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lunes, 22 de mayo de 2017

Montauban, un mercado, una boda y una tumba..

A cincuenta kilómetros de Toulouse, Montauban, una Toulouse pequeñita...





A orillas del Tarn, que es aquí un pacífico río de llanura que ya ni se acuerda de sus gorges; tierra buena, honda, la roca debe estar muchos metros más abajo... por eso se construye con ladrillo, el ladrillo rojo, que da su nombre a estas tres ciudades, Toulouse -que no vamos a visitar esta vez-, Albi y Montauban...



Llegamos en pleno mercado del Sábado por la mañana... hacia allá vamos, como atraídos por un imán: un mercado francés es siempre un lugar digno de visitar, lleno de tentaciones, a las que difícil es resistirse: boulangeries con los panes más insospechados, y todos excelentes, fromageries temáticas; la de cabra la de oveja, la de vaca, con una vaquita de peluche para que no haya dudas... compramos para cenar en el turismo rural donde nos alojamos; la expedición ha quedado reducida a cinco: Nieves y Jesús, nuestros amigos de Sieste y la Ribera del Ebro, médicos. buena compañía para un hipocondriaco como yo, Marithé, boltañesa recriada en Francia, que vive a pocos kilómetros de aquí, Blanca y yo... no es la primera vez que viajamos juntos, un buen equipo... frutas y lègumes de todos los tipos, unos espárragos que Jesús reconoce que tienen muy buena pinta, unas cerezas -aquí el experto soy yo- que, la verdad, ni fu ni fa, y unos fresones, o fresas, vaya usted a saber, de tamaño intermedio, bicónicas, de un aroma y un sabor excepcionales... en un chiringuito, un alegre chacinero fríe en un hornillo una especie de longaniza (en Aragón) o butifarra (en Cataluña); las tiene también envasadas al vacío, con una etiqueta donde pone, en letras grandes, "Narcord": "¿Eso se llama "Narcord"?", pregunto, en mi mejor Francés... "No, no, Narcord soy yo, eso es... du porc, cerdo..", me contesta el buen hombre...


En un rincón, junto al mercado, un "vide-grènier", una venta de trastos procedentes de los desvanes, las falsas... siempre busco, intentando dar con alguna joya, pero solo hay eso, trastos, zarrios... Pero no son como los nuestros; nosotros tenemos botijos, pucheros rotos, esquillas y cepos zorreros; ellos, además, bailarinas descascarilladas de falsa porcelana de Sevres, cajas de pilules de metal esmaltado en colores, ceniceritos, condecoraciones republicanas, cosas de ganchillo... son trastos de país rico, cursis, pero hay que ser rico para llegar a ser cursi...

La Catedral es fea. punto; Montauban fue villa hugonota, la Catedral no sé si lo es, o es católica, pero tiene ese aire severo, desprovisto de adornos, tan característico de la Reforma: por el contrario su antigua Plaza Real, ahora Plaza de la Nación, armónica, en ladrillo rojo, con hondos soportales dobles, es señorial y hermosa; comeremos en una calle vecina, en una mesita de reducidas dimensiones, como es habitual en Francia, pero viendo pasar a la gente, y a la sombra, en un día en que el Sol empieza a apretar, saliendo entre las nubes.




Una vez más, me encanta el raciocinio aplicado a la hostelería; parece que las cartas las haya redactado el mismísimo Descartes, quizás de ahí viene el nombre; tienes tus "formules", de entrante, plato principal -"du jour", que siempre tiene varias opciones- y postre: puedes elegir el tout complet, un entrante y postre, un entrante y plat du jour, un plat du jour, con buen acompañamiento, y postre... con diferentes precios, por supuesto... y, encima de la mesa, la carafe d'eau, perfectamente potable, y gratuita... nada que ver con nuestros rígidos menús de dos platazos y postre, que pagas si o no (siempre convenzo a mis acompañantes para que lo pidan, así como postre doble), o, en el mejor de los casos, te lo cambian por el café, como si valiesen lo mismo...

Después de comer nos acercamos al río, y pasamos por la puerta del Ayuntamiento, en el momento en que empieza a llegar una alegre caravana de coches adornados con flores y lazos de gasa: por supuesto es una boda. Una boda de argelinos. Los chicos, altos y guapos, enfundados en trajes negros con camisa blanca y corbata, tocan panderos; las chicas, morenas, guapísimas, bailan y lanzan gritos tradicionales; se ve alguna chilaba, algún velo, entre la gente mayor... un caballero anciano viste de chilaba blanca y casquete... pero es una boda francesa, republicana, con alcalde -o concejal- con su franja tricolor, leyendo artículos del Código de Napoleón... sus antepasados, obviamente, no son los galos, ni comían jabalí -¡jalufo, jalufo!-, pero son la Francia de hoy y, obviamente la del mañana. Y lo siento, doña Marina, pero eso es lo que hay, y bien contenta puede estar, que han dado al Mundo un Zidane del que, por cierto, poco contentos están hoy mis conciudadanos barceloneses...

Al coche, una vez más, y un corto recorrido hasta el Cementerio de Montauban el objetivo sentimental de mi visita: los cementerios franceses son minerales, feos, suelo empedrado, tumbas de piedra, generalmente artificial, cemento... pocos árboles, siempre cipreses... nada que ver con los vegetales Friedhöfe alemanes, tan verdes, tan mulliditos, que te quedarías... eso sí, han tenido el buen detalle de bautizar a las calles con nombres de pájaros; "Les merles", "les mésonges"... cuando se acaban los pájaros, al fondo del cementerio, una pequeña bandera republicana -española, quiero decir; en Francia todas son republicanas, claro- nos indica que estamos ante la tumba de Don Manuel Azaña Díaz, Presidente que fue de la República, hasta su exilio y dimisión en 1939.



Me doy cuenta, demasiado tarde, de que nunca me he aprendido la letra del Himno de Riego; me sé de corrido la música, que la Ronda de Boltaña siempre toca en sus actuaciones, pero sólo recuerdo el estribillo: "¡Soldados, la Patria nos llama a la lid/juremos por ella vencer o morir!"; y aquella otra estrofa que me enseñaba mi abuela Encarnación, malagueña y de familia liberal, que la habría recibido casi de testigos presenciales: "Si Torrijos murió fusilado/no murió ni por vil ni traidor/que murió con la espada en la mano/defendiendo la Constitución..." así me veo yo, defendiendo la Constitución... en España no tenemos suerte con los himnos: el de ahora, se silba o tararea -unos lo tararean, otros lo silban-, el más cantado, el "Cara al Sol", era un poema de madrileños de familia bien, y la gente no entendía la letra... "Impasible el ademán...", y oían y repetían "¡Imposible, el Alemán..!", se lo cuento a mi profesora, Anette, y se muere de risa... "Ach so, imposible, ja...!" Pero al Presidente hay que rendirle honores, y le canto lo que puedo...

Si vamos a ver, es una pequeña vergüenza tenerlo aquí, en tierra extraña, que lo acogió un poco a contrapelo, y donde murió a los sesenta años, un chaval, yo creo que de pena... pero es casi mejor dejarlo debajo de un no demasiado afortunado monumento, una especie de llamas o estalactitas transparentes, de metacrilato, traspasadas por otra roja, demasiado evidente la sangre... España, incluso la España de ahora, es un choque, un sobreestímulo demasiado fuerte para un espíritu sereno y reflexivo como el suyo; de los problemas que dejó, sólo se han arreglado, precisamente, dos de los que más lo trajeron de cráneo: los jornaleros -en Casas Viejas, los que no han emigrado, cobran el PER-, y el Ejército, definitivamente democratizado y civilizado, yo creo que gracias a la OTAN, con la de carteles que llegué a pegar en su contra... pero los curas siguen haciendo de las suyas -si se enterase de lo de la concertada, él que acabó de los colegios de frailes hasta el pirulo de la boina...-, y Cataluña... después de defender fogosamente el Estatut d'Autonomía, su calvario durante la Guerra Civil se vio enturbiado por la deslealtad sediciosa de Companys y los bandazos internos de un Partido Socialista escindido en facciones irreconciliables... ¿Os suena...?

Descanse usted, Don Manuel, por allá abajo seguimos, a trancas y barrancas... consuélese con sus palabras escritas sobre su lápida: Paz, Piedad y Perdón... en eso estamos, aunque no todos los días... amén.






miércoles, 17 de mayo de 2017

L'Ariège: de osos, maquis y semillas reales...

L'Ariège es mi agujero negro de los Pirineos. Injustamente, añado...




Subes al Port d'Envalira atravesando resorts de esquí que parecen calles de suburbios urbanos, con algún toquecito de piedra y madera, para que no se diga... tienes frente a ti el circo donde nace el Valira, había olvidado lo bello de ese lugar... tengo intención de subir al viejo Port, por la antigua carretera, pero me parece que va a descargar una tormenta de narices -luego queda en nada-, y opto por el túnel, aunque supongo que será bastante caro... dos o tres minutos bajo las rocas de Pyrene, y al salir...

¡Mocé, parece que hubieses atravesado el Túnel del Tiempo, no el d'Envalira!: al otro lado, laderas de pastos sin fin, hacia el fondo de un estrecho valle, por una carretera que podría ser una antigua calzada romana asfaltada... y ni un alma, nadie, ninguno... algún coche aparcado cerca de una cabaña pastoril, una señal indicando el desvío hacia unas pistas de esquí que se imaginan, pero no se ven... donde antes todo era cemento, iniciativa empresarial y riqueza imponible, hay ahora tan sólo soledad, calma y, seguramente, subvenciones europeas.

Estamos entrando en L'Ariège: es mi agujero negro en los Pirineos: a espaldas de Andorra, el Pallars Sobirà y La Val d'Aran, kilómetros de montaña y bosque que he rodeado muchas veces, pero nunca recorrido... curiosamente, la primera vez que salí de España lo hice siguiendo este mismo camino, en un viaje familiar desde Andorra a -destino habitual de las familias cristianas de le época- Lourdes... me hacía tanta ilusión, que preparé el trayecto etapa a etapa, dibujando el mapa: Ax les Thermes, Foix, Saint Girons, Saint Gaudens... deseoso de practicar mi Francés, todos lo estábamos... creo que fue en esta ocasión cuando mi hermana Pilar saludó con un ceremonioso "Bonjour, Madame!" a un bigotudo y sorprendido gendarme... luego resultaba que cada pueblo estaba lleno de exiliados o emigrantes -o las dos cosas- españoles, que nos recibían al grito de "¡Paisaaaanos..!", aunque supiesen que veníamos de la España Franquista, que les negaba el Pan y la Libertad.

L'Ariège es tierra de maquis -de maquisards- y de osos... en sus montañas, en sus bosques, se escondían los que luchaban contra los ocupantes alemanes o, simplemente, huían del Servicio de Trabajo Obligatorio, que pretendía que sustituyesen en sus fábricas a los obreros alemanes que estaban luchando en el Este... luego, en la práctica, resultaba que muchas veces también los sustituían bajo los tibios edredones de las semidesiertas camas conyugales, pero aún así el atractivo del STO era más bien escaso... los primeros maquisards eran excombatientes españoles, que ya tenían muy claro cómo las gastaba el Nuevo Orden Europeo, que a su olor de grasa de armas y pies sudados en botas altas añadía en España el menos tranquilizador aún de cirios, incienso y sotanas mal lavadas.



Los nazis perdieron la guerra en Rusia, los maquisards salieron del bosque y se transformaron en alcaldes de pueblo con banda tricolor y condecoración en la solapa... y ahora están ocupando su lugar los osos, traídos de Eslovenia... deseo con todas mis fuerzas que nunca más vuelva a haber maquis en los Pirineos, que todo el Mundo y le Monde pueda defender pacíficamente sus ideas, sin necesidad de  empuñar la Sten, pero estoy absolutamente a favor del Oso, mi tótem, ese bicho gordo, tragón y huraño con el que tanto me identifico... de acuerdo; de vez en cuando, se le va la mano y se carga alguna oveja, y estoy a favor de que quienes viven de la ganadería sean regiamente compensados por las molestias que puedan causarles los osos; pero su presencia en los bosques, la mera sospecha de que por allí ha podido pasar un oso... nos hace recuperar el encanto de la Naturaleza primigenia, un poco cabrona a veces, justo es reconocerlo, pero pura, libre, inocente, materna y virginal a la vez.

"¿Te gustaría encontrarte en el bosque con un oso...?", me preguntan sus detractores... según y como, depende de la distancia... pero a él tampoco le interesa, para nada, encontrarse conmigo, sin saber si soy un pacífico ecopijo o un depredador como Don Manuel Fraga Iribarne, que gloria haya, deseoso de hacerse un llavero con su "os penis", el huesecillo que tienen los osos dentro de la picha, o, sin ir más lejos, como nuestro campechano Rey Emérito... además, bien mirado, tengo un amigo que ha cazado un oso -negro, pero oso- en Canadá, mientras, que yo sepa, ningún oso ha cazado nunca a ningún amigo mío, ni tan siquiera a un conocido, y eso que les podría dar ideas...



Ax les Thermes es a donde me gustaría que me llevase en una sillita de ruedas mi cuidador andino cuando esté bastante más cascado que ahora: parece aburrido de narices, pero plácido, agradable, limpito, con un casino que prefiero no imaginarme, lleno de señoras gastándose la pensión en las maquinitas, unos baños -termales, por supuesto- con cierto aire decadente, pero actualizados y funcionales, y restaurantes con mesitas al sol y a la sombra,  animados y acogedores... comemos en uno de ellos; nos atienden dos chicas muy jóvenes, una nos confiesa que es su primer día de trabajo... son agradables, son monillas, tienen un delantal y un PDA, pero ni idea de lo que se traen entre manos... corre la falsa creencia de que para camarero vale cualquiera dispuesto a trabajar muchas horas por poco dinero: falso: cualquiera -y a la vista está- vale para ministro, pero un buen camarero es una rara joya; bueno, hacen lo que pueden... el plat du jour es un estofado de cordero... os apuesto lo que queráis a que es imposible encontrar en Sobrarbe un restaurante donde ofrezcan estofado de cordero, y será por falta de corderos... éste me recuerda a los que hacía, un día sí y otro no, mi tía Encarnación... por desgracia, lo acompañan de una ratatouille con bien de tomate, que aparto con gesto ofendido... para beber, una Pelfort; en tres días probaré cervezas muy distintas, pero esta, de un cierto aire alemán -o alsaciano, no la liemos- me sabe de maravilla.



Foix -ese pueblo grande, o ciudad pequeña, que nunca sabemos si pronunciar "Foij" o "Fuá"- es nuestra segunda y última etapa en Ariège: tiene una gran periferia de Carrefours y naves industriales, y un casco antiguo agradable y apañado, dominado por el castillo de sus Condes: y ahí se centra mi atención, porque la Casa Condal de Foix- o de Fuá- pudo haber cambiado muchas cosas...

Al fallecer Doña Isabel la Católica, rompiéndose así la imagen que los viejos asociamos al llorado billete de Mil Pesetas, su aún relativamente joven viudo, Don Fernando, el Ligeramente Menos Católico, contrajo matrimonio con Doña Germana de Foix, hija de los condes, y prima del rey de Francia, conprometiéndose a nombrar heredero al posible hijo que tuvieran. Se hubiese deshecho así la unión entre Castilla y Aragón, pivotando el nuevo eje de alianzas hacia el Poderoso Vecino del Norte, que se suponía -sin fundamento alguno- menos voraz que el Poderoso Vecino del Sur.

Si la semilla del Rey, vertida tan generosamente en tantos lugares agradables y acogedores, hubiese conservado un cierto potencial, la Historia hubiese dado un giro sorprendente, y hoy Castilla -capital, Lisboa- y Aragón -capital, Valencia- podrían ser Estados vecinos y amigos, e intercambiarse votos en el Festival de Eurovisión... pero el zagal que tuvieron duró horas... podría haber sido también rey de Nápoles, y hoy una poderosa Camorra aragonesa explotaría oportunidades de negocio más o menos turbio en los Cinco Continentes... pero lo históricamente más probable es que Aragón, sin los Tercios castellanos y el Oro de Indias, hubiese entrado indefectiblemente en el campo gravitatorio del poderoso vecino del Norte; hoy, por ejemplo, Boltagne podría ser la capital del Dèpartement de Cinqué et Ará, llena de Écoles et Lycées republicanos y laicos, hablaríamos poniendo los morros en forma de acento circunflejo, podríamos comer fromages et fuás y beber vin rouge sin que se nos alterase el colesterol, y todas las señoras llevarían lingerie noire de dentelles...

Barajando esas posibilidades, desde la triste situación presente -sin más dentelle noire que la mantilla de la Cospedal el día del Corpus- paseamos por las calles de Foix o Fuá, recordando cómo continuó la insólita historia de Doña Germana; cuentan las malas lenguas -y la Wiki lo recoge- que Don Fernando, intentando mejorar sus perfomances reproductivas, abusó de determinadas infusiones de hierbas, y dejó viudita joven a Doña Germana, encomendándola, eso sí, a los cuidados de su nieto Carlos Primero; y afirman que, cuando llegó el germánico rey y futuro Kaiser, encontró a Doña Germana -su abuelastra- sumamente apetecible, y tuvo con ella más que palabras... ¡Caramba, Don Karl, eso no era una MILF, era toda una GILF...! De aquellos amores locos -"verrückt", si había un alemán por medio- tuvo Doña Germana una hija, y, para cubrir el expediente, la casó el Emperador con un noble tedesco de su séquito, de Brandenburgo, nada menos... que tampoco le duró demasiado a Doña Germana -que, por lo visto, tenía un peligro....-, viéndose obligado el buen Karl a buscarle nuevo marido, y hacerlos virreyes de Valencia, donde acabó sus días, fundando conventos y pasteleando a troche y moche en la política valenciana, que ya apuntaba maneras...

El coche nos espera, y aún quedan kilómetros hasta la Chambre d'Hôtes que nos aguarda, más al Norte, ya en el corazón del Midi...






miércoles, 13 de enero de 2016

Última parada, Narbonne

No estaba previsto, pero ahí acabó nuestra excursión por tierras del Midi, antes de volver a España... ¿España..? Bueno, yo ya me entiendo...




Narbonne no era mi opción inicial; tenía previsto, como quien no quiere la cosa, que la hora de comer nos sorprendiese en Castelnaudary... Castèlnòu d'Arri es considerada la "Cuna de la Cassoulet", ese fruto de la Tierra y del trabajo del Hombre que consiste, básicamente, en alubias blancas confitadas en todo tipo de grasas de animales deliciosos, entre los cuales domina -¡cuac!- el pato, o incluso su prima mayor, la oca, y eso es justamente lo que quería comer yo para despedirme en condiciones de la Dulce Francia. Pero empiezo a sospechar que mis compañeros de viaje se conchabaron a mis espaldas, y decidieron que compartir trescientos kilómetros con un gañán ahíto de judías en el reducido espacio de un Seat Ibiza ofrecía algunos inconvenientes manifiestos, y me dicen a coro que no, que a Narbonne...

Obedientemente, salgo de Saint Ponç en dirección ya decididamente Sur, atravesando un inesperado paisaje de montaña, a través de un Parque natural bellísimo, con densos bosques y, en su cota más alta -la carretera es buena, pero sube lo suyo- pastos verdes bajo el rocío que desprende la niebla -a ratos, llueve-, desde donde, estoy seguro, en días buenos se debe ya divisar el mar. Desde las alturas, la carretera desciende ya entre vides, buscando las tierras bajas a orillas del Mediterráneo.



Narbonne había sido siempre, para mí, la "bretelle", el sitio donde la autorroute se divide en dos: hacia la izquierda, mi recorrido más familiar; Carcassonne, Toulouse, Lannemezan -desde donde, en menos de dos horitas, te pones en Boltaña-, Tarbes, Pau... es la espina dorsal de las tierras francesas al norte de los Pirineos; en la vertiente española no tendremos nada ni remotamente igual hasta que la Autovía cubra el hueco entre Nueno -en la salida de Huesca- y la frontera de la Comunidad Foral Navarra, ya cerca de Pamplona... a la derecha, resiguiendo la orilla del Mediterráneo, las múltiples opciones; hacia París, hacia Lyon y el centro de Europa, hacia la Provenza, Marsella, Italia... Esta vez, entro en ella, busco un hueco, y aparco bajo una imponente Mediathèque: Ya estamos.



No me impresiona demasiado Narbonne; ofrece ya un aire plenamente mediterráneo -familiar, por lo tanto- y tampoco me parece una gran ciudad; tiene un cierto aire de "agrotown", de esos pueblor rurales grandes y ricos que, en el fondo, son prácticamente lo opuesto a las ciudades, con pintas, eso sí, de llevarse en ella una buena y plácida vida, que no es poco: incluso sus calles y muchas de sus casas tienen un cierto aire barcelonés. Hay una imponente Catedral, con recios arbotantes de piedra blanca, y un Ayuntamiento -un Hotel de Ville- en una cierta línea Exim Castillos -que refuerza el hecho de haber envuelto su fuerte torre en un lazo rojo navideño- situado en una bella plaza. A su lado, un café pregona por tres veces su hispánico nombre; "Quintana, Quintana, Quintana"... recuerdo también que en el no muy lejano Colliure vino a morir Antonio Machado en un Hotel Quintana... quizás una inesperada dinastía de españoles exiliados dedicados a la hostelería en vecinas tierras francesas.... frente al Hotel de Ville, unas grandes galerías, donde entramos en tromba buscando la trilogía de nuestros recuerdos favoritos de Francia: quesos, foie y vinos...



Callejeamos un rato por el casco viejo de Narbonne -mediterráneo, ya sé que me repito-, y recalamos en un restaurante, porque el hambre aprieta. Como soy muy jodido, y le guardo luto a mi Cassoulet, como con pocas ganas algo sin demasiado interés, mirando descaradamente de reojo a una pareja de jóvenes que -¡encima!- se están poniendo morados de ostras, que no había descubierto yo en la carta... fuera, cuando salimos, un discreto Mercado de Navidad, otra vez falsas casetas alsacianas de falsa madera, con los tejados cubiertos de falsa nieve, a cerca de veinte grados... Eso sí, seguro que los embutidos que veo a distancia son auténticos.

No parecen muy contentos con su curro...


El mercadillo falsamente alsaciano está en la orilla del elemento más destacado de Narbonne: el Canal del Midi. Resulta difícil exagerar la importancia económica de una magna obra de ingeniería, que permite llegar desde aquí -desde el Mediterráneo- hasta el Atlántico, en la Gironde, a un coste energético bajísimo... baste con considerar que la otra alternativa náutica era circunnavegar la Península Ibérica entera y verdadera y, ya de propina, el Golfo de Vizcaya. No tenemos ni orografía ni agua para lograr, en España, algo semejante, y los intentos en ese sentido -el Canal Imperial de Aragón, el Canal de Castilla- se han quedado en eso, en intentos... no creo que, en este momento, el Canal du Midi tenga mucho uso -la cantidad de camiones que corren por las autopistas francesas más bien indica lo contrario- y veo que se ha transformado, principalmente, en un atractivo turístico, con sus "peniches" -gabarras- transformadas en casas flotantes para padres de familia que desembarcan en bicicleta para ir a comprar la baguette al pueblo vecino o grupos de jóvenes que aprovechan los días de navegación pacífica para quedarse en el camarote, dedicándose a fumar productos de botánica recreativa.

Recuerdo que, hace años, el Consell Comarcal de Ribera d'Ebre estudió la posibilidad de la navegación recreativa y, a dicho efecto, invitó a los responsables de las "peniches" del Canal du Midi; participé en la reunión, que acabó en un minicrucero por el Ebro; los franceses alucinaron: el Ebro no será muy caudaloso para los estándares europeos, pero es un río con su carácter y su mala leche, cuando quiere... durante la travesía, el barquito llevaba un patrón al timón, pendiente del sonar que le indicaba la profundidad del río, y un marinero en la proa, con una pértiga, preparado para rechazar cualquier obstáculo imprevisto -un tronco, lo que fuese- que pudiese dañar el casco de la embarcación... los franceses nos aconsejaron que dejásemos correr el tema, que aquello era un peazo río, y que se nos iban a ahogar demasiados padres de familia y jóvenes fumetas...  el Ebro es un río para navegantes avezados, nabateros o alemanes pescadores de siluros, no para aficionados.



En distintos lugares de Narbonne hay paneles con referencias a unos hechos históricos que ignoraba por completo; al parecer, en 1907 hubo una auténtica rebelión cívica, organizada por los cultivadores de la vid, que consideraban lesivas determinadas disposiciones del Gobierno francés; la "Revuelta del Midi" fue un movimiento de amplias capas de la sociedad, que fue sofocado "in extremis", porque incluso uno de los regimientos del Ejército movilizados para reprimirlo se unió a los manifestantes, que levantaban barricadas por toda la región... siempre han sido bravos los agricultores del Midi, basta con recordar cuantas docenas de camiones de tomates de Almería llevarán quemadas... durante los recientes vaivenes de la política catalana, una periodista afín al régimen tiraba por elevación contra los cupaires recordando la "violencia revolucionaria de izquierdas"... ¡Pues anda que la de derechas...! En Francia tuvieron los Chuanes, sublevados desde la Tierra y la Religión contra los revolucionarios, y todo el Siglo XIX español fue una lucha continua contra una violencia conservadora y rural, el Carlismo,  que volvió a rebrotar bajo nuevas formas durante el Siglo XX, y estoy por decir que ha continuado hasta nuestros días... la Política Agraria Común ha hecho mucho por desactivar esos brotes, pero ya hemos visto que, a la menor, hay tractores en las calles de Bruselas vertiendo leche o purines en las puertas de los odiados tecnócratas... nada hay más sagrado que el Amor que une a un campesino y la gallina que le quiere quitar el Estado, todos lo sabemos, y hoy, ante el origen del nuevo President de la Generalitat, nacido y criado en tierra hondamente carlista, me echo a temblar...

Reflexiono y me doy cuenta de que llevamos días recorriendo tierras de vino, y no precisamente de las más conocidas, lejos de Burdeos o la Borgoña... en Albí estuve leyendo algunas informaciones sobre la importancia del vino en el Siglo XIX; al parecer, a finales del siglo, la compra de vino suponía un venticinco por ciento de los gastos de las familias obreras... ¡El vino era el opio del pueblo, cuando ya pocos hacían caso de los curas...! Tras ciertos excesos juveniles, soy un bebedor más que moderado, y casi más orientado a la inocentona cerveza -me gusta, además, la más floja-, y me alegro mucho de ello... especialmente cuando aún tienes trescientos kilómetros por delante, hasta llegar a casa...




miércoles, 30 de diciembre de 2015

Saint Ponç de Tomières y nuestra Historia

Volvemos ya hacia casa, vía Narbonne... el camino, casi sin pensarlo, nos lleva a un lugar sumamente evocador: Saint Ponç de Tomières...





Ya ni sé cómo escribirlo; Pons o Ponç, Thomières, Tomera... en cualquier caso, en este pacífico lugar, que atravesamos en una mañana lluviosa y turbia, nos detenemos para hacer pipí -y tomar un café- en un bar: en su pared, una enigmática placa recuerda el agradecimiento de los ciudadanos soviéticos a la villa... ¿todos los ciudadanos soviéticos...? eran un montón... ¿por qué? : nada dice; agradecería información adicional.



Atienden el café donde recalamos para nuestra escala técnica una amable señora y su hija; nos cuentan que han estado recientemente en Barcelona, hospedadas en un hotel de lujo, e hinchándose a hacer compras en el Passeig de Gràcia, ninguna de cuyas tiendas, palabra, está al alcance de mis ingresos de jubilado... cavilando sobre el insospechado cash flow que pueden generar los cafés de pueblo en el Midi francés, salgo a la carretera y contemplo largamente el enorme edificio religioso que tengo justo enfrente.



Allí, en aquel mismo lugar, se alzó durante siglos el Monasterio de San Pons de Tomères, o como coño se llame... a aquellos santos muros llegaba, en 1134, una curiosa comitiva: nobles aragoneses, desolados por el fallecimiento de su Rey, Alfonso el Batallador, y sumamente rebotados ante su testamento, que transmitía sus derechos sucesorios, literalmente, a Dios Nuestro Señor y, en su nombre, a las Órdenes Militares, buscaban una solución ligeramente más temporal y palpable, y no tenían más recurso que el único hermano del difunto, el Monje Ramiro, que en aquella santa abadía consumía su tiempo entre oración, meditación, y honestas labores de hortelano.

La Historia ya la conocéis: Ramiro asumió con resignación el marrón que le caía encima; tuvo sus más y sus menos con los nobles d'o lugar - de donde procede la encantadora leyenda de la Campana de Huesca- y se decantó por lo práctico; contrajo matrimonio temporal con una noble dama francesa, viuda, que ya había parido de su anterior esposo -valía comprobada como engendradora-, tuvo una hija -Petronila-, la casó a la tierna edad de un año con un vecino -Ramón Berenguer IV, Conde de Barcelona-, dejó todos los papeles arreglados y, en 1137 ya se volvía a lo suyo, es decir, las misas... a partir de entonces, la Casa de Aragón y la Casa de Barcelona quedaban ya unidas, en condiciones y con la letra pequeña que han dado trabajo -y el que darán- a cientos y cientos de estudiosos de uno y otro lado de la Clamor Amarga de Almacelles que, bien mirado, mientras se dedican a eso, poco mal hacen.

Unidas, pero no precisamente en el vacío... El difunto Alfonso, casado con Doña Urraca de Castilla y León, había ido a la greña con media Península Ibérica, reivindicando el título de Emperador de España, esa creación franquista, aunque entonces se llamase  Hispania. El propio Ramon Berenguer era hijo en segundas nupcias de su padre, casado en primeras con la hija de un personaje tan poco nostrat como Don Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador... en aquellos tiempos sin Puente Aéreo ni AVE, lo que caracterizaba a la Península no era precisamente la "Desconexión", sino un auténtico batiburrillo de alianzas, matrimonios, traiciones, reivindicaciones, acuerdos y escaramuzas fronterizas, que recuerda más a las andanzas de los Barones Regionales del PSOE que a los altivos reinos independientes, autosuficientes y de espaldas los unos a los otros que algunos pretenden ver. Y todo eso en el marco de una intrincadísima política europea, con el Papa, como árbitro tramposo, pitando penalties a diestro y siniestro, y con el Moro pisándoles los talones por el siempre abierto Sur.

Medito hondamente sobre estas historias antiguas porque, últimamente, me están llegando ecos que me ponen el vello de punta; la cosa empezó en torno al 20 de Diciembre -de Abiento-, cuando se recordaba la ejecución del Justicia de Aragón, Don Juan de Lanuza. "A manos de las tropas invasoras de un rey extranjero: Felipe Segundo". Stop. Fin de la cita: Felipe Segundo fue, seguramente, un cabrón con pintas, un ciudadano verdaderamente desagradable, pero difícilmente se puede tildar de rey extranjero, en Aragón, al biznieto del último rey aragonés, Fernando el Católico, por cierto, un Trastamara castellano, aunque nacido en Sos... De todas maneras, los reyes extranjeros que hemos tenido en España -desde Amadeo de Saboya a Carlos Tercero- no desmerecen nada, al contrario, comparándolos con muchos otros de estricta producción local... muchas veces, como comprenderéis sabiendo donde nací y vivo, me he preguntado por la utilidad de interpretar hechos acaecidos trescientos o cuatrocientos años atrás desde categorías políticas propias del Siglo XIX, porque a las del XX aún no se ha llegado, y muy posiblemente a las del XXI no se llegue nunca. Utilidad sólo evidente para los muchos pícaros que viven de ello.

Ayer me llegaba un manifiesto abogando, ya directamente, por la creación de una República Aragonesa, para "librarnos definitivamente de España"... hay ideas originales, y también ideas buenas. Esta, sinceramente, no me parece original, pero si buena: no hay más que ver las horas y horas de honesta diversión que llevamos experimentando los ciudadanos de Cataluña/Catalunya gracias a parecidos planteamientos, ni el decidido impulso a la industria textil de alguna remota provincia china que ha significado la demanda de cientos de miles de toneladas de camisetas multicolores y banderas estelades que, de extenderse, cubrirían con creces el territorio dels Països Catalans que sacan en los mapas del tiempo de TV3... "Fun with Flags", como en el programa ideado por mi admirado Sheldon Cooper... en tiempos en que el llorado Jordi Pujol -porque muchos lo han llorado- popularizó, a golpe de partida presupuestaria, el lema "Som sis millions", aludiendo a la población del Principado pre-paquis y pre-ecuatorianos, corría un chiste por Barcelona -no me atrevo a asegurar nada fuera del Área Metropolitana-: visitaba nuestro Conductor la República Popular China y, presentado a un alto mandatario, le espetaba, con mal disimulado orgullo: "¡Somos seis millones...!" a lo que el chino, displicente, contestaba: "Ah, qué bien... ¿Y en qué hotel están...?" Imagino que, hablándole del millón y poco pico de aragoneses -incluidos los de la Diáspora-, sus opciones oscilarían entre un hotelito "con encanto" o, ya directamente, alguna vivienda de Turismo Rural.

Por supuesto, no voy a romper las amistades con nadie que se proclame independentista aragonés, como sigo manteniéndola con muchos amigos, y muchos de ellos muy queridos, independentistas catalanes. Incluso tengo una hermana. O dos, porque ya no me atrevo ni a preguntar... Total, muchos de los que me conocen, ante la evidencia de que no soy nacionalista catalán, y porque me quieren lo suficiente para no sospechar que pueda ser nacionalista español, llegan a definirme como nacionalista aragonés, porque de algún sitio se ha de ser nacionalista, digo yo... Justo es reconocer que les he dado pie, todo el día dando la brasa con Sobrarbe y Aragón y cantando canciones de la Ronda... y eso que no conocen las locuras de mis años mozos, cuando me manifesté en Caspe y en Zaragoza, exigiendo el Estatuto de Autonomía, cuando compré dos acciones de "Andalán", cuando no me perdía un recital de Labordeta, cuyo retrato estoy, en éstos momentos, mirando sobre mi mesa de trabajo -por decir algo-... y por esos mundos de Dios andan mis hijos, Badaín y Borja, y suerte que solo tuve dos, porque podría haber también un Úrbez, una Waldesca... ¡o incluso una Andregoto!

Tengo un recuerdo muy especial de la Manifestación del 23 de Abril de 1978: para asistir a ella cometí una de las mayores tonterías de mi vida: volar de Barcelona a Zaragoza, en un vuelo regular que, incomprensiblemente, existía entonces. Era un vuelo casi balístico; en aquellos felices e inconscientes tiempos, dejaban fumar en los aviones, entre el despegue y el aterrizaje; encendí un cigarrillo al despegar, y tuve que apagarlo casi a medias, porque ya estaban avisando de que aterrizábamos en Zaragoza. Encima, no era nada barato, pero yo no podía perderme el primer Día de Aragón... pronto me vi entre miles y miles de personas, Paseo de la Independencia abajo... acompañaba yo a Javier Maestre, de "La Bullonera", cuando la gente alrededor nuestro rompió a cantar una de sus canciones, de aquellas que se habían convertido para nosotros en auténticos himnos cívicos.

"Los de Huesca y de Teruel,
junto a los Zaragozanos..."

Pero, al llegar ahí,  abandonaron los tonos épicos, y la versionaron libremente...

"Se van a ver "Enmanuelle",
se la cascan a dos manos...
¡¡Puestos en pie!!"

La cara de atribulada incredulidad de Javier era todo un poema... traté de consolarle... "Así es la vida, zagal; la canción ya no es tuya, se la has dado al Pueblo, y el Pueblo hace con ella lo que le sale del ciruelo, mismamente..." Pero, por debajo del bigote, me reía..."No se si ésta es mi Nación, ni me importa demasiado; pero tengo muy claro que ésta es mi gente..."













martes, 29 de diciembre de 2015

De Cordes a Saint Antonin

Nueva historia sobre pueblos bonitos de Francia... todos parecidos, todos distintos, como distintos son los recuerdos que evocan...


Cordes sur Ciel, por supuesto, no se llamaba así, "Cordes sobre el Cielo"; era, simplemente, Cordes; algún viajero entusiasta le puso lo del Cielo, porque está encaramada en la falda de una montaña, sobre un valle extenso, bonito pero un pelín monótono; visto según llegas, tampoco parece cosa de otro mundo, más empinados he visto, palabra... pero, una vez aparcado en las afueras -inútil precaución: está casi vacío, y puedes subir con el coche mucho más arriba-, la verdad es que te dejas llevar por el encanto de sus calles y sus casas, por las que no parecen haber pasado los años, salvo en el estado de conservación de alguna de ellas.


El estilo ya no tienen nada que ver con La Couvertoirade: aquí aún se ve mucha piedra, pero imperan ya las armazones de madera vista en la fachada, que estructuran paredes de ladrillo o incluso de adobe... arquitectura que nos acompañará a lo largo de toda Francia, a medida que los suelos se hacen profundos y ricos y las canteras quedan solo al alcance de los poderosos. Pero sigue siendo una plaza fuerte, amurallada y bien preparada para la defensa -con un curioso campanario, que te recuerda enseguida las torres toscanas-, señal de que fue tierra de historia revuelta, herejías varias y razzias de la Fé Verdadera, mucho más mortíferas aún... el centro lo ocupa un mercado en plaza porticada, unas "Halles" de las que tantas encuentras en los pueblos franceses, y, a su lado, la calle principal, de Puerta a Puerta de la muralla, empedrada y constelada, hoy, por docenas de tiendas para turistas, muchas de ellas cerradas por temporada baja; una vez más, solo apatrullamos densos grupos de españoles, despertando la extrañeza de nuestros vecinos, a los que tenemos que informar de que celebramos el aniversario de nuestra Constitución, y que aún conservamos como festividad el día de la Purísima; a cambio, ellos celebran el Corpus; tierras ambas de cristianos, pero con distintas prioridades, por lo que se ve.







Me abalanzo sobre una tienda donde, al parecer, trabaja un artesano que fabrica navajas de Laguiole; hemos pasado cerca de dicho pueblo, que da nombre a las navajas más famosas de Francia, pero no me había atrevido a proponer visitarlo, siendo el único amante de los instrumentos de corte en nuestro grupo, pero ahora lo tengo a huevo... el artesano es un chico joven, magnífica noticia que garantiza la continuidad de su oficio, y un apasionado de su trabajo, y veo en su taller auténticas maravillas, navajas con cachas de los materiales más variados; lapislázuli, molar de mamut... Tiene también una importante oferta de navajas de Albacete -reconoce la inspiración española de las navajas de Laguiole- y, concesión al turismo, machetes de Rambo y de Conan el Bárbaro. Un cartel, más bien obvio, avisa a los visitantes; todo corta, vigilen a los niños... después de dar vueltas y vuelta, me enseña una de la que me enamoro a primera vista; cachas de boj, mi madera tótem... el boj es la madera de mis bisabuelos cuchareros en Boltaña, pero también la de mi abuelo murciano Julio, escultor, que usaba sus palos de boj para trabajar la arcilla... echamos un buen rato charlando de nuestras comunes y cortantes aficiones, me enseña a afilar en piedra... si me porto bien, dentro de pocos días, los Reyes Magos me traerán esa navaja de cachas de boj, tengo una corazonada...



En la puerta vecina pecamos también contra nuestra Economía; en este caso, vinos de Gaillac -de una excelente calidad, y precios muy razonables- y productos del hígado de volátiles diversos, víctimas de auténticos suplicios para obtener lo que muchos de nosotros conseguimos sin esfuerzo aparente; un hígado graso. El médico que me lo diagnosticó - me estaba haciendo la ecografía, y rezongó..."¡Hummm, un poquito de fuagrás...!"- me dijo que tampoco le diese demasiada importancia; precauciones normales, bajar algún kilito... me faltó tiempo para abalanzarme sobre el google y lo primero que encontré fue un artículo según el cual el 40% de la población adulta de Irlanda tenía el hígado graso... me sentí confortado, y acompañado, y ya no he vuelto a preocuparme.

Dejamos Cordes cargados con nuestras adquisiciones: mientras descendemos por sus empinadas calles, en unas fajas vecinas al pueblo oímos un discreto roce de ramitas... tres corzos se escabullen entre la maleza, dentro mismo del casco urbano.



De Cordes a Saint Antonin, por el valle -Noble Val- no hay mucha distancia; pero veo un desvío por la Causse, y lo cojo sin pensar; me he aficionado a las Causses, no lo puedo negar... ésta es mucho más suave y civilizada que las que cruzábamos ayer, casi predomina el viñedo, pero no faltan tampoco un hermoso bosque que cruza una carretera de curvas constantes que finaliza, casi abruptamente, sobre el Noble Val de Saint Antonin... Saint Antonin no está sur Ciel, sino sur algo mejor, un manso y ancho río, donde se reflejan sus casas y su torre: es un pueblo grandecito, con un barrio moderno, junto a la carretera, con un cine de programación sorprendentemente actualizada y varios restaurantes con ciertas pretensiones -si nos guiamos por los precios- pero cerrados por fuera de temporada; aquí ya no se ven ni españoles.


Llegamos a esa hora que tememos los fotógrafos, en que el sol, en esta época del año, cae como una pedrada, y transforma las calles estrechas en auténticos desfiladeros donde, o sobreexpones en las zonas iluminadas, o no ves absolutamente nada en las sombrías... el casco antiguo de Saint Antonin no ha conocido, ni de lejos, la segunda vida de Cordes; se ven algunos estudios de artistas, pero predomina un cierto abandono, una sensación de tiempo pasado sobre sus magníficos edificios, algunos de ellos casi en ruinas y ostensiblemente en venta.



Preguntamos a la única persona con quien nos cruzamos por un sitio donde comer; es un amable caballero que no solo nos orienta, sino que, después, nos va siguiendo discretamente para comprobar si hemos interpretado correctamente sus instrucciones -bastante complicadas, por cierto- hasta dar con el restaurante, tan escondido que difícilmente lo hubiésemos encontrado por nuestra cuenta, y con el absolutamente improbable nombre de "Le Cafarnaün".




Le Cafarnaün es, evidentemente, el restaurante de la gente del pueblo. La práctica totalidad de su clientela viste ropa de trabajo del Sector de la Construcción y gremios afines; pantalones y botas tipo montaña, y jerseys viejos manchados de cal y de pintura: supongo que van superando la crisis tirando de obras de rehabilitación, y en Saint Antonin no les falta tajo... nos sirven el menú del día, con una salade con más roquefort que lechuga y faux filet -no demasiado falso- con patatas caseras, un menú sano y barato, acompañado por un vino local más que potable. Un caballero de edad incierta -pero avanzada- y aspecto moderadamente elegante se dirige a mí para expresarme su admiración por mi cuñada, que está sentada enfrente suyo. Admiración no exenta de cierto contenido erótico, por cierto... Utiliza para describirla una palabra que no entiendo, y que me suena -os lo juro- a "Caralsol"... me doy cuenta de que está diciéndolo en Ruso, "Jarashoie", "Hermosa.." "Govoristi po Ruski?" le pregunto, creo que se dice así, no os fiéis mucho de mí... "Da!", responde, y me explica que ha sido, durante muchos años, responsable de seguridad en diversas embajadas en París, entre ellas, la soviética... me aclara que es el propietario de una de las casas más grandes del pueblo... "¡No le hagas caso, está loco...!" me dice el dueño, riéndose,  en perfecto Español...

Los comensales se van levantando, todos con su palillo de dientes en la boca... solo queda un gañán rubiote que, ostensiblemente, le tira los tejos a la camarera, una joven lucida y apetecible, cuyos pies sujeta entre los suyos... hay mucho más sexo del que parecía en el ambiente de Le Cafarnaün, oh, là, là, la France... ganas entran de dormir la siestá, ustedes ya me entienden, pero Albí está a una horita, y nos van a cerrar el Museo de Toulouse-Lautrec... au revoire, Saint Antonin Noble Val, tierra de cachondos...










viernes, 18 de diciembre de 2015

Yo tuve un amigo en Gaillac...

Salimos de Albí hacia otros dos de los Pueblos Más Bonitos de Francia... a este paso, los conoceré todos; muchos carteles indican dirección Gaillac: no llegaré a ir, en esta ocasión, pero me he prometido llegar a conocer esa pequeña ciudad, porque hace muchos, muchos años, yo tuve un amigo en Gaillac...

Estaría empezando mis estudios de Francés -y eso lo sitúa por el año 1962, más o menos- cuando nuestra profesora nos propuso un intercambio epistolar con chicos de nuestra edad que estudiasen Español en Francia: mi mejor amigo y yo nos apuntamos, y no sé si todos nuestros colegas  franceses eran de Gaillac, pero tanto a él como a mí se nos adjudicaron amigos de dicha ciudad de la cual, por supuesto, no tenía yo ni idea de su existencia. Gaillac, Tarn, France.

Al principio nos cruzábamos postales, él en Francés, yo en Español; pronto fuimos soltándonos más, y se transformaron en cartas, y cada uno iba adentrándose, a tientas, en el idioma del vecino: no recuerdo que llegásemos a intimar mucho en temas personales -ya sabéis que los hombres somos muy reservados para eso-, pero sí nos contábamos muchas cosas de nuestras ciudades, de los estudios... aprendí que Gaillac era una ciudad pequeñita, pero próspera gracias a la producción de vinos, incluso creo que en su familia se dedicaban al tema: a través de sus descripciones, me llegaba una bocanada de aire de la Campagne, del Campo Francés, esa tierra próspera desde hace muchos, muchos años, y más aún gracias a la Política Agraria Común, entonces aún en mantillas, pero donde siempre -siempre en los últimos doscientos años- se había vivido bien y se había comido caliente; tierra de villas de techos de pizarra con cierto aire de palacetes, de gasolineras de Total, de bares con anuncios de Ricard y Pernod, de kioskos de música en los parques donde, los domingos por la mañana, la banda de un regimiento con la corbata de la Legion d'Honneur en la bandera tocaba "Sambre et Meuse" ante unos caballeros con cintitas de colores en el ojal de la americana oscura y señoras con gabardina clara y sombrero... y donde los alcaldes llevaban una banda tricolor y eran elegidos por los ciudadanos, cosa que, en aquellos momentos, para un español resultaba de los más exótico. Algunos incluso eran comunistas.  Y les dejaban...


Intercambiamos también algunos regalos; recuerdo una cartera de cuero donde, grabado, aparecía ese mismo parque de Gaillac con el kiosko de marras, y, especialmente, una pitillera de plástico recubierto de algo así como polipiel, que usé durante muchos años -iba bien cuando fumabas tabaco de paquete blando-. y que, de hecho -padezco un Síndrome de Diógenes de manual- aún conservo entre mis muchísimas pertenencias absolutamente inútiles. Sinceramente, no recuerdo qué le envié yo; por algún cajón francés andarán mis presentes, si a él le pasa lo mismo.

Nuestra amistad pudo sufrir un serio percance el día en que recibí una carta muy chocante: me contaba, alborozado, que acababa de ver un documental sobre Madrid, y que los españoles que en él salían iban vestidos "como los franceses"; me preguntaba si eso era normal, o se habrían vestido así para el rodaje... así estábamos en 1962, os lo juro... Contesté, con bastante mala leche, que sí, que por desgracia habíamos abandonado nuestros ricos trajes regionales para disfrazarnos de personas civilizadas pero que, los domingos, los recuperábamos para pasear vestidos de toreros y con capa hasta los pies y, las señoras, con mantilla... nada más enviar la carta me arrepentí, suponiendo que se enfadaría, pero o le satisfizo la explicación, o comprendió que había tocado un tema sensible, y siguió escribiéndome como quien no quiere la cosa, y yo contestándole.

Pero, sobre todo, cada mes, sin falta, me enviaba un número de "Salut les copains!", la revista que hacía furor entonces entre la Jeunesse de Francia: yo nunca he sido mucho del Pop -años después me decantaría claramente por el Folk y los cantautores-, pero aquellas bocanadas de modernez no dejaban de impresionarme: arrasaba entonces la pareja formada por Sylvie Vartan y Johnny Halliday; a mí, ni fu, ni fa: a Sylvie la encontraba monilla, sin más, y a Johnny, sinceramente, un pelín macarra. Y, además, anglófilo, cuando yo aún no había empezado con el Inglés... "¡Espérate, jodido, primero acabemos con el Francés...!" pensaba yo...

La que me encantaba y me "ponía" era, por supuesto, Françoise Hardy... una chica bellísima, con ese aire triste y lánguido, cantando que estaba sola y que nada sabía del amor... yo, que también iba muy corto en ese tema -en pleno periodo autárquico, no sé si me explico-, ¿Cómo no iba a entenderla? ¿Cómo no iba a soñar encontrarme con ella, salvando las distancias geográficas y de edad -era cinco años mayor que yo, la distancia entre una diosa en ciernes y un preadolescente con acné y un cierto sobrepeso..., y proponerle una "Joint venture" para ir avanzando en el asunto...?  "Mira, moza, yo no es que sepa mucho, pero digo yo que poniéndose en ello..." ¡!Entrad, entrad a escucharla, el vello de punta pone... https://www.youtube.com/watch?v=LNEEVsZt8vI

Buceo -foriqueo- en Google para saber qué es de su vida, y veo con satisfacción que sigue siendo una bella señora, felizmente casada con un señor que se llama Dutronc,... me alegro mucho por ella, veo que te las has apañado muy bien para aprender por tu cuenta, yo también me he ido arreglando, tant mieux pour nous deux!

Dejando aparte a François Hardy -que ya era dejar aparte-, a mí lo que de verdad me interesaba era lo que estaba pasando en Francia, en la traumática salida de la Guerra de Argelia, con los atentados de la OAS golpeando en todo su territorio... yo los iba siguiendo gracias a lo que publicaba la prensa española y, muy tempranamente, gracias a "Paris Match", que procuraba comprar y descifrar... la Guerra de Argelia fue para mí, en muchos sentidos, un auténtico revulsivo, una guerra colonial a pocos kilómetros de nuestras costas, y donde, además, estaban implicados un gran número de españoles, ya que lo eran, de origen, muchos de los "pieds noirs" de Orán, la propia madre de Camús, sin ir más lejos... En aquellos tiempos se gestaron muchas cosas que hoy están pasando a primer plano... se me quedó grabada la imagen de los estragos causados por una bomba del FLN en un local de Argel frecuentado casi exclusivamente por europeos, el suelo lleno de cadáveres entre botellas y vasos rotos; muchos años más tarde, haciendo el Servicio Militar, conocí a un Cabo Primero con el que trabé una cierta amistad, y un día me contó que había nacido en Argel pero que había vuelto a Valencia, la tierra de su familia, a vivir con sus abuelos, cuando sus padres habían fallecido, justamente, en aquel atentado. En la vida hay coincidencias aterradoras.

Decía que la Guerra de Argelia me cogió en un buen momento del despertar de mi interés por la política y la historia moderna. Interés precoz, porque, con siete años, había seguido asuntos tan complejos -en versión simplificada, es decir, la que ofrecía nuestra prensa- como los sucesos de Hungría o la invasión de Suez... a lo de Argelia llegaba ya algo más maduro, pero he ido reuniendo a lo largo de muchos años fragmentos de aquel drama a través de elementos tan diversos como "La batalla de Argel", de Pontecorvo, la serie de novelas de Lartégui, pasadas después al cine, las turbadoras confesiones del General Aussaresses o, en fechas ya inmediatas, el documental sobre la vida de una joven argelina plenamente asimilada a la cultura francesa, que toma partido por el FLN, perfectamente identificable con el papel que, en la versión cinematográfica de las obras de Lartégui interpretaba una jovencísima -y guapísima- Claudia Cardinale, o la reciente y aclamada "L'art français de la guerre" de Alexis Jenni...y ahí están las claves del fracaso de los sectores progresistas y laicos dentro del Islam, el racismo ajeno y el radicalismo propio que frenan la integración de los emigrantes magrebíes en Europa, el auge de la extrema derecha basada en el miedo... no se me ocurren elementos de más actualidad.

Mi amigo y yo intercambiábamos frecuentes invitaciones para visitarnos, pero de boquilla, porque, en aquella época, muy poca gente viajaba sin una auténtica necesidad, y menos a mi edad: por eso me sorprendió mucho que el corresponsal de mi compañero de curso viniese a Barcelona, así pude conocerlo, enviarle recuerdos a mi amigo, e incluso vivir con él una curiosa aventura, que pudo acabar fatal.

Habíamos decidido llevarlo a conocer Montserrat; cuando pasé a recogerlos por casa de mi amigo barcelonés, se habían entretenido más de la cuenta, y no llegábamos, en Metro, a coger el tren previsto; insistí en respetar el horario que habíamos estudiado, cogimos un taxi y llegamos a tiempo. ¡Y tan a tiempo!: el siguiente tren ya no salió de la estación de la Plaza de España; se incendió en el túnel subterráneo, y hubo varios muertos.

Mientras nosotros, ignorando el accidente, paseábamos por la montaña, la noticia se extendía por Barcelona, causando la lógica inquietud en nuestras familias, que sabían que íbamos a coger el tren allí; trabajaba entonces con mi padre una chica que había realizado unas prácticas en el Hospital Clínico, y mi padre la convenció para que se pusiese su uniforme y se infiltrase hasta el Depósito de Cadáveres, para averiguar si alguno de los fallecidos podía ser yo, porque había una total opacidad informativa... cuando nos enteramos de lo sucedido, después de una larga espera en las pocas cabinas telefónicas que había entonces en Montserrat, conseguimos comunicar con nuestras familias y tranquilizarlas... volvimos a Barcelona, bajando del tren en la penúltima estación, y el túnel de Plaza de España aún humeaba.

No recuerdo cómo acabó nuestra amistad epistolar: supongo que fue languideciendo, quizás en la medida en que otras asignaturas nos requerían más atención... debo conservar por ahí alguna carta suya, que me permitiría recordar su nombre... me hubiese gustado saber qué fue de su vida, si recuerda el Español que aprendió, en el Bac, y si sigue vinculado al negocio de los vinos, esos vinos que, dentro de un rato, compraremos en Cordes para traernos un recuerdo de estas tierras mucho más suaves, mucho más amables que las duras Causses que recorríamos ayer, tierras ya de viñedos, con las hojas secas. doradas, muchas ya caídas, y los sarmientos listos para la poda y para las brasas donde asar chuletitas de cordero.











lunes, 14 de diciembre de 2015

L'Aveyron...

Segundo día; salimos de Montpellier...

Y, a los pocos kilómetros, se acaba la Dulce Francia: la autovía se enrosca, curva tras curva, a las faldas de una montaña, y vamos subiendo, desde los pocos metros de Montpellier, al ladito del mar, hasta más de setecientos: allí la cuesta se detiene: llaneamos por una meseta dura como ella sola, piedra caliza, quejigos, algún prado, ni un alma... estamos en la Causse de Larzac, en l'Aveyron, tierra de jabalíes y de maquisards.

Pasamos por el desvío del Memorial Nacional de la Resistencia: me gustaría visitarlo, pero viajamos cuatro juntos, y eso siempre requiere un consenso... a cambio, canto a pleno pulmón Le chant des Partisans..."Ami, entends-tu le vol noir des corbeaux sur nos plaines...?" los cuervos parece que me escuchen, y vuelan por todas partes... ¿Qué hacían aquí, los partisanos...? ninguna vía férrea a sabotear, ninguna guarnición a emboscar... los emboscados eran ellos, huyendo del STO, el Servicio de Trabajo Obligatorio, la deportación forzada a Alemania, a cubrir en los talleres las bajas creadas por la picadora de carne congelada en que se había convertido el Frente del Este... a muchos no les fue tan mal el STO; no solo en los talleres había vacantes... muchos se levantaban  de entre los edredones floreados, procurando no mirar la cara de mala, muy mala leche con que los miraba un feldwebel desde la foto de la mesilla de noche... quizás el mismo que, a su vez, ligaba en las calles de Paris con belles demoiselles... en medio de aquella guerra civil que fue la guerra en Europa se gestó el primer Mercado Común, que no fue ni del carbón, ni del acero, como nos han hecho creer: fue el de los cuernos... me compadezco hasta de los boches que debían subir hasta aquí arriba, a perseguirlos por estos riscos, y que, además, no debían ser precisamente tropas de élite; rusos blancos de Vlasov, o, mejor aún, colaboracionistas franceses de la Milice de Darlán, con sus enormes boinas negras de Alpinos... homenaje a los héroes, y, a unos y otros, paz... "C'est nous que brissons les barreaux des prisons, pour nos frères..." Nunca, nunca más nos veamos en otra así...



La Couvertoirade es Uno de los Pueblos Más Bonitos de Francia; cuando uno oye eso, se pone en guardia, e imagina miriadas de turistas agolpándose en sus calles, y comprando en tiendas todas semejantes, regularmente abastecidas por otra miriada,  la de los fabricantes chinos de cosas típicas europeas... de acuerdo con las dimensiones de su parking, en temporada alta debe ser así, pero ahora no hay un alma, ni siquiera hay que pagar, y en todo el pueblo nos cruzaremos solo, repetidas veces, con otra pareja de españoles, con los que nos saludamos en voz baja, como si estuviésemos en un concierto, y sólo veremos un pequeño grupo de nativos, con todas las pintas de ser los albañiles de alguna obra, pelándose de frío en la puerta de un bar para fumarse un cigarrillo.Todo el pueblo para nosotros, en medio de la paz de una mañana neblinosa y fresquita de Domingo.



Es cruzar la puerta del recinto amurallado y experimentar, de golpe, un viaje trescientos años atrás y trescientos kilómetros al Sur..."¡Coño, es Ballibió...!", casi grito... estoy en casa; paredes de piedra, calles empedradas, casas de piedra, techos de losas -eso sí, aquí las redondean un poco- ¡Chimeneas de piedra..! chamineras como las de Sobrarbe, algunas cúbicas, otras troncocónicas, rematadas por su espantabruixas... Hasta el color de la piedra me recuerda el que puedes ver en Buerba o Vió... En algunas puertas, clavadas, carlinas.





Jugando al juego de las diferencias, enseguida descubro una importante; en Sobrarbe, la distribución entre la planta baja, dedicada a cuadras y corrales, y la planta de vivienda, se suele hacer desde el "patio", gran espacio interior: aquí la planta baja sobresale de la fachada,y tiene acceso directo a la calle, mientras a las plantas de vivienda se accede por una escalera exterior, a veces, doble, imitando las de los palacios nobles... tomo buena nota de ello, y lo documento... ¿tenemos tipologías parecidas por ahí?



El pueblo, amurallado, remata en lo que queda de un castillo, que fue templario hasta la disolución "manu militari" de la Orden; pasó luego a los Caballeros Hospitalarios... todo el Aveyron es zona de antiguas posesiones templarias, recuerdo del poderío que, a la larga, fue su ruina, por las envidias reales y la eficaz presión que ejercieron sus enemigos ante el calzonazos del Papa... hay también una hermosa iglesia, afeada por una de las pocas cosas que no me gustan de Francia... esas celosías que esconden de la vista las campanas... ¿Para qué las pondrán? Ni que las campanas fueran algo indecoroso, digo yo...



Fuera del recinto, como a unos quinientos metros y bastante en alto, hay un molino de viento absolutamente igual que sus parientes de la Mancha, de Menorca, el Moulin Rouge, el Molino de Sans Souci, los molinos holandeses, los de las islas griegas... no sé nada de molinos de viento, me gustaría saber donde se originó un diseño de tanto éxito... Blanca y Cris, jóvenes y alocadas, deciden subir a verlo de cerca; los varones adultos pasamos; visto un molino, vistos todos... en un instante, están allí arriba; las retrato con el zoom... ¡cuantos paseos inútiles me va a ahorrar el 600!




Recorremos todo el pueblo, disfrutando de su tranquilidad... hay tiendas -cerradas-, bares -cerrados- alguna cosa abierta, como una deliciosa tiendecita de quemadores de perfume en forma de cocina antigua de metal, en miniatura, por supuesto... me hago cruces ante el optimismo de quien mantiene, un día como hoy, semejante tienda. abierta.. ganas me entran de comprarle algo pero... ¿donde lo pongo...?

Dejamos La Couvertoirade casi con pena, pero nos quedan muchas cosas por ver: en la entrada del pueblo, bajo la Mairie, los carteles de las elecciones regionales: aquí ya no está mi primo Martinés, pero... veo un "Citoyens" y un "En commun"... ¿os suena...? ¿pagan royalties...? les deseo bonne chance a todos, especialmente a la camarada Sandra Torremocha (¿Torremochá?), de Lutte Ouvrière, que las dice como puños, como cabría esperar.



De nuevo en camino y, pocos kilómetros más allá, vemos a una considerable altura sobre la autopista las luces intermitentes azules de los pilares del viaducto de Millau... lo pasamos en silencio, admirando su belleza, pagamos el peaje, y nos detenemos en el área hábilmente dispuesta para gozar del espectáculo en toda su magnitud.



En el breve espacio de tiempo que media entre su inauguración, en 2004, y el año 20012, Millau fue el viaducto de carretera más alto del Mundo, con sus 243 metros, hasta que inauguraron en México una cosa de más de 400. No sé cómo será el mexicano, pero Millau es, además, bellísimo, una obra de arte, donde se ve la mano de Sir Norman Foster, un señor al que tengo un gran respeto, porque las cosas que hace son bellas y útiles, se parecen a lo que deben ser -si hace una torre de comunicaciones, parece una torre de comunicaciones, y si hace unas marquesinas para bocas de metro, parecen marquesinas para bocas de metro- y, además, prueba de su sensatez, se ha casado con una señora inteligente y hermosa... muchos sires andan por ahí con la mitad, o menos, de sus merecimientos... sin olvidar los méritos del ingeniero que lo diseñó, francés,  Michel Virgoreux... un pedazo de obra de ingeniería, que te reconcilia con la capacidad intelectual y tecnológica del Hombre, cuando no pone su ingenio al servicio de fines espúreos... Pasamos un rato muy agradable fotografiando el viaducto, jugando con un Sol que se esconde entre las nubes para aparecer cuando menos te lo esperas.





Por unas cuestas vertiginosas -tengo que poner las marchas manuales, porque el cambio automático no funciona bien en estas situaciones- bajamos a Millau, que es una pequeña y agradable ciudad. Allí vemos por primera vez el Tarn, que es un río grande y tranquilo, pasadas ya sus famosas gargantas, aunque hay en su cauce una pista de piragüismo en aguas bravas que me hubiese gustado probar en mis tiempos de aprendiz de kayaquista... preguntamos el camino a unos amables señores, que nos contestan con su acento sureño, tan curioso para los que aprendimos un Francés asépticamente parisino... Javier pregunta; "¿A druat?", y le contestan; "Oué, a druatte, a druatte...!"... "a druatte" sale la carretera que nos lleva a Roquefort, última parada de la mañana... la carretera pasa justo por debajo del viaducto; si, en vez de Foster, lo hubiese hecho uno que yo me sé, por los c.... iba a pasar yo por debajo, vamos...!



Roquefort es la prueba de que no todo lo útil es bello: como pueblo, no vale un pito, casi metido debajo de la visera de rocas, en cuyas profundidades, en recónditas cavas, ataca a los quesos ese mohíto verdoso que los hace tan ricos... tengo un hambre atroz -prueba de ello es que no tomo fotos, no estoy de humor, el hambre me pone de muy mala gaita-, el único restaurante está lleno, y nos salva la vida la benemérita responsable de la tienda de una de las Caves, que nos invita a una generosa degustación: en rápida sucesión, me como ocho o diez daditos de queso, de diversos grados de maduración... En un español perfecto, nos recomienda un restaurante a pocos kilómetros de allí. Se lo agradecemos de la mejor manera posible; haciendo gasto; compramos queso como para soportar un asedio mediano, y salimos de Caves Gabriel Coulet bien dirigidos. Tomad nota del nombre; buen queso, y buena gente.

El restaurante, con pintas de parador de carreteras, resulta agradable y barato; de entrada, nos traen una enorme ensalada de lechuga... con roquefort, mucho roquefort. Fuera, vemos pastar a las ovejas: ¡kilómetro cero en estado puro! Solo les falta entrar a preguntarnos si nos gusta su queso... A nuestro lado, come una anciana señora, con aspecto de estar muy enferma... sufro por ella, recuerdo que también Mitterand, en sus últimos momentos, encargó su plato favorito... acaba de comer, se levanta con apuros, y se va... respiro tranquilo. Acabado el segundo plato -estamos ya solos, la hora de comer de los franceses está más que superada- el joven camarero nos comunica que ha sobrado mucha ensalada... ¿queremos un segundo plato...?: si, lo queremos... nos vuelve a traer la enorme ensalada, con tostaditas recién hechas... ¿Amabilidad, o le han llegado noticias de la crisis...? "¡Pobres, les espagnols, traerán hambre atrasada...!" Esta vez no me cuesta que mis compañeras aflojen una buena propina.

Seguimos camino hacia el Ocaso, es decir, hacia el Oeste; la Causse ya no es tan dura, empiezan a verse viñedos... casi con las últimas luces, entramos en Albí... pero esa es ya otra historia...












jueves, 10 de diciembre de 2015

Sète y Montpellier...

Saliendo de Ceret, seguimos por l'Autorroute, camino de las tierras de l'Hèrault...

En la "bretelle" -¡Qué buena idea, comparar un desvío de autopista con unos tirantes!- dejo atrás el familiar desvío haca Toulouse, y me adentro en tierras mucho menos conocidas; pronto la dejamos, para dirigirnos hacia Sète vía Agde y Cap d'Agde: tierras desoladas, como todos los territorios de turismo playero fuera de temporada, con sus barcas varadas y cubiertas de lonas, sus supermercados cerrados, sus parques infantiles con columpios inmóviles y algún que otro gorila-tobogán amenazador... pero Cap d'Agde es también la tierra del turismo naturista y, cómo no, de las orgías, las "partouzes" tan detalladamente descritas por el cochon de Houellebecq... ¡humm, me relamo el bigote pensando... qué impresentable, el jodido, y qué feo, pero qué bien escribe...! Recuerdo que tengo pendiente "Sumisión", ahora de tan triste actualidad, pero quiero leerla en Francés... Javier dice que me la prestará.



Con Sète me pasó una cosa muy curiosa; la atravesamos yendo a la Camargue, con prisas, y se me quedó grabada la imagen de su Canal, rodeado de edificios de un aspecto deliciosamente italiano... y entonces yo aún no sabía que, efectivamente, había sido fundada por italianos. Poco después la vi desde un avión, volviendo de Venecia; hoy cumplo mi deseo de bajar del coche -en un bunkeriano parking subterráneo y submarino, "Le parking marin", cantaría Valèry- y pasear por su marina urbana y las calles vecinas, en una tarde de sábado repleta de padres y madres de familia anticipando compras navideñas... llegamos aún con luz diurna, lo dejamos con las primeras sombras de la noche, después de tomarnos enormes capuchinos rematados por auténticas montañas de nata... ¡cuanta leche mana Francia...! me acuerdo de Brassens, pero no canturreo ninguna de sus canciones, sino la que le compuso un amigo común, Labordeta... se les echa en falta a los dos... "Dime, joven difunto, Jorge Brassens, con quién te has encontrado en el Más Allá..."





Montpellier es, para mí, una novedad: cuantas veces había pasado por el desvío de la Autopista, había comentado: ""¡Pues me gustaría visitarlo...!" Hoy me voy a dar el gustazo de hacerlo, e incluso de pasar allí una noche, en esa vieja ciudad, tan importante en la Historia de la Corona de Aragón, puesto que aquí nació nuestro Jaime Primero, e incluso fue concebido -antes, por supuesto- en vaudevillescas circunstancias...como de costumbre, me pierdo, y un amable caballero nos guía desde su automóvil. Diré en mi descargo que mis pérdidas son siempre relativas; siempre sé en qué Hemisferio estoy, e incluso, apurando, en qué parte de la ciudad -si al Norte, al Sur...- me falla, eso sí, por mucho Google Earth que le eche y mucho Street View, la aproximación final... con las mozas solía pasarme lo mismo, siempre me pierdo en los detalles... cuando más despistado estoy, Blanca y Cris gritan al unísono ¡¡Aquí, aquí...!!, y una hábil y arriesgada maniobra me coloca ante la puerta de nuestro hotel.

Para dirigirnos andando al centro de la ciudad atravesamos un barrio increíble, obra de Ricardo Bofill: Antigone; una enorme extensión de viviendas y locales utilizando a fondo las formas clásicas, desde los Romanos a Palladio, es decir, desde los Romanos a los Romanos... estoy más familiarizado con sus aeropuertos, los uso con frecuencia: ahora mismo voy a ir a Terminal Uno, mucho más Aeropuerto que su bonita Terminal Dos,  la de los Juegos Olímpicos del 92, tan maltratada por los materiales defectuosos -decían que los mármoles que tan poco duraron y las palmeras liofilizadas procedían de alguna empresa de patricia y tresporciéntica familia...- pero Antiogone no me deja indiferente, y arranca también reflexiones a Javier, que sí es arquitecto -lo de Bofill no está tan claro...- "Quizás si que hay que volver a esas formas clásicas, que han funcionado siempre..." así que me envaino lo de "pastiche", y lo miro con otros ojos... conocí a un tío suyo, que era muy divertido, pero estaba como una cabra; un punto más a su favor. Y se casó con una señora muy guapa: dos puntos...





Atravesando un Centro Comercial y una Mediateca enorme y reluciente, se aterriza en el mismo corazón de Montpellier, la Place de la Comedie... la noche del sábado está en plena ebullición, y miles de persona se dirigen hacia el mercadillo navideño que, en Francia, siempre tiene un toque alsaciano, como si el Niño Jesús no pudiese llegar a término sin abetos nevados y casitas de madera llenas de embutidos hipercalóricos... domina la plaza un gigantesco Globo terráqueo de bombillas- más bien de leds- iluminados... las dos madres de la expedición entran en trance; Blanca tiene a su hija en Angola, y Cris a su hijo en Beijín -Pekín, para los de mi generación-; el Mundo se nos está quedando pequeño ante la diáspora de hijos, en nuestras preocupaciones paternales ya no se pone el Sol... ambas madres buscan con la vista las casas de sus hijos; Cris lo tiene mal, el Hemisferio Norte casi no se ve...

Nos adentramos en las calles medievales -o, por lo menos, antiguas- de Montpellier: ciudad universitaria, y eso se nota, entre nativos y erasmus, millones de jóvenes nos rodean, con evidentes ganas de jarana... Donde fueres, haz lo que vieres; acabamos en una Vinotheque, probando un vino más que decente y, de allí -y a propuesta mía, que ando algo exótico- a un Vietnamita llamado, incongruentemente, "Le Pekin"... comida sabrosísima, servida por La p'tite tonkinoise, que parece menor de edad, pero a lo mejor tiene hijos que ya se afeitan, aunque poco, siendo orientales... L'Indochine nunca está lejos en Francia, qué huella tan profunda dejó... me comentan que igual sucede allí, donde puedes encontrar baguettes bastante decentes en medio de los arrozales reventados por las bombas yankis, el Primo de Zumosol de los occidentales, llegados para vengar Diem-Bien-Fu, pero que también salieron con el rabo entre las piernas... "Los vietnamitas son chiquititos, son chiquititos, si, si...!", banda sonora de la reflexión a cargo de Carlos Puebla...





Volvemos paseando a nuestro hotel, otra vez a través de Antigone... me queda mucho por ver de Montpellier, pero ya he tenido un primer contacto... me voy con la pena de no haber visto ninguna Malpolon monspessulanus, la Culebra de Montpellier, la serpiente más grande de Europa, venenosa -aunque poco, y con los colmillos en un lugar demasiado retrasado para ser peligrosos...- por el nombre, parecería que aquí abundasen... antes de acostarme, miraré bien debajo de la almohada, no sea que me espere allí, enroscada, mirándome con sus fríos y crueles ojillos...