martes, 8 de septiembre de 2015

A propósito de Marrakech...

Hace ya bastantes años, subimos una mañana, con los hijos, a Otal, un precioso valle glaciar colgado sobre el curso del Ara, aguas arriba de Bujaruelo, desde donde se divisa un panorama espectacular: el collado de Bujaruelo, los Gabietos, Comachibosa -Vignemale, para los francófonos...- fue nada más atravesar el lindero del valle, y nos atacaron densas nubes de tábanos... no parábamos de matarlos a manotazos, a veces teníamos cuatro o cinco encima; además, creo recordar que ibamos de domingueros, con pantaloncitos cortos: nos devoraron. Bajando ya, nos cruzamos con un ganadero de Torla, conocido mío... "¡Cómo está el valle de tabanos...!" le comenté... ni muerto digo yo una esdrújula delante de un montañés... "Claro, sacamos ayer las vacas..." me contestó... "Pues podríais haber dejado un par, por lo menos, para darnos una oportunidad a los de dos patas", le respondí...










Eso es, exactamente, lo que nos pasó en Marrakech: pongamos que, cada mañana, dos o tres mil personas se echan a la calle con la esperanza de resolver el día gracias a los turistas: ofreciéndose como falsos guías, que los llevan a las tiendas de parientes y conocidos, poniéndoles una culebra en el cuello, a ver si se acojonan y pagan por que se la saques... los mil y un trucos y picardías que enseña la necesidad, sin caer en el delito. Esos tres mil depredadores tienen a su disposición, pongamos también, veinte o treinta mil turistas... la presión predatoria es soportable. Pero en aquellos días de Enero, hacía un frío pelón, llovía sin parar -lluvia que, en el vecino Atlas, era nieve-, y los turistas nos podíamos contar, como decía el gran Perich, con los dedos de una oreja: tocábamos, tranquilamente, a seis o siete predadores por barba. Demasiado.

Además, yo no sé decir que no, ni regatear; tendríais que haberme visto cuando asesoraba trabajadores en convenios colectivos, como batallaba por cada décima de punto porcentual de incremento, en aquellos felices tiempos en que, entre convenio y convenio, los salarios subían... ¡un tigre, qué un tigre, una comadreja sanguinaria era yo con la Patronal...! pero a un pobre tío, con una cara de hambre de documental español de postguerra, con siete dientes en su boca visible, en babuchas... ¿le iba yo a discutir unos euros que, de verdad de verdad, no me sobraban, pero casi...? si tienes una pizca de conciencia social, haz caso del consejo que me dio un amigo: "Nunca vayas de fiestas a un pueblo peor que el tuyo"... o relájate, considérate una ONG unipersonal, y atente a las consecuencias.




Nada más llegar a nuestro Riad, escondido en las proximidades de la Jemaa el Fna, nos arrojamos a la calle, dispuestos a disfrutar de la experiencia de conocer una ciudad nueva... sin pensar, por un momento, que la Medina de Marrakech no se parecía a nada que hubiésemos visitado con anterioridad; emborrachados desde el primer momento por la sensación de movernos en otro tipo de mundo -nuestra llegada al Riad había sido plenamente iniciática, saltando por encima de los cuerpos de los mendigos que se agolpaban en el callejón de entrada a la vecina mezquita, esperando la generosidad de los fieles que acudían a la oración del viernes- nos dejamos llevar por los colores y los olores -atenuados, afortunadamente, por la lluvia y el frío-, cruzamos la gran plaza sorteando miles de tenderetes, que ya tendríamos tiempo de ver después, nos adentramos en el zoco... y, como es natural, nos perdimos enseguida.

Andaba yo admirando las maravillas que nos salían al paso, una arquitectura espectacular, realzada, por raro que pueda parecer, por su muy deficiente estado de conservación, tiendas de todo lo imaginable, cueros que olían a rayos, trabajos en latón y cristales de colores de una increíble belleza, lana tejida en todos los tonos del arco iris, madera labrada, alfarería... y, al mismo tiempo, jurando en arameo: "Los romanos, qué putos genios -pensaba yo- , todas sus calles paralelas, todos los cruces a 90º, ni uno más, ni uno menos, su cardo, su decumanus... por donde pasaron las legiones romanas, no me desoriento ni yo: a donde no llegaron..." No era cuestión de preguntar; nos engañaban siempre, dirigiéndonos hacia la tienda de sus primos... nos pegamos a un grupo de turistas, con la misma estrategia que la cebra, que se une a las demás para que, con sus rayas, el león -bueno, la leona- no sepa dónde atacar exactamente, pero vimos que ya iban guiadas al matadero comercial por su propio depredador, y nos escabullimos hacia un callejón sin salida, más oscuro aún, donde un grupo de jóvenes montados en sus inmóviles ciclomotores, al ver nuestra cara de acojono, no pudieron por menos de reirse en nuestras narices...



Así andábamos vagando por el zoco, perdidos y haciendo un ridículo espantoso, cuando de una humilde tienda -todas eran humildes- salió una figura, alta y delgada, acentuada su estatura por la capucha de su chilaba de paño pardo, las manos en los bolsillos, que nos gritó: "¡¡Espanioles... Huesca!!

¡¡La madre que lo parió...!! podía haber dicho, qué se yo... Ciudad Real, Mondoñedo, Vilanova i la Geltrú... y va y dice "Huesca"... frené en seco, me vio la cara, y, sencillamente, me di por jodido...

En un momento, estábamos dentro de la tienda, tomándonos un vasito de té: nos contó que había vivido un año en Huesca, haciendo de ayudante de una dentista, pero que se había vuelto por el clima... muerto de frío y empapado, ahora me tocó a mí carcajearme... "¡Pero si en Huesca hace muchísimo mejor tiempo que aquí...!"



Como os podéis imaginar, nos enseñó su tienda: tenía hierbas de todos los olores y a mi, lo confieso, me gusta oler -olfatear- casi tanto como comer... el té moruno -claro-, con su hierbabuena, el Ras el Hanut, el amigo del mal cocinero; lo echas a cualquier cosa, y sabe bueno -uso con frecuencia el truco-, especias de todos los países, piedra de alumbre, que aromatiza las camas marroquíes, crema al aceite de argán, que íbamos a encontrar por todas partes, uno de mis descubrimientos de Marrakech... todo iba cayendo en el carrito, como cuando compras en Amazon, y la cuenta iba subiendo...



Pero la cosa no se quedaba ahí... aquel pedazo de psicólogo dirigía ahora sus baterías hacia Blanca: "Tú dolor espalda...?" ¡Qué le dijo...! "Verás, tengo dos protusiones, no hernias, casi... he tenido ataques de ciática..." "Yo masaje, sígueme..." salimos pitando hacia arriba, por una increíble escalera de caracol donde casi no cabía, y ya estaba Blanca en bragas, boca abajo en una camilla, y nuestro anfitrión dale que te dale, vigilado atentamente por mis ojos, para que no se pasase un pelín... por la cara de Blanca, deducía yo que la cosa iba funcionando, y yo me debatía entre mi obligación caballerosa de estar al quite, y el miedo de que no empezase luego conmigo... "¿Tú no dolor espalda...?" "¿Quién, yo....? ¡nada, de puta madre, hecho un chaval...!" Pagamos, nos despedimos, mucho Sukran, mucho Salam Aleikum, mucho a ver si vuelves por Huesca... cien eurillos, y a la calle. En el precio entró también la orientación: "La plaza, por allí, todo recto...!" ¡Recto, no te jode...! Aún no nos quedaban vueltas hasta llegar a la plaza...

Pasamos así tres días, de aventura en aventura: el ciudadano que nos ofreció acompañarnos hasta las tumbas saidíes y nos llevó a una farmacia: nada que ver con nuestro oscense con chilaba: un joven de bata blanca, gafas de montura metálica, explicaciones científicas, trucos comerciales -todo era dos por uno-... cien eurillos más... yo me miraba por detrás, no me hubiesen colgado un cartel en letras árabes donde pusiese: "A estos pringaos arrumis, cien euros..." y, al final, resultaba que las tumbas de marras no abrían hasta la tarde... O la excursión al país de los Amazig -por mal nombre, bereberes-, donde acabé dándoles consejos sobre como organizar las visitas turísticas... "Haced como los Masai; se le cobra al turista un tanto al entrar, y luego que nadie le dé por saco, intentando venderle cuarzos pintados de colores raros..." Tanto decir "No!", "Non!" y "La!", enviándolos al cuerno en tres idiomas, acabó por amargarme un poco el viaje: tenía la sensación de avanzar como cuando jugaba al rugby, bajando la cabeza, protegiendo el balón con una mano y apartando con la otra a todos los que venían a placarme, como cuando esquivo, en la Rambla Catalunya, a las miríadas de "encuestadores" que intentan sacarme cuotas mensuales para causas justificadísimas... ahora, con el tiempo, me río, reconozco que vi cosas extraordinarias, y os recomiendo bajar al moro, a hacer una visita a esos hermanos que, en el fondo, son tan pobres, tan pillos y tan pesados como nosotros mismos...













lunes, 7 de septiembre de 2015

De caviares y otras cosas iraníes...

No he estado nunca en Irán: los que han ido me han contado maravillas; una sociedad muy distinta de lo que creemos, en un entorno físico y cultural espectacular... y unas gentes amabilísimas...




En la Expoferia agrícola y ganadera de l'Ainsa recalamos en el stand de la piscifactoría de El Grado: compramos allí huevas de trucha y esturión ahumado, y me entretengo mirando los dos esturioncitos que tienen en una pecera:  es la primera vez que veo esos bichos, y los encuentro apasionantes, con su aspecto de bestias prehistóricas, más aún que sus parientes los tiburones. Si pudiese, me los llevaría a casa... me alegro de que ahora crezcan y prosperen en las aguas del Zinca, aunque sea en cautividad; no hace tanto tiempo aún subían por el Guadalquivir....

Junto a ellos anuncian su caviar, el Caviar Per Sé, http://www.caviarperse.com/es... les hago propaganda gratuita, aunque, si me envían una latita en señal de agradecimiento, tampoco les voy a hacer un feo... 30 euros la de 15 gramos, ya me diréis... no descarto comprarme una y darme un homenaje, lo malo es que no tengo la preceptiva cucharita de nácar, y tampoco es cuestión de tomarlo con una de plástico de los vasitos de helado... he probado el caviar un par de veces, en cantidades homeopáticas, y la verdad es que lo he encontrado muy rico: en Rusia, lo vimos, pero no lo catamos; creo que iba más caro aún que aquí.




El Caviar Per Sé me recuerda, inmediatamente, historias sobre Irán y su revolución jomeinista; en sus primeros momentos, los puristas del régimen se plantearon un dilema moral: los musulmanes solo pueden comer pescado que tenga escamas -creo que los judíos comparten dicho precepto-, y el esturión, como el tiburón o la raya, tienen una piel rasposa como la lija: ¿Era lícito seguir exportando los huevos de un animal impuro, aunque constituyese una saneada fuente de ingresos...? Se reunió un consejo de ayatolás y decidieron que... el esturión tenía escamas;: microscópicas, pero escamas... ¡No problema...! ¿Quién dijo que las religiones son siempre irracionales...? Me recordó la historia que contaban de los frailes de un monasterio que, cada año, tiraban un cerdo a la alberca, lo pescaban con un gancho, y decían, alborozados... "¡Ya tenemos pescado para la Cuaresma...!"

Hace varios años ganó el Premio Espiello un documental realizado por una joven directora iraní, Sudabeth Mortezari, "In the bazar of sexes", que nos presentaba una curiosísima institución iraní. El Islam prohibe las relaciones sexuales fuera del matrimonio, como todas las religiones que conozco -y si hay alguna excepción, mandadme información, por favor...-. Pero, claro, la carne es débil, y no es cuestión de tener excomulgados al setenta o el ochenta por ciento de la población. Solución... se admite... ¡el matrimonio temporal! Aparte, por supuesto, de la poligamia digamos normal...

La realizadora entrevistaba a un joven y barbudo ayatolá, algo pasadito de kilos: me vais a perdonar la maldad; era justamente como Oriol Junqueras con turbante negro... "¿Se puede casar un hombre por un breve periodo de tiempo..." "Si" "¿Por una o dos horas?"... "Si" "¿Varias veces al día...?" "Si" (el ayatolá pensaría... "mientras el cuerpo aguante...") "¿El procedimiento es sencillo?" "Si; vienen aquí los novios, el novio me da una cantidad de dinero, yo se la paso a la novia, y ya está..." -Algo irá a parar al cepillo, picarón, pensaba yo...-"Y las mujeres, ¿se pueden también casar tantas veces...?" "No; tienen que dejar pasar unos cuarenta días, para comprobar que no se han quedado embarazadas..." y añadía, juntando sus manos regordetas y poniendo los ojos en blanco..."Si no... ¿qué diferencia habría con la prostitución...?": todos los que vimos el documental, alucinamos...

El materialista y racionalista que hay en mí pensaba que alguna razón debía tener dicha institución; recordemos que, en la guerra entre Iran e Irak, cuando los occidentales apoyábamos abiertamente a Sadam Hussein, murieron decenas de miles de iraníes: me imagino que hombres casaderos llegaron a transformarse en un bien escaso, y era cuestión de repartirlos bien entre las señoras, aunque a cada una le tocasen tan solo dos o tres semanas al año... por aquel entonces, Sadam usaba gases indiscriminadamente contra combatientes y población civil: muchos de los gaseados quedaban temporalmente ciegos -como le ocurrió al propio Hitler cuando lo gasearon los ingleses en Ypres-, y el ejército iraní los enviaba a ser tratados en la Clínica Barraquer, en Barcelona: precisamente tenían un piso franco cerca de mi casa, y compartíamos peluquería; no llegué a verlos -ni ellos a mí, por supuesto-, pero mi peluquero me contaba que, cada quince días, iban a cortarse el pelo, disciplinadamente, como buenos soldados, acompañados de un hombre mayor -posiblemente un suboficial- que los mantenía a raya... candidatos, pobres, a diversos y sucesivos matrimonios temporales...

De todas maneras, se veía claramente en el documental que la mayoría de las esposas temporales aspiraban a, por decirlo de alguna manera, acceder al contrato indefinido, y consideraban la etapa transitoria como un periodo de prueba... así lo expresaba una de las entrevistadas, no una señora del medio rural cubierta de negro hasta el suelo, dispuesta a competir con los encantos de las burras, sino una joven y atractiva empresaria urbana -tenía una peluquería con varias dependientas-, vestida a la occidental, con la que te podrías cruzar en cualquier calle de Barcelona, e incluso volverte a mirarla... "¡Sé que me pedirá continuar, estoy segura...!" Precisamente se habló mucho del caso de la esposa temporal de un conocido futbolista que, al no renovar contrato, se tomó la justicia por su mano y se cargó a su esposo ya en periodo de caducidad... problemas derivados de la flexibilidad...

Recordaba que, en la época de la revolución islámica, corrió por ahí un librito conteniendo preceptos morales atribuidos a Jomeini; creo que aún debo tener por casa un ejemplar... no me atrevo a descartar que se tratase de una burda manipulación occidental tomándose a cachondeo una figura que, se quiera o no, marcó un antes y un después, y acabó con el imperio de un Sha que quedaba muy bien en las páginas del "Hola!", pero no dejaba de dirigir un régimen autoritario con una policía política, la Savak, que pondría el vello de punta a la mismísima Gestapo...

Algunos de los preceptos me parecían sumamente correctos: por ejemplo, prohibía consumir la carne de un animal si, previamente, habías mantenido relaciones sexuales con él: ¿Qué menos, no...?... también prohibía a los varones orinar en dirección a la Meca... suerte que también tienen prohibido el consumo de alcohol, porque, después de cinco cervezas, ya te digo yo que andar buscando la brújula... ahora hay hasta aplicaciones para el móvil... precisamente el otro día, de fiestas en Boltaña, vi a un joven subsahariano colocarse junto a su puesto de sombreritos de plástico y guirnaldas de leds, extender su alfombrilla, y orar en dirección al Castillo: tentado estuve de advertirle... "Señor, que la Meca debe caer un poco más a su derecha...", pero me abstuve porque, de corregir su posición, se hubiese puesto perpendicular a la pendiente orográfica, y podría haber acabado haciendo la croqueta hacia el centro de la plaza... quizás tienen también una dispensa para esos casos... por la hora -en el descanso entre sesiones de baile- debía ser la Oración del Ishá, la de la Noche, y recordaba cuanto nos gustaba, en Marrakech, oir la melancólica llamada del Muecín desde la mezquita vecina a nuestro Riad... "Aláhu Akbar...!"






viernes, 4 de septiembre de 2015

Carta abierta a Raül Romeva






Querido Raül:

Me perdonarás por dirigirme a ti con semejante familiaridad, pero, aunque no me recuerdes por mi nombre -te he saludado varias veces, al verte acompañado de amigos comunes- he sido un hombre importante en tu vida: junto a otras decenas de miles de ciudadanos -tampoco tantos-, te enviamos al Parlamento Europeo, a trabajar en la construcción de una Europa conforme a nuestras ideas, minoritarias, eso sí, pero tan respetables como las de cualquier otro.

Mentiría si te dijese que tu desempeño como europarlamentario satisfizo siempre mis expectativas: incluso puede que sea buen momento para confesarte que, en la fausta ocasión en que firmaste una valiente denuncia contra la Federación Española de Fútbol -y, por extensión, el Reino de España- por no haber sancionado el alevoso pisotón del conocido franquista Pepe a nuestro idolatrado Messi, fui uno de los que llamó a Iniciativa per Catalunya para preguntar a mis superiores si semejante tontería era cierta… “Por desgracia, si, pero ya le hemos dado un toque..” fue la diplomática respuesta… aún no se había producido tu no menos valiosa intervención en el caso de los F-18 espanyols que acojonaban a los pacíficos habitantes del Pallars, que, entre otras cosas, tienen como primera empresa de la comarca la Academia General Básica de Suboficiales…

En efecto, como podrás deducir, estuvimos durante un tiempo en la misma formación política; yo, en concreto, he sido un fiel y discreto militante desde 1986 -me entregó el carnet del Cincuentenario del PSUC Gerardo Iglesias, a la sazón Secretario General de un Partido Hermano que existía en el vecino país-, y no he llegado a cumplir los treinta añitos porque, en uno de sus recientes virajes y contravirajes en materia del Procès, cuando llegó un momento en que no es que no estuviese de acuerdo con las posiciones que se adoptaban, sino que era incapaz de entenderlas, salí disparado por las orejas, y no me quedó más remedio que cometer lo más parecido a la apostasía que puede permitirse un laico: ordenar a mi banco que devolviese los recibos de la cuota; y ahora vago por los espacios siderales como un ectoplasma político, sometido a las tentaciones más insospechadas; pero ese es mi drama personal, y no vamos a hablar de él… tú, el tuyo, ya lo has resuelto, y debo decirte que, en mi opinión, brillantemente.

Pero no dejabas de ser “Mi” Raül Romeva, y debo reconocer que, en unas recientes declaraciones, has sido el bálsamo que ha calmado mis tribulaciones, cada vez más acusadas, ante el Procés que os traéis entre manos: He leído -corrígeme si no es cierto- que en el futuro Nou Estat podré conservar mi nacionalidad española, mi pasaporte europeo -cosas todas que, por cierto, ya me garantizan la Constitución de mi País y los Tratados de los que es signatario- y aún más importante, mi vinculación al sistema fiscal español y a su sistema de pensiones.

Raül; estoy jubilado después de largos años de servicio a la Administración Central del Estado -no llegó a un lustro- y a la Generalitat de Catalunya… mi pensión es mi alegría, mi rayito de sol en el ocaso de mi existencia… no es que sea para tirar cohetes, pero me permite una vida digna… la verdad, veros jugar con esteladas y antorchas puede hacerme más o menos gracia, pero si veo vuestras manitas pecadoras cerca de mi pensión, me empiezo a preocupar seriamente: no es que sea motivo de tranquilidad depender del sistema español, pero en las próximas Elecciones Generales confío en que se pueda hacer algo al respecto… el problema es otro:

Estais proponiendo la creación, en breves fechas, de un Nou Estat del que poco sabemos; tenemos pocos indicios; seremos como Austria, Holanda y Dinamarca… países en  los que, por cierto, están creciendo opciones populístas y xenófobas que ponen el pelo de punta… también sé, porque lo leí en un cartel en el Metro, de l’ANC, que en el Nou Estat se podrá comer helado cada día, cosa que, en principio, podría llegar a interesarme… pocas pistas más tenemos…el problema es que sí conozco bastante de cerca a algunas de las personas que, todo parece indicar, van a construir dicho Estat Nou, bajo la presidencia  -por más que tú tirases alguna cortina de humo al respecto- de un astuto ciudadano -no excesivamente Nou- que, ayer mismo, afirmaba en público no ser personalmente corrupto -eso es bueno, y tranquiliza-, pero no tener una idea muy exacta de las finanzas de su Partido, del cual es líder, por sucesión directa, desde hace bastantes años; y eso no es bueno, y no tranquiliza… y en cuanto a gobernar con los companys de Esquerra… bueno, también lo he visto de cerca, y debo reconocer que es una experiencia estimulante, no lo dudo, pero tampoco excesivamente tranquilizadora. Y uno, a mis años, lo que pide es tranquilidad.


Querido Raül: de tu privilegiada posición al frente de la lista del “Sí” no se deduce qué niveles de responsabilidad vas a desempeñar en el Nou Estat: supongo, eso sí, que tú ya debes tener alguna idea, y que dicho nivel te permite hacer las afirmaciones que tanto me han tranquilizado: porque si, en síntesis, puedo seguir en la ciudad en que he nacido, en mi casita, incluso en mi sofá, sometido a la normativa constitucional que en su día voté, y prometí cumplir y hacer cumplir, y con todos los derechos y deberes que me confieren mi condición de ciudadano de un país -viejo- de la Unión Europea, si puedes garantizarme eso, a ser posible por escrito, y firmado…- no digo yo que me importe un pito lo que salga de las urnas el histórico 27-S, pero, por lo menos, podré dormir más tranquilo las noches que faltan hasta el evento… ¡Muchas gracias de antemano, Cap de Llista!

miércoles, 2 de septiembre de 2015

El día en que conocí al Doctor Pizarro

Hoy cumple años mi amigo Francisco Pizarro: le he prometido un regalo, ¿qué menos...?  No hace mucho, él me regaló una katana: yo le voy a corresponder con un relato de un día muy especial: el día en que nos conocimos...




Seguramente fue a primeras horas de la mañana cuando llamaron mis tíos de Boltaña; mi abuela, Lucía Arcas Barrós, boltañesa, hija y nieta de cuchareros, se estaba muriendo.

Por aquel entonces yo era un joven profesor no numerario en la Facultad de Ciencias Económicas: quiero decir que, con la benevolencia de mis superiores, contaba con bastante flexibilidad de tiempo; me bastó con meter en una bolsa de viaje que acababa de comprar cuatro prendas de ropa, conectar con el eficaz servicio de taxis piratas que permitía salvar en tan solo seis horas los 300 kilómetros que entonces -como ahora- separaban Boltaña de Barcelona, encontrar milagrosamente una plaza disponible, y salir disparado hacia mi destino, salvando los escollos físicos que aún nos ponen el vello de punta a los de mi generación: Els Brucs -aunque quizás ya existía el túnel-, la Panadella y el Alto del Pino.

De todas maneras, ya estaba avanzada la tarde cuando llegué a la casa familiar, donde mis tíos Domingo y Guillermina habían convivido largos años con la abundantísima cosecha de abuelos de la familia: solo quedaba mi abuela, que encontré agonizante, sin conocimiento ya... "Hace un rato la ha venido a ver el médico, un chico nuevo... ha dicho que, cuando llegases, lo buscases en el Parador, que quería hablar contigo..." dijo mi tía.

Y hacia allí me dirigí, el bar del viejo Parador; apenas si tuve que preguntar, porque allí me esperaba el Doctor Pizarro: algo distinto de lo que imaginaba; un hombre joven -aunque ligeramente mayor que yo, eso sí-, alto y delgado, barbudo y melenudo, vestido informalmente... a sus pies, un capazo de   esparto, con el que pasaba visita, cargado de material médico y medicinas... con frecuencia, llevaba también en él a su gato "Bakunin"... tenía también una setter irlandesa, "Marx":  como veis por la selección de nombres, el Doctor Pizarro andaba por aquel entonces un poco alejado del pensamiento económico liberal, por decirlo de alguna manera... acertaba, eso sí: Marx y Bakunin se llevaron como el perro y el gato, aunque Bakunin, de carácter mucho más amable, admiraba profundamente a Marx porque, según decía, era ateo ya desde muy joven, mientras que al príncipe ruso le había costado mucho más tiempo alcanzar dicha condición. Años más adelante, le haría de "canguro" de "Marx" durante mi estancia en Zaragoza: era una perra encantadora, y me gustaba muchísimo sacarla a pasear, confiando en el lugar común de que con un perro se ligaba mucho, extremo que, por desgracia, no pude comprobar.

He tenido la inmensa fortuna de conocer a muy buenos médicos y, en cuanto Paco empezó a hablarme, con su acento sevillano tan exótico en el ambiente boltañés, me di cuenta de que me encontraba ante uno de ellos; cuando Paco habla de un paciente, se transforma, te das cuenta de con qué seriedad asume lo trascendente de su profesión, ese tratar cotidiano con la Vida y la Muerte de gente concreta... "Tu abuela, ya lo sabes, es una enferma cardiaca, en fase muy avanzada... le estoy dando digital pero, cuando fibrile, no habrá nada más que hacer, se acaba..."
Insistí, vagamente... "¿Y si la trasladamos a Huesca...?" "No resistirá el traslado, morirá por el camino, ¿para qué hacerla sufrir más...?"

Me despedí de él, confortado con la idea de que mi abuela había recibido la mejor asistencia que podía obtenerse entonces: dudo de que existiese en todo Sobrarbe una ambulancia medianamente adaptada, no hacía tantos años que mi padre había tenido que bajar a Huesca a mi tía Carmen en la trasera de un 1.500 familiar, tendida sobre un colchón de lana... al llegar a casa, hecho polvo después del día de viaje, pedí a mis tíos que me avisasen cuando les pareciese que se acercaba el final, y fui a tenderme, vestido, en mi cama, para descansar un rato.

Dormía entonces en la casa de mi tío, que hoy es la mía, justo enfrente de la casa familiar, en la Calle San Pablo... fue tocar la cama, y dormirme profundamente... desperté, sobresaltado, de día y con sol, rodeado por el piar de los pájaros... abrí el balcón y, justo en aquel momento, una vecina, en medio de la calle, preguntaba a gritos:

"¿Y no se ha muerto aún Señora Lucía...?"

"¡¡Cállese, coño, que la va a oír...!!", respondí yo; la cama de mi abuela debía estar a escasos diez metros de la pobre mujer, que, supongo yo, se interesaba con su mejor intención...

Cuando llegué a su habitación, la situación había dado un vuelco espectacular: según mis tíos, fue irme yo y calmarse su respiración: había pasado la noche durmiendo plácidamente y, un poco más tarde, se despertó y pidió un vaso de leche... durante el resto de la mañana, abría los ojos y hablaba ya con cierta normalidad.

Una nueva visita de Paco nos confirmó que su estado había mejorado: dentro de la gravedad, ahora estaba estable, y, desde luego, el desenlace no parecía inminente... su naturaleza de hierro -¿o de madera de boj, la materia prima de los cuchareros?-  nos había engañado a todos.

Poco podía hacer yo ya en Boltaña; conecté de nuevo con mi clandestino transportista, recogí mis cosas, y fui a despedirme de mi abuela, que ya casi se incorporaba en la cama: fue al ver mi bolsa de viaje cuando comentó: "¡Una bolsa así me haría falta para bajar a Barcelona...!"

"Para el próximo viaje de tu abuela, pobre, no le hará falta ninguna bolsa..." me comentó al oído mi tía Guillermina.

Pues también en eso nos equivocábamos; tuvo tiempo y salud para bajar otras dos veces a Barcelona, aunque en la última, dos años largos después, ya no pudo esquivar la Muerte... pude, eso si, acompañarla en sus últimos momentos, aunque, por desgracia, no pude satisfacer su último deseo: volver a Boltaña.

Pronto volví a ver a Paco, y muchas fueron las aventuras que compartimos... en Boltaña, en sus frecuentes estancias en Barcelona, gozando de su hospitalidad en Cordoba, cuando a ella se desplazó... ambos hemos vivido vicisitudes personales bastante paralelas, hijos de una generación que ha tenido que inventarse muchas cosas, ante viejos modelos que ya no servían... ahora, jubilados y cada uno en una esquina del mapa. no nos vemos tanto como querríamos, pero nos han cogido a tiempo las nuevas tecnologías, a las que nos hemos adaptado razonablemente bien, y raro es el día en que no contactamos gracias a estos cacharros que ahora estoy manejando. Y por muchos años que podamos hacerlo, Paco, amigo mío...










lunes, 31 de agosto de 2015

Nuremberg, en la Franconia...

Por las tierras franconas del Norte de Baviera, una ciudad con una fama inquietante...



Desde Rothemburg a Nürnberg hay un corto paseo por campos verdes, bien cuidados, cuajados de granjas de vacuno y fábricas de maquinaria herramienta, a cual más limpias. Son tierras de Franconia, en el ángulo Norte de Baviera, de un carácter, por así decirlo, más alemán... De entrada, es país protestante, y sus gentes no responden -como casi nunca sucede, por otra parte- al arquetipo bávaro, papista y fiestero, que tanto horrorizaba a los severos Buddenbrook de Mann. Y no deja de reflexionar uno... ¡caray, qué mala pata tuvieron..! Con lo bien que habían empezado, ciudad franca imperial, sede de la primera Dieta de cada emperador, Durero, industrialización temprana, el primer ferrocarril alemán, los Maestros Cantores... para después cagarla, y que te asocien a unos baños de masas fachas, unas leyes ignominiosas, unos bombardeos feroces y, por último, a unos juicios que bien está lo que acaba con el Mal, pero tampoco fueron cosa de qué enorgullecerse...!

Nada más entrar en su aglomeración urbana, empezamos a encontrar grupos numerosos que se dirigen hacia el mismo sitio que nosotros: el Zeppelinfeld, que todos los que hemos visto, con una mezcla de horror y asombro ante la belleza formal que puede emanar de  las cosas malas, "El Triunfo de la Voluntad", asociamos a los grandes congresos del Partido Nazi: pero no se trata de las bien formadas escuadras de las Juventudes Hitlerianas, con sus calcetinitos, sus pantalocitos cortos, sus caras devoradas por un acné precoz y pajillero, ni los rudos obreros del Frente del Trabajo, con sus palas cromadas de guardarropía, ni aquellas apretadas centurias de excombatientes de Flandes, con las narices rotas en las peleas con los rojos en las cervecerías, oliendo a grasa para el cuero y a pies mal lavados encerrados en altas botas...éstos de ahora van a su bola, chicos y chicas juntos, chicas con aspecto de cuadrar mal a la definición de "Doncellas alemanas" que  tanto enorgullecía a sus abuelas, dispuestas a parir soldados para la Patria por regimientos enteros. Veo pantalones a rayas multicolores, camisetas con o sin mangas, sobre pechos con o sin sostenes, chanclas, sandalias o pies desnudos, algún chaleco floreado, rastas... Otros, de negro hasta los pies, si se dan un aire a los SS, aunque los dibujos de sus camisetas acojonarían al rottenführer más bregado...  Llevan, además, guitarras y bongos, e incluso detecto entre ellos -¡Horror!- individuos que parecen pertenecer a razas no excesivamente superiores... sobre ellos flota no la roja bandera con la esvástica, sino una nubecilla de humo aromático que, más que fervores patrióticos, parece provocar una risita tonta... listo que es uno, llego la conclusión de que esos terrenos sagrados para todo el facherío internacional se ven profanados estos días por un festival de rock o cualquier otra manifestación de la música degenerada... ni tan siquiera intentamos aparcar -está petado-, y sólo observamos desde fuera el mazacote del inconcluso Palacio de Congresos, especie de Coliseo romano sin gracia, que estaba construyendo Speer.

De las memorias del Arquitecto de Hitler y eficacísimo ministro de armamento, me llamó la atención -a parte, por supuesto, de sus esfuerzos por demostrar su ignorancia absoluta de todo lo que significase asesinatos en masa de judíos, disidentes y prisioneros de todo tipo; debía ser el único alemán que no se había dado cuenta, digo yo...- su preocupación por cómo quedarían sus obras cuando fuesen ruinas, proceso que él suponía que acontecería después de algún milenio, y no en tres o cuatro años, como sucedió en la realidad. La solución era bien sencilla; dejarse de gúrteles y tresporcientos, y apretar a los contratistas para que empleasen materiales de calidad. Los resultados están a la vista, en esas horrorosas Flakturm, fortalezas de armas antiaéreas, que no ha habido narices ni dinamita para derruir, y ahí se han quedado... También en Nuremberg tiraron de hormigón del bueno, como los romanos, y ahí estarán esas cosas dentro de muchos siglos, haciendo compañía al Valle de los Caídos, mientras que de la Clóchina Gigante de Calatrava no quedará ni el recuerdo.

En Nuremberg no hemos elegido una Gasthaus, sino un hotel convencional: está junto a la puerta más elevada del recinto amurallado, al lado del Burg, el castillo imperial: ni yo soy capaz de perderme, con esas referencias: basta con seguir el paseo que circunvala la ciudad antigua. El hotel, con un elegantísimo recepcionista turco, resulta ser un edificio bastante impresionante, con armaduras de caballeros teutones en los pasillos, y gruesas alfombras, pese a que hace un calor cordobés. En la habitación, confortable y espaciosa, hay aire acondicionado, Gott sei dank!




Entramos en Núremberg entre el castillo imperial, y la casa de Durero: cometemos el error mayúsculo de dejar su visita para la tarde; cuando queramos verla, quedará ya poco tiempo para su cierre, y no nos dejarán entrar, afirmando que no íbamos a disfrutar en tan poco rato... subsano parcialmente el yerro comprando una publicación con algunos de sus maravillosos grabados, entre ellos, por supuesto, mi favorito: el Caballero, la  Muerte y el Diablo, que inmediatamente me transporta a la novela de Sciascia...


El casco histórico de Núremberg está formado por dos barrios claramente diferenciados, situados en dos planos ligeramente inclinados, que vierten hacia el río Pegnitz, un tranquilo curso fluvial de aguas limpias, aunque perezosas y remansadas, que proporcionan esos reflejos que tanto nos gustan a los fotógrafos. Llevan los barrios los nombres de las iglesias que los presiden: Sankt Sebald  y -¡agarraos, oscenses!- Sankt Lorenz. Toda la ciudad quedó, por supuesto, como la palma de la mano tras los bombardeos -90% de viviendas destruidas-, pero ha sido objeto de una cuidadosa reconstrucción, y resulta sumamente agradable pasear por sus calles empedradas y peatonales: la plaza central de Sankt Sebald la preside una fuente gótica dorada, la Fuente Hermosa, schöner Brunne,  ante la que posa Blanca muy en plan guiri...

 
 
 



Comemos en un encantador restaurante sobre el río; algo ligero, porque nos agobia el calor: ensalada de patatas, y las riquísimas salchichas del lugar, pequeñitas y picantes. Y cerveza, una cerveza local
amarga y refrescante, en botellas con esos simpáticos tapones de alambre, porcelana y goma, que encontrábamos hace años en las gaseosas... al acabar, paseamos buscando la sombra... pasamos bajo una curiosa fuente, donde el agua mana de los pezones de broncíneas damas, y entramos en la Iglesia de Sankt Lorenz.








 
Y ahí tenemos a mi medio paisano, con la parrillita alzada... cuantas veces me he puesto el pañuelito verde y el ramito de albahaca en la oreja para celebrar su fiesta en Huesca... qué recuerdos... canturreo por lo bajini la copla:

"San Lorenzo, en la parrilla
les decía a los judíos..."

Pero la sonrisa se hiela en mis labios: no, no es lugar para bromas, allí donde se dictaron las leyes raciales de 1935, el inicio de la persecución del Pueblo de Israel... aquellas leyes odiosas que los segregaban de la comunidad alemana y que fueron la base de su muerte civil, su emigración forzosa y, en el caso de los que no pudieron o no quisieron huir, su deportación hacia los ghettos del Este, primero, y hacia los campos de exterminio después...ya hemos disfrutado bastante del día... ahora toca la parte dura... "Blanca -le digo-, se acabó el recreo: vamos hacia el Tribunal del Juicio de Núremberg..."

domingo, 30 de agosto de 2015

Ratatuille

Ves por ahí cosas divertidas... ¡aunque quizás no para todos los estómagos!



El jueves pasado había en Jaca un Mercado Medieval, dedicado a lasTres Culturas -judíos, moros y cristianos- que anduvimos a la greña por estas tierras: es un mercado curioso; todo el centro histórico de la ciudad ocupado por decenas de pequeñas tiendas, que podemos clasificar en dos grandes grupos: "New age" -"Hippys", pare entendernos: artesanos de todo lo imaginable, cristales que atraen el buen rollo, pociones, hierbas, semillitas...- y colesterol ibérico puro y duro, quesos y, sobre todo, chorizos y jamones que bien poco pueden contribuir a la convivencia inercultural y la Alianza de Civilizaciones... jalufo, vamos...



Recorre la ciudad una simpática atracción: bajo el título de "Rataurante", dos ciudadanos, perfectamente ataviados, arrastran un carrito-cocina, muy en la línea "Van-food-, dedicado a ...la rata: una señora ofrece en una bandeja ratas -ficticias, parece...- en forma de pintxos, destripaditas y sanguinolentas, sobre rebanadas de pan... su compañero, que las exhibe colgadas en su carro, se para de repente y anuncia: "Voy a ver si ya está hecha!"; abre una especie de cocinilla, saca una hermosa rata vivita y coleando, finge morderle la cola... "No, aún está cruda!" y la devuelve a su lugar: las damas, alrededor, aúllan... los tíos fingimos entereza, con el estómago en la boca...



Se acercan unas chicas musulmanas, éstas de verdad... el cocinero se ofrece a cocinarles un cus-cús de rata, rico, rico... las chicas se ríen, alborozadas... "O una tajine..." agrega el cocinero, ese sí multicultural...



Ante lo mucho que me río y los frío a fotografías, la camarera me ofrece un puesto de trabajo... no me aclara si es contrato-basura, o compatible con mi pensión: recorrer las alcantarillas por las noches para abastecerles de material fresco... ¡Error, error de ambientación, señora...! Las cloacas, en el medievo, aunque debían estar allí -bien las habrían dejado los romanos- se usaban poco o nada; la mierda se tiraba por el balcón, y las ratas debían campar libremente por todos los sitios.



Pasamos a comentar el tema de los roedores con mis primas: nuestras casas en Boltaña son casas viejas, naturales y abiertas: piedra y madera, asentadas sobre las rocas del terreno: los ratones van y vienen a sus anchas: cuando detecto cagaditas, recurro a la Guerra Química, pasándome la Convención de Ginebra por el forro... gominolas, que les provocan- así de cabrones somos- tremendas hemorragias internas, que los llevan a fallecer, entre atroces tormentos, en lo más profundo de sus guaridas, ante los ojos horrorizados de su abundante prole... aquí querría yo ver a los antitaurinos... Mis primas optaron por admitir la secesión; bloquearon el acceso a la falsa -el desván, nosotros lo llamamos así- las excluyeron de su comunidad, y han dejado que allá se las compongan... curiosamente, ni ellas ni nosotros hemos recurrido a la Guerra Biológica, la lógica y tradicional; en nuestra casa, de niños, siempre había un gato, llamado siempre "Tigre", aunque tuvo varias reencarnaciones, según el tiular optaba por mudarse a otro lugar: el "Tigre" de turno, de vez en cuando, acudía con un trofeo en la boca... "Bien hecho, Tigre!"...

Ayer hablaba de las buenas y malas obras: no puedo dejar de recordar una mía, mala remala, aunque lejana en el tiempo... una de las "delikatessen" sobarbenses son los crespillos: hojas de borraja rebozadas en pasta de buñuelo y azucaradas--- se consumen en la Primavera; la Encarnación de la Vírgen es la "Vírgen Crespillera". Laura, mi primera mujer -fallecida hace pocos años, cuando ya llevábamos muchos divorciados- no conocía los crespillos; una tarde, cuando ya estábamos dentro del coche, una vecina, Rosita de Damaso, me alargó unos cuantos envueltos en papel de aluminio... "Toma, los he hecho como los hacía tu tía Encarnación..." arranqué el coche y Laura, levantando por el rabito de la borraja uno de ellos, me preguntó qué eran... "Déjalos, no te gustarán, es una cosa que comemos aquí nosotros... ¡ratones empanados...!" Le faltó un pelo para saltar del coche en marcha... No digo yo que se divorciase de mí por eso, pero creo que algo pudo contribuir...

sábado, 29 de agosto de 2015

La esquillada

De vuelta, más o menos, a Barcelona, es el momento de recordar viejas historias boltañesas, para apagar un poco la nostalgia...




Yo andaba alrededor de los 20 años: debíamos estar, por lo tanto, entre 1968 y 1970, esos años en que ahora, mirando hacia atrás, parece que me sucedieron muchas- si no la mayoría- de las cosas que han marcado mi manera de ver el Mundo; era, de eso estoy seguro, el último día de las fiestas de Boltaña; la orquesta había ya acabado de tocar su última pieza, que solía ser un pupurri de cosas variadas, que los pocos que quedábamos en la plaza bailábamos como frenética conga, saltando y corriendo por todo el espacio disponible que, a esas horas avanzadas -aunque no tanto para los criterios actuales: entonces, a las tres de la madrugada, se había acabado todo...- era ya prácticamente todo el pueblo, vacío y dormido al fin... no había peñas, no había afters, no había discoteca móvil que prolongase la agonía de los vecinos hasta el ser de día... llegaba el momento de afrontar la cruda realidad; las fiestas se habían terminado, cada mochuelo a su olivo.

Nos disponíamos ya a la inevitable retirada, cuando alguien apareció, ofreciéndonos una nueva opción, un nuevo objetivo a la noche ya comatosa; a las siete -decían- se casaban en la Iglesia una pareja de ancianos: debíamos quedarnos todos, para darles la esquillada.

Las esquilladas, como las peleas a pedradas con los pueblos vecinos o el lanzamiento de cabras desde los campanarios, eran parte de una herencia cultural, arraigada en lo más borde de las esencias de los Pueblos de España, que se resistía a desaparecer ante las luces de la modernidad que ya empezaba a aflorar en nuestra sociedad: digna heredera conceptual de las quemas de brujas y herejes, la esquillada sancionaba el rechazo -o, por lo menos, la mirada crítica o, simplemente, el cachondeo- ante algo tan elemental como el derecho de la gente, fuese cual fuese su edad, a rehacer su vida después de la viudedad -divorciados aún no había, muy pocos separados, y algún anulado...- Los mozos del pueblo en cuestión, armados con esquillas o cencerros, y cualquier otro instrumento ruidoso -que no musical- improvisado, debían seguir a los recién casados, a ser posible hasta el lugar donde fuesen a pasar su noche de bodas,  cantando canciones alusivas de cuya calidad poética os podéis fácilmente hacer una idea... nunca había yo asistido a un espectáculo de esa naturaleza, pero sí me habían contado algunos -recuerdo, especialmente, las historias de Rosenda, una asistenta que teníamos en casa, sobre las segundas nupcias de su tío Bastián...- e incluso conocía alguna de esas coplillas, como la que, seguramente, se cantaba con ritmo de jota...

"No me caso con la viuda
no me casaré, por cierto...
no quiero meter la .....
donde ya la metió el muerto..."

Así iba la cosa, os lo juro...

Ni sé de dónde partía la propuesta de la esquillada, ni recuerdo quién la había formulado, ni tengo, a estas alturas, una idea clara de por qué nos quedamos allí, con tres o cuatro horas por delante, un puñado de jóvenes...posiblemente no estábamos en las mejores condiciones de juicio... supongo que pesó el deseo de prolongar algo más la noche, seguramente alguien trajo algo más para beber, nos quedamos charlando... imagino también que alguno fue a buscar alguna esquilla: yo, que durante un tiempo, había traficado con ellas -es una historia, algún día me animaré a contarla- no debía de tener existencias, o no me apeteció bajar a casa a buscarlas.

Tampoco teníamos una idea clara de quienes se iban a casar; sabíamos que eran dos viejecitos -posiblemente de mi edad actual, algo mayores quizás, pero no mucho- que vivían en una casita pequeña y humilde, al otro lado del puente: no me consta que fuesen viudos, los dos o alguno de ellos; simplemente eran ya viejos para casarse, motivo más que suficiente para entrar en los supuestos que justificaban la esquillada.

Recuerdo, eso sí, que no había entre los que esperábamos un entusiasmo particular, nada de hablar de esquilladas vividas o contadas, ni de ensalzar los méritos de dicha sanción social, ni de decir: "¡Qué pedazo esquillada vamos a dar...!"; nada de eso; el asunto estaba zanjado; nos habíamos quedado con esa finalidad, y punto: con algo que luego yo identificaría con la frialdad burocrática... aquello tan sabido de "Al indiferente, la Legislación vigente..." Los jóvenes tenían que dar una esquillada, nosotros éramos los jóvenes.... tema resuelto: fumábamos tranquilamente -entonces todos fumábamos, salvo algún rarito-, nos pasábamos una botella de algo fuerte -empezada a refrescar, en plena madrugada-, y seguíamos allí, al pie de la torre de la iglesia, seguramente escuchando a la lechuza que solía anidar en ella, y cuyos rebufidos, atribuidos por la tradición popular a un cura pecador que allí había sido emparedado en castigo por sus crímenes-, tanto miedo nos había hecho pasar de pequeños.


Supongo que las horas se nos hicieron largas, y que se produjeron algunas deserciones; éramos ya un puñado reducido cuando, ya casi de día, subió la cuesta de la carretera, renqueando, un taxi, paró ante  la iglesia, y de él descendieron, solos, los novios: pequeñitos, muy juntos, vestidos de colores oscuros, la novia con el velo negro que, por entonces, llevaban todas las mujeres para ir a misa. Creo recordar que también llevaba un ramo de flores, seguramente pequeño y poco vistoso... no les acompañaba nadie, nadie había en la plaza más que nosotros...

Nos levantamos del suelo y, lentamente, los músculos aún entumecidos por el relente, nos acercamos a ellos, rodeándolos... en silencio total; ni un grito, ni menos aún el sonido de ninguna esquilla... nos quedamos mirando a la pareja que, a su vez, nos miraba, cada vez más pequeñitos, cada vez más encogidos, cogidos del brazo, frágiles...

Y entonces sucedió una de esas cosas que aún te hacen guardar algunas, leves, esperanzas... uno de nosotros, a saber quién, se adelantó, sonriendo, y vino a decir algo así como "Nos hemos quedado aquí para felicitarles y desearles muchas felicidades..."

Recuerdo perfectamente la sonrisa que iluminó la cara de los ancianos... "Muchas gracias, mozos, no teníais por qué haberos molestado..." llegaron a insinuar algo sobre esperar a que se abriese el bar para invitarnos a algo  -el bar, con suerte, abriría venticuatro horas después, buenos debían ir después de tres días de fiesta...- se lo agradecimos, les estrechamos la mano, uno a uno -aún no se estilaba besar a las señoras que no conocías mucho- y, alegando que estábamos cansados -lo cual era bien cierto-, fuimos desfilando hacia las camas que nos esperaban, frías, después de tantas horas...

¿Queréis creer que, entre los amigos que allí estábamos, nunca hablamos más del tema...? Aquella noche quedó aparcada en algún lugar de nuestra memoria, en el rincón oscuro y poco frecuentado donde almacenas las veces en que has estado a un paso de meter la pata, de cagarla bien cagada... supongo que el alivio por cómo había terminado el asunto nos ayudó a pasar página... oí decir, años después, que los dos ancianos habían fallecido relativamente pronto, poco después de su boda... si en algo contribuimos a hacer un poco más feliz aquel día, creo que se nos deben haber perdonado algunas de las tonterías que hicimos en otras ocasiones, en el supuesto de que en algún lugar queden contabilizadas buenas o malas acciones... por lo menos, yo algo voy controlando las mías, y estoy más que contento de que la cosa, sin ponernos de acuerdo, sin mediar ni una palabra entre nosotros, saliese esta vez así de bien.