer que la capa de pintura hubiese ayudado a conservar razonablemente bien el resto de la decoración. Pero la misma humedad que le había permitido salir de su escondite podía, en poco tiempo, perjudicarlo gravemente. Además, la iglesia, con sus casi nulas medidas de seguridad, tampoco ofrecía las suficientes garantías ante un visitante rapaz o, simplemente, borde y vandálico... se imponía actuar.
Volví, corriendo, a la casa, y les informé de mi descubrimiento. Como sospechaba, el desconchón era reciente, y nadie se había percatado de las pinturas... les recomendé que hablasen urgentemente con el cura -que pasaba por allí, como mucho, una vez al año-, para que lo pusiese en conocimiento del Obispado. Poco tiempo después, me llegaron noticias de que, tal y como esperaba, habían tomado cartas en el asunto. Respiré, aliviado; la responsabilidad sobre aquella obra de arte ya estada adecuadamente compartida...
Y ese fue mi primer y único contacto, hata el momento, con "mi" Pantocrátor: He visitado en dos ocasiones la Catedral y el Museo de Barbastro, pero en ninguna de ellas lo he podido volver a ver: en la primera, nos acompañaba el Canónigo responsable del tema -me dijeron, por cierto, que era tío del Presidente de Aragón, Marcelino Iglesias-, un señor muy amable, pero me informó de que el Pantocrátor decoraba la capilla privada del Obispo, y que no eran horas -era una visita nocturna- de irlo a molestar en sus aposentos; en la segunda, esta Semana Santa, no pude entrar en la Catedral -que es donde ahora se encuentra- , porque estaba cerrada para preparar no sé qué acto... confío en encontrar otra ocasión y, así, poderlo ver.
Tampoco he vuelto a entrar en la Iglesia de Vió. ¿Para qué..? Sin su Pantocrátor, sin su mirada, ahí, en lo alto, el lugar debe haber perdido todo su encanto, aquel hechizo que me cautivó, que me hizo estar tanto tiempo allí, en silencio, mirándolo... , Comprendo que esas obras de arte deben conservarse en lugares que ofrezcan las máximas garantías, pero disponemos de medios más que suficientes para colocar, en su lugar originario, réplicas que nos hagan sentir de nuevo la emoción de descubrirlas en el espacio para el que fueron creadas... Sin olvidar el pequeño detalle, que también señala Gonzalo, de que esas obras no fueron pagadas por la Iglesia, así, en abstracto, sino por hombre y mujeres muy concretos, los feligreses de entonces, que debían destinar parte de sus magros recursos para, como en éstos casos, mantener y pagar a los maestros pintores que decoraban sus iglesias... me imagino al lombardo, a mesa y cuchillo, alojado en la mejor alcoba de la casa, y la pintura, que se eternizaba, como las de Antonio López... "Maese, ¿va para largo lo del santo...?" "Certamente, no, bella signora, si me dan uni quanti soldi para comprare pintura, in due o tre mesi la cosa estará, no digo finita, pero... ¿puedo ponerme un poco piu de questa cosa tanto buona, torteta, dici que si llama...?" "E la vostra figlia, bella ragazza, ¿pode far de modello per una giovane cortisana tentando un santo varone, que voglio pintare qui, al lado del confesonario, perque la genti vaya entrando en materia...?" Creo que sus descendientes se han ganado a pulso poderlas volver a contemplar, y si para también algún turista a verlas y deja algunos eurillos, bienvenidos serán...
P.S. Me informa Ánchel Belmonte de que en Vió hay una réplica... lo ignoraba, y me alegro mucho: ya tengo una excusa para volver a verlo allí...
miércoles, 18 de mayo de 2016
"Zinca, traidora..."
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| ¿Primera bajada radioretransmitida, Mamen...? |
Frecuentemente nos quejamos de la agenda sobrarbense: hay tantas actividades, hay tantas posibilidades, que difícilmente podemos llegar, podemos adubir a todas las que te interesan… peor aún lo tenemos los de la diáspora, que, por más trampas que hagamos, difícilmente podemos subir todos los fines de semana, ni tan siquiera los que, por suerte, estamos a tres horas de distancia… Así, he podido asistir este último a la comida de hermandad después de la subida a la Peña Montañesa -hermandad entre los que la subieron y los que ya hemos pasado a la reserva-, y procuraré no perderme, a fín de més, una excursión del Geoparque y una sesión de nuestro Cineclub… pero, en medio, faltaré a una cita emotiva, profundamente sentida por todos los que amamos Sobrarbe, porque nos habla del esfuerzo y el valor de los que nos precedieron: la bajada de las Nabatas.
Faltaré a ese momento emocionante en que los nabateros -los constructores y tripulantes que bajaban las almadías desde los bosques pirenáicos a Mequinenza o Tortosa, hasta donde encontrasen comprador… - entonan su canción: “Zinca, traidora, Zinca, traidora, que as piedras amuestras, y os hombres afogas…”. Solo he estado a bordo de una navata por breves momentos, amarrada aún a la “placha” de Laspuña, para sentir la sensación de la vibración del río en la planta de los pies, a través de los troncos- pero he conocido a quienes han protagonizado la recuperación de este bravo medio de vida, el propio de tantos y tantos habitantes de nuestros pueblos; desde Severino Pallaruelo, en aquellas primeras bajadas filmadas por Eugenio Monesma, hasta Ánchel, Betato, Toño, Juan, Kike… a todos los que aún se suben a los troncos, os deseo suerte, y una bajada limpia, sin embarrancamientos ni esfuerzos adicionales… Muchos años los he animado desde la orilla, o al llegar, ya vencedores, al Pantano, pasando bajo el puente de l’Ainsa, y recuerdo especialmente un encuentro internacional de nabateros, viendo bajar también, entre otros muchos, a los hijos o nietos de los tripulantes de las “Zattere” del Brenta, que cabalgaban los abetos de los Alpes sobre los que, hincados en el lodo, se construyó Venecia…
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| Nabateros y "Zattereros" |
Pero yo también soy animal de río; aprendí a nadar en el Ara, lo he recorrido a pie, que es como se conoce, con las botas altas de pescador, lo he bajado en una cámara hinchada de tractor, que siempre nos proporcionaba Blas, nuestro ferrero, y puedo decir con la frente muy alta, que soy uno de los pioneros del piragüismo en nuestros ríos… “¡Anda ya…!”, diréis los que me conocéis… un momento, por favor; puedo argumentarlo…
Hará unos cincuenta años, para las Fiestas de Boltaña, vinieron unos piragüistas de Graus a hacer una exhibición en nuestra gorga del río Ara: asistimos, embobados, a las evoluciones de sus canoas en un espacio relativamente reducido y, cuando acabaron, entre grandes aplausos, preguntaron si alguno de los presentes se atrevía… nos faltó tiempo a dos descerebrados, Paco Álvarez del Manzano y un servidor, para, a saltos -“¡Yo, yo…!”- ofrecernos a probar los artilugios, y proporcionamos un buen rato de sana y honesta distracción al numeroso público que atestaba el puente y se partía el pecho, porque pasamos bastante más rato debajo de las piraguas que encima: eran barcas de pantano, para aguas tranquilas, de quilla en “V” y sumamente estrechas y largas, dotadas de un innecesario timón que solo servía para liarnos aún más: volcaban -“bulcaban”- continuamente, y la experiencia, según me confirmaba después Paco, resultó parecida a intentar montar a caballo en una cabra. Esa, creo yo, debe ser la primera experiencia, si no en Sobrarbe, sí por lo menos en el Ara, y cederé mis laureles a quien pueda acreditar otra anterior: como testigos, aún quedarán algunos de los que, aquella memorable mañana, se orinaron de risa a nuestra costa…
Poco tiempo después, con un material y un “Know-how” mucho más apropiados, aparecieron mi amiga Marithé -Boltaño-francesa, o Franco-boltañesa, como queráis- y su entonces marido Michel; llevaban piraguas de fibra de vidrio y un perfil mucho más adecuado a nuestras aguas, aunque la fragilidad de los cascos nos obligaba, al salir del río, a una curiosa maniobra: se echaba agua dentro del kayak, se observaban los muchos lugares por donde salían chorritos -parecían regaderas, aquellas piraguas- y, luego, se parcheaban con una cinta adhesiva, fuerte, ancha y de aspecto metalizado, que entonces no se veía en España, y ellos llamaban “scotch”, y que hoy conocemos como “cinta americana”: después de unos días topando con todas las piedras del Ara, las piraguas llevaban más “scotch” que material original… Michel nos dejó una de sus piraguas y en ella, turnándonos, dimos muchas vueltas por la Gorga, sin atrevernos -yo, por lo menos- a ir mucho más allá.
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| Llegando a L'Ainsa... |
Años después -sería, calculo yo, en torno a 1986-, me apunté de nuevo a la aventura y participé en uno de los primeros cursos de piragüismo que organizaba el CAS: conocí allí a los que han sido los auténticos puntales del piragüismo sobrarbense, casi todos los ya citados como activísimos nabateros, y que después integrarían “Aguas Blancas”, una empresa pionera del deporte de aventuras, donde aún siguen en activo varios amigos y alguna amiga.
Quiero recordar, especialmente, a un increíble navarro, Antxón Arza, que bien hacía honor a su apellido: “Oso”: era un mocetón peludo y vital, que me cautivó desde el primer momento con su simpatía, y su forma de entender la vida… un día, nos desnudábamos juntos, y me quedé de piedra al ver la enorme cicatríz que recorría su cuerpo… “¿Qué te pasó, Antxón, te caíste en una máquina de picar carne…?” “Un poco jodido estuve, si…”, fue su púdica respuesta… en el río era una fuerza de la Naturaleza: su consejo, cuando la corriente te llevaba hacia una roca era; “Rema fuerte hacia ella, y di; ¡A que la parto…!”. Muchas veces he aplicado ese consejo en la vida...
Antxón se quedó parapléjico en un accidente de kayak; eso, dice él, no lo paró; simplemente, “cambió su forma de hacer deporte”: tuneó una piragua, y la siguió usando; y, hace pocos años, pude verlo en “Al filo de lo imposible” -junto con algunos amigos sobrarbenses, formó parte del increíble grupo de especialistas reunido en torno a Sebastián Álvaro- ¡escalando!: llegaba al pie de la pared de roca con su sillita de ruedas y, desde allí, a brazo, subía, y subía, sonriendo, siempre sonriendo…
Mientras escribía estas líneas, he sentido el deseo de saber qué es de su vida: gracias a google, llegas a todo en un momento, y he tenido el pesar de enterarme de que, hace pocos años, sufrió un dolor aún mayor; la pérdida de su hijo Adi, en un desgraciado accidente. También me ha emocionado saber que otra hija suya lleva el nombre de Ara, en recuerdo del río por el que, dice Antxon, tan buenos descensos hizo… uno de ellos, por cierto, conmigo… intentaré que le lleguen mis palabra, con un abrazo muy fuerte y especial, un abrazo de artza…
Los kayaks que usábamos, ya de plástico, estaban bastante bien; muy distintos de los que había conocido antes, pero, por lo que veo ahora, el resto del material ha evolucionado mucho: usábamos casco protector, y un chaleco salvavidas de porispán forrado de plástico, que te protegía también las costillas y la columna, por si acaso, pero ahí se acababa todo: los neoprenos brillaban por su ausencia, y los que lo conocéis, sabéis que, incluso en Agosto, el Zinca es frío de c…., y una horita o dos en remojo se notaban… ibamos en camiseta y bañador, calcetines y unas zapatillas viejas, a las que no les tuvieses demasiado cariño, y a mí se me ocurríó ponerme también unas rodilleras de portero de fútbol, de aquellas protegidas con tacos de fieltro, como los gorros de los tanquistas rusos. Eso era todo.
En cuanto al piragüismo… en los dos cursos que hice, aprendí lo más elemental, pero suficiente para disfrutar de un montón de emociones, que difícilmente hubiese descubierto de otra manera: todo ello, ayudado por el clima de compañerismo y de mútua confianza que se creaba, sabiendo que compañeros y monitores te podían sacar las castañas del fuego en un momento determinado… aún ahora, tantos años después, el recuerdo de la sensación de libertad que experimentaba bajando por aquellos rápidos, no demasiado complicados, pero que a mí me lo parecían, entre Escalona y l’Ainsa, pasando cerca de las casas de Labuerda, -el paso del Refugio de Pescadores, bellísimo- envuelto en el sonido y la espuma del río que te cegaba la visión, saltando sobre las piedras, cantando a voz en grito de pura alegría… figura entre los recuerdos más bonitos y plenos de mi vida, así de sencillo…
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| Antes del paso del Refugio de Pescadores... ¡qué bello tramo! |
Tengo bien presente, en el segundo curso, una bajada por el río Ara: me parece que fue a petición mía, que estaba empeñado en bajar “mi” río… salimos debajo del Puente de Jánobas y, pocos cientos de metros después, donde el río gira 90ª a la izquierda -¿o debo decir a babor?-, para evitar darme de morros contra la pared rocosa, paré con las manos, y me hice una herida en la palma que no dejó de sangrar en toda la bajada… pero me importó un pito: disfruté cada momento del camino… que fue especialmente accidentado: Carmen Lamúa, una -entonces- jovencísima compañera, lo recordará… se sucedían los tramos tediosos de las rasas, donde, literalmente, arrastrábamos el culo por las piedras, con los rápidos vertiginosos que nos disparaban la adrenalina… al salir de una curva pronunciada, a toda velocidad, nos encontramos el cauce invadido por los cuarenta o cincuenta bañistas de la colonia de los Padres Agustinos, que corrían despavoridos en todas direcciones… no pude esquivar a uno de ellos, y le di un golpe -tampoco demasiado fuerte- en una pierna… intenté parar para disculparme, pero uno de los monitores (¿Ánchel, Antxón…?) me gritó: “¡Mira en la guantera…! ¿verdad que no llevas los papeles del seguro…? ¡Tiiiira p’alante…!” Luego me tranquilizaba… “Total, no hemos visto bajar por la corriente ninguna pierna, ¿verdad…?”
Pero el descenso, cada vez más rápido, seguía… de repente, el que iba en cabeza, gritó… “¡Tías, hay tías en topless…!… efectivamente; allí sobre una piedra, saludando en plan Sirenita de Copenhague, estaba… ¡Vicky, mi hermana pequeña…! Muy familiar, el Ara es un río muy familiar…
No hace demasiados años repetí la bajada por el Zinca, pero esta vez en un kayak doble, llevando de compañero a Alex, el hijo de mis amigos Xell y Miguel: reconozco que abusé de mi edad; le encargué la propulsión de la piragua: “¡Tú, rema como un condenado, que yo me encargo de la dirección…!” bajé como un marqués, dando sabios toquecitos con la pala, sin “bulcar” ni una sola vez… perfecta, una bajada perfecta, digno broche de oro a mi breve pero satisfactoria carrera de piragüista… si no me da otra vez la venada, y repito…
Una vez más, a todos vosotros, Hermanos del Río, que bajaréis por esas aguas tan queridas, sobre los troncos ancestrales, en kayaks, en cosas raras -¿aquespeeds?, WTF?- incluso en rafts (lo he probado una sola vez, con cierta condescendencia, porque, cuando has sido piloto de Fórmula 1, te aburre un poco ir en un camión….), ¡Suerte, mucha suerte, suerte nabatera, y disfrutad como yo he disfrutado, disfrutad también por mí…!
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| ¡Misión cumplida! |
miércoles, 11 de mayo de 2016
¡Más cine, por favor...!
Una entrada de urgencia: hay que apoyar el Cine en Sobrarbe; acudamos...
Las sobremesas de Agosto, en Boltaña, eran hipnóticas... ¡qué siestones, punteados por el canto de las cigarras y el zumbido de cientos y cientos de moscas -en cada casa había corrales, imaginad...-!: de repente, se oía una corneta, y, de un salto, nos precipitábamos a la galería; allá abajo, en la Carrereta, el pregonero voceaba: "¡De orden del Señor Alcalde, se hace saber... que, esta noche, cine en el Parador... se proyectará la película....., con los actores...!" y aquí venían, en versión aragonesa, los nombres de los más famosos actores de Hollywood, Gary Cooper, Clark Gable... que, total, tampoco ninguno sabíamos pronunciar correctamente, para qué vamos a decir una cosa por otra...
A la hora en punto, allí estábamos, en la sala interior del viejo edificio, el mismo que había conocido Lucien Briet. O, si la noche era buena -de rebequita, vamos, las noches del Verano boltañés-, en el espacio abierto donde, años después, se construiría nuestra única y breve piscina: sentados en sillas plegables o en viejas sillas de comedor, viendo la proyección, irregular, con saltos, en una sábana atirantada con listones de madera: alguien había pintado en la sábana, a lápiz, una cabeza de pato, y recuerdo una película sobre monjitas -cosa no extraña en la época; abundaban- donde el pato aparecía, indefectiblemente, sobre las blancas tocas...pero allí absorbíamos la magia del cine, historias que nos llegaban de lejanas tierras, o películas españolas en blanco y negro... volvíamos, cuesta arriba, a casa con las imágenes grabadas en nuestras asombradas mentes, hay que ver, lo que era el Cine...
La notícia de que los de Casa Menac estaban construyendo un cine nuevo nos llegó puntual a Barcelona, por ese eficaz "boca a oreja" de los emigrados... con el Cine Álamo entraba en Boltaña la modernidad, y no es casual que, haciendo sus cimientos, apareciese un enterramiento neolítico... me perdí su inauguración, - que, creo, no pudo ser "El Álamo"- pero pronto fui un fiel asistente, en el poco tiempo que, entonces, podía pasar en Boltaña: de construcción sencilla, pero con un detalle gracioso en piedra en su fachada, blanco como era entonces todo el pueblo, con un aparato de proyección bastante adecuado para la época, y sillones, de madera, pero sillones...
La asistencia al cine era todo un acontecimiento social: empezaba con los preliminares; la llegada, en el coche de línea, de la saca con las bobinas; alguna vez ayudé a transportarlas; recuerdo que, en una ocasión, venía con ellas una nota de la Censura: "Eliminar la escena donde dice: es una persona de confianza; durante la Guerra de España, pasaba armas a los Republicanos..." Muchas veces entrábamos también en la cabina de proyección, viendo cómo aquella imponente máquina devoraba velozmente la película, que había que ir empalmando, rollo a rollo...
Pero la sesión, en sí era un acto social; acudías en grupo, con los amigos, anticipando de antemano lo que sabías de la película; asistías en silencio... o no tanto; recuerdo el inicio de "El Tormento y el Éxtasis", sobre la vida de Miguel Ángel, y empieza con un impresionante trávelling aéreo sobre el Vaticano... todos pudimos oír la voz inconfundible de un amigo comentando, un punto más alto de lo estrictamente necesario... "¡Míala, a Cópula de San Pedro...!" y, a la salida, tiempo tenías para iniciarte en la crítica cinematográfica, otra vez en grupo, con tus amigos, tomando algo en los bares de la Carretera... mientras hubo soldados en los Cuarteles, una parte importante de los asistentes vestían de caqui y comían pipas, y un olor denso, profundo, a pies mal lavados y calcetines poco cambiados, flotaba en el ambiente, pero no parecía preocuparnos demasiado.
En los sillones de madera del "Alamo" vi muchas de las grandes películas de la segunda mitad del Siglo XX: empecé a los quince o dieciséis años, y llegué a ir con mis hijos, seguramente su primer cine; recuerdo que, cuando mi hijo Borja tenía dos meses -dos meses en que mi mujer y yo nos turnábamos para darle los biberones nocturnos- nos atrevimos a llevarlo al cine, para ver "Grease"... cometí un fallo; iba corto de sueño: me la dormí entera y verdadera; creo que iba de unos que bailaban...
Pero no son esos los únicos recuerdos del "Álamo"; la oscuridad de la sala te ofrecía momentos de intimidad difíciles de conseguir fuera... allí, emocionados, pudimos sujetar por primera vez en nuestra mano la de alguna chica, de la que estabas perdidamente enamorado para toda la vida o, por lo menos, para las próximas semanas, mientras sonaba alguna música que ya nunca olvidaremos... "Raindrops keep fallin' on my head..."
"El Álamo" cumplió su ciclo y, en su fase final, cubrió también una necesidad que aún sigue sin resolverse: ofrecer un lugar donde los jóvenes puedan agitar cubitos de hielo en un vaso tubo aguantando muchos decibelios, mientras niños y adultos duermen, tranquilos y felices, en sus lechos... por eso todos contuvimos la respiración cuando, como mariposa salida de la crisálida, eclosionó en su lugar nuestro magnífico Palacio de Congresos, dotado de una sala y unos medios técnicos de proyección comparables a los que podías encontrar en cualquier ciudad. En cualquier otra ciudad, porque colocaba a Boltaña, y a todo Sobrarbe, a un nivel de equipamiento plenamente ciudadano. Por lo menos, en eso...
Mis amigos de fuera alucinan cuando les cuento que, en una comarca de siete mil habitantes, tenemos un Festival Internacional de Documental Etnográfico, que va por su decimoquinta edición -¡ya hemos empezado a trabajar en ella!, una Muestra de Cine de Mujeres, el Festival de Cine Más Pequeño del Mundo, hemos recibido este año el Festival de Banff, de Cine de Montaña -y esperemos que se consolide-, y mantenemos desde hace meses un prometedor Cineclub, que utiliza nuestra entrañable sala de proyecciones de la Casa de Cultura. No se puede negar que hay en Sobrarbe interés por el Cine, y un puntal de ese interés ha de ser la programación de cine comercial, aprovechando las instalaciones del Palacio de Congresos.
Hasta el momento, la selección de películas que hemos podido ver me ha parecido, en líneas generales, muy acertada: obras importantes las hemos podido ver en Boltaña pocos días después de su estreno en Madrid y Barcelona, y, en los últimos meses, recuerdo llenazos en la proyección de películas recientes y taquilleras del cine español: "Palmeras en la Nieve", los "Ocho apellidos", en sus dos versiones y, a otro nivel artístico -más exigente, extremadamente bella-, "Bodas de sangre"... incluso hubo una buena entrada, recientemente, para la oscarizada "Spotlight", a pesar de que su temática podía resultar poco atractiva para algunos.
Pero, al parecer, los números no salen... ni en Boltaña, ni en muchas otras partes: se asiste a un goteo de cierres de salas, y eso nos pone el alma en vilo a los que amamos el Cine.
Todos conocemos las causas: el cine no es barato, el IVA cultural ha venido a añadir una nueva dificultad, y la gente reacciona "bajándose" las películas, aprovechando las facilidades para el pirateo informático... se sigue viendo cine, quizás más que nunca, pero no en las salas, no pasando por taquilla. Y ahí reside el problema: el Cine, además de un arte, es una industria. Y una industria de productos caros; cada película implica el trabajo, durante largos periodos de tiempo, de cientos y cientos de personas, que tienen que cobrar por ello, porque de ello viven: Y esa inversión, hoy por hoy, solo se recupera en taquilla. la Literatura requiere un hombre con ganas de contar algo, papel y un bolígrafo, o un ordenador; la piratería literaria -y no la defiendo, soy mínimo accionista de una pequeña editorial- no matará la Literatura: cualquiera puede montarse un blog y, os lo aseguro, está al alcance del más negado en materia de informática, soy buena prueba de ello... pero la piratería cinematográfica puede matar la Industria y, con ella, el Arte. Y en no demasiado tiempo, además...
¿Por qué hay que ir al cine en una sala de cine, es decir, pagando en la taquilla...? De entrada, niego la mayor; no es tan caro; te va a costar la entrada -a mí, por lo menos, mayor de 65- lo que una ronda de cervezas en un bar. Con la diferencia de que todas las cervezas son bastante parecidas -por mucho que diga Tosar y su piscina de pirañas-, mientras cada película es única en su género, aunque sea un "remake" o una "precuela". Y, además, de todas ellas -y ahora me voy a pasar: incluso del género más despreciable: las de veinteañeros yankis obsesos sexuales y descerebrados- puedes salvar algo, puedes recordar algún momento...
Y, en segundo lugar, porque las películas están hechas para verlas en cines: durante la preselección de "Espiello" vemos los documentales en casa, en el ordenador o en el televisor: cuando volvemos a verlas, en la sala del Palacio de Congresos, sentados, en silencio, en medio de la oscuridad, envueltos en el sonido -cómo lo apreciamos los mediosordos-, en pantalla grande -aquí el tamaño importa, y mucho-... estamos viendo algo completamente distinto. Estamos dentro de la película. Eso es magia...
No dejemos caer nuestro cine comercial: hagamos todos los esfuerzos por mantenerlo, y me refiero, por supuesto, a los ciudadanos del montón, que solo podemos hacer una cosa; ir, pagando. Aunque llueva, aunque haga frío, aunque estés muy cómodo en tu sillón, junto al radiador... Lo que allí vas a ver, lo que sólo allí puedes ver, va a cambiar, aunque sea un poquito, tu vida... sin él, nuestras noches serían más oscuras, más tristes, más pobres... y Sobrarbe se alejaría un poquito del Mundo, se hundiría en esa bruma de la que, con el esfuerzo de todos, vamos saliendo día a día...
| Nuestra magnífica Sala de Proyección: ¡Así tendría que estar siempre! |
Las sobremesas de Agosto, en Boltaña, eran hipnóticas... ¡qué siestones, punteados por el canto de las cigarras y el zumbido de cientos y cientos de moscas -en cada casa había corrales, imaginad...-!: de repente, se oía una corneta, y, de un salto, nos precipitábamos a la galería; allá abajo, en la Carrereta, el pregonero voceaba: "¡De orden del Señor Alcalde, se hace saber... que, esta noche, cine en el Parador... se proyectará la película....., con los actores...!" y aquí venían, en versión aragonesa, los nombres de los más famosos actores de Hollywood, Gary Cooper, Clark Gable... que, total, tampoco ninguno sabíamos pronunciar correctamente, para qué vamos a decir una cosa por otra...
A la hora en punto, allí estábamos, en la sala interior del viejo edificio, el mismo que había conocido Lucien Briet. O, si la noche era buena -de rebequita, vamos, las noches del Verano boltañés-, en el espacio abierto donde, años después, se construiría nuestra única y breve piscina: sentados en sillas plegables o en viejas sillas de comedor, viendo la proyección, irregular, con saltos, en una sábana atirantada con listones de madera: alguien había pintado en la sábana, a lápiz, una cabeza de pato, y recuerdo una película sobre monjitas -cosa no extraña en la época; abundaban- donde el pato aparecía, indefectiblemente, sobre las blancas tocas...pero allí absorbíamos la magia del cine, historias que nos llegaban de lejanas tierras, o películas españolas en blanco y negro... volvíamos, cuesta arriba, a casa con las imágenes grabadas en nuestras asombradas mentes, hay que ver, lo que era el Cine...
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| Boltaña, años Sesenta; Cine Álamo |
La notícia de que los de Casa Menac estaban construyendo un cine nuevo nos llegó puntual a Barcelona, por ese eficaz "boca a oreja" de los emigrados... con el Cine Álamo entraba en Boltaña la modernidad, y no es casual que, haciendo sus cimientos, apareciese un enterramiento neolítico... me perdí su inauguración, - que, creo, no pudo ser "El Álamo"- pero pronto fui un fiel asistente, en el poco tiempo que, entonces, podía pasar en Boltaña: de construcción sencilla, pero con un detalle gracioso en piedra en su fachada, blanco como era entonces todo el pueblo, con un aparato de proyección bastante adecuado para la época, y sillones, de madera, pero sillones...
La asistencia al cine era todo un acontecimiento social: empezaba con los preliminares; la llegada, en el coche de línea, de la saca con las bobinas; alguna vez ayudé a transportarlas; recuerdo que, en una ocasión, venía con ellas una nota de la Censura: "Eliminar la escena donde dice: es una persona de confianza; durante la Guerra de España, pasaba armas a los Republicanos..." Muchas veces entrábamos también en la cabina de proyección, viendo cómo aquella imponente máquina devoraba velozmente la película, que había que ir empalmando, rollo a rollo...
Pero la sesión, en sí era un acto social; acudías en grupo, con los amigos, anticipando de antemano lo que sabías de la película; asistías en silencio... o no tanto; recuerdo el inicio de "El Tormento y el Éxtasis", sobre la vida de Miguel Ángel, y empieza con un impresionante trávelling aéreo sobre el Vaticano... todos pudimos oír la voz inconfundible de un amigo comentando, un punto más alto de lo estrictamente necesario... "¡Míala, a Cópula de San Pedro...!" y, a la salida, tiempo tenías para iniciarte en la crítica cinematográfica, otra vez en grupo, con tus amigos, tomando algo en los bares de la Carretera... mientras hubo soldados en los Cuarteles, una parte importante de los asistentes vestían de caqui y comían pipas, y un olor denso, profundo, a pies mal lavados y calcetines poco cambiados, flotaba en el ambiente, pero no parecía preocuparnos demasiado.
En los sillones de madera del "Alamo" vi muchas de las grandes películas de la segunda mitad del Siglo XX: empecé a los quince o dieciséis años, y llegué a ir con mis hijos, seguramente su primer cine; recuerdo que, cuando mi hijo Borja tenía dos meses -dos meses en que mi mujer y yo nos turnábamos para darle los biberones nocturnos- nos atrevimos a llevarlo al cine, para ver "Grease"... cometí un fallo; iba corto de sueño: me la dormí entera y verdadera; creo que iba de unos que bailaban...
Pero no son esos los únicos recuerdos del "Álamo"; la oscuridad de la sala te ofrecía momentos de intimidad difíciles de conseguir fuera... allí, emocionados, pudimos sujetar por primera vez en nuestra mano la de alguna chica, de la que estabas perdidamente enamorado para toda la vida o, por lo menos, para las próximas semanas, mientras sonaba alguna música que ya nunca olvidaremos... "Raindrops keep fallin' on my head..."
"El Álamo" cumplió su ciclo y, en su fase final, cubrió también una necesidad que aún sigue sin resolverse: ofrecer un lugar donde los jóvenes puedan agitar cubitos de hielo en un vaso tubo aguantando muchos decibelios, mientras niños y adultos duermen, tranquilos y felices, en sus lechos... por eso todos contuvimos la respiración cuando, como mariposa salida de la crisálida, eclosionó en su lugar nuestro magnífico Palacio de Congresos, dotado de una sala y unos medios técnicos de proyección comparables a los que podías encontrar en cualquier ciudad. En cualquier otra ciudad, porque colocaba a Boltaña, y a todo Sobrarbe, a un nivel de equipamiento plenamente ciudadano. Por lo menos, en eso...
Mis amigos de fuera alucinan cuando les cuento que, en una comarca de siete mil habitantes, tenemos un Festival Internacional de Documental Etnográfico, que va por su decimoquinta edición -¡ya hemos empezado a trabajar en ella!, una Muestra de Cine de Mujeres, el Festival de Cine Más Pequeño del Mundo, hemos recibido este año el Festival de Banff, de Cine de Montaña -y esperemos que se consolide-, y mantenemos desde hace meses un prometedor Cineclub, que utiliza nuestra entrañable sala de proyecciones de la Casa de Cultura. No se puede negar que hay en Sobrarbe interés por el Cine, y un puntal de ese interés ha de ser la programación de cine comercial, aprovechando las instalaciones del Palacio de Congresos.
Hasta el momento, la selección de películas que hemos podido ver me ha parecido, en líneas generales, muy acertada: obras importantes las hemos podido ver en Boltaña pocos días después de su estreno en Madrid y Barcelona, y, en los últimos meses, recuerdo llenazos en la proyección de películas recientes y taquilleras del cine español: "Palmeras en la Nieve", los "Ocho apellidos", en sus dos versiones y, a otro nivel artístico -más exigente, extremadamente bella-, "Bodas de sangre"... incluso hubo una buena entrada, recientemente, para la oscarizada "Spotlight", a pesar de que su temática podía resultar poco atractiva para algunos.
Pero, al parecer, los números no salen... ni en Boltaña, ni en muchas otras partes: se asiste a un goteo de cierres de salas, y eso nos pone el alma en vilo a los que amamos el Cine.
Todos conocemos las causas: el cine no es barato, el IVA cultural ha venido a añadir una nueva dificultad, y la gente reacciona "bajándose" las películas, aprovechando las facilidades para el pirateo informático... se sigue viendo cine, quizás más que nunca, pero no en las salas, no pasando por taquilla. Y ahí reside el problema: el Cine, además de un arte, es una industria. Y una industria de productos caros; cada película implica el trabajo, durante largos periodos de tiempo, de cientos y cientos de personas, que tienen que cobrar por ello, porque de ello viven: Y esa inversión, hoy por hoy, solo se recupera en taquilla. la Literatura requiere un hombre con ganas de contar algo, papel y un bolígrafo, o un ordenador; la piratería literaria -y no la defiendo, soy mínimo accionista de una pequeña editorial- no matará la Literatura: cualquiera puede montarse un blog y, os lo aseguro, está al alcance del más negado en materia de informática, soy buena prueba de ello... pero la piratería cinematográfica puede matar la Industria y, con ella, el Arte. Y en no demasiado tiempo, además...
¿Por qué hay que ir al cine en una sala de cine, es decir, pagando en la taquilla...? De entrada, niego la mayor; no es tan caro; te va a costar la entrada -a mí, por lo menos, mayor de 65- lo que una ronda de cervezas en un bar. Con la diferencia de que todas las cervezas son bastante parecidas -por mucho que diga Tosar y su piscina de pirañas-, mientras cada película es única en su género, aunque sea un "remake" o una "precuela". Y, además, de todas ellas -y ahora me voy a pasar: incluso del género más despreciable: las de veinteañeros yankis obsesos sexuales y descerebrados- puedes salvar algo, puedes recordar algún momento...
Y, en segundo lugar, porque las películas están hechas para verlas en cines: durante la preselección de "Espiello" vemos los documentales en casa, en el ordenador o en el televisor: cuando volvemos a verlas, en la sala del Palacio de Congresos, sentados, en silencio, en medio de la oscuridad, envueltos en el sonido -cómo lo apreciamos los mediosordos-, en pantalla grande -aquí el tamaño importa, y mucho-... estamos viendo algo completamente distinto. Estamos dentro de la película. Eso es magia...
No dejemos caer nuestro cine comercial: hagamos todos los esfuerzos por mantenerlo, y me refiero, por supuesto, a los ciudadanos del montón, que solo podemos hacer una cosa; ir, pagando. Aunque llueva, aunque haga frío, aunque estés muy cómodo en tu sillón, junto al radiador... Lo que allí vas a ver, lo que sólo allí puedes ver, va a cambiar, aunque sea un poquito, tu vida... sin él, nuestras noches serían más oscuras, más tristes, más pobres... y Sobrarbe se alejaría un poquito del Mundo, se hundiría en esa bruma de la que, con el esfuerzo de todos, vamos saliendo día a día...
lunes, 25 de abril de 2016
Noticia de un Hombre Granizo
Ayer comentaba que había pasado el día en los bellísimos parajes de La Valle de Laspuña, y, de pasada, citaba la observación allí de un "Hombre Granizo" -o "Grandizo", que de las dos formas lo he visto escrito- hace ya más de cuarenta años. Algunos amigos me piden información adicional sobre el tema... ¡Con mucho gusto!
En una aburrida mañana de mi pacífico Servicio Militar, vinieron a verme, alborozados, dos compañeros de armas, aunque eso fuese mucho decir, porque solo tocábamos máquinas de escribir y escobas... "¿Antonio, tu eres medio de Boltaña, no? ¿Has leído lo que viene hoy en el Heraldo...?"
Pese a mis buceos por el gúguel, no he podido rescatar ninguna información al respecto; se lo pediré a mi madre, que es mucho mejor que yo buscando noticias antiguas: brevemente, y según recuerdo, los hechos descritos en el Decano de la Prensa Aragonesa eran los siguientes: unos leñadores (¿dos...? ¿más...?), que se encontraban en La Valle de Laspuña, entregados a las labores propias de su oficio, fueron sorprendidos por la aparición de un ser con las siguientes características: a) apariencia general humana. b) muy grande c) en pelotas, pero extremadamente peludo y c) dotado de una notable mala leche, porque avanzaba hacia ellos gritando y gesticulando, lanzándoles piedras, palos y -ahí ya no sé si entra en juego mi perversa imaginación - excrementos, ignoro si propios o cagajones de jabalí, tan abundantes -los jabalíes y los cagajones- en aquella zona.
Los leñadores, poco inclinados al heroísmo, emprendieron rauda y vergonzosa fuga.. al día siguiente -¿reconfortados con alguna copita de coñac?- volvieron al lugar de los hechos, y encontraron el torno metálico de grandes dimensiones que utilizaban para sacar troncos del bosque -creo recordar que le llamaban "El piojo"- completamente aplastado bajo piedras gigantescas. Fin de la información.
Ya en su momento, el tema me intrigó... una primera explicación corrió entre mi círculo de amistades... "¡Un maquis, superviviente de los que por allí campaban en los años 40...!" Rápidamente la descarté; el más joven maquis de 1945 debería andar ya cerca de la cincuentena, edad poco propicia para ir dando tumbos por el monte, habiéndose desprendido de su zamarra de cuero y su metralleta Sten, y, además, no constaba que hubiese lanzado "¡Vivas!" a la República ni se hubiese cagado en la madre del Jefe del Estado...
Mis explicaciones iban por otros caminos que, paulatinamente, la Ciencia ha ido confirmando: ahora es comunmente aceptado que nuestros antepasados Homo sapiens sapiens mantuvieron relaciones lo suficientemente próximas con otras especies humanas -los Neandertales y los Demisovanos- como para intercambiar dotación cromosomática... eso no quiere decir, necesariamente, que las relaciones fuesen pacíficas; no es infrecuente intercambiar dotaciones cromosomáticas con individuos con los que se mantienen relaciones problemáticas y, de hecho, muchos bufetes de abogados viven de eso... no me resulta difícil imaginar al Sapiens Sapiens mirando a los ojos de la Neandertala y diciéndole: "No eres tú... soy yo... ¡y deja de emitir sonidos guturales por tu poco desarrollada glotis!", y a la pobre Neandertala, con lágrimas en los ojos, pensando,,, "¡Siempre nos quedará Atapuerca...!" ¿Qué tendría de extraño que, en algunos pocos y privilegiados lugares, hayan sobrevivido poblaciones residuales de descendientes de aquellas lejanas relaciones, cuya guarda y custodia no fue encomendada a ninguno de sus progenitores, y que se han mantenido en la clandestinidad, evitando en todo lo posible las relaciones con sus evolucionados parientes..?
Hay, junto a nuestro Hombre Granizo, dos casos perfectamente documentados; en las altas tierras del Himalaya, entre Nepal y el Tibet, campa desde siempre el Yeti, del que ya nos daba noticias en sus viajes una fuente tan fiable como Tintín, el famoso reportero de "Le p'tit Vingtième". Creo que la última referencia procede de unos montañeros japoneses que, en 2008, han logrado fotografiar sus huellas y, creedme, lo que dicen los "japos" va a misa, aunque sea misa sintoísta...
Las heladas tierras de las Montañas Rocosas (O "Rocallosas", en las deliciosas traducciones al Latinoamericano de tantas y tantas películas) son zona de campeo del Sasquatch o "Big Foot", el Pie Grande: (por cierto, ¿Por qué "foot" y no "feet"...? ¿Vá siempre a la pata coja...?): en ese caso, tratándose de zonas más frecuentadas y con personal más dotado de adelantos tecnológicos, las pruebas de su existencia son abrumadoras... en los últimos cinco años se han producido más de diez observaciones, cifra muy superior a la de las ruedas de prensa de Rajoy, de cuya existencia nadie duda... en la última, en 2015, Bigfoot fue filmado en el mítico Parque de Yellowstone, ignoro si en compañía de mis amados Yogui y Boo-boo...Se trata de un individuo -o muchos, a saber...- de entre 2,1 y 2,2 metros, nada fuera de lo común en equipos de basket, y bastante por debajo del "techo" aragonés, marcado por el sallentino Fermín Arrudi, fallecido en 1913, que medía 2,29 y pesaba 170 kilos, y cuyos calzoncillos marianos, sostenidos a duras penas por dos mesaches, tengo el gusto de presentaros...
Afirmo, pues, salvo opinión científica mejor fundada, que nos hallamos ante un caso de pequeña población relicta, descendientes de devaneos -o relaciones más formales, vayan ustedes a saber- entre Sapiens Sapiens y Neandertales, acaecidas en los últimos 30.000 años, época en la cual poco o nada ha cambiado en La Valle de Laspuña: seguramente un análisis de ADN confirmaría sin lugar a dudas mi teoría; deberíamos, por lo tanto, buscar cualquier residuo de Hombre Granizo presente en la zona; ante la dificultad de encontrar pelos, me inclino por los excrementos; aconsejo investigar en todos aquellos que no tengan, en sus inmediatas proximidades, uno o varios kleenex...
Parece confirmar mi opinión la reciente filmación de lo que solo puede ser un Hombre Granizo en las pistas de Formigal, el pasado 16 de febrero, aunque, por desgracia, el medio donde fue publicado -Forocoches- no alcance los niveles de común aceptación, por su fiabilidad, que pudiese revestir, por ejemplo, National Geographic.
Sobre el hecho de que aparezcan desnudos y sumamente peludos, solo puedo formular hipótesis; es posible que algún proceso de evolución paralela les haya conducido a aceptar las evidentes ventajas morales y sanitarias del Nudismo, ya que se ven abocados por las circunstancias a la Alimentación Ecológica y, por otra parte -y hablo por propia experiencia- es prácticamente imposible encontrar prendas de ciertas tallas en HyM, Zara y otros establecimientos a precios asequibles... en lo referente al vello corpóreo, la práctica inexistencia en sus lugares de residencia de centros de estética dotados de tecnología laser les imposibilita un depilado medianamente eficaz, ya que debe ser punto menos que imposible hacerlo a la cera o la epilady... si bien es cierto que la visión de un Hombre Granizo con ingles brasileñas podría provocar serios trastornos psíquicos en el infortunado observador... cabe al respecto formular una última precisión: no se han descubierto evidencias cromosomáticas de cruce con Neandertales o Demisovanos en ninguna etnia subsahariana: eso explica que todas las observaciones incidan en el gran tamaño general, sin detenerse en detalles como, sin duda, hubiesen saltado a la vista en un hipotético cruce entre Neandertala y, pongo por caso, senegalés.
Me preguntan también algunos amigos por la posible relación entre el Hombre Granizo y Silván de Tella: tengo mis dudas, por dos fundadas razones: área de distribución, y posición en la Cadena Trófica.
En cuanto al área de distribución, es necesario recordar que entre La Valle de Laspuña y las altas tierras de Tella, pese a su proximidad geográfica, se encuentra un obstáculo difícilmente salvable; la A-138, con su intenso tráfico, sobre todo en verano y, muy especialmente, durante las Fiestas Mayores del mes de Agosto, cuando, además, una parte sustancial de los conductores no se encuentran en pleno uso de sus reflejos... las colisiones con Silvanes y Hombres Granizos estarían a la orden del día y, quizás, como en el caso del Lince Ibérico, hubiesen conducido a ambas especies a los umbrales de la extinción... Por no hablar de las primas que las Compañías de Seguros cobrarían a los conductores sobrarbenses...
Y, en lo referente a sus hábitos alimenticios, poco sabemos de los propios del Hombre Granizo, aunque todo parece indicar que puede mantenerse a base de una dieta generalista y omnívora, similar a la del oso, con preferencia por los alimentos de origen vegetal -hayucos, bellotas, bayas, tubérculos...- setas, miel, y algún aporte ocasional de carroña o de pequeñas presas. Ese carácter generalista y oportunista de su dieta juega, sin duda, a favor de la pervivencia de la especie, si bien es cierto que difícilmente pueda favorecer un despegue poblacional; no creo posible, en las presentes circunstancias, un "baby boom" de Hombres Granizos.
En cuanto a Silván, las informaciones son mucho más precisas; se alimentaba, preferentemente, de ovejas, sin descartar algún pastor, y, dada la proximidad de su guarida al Convento de las Devotas, muy seguramente integraba también a las monjas en su dieta... en este caso, me temo que sus requerimientos tróficos juegan abiertamente en contra de las posibilidades de supervivencia de su especie: en crisis la ganadería ovina de montaña, prácticamente extinguidos los pastores -salvo los eléctricos, que, a estos efectos, no cuentan- y con serios problemas en lo referente a las disponibilidades de monjas, desaparecidas las jugosas novicias, a las cuales hincaba gustoso el diente incluso Don Juan Tenorio, y reducidas las poblaciones existentes a señoras de edad avanzada con zapatones ortopédicos, lamento afirmar que Silván, posiblemente, esté viviendo sus últimas horas como especie habitante de nuestras montañas, si no se producen rápidas y decididas intervenciones de los Poderes Públicos, reintroduciendo la Novicia, complementando las ayudas de la Unión Europea para el Ovino de Montaña y, a ser posible, creando algún Centro de Formación Profesional para pastores.
En una aburrida mañana de mi pacífico Servicio Militar, vinieron a verme, alborozados, dos compañeros de armas, aunque eso fuese mucho decir, porque solo tocábamos máquinas de escribir y escobas... "¿Antonio, tu eres medio de Boltaña, no? ¿Has leído lo que viene hoy en el Heraldo...?"
Pese a mis buceos por el gúguel, no he podido rescatar ninguna información al respecto; se lo pediré a mi madre, que es mucho mejor que yo buscando noticias antiguas: brevemente, y según recuerdo, los hechos descritos en el Decano de la Prensa Aragonesa eran los siguientes: unos leñadores (¿dos...? ¿más...?), que se encontraban en La Valle de Laspuña, entregados a las labores propias de su oficio, fueron sorprendidos por la aparición de un ser con las siguientes características: a) apariencia general humana. b) muy grande c) en pelotas, pero extremadamente peludo y c) dotado de una notable mala leche, porque avanzaba hacia ellos gritando y gesticulando, lanzándoles piedras, palos y -ahí ya no sé si entra en juego mi perversa imaginación - excrementos, ignoro si propios o cagajones de jabalí, tan abundantes -los jabalíes y los cagajones- en aquella zona.
Los leñadores, poco inclinados al heroísmo, emprendieron rauda y vergonzosa fuga.. al día siguiente -¿reconfortados con alguna copita de coñac?- volvieron al lugar de los hechos, y encontraron el torno metálico de grandes dimensiones que utilizaban para sacar troncos del bosque -creo recordar que le llamaban "El piojo"- completamente aplastado bajo piedras gigantescas. Fin de la información.
Ya en su momento, el tema me intrigó... una primera explicación corrió entre mi círculo de amistades... "¡Un maquis, superviviente de los que por allí campaban en los años 40...!" Rápidamente la descarté; el más joven maquis de 1945 debería andar ya cerca de la cincuentena, edad poco propicia para ir dando tumbos por el monte, habiéndose desprendido de su zamarra de cuero y su metralleta Sten, y, además, no constaba que hubiese lanzado "¡Vivas!" a la República ni se hubiese cagado en la madre del Jefe del Estado...
Mis explicaciones iban por otros caminos que, paulatinamente, la Ciencia ha ido confirmando: ahora es comunmente aceptado que nuestros antepasados Homo sapiens sapiens mantuvieron relaciones lo suficientemente próximas con otras especies humanas -los Neandertales y los Demisovanos- como para intercambiar dotación cromosomática... eso no quiere decir, necesariamente, que las relaciones fuesen pacíficas; no es infrecuente intercambiar dotaciones cromosomáticas con individuos con los que se mantienen relaciones problemáticas y, de hecho, muchos bufetes de abogados viven de eso... no me resulta difícil imaginar al Sapiens Sapiens mirando a los ojos de la Neandertala y diciéndole: "No eres tú... soy yo... ¡y deja de emitir sonidos guturales por tu poco desarrollada glotis!", y a la pobre Neandertala, con lágrimas en los ojos, pensando,,, "¡Siempre nos quedará Atapuerca...!" ¿Qué tendría de extraño que, en algunos pocos y privilegiados lugares, hayan sobrevivido poblaciones residuales de descendientes de aquellas lejanas relaciones, cuya guarda y custodia no fue encomendada a ninguno de sus progenitores, y que se han mantenido en la clandestinidad, evitando en todo lo posible las relaciones con sus evolucionados parientes..?
Hay, junto a nuestro Hombre Granizo, dos casos perfectamente documentados; en las altas tierras del Himalaya, entre Nepal y el Tibet, campa desde siempre el Yeti, del que ya nos daba noticias en sus viajes una fuente tan fiable como Tintín, el famoso reportero de "Le p'tit Vingtième". Creo que la última referencia procede de unos montañeros japoneses que, en 2008, han logrado fotografiar sus huellas y, creedme, lo que dicen los "japos" va a misa, aunque sea misa sintoísta...
Las heladas tierras de las Montañas Rocosas (O "Rocallosas", en las deliciosas traducciones al Latinoamericano de tantas y tantas películas) son zona de campeo del Sasquatch o "Big Foot", el Pie Grande: (por cierto, ¿Por qué "foot" y no "feet"...? ¿Vá siempre a la pata coja...?): en ese caso, tratándose de zonas más frecuentadas y con personal más dotado de adelantos tecnológicos, las pruebas de su existencia son abrumadoras... en los últimos cinco años se han producido más de diez observaciones, cifra muy superior a la de las ruedas de prensa de Rajoy, de cuya existencia nadie duda... en la última, en 2015, Bigfoot fue filmado en el mítico Parque de Yellowstone, ignoro si en compañía de mis amados Yogui y Boo-boo...Se trata de un individuo -o muchos, a saber...- de entre 2,1 y 2,2 metros, nada fuera de lo común en equipos de basket, y bastante por debajo del "techo" aragonés, marcado por el sallentino Fermín Arrudi, fallecido en 1913, que medía 2,29 y pesaba 170 kilos, y cuyos calzoncillos marianos, sostenidos a duras penas por dos mesaches, tengo el gusto de presentaros...
Afirmo, pues, salvo opinión científica mejor fundada, que nos hallamos ante un caso de pequeña población relicta, descendientes de devaneos -o relaciones más formales, vayan ustedes a saber- entre Sapiens Sapiens y Neandertales, acaecidas en los últimos 30.000 años, época en la cual poco o nada ha cambiado en La Valle de Laspuña: seguramente un análisis de ADN confirmaría sin lugar a dudas mi teoría; deberíamos, por lo tanto, buscar cualquier residuo de Hombre Granizo presente en la zona; ante la dificultad de encontrar pelos, me inclino por los excrementos; aconsejo investigar en todos aquellos que no tengan, en sus inmediatas proximidades, uno o varios kleenex...
Parece confirmar mi opinión la reciente filmación de lo que solo puede ser un Hombre Granizo en las pistas de Formigal, el pasado 16 de febrero, aunque, por desgracia, el medio donde fue publicado -Forocoches- no alcance los niveles de común aceptación, por su fiabilidad, que pudiese revestir, por ejemplo, National Geographic.
Sobre el hecho de que aparezcan desnudos y sumamente peludos, solo puedo formular hipótesis; es posible que algún proceso de evolución paralela les haya conducido a aceptar las evidentes ventajas morales y sanitarias del Nudismo, ya que se ven abocados por las circunstancias a la Alimentación Ecológica y, por otra parte -y hablo por propia experiencia- es prácticamente imposible encontrar prendas de ciertas tallas en HyM, Zara y otros establecimientos a precios asequibles... en lo referente al vello corpóreo, la práctica inexistencia en sus lugares de residencia de centros de estética dotados de tecnología laser les imposibilita un depilado medianamente eficaz, ya que debe ser punto menos que imposible hacerlo a la cera o la epilady... si bien es cierto que la visión de un Hombre Granizo con ingles brasileñas podría provocar serios trastornos psíquicos en el infortunado observador... cabe al respecto formular una última precisión: no se han descubierto evidencias cromosomáticas de cruce con Neandertales o Demisovanos en ninguna etnia subsahariana: eso explica que todas las observaciones incidan en el gran tamaño general, sin detenerse en detalles como, sin duda, hubiesen saltado a la vista en un hipotético cruce entre Neandertala y, pongo por caso, senegalés.
Me preguntan también algunos amigos por la posible relación entre el Hombre Granizo y Silván de Tella: tengo mis dudas, por dos fundadas razones: área de distribución, y posición en la Cadena Trófica.
En cuanto al área de distribución, es necesario recordar que entre La Valle de Laspuña y las altas tierras de Tella, pese a su proximidad geográfica, se encuentra un obstáculo difícilmente salvable; la A-138, con su intenso tráfico, sobre todo en verano y, muy especialmente, durante las Fiestas Mayores del mes de Agosto, cuando, además, una parte sustancial de los conductores no se encuentran en pleno uso de sus reflejos... las colisiones con Silvanes y Hombres Granizos estarían a la orden del día y, quizás, como en el caso del Lince Ibérico, hubiesen conducido a ambas especies a los umbrales de la extinción... Por no hablar de las primas que las Compañías de Seguros cobrarían a los conductores sobrarbenses...
Y, en lo referente a sus hábitos alimenticios, poco sabemos de los propios del Hombre Granizo, aunque todo parece indicar que puede mantenerse a base de una dieta generalista y omnívora, similar a la del oso, con preferencia por los alimentos de origen vegetal -hayucos, bellotas, bayas, tubérculos...- setas, miel, y algún aporte ocasional de carroña o de pequeñas presas. Ese carácter generalista y oportunista de su dieta juega, sin duda, a favor de la pervivencia de la especie, si bien es cierto que difícilmente pueda favorecer un despegue poblacional; no creo posible, en las presentes circunstancias, un "baby boom" de Hombres Granizos.
En cuanto a Silván, las informaciones son mucho más precisas; se alimentaba, preferentemente, de ovejas, sin descartar algún pastor, y, dada la proximidad de su guarida al Convento de las Devotas, muy seguramente integraba también a las monjas en su dieta... en este caso, me temo que sus requerimientos tróficos juegan abiertamente en contra de las posibilidades de supervivencia de su especie: en crisis la ganadería ovina de montaña, prácticamente extinguidos los pastores -salvo los eléctricos, que, a estos efectos, no cuentan- y con serios problemas en lo referente a las disponibilidades de monjas, desaparecidas las jugosas novicias, a las cuales hincaba gustoso el diente incluso Don Juan Tenorio, y reducidas las poblaciones existentes a señoras de edad avanzada con zapatones ortopédicos, lamento afirmar que Silván, posiblemente, esté viviendo sus últimas horas como especie habitante de nuestras montañas, si no se producen rápidas y decididas intervenciones de los Poderes Públicos, reintroduciendo la Novicia, complementando las ayudas de la Unión Europea para el Ovino de Montaña y, a ser posible, creando algún Centro de Formación Profesional para pastores.
miércoles, 6 de abril de 2016
Espiello 2016
El Viernes empieza la decimocuarta edición de Espiello, Festival Internacional del Documental Etnográfico de Sobrarbe: dedicada muy especialmente a mis compañeros voluntarios...
Sobrarbe es una tierra extraña, de contrastes, apasionante: como todas, o casi todas, a poco que te acerques y rasques bajo su superficie: solemos decir que, los de mi edad, hemos vivido la transición de una sociedad agraria y tradicional a algo completamente distinto, que hemos visto desaparecer cosas que estaban ahí desde siempre, y hemos visto nacer cosas nuevas… no ignoro que mi generación formamos una débil capa, una especie de costra de nata sobrenadando el mar burbujeante de jóvenes que integran buena parte de la población mundial, pero eso mismo que decimos pueden decirlo todos mis contemporáneos, en cientos, miles de idiomas distintos, algunos en boca de sus últimos hablantes.
En cualquier caso, Sobrarbe fue, durante años, destino soñado del Viajero, aquel ser todo curiosidad, todo entusiasmo ante lo Diferente, que luego fue especializándose: geógrafo, geólogo, biólogo, antropólogo… buscaban en sus tierras y sus gentes lo Auténtico, lo Originario… no les faltaba razón, pero si, seguramente, información: Sobrarbe, como todo lugar de paso -como todo lugar; todos son de paso- conoció siempre el peregrinar del Hombre sobre la Tierra; tras cruzar por sus pedregales, sus puertos inhóspitos, bajo sus árboles acogedores y junto al agua fresca de sus ríos, descansaron por un momento -por el breve momento de sus vidas- Iberos y Celtas, Romanos, Musulmanes y Judíos…subían ferreros, bajaban navateros, pasaban franceses huyendo de Francia, se cruzaban con españoles huyendo de España… subían curas, muchos curas; bajaban curas, muchos curas; subían carabineros y maestros, bajaban taxistas… subían catalanes a hacer la mili; bajaban sobrarbenses, como funambulistas, caminando por los cables eléctricos, siguiendo el camino de los voltios, hacia Barcelona o San Sebastián… y, mientras tanto, pastores iban y venían, con noticias, costumbres, cantos, historias… en su zurrón, junto al mendrugo, el cacho de queso y la navajeta…
Poblamos, malpoblamos, pocopoblamos Sobrarbe gentes muy distintas: algunos -pocos- nunca se movieron: a otros nos fue de un pelo perdernos, pero nos autorescatamos a tiempo; otros, muchos otros, echaron un día a andar, y no pararon hasta aquí; y aquí siguen, mientras quieran, mientras puedan… Don Antonio Cánovas del Castillo, cínico como toda persona inteligente y conservadora, decía que era Español aquel que no podía ser otra cosa; eso no rige en Sobrarbe; todo el que está aquí ha podido ser otra cosa, y muchas veces lo ha sido; si es Sobrarbense es, lisa y llanamente, porque le ha dado la gana, y mientras le dé por ahí… al igual que nuestro río Ara, nuestro orgullo, el último gran río vírgen de los Pirineos, Sobrarbe es un cauce eterno, reconocible a lo largo de los Tiempos… pero cada molécula de agua que arrastra es de su padre y de su madre.
No es de extrañar que, hace ya catorce años, un grupo de sobrarbenses -es decir, de personas que eran sobrarbenses en aquel momento, no necesariamente ni antes ni después- reflexionasen sobre qué construye una comunidad, de dónde nace, hacia dónde va, cuánto dura, en qué es original, en qué se parece a todas las demás… bajo los muros de la Casa de Cultura de Boltaña -esa arquitectura tan nuestra, tan reconocible para cualquier Sobrarbense, pero que no nace de ningún genio especial, de ninguna intuición original, sino del mero hecho de que aquí hay piedras y losas, y no otras cosas…- maduraron la idea -esa si, genial y propia- de devolver, de rebotar el interés recibido durante tantos años; desde una tierra paraíso de etnógrafos, de chamineras y cadieras, de brujas y encantarias, de abarcas, ovejas negras y piedras horadadas, de carlinas en las puertas… paseemos un espejo -un Espiello- sobre la vida de los demás. Un Espiello en el que los otros se vean, como los ven desde fuera, y aprendan a mirarse también cara a cara.
Y en eso estamos, tantos años después; cuando levantemos el telón, nos juntaremos allí comunidades muy diversas; están, por supuesto, los que hacen Espiello desde la Comarca de Sobrarbe, ese equipo humano, afortunados mortales, que tiene el inmenso placer de trabajar en lo que les gusta... estamos los voluntarios, tan variados, tan variopintos como es Sobrarbe; debo ser de los que más abuelos sobrarbenses acumula, y no paso de dos; gente rara, que pasamos medio año preparándonos para Espiello, preparando Espiello, y medio año después recordándolo… Está un público que cada año se amplía, se mantiene y, al mismo tiempo, se renueva… pocos faltan, y al que falta, se le echa a faltar… y están nuestros héroes: los creadores, los documentalistas, gente mucha veces jóven, alguna vez obstinadamente maduros, gente impulsada por la emoción de moverse, de conocer, de llegar a entender… nuestra Siñal d’Onor recae siempre en una personalidad consagrada, alguien que ha dejado atrás, que está dejando atrás una obra conocida y reconocida… pero junto a ellos levantarán su trofeo quienes están empezando, quienes seguirán su camino, ese camino que no lleva a la Fortuna, pero sí al Conocimiento, a la Sabiduría en el sentido más profundo, el que está más al alcance de todos, el que solo requiere curiosidad y esfuerzo…quizás quien tuvo una intuición, se acercó con curiosidad a algo, lo supo recoger y reflejar, y a lo mejor no volverá a acertar nunca más, la Vida lo llevará por otros caminos, hacia otras ilusiones…
El Viernes, cuando se haga el silencio y se apaguen las luces en nuestro Palacio de Congresos -otro milago sobrarbense, en una tierra tan parca en equipamientos-, reclinaos en vuestra butaca, y ved desfilar ante vosotros la Vida; en vuestros lugares familiares, de siempre, o en aquellos que nunca llegaréis a pisar; escuchad palabras siempre oídas, o leed en los subtítulos mensajes que os llegan desde muy lejos… asistid al espectáculo de cómo se organiza la Vida en la Tierra, de cómo los seres humanos tejemos nuestras relaciones, nos ayudamos unos a otros, nos engañamos, nos divertimos, nos explotamos, nos rebotamos… de por qué somos tan distintos y, al mismo tiempo, somos, en todas partes y en todo momento, absolutamente reconocibles, absolutamente iguales…
miércoles, 27 de enero de 2016
¿Se cantaba en Boltaña, antes de La Ronda...?
Lo bueno de la edad es que te permite hacer pinitos como historiador o, si me apuráis, pre-historiador...
El sábado recorrí, una vez más, las calles de Boltaña, siguiendo a La Ronda, nuestra Ronda... "¡Veinte años ya!", me decía un amigo, miembro desde la primera hora... consulto A Biquipedia, y me dice que no, que hace 20 del primer CD, pero que ya llevaban cuatro años rondando... pocas me he perdido: de Invierno, puede; de Verano, ninguna, ni siguiera el año que volví, a tiempo, desde Kenia, pero con unas importantes cagaleras, que desafié rondando como el primero, aunque reduciendo a límites simbólicos los tientos al porrón.
Sería injusto negar que ese fenómeno sociológico e incluso político que es hoy La Ronda de Boltaña en Aragón -y en los lugares a donde han ido a parar los aragoneses centrifugados- debe mucho, muchísimo, a la figura de Manuel Domínguez, ejemplo indiscutible de la polivalencia de los Registradores de la Propiedad, mejor que el hoy todavía Presidente del Gobierno en Funciones... pero tampoco se explicaría sin el riquísimo sustrato de músicos y cantantes que ha dado Sobrarbe en general y Boltaña en particular. Aún hoy, te puedes sentar con una cervecita en la mano en el bar de la plaza, y ver, en pocos minutos, desfilar ante ti a un joven cantautor, Francho, un buen jotero (¿en la reserva...? hace tiempo que no te oigo) como Torde, un Salva Goñi, cuya sensibilidad nos descubrió en su primer CD, o incluso una boltañesa consorte, Wendy, que se nos reveló como una muy sólida intérprete, junto a muchos jóvenes -o no tan jóvenes ya- integrantes de recurrentes grupos de las diversas familias del Rock... y todo eso, entre algo más de mil habitantes... y, abarcando con el objetivo todo Sobrarbe -que tampoco es, demográficamente hablando, un Shangai o un México DF- grupos como La Orquestina, músicos tan acreditados como Joaquín Pardinilla, una Coral entera, apasionados del Jazz, músicos polivalentes... nacidos unos aquí, procedentes de tierras muy diversas otros, herederos unos y otros de una tradición que, dentro de mi horizonte vital, incluía figuras como los padres de mis amigas Marithé y Amparo, músicos de innumerables fiestas, viejas generaciones de cantantes de taberna y ronda, elementos tan curiosos -ya rozando el frikismo- como nuestro Tokio, el pintor japonés jotero... no queriendo -ni pudiendo- olvidar a personajes tan queridos como Jose María Campo, cuya "Higuera" formará parte, ya para siempre, de nuestro paisaje sentimental... Por tener, hemos tenido hasta un cura que, en su vida civil, había sido cantante profesional, perfectamente capacitado para, en un día de San Pablo, oficiar la misa por la mañana y, por la tarde, amenizar el baile con sus boleros, rancheras y pasodobles, como comprobé con estupor el día en que lo conocí... incluso mi abuelo Arsenio había tocado la trompeta en su juventud, y en una trompeta imaginaria se refugiaba cada vez que su hermana mayor -Encarnación- lo emprendía por alguna de las faltas de disciplina a las que tan aficionado era.
En un ambiente tan musical, no es raro que mis recuerdos sobre qué música se hacía y qué se cantaba en Boltaña se remonten a fechas bastante remotas... pero quizás la primera que recuerde con claridad sea mi primera ronda. Ronda pasiva, porque yo iba de rondado por persona interpuesta, ya que a la que estaban rondando, de verdad, era a mi prima Dulce, moceta ya de muy buen ver, cuando yo aún no acababa de superar la primera adolescencia -aunque, justo es decirlo, es más joven que yo, e incluso, hoy, nos llevamos un año...-. Escuchaba yo en la cama aquello de "¡Despierta, niña, despierta/despierta si estás dormida,,,", y se me llevaban los diablos: primero, porque me habían despertado y, sobre todo, porque lo que yo quería era llegar a ser mozo, de una p... vez, y salir también a rondar junto a mis mayores, a los que no veía, pero reconocía por las voces: Cambreta, Alfonso, Feixa, Ramón, Vidal...
Ese era un problema de fácil solución; muy poco tiempo después -aunque se me hizo eterno- ya estaba yo en activo como mozo, y participé en no pocas rondas. Tenían éstas una fuerte componente anárquica; estábamos, ya de noche cerrada, en algún sitio, tomando algo, y siempre había el que proponía: "¿Y si fuésemos a rondar...?". Se iniciaba entonces el proceso de convencer a los poseedores de instrumentos musicales -y el know-how adecuado- porque no era cosa de rondar "a capella", y, una vez vencida su natural reticencia -siempre tenían la guitarra o la bandurria destemplada...- se iniciaba el recorrido; rondábamos mozas, no casas; más o menos, sabíamos bajo qué ventana cantar, y, al poco, la afortunada, sonriendo, bajaba con algo de longaniza, alguna bota o algún porrón (el vino rancio nunca faltaba), o aquellas famosas galletas surtidas que en cada casa se guardaban para las visitas, y que siempre solían estar ya un poco blandas, tirando a fláccidas: la estrella, como siempre, era el jamón, pero se veía pocas veces... no nos limitábamos al Casco Antiguo, también se rondaba en la Carretera que, por supuesto tenía muchísimas menos casas que ahora.
¿Y qué cantábamos en las rondas? Pues, principalmente, cosas de la Tuna, que formaban buena parte del repertorio de la rondalla que se había formado años atrás en Boltaña, con los mozos de mi generación, o ligeramente más jóvenes: de entre ellos surgirían muchas vocaciones musicales y muchos de los primeros integrantes de la Ronda. Creía ya muerta y enterrada esa tradición pelín casposilla de las Tunas cuando, recientemente, en la fiesta del 60 cumpleaños de mi hermana Pilar, hicieron su aparición un reducido grupo de tunos. Mi hermana -cosas de la vida- me ha salido un poco indepe, y pensé que le produciría urticaria una exposición tan directa a esa reliquia de la España cañí, pero la verdad es que estuvieron muy simpáticos y nos lo pasamos muy bien con ellos... no hacía muchos años, en una reunión de trabajo, se plantó ante mí un encorbatado y trajeado ciudadano que, con una amplia sonrisa, se me presentó... "¿No te acuerdas de mí...? !!Soy el Pandereta de la Tuna de Derecho...!!" Y lo bueno del caso es que lo recordaba perfectamente.
Dejando aparte Clavelitos y Tunas Compostelanas, también cantábamos Jotas: mal, pero las cantábamos: nos atrevíamos con todo; desde las bellísimas y tradicionales -"Pulida Magallonera", "La Palomica"...- hasta las más bastas y soeces, que, naturalmente, no cantábamos a las mozas, y que yo nunca identifiqué con el espíritu popular -que siempre me ha parecido más delicado y poético- sino con jóvenes gamberros urbanos, que confunden ruralidad con brutalidad. Pero, de todos modos, las cantábamos y nos reíamos...
Posiblemente la única pieza del repertorio actual de La Ronda que ya cantábamos eran las coplas de "Niña bonita": creo recordar que se atribuían a un cantante de una orquesta sobrarbense de anteguerra, cuyos componentes tuvieron que exiliarse... cantábamos las estrofas que hoy se oyen -aunque no recuerdo la de "Señores, vengan t'a casa..."-, y una más, hoy seguramente sacrificada a la concordia comarcal, que hacía referencia a un curioso accidente sufrido por una moza de una villa vecina al caer en un campo de nabos... "Niña bonita", como el Corán de Rushdie, tiene también sus "Versos satánicos".
Poco a poco, sin darnos cuenta, nos pilló el cambio sociológico que mató las rondas tal y como las conocíamos... "Hace tiempo que no rondamos...", decía, nostálgico, un amigo... "¿Cómo quieres que rondemos, si las chicas se acuestan tan tarde como nosotros...?", le contestaba otro... pero ya en aquellos tiempos habíamos sustituido las rondas por largas sesiones de canto, que amenizaban nuestras reuniones ante la hoguera en la ermita de San Sebastián, o las interminables meriendas en Casa Solano, frente a una tortilla de patatas o -innovación, cuando aparecieron las primeras granjas- un plato de codornices... nuestro repertorio también había cambiado: La Tuna se batía en retirada, las jotas mantenían posiciones, pero empezaban a triunfar coplillas picarescas o ligeramente guarras, irrespetuosas hacia todo lo Divino y lo Humano... eran los tiempos del "Cubanito", o de aquellas cuyo estribillo rezaba: "iHaz bien, y no mires a quién...!"
Cada uno de nosotros tenía su especialidad; Ricardo Conde, por ejemplo, disfrutaba hasta casi llorar cantando tangos; los mayores nos legaron auténticas joyas, de sabor tradicional, como la canción de la muchacha que vendía "El Liberal" ("La que vende muchos miles/y se gana un buen jornal"), los efectos térmicos del juego del balón sobre las señoras que lo contemplaban, o la tierna historia de la Costurera María y su Primito Ramón... cuando, mucho más tarde, se incorporaron por matrimonio Javier Sesé y Miguel Ángel Viu, entró con ellos un amplísimo repertorio de Rancheras Mexicanas "con sentimiento"... otras veces, escuchábamos e incorporábamos aportaciones de éxito: recuerdo la tarde en que, en el antiguo bar de Gorré, nuestro querido Pepe Vidal nos cantó una auténtica maravilla, una vieja canción sobre los poco elegantes métodos terapéuticos que se aplicaban a las Enfermedades de Transmisión Sexual durante la Guerra de África, cuyo recuerdo pone los pelos de punta, pero cuya transcripción daría algo por conservar.
¿Y qué aportaba yo...? Mucha afición y muy poca voz... pero el indicador exacto del número de copas que llevaba encima era cuando, melancólico, me ponía a cantar "Lilí Marleen", en un Alemán aproximado... aclaraba yo a los amigos que no se trataba de una canción nazi, sino una canción de soldados alemanes que los nazis estuvieron a un pelo de prohibir porque les daba muy mal rollo, ya que, si llegas a la cuarta estrofa, te das cuenta de que el soldado que recuerda a su novia lejana está muerto y dentro de su fosa, y eso, por supuesto, no les podía pasar a los soldados del Reich, destinados a perennes victorias... tendría que esperar hasta que una investigadora de improbabilísimo nombre -Rosa Sala Rose- escribiese su monografía sobre la bella canción, dando razón a mis argumentos.
Íbamos creciendo en sabiduría y vello facial, y el entorno del País se iba también transformando a nuestro alrededor... como siempre, los vientos de cambio venían del Extranjero: nuestros amigos y amigas franceses nos enseñaban canciones nuevas: no podía faltar el toque picarón -oh, là, là!-, y así aprendimos las desventuras de la muchacha que encontraba en su camino a "Quatre jeunes et beaux garçons", las del jovencito que no quería irse de vacaciones con su tío, de aviesas intenciones, o los sabios consejos de la p'tite Charlotte, decidida a "se passer des garçons"... pero ya la conciencia política empezaba a hacer mella en nosotros: en la parte alta del pueblo, nos reuníamos en casa de la abuela de unos amigos franceses, de padre boltañés fallecido en el exilio: nuestro club era la bodega, recorrida en diagonal por un tubo de desagüe, de tal manera que, cuando la abuela se levantaba por la noche a hacer pipí, oíamos nítidamente el chorrito pasar por encima de nuestras cabezas... allí la cosa ya iba a mayores; traían discos prohibidos en España, por ejemplo, de Soledad Bravo -entonces, en posiciones muy de izquierdas, que ha matizado considerablemente-, y cantábamos con ella el "Gallo Rojo" o "Hay una lumbre en Asturias..." No podía faltar el recuerdo al Ché, recientemente asesinado, y cantábamos "¡Hasta siempre, Comandante!" o la bellísima "Soldadito boliviano". Empezábamos también a incorporar el repertorio de Paco Ibáñez, en el que tan profusamente beberíamos: y, para que no faltase la concesión a la lucha hormonal que en nosotros se libraba, "Je t'aime, moi non plus", todo un himno generacional a las ganas de estrenarnos... las buenas gentes, que nunca faltan, fueron a la Guardia Civil con el cuento de que en aquella bodega nos entregábamos a orgías sexuales... la Benemérita, viendo las caras de no comernos un rosco que teníamos -con muy celebradas y escasas excepciones- no prestó mayor atención: insistieron diciendo que, además, se hablaba de política, y eso ya despertó un cierto interés que, afortunadamente, no pasó a mayores.
Mientras tanto, en alegre esquizofrenia, en los bailes de las fiestas de los pueblos que llenaban nuestro mes de Agosto seguían sonando bonitos pasodobles, y nos enamorábamos hasta las cachas a los sones del "Dalila" de Tom Jones o bien -otro clásico- "Mis manos en tu cintura", de Adamo, que iniciábamos, ilusionados, en la esperanza de que aquella vez no nos hiciesen la temidísima "cobra". Cosas todas que nadie, en su sano juicio, se atrevería a cantar en una reunión con amigos y un porrón de cerveza encima de la mesa: nos movíamos, con cierta facilidad, en Universos paralelos.
Habíamos salido ya claramente de la adolescencia y navegábamos en los procelosos mares de la juventud, mientras la cosa se iba liando: nos llegaban los ecos de Bob Dylan, Pete Seeger, Joan Baez... y empezaban a calentar motores Labordeta, La Bullonera, Carbonell... estaba visto que íbamos a seguir cantando, y mucho... pero esa es ya otra historia.
El sábado recorrí, una vez más, las calles de Boltaña, siguiendo a La Ronda, nuestra Ronda... "¡Veinte años ya!", me decía un amigo, miembro desde la primera hora... consulto A Biquipedia, y me dice que no, que hace 20 del primer CD, pero que ya llevaban cuatro años rondando... pocas me he perdido: de Invierno, puede; de Verano, ninguna, ni siguiera el año que volví, a tiempo, desde Kenia, pero con unas importantes cagaleras, que desafié rondando como el primero, aunque reduciendo a límites simbólicos los tientos al porrón.
Sería injusto negar que ese fenómeno sociológico e incluso político que es hoy La Ronda de Boltaña en Aragón -y en los lugares a donde han ido a parar los aragoneses centrifugados- debe mucho, muchísimo, a la figura de Manuel Domínguez, ejemplo indiscutible de la polivalencia de los Registradores de la Propiedad, mejor que el hoy todavía Presidente del Gobierno en Funciones... pero tampoco se explicaría sin el riquísimo sustrato de músicos y cantantes que ha dado Sobrarbe en general y Boltaña en particular. Aún hoy, te puedes sentar con una cervecita en la mano en el bar de la plaza, y ver, en pocos minutos, desfilar ante ti a un joven cantautor, Francho, un buen jotero (¿en la reserva...? hace tiempo que no te oigo) como Torde, un Salva Goñi, cuya sensibilidad nos descubrió en su primer CD, o incluso una boltañesa consorte, Wendy, que se nos reveló como una muy sólida intérprete, junto a muchos jóvenes -o no tan jóvenes ya- integrantes de recurrentes grupos de las diversas familias del Rock... y todo eso, entre algo más de mil habitantes... y, abarcando con el objetivo todo Sobrarbe -que tampoco es, demográficamente hablando, un Shangai o un México DF- grupos como La Orquestina, músicos tan acreditados como Joaquín Pardinilla, una Coral entera, apasionados del Jazz, músicos polivalentes... nacidos unos aquí, procedentes de tierras muy diversas otros, herederos unos y otros de una tradición que, dentro de mi horizonte vital, incluía figuras como los padres de mis amigas Marithé y Amparo, músicos de innumerables fiestas, viejas generaciones de cantantes de taberna y ronda, elementos tan curiosos -ya rozando el frikismo- como nuestro Tokio, el pintor japonés jotero... no queriendo -ni pudiendo- olvidar a personajes tan queridos como Jose María Campo, cuya "Higuera" formará parte, ya para siempre, de nuestro paisaje sentimental... Por tener, hemos tenido hasta un cura que, en su vida civil, había sido cantante profesional, perfectamente capacitado para, en un día de San Pablo, oficiar la misa por la mañana y, por la tarde, amenizar el baile con sus boleros, rancheras y pasodobles, como comprobé con estupor el día en que lo conocí... incluso mi abuelo Arsenio había tocado la trompeta en su juventud, y en una trompeta imaginaria se refugiaba cada vez que su hermana mayor -Encarnación- lo emprendía por alguna de las faltas de disciplina a las que tan aficionado era.
En un ambiente tan musical, no es raro que mis recuerdos sobre qué música se hacía y qué se cantaba en Boltaña se remonten a fechas bastante remotas... pero quizás la primera que recuerde con claridad sea mi primera ronda. Ronda pasiva, porque yo iba de rondado por persona interpuesta, ya que a la que estaban rondando, de verdad, era a mi prima Dulce, moceta ya de muy buen ver, cuando yo aún no acababa de superar la primera adolescencia -aunque, justo es decirlo, es más joven que yo, e incluso, hoy, nos llevamos un año...-. Escuchaba yo en la cama aquello de "¡Despierta, niña, despierta/despierta si estás dormida,,,", y se me llevaban los diablos: primero, porque me habían despertado y, sobre todo, porque lo que yo quería era llegar a ser mozo, de una p... vez, y salir también a rondar junto a mis mayores, a los que no veía, pero reconocía por las voces: Cambreta, Alfonso, Feixa, Ramón, Vidal...
Ese era un problema de fácil solución; muy poco tiempo después -aunque se me hizo eterno- ya estaba yo en activo como mozo, y participé en no pocas rondas. Tenían éstas una fuerte componente anárquica; estábamos, ya de noche cerrada, en algún sitio, tomando algo, y siempre había el que proponía: "¿Y si fuésemos a rondar...?". Se iniciaba entonces el proceso de convencer a los poseedores de instrumentos musicales -y el know-how adecuado- porque no era cosa de rondar "a capella", y, una vez vencida su natural reticencia -siempre tenían la guitarra o la bandurria destemplada...- se iniciaba el recorrido; rondábamos mozas, no casas; más o menos, sabíamos bajo qué ventana cantar, y, al poco, la afortunada, sonriendo, bajaba con algo de longaniza, alguna bota o algún porrón (el vino rancio nunca faltaba), o aquellas famosas galletas surtidas que en cada casa se guardaban para las visitas, y que siempre solían estar ya un poco blandas, tirando a fláccidas: la estrella, como siempre, era el jamón, pero se veía pocas veces... no nos limitábamos al Casco Antiguo, también se rondaba en la Carretera que, por supuesto tenía muchísimas menos casas que ahora.
¿Y qué cantábamos en las rondas? Pues, principalmente, cosas de la Tuna, que formaban buena parte del repertorio de la rondalla que se había formado años atrás en Boltaña, con los mozos de mi generación, o ligeramente más jóvenes: de entre ellos surgirían muchas vocaciones musicales y muchos de los primeros integrantes de la Ronda. Creía ya muerta y enterrada esa tradición pelín casposilla de las Tunas cuando, recientemente, en la fiesta del 60 cumpleaños de mi hermana Pilar, hicieron su aparición un reducido grupo de tunos. Mi hermana -cosas de la vida- me ha salido un poco indepe, y pensé que le produciría urticaria una exposición tan directa a esa reliquia de la España cañí, pero la verdad es que estuvieron muy simpáticos y nos lo pasamos muy bien con ellos... no hacía muchos años, en una reunión de trabajo, se plantó ante mí un encorbatado y trajeado ciudadano que, con una amplia sonrisa, se me presentó... "¿No te acuerdas de mí...? !!Soy el Pandereta de la Tuna de Derecho...!!" Y lo bueno del caso es que lo recordaba perfectamente.
Dejando aparte Clavelitos y Tunas Compostelanas, también cantábamos Jotas: mal, pero las cantábamos: nos atrevíamos con todo; desde las bellísimas y tradicionales -"Pulida Magallonera", "La Palomica"...- hasta las más bastas y soeces, que, naturalmente, no cantábamos a las mozas, y que yo nunca identifiqué con el espíritu popular -que siempre me ha parecido más delicado y poético- sino con jóvenes gamberros urbanos, que confunden ruralidad con brutalidad. Pero, de todos modos, las cantábamos y nos reíamos...
Posiblemente la única pieza del repertorio actual de La Ronda que ya cantábamos eran las coplas de "Niña bonita": creo recordar que se atribuían a un cantante de una orquesta sobrarbense de anteguerra, cuyos componentes tuvieron que exiliarse... cantábamos las estrofas que hoy se oyen -aunque no recuerdo la de "Señores, vengan t'a casa..."-, y una más, hoy seguramente sacrificada a la concordia comarcal, que hacía referencia a un curioso accidente sufrido por una moza de una villa vecina al caer en un campo de nabos... "Niña bonita", como el Corán de Rushdie, tiene también sus "Versos satánicos".
Poco a poco, sin darnos cuenta, nos pilló el cambio sociológico que mató las rondas tal y como las conocíamos... "Hace tiempo que no rondamos...", decía, nostálgico, un amigo... "¿Cómo quieres que rondemos, si las chicas se acuestan tan tarde como nosotros...?", le contestaba otro... pero ya en aquellos tiempos habíamos sustituido las rondas por largas sesiones de canto, que amenizaban nuestras reuniones ante la hoguera en la ermita de San Sebastián, o las interminables meriendas en Casa Solano, frente a una tortilla de patatas o -innovación, cuando aparecieron las primeras granjas- un plato de codornices... nuestro repertorio también había cambiado: La Tuna se batía en retirada, las jotas mantenían posiciones, pero empezaban a triunfar coplillas picarescas o ligeramente guarras, irrespetuosas hacia todo lo Divino y lo Humano... eran los tiempos del "Cubanito", o de aquellas cuyo estribillo rezaba: "iHaz bien, y no mires a quién...!"
Cada uno de nosotros tenía su especialidad; Ricardo Conde, por ejemplo, disfrutaba hasta casi llorar cantando tangos; los mayores nos legaron auténticas joyas, de sabor tradicional, como la canción de la muchacha que vendía "El Liberal" ("La que vende muchos miles/y se gana un buen jornal"), los efectos térmicos del juego del balón sobre las señoras que lo contemplaban, o la tierna historia de la Costurera María y su Primito Ramón... cuando, mucho más tarde, se incorporaron por matrimonio Javier Sesé y Miguel Ángel Viu, entró con ellos un amplísimo repertorio de Rancheras Mexicanas "con sentimiento"... otras veces, escuchábamos e incorporábamos aportaciones de éxito: recuerdo la tarde en que, en el antiguo bar de Gorré, nuestro querido Pepe Vidal nos cantó una auténtica maravilla, una vieja canción sobre los poco elegantes métodos terapéuticos que se aplicaban a las Enfermedades de Transmisión Sexual durante la Guerra de África, cuyo recuerdo pone los pelos de punta, pero cuya transcripción daría algo por conservar.
¿Y qué aportaba yo...? Mucha afición y muy poca voz... pero el indicador exacto del número de copas que llevaba encima era cuando, melancólico, me ponía a cantar "Lilí Marleen", en un Alemán aproximado... aclaraba yo a los amigos que no se trataba de una canción nazi, sino una canción de soldados alemanes que los nazis estuvieron a un pelo de prohibir porque les daba muy mal rollo, ya que, si llegas a la cuarta estrofa, te das cuenta de que el soldado que recuerda a su novia lejana está muerto y dentro de su fosa, y eso, por supuesto, no les podía pasar a los soldados del Reich, destinados a perennes victorias... tendría que esperar hasta que una investigadora de improbabilísimo nombre -Rosa Sala Rose- escribiese su monografía sobre la bella canción, dando razón a mis argumentos.
Íbamos creciendo en sabiduría y vello facial, y el entorno del País se iba también transformando a nuestro alrededor... como siempre, los vientos de cambio venían del Extranjero: nuestros amigos y amigas franceses nos enseñaban canciones nuevas: no podía faltar el toque picarón -oh, là, là!-, y así aprendimos las desventuras de la muchacha que encontraba en su camino a "Quatre jeunes et beaux garçons", las del jovencito que no quería irse de vacaciones con su tío, de aviesas intenciones, o los sabios consejos de la p'tite Charlotte, decidida a "se passer des garçons"... pero ya la conciencia política empezaba a hacer mella en nosotros: en la parte alta del pueblo, nos reuníamos en casa de la abuela de unos amigos franceses, de padre boltañés fallecido en el exilio: nuestro club era la bodega, recorrida en diagonal por un tubo de desagüe, de tal manera que, cuando la abuela se levantaba por la noche a hacer pipí, oíamos nítidamente el chorrito pasar por encima de nuestras cabezas... allí la cosa ya iba a mayores; traían discos prohibidos en España, por ejemplo, de Soledad Bravo -entonces, en posiciones muy de izquierdas, que ha matizado considerablemente-, y cantábamos con ella el "Gallo Rojo" o "Hay una lumbre en Asturias..." No podía faltar el recuerdo al Ché, recientemente asesinado, y cantábamos "¡Hasta siempre, Comandante!" o la bellísima "Soldadito boliviano". Empezábamos también a incorporar el repertorio de Paco Ibáñez, en el que tan profusamente beberíamos: y, para que no faltase la concesión a la lucha hormonal que en nosotros se libraba, "Je t'aime, moi non plus", todo un himno generacional a las ganas de estrenarnos... las buenas gentes, que nunca faltan, fueron a la Guardia Civil con el cuento de que en aquella bodega nos entregábamos a orgías sexuales... la Benemérita, viendo las caras de no comernos un rosco que teníamos -con muy celebradas y escasas excepciones- no prestó mayor atención: insistieron diciendo que, además, se hablaba de política, y eso ya despertó un cierto interés que, afortunadamente, no pasó a mayores.
Mientras tanto, en alegre esquizofrenia, en los bailes de las fiestas de los pueblos que llenaban nuestro mes de Agosto seguían sonando bonitos pasodobles, y nos enamorábamos hasta las cachas a los sones del "Dalila" de Tom Jones o bien -otro clásico- "Mis manos en tu cintura", de Adamo, que iniciábamos, ilusionados, en la esperanza de que aquella vez no nos hiciesen la temidísima "cobra". Cosas todas que nadie, en su sano juicio, se atrevería a cantar en una reunión con amigos y un porrón de cerveza encima de la mesa: nos movíamos, con cierta facilidad, en Universos paralelos.
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