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miércoles, 18 de julio de 2018

De río a río...

... y tiro porque me lleva la corriente... ¿Ah, que no era así...?




Dedico una mañana a dos visitas fluviales: para empezar, volvemos al Rhin, pero no en su tramo romántico, o sí, en el sentido más movido del Romanticismo, en el de "Sturm und Drang", el Vendaval y el Empuje, aquella explosión de vitalidad tan querida por los románticos alemanes: hoy visitaremos el Rhin en su tramo más espectacular, las cataratas más importantes de Europa, la Rheinfall, en Scharfhausen, Suiza... pero muy cerca de la frontera alemana, y en lo que bien podríamos llamar el límite sur de la Selva Negra.

Me cuesta un buen rato encontrar Scharfhausen en el Gúgel Maps, hasta que caigo en la cuenta de que debe ser la "Scafusa" que aparece más o menos en el sitio donde yo busco la ciudad suiza... supongo que es la costumbre que tenemos los meridionales de traducir o cambiar los nombres germánicos de ciudad, que da origen a engendros como "Munich", que no es München, ni Mónaco di Bavaria, como lo llaman los italianos... ya en mi anterior viaje en coche me costó reconocer en Regensburg la Ratisbona ligada a dos personajes tan dispares como Don Juan de Austria... y el Papa Emérito Ratzinger... días atrás, Maguncia se escondía tras las señales de autopista que indicaban "Mainz", y me quedé con ganas de visitar Triers, la ciudad donde, ahora hace doscientos años, nació Karl Marx, al que todos dábamos por originario de Tréveris, pero la verdad es que una y otra me caían algo a trasmano... un placer adicional en los viajes por tierras germanas...

La Autobahn deja paso a una buena carretera, el paisaje apenas si cambia -o no cambia nada, vamos-, y sólo pasar por una pequeña ciudad llamada "Zoll", "Aduana", indica que dejamos Alemania y entramos en Suiza; en los dos puestos fronterizos tan sólo se adivina, tras los cristales, algún aburrido policía... luego sólo tendremos constancia del cambio de país en el color de los carteles indicadores, y en que los suizos han pintado carriles bici en sus arcenes... pienso lo que debía ser esta frontera en los tiempos de la Segunda Guerra Mundial, cuando evadidos del nazismo intentaban cruzarlas para entrar en la poco acogedora, pero, por lo menos, no letal Suiza... mis imágenes de esta frontera estarán siempre ligados a Steve McQuinn intentando cruzarla en su moto, tras su Gran Evasión del Stalag Luft, el campo de pilotos aliados prisioneros de guerra... luego te enteras de que en los "Hechos reales" que dieron origen a la película no participó ningún piloto estadounidense, ni con guante de beisbol ni sin él, sólo ingleses, que el guión se modificó por conveniencias comerciales, y que las escenas de moto fueron iniciativa de McQuinn, gran motero, que quería lucir sus habilidades...

Pero en aquel momento me preocupa otro tema menor, pero no por ello menos estresante: ¿tendré que comprar la Vignette...? Los suizos obligan a comprar una pegatina para poder circular por sus autopistas, no por sus carreteras: la Vignette no es demasiado cara, pero fastidia pagar por todo un año cuando, como en este caso, voy a estar en Suiza un par de horas y, además, sus autopistas no están a la altura de su chocolate, su queso o su discreción financiera: abundan los tramos a 100 y 80 km/h, e incluso llegamos a ver un 60, en un túnel helicoidal... parece ser que no, que el tramo de unos dos kilómetros de autopista que deberemos recorrer está exento de Vignette, otra cosica es...

Nada más entrar en Scharfhausen una bastante cuidada señalización nos conduce directamente al parking -tampoco demasiado caro, en un país que es caro de narices- desde donde se accede a la maravilla natural: las Cataratas del Rhin.



Como cataratas, tampoco son tan impresionantes: veinte metros de desnivel: pero la cantidad de agua que baja por ellas las hacen dignas de contemplar: me comentan que esta Primavera, con el deshielo, han estado espectaculares, y aún está bajando mucha, mucha agua... el ruido es atronador, y una densa columna de agua pulverizada se eleva a bastante altura: el espectáculo acongoja... y lo más gracioso es que son unas cataratas urbanas; sobre ellas, a muy poca distancia, se ven casas de pisos, me imagino que con buen aislamiento sonoro... el efecto diurético es instantáneo, por suerte hay lavabos, muy limpios y gratuitos...

Hay una variada oferta de barquitos: unos te acercan al salto, y otros, para aventureros, te permiten acceder a las rocas que dividen en dos -o en tres- el salto principal... no me atrevo a montar en ninguno de ellos, con cierta decepción por parte de Blanca: el día es desapacible, nos vamos a poner perdidos de agua, no podré sacar fotos, si no me arriesgo a que se moje la cámara, y mi temprana formación como piragüista en manos de los amigos del Club Atlético Sobrarbe me enseñó a desconfiar muy mucho de los rebufos que se forman al pie de una cascada: si vulca la barquita, están todos bien jodidos... ¿para qué tentar a la suerte...?



Paseamos entre una densa marea de turistas: muchos, muchos ciudadanos de la Unión India: lo digo así, porque no son Indios -término ambiguo-, ni, necesariamente, hindúes, que es una religión... son señores y señoras muy morenos, ellas se parecen casi todas a Lola Flores... buena señal de que, al igual que en China, está surgiendo en la India una amplia clase media - ninguno tiene pintas de Maharajá, como mucho de probos oficinistas- con recursos suficientes para viajar, comprarse camisetas de la Selección Alemana -deben estar de oferta, después del fracaso de la Mannschaft- y comer algún Chicken Massala en el puesto de Indian Street Food que hay junto al embarcadero de los osados... bienvenidos al club, sahibs... observo que muchas señoras llevan pintado en la frente un lunar rojo, tengo que averiguar a qué casta pertenecen... porque la Constitución democrática abolió el sistema de castas, pero haberlas, háilas...

Subimos hasta los miradores superiores: hay una noria muy grande, que movía un molino, allá donde la caída es más gradual, casi unos rápidos... dicen que sólo las anguilas pueden remontar el cauce, por si acaso, una garza real vigila al borde de las rocas, esperando resolver su Früstück...



¡Ya vale de Rhin...! Desandamos en camino, volvemos a entrar en Alemania, y recorremos la poca distancia que nos separa de nuestro nuevo destino: Donauschingen, la Donau Quelle, la Fuente del Danubio...

Corremos ahora por tierras más llanas y menos boscosas, tierras de cereales y pueblos limpios y cuidados... no siempre fue así, por aquí nacieron linajes de caballeros folloneros y rapaces, los Furstemberg, los Hohenlohe... aunque en España los asociemos a la Jet Set de la Costa del Sol... justamente en Donaueschingen, en el cuidado jardín francés del palacio de los Furstemberg, nos espera la Fuente del Danubio. La Fuente Oficial, por decirlo así, porque hay otras...



Surge el Danubio -porque de una surgencia estamos hablando- en el centro de un laguito de pocos metros de diámetro: tendrá una profundidad de metro y pico, y un fondo recubierto de piedrecitas y de innumerables monedas que arrojan los turistas, sin un propósito determinado... ¿volver...? ¿que el Padre Danubio te conceda un deseo...? Por si las moscas, tiro cinco cent, tampoco hay que pasarse... del fondo de la surgencia crecen largos filamentos de algas, el verdete que se forma en la Gorga a finales de Septiembre... allí inicia el Donau, el Duna, el Danubio... un camino de 2.800 kilómetros, a través de diez países, hasta el lejano Mar Negro... ya lo he recorrido en cuatro de ellos, me faltan seis, no sé si llegaré a completar la colección, pero me gustaría conocer esa otra gran arteria de Europa, que ya he visitado de la mano de Claudio Magris...




Rodea el laguito una cuidada balaustrada neoclásica, y sobre ella se columpia un grupo escultórico... comparando fotos con mi madre, que lo visitó hace años, observamos ciertas diferencias; la cosa se aclara cuando me entero de que todo el conjunto fue remodelado hace seis años...



Justo encima de la Donau Quelle está en plena restauración una enorme iglesia barroca: entramos un momento: me gustan esas iglesias católicas alemanas, grandes, luminosas, limpias, de paredes blancas donde tanto destacan los retablos dorados y policromados: justo en la puerta, un San Antonio, mi Santo protector, que encuentro -¿o me encuentra? por todas partes... me siento y abro el libro de plegarias, en Alemán pero, ¡tan familiares...!, y resisto a la tentación de robarlo, el Malo está en todas partes... por un momento, mi alma de ateo católico se deja mecer por la calma del ambiente; Blanca, que no está por estos temas, salió muy rebotada de las monjas, se empieza a mover, nerviosa... ha llegado el momento de salir a la calle...


Hay poco más que ver en Donauschingen, como si el nacimiento del Danubio no fuese bastante; pero aún nos espera una agradable sorpresa: entramos en un Hoff, esas casas de pisos con un patio interior, como las corralas madrileñas: son muy abundantes en toda Alemania: en Berlín eran las viviendas de los obreros más pobres, "Miettenkasernen", "Cuarteles de alquiler", las llamaban... en el cuidado y ajardinado patio, hay un restaurante italiano: nos sentamos a la sombra -se ha arreglado el día, y vuelve a hacer calor-, y esperamos un cambio de dieta... sale un camarero, y nos dirige la palabra en Italiano... no he estudiado Italiano en mi vida, pero puedo hablarlo con cierta fluidez, tirando de mis recursos de latino militante... así, en Italiano, encargamos una comida italiana: pasta, cómo no, riquísima, en su punto perfecto de cocción, una salata muy rica -senza pomodoro-, un gelatto... nos despedimos del amable camarero... "Due piacere: mangiare bene, e parlare Italiano!", le digo... "Anche per me!"... me contesta... se está a gusto en Alemania, pero como en casa de uno, en ese Sur latino, desorganizado y corrupto...








martes, 17 de julio de 2018

Zum Rhein, zum Rhein, zum deutsches Rhein....!

No lo puedo evitar... el mar me gusta, para un ratito, pero soy animal de río...







Y en este viaje tenía un objetivo claro: ver el Rhin. Era una vergüenza no haberme asomado aún a esa gran arteria europea... de hecho, lo había cruzado una vez, hace cuatro años, pero antes de entrar en el Lago de Constanza.. el Rhin, y eso si que es original, lo atraviesa... por donde lo ví estaba canalizado y, la verdad, no me causó más impresión que el Canal de Monegros... una cequia grande, y ya está...

El Rhin no es sólo un río, ningún río lo es: ha sido también un sujeto pasivo de la Historia europea, motivo de disputa entre los herederos de Carlomagno, ese gran abuelo de Occidente, inspirador de todos los grandes estadistas europeos, de Macron a Junkers, de Puigdemont a Merkel... en sus orillas se han librado guerras cruentas e inútiles, pero en ningún lugar como Alemania ha jugado el Rhein un papel de galvanizador de conciencias nacionales... Die Wacht am Rhein, la Guardia del Rhin, que llama, con esos versos con los que encabezo esto, a defender el Rhin, "Tan alemán como nuestros pechos", es la canción patriótica que cantan los elegantes oficiales alemanes en la Taberna de Ricky, una canción nazi... de 1840... a la que, siguiendo la iniciativa del -ligeramente cocu- marido de Ingrid Bergman, contestan los franceses con su vibrante Marsellaise... bautizada por su creador como "Cántico de guerra para el Ejército del Rhin"... ¿Lo vais pillando...?



Para el que diga que la Unión Europea no ha servido para nada -¡vaya par de h... se merece!-, baste con recordarle cómo suenan anticuadas estas historias, ahora que pasas de Francia a Alemania sin más requisito que recordar las distintas velocidades máximas en Autobahnnen y Autorroutes, y cuando lo primero que encuentras en tierras francesas no es un fortín de la Línea Maginot, sino el parking de un Éclair... y eso, en una generación apenas... yo conocí a un francés de Alsacia, apellidado Kaufmann, que se jactaba de que su padre, en 1944, había bombardeado Alemania... "En un bombardero americano, ¿no?..." le pregunté: "Si, eso si..." me contestó...

Por eso me dirigía, feliz y tranquilo, por carreteras secundarias, llenas de obras -toda Alemania está en obras: parece que los socialistas, en la Gran Coalición, han convencido a la Merkel para que se ponga a gastar dinero como si fuese española...- hacia el Rhin que, más tranquilo aún que yo, brillaba allí abajo, en una mañana de un sol más propio de los  PIGS que de la severa Germania... mi destino era Bacharach, cuyo nombre me recordaba al compositor de una de mis canciones favoritas, "Raindrops keep fallin'on my head", pueblo del que nada sabía hasta que, pocos días antes, descubrí que un benemérito bloguero lo recomendaba como el más bonito del Rhin Romántico.






No sé si es el más bonito, pero, desde luego, Bacharach es un pueblo bonito: casas de entramado de madera -la Fachwerkhaus, omnipresente- perfectamente conservadas, limpias, llenas de flores, bajo la empinada colina que corona un castillo y, al lado, laderas cubiertas de viñas, que dan un vino blanco tremendamente agradable, responsable de que, durante estos días, le haya sido un poco infiel a la cerveza... por sus estrechas calles, inevitablemente, turistas... entre ellos, un autocar entero de españoles; nos saludamos, y nos hacemos los típicos favores de turistas; intercambiar folletos, y hacernos mutuamente fotos con el móvil de los otros, pensando que un paisano nunca va a echar a correr con mi Samsung de gama tirando a baja en la mano... ni siquiera nos preguntamos de dónde venimos -cosa que, últimamente, agradeces-, nos basta con reconocer acentos peninsulares... y si son latinoamericanos, igual da, paisanos también; eso, en cuanto estás en tierras de una lengua extraña, queda muy claro...

Allí, junto al Rhin, me dirijo a la caseta de los tíckets de los cruceros, y pregunto si es posible hacer un pequeño recorrido, para ver la Lorelei y volver, en un tiempo razonable... descubro que mi titubeante Alemán ha llegado ya al nivel de poder formular preguntas relativamente complejas, e incluso entender las respuestas... si, por supuesto... ¿somos mayores de sesenta años? sí... pues billete de "Senioren"... sale en un cuarto de hora...

He comprado un hin und zurück, un ida y vuelta,  hasta Sankt Goarhausen, el primer pueblo pasada la Lorelei... ¿Y qué es la Lorelei...? vamos a ver: el Rhin Romántico es el tramo del Rhin que corre relativamente encajonado entre laderas rocosas, coronadas por castillos y viñedos, y su punto más estrecho y -en su momento- peligroso, lo marca la Roca Lorelei, un promontorio de 120 metros sobre el nivel del río... cuentan las leyendas heretopatriarcales que en su cumbre habitaba una hermosa y rubia doncella, que peinaba su melena con peine de oro -¿os suena a las encantarias, las dones d'aigua, las lamiak...? y que distraían a los incautos navegantes con sus bellas canciones, hasta el punto de hacerles perder el rumbo, encallar en las rocas, y ahogarse... curiosa esa tendencia de los varones a echarle la culpa a las señoras si se afogan, que, desde la Odisea, ha llegado hasta "Titanic"... el poeta Henie compuso una "Lorelei" que, al parecer, se aprenden todos los muchachos alemanes en el Instituto que, por cierto, allí se llama Gymnasium... cuando yo estudiaba en el Gymnasium, me aprendí muchos poemas de memoria, en Español y en Francés; ahora no tengo ni idea de si se aprenden alguno, pero, por lo menos, sabrán buscarlos en el gúgel, que es lo que hago yo con la Lorelai de Heine...





Y viene eso a cuento porque, cuando después de pasar de pueblo en pueblo a bordo de nuestro, crucero, llegamos ante la Roca Lorelei, el barco toca la sirena, y por los altavoces recitan los versos de Heine: "Ich weiss nicht, was soll es bedeuten, das ich so Traurig bin...." "No tengo ni idea de por qué estoy tan triste..." insisto en que los he bajado del gúgel, entre el ruido del motor, que estoy medio sordo, y que era en Alemán, supongo que eran los versos de Heine, no un anuncio... pero esas cosas siempre impresionan... más que la roca en sí, que tampoco me pareció tan terrible... de noche, en invierno y en una barquita de remos, no digo yo que no, pero en aquel peazo de crucero, rodeado de japoneses haciéndose selfies, el dramatismo de la situación era mínimo, y no entendías por qué Heine se lo tomaba tan a pecho...

De Sankt Goarhausen guardamos un recuerdo curioso: por variar, es un pueblo bonito, al pie de un castillo, con casa de entramado de madera... hace, eso sí, un calor bético, como si estuviese bañado por el Guadalquivir, en vez de por el Rhin... entramos en un restaurante que nos parece agradable, y descubrimos que está regentado por una señora de origen desconocido, que comparte el local con un descomunal conejo, un Kaninchen, que roe filosóficamente alguna porquería apalancado en un sofá de cuero... la señora debe ser australiana, si no, no se comprende por qué ofrece -eso sí, por encargo- filete de cola de canguro... el restaurante está decorado a la antigua, y destacan, en una pared, enaguas, sujetadores y bragas absolutamente vintages, y de talla apta para el Kaninchen... comemos regular -pido una bruscetta, que nunca había probado, y que no me entusiasma- pero bebemos un vino extraordinario... al despedirnos, le pido permiso para hacerle una foto a su Kaninchen, a lo que no pone ningún obstáculo, pero el bicho ha abandonado el sofá y se ha refugiado vaya usted a saber dónde...



De vuelta al crucero, desnavegamos lo navegado: una vez más el barco saluda a die Lorelei con su sirena y los versos de Heine... hace tal calor que nos refugiamos en las sombras de la estructura... el Rhin, perezoso bajo el calorazo, centellea... en los bajos de rocas -esos si, bastante peligrosos- veo bañistas, con bañador, -Alemania es famosa por su culto al nudismo: anda por ahí incluso una foto de Doña Angela en dicha guisa, de jovencita- ... el Rhin sigue haciendo honor a su fama de arteria comercial; cruzamos gigantescas gabarras, con cargas de lo más variado: banderas belgas, holandesas, suizas... todas las gabarras llevan a bordo un coche, de gama alta, o muy alta, supongo que al servicio del capitán, aunque no descarto que también sea una mercancía... por las vías de ferrocarril, en ambas orillas, cruzan también constantemente trenes de mercancías, larguísimos, con dos locomotoras... por tierra o por agua, el Rhin sigue conectando tierras y gentes, en paz, bajo un sol de justicia, que arranca brillos de sus aguas no excesivamente turbias... sigue así, sigue así muchos
años...








viernes, 13 de julio de 2018

Im Schwarzwald...

Un sitio que tenía ganas de conocer... y no defrauda...

Cuando pensaba en la Selva Negra, siempre me trasladaba a bastantes kilómetros más arriba, a la Selva de Teoteburg... allí sufrió Roma su más rotunda derrota militar; los bárbaros, capitaneados por Arminio -por cierto, antiguo aliado de los romanos- destruyeron dos legiones enteritas, dos... me imaginaba con qué terror entrarían los legionarios romanos, gente de campo abierto, olivos y cipreses, en aquellas húmedas y lóbregas bóvedas de vegetación, donde el sol no entra ni por casualidad... entre ellos habría, seguro, muchos iberos, que serían los más acongojados... "¡Tío, qué bosque...! ¡no se ve ni p'a jurar...!" ¿no te da yuyu...?"



Iba pensando en esos pobres paisanos -todos los latinos somos paisanos, y aquí te das más cuenta aún...- mientras subía a la Selva Negra desde Freiburg: entre Colmar y Freiburg habrá como tres cuartos de hora, y con eso ya has cruzado la fosa tectónica por cuyo fondo corre el Rhin, y has pasado de los Vosgos a la Schwarzwald, las montañas boscosas -montañitas, no exageremos, su máxima altura, el Feldberg, tendrá unos 1.700 metros- que recorrería durante tres días... hay un buen par de curvas de bastante más de 200 grados, y un paso -el Salto del Ciervo- estrecho, incluso para estándares pirenáicos: pero enseguida estás en las altas llanuras, rotas por incontables valles y lagos -lagos morrénicos, aclaran los carteles- que, cubiertas de bosque, forman la Schwarzwald.

Nuestro primer destino era Feldberg, el pueblo, no el monte: pueblo formado por barrios de casas dispersas, con nombres de lo más montañés -Halcón, Valle de los Osos...-, donde lo más parecido a un núcleo será el conjunto de casitas en torno a la iglesia (no sé si católica u
o protestante) y una gasolinera... nos dirigimos a la que será nuestra casa durante tres días: la Landgästehaus Gemsennest.



Nos gusta alojarnos en estas casas, lo más parecido a nuestro turismo rural: huyes de las ciudades -todas, en el fondo, parecidas-, estás en contacto con la Naturaleza, y, lo que es más importante, con la población local: en este caso, la pareja que regenta la casa son extremadamente amables, y hacen nuestra estancia aún más placentera... eso compensa las instalaciones, algo pasadas de moda, pero, eso sí, con todo el confort necesario... "Gemsennest" quiere decir "nido de sarrios", y la fachada está decorada con un nido donde, de unos blancos huevos, están naciendo rebecos... "panteón de sarrios" podría ser el nombre más adecuado, ya que su comedor está decorado con decenas de cuernas de sarrios, corzos y ciervos, una marmota y un urogallo disecados... está visto que el Sepronen, o como se llamé allí, hace la vista gorda... curiosamente, no hay ningún trofeo de jabalí... de todas formas. ya sabemos cual es el deporte favorito local, cosa que tampoco me sorprende especialmente...

Reservamos la primera visita para el Feldberg propiamente dicho: la cima del monte más alto de la Selva Negra, a donde nos lleva un corto viaje de teleférico. La cumbre es de esos sitios que tanto me gustan, desde los que, "en días buenos" se ve medio Mundo... de acuerdo con la mesa de observación, desde allí se dominan casi todos los Alpes, desde el Montblanc, según se mira a la derecha, hasta el Zugspitze, el pico más alto de Alemania, a la izquierda... me quemo las pestañas mirando hacia el horizonte brumoso... nada... hay, eso sí, una muy buena vista de los valles más próximos, un mosaico de praderas y bosque, mucho bosque... bajamos paseando agradablemente, entre cientos de mariposas y plantas alpinas...





Y del Feldberg, al lago Titisee... en torno a los lagos se concentra la actividad turística, más presente aún en las primeras horas de la interminable tarde de un Domingo: recorren el lago multitud de barquitas -tomaremos un minicrucero para dar un paseo-, que van esquivando a los nadadores... el agua parece limpia, y no debe estar demasiado fría... de todas maneras, no soy muy aficionado a nadar en lagos o pantanos, de suelo ligeramente barroso, o con vegetación pudriéndose en el fondo, soy animal de gorga, de aguas limpias, transparentes y corrientes y, a ser posible, con fondo de piedra... uno tiene sus manías, qué le vamos a hacer...







A orillas del lago, casoplones imponentes, con sus embarcaderos... Blanca comenta que ya sabe ahora donde se ruedan esas películas alemanas de las tardes de los sábados y domingos, que tan buenas siestas proporcionan... la última tarde en la Selva Negra la dedicaremos a otro lago más grande, el Schluchsee... allí volvemos a encontrar ese típico paisaje alemán, el de las maquetas de los trenes Märklin: no le falta un detalle; casitas con buhardillas, laguito, barquitos, césped, mucho césped... y, por supuesto, trenes, muchos trenes... también tienen AVES, aunque les llaman ICE, pero han conservado los demás, todos nuevos, de colores distintos, o larguísimos trenes de mercancías... incluso vi pasar un convoy de antiguos vagones de pasajeros, tipo años treinta, ligeramente siniestro... a los niños ibéricos, que, como mucho, aspirábamos al Tren Payá, esos paisajes no dejan de despertarnos nostalgias de escaparates iluminados, poco antes de Reyes...



Visitamos también Triberg, uno de los pueblos más turísticos de la Selva Negra; allí pagamos tributo a los tópicos: la casa de los 100 relojes de cuco, y el reloj de cuco gigante, por cuya ventanita podría salir, holgadamente, un avestruz... los conjuntos de pantalón de cuero, camisa a cuadros, calcetines altos, zapatones abrochados al lado y sombrero, iban al sorprendente precio de 199 oiros... la tentación de llegar a Barcelona disfrazado del Tío Aquiles era grande pero, sinceramente, unos pantalones de cuero, por cortitos que sean, me parecen incompatibles con nuestro clima, so pena de desarrollar intensas floraciones de hongos donde menos falta hacen,,, también en Triberg está la cascada más alta de Alemania: es bonito, sobre todo, el paraje, pero lo han fastidiado un poco con caminos, caminitos, pasarelas, pasarelitas, puentes... y, claro, cobrando, aunque sea poco, por entrar...





Recorrimos varias veces, arriba y abajo, las carreteras de la Selva Negra: se ve que el territorio está, pese a lo que pueda parecer, densamente poblado, y, además, sirve de paso entre distintas zonas vecinas: hay también un buen servicio de autobuses interurbanos, grandes bichos articulados que te encuentras en cualquier curva, incluso en carreteras estrechas...

Pero sin duda los momentos que más disfrutamos eran, al caer la tarde y llegar a nuestra Gästehaus, los largos paseos por sus alrededores... allí podías perderte en el bosque, que, aunque no lo parezca, está extensamente explotado. de hecho la mayoría de sus árboles son abetor y piceas de plantación... encontrábamos en la oscuridad de la densa vegetación un refugio de paz, alejados de todo, junto a románticos estanques, cuya superficie recorrían familias de fochas -papá focho, mamá focha, y cinco o seis fochitos...- oyendo los pájaros saltando de rama en rama... sabíamos que luego nos esperaba una cerveza, o una copa de buen vino blanco fresco, de los viñedos vecinos... cantaba yo... "Im grünen Wald, da dort die Drosel sing..." "Donde abetos y piceas se alzan en el borde del bosque, he vivido los más hermosos sueños de mi juventud"... aunque a mí me hayan pillado ya en plena Tercera Edad... hermosa Selva Negra...










jueves, 12 de julio de 2018

Worms, donde Lutero y Carlos V...

Impresiones del reciente viaje a Alemania... una breve y frustrante visita a Worms...

Pasando por la autopista, camino al valle del Rhin, veo el desvío a Worms... un aficionado a la Historia no puede dejar pasar un sitio así: allí Carlos V -nuestro Carlos Uno- reunió a los príncipes del Imperio para discutir qué hacer ante las nuevas ideas que estaba extendiendo Martín Lutero, un fraile agustino particularmente crítico son la corrupción de la Iglesia, que había entrado ya en las peligrosas aguas de lo que sus adversarios consideraban herejía... el propio Lutero, confiando en la protección de poderosos príncipes que ya se habían decantado por su bando, compareció ante la Dieta y el Emperador, y mantuvo allí sus posiciones, escapando por los pelos de que no lo arrestasen... me digo: "A la vuelta, paro en Worms": dicho y hecho...

Worms tiene, además, la mayor catedral románica de Alemania. O del Mundo, no las tengo medidas... entrar en el casco antiguo de una ciudad histórica alemana no es difícil: siempre, casi desde cualquier sitio, estás viendo parte de la Catedral, del Dom: o una aguja gótica disparada hacia el cielo, o esas curiosas cúpulas en forma de cebolla que uno asocia más a la arquitectura religiosa rusa, pero que hasta hace poco podían verse también en un hotel de Bielsa... lo de Worms es mejor aún, porque estás viendo todo el mazacote del Dom, en piedra rojiza, señoreando por encima de los tejados... guiándome por él -por el Dom-, pronto encuentro una parkplatz, gratis, además... aparcado, me dirijo a pie hacia donde he visto por última vez las torres...





Atravesando un hermoso parque, encuentro un de esas cosas que ahora llaman tótems, es decir, una columna informativa. Informa, como cabía esperar, de la Dieta: las reuniones de los príncipes del Sacro Imperio con el Emperador se llamaban Reichstag, Día del Imperio, aunque durasen semanas, y de ese "día" viene la traducción castellana de "dieta", palabra que siempre me pone el vello de punta... lo curioso es que ese tótem, por el lado que yo veo, nos lo cuenta en Inglés... y en Latín...  poco se comenta la afición de los alemanes hacia el Latín, esa que sí fue para ellos -y para nosotros- una lengua impuesta por la fuerza del invasor, pero que, lengua de cultura europea durante casi dos milenios, caló muy hondo en Alemania... recuerdo haber leído que, cuando Fellini quiso hacer una versión de su "Satyricon" en su lengua original, es decir, en Latín, insistió en que se contratase a seminaristas alemanes, ya que, en su opinión más o menos fundada. el Latín clásico debía sonar más o menos como lo pronunciaban los alemanes... no se yo, creo que no ha quedado ningún hablante latino para confirmar esa información... recuerdo la bronca que me gané en una cooperativa de la Vila de Gràcia, en Barcelona: nos reuníamos un grupo en un aula dedicada al estudio del Esperanto, y un día se me ocurrió dejar escrito en la pizarra: "Clases de Esperanto, profesor nativo, teléfono...", y aquí un número falso... me acusaron de estar cachondeándome de un Idioma que era la Esperanza de la Humanidad...




Pasado ese punto informativo, seguimos por el parque, en dirección al Dom, y vamos encontrando sucesivas calles cortadas por andamios metálicos... rodeamos a distancia el edificio: sólo queda accesible una puerta lateral... cerrada:el resto, lo que supongo es la fachada, está cubierto por un intrincado andamiaje metálico; sobre nosotros vuela un enorme graderío, y diversos carteles informan que el espacio está cerrado, durante todo el mes de Julio, por representaciones de "Los Nibelungos"...

Me ha vuelto a pasar; en München encontré, hace cuatro años, la impresionante vista de la Feldherrenhälle tapada por el escenario de un concierto de Rock, y en Nürnberg, el Campo del Zeppelin -otra reliquia histórica nazi, inmortalizada por Leni Riefensthal en su "Fuerza de la Voluntad"-, invadido por muchachos con mochilas y sacos de dormir, reunidos no para aclamar a su Führer, afortunadamente, sino para hacerse unos canutos mientras escuchaban grupos de Heavy Metal... en Alemania, en el buen tiempo, eso es frecuente... tomo nota para visitar lugares históricos fuera de la temporada de fiestas populares...



Ya que nos quedamos sin ver el Dom, miramos a través de los barrotes: están ensayando, sin vestuario, aunque si, me parece, con peluca, porque la que no puede ser más que Krimilda, con una deslumbrante melena roja, atiende las instrucciones de un regidor con gorrilla... "¡Ponte aquí...! ¡ponte allá...!": Krimilda, obediente, se mueve por el escenario: está de espalda a nosotros y, sin percatarse de nuestra presencia, en un gesto tantas veces inmortalizado por Rafa Nadal, se pellizca por debajo del vestido, y se saca las bragas de la regatera del culo...




miércoles, 7 de marzo de 2018

Dresden, también los buenos hacen cosas malas...

En Diciembre pasado visité, por segunda vez, la ciudad de Dresden, Dresde, decimos nosotros...


El Friso de los Electores; todo porcelana...


Cuando estuve en Praga, nos acompañó en una primera visita a la ciudad una guía colombiana, que vivía allí, así que mi primer contacto con la República Checa -después de las hermosas notas de "Mi Patria", de Smetana, por la megafonía del avión al aterrizar- fue acompañado por el suave acento de las orillas del Pacífico... nos decía: "¿Saben ustedes por qué la ciudad es tan linda...? Porque son mansos, no "peliean", y como no "peliean", no les destrozan la ciudad..."

No es el caso de Dresden, ni de otros que he conocido... y como algún experto en "big data" analice el hecho de que, nacido en Barcelona -que también llevó lo suyo-, he visitado Hiroshima, Gernika, Berlín y Dresden, llegará a la conclusión, sin demasiada base real. de que me atraen especialmente las ciudades que han sido cruelmente bombardeadas... todo lo contrario: las visito con una mezcla de horror, contagio del horror que en ellas se vivió, y sentimiento de culpabilidad, por pertenecer a una Humanidad que tales salvajadas comete...

De hecho, conocí Dresden por motivos laborales: me enviaron a asistir a unas jornadas sobre los Fondos Estructurales europeos, en un momento particularmente dulce: se acababa de inaugurar la azarosa vida del Euro, y Alemania miraba con mal disimulado orgullo la ampliación de la Unión Europea hacia el Este, el "Drang nach Osten" de la geopolítica alemana de siempre, y allí estaban los nuevos socios europeos, deseosos de pillar algún eurillo para remediar su crónica falta de infraestructuras, y hablando obsequiosamente en Alemán... "¡Fíjate -le decía yo a otro hispano: como siempre, nos habíamos agrupado instintivamente por nacionalidades. acogiendo en nuestro grupo, por puro iberismo, al andorrano y al portugués- éstos acaban de ganar la Primera Guerra Mundial; es cuestión de tiempo que ganen la Segunda..."

Para asistir al Triunfo de la Voluntad germana había llegado en un vuelo nocturno, y el taxista que me llevaba al centro de la ciudad, con mal disimulado orgullo, detuvo su coche junto a un puente, para que disfrutase de la vista de los edificios iluminados reflejándose en las aguas del Elba... "Wie Schön!", chapurreé en Alemán, "¡Qué hermoso...!"... y el taxista me debió contestar algo así como: "¿A que sí...?"



Porque a Dresden la llaman "La Florencia del Elba": todas las comparaciones son odiosas, es verdad, pero Dresden es, o era, o fue, una ciudad realmente hermosa; con esa gracia especial de las ciudades con río, sus edificios renacentistas y barrocos bien valían, por sí solos, una visita... pese a que todos, absolutamente todos, habían sido reconstruidos después de la tragedia que se abatió sobre la ciudad.

Entre los días 13 y 15 de febrero de 1945, más de mil cuatrimotores ingleses y americanos machacaron el centro de la ciudad; unas 4.000 toneladas de bombas explosivas e incendiarias, que originaron una "tormenta de fuego" que mató -y ahí las estimaciones varían, como en las manifestaciones- entre 25.000 (según la Guardia Urbana) y 100.000 personas. Prácticamente todas civiles, porque los únicos edificios intactos resultaron ser los cuarteles... todavía se discute si Dresden era un objetivo militar o se trató, simplemente, de una acción gratuita y terrorista, sobre una ciudad atiborrada de refugiados que huían -no sin motivos de peso- del avance soviético, y en un momento en que Alemania estaba ya claramente contra las cuerdas: en todo caso, los responsables de la acción tuvieron la suerte de ganar la guerra, y así asegurarse que no deberían responder ante ningún tribunal, e incluso que una película sobre lo majos que eran arañaría alguna cosa en los "Oscar"... en todos los edificios que visitaría en los días de mi estancia figuraba una placa con tres fechas: construcción del edificio, destrucción "Por los ataques aéreos terroristas anglonorteamericanos del 13, 14 y 15 de Febrero de 1945", y fecha de la reconstrucción por la República Democrática Alemana...

¿Todos reconstruidos...? No, por supuesto: se reconstruyeron los más notables; el resto de la ciudad era -y sigue siendo- más bien rara, con grandes avenidas en el lugar donde debían hacinarse casas medievales o poco más modernas, y edificios de estilo utilitario-socialista, sólidos, pero no excesivamente afortunados desde el punto de vista estético; tonterías, las justas...

Quedó uno por reconstruir; la Iglesia de Nuestra Señora, la Frauenkirchen.

Cortejo de los Electores: Friedrich es el único que mira al público...


Vale la pena comentar un poco la historia de éste edificio: a finales del Siglo XVII, el Elector -príncipe soberano- de Sajonia, Friedrich August II, casó con la heredera de Polonia, y se convirtió, así, en heredero del trono polaco: para aspirar a reinar en Polonia - como ahora, ni más ni menos- era imprescindible ser católico, y el luterano príncipe no tuvo el menor inconveniente en convertirse, edificando al mismo tiempo una hermosa iglesia papista en el mejor solar de Dresden, junto a sus palacios gemelos, su residencia y la de sus amantes, unidos por un oportuno puentecillo, por si las prisas...

Ésta es la Katholische...


La indignación de sus súbditos, todos devotos protestantes, fue considerable: hoy lo hubiesen resuelto con una cacerolada, pero entonces decidieron darle en los morros en forma más artística, y costearon la construcción de la mayor iglesia de la Cristiandad... reformada: y así nació la Frauenkirchen.

Cuando la bola de fuego originada por el bombardeo alcanzó la Frauenkirchen, ardió como una tea en su interior, pero el exterior permaneció incólume... ¡milagro!... pero milagro efímero; en cuanto cesó el fuego y las piedras se enfriaron, se desplomó como un castillo de naipes.

Así la conocí yo; en ruinas; y no porque mis camaradas del Partido Socialista Unificado de Alemania tuviesen manías hacia las cosas de curas o de pastores -reconstruyeron un montón de iglesias-, sino porque quisieron dejar un recuerdo de lo bordes que podían ser, a veces, las democracias occidentales capitalistas... pero se había producido la Reunificación, y la Nueva Alemania de Kohl no tenía ya necesidad de aquel montón de cascotes; había que reconstruir también la Frauenkirchen, y todo Dresden estaba lleno de urnas de metacrilato donde se recogían las aportaciones populares... me acerqué ceremoniosamente a una de ellas, y deposité un euro; viniendo de un país del Sur, pobre y endeudado, más que suficiente.

Bajo el oropel de la Reunificación latía una realidad distinta; una ciudadana de Dresden, que nos acompañaba, nos explicó lo que estaba pasando... las viejas fábricas socialistas habían sido privatizadas y vendidas a empresas occidentales, que rápidamente las habían cerrado, para vender allí sus productos... los jóvenes no encontraban trabajo, y emigraban al Oeste... sólo se había construido una flamante factoría de Volkswagen, acristalada y transparente, se podía seguir desde la calle todo el proceso fabril; pero sólo se montaba un modelo de lujo, poquísimas unidades... Dresden, como toda la Alemania Oriental, había pasado de ser la región más industrial de la Europa Socialista a uno de los múltiples culos de la Europa Capitalista... en las elecciones se mantenía una fuerte presencia de la Izquierda -es decir. de la izquierda a la izquierda del SPD-, pero cada vez subía más la extrema derecha...

Recuerdo al respecto que, el último día de las jornadas, nos recibió oficialmente el alcalde en el Salón de Gala del Ayuntamiento, donde nos habíamos reunido; ya al llegar, me sorprendió ver un inusual despliegue de antidisturbios: mientras el alcalde nos hablaba, vi por una ventana un numeroso grupo de gente que, formados y caminando marcialmente, se acercaban al edificio: vestían todos cazadoras de cuero, calzaban pesadas botan militares, hacían ondear banderas con los viejos colores imperiales -blanco, negro, rojo....- y gritaban rítmicamente consignas... "¡Coño, los neonazis!", me dije...al alcalde le susurraron algo al oído, se despidió apresuradamente de nosotros, y lo vi acercarse al grupo de manifestantes y hablar con ellos... a nosotros nos sacaron por una puerta lateral, sin darnos demasiadas explicaciones... al día siguiente, los titulares del periódico local me ampliaron la información: el equipo de fútbol de Dresden estaba a punto de ser expulsado de la Bundesliga por deudas, y sus seguidores habían ido a exigir que el Ayuntamiento se hiciese cargo de las mismas.. como podéis suponer, lo habían conseguido...

Conservaba un magnífico recuerdo de Dresden, quería que Blanca la conociese, y, qué caramba, también tenía curiosidad por ver en qué se habían gastado mi euro... por eso, en mi última visita a Berlín, contratamos una excursión a Dresden... no era exactamente igual, en vez de unos luminosos y cálidos días de Mayo -ya dicen los alemanes que "Cada Primavera sólo tiene un Mayo"- era Diciembre y hacía un frío que pelaba, y una excursión en autocar, con unos compañeros mitad anglosajones, mitad israelíes (¿Schadenfreude...?), tampoco es mi ideal de visita, peeeero...

Primera imagen de una naranja, la "Appelsinne", la "Manzana de China"...


Dresden no me defraudó: sigue siendo una ciudad hermosa, y a Blanca le encantó: coincidimos, además, con los mercados de Navidad, que en Alemania son todo un espectáculo, y, en un Domingo, la ciudad estaba llena y animadísima... pude recorrer los lugares que recordaba, siempre con algún pequeño problema; encontré cerrada la cervecería municipal, en los bajos del Ayuntamiento, donde había comido y bebido muy bien, pero dimos con un restaurante cerca, donde pude probar un guisote de Wildschwein (Chabalín, para los amigos) más que aceptable...

Como os podéis imaginar, visité mi Frauenkirchen. nada que objetar, le han sacado provecho a mi oiro... aunque han usado algunas piedras de la antigua, tiene aún ese cierto aire Exin Castillos de los monumentos recién restaurados, pero ya irá tomando pátina con el paso de los años, le deseo que siga allí en pie hasta, por lo menos, el próximo ataque aéreo terrorista anglonorteamericano... pasamos rápidamente por su interior, porque estaban diciendo Misa, o lo que tengan a bien hacer los protestantes, que en eso no entro... impresionante también, sehr Gut...

"Mi" Frauenkirchen...


... y su cúpula...


Visitamos también un Weinachmarkt de pago... lo hemos visto por primera vez en ésta ocasión, mercados de Navidad donde hay que pagar una pequeña entrada; dentro se parecen más a nuestras ferias medievales, con chicas de falda hasta el suelo y corpiño y chicos de leotardos y chalecos de cuero, vendiendo cosas más o menos artesanales y más o menos viejunas.... para beber, cerveza y gluhwein, ese vino caliente, azucarado y especiado que, lo confieso, me gusta bastante, en fríos días -o, mejor, noches- invernales alemanes... también este año he apreciado una explosión de gluhwein temático, con frutas variadas... muy bien, se pueden beber... no comparto la opinión de un amigo que me decía: "No hay vino, por malo que sea, que se merezca que hagan eso con él..."



Antes de despedirnos de Dresden, en la plaza del Ayuntamiento, la Rathaus, dos monumentos curiosos...

En el centro de un cuidado parterre, la Trümmerfrau, la mujer trabajadora en el desescombro... Alemania fue desescombrada por mujeres, viejos y niños; los jóvenes habían muerto o estaban en lejanos cautiverios... la Trümmerfrau, botas de soldado, mandil y azada en la mano, pañuelo en la cabeza -¡cómo se pondrían de polvo y cenizas...!- mira, confiada, hacia el Futuro, el Zukunft, que allí le prometían socialista... confío en que, por lo menos, le haya quedado una pensión medio decente, en esta tierra despiadada y liberal...




Y ya en la puerta de la cervecería municipal -benemérito servicio público que todo ayuntamiento debería prestar a sus vecinos-, un Baco, borracho como una cuba y en pelota picada, resbalando sobre el lomo de un burro que no parece más sereno que él... como sabéis, hay casi en cada ciudad turística alguna cosa que hacer si quieres volver allí: en Barcelona, beber agua de la Font de Canaletes; en Girona hay que besarle el culo a una leona; en Dresden, vaya por Dios, frotarle la punta del haba a Baco... el bronce está casi desgastado, de tanto roce... yo lo hice en mi primera visita, y funcionó; lo he repetido, mirando a derecha e izquierda para no ser visto por nadie en semejante trance... no me importaría que el prepucio del dios volviese a conducir mis pasos hacia la hermosa ciudad del Elba, auf Wiedersehen, Dresden...












lunes, 22 de enero de 2018

Paseando por la Nostalgia...

... ¡qué dulce sentimiento...!




Me pregunta hoy una vieja y querida amiga: ¿Y por qué vas tantas veces a Berlín...?": hay un poco de exageración en ello; he ido sólo cuatro veces, en 69 años no es gran cosa, si bien es cierto que las he acumulado en los últimos veinte años, o así, y entonces la frecuencia aumenta considerablemente... le doy la respuesta convencional, no por ello falsa: "¡Es una ciudad tan viva, siempre hay cosas nuevas que ver...!" Pero omito parte de la verdad: revisitar lugares que conoces te permite otro lujo del espíritu; lamentar la pérdida de aquello que te gustó, por algún motivo, y que ha desaparecido ya, dejarte resbalar por la agridulce senda de la nostalgia...

"Mi" Hotel en Berlín, al que nos mantenemos fieles desde la primera visita, tiene dos entradas: una de ellas, la que da en dirección a lo más bullicioso de Alexanderplatz, es un amplio pasillo acristalado, rodeado de locales comerciales; en uno de ellos había, hasta ahora, una deliciosa pastelería; "Pastelería", en Alemania, es un término que no llega a reflejar la realidad en toda su magnitud; un lugar delicioso, lleno de todo tipo de objetos azucarados, glaseados, un Paraíso de olores y colores que presagian sabores y, -¡ay!- obstrucciones varias de las coronarias y agujeros corridos en los cinturones... en uno de mis cuentos, un personaje quedaba irremediablemente adherido al escaparate de dicha confitería, babeando cual cascada pirenáica, y había que arrancarlo de allí a la fuerza... al mediodía y por la noche podías también comer allí, lo hicimos una vez, y eran dignas de mención las voluntariosas pero poco logradas traducciones al Castellano de su carta, donde una simple pechuga de pollo a la plancha podía transformarse en imaginativas "Aves a la flama"... la Pastelería ya no está allí, no queda ni siquiera su delicioso aroma, sustituída por una tienda de una de las muchas telecom, que maldita la falta que nos hacen a los que estamos en "roaming", con unas incongruentes bicicletas estáticas que me hicieron creer, en un primer momento, que se trataba de un gimnasio... y, para más INRI -o "para forro botas", como se decía en mi tierra- tiene justo enfrente la abominación de un Burguer King, un Mcdonals, o algo así, que nos juramos no pisar jamás, salvo peligro de muerte por inanición...



Al otro extremo del Unter der Linden, en la Pariserplatz, justo al lado de la Puerta de Brandenburgo, había un hermoso café, decorado con trampantojos de librería, aunque también podían encontrarse libros reales en estantes distribuídos por sus vastas salas... sus cómodos sofás invitaban a prolongar la estancia un ratito, en un ambiente acogedor... si tenías necesidad de visitar los servicios-problema tan frecuente entre los turistas, siempre lejos de su base-, allí disponías de unos no menos hermosos, dominados por una fuente en oscura piedra verde, y atendido por un eficaz Herr Pipí -y no una Madame Pipí; no era infrecuente entonces encontrar en Berlín lavabos al cargo de caballeros-, al que retribuías dejando una moneda a tu libre elección en un platillo; hoy se ha generalizado indicar que el "servicio" cuesta 0,50 euros... recuerdo de nuestro primer viaje a Berlín, en tiempos del Mark, que el precio en los amplios y futuristas lavabos públicos eran también 0,50... justo la mitad que ahora... dicho café tampoco existe; ha sido reducido a la mínima expresión, un espacio estrecho e incómodo, poco acogedor, desprovisto de su elegante decoración... nos deja el recuerdo de la noche en que caímos en medio de un vernissage o una presentación de algo, con mesitas a la gélida intemperie berlinesa, dotadas de mantitas en sus sillas, donde los invitados -y algún visitante, seguramente confundido por su porte sumamente correcto e incluso elegante- recibían de atentos camareros copas de champagne, cava o sekt...






Nos gusta revisitar Spandau, porque es lo más parecido a un pueblo al que puedes llegar en S-Bahn, o incluso en U-Bahn; allí, en su casco antiguo, habíamos localizado en nuestra última visita un restaurante sumamente cálido y acogedor, con especialidades de la comida tradicional berlinesa, atendido por una amable señora, cuya eficacia llegaba al extremo de lograr explicarme los platos en forma accesible a mi nivel de Alemán... hacia él, la vieja "Casa de la Aduana" -Zollhaus- nos dirígiamos, ya con cierto apetito, cuando descubrimos con horror que se había transformado en un restaurante vietnamita, sospechosamente especializado en sushi, cocina que admiro y de la que disfruto, pero en las antípodas de la sabrosa contundencia que esperaba encontrar...





¡Adiós, Zollhaus, hola, Sushi...!


En nuestra primera visita a Berlín, en cada esquina encontrabas un puesto callejero donde vendían, a precio de saldo, piezas de uniforme soviéticas y de la DDR: gorras y gorros de todos los pelajes, insignias, condecoraciones más o menos falsas... como buen turista, picabas, y tengo en casa bastantes de esas piezas, de dudosa procedencia... incluso -y ese, comprada aquí, en Barcelona- un machete-bayoneta de AK-74... el lugares estratégicos, personajes ataviados con uniformes te invitaban a hacerte fotos de muy dudoso gusto, tentación en la que sólo caían gentes tan desaprensivas como ellos... hoy todo eso ha desaparecido, y sólo encuentras en lugares muy concretos personas de las repúblicas asiáticas de la extinta URSS intentando colocar sus chapkas peludos, seguramente fabricados en China, a pocos metros de las inmensas fábricas donde se manufacturan sombreros mexicanos para venderlos en las Ramblas...


¿Quién se haría una foto así...?

Por supuesto, cada nueva visita te hace descubrir nuevos lugares, que asocias a momentos vividos, y pasan a incorporarse a tus paisajes del alma,,, bueno es que también en esos paisajes se produzca una necesaria rotación, pero siempre queda el recuerdo de los que ya no están más que en nuestra memoria, así van las cosas en la vida...



martes, 20 de diciembre de 2016

Ik liebe Berlin

Todavía con el corazón encogido ante lo que ha pasado en Berlín... es este momento, aún no hay versión oficial, pero la semejanza con el atentado de Niza es aterradora... no puedo dejar de pensar en Berlín, mi Berlín...




No es una clasificación muy científica, pero, a estas alturas de la vida, divido las ciudades en tres categorías; ciudades en las que me gustaría vivir; ciudades en las que NO me gustaría vivir -por bellas y deslumbrantes que sean, un ejemplo podría ser Roma- y ciudades que ni fu, ni fa... ¿Qué les pido a las de la Primera Categoría...? por tonto que parezca, un buen sistema de transporte público -¡Hey, amigo Pau Noy- que haga accesibles todos sus rincones, (algo que hace extrañamente acogedor un monstruo como Tokio) una densidad cultural que haga apetecible moverse por ella, sosiego -relativo-, silencio -relativo también-, y ese algo especial que tienen los lugares donde sospechas que todo el mundo puede encontrar su hueco.... llevábamos dos horas en Berlín, y ya le decía a Blanca: "¿Tu ves...? aquí no me importaría quedarme unos cuantos meses..." y ella, que me conoce, estoy seguro de que lo entendió.

He estado tres veces en Berlín, que ya es mucho, teniendo muchos más sitios a donde ir, muchos más que oportunidades...  siempre he estado en el crudo Invierno centroeuropeo, con un frío pelón, pero también con sus calles llenas de animación, de vida -¡hay que joderse!-, que se concentra, se sublima en sus mercados navideños... con independencia de las creencias de cada uno -con mucha independencia-, hay algo en la Navidad que me conmueve: esa nostalgia de un tiempo que seguramente no existió jamás, y que difícilmente existirá, donde hombres y mujeres son buenos, las familias, felices, los jefes, simpáticos, las luces, de colores y haciendo guiños, padres y madres llevan a sus niños cogidos de la mano, el aire huele -allí, por lo menos- a vino caliente con especias y a mazapán de gengibre... justamente a ese mercado de Navidad de la K-damm, al pie de la "muela cariada" -como llaman los berlineses, que son unos cachondos, a las ruinas de la Iglesia del Kaiser Guillermo- estuvimos, creo, en cada uno de nuestros viajes; allí donde se ha estrellado el camión se compró Blanca una bufanda de lana granate, y a pocos pasos, unos simpáticos muchachos nos invitaron a un pastelito de bizcocho con marihuana -estaba rico-, y nos insistían en que podíamos comprarles más, aunque viajásemos a España, "En la aduana no os dirán nada", afirmaban, muy seguros...

En uno de mis cuentos sobre El Oso, en el más largo de ellos, mi personaje visitaba Berlín; allí era acogido por otro oso, Knut, subían a la planta más alta de "mi" hotel, el Forum, en Alexanderplatz, un monstruoso rascacielos exsocialista, pero que está en el cogollito- y, desde allí, le explicaba Berlín, con estas palabras:


“Aquí tienes mi ciudad –me dice Knut-, y tuya también, porque eso quiere decir Berlín, “Ciudad del Oso”, por eso verás efigies nuestras en todas partes, y a nadie extrañará nuestra presencia, porque la gente creerá que somos hombres-anuncios del Ayuntamiento. En mi caso es aún más verdad, porque yo he nacido aquí, puedo decir lo mismo que dijo Kennedy, “Ich bin ein Berliner”, soy un berlinés, aunque no faltaron los que se cachondearon de él, porque un Berliner es también un bollo relleno de crema, están muy ricos, ya te invitaré a una o dos docenitas, entran solos… 

Berlín es, al mismo tiempo, la Capital de Alemania, y una ciudad imprevisiblemente  poco alemana, abierta a la Europa oriental, las fronteras de Polonia están muy cerca –bueno, van y vienen, las fronteras polacas tienen una desconcertante tendencia a la movilidad-; de hecho, los primeros berlineses eran eslavos, y muchos de los nuevos lo vuelven a ser:  en medio de una llanura abierta a todos los vientos, arenosa, pantanosa, muy cerca del Báltico, recorrida por ríos tan caudalosos como perezosos, que se remansan en lagos por todas partes. Hay ciudades desde donde se ha construido la Historia; Berlín lo intentó varias veces, pero, al final, ha sido la Historia la que ha acabado construyéndola a ella: ha pasado de dominadora a dominada con increíble rapidez y con reiteración aterradora: en los últimos doscientos años, esto ha sido un desfile de reyes prusianos, dragones franceses, emperadores germanos, estraperlistas de la hiperinflación, imperios de mil años, ocupantes con medias de nailon o con gorro de símil piel, muros que dividían, manifestaciones, bombardeos, desembarcos de multinacionales multimillonarias, arquitectos superstars… así ha quedado, una ciudad hecha por cuatro grandes urbanistas: Schinken, el equilibrio y la serenidad neoclásica: Speer, la megalomanía ilustrada al servicio de la barbarie: las Fuerzas Aéreas angloamericanas, grandes creadoras de espacios abiertos, y los especuladores de la última ocupación, la Reunificación, que parecen niños de colegio compitiendo a ver quién la tiene más larga: entre unos y otros, si añadimos los bloques de la Depresión, las casitas de los enchufados en los economatos americanos, y los prefabricados de Plan Quinquenal, les ha quedado éste caos donde, extrañamente, nadie se siente fuera de su lugar, donde coexisten ancianos alemanes que se ponen muy nerviosos si les preguntas qué estaban haciendo en el 43 y sus descerebrados nietos rapados y con bombers, -hace falta tener cojones para ponerse una chaqueta que se llame “bombardero” en una ciudad que dejaron como la palma de la mano- con okupas anarquistas, trabajadores turcos de segunda generación, que ya ni saben donde cae Turquía, vietnamitas que vinieron cuando estaban ganando la guerra a los Yanquis en su tierra, y vieron como los yanquis la ganaban aquí, angoleños, colombianos, polacos, bielorusos, estudiantes de Erasmus de todas las leches… y todo el mundo, por difícil que parezca, se encuentra a gusto aquí, acaba haciéndose un huequecito, tanto la ancianita de medias ortopédicas y zapatos de plástico blindado que sigue creyendo que con Breznev vivíamos mejor, como el yupy de Hannover que ha comprado por medio millón de euros un barrio entero de pisos de veinte metros cuadrados con cagadero colectivo al fondo del pasillo, y que piensa convertirlos en apartamentos de lujo para veinteañeros californianos… tú también sucumbirás a su encanto, ya verás…

Quizás algún día me anime a colgar ese cuento, que hasta ahora solo he distribuido en la más estricta intimidad; pasan con él cosas raras, muy "Cuarto Milenio", no sé si me explico... de entrada, Knut, el osito blanco, que era la estrella del Zoo de Berlín, murió mientras lo escribía, y tuve que introducir un giro argumental... a los dos días de acabarlo, falleció otro de sus personajes reales, Jorge Semprún; con otros -Hitler, Stalin...- no existía el problema... hay también una referencia a Fidel, del que uno de los personajes afirma; "Ese, nos entierra a todos..."; bueno, ya se ha visto que no ha sido así... por no hablar del cadáver más cadáver que juega un papel importante en la trama, José Luís Rodríguez Zapatero, felizmente vivito y coleando, pero ante cuya tumba, como el Gran Wyoming, me recojo con frecuencia en oración... pero lo de ayer ya supera todo lo esperable... ¿Sabéis cómo entra y sale mi personaje principal en Berlín..? En un trailer polaco...

Berlín sigue muy cerca de mi corazón, no descarto volver, y pronto, desde ayer tengo aún más ganas... Ik -no ich, los berlineses dicen "ik"-, ik liebe Berlín... a una ciudad a la que le ha pasado de todo, menos quedarse preñada, le faltaba ese puntito de horror de un buen atentado para hacerla aún más querida a los que hemos sucumbido a sus encantos... desde aquí le envío un abrazo, junto a una de sus más bellas esculturas, precisamente por no ser bella, la "Pietá" de Käthe Kollwitz, una madre pobre, proletaria, que acuna a su hijo muerto en el Memorial de la Neue Wache, y aquellos versos del himno de la República Democrática Alemana: "Daß nie eine Mutter mehr Ihren Sohn beweint", "Que nunca más una madre llore a su hijo"....