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lunes, 22 de enero de 2018

Paseando por la Nostalgia...

... ¡qué dulce sentimiento...!




Me pregunta hoy una vieja y querida amiga: ¿Y por qué vas tantas veces a Berlín...?": hay un poco de exageración en ello; he ido sólo cuatro veces, en 69 años no es gran cosa, si bien es cierto que las he acumulado en los últimos veinte años, o así, y entonces la frecuencia aumenta considerablemente... le doy la respuesta convencional, no por ello falsa: "¡Es una ciudad tan viva, siempre hay cosas nuevas que ver...!" Pero omito parte de la verdad: revisitar lugares que conoces te permite otro lujo del espíritu; lamentar la pérdida de aquello que te gustó, por algún motivo, y que ha desaparecido ya, dejarte resbalar por la agridulce senda de la nostalgia...

"Mi" Hotel en Berlín, al que nos mantenemos fieles desde la primera visita, tiene dos entradas: una de ellas, la que da en dirección a lo más bullicioso de Alexanderplatz, es un amplio pasillo acristalado, rodeado de locales comerciales; en uno de ellos había, hasta ahora, una deliciosa pastelería; "Pastelería", en Alemania, es un término que no llega a reflejar la realidad en toda su magnitud; un lugar delicioso, lleno de todo tipo de objetos azucarados, glaseados, un Paraíso de olores y colores que presagian sabores y, -¡ay!- obstrucciones varias de las coronarias y agujeros corridos en los cinturones... en uno de mis cuentos, un personaje quedaba irremediablemente adherido al escaparate de dicha confitería, babeando cual cascada pirenáica, y había que arrancarlo de allí a la fuerza... al mediodía y por la noche podías también comer allí, lo hicimos una vez, y eran dignas de mención las voluntariosas pero poco logradas traducciones al Castellano de su carta, donde una simple pechuga de pollo a la plancha podía transformarse en imaginativas "Aves a la flama"... la Pastelería ya no está allí, no queda ni siquiera su delicioso aroma, sustituída por una tienda de una de las muchas telecom, que maldita la falta que nos hacen a los que estamos en "roaming", con unas incongruentes bicicletas estáticas que me hicieron creer, en un primer momento, que se trataba de un gimnasio... y, para más INRI -o "para forro botas", como se decía en mi tierra- tiene justo enfrente la abominación de un Burguer King, un Mcdonals, o algo así, que nos juramos no pisar jamás, salvo peligro de muerte por inanición...



Al otro extremo del Unter der Linden, en la Pariserplatz, justo al lado de la Puerta de Brandenburgo, había un hermoso café, decorado con trampantojos de librería, aunque también podían encontrarse libros reales en estantes distribuídos por sus vastas salas... sus cómodos sofás invitaban a prolongar la estancia un ratito, en un ambiente acogedor... si tenías necesidad de visitar los servicios-problema tan frecuente entre los turistas, siempre lejos de su base-, allí disponías de unos no menos hermosos, dominados por una fuente en oscura piedra verde, y atendido por un eficaz Herr Pipí -y no una Madame Pipí; no era infrecuente entonces encontrar en Berlín lavabos al cargo de caballeros-, al que retribuías dejando una moneda a tu libre elección en un platillo; hoy se ha generalizado indicar que el "servicio" cuesta 0,50 euros... recuerdo de nuestro primer viaje a Berlín, en tiempos del Mark, que el precio en los amplios y futuristas lavabos públicos eran también 0,50... justo la mitad que ahora... dicho café tampoco existe; ha sido reducido a la mínima expresión, un espacio estrecho e incómodo, poco acogedor, desprovisto de su elegante decoración... nos deja el recuerdo de la noche en que caímos en medio de un vernissage o una presentación de algo, con mesitas a la gélida intemperie berlinesa, dotadas de mantitas en sus sillas, donde los invitados -y algún visitante, seguramente confundido por su porte sumamente correcto e incluso elegante- recibían de atentos camareros copas de champagne, cava o sekt...






Nos gusta revisitar Spandau, porque es lo más parecido a un pueblo al que puedes llegar en S-Bahn, o incluso en U-Bahn; allí, en su casco antiguo, habíamos localizado en nuestra última visita un restaurante sumamente cálido y acogedor, con especialidades de la comida tradicional berlinesa, atendido por una amable señora, cuya eficacia llegaba al extremo de lograr explicarme los platos en forma accesible a mi nivel de Alemán... hacia él, la vieja "Casa de la Aduana" -Zollhaus- nos dirígiamos, ya con cierto apetito, cuando descubrimos con horror que se había transformado en un restaurante vietnamita, sospechosamente especializado en sushi, cocina que admiro y de la que disfruto, pero en las antípodas de la sabrosa contundencia que esperaba encontrar...





¡Adiós, Zollhaus, hola, Sushi...!


En nuestra primera visita a Berlín, en cada esquina encontrabas un puesto callejero donde vendían, a precio de saldo, piezas de uniforme soviéticas y de la DDR: gorras y gorros de todos los pelajes, insignias, condecoraciones más o menos falsas... como buen turista, picabas, y tengo en casa bastantes de esas piezas, de dudosa procedencia... incluso -y ese, comprada aquí, en Barcelona- un machete-bayoneta de AK-74... el lugares estratégicos, personajes ataviados con uniformes te invitaban a hacerte fotos de muy dudoso gusto, tentación en la que sólo caían gentes tan desaprensivas como ellos... hoy todo eso ha desaparecido, y sólo encuentras en lugares muy concretos personas de las repúblicas asiáticas de la extinta URSS intentando colocar sus chapkas peludos, seguramente fabricados en China, a pocos metros de las inmensas fábricas donde se manufacturan sombreros mexicanos para venderlos en las Ramblas...


¿Quién se haría una foto así...?

Por supuesto, cada nueva visita te hace descubrir nuevos lugares, que asocias a momentos vividos, y pasan a incorporarse a tus paisajes del alma,,, bueno es que también en esos paisajes se produzca una necesaria rotación, pero siempre queda el recuerdo de los que ya no están más que en nuestra memoria, así van las cosas en la vida...



martes, 20 de diciembre de 2016

Ik liebe Berlin

Todavía con el corazón encogido ante lo que ha pasado en Berlín... es este momento, aún no hay versión oficial, pero la semejanza con el atentado de Niza es aterradora... no puedo dejar de pensar en Berlín, mi Berlín...




No es una clasificación muy científica, pero, a estas alturas de la vida, divido las ciudades en tres categorías; ciudades en las que me gustaría vivir; ciudades en las que NO me gustaría vivir -por bellas y deslumbrantes que sean, un ejemplo podría ser Roma- y ciudades que ni fu, ni fa... ¿Qué les pido a las de la Primera Categoría...? por tonto que parezca, un buen sistema de transporte público -¡Hey, amigo Pau Noy- que haga accesibles todos sus rincones, (algo que hace extrañamente acogedor un monstruo como Tokio) una densidad cultural que haga apetecible moverse por ella, sosiego -relativo-, silencio -relativo también-, y ese algo especial que tienen los lugares donde sospechas que todo el mundo puede encontrar su hueco.... llevábamos dos horas en Berlín, y ya le decía a Blanca: "¿Tu ves...? aquí no me importaría quedarme unos cuantos meses..." y ella, que me conoce, estoy seguro de que lo entendió.

He estado tres veces en Berlín, que ya es mucho, teniendo muchos más sitios a donde ir, muchos más que oportunidades...  siempre he estado en el crudo Invierno centroeuropeo, con un frío pelón, pero también con sus calles llenas de animación, de vida -¡hay que joderse!-, que se concentra, se sublima en sus mercados navideños... con independencia de las creencias de cada uno -con mucha independencia-, hay algo en la Navidad que me conmueve: esa nostalgia de un tiempo que seguramente no existió jamás, y que difícilmente existirá, donde hombres y mujeres son buenos, las familias, felices, los jefes, simpáticos, las luces, de colores y haciendo guiños, padres y madres llevan a sus niños cogidos de la mano, el aire huele -allí, por lo menos- a vino caliente con especias y a mazapán de gengibre... justamente a ese mercado de Navidad de la K-damm, al pie de la "muela cariada" -como llaman los berlineses, que son unos cachondos, a las ruinas de la Iglesia del Kaiser Guillermo- estuvimos, creo, en cada uno de nuestros viajes; allí donde se ha estrellado el camión se compró Blanca una bufanda de lana granate, y a pocos pasos, unos simpáticos muchachos nos invitaron a un pastelito de bizcocho con marihuana -estaba rico-, y nos insistían en que podíamos comprarles más, aunque viajásemos a España, "En la aduana no os dirán nada", afirmaban, muy seguros...

En uno de mis cuentos sobre El Oso, en el más largo de ellos, mi personaje visitaba Berlín; allí era acogido por otro oso, Knut, subían a la planta más alta de "mi" hotel, el Forum, en Alexanderplatz, un monstruoso rascacielos exsocialista, pero que está en el cogollito- y, desde allí, le explicaba Berlín, con estas palabras:


“Aquí tienes mi ciudad –me dice Knut-, y tuya también, porque eso quiere decir Berlín, “Ciudad del Oso”, por eso verás efigies nuestras en todas partes, y a nadie extrañará nuestra presencia, porque la gente creerá que somos hombres-anuncios del Ayuntamiento. En mi caso es aún más verdad, porque yo he nacido aquí, puedo decir lo mismo que dijo Kennedy, “Ich bin ein Berliner”, soy un berlinés, aunque no faltaron los que se cachondearon de él, porque un Berliner es también un bollo relleno de crema, están muy ricos, ya te invitaré a una o dos docenitas, entran solos… 

Berlín es, al mismo tiempo, la Capital de Alemania, y una ciudad imprevisiblemente  poco alemana, abierta a la Europa oriental, las fronteras de Polonia están muy cerca –bueno, van y vienen, las fronteras polacas tienen una desconcertante tendencia a la movilidad-; de hecho, los primeros berlineses eran eslavos, y muchos de los nuevos lo vuelven a ser:  en medio de una llanura abierta a todos los vientos, arenosa, pantanosa, muy cerca del Báltico, recorrida por ríos tan caudalosos como perezosos, que se remansan en lagos por todas partes. Hay ciudades desde donde se ha construido la Historia; Berlín lo intentó varias veces, pero, al final, ha sido la Historia la que ha acabado construyéndola a ella: ha pasado de dominadora a dominada con increíble rapidez y con reiteración aterradora: en los últimos doscientos años, esto ha sido un desfile de reyes prusianos, dragones franceses, emperadores germanos, estraperlistas de la hiperinflación, imperios de mil años, ocupantes con medias de nailon o con gorro de símil piel, muros que dividían, manifestaciones, bombardeos, desembarcos de multinacionales multimillonarias, arquitectos superstars… así ha quedado, una ciudad hecha por cuatro grandes urbanistas: Schinken, el equilibrio y la serenidad neoclásica: Speer, la megalomanía ilustrada al servicio de la barbarie: las Fuerzas Aéreas angloamericanas, grandes creadoras de espacios abiertos, y los especuladores de la última ocupación, la Reunificación, que parecen niños de colegio compitiendo a ver quién la tiene más larga: entre unos y otros, si añadimos los bloques de la Depresión, las casitas de los enchufados en los economatos americanos, y los prefabricados de Plan Quinquenal, les ha quedado éste caos donde, extrañamente, nadie se siente fuera de su lugar, donde coexisten ancianos alemanes que se ponen muy nerviosos si les preguntas qué estaban haciendo en el 43 y sus descerebrados nietos rapados y con bombers, -hace falta tener cojones para ponerse una chaqueta que se llame “bombardero” en una ciudad que dejaron como la palma de la mano- con okupas anarquistas, trabajadores turcos de segunda generación, que ya ni saben donde cae Turquía, vietnamitas que vinieron cuando estaban ganando la guerra a los Yanquis en su tierra, y vieron como los yanquis la ganaban aquí, angoleños, colombianos, polacos, bielorusos, estudiantes de Erasmus de todas las leches… y todo el mundo, por difícil que parezca, se encuentra a gusto aquí, acaba haciéndose un huequecito, tanto la ancianita de medias ortopédicas y zapatos de plástico blindado que sigue creyendo que con Breznev vivíamos mejor, como el yupy de Hannover que ha comprado por medio millón de euros un barrio entero de pisos de veinte metros cuadrados con cagadero colectivo al fondo del pasillo, y que piensa convertirlos en apartamentos de lujo para veinteañeros californianos… tú también sucumbirás a su encanto, ya verás…

Quizás algún día me anime a colgar ese cuento, que hasta ahora solo he distribuido en la más estricta intimidad; pasan con él cosas raras, muy "Cuarto Milenio", no sé si me explico... de entrada, Knut, el osito blanco, que era la estrella del Zoo de Berlín, murió mientras lo escribía, y tuve que introducir un giro argumental... a los dos días de acabarlo, falleció otro de sus personajes reales, Jorge Semprún; con otros -Hitler, Stalin...- no existía el problema... hay también una referencia a Fidel, del que uno de los personajes afirma; "Ese, nos entierra a todos..."; bueno, ya se ha visto que no ha sido así... por no hablar del cadáver más cadáver que juega un papel importante en la trama, José Luís Rodríguez Zapatero, felizmente vivito y coleando, pero ante cuya tumba, como el Gran Wyoming, me recojo con frecuencia en oración... pero lo de ayer ya supera todo lo esperable... ¿Sabéis cómo entra y sale mi personaje principal en Berlín..? En un trailer polaco...

Berlín sigue muy cerca de mi corazón, no descarto volver, y pronto, desde ayer tengo aún más ganas... Ik -no ich, los berlineses dicen "ik"-, ik liebe Berlín... a una ciudad a la que le ha pasado de todo, menos quedarse preñada, le faltaba ese puntito de horror de un buen atentado para hacerla aún más querida a los que hemos sucumbido a sus encantos... desde aquí le envío un abrazo, junto a una de sus más bellas esculturas, precisamente por no ser bella, la "Pietá" de Käthe Kollwitz, una madre pobre, proletaria, que acuna a su hijo muerto en el Memorial de la Neue Wache, y aquellos versos del himno de la República Democrática Alemana: "Daß nie eine Mutter mehr Ihren Sohn beweint", "Que nunca más una madre llore a su hijo"....




jueves, 4 de junio de 2015

Camino del Elba...

Seguimos las aguas del Spree, ya Havel, camino del Elba...

El Spree se entrega a su hermano mayor, el Havel, a los pies de la ciudadela de Spandau: Spandau no tiene nada que ver con la cárcel de Spandau -que estaba en Berlín- ni con Spandau Ballet, que no sé de donde le viene el nombre, pero en su arsenal se construyeron las famosas ametralladoras Spandau, que, en los primeros días de la Gran Guerra, segaron a una generación de franceses e ingleses en los campos de Flandes. En la Cárcel de Spandau estuvieron los condenados a penas de prisión en el Juicio de Nüremberg, hasta que el último y más famoso de ellos, Rudolf Hess, decidió suicidarse y acortar así brevemente -ya era muy viejo- la Cadena Perpetua que le había caído, paradójicamente, por pedir la Paz: amigo íntimo de Hitler, quizás el único -le escribió, al dictado, el "Mein Kampf", y ya me diréis si eso no es una prueba de amistad- voló a Inglaterra sin avisar a sus compañeros, para intentar firmar un acuerdo de paz: Hitler, al ver que los ingleses no picaban, declaró que Hess estaba loco... corría un chiste por Alemania; en una celda de una cárcel, dos hombres se sinceraban: "Estoy aquí porque, hace dos años, dije que Hess estaba loco...""¡Pues yo, por decir anteayer que no lo estaba...!"

Spandau

Spandau es grandote, pero conserva un casco antiguo encantador, lo más parecido a un pueblo alemán que puede encontrarse cerca de Berlín: su mercado de Navidad es pequeño, pero muy bonito. hay un puerto fluvial, con graciosas esclusas, y junto a una de ellas, en la Casa de la Aduana, un restaurante donde comemos de muerte: tras una compleja explicación, que solo medio entiendo, me traen la versión alemana de los Raviolis -o, si nos ponemos más exóticos, de los Pelmeni siberianos o de los Gyozas chinos, algunas de mis cosas favoritas-, rellenos de carne y pera. Están deliciosos, regados con la cerveza berlinesa de Berlín...



Desde Spandau, y con el mismo billete del transporte urbano de Berlín, puedes coger un ferry que te conduce Wansee abajo: el lago es, de hecho, un gigantesco remanso del río Havel, y te ofrece una visión de dónde y cómo viven los berlineses ricos, en hermosas fincas rodeadas de arbolado, tanto villas antiguas como modernos edificios de diseño... cerca del embarcadero sur, el toquecito de mal rollo: la Haus am Wansee, la finca propiedad de las SS donde tuvo lugar la reunión donde se acordó generalizar y sistematizar la "Solución Final", el exterminio de toda la población judía de Europa. De hecho, una buena parte de las discusiones entre criminales de guerra se centraban en qué se dijo allí, quienes asistieron, quienes se fueron antes de que se tocase el tema, quienes se quedaron hasta el final... buena prueba de que eran conscientes de la monstruosidad que estaban ejecutando es el cuidado con el que ocultaron los documentos que les incriminaban, hasta el punto de que la mejor prueba fehaciente de que Hitler conocía el Holocausto -dejando a parte sus bravatas de bocazas- es, ni más ni menos que una intervención suya en favor de que no se le aplicase a un determinado ciudadano judío... como Al Capone, trincado por defraudar a Hacienda...



Dejando aparte esa terrible losa que pesará siempre sobre el Wansee, justo es admitir que el paisaje es muy bonito, y el paseo un agradable intervalo náutico en un recorrido excesivamente terrestre.Ahora, desembarcamos y, muy cerca. el puente de Glienicke nos conducirá hasta Potsdam.

Glienicke Brucke conserva ese halo gris y turbio de las películas sobre la Guerra Fría, y por buen motivo: frontera entre la Zona Occidental de Berlín y el territorio de la República Democrática Alemana, era frecuentemente elegido para los canjes de espías; imaginamos la escena, tantas veces vista: los dos grupos que se acercan, envueltos en la bruma; gabardinas (Burberrys?) los occidentales, abrigos hasta el suelo cortados a serrucho los soviéticos... se adelanta un grupito por cada uno y, en medio, el agente de la CIA y su colega del KGB... se identifican... ¿Joe, eres tú...? ¿Sergei...estás bien...? los dos se cruzan en tierra de nadie, sin mirarse -o mirándose de reojo, como se miran los espías-, y se reunen con los suyos, entre palmaditas los occidentales, un poco más tiesos los soviéticos... "Vas a tener que explicar muchas cosas, Sergei... de momento, adiós a la prima de productividad..."



Ya estamos en Potsdam y, justamente, lo primero que encontramos es Cecilienhof: ante nuestra sorpresa, es una casa de campo inglesa, regalo de un Kaiser a su esposa, una hija de la emperatriz Victoria de Inglaterra: bajo sus techos inclinados, a primeros de julio de 1945, con las ruinas de Berlín aún humeando, como el que dice, se reunieron los Líderes de los Aliados, aunque en lugar de Roosevelt, recientemente fallecido, por los Estados Unidos estaba Truman, que difícilmente podía ser considerado líder de nada... Allí Stalin, que tenía detrás, literalmente, varios miles de tanques con los depósitos llenos, consiguió prácticamente todo lo que quería, aunque tuvo que vender a los pobres comunistas griegos, y permitir que los ingleses los asesinasen en masa, en nombre del buen Rey Pablo, abuelo del nuestro actual... los griegos suelen tener mala suerte en territorio alemán, todo hay que decirlo...


Pasados los deliciosos jardines de Cecilienhof, recorremos las calles de Potsdam, que conservan un cierto aire... holandés, debido a los muchos artesanos de dicho origen que allí se establecieron. Pero nuestros pasos nos conducen a un nuevo lugar, evocador de una de las grandes figuras de la Historia de Prusia: el Palacio de Sans Souci, y Federico Segundo.




Federico fue un personaje singular: de entrada, era gay, y el cabrón de su padre, el homófobo Federico Primero, el Rey Sargento, ordenó que decapitasen a su pareja delante suyo, acusándolos a ambos de traición, por intentar fugarse juntos a Inglaterra, a ver si al niño se le quitaban esas aficiones... él no lo perdonó jamás, se casó, e intentó disimular... pero más bien poco porque, de entrada, prohibió a su esposa que pusiese los pies en su palacio favorito, Sans Souci "Sin preocupaciones", en Francés.. "Y sin mujeres", añadían sus malvados súbditos... allí creó una corte ilustrada -era amigo de Voltaire, nada menos...-, y se dedicó, a parte de gobernar razonablemente bien su reino y a ganar guerras con su hábil reorganización militar, a fomentar las artes y las letras -y aún la música, tuvo amistad con el propio Bach... poco, poquísimo piadoso -por no decir ateo, aunque, como masón, sería más bien teísta, digo yo-, encargó que, al morir, lo enterrasen en el jardín del palacio, junto con sus perros, sus caballos y -al parecer- su primer novio, voluntad que el meapilas de su sobrino y sucesor contrarió. Hasta 1991 no se cumplió su voluntad, y allí pude inclinarme ante su tumba, identificada con una única inscripción: "Friedrich der Gross", el Grande..., qué menos para el Rey Filósofo.


Federico, entre perros y caballos...


Junto al palacio de Sans Souci, con sus aspecto de tarta de nata y limón, un molino de viento: de allí procede la deliciosa historia del Molinero de Sans Souci; tan bien relatada por Bertold Brecht: el rey pretendía hacer derribar el molino, que le fastidiaba, por las vistas o por el ruido, ya no recuerdo bien: el molinero lo llevó a juicio, ¡y ganó!, haciéndole exclamar: "¡Aún quedan jueces en Prusia...!" Para los que muchas veces generalizan sobre el viejo estado prusiano, padre de Alemania, bueno es recordar que ya funcionaba como Estado de Derecho en tan temprana época, antes de la Revolución Francesa... cuántas veces, ante esos espectáculos edificantes de prohombres entrando en el coche camuflado de la Guardia Civil con una mano en la coronilla, para que no se den con la portezuela,  que ahora pretenden ocultarnos, repito para mí mismo... "¡Aún quedan jueces en Prusia!"



Dejemos al Havel, cruzado ya Potsdam, buscar el Elba, al que he visto lamer las piedras mártires de Dresden, y fluir hacia el mar en Hamburgo... ¡queda mucho que ver en Berlín...!









miércoles, 3 de junio de 2015

Madre Nuestra, que estás en Spreeboge...

Seguimos las aguas del Spree:es un viaje que he hecho por sus orillas, porque en Invierno no hay barco que se atreva a congelar al personal... pero me tengo prometido ir una vez a Berlín en tiempo más propicio, y es un recorrido que haré sin falta...


Berliner Dom

Cruzada la Prenzlauerallee, el Spree se divide en dos: deja atrás la Berliner Dom, la severa catedral luterana, panteón imperial de los Hohenzollern, y rodea amorosamente la Isla de los Museos, la Museums Insel: allí, en pocos -es un decir- metros cuadrados, encontramos las maravillas de la Historia del Arte antiguo que los audaces arqueólogos alemanes, con sus salacots y sus patillas blanquecinas saliendo de los anchos bermudas, excavaron y rescataron a lo largo y lo ancho del Mundo Clásico, desde el pórtico entero y verdadero de un templo de Pérgamo, a una de las Puertas de Babilonia. Por principio, soy enemigo de los expolios, y me gustaría que las obras de arte y los documentos puedan verse allí donde nacieron y donde, al fin y al cabo, viven los descendientes de los que los encargaron... y los pagaron: y eso vale para los Papeles de Salamanca, para las obras de arte de la Franja, y para las de Sigena... pero reconozco que las hazañas de los radicales islámicos me están haciendo admitir excepciones, y ya no me importa tanto que el bellísimo busto de Nefertiti esté a tantos miles de kilómetros de donde nació, al amparo de cualquier iluminado que pueda considerarlo un ídolo -y, por lo tanto, contrario a los criterios estéticos y el afán de exclusividad de cualquier ser hipotético-, y en una cómoda y cuidada salita berlinesa, donde no le alcanza más riesgo que el derivado de que algún turista gilipollas se olvide de desconectar el flash, y se gane una bronca de sargento prusiano...



Pasada la Isla, inicia el Spree un profundo meandro, el Spreeboge, donde separará los dos edificios desde donde se rige la República Federal Alemana y, de rebote, Europa, por la parte que nos toca: el Bundestag y la Cancillería Federal.

El Bundestag queda en la orilla izquierda del Spree y, en propiedad, le da la espalda, ya que su entrada principal se halla en la amplia plaza que se abre hacia el Tiergarten. Un mazacote neoclásico, regalo del Kaiser -junto con una Constitución- a su pueblo (eso quiere decir, justamente, la inscripción que campea en su frontispicio, "Al Pueblo alemán..."), el Reichstag fue todo un precursor, puesto que ya estaba en ruinas antes del primer ataque aéreo aliado: fue destruido por un pavoroso incendio, obra de un comunista holandés (o, por lo menos, a él le cargaron el muerto), lo cual dio motivo a Hitler para no volver a convocar nunca más sesiones del Parlamento: total, ya solo iban los diputados nazis -la oposición estaba detenida o exiliada- y para reunirse unos amigos podían quedar en cualquier cervecería... en la entrada hay un curioso monumento que, sinceramente, recuerda una hilera de tostadas quemadas: placas de pizarra que recogen los nombres de los diputados de aquella última legislatura de la República de Weimar que fueron asesinados por los nazis...

El Spreeboge en obras, año 2000: luego, todas esas grúas vinieron a España...

Reichstag

Reichstag desde Spreeboge

A los diputados muertos...


De todas maneras, tampoco hay que escandalizarse, porque Hitler, ya en sus momentos iniciales, se cargó también a Ernst Röhm, su amigo de toda la carrera política y jefe de las SA, en un confuso incidente en que aprovechó para, con la ayuda del Ejército, eliminar al ala izquierda del Partido. Uno de los argumentos utilizados fue la homosexualidad de Röhm que, por supuesto, era conocida por todo el mundo, empezando por el propio Hitler. Como Röhm era ministro del gabinete, pronto se difundió un panfleto donde se decía: "El Artículo XX de la Constitución queda redactado de la siguiente manera: el Canciller nombra, cesa y fusila libremente a sus ministros..."

De todas maneras, los azares de la guerra no fueron buenos para el Reichstag, y cuando los soldados soviéticos lo escalaron para poner en él su bandera, su estado era más que lamentable, y así iba a seguir durante décadas; situado en la divisoria entre las dos zonas, no se abordó su reconstrucción hasta la Reunificación, dentro del complejo proceso que supuso trasladar a Berlín todo el aparato político de la República Federal, sacándolo de la idílica Bonn, la "Bundesdorf" la "Aldea Federal"...

La reconstrucción del Reichstag fue polémica, porque se encargó a Norman Foster construir una enorme y etérea cúpula de cristal sustituyendo la antigua...una vez la miras dos veces, ya te empieza a gustar más, y hay que reconocer que, de noche e iluminada, resulta doblemente espectacular.

Cúpula del Reichstag

La Cúpula, de noche...


Tras guardar una cola respetable, la cúpula del Reichstag es visitable, y asciendes por una rampa -hay una para subir, y otra para bajar- que te permite contemplar, desde arriba, el espacio donde celebra sus sesiones el Bundestag: observo que, en vez de escaños, tienen sillones bastante individuales, y me parece no solo bien, sino recomendable: el escaño propende al compadreo y al gamberreo escolar, a pitar al contrario, patear el suelo, pedir al colega que vote por ti cuando vas a llamar por el móvil, y decir "¡Que se jodan,,,!" El sillón individual es como más formal, debes sentirte allí rodeado por tus electores, que incluso te pueden mirar por encima del cogote, y seguramente se te pasan las ganas de jugar al "Candy Crush".



Sala de Sesiones del Bundestag



En la orilla derecha del Spreeboge se alza, desde hace pocos años, el impresionante edificio moderno y blanco de la Cancillería: tiene en su puerta principal un enorme Chillida, que recuerda dos garras de hierro encontrándose, y uno no sabe si el artista quiso representar las manos reunidas de los alemanes, o las que nos iban a echar al cuello a los derrochones y expertos en vivir-por-encima-de-sus -posibilidades del Sur. De cualquier manera, desde su limpio y acristalado Olimpo, nuestra Gran Madre Blanca envía mensajes que son más que órdenes a dóciles y acongojados gobernantes... un querido profesor mío, bilbaíno, me contaba que su abuelo, un liberal de los de antes, se santiguaba cada vez que pasaba por la puerta de la sede de uno de los dos grandes bancos -Bilbao y Vizcaya- que había entonces en su ciudad: disimuladamente, hago lo mismo ante la Cancillería Federal, y murmuro una breve oración... Madre Nuestra que está en Spreeboge, perdona nuestras deudas...

Blanca en Spreeboge

Cancillería Federal


Más allá, el Spree se divide: parte constituye el Puerto Occidental, y su rama sur bordea el Tiergarten: pasa antes por dos lugares de interés: La Charité, el hospital más antiguo de Berlín, cuyo nombre atribuyo a la herencia francesa de los Hugonotes, o a la francofília de Federico el Grande, y el Bendlerblock, la sede del Alto Estado mayor germano durante la guerra, donde Tom Cruise fue sumariamente ejecutado tras su fracasado intento de acabar, de una tacada, con el Führer y con la Guerra: allí se levanta el Monumento a la Resistencia Alemana, notable por el valor que demostraron quienes la integraron... y, para qué vamos a engañarnos, por su escaso número: supongo que el patriotismo mal entendido ahogaba los escrúpulos de quienes moralmente no podían admitir la locura criminal de sus gobernantes... se ha escrito mucho sobre ello, dejémoslo así...

Y dejemos aquí también a nuestro río, que se dirige, no al mar, que es el morir, sino al Havel, su hermano mayor, que llevará sus aguas hacia el Elba... Mañana os seguiré contando cosas...





martes, 2 de junio de 2015

Berlín: Am grünen Strand der Spree



Vaya por delante que siempre he estado en Berlín en Invierno: no he podido, por lo tanto, disfrutar de las “Verdes orillas del Spree”, que he visto nevadas, escarchadas o, simplemente, tiesas de un frío pelón: pero en una ciudad con río, hay que aprovecharlo, y dejarte llevar por sus aguas como eje de una visita, aunque sea parcial, a sus orillas…

El Spree es un río manso, de llanura, no demasiado ancho ni caudaloso, según los estándares centroeuropeos, pero de los que no vemos en esta seca Península de nuestros pecados: entra en Berlín por el Sur, después de cruzar la Spreewald, un denso bosque, escenario de los últimos choques entre las vanguardias soviéticas y los defensores a ultranza -me gusta la expresión francesa, “Jusq’auboutistes”- del régimen nazi, y donde aún se encuentran, de vez en cuando, los esqueletos calcinados de vehículos de combate y los restos insepultos de sus tripulantes. Se embolsa en el Gross Mügelsee, que es, desde luego, un lago muy grande, rodeado de las casitas donde veraneaban los proletarios de la República Democrática Alemana, y  pasa luego por Köpenik, el pueblo del famoso Capitán, un sastre que se hizo pasar por mando militar, aprovechándose del innato respeto hacia los uniformes de sus conciudadanos y consiguió así resolver un problemilla que tenía con las autoridades municipales. Köpenik está ya dentro de la aglomeración metropolitana de Berlín, y se ve algún puerto fluvial, con los modestos yates de la nueva burguesía oriental, rodeados por los miles y miles de parcelas con casitas de madera, donde los berlineses orientales, al igual que mis amigos boltañeses en sus huertos, mitad productivos, mitad deportivos, pasan el finde cultivando cuatro patatas, seis coles, pepinillos para conservar en vinagre y, en verano, fresas, frambuesas y arándanos.


Blanca en Gross Mügelsee

Dentro del Berlín propiamente dicho, ya corre paralelo a él, por el sudoeste, el Landwehrkanal, el Canal de la Guardia Territorial, del que luego hablaremos; entre uno y otro, el barrio de Kreuzberg: ya tiene narices que sea el barrio de la Montaña de la Cruz el más musulmán y otomano que pueda encontrarse al Oeste de la Turquía europea… la emigración ha echado allí sus raíces, y no solo la turca, como nos explica la simpática bibliotecaria de su activísimo Centro Cívico: fue también refugio de hugonotes franceses, de españoles e italianos, y hoy de polacos y exsoviéticos en general… pero son, sin duda, los turcos quienes marcan su carácter: en todos los lavabos encuentras el grifito y la rejilla para las abluciones anales postuso, y en las calles florecen los kebabs; no os perdáis los escaparates de las tiendas de moda: todos los maniquíes femeninos llevan un artístico pañuelo en la cabeza. También pueden admirarse los disfraces de almirante otomano -con turbante, capa y alfanje- con que visten a los niños para la ceremonia de la Circuncisión, ni más ni menos que el uniforme de marinerito que lucí para mi Primera Comunión, que superé, afortunadamente, con todos mis colgajos de piel en su sitio; al parecer, gracias a San Pablo, que no consideró necesario que los nuevos Cristianos prescindiesen de su prepucio. ¡Loor a él!.







Ya hemos pasado Kreuzberg, y el Spree entra en Mitte, el centro histórico, el corazón de la ciudad: allí se asoma al río el Nikolaiviertel: debe su exótico nombre, “Barrio de Nicolás”, al Zar de todas las Rusias, aliado de los prusianos contra Napoleón, que se asentó por allí en su visita a Berlín, después de zurrar al Corso en la Batalla de las Naciones, en Leipzig: Nikolai era un barrio de casitas bajas, tejados inclinados y calles estrechas, y así ha sido reconstruido después de los bombardeos, siendo lo más parecido a un Casco Antiguo dentro de Berlín: se conserva el Nüssbaum, el Nogal, el bar más antiguo de la localidad, tiendas “bonitas” -de cosas poco útiles, pero interesantes, incluyendo una increíble de osos, el tótem que compartimos Berlín y yo- y unos cuantos restaurantes sumamente agradables, donde suelo ofrecerme el homenaje de un importante Eisbein -el codillo de cerdo hervido y conservado en sal-, acompañado por coles, patatas y mostazas diversas.


Zum Nüssbaum, el bar más antiguo de Berlín

Eisbein, hummmm!


En la Iglesia de Nikolai, transformada en sala de exposiciones, pude visitar una, sumamente reveladora de lo que había sido la Transición del Socialismo Realmente Existente al Capitalismo No Menos Real: reflejaba la vida de una población cercana a Berlín -oriental, por supuesto- donde existían unos importantísimos Altos Hornos, que abastecían no solo a la industria germanooriental, sino también a los restantes países socialistas y a la propia Unión Soviética, dentro del Mercado Común que tenían establecido, el CAEM: la Alemania Oriental, dentro del bloque socialista, era una pequeña potencia industrial, y los propios alemanes se reían del comercio con la Unión Soviética, a la que llamaban “Nuestra Neocolonia”, ya que les compraba sus productos industriales a cambio de materias primas. También había en la pequeña ciudad una base de las Fuerzas Aéreas germanoorientales, que generaba no pocos puestos de trabajo.

Con la Reunificación, el efecto fue inmediato: un organismo estatal -del Estado Federal- saldó todas las empresas orientales, de titularidad pública, y las adjudicó a grandes conglomerados industriales occidentales, que, inmediatamente… las cerraron, declarándolas obsoletas, y sin la menor intención de reconvertirlas. Exactamente lo mismo pasó con las Fuerzas Aéreas; sólo conservaron los Mig-29, porque eran netamente superiores a sus equivalentes occidentales… pero para vendérselos a los yanquis, para aprender de su tecnología: el resto, al vertedero… o a ejércitos del Tercer Mundo: muchos equipamientos militares de la DDR acabaron en manos de unos y otros, en los Balcanes… Resultado: de una orgullosa ciudad de proletarios, a un club de la Tercera Edad prematura, llena de prejubilados, subsidiados y, simplemente, pobres. Eso sí, con BMW’s de quinta mano por todas partes…

Pasado Nikolaiviertel, tuve aún tiempo, en mi primera visita, de contemplar el Palast der Republik: un edificio moderno, de cristal ahumado y aluminio anodizado, de estética comentable -más que discutible- sede de algunas dependencias oficiales de la República Democrática Alemana y, además, lugar donde se celebraban convenciones, actos públicos, exposiciones, bodas (civiles, por supuesto)… se encontraba cerrado y en obras, al parecer por asbestosis: así había visto yo también el Berlaymont de Bruselas, pero en este caso sospeché que la cosa no  iba por ahí…

Palast der Republik... ¡Ojo, ya no existe...!


En la segunda visita pude confirmar mis temores: el Palast había sido demolido, recuperando el espacio donde, en su día, se alzaba el Palacio Imperial de los Hohenzollern… pero peor fue enterarme, en la tercera, de que el Gobierno Federal se proponía reconstruir el viejo palacio, un pastiche neoclásico infumable, que costará un Congo… doña Angela, a veces, parece también vivir por encima de sus posibilidades, la muy j….

Justamente en frente, al otro lado de la Prenzauesberg Allee, en los bajos de un moderno bloque, se encuentra el Museo de la antigua República Democrática Alemana: alterna elementos de terror -la reproducción de las celdas y las salas de interrogatorios de la Policía Secreta, la Stasi, muy similares a los que usaban sus colegas nacional-católicos de aquí, por cierto, y supongo que bastante en la línea de los que emplean los adalides de la Democracia en Guantánamo- con otros involuntariamente cómicos, como la descripción del Servicio Militar, que se parece a la de todos los servicios militares del Mundo, ni más ni menos… también llaman la atención las reproducciones de interiores domésticos, que demuestran por qué la DDR nunca ganó ninguna medalla olímpica en Interiorismo, pero tampoco difieren demasiado de las casas pequeñoburguesas españolas de los sesenta, con sus eskais y sus horribles papeles pintados… y en cuanto a los Telediarios…una mezcla del No-Do, Urdaci, Telemadrid y las entrevistas de Mónica Terribes a Artur Mas, nada tampoco que no nos resulte familiar… salgo de allí silbando el viejo himno de la DDR, mucho más bonito que la mayoría de los que conozco, y con una letra bellísima… “Levantándonos entre las ruinas, y mirando de frente el Futuro…” ¡Ay, DDR…! “Kleine, aber meine”…”Pequeña, pero mía”, decían los pocos ciudadanos que optaban por quedarse dentro…

El Trullo

¡Yo no he sido...!

Solo falta, en la Tele, Jesús Álvarez...



Queda mucho Spree por delante, lo dejo para la próxima entrega…



lunes, 1 de junio de 2015

Berlín Alexanderplatz

Inicio una semana en la que, me temo, no voy a dejar de oír hablar de Berlín en todo el p... día, y descubro, con horror, que apenas si he escrito cuatro líneas sobre mi ciudad favorita... intento corregir, de urgencia, semejante aberración, y me prometo contar después muchas, muchas cosas de Berlín...

Hemos ido tres veces a Berlín, y tengo la intención de repetir varias veces más, en la medida en que los años crecientes y los recursos menguantes -los, espero que ya inminentes, sucesores de Montoro- me lo permitan, y las tres veces nos hemos alojado en el mismo hotel, en Alexanderplatz. El edificio es el rascacielos más alto del Berlín Este -y supongo que sigue siéndolo también en el Berlín unificado-, construido para demostrar que a los arquitectos socialistas les podían salir cosas tan impresionantes y pretenciosas como a sus colegas del Mundo Libre, y tiene un montón de pisos, muchísimas habitaciones, un casino en la última planta, y unas vistas alucinantes sobre la ciudad, aunque supongo que en Recepción deben tener mi ficha política, y siempre me han tocado ventanas mirando al Este, para que aprenda... Las habitaciones son acogedoras y funcionales, con el curioso detalle de que el cuarto de baño es completamente transparente -aunque no el retrete, a Dios gracias-, por lo cual no os aconsejo que compartáis habitación con alguien al que no estéis dispuesto a ver salir de la ducha buscando a tientas la toalla. Tiene, como cabe suponer en Berlín, un desayuno de buffet libre pantragruélico, que bastaría para cubrir las necesidades calóricas de medio Togo durante una semana, y que recomiendo afrontar con suma prudencia y parquedad.




La primera vez, llegamos a Berlín por el Aeropuerto de Tegel, en la antigua Zona Occidental, y nos trasladamos hasta Alexanderplatz en taxi, recorrido inolvidable porque nos permitió cruzar parte del Tiergarten en dirección a la Puerta de Brandenburgo, y enfilar después Unter der Linden: pero en las dos veces siguientes hemos llegado al aeropuerto de la antigua Zona Oriental, Schönefeld -¡Qué nombre tan bonito, "Campohermoso"!- donde se está construyendo, a ritmo más hispano que germano -muchos años de retraso, desviaciones presupuestarias estratosféricas- el nuevo aeropuerto de Berlín- y hemos podido aprovechar una de las más importantes propiedades de Alexanderplatz: su condición de nudo de comunicaciones. Hay en ella una estación de DB, los ferrocarriles federales alemanes, cercanías y largos recorridos, otra del S-Bahn -suburbano berlinés-, otra de U-Bahn -el "Metro"-, líneas de autobuses y de los tranvías que recorren la Zona Este... puedes llegar hasta allí en el S-Bahn, haciendo solo un transbordo, y a un precio sumamente asequible. Empiezas así a disfrutar del transporte público que hace de una ciudad como Berlín, con enormes distancias y zonas claramente diferenciadas, tremendamente accesible y cómoda, en cuanto has aprendido a moverte por él.



De la plaza, en sí, poco puedo decir: es ligeramente desconcertante. Supongo que, después de los bombardeos aéreos aliados y de la artillería soviética, debió quedar como la palma de la mano, y todo lo que se ha construido en ella -edificios racional-socialistas, imagino que con mucho prefabricado-, aún siendo armónico, tiene un cierto aire de provisionalidad. Posiblemente alguien barajaría la solución de no reconstruirla y fragmentarla en otras plazas o calles, pero al enterarse de que había una famosa novela -y una no menos famosa película- así llamadas, Alexanderplatz se salvó, aunque los informales la llamen, simplemente, Alex.

A parte de la gigantesca estación de ferrocarril y el más gigantesco aún hotel en que me alojo, hay un no menos gigantesco edificio de Grandes Almacenes, que era la alternativa oriental al KdeW, el gigante occidental, y que no deja de ser una especie de Corte Inglés, y, luego, en los bajos de todos los edificios que la rodean, tiendas de todo lo imaginable, y restaurantes de todas las etnias, española incluida... en mi primera visita descubrí una tienda de calzado barato -hacía poco que había caído el Muro, y la diferencia entre los niveles de vida del Este y el Oeste era palpable -llamada "Delgado", mi apellido materno... ya no la he vuelto a ver, supongo que mi insospechado pariente se la ha vendido a alguna franquicia...

En el centro -o casi- de la plaza, hay un ingenioso Reloj Universal, donde puedes comprobar la hora simultáneamente en cualquier lugar del Mundo, muy divulgación científica socialista... la última vez que estuve por allí, recorrían la plaza unos desdichados beneficiarios de los Minijobs de Angela Merkel, hombres-salchichería ambulantes, con una bombona de butano en la espalda, un fogoncito apoyado en los mismísimos, y un paraguas que los protegía de la nevada: recordé una frase leída en una tienda de recuerdos berlineses: "Ha habido dos días muy duros en mi vida: cuando me enteré de que todo lo que me habían dicho del Socialismo era mentira, y cuando me di cuenta de que lo que me habían contado del Capitalismo era verdad"




Durante el mes de Diciembre, ocupa el centro de la plaza un mercadillo navideño, un Weihnatchmarkt: eso la transfigura por completo, se llena de cabañas de madera modelo Selva Negra, donde venden todo tipo de adornos, lucecitas, velitas... algunos, como los molinetes impulsados por el calor de las velas sobre unas aspas, son especialmente bellos... se come de todo, en los Imbiss -donde te sientas en altos taburetes, en torno a mesitas en forma de tonel- o, simplemente, andando por la calle: el aire huele a docenas de variedades de salchichas, con salsas muy diversas -arrasa el Curry, hay que ver qué cosas...- y a las coles en todas sus advocaciones, incluyendo una col verde frita realmente impactante: se bebe cerveza a hectómetros cúbicos y, para rematar, Gluhwein, vino caliente con especias, que no admite término medio; o te sabe a rayos o, como es mi caso, te gusta y te lo tomas para reconfortarte antes las bajas temperaturas... también en ese caso favorece tener el hotel ahí mismo, al que puedes llegar hasta a gatas... en un mercadillo navideño, unos simpáticos jóvenes me ofrecieron magdalenas hechas con cannabis, que comí esperando lograr evocaciones sumamente proustianas... intentaron venderme una bolsa, "para que te las lleves a España...", y al alegar yo que podía tener algún problemilla en el aeropuerto, pusieron la cara más alemana y luterana posible, y afirmaron, a coro: "¡Es legal...!"  ¡Por supuesto! ¿cabía esperar otra cosa de  unos jóvenes germanos...?



Alexanderplatz limita al Este con la Karl Marx Allee, la amplísima avenida -decían las malas lenguas que un metro más ancha que la más ancha de Moscú- que vertebra el antiguo Berlín Este, y, al Norte, la Prenzlauer Allee, recorrida por ruidosos tranvías hacia las zonas relativamente más altas -todo Berlín es muy llano- del Prenzlauer Berg y Pankow, donde estaba la antigua capital de la DDR. Pero os recomiendo dirigiros hacia el río Spree, al Oeste, porque es por allí donde encontraremos varias cosas interesantes:



La primera, sin lugar a dudas, es la Fernsehenturm, la Torre de la Televisión: se parece a todas las restantes Torres de la Televisión que conozco, pero es un poquito más alta y, de hecho, se ve casi desde todo Berlín; otra ventaja de alojarse al lado: nunca te falta un punto de referencia para volver al hotel... También, en este caso, se trataba de una machada del gobierno comunista, para demostrar su capacidad tecnológica, aunque decían los disidentes que, en determinadas circunstancias, su sombra sobre el terreno recordaba a una cruz... como milagro me parece un poco tonto, la verdad... por un precio ligeramente capitalista, puedes subir al mirador, desde donde tienes una vista increíble sobre todo Berlín, especialmente el Unter der Linden: cuando subimos, nevaba, y el espectáculo era inolvidable.



Junto a la Turm, una iglesia neogótica luterana, dedicada a María, así, sin más... la recomiendo por el aire austero de las iglesias reformadas, que siempre nos sabe a poco a los barrocos católicos, y por unas curiosas pinturas sobre la "Danza de la Muerte" que allí pude contemplar: las epidemias medievales que diezmaron la población europea despertaron un falso sentimiento igualitario, al ver que palmaban igual el humilde bracero y las testas coronadas, y así se representan, cogidos ricos y pobres de la mano bajo la atenta dirección de la Pelona, sin posibilidad alguna de coger un avión medicalizado y hacerse conducir al Houston Memorial... recuerdo que cuando Margaret Thatcher intentó implantar la Poll Tax, una contribución urbana igual para palacios y chozas, un analista británico afirmó: "Es un impuesto democrático, en el mismo sentido en que era democrática la Peste Negra..."



Un poquito más allá, en una plaza arbolada y discreta, las negras estatuas de dos alemanes jubilados: Karl Marx y Friederich Engels, el "Masengéls" por cuyos libros preguntaba un simpático agente de la Brigada Social en un registro en casa de un amigo mío... junto a ellos me fotografié, solidario ante su injusta postergación, cuando tantos indicios hay de que, en sus análisis, dieron en el clavo... los servicios municipales habrían borrado años atrás la pintada en la base del monumento, en los tiempos de la caída del Muro, donde se leía: "¡Nosotros no tenemos la culpa...!" Por la noche, a su alrededor, juegan los conejos: crecieron a millones en las zonas de "Tierra de Nadie" que rodeaban el Muro, donde no conocían más predadores que las minas antipersona que, de vez en cuando, convertían alguno en Terrine de Lapin, y, una vez derribado el Muro, se ha extendido por todos los parques urbanos de Berlin, que ha pasado así de ser la Ciudad del Oso, a la del Kanichen, que es como llaman los alemanes al simpático roedor...



Mirando hacia el río, a la izquierda, veremos la mole de la Rote Haus, la Casa Roja, sede del gobierno municipal de Berlín, así llamada no por la orientación política de sus moradores, sino por estar hecha de ladrillo rojo. Creo que en sus bajos hay una cervecería, como es frecuente en los ayuntamientos alemanes -y eso suaviza mucho la necesidad de desplazarse hasta allí para realizar trámites- pero no he podido visitarla aún: en todo caso, en Berlín existe una fábrica "Municipal" de cerveza -aunque tampoco me consta que sea estrictamente de titularidad pública-, y su cerveza, la "Burgerbier", es la más bebida en la ciudad. Es ligerita y rica...

Estamos ya casi llegando al Spree, el río de Berlín, pero antes tenemos que pasar por cuatro sitios de interés: el museo sobre la DDR el Berliner Dom, la Schlossplatz, y el Nikolai Viertel... pero ahí hay tajo para otra crónica: démonos la vuelta, y al hotel...

En una novela escocesa, un punkarra afirma que "Berlín es la ciudad ideal: puedes escupir por la ventana, y seguro que le das a un fascista..." Como todas las generalizaciones, es profundamente injusta: basta con ver los resultados electorales para comprobar que Berlín vota a la Izquierda, e incluso a un Alcalde-Presidente -es Ciudad-Estado en la República Federal- socialista y gay: además, siempre fue así, y ponía de los nervios a Hitler, que nunca pudo convencer a los rojos obreros de Moabitt, semillero de las Brigadas Internacionales, ni a los cachondos y juerguistas burgueses, más interesados en las piernas de las coristas que en conquistar Polonia... Berlín sigue siendo hoy un punto de encuentro de gentes de todo el Mundo: emigrantes turcos -ya casi plenamente aclimatados-, vietnamitas de la época de la Solidaridad Internacionalista, nuestros hiperformados e hipoempleados jóvenes -nos acongojó, en el aeropuerto, ver cuantos padres estaban allí para visitar a sus hijos expatriados-, ciudadanos de toda la Europa Oriental... y, por supuesto, de todas las tribus urbanas, desde okupas de chupa con chapas y clavos, hasta elementos cuadrados de gimnasio con cabezas rapadas y bomber de naylon, que se creen nazis pero que muy seguramente no pasan de cenutrios. No digo yo que no haya problemas, que los hay, pero toda esa mezcla mantiene un difícil equilibrio, diría que incluso una convivencia, que solo puedo atribuir al Berliner Luft, el aire de Berlín, ese airecillo báltico que huele a libertad, y que estoy deseando volver a respirar, allí, en Alexanderplatz...