lunes, 8 de junio de 2015

L'Italiano

Mi inminente viaje a Italia será para mí un viaje también a una lengua que no he estudiado, pero de la que disfruto como de pocas; vivir unos días en Italiano es, para mí, un aliciente muy especial: os cuento cuales han sido mis relaciones con la lengua de Dante, Petrarca y Alberto Sordi...

¿Os acordáis de la Gripe Aviar---?


"¿Hablas Italiano?" me preguntó de sopetón mi maestro y amigo Joaquín Fernández...

"No, que yo sepa..."

"Pues es una lástima, porque yo tampoco, pero me he comprometido a traducir un libro, y lo vamos a hacer entre los dos..."

Por aquel entonces, íbamos los dos bastante mal de dinero, y no podíamos dejar pasar ninguna oportunidad; y así me vi lanzado a la traducción de una Enciclopedia sobre la Historia del Cine, un tema que, por suerte, me apasionaba y me apasiona, para una de esas editoriales cuyas obras se vendían luego por casas y oficinas, a cargo de sufridos vendedores encorbatados y trajeados, con cierto aire de telepredicadores americanos, y de situación económica tan precaria como la nuestra...

No era, por cierto, mi primera experiencia en el mundo de la traducción: había vertido al castellano un Manual de Sociología en Inglés americano, y aún no hace mucho descubrí una reseña bibliográfica donde se recordaba tamaña osadía, pero hay que decir en mi descargo que, por aquel entonces, me encontraba sumido en el Mundo de la Droga; ya os contaré algún día... pero esta vez estaba en mi ser natural; así que saqué un diccionario de la biblioteca de la Facultad -no estaba la cosa como para hacer gastos previos-, puse un folio en mi Olivetti Pluma 21 -una especie de ordenadores sin pantalla que usábamos en la Antigüedad- y me adentré en las infractuosidades de la Lengua Italiana.

Hay que añadir que mi respuesta a Joaquín, de puro apresurada, había sido inexacta: hacía años, en un librero de viejo, y por cuatro perras, llevado por mi interés por la Historia, había comprado un libro insólito: "Il Balilla Vittorio". Los "Balilla" eran los niños y adolescentes en las filas de las Juventudes del Partido Fascista, y el librito era una especie de texto de formación nacional italiana de los años 30, lleno de misiones imperiales, reuniones del Partido, pequeños carros de combate, parecidos a nuestros Biscuter, desfilando ante el Duce, y esforzados fascistas en camiseta blanca de tirantes ayudando en la Bonificata, la cruzada contra las zonas pantanosas que eliminó la Malaria -su nombre, italiano, ya explica hasta qué punto era endémica en esas tierras-, llenó Italia de búfalas productoras de Mozzarella, y nos impidió gozar de humedales que hoy estarían protegidos por el Convenio Ramsar, y llenos de aves acuáticas y ornitólogos ingleses observándolas...

"Il Balilla Vittorio" no era obra de gran altura literaria aunque -aviso- en Italia hasta los letreros que prohíben asomarse por las ventanillas de los vagones del tren tienen un regusto literario asombroso, y no llegaba ni de lejos a las cotas alcanzadas por su antecesor inmediato, "Cuore", Corazón, la colección de cuentos que contribuyó a la creación de una identidad nacional italiana basada en el Risorgimento y la Unidad, donde bravos tamborcillos sardos, abatidos por pérfido francotirador austriaco, morían en los amorosos y agradecidos brazos de Il Re...o donde Marco cruzaba medio Mundo, de los Apeninos a los Andes, buscando en tierras argentinas a su mamma emigrante, antes de que oportunistas ilustradores japoneses le pusieran ojos de huevo y, además, le diesen por compañero a un surrealista mono, origen de tantas bromas infantiles... pero, pese a su carácter de obra menor, fue mi primer contacto con el Italiano, me lo leí sin grandes problemas y, ahora, sentado ante la Piuma 21 -tan italiana también ella misma-, vivía yo de los réditos de aquella lectura y descubría que el Italiano se abría ante mí, sin dificultades especialmente dignas de mención...

Por supuesto, no había ningún misterio en ello; ambas lenguas, el Italiano y la mía, bebían en las ubérrimas ubres de Roma; hermanas ambas, hijas del Latín, los puentes entre ellas eran frecuentes, familiares, transitables... aunque, también, alguna vez engañosos... recuerdo siempre el cachondeo de unos compañeros del PCI cuando, en un restaurante barcelonés, veían el rótulo "Salida" sobre una escalera claramente descendente... para ellos, "Salire" es "Subir"... "É l'Uscita...!" tenía que traducirles yo...

El Latín había sido uno de mis grandes descubrimientos en el Bachillerato: acostumbrado -catoliquito  anterior al Concilio Vaticano Segundo- a los textos litúrgicos en una lengua que no entendía, ahora se me presentaba como un mecanismo de precisión, con sus declinaciones y sus conjugaciones verbales, sus ablativos absolutos, su extraña belleza, acrecentada por el hecho de que, al no disponer de profesores nativos, nadie sabía a ciencia cierta cómo debía sonar... solo lamento que, al optar por Ciencias, lo dejase al llegar a Quinto de Bachillerato, y que no se pusiese más hincapié en desarrollar nuestras habilidades para usarlo como lengua, en vez de centrar el programa en efectuar traducciones...

¿Podía servir el Latín como lengua de comunicación? por supuesto, así lo fue en la comunidad científica hasta bien entrado el Siglo XIX, y aún mis amigos micólogos, cuando quieren describir una especie nueva, deben recurrir a un experto en Latín para redactar su descripción: "Pileum striatus, lamelulae albae..." En un episodio de Makinavaja, las historietas de Ivá que magistralmente interpretaba en la Tele mi querido Pepe Rubianes, descubría en una terraza de un bar una muchacha de turbadora belleza, de la cual, tras varios intentos en Inglés aproximado, sólo llegada a deducir que era polaca--- "Con lo beatos que son, sabrá Latín...", aventuraba... acertaba a pasar por allí, de sotana y leyendo el breviario, un cura -el impagable Carles Flaviá, que lo había sido realmente en una vida anterior-, y Maki le pedía que le preguntase a la señorita si estaría interesada en mantener una relación con él: "Hoc vir, copulam habere volet cum te..." o algo así, le decía el cura, a lo cual la dama respondía simplemente: "Triginta milia", estábamos aún en los felices tiempos de la Peseta...

Apoyado en la muleta del Latín, me he adentrado por el universo bellísimo del Italiano sin demasiada seguridad, pero con una cierta alegría y sin muchos complejos: puedo leer textos italianos casi, casi de corrido, y, en los felices tiempos del Eurocomunismo, podría pasar buenos ratos debatiendo con i cari compagni, cada unos en su lengua, pero sin dejar de hacer incursiones en la del otro... recuerdo que, en una ocasión, pasaba ante la estatua dedicada, en la Via Laietana, a Ramon Berenguer IV, y un turista italiano deletreaba en voz alta, confundido, "Ramon Berlinguer..." "Il nonno d'il caro Enrico!", le aclaré, "El abuelo del querido Enrico", dejándolo de una pieza... Enrico Berlinguer, al que había tenido la ocasión de escuchar en un mítin, hablando su bellísimo Italiano, ¿Qué opinaría ahora de la situación política de su País...? ¡qué horror, la Muerte fue piadosa contigo...!

Pronto, muy pronto, volveré a sumergirme en sus aguas acogedoras... el Francés, hace poco lo dije, fue mon premier amour, y, como todos los primeros amores, jamás se olvidan, pero no deja de tener un puntillo inquietante, de no llegar a estar a la altura...: el Inglés ha sido una herramienta de trabajo, que me abre las puertas del Mundo, y que he pulido y pulido a lo largo de años y años: por el Alemán, un amor juvenil que ahora retomo, me muevo como los legionarios romanos por el bosque de Teutoburg, entre la admiración por su hermosura, y el acojono por las asechanzas que encierra... el Italiano es de casa; no llega, para mí, a ser ni siquiera una lengua extranjera, y cuando voy por esos mundos de Dios y, por la noche, enciendo el televisor en mi habitación, cuando me canso de leer los subtítulos de la CNN, busco siempre Rai1, para ver al simpático ufficiale de la Areonautica Militare que hace de hombre del tiempo y, sinceramente, para poder enterarme de lo que dicen...


¡La cuarta parte de la multa, para el denunciante!

"..Y otras penas, al arbitrio de Su Señoría Ilustrísima..."

Este ya es para nota... está en dialecto romano... pero se entiende, ¿verdad..?




domingo, 7 de junio de 2015

Recuerdos de Miguel Boyer...

Escribía ayer en mi Facebook, hablando del Festival de Tradiciones Japonesas Matsuri, en Barcelona:

 "Un encuentro triste: Anna, la dueña de mi querido Ikkiu, mi restaurante japonés favorito, ha tenido que cerrar sus puertas. Es una víctima póstuma de Miguel Boyer, que sigue ganando batallas después de muerto, pero no contra los yihadistas, sino contra los arrendatarios de viviendas y locales amortizados ya siete veces cuando Franco aún pescaba salmones...no le deseo ningún mal, pobre Boyer, ya pagó sus culpas... tan solo que le renegocien el alquiler de la caldera cada cinco años en el Infierno de los Neoliberales Disfrazados... pruebo, quizás por última vez -snif!- los deliciosos Sobas de trigo sarraceno, fresquitos y con su cebolleta... ¡Hasta siempre, Anna, suerte que estás en el feisbuk, y seguiremos siendo amigos...!"..

Algún día explicaré mi particular inquina contra la Ley Boyer, donde yo sitúo los orígenes de la burbuja inmobiliaria, cuyo estallido de poco se nos carga el país... pero recordé otra anécdota de la cual era, indirectamente, protagonista el primer ministro socialista de Economía, y que me apetece contar...

Ante todo, una confesión; en Noviembre de 1982, cuando se produjo la histórica victoria electoral socialista, fui de los muchos y muchos españoles que vibramos de entusiasmo: aunque el partido al que yo había votado iniciaba en aquellas elecciones el lento camino que le ha llevado desde su condición de partido hegemónico de la Izquierda durante el Franquismo a la urgentísima necesidad de reinventarse para evitar caer en la inoperancia más absoluta, aquella noche tuve que abandonar el Centro de Recogida de Datos organizado por la Generalitat -y, como podéis imaginar, trufado de miembros conspicuos de Convergència i Unió- para poder expresar mi alegría libremente por las calles, y siempre recordaré que lo hice con mi amigo Xavier Vinader, cuya muerte llorábamos hace pocas semanas, corriendo Passeig de Gràcia abajo, uniéndonos a los grupos espontáneos que empezaban a abrir botellas de cava, al grito de "Visca, visca, visca, Espanya socialista...!" "!Xavier -le decía yo, siempre optimista...- esta noche, ligamos...!"

Tampoco es que esperase yo transformaciones revolucionarias de los amigos del PSOE, pero enseguida empezaron a pasar cosas; los nombramientos de ministros -incluido el del propio Miguel Boyer- tuvieron algunos elementos desconcertantes, pero las segundas líneas -Subsecretarios, Secretarios de Estado y Directores Generales- se nutrían de la cantera de progresistas realmente existentes, y había entre ellas muchas caras prestigiosas: sin ir más lejos, fue nombrado Director General en el Ministerio de Boyer un compañero de Facultad -antiguo militante del PSUC, entonces ya socialista, por supuesto- al que todos conocíamos y apreciábamos.

A las pocas semanas de su nombramiento, anunció que venía a la Facultad para explicarnos a sus compañeros profesores las medidas que iba a adoptar el nuevo Gobierno: no es que fuese una iniciativa de corte asambleario -nadie esperaba que nos las sometiese a votación, ni nada por el estilo-, pero el mero hecho de ver a uno de los nuestros, investido de tan altas responsabilidades, dando explicaciones a una pandilla de Profesores No Numerarios era algo insólito y profundamente excitante para nuestras mentes sencillas.

Nos reunimos, pues, en la Sala de Grados, un anhelante grupito de jóvenes lumbreras progresistas, llegó nuestro compañero llamado a mejor fortuna, intercambiamos los saludos y abrazos de rigor, y empezó su exposición...

No es preciso que os  recuerde, a los de mi generación, que la situación económica de España en 1982 era francamente mala, tirando a desastrosa: todo el mundo esperaba del nuevo Gobierno medidas rápidas y eficaces para iniciar la recuperación -o, por lo menos, frenar la caída- y eso es justamente lo que nos explicó el Director General...especialmente, insistió en el propósito de enderezar nuestra catastrófica Balanza de Pagos, "Frenando las importaciones, e incrementando las exportaciones"

Yo era, por entonces, profesor de Estructura Económica de España, la disciplina que después recibió el horrible título de "Economía Aplicada"; por lo tanto, sabía algo de eso, o eso creían los que me pagaban -eso si, muy poco- por formar a las nuevas generaciones de economistas: por lo tanto, no me pude contener: "Perdona, Fulano -llamábamos al Director General por su nombre de pila, en plan viejos camaradas...-; en éste momento, una de las rúbricas más importantes de nuestras exportaciones son los productos refinados del petróleo; crudo no producimos ni para llenar un mechero... ¿Cómo vamos, sin ir más lejos, a incrementar esas exportaciones si no incrementamos, correlativamente las importaciones...?"

El Director General me interrumpió con una auténtica carcajada..."¡Ja, ja ja, Antonio, al Ministro no le vayas con esas cosas... para él, las importaciones son los videos y los bemeuves...!"

Y no fue la única respuesta de ese tipo que recibimos... acabamos el acto, prometimos repetirlo -promesa que jamás se cumplió-, y salimos a la calle en silencio... me metí en mi Ford Fiesta con un compañero, sin cruzar palabra, y, cuando ya íbamos a media Diagonal, no recuerdo quien de los dos resumió lo que sentíamos... "¿Verdad que sería bonito ser gobernados por gente que supiese más que nosotros...?"






jueves, 4 de junio de 2015

Camino del Elba...

Seguimos las aguas del Spree, ya Havel, camino del Elba...

El Spree se entrega a su hermano mayor, el Havel, a los pies de la ciudadela de Spandau: Spandau no tiene nada que ver con la cárcel de Spandau -que estaba en Berlín- ni con Spandau Ballet, que no sé de donde le viene el nombre, pero en su arsenal se construyeron las famosas ametralladoras Spandau, que, en los primeros días de la Gran Guerra, segaron a una generación de franceses e ingleses en los campos de Flandes. En la Cárcel de Spandau estuvieron los condenados a penas de prisión en el Juicio de Nüremberg, hasta que el último y más famoso de ellos, Rudolf Hess, decidió suicidarse y acortar así brevemente -ya era muy viejo- la Cadena Perpetua que le había caído, paradójicamente, por pedir la Paz: amigo íntimo de Hitler, quizás el único -le escribió, al dictado, el "Mein Kampf", y ya me diréis si eso no es una prueba de amistad- voló a Inglaterra sin avisar a sus compañeros, para intentar firmar un acuerdo de paz: Hitler, al ver que los ingleses no picaban, declaró que Hess estaba loco... corría un chiste por Alemania; en una celda de una cárcel, dos hombres se sinceraban: "Estoy aquí porque, hace dos años, dije que Hess estaba loco...""¡Pues yo, por decir anteayer que no lo estaba...!"

Spandau

Spandau es grandote, pero conserva un casco antiguo encantador, lo más parecido a un pueblo alemán que puede encontrarse cerca de Berlín: su mercado de Navidad es pequeño, pero muy bonito. hay un puerto fluvial, con graciosas esclusas, y junto a una de ellas, en la Casa de la Aduana, un restaurante donde comemos de muerte: tras una compleja explicación, que solo medio entiendo, me traen la versión alemana de los Raviolis -o, si nos ponemos más exóticos, de los Pelmeni siberianos o de los Gyozas chinos, algunas de mis cosas favoritas-, rellenos de carne y pera. Están deliciosos, regados con la cerveza berlinesa de Berlín...



Desde Spandau, y con el mismo billete del transporte urbano de Berlín, puedes coger un ferry que te conduce Wansee abajo: el lago es, de hecho, un gigantesco remanso del río Havel, y te ofrece una visión de dónde y cómo viven los berlineses ricos, en hermosas fincas rodeadas de arbolado, tanto villas antiguas como modernos edificios de diseño... cerca del embarcadero sur, el toquecito de mal rollo: la Haus am Wansee, la finca propiedad de las SS donde tuvo lugar la reunión donde se acordó generalizar y sistematizar la "Solución Final", el exterminio de toda la población judía de Europa. De hecho, una buena parte de las discusiones entre criminales de guerra se centraban en qué se dijo allí, quienes asistieron, quienes se fueron antes de que se tocase el tema, quienes se quedaron hasta el final... buena prueba de que eran conscientes de la monstruosidad que estaban ejecutando es el cuidado con el que ocultaron los documentos que les incriminaban, hasta el punto de que la mejor prueba fehaciente de que Hitler conocía el Holocausto -dejando a parte sus bravatas de bocazas- es, ni más ni menos que una intervención suya en favor de que no se le aplicase a un determinado ciudadano judío... como Al Capone, trincado por defraudar a Hacienda...



Dejando aparte esa terrible losa que pesará siempre sobre el Wansee, justo es admitir que el paisaje es muy bonito, y el paseo un agradable intervalo náutico en un recorrido excesivamente terrestre.Ahora, desembarcamos y, muy cerca. el puente de Glienicke nos conducirá hasta Potsdam.

Glienicke Brucke conserva ese halo gris y turbio de las películas sobre la Guerra Fría, y por buen motivo: frontera entre la Zona Occidental de Berlín y el territorio de la República Democrática Alemana, era frecuentemente elegido para los canjes de espías; imaginamos la escena, tantas veces vista: los dos grupos que se acercan, envueltos en la bruma; gabardinas (Burberrys?) los occidentales, abrigos hasta el suelo cortados a serrucho los soviéticos... se adelanta un grupito por cada uno y, en medio, el agente de la CIA y su colega del KGB... se identifican... ¿Joe, eres tú...? ¿Sergei...estás bien...? los dos se cruzan en tierra de nadie, sin mirarse -o mirándose de reojo, como se miran los espías-, y se reunen con los suyos, entre palmaditas los occidentales, un poco más tiesos los soviéticos... "Vas a tener que explicar muchas cosas, Sergei... de momento, adiós a la prima de productividad..."



Ya estamos en Potsdam y, justamente, lo primero que encontramos es Cecilienhof: ante nuestra sorpresa, es una casa de campo inglesa, regalo de un Kaiser a su esposa, una hija de la emperatriz Victoria de Inglaterra: bajo sus techos inclinados, a primeros de julio de 1945, con las ruinas de Berlín aún humeando, como el que dice, se reunieron los Líderes de los Aliados, aunque en lugar de Roosevelt, recientemente fallecido, por los Estados Unidos estaba Truman, que difícilmente podía ser considerado líder de nada... Allí Stalin, que tenía detrás, literalmente, varios miles de tanques con los depósitos llenos, consiguió prácticamente todo lo que quería, aunque tuvo que vender a los pobres comunistas griegos, y permitir que los ingleses los asesinasen en masa, en nombre del buen Rey Pablo, abuelo del nuestro actual... los griegos suelen tener mala suerte en territorio alemán, todo hay que decirlo...


Pasados los deliciosos jardines de Cecilienhof, recorremos las calles de Potsdam, que conservan un cierto aire... holandés, debido a los muchos artesanos de dicho origen que allí se establecieron. Pero nuestros pasos nos conducen a un nuevo lugar, evocador de una de las grandes figuras de la Historia de Prusia: el Palacio de Sans Souci, y Federico Segundo.




Federico fue un personaje singular: de entrada, era gay, y el cabrón de su padre, el homófobo Federico Primero, el Rey Sargento, ordenó que decapitasen a su pareja delante suyo, acusándolos a ambos de traición, por intentar fugarse juntos a Inglaterra, a ver si al niño se le quitaban esas aficiones... él no lo perdonó jamás, se casó, e intentó disimular... pero más bien poco porque, de entrada, prohibió a su esposa que pusiese los pies en su palacio favorito, Sans Souci "Sin preocupaciones", en Francés.. "Y sin mujeres", añadían sus malvados súbditos... allí creó una corte ilustrada -era amigo de Voltaire, nada menos...-, y se dedicó, a parte de gobernar razonablemente bien su reino y a ganar guerras con su hábil reorganización militar, a fomentar las artes y las letras -y aún la música, tuvo amistad con el propio Bach... poco, poquísimo piadoso -por no decir ateo, aunque, como masón, sería más bien teísta, digo yo-, encargó que, al morir, lo enterrasen en el jardín del palacio, junto con sus perros, sus caballos y -al parecer- su primer novio, voluntad que el meapilas de su sobrino y sucesor contrarió. Hasta 1991 no se cumplió su voluntad, y allí pude inclinarme ante su tumba, identificada con una única inscripción: "Friedrich der Gross", el Grande..., qué menos para el Rey Filósofo.


Federico, entre perros y caballos...


Junto al palacio de Sans Souci, con sus aspecto de tarta de nata y limón, un molino de viento: de allí procede la deliciosa historia del Molinero de Sans Souci; tan bien relatada por Bertold Brecht: el rey pretendía hacer derribar el molino, que le fastidiaba, por las vistas o por el ruido, ya no recuerdo bien: el molinero lo llevó a juicio, ¡y ganó!, haciéndole exclamar: "¡Aún quedan jueces en Prusia...!" Para los que muchas veces generalizan sobre el viejo estado prusiano, padre de Alemania, bueno es recordar que ya funcionaba como Estado de Derecho en tan temprana época, antes de la Revolución Francesa... cuántas veces, ante esos espectáculos edificantes de prohombres entrando en el coche camuflado de la Guardia Civil con una mano en la coronilla, para que no se den con la portezuela,  que ahora pretenden ocultarnos, repito para mí mismo... "¡Aún quedan jueces en Prusia!"



Dejemos al Havel, cruzado ya Potsdam, buscar el Elba, al que he visto lamer las piedras mártires de Dresden, y fluir hacia el mar en Hamburgo... ¡queda mucho que ver en Berlín...!









miércoles, 3 de junio de 2015

Madre Nuestra, que estás en Spreeboge...

Seguimos las aguas del Spree:es un viaje que he hecho por sus orillas, porque en Invierno no hay barco que se atreva a congelar al personal... pero me tengo prometido ir una vez a Berlín en tiempo más propicio, y es un recorrido que haré sin falta...


Berliner Dom

Cruzada la Prenzlauerallee, el Spree se divide en dos: deja atrás la Berliner Dom, la severa catedral luterana, panteón imperial de los Hohenzollern, y rodea amorosamente la Isla de los Museos, la Museums Insel: allí, en pocos -es un decir- metros cuadrados, encontramos las maravillas de la Historia del Arte antiguo que los audaces arqueólogos alemanes, con sus salacots y sus patillas blanquecinas saliendo de los anchos bermudas, excavaron y rescataron a lo largo y lo ancho del Mundo Clásico, desde el pórtico entero y verdadero de un templo de Pérgamo, a una de las Puertas de Babilonia. Por principio, soy enemigo de los expolios, y me gustaría que las obras de arte y los documentos puedan verse allí donde nacieron y donde, al fin y al cabo, viven los descendientes de los que los encargaron... y los pagaron: y eso vale para los Papeles de Salamanca, para las obras de arte de la Franja, y para las de Sigena... pero reconozco que las hazañas de los radicales islámicos me están haciendo admitir excepciones, y ya no me importa tanto que el bellísimo busto de Nefertiti esté a tantos miles de kilómetros de donde nació, al amparo de cualquier iluminado que pueda considerarlo un ídolo -y, por lo tanto, contrario a los criterios estéticos y el afán de exclusividad de cualquier ser hipotético-, y en una cómoda y cuidada salita berlinesa, donde no le alcanza más riesgo que el derivado de que algún turista gilipollas se olvide de desconectar el flash, y se gane una bronca de sargento prusiano...



Pasada la Isla, inicia el Spree un profundo meandro, el Spreeboge, donde separará los dos edificios desde donde se rige la República Federal Alemana y, de rebote, Europa, por la parte que nos toca: el Bundestag y la Cancillería Federal.

El Bundestag queda en la orilla izquierda del Spree y, en propiedad, le da la espalda, ya que su entrada principal se halla en la amplia plaza que se abre hacia el Tiergarten. Un mazacote neoclásico, regalo del Kaiser -junto con una Constitución- a su pueblo (eso quiere decir, justamente, la inscripción que campea en su frontispicio, "Al Pueblo alemán..."), el Reichstag fue todo un precursor, puesto que ya estaba en ruinas antes del primer ataque aéreo aliado: fue destruido por un pavoroso incendio, obra de un comunista holandés (o, por lo menos, a él le cargaron el muerto), lo cual dio motivo a Hitler para no volver a convocar nunca más sesiones del Parlamento: total, ya solo iban los diputados nazis -la oposición estaba detenida o exiliada- y para reunirse unos amigos podían quedar en cualquier cervecería... en la entrada hay un curioso monumento que, sinceramente, recuerda una hilera de tostadas quemadas: placas de pizarra que recogen los nombres de los diputados de aquella última legislatura de la República de Weimar que fueron asesinados por los nazis...

El Spreeboge en obras, año 2000: luego, todas esas grúas vinieron a España...

Reichstag

Reichstag desde Spreeboge

A los diputados muertos...


De todas maneras, tampoco hay que escandalizarse, porque Hitler, ya en sus momentos iniciales, se cargó también a Ernst Röhm, su amigo de toda la carrera política y jefe de las SA, en un confuso incidente en que aprovechó para, con la ayuda del Ejército, eliminar al ala izquierda del Partido. Uno de los argumentos utilizados fue la homosexualidad de Röhm que, por supuesto, era conocida por todo el mundo, empezando por el propio Hitler. Como Röhm era ministro del gabinete, pronto se difundió un panfleto donde se decía: "El Artículo XX de la Constitución queda redactado de la siguiente manera: el Canciller nombra, cesa y fusila libremente a sus ministros..."

De todas maneras, los azares de la guerra no fueron buenos para el Reichstag, y cuando los soldados soviéticos lo escalaron para poner en él su bandera, su estado era más que lamentable, y así iba a seguir durante décadas; situado en la divisoria entre las dos zonas, no se abordó su reconstrucción hasta la Reunificación, dentro del complejo proceso que supuso trasladar a Berlín todo el aparato político de la República Federal, sacándolo de la idílica Bonn, la "Bundesdorf" la "Aldea Federal"...

La reconstrucción del Reichstag fue polémica, porque se encargó a Norman Foster construir una enorme y etérea cúpula de cristal sustituyendo la antigua...una vez la miras dos veces, ya te empieza a gustar más, y hay que reconocer que, de noche e iluminada, resulta doblemente espectacular.

Cúpula del Reichstag

La Cúpula, de noche...


Tras guardar una cola respetable, la cúpula del Reichstag es visitable, y asciendes por una rampa -hay una para subir, y otra para bajar- que te permite contemplar, desde arriba, el espacio donde celebra sus sesiones el Bundestag: observo que, en vez de escaños, tienen sillones bastante individuales, y me parece no solo bien, sino recomendable: el escaño propende al compadreo y al gamberreo escolar, a pitar al contrario, patear el suelo, pedir al colega que vote por ti cuando vas a llamar por el móvil, y decir "¡Que se jodan,,,!" El sillón individual es como más formal, debes sentirte allí rodeado por tus electores, que incluso te pueden mirar por encima del cogote, y seguramente se te pasan las ganas de jugar al "Candy Crush".



Sala de Sesiones del Bundestag



En la orilla derecha del Spreeboge se alza, desde hace pocos años, el impresionante edificio moderno y blanco de la Cancillería: tiene en su puerta principal un enorme Chillida, que recuerda dos garras de hierro encontrándose, y uno no sabe si el artista quiso representar las manos reunidas de los alemanes, o las que nos iban a echar al cuello a los derrochones y expertos en vivir-por-encima-de-sus -posibilidades del Sur. De cualquier manera, desde su limpio y acristalado Olimpo, nuestra Gran Madre Blanca envía mensajes que son más que órdenes a dóciles y acongojados gobernantes... un querido profesor mío, bilbaíno, me contaba que su abuelo, un liberal de los de antes, se santiguaba cada vez que pasaba por la puerta de la sede de uno de los dos grandes bancos -Bilbao y Vizcaya- que había entonces en su ciudad: disimuladamente, hago lo mismo ante la Cancillería Federal, y murmuro una breve oración... Madre Nuestra que está en Spreeboge, perdona nuestras deudas...

Blanca en Spreeboge

Cancillería Federal


Más allá, el Spree se divide: parte constituye el Puerto Occidental, y su rama sur bordea el Tiergarten: pasa antes por dos lugares de interés: La Charité, el hospital más antiguo de Berlín, cuyo nombre atribuyo a la herencia francesa de los Hugonotes, o a la francofília de Federico el Grande, y el Bendlerblock, la sede del Alto Estado mayor germano durante la guerra, donde Tom Cruise fue sumariamente ejecutado tras su fracasado intento de acabar, de una tacada, con el Führer y con la Guerra: allí se levanta el Monumento a la Resistencia Alemana, notable por el valor que demostraron quienes la integraron... y, para qué vamos a engañarnos, por su escaso número: supongo que el patriotismo mal entendido ahogaba los escrúpulos de quienes moralmente no podían admitir la locura criminal de sus gobernantes... se ha escrito mucho sobre ello, dejémoslo así...

Y dejemos aquí también a nuestro río, que se dirige, no al mar, que es el morir, sino al Havel, su hermano mayor, que llevará sus aguas hacia el Elba... Mañana os seguiré contando cosas...





martes, 2 de junio de 2015

Berlín: Am grünen Strand der Spree



Vaya por delante que siempre he estado en Berlín en Invierno: no he podido, por lo tanto, disfrutar de las “Verdes orillas del Spree”, que he visto nevadas, escarchadas o, simplemente, tiesas de un frío pelón: pero en una ciudad con río, hay que aprovecharlo, y dejarte llevar por sus aguas como eje de una visita, aunque sea parcial, a sus orillas…

El Spree es un río manso, de llanura, no demasiado ancho ni caudaloso, según los estándares centroeuropeos, pero de los que no vemos en esta seca Península de nuestros pecados: entra en Berlín por el Sur, después de cruzar la Spreewald, un denso bosque, escenario de los últimos choques entre las vanguardias soviéticas y los defensores a ultranza -me gusta la expresión francesa, “Jusq’auboutistes”- del régimen nazi, y donde aún se encuentran, de vez en cuando, los esqueletos calcinados de vehículos de combate y los restos insepultos de sus tripulantes. Se embolsa en el Gross Mügelsee, que es, desde luego, un lago muy grande, rodeado de las casitas donde veraneaban los proletarios de la República Democrática Alemana, y  pasa luego por Köpenik, el pueblo del famoso Capitán, un sastre que se hizo pasar por mando militar, aprovechándose del innato respeto hacia los uniformes de sus conciudadanos y consiguió así resolver un problemilla que tenía con las autoridades municipales. Köpenik está ya dentro de la aglomeración metropolitana de Berlín, y se ve algún puerto fluvial, con los modestos yates de la nueva burguesía oriental, rodeados por los miles y miles de parcelas con casitas de madera, donde los berlineses orientales, al igual que mis amigos boltañeses en sus huertos, mitad productivos, mitad deportivos, pasan el finde cultivando cuatro patatas, seis coles, pepinillos para conservar en vinagre y, en verano, fresas, frambuesas y arándanos.


Blanca en Gross Mügelsee

Dentro del Berlín propiamente dicho, ya corre paralelo a él, por el sudoeste, el Landwehrkanal, el Canal de la Guardia Territorial, del que luego hablaremos; entre uno y otro, el barrio de Kreuzberg: ya tiene narices que sea el barrio de la Montaña de la Cruz el más musulmán y otomano que pueda encontrarse al Oeste de la Turquía europea… la emigración ha echado allí sus raíces, y no solo la turca, como nos explica la simpática bibliotecaria de su activísimo Centro Cívico: fue también refugio de hugonotes franceses, de españoles e italianos, y hoy de polacos y exsoviéticos en general… pero son, sin duda, los turcos quienes marcan su carácter: en todos los lavabos encuentras el grifito y la rejilla para las abluciones anales postuso, y en las calles florecen los kebabs; no os perdáis los escaparates de las tiendas de moda: todos los maniquíes femeninos llevan un artístico pañuelo en la cabeza. También pueden admirarse los disfraces de almirante otomano -con turbante, capa y alfanje- con que visten a los niños para la ceremonia de la Circuncisión, ni más ni menos que el uniforme de marinerito que lucí para mi Primera Comunión, que superé, afortunadamente, con todos mis colgajos de piel en su sitio; al parecer, gracias a San Pablo, que no consideró necesario que los nuevos Cristianos prescindiesen de su prepucio. ¡Loor a él!.







Ya hemos pasado Kreuzberg, y el Spree entra en Mitte, el centro histórico, el corazón de la ciudad: allí se asoma al río el Nikolaiviertel: debe su exótico nombre, “Barrio de Nicolás”, al Zar de todas las Rusias, aliado de los prusianos contra Napoleón, que se asentó por allí en su visita a Berlín, después de zurrar al Corso en la Batalla de las Naciones, en Leipzig: Nikolai era un barrio de casitas bajas, tejados inclinados y calles estrechas, y así ha sido reconstruido después de los bombardeos, siendo lo más parecido a un Casco Antiguo dentro de Berlín: se conserva el Nüssbaum, el Nogal, el bar más antiguo de la localidad, tiendas “bonitas” -de cosas poco útiles, pero interesantes, incluyendo una increíble de osos, el tótem que compartimos Berlín y yo- y unos cuantos restaurantes sumamente agradables, donde suelo ofrecerme el homenaje de un importante Eisbein -el codillo de cerdo hervido y conservado en sal-, acompañado por coles, patatas y mostazas diversas.


Zum Nüssbaum, el bar más antiguo de Berlín

Eisbein, hummmm!


En la Iglesia de Nikolai, transformada en sala de exposiciones, pude visitar una, sumamente reveladora de lo que había sido la Transición del Socialismo Realmente Existente al Capitalismo No Menos Real: reflejaba la vida de una población cercana a Berlín -oriental, por supuesto- donde existían unos importantísimos Altos Hornos, que abastecían no solo a la industria germanooriental, sino también a los restantes países socialistas y a la propia Unión Soviética, dentro del Mercado Común que tenían establecido, el CAEM: la Alemania Oriental, dentro del bloque socialista, era una pequeña potencia industrial, y los propios alemanes se reían del comercio con la Unión Soviética, a la que llamaban “Nuestra Neocolonia”, ya que les compraba sus productos industriales a cambio de materias primas. También había en la pequeña ciudad una base de las Fuerzas Aéreas germanoorientales, que generaba no pocos puestos de trabajo.

Con la Reunificación, el efecto fue inmediato: un organismo estatal -del Estado Federal- saldó todas las empresas orientales, de titularidad pública, y las adjudicó a grandes conglomerados industriales occidentales, que, inmediatamente… las cerraron, declarándolas obsoletas, y sin la menor intención de reconvertirlas. Exactamente lo mismo pasó con las Fuerzas Aéreas; sólo conservaron los Mig-29, porque eran netamente superiores a sus equivalentes occidentales… pero para vendérselos a los yanquis, para aprender de su tecnología: el resto, al vertedero… o a ejércitos del Tercer Mundo: muchos equipamientos militares de la DDR acabaron en manos de unos y otros, en los Balcanes… Resultado: de una orgullosa ciudad de proletarios, a un club de la Tercera Edad prematura, llena de prejubilados, subsidiados y, simplemente, pobres. Eso sí, con BMW’s de quinta mano por todas partes…

Pasado Nikolaiviertel, tuve aún tiempo, en mi primera visita, de contemplar el Palast der Republik: un edificio moderno, de cristal ahumado y aluminio anodizado, de estética comentable -más que discutible- sede de algunas dependencias oficiales de la República Democrática Alemana y, además, lugar donde se celebraban convenciones, actos públicos, exposiciones, bodas (civiles, por supuesto)… se encontraba cerrado y en obras, al parecer por asbestosis: así había visto yo también el Berlaymont de Bruselas, pero en este caso sospeché que la cosa no  iba por ahí…

Palast der Republik... ¡Ojo, ya no existe...!


En la segunda visita pude confirmar mis temores: el Palast había sido demolido, recuperando el espacio donde, en su día, se alzaba el Palacio Imperial de los Hohenzollern… pero peor fue enterarme, en la tercera, de que el Gobierno Federal se proponía reconstruir el viejo palacio, un pastiche neoclásico infumable, que costará un Congo… doña Angela, a veces, parece también vivir por encima de sus posibilidades, la muy j….

Justamente en frente, al otro lado de la Prenzauesberg Allee, en los bajos de un moderno bloque, se encuentra el Museo de la antigua República Democrática Alemana: alterna elementos de terror -la reproducción de las celdas y las salas de interrogatorios de la Policía Secreta, la Stasi, muy similares a los que usaban sus colegas nacional-católicos de aquí, por cierto, y supongo que bastante en la línea de los que emplean los adalides de la Democracia en Guantánamo- con otros involuntariamente cómicos, como la descripción del Servicio Militar, que se parece a la de todos los servicios militares del Mundo, ni más ni menos… también llaman la atención las reproducciones de interiores domésticos, que demuestran por qué la DDR nunca ganó ninguna medalla olímpica en Interiorismo, pero tampoco difieren demasiado de las casas pequeñoburguesas españolas de los sesenta, con sus eskais y sus horribles papeles pintados… y en cuanto a los Telediarios…una mezcla del No-Do, Urdaci, Telemadrid y las entrevistas de Mónica Terribes a Artur Mas, nada tampoco que no nos resulte familiar… salgo de allí silbando el viejo himno de la DDR, mucho más bonito que la mayoría de los que conozco, y con una letra bellísima… “Levantándonos entre las ruinas, y mirando de frente el Futuro…” ¡Ay, DDR…! “Kleine, aber meine”…”Pequeña, pero mía”, decían los pocos ciudadanos que optaban por quedarse dentro…

El Trullo

¡Yo no he sido...!

Solo falta, en la Tele, Jesús Álvarez...



Queda mucho Spree por delante, lo dejo para la próxima entrega…



lunes, 1 de junio de 2015

Berlín Alexanderplatz

Inicio una semana en la que, me temo, no voy a dejar de oír hablar de Berlín en todo el p... día, y descubro, con horror, que apenas si he escrito cuatro líneas sobre mi ciudad favorita... intento corregir, de urgencia, semejante aberración, y me prometo contar después muchas, muchas cosas de Berlín...

Hemos ido tres veces a Berlín, y tengo la intención de repetir varias veces más, en la medida en que los años crecientes y los recursos menguantes -los, espero que ya inminentes, sucesores de Montoro- me lo permitan, y las tres veces nos hemos alojado en el mismo hotel, en Alexanderplatz. El edificio es el rascacielos más alto del Berlín Este -y supongo que sigue siéndolo también en el Berlín unificado-, construido para demostrar que a los arquitectos socialistas les podían salir cosas tan impresionantes y pretenciosas como a sus colegas del Mundo Libre, y tiene un montón de pisos, muchísimas habitaciones, un casino en la última planta, y unas vistas alucinantes sobre la ciudad, aunque supongo que en Recepción deben tener mi ficha política, y siempre me han tocado ventanas mirando al Este, para que aprenda... Las habitaciones son acogedoras y funcionales, con el curioso detalle de que el cuarto de baño es completamente transparente -aunque no el retrete, a Dios gracias-, por lo cual no os aconsejo que compartáis habitación con alguien al que no estéis dispuesto a ver salir de la ducha buscando a tientas la toalla. Tiene, como cabe suponer en Berlín, un desayuno de buffet libre pantragruélico, que bastaría para cubrir las necesidades calóricas de medio Togo durante una semana, y que recomiendo afrontar con suma prudencia y parquedad.




La primera vez, llegamos a Berlín por el Aeropuerto de Tegel, en la antigua Zona Occidental, y nos trasladamos hasta Alexanderplatz en taxi, recorrido inolvidable porque nos permitió cruzar parte del Tiergarten en dirección a la Puerta de Brandenburgo, y enfilar después Unter der Linden: pero en las dos veces siguientes hemos llegado al aeropuerto de la antigua Zona Oriental, Schönefeld -¡Qué nombre tan bonito, "Campohermoso"!- donde se está construyendo, a ritmo más hispano que germano -muchos años de retraso, desviaciones presupuestarias estratosféricas- el nuevo aeropuerto de Berlín- y hemos podido aprovechar una de las más importantes propiedades de Alexanderplatz: su condición de nudo de comunicaciones. Hay en ella una estación de DB, los ferrocarriles federales alemanes, cercanías y largos recorridos, otra del S-Bahn -suburbano berlinés-, otra de U-Bahn -el "Metro"-, líneas de autobuses y de los tranvías que recorren la Zona Este... puedes llegar hasta allí en el S-Bahn, haciendo solo un transbordo, y a un precio sumamente asequible. Empiezas así a disfrutar del transporte público que hace de una ciudad como Berlín, con enormes distancias y zonas claramente diferenciadas, tremendamente accesible y cómoda, en cuanto has aprendido a moverte por él.



De la plaza, en sí, poco puedo decir: es ligeramente desconcertante. Supongo que, después de los bombardeos aéreos aliados y de la artillería soviética, debió quedar como la palma de la mano, y todo lo que se ha construido en ella -edificios racional-socialistas, imagino que con mucho prefabricado-, aún siendo armónico, tiene un cierto aire de provisionalidad. Posiblemente alguien barajaría la solución de no reconstruirla y fragmentarla en otras plazas o calles, pero al enterarse de que había una famosa novela -y una no menos famosa película- así llamadas, Alexanderplatz se salvó, aunque los informales la llamen, simplemente, Alex.

A parte de la gigantesca estación de ferrocarril y el más gigantesco aún hotel en que me alojo, hay un no menos gigantesco edificio de Grandes Almacenes, que era la alternativa oriental al KdeW, el gigante occidental, y que no deja de ser una especie de Corte Inglés, y, luego, en los bajos de todos los edificios que la rodean, tiendas de todo lo imaginable, y restaurantes de todas las etnias, española incluida... en mi primera visita descubrí una tienda de calzado barato -hacía poco que había caído el Muro, y la diferencia entre los niveles de vida del Este y el Oeste era palpable -llamada "Delgado", mi apellido materno... ya no la he vuelto a ver, supongo que mi insospechado pariente se la ha vendido a alguna franquicia...

En el centro -o casi- de la plaza, hay un ingenioso Reloj Universal, donde puedes comprobar la hora simultáneamente en cualquier lugar del Mundo, muy divulgación científica socialista... la última vez que estuve por allí, recorrían la plaza unos desdichados beneficiarios de los Minijobs de Angela Merkel, hombres-salchichería ambulantes, con una bombona de butano en la espalda, un fogoncito apoyado en los mismísimos, y un paraguas que los protegía de la nevada: recordé una frase leída en una tienda de recuerdos berlineses: "Ha habido dos días muy duros en mi vida: cuando me enteré de que todo lo que me habían dicho del Socialismo era mentira, y cuando me di cuenta de que lo que me habían contado del Capitalismo era verdad"




Durante el mes de Diciembre, ocupa el centro de la plaza un mercadillo navideño, un Weihnatchmarkt: eso la transfigura por completo, se llena de cabañas de madera modelo Selva Negra, donde venden todo tipo de adornos, lucecitas, velitas... algunos, como los molinetes impulsados por el calor de las velas sobre unas aspas, son especialmente bellos... se come de todo, en los Imbiss -donde te sientas en altos taburetes, en torno a mesitas en forma de tonel- o, simplemente, andando por la calle: el aire huele a docenas de variedades de salchichas, con salsas muy diversas -arrasa el Curry, hay que ver qué cosas...- y a las coles en todas sus advocaciones, incluyendo una col verde frita realmente impactante: se bebe cerveza a hectómetros cúbicos y, para rematar, Gluhwein, vino caliente con especias, que no admite término medio; o te sabe a rayos o, como es mi caso, te gusta y te lo tomas para reconfortarte antes las bajas temperaturas... también en ese caso favorece tener el hotel ahí mismo, al que puedes llegar hasta a gatas... en un mercadillo navideño, unos simpáticos jóvenes me ofrecieron magdalenas hechas con cannabis, que comí esperando lograr evocaciones sumamente proustianas... intentaron venderme una bolsa, "para que te las lleves a España...", y al alegar yo que podía tener algún problemilla en el aeropuerto, pusieron la cara más alemana y luterana posible, y afirmaron, a coro: "¡Es legal...!"  ¡Por supuesto! ¿cabía esperar otra cosa de  unos jóvenes germanos...?



Alexanderplatz limita al Este con la Karl Marx Allee, la amplísima avenida -decían las malas lenguas que un metro más ancha que la más ancha de Moscú- que vertebra el antiguo Berlín Este, y, al Norte, la Prenzlauer Allee, recorrida por ruidosos tranvías hacia las zonas relativamente más altas -todo Berlín es muy llano- del Prenzlauer Berg y Pankow, donde estaba la antigua capital de la DDR. Pero os recomiendo dirigiros hacia el río Spree, al Oeste, porque es por allí donde encontraremos varias cosas interesantes:



La primera, sin lugar a dudas, es la Fernsehenturm, la Torre de la Televisión: se parece a todas las restantes Torres de la Televisión que conozco, pero es un poquito más alta y, de hecho, se ve casi desde todo Berlín; otra ventaja de alojarse al lado: nunca te falta un punto de referencia para volver al hotel... También, en este caso, se trataba de una machada del gobierno comunista, para demostrar su capacidad tecnológica, aunque decían los disidentes que, en determinadas circunstancias, su sombra sobre el terreno recordaba a una cruz... como milagro me parece un poco tonto, la verdad... por un precio ligeramente capitalista, puedes subir al mirador, desde donde tienes una vista increíble sobre todo Berlín, especialmente el Unter der Linden: cuando subimos, nevaba, y el espectáculo era inolvidable.



Junto a la Turm, una iglesia neogótica luterana, dedicada a María, así, sin más... la recomiendo por el aire austero de las iglesias reformadas, que siempre nos sabe a poco a los barrocos católicos, y por unas curiosas pinturas sobre la "Danza de la Muerte" que allí pude contemplar: las epidemias medievales que diezmaron la población europea despertaron un falso sentimiento igualitario, al ver que palmaban igual el humilde bracero y las testas coronadas, y así se representan, cogidos ricos y pobres de la mano bajo la atenta dirección de la Pelona, sin posibilidad alguna de coger un avión medicalizado y hacerse conducir al Houston Memorial... recuerdo que cuando Margaret Thatcher intentó implantar la Poll Tax, una contribución urbana igual para palacios y chozas, un analista británico afirmó: "Es un impuesto democrático, en el mismo sentido en que era democrática la Peste Negra..."



Un poquito más allá, en una plaza arbolada y discreta, las negras estatuas de dos alemanes jubilados: Karl Marx y Friederich Engels, el "Masengéls" por cuyos libros preguntaba un simpático agente de la Brigada Social en un registro en casa de un amigo mío... junto a ellos me fotografié, solidario ante su injusta postergación, cuando tantos indicios hay de que, en sus análisis, dieron en el clavo... los servicios municipales habrían borrado años atrás la pintada en la base del monumento, en los tiempos de la caída del Muro, donde se leía: "¡Nosotros no tenemos la culpa...!" Por la noche, a su alrededor, juegan los conejos: crecieron a millones en las zonas de "Tierra de Nadie" que rodeaban el Muro, donde no conocían más predadores que las minas antipersona que, de vez en cuando, convertían alguno en Terrine de Lapin, y, una vez derribado el Muro, se ha extendido por todos los parques urbanos de Berlin, que ha pasado así de ser la Ciudad del Oso, a la del Kanichen, que es como llaman los alemanes al simpático roedor...



Mirando hacia el río, a la izquierda, veremos la mole de la Rote Haus, la Casa Roja, sede del gobierno municipal de Berlín, así llamada no por la orientación política de sus moradores, sino por estar hecha de ladrillo rojo. Creo que en sus bajos hay una cervecería, como es frecuente en los ayuntamientos alemanes -y eso suaviza mucho la necesidad de desplazarse hasta allí para realizar trámites- pero no he podido visitarla aún: en todo caso, en Berlín existe una fábrica "Municipal" de cerveza -aunque tampoco me consta que sea estrictamente de titularidad pública-, y su cerveza, la "Burgerbier", es la más bebida en la ciudad. Es ligerita y rica...

Estamos ya casi llegando al Spree, el río de Berlín, pero antes tenemos que pasar por cuatro sitios de interés: el museo sobre la DDR el Berliner Dom, la Schlossplatz, y el Nikolai Viertel... pero ahí hay tajo para otra crónica: démonos la vuelta, y al hotel...

En una novela escocesa, un punkarra afirma que "Berlín es la ciudad ideal: puedes escupir por la ventana, y seguro que le das a un fascista..." Como todas las generalizaciones, es profundamente injusta: basta con ver los resultados electorales para comprobar que Berlín vota a la Izquierda, e incluso a un Alcalde-Presidente -es Ciudad-Estado en la República Federal- socialista y gay: además, siempre fue así, y ponía de los nervios a Hitler, que nunca pudo convencer a los rojos obreros de Moabitt, semillero de las Brigadas Internacionales, ni a los cachondos y juerguistas burgueses, más interesados en las piernas de las coristas que en conquistar Polonia... Berlín sigue siendo hoy un punto de encuentro de gentes de todo el Mundo: emigrantes turcos -ya casi plenamente aclimatados-, vietnamitas de la época de la Solidaridad Internacionalista, nuestros hiperformados e hipoempleados jóvenes -nos acongojó, en el aeropuerto, ver cuantos padres estaban allí para visitar a sus hijos expatriados-, ciudadanos de toda la Europa Oriental... y, por supuesto, de todas las tribus urbanas, desde okupas de chupa con chapas y clavos, hasta elementos cuadrados de gimnasio con cabezas rapadas y bomber de naylon, que se creen nazis pero que muy seguramente no pasan de cenutrios. No digo yo que no haya problemas, que los hay, pero toda esa mezcla mantiene un difícil equilibrio, diría que incluso una convivencia, que solo puedo atribuir al Berliner Luft, el aire de Berlín, ese airecillo báltico que huele a libertad, y que estoy deseando volver a respirar, allí, en Alexanderplatz...









Sitios donde buscarme si me pierdo: Venecia (1)






A estas alturas de la vida, no va a ir uno de original o de maldito: ni he descubierto lugares increíbles y desconocidos, ni tengo motivo alguno para sospechar que los millones y millones de turistas que visitan Venecia sean unos tontolabas mal informados: Venecia me encantó desde el primer momento y, si me tocan los Euromillones, me compro algo con vistas a un canal, o a un río, o a un charco… punto.
Ni siquiera me molestaron demasiado los colegas turistas; o pillamos buenos día, o todos se concentraban en San Marco y adyacentes: no había que andar mucho -en Venecia no se anda mucho…- para encontrar lugares relativamente solitarios, pelín degradados, pero de una belleza que te cortaba la respiración.
Y los precios… una de las ventajas de vivir en Barcelona es que ya estás vacunado; no dejó de impresionarme que nos levantasen seis euros por cada botellín de Nastro Azzurro, pero era en una terraza donde veías el último sol dorar las aguas de la Laguna: si eso no merece un suplemento… Amante como soy de la pasta, asciutta o en brodo, comí muy bien, y a precios razonables. Y bebí bien…
Cada detalle, cada rincón, cada reflejo en el agua…vagaba yo por Venecia enfigado, flotando sobre el pavimento, recobrando el sentido de la realidad solo para decir “Scusi!” a los pocos venecianos con los que te cruzabas en los estrechos puentes… aunque lo hablo poco y mal, en Italia me niego a decir nada que no sea en Italiano; casi me enfadé con un librero que intentó hablarme en Inglés… “¡Soy tan latino como tú, hablamos dialectos hermanos, éramos ciudadanos romanos en el Siglo I, coño…!” Otros, me lo reconocían directamente: “¡Vosotros y nosotros, casi lo mismo: los franceses, así, así… y los alemanes, esos ya…” No te sientes extraño en Italia, no…
Me dejaba llevar por mis evocaciones literarias: me hubiese encantado sentarme un ratito en una taberna con Giacomo Casanova, a hablar de mujeres.. (bueno, a que hablase él…), o con Thomas Mann en el Lido, contemplando (él, también) la lánguida y andrógina belleza de Tazio… o nadar desnudo en un Canale con Lord Byron, -aunque, tratándose de un britt de clase alta, eso siempre comporta ciertos riesgos…- eso sí, tuve la suerte de estar , durante pocos minutos, al lado de Donna Leon: subimos en un vaporetto, y Blanca se sentó en el único asiento libre, junto a una dama inconfundible, de blanca y ciudada melena y chaqueta de tweed con coderas de cuero: para más señas, llevaba en la mano un libro de Maigret, en Francés, con la etiqueta de una biblioteca pública… intenté, desesperadamente, hacerle señas discretas a Blanca, pero no hubo manera; en la siguiente parada, Donna se levantó y nos dejó solos -es un decir- en el atestado vaporetto de la línea 1. 
Eso fue todo… a una dama tan celosa de su intimidad, ni se me ocurrió decirle nada… le hubiese dado muchos recuerdos para Brunetti y Paola, e incluso para los chicos, tan majetes… y uno, muy especial, para la Signorina Elettra, esa hacker amoral y refinada a la que creía reconocer en cada veneciana guapa, rubia y elegante con la que me cruzaba…