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miércoles, 16 de diciembre de 2015

Albi, sobre el Tarn...

Nueva etapa: la villa de Albí, semillero de herejes, lugar agradable...



Llegamos a Albí, con las últimas luces del día: tenemos reservadas habitaciones en el Hotel Ibis que, según hemos podido ver, está en el centro. Para una sola noche; si nos gusta, pediremos una noche más y, si no, saldremos a la aventura. Aventura relativa, porque la Purísima no es festivo en Francia, y pocos turistas andamos sueltos por ahí. Eso si, todos españoles.



Cuando viajo en primavera o verano prefiero alojarme en pequeños hotelitos o casas de turismo rural, siempre en el campo. Pero en este época del año, en la Europa productiva, cuando se pone el sol, en el medio rural retiran las aceras... conviene, por lo tanto, pasarse al hotel céntrico en núcleos urbanos donde habite gente con más hábitos noctámbulos y puedas encontrar donde cenar o tomarte una cerveza. A pesar de ser noche de Domingo -noche muermo donde las haya, hasta en sitios animados- se ve gente por la calle, buena señal... sin excesos, todo hay que decirlo.

Descubrimos en seguida nuestro flamante Ibis, en el mejor sitio de la ciudad. Pero lleva un subtítulo, "Styles", que no figura en la reserva; nos sacan de nuestro error; nuestro Ibis está a unos pocos metros, pero en una calle de menos categoría, y un edificio notablemente menos glamouroso... con el ánimo encogido, nos dirigimos a él. Éste se llama, simplemente, Ibis, pero tenemos  tiempo para ver, por el rabillo del ojo, que en la puerta siguiente hay un rótulo aún más alarmante: "Ibis Budget". Es decir, barato...

Con el alivio de Jonás saliendo del vientre de la ballena del cutrerío, nos resignamos al Ibis que nos corresponde por nuestra adscripción económica: el de la Clase Media. No por nacimiento, puesto que nuestras señoras son, como decían por aquí, "Aristós", aunque no ejercen... el resultado es un hotel sumamente correcto, limpio y funcional, con unas habitaciones estudiadas para garantizar un cierto nivel de confort. Por ejemplo, están muy orgullosos de sus camas, y así lo anuncian en unos cartelitos que las decoran; es la primera vez que duermo en una cama con sobrecolchón, que ahora se está poniendo de moda, y la verdad es que es muy cómodo. El cuarto de baño es una cápsula prefabricada, donde no falta de nada, salvo espacio: es rigurosamente monoplaza, cosa que, en dicho lugar, casi se agradece, por mucha confianza que haya. El desayuno, también muy bueno, con esos panes franceses que añoras siempre que no estás allí... Total, reservamos otra noche, sin ningún  problema. Además, tiene parking gratuito; tomad nota: el Ibis mediano, ni el bueno, ni el malo...

Nada más salir a la calle, ya de noche, viene a recibirnos uno de los más ilustres hijos de Albí; el Marqués de La Pérouse: sus paisanos le han colocado una vistosa estatua en lugar bien destacado, y se la merece, aquel marino que recorrió todos -literalmente todos- los mares, pasando por lugares que daría un brazo por conocer, como el Cabo de Hornos -¡pronto estaré cerquita, ya os contaré!-  o el estrecho que lleva su nombre entre Sajalín -Siberia- y la isla japonesa de Hokkaido, a la que también me gustaría darle una vueltecita... incluso estuvo en las Filipinas, estudiando la manera de echar una mano a sus desastrosos aliados y vecinos del sur -nosotros, por si no caíais- en sus colonias ya en fase de declive... logró importantes victorias, apoyando a los indepes yankis contra el secular enemigo de Francia: me refiero, por supuesto, a Inglaterra; lo de Alemania ha sido temporal y, espero, pasajero... se le vio, por última vez, dejando las costas australianas en dirección a las Islas Salomón, y allí se le perdió el rastro, a él y a su buque; no se descarta que se integrase en la cadena trófica de alguna población nativa con especial preferencia por la Cuisine Française... prefiero pensar que sobrevivió al evidente naufragio, y vivió feliz hasta una edad avanzada en una isla paradisíaca, rodeado de bellas y no demasiado exigentes concubinas, a las que encandilaría con sus buenos modales, librándose así de la Revolución Francesa donde, durante unos años, los Marqueses debieron realizar serios esfuerzos para mantener sus nobles cabezas sobre sus no menos nobles hombros.



Saludamos al Señor Marqués, y nos adentramos en las calles del Viejo Albí; un casco antiguo grande, muy bien conservado, con casas de tres o cuatro siglos atrás... es una delicia callejear por él, viendo aquí un mercado igualito que los nuestros, de hierro fundido y ladrillo, o un claustro románico escondido en un primer piso, desgraciadamente reducido a tan solo uno de sus cuatro lados por los destrozos de la Revolución -¡qué bien hizo el marqués perdiéndosela...!







Todas las calles del Albi antiguo parecen llevar a la Catedral, una mole de ladrillo, altísima, impresionante... tiene una torre mocha que desentona un poco con el conjunto y, al lado mismo, un Palacio Episcopal pelín siniestro, sede hoy del museo Toulouse-Lautrec... entramos en la Catedral justo cuando está terminando la misa; el cura -¿o sería el obispo?- despide con un apretón de manos a los no muy numerosos feligreses, mientras un señor beato -por todas partes hay rosigaltares, faltaría más- entrega un papelito; no nos ve cara de feligreses, porque pasa de nosotros. Hay un San Antonio de Padua de tamaño natural; le enciendo una velita, ante la expresión  indescriptible de Blanca, que me deja por imposible... apagan las luces, y salimos al exterior, sin poder contemplar un fresco impresionante que cubre todo el lienzo de pared situado detrás del altar, ni el coro, que me parece también de mucho mérito. A la calle...



Cenamos en una cave, muy cerca de la Catedral, a donde nos metemos porque la calle se está llenando de locos y de borrachos... también aquí la malvada conjunción de recortes en servicios asistenciales y antipsiquiatras libertarios ha dejado en la p... calle a los que, años atrás, estaban ingresados en las monjitas, que los tenían razonablemente limpios y comidos, aunque les diesen algún capón si los pillaban tocándosela... el restaurante debió conocer tiempos mejores, cuando lo frecuentaban -hay fotos por todas partes- Aznavour, Brassens y Ferré, pero no se come mal, aunque nos soplan 19 eurós por un vino de Gaillac que no está mal, pero no mucho mejor que el Vin Maison que llevamos bebiendo estos días, más que digno, y muy barato... se acerca a nuestra mesa una simpática y extrovertida señora; dice ser de Bilbao, con gran alborozo por parte de Javier, que también lo es... recuerdo haberle oído a Ibarreche contar una anécdota del Padre Arrupe, otro bilbaino: "Nunca le preguntes a nadie si es de Bilbao; si lo es, ya te lo dirá él; y, si no, ¿para qué avergonzarlo...?" La bilbaina nos cuenta una historia muy fuerte; están pasando el puente en un apartamento que tienen en Baqueira; han subido a Toulouse para visitar la fábrica del Airbus y, en una gasolinera, los han liado, y los han enviado hacia Albí... desde luego, pensándolo bien, estamos a una pocas horas de España. mi camita de Boltaña debe estar a menos de cuatro, si estuviese abierto el túnel... les aconsejamos, de todas maneras, que se queden a dormir en Albi, pero están muy animados- nos presenta al marido, mucho más reposado que ella, ya nos aclara que él no es de Bilbao- y piensan, en que acaben de cenar, coger el coche y volver a Baqueira....




El día siguiente dedicaremos toda la tarde a Albi: Blanca le compra un conjunto a Pablo, nuestro nieto, en una tienda enoooorme, donde hay muuuuuchas ropitas de variados estilos, tallas y colores.... las vemos casi todas. Pero antes, hemos visitado el Museo Toulouse-Lautrec...

Por todo Albí encuentras referencias a su hijo más famoso; en muchos bares, en la puerta, se lee una frase suya, que es toda una declaración de principios: "Beberé leche  cuando las vacas coman racimos de uvas..."... su Museo es completísimo, está allí buena parte de su obra; adelanto que nunca he sido un fan de Toulouse-Lautrec, pero le reconozco el mérito de haber pintado la mejor descripción de una época y un ambiente, aunque fuesen una época y un ambiente -puterío, señoritos golfos, cabarets oliendo a alcohol, tabaco y efluvios de partes bajas- en el que no habría parado yo ni medio minuto; pero tiene que haber gente para todo, está visto... "Ella es grande y bella -decía de una señora más bien apabullante, todo tetas debajo mismo de la barbilla, muchos años antes de la silicona- y yo, ¡ay!, no soy ni grande ni bello..." Desde luego, Henry, pero eras de casa buena, con perras y labia, y encima con el rollo ese de pintar  muchas picaban... estoy seguro -vamos, segurísimo- de que ligaste muy por encima de tus posibilidades...o sea que, menos quejarte...

Hay también en el Museo una exposición temporal; la última sesión fotográfica de Marilyn Monroe. La penúltima, pienso yo; la última te la hizo aquel cabrón de forense en la morgue, y luego las vendió...  Marilyn me gusta infinitamente más que Toulouse; bajo la frívola imagen de la rubia tonta y guapa estoy seguro de que se escondía una personalidad de superviviente; maltratada por la vida desde sus inicios, luchó por crearse un refugio, un lugar propio, y nunca pudo alcanzarlo, de hombre en hombre a cual más raro e inmaduro; el atleta en la cumbre de su carrera,  el dramaturgo torturado, el señorito metido a político brillante y, en sus horas libres, a semental desbocado... me enternece su encanto ya crepuscular -las bellezas tempranas  duran menos-, el uso de los foulards de colores para difuminar un cuerpo que ya está iniciando el ocaso, la tremenda cicatriz en el vientre -¿qué te pasó, Norma Jean...? eso no es de una apendicitis...-... seguramente encontró más cariño en el objetivo del fotógrafo, que la acaricia, que en muchos de sus compañeros... prefiero creer cualquier explicación conspiranoica -que te eliminó la CIA, para que no contases secretos de alcoba de tu novio, fuese el Kennedy que fuese, o los dos o tres posibles- antes de aceptar lo más sencillo; que, un día, descubriste que no te quedaban más balas en la cartuchera, ni nada más por lo que luchar... ¡paz, rubia...!



Salgo del Museo con éstas imágenes aún en la mente, y descendemos hacia el río; y entonces me sucede algo curioso; por un momento, me parece que el Sol se está poniendo por donde no debe, y el río, el ya manso Tarn -adiós, kayaquistas- fluye en dirección contraria... como soy persona sensata y consciente de mis limitaciones, admito que el equivocado debo ser yo... comprendo que he "leído" la ciudad partiendo de un concepto erróneo; engañado por su aire mediterráneo, olvido que he entrado por el Sur, viniendo de las altas Causses, y que toda ella es un plano inclinado hacia el Norte, que es la parte más baja de la ciudad...  total, igual que Zaragoza -me digo- , pero el parecido es engañoso porque, en Mañotown, el Padre Ebro corre hacia el Sureste, hacia el Mediterráneo, y el Tarn lo hace hacia el Noroeste, buscando el Garona, que lo llevará a la Gironde y al Atlántico... vemos, poco a poco, como se van encendiendo las luces que se reflejan en el río, y me entra esa melancolía ñoña característica de la Hora Azul, sobre todo cuando estás de viaje.

Rematamos la segunda noche en un Bistró, con un menú, en mi caso, bien poco francés; cerveza alemana, y un wok de verduritas con gambas... mañana dejaremos la Ciudad de Albí, pero no descarto volver, la tenemos aquí, tan cerquita, y es tan maja... pero antes me he prometido ir a tu vecina Montauban, a inclinar la cabeza ante la tumba de Don Manuel Azaña: uno tiene sus prioridades...






miércoles, 21 de octubre de 2015

Paris, Segunda Parte...

Disfruté contando mis experiencias en mi primer viaje a París, pero me dejé muchas cosas, no en el tintero -que no uso- sino en el teclado del Mac: ahí van algunas...



Los viajes te ofrecen la posibilidad de conocer personas con las que, en otras ocasiones, apenas hubieses tenido ocasión de mantener contacto: éste no fue una excepción; ya en el tren, uno de nuestro grupo se había encontrado con dos amigos suyos, estudiantes de periodismo, que iban también a pasar unos días en París: intercambiamos direcciones, y quedamos vagamente en vernos y visitar algo juntos, sin tener ninguno demasiado claro si aquel encuentro, en una ciudad tan grande, y donde todos íbamos a estar sometidos a tal cúmulo de experiencias. se concretaría, o no.

Dos días después, los vimos aparecer en nuestro hotel: estaban más o menos invitados a quedarse en casa de una amiga de amigos, pero, una vez allí, por determinadas circunstancias, no se sintieron cómodos: el piso era una especie de pensión, y ellos eran los únicos heteros; al principio, creyendo que eran pareja, fueron acogidos con toda normalidad, pero, una vez deshecho el equívoco, parece ser que algunos de los inquilinos extremaban sus atenciones hacia ellos, en un afán de proselitismo perfectamente comprensible, porque los dos futuros periodistas eran guapitos... quizás temían por la solidez de su orientación, puesta a prueba, según contaban, por un musculoso griego de cerca de dos metros, que tenía la costumbre -perfectamente helénica, por otra parte- de salir de la ducha completamente desnudo y secarse sensualmente con la toalla delante de nuestros amigos... en fin, por hache o por be, venían a sondear la posibilidad de que les diésemos acogida en nuestro hotel.

Ya os conté que, en aquel momento, el resto de los huéspedes y todo el staff del hotel estaba compuesto por antillanos de color: suponiendo que, con un grupo tan numeroso de blancos, que les debíamos parecer todos iguales, se descontarían y nos confundirían a unos con otros, accedimos a darles refugio, aprovechando que en varias habitaciones había camas vacías... allí se quedaron con nosotros, hasta el final de nuestra estancia, sin que nadie pareciese darse cuenta del asunto.

"Los periodistas" -lamento haber olvidado sus nombres- compartían algunas de nuestras actividades, pero también campaban por su cuenta, buscando contacto con cosas relacionadas con su profesión: y así llegaron a conocer, e incorporar al grupo en algunas salidas, a un personaje singular; un corresponsal de Radio Nacional de España, bastante famoso en aquella época, llamado Mariano.

Mariano era mucho mayor que nosotros, pero en seguida se adaptó a nuestras salidas nocturnas a Montmartre, y fue uno más, enbobándonos continuamente con sus historias... contaba, por ejemplo, como había cubierto, en Suiza, la larga agonía de Doña Victoria Eugenia, la viuda de Alfonso XIII, abuela de Juan Carlos... la ilustre dama, que había sobrevivido a los cuernos y los disgustos que le proporcionó su impresentable regio esposo, debía ser una mujer de hierro, porque agonizó durante días y días, ante el desespero de los periodistas que cubrían el evento, deseosos de cerrar el caso y dedicarse a cosas más interesantes que esperar el fallecimiento de una anciana... una noche, a altas horas de la madrugada, Mariano ya no podía con su alma: llamó a su informador, para ver la situación, le dijeron que "se estaba apagando", y ya le pareció bastante: llamó a Madrid, dijo, simplemente "Ya se ha muerto", y se lanzó de cabeza a la cama.

Despertó a media mañana, consciente de la magnitud de lo que había hecho, y llamó inmediatamente a Madrid, con la intención de presentar su dimisión: no fue preciso; le felicitaron por la presteza de su información y la fiabilidad de sus fuentes; el comunicado oficial sobre la muerte de la Reina se había producido apenas dos minutos después de su llamada.

No menos orgulloso estaba de otra gesta; la retransmisión del primer pedo trasatlántico... se encontraba con Cirilo Rodríguez, otro famoso periodista de la época, cubriendo desde Washington, para RNE, las elecciones en que venció Kennedy... con los medios de transmisión de datos de la época, y los husos horarios yankis, la cosa era más bien lenta y tediosa... para pasar el rato, propuso: "¿Y si nos tiramos un pedo en el micrófono...?" Dicho y hecho... "Madrid, Madrid, ¿habéis oído algo...?" "Si, un ruido fuerte..." "Nosotros también, será estática en la línea..." "El pedo se lo tiró Cirilo, pero la idea fue mía...", remataba, entre nuestras carcajadas...



Precisamente, una de las noches en que habíamos quedado con Mariano, tenía yo una cita en París: veraneaba en Boltaña una chica parisina, Danielle, bastante más joven que yo; era un encanto, guapa y simpática, pero con un serio handicap, que impedía que fijásemos nuestra atención en ella: su madre. La madre de Danielle era, sencillamente, una diosa, o así nos lo parecía a todo el grupo de amigos: encarnaba todo lo que, en nuestro imaginario juvenil, asociábamos a la Mujer Francesa: belleza, elegancia, chic, je ne sais pas quoi y- aquí empezaba nuestra imaginación calenturienta-, técnicas eróticas de segunda generación y uso masivo de lingerie de dentelles, preferentemente negra, nunca, nunca de color carne. incluyendo el liguero, ese Lince Ibérico de nuestro fetichismo corsetero, en vías de extinción ante el avance incontenible de los antiafrodisíacos panties... ante nosotros, paletos hispanos -doblemente paletos, por lo tanto-  la madre de Danielle eclipsaba al mismo Sol, calculad si nos dejaba energía para ocuparnos de su simpática y encantadora hija...

Nada más llegar a París, había telefoneado a Danielle, y vi colmadas mis mejores expectativas: quedábamos para vernos y, además sus padres me invitaban a comer en su domicilio, en un agradable suburbio -en el sentido yanqui del término-, no lejos del Aeropuerto de Orly.

La cita era a las doce del mediodía, una hora que me parecía tardía para los usos franceses, pero era cuando Danielle terminaba sus clases en una facultad técnica del Campus de Jussieu: en cuanto nos vimos, me propuso ir a tomar un café; yo no llevaba en mi cuerpo más que un croissant y el aguachirle que te daban por aquel entonces en los hoteles franceses de medio pelo, y hubiese preferido un aperitif o una cañita, a ser posible con tapas... pero aluciné al verme conducido a un café italiano, presidido por una majestuosa cafetera exprés "Gaggia", y casi me arrojé en brazos del dueño, italiano como el café, gritando: "¡Prego, hazme un café como Dios manda, como en tu tierra y en la mía...!"

Una vez confortado con el espresso, me propuso Danielle visitar la vecina Mezquita de París, en aquel entonces controlada por los Musulmanes Negros; nacidos en los ghettos norteamericanos, los Black Muslims representaban un intento de agrupar a los Pueblos de Color bajo el Islam, en una perspectiva revolucionaria: sus líderes más conocidos -Malcom X, Ángela Davis, el recientemente convertido Muhammad Alí- y los atletas afroamericanos levantando el puño en las olimpiadas... los habían situado bajo los focos de la opinión pública: nada que ver con el integrismo islámico que veríamos mucho más adelante.

Llamamos a la imponente puerta de la Mezquita, y nos atendió un auténtico armario de caoba, un gigante vestido de blanco de pies a cabeza; le informamos de nuestro deseo de visitar la Mezquita, y me preguntó, en Inglés, de dónde era yo: ante mi respuesta -"Spanish"-, una sonrisa de varias docenas de dientes blanquísimos iluminó su rostro... "¿Español?, ¡bienvenido, pasa, pasa, te gustará, la Mezquita es de estilo español...!"

En efecto; la mezquita era -y es, más adelante volví con Blanca- un simpático pastiche, mezcla de Mezquita de Córdoba y Alhambra de Granada: un poco harto ya de brumas carolingias y gótico ahumado, al recorrer junto a nuestro amable guía aquellos patios blanqueados y adornados con azulejos, la ventanas enrejadas, el murmullo de los surtidores cayendo sobre los estanques... no me avergüenza reconocer que me sentí en casa: afloró en mí no el Andaluz que llevo dentro -no es extraño, tengo un 50% de Andaluz- sino el Andalusí...

Salimos de nuevo a la calle, y yo seguía en mi Ramadán particular, cada vez más hambriento y extrañado... así que le dejé caer a Danielle... "¿No se nos estará haciendo tarde para ir a casa de tus papás...?" y me contestó: "¡Tranquilo, mientras estemos allí a las siete,,,!"

¡¡Maldición!! ¡¡había caído en la trampa semántica!! No me habían invitado a "comer", sino a "cenar"... sólo tenía dos salidas; admitir que había metido la pata y comerme un bocadillo en cualquier sitio -Danielle debía tener ya la comida en los talones- o disimular y aguantarme el hambre, como buen Caballero Español, especie acostumbrada a comer cuando puede, no cuando quiere y, además, a ser posible, de gorra... ya os podéis imaginar por cual opté...

Tras una agradable visita al Barrio Latino, y un breve viaje en tren -intentando yo que Danielle no confundiese mi expresión famélica con otra clase de apetitos-, llegamos puntuales a las siete al chaletito de su familia, donde fui recibido por la Diosa y el Dios consorte, un simpático caballero... tenían la mesa ya preparada, les arrojé al regazo la cajita de bombones que había comprado como presente, y me abalancé sobre la mesa... "He preparado algo ligerito...", anunció la Diosa... "¡Por favor, no tenía que haberse molestado.!", contesté mientras desplegaba la servilleta... pero... era verdad; era algo ligerito, sumamente ligerito... una tostada con paté de campagne, un cuarto de pollo muy, muy pequeño -¿o sería codorniz...?- una ensalada de Diente de León, el pissenlit, que ni siquiera sabía que se comiese, y un pedacito de fromage... casi he tardado más en contarlo de lo que me costó comérmelo todo, hasta las miguitas de la tostada....

Pero eso no fue lo peor: el padre de Danielle era de Burdeos, y tenía en los bajos del chalet una bodeguita muy bien provista, en la cual rematamos la corta velada; así, la parca cena vino regada con no menos de un par de botellas de unos vinos exquisitos -que las señoras ni probaron- y rematamos la jugada con dos copas cada uno de un Armagnac espléndido... resultado; a las nueve de la noche, entre poca comida y mucha bebida, llevaba yo una trompa más que regular.

El padre de Danielle me confesó que no iba mucho mejor que yo, pero, aún así, se atrevía a llevarme en París;  podía conducir por la autorroute, a poca velocidad, pero me dejaría en la Porte d'Italie, porque no se atrevía a meterse entre el tráfico urbano en semejante estado... así lo hicimos, condujo muy prudentemente, y nos despedimos entre grandes abrazos y promesas de reencontrarnos en Boltaña... promesas que no se cumplieron; dejaron de venir a veranear, cruzamos varias postales con Danielle, pero la relación fue muriendo, dejándome, eso sí, un magnífico recuerdo de ellos tres.

Y allí me encontraba yo, dispuesto a recorrer medio París en Metro, a una hora ligeramente tardía, cuando todos los escasos pasajeros del vagón ofrecían un aspecto pelín siniestro, aunque imagino que se trataba simplemente de cansancio... acerté a ver a dos policías, y me senté al lado de uno, preguntándoles si no les molestaría avisarme al llegar a determinada parada, si, caso probable, daba alguna cabezadita... "Bien sûr, Monsieur!", fue la atenta respuesta... y ya no recuerdo nada más hasta ver al policía, dándome cachetitos en la mejilla y diciéndome; "Monsieur, Monsieur, c'est ici...!" Me había dormido como un angelito, apoyado en su hombro...

Me incorporé de un brinco, deseando de todo corazón no haberle babeado el uniforme, agradecí calurosamente su amabilidad, bajé del tren y, dando saltitos de alegría, pero ya más templado, me encaminé Montmartre arriba hacia donde me esperaban mis compañeros, para contarles mis aventuras y rematar con un par de vasitos más un día tan especial...















viernes, 18 de septiembre de 2015

Mon premier voyage, mon premier amour

Me gusta escribir sobre los sitios que visito; es una forma de revivir la experiencia, rellenar algunas lagunas de la memoria y, de alguna manera, compartir momentos que son muy míos... y ahora me doy cuenta de que nunca he escrito sobre mi primer viaje, y el amor que sentí, casi a primera vista, hacia una ciudad que, ¡ay! hace años no piso, pero a la que siempre me prometo volver...


Servidor, en 1970. Y en París

Algunas veces digo que, si llegase a escribir mi biografía, empezaría con una sola frase: "Llegué a París en Abril de 1970..."... ahora no tiene mucho sentido, pero si hubiéseis pasado años y años oyendo contar batallitas a los que estuvieron allí en aquel Mayo del 68 que, al principio, parecía que lo iba a cambiar todo, después, que no había cambiado nada, y ahora llegas a pensar que sí, que cambió muchas cosas... lo entenderíais perfectamente.

El viaje era, simplemente, el Paso del Ecuador de mi curso en la Facultad de Ciencias Económicas: por aquel entonces, la gente viajaba poquísimo, salvo los emigrantes; fuera de España, todo era caro de narices, y dentro tampoco atábamos perros con longanizas, precisamente: pude apuntarme, junto a mis amigos más próximos, porque hice de "extra" durante varios días en una producción cinematográfica y conseguí una pesetas que, en aquel momento, difícilmente habría podido reunir, con la situación económica familiar en uno de sus momentos más apurados... al acudir al banco y cambiarlas por los Nouveaux Francs, se transformaron en un ridículo fajo de pocos, muy pocos billetes... con los que debía sobrevivir en París durante, creo, unos 10 o 12 días...

Salimos un grupo no muy grande, menos de veinte, acompañados por un joven profesor de Contabilidad, Ignacio Casanovas, con el que trabaríamos una buena amistad. A Ignacio, fallecido ya hace años, le debo haber aprendido mucha Contabilidad, y, además, en un tiempo record: pocos días antes del examen final, tomando unas copas, se le ocurrió decirme: "A ti, Antonio, te aprobaré porque somos amigos, pero tú, de contabilidad... ¡ni puta idea, vamos...!" ¡¡Uy, lo que me dijo...!! Estudié como un jabato, noche y día, y tuvo que rendirse a la evidencia y ponerme un nueve, ante su sorpresa, y eso porque me equivoqué en una resta... Subimos al tren, un expreso que empleaba toda una tarde y una noche en cruzar las verdes tierras de Francia, durmiendo sobre los incómodos asientos de eskay azul... pasamos por Carcassonne, cuya ciudadela iluminada fue el primer impacto de la noche, Toulouse -creo- , y enfilamos hacia las tierras del Loira, que también pude ver al cruzarlo por un larguísimo puente... no recuerdo si en Limoges o en Brive-la Gaillarde bajamos del tren para comprar una botella de agua mineral; al ver el precio, horrorizados, volvimos a mirar nuestro fajito de nouveaux, y llegamos a la conclusión de que la cosa, pese a las latas de conserva que llevábamos en las maletas, pintaba mal... creo que había sido en la aduana de Port Bou cuando, al amable policía que me revisaba el equipaje, le había dicho, sonriendo... "No se preocupe, no llevo drogas...", a lo que me había respondido: "A los españoles no os registramos por las drogas... ¡os registramos por el chorizo!". En España era aún endémica la Peste Porcina Africana, y estaba estrictamente prohibido sacar a Europa -Europa entonces estaba fuera- ningún producto del cerdo.



Serían más o menos las ocho de la mañana cuando el grupito de entumecidos viajeros bajamos del vagón en la Gare d'Austerlitz...una amiga, aún más dispuesta que yo a dejarse enamorar por París, abrió los brazos, casi en trance, y exclamó... "¡La luz de los Impresionistas...!" "¡Coño, es niebla!" -dije yo, prosaico... no se veía ni a diez metros, pero lo que se intuía... ¡oh, qué bonito...!

Nos hospedábamos en el Hôtel du Châteudun, en la Rue Châteaudun, muy cerca de Nôtre Dame de Lorette: la localización era magnífica, a pocos minutos andando de los Boulevards, y a un cuarto de hora de Pigalle y Montmartre...el hotel en sí, adecuado a nuestra economía, es decir, algo cutrillo... curiosamente, -para nuestra sorpresa, viniendo de un país tan racialmente plano como la España de la época- éramos los únicos blancos; personal y clientela eran todos, creo recordar, antillanos, que nos acogieron muy amablemente, supongo que por la novedad... nuestra habitación -la compartíamos dos amigos y el profe- era amplia, dotada de un cuarto de baño con una enorme bañera, un lavabo, un bidet... y nada más: el retrete era comunitario, y estaba en el hueco de la escalera, con un fastuoso WC de porcelana decorada, y un pomo de cadena que, desde el primer momento, me propuse robar al final de mi estancia... por desgracia, algún compañero se me adelantó. Para hacer pipí, no había problema, el bidet servía... había dos camas individuales y una de matrimonio que, naturalmente, asignamos a Ignacio; hasta el segundo día no descubrimos que el extraño aparato que había junto a la cama de matrimonio, y que confundimos con una radio, era un cacharro que, si metías un franco, imprimía a la cama un movimiento de masaje... un día se lo quise enseñar a una compañera, una estudiante de medicina muy guapa, que no recuerdo por qué se había añadido a nuestro grupo, y fuimos pillados in fraganti por el profe, que, luego, se disculpaba, creyendo que me había fastidiado el plan... ¡era bastante más optimista que yo!.



Ávidos de verlo todo, nos lanzamos a la desesperada sobre París: tanto recorríamos la ciudad en Metro, para aprendernos las líneas, como andábamos durante horas por sus calles... todo nos parecía grande, todo nos parecía extraordinario, nada recordaba la triste ciudad de un país triste de donde veníamos... recuerdo el sentimiento al ver ondear, limpia en sus colores, la Tricoleur, que me parecía -y me sigue pareciendo- la bandera de un país de ciudadanos libres... yo ya era un francófilo declarado, pero aquel viaje me remató definitivamente.

¡Y los museos...! pasamos horas en el Louvre... vale que yo ya conocía El Prado, por eso su sección de pintura me impresionó, pero dentro de un orden... recuerdo, eso sí, la emoción de poder ver La Gioconda a la altura de mis ojos, y sin los blindajes protectores que el vandalismo ha hecho, por desgracia, necesarios; pero mi emoción se desbordó en su sección de antiguedades clásicas, empezando ya por la Victoria de Samotracia que presidía la escalinata... la Venus de Milo, antiguedades griegas, egipcias, babilónicas... saltábamos como pajarillos de una a otra, dándonos codazos... "¡Mira, esto...!" "¡Mira, lo otro...!"... pero donde seguramente más disfruté fue en el Jeu de Paume, donde estaba entonces el Museo de los Impresionistas, que he vuelto a visitar después en el Quai d'Orsay.

París estaba lleno de atractivos para unos españolitos del mediofranquismo... lo primero que hicimos fue visitar la embajada de Cuba y la de la China Popular... salimos cargados de folletos y Grammas, de la primera, y de Libros Rojos de Mao, en una cuidada traducción castellana, en la segunda...curiosamente, el mío desapareció poco después de casa de mis padres: mis hermanos se lo achacaban a la asistenta que teníamos entonces, y llegamos a la conclusión de que había cumplido su misión si servía para la toma de conciencia de las Clases Populares... Yo, por mi cuenta, que atravesaba una época sindicalista, localicé en el listín -el Bottin- la sede de la CNT, para descubrir, con sorpresa, que se trataba de la rama francesa; la española en el exilio abría muy pocos días a la semana; pero igualmente me encontré con un grupo de viejos excombatientes de las columnas anarquistas, ya ligeramente ancianos, con los cuales pude tener una interesante conversación, que me convenció, una vez más, de la coherencia y altura ética de los ideales de la Acracia, y de sus nulas, por decir poco, posibilidades de aplicarse a la dura realidad.



Justo es reconocer que había otro tema en el que éramos claramente deficitarios, y, por decirlo rápido, enseguida nos planteamos ir a un cabaret: y no elegimos uno malo, precisamente, sino el Crazy Horse, uno de los más conocidos, en plenos Champs Elysées... acongojados como pueblerinos en la Ville Lumière, nos acercamos a la taquilla, y acabamos comprando las entradas más baratas, con derecho a una mesa pequeñita, tipo francés -es decir, del tamaño de un plato grande- y una consumición de un Champagne de marca ampliamente desconocida, situada a unos ciento cincuenta metros del escenario.

Se abrieron las luces, sonó la música, y de un lado y otro del vistoso decorado empezaron a aparecer figuritas, del tamaño aparente del dedo meñique, ataviadas con profusión de plumas de colores y lentejuelas... abalanzándonos sobre la precaria mesa, entornábamos los ojos para concentrar más la vista, conteniendo la respiración... "No llevan nada arriba, ¿verdad?" preguntaba, ansioso, mi compañero..."No, juraría que no..." contestaba yo, viendo demasiado saltarines aquellos senos como guisantes que imaginaba, más que veía... así nos tiramos todo el espectáculo, hasta que, en la apoteosis final, apareció en escena, recorriendo al galope corto la pasarela central de la sala -que bien podrían haber usado las mozas-... un hermoso caballo... "¡Ese sí que va en pelotas!", exclamé yo, entusiasmado...

Ante el fracaso, decidimos buscar una alternativa más canaille... no faltaban lugares en París; casi cada día cruzábamos frente a un dudosísimo local en Pigalle donde el portero, al oírnos hablar en Español, pasaba rápidamente a nuestra lengua... "¡Espectaculo -así, con acento en la "u"- continuo: buen culo, buenas tetas...!" No sé por qué optamos por un local peor aún, en una de las callejuelas próximas a la Plaza de la Bastilla donde, para nuestra sorpresa, las cloacas discurrían a cielo abierto, en una zanja central de la calle. En una sórdida sala con capacidad para unas treinta o cuarenta personas, una señora de unos treinta años -algo pasadita ya, para nosotros- se desnudó con la misma sensualidad que hubiese empleado para ponerse la bata de boatiné al llegar a casa, mostrando un cuerpo desnudísimo, eso sí, blanco lechoso, no especialmente bonito y con algún moretón estratégicamente distribuido... yo no me atrevía a mirarle la cara, de vergüenza propia y ajena, mientras me pasaba unas tetillas que ya iniciaban su declive a pocos centímetros de las narices... la nota divertida de la noche la dio un matrimonio centroamericano, al parecer en viaje de novios, que no sé como diablos habría acabado en aquel antro... la bailarina -porque algo bailaba- sacó a la pista al recién casado, y su esposa -en voz muy bajita, pero en perfecto castellano -le advirtió: "¡Si bailas con esa, esta noche conmigo no duermes...!" Esta vez no había ni Champagne malo, creo que libramos con una Cocacola o algo parecido.


¡Qué simpáticos, los Boches! se dejaron un Panzer, para que me apoye...

Completé mi ración de lo Prohibido asistiendo, en la Cinemathèque, a una proyección de "Memorias del Subdesarrollo", la magnífica obra del gran director cubano Gutiérrez Alea: no recuerdo por qué razón, aquella tarde iba solo; entré con las luces ya apagadas, y me acomodé en el suelo, entre un caballero de gran estatura y una chica jovencita, que me hicieron sitio como pudieron. Además, para mi sorpresa, todo el mundo estaba fumando, cosa desconocida para mí; en España, el Cine y la Iglesia, así como algunos polvorines militares, eran los únicos lugares donde no se podía fumar entonces: encendí mi "Ducados" y me concentré en la película.

En un determinado momento, el protagonista escribe a máquina: "¡Ya me están jodiendo...!"; los subtítulos franceses ofrecieron una versión considerablemente más suave, algo así como "Me están molestando...", y una carcajada unánime resonó en la sala... resultaba que la mayoría éramos hispanófonos, y muchísimos, directamente españoles... el grandullón era, previsiblemente, de Bilbao, y la chica jovencita, de Madrid. Al salir, un grupo numeroso nos juntamos a tomar unas bières, pocas, porque al precio que iban...

No había contado que, la primera noche que pasamos en París, habíamos subido hasta Montmartre y, en la Place du Tertre, entramos en un local bastante grande, creo recordar que Le Funiculaire; allí, en una mesa alargada, había una docena de chicos y chicas de nuestra edad, cantando acompañados por uno de ellos, que tocaba la guitarra... en cuanto nos oyó hablar, arrancó con los sones de "¡Ay, Carmela...!"... resultó ser hijo de un exiliado leonés, juntamos mesas y grupos y, cada noche, subíamos a compartir con ellos alguna bebida y cantar un rato...no resultaba difícil integrarse en la población local, la verdad... sobre todo, tratándose de una población tan cosmopolita: por primera vez, veíamos en las calles ciudadanos de otras etnias; magrebíes, subsaharianos, indochinos... no sin tensiones, por supuesto; una tarde, paseando por cerca de Montmartre, me sorprendió un control de la Gendarmería: con una MAT 49 en la barriga, fui empujado hacia una pared, donde había ya cinco o seis magrebíes... mientras buscaba mi pasaporte -lo juro- no recuerdo si dije "Je suis espagnol" o "je suis chrétien"... me dejaron seguir, y me despedí de mis compañeros de desdicha con un guiño de complicidad, ya que no de solidaridad... si contempláis mi foto que abre esta entrada, comprenderéis perfectamente la confusión.

El "Tiburón", un fetiche de la época...

Quedaba, por supuesto, el espinoso problema de la subsistencia: ya os adelanto que nuestro presupuesto no nos permitía disfrutar de los encantos de la cocina francesa: es cierto que, en otras visitas, descubrí lugares donde, por poco dinero, podías hacerlo, y recuerdo especialmente una boulangerie, a pocos metros del Palacio del Elíseo, en cuya trastienda, y por un precio muy sensato, podías deleitarte con un boeuf bourgignon inolvidable... entonces, probamos los comedores universitarios pero, sinceramente, lo encontramos incomestible: restaurantes visitamos alguno italiano, y mi primer chino, casi inexistentes entonces en Barcelona, así como también mi primera -y de estas no ha habido muchas más- hamburguesería... comíamos en el hotel, de las latas que llevábamos, y también descubrimos, en determinadas porterías del Barrio Latino, unas señoras ataviadas más o menos como nuestras castañeras, sentadas en una silla de enea, con un mantón, una falda y un delantal hasta el suelo, y una cesta de baguettes a su lado; sacaban de debajo del delantal -o de la falda, yo no me atrevía a mirar- porciones de queso o de paté de campagne, y te hacían un bocadillo de media baguette que, con una cerveza, te mantenía hasta la noche... de todas maneras, juraría que no engordé.

Me sucedieron muchas más aventuras, que prometo contar... si me preguntáis, a bote pronto, qué me impresionó más de París, os contestaría... que los urinarios públicos. No es broma; existían aún las famosas "Vespasiennes", unos urinarios metálicos cilíndricos, situados en medio de las aceras, que no llegaban hasta el suelo; veías los pies de los usuarios y, si prestabas atención, incluso oías el chorrito... y me llamaban la atención, justamente, por la escasez de esos equipamientos en España. creo que en Barcelona sólo existían unos en la Plaza de Catalunya, que fueron cerrados con la falaz excusa de que eran lugares de ligue para los homosexuales... nuestros dirigentes, claro que sí, saben que los ciudadanos orinamos, incluso han oído hablar de una cosa llamada próstata: simplemente, les importa un pito: "¡Que se jodan, que vengan meados de casa, o que meen por la privada: que entren en un bar y pidan un café...!" deben pensar... en una sociedad democrática y libre, los Poderes Públicos se preocupan de que sus ciudadanos orinen digna y ordenadamente, y con cargo a Presupuestos -o, como mucho, dejando una propinilla a "Madame Pipí"...- en Japón, un Estado democrático, y claramente comunitario, los lavabos públicos son auténticos centros de civismo, limpios como patenas... aquellas vespasiennes -desgraciadamente, eso sí, sólo para hombres, y para aguas menores- fueron, para mí, la prueba de que se podía gobernar pensando en las necesidades de la gente común y corriente, y ¿qué otra cosa podemos pedir...?

¡Pssssssssss...!