viernes, 22 de mayo de 2015

Samburus


Pese a su nombre, de extrañas reminiscencias euskaldunes, los Samburu son una sociedad pastoril, muy próxima a los Masai, que ocupan zonas del centro y norte de Kenia: pude visitarlos en mi viaje allí, y ahora os cuanto algo de ellos...


El primer parque natural que íbamos a visitar en Kenia era, justamente, Samburu, localizado en las proximidades del Río Negro, territorio poblado por el pueblo Samburu... a varios cientos de kilómetros de Nairobi, por carreteras en bastante buen estado, se encuentra al Norte del Monte Kenia, el segundo más alto de África, que, pese a pasar bastante cerca, no pudimos admirar, por encontrarse casi permanentemente cubierto de nubes. Sólo en unos breves momentos, al amanecer de nuestro último día allí, pude verlo en toda su majestad, desde el comedor del Lodge, a muchos kilómetros de distancia.

Río Negro. Samburu

Samburu está también en el Hemisferio Norte, el único punto de nuestro viaje a Kenia situado por encima del Ecuador: eso nos permitió asistir al rito de comprobar, con una palangana agujereada y una garrafa de agua, el cambio en las Corrientes de Coriolis, que hacen girar las aguas en sentido diferente en cada hemisferio, tal y como nos enseñaron en la tienda de "Curiosities" situada justamente sobre el Ecuador.

"Curiosities", "Curiosidades", es el nombre que se da en Kenia a unas características tiendas de carreteras, orientadas exclusivamente -supongo- a los turistas: constan de un espacio donde puedes tomar café, té o bebidas de máquina y unos lavabos en -generalmente- muy buen estado higiénico -y eso vale su peso en oro- pero, para acceder a ellos, debes atravesar una nave de considerables dimensiones repleta de todo tipo de productos de artesanía más o menos local: todos sospechamos que, en alguna región industrial de China, debe haber poblaciones de varios millones de habitantes dedicados exclusivamente a producir tallas en falso ébano, figuritas en falso marfil, y brazaletes de cuentas de colores falsamente Masais... de todos modos, en algunos de ellos hay auténticos artesanos tallando piezas de ajedrez en madera, pero a un ritmo tal que, calculas, para llenar la mitad de la tienda harían falta varias generaciones.

Junto a tales maravillas, se despliega un ejército de vendedores: inútil preguntar precios: te entregan una especie de cestita de mimbre, y te piden que vayas poniendo allí lo que quieres comprar; queda claro que el precio oscilará, y de qué manera, en función de lo que pienses llevarte: se inicia entonces una de las operaciones que más odio: el regateo; el esfuerzo de traducir la moneda local -a veces, te lo calculan directamente en Euros-, las barreras lingüísticas -aunque todos hablan Inglés y, sorprendentemente, muchos Español-, la conciencia de la diferencia entre tu capacidad económica y la suya, el sentimiento de culpabilidad al intentar ahorrarte el precio de un par de cafés, y la absoluta seguridad de que siempre habrá un miembro de la expedición que conseguirá lo mismo por menos dinero, y que le faltará tiempo para explicártelo, sinceramente, me pone a cien...

Como os decía, Samburu era nuestro primer destino y, seguramente por eso, y por sus propios méritos, fue el que más me impresionó; pudimos observar allí varias especies animales que ya no volveríamos a ver en el resto de los Parques que visitamos, y, además, fue el lugar de nuestro primer contacto con una sociedad bastante primitiva; ésta es la experiencia de la cual os quería hablar hoy.

Ya en el camino de entrada al Parque pudimos ver carteles que anunciaban algo así como un "Centro de Cultura Tradicional": tiendes a pensar que será alguna especie de museo, pero se trata, en realidad, de un poblado habitado por personas. Creo que era un poblado real; puedes sospechar que se trata de una recreación, pero no vi en las proximidades nada que pudiese ser un poblado alternativo -como si sucedía entre los Masai- y, según nos explicaron, era justamente allí donde vivían.


Nuestros guías habían acordado previamente la visita con unos jóvenes locales, quienes nos condujeron ante un anciano: insistían en que no se trataba de un "jefe", ya que viven en pequeñas comunidades regidas por un consejo de "ancianos" -que, supongo, eran más jóvenes que yo...-; el anciano aceptó nuestro pago -20 Euros por cabeza; siendo 12 en la expedición, una cantidad respetable-, y nos dio la bienvenida a su poblado, añadiendo que podíamos visitarlo por entero, fotografiar lo que quisiésemos, y hablar libremente con todos sus pobladores.


A partir de aquel momento, se desarrolló la ceremonia de recepción: un grupo de mujeres acudió hacia nosotros, cantando, y pronto le siguió otro grupito de muchachos, muy jóvenes, que escenificaron la danza tradicional, consistente en saltar con los pies juntos, demostrando así su virilidad. Si eso demuestra algo, desde luego, es materia opinable, pero los saltos eran espectaculares, y el colorido de unos y otros, increíble: bajo el sol africano, en una mañana fresquita, pero radiante, es un recuerdo que difícilmente olvidaremos..
Tras las danzas, pudimos intentar tener un contacto más directo con quienes nos habían recibido: los Samburus tienen una lengua nilótica, pariente próxima de la hablada por los Masai, pero muchos de ellos entienden y hablan Kiswahili, y algunos también Inglés: los jóvenes algo hablaban pero, desde luego los mayores no parecían entenderlo, y nos intentábamos comunicar a base de sonrisas: nos colocaron collares -que luego, por supuesto, intentaron vendernos-, nos hicimos varias fotos juntos, y entramos con ellos en su poblado. Observad la talla de las señoras, alguna bastante más alta que yo: los Nilóticos son considerablemente esbeltos -no es mi caso-, y vi algunos rostros muy bellos...




Podemos de acuerdo en que el hecho de ser una sociedad de pastores nómadas no fomenta el interés por la arquitectura, pero las viviendas Samburu nos parecieron sumamente elementales: una estructura de palos, cubiertos por ramas, y con una sencilla abertura por puerta: Por fortuna para ellos, emplean cada vez más cartones y plásticos para aumentar la protección ante la lluvia -aunque Samburu es un territorio especialmente árido-, pero eso no mejora el aspecto exterior de las viviendas. El interior es como cabe esperar: sin más iluminación que la luz que entra por las paredes, unas piedras en el centro forman un hogar, y el humo del fuego de bosta de vaca seca se escapa por los orificios de la cubierta: no vi más mobiliario que unos reposacabezas de madera tallada, ni más ajuar que pieles de cabra más secas que curtidas...













Nos contaron, también, que la precariedad de las chozas hace que sea necesario renovarlas con mucha frecuencia: en algunos casos pudimos ver algunas en proceso de construcción, o bien cuyos materiales se estaban reutilizando para construir la nueva. En cualquier caso, insistían, aquella comunidad concreta estaba abandonando el nomadeo, por dos motivos: el Gobierno había construido en las proximidades un pozo de agua permanente, y, además, tenían allí cerca una escuela, y los niños estaban empezando a asistir con regularidad. En pleno Agosto, supongo que se encontraban en periodo de vacaciones, porque, a la hora de nuestra visita, jugaban todos por el pueblo, pero los reunieron para que nos demostrasen su escolarización, y así nos hicieron una demostración, contando en Inglés del 1 al 10... buena señal, por algo se empieza...los críos se veían alimentados, contentos de vernos, y con ganas de reír, señales muy buenas también...



Vimos también el Local Social de los ancianos del lugar: nos insistieron en que era algo así como el Consejo que regía la comunidad, pero la verdad es que, como a Celia Villalobos, los pillamos más bien jugando... es de suponer que tampoco tendrían aquel día asuntos muy importantes que tratar...


Por último, nos condujeron al mercadillo donde ofrecían sus obras de artesanía: nos insistieron nuevamente en que podíamos comprar a cualquiera de las vendedoras, porque, cuando nos marchásemos, repartirían los ingresos entre todos: para un viejo rojo como yo, eso no dejaba de ser muy estimulante, y me permitió afrontar el tormento del regateo con mejor ánimo...



¿Qué impresión saqué de esta visita...? En primer lugar, destacaría la insólita normalidad con que nos movíamos y nos relacionábamos, unos y otros, a ambos lados de una frontera de cultura material de, literalmente, varios siglos: por parte de ellos, supongo que estaban ya más que acostumbrados a ver turistas, y que los ingresos que generaban nuestra visita compensaban con creces las molestias que ocasionábamos; prueba del carácter habitual de dichos encuentros es el hecho de que, si no recuerdo mal, nadie nos preguntó nada especial sobre nuestro origen o de qué vivíamos... todo el interés parecía claramente unidireccional: éramos los blancos del día -quizás los segundos blancos del día-, y punto pelota.

Pero, por parte nuestra, tras el primer impacto de colores y olores, pronto -por lo menos, por mi parte- empezó también a imperar un sentimiento de familiaridad. De acuerdo, vivían en unas condiciones materiales sorprendentemente precarias, pero recordaba yo, de hace no más de treinta años, alguna casa de pastores bien cerca de mi pueblo que -salvo en los materiales de construcción- poco se diferenciaba de aquellas chozas: y vagan por nuestras calles personas -muchas, conciudadanos nuestros, quizás incluso antiguos amigos, o parientes- que viven con, aparentemente, incluso menos recursos... existía el problema de comunicación, claro, pero las miradas y las sonrisas pronto cerraban el foso... según estaba con ellos, cada vez más se reafirmaba en mí mi creencia en la básica unidad del Género Humano, y la sospecha de que, si alguno de aquellos niños que correteaban detrás de un balón con lo que a mi -que siempre he sido un negado en esa materia- me parecía muy buen estilo, acertaba con los canales de comercialización adecuados, dentro de diez años podría estar conduciendo un Ferrari por las calles de mi ciudad, y mis hijos mileuristas se comprarían camisetas con su nombre y su número, presuntamente "oficiales", pero también fabricadas en China, como las maripís con elásticos que lucía su madre...


(Varias de las fotos son de Blanca de Balanzó)



miércoles, 20 de mayo de 2015

Mil Estrelles; una muy buena experiencia

Los que me seguís en Facebook ya sabéis que, el jueves pasado, dormimos en un lugar muy especial: quiero contarlo ahora con más detalle, a ver si os animáis...

Nuestros hijos, cada año, procuran regalarnos alguna experiencia poco común: así, gracias a ellos, hemos subido en globo, o dormido en una cabaña construida en el tronco de un árbol, a muchos metros de altura sobre el suelo... experiencias con cierto componente de vértigo, aunque sumamente recomendables: esta vez, el vértigo venía de mirar hacia el cielo, en Mil Estrelles-La Bastida, un hotel absolutamente original.

Muy cerca de Banyoles y su lago, La Bastida es una vieja masía fortificada, restaurada y decorada con mucho gusto, pero sin perder su carácter rústico (¡cuidado con los peldaños de la escalera...!), atendida por una familia muy simpática y un servicio discreto y eficaz. Hasta aquí, todo muy correcto, pero lo curioso empieza fuera:

Por un amplio jardín, y cuidadosamente aisladas unas de otras, se distribuyen las suites, formadas por un conjunto de estructuras esféricas, de plástico translúcido o transparente: esas esferas se mantienen por la presión interior, y, por lo tanto, hay que entrar en ellas a través de un túnel, como en un iglú, cerrando tras de ti unas importantes cremalleras, y garantizando siempre la estanqueidad... "Si dejáis dos cremalleras abiertas, se os cae la casa encima!", nos avisaron y, al parecer, había sucedido así con algún cliente patazas... el resultado me recordaba poderosamente la Estación Espacial "Mir", en cuya maqueta 1:1 estuve en Toulouse, pero el parecido acababa aquí, porque todo lo que en la Mir era astrocutre, aquí era cuidado y acogedor... una buena cama adoselada, una salita con sillones extrañamente cómodos, música ambiente adaptada a nuestra edad -mucho Dylan, mucho Elvis, mucho Leonard Cohen...- y un original cuarto de baño, con un inodoro de lo más estándard -cosa que se agradece especialmente, ahí hay poco espacio para la originalidad- y una ducha construida sobre un barreño de madera, que funcionó a la perfección.

Nuestra suite, la Altaïr, se encuentra en una parcela bastante grande, dominada por un hermoso platanero, y rodeada de plantas aromáticas: como os decía, la intimidad es total, ya que el jardín -y, por supuesto, las burbujas- quedan protegidas de miradas, y el servicio, cuando viene a la suite, se va anunciando a gritos... el Hotel se publicita como especial para parejas -no se admiten niños, ni mascotas, aunque no se si transigen con los solitarios- y, desde luego, se agradece... no tengo nada contra los niños, al contrario, incluso yo mismo lo he sido, pero si contra determinados papás, que creen que el hecho de que vayamos a cobrar las pensiones gracias a las hipotéticas cotizaciones de sus retoños, les autoriza a dejarles que den por saco a todo hijo de vecino.

Tras tomarnos una copita de cava, bienvenida a cargo de la casa, encargamos una cena de degustación en la Suite, que fue justamente como deben ser las cenas: agradable, formada por diversas cosas muy ricas, con buenos postres, y lo suficientemente ligera para proporcionarte una buena digestión... rematamos con sendos orujitos que, por cierto, no nos cobraron... si fue un descuido, os envío por transferencia lo que me digáis.

El propio nombre del Hotel, y sus cúpulas transparentes, remiten a uno de sus principales atractivos; la observación nocturna de las estrellas: incluso te ofrecen un telescopio, y, sobre la cama, encuentras un cuidado mapa de las constelaciones que puedes ver aquella noche. En eso tuvimos poca suerte, porque el cielo estaba bastante cubierto, pero se despejó algo, y pudimos observar, sobre nuestras cabezas, Venus y Júpiter... en todo caso, una excusa para salir a disfrutar de la noche, y de la increíble visión, desde el exterior, de las burbujas interiormente iluminadas.

Una vez acostados, y apagados los leds que iluminan el perímetro de las burbujas, la sensación de dormir al raso, pero en un ambiente acogedor -con algo de calefacción, incluso- y en una cama como manda Dios, no en un saco de vivac sobre el p...  suelo, es especialmente agradable,  como lo es también el despertar insólito, con los primeros rayos del sol alumbrando las hojas del árbol que te sirve de dosel, y los pajaritos cantando... ¡la sensación de contacto civilizado con la Naturaleza, sin bichos ni incomodidades, es total!

Tras un agradable desayuno, ya en el interior de la Masía, dejamos Mil Estrelles, encantados y con ganas de contar la experiencia...pongo el piloto automático y.... ¡A Boltaña...!



Blanca, sentada ante Altaïr

Interior de las Burbujas

Desde el jardín...

Amanecer desde la cama...

Con los primeros rayos del Sol...


martes, 19 de mayo de 2015

Perroflautas




Sábado por la tarde: paseamos cerca de Boltaña: a nuestro lado se detiene un coche: un joven me pregunta por dónde se va al "Valle del Anarquista". Tengo una cierta prevención hacia la toponimia "popular", desde que un cartógrafo rebautizó un lugar, ciertamente recóndito, conocido como "El Confesonario", como "O Coño d'o Mundo"... pero, la verdad, del Valle del Anarquista, ni idea... el joven precisa más... "Es un sitio donde hay okupas, por la Solana..." me llega  las narices un olorcillo peculiar, y veo que, a su lado, rebulle algo peludo... ¡Son perroflautas..! sobre ellos tengo escrito algo ya hace años...les explico, con mucho detalle, como llegar a Solana, y les deseo mucha suerte: Welcome home, tíos...!


Pues si, señor, casualmente tengo un perro, bueno, viene conmigo un perro, posiblemente eso describe mejor nuestra peculiar relación. Y sí, es verdad, toco la flauta, de oído, por supuesto, ya entenderás que al Conservatorio no he ido… no es menos cierto que mis estándares higiénicos, por decirlo suavemente, se desvían –si, okey, por abajo- de los comúnmente aceptados…. De acuerdo con todo lo antedicho, te consideras plenamente legitimado, después de observarme, oirme y olerme, para llamarme costras o perroflauta: no te prives de ello, entre otras cosas porque, aquí entre nosotros, y te lo digo sin acritud… lo que opines de mí y lo que me llames, sinceramente, me suda la polla.

De mi look, mejor ni hablamos, ¿verdad?... ya me parecía que a ti no te molaban estas mallas de licra con agujeros que me airean bien el culo, ni la chupilla vaquera con chapas. De las botas no te quejarás, son de la mili, de un colega que desertó de los paracas porque le daban mucha bulla… lo de las rastas, reconocerás que, por lo menos, son prácticas, ya te levantas peinado… no, piojos no se meten, no tienen cojones… en serio, siempre los pillan los chavales más limpitos del cole, se nota que les va el confort, unos burgueses, los piojos… camisetas tengo dos, para ir alternando… la de Soziedad Alkohólica, y otra de las fiestas del barrio, si, esa que dice “Fuck you, por mirar…”

Anda, coño, págate una birrita y siéntate aquí al lado, que no muerdo!. A eso aún no he llegado… no, él tampoco, el Devil es más bueno que el pan, es medio tonto… el otro día, a un madero que me pedía los papeles, este gilipollas saltándole al lado y casi lamiéndole, la cola le iba de un lado a otro… ¡No tiene consciencia de lucha, ni nada, seguro que al primero que le diese una hamburguesa, con él se iba…! Hace casi un año que está conmigo, y ya hemos trotado bastante…siempre es bueno tener alguien a tu lado que se conforme con que no le des demasiadas patadas, ¿no…?

No, claro que no soy de aquí, ya lo habrás notado por el acento, y por que no tengo coche guapeado, no te jode…. Soy de Barakaldo, con un par, que no es el mismo Bilbao, pero está allí al lado. Pasas Cruces y ya estás dentro… Barakaldo es un sitio que te marca… muy elegante no es que sea, la casa de mis viejos es de esas que parecen leprosas, donde metían a los obreros en tiempos del franquismo, ahora ya ni los meten, que se busquen la vida…. Pero tiene ambiente, tiene pulso, y tiene huevos… cuando yo era pequeño, con las luchas de La Naval, los maderos preferían dar la vuelta por Cantabria antes de entrar en Barakaldo, te lo juro… mi aita no, que siempre ha sido un cagao, pero mi tío Dani me contaba cómo les tiraban tuercas así como el puño con los tirachinas, y como cortaban el Puente con neumáticos ardiendo… aunque le echaron cojones, los fueron prejubilando, y ahora los tienes a todos criando panza a base de zuritos y jugando a las maquinitas… no se merecían esa suerte, te lo aseguro, una generación dura, combativa, solidaria… la vida es muy cabrona, te lo digo yo, y las mierdas más gordas son las que sobrenadan, eso ya lo tengo yo más que visto…

Pues ahí me crié yo, y ahí fui abriéndome a las realidades de la vida… no en la escuela, exactamente, que para el asunto de las letras nunca he sido muy bueno, y luego con la cosa del Euskara, aún peor… que vale que es mi lengua, aunque mis viejos sean de al lado de Plasencia, pero es que es difícil de cojones… claro que lo hablo, lo que todos, a ver… pero de corrido, ni loco, tú, con lo del Nor  y el Nori, ya te lo digo, siempre me he hecho la picha un lío, y acabo hablando como los indios en las películas racistas…

Ibai si que lo habla de coña pero es que sus viejos son de baserri, de caserío, vamos… Ibai es mi colega, casi más que el Devil, aunque aquí el que va detrás, soy yo, es la verdad… con él empecé a ir a la Herriko y de una cosa vino la otra… cuando entraban los Beltzas, los antidisturbios de la Erzaintza, ahí nos tenías a nosotros llamándoles de todo y tirándoles litronas… más de una vez les hicimos dar la vuelta, unos cabrones, esos cipayos… los cajeros automáticos de los bancos también iban de culo…. Te aseguro que, durante unos años, en Barakaldo, a partir de, pongamos, las siete de la tarde, mandábamos nosotros. Por la mañana era otra cosa, que tenías a media juventud sobando, pero la noche era nuestra…

De repente, Ibai empezó a decir cosas raras; que si la alternativa a la Sociedad tenía que ser más radical, que si había que romper con la cultura urbana, que si otros estilos de vida eran posibles… yo no se qué le dio, pero me lo imagino…me huelo que alguien de la Organización le dio un toque, y le dijo que si quería ir más a fondo… y a Ibai, sinceramente, creo que se le arrugó el ombligo. Y conste que no lo juzgo, te lo aseguro; es que los años han ido pasando, y ya no es lo que era, que antes la Organización era la hostia, y te daban el hierro y ya eras el rey del mambo, pero ahora la cosa está chunga, que ahí los tienes, en makos a tomar pol culo, y para la tira de años, y los viejos arriba y abajo en autocares, que parecen los del Imserso, y que ya ni siquiera pueden poner tu foto en la Herriko… creo que Ibai lo pensó con mucha calma, y decidió que debíamos iniciar una nueva lucha en ambientes más apacibles… la emancipación de los Pueblos, por supuesto, seguía importando,  pero aún más radical era luchar contra la esencia del Sistema, el control mundial de la producción de alimentos (nosotros, parte del Pueblo Oprimido mejor alimentado del Mundo, no habíamos reflexionado sobre el tema en profundidad) y, para eso, existían vías de lucha que pasaban por la emancipación individual, por construir modos de vida alternativos… y, además, empezábamos a estar muy vistos por la txakurrada, y el día menos pensado íbamos a tener un disgusto… “¡Aquí nos vamos a ir!”, dijo, poniendo un dedo en el mapa en este culo de mundo…

“¡La hostia, eso está en España…!”

“¿Y dónde está Plasencia, listillo…?”

Me contó que le habían dicho que allí había mogollón de pueblos abandonados, y que, bien mirado, no estaba tan lejos de Euskal Herria… la verdad es que tampoco abrimos un proceso de reflexión demasiado prolongado: se lo dijimos a los colegas, a los viejos –qué remedio, a alguien teníamos que pedirle algo de pasta para los primeros tiempos; la rapidez con que la aflojaron demuestra el alivio que sintieron…- y nos vinimos para aquí, de eso pronto hará dos años…

Nada más llegar, tuvimos un golpe de suerte; conocimos a la Miriam, que estaba buscando justamente lo mismo: la Miriam y yo nos lo montamos enseguida, y así seguimos, con independencia total, ya te puedes imaginar, sin lazos burgueses… pero, además, tenía cosas fundamentales: una furgona, hecha polvo, pero que aún funciona, si no tienes muchos escrúpulos con las iteuves, y un cierto knowhow, porque venía de Ibiza, y ya sabía vivir por su cuenta: con hilo de plata y piedras de colores hace collares y pendientes, muy chulos, las pijas se los quitan de las manos en las ferias… 

En el fondo ella también es una pija, y de Madrid, además… ha debido tener un mal rollo de cojones con su viejo, porque lo tiene agarrado por los huevos: cuando le llama por el móvil, al cabo de dos días tiene un giro de pasta que te cagas, a nuestro nivel, claro: no me ha querido explicar nada… “No hablemos de ese cerdo”, dice, y yo respeto su reserva, a ver… pero del cerdo hemos sacado el generador y las cabras, y eso ha cambiado nuestras perspectivas vitales, por decirlo de alguna manera.

Enseguida conectamos con la basca que andaba por aquí, y nos dieron la pista de un sitio muy guapo, una casa aislada, grande, casi caída, con un terreno alrededor que podía dar para un huerto, con agua cerca. Nos costó dar con el propietario, un pureta así como tú, y le enviamos a la Miriam para negociar, con una camiseta sin mangas que le marcaba los pezoncitos del par de peras que tiene, que aquí en lencería gastamos poco, y a la gente de tu edad esos argumentos siempre les impresionan… la cosa salió todo lo bien que cabía esperar, incluso mejor.. nos dijo que de alquilar con papeles, nada, porque tiene un mal rollo de herencia con unos parientes, pero que por él nos podíamos quedar, si no estropeábamos nada –ni una explosión nuclear podía estropear aquello, te lo juro…- pero que, si le pasaba por los cojones, nos ponía en la puta calle, o subía con la escopeta…lo interpretamos como lo más parecido que podíamos esperar a una bendición, la Miriam esquivó dos o tres tientos, y al día siguiente subimos a Casa San Petrillo.


Como te digo, había que ver como estaba aquello… en la era y el huerto había chordigas y barzas que podían esconderse dentro tigres, y de la casa más de la mitad del tejado de losas se había ido a tomar por culo… cerca de tres días nos costó desescombrar la cocina y una habitación pequeña, con el sitio justo para tender los sacos y, con unas lonas que tomamos prestadas por ahí, pudimos montar un lugar un poco decente, con la suerte de cara porque, al día siguiente, cayó una tormenta de cojones, que, si nos llega a pillar sin abrigo, lo hubiésemos pasado mal… fue la primera noche en que nos sentimos un poco amos de aquellas ruinas, viendo caer los rayos a nuestro alrededor, pero extrañamente seguros…aquello podía ser un hogar propio, y eso era algo que, en cierto sentido, ninguno de nosotros había tenido hasta entonces.


Desde luego, la cosa fue dura: no te he contado que, una temporada en que mi aita estaba más hasta los cojones de mí que de costumbre, me había metido de aprendiz en la carpintería de un vecino. Pues los seis meses que pasé allí cagándome en todo, con los huevos por corbata esperando el momento de dejarme dos o tres dedos en las putas máquinas, me sirvieron más de lo que habría pensado nunca: tenía una cierta idea y, con cuatro herramientas que nos prestaron unos hipis viejos que se enrollaron muy bien, poco a poco fui haciendo más habitable la ruina aquella, ayudado por la Miriam, que movía piedras como si en toda su vida no hubiese hecho otra cosa…


Pero el que nos dejó a todos asombrado fue el Ibai: se conoce que, cuando subía a ver a su aitona al baserri, el cabrón se fijaba en todo, y, unos días antes de venirnos aquí, subió a pedirle semillas y cosas de esas… se puso a limpiar el huerto y a sembrar alubias, pimientos, puerros… tomates no, que no le gustan, y dice que son cosa de maketos… con unas gomas y unos bidones de plástico cortados, montó un sistema de riego muy apañado y, mucho antes de lo que pensábamos, empezamos a ver crecer cosas nuestras, cosas que se podían comer, una alternativa a los bocatas de chopped con los que habíamos ido tirando hasta entonces. Ibai, claro, trabajaba a lo vasco, jurando, a base de echarle cojones, pero era eficaz, un campesino, un nekazari de una pieza, vamos, quien lo iba a decir…


En ésta estábamos cuando vinieron a vernos los pikolos: estuvieron muy profesionales; bordes, pero sin pasarse: nos pidieron los papeles, había que verles las caras cuando vieron que éramos de Barakaldo, “Yo estuve por allí-dijo el más viejo- un sitio bien majo, lástima de alguna gente…” Nosotros, silbando y mirando para otro lado... Nos dijeron que no nos pasásemos ni un pelo, y que ya hablarían con el dueño, para ver si era verdad el cuento que les habíamos contado… no han vuelto, señal de que el tío se enrolló bien; los vemos pasar de patrulla, y ya casi saludan… pero guardando las distancias, claro. Por si acaso, la maría la tenemos plantada muy lejos de la casa, discreción total…


Resuelto el tema de la producción agrícola, empezamos a orientarnos en las actividades ganaderas: nos vendieron un gallo muy chulo y ocho o diez gallinas y, preguntando, preguntando, dimos con un viejo que se quería vender unas cabras que tenía, dieciocho, con un macho y seis cabritos. La Miriam llamó a su viejo y, pocos días después, fuimos con la furgona a recoger nuestro rebaño… ya era echarle huevos, porque ya me dirás qué sabíamos nosotros de cabras, si no las habíamos visto de cerca en la vida, ni siquiera el Ibai… pero allá que nos fuimos, a embarcarnos en la nueva aventura… 

Lo de las gallinas era sencillo, comían las mierdas que encontraban en el suelo, y ponían huevos: si no les cogías los huevos, la cagabas, porque empezaban a empollar y ya no ponían huevos, pero entonces ya tenías enseguida pollitos, y vuelta a empezar; si eran pollos, se podían comer –no te cuento el día que matamos el primero, casi nos lo comemos con las tripas dentro-, y, si era gallina, más huevos. Y el gallo, a lo suyo; chulear y echar polvos. Sencillísimo…


Lo de las cabras, en el fondo, era igual: el trabajo fino lo hacía el buco montándolas: pero cada mañana había que sacarlas a comer por ahí: donde estaban los pinos de repoblación, ni pensarlo, porque ya nos dijeron que se nos podía caer el pelo: tenía que buscar- porque enseguida me nombraron cabrero, por aclamación-, sitios yermos, de cardos y barzas, y andar preguntando a los dueños si no tenían inconveniente… los márgenes de los caminos también daban mucho juego, porque esas cabronas se comen hasta los paquetes de cigarrillos o los clínex que dejan las senderistas cuando mean… pero se me escapaban sin parar, y me pasaba el día subiendo y bajando, corriendo detrás de ellas con una vara.


La cosa mejoró notablemente cuando encontré al Devil perdido en la carretera: no es que sea un perro de pastor, por supuesto: es el típico perro que un cabrón le compró a sus hijos, y que tuvo que abandonar por no aguantar más las quejas de la parienta… lo normal es que hubiese acabado debajo de algún coche, pero parece como si el jodido lo supiese, y se esfuerza en aprender y ser útil; ahora es él que sube y baja y corre detrás de las cabras, mientras yo hago como que le doy instrucciones, ya solo me falta el transistor para parecer un pastor de verdad…


El susto me lo llevé cuando se me puso de parto la primera cabra: lo hizo todo ella sola, pero yo tenía que estar allí al lado, viendo salir aquella bola sangrienta, con cara de estar ayudando… la cabrita salió casi dando brincos, y yo me la eché a los hombros y entré en casa con ella, orgulloso como si fuese el padre...


Entonces se nos abrieron nuevos horizontes; si vendes los cabritos, sacas algo de pasta y, además, puedes empezar a ordeñar la cabra: eso significa leche y… ¡queso!: hice unos moldes de madera muy chulos, y empezamos a probar: al principio, no te cuento lo que nos salía, pero pronto aprendimos, y pudimos empezar a venderlos bajo mano a turistas que no se preocupaban demasiado al ver la mugre que teníamos debajo de las uñas…que yo sepa, no hemos envenenado a nadie, más naturales y ecológicos no pueden ser nuestros quesos, la Humanidad ha convivido con la mierda desde la noche de los tiempos, y así seguirá, con permiso de la Comisión Europea… desde luego, no nos montamos en el dólar, pero tenemos algún eurillo para bajar a Boltaña de vez en cuando a tomarnos unas birritas, y, a propósito, podrías pagarte otra, que a éstas hace rato que les hemos visto el culo, ¿no?.


Hemos ampliado la plantilla: ahora suben a ayudarnos el Marc y el Yordi, dos catalanes, ahora no están, que se han bajado a las Fiestas de Gracia a montar bulla con los Mossos… a esos, para que te jodas, no puedes llamarles perriflautas, porque no tienen perro –el Marc tiene un gato-, y son percusionistas… con ellos hemos podido ampliar el huerto, pusimos un generador con pasta del viejo de la Miriam, y vamos ganando en calidad de vida, aunque seguimos cagando en el montón de compost, eso casi es también un elemento de alternativa al Sistema… Pero la verdad es que, poco a poco, alternativos lo vamos siendo menos: cuando encontramos algún curro, lo cogemos... construcción, hostelería, ya te puedes imaginar que de notario no nos sale... tampoco hay tanta diferencia ya con lo que hace la gente de aquí, y, poco a poco, nos vamos convirtiendo en parte de la Sociedad, una parte algo especial, pero parte, al fin... lo que sobra por aquí no es gente, y eso también ayuda...

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Venga, tío, como ya nos han traído las birras, te contaré una cosa que no le he contado a nadie: no estamos solos allí… quiero decir que hay alguien más, aparte de la Miriam, el Ibai y los catalanes… llevábamos pocos días allí, habíamos encendido fuego en la chimenea vieja, y yo fui el primero que los vio, dos sombras que parecían salir de dentro de las ruinas y se sentaron a nuestro lado, en el banco de madera podrida, junto al fuego... yo me giñé, no, de verdad, iba un poco suelto y se me fue el punto, tuve que lavar las mallas de licra… estuvieron allí un rato, sin decir nada, sin hacer nada, no se les veían las caras, y luego, desaparecieron tal como habían venido… nosotros tampoco dijimos nada, aquel día ni lo comentamos… si, claro, fumar habíamos fumado, pero no más de lo normal… además, han vuelto. Si, muchas veces, ahora ya les vemos las caras, son dos hombres y una mujer, con pinta de antiguos, no, no van vestidos de joteros, no jodas, pantalones de pana, jerseys viejos, uno lleva una txapela pequeña, de las de aquí… no nos molestan, pasan a nuestro lado, se sientan frente al fuego, a veces lo atizan con un palo… hace pocos días, la mujer me miró a la cara… si, mira cómo se me ponen los pelillos del brazo sólo de contártelo… Y me habló por primera vez. ¿Sabes qué me dijo? “¡Gracias!”. Solamente eso… te cagas, tío….


Boltaña, Agosto 2010  

Mil doscientos kilómetros en globo.

Un viaje interior, envuelto en un viaje exterior; cosas de los efectos secundarios de los antihistamínicos...

El lunes, a las 7 40', salgo de Barcelona, en dirección Madrid. A las 22 40' ya estoy de vuelta: mil doscientos kilómetros, envuelto en el suave y algodonoso globo en que me sumen, al alimón, una rinitis alérgica y el medicamento destinado a paliar sus síntomas, "sin provocar somnolencia" (a no ser que te encuentres en un selecto grupo de 1 entre 1.000) aunque, eso si, te aconsejan que "vigiles tus reacciones" antes de "conducir o manejar maquinaria pesada": ni un cortauñas hubiese sido  capaz de manejar yo ayer, pero... esas enfermedades no letales tienen siempre un componente liberador, abren un paréntesis en tus días, los hacen, de alguna manera, más tuyos... me recuerdan mis ya lejanos ataques de amígdalas, que me hacían abalanzarme, feliz, sobre el libro que iba a leer en la cama, en vez de ir al colegio... durante el breve periodo de tiempo que duran, te ves liberado de obligaciones y compromisos sociales, se abre ante ti un nuevo mundo, pequeñito pero propio, y llegas a entender los encontrados sentimientos de Hans Castorp cuando le diagnostican la tuberculosis que le permite ingresar, de pleno derecho, en el Universo enfermo, pero extrañamente libre, en que ya vegeta su primo.

El soporte físico de ese viaje interior es el AVE: viajar en un medio tan polémico no deja de sumirme siempre en reflexiones: sé perfectamente que una buena parte de las opiniones contrarias se deben a la insólita ocurrencia de Felipe González al construir la primera línea entre Madrid y Sevilla, dos alegres y despreocupados villorrios aldeanos, poblados por funcionarios y señoritos, donde lo suyo, lo racial, es moverse en calesas o carretas rocieras, en vez de empezar por otras zonas, no sé, así como más europeas... pero ahora que la Bestia llega ya casi a todos los lugares, no faltan quienes han hecho de ella ejemplo indiscutible del "vivir por encima de nuestras posibilidades", y se enzarzan en discusiones sobre qué tipos de líneas férreas, y diseñadas para qué velocidades máximas, hubiesen encajado mejor en nuestras posibilidades reales: 147 km/h? 183, 206, 227....? ¡Todo antes de los fatídicos, derrochadores, insostenibles 300 Km/h!. Un anciano servidor, que recuerda perfectamente los vagones de madera de Tercera, la carbonilla entrando por las ventanillas abiertas, o las interminables curvas y contracurvas del trayecto Barcelona-Madrid construido por la benemérita MZA en los años de Isabel Segunda, alucina en colores en los AVE, que comparo, directamente, con los trenes-bala, los Shinkasen, que tuve el placer de disfrutar en Japón,  y piensa, egoísta que es uno, que aunque nuestros nietos se pasen toda su vida pagándolos, tampoco es tan grave, y que ellos también disfrutarán de cosas nuevas -¿los Maglev, o, simplemente, el teletransporte...?- que a su vez, pagarán sus nietos...

Porque de nietos justamente va la cosa: el propósito de tan breve viaje no es otro que visitar a Pablo, mi nieto, y, por supuesto, su Equipo Materno, Badaín y Marta: está simpático y majísimo, prueba fehaciente de que los niños, como los huertos, agradecen los cuidados... en los breves momentos que me permite mi sopor de oso hibernante fuera de estación (en Madrid hace un calor mesetario...), disfruto de él, haciendo todas esas tonterías que suelen hacer los abuelos con sus nietos... te preguntas si la ternura no es también algo parecido a lo que antes decía de la enfermedad, algo que te libera, una pendiente por la que te dejas resbalar, y que tienes que cortar bruscamente, para evitar males mayores... por ejemplo, es muy efectivo pasárselo a alguien con responsabilidad directa diciendo: "¡Toma, que me parece que se ha meado...!" Los toboganes emocionales son siempre peligrosos...

Aprovecho la ocasión para hablar de política con Marta, mi nuera: Marta y yo pertenecemos a la misma secta que lleva, de derrota en derrota, tirando por lo bajo, desde la crucifixión de Espartaco, y aún así no hemos perdido el placer de discutir no ya sobre el sexo de los ángeles, sino sobre la conveniencia de que lo lleven rasurado o se hagan ingles brasileñas... se presenta a concejal en su ciudad, y le deseo toda la suerte del Mundo, en el convencimiento de que no hay suficiente con el trabajo serio y entregado de cada día, si falta esa puntita de suerte... Es un placer volver a hablar de Política, cosa que he dejado prácticamente de hacer porque, donde habito regularmente, la Política ha devenido Teología; más concretamente, Teología de la Liberación, como demuestra la profusión de signos salvíficos en ventanas, balcones y todo tipo de astas, y en materia teológica difícilmente cabe el razonamiento, si deseas -como es mi caso- no ofender a nadie... también en esos temas, como el oso, hiberno pese al calor, aunque no deje de echar algún que otro zarpazo, más por compromiso que por otra cosa...

Y así, medio dormitando, mecido por el dulce balanceo del AVE, recorro el camino de vuelta a mis -escasísimas- obligaciones barcelonesas, mirando de reojo la malísima película (¿de dónde las sacarán...?) que dan en la ridículamente pequeña pantallita, y deseando mentalmente que la tecnología a la que hemos confiado nuestro desplazamiento falle lo suficiente para que el tren entre con retraso y nos devuelvan el importe del billete, que es una de esas cosas que a ti no te ha pasado nunca, pero que conoces a alguien que conoce a alguien a quien si que le ha pasado...



jueves, 14 de mayo de 2015

En un buen lugar, en un mal momento...


Escapamos por los pelos de un tifón en Japón, y nos pilló una tormenta de nieve medio regular en Nueva York. después, cuando lo cuentas, te ríes... esto lo escribí a primeros de Marzo...

Hace seis años, por estas fechas, andaba yo por Nueva York, y bien dicho está, porque, de turista, se anda mucho… lo he recordado hace poco porque se cumplen esos años de la muerte de mi amigo Pepe Rubianes, y fue en un museo de Nueva York donde recibí la llamada de mi hijo Borja comunicándome su fallecimiento. Curiosamente, pocos años después le tocó también llamarme a Viena para decirme que había muerto otra persona que ha dejado huella en mi vida: José Antonio Labordeta. Esa curiosa condición de Campana de Velillas -la que doblaba a muerto, sin intervención humana, cuando moría un Rey de Aragón- me lleva a decirle a Borja cada vez que me voy de viaje: “Jomío, tú estate bien atento, a ver a quién le toca la china esta vez…”

Por allí andábamos, disfrutando de un tiempo apacible y templado -aunque no sabría precisar más, porque me lío mucho con los grados Farenheit-, cuando llegaron noticias de que se avecinaba tremenda borrasca… cada mañana nos despertábamos con las noticias locales en el televisor, más que nada, para oir un poco de Inglés, cosa poco frecuente en Nueva York, donde se habla bastante más Español que en Barcelona, que ya es decir… Eran las noticias de una emisora a la vuelta de la esquina de nuestro hotel, en la mismísima Times Square, en cuyo escaparate nos parábamos cada día a ver los programas que grababan en directo; quiero pensar que la misma emisora donde actuaría años después como presentadora mi admirada Robin, de “Cómo conocí a vuestra madre”… pues allí estaban la antecesora de Robin y el Hombre del Tiempo presentando gráficos espeluznantes: la tempestad avanzaba desde el Sur, barriendo los Estados de la Costa Este, y estaría encima nuestro al día siguiente…

Una tormenta de nieve en Nueva York -ciudad con un clima aún más extremado que el de Zaragoza, pongo por caso- no es ninguna tontería. Además, justamente para el día siguiente teníamos reservados billetes de tren para Washington: Obama acababa de ser elegido, y la circunstancia de que, por primera vez, yo, súbdito de tercera categoría del Imperio Global, tuviese un Presidente al que incluso hubiese podido votar, me llenaba de fervor imperial-patriótico, y qué menos que írselo a mostrar postrándome ante la verja de la Casa Blanca. Pero todo parecía indicar que, al día siguiente, la Casa iba a estar Blanca de narices, y ni tan siquiera era seguro que los lentísimos trenes Amtrac -los yankis, por lo visto, pobrinchones, no tenían dinero para construir líneas de Alta Velocidad- pudiesen circular…

Gracias a los buenos oficios del personal de recepción del Mela Hotel -propaganda gratuita absolutamente merecida- pude cancelar los billetes, y nos encerramos en nuestra habitación, para seguir las noticias: comparecía ante la tele algo así como el concejal de circulación, un caballero euroamericano, rodeado del personal a su mando, varias docenas de caballeros afroamericanos, embutidos, en afortunada combinación cromática, en trajes de agua naranja reflectante: nos lo dijo bien clarito; New York tenía tropecientas mil millas de vías urbanas, las suficientes para ir y volver no sé cuantas veces a Los Ángeles, y no había forma humana de limpiar aquello en un tiempo razonable: se comprometía a mantener abierto el Metro, saldrían los autobuses y taxis que pudiesen, se cerraban las escuelas,  paciencia, y barajar…

Por si acaso, subimos al Empire State, para cerrar el cuadro de visitas programadas y, tras cenar después en un restaurante coreano, vimos caer los primeros copos que, más que de nieve, eran de lo que en Sobrarbe llamamos “matacrabitos”, esas bolitas secas y redondas, que te duelen cuando impactan en tu piel, arrastradas por la ventisca:  volvimos al refugio de nuestra habitación, y vimos nevar toda la noche sobre el edificio -¡Justo, también Neogótico!- de enfrente.

Cuando una claridad lechosa inundó nuestra habitación y el resto de Manhattan, la vida se había paralizado a nuestro alrededor, salvo por los afroamericanos que, usando anchas palas de hoja curva, intentaban mantener limpios dos o tres palmos de acera frente a cada puerta de edificio. Seguía nevando con rasmia, entre fuertes ráfagas de viento, que hacían punto menos que inservibles los paraguas; salimos a desayunar a nuestro Deli favorito, y tratamos después de pasear por Times Square; imposible; el viento y la nieve que arrastraba nos helaban hasta el tuétano, y, a veces, casi nos impedía andar…

Nos rendimos a la evidencia, cogimos el Metro y nos dispusimos a aguantar el temporal en el Museo de Historia Natural, una de las visitas que no me quería perder, tanto por las maravillas que encierra como por formar parte de la Ruta Holden Caulfield, uno de los incentivos, para mí, de viajar a Nueva York. Así pudimos disfrutar de la visión de Central Park nevado, y estar calentitos, viendo auténticas joyas de la naturaleza, todo por un donativo voluntario y simbólico de un dólar cada uno…

Cuando salimos, había dejado de nevar, apuntaba tímidamente el sol, e incluso se veían algunos quitanieves funcionando; sin fiarnos mucho de los recorridos en superficie, fuimos de nuevo en metro hacia TriBeCa, a ver tiendas (y, por supuesto, comprar alguna cosilla; con el euro a 1,30, había que aprovechar…)

El día siguiente, último de nuestra estancia en NY, amaneció con un sol radiante, pero un frío pelón: nueve grados bajo cero, eso si lo entendí muy bien…recorrimos las orillas del East River, sin alejarnos mucho del hotel, gozando de los paisajes nevados, y llegando a tiempo para despegar de un JFK ya reabierto, pero todavía con un aspecto polar…


¿Queréis que os diga la verdad…? Tampoco fue para tanto; recuerdo una nevada en Boltaña que nos catapultó a la Edad Media, y viví también el nevadón de 1962 en Barcelona, que paralizó la ciudad una semana entera: pero hay que reconocer que una nevada en Manhattan tiene un “glamour” especial, y cuando ahora veo en la tele imágenes de tempestades en la sufrida Costa Este, me apalanco en mi sillón, junto al radiador, y pienso… “¡Yo estuve allí…!”


Desde la ventana del hotel...

Blanca en Times Square

Desde el East River

JFK Airport

miércoles, 13 de mayo de 2015

Wien (fünf): Comer y beber en Viena



No descubro ningún secreto si afirmo que la gastronomía austriaca no alcanza, -ni por su variedad, ni por su capacidad de sorprender- los estándares de las grandes cocinas mundiales. Sin embargo, Viena es un lugar donde, sin grandes esfuerzos ni grandes gastos, se puede comer decentemente, incluso cosas muy ricas: intentaré dar pistas de cómo hacerlo…


Insisto en que no hay que pedirle a la cocina vienesa grandes locuras: es una cocina honesta y sencilla, de un país bien alimentado pero monótono, por lo menos hasta la llegada de la emigración mundial, que ha arrastrado su corte de kebabs, rollitos de primavera, sushi e incluso pintxos falsamente vascos o tapitas presuntamente gaditanas… la cocina tradicional es de lo que da el terreno: ganado -vacas y cerdos, sobre todo- patatas, verduras -conservadas para los largos inviernos helados-, algo de cereal, manzanas, frutos rojos, y caza… con esos mimbres, y la influencia de sus vecinos -Suiza, Alemania y, creo yo que especialmente Hungría- han creado una cocina básica, práctica, hipercalórica y no demasiado saludable desde el punto de vista del colesterol: sus aspectos más negativos se aprecian en las cinturas y redondeces de hombres y mujeres, pero no soy el más adecuado para comentar dichos excesos…

¿Dónde se puede comer en Viena?: kein problem: en todas partes. Existen, por supuesto, magníficos restaurantes, a precios en consonancia: pero, sin moverse de las rutas frecuentadas por los turistas, hay una buena oferta, a precios razonables, sobre todo teniendo en cuenta que un plato único, con su Beilage -acompañamiento- y una bebida son más que suficientes para un estómago estandard, y partiendo de la base de que del postre, que es tema aparte, hablaremos luego… Y, ya saliéndose un poquito de las zonas más   habituales, ves decenas de restaurantes frecuentados por vieneses, que es donde vale la pena detenerse y disfrutar un ratito.

Recomiendo muy especialmente los cafés: hay en Viena una amplia red de cafés que conservan la decoración y -supongo- parte del ambiente de entreguerras, y en todos ellos hay menús y platos del día, a precios razonables: insisto en ello, porque, como todo en Austria -un país con un alto nivel de vida- los precios pueden parecer caros, pero lo que ves es lo que pagas, y punto, sin las trapacerías que vemos en otros sitios: darte la carta y no el menú, cobrarte por el pan o el “servicio”, o, como mis queridos portugueses, llenarte la mesa sin preguntar de platitos de aperitivos, que luego te cobran… y todo limpio limpísimo, además…

Mis largos años de servicio a la Administración Pública se deben notar en algo: en una ciudad extranjera, busco siempre locales cerca de los edificios administrativos: seguro que allí comen funcionarios, gente de capacidad adquisitiva media y escasa orientación hacia el Cambio y la Aventura; sueles encontrar comida razonable, sin los excesos de la experimentación ni la horrible estandarización de las franquicias… nuestro hotel estaba junto a unos antiguos cuarteles, transformados hoy en dependencias administrativas… “¡Hermanos Funcionarios!”, me dije… exacto, había alrededor sitios que respondían perfectamente a esas características…

¿Y qué pedir…? Lo primero, la carta en Inglés, a ver si hay suerte, y lo digo porque, aunque algo de Alemán entiendo, con frecuencia encuentras nombres locales que poco tienen que ver con el estándard: a partir de entonces, ya sabes que Würste son salchichas, de las que hay una infinita variedad, el Schnitzel es el filete empanado, rey de la mesa vienesa, ya que aquí no lo reservan sólo para las excursiones familiares, y el Gulash es cualquier cosa entre un estofado y una sopa de carne con paprika, herencia húngara extendida por todo Centroeuropa… la carne puede ser de Schwein -cerdo- Kalb o Rind -vacuno- o Huhn o Hendl -pollo, o gallina, o alguien de la familia: puede haber cordero -Lamm-, pero no es frecuente… El pescado, en una de las tierras más continentales de Europa, suele ser de agua dulce; Forelle -trucha- o Lachs -salmón-, y otras cosas -carpas, percas, luciopercas, sabe Dios qué…- cuyos nombres, en Alemán, no me tomo el trabajo de aprender, porque no los pido nunca… ahora se está extendiendo, como la peste, ese flagelo de la ecología centroafricana, la Perca del Nilo… ¡huyamos! No es lugar para fritadas ni mariscadas, ni se os ocurra… Como acompañamiento, Kartoffel, en todas sus manifestaciones -patata, ya sabéis…-, Kraut -col, incluyendo la Sauerkraut, la macerada y fermentada…hay cosas más originales, como purés de rábanos picantes. que recuerdan al wasabi japonés, o los Knödels, cosa de difícil descripción, porque se presentan en formas diversas, que pueden oscilar entre algo así como buñuelitos de harina muy pequeños, casi del tamaño de garbanzos, hasta una especie de rollito de pan Bimbo cortado en rodajas… todo comestible, todo razonablemente rico… también es frecuente encontrar Pilzen, setas, desde el humilde champiñón cultivado a los excelsos Boletus del entorno Edulis… Otras veces, podéis encontrar platos de caza, especialmente de ciervo -Hirsch- o corzo -Reh-; no son caros…

Veréis que en las guías recomiendan el Tafelspitz como plato rey de la cocina vienesa, con el sospechoso argumento de que era el favorito de Francisco José… si tenía tan buen ojo para la cocina como para la arquitectura y las alianzas políticas, íbamos dados… Pese a mis dudas, lo probé; carne más cocida que asada, cortada en rodajas, con patatas y purés de rábanos y manzanas: tampoco lo vi tan original, pero estaba rico… incluso menos calórico de lo habitual: prefiero ni imaginarme cual sería el plato favorito de Sissi, alguna esferificación de brisa de la Wienerwald, o algo por el estilo…

Por bebida, no os quejaréis… en Viena hay buenas cervezas de producción propia, o las vecinas alemanas y checas: mis favoritas son las más ligeras, las Pilsen checas o las Weissbier, de trigo… pero Viena es, sobre todo, tierra de vino blanco: está rodeada literalmente por viñedos, muchos de ellos de Riesling, y en la época en que la visitamos -Septiembre- empezaba ya a encontrarse en los restaurantes el vino del año en su versión primeriza y más ligera, el Sturm, a medio proceso de fermentación: hay grandes vinos vieneses, por supuesto, pero el que sirven habitualmente en los restaurantes y cafés como vino blanco vienés es, sobre todo fresquito, sumamente agradable, y se deja beber.

Pero donde Viena y tu paladar se reconcilian definitivamente es en la pastelería: ya de por sí, la panadería es buena -encuentras panecillos, semmel, de todos los tipos imaginables, y recordemos que allí nació el croissant, y que los franceses llaman “Vienoisserie” a lo que aquí llamamos bollería o, simplemente, pastas… pero los pasteles… desayunas una “Mèlange” -algo así como un café con algo de leche, o de nata, o yo qué se, pero muy rico- y una porción de Strudel, Appelstrudel de manzana, calentito, con su gustito a canela… hummmm!

Pecamos por todo lo alto; entramos en Demel, la pastelería que abastecía a la Corte, con un barroquísimo escaparate adornado con una sirena de tamaño natural, absolutamente comestible, y también en el Hotel Sacher, a probar su famosa Sachertorte: por cierto que, frente al hotel, una furgoneta allí estacionada alertaba sobre las numerosas falsificaciones de la receta original… fue un pelín humillante tener que guardar turno para entrar -situación que nos recordó nuestra triste condición de turistas-masa- pero, una vez dentro, la sensación se desvaneció, y nos sentimos tratados, si no como archiduques -tampoco hay que exagerar-, sí, por lo menos, como notarios de provincias, por un atentísimo servicio, correctamente ataviado, que nos sentó en lujosa mesa bien provista de manteles textiles, vajilla de casa buena, y cubertería brillante y sólida, y nos obsequiaron -bueno, casi, yo no lo encontré caro- con una Mèlange y una porción de pastel de chocolate y mermelada de albaricoque, que valía el viaje a Viena, aún en el supuesto de que lo hubiésemos hecho andando desde Barcelona.


Perded el miedo a volver de Viena con algún kilo de más: daos por engordados de antemano, y proponeos rebajarlos en lugar más propicio y con menos tentaciones. Y si queréis evitar algo, pasad de largo ante los bomboncitos mozartianos -“Mozart Kügeln”, “Bolas de Mozart”, es su poco respetuoso nombre- y un no menos sospechoso Licor de Mozart, que te transmite calorías vacías sólo con mirar la botella: con todo lo que me gusta Mozart, la parafernalia mozartiana me despierta hondas simpatías hacia Salieri… de todas maneras, ¡disfrutad de Viena…!

Pastelería Demel, con sirena... y Blanca

El Tafelspitz, favorito del Kaiser

Sachertorte

Tentaciones...

Desayunando Mèlange und Strudel...

Geburthaus


Cuando viajo, no eludo los sitios inquietantes, de "mal rollo"...éste es uno de ellos, sin lugar a dudas...

Acabamos de comer en Passau, en el muelle del Danubio, muy cerca del punto donde sus aguas reciben las del Inn, que bajan desde los lejanos Alpes, y ahora las seguimos a distancia, primero por una cuidada autobahn, después por una no menos cuidada carretera secundaria; el campo bávaro, tan verde y ordenado, reluce bajo un sol de justicia, casi castellano, en plena ola de calor que ayer, en Nuremberg, nos puso a 35 grados. Pronto cruzamos un puente, pasamos de Alemania a Austria, y ya estamos en Braunau.

Aparcamos en una hermosa plaza rectangular y larguísima, constelada de edificios barrocos: le digo a Blanca: “¡Si la vemos, la vemos, pero yo no pregunto…!” por nada del Mundo querría yo pasar por admirador de aquel chico que nació aquí hace bastante más de 100 años… tengo suerte porque, en la entrada de un punto de información turística, hay un expositor con planos de la localidad: cojo uno, y allí está: número 13 -no podía ser otro-, “Geburtshaus”, “Casa natal”, no hace falta decir de quién, ¿verdad…?

Siguiendo el plano, recorremos la pequeña ciudad; nos llama la atención, como en muchos otros lugares de Austria y Baviera, las tiendas donde se venden trajes tradicionales; los Dirndl de las mujeres, con sus blusas floreadas y sus faldas amplias, y los Lederhose masculinos, esos pantalones de cuero con peto, que suelen llevar sobre camisas de cuadro, y, en invierno, con chaquetas de loden y botones de asta de ciervo… hoy, te pones un loden, y caes redondo al suelo… No los usan sólo en fiestas señaladas o folklóricas, los ves vistiéndolos normalmente, para ir a pasear, o para tomarse algo en un biergarten…  El chico en cuestión también se ponía los pantalones de cuero, y se conservan fotos suyas de esa guisa, hasta que los consideró incompatibles con su condición de Canciller.

Tras un breve paseo, cruzando bajo un corto túnel, llegamos al Número 13; La casa es como cabía esperar; de líneas anodinas, tristona, pintada de un amarillo desvaído con esas ventanas enrejadas y delineadas en blanco tan características: parece -y está- deshabitada desde hace bastante tiempo, sus cristales, polvorientos… no vivió allí muchos años el chaval, ni fue muy feliz en ella: la combinación de padre autoritario y brutal y madre piadosa y afectuosa, pero enfermiza, muerta muy jóven, no prometía nada bueno. En su pesadísimo libro autobiográfico y psicoanalítico sólo alaba de su lugar natal el hecho de encontrarse en el punto en que confluyen los dos grandes Estados alemanes; pronto iría a vivir a Linz, que consideraba su patria chica, y donde pensaba construir los grandes edificios que garantizarian su recuerdo entre las generaciones futuras; por supuesto, no se construyeron, ni falta que han hecho; todos nos acordamos mucho de él… 

Por si acaso a alguno se le olvida, en la puerta le han puesto un piedro de más de mil kilos, un bloque de la cantera de Mauthaussen, con una única leyenda: “Por la Paz, la Libertad y la Democracia, nunca más Fascismo: millones de muertos os lo recuerdan…”

Llegué a tiempo de conocer, en mis años de estudio en la Facultad de Económicas, a entusiastas del enfoque marxista más simplista, para los cuales los procesos históricos venían punto menos que determinados por los fenómenos económicos: uno de aquellos profesores nos martirizó dictándonos, durante días, largas series sobre la evolución de los precios de los bienes de primera necesidad en los mercados franceses (¡hasta la tela de calzoncillos!) en los años 80 del Siglo XVIII para demostrarnos que, por narices, tenía que producirse la Revolución Francesa. La situación de Alemania a raíz de su derrota en la Primera Guerra Mundial, derrota inexplicable para los nacionalistas alemanes si no se recurría a cualquier teoría conspiratoria, la “stossdolch”, la puñalada por la espalda (de espartaquistas, socialdemócratas, plutócratas, judíos…), la hiperinflación, la crisis económica, el paro rampante de los millones de soldados desmovilizados, la práctica desaparición de la clase media, la ceguera de los gobiernos aliados… creaban sin lugar a dudas condiciones para una profunda convulsión social: pero es difícil aceptar que la Historia de Alemania y de toda Europa, y la historia individual de los millones y millones que fueron víctimas de aquel proceso, hubiesen sido iguales, o parecidas, sin la aportación personal, el sello propio, los demonios familiares de aquel triste muchacho de Braunau.


Con el ánimo encogido, e incluso una cierta sensación de frío interior, con la que está cayendo, nos refugiamos en la intimidad de nuestro coche; abandonamos tierras austríacas, y volvernos a Alemania, sin salir de las breves fronteras del Reich. Próxima parada… Berchstesgaden, lo mío ya es vicio…

Braunau: Markt (Plaza Mayor)

Braunau:  Rathaus (Ayuntamiento)

Braunau: trajes típicos en un escaparate

Braunau: casa natal de Hitler