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martes, 29 de enero de 2019

Via Laietana, 16-18

Ayer pasaba frente a ese edificio -feo, no le demos más vueltas- y reflexionaba sobre hasta qué punto ha estado ligado a mi vida...






Pisé por primera vez Via Laietana 16-18 creo que en 1969, cuando Joaquín Fernández -el hombre que me orientó hacia los estudios de Economía, y de cuya mano entré también en el Departamento de Estructura Económica, una de las personas a quien más debo y, además, un amigo entrañable y divertido- fue nombrado Director Provincial de Cooperativas de la entonces llamada Organización Sindical: ni él ni yo sabíamos gran cosa de cooperativas, pero nos pusimos rápidamente a estudiar el tema -yo, Robin gordo de un Batman bajito y moreno y, además, trabajando "en negro"-, y descubrimos un movimiento social que coincidía mucho con nuestros planteamientos políticos, que podríamos situar en aquel momento en un sindicalismo autogestionario, que ya tenía bastante más de Ángel Pestaña que de José Antonio, aunque a Joaquín, por profundas lealtades biográficas, le costaba admitirlo...

Otra cosa era su situación en aquel entonces de la Historia de España -había habido algunos pufos sonados, uno de los cuales me había pasado muy, muy cerca- y, sobre todo, su regulación: la vigente ley de Cooperativas, de los primeros Cuarenta, declaraba en su preámbulo, que no engañaba a nadie: "Vencida ya toda ilusión democrática, se hace necesario adecuar las cooperativas a los principios que rigen el nuevo Estado...", y establecía una serie de controles radicalmente incompatibles con su espíritu democrático y apolítico... era, sobre todo, muy duro de aceptar por el Movimiento Cooperativo Internacional que el Delegado Provincial de Sindicatos pudiese vetar el nombramiento de cargos en las cooperativas. Organizamos una reunión con representantes de la Alianza Cooperativa Internacional, que agrupaba a las cooperativas de las democracias occidentales, para intentar convencerles de que, en la práctica, dicha intervención estatal no se aplicaba, pero uno de sus representantes me perseguía con una fotocopia de la Ley de Cooperativas en la mano, y me pedía: -"¿Vito, vito...?"-, que le buscase el artículo donde se establecía el veto oficial...

De todas maneras, conseguimos reactivar la Asociación de Estudios Cooperativos, bajo la presidencia, en su sección catalana, de Albert Pérez Baró, un viejo cenetista, referente del cooperativismo catalán, y con la presencia de Joan Reventós, el fundador del Partit Socialista de Catalunya, que después sería candidato socialista a la Presidencia de la Generalitat, con escaso éxito: me gustaría decir otra cosa, pero no recuerdo ninguna intervención suya de relevancia... como el búho del chiste, no hablaba, pero se fijaba mucho...

Creamos también una Escuela de Gerentes de Cooperativas, con un buen plantel de profesores, y, además de participar en su organización, aproveché para graduarme en su primera promoción... y me integré en el Centro Nacional de Educación Cooperativa, con sede en Zaragoza, participando en numerosas campañas de formación cooperativa por toda España, un trabajo apasionante, que me llevó a lugares poco frecuentado, y me permitió conocer a gentes de una calidad humana fuera de lo común... son algunos de los recuerdos más queridos de mi vida profesional...

El Servicio Militar lo hice ya de viejo, después de casi agotar las prórrogas, ya que mi absoluta incapacidad para trepar por una cuerda hizo perder al Ejército Español un oficial de complemento que, sin duda, le hubiese proporcionado nuevos días de gloria, y supuso, entre otras muchas cosas, una ruptura con Via Laietana 16-18, porque, al volver a la vida civil, los acontecimientos se precipitaron: sin abandonar mi actividad docente en la Universidad, ingresé como interino en el Cuerpo de Economistas de la Organización Sindical, y fui catapultado al frente, es decir, a la Delegación Comarcal del Baix Llobregat, donde los conflictos se estaban agudizando por momentos...

Volví a Via Laietana 16-18, ya superadas las oposiciones a funcionario, por una curiosa circunstancia:   mi superior jerárquico fue acusado de ciertas irregularidades administrativas -había utilizado el "Fondo de reptiles" de que disponía para actividades ciertamente reptilianas, pero poco acordes con la rígida integridad moral que regía en la Casa-, y todo su equipo de colaboradores directos -que nada habíamos tenido que ver en el asunto- fuimos enviados a otros destinos administrativos, que más sabían a destierro que a otra cosa... a mí me tocó integrarme en la Unidad de Convenios Colectivos, en Vía Laietana, y se me encargó la estadística de las condiciones salariales pactadas en convenios, al frente de una calculadora eléctrica de aquellas con manivela, yo, que en la "mili" ya había trabajado con ordenadores... la Estadística siempre me ha provocado urticaria, en la Facultad fue la asignatura que más me costó... se truncaba, además, una incipiente carrera politico-administrativa, ya que estaba designado "in péctore" para un importante cargo en La Rioja, que me hubiese posibilitado, en pocos meses, llegar a senador por la UCD, a poco que hubiese sabido menear el culo por los pasillos adecuados... no me recuperé nunca de ese golpe.

Cuando ya estaba considerando seriamente la posibilidad de tirar la p... calculadora por la ventana, que daba a la Calle Argentería, entonces Platería, el Destino vino en mi ayuda: por una curiosa modificación legal, hubo que renegociar, en plazo muy breve, la totalidad de los convenios colectivos vigentes: se tocó generala, y nos vimos entregados a un ritmo frenético, donde lo mismo me tocaba asesorar a los representantes de los trabajadores que presidir las deliberaciones de los convenios... unos meses de un trabajo intenso, pero sumamente gratificante que, además, me permitió recuperar el favor de mis superiores, lo que se tradujo en mi adscripción, como Asesor Técnico, al Gobierno Civil de la Provincia, si bien es cierto que sólo tuve que competir con un compañero -y buen amigo- que, previamente, se había declarado trotskista, y había estado mezclado en un confuso asunto relacionado con un subfusil Sten, una pistola Luger y dos granadas de mano, lo que, sin duda, no influyó favorablemente en sus expectativas...

Mi siguiente contacto con Via Laietana 16-18 se produjo en circunstancias bien distintas: legalizados los sindicatos, el edificio fue asignado -en salomónica decisión- a Comisiones Obreras y la CGT, dividiéndoselo con criterios parecidos a la ocupación de Berlín o, mejor, el Paralelo 38 entre las dos Coreas: afiliado yo a Comisiones Obreras, lo he frecuentado con regularidad, en particular cuando fui elegido a la Ejecutiva de mi Sindicato de la Función Pública, gracias, sobre todo, a mis éxitos sindicales en mi Departament, donde no conseguí, tras partirme los cuernos por la cepa, que el porcentaje de participantes en las huelgas que convocábamos llegase a los dos dígitos pero, eso si, cuando llegaban las elecciones, para compensarme, me votaban mayoritariamente...

Y ahí sigue Via Laietana 16-18, rodeado de redes metálicas para evitar que los fragmentos de su fachada, en avanzado estado de descomposición, le partan la crisma a algún transeúnte... ¡Por muchos años...!



miércoles, 8 de noviembre de 2017

Recuerdos de segunda mano...

Hay días en que te apetece contar cosas sólo por el gusto de contarlas...

Me han venido hoy a la memoria dos historias que me contaron a mí... las dos tienen un hilo común: son recuerdos de nuestra Guerra Civil, y digo nuestra porque ya llevamos algunas generaciones, y aún no conseguimos quitárnosla de la cabeza...

La primera sucedió en Boltaña, como cabía esperar, tratándose de mí... Abril de 1938; en una sola noche, el ejército de Franco rompe el frente republicano de Aragón, y sus tropas avanzan hacia Boltaña por la Guarguera; el Ejército Popular, en un intento de frenarlas, dinamita el puente medieval -que otros llaman "Romano"- de La Gorga; por cierto, no ha habido tiempo en todo el Franquismo y todo el "Régimen del 78" para reconstruirlo dignamente; ahí sigue con un tramo central que es un puente de campaña de origen inglés, toda una reliquia ya también, la chapuza provisional más duradera de la Historia.

Los dinamiteros no son muy expertos, o se pasan de entusiasmo -quizás entre ellos estaba mi tío Antonio, soldado en el polvorín de la ermita de San Sebastián-, y la explosión envía una nube de cascotes que dejan el pueblo hecho una pena... entre eso, y la natural prevención ante la llegada de tropas, mi familia se ha refugiado en la bodega; sabia medida... mi familia, como amablemente me recordaba hace poco un examigo en el feis, son "fachas", es decir, aguardan con esperanza la llegada de las tropas de Franco, pero tampoco hay que bajar la guardia... pronto oyen pasos en la calle, ir y venir de gente, que suponen soldados... piensan que los podrán identificar si vienen mojados, porque eso querrá decir que son Nacionales, y han vadeado el río... recordemos que estamos en Abril, y el Ara, en esos meses, suele bajar furo... de hecho, me cuentan que, aquel día, intentando cruzarlo a caballo, se ahogó un capitán de los Nacionales, dato que no he podido contrastar...

Mis tías, Concha y Guillermina, sobre los veinte años, se arman de valor y salen a echar un vistazo... ambas visten de luto riguroso, de esos lutos de entonces, por la reciente muerte de su abuela, mi bisabuela... se dan de bruces con un grupo de soldados: mojados; son de las Brigadas Navarras, gentes de buenas costumbres -salvo la de liarse a tiros con los enemigos del Rey, los Fueros y la Religión-, su virtud no corre ningún peligro... al verlas tan enlutadas, preguntan rápidamente...

"¿A quién os han matado los rojos...?"

"¡No, no, ha sido yaya... y se ha muerto ella sola...!" acierta a decir una de ellas...

La segunda se sitúa en Barcelona, en una pequeña población del Maresme: en un acto de terrorismo financiero, los Nacionales llevan mucho tiempo anunciando que, a su entrada, sólo reconocerán determinadas series de billetes de banco: eso ha creado un auténtico caos monetario en la zona republicana; los billetes "buenos" desaparecen de la circulación, porque los más realistas -que ven venir la victoria de Franco- los atesoran, y los billetes "malos" no se aceptan... de todas maneras, el ejército republicano ha pasado ya por el pueblo en plena retirada, y la gente, encerrada en sus casas -o en sus bodegas, si las tienen, como en Boltaña- espera la entrada de las tropas de Franco.

De repente, un ruido de hierros, un rechinar de cadenas, y una pequeña tanqueta italiana entra en la no menos pequeña plaza del pueblo... las Ansaldo son realmente la mínima expresión de un tanque, los soldados republicanos han aprendido a destruirlas echándoles por encima una manta empapada en gasolina y prendiéndole fuego... pero llevan un par de ametralladoras, y, mal que bien, han servido durante toda la guerra... en la Segunda mundial durarán lo que un caramelo en la puerta de un colegio...

Se para la tanqueta, se abre la escotilla, y aparece el rostro victorioso, pero no por ello menos receloso, de un oficial italiano... impecablemente uniformado, con su casco de cuero de tanquista... en una guerra de zarrapastrosos, los italianos daban siempre la nota de elegancia masculina... según contaba un amigo de mi familia, requeté durante la guerra, llevó una noche un parte a un oficial italiano, y, ante su sorpresa, descubrió que dormía en su chabola con una redecilla en el pelo, para proteger su peinado... el italiano mira, desafiante, las puertas y ventanas cerradas, esperando ver aparecer a alguien que, yo que sé, le rinda el pueblo, o algo así...

Se abre una de las puertas, y por ella asoma una anciana, a la que imagino no menos enlutada que mis tías, seguramente con una pañoleta en la cabeza, muy posiblemente con un mandil a cuadros, faldas hasta el suelo, alpargatas... lleva en su mano un fajo de dinero, se dirige, medio corriendo, a la tanqueta, se lo enseña al asombrado oficial, y le pregunta, ansiosa:

"Señor feixista, señor feixista... ¿Estos billetes, valen...?"

Me contaron estas historias personas que ya no están entre nosotros... yo os las paso, si os hacen sonreir, pasadlas vosotros también... historias mínimas, como mínimos somos nosotros, que quedarán flotando en la nada, entre el recuerdo colectivo de un gran drama, del que formaban también mínima parte, como contrapunto humano...


miércoles, 17 de mayo de 2017

L'Ariège: de osos, maquis y semillas reales...

L'Ariège es mi agujero negro de los Pirineos. Injustamente, añado...




Subes al Port d'Envalira atravesando resorts de esquí que parecen calles de suburbios urbanos, con algún toquecito de piedra y madera, para que no se diga... tienes frente a ti el circo donde nace el Valira, había olvidado lo bello de ese lugar... tengo intención de subir al viejo Port, por la antigua carretera, pero me parece que va a descargar una tormenta de narices -luego queda en nada-, y opto por el túnel, aunque supongo que será bastante caro... dos o tres minutos bajo las rocas de Pyrene, y al salir...

¡Mocé, parece que hubieses atravesado el Túnel del Tiempo, no el d'Envalira!: al otro lado, laderas de pastos sin fin, hacia el fondo de un estrecho valle, por una carretera que podría ser una antigua calzada romana asfaltada... y ni un alma, nadie, ninguno... algún coche aparcado cerca de una cabaña pastoril, una señal indicando el desvío hacia unas pistas de esquí que se imaginan, pero no se ven... donde antes todo era cemento, iniciativa empresarial y riqueza imponible, hay ahora tan sólo soledad, calma y, seguramente, subvenciones europeas.

Estamos entrando en L'Ariège: es mi agujero negro en los Pirineos: a espaldas de Andorra, el Pallars Sobirà y La Val d'Aran, kilómetros de montaña y bosque que he rodeado muchas veces, pero nunca recorrido... curiosamente, la primera vez que salí de España lo hice siguiendo este mismo camino, en un viaje familiar desde Andorra a -destino habitual de las familias cristianas de le época- Lourdes... me hacía tanta ilusión, que preparé el trayecto etapa a etapa, dibujando el mapa: Ax les Thermes, Foix, Saint Girons, Saint Gaudens... deseoso de practicar mi Francés, todos lo estábamos... creo que fue en esta ocasión cuando mi hermana Pilar saludó con un ceremonioso "Bonjour, Madame!" a un bigotudo y sorprendido gendarme... luego resultaba que cada pueblo estaba lleno de exiliados o emigrantes -o las dos cosas- españoles, que nos recibían al grito de "¡Paisaaaanos..!", aunque supiesen que veníamos de la España Franquista, que les negaba el Pan y la Libertad.

L'Ariège es tierra de maquis -de maquisards- y de osos... en sus montañas, en sus bosques, se escondían los que luchaban contra los ocupantes alemanes o, simplemente, huían del Servicio de Trabajo Obligatorio, que pretendía que sustituyesen en sus fábricas a los obreros alemanes que estaban luchando en el Este... luego, en la práctica, resultaba que muchas veces también los sustituían bajo los tibios edredones de las semidesiertas camas conyugales, pero aún así el atractivo del STO era más bien escaso... los primeros maquisards eran excombatientes españoles, que ya tenían muy claro cómo las gastaba el Nuevo Orden Europeo, que a su olor de grasa de armas y pies sudados en botas altas añadía en España el menos tranquilizador aún de cirios, incienso y sotanas mal lavadas.



Los nazis perdieron la guerra en Rusia, los maquisards salieron del bosque y se transformaron en alcaldes de pueblo con banda tricolor y condecoración en la solapa... y ahora están ocupando su lugar los osos, traídos de Eslovenia... deseo con todas mis fuerzas que nunca más vuelva a haber maquis en los Pirineos, que todo el Mundo y le Monde pueda defender pacíficamente sus ideas, sin necesidad de  empuñar la Sten, pero estoy absolutamente a favor del Oso, mi tótem, ese bicho gordo, tragón y huraño con el que tanto me identifico... de acuerdo; de vez en cuando, se le va la mano y se carga alguna oveja, y estoy a favor de que quienes viven de la ganadería sean regiamente compensados por las molestias que puedan causarles los osos; pero su presencia en los bosques, la mera sospecha de que por allí ha podido pasar un oso... nos hace recuperar el encanto de la Naturaleza primigenia, un poco cabrona a veces, justo es reconocerlo, pero pura, libre, inocente, materna y virginal a la vez.

"¿Te gustaría encontrarte en el bosque con un oso...?", me preguntan sus detractores... según y como, depende de la distancia... pero a él tampoco le interesa, para nada, encontrarse conmigo, sin saber si soy un pacífico ecopijo o un depredador como Don Manuel Fraga Iribarne, que gloria haya, deseoso de hacerse un llavero con su "os penis", el huesecillo que tienen los osos dentro de la picha, o, sin ir más lejos, como nuestro campechano Rey Emérito... además, bien mirado, tengo un amigo que ha cazado un oso -negro, pero oso- en Canadá, mientras, que yo sepa, ningún oso ha cazado nunca a ningún amigo mío, ni tan siquiera a un conocido, y eso que les podría dar ideas...



Ax les Thermes es a donde me gustaría que me llevase en una sillita de ruedas mi cuidador andino cuando esté bastante más cascado que ahora: parece aburrido de narices, pero plácido, agradable, limpito, con un casino que prefiero no imaginarme, lleno de señoras gastándose la pensión en las maquinitas, unos baños -termales, por supuesto- con cierto aire decadente, pero actualizados y funcionales, y restaurantes con mesitas al sol y a la sombra,  animados y acogedores... comemos en uno de ellos; nos atienden dos chicas muy jóvenes, una nos confiesa que es su primer día de trabajo... son agradables, son monillas, tienen un delantal y un PDA, pero ni idea de lo que se traen entre manos... corre la falsa creencia de que para camarero vale cualquiera dispuesto a trabajar muchas horas por poco dinero: falso: cualquiera -y a la vista está- vale para ministro, pero un buen camarero es una rara joya; bueno, hacen lo que pueden... el plat du jour es un estofado de cordero... os apuesto lo que queráis a que es imposible encontrar en Sobrarbe un restaurante donde ofrezcan estofado de cordero, y será por falta de corderos... éste me recuerda a los que hacía, un día sí y otro no, mi tía Encarnación... por desgracia, lo acompañan de una ratatouille con bien de tomate, que aparto con gesto ofendido... para beber, una Pelfort; en tres días probaré cervezas muy distintas, pero esta, de un cierto aire alemán -o alsaciano, no la liemos- me sabe de maravilla.



Foix -ese pueblo grande, o ciudad pequeña, que nunca sabemos si pronunciar "Foij" o "Fuá"- es nuestra segunda y última etapa en Ariège: tiene una gran periferia de Carrefours y naves industriales, y un casco antiguo agradable y apañado, dominado por el castillo de sus Condes: y ahí se centra mi atención, porque la Casa Condal de Foix- o de Fuá- pudo haber cambiado muchas cosas...

Al fallecer Doña Isabel la Católica, rompiéndose así la imagen que los viejos asociamos al llorado billete de Mil Pesetas, su aún relativamente joven viudo, Don Fernando, el Ligeramente Menos Católico, contrajo matrimonio con Doña Germana de Foix, hija de los condes, y prima del rey de Francia, conprometiéndose a nombrar heredero al posible hijo que tuvieran. Se hubiese deshecho así la unión entre Castilla y Aragón, pivotando el nuevo eje de alianzas hacia el Poderoso Vecino del Norte, que se suponía -sin fundamento alguno- menos voraz que el Poderoso Vecino del Sur.

Si la semilla del Rey, vertida tan generosamente en tantos lugares agradables y acogedores, hubiese conservado un cierto potencial, la Historia hubiese dado un giro sorprendente, y hoy Castilla -capital, Lisboa- y Aragón -capital, Valencia- podrían ser Estados vecinos y amigos, e intercambiarse votos en el Festival de Eurovisión... pero el zagal que tuvieron duró horas... podría haber sido también rey de Nápoles, y hoy una poderosa Camorra aragonesa explotaría oportunidades de negocio más o menos turbio en los Cinco Continentes... pero lo históricamente más probable es que Aragón, sin los Tercios castellanos y el Oro de Indias, hubiese entrado indefectiblemente en el campo gravitatorio del poderoso vecino del Norte; hoy, por ejemplo, Boltagne podría ser la capital del Dèpartement de Cinqué et Ará, llena de Écoles et Lycées republicanos y laicos, hablaríamos poniendo los morros en forma de acento circunflejo, podríamos comer fromages et fuás y beber vin rouge sin que se nos alterase el colesterol, y todas las señoras llevarían lingerie noire de dentelles...

Barajando esas posibilidades, desde la triste situación presente -sin más dentelle noire que la mantilla de la Cospedal el día del Corpus- paseamos por las calles de Foix o Fuá, recordando cómo continuó la insólita historia de Doña Germana; cuentan las malas lenguas -y la Wiki lo recoge- que Don Fernando, intentando mejorar sus perfomances reproductivas, abusó de determinadas infusiones de hierbas, y dejó viudita joven a Doña Germana, encomendándola, eso sí, a los cuidados de su nieto Carlos Primero; y afirman que, cuando llegó el germánico rey y futuro Kaiser, encontró a Doña Germana -su abuelastra- sumamente apetecible, y tuvo con ella más que palabras... ¡Caramba, Don Karl, eso no era una MILF, era toda una GILF...! De aquellos amores locos -"verrückt", si había un alemán por medio- tuvo Doña Germana una hija, y, para cubrir el expediente, la casó el Emperador con un noble tedesco de su séquito, de Brandenburgo, nada menos... que tampoco le duró demasiado a Doña Germana -que, por lo visto, tenía un peligro....-, viéndose obligado el buen Karl a buscarle nuevo marido, y hacerlos virreyes de Valencia, donde acabó sus días, fundando conventos y pasteleando a troche y moche en la política valenciana, que ya apuntaba maneras...

El coche nos espera, y aún quedan kilómetros hasta la Chambre d'Hôtes que nos aguarda, más al Norte, ya en el corazón del Midi...






viernes, 7 de abril de 2017

Yugoslaviú, Yugoslaviú...!

Desde que me ha peleado con el Grupo Prisa, en vez de escuchar la SER, pongo el radiodespertador a las seis de la mañana con Radio Nacional -de España, quiero decir...-; a mí los peperos me gustan así, que vengan de cara... hoy nos cuentan una noticia que me hace soltar la carcajada...


Tito, en un anticuario: pero aún quedan calles con su nombre...


Después de enterarme de que Trump ha lanzado ya los primeros cincuenta misiles de su, espero, fecundo mandato -se ha contenido, el angelito, tantos días en el cargo sin disparar ninguno...-, oigo que la Guardia Civil, o el Servicio de Vigilancia Fiscal, o los dos, han intervenido un velero cargado de droja: hasta ahí, todo normal. Lo bueno viene ahora; el capitán era serbio, y la tripulación, croata...

Mi corazón unionista, e incluso moderadamente jacobino y cartesiano, salta de alegría, y me parece escuchar el castañeo de los dientes del esqueleto del Camarada Tito, esmelicándose allá en su tumba... ¡tanta in-indá-indapendensiá, tanto liarla parda, para montar luego "joint ventures" para el trapicheo...!

La cosa viene de antiguo; en 2008, en Ljubljana, todo el bellísimo centro de la ciudad estaba ocupado por canchas de basket, donde se disputaba una liguilla entre... los países independientes de la antigua Yugoslavia. Sólo faltaba Kosovo. Ganaron los serbios, posiblemente porque llevaban la animadora más vistosa, y allí les entregaron ceremoniosamente un cheque... le comentaba yo a Blanca: "¿Te imaginas, en los años cincuenta, en España, un partido de fútbol entre Falange y el Partido Comunista...?"...

Servia vs. Croacia...

Fijaos en los equipos... Cna Gora es Montenegro; eso que empieza por "H" es Croacia...



Siempre he tenido un respeto imponente hacia la figura de Josip Broz, Tito... hijo de croata y eslovena, consiguió mantener juntos a tanto hijo de su padre y de su madre sin cometer demasiadas barbaridades... durante la Guerra de España, de acuerdo con su biografía oficial, contribuyo desde París a organizar las Brigadas Internacionales, pero nunca -él insistía en aclararlo así- puso los pies en nuestro país: yo tengo al respecto una información muy distinta.

Una persona muy querida, oficial del Ejército Popular -oficial, no ex-oficial; "La autoridad legítima que me nombró no ha tenido a bien cesarme", decía- me contó lo siguiente: durante la Batalla de Teruel, la unidad que mandaba se vio rodeada por tropas enemigas superiores en número -y, supongo yo, bien provistas de coñac "Tres Cepas"- El oficial, contraviniendo las órdenes -que, como es sabido, siempre son de resistir hasta el último hombre- logró replegarse sobre su retaguardia, salvando la vida de sus soldados. Como cabía esperar, le formaron Consejo de Guerra; cuando ya le olía la cabeza a pólvora, compareció voluntariamente ante el Tribunal un "Asesor soviético", que declaró que la maniobra era plenamente justificada, se había ejecutado impecablemente, y gracias a la iniciativa del oficial se había evitado un hundimiento catastrófico de toda la línea del frente. Los cargos fueron inmediatamente retirados: años después, cuando su foto estaba todos los días en la prensa mundial, como el "Comunista bueno" que le había plantado cara a Stalin, el oficial reconoció al "Asesor soviético"; el ahora Mariscal Tito.

Esa información, procedente de fuente absolutamente fiable -si sus hijos, que leerán esto, me autorizan, daré su nombre y grado, pero nada más...- parece confirmar la de una señora de Barcelona, que juraba que el hijo que tenía era de Tito, al que había conocido -se supone que carnalmente- sin moverse de su ciudad natal: el Internacionalismo es fuerte, muy fuerte, pero no lo suficiente para dejar preñada a una señora a mil kilómetros de distancia... a lo mejor por eso negaba Tito su presencia en España, los juicios por reconocimiento de paternidad siempre son un coñazo...

Cuenta Leonardo Padura en su libro "El hombre que amaba a los perros", que aprovecho para recomendaros vivamente,  otra anécdota de la relación entre Stalin y Tito: a raíz de su sonada ruptura, Stalin, muy en su línea, envió a Yugoslavia varios agentes secretos, con órdenes de matarlo: todos fueron interceptados. Al final, Tito se enfadó: "¿Ya vale, no...? como vuelvas a enviar a otro más, envío yo a uno de los míos... ¡uno solo, pero ese te mata, por la gloria de mi madre...!" Stalin tomó nota, y se comportó...

¡Slava Tito, qué caramba....!

Caídos en las Brigadas Internacionales: Slava Padlin!




jueves, 23 de febrero de 2017

Mi 23-F

Hay días que difícilmente olvidarás; siempre se habla -para los que ya somos mayores- del asesinato de Kennedy; ya dentro del Siglo XXI, el 11 de Septiembre -el de las Torres Gemelas, no los innumerables de aquí...-; para los españoles de mi generación, sin dudarlo, ese día es el 23 de Febrero de 1981.


Por aquellas fechas, compatibilizaba yo mi condición de profesor a tiempo parcial en la Facultad de Ciencias Económicas de la UB (entonces, simplemente, "La Central") con mi dedicación mayor, la de funcionario de la extinta Organización Sindical, adscrito al Gobierno Civil de Barcelona como Asesor Técnico: el nombre, ligeramente excesivo, no explicaba bien mis funciones; a disposición del Gobernador Civil, completábamos la reducida plantilla de Técnicos Superiores que, al proceder directamente de la Administración Civil del Estado, nos miraban por encima del hombro; entre los fachas también había -y supongo que hay- categorías, no os creáis... teníamos, además, la fama de ser personas de la confianza directa de Rodolfo Martín Villa -al que, por cierto, no tuve el gusto de conocer-; cumplíamos funciones muy variadas; generalmente, relacionadas con los numerosísimos conflictos colectivos laborales, en una época en que la crisis era tanto o más grave que ahora, pero la gente aún no había perdido la extraña costumbre de luchar por sus derechos.

La tarde del 23 de Febrero, en que debía celebrarse la sesión de investidura, en el Congreso de Diputados, de Leopoldo Calvo Sotelo, sucesor de Adolfo Suárez como Presidente del Gobierno, llegué a la Facultad de Económicas bastante antes de mi hora de clase en el curso nocturno, para prepararla con tranquilidad en el Seminario; como solía hacer, pasé antes por el bar, a tomarme mi cafelito vespertino, y allí me sorprendió la voz del camarero.. "¡Señor Revilla, Señor Revilla, al teléfono...!" Os recuerdo que los teléfonos, entonces, eran cosas fijas e impersonales, y la gente hacía esas cosas, llamaba a los lugares donde podías estar, y allí te buscaban... era mi mujer, Laura Toribio, abogada entonces de Comisiones Obreras, con una noticia sumamente alarmante; al parecer, un grupo de guardias civiles había asaltado el Congreso, deteniendo a todos los diputados... ella se iba a casa, y me aconsejaba hacer lo mismo...

Enseguida, otros y yo difundimos la noticia por la Facultad... espontáneamente, nos reunimos en asamblea en el hall, frente a la entrada del bar; cada uno iba aportando informaciones, cada vez más alarmantes... todo parecía indicar que había un Golpe de Estado en marcha, de alcance desconocido pero, desde luego, nada tranquilizador: apenas si llevábamos seis años de Democracia, y el sentimiento era general... "¡Por favor, otra vez, no...!"... ¿qué hacer? Pronto se oyeron propuestas más o menos prácticas: asamblea permanente, salir a la calle... un compañero propuso formar barricadas con los automóviles del parking para evitar que saliesen "los tanques" del vecino Cuartel del Bruch: yo sabía que los tanques no estaban allí, sino en Sant Boi, pero no dejaba de sentir un sudor frío pensando en las letras que me faltaban por pagar de mi 127...

Quien remató la situación fue nuestro querido Manuel Sacristán: el respetado teórico marxista, ya muy mayor -aquel día me di cuenta- tenía, además -y eso no lo sabíamos- a su mujer gravemente enferma, falleció poco después; estaba literalmente desmoralizado... nos informó de que los tanques corrían ya por las calles de Valencia, y nos dijo que él se iba a casa... enmudecimos y, en pequeños grupitos, abandonamos la asamblea.

Yo lo tenía muy claro; ya que allí, como solíamos decir, no "había condiciones", mi lugar estaba en el Gobierno Civil: a Belloc padre, mi primer Gobernador, lo había sustituido hacía poco Josep Coderch, un diplomático gironí, amigo personal de Suárez, y con el que apenas si había tenido yo relación, pero que me parecía persona comprometida con los ideales democráticos: estaba seguro de que se pondría, sin dudar, del lado de la Constitución, y hacia allá me dirigí, con negros presentimientos... es verdad, el Palacio del Gobierno Civil se daba un aire con La Moneda santiaguina, y tocaba yo madera...

Soy un auténtico maniático en lo referente a repostar combustible, hasta el punto de que puedo pasar meses sin ver la luz de la "reserva"; pues aquel día apenas si llevaba gasolina para llegar al Gobierno Civil: me tocó hacer más de media hora de cola en una gasolinera, rodeado de conductores cabizbajos y silenciosos... las gente, por la calle, caminaba rápido, casi corriendo, camino de sus casas; muchos llevaban bolsas de compra; aquel día, en muchos supermercados se agotaron las existencias de arroz, azúcar, aceite, conservas... el recuerdo de la Guerra Civil y sus problemas de abastecimientos aún estaba vivo, si no en mi generación, si en la de mis padres...

Llegué al Gobierno Civil; por aquel entonces, yo era, oficiosamente, el "rojo" de la casa, aunque había decidido no asumir ninguna militancia ni política ni sindical, para no comprometer mi imparcialidad en los asuntos, muchas veces delicados, en que me tocaba intervenir: por eso no me extrañó ver la cara de disgusto con que me recibía, el la puerta, un compañero ligeramente más conservador -fiscal, y ex-censor, por cierto- "¿Qué vienes a hacer aquí...?" me preguntó, sin demasiada cordialidad... en aquel momento, apartó los faldones de su chaqueta, y pude ver, metida en su cinturón, la inconfundible culata de una Astra 400... siguió mi mirada y aclaró torpemente "La traigo porque no sabemos hasta que hora vamos a estar aquí esta noche..." Desde aquel momento, tuve la sensación de que, si la cosa se complicaba, a lo mejor no salía de aquel Palacio por mi propio pie... eso sí, el "paseillo" me lo darían gente con la que, cada día, me jugaba el café a los "chinos", siempre era un consuelo...

Intenté llegar hasta el despacho del Gobernador Civil; y allí me esperaba la segunda sorpresa de la tarde: dos guardias civiles me cerraron el paso. Dicho así, no suena extraño: pero no eran dos guardias civiles; eran Fulano y Mengano, a los que veía cada día, que me saludaban respetuosamente, con los que me había fumado algún que otro cigarrillo, hablando de sus problemas, los estudios de sus hijos, sus posibles traslados... me dijeron, en este caso muy atentamente, pero con firmeza, que el acceso al despacho del Gobernador estaba prohibido para todos, incluso para mí.

No me quedó más remedio que encerrarme en el mío, y llamarle por el teléfono directo; lo descolgó a la primera; para eso no había problema... "Estoy aquí, a tus órdenes..." "Has venido por el Paseo de Colón" "Si, Excelencia" "¿Cómo estaba Capitanía General...?" "Seis Land Rover en la puerta, y todas las luces encendidas..." Me pareció oír un suspiro de resignación... pocas, muy pocas cosas podía hacer él desde su despacho más o menos sitiado: le conté que los guardias civiles no me habían dejado llegar hasta él: "Tampoco estoy muy seguro de que me dejasen salir a mí", fue su resignada respuesta...

Quedamos en que me iría pasando las llamadas que no pudiese o no quisiese responder: así pasé dos o tres horas tirando balones fuera... una de las conversaciones más surrealistas la mantuve con el Secretario General de Comisiones Obreras en Cataluña, mi querido y respetado José Luís López Bulla, al que aún no había tenido el inmenso placer de conocer; digamos que nuestro primer contacto no fue excesivamente satisfactorio, insistiendo él en la necesidad de movilizaciones populares, y repitiendo yo los mantras que emanaban del Gobierno de Subsecretarios: todo estaba controlado, todo iba a terminar muy pronto, calma y normalidad...

Mientras tanto, repasaba yo la situación de las personas de mi entorno; en primera línea de mis preocupaciones estaba, por supuesto, mi mujer, en aquel momento embarazada de nuestro hijo Borja: como abogado de Comisiones Obreras, muy probablemente sería objetivo de cualquier represalia. También era un posible objetivo mi hermano Ricardo, por sus responsabilidades políticas en Aragón... muchas veces habíamos comentado, bromeando; "¡Si dan un golpe, por la Breca -la Brecha de Rolando- y t'a Francia!"; pero estaba convaleciente de un grave atropello, con el tobillo hecho polvo, ni por la Breca ni por ningún otro sitio podría escapar... por no pensar en mi propia situación, con aquel elemento -y no sabía cuantos más- pululando por el edificio con pistolas...

Es difícil calcular cuantos funcionarios públicos, aquella noche tan larga, pasamos por parecidas tribulaciones: me contaron, tiempo después, una historia muy reveladora, un universitario hacía sus prácticas, como Alférez de Complemento, en una unidad de Caballería: recibió la orden de preparar las autoametralladoras -unos blindados ligeros- con munición, por si tenían que salir... un sargento profesional, con un enorme revólver atado al muslo, le hizo entrar en el cuarto de las escobas: "¡Como me ordene disparar contra el Pueblo, mi alférez, me mato, y lo mato, y... !", dijo, desenvainando el revólver... "¡No, coño, tranquilo, que soy de los tuyos...!" "¡Pues entonces, matemos al Teniente Coronel, y repartamos las armas al Pueblo...!" "¡Joder, no seas bruto.... si nos mandan salir, media vuelta y nos vamos con los chicos y las tanquetas a Francia...!" Yo, ni eso podía...

Ya muy avanzada la noche, sonó de nuevo el teléfono; era el Gobernador; le acababan de llamar de Madrid, el Rey iba a salir dentro de media hora en la Tele, estaba todo arreglado... "¡Vayámonos a casa, y descansemos- dijo-, que mañana será un día duro..."

Aún llegué a tiempo de ver en mi casa el discurso del Rey, pero quedaban muchos flecos colgando, con los diputados aún encerrados en el Congreso... simultaneaba la televisión con un transistor conectado a las emisoras que iban desgranando información, y, en un momento de agotamiento, en vez de apagar un cigarrillo en el cenicero -entonces aún fumaba-, lo aplasté contra el transistor; guardé durante años aquel viejo cacharro con su quemadura bien visible, como recuerdo de una noche durilla...

Tuve el tiempo justo de dormir un par de horas, ducharme, y volver al Gobierno Civil... en el ascensor, coincidí con una vieja funcionaria, zaragozana, que siempre nos trataba a los "jóvenes" con un cariño casi maternal... "¡Ya estarás contento...!", me escupió, con todo el desencanto de los reaccionarios que, a aquellas horas, eran conscientes de que habían perdido, quizás por muchos años, su última oportunidad...

Pero aún me quedaba la mayor sorpresa del día; entró en mi despacho uno de los guardias civiles, quizás con el que más amistad tenía; fue verlo y darme cuente de que, con el tricornio puesto, era clavado a Tejero, idéntico bigote... (sin tricornio, no; Tejero era calvo, y mi amigo lucía una abundante mata de pelo)... "¡Qué vergüenza, unos compañeros haciendo esas locuras.... y encima yo, con este bigote...! ¿Cómo voy a salir yo así a la calle...?" "¡Tú sales conmigo, y ahora mismo!", le dije... lo cogí por el brazo y lo arrastré hasta el bar que solíamos frecuentar los funcionarios, prefería ir con él que con mis compañeros habituales, que apenas si me miraban a los ojos... "Fíjate, todo el mundo me mira... pensarán:"Ya lo han soltado"..."! "Sí -respondí yo- pero te han degradado a Guardia Primero..." "Eso sí..", contestó riéndose...

Me gustaría decir que todo acabó bien, pero no fue así; la época de Calvo Sotelo fue dura también; Coderch fue cesado, por suarista, y del nuevo Gobernador Civil, Jorge Fernández, prefiero no decir nada, porque está malito y le deseo una rápida y total recuperación, confiando en Marcelo, su Ángel de la Guarda; a mí me purgaron, y me enviaron a la Generalitat de Catalunya, no se si como castigo a mí o a la Institución de Autogobierno... pero, pocos días antes de dejar el Gobierno Civil, mi amigo, el Guardia Primero bigotudo, vino a verme, muerto de risa... su hermano vivía en Canadá y, el 23-F, la madre de ambos estaba allí visitándolo: la pobre señora se entretenía mirando la tele canadiense, de la que, supongo, no entendía ni una palabra; de repente empezó a llamar a su hijo, a gritos: "¡Fulano, Fulano, ven corriendo... están dando noticias de España, y sale tu hermano... se ha metido en un lío muy gordo...!"





lunes, 25 de enero de 2016

Madrid, Enero de 1977...

Ayer se cumplieron 39 años del asesinato de los laboralistas del despacho de Atocha... ahí van, hacia ellos, mis recuerdos de aquellos días.


"El abrazo", de Genovés.

En la noche del 24 de Enero de 1977, tres pistoleros entraron en el despacho de un grupo de laboralistas vinculado a las, todavía en aquel momento ilegales, Comisiones Obreras, en la calle de Atocha, en Madrid. Buscaban a un dirigente sindical, al que responsabilizaban de la dura huelga del transporte, que estaba significando, en aquel momento, un serio quebranto para las mafias que dominaban el sector. Los hechos probados en juicio concluyen que dos de ellos dispararon a sangre fría, causando la muerte de cinco de los allí presentes, e hiriendo gravemente a cuatro más. Los fallecidos militaban en el, todavía en aquel momento ilegal, Partido Comunista de España. De entre los heridos, destaca la dramática trayectoria de la abogado Dolores González: en su día, el novio de Dolores, el estudiante Ruano, se lanzó al vacío tras un durísimo interrogatorio -tres días- de la Brigada de Investigación Social, aunque todo parece indicar que, en su caída, tuvo la mala suerte de hacerlo sobre alguna bala que, sin duda por casualidad, se encontraba en la acera donde se estrelló. Casada Dolores posteriormente con Francisco Javier Sauquillo, su marido figuraba entre los asesinados. Otra de las abogados, Manuela Carmena, se encontraba en una reunión, fuera del despacho; llegaría a ser alcaldesa de la ciudad que, aquella misma noche, en cuanto empezaron a llegar las noticias sobre lo sucedido, se estremeció hasta los huesos.

Si algo nos unía a la mayoría de los que vivíamos y pensábamos en aquellos momentos, era un único sentimiento: "¡Nunca más...!" El año anterior, tras los trágicos acontecimientos de Vitoria -una masacre policial, en una iglesia donde se había reunido una asamblea de obreros- viajé a Paris; el taxista que me llevaba al hotel desde la estación, nada más oírme decir que era español, me preguntó... "¿Os vais a volver a empezar a matar entre vosotros...?" "¡Eso, nunca más...!" contesté yo, más desde el deseo que desde la convicción... teníamos malas cartas en la mano; una Transición hacia la Democracia bajo la vigilante mirada de un Ejército forjado por Franco a su imagen y semejanza, y con grupos terroristas de variados colores, desde la extrema izquierda y el nacionalismo a la extrema derecha, disputando a las Fuerzas de Seguridad la tarea de llenar de muertos nuestras calles; pocos días antes, entre la Policía Armada y un grupo de extrema derecha ya habían matado a dos personas... pero lo de Atocha añadía varios pluses de perversión; el ataque deliberado y a sangre fría, y la actividad de las víctimas, defensores de los obreros en medio de una crisis de dimensiones hasta entonces desconocidas: el muy difícil equilibrio que se vivía en calles y fábricas podía quebrarse en cualquier momento.

Ya os he contado otras veces que yo era, en aquellos momentos, un joven funcionario de la Organización Sindical, el Sindicato Vertical: formaba parte, por lo tanto, de uno de los aparatos nacidos en el Franquismo, y que fuera del Franquismo perderían rápidamente su razón de ser. Pero, como en casi todos los estamentos de la sociedad española de aquellos días, también entre nosotros convivían las opiniones más encontradas. Desde el primer momento tuve la sospecha de que, entre los inductores de aquella tragedia, podía muy bien figurar algún compañero mío -tal y como, por desgracia, se comprobó-, de los sectores más ilusos, convencidos de que era posible una continuidad del Régimen, en un momento en que las circunstancias internacionales, e incluso los intereses de quienes se habían servido de ellos, eran ya muy otros. Dinosaurios condenados a la extinción, cuando ya sus hijos ensayaban otros disfraces más aceptables, pero no por ello menos peligrosos en sus últimos coletazos, mientras quedasen algunas pistolas en sus manos. Y tenían muchas.

Cuando llegué a mi puesto de trabajo, la mañana del 25, con los titulares aún frescos en la cabecera de todos los periódicos, había tomado ya una doble decisión: la primera, mostrar mi solidaridad a los dirigentes de Comisiones Obreras, que ya actuaban a cara descubierta dentro de la estructura del Sindicato Vertical; recuerdo cómo nos abrazamos varios de los que, hasta aquel entonces, nos habíamos considerado mutuamente en bandos distintos... la segunda, llamar a otros funcionarios, para tratar de organizar una respuesta conjunta. No había habido prácticamente conversaciones políticas entre nosotros, pero sabía muy bien a quienes llamar por teléfono, y a quienes no... ninguno me falló, todos estábamos de acuerdo: a media mañana, la mayoría delos funcionarios de la Organización Sindical, en Barcelona y las comarcas más pobladas, estábamos en paro, en solidaridad con los compañeros de Atocha. Los discrepantes callaron, quizás secretamente avergonzados, sospechando lo mismo que todos sospechábamos.

El entierro se fijó para el día siguiente, 26 de Enero; casualmente, estaba yo convocado a una reunión de trabajo en Madrid; llegué a Barajas en medio de un día frío y gris; una ciudad cuyo pulso siempre sientes latir, parecía aquella mañana callada, contenida, bajo una más que evidente presencia policial... nos reunimos en un local oficial; éramos un grupo de compañeros, procedentes de toda España; con muchos, las relaciones habían llegado ya a la amistad; predominaban, por supuesto los vinculados más o menos -todos lo estábamos, para qué negarlo- al Franquismo, pero ya empezaban a marcarse posiciones ante el futuro: algunos se quedarían anclados en sus lealtades originales: entre ellos, debo decirlo ya, algunas de las mejores personas que he conocido, y a las que más debo, profesional y humanamente... los hechos del día anterior, la expectativa ante lo que podía suponer, aquella misma tarde, el entierro, pesaban como una losa sobre el espíritu de la reunión, aunque nadie mencionó nada al respecto. Al llegar, me acerqué a Alberto, el amigo con el que más podía compartir mi ánimo aquel día... "Iremos", nos dijimos, no hicieron falta más palabras. Se nos unió otro joven compañero; ya éramos tres.

Finalizada la reunión, nos fuimos a comer a un típico mesón, no muy lejos de la sede del Tribunal Supremo, de donde arrancaría el cortejo fúnebre: nos habían preparado una mesa en un subterráneo abovedado, estrecho y con una única salida, y por mala suerte me tocó uno de los lugares más alejados de la puerta, separado además de los otros dos conjurados... la comida transcurrió con una ficticia jovialidad, mientras yo no hacía más que mirar el reloj, viendo que se acercaba la hora... ni recuerdo si habíamos acabado ya de comer, cuando me levanté, hice señas a Alberto y el joven compañero, y me despedí de los demás con un simple "Nosotros tenemos que irnos..." nadie preguntó a donde íbamos, se hizo el silencio, los que estaban a mi lado se levantaron para dejarme pasar... sentía que algo se rompía a nuestro alrededor; no lo interpreté como hostilidad -pruebas tuve después de que acertaba-, sino como un cierto dolor, no exento de incredulidad. No se despedían tan solo de unos compañeros, que ahora lo serían un poco menos; se despedían también de un tiempo pasado, que siempre considerarían mejor. A nosotros nos esperaba el Futuro, fuese el que fuese...

Foto de Jordi Socías


Salir a la calle fue, en muchos sentidos, una bocanada de aire fresco... grupos numerosos casi corrían, como nosotros, en la misma dirección... llegamos a la Plaza de la Villa de París, y lo que vimos nos dejó sin palabras: allí, en silencio absoluto se habían concentrado ya decenas de miles de personas; un servicio de orden, con brazaletes rojos, evidenciando su militancia aún ilegal, atajaba cualquier intento de gritar.. desde donde estábamos, en el otro extremo de la plaza, se escuchaba nítidamente el sonido de los cascos de los caballos de la Policía Armada que, a más de doscientos metros, vigilaban respetuosamente... mirabas a tu alrededor y solo veías rostros tristes, incluso algunos con señales de llanto, pero, al mismo tiempo, decididos, dignos, profundamente dignos... sobre nuestras cabezas revoloteaba un helicóptero; lo miré, distraídamente, esperando ver el conocido BO de la Policía, pero descubrí un Puma blanco, del Escuadrón asignado al transporte VIP: "¡Ahí va Juan Carlos!", pensé; acertaba.
Autor desconocido


De repente, un murmullo fue rápidamente acallado por los siseos del servicio de orden; por la puerta del edificio del Tribunal Supremo empezaron a aparecer los féretros de los muertos, cubiertos con banderas rojas.. ante ellos, un ramo de flores, con la Hoz y el Martillo:  por un pasillo, abierto entre la muchedumbre, a hombros de sus camaradas, cruzaron lentamente entre un bosque, un mar, una auténtica empalizada de puños alzados, sin un grito, sin una canción... silencio, determinación a que fuesen los últimos, a que su muerte no hubiese sido en vano... allí, uno más, una gotita en aquel océano, estaba, por primera vez, el mío...

Autor desconocido


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Ayer, en la Plaza de Boltaña, me tomaba unas cervezas con una chica muy joven -para mis parámetros actuales- y su compañero: trabajadores, en toda la acepción de la palabra; ella es, sin lugar a dudas, una de las camareras más competentes que he conocido. Está muy contenta, porque tiene un puesto fijo en la cocina de un centro oficial.. "Bueno, ya sabes cómo es eso: cuando acaba el curso, te despiden, y te cogen otra vez cuando vuelve a empezar... ¡pero la plaza es mía...!" Él acaba de perder su trabajo, de operario especializado en trabajos de riesgo,  "La empresa cerró, ya sabes..." y se ha venido a vivir en Sobrarbe, con ella... "Total, estábamos muy mal; te cambiaban de sitio cuando querían, tenías que trabajar a dos, tres horas en coche, y no te pagaban desplazamientos, ni dietas; lo coges o ahí está la puerta.." "Trabajé un tiempo en Francia... aquello era otra cosa; una mañana, hacía mucho frío; vino el encargado y nos trajo unos guantes nuevos, de abrigo... al rato, volvió con un termo de café; aquí..." "A veces, te pagaban por media jornada, haciendo jornada entera.. luego, en Noviembre, te ajustaban las horas, y te daban días de vacaciones..." "Nunca, nunca hemos estado los trabajadores así... ¡encima, hay compañeros que creen que son de clase media...!"  "Ya, sabes", "ya sabes"... No, no lo sé, quiero decir, no esperábamos esto, no queríamos esto... ¿Cómo lo hemos permitido ...?





miércoles, 30 de diciembre de 2015

Saint Ponç de Tomières y nuestra Historia

Volvemos ya hacia casa, vía Narbonne... el camino, casi sin pensarlo, nos lleva a un lugar sumamente evocador: Saint Ponç de Tomières...





Ya ni sé cómo escribirlo; Pons o Ponç, Thomières, Tomera... en cualquier caso, en este pacífico lugar, que atravesamos en una mañana lluviosa y turbia, nos detenemos para hacer pipí -y tomar un café- en un bar: en su pared, una enigmática placa recuerda el agradecimiento de los ciudadanos soviéticos a la villa... ¿todos los ciudadanos soviéticos...? eran un montón... ¿por qué? : nada dice; agradecería información adicional.



Atienden el café donde recalamos para nuestra escala técnica una amable señora y su hija; nos cuentan que han estado recientemente en Barcelona, hospedadas en un hotel de lujo, e hinchándose a hacer compras en el Passeig de Gràcia, ninguna de cuyas tiendas, palabra, está al alcance de mis ingresos de jubilado... cavilando sobre el insospechado cash flow que pueden generar los cafés de pueblo en el Midi francés, salgo a la carretera y contemplo largamente el enorme edificio religioso que tengo justo enfrente.



Allí, en aquel mismo lugar, se alzó durante siglos el Monasterio de San Pons de Tomères, o como coño se llame... a aquellos santos muros llegaba, en 1134, una curiosa comitiva: nobles aragoneses, desolados por el fallecimiento de su Rey, Alfonso el Batallador, y sumamente rebotados ante su testamento, que transmitía sus derechos sucesorios, literalmente, a Dios Nuestro Señor y, en su nombre, a las Órdenes Militares, buscaban una solución ligeramente más temporal y palpable, y no tenían más recurso que el único hermano del difunto, el Monje Ramiro, que en aquella santa abadía consumía su tiempo entre oración, meditación, y honestas labores de hortelano.

La Historia ya la conocéis: Ramiro asumió con resignación el marrón que le caía encima; tuvo sus más y sus menos con los nobles d'o lugar - de donde procede la encantadora leyenda de la Campana de Huesca- y se decantó por lo práctico; contrajo matrimonio temporal con una noble dama francesa, viuda, que ya había parido de su anterior esposo -valía comprobada como engendradora-, tuvo una hija -Petronila-, la casó a la tierna edad de un año con un vecino -Ramón Berenguer IV, Conde de Barcelona-, dejó todos los papeles arreglados y, en 1137 ya se volvía a lo suyo, es decir, las misas... a partir de entonces, la Casa de Aragón y la Casa de Barcelona quedaban ya unidas, en condiciones y con la letra pequeña que han dado trabajo -y el que darán- a cientos y cientos de estudiosos de uno y otro lado de la Clamor Amarga de Almacelles que, bien mirado, mientras se dedican a eso, poco mal hacen.

Unidas, pero no precisamente en el vacío... El difunto Alfonso, casado con Doña Urraca de Castilla y León, había ido a la greña con media Península Ibérica, reivindicando el título de Emperador de España, esa creación franquista, aunque entonces se llamase  Hispania. El propio Ramon Berenguer era hijo en segundas nupcias de su padre, casado en primeras con la hija de un personaje tan poco nostrat como Don Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador... en aquellos tiempos sin Puente Aéreo ni AVE, lo que caracterizaba a la Península no era precisamente la "Desconexión", sino un auténtico batiburrillo de alianzas, matrimonios, traiciones, reivindicaciones, acuerdos y escaramuzas fronterizas, que recuerda más a las andanzas de los Barones Regionales del PSOE que a los altivos reinos independientes, autosuficientes y de espaldas los unos a los otros que algunos pretenden ver. Y todo eso en el marco de una intrincadísima política europea, con el Papa, como árbitro tramposo, pitando penalties a diestro y siniestro, y con el Moro pisándoles los talones por el siempre abierto Sur.

Medito hondamente sobre estas historias antiguas porque, últimamente, me están llegando ecos que me ponen el vello de punta; la cosa empezó en torno al 20 de Diciembre -de Abiento-, cuando se recordaba la ejecución del Justicia de Aragón, Don Juan de Lanuza. "A manos de las tropas invasoras de un rey extranjero: Felipe Segundo". Stop. Fin de la cita: Felipe Segundo fue, seguramente, un cabrón con pintas, un ciudadano verdaderamente desagradable, pero difícilmente se puede tildar de rey extranjero, en Aragón, al biznieto del último rey aragonés, Fernando el Católico, por cierto, un Trastamara castellano, aunque nacido en Sos... De todas maneras, los reyes extranjeros que hemos tenido en España -desde Amadeo de Saboya a Carlos Tercero- no desmerecen nada, al contrario, comparándolos con muchos otros de estricta producción local... muchas veces, como comprenderéis sabiendo donde nací y vivo, me he preguntado por la utilidad de interpretar hechos acaecidos trescientos o cuatrocientos años atrás desde categorías políticas propias del Siglo XIX, porque a las del XX aún no se ha llegado, y muy posiblemente a las del XXI no se llegue nunca. Utilidad sólo evidente para los muchos pícaros que viven de ello.

Ayer me llegaba un manifiesto abogando, ya directamente, por la creación de una República Aragonesa, para "librarnos definitivamente de España"... hay ideas originales, y también ideas buenas. Esta, sinceramente, no me parece original, pero si buena: no hay más que ver las horas y horas de honesta diversión que llevamos experimentando los ciudadanos de Cataluña/Catalunya gracias a parecidos planteamientos, ni el decidido impulso a la industria textil de alguna remota provincia china que ha significado la demanda de cientos de miles de toneladas de camisetas multicolores y banderas estelades que, de extenderse, cubrirían con creces el territorio dels Països Catalans que sacan en los mapas del tiempo de TV3... "Fun with Flags", como en el programa ideado por mi admirado Sheldon Cooper... en tiempos en que el llorado Jordi Pujol -porque muchos lo han llorado- popularizó, a golpe de partida presupuestaria, el lema "Som sis millions", aludiendo a la población del Principado pre-paquis y pre-ecuatorianos, corría un chiste por Barcelona -no me atrevo a asegurar nada fuera del Área Metropolitana-: visitaba nuestro Conductor la República Popular China y, presentado a un alto mandatario, le espetaba, con mal disimulado orgullo: "¡Somos seis millones...!" a lo que el chino, displicente, contestaba: "Ah, qué bien... ¿Y en qué hotel están...?" Imagino que, hablándole del millón y poco pico de aragoneses -incluidos los de la Diáspora-, sus opciones oscilarían entre un hotelito "con encanto" o, ya directamente, alguna vivienda de Turismo Rural.

Por supuesto, no voy a romper las amistades con nadie que se proclame independentista aragonés, como sigo manteniéndola con muchos amigos, y muchos de ellos muy queridos, independentistas catalanes. Incluso tengo una hermana. O dos, porque ya no me atrevo ni a preguntar... Total, muchos de los que me conocen, ante la evidencia de que no soy nacionalista catalán, y porque me quieren lo suficiente para no sospechar que pueda ser nacionalista español, llegan a definirme como nacionalista aragonés, porque de algún sitio se ha de ser nacionalista, digo yo... Justo es reconocer que les he dado pie, todo el día dando la brasa con Sobrarbe y Aragón y cantando canciones de la Ronda... y eso que no conocen las locuras de mis años mozos, cuando me manifesté en Caspe y en Zaragoza, exigiendo el Estatuto de Autonomía, cuando compré dos acciones de "Andalán", cuando no me perdía un recital de Labordeta, cuyo retrato estoy, en éstos momentos, mirando sobre mi mesa de trabajo -por decir algo-... y por esos mundos de Dios andan mis hijos, Badaín y Borja, y suerte que solo tuve dos, porque podría haber también un Úrbez, una Waldesca... ¡o incluso una Andregoto!

Tengo un recuerdo muy especial de la Manifestación del 23 de Abril de 1978: para asistir a ella cometí una de las mayores tonterías de mi vida: volar de Barcelona a Zaragoza, en un vuelo regular que, incomprensiblemente, existía entonces. Era un vuelo casi balístico; en aquellos felices e inconscientes tiempos, dejaban fumar en los aviones, entre el despegue y el aterrizaje; encendí un cigarrillo al despegar, y tuve que apagarlo casi a medias, porque ya estaban avisando de que aterrizábamos en Zaragoza. Encima, no era nada barato, pero yo no podía perderme el primer Día de Aragón... pronto me vi entre miles y miles de personas, Paseo de la Independencia abajo... acompañaba yo a Javier Maestre, de "La Bullonera", cuando la gente alrededor nuestro rompió a cantar una de sus canciones, de aquellas que se habían convertido para nosotros en auténticos himnos cívicos.

"Los de Huesca y de Teruel,
junto a los Zaragozanos..."

Pero, al llegar ahí,  abandonaron los tonos épicos, y la versionaron libremente...

"Se van a ver "Enmanuelle",
se la cascan a dos manos...
¡¡Puestos en pie!!"

La cara de atribulada incredulidad de Javier era todo un poema... traté de consolarle... "Así es la vida, zagal; la canción ya no es tuya, se la has dado al Pueblo, y el Pueblo hace con ella lo que le sale del ciruelo, mismamente..." Pero, por debajo del bigote, me reía..."No se si ésta es mi Nación, ni me importa demasiado; pero tengo muy claro que ésta es mi gente..."













jueves, 19 de noviembre de 2015

Mi 20-N, hace ya 40 años...

Cuarenta años ya, cuantos recuerdos... mi 20-N, los días anteriores, y los posteriores...



"Ab Hispanorum Duce Restaurata"...


El 20 de Noviembre de 1975 moría Franco, si no en su cama, si en una cama de hospital, pero cama al fin y al cabo, siendo aún Jefe del Estado... escapaba así al destino de sus colegas, dictadores fascistas o populistas de derechas de los tumultuosos años Treinta del Siglo pasado, que acabaron todos mal, francamente mal, con la posible excepción de su más cercano amigo, Salazar, que aunque murió depuesto ya del cargo, al parecer no llegó a enterarse... cuántas veces se habrá repetido aquello de que "el Dictador murió en la cama", para explicar las peculiaridades de nuestra Transición, y es bien cierto que el Invicto Caudillo murió así, invicto, si nos olvidamos de la última jugada que, ya en su lecho de muerte, le hizo Hassan Segundo; pero no es menos cierto que, al contrario que El Cid, después de muerto ya no volvió a ganar ninguna batalla, y a los que afirmen que Franco aún no ha muerto, sólo les pido que piensen, por un momento, lo que le parecería la realidad española actual si la pudiese ver por un agujerito.

Ya os he explicado que, aquel 20 de Noviembre, yo ya era funcionario, aunque interino, en la Administración del Estado; Estado franquista, por supuesto, porque no había otro: puedo decir que, a mí, Franco me dejó ya colocado y con la vida resuelta, y eso propició que viviese aquellos momentos en un peculiar estado de ánimo, donde se mezclaban la excitación generacional, ante un acontecimiento que sin duda iba a remover hasta sus cimientos la sociedad en la que llevaba viviendo ya ventiséis años largos, la esperanza política -en la medida en que había ido asumiendo posiciones cada vez más críticas hacia el Régimen, proceso al que mis improbables biógrafos sin duda ofrecerían todo tipo de matizaciones- y una cierta intranquilidad a nivel estrictamente personal, al pensar en qué pararía todo aquello.

Para ser veraces, me había preocupado mucho más año y medio atrás, cuando Franco enfermó, oficialmente, por primera vez; estaba yo cumpliendo mi servicio militar cuando, a primeros de Julio de 1974, Franco tuvo que ser ingresado a causa de una flebitis y -cosa inconcebible- delegó la Jefatura del Estado, temporalmente, en el entonces Príncipe Juan Carlos. Tras prácticamente agotar las prórrogas por estudios -y después de mi fracasado intento de llegar a Alférez de Complemento por mi manifiesta incapacidad para trepar una cuerda, disciplina en la cual ignoro si destacaron Napoleón, Alejandro Magno, Julio César...-, había elegido yo para entrar en el Ejército la primera quincena de Enero de  1974, ignorando -por supuesto- que, pocos días antes de mi incorporación, ETA iba a asesinar al Presidente del Gobierno, Carrero Blanco, lanzando el ladrillazo que alteró definitivamente, ya sin remedio, las turbias pero relativamente tranquilas aguas del prepostfranquismo, en acertadísimo término que tomo prestado a mi admirado Eduardo Mendoza. Otro día me gustaría contar mis experiencias en la Vida Militar que, en el fondo, fueron una aceptable preparación para lo que ha sido mi actividad profesional posterior, ya que, tras la preceptiva estancia en un Centro de Instrucción de Reclutas, fui destinado a una unidad administrativa, en Zaragoza,  donde, a todos los efectos- salvo en el sueldo, claro, y en tener que ponerme el uniforme de 8 a 15- trabajaba como funcionario.

Y allí, justamente, Cabo Auxiliar de Perforista, en los primeros balbuceos de la Informática, me sorprendió la brutal noticia; el Caudillo estaba malito, salía en las fotos y en la tele en bata y zapatillas, y el Ejército se acuartelaba, para responder así a cualquier amenaza que pudiese provenir del Enemigo. La primera consecuencia práctica era que se anulaban los pases que me permitían vivir cómodamente en un pisito y trabajar por las tardes en el Centro Nacional de Educación Cooperativa, y pasé a compartir unas cutres literas en un sótano húmedo -todo lo húmedo que puede estar algo, en Julio, en Zaragoza-, con veinte compañeros tan funcionarizados como yo.

Y, además, con serias responsabilidades militares; porque a las dos de la tarde, el Coronel se fue a su casa; a las dos y cuarto le siguieron los dos Comandantes y un Capitán, y a las dos y media. los dos Tenientes y el Sargento... al marcharse y ceder el mando de la unidad, hasta el día siguiente, al Cabo Revilla, uno de los tenientes me dijo, ya saliendo por la puerta:

"¡Y acuérdate de bajar las persianas!"

"¿Por qué, mi Teniente?"

"¡Coño, Antonio, por si tiran una bomba!"

Justo es reconocer que dicha oportunidad me permitió realizar mi más meritorio hecho de armas; arrebatar el fusil, cargado y acerrojado, con el que un compañero amenazaba de muerte a un albañil agregado de otra unidad, con el que compartía habitación, si no se cambiaba de calcetines; diré en descargo del compañero -al que yo apreciaba especialmente, porque era la única persona que conocía que usaba una gorra de un número mayor que el mío- que, tras ver el estado de los mencionados calcetines y valorar el hedor que desprendían, fui yo quien repitió la amenaza  en parecidos términos.

Y así estuvimos varios días hasta que, milagrosamente, el Caudillo se recuperó, recuperó también el Timón del Estado -con serio cabreo, al parecer, del Príncipe, que opinaba, y no sin motivo, que todo aquello no era serio- y se levantó nuestro acuartelamiento... y pude ser testigo directo de la sana alegría del Pueblo Español... "!Viva Franco!", "!Viva Franco -gritaban mis compañeros-, si ha aguantado hasta ahora, ese cabrón, qué más le da vivir seis meses más, hasta que estemos licenciados...!"

Un poco más vivió, pero, ya a mediados de Octubre de 1975, las noticias sobre lo que en principio no pasaba de un resfriado, se fueron haciendo más realistas: el viejo Dictador se moría, y los partes médicos del Equipo Habitual -del que actuaba, como auténtico comisario político, su yerno, el Marqués de Villaverde- popularizaba términos como "ascitis" y, sobre todo, "heces en melenas" que hablaban por sí solos de la gravedad de la situación.

¿Y cómo lo vivía la gente, a pie de calle...? Dentro de sus casas, la risa iría por barrios, desde los que afirmaron que preparaban ya el cava en la nevera -entonces aún lo llamábamos "Champán"- hasta los cada vez menos leales -menos en número, y menos en lealtad- que lo sentirían con mayor o menor intensidad, pero no se veían muestras exteriores, ni en un sentido, ni en otro; cierto es que las fuerzas políticas de la Oposición habían lanzado la consigna de evitar cualquier tipo de provocación, pero quizás no hacía falta; todo el mundo parecía contener la respiración, que pasase lo que tenía que pasar, y ya veríamos qué venía luego... hacía años que corría un chiste que resumía bien esa actitud:

"Papá- preguntaba un niño-, el día en que se muera Franco no habrá "cole", ¿verdad?"
"No, hijo mío...?"
"¿Y el día en que coronen al Rey...?"
"Tampoco..."
"¿Y el día en que echen al Rey y se proclame la República...?"
"Tampoco..."
"¡Jó -exclamaba el niño, alborozado- qué semanita...!"

Profetas, que éramos unos profetas...

En la Delegación Sindical Comarcal de Cornellà, ni funcionarios -oficialmente franquistas- ni representantes sindicales -oficiosamente de Comisiones Obreras y, por lo tanto, Comunistas- mencionábamos abiertamente el tema... las conversaciones eran crípticas... "Ya ves cómo está el asunto..." "Yo creo que de ésta..." "A ver luego..."Había en aquellos momentos algunos conflictos laborales muy serios, y ese panorama inmediato situaba "lo otro" en un plano relativamente secundario, aunque todos éramos conscientes de que gravitaba, y de qué manera, sobre nosotros... también aquí, en pocos meses, las posiciones de unos y otros podían cambiar radicalmente; todos lo sabíamos, pero cada uno se guardaba sus cartas, mirando de reojo.

En mi familia, el más afectado, como cabía esperar, era mi padre: soldado de Franco en la Guerra, falangista después, no era especialmente franquista: casi ningún falangista lo era; le reprochaban a Franco tanto sus escasos esfuerzos por evitar la ejecución de José Antonio -y, en éste caso sin discusión posible, haber condenado a muerte -aunque no ejecutado- a Manuel Hedilla, sucesor de José Antonio en la Jefatura  Nacional de la Falange- como la traición a sus vagos planteamientos revolucionarios, sustituidos por un régimen conservador, clerical y, a última hora, monárquico... hablando con mi padre -y yo lo hacía con frecuencia-, solía ser muy crítico con Franco; pero al final de sus días -de los de Franco, y de los suyos; le sobrevivió sólo dieciocho meses- a sus múltiples frustraciones personales se añadía un sentimiento de hundimiento generacional, de fracaso histórico... era consciente de que, como decía Simón Bolívar en su lecho de muerte, como posiblemente pensaba también Franco -como seguramente hubiese pensado de poder ver el Futuro... - había arado el mar.

Tampoco los demás se lo poníamos fácil; recuerdo al "rojo" oficial de la familia, mi hermano Ricardo, enviándole recados desde Zaragoza... "¡Decidle a Papá que la tía del arpa ya está en Prado del Rey...!" En las duras horas posteriores al atentado de Carrero, los espacios informativos de TVE eran cortados constantemente por unos "Minutos musicales", en los cuales una dama vestida de negro tocaba al arpa melodías convenientemente melancólicas... luego se vería que, tras la muerte de Franco, las reacciones de la Televisión oficial -que ya dirigía un poco conocido entonces Adolfo Suárez- no fueron, ni con mucho, tan solemnes y graves... puedo afirmar que se unieron al profundo suspiro general; la pesadilla de la larga agonía que nos había situado a todos en una especie de limbo, de espacio suspendido en el tiempo, había acabado; era cuestión de pasar página -"pantalla", se dice ahora- y esperar los nuevos acontecimientos.

Se acercaba el final, y la atención se centraba en ver si se cumplía una curiosa profecía numerológica -pitagorismo barato, kábala de charla de amigos tomándose el cortado- que andaba de boca en boca, escribiéndose en las servilletas de los bares: si sumabas la fecha del inicio de la rebelión de Franco -18-7-36- y del final de la guerra civil -1-4-39, el resultado era un ominoso 19-11-75... llegó y paso la fecha, amaneció el 20 de Noviembre, y ya a muy primeras horas de la mañana las radios avanzaron la noticia que luego un sollozante Carlos Arias, insospechado Presidente del Gobierno, inmortalizaría en uno de los videos más repetidos de la Pretransición: casi con las mismas palabras -"¡Franco ha muerto!"- me lo anunció mi padre, cuando me levanté a hacer pipí; "¡Vale!", fue mi fría respuesta, yendo yo a lo mío... ni enarbolé banderas, ni descorché botellas: simplemente, hice pipí.

El 20 de Noviembre no era una fecha inocente: había sido, durante todo el Franquismo, el Día de los Caídos, aniversario del fusilamiento de José Antonio; muchos sabíamos también que el mismo 20 de Noviembre de 1936 moría, con pocas horas de diferencia ,Buenaventura Durruti, el líder anarquista, víctima en éste caso, al parecer, de la imprudencia de un compañero... no faltaron las sospechas de que se había dilatado la desconexión de Franco para hacer coincidir la fecha de su muerte no con la de Durruti, por supuesto, sino con la de José Antonio, concluyendo así una triple vampirización; no sólo le había arrebatado el Partido por él fundado; ahora se quedaba con la fecha y, días después, al ser enterrado a su lado, en el Valle de los Caídos, lo transformaba en segundón y realquilado en su última morada... de acuerdo en que, al parecer, no se tragaban, pero quizás llevó demasiado al extremo las cosas.

A los dos días se abrió la capilla ardiente, ante la cual desfilaron miles y miles de personas... hay quien dice que muchos iban allí para comprobar que estaba realmente muerto, pero no cabe duda de que el Franquismo había arrastrado, a lo largo de años y años, a una parte significativa de la sociedad española, y muchos de aquellos franquistas sociológicos -por lealtad, por curiosidad, por lo que fuese...- aprovecharon para rendirle un último tributo: se sabe que entre ellos estaba un ciudadano que, años después, seria Conseller mío en la Generalitat de Catalunya, y que ahora, según me dicen, anda bastante indepe, o, por lo menos, andaba así hasta hace dos semanas... y no seré yo quien se lo reproche -como no se lo reprocho a ninguno de mis muchísimos familiares y amigos indepes, ¡faltaría más! -porque el caballero en cuestión es un simpático cachondo, con el que pasé muy buenos ratos...Y bien puede hablarse de último tributo, porque el posterior entierro fue más bien de trámite; baste con compararlo con el solemne de Carrero Blanco, el féretro en un armón de artillería tirado por caballos; a Franco lo plantaron encima de un todoterreno Pegaso, lo despidió una escasísima delegación extranjera,  donde destacaba por su estatura y su capa de Superhéroe el Supervillano Pinochet -al que aún no había considerado menos lesivo para los Derechos Humanos que Chávez o Maduro un incomprensible Felipe González-y le pusieron encima, lo más rápidamente posible, mil quinientos kilos de granito. Y allí acabó Franco, y no se han vuelto a acordar de él más que un cada año más menguado grupito de incondicionales, fieles remedos del Martínez el Facha tan acertadamente retratado en las historietas de El Jueves. Y los demás, para llamarnos los unos a los otros "¡Franquista!" a las primeras de cambio.

Sobre el Valle de los Caídos tengo sentimientos encontrados: en la época del Tripartit, cuando prestaba mis servicios en el Departament competente en materia de Memoria Histórica, me enseñaron varias propuestas normativas sobre el destino a dar al monumento, que incluían la exhumación de los restos de Franco y José Antonio y su entrega a sus familiares... como fiel funcionario, expresé lealmente mis opiniones, no demasiado partidarias del trasiego funerario... la cosa quedó ahí, aunque es tema recurrente; tiempo después, en un viaje a Madrid con mi entonces Directora General, cogimos un taxi cuya conductora, una agradable señora de mediana edad. al oír a mi jefa hablándome en Catalán, preguntó:

"¿Son ustedes funcionarios de la Generalitat?"
"Pues si, señora, efectivamente"
"¿Y en qué Departament están...?"
"En el de Joan Saura"
"¡Ah, qué bien, Saura me gusta mucho...! pero lo que no entiendo es eso de que quiera cambiar de sitio El Escorial..."

Intentamos sacarla de su error; no era El Escorial, ni pretendía exactamente cambiarlo de sitio... creo que la dejamos medio convencida, pero nos estuvimos riendo un buen rato de la ocurrencia... me temo que no tendríamos presupuesto para cambiar de sitio El Escorial ni, por supuesto, el Valle de los Caídos, aunque cosas más gordas se han visto.


Pero antes, el 22 de Noviembre, se había producido, en el Palacio del Congreso, sede entonces de las Cortes Españolas, la ceremonia de proclamación de Juan Carlos Primero, ceremonia en la cual, por imperativo legal, tuvo que jurar los textos legales vigentes en el momento... todos esperábamos sus primeras palabras como una pista sobre con qué intenciones venía el nuevo Monarca que, por la cuenta que le traía, se había tirado años y años en un mutismo total y, literalmente, pasando por tonto... en la Delegación de Cornellà solo había un televisor, en la habitación del vigilante nocturno, un antiguo representante sindical desfigurado por un accidente laboral; allí nos apiñamos la mayoría de los funcionarios de la casa, y se nos añadieron, a última hora, dos inspectores de la "social", afirmando que no tenían radio en el coche; supongo que, aquel día, les hacía falta compañía humana.

Escuchamos en religioso silencio las palabras del nuevo Monarca: cesaron sus palabras y los aplausos, y seguimos en silencio, digiriendo las nuevas ideas lanzadas en el discurso... y fue el vigilante quien rompió el fuego, resumiendo las palabras de Juan Carlos:

"O sea, que ha venido a decir que vamos a ser como un país europeo... ¿No es verdad?"

"Pues si, eso ha venido a decir..." contestamos.

"O sea, que vamos a ser un país normal..."

"Eso es", respondimos...

"¡Pues, ea, ya no me escondo más...!", exclamó y, echando mano debajo de su cama, sacó un considerable fajo de revistas pornográficas, que procedió a repartir entre la concurrencia.

Y así cerramos, mis compañeros y yo, aquella fecha histórica; discutiendo sobre dimensiones inverosímiles y posiciones en abierto desafío no ya a los Principios Fundamentales del Movimiento y la Ley Orgánica del Estado, sino a la mismísima Ley de la Gravedad, por no hablar de la Ley de la Impenetrabilidad de los Cuerpos.