miércoles, 3 de junio de 2015

Madre Nuestra, que estás en Spreeboge...

Seguimos las aguas del Spree:es un viaje que he hecho por sus orillas, porque en Invierno no hay barco que se atreva a congelar al personal... pero me tengo prometido ir una vez a Berlín en tiempo más propicio, y es un recorrido que haré sin falta...


Berliner Dom

Cruzada la Prenzlauerallee, el Spree se divide en dos: deja atrás la Berliner Dom, la severa catedral luterana, panteón imperial de los Hohenzollern, y rodea amorosamente la Isla de los Museos, la Museums Insel: allí, en pocos -es un decir- metros cuadrados, encontramos las maravillas de la Historia del Arte antiguo que los audaces arqueólogos alemanes, con sus salacots y sus patillas blanquecinas saliendo de los anchos bermudas, excavaron y rescataron a lo largo y lo ancho del Mundo Clásico, desde el pórtico entero y verdadero de un templo de Pérgamo, a una de las Puertas de Babilonia. Por principio, soy enemigo de los expolios, y me gustaría que las obras de arte y los documentos puedan verse allí donde nacieron y donde, al fin y al cabo, viven los descendientes de los que los encargaron... y los pagaron: y eso vale para los Papeles de Salamanca, para las obras de arte de la Franja, y para las de Sigena... pero reconozco que las hazañas de los radicales islámicos me están haciendo admitir excepciones, y ya no me importa tanto que el bellísimo busto de Nefertiti esté a tantos miles de kilómetros de donde nació, al amparo de cualquier iluminado que pueda considerarlo un ídolo -y, por lo tanto, contrario a los criterios estéticos y el afán de exclusividad de cualquier ser hipotético-, y en una cómoda y cuidada salita berlinesa, donde no le alcanza más riesgo que el derivado de que algún turista gilipollas se olvide de desconectar el flash, y se gane una bronca de sargento prusiano...



Pasada la Isla, inicia el Spree un profundo meandro, el Spreeboge, donde separará los dos edificios desde donde se rige la República Federal Alemana y, de rebote, Europa, por la parte que nos toca: el Bundestag y la Cancillería Federal.

El Bundestag queda en la orilla izquierda del Spree y, en propiedad, le da la espalda, ya que su entrada principal se halla en la amplia plaza que se abre hacia el Tiergarten. Un mazacote neoclásico, regalo del Kaiser -junto con una Constitución- a su pueblo (eso quiere decir, justamente, la inscripción que campea en su frontispicio, "Al Pueblo alemán..."), el Reichstag fue todo un precursor, puesto que ya estaba en ruinas antes del primer ataque aéreo aliado: fue destruido por un pavoroso incendio, obra de un comunista holandés (o, por lo menos, a él le cargaron el muerto), lo cual dio motivo a Hitler para no volver a convocar nunca más sesiones del Parlamento: total, ya solo iban los diputados nazis -la oposición estaba detenida o exiliada- y para reunirse unos amigos podían quedar en cualquier cervecería... en la entrada hay un curioso monumento que, sinceramente, recuerda una hilera de tostadas quemadas: placas de pizarra que recogen los nombres de los diputados de aquella última legislatura de la República de Weimar que fueron asesinados por los nazis...

El Spreeboge en obras, año 2000: luego, todas esas grúas vinieron a España...

Reichstag

Reichstag desde Spreeboge

A los diputados muertos...


De todas maneras, tampoco hay que escandalizarse, porque Hitler, ya en sus momentos iniciales, se cargó también a Ernst Röhm, su amigo de toda la carrera política y jefe de las SA, en un confuso incidente en que aprovechó para, con la ayuda del Ejército, eliminar al ala izquierda del Partido. Uno de los argumentos utilizados fue la homosexualidad de Röhm que, por supuesto, era conocida por todo el mundo, empezando por el propio Hitler. Como Röhm era ministro del gabinete, pronto se difundió un panfleto donde se decía: "El Artículo XX de la Constitución queda redactado de la siguiente manera: el Canciller nombra, cesa y fusila libremente a sus ministros..."

De todas maneras, los azares de la guerra no fueron buenos para el Reichstag, y cuando los soldados soviéticos lo escalaron para poner en él su bandera, su estado era más que lamentable, y así iba a seguir durante décadas; situado en la divisoria entre las dos zonas, no se abordó su reconstrucción hasta la Reunificación, dentro del complejo proceso que supuso trasladar a Berlín todo el aparato político de la República Federal, sacándolo de la idílica Bonn, la "Bundesdorf" la "Aldea Federal"...

La reconstrucción del Reichstag fue polémica, porque se encargó a Norman Foster construir una enorme y etérea cúpula de cristal sustituyendo la antigua...una vez la miras dos veces, ya te empieza a gustar más, y hay que reconocer que, de noche e iluminada, resulta doblemente espectacular.

Cúpula del Reichstag

La Cúpula, de noche...


Tras guardar una cola respetable, la cúpula del Reichstag es visitable, y asciendes por una rampa -hay una para subir, y otra para bajar- que te permite contemplar, desde arriba, el espacio donde celebra sus sesiones el Bundestag: observo que, en vez de escaños, tienen sillones bastante individuales, y me parece no solo bien, sino recomendable: el escaño propende al compadreo y al gamberreo escolar, a pitar al contrario, patear el suelo, pedir al colega que vote por ti cuando vas a llamar por el móvil, y decir "¡Que se jodan,,,!" El sillón individual es como más formal, debes sentirte allí rodeado por tus electores, que incluso te pueden mirar por encima del cogote, y seguramente se te pasan las ganas de jugar al "Candy Crush".



Sala de Sesiones del Bundestag



En la orilla derecha del Spreeboge se alza, desde hace pocos años, el impresionante edificio moderno y blanco de la Cancillería: tiene en su puerta principal un enorme Chillida, que recuerda dos garras de hierro encontrándose, y uno no sabe si el artista quiso representar las manos reunidas de los alemanes, o las que nos iban a echar al cuello a los derrochones y expertos en vivir-por-encima-de-sus -posibilidades del Sur. De cualquier manera, desde su limpio y acristalado Olimpo, nuestra Gran Madre Blanca envía mensajes que son más que órdenes a dóciles y acongojados gobernantes... un querido profesor mío, bilbaíno, me contaba que su abuelo, un liberal de los de antes, se santiguaba cada vez que pasaba por la puerta de la sede de uno de los dos grandes bancos -Bilbao y Vizcaya- que había entonces en su ciudad: disimuladamente, hago lo mismo ante la Cancillería Federal, y murmuro una breve oración... Madre Nuestra que está en Spreeboge, perdona nuestras deudas...

Blanca en Spreeboge

Cancillería Federal


Más allá, el Spree se divide: parte constituye el Puerto Occidental, y su rama sur bordea el Tiergarten: pasa antes por dos lugares de interés: La Charité, el hospital más antiguo de Berlín, cuyo nombre atribuyo a la herencia francesa de los Hugonotes, o a la francofília de Federico el Grande, y el Bendlerblock, la sede del Alto Estado mayor germano durante la guerra, donde Tom Cruise fue sumariamente ejecutado tras su fracasado intento de acabar, de una tacada, con el Führer y con la Guerra: allí se levanta el Monumento a la Resistencia Alemana, notable por el valor que demostraron quienes la integraron... y, para qué vamos a engañarnos, por su escaso número: supongo que el patriotismo mal entendido ahogaba los escrúpulos de quienes moralmente no podían admitir la locura criminal de sus gobernantes... se ha escrito mucho sobre ello, dejémoslo así...

Y dejemos aquí también a nuestro río, que se dirige, no al mar, que es el morir, sino al Havel, su hermano mayor, que llevará sus aguas hacia el Elba... Mañana os seguiré contando cosas...





martes, 2 de junio de 2015

Berlín: Am grünen Strand der Spree



Vaya por delante que siempre he estado en Berlín en Invierno: no he podido, por lo tanto, disfrutar de las “Verdes orillas del Spree”, que he visto nevadas, escarchadas o, simplemente, tiesas de un frío pelón: pero en una ciudad con río, hay que aprovecharlo, y dejarte llevar por sus aguas como eje de una visita, aunque sea parcial, a sus orillas…

El Spree es un río manso, de llanura, no demasiado ancho ni caudaloso, según los estándares centroeuropeos, pero de los que no vemos en esta seca Península de nuestros pecados: entra en Berlín por el Sur, después de cruzar la Spreewald, un denso bosque, escenario de los últimos choques entre las vanguardias soviéticas y los defensores a ultranza -me gusta la expresión francesa, “Jusq’auboutistes”- del régimen nazi, y donde aún se encuentran, de vez en cuando, los esqueletos calcinados de vehículos de combate y los restos insepultos de sus tripulantes. Se embolsa en el Gross Mügelsee, que es, desde luego, un lago muy grande, rodeado de las casitas donde veraneaban los proletarios de la República Democrática Alemana, y  pasa luego por Köpenik, el pueblo del famoso Capitán, un sastre que se hizo pasar por mando militar, aprovechándose del innato respeto hacia los uniformes de sus conciudadanos y consiguió así resolver un problemilla que tenía con las autoridades municipales. Köpenik está ya dentro de la aglomeración metropolitana de Berlín, y se ve algún puerto fluvial, con los modestos yates de la nueva burguesía oriental, rodeados por los miles y miles de parcelas con casitas de madera, donde los berlineses orientales, al igual que mis amigos boltañeses en sus huertos, mitad productivos, mitad deportivos, pasan el finde cultivando cuatro patatas, seis coles, pepinillos para conservar en vinagre y, en verano, fresas, frambuesas y arándanos.


Blanca en Gross Mügelsee

Dentro del Berlín propiamente dicho, ya corre paralelo a él, por el sudoeste, el Landwehrkanal, el Canal de la Guardia Territorial, del que luego hablaremos; entre uno y otro, el barrio de Kreuzberg: ya tiene narices que sea el barrio de la Montaña de la Cruz el más musulmán y otomano que pueda encontrarse al Oeste de la Turquía europea… la emigración ha echado allí sus raíces, y no solo la turca, como nos explica la simpática bibliotecaria de su activísimo Centro Cívico: fue también refugio de hugonotes franceses, de españoles e italianos, y hoy de polacos y exsoviéticos en general… pero son, sin duda, los turcos quienes marcan su carácter: en todos los lavabos encuentras el grifito y la rejilla para las abluciones anales postuso, y en las calles florecen los kebabs; no os perdáis los escaparates de las tiendas de moda: todos los maniquíes femeninos llevan un artístico pañuelo en la cabeza. También pueden admirarse los disfraces de almirante otomano -con turbante, capa y alfanje- con que visten a los niños para la ceremonia de la Circuncisión, ni más ni menos que el uniforme de marinerito que lucí para mi Primera Comunión, que superé, afortunadamente, con todos mis colgajos de piel en su sitio; al parecer, gracias a San Pablo, que no consideró necesario que los nuevos Cristianos prescindiesen de su prepucio. ¡Loor a él!.







Ya hemos pasado Kreuzberg, y el Spree entra en Mitte, el centro histórico, el corazón de la ciudad: allí se asoma al río el Nikolaiviertel: debe su exótico nombre, “Barrio de Nicolás”, al Zar de todas las Rusias, aliado de los prusianos contra Napoleón, que se asentó por allí en su visita a Berlín, después de zurrar al Corso en la Batalla de las Naciones, en Leipzig: Nikolai era un barrio de casitas bajas, tejados inclinados y calles estrechas, y así ha sido reconstruido después de los bombardeos, siendo lo más parecido a un Casco Antiguo dentro de Berlín: se conserva el Nüssbaum, el Nogal, el bar más antiguo de la localidad, tiendas “bonitas” -de cosas poco útiles, pero interesantes, incluyendo una increíble de osos, el tótem que compartimos Berlín y yo- y unos cuantos restaurantes sumamente agradables, donde suelo ofrecerme el homenaje de un importante Eisbein -el codillo de cerdo hervido y conservado en sal-, acompañado por coles, patatas y mostazas diversas.


Zum Nüssbaum, el bar más antiguo de Berlín

Eisbein, hummmm!


En la Iglesia de Nikolai, transformada en sala de exposiciones, pude visitar una, sumamente reveladora de lo que había sido la Transición del Socialismo Realmente Existente al Capitalismo No Menos Real: reflejaba la vida de una población cercana a Berlín -oriental, por supuesto- donde existían unos importantísimos Altos Hornos, que abastecían no solo a la industria germanooriental, sino también a los restantes países socialistas y a la propia Unión Soviética, dentro del Mercado Común que tenían establecido, el CAEM: la Alemania Oriental, dentro del bloque socialista, era una pequeña potencia industrial, y los propios alemanes se reían del comercio con la Unión Soviética, a la que llamaban “Nuestra Neocolonia”, ya que les compraba sus productos industriales a cambio de materias primas. También había en la pequeña ciudad una base de las Fuerzas Aéreas germanoorientales, que generaba no pocos puestos de trabajo.

Con la Reunificación, el efecto fue inmediato: un organismo estatal -del Estado Federal- saldó todas las empresas orientales, de titularidad pública, y las adjudicó a grandes conglomerados industriales occidentales, que, inmediatamente… las cerraron, declarándolas obsoletas, y sin la menor intención de reconvertirlas. Exactamente lo mismo pasó con las Fuerzas Aéreas; sólo conservaron los Mig-29, porque eran netamente superiores a sus equivalentes occidentales… pero para vendérselos a los yanquis, para aprender de su tecnología: el resto, al vertedero… o a ejércitos del Tercer Mundo: muchos equipamientos militares de la DDR acabaron en manos de unos y otros, en los Balcanes… Resultado: de una orgullosa ciudad de proletarios, a un club de la Tercera Edad prematura, llena de prejubilados, subsidiados y, simplemente, pobres. Eso sí, con BMW’s de quinta mano por todas partes…

Pasado Nikolaiviertel, tuve aún tiempo, en mi primera visita, de contemplar el Palast der Republik: un edificio moderno, de cristal ahumado y aluminio anodizado, de estética comentable -más que discutible- sede de algunas dependencias oficiales de la República Democrática Alemana y, además, lugar donde se celebraban convenciones, actos públicos, exposiciones, bodas (civiles, por supuesto)… se encontraba cerrado y en obras, al parecer por asbestosis: así había visto yo también el Berlaymont de Bruselas, pero en este caso sospeché que la cosa no  iba por ahí…

Palast der Republik... ¡Ojo, ya no existe...!


En la segunda visita pude confirmar mis temores: el Palast había sido demolido, recuperando el espacio donde, en su día, se alzaba el Palacio Imperial de los Hohenzollern… pero peor fue enterarme, en la tercera, de que el Gobierno Federal se proponía reconstruir el viejo palacio, un pastiche neoclásico infumable, que costará un Congo… doña Angela, a veces, parece también vivir por encima de sus posibilidades, la muy j….

Justamente en frente, al otro lado de la Prenzauesberg Allee, en los bajos de un moderno bloque, se encuentra el Museo de la antigua República Democrática Alemana: alterna elementos de terror -la reproducción de las celdas y las salas de interrogatorios de la Policía Secreta, la Stasi, muy similares a los que usaban sus colegas nacional-católicos de aquí, por cierto, y supongo que bastante en la línea de los que emplean los adalides de la Democracia en Guantánamo- con otros involuntariamente cómicos, como la descripción del Servicio Militar, que se parece a la de todos los servicios militares del Mundo, ni más ni menos… también llaman la atención las reproducciones de interiores domésticos, que demuestran por qué la DDR nunca ganó ninguna medalla olímpica en Interiorismo, pero tampoco difieren demasiado de las casas pequeñoburguesas españolas de los sesenta, con sus eskais y sus horribles papeles pintados… y en cuanto a los Telediarios…una mezcla del No-Do, Urdaci, Telemadrid y las entrevistas de Mónica Terribes a Artur Mas, nada tampoco que no nos resulte familiar… salgo de allí silbando el viejo himno de la DDR, mucho más bonito que la mayoría de los que conozco, y con una letra bellísima… “Levantándonos entre las ruinas, y mirando de frente el Futuro…” ¡Ay, DDR…! “Kleine, aber meine”…”Pequeña, pero mía”, decían los pocos ciudadanos que optaban por quedarse dentro…

El Trullo

¡Yo no he sido...!

Solo falta, en la Tele, Jesús Álvarez...



Queda mucho Spree por delante, lo dejo para la próxima entrega…



lunes, 1 de junio de 2015

Berlín Alexanderplatz

Inicio una semana en la que, me temo, no voy a dejar de oír hablar de Berlín en todo el p... día, y descubro, con horror, que apenas si he escrito cuatro líneas sobre mi ciudad favorita... intento corregir, de urgencia, semejante aberración, y me prometo contar después muchas, muchas cosas de Berlín...

Hemos ido tres veces a Berlín, y tengo la intención de repetir varias veces más, en la medida en que los años crecientes y los recursos menguantes -los, espero que ya inminentes, sucesores de Montoro- me lo permitan, y las tres veces nos hemos alojado en el mismo hotel, en Alexanderplatz. El edificio es el rascacielos más alto del Berlín Este -y supongo que sigue siéndolo también en el Berlín unificado-, construido para demostrar que a los arquitectos socialistas les podían salir cosas tan impresionantes y pretenciosas como a sus colegas del Mundo Libre, y tiene un montón de pisos, muchísimas habitaciones, un casino en la última planta, y unas vistas alucinantes sobre la ciudad, aunque supongo que en Recepción deben tener mi ficha política, y siempre me han tocado ventanas mirando al Este, para que aprenda... Las habitaciones son acogedoras y funcionales, con el curioso detalle de que el cuarto de baño es completamente transparente -aunque no el retrete, a Dios gracias-, por lo cual no os aconsejo que compartáis habitación con alguien al que no estéis dispuesto a ver salir de la ducha buscando a tientas la toalla. Tiene, como cabe suponer en Berlín, un desayuno de buffet libre pantragruélico, que bastaría para cubrir las necesidades calóricas de medio Togo durante una semana, y que recomiendo afrontar con suma prudencia y parquedad.




La primera vez, llegamos a Berlín por el Aeropuerto de Tegel, en la antigua Zona Occidental, y nos trasladamos hasta Alexanderplatz en taxi, recorrido inolvidable porque nos permitió cruzar parte del Tiergarten en dirección a la Puerta de Brandenburgo, y enfilar después Unter der Linden: pero en las dos veces siguientes hemos llegado al aeropuerto de la antigua Zona Oriental, Schönefeld -¡Qué nombre tan bonito, "Campohermoso"!- donde se está construyendo, a ritmo más hispano que germano -muchos años de retraso, desviaciones presupuestarias estratosféricas- el nuevo aeropuerto de Berlín- y hemos podido aprovechar una de las más importantes propiedades de Alexanderplatz: su condición de nudo de comunicaciones. Hay en ella una estación de DB, los ferrocarriles federales alemanes, cercanías y largos recorridos, otra del S-Bahn -suburbano berlinés-, otra de U-Bahn -el "Metro"-, líneas de autobuses y de los tranvías que recorren la Zona Este... puedes llegar hasta allí en el S-Bahn, haciendo solo un transbordo, y a un precio sumamente asequible. Empiezas así a disfrutar del transporte público que hace de una ciudad como Berlín, con enormes distancias y zonas claramente diferenciadas, tremendamente accesible y cómoda, en cuanto has aprendido a moverte por él.



De la plaza, en sí, poco puedo decir: es ligeramente desconcertante. Supongo que, después de los bombardeos aéreos aliados y de la artillería soviética, debió quedar como la palma de la mano, y todo lo que se ha construido en ella -edificios racional-socialistas, imagino que con mucho prefabricado-, aún siendo armónico, tiene un cierto aire de provisionalidad. Posiblemente alguien barajaría la solución de no reconstruirla y fragmentarla en otras plazas o calles, pero al enterarse de que había una famosa novela -y una no menos famosa película- así llamadas, Alexanderplatz se salvó, aunque los informales la llamen, simplemente, Alex.

A parte de la gigantesca estación de ferrocarril y el más gigantesco aún hotel en que me alojo, hay un no menos gigantesco edificio de Grandes Almacenes, que era la alternativa oriental al KdeW, el gigante occidental, y que no deja de ser una especie de Corte Inglés, y, luego, en los bajos de todos los edificios que la rodean, tiendas de todo lo imaginable, y restaurantes de todas las etnias, española incluida... en mi primera visita descubrí una tienda de calzado barato -hacía poco que había caído el Muro, y la diferencia entre los niveles de vida del Este y el Oeste era palpable -llamada "Delgado", mi apellido materno... ya no la he vuelto a ver, supongo que mi insospechado pariente se la ha vendido a alguna franquicia...

En el centro -o casi- de la plaza, hay un ingenioso Reloj Universal, donde puedes comprobar la hora simultáneamente en cualquier lugar del Mundo, muy divulgación científica socialista... la última vez que estuve por allí, recorrían la plaza unos desdichados beneficiarios de los Minijobs de Angela Merkel, hombres-salchichería ambulantes, con una bombona de butano en la espalda, un fogoncito apoyado en los mismísimos, y un paraguas que los protegía de la nevada: recordé una frase leída en una tienda de recuerdos berlineses: "Ha habido dos días muy duros en mi vida: cuando me enteré de que todo lo que me habían dicho del Socialismo era mentira, y cuando me di cuenta de que lo que me habían contado del Capitalismo era verdad"




Durante el mes de Diciembre, ocupa el centro de la plaza un mercadillo navideño, un Weihnatchmarkt: eso la transfigura por completo, se llena de cabañas de madera modelo Selva Negra, donde venden todo tipo de adornos, lucecitas, velitas... algunos, como los molinetes impulsados por el calor de las velas sobre unas aspas, son especialmente bellos... se come de todo, en los Imbiss -donde te sientas en altos taburetes, en torno a mesitas en forma de tonel- o, simplemente, andando por la calle: el aire huele a docenas de variedades de salchichas, con salsas muy diversas -arrasa el Curry, hay que ver qué cosas...- y a las coles en todas sus advocaciones, incluyendo una col verde frita realmente impactante: se bebe cerveza a hectómetros cúbicos y, para rematar, Gluhwein, vino caliente con especias, que no admite término medio; o te sabe a rayos o, como es mi caso, te gusta y te lo tomas para reconfortarte antes las bajas temperaturas... también en ese caso favorece tener el hotel ahí mismo, al que puedes llegar hasta a gatas... en un mercadillo navideño, unos simpáticos jóvenes me ofrecieron magdalenas hechas con cannabis, que comí esperando lograr evocaciones sumamente proustianas... intentaron venderme una bolsa, "para que te las lleves a España...", y al alegar yo que podía tener algún problemilla en el aeropuerto, pusieron la cara más alemana y luterana posible, y afirmaron, a coro: "¡Es legal...!"  ¡Por supuesto! ¿cabía esperar otra cosa de  unos jóvenes germanos...?



Alexanderplatz limita al Este con la Karl Marx Allee, la amplísima avenida -decían las malas lenguas que un metro más ancha que la más ancha de Moscú- que vertebra el antiguo Berlín Este, y, al Norte, la Prenzlauer Allee, recorrida por ruidosos tranvías hacia las zonas relativamente más altas -todo Berlín es muy llano- del Prenzlauer Berg y Pankow, donde estaba la antigua capital de la DDR. Pero os recomiendo dirigiros hacia el río Spree, al Oeste, porque es por allí donde encontraremos varias cosas interesantes:



La primera, sin lugar a dudas, es la Fernsehenturm, la Torre de la Televisión: se parece a todas las restantes Torres de la Televisión que conozco, pero es un poquito más alta y, de hecho, se ve casi desde todo Berlín; otra ventaja de alojarse al lado: nunca te falta un punto de referencia para volver al hotel... También, en este caso, se trataba de una machada del gobierno comunista, para demostrar su capacidad tecnológica, aunque decían los disidentes que, en determinadas circunstancias, su sombra sobre el terreno recordaba a una cruz... como milagro me parece un poco tonto, la verdad... por un precio ligeramente capitalista, puedes subir al mirador, desde donde tienes una vista increíble sobre todo Berlín, especialmente el Unter der Linden: cuando subimos, nevaba, y el espectáculo era inolvidable.



Junto a la Turm, una iglesia neogótica luterana, dedicada a María, así, sin más... la recomiendo por el aire austero de las iglesias reformadas, que siempre nos sabe a poco a los barrocos católicos, y por unas curiosas pinturas sobre la "Danza de la Muerte" que allí pude contemplar: las epidemias medievales que diezmaron la población europea despertaron un falso sentimiento igualitario, al ver que palmaban igual el humilde bracero y las testas coronadas, y así se representan, cogidos ricos y pobres de la mano bajo la atenta dirección de la Pelona, sin posibilidad alguna de coger un avión medicalizado y hacerse conducir al Houston Memorial... recuerdo que cuando Margaret Thatcher intentó implantar la Poll Tax, una contribución urbana igual para palacios y chozas, un analista británico afirmó: "Es un impuesto democrático, en el mismo sentido en que era democrática la Peste Negra..."



Un poquito más allá, en una plaza arbolada y discreta, las negras estatuas de dos alemanes jubilados: Karl Marx y Friederich Engels, el "Masengéls" por cuyos libros preguntaba un simpático agente de la Brigada Social en un registro en casa de un amigo mío... junto a ellos me fotografié, solidario ante su injusta postergación, cuando tantos indicios hay de que, en sus análisis, dieron en el clavo... los servicios municipales habrían borrado años atrás la pintada en la base del monumento, en los tiempos de la caída del Muro, donde se leía: "¡Nosotros no tenemos la culpa...!" Por la noche, a su alrededor, juegan los conejos: crecieron a millones en las zonas de "Tierra de Nadie" que rodeaban el Muro, donde no conocían más predadores que las minas antipersona que, de vez en cuando, convertían alguno en Terrine de Lapin, y, una vez derribado el Muro, se ha extendido por todos los parques urbanos de Berlin, que ha pasado así de ser la Ciudad del Oso, a la del Kanichen, que es como llaman los alemanes al simpático roedor...



Mirando hacia el río, a la izquierda, veremos la mole de la Rote Haus, la Casa Roja, sede del gobierno municipal de Berlín, así llamada no por la orientación política de sus moradores, sino por estar hecha de ladrillo rojo. Creo que en sus bajos hay una cervecería, como es frecuente en los ayuntamientos alemanes -y eso suaviza mucho la necesidad de desplazarse hasta allí para realizar trámites- pero no he podido visitarla aún: en todo caso, en Berlín existe una fábrica "Municipal" de cerveza -aunque tampoco me consta que sea estrictamente de titularidad pública-, y su cerveza, la "Burgerbier", es la más bebida en la ciudad. Es ligerita y rica...

Estamos ya casi llegando al Spree, el río de Berlín, pero antes tenemos que pasar por cuatro sitios de interés: el museo sobre la DDR el Berliner Dom, la Schlossplatz, y el Nikolai Viertel... pero ahí hay tajo para otra crónica: démonos la vuelta, y al hotel...

En una novela escocesa, un punkarra afirma que "Berlín es la ciudad ideal: puedes escupir por la ventana, y seguro que le das a un fascista..." Como todas las generalizaciones, es profundamente injusta: basta con ver los resultados electorales para comprobar que Berlín vota a la Izquierda, e incluso a un Alcalde-Presidente -es Ciudad-Estado en la República Federal- socialista y gay: además, siempre fue así, y ponía de los nervios a Hitler, que nunca pudo convencer a los rojos obreros de Moabitt, semillero de las Brigadas Internacionales, ni a los cachondos y juerguistas burgueses, más interesados en las piernas de las coristas que en conquistar Polonia... Berlín sigue siendo hoy un punto de encuentro de gentes de todo el Mundo: emigrantes turcos -ya casi plenamente aclimatados-, vietnamitas de la época de la Solidaridad Internacionalista, nuestros hiperformados e hipoempleados jóvenes -nos acongojó, en el aeropuerto, ver cuantos padres estaban allí para visitar a sus hijos expatriados-, ciudadanos de toda la Europa Oriental... y, por supuesto, de todas las tribus urbanas, desde okupas de chupa con chapas y clavos, hasta elementos cuadrados de gimnasio con cabezas rapadas y bomber de naylon, que se creen nazis pero que muy seguramente no pasan de cenutrios. No digo yo que no haya problemas, que los hay, pero toda esa mezcla mantiene un difícil equilibrio, diría que incluso una convivencia, que solo puedo atribuir al Berliner Luft, el aire de Berlín, ese airecillo báltico que huele a libertad, y que estoy deseando volver a respirar, allí, en Alexanderplatz...









Sitios donde buscarme si me pierdo: Venecia (1)






A estas alturas de la vida, no va a ir uno de original o de maldito: ni he descubierto lugares increíbles y desconocidos, ni tengo motivo alguno para sospechar que los millones y millones de turistas que visitan Venecia sean unos tontolabas mal informados: Venecia me encantó desde el primer momento y, si me tocan los Euromillones, me compro algo con vistas a un canal, o a un río, o a un charco… punto.
Ni siquiera me molestaron demasiado los colegas turistas; o pillamos buenos día, o todos se concentraban en San Marco y adyacentes: no había que andar mucho -en Venecia no se anda mucho…- para encontrar lugares relativamente solitarios, pelín degradados, pero de una belleza que te cortaba la respiración.
Y los precios… una de las ventajas de vivir en Barcelona es que ya estás vacunado; no dejó de impresionarme que nos levantasen seis euros por cada botellín de Nastro Azzurro, pero era en una terraza donde veías el último sol dorar las aguas de la Laguna: si eso no merece un suplemento… Amante como soy de la pasta, asciutta o en brodo, comí muy bien, y a precios razonables. Y bebí bien…
Cada detalle, cada rincón, cada reflejo en el agua…vagaba yo por Venecia enfigado, flotando sobre el pavimento, recobrando el sentido de la realidad solo para decir “Scusi!” a los pocos venecianos con los que te cruzabas en los estrechos puentes… aunque lo hablo poco y mal, en Italia me niego a decir nada que no sea en Italiano; casi me enfadé con un librero que intentó hablarme en Inglés… “¡Soy tan latino como tú, hablamos dialectos hermanos, éramos ciudadanos romanos en el Siglo I, coño…!” Otros, me lo reconocían directamente: “¡Vosotros y nosotros, casi lo mismo: los franceses, así, así… y los alemanes, esos ya…” No te sientes extraño en Italia, no…
Me dejaba llevar por mis evocaciones literarias: me hubiese encantado sentarme un ratito en una taberna con Giacomo Casanova, a hablar de mujeres.. (bueno, a que hablase él…), o con Thomas Mann en el Lido, contemplando (él, también) la lánguida y andrógina belleza de Tazio… o nadar desnudo en un Canale con Lord Byron, -aunque, tratándose de un britt de clase alta, eso siempre comporta ciertos riesgos…- eso sí, tuve la suerte de estar , durante pocos minutos, al lado de Donna Leon: subimos en un vaporetto, y Blanca se sentó en el único asiento libre, junto a una dama inconfundible, de blanca y ciudada melena y chaqueta de tweed con coderas de cuero: para más señas, llevaba en la mano un libro de Maigret, en Francés, con la etiqueta de una biblioteca pública… intenté, desesperadamente, hacerle señas discretas a Blanca, pero no hubo manera; en la siguiente parada, Donna se levantó y nos dejó solos -es un decir- en el atestado vaporetto de la línea 1. 
Eso fue todo… a una dama tan celosa de su intimidad, ni se me ocurrió decirle nada… le hubiese dado muchos recuerdos para Brunetti y Paola, e incluso para los chicos, tan majetes… y uno, muy especial, para la Signorina Elettra, esa hacker amoral y refinada a la que creía reconocer en cada veneciana guapa, rubia y elegante con la que me cruzaba…

sábado, 30 de mayo de 2015

Tiones y Maciellos...

Publiqué en Facebook unos apuntes que, humildemente, considero una aportación a la Antropología Altoaragonesa: una primera aproximación a la diferenciación entre Tiones y Maziellos, que, en mi opinión, no estaba sufuicientemente clara: como gozó de buena acogida -señal de que se trataba de un tema de interés general-, la reproduzco ahora aquí, añadiéndole, para aumentar su utilidad, una sección de FAQ, ya sabéis, preguntas más frecuentes, sobre el asunto en cuestión: estoy abierto a cualquier aportación de interés que podáis efectuar, eso si, sin dar nombres de maziellos y tiones...


La Cocina, hábitat favorito del Tión...

En un mensaje anterior he hecho referencia a "Tiones y maciellos": ahora me doy cuenta de que a muchos de mis amigos y amigas, adornados de todas las gracias, tan solo os falta el auténtico golpe de suerte -porque no hay mérito alguno en ello- de ser total o parcialmente altoaragoneses, y os habréis dicho... WTF? Paso, gustosamente, a informaros:
"Tión" es una categoría demográfica que deriva del peculiar sistema hereditario altoaragonés: al hijo no heredero de la Casa, sólo le quedaba la emigración -las salidas tradicionales: cura, militar, funcionario o, en casas de menos posibles, jornalero- o quedarse en casa, ayudando -"aduyando"- en todo lo que fuera preciso al Señor, su hermano. Ese era el Tión... dada su sumamente precaria situación económica, solía quedarse soltero, y fumaba, bebía e iba de güiskerías con lo que buenamente le daba su hermano.
"Maciello" (o, más correctamente, "Maziello") es uno de los estadios que atraviesa el varón: Si un "mozo", soltero, no se casa o se empareja, transcurrido un periodo prudencial accede a la categoría de Maziello, y ya puede mirar torvamente a las mozas, en los bailes de las fiestas o las barras de los bares, haciendo sonar los cubitos en el vaso del cubata... pasado el tiempo, se le empieza a considerar "Tornizo", cuando sus posibilidades de matrimonio, emparejamiento o cópula gratuita son sumamente escasas. En el momento en que su declive físico es evidente, ingresa en la última categoría: "Restallo". Para entendernos; yo, caso de no estar -como estoy- felizmente emparejado, me situaría en los estadios superiores del "Tornizo", luchando desesperadamente por evitar llegar a "Restallo".
Por lo tanto, si todo Tión pasará, inexorablemente, por las fases de Maziello, Tornizo y Restallo, no todos ellos, ni mucho menos, son Tiones; muchos son amos de casas, desempeñan profesiones bien remuneradas, y atraviesan esa progresión por motivos muy diversos; escasa fortuna en su búsqueda de compañera, orientación sexual oculta por temor al qué dirán, cuestiones de agenda -irlo dejando para más adelante- o, simplemente, desinterés por el asunto, en el convencimiento de que hay otras cosas igual o más gratificantes en la Vida... recuerdo la historia del caballero inglés que lo probó una vez, y comentó: "El placer, efímero; la posición, ridícula, y el esfuerzo, desproporcionado": tornizo de manual.
Con todo mi cariño hacia José Antonio Labordeta -ayer hubiese sido su santo, y se inauguró el Espacio Labordeta en Zaragoza que prometo visitar-, me parece que el "Tión" del que hablaba en su hermosa canción era un maziello o tornizo incipiente, que aún conservaba la esperanza de encontrar una moza que se quisiera casar con él, para formar una familia, y, en las tardadas de Otoño, bajar con ella a Boltaña, momento de la canción en que, casi siempre, se me escapaba una furtiva y varonil lagrimita...

FAQ:

1.- ¿Existen aún los Tiones?

Soy muy pesimista al respecto: íntimamente ligados al Antiguo Régimen de la explotación agropecuaria tradicional, sospecho que han desaparecido frente a las transformaciones socioeconómicas de los últimos años, la mecanización, la Política Agraria Común, la crisis de la ganadería trashumante... prueba de ello es que la mayoría de los pastores -empleo reservado con anterioridad casi en exclusiva a los tiones- son hoy, generalmente, emigrantes extranjeros: en cierta ocasión, vi un rebaño de ovejas conducido por un joven de color, en una imagen que me trasladaba directamente a Kenia: me faltó un pelo para saludarlo levantando mi mano y gritando "¡Yambo!"... posiblemente, el Tión se ha extinguido ante nuestros ojos en estos últimos años, al igual que el bucardo, con la diferencia de que, en este caso, no disponemos de material genético para intentar su clonación, si se considerase interesante hacerlo. Una pérdida irreparable para nuestro ecosistema, y aún hemos tenido suerte de que la Unión Europea no se haya enterado, porque seguramente nos hubiese sancionado por no tomar las medidas adecuadas para su protección.

2.- ¿Ha desaparecido también el Maziello?

En modo alguno: al contrario: el complejo MTR (Maziello, Tornizo, Restallo) es especie en franca expansión, como el chabalín o el corzo, ocupando hoy nichos ecológicos antes impensables. Curiosamente, el IAEST (Instituto Aragonés de Estadística), en su cuidada y amplia información sobre las características demográficas de nuestra tierra, no ofrece información desagregada sobre MTR, carencia aún menos explicable si se considera que ha sido dirigido durante muchos años por un conocido sobrarbense, pero la experiencia empírica nos indica que numerosos factores juegan hoy un papel determinante en su proliferación: citaría, entre otros, la existencia de poderosas alternativas a la relación de pareja -televisión de pago, redes sociales, juegos de ordenador...- que han venido a unirse a las tradicionales -caza y pesca, cartas, bares, fútbol...- y determinan que a muchos mozos no les quede ni tiempo ni ganas para abordar la ardua tarea de ligar. Únase también la actitud de las mozas, entre las cuales se ha difundido un claro escepticismo hacia las soluciones tradicionales, actitud que podría sintetizarse en el cruel, pero realista, comentario que escuché a una de ellas: "Por un señalé de longaniza, ¿vas a llevarte todo o tocino ta casa...?" Auguro un futuro esplendoroso al MTR que ahora, además, puede disfrazarse bajo la glamorosa expresión de "Single", que le quita todo tonillo peyorativo y viejuno; ser MTR es actual, moderno y avanzado...

3.- Si alguien se divorcia, ¿Vuelve a ser Maziello?

Rotundamente, no, aunque es cierto que, en un periodo inicial, maziellea en sus comportamientos, y se le ve por las barras de los bares moviendo los hielos en el tubo del cubata y mirando torvamente a las mozas... pero el caballo que ha conocido la silla y el bocado es mucho más fácil de montar que el potro silvestre: el divorciado ha sido antes un casado, ya ha sido domado, y su naturaleza le lleva, diga lo que diga, hacia la vida en pareja... es cuestión de tiempo y suerte que reincida.

4.- ¿Existen maziellas...?

Mire usted: aquí estamos para contestar preguntas, no chorradas... Tiones y MTR son categorías exclusivamente -preste atención, y tome apuntes, ¡exclusivamente!- masculinas: las mozas que ves por ahí solas, incluso a edades avanzadas, responden a decisiones libres y deliberadas, producto de un cuidadoso análisis coste-beneficio, entre las probables incomodidades que pueden derivarse de su situación, y las muchísimo mayores que se originarían si, en un rapto de compasión, cargasen con según quien. Prácticamente extinguida la vocación religiosa -por lo menos, entre las etnias dotadas de DNI-, tienen un amplio abanico de alternativas a su alcance: la maternidad monoparental, la  carrera profesional, las cenas con amigas y karaoke, los viajes al Caribe... todo un Mundo se abre ante ellas, enhorabuena, hermanas...dejáis atrás una vida de cenas recalentadas dos o tres veces esperando a un brutizo que llegaría con dos copas, eructaría, se rascaría, y se metería en la cama sin quitarse los calcetines... ¡y aún habrá a quien le extrañe!






viernes, 29 de mayo de 2015

Col de Boucharo

Aprendí el Francés en los primeros años del Bachilerato: ya se que las lenguas extranjeras, en nuestra tierra, se aprenden mal; pero tuve la suerte de topar con profesores extraordinarios: Maurice Montiàs, hermano -o primo- de un miembro de l'Academie, oficial de carros de combate mutilado en los primeros días de la ofensiva alemana -le faltaba el brazo que tenía fuera de la escotilla, qué cosas...- y una joven señorita parisina, de la cual -helàs!- he olvidado el nombre, pero jamás sus bellísimas piernas, ni su acento... a los doce o trece años, ya leía "Paris Match" y -lo confieso- "Salut les copains"... luego, en Boltaña, el contacto con mis amigos franceses o hispano-franceses -a muchos, afortunadamente, los conservo: otros ya nos han dejado...- lograron que, para mí, el Francés, aunque muy lejos de dominar toda su belleza- no volviese a ser una lengua extraña: si se crea alguna medalla para quienes hayan leído "À la Recherche du Temps Perdu" entera y verdadera, puedo aspirar a recibirla... mantengo el rito de, cada año, leer en Francés la novela que ha ganado el Goncourt: ya estoy esperando la de éste, que parece que es muy buena...

Uniendo mi cariño hacia el Francés, y el que siento hacia Lucien Briet, uno de los primeros descubridores de las bellezas de Sobrarbe, escribí hace años una cosa en que, como siempre suelo hacer, me reía un poco de los dos... ahí queda colgado..

Col de Boucharo

Quando  los primeros rayos del soleil ya pasan por encima de la Penna Montannesa, hace tiempo que soy llegado a la raya del col de Boucharo; me siento en una pierre, sudando, me desabrocho el chaleco, m’aflojo la corbatte, y espero los guías de Toglá que suben a buscarme con los machos, para ajudarme con los bagages, que porto tres baúles medianos y mi cammera fotografíca compacta de 18 kilós.

Dejo detrás la dulce France, y a mis pies se extienden las azules montannas del Sobrarbe. Ayer, cuando me despedía de los amis, se rigoleaban bien de mi: “Le Sobrarbé, le Sobrarbé, tiens!, que es que tu le encuentras a le Sobrarbé? Un pays de sauvages, de hommes que s’afeiten con la dalle, que sienten como les boucos… Has tu conocido alguna bella sennorita, hein?”  ¿Cómo les decir que amo bien esas tierras duras, esas gentes, que ahora que sé que he vuelto mi coeur batte como el de un garçon que sale con una fille por la primera vez ?

Ya siento las voces de los guías: pronto bajaremos por las rápidas pendientes, y entraremos una vez más en su village: todos nos estarán esperando en la plazá: los pequeños infantes roñosos y de pies nudos, las viellas de negro, con sus moustachos, los viellardos, de calzón corto, que siempre me dicen lo mismo… “¡Ah, cagüén, el francés, qué jodido…! ¿otra vez dando mal por aquí…? ¿Qué no tiéns casa…?” Si que en tiengo, si: aquí, entre vosotros…

Me llevarán a la mejor maisón, y me ofrecerán la alcoba de la vieja cama de colchones altos y mantas lourdas: cenaré farinetas de afrecho hechas con sebo y ajo, beberé vino aspro y piqué, y vendrán a me visitar el curé y los carabineros, tan gentiles, que ya no me demandan los papiers, y me saluden llevándose la mano al tricuerno. 

Mañana, cuando me leve, sortiré a los caminos y las routas del Sobrarbe, recorreré sus pueblos, faré des fotós de sus iglesias, sus casas, sus sennoras de vestidos almidonados, sus comerciantes hospitalarios que están inventando le tourisme rural… pasaré pour las gargantes, veré los fleuves cantando sobre sus pierres blancas, los árboles, los mallos y las cimas… grabaré todas esas cosas en mi coeur, porque sé que alguna vez será la dernière, que no volveré pas, que yo moriré lejos de aquí, en tierra llana, y que nádie se acordará de aquel franchute que los ha tanto amado bien.


Los guías son llegados: Sobrarbe me espera: allons-y, Lucién!!










miércoles, 27 de mayo de 2015

Berchstesgaden, luces y sombras...

En nuestro recorrido por Baviera, no podía faltar Berchstesgaden; su extraña combinación de bellezas naturales y recuerdos que te encogen el ombligo hacía de dicha hermosa población un  destino atractivo a más no poder para un viajero como yo, al que le gusta, al mismo tiempo, recorrer la Geografía y la Historia, sin hacerle ascos tampoco a la cerveza y los codillos de cerdo… os cuento cómo nos fue por aquellas tierras.


El Watzmann, desde nuestra ventana

Hace muchos, muchos años, un excombatiente alemán, aunque de nacionalidad austriaca, que había superado la Gran Guerra con una condecoración mediana y unas lesiones por gaseamiento más que regulares, empezaba a despuntar en política, en un partido que recibía subvenciones más o menos bajo mano de quienes, sobre todo en el campo de la gran industria, lo consideraban un freno eficaz ante el socialismo y el comunismo. Nuestro hombre era un ferviente nacionalista, y los fervientes nacionalistas sienten un afecto especial por las montañas, que consideran el refugio de las esencias del Pueblo, frente al sospechoso ambiente cosmopolita y la mezcla étnica de las ciudades… yo mismo he vivido una buena parte de mi vida bajo la hégira de un ferviente nacionalista -y deficiente contribuyente, todo se sabe al final- que igual subía al Tagamanent a recibir inspiración de la Patria Doliente que firmaba el decreto de disolución del Parlament y convocaba elecciones en la cima del Aneto, una cumbre del país vecino al suyo… no es de extrañar, por lo tanto, que nuestro austro-alemán, en cuanto tuviese algunos marcos en el bolsillo, buscase alguna casita de alquiler, asequible, en algún lugar especialmente adecuado a sus aficiones: y la encontró en el Salzberg, el monte que, trufado de antiguas minas de sal, de las que hicieron rica a su vecina más grande y famosa, Salzburg, domina el hermoso pueblo de Berchstesgaden.

Nuestro personaje fue ascendiendo por la escala política -que no social-, aunque no sin altibajos, como un fracasado golpe de estado que dio con sus huesos, aunque por poco tiempo, en cómoda prisión. Allí, como los dioses de antaño, dictó un famoso libro a su fiel lugarteniente, obra que, si no alcanzó grandes logros literarios, fue uno de los primeros bestsellers del siglo; por ejemplo, cuando nuestro hombre ascendió a la Cancillería del Reich, mitad por su relativo éxito electoral, mitad por el desastroso cálculo de los políticos de la derechona tradicional, que confiaban en controlarlo después, el libro de marras se regalaba a toda pareja alemana que contraía matrimonio. Se me pone el vello de punta al pensar en la cantidad de innobles gatillazos que pudo provocar tener semejante obra en la mesilla de noche, pero sus derechos de autor le proporcionaron pingües beneficios, con los cuales compró la casita a su propietario y, una vez que tuvo acceso a los recursos del Estado, la transformó en su Palacio de Montaña, el Berghof, si bien es cierto que, pese al nombre, no dejaba de ser una casa grande y sólida, con unas vistas excepcionales, pero no especialmente lujosa o, como diría uno de nuestros famosos locales, “ostentórea”. En el campo de los Crímenes contra la Humanidad destacó poderosamente, pero en el de la Corrupción nunca pasó de ser un auténtico aprendiz.

Así, aquel 10 de junio de 2014, Blanca y yo, en nuestro Ibiza que tantos elementos germánicos incorpora, empezando por mi querido cambio triptonic, reseguíamos parte del  recorrido vital de Adolf Hitler, desde el pueblo que le vio nacer al pueblo que le vio triunfar, donde pasó sus mejores horas, y a donde no quiso retirarse a morir -pese a los consejos de sus seguidores, que soñaban fantasías de Reductos Alpinos- prefiriendo hacerlo en un Berlín que no le gustaba nada, por ciudad y por roja… y caían las últimas luces de la tarde, cuando vimos a lo lejos las azuladas cumbres del Watzmann -la tercera montaña de Alemania, unos 2.700 metros- y la luna alzándose por encima de la Kehlstein, detrás de la Gasthaus Pensión Salzberg, donde habíamos reservado habitación por dos noches.

La Luna, sobre la Kehlstein. Al fondo, Gasthaus Salzberg


La Gasthaus era bastante sencilla, pero reunía todas las comodidades necesarias, y dos auténticos lujos: un encantador Biergarten, bajo frondosos árboles, de bienvenida sombra en los días insólitamente cálidos que estábamos disfrutando, y un no menos encantador propietario, un bávaro orondo y risueño, que nos servía fresquísmas cervezas y buenísimas salchichas, empleando continuamente las pocas palabras españolas que conocía: “¡Amigos!”, “Bienvenidos!” y “¡Viva España!”…

Apenas había amanecido, cuando salimos hacia nuestro primer destino: el Königsee, el Lago del Rey.  Al pie mismo de la doble -o triple, según se mire- cumbre del Watzmann, es una de las postales más conocidas de Alemania, incluso desde antes de la Fotografía, no en vano se encuentra en sus orillas el Mahlerek, el Rincón de los Pintores: recorren sus bellísimas aguas barquitos eléctricos, para reducir al mínimo la contaminación, y, en un momento determinado, el piloto detiene el motor, saca una trompeta, y lanza un largo “solo”, que el eco devuelve desde las rocas vecinas… descendemos del barco en Sankt Bartholomä, una blanca iglesia -con recuerdos jacobeos, por cierto- en un lugar especialmente bonito. Un cartel  declara: “El Mundo es hermoso; sobre todo, Sankt Bartholomä”; no podemos negarlo, y punto. Sumergimos nuestros pies en el agua del lago, y la encontramos sorprendentemente tibia; claro que estamos en la orilla…

Sankt Bartholomä


Rincón de los Pintores


Cargadas ya las pilas de bucólica belleza, nos vemos con fuerza para encarar la parte oscura del día: ascendemos por las empinadísimas cuestas del Obersalzberg, hasta el Centro de Interpretación construido muy cerca del lugar donde se alzaba el Berghof, antes de ser destruido por la aviación inglesa, vengando así el papelón que en tal lugar tuvo que representar su Primer Ministro, Neville Chamberlain.

Ante todo, mi admiración hacia la política de Memoria Histórica que realizan los gobiernos alemanes: y empleo el plural, porque, en este caso, se trata del Gobierno del Freistaat Bayern, el gobierno del Land de Baviera: cogen el toro por los cuernos, no ahorran  un detalle ni un adjetivo, asumen el horror de lo que hicieron sus padres y abuelos… el Centro tiene un lema: “Una Utopía criminal”, y trata de explicar cómo convenció el Nacionalsocialismo a un pueblo como el alemán, para que lo siguiese -con ciertas dosis de entusiasmo- en su disparatada aventura asesina y, finalmente, suicida. Didácticamente, es impecable: me compro -a un precio subvencionado- un grueso volumen, en Alemán, que reune los textos que se exhiben en el centro: no tengo prisa, tengo toda la Jubilación por delante para tratar de descifrarlo…

Centro de Interpretación Obersalzberg

Unterberg, y Salzburg al fondo


Desde el amplio mirador del Centro, contemplo prácticamente el mismo paisaje que veía Hitler desde el ventanal abatible de su Berghof; al frente, la mole del Unterberg, el monte bajo el cual descansa el primer Rey alemán, fundador del Sacro Imperio, Enrique el Pajarero: dicen que saldrá de su sueño para salvar al Reich si se ve en un apuro, pero, al parecer, en 1945 no se le vio el menor detalle… A la derecha, en la lejanía, Salzburg: a la izquierda, el Watzmann… allí se reunía con los líderes mundiales, para acongojarlos con la exhibición de su poderío, allí torturaba a sus invitados con interminables monólogos hasta altas horas de la madrugada, tras sus frugales cenas vegetarianas, allá paseaba con su perra -pastor alemán, por supuesto-, Blondi… no está en modo alguno acreditado -como afirma algún cuentista indocumentado y cachondo- que tuviese también un oso, regalo de sus Juventudes Hitlerianas, pero si es histórico que le regalaron un Águila real, que el buen Führer, conmovido ante su desdicha, devolvió a la libertad de los aires… en materia de Derechos Humanos se le pueden formular serias objeciones, pero era un decidido defensor de los Derechos de los Animales, y aún me extraña que no inistiese ante su aliado Franco para prohibir las Corridas de Toros… ¡fíate de abstemios, vegetarianos y animalistas…!

Saliendo del Centro de Interpretación, nos dirigimos a la estación de autobuses. donde cogimos el que nos conduciría a la Kahlstein: ahora si que estábamos más o menos en el lugar exacto donde se alzaba el Berghof; tras su destrucción por la RAF, fue finalmente ocupado por las tropas francesas de Leclerc -que incluían un buen número de republicanos españoles- y por los paracaidistas norteamericanos, como todo amante de Band of Brothers tuvo ocasión de comprobar… los restos fueron cuidadosamente demolidos, para evitar -como, al parecer, aún sucede de vez en cuando- que algún nostálgico deje por allí algún ramito de flores… reflexionas y concluyes que, como muy bien dijo el torero, “¡Hay gente p’a tó…!”

Ahora montamos en un autocar que, a considerable velocidad, trepa por las empinadas cuestas que conducen, Kehlstein arriba, hasta una pequeña plaza circular; a través de un impresionante portón de estilo arquitectónico claramente antidemocrático, un largo y húmedo túnel nos conduce a un ascensor de granito rosado y bronce: unas buenas decenas de metros en vertical, y estamos en la Casa de Té de Hitler, el llamado “Nido de Águilas”.

Kehlstein: entrada al Túnel


Si algo nunca falta en torno al Poder, es el séquito de aduladores o, más simplemente, pelotas: la construcción del Berghof supuso una transformación urbanística sin precedentes en todo el Obersalzberg, hasta entonces un idílico paisaje de prados, abetos y vaquitas: hubo que construir viales, cuarteles para los SS de protección especial del Führer y, sobre todo, permitir que todo el facherío de alto standing construyese allí sus residencias veraniegas… vamos, que de poco les servía a las señoras de los jerarcas insinuar “…pues yo, casi preferiría la playa…” Todos rivalizaban en ver quién tenía la casa más cerca del Führer, y quién tenía más invitaciones a bostezar disimuladamente durante las simpáticas reuniones que organizaba. 

Todo eso generó una larga serie de expropiaciones de los anteriores propietarios y, pese a la proverbial eficacia de la administración alemana, parece ser que las indemnizaciones tardaban en ser pagadas. Una afectada aprovecho alguno de los baños de multitudes de Hitler para entregarle un escrito exponiéndole la situación, y éste, descuidadamente, se lo pasó a uno de sus acompañantes, diciéndole: “¡Arregla ésto enseguida…!”. Al día siguiente, el esposo y el hijo de la demandante daban con sus huesos en el campo de concentración de Dachau, y allí se pasaron un buen tiempo, hasta que se arregló el malentendido… y conste que no lo critico en absoluto; como funcionario, también he recibido a veces instrucciones imprecisas; intentas, con toda tu buena fe, cumplir con tu obligación, y, luego, la cagas… me quedé sin saber si, al final, cobraron…

La casa de Té es otra de esas obras de aduladores: la mandó construir Martin Bormann -el siniestro lugarteniente de Hitler, del que nunca se supo a ciencia cierta si había muerto en el túnel del Metro de Berlín, huyendo de las tropas soviéticas- como regalo de cumpleaños para su jefe, pero resultó que éste tenía vértigo, y muy pocas veces subió a lo alto de la Kehlstein… me hubiese gustado ver por un agujerito la cara del pelota cuando Hitler le dijese: “¿Yo, subir ahí arriba…? ¿Estás loco…?… y, además, te habrá costado un dineral… para otra vez, con una corbatita…”

De todas maneras, como seguramente tampoco había presupuesto para destruir la ciclópea instalación, ha acabado heredándola el Estado Libre de Baviera, que la ha transformado en restaurante, donde se come bastante bien, a un precio razonable, y con la enorme satisfacción de que los beneficios se destinan a finalidades sociales. Allí, disputando tu comida con las Chovas Piquigualdas, auténticos Osos Yoguis de la Alta Montaña, te tomas tu cervecita viendo casi a tu misma altura los nevados picos que te rodean… hasta Martin Borman pudo hacer algo bueno en su perra vida, lo que son las cosas…


Cima de Kehlstein

Watzmann desde Kehlstein


Con esa especial melancolía que te produce siempre abandonar los lugares elevados, bajamos de nuevo al llano, donde hace un calor denso y casi tangible, lo que menos esperábamos encontrar en los Alpes: rematamos el día, antes de despedirnos con una buena cena en el Biergarten, bañándonos en el rápido río que rodea el pueblo: las aguas bajan turbias por el deshielo, lo que en mi tierra llamamos “Maenco”, pero no están nada frías, por lo menos para gente acostumbrada a bañare en el Ara: así se lo digo, bromeando, a unos jóvenes alemanes que nos miran… “En mi pueblo, mucho más frío, ach so…!”