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miércoles, 13 de mayo de 2015

Wien (fünf): Comer y beber en Viena



No descubro ningún secreto si afirmo que la gastronomía austriaca no alcanza, -ni por su variedad, ni por su capacidad de sorprender- los estándares de las grandes cocinas mundiales. Sin embargo, Viena es un lugar donde, sin grandes esfuerzos ni grandes gastos, se puede comer decentemente, incluso cosas muy ricas: intentaré dar pistas de cómo hacerlo…


Insisto en que no hay que pedirle a la cocina vienesa grandes locuras: es una cocina honesta y sencilla, de un país bien alimentado pero monótono, por lo menos hasta la llegada de la emigración mundial, que ha arrastrado su corte de kebabs, rollitos de primavera, sushi e incluso pintxos falsamente vascos o tapitas presuntamente gaditanas… la cocina tradicional es de lo que da el terreno: ganado -vacas y cerdos, sobre todo- patatas, verduras -conservadas para los largos inviernos helados-, algo de cereal, manzanas, frutos rojos, y caza… con esos mimbres, y la influencia de sus vecinos -Suiza, Alemania y, creo yo que especialmente Hungría- han creado una cocina básica, práctica, hipercalórica y no demasiado saludable desde el punto de vista del colesterol: sus aspectos más negativos se aprecian en las cinturas y redondeces de hombres y mujeres, pero no soy el más adecuado para comentar dichos excesos…

¿Dónde se puede comer en Viena?: kein problem: en todas partes. Existen, por supuesto, magníficos restaurantes, a precios en consonancia: pero, sin moverse de las rutas frecuentadas por los turistas, hay una buena oferta, a precios razonables, sobre todo teniendo en cuenta que un plato único, con su Beilage -acompañamiento- y una bebida son más que suficientes para un estómago estandard, y partiendo de la base de que del postre, que es tema aparte, hablaremos luego… Y, ya saliéndose un poquito de las zonas más   habituales, ves decenas de restaurantes frecuentados por vieneses, que es donde vale la pena detenerse y disfrutar un ratito.

Recomiendo muy especialmente los cafés: hay en Viena una amplia red de cafés que conservan la decoración y -supongo- parte del ambiente de entreguerras, y en todos ellos hay menús y platos del día, a precios razonables: insisto en ello, porque, como todo en Austria -un país con un alto nivel de vida- los precios pueden parecer caros, pero lo que ves es lo que pagas, y punto, sin las trapacerías que vemos en otros sitios: darte la carta y no el menú, cobrarte por el pan o el “servicio”, o, como mis queridos portugueses, llenarte la mesa sin preguntar de platitos de aperitivos, que luego te cobran… y todo limpio limpísimo, además…

Mis largos años de servicio a la Administración Pública se deben notar en algo: en una ciudad extranjera, busco siempre locales cerca de los edificios administrativos: seguro que allí comen funcionarios, gente de capacidad adquisitiva media y escasa orientación hacia el Cambio y la Aventura; sueles encontrar comida razonable, sin los excesos de la experimentación ni la horrible estandarización de las franquicias… nuestro hotel estaba junto a unos antiguos cuarteles, transformados hoy en dependencias administrativas… “¡Hermanos Funcionarios!”, me dije… exacto, había alrededor sitios que respondían perfectamente a esas características…

¿Y qué pedir…? Lo primero, la carta en Inglés, a ver si hay suerte, y lo digo porque, aunque algo de Alemán entiendo, con frecuencia encuentras nombres locales que poco tienen que ver con el estándard: a partir de entonces, ya sabes que Würste son salchichas, de las que hay una infinita variedad, el Schnitzel es el filete empanado, rey de la mesa vienesa, ya que aquí no lo reservan sólo para las excursiones familiares, y el Gulash es cualquier cosa entre un estofado y una sopa de carne con paprika, herencia húngara extendida por todo Centroeuropa… la carne puede ser de Schwein -cerdo- Kalb o Rind -vacuno- o Huhn o Hendl -pollo, o gallina, o alguien de la familia: puede haber cordero -Lamm-, pero no es frecuente… El pescado, en una de las tierras más continentales de Europa, suele ser de agua dulce; Forelle -trucha- o Lachs -salmón-, y otras cosas -carpas, percas, luciopercas, sabe Dios qué…- cuyos nombres, en Alemán, no me tomo el trabajo de aprender, porque no los pido nunca… ahora se está extendiendo, como la peste, ese flagelo de la ecología centroafricana, la Perca del Nilo… ¡huyamos! No es lugar para fritadas ni mariscadas, ni se os ocurra… Como acompañamiento, Kartoffel, en todas sus manifestaciones -patata, ya sabéis…-, Kraut -col, incluyendo la Sauerkraut, la macerada y fermentada…hay cosas más originales, como purés de rábanos picantes. que recuerdan al wasabi japonés, o los Knödels, cosa de difícil descripción, porque se presentan en formas diversas, que pueden oscilar entre algo así como buñuelitos de harina muy pequeños, casi del tamaño de garbanzos, hasta una especie de rollito de pan Bimbo cortado en rodajas… todo comestible, todo razonablemente rico… también es frecuente encontrar Pilzen, setas, desde el humilde champiñón cultivado a los excelsos Boletus del entorno Edulis… Otras veces, podéis encontrar platos de caza, especialmente de ciervo -Hirsch- o corzo -Reh-; no son caros…

Veréis que en las guías recomiendan el Tafelspitz como plato rey de la cocina vienesa, con el sospechoso argumento de que era el favorito de Francisco José… si tenía tan buen ojo para la cocina como para la arquitectura y las alianzas políticas, íbamos dados… Pese a mis dudas, lo probé; carne más cocida que asada, cortada en rodajas, con patatas y purés de rábanos y manzanas: tampoco lo vi tan original, pero estaba rico… incluso menos calórico de lo habitual: prefiero ni imaginarme cual sería el plato favorito de Sissi, alguna esferificación de brisa de la Wienerwald, o algo por el estilo…

Por bebida, no os quejaréis… en Viena hay buenas cervezas de producción propia, o las vecinas alemanas y checas: mis favoritas son las más ligeras, las Pilsen checas o las Weissbier, de trigo… pero Viena es, sobre todo, tierra de vino blanco: está rodeada literalmente por viñedos, muchos de ellos de Riesling, y en la época en que la visitamos -Septiembre- empezaba ya a encontrarse en los restaurantes el vino del año en su versión primeriza y más ligera, el Sturm, a medio proceso de fermentación: hay grandes vinos vieneses, por supuesto, pero el que sirven habitualmente en los restaurantes y cafés como vino blanco vienés es, sobre todo fresquito, sumamente agradable, y se deja beber.

Pero donde Viena y tu paladar se reconcilian definitivamente es en la pastelería: ya de por sí, la panadería es buena -encuentras panecillos, semmel, de todos los tipos imaginables, y recordemos que allí nació el croissant, y que los franceses llaman “Vienoisserie” a lo que aquí llamamos bollería o, simplemente, pastas… pero los pasteles… desayunas una “Mèlange” -algo así como un café con algo de leche, o de nata, o yo qué se, pero muy rico- y una porción de Strudel, Appelstrudel de manzana, calentito, con su gustito a canela… hummmm!

Pecamos por todo lo alto; entramos en Demel, la pastelería que abastecía a la Corte, con un barroquísimo escaparate adornado con una sirena de tamaño natural, absolutamente comestible, y también en el Hotel Sacher, a probar su famosa Sachertorte: por cierto que, frente al hotel, una furgoneta allí estacionada alertaba sobre las numerosas falsificaciones de la receta original… fue un pelín humillante tener que guardar turno para entrar -situación que nos recordó nuestra triste condición de turistas-masa- pero, una vez dentro, la sensación se desvaneció, y nos sentimos tratados, si no como archiduques -tampoco hay que exagerar-, sí, por lo menos, como notarios de provincias, por un atentísimo servicio, correctamente ataviado, que nos sentó en lujosa mesa bien provista de manteles textiles, vajilla de casa buena, y cubertería brillante y sólida, y nos obsequiaron -bueno, casi, yo no lo encontré caro- con una Mèlange y una porción de pastel de chocolate y mermelada de albaricoque, que valía el viaje a Viena, aún en el supuesto de que lo hubiésemos hecho andando desde Barcelona.


Perded el miedo a volver de Viena con algún kilo de más: daos por engordados de antemano, y proponeos rebajarlos en lugar más propicio y con menos tentaciones. Y si queréis evitar algo, pasad de largo ante los bomboncitos mozartianos -“Mozart Kügeln”, “Bolas de Mozart”, es su poco respetuoso nombre- y un no menos sospechoso Licor de Mozart, que te transmite calorías vacías sólo con mirar la botella: con todo lo que me gusta Mozart, la parafernalia mozartiana me despierta hondas simpatías hacia Salieri… de todas maneras, ¡disfrutad de Viena…!

Pastelería Demel, con sirena... y Blanca

El Tafelspitz, favorito del Kaiser

Sachertorte

Tentaciones...

Desayunando Mèlange und Strudel...

viernes, 8 de mayo de 2015

Cosas que ver en Viena...



Encontrareis, por supuesto, muchas y buenas guías, que os explicarán con detalles los monumentos que podéis encontrar en Viena: os recomiendo fiaros de ellas: mis consejos siempre serán más anárquicos porque, generalmente, me leo antes del viaje dos o tres guías y, después, una vez en mi destino, apenas las consulto: uso un plano de lo más sencillo -en muchos hoteles los consigues gratis- y nos dedicamos a recorrer aquellos lugares que más nos han interesado en nuestras lecturas previas, dejándonos, sobre todo, llevar por el ambiente, intentarnos mimetizarnos con la ciudad, sin tratar de ver más de lo que vería, en un trayecto normal, uno de sus ciudadanos…

En cuanto cruzas el Ring y entras en el Casco Histórico de Viena, deja que tus pasos -y algunos estratégicos indicadores- te conduzcan hacia la Catedral: la Stephandom la Catedral de San Esteban, es un hermoso edificio gótico; su interior es mucho más dorado de lo que se suele esperar, pero me interesaron, sobre todo, algunas capillas exteriores, en la pared del templo, una vieja torre adosada, la “Torre de los paganos”, y, curiosamente, su tejado, de tejas vidriadas y de colores, formando dibujos geométricos…

A partir de allí, se puede empezar a callejear; muy cerca, en una amplia plaza rectangular, está la Pestsäule, la Columna de la Peste, un delirio barroco exvoto de la ciudad por haber superado una de las periódicas epidemias que mantuvieron la población europea dentro de parámetros razonables: en sentido opuesto, caminando hacia el Canal del Danubio, hay otros dos templos interesantes; la Iglesia Griega, junto al Mercado de la Carne -la religión ortodoxa tenía una cierta presencia en parte del Imperio- y, sobre todo, la Iglesia de los Jesuítas…

Siempre me ha interesado la Primera Multinacional de origen español, pese a que, según mi abuelo Julio, estuviésemos emparentados con el Conde de Floridablanca, que los expulsó de España. Mi interés es mayor aún, ahora que han conseguido colocar un Papa de su equipo, sobre todo, porque me parece una persona bienintencionada y  -me perdonaréis la paradoja- no exento de ciertos valores cristianos; pero en el Imperio Germánico la Compañía jugó un papel esencial en los turbios años de la Contrareforma… no olvidemos que fueron los Jesuitas los que, detrás de las tropas de Tilly y Wallenstein, consiguieron meter en cintura a los díscolos reformados checos… en Viena, su Iglesia -mucho más dorada aún que la Catedral- testimonia el poderío de la Compañía, y un bar frente a su puerta, recuerda a su fundador: Ignacio… ¿tendrán pintxos y txiquitos...?

Volviendo a la Stephandom, tras callejear libremente por las calles más antiguas de Viena, recomiendo tomar la recta y más amplia Kärntnerstrasse en dirección Sur, hacia el Ring, porque un poco más allá de su confluencia con dicha Avenida vamos a encontrar tres monumentos esenciales: 

La Iglesia de San Carlos Borromeo, en la ajardinada y amplia Karlplatz, con sus dos columnas simétricas, es uno de los iconos de Viena, una obra de un barroco exhuberante, incluyendo elementos de otros muchos estilos: pero, en la misma plaza, podéis admirar una obra arquitectónica muy diferente, el Pabellón Wagner, construido a finales del Siglo XIX, elegante construcción de hierro y cristal, primer obra del Jugendstil, la versión vienesa del Modern Style, movimiento que recorrería Europa con distintos nombres, y que nosotros conocemos por Modernismo. Como los “Fosteritos” de Bilbao, también en este caso se trata de una boca de Metro…

Otto Wagner, poco después, sería también parte integrante de un nuevo Movimiento, ruptura radical con el historicismo: la Sezesion. Justamente allí, en la esquina de la Karlplatz y la Wienzeile -donde se encuentra un enorme mercado al aire libre- se alza el Pabellón de Exposiciones del movimiento Sezesion, su obra más representativa con sus formas geométricas, su bella esfera decorada en dorado, y su lema, que fue el del movimiento: “A cada Tiempo, su Arte: al Arte, su Libertad…” En su interior, decoración de Gustav Klimt, otro de los integrantes de Sezesion.

Desde allí, puede volverse en dirección a la Stependom, por la Operngasse, donde debe visitarse otro de los monumentos inexcusables de Viena: en el sótano de la Iglesia de los Capuchinos, la Kapuzinenkirche, se encuentra el Panteón Imperial, Kaisergruftl: la entrada es absolutamente desconcertante, un ascensor moderno en un entorno anodino, que más recuerda la cámara acorazada de un banco que el lugar en que reposan los restos de docenas de Habsburgos, pero, una vez en su claustrofóbico interior, los descomunales mausoleos prácticamente tocan el bajo techo reforzado: allí, en féretros de bronce o mármol, decorados con profusión de símbolos religiosos o, sencillamente, macabros, vas repasando más de dos siglos de Historia de Europa, hasta llegar a las tumbas de Francisco José, Sisi y su desdichado hijo Rodolfo, rodeados el día que los visitamos por coronas fúnebres con los colores de Hungría. “La Cripta de los Capuchinos” es, también el título de una de las novelas vienesas de Joseph Roth, cuyo recuerdo te asalta en cada esquina, caso de haberla leído, por supuesto…

Saliendo a la calle, con cierta urgencia -demasiada Historia concentrada-  la vecina Augustinenstrasse te conduce hacia el conjunto del Hofburg, pasando primero por las instalaciones de la Escuela Española de Equitación, sede de los famosos Lipizzanes, los caballos descendientes de los Pura Raza Española que se criaron, hasta la independencia de Yugoslavia, en los campos eslovenos de Lipizza; creo que actualmente la yeguada está repartida entre Austria y su lugar original: ya habíamos asistido a una exhibición de dicha Escuela en Barcelona, así que nos ahorramos devolverles la visita -el espectáculo vale la pena, y más para antiguos jinetes, como nosotros-, pero los simpáticos Lipizzanes no quisieron dejarnos sin su presencia, y salieron a saludarnos, todo un detalle, qué majos… 

Más allá, tras un arco, se abre la Michaelplatz, donde, frente por frente, se encuentran la entrada principal del Hofburg y la Looshaus, la obra más famosa de Adolf Loos, una hermosísima y limpia fachada, cuyas “ventanas sin cejas” ponían de los nervios a Francisco José, que prefería usar otra puerta de su palacio para no contemplar semejante horror, en su Imperial y Real opinión.

Cosas que hacer en las cercanías de la Michaelplatz (o que, por lo menos, nosotros hicimos):

.- Ceder a la tentación de dar una vuelta en calesa por la Viena nocturna: no resultó excesivamente caro, nuestro auriga era un gitano centroeuropeo de lo más típico, y el recuerdo de las calles de Viena débilmente iluminadas, el rítmico golpeteo de los cascos del caballo en el empedrado, y el agradable olorcillo de la bosta de caballo (“Manzanas de caballo”, les llaman los germanófonos) te acompañan toda la vida…

.- Ceder también a las asechanzas de uno de los miles de jóvenes con minijob que, ataviados con trajes mozartianos ligeramente ajados, te intentan vender entradas para un concierto: en nuestro caso, nos tocó en suerte una bellísima sala en los bajos de uno de los palacios vecinos al Hofburg. El previsible concierto estuvo integrado por una selección de piezas de Mozart, otra de valses de Strauss, y algunos interludios de ballet, ejecutados por los que debían ser alumnos de conservatorio: los fallos de ejecución en que pudieron incurrir quedaban compensados por el entorno y, por supuesto, por la calidad propia de las piezas interpretadas: no se lo recomiendo a melómanos exigentes, pero pasamos un rato agradables, oyendo buena música… y sentados.

Callejeando por la “Ciudad Interior”, sales enseguida al Ring, justo en frente del Ayuntamiento, un edificio neogótico inmenso que, de noche e iluminado, causa un gran efecto…es el momento de coger un tranvía y, Ring arriba o Ring abajo, dirigirte a tu destino: nosotros nos alojábamos tras el Cuartel Rosado, la Rose Kaserne, sede en su día del Regimiento Hoch und Deutschmeister y ocupado hoy por dependencias oficiales, en un simpático hotelito situado en la Türkenstrasse, buena prueba del “fair play” vienés; dar a una calle el nombre de los que a punto estuvieron de apoderarse de ella: el hotelito, el “Oso Dorado”, Goldener Baere, era baratísimo, muy básico y limpio como una patena. Y a unos cien metros de la casa de Sigmund Freud.


Fuera del circuito estricto del centro de Viena, es casi obligatorio visitar el Palacio de Verano, Schönbrunn, la “Fuente Hermosa”; el recuerdo de sus bellos jardines y sus suntuosos salones quedará unido siempre en mi memoria a José Antonio Labordeta: y no porque hubiese sentido el impulso de mandar a la mierda a sus imperiales habitantes -cosa perfectamente posible, conociéndolo- sino porque estando allí me telefoneó mi hijo Borja para comunicarme el fallecimiento del hombre que nos había enseñado a los aragoneses (e incluso a los medioaragoneses) a ver con otros ojos nuestra tierra y nuestra gente… allí me despedí de mi amigo y maestro… y me despido ahora de estas líneas: queda Viena por ver... 



Jesuitenkirchen

Pabellón Wagner

Sezesion

Kaisergruft: Francisco José, Rodolfo y Sissi

Caballos de la Escuela Española de Equitación

Loos Haus

Schönbrunn

miércoles, 6 de mayo de 2015

Viena (Vier) El Hofburg y sus fantasmas



En el límite de la Viena histórica, junto al Ring, se encuentra el imponente edificio del Hofburg: El “Palacio-Castillo” que fue, durante muchos años, el centro de la Imperial y Real -“K und K”- Viena… hay un poco de todo; edificios antiguos y otros que no lo son tanto, dependencias oficiales aún en activo, y salas de museo, hombres, estatuas y caballos… pero, sobre todo, vagan por él fantasmas diversos, algunos más o menos amables, otros más o menos bordes, todos desdichados… seguidme y los presentiremos…


Os propongo una adivinanza: una joven y bella muchacha se casa con el heredero de un Imperio secular, señor serio y pelín aburridote, ligado, además, a una amante de siempre, sabia y comprensiva… la cosa, como es natural, no acaba de funcionar y la joven, ahora famosísima, transformada en un referente universal, vamos, una “Celebrity”, busca todo tipo de consuelos a su triste situación… desde el cuidado de su cuerpo, que lleva a extremos enfermizos, al más lógico y comprensible de echarse algún que otro amante… su huida hacia adelante la lleva a tierras extranjeras, donde encuentra la muerte en circunstancias especialmente trágicas… y una última pista: en su funeral NO canta Elton John…

Exacto: el primer fantasma con que nos toparemos en las salas del Hoffburg no es otro que el de Isabel de Baviera, la esposa del Emperador Francisco José, la Sissi (acentuado en la primera “i”) favorita del cine dulzón -¡Ay, mi admirada y guapísima Rommy Schneider!- y, al parecer, una señora sumamente interesante, con ideas propias en política, serios intereses literarios, y esa vena de excentricidad de los Wittelsbach, la casa real de Baviera, que afloró en su primo Luís, “El Rey Loco” -que no lo estaba: era, eso sí, gay, cultísimo, protector de Wagner, constructor de castillos sumamente rentables desde el punto de vista turístico y promotor de la industrialización de Baviera y de la Unidad Alemana…-, y en su hermano y sucesor, Otón I, que, ese sí, estaba como una reverenda cabra.

Podemos visitar en el Hofburg las habitaciones privadas de Sissi, donde admiraremos sus aparatos de gimnasia, las facturas de la Pastelería Demel, la mejor de Viena -curiosa afición en una vigoréxica, pero así somos los humanos, contradictorios…- y hasta el vestido negro -vistió de luto desde la trágica muerte de su hijo Rodolfo en Mayerling- que llevaba puesto cuando, en el lago Leman, la apuñaló con un estilete un anarquista italiano que allí estaba para atentar contra un príncipe francés, pero se enteró de su presencia por la Prensa -¡Ay, la fama…!- y, total, lo mismo le daba uno que otra, siempre que fuese de “La Casta”…



Justo al lado -juntos, pero no revueltos- los aposentos recorridos por el fantasma de su esposo, Francisco José: en sus 68 años de larguísimo reinado, su país vivió en guerra con medio Mundo, perdiéndolas prácticamente todas: con Francia e Italia, lo que le costó el norte de la Península Itálica; con Prusia, perdiendo cualquier posibilidad de hegemonía sobre los estados alemanes; entrando a saco en el avispero balcánico, lo que le llevó a enfrentarse con Rusia, su temprana aliada… y, en el interior -por decirlo de alguna manera-, los intentos de lograr algún tipo de coexistencia con Hungría y el encaje de bolillos para mantener bajo su corona un Imperio multinacional, multiconfesional y multicultural… y todo eso, que hubiese sido más llevadero para un monarca vivalavirgen y golfo, siendo un hombre honesto, trabajador y excelente burócrata, intentando gobernar desde su escritorio de probo funcionario aquella tormenta perfecta…  por no hablar de sus dramas familiares (hermano fusilado en México, hijo suicidado en Mayerling, heredero abatido en Sarajevo…) la suerte, que tan mal se portó con él, le permitió, por lo menos, morir antes de conocer la derrota en la Primera Guerra Mundial, pasándole el marrón a su pobre sucesor, Otto, que, si no recuerdo mal, anduvo exiliado y haciendo negocios por España… Existía en la dinastía Habsburgo una simpática costumbre que, entre plebeyos, hubiese costado más de un disgusto: después de contraído matrimonio, en la mañana siguiente a la consumación, el novio entregaba públicamente a la novia una cierta cantidad de dinero, la “Morgengabe”, algo sí como la “entrega matutina”: dicen que, pese a casarse muy enamorado, Francisco José tardó días y días en pagar la Morgengabe: con la vida que llevó, el pobre, no me extrañaría que también tuviese problemas para consumar… todas esas cosas suelen ir juntas…

Por los vecinos edificios de la Cancillería debe deambular también el alma en pena de Engelbert Dollfuss: pequeñito -metro y medio escaso-, ese social cristiano representó en la Austria de entreguerras los intereses del hinterland rural y católico, enfrentado a la Viena intelectual y proletaria, la Viena Roja, la Rote Wien… apoyándose en el ejemplo de su vecino, Benito Mussolini, consiguió acabar con la democracia republicana en Austria, tras una breve pero violenta guerra civil, a principios de 1934, e instaurar una dictadura reaccionaria y clerical. Pero, curiosamente, luchó también contra el partido Nazi, que propugnaba la integración de Austria en el Reich, y en eso contó también con la ayuda de Mussolini: para los que consideran Fascismo y Nazismo un único movimiento, baste con saber que la sincera admiración de Hitler hacia Mussolini, al que consideraba su inspirador, era correspondida con un escepticismo trufado de temor por parte del italiano, que se creía sucesor de la Roma clásica, hacia el bárbaro teutón…no en vano en 1914 Mussolini, entonces socialista, había roto con su partido para propugnar la lucha de Italia contra los Imperios Centrales… al final, fueron los nazis los que atentaron con éxito contra Dollfuss, al que de poco le valió la protección italiana, y la foto de su menudo cadáver, ensangrentado, sobre un sillón Chester de la Cancillería dio la vuelta al Mundo…

Y el ejemplo de lo sucedido en Austria, por raro que parezca, arrojó su negra sombra sobre la Historia de España: las izquierdas españolas, visto lo ocurrido en Italia en 1923 -el golpe de Mussolini, tan parecido en muchas cosas al de Primo de Rivera- y en Alemania en 1933 -la toma del poder por Hitler- entraron en pánico al ver cómo, incluso en la socialdemócrata Viena, las derechas acababan con la Democracia burguesa e imponían una sangrienta represión… el temor de que algo parecido pudiese suceder aquí está en la raíz de la insurrección de la Izquierda en Octubre del 34 frente al gobierno derechista de la República, ante el ascenso de Gil Robles, cristiano populista al que no cabía mucha imaginación para suponer otro Dollfuss, algo más alto… cómo esa reacción pudo dar argumentos a los que ya pocos necesitaban para apostar por un régimen autoritario ha sido el caballo de batalla de los historiadores revisionistas de los últimos años, la mayoría de los cuales no merecen ningún comentario por mi parte, pero entre los que se cuenta, con gran dolor para mí, Stanley G. Payne, que hace muchísimos años me ofreció un lugar como lector en la Universidad de Madison, Wisconsin, una oferta que, de haber podido aceptar, habría también cambiado mi vida, nunca sabré si para bien o para mal.

Por el extremo del Hofburg que toca al Ring, por la inmensa Helderplatz, la Plaza de los Héroes, seguro que deambula también un inquietante fantasma: el de un muchacho de provincias que llegó a la Viena imperial con el loable propósito de iniciar una carrera como estudiante de Bellas Artes, fue rechazado en el examen inicial y, ante la poco atractiva posibilidad de volver a Linz con el rabo entre las piernas, optó por quedarse en Viena malviviendo, en albergues de beneficencia, mientras desarrollaba una ira sorda hacia la multiracial y multicultural capital, donde veía reunidos todos los males que mantenían separada y hundida la Patria Germana… años después, esa Helderplatz sería testigo de la recepción multitudinaria que le reservaban sus admiradores austriacos, cuando, en un paseo militar, anexionó Austria a su nuevo y breve Imperio… “¡Cuando vino Hitler, aquí estaba toda Viena…!” me decía, vengativo, el conductor de la calesa en la que paseábamos por la noche, un presunto  Rom centroeuropeo, con su larga melena rizada azabache, quizás un descendiente de supervivientes de Porrajmos, la versión gitana del Holocausto judío…

Pero olvidemos los fantasmas, en una hermosa mañana de sol, y paseemos por los patios interiores del Hofburg, donde, por cierto, encontramos algunas tiendas artesanas muy interesantes… cerca se escuchan los acordes de la Música Militar -si, ya conozco la bromita sobre el oxímoron…-; es la banda del Regimiento Hoch und Deutschmeisters, el más querido de Viena, que ameniza una degustación de fresco y delicioso vino blanco vienés: levantemos la copa, mientras suena la Marcha Radetzky, de Johan Strauss (¿Cómo no recordar a Narcís Serra batiendo sus palmitas en el Concierto de Año Nuevo en la Musikverein…?), y brindemos también por la maravillosa novela de Joseph Roth, cuyas líneas releo y releo  mientras recorro las calles de esta Viena en la que siempre he estado un poco y de la que nunca me acabaré de ir del todo…



Banda del Regimiento Hoch und Deutschmeisters

Hofburg: fachada principal

Hofburg: nocturno

Dirección prohibida...

Hofburg: Cornisa

Entrada desde Helderplatz














lunes, 4 de mayo de 2015

Wien (drei): Cien años en seis coches...



A muchos de los que me conocen, les sorprende que un tío tan pacífico y cobardón como yo, incapaz de cabrearme -aunque sí de ponerme borde, todo hay que decirlo-, que no pasó en el Servicio Militar de Cabo Auxiliar de Perforista (¡atención, jóvenes: cuando yo tenía vuestra edad, los Kas y los Megas -Gigas no había- no se guardaban en pendrives ni en la cloud, sino haciendo agujeritos en una cinta de cartón, os lo juro por Steve Jobs!), les sorprende, decía, que me interesen tanto los temas militares… pues ya veis, he aprendido a vivir sumido en mis contradicciones, y me lo paso pipa leyendo a dos de mis gurús particulares en esta materia: +The War Nerd y +Jacinto Antón…os los recomiendo, con moderación, como todo en general...

Por el motivo antes expuesto, pasé un agradable rato en el Museo de Historia Militar de Viena: para no abusar de la paciencia de Blanca, me limité -que no es poco- a los últimos cien años, y os propongo un pacífico recorrido por ese periodo de la Historia a través de seis fotografías de vehículos:

La primera no puede ser otra que la del Gräft und Stift en que, el 28 de Junio de 1914, fue asesinado en Sarajevo el sucesor a la corona Imperial y Real, el Archiduque Francisco Fernando -y su pobre esposa, de la que nadie se acuerda-, hecho que dio orígen a la Primera Guerra Mundial. Francisco Fernando, sobrino del Emperador, era heredero por carambola, tras el suididio de su primo, Rodolfo, hijo del Emperador y de Sissi, después de matar a su amante plebeya, en lo que en aquel momento se consideró un drama romántico, y hoy describiríamos como un sórdido episodio de violencia de género.

Francisco Fernando estaba casado con una dama de la nobleza checa, Sofía Chotek, considerada también inadecuada para alcanzar el rango de Emperatriz… por ese matrimonio, y por sus planteamientos que podríamos llamar federalistas, el Archiduque era odiado por los nacionalistas pangermanos, que lo tenían por “checo”, e incluso cuenta Hitler que, al enterarse del atentado, su primera reacción fue de temor, pensando que el autor era uno de los suyos, lo cual hubiese desencadenado una dura represión. Pero no: ser sensato y moderado no te hace invulnerable ante los violentos, y ahí tenemos el caso de mi llorado Ernest Lluc, y de tantos otros… el asesino era un paneslavo, partidario de agrupar a todos los eslavos del sur en lo que después sería Yugoslavia… es dramático suponer que, de haber vivido Francisco Fernando, muy posiblemente se hubiese opuesto a la guerra, y decenas de millones de personas hubiesen muerto, muchos años después, de muerte natural. 

El segundo vehículo es el Kübelwagen, el todoterreno de la Wehrmacht durante la Segunda Guerra Mundial: Austria y Alemania perdieron la Primera, se creó en Austria una República democrática, que permitió el florecimiento de la Rote Wien, la Viena Roja -socialdemócrata, tampoco hay que exagerar- con conquistas obreras como la jornada de 8 horas, el subsidio de desempleo, y una política de viviendas que hace pocos días glosaba Jordi Évole… república ahogada en sangre por un Golpe de Estado conservador y reaccionario, que abre paso a la dictadura fascistona y clerical de Dollfuss… pero ser fascistón y  clerical tampoco te pone a salvo de los violentos, y Dollfuss es asesinado por un pronazi, creándose así las condiciones que harán posible el Anschluss, la anexión de Austria al Tercer Reich, el sueño de los nacionalistas pangermanos, encabezados por el austríaco -no tuvo nacionalidad alemana hasta que no fue nombrado Canciller- Adolf Hitler… os llamo la atención sobre el cartel que hay en segundo plano: Tercer Reich: más extenso que España o Francia, y con 75 millones de habitantes… pero no duró, ni de lejos, los Mil Años que pregonaban sus propagandistas… ya en 1944 se contaba, en voz muy baja, un chiste sobre dos soldados alemanes, en una posición en el Frente del Este, que fantasean sobre qué harían cuando acabase la guerra: uno de ellos dice: “cogeré mi bicicleta, y me iré a recorrer el Reich…” y el segundo le pregunta: “¿Y qué harás por la tarde…?”

El tercero, sobre el que me apoyo, no puede ser otro que la respuesta soviética al orgullo y poderío nazi: el T-34: un tanque basto y zaborrero, sin los refinamientos técnicos ni el perfeccionismo alemán, pero bien blindado y duro como él solo: aquellos “Untermensch”, los “subhombres”, sucios y oliendo a vodka, sobaco y tabaco malo, con sus armas de todo a cien, les dieron una lección de sufrimiento, determinación y… número, que, como decía el poema, “Dios ayuda a los malos/cuando son más que los buenos” De todas formas, Austria fue lo último que ocuparon los Aliados -los franceses, con republicanos españoles en sus filas, entraron también por Salzburgo-, dándoles tiempo a los nazis, al parecer, para sumergir cantidades ingentes de oro en algún lago alpino, tema que hubiese dado pie a Wagner para componer algunas óperas más…

Lo cual da paso al cuarto vehículo, uno de los mejor aprovechados de la Historia; el Jeep de la Policía Militar, con más banderas que la Foto de las Azores, en que patrullaban representantes de las cuatro potencias ocupantes: Estados Unidos, Unión Soviética, Reino Unido, y Francia… “Four men in a car” eran llamadas esas patrullas, que ejercitaron en Austria una función difícil: el hecho de que Austria hubiese aprobado supermasivamente en referendum su anexión al Reich, y de que los austriacos hubiesen servido lealmente y con entusiasmo -sobre todo, cuando iban ganando- en las fuerzas alemanas, no podía entrar en contradicción con la afirmación, según la propaganda aliada, de que Austria había sido una de las primeras víctimas del expansionismo nazi, tal y como hemos sufrido todos en “Sonrisas y Lágrimas”… se optó por declarar a Austria neutral, y aplicar, en el interior, una política de “desnazificación” que podríamos considerar como muy peculiar, y que acabó con el escándalo a escala mundial de haber enviado a las Naciones Unidas, como Secretario General, a un expresidente con un pasado pelín más pardo de lo socialmente aceptable.

No resisto la tentación de explicar un episodio, leído en una novela apasionante, “El Búnker”, escrita por un peridista estadounidense que descubre con horror, no exento de sentido del humor, su condición de hijo de un oficial de las SS: su abuelo, austríaco germanófono, tiene que abandonar su villa natal, en la Eslovenia que se incorpora a Yugoslavia tras la Primera Guerra Mundial, y refugiarse en Austria, donde se hace funcionario: allí milita en un partido nacionalista pangermano, legal, que no es el NSDAP nazi, prohibido por la legislación austriaca: tras la anexión al Reich, sale del armario pardo, se afilia al - ya legalizado- partido nazi, y un amigo suyo, tesorero de la organización local -¡esos tesoreros…!-, le hace una propuesta interesante; si cotiza los dos años anteriores, le dan un carné del partido con fecha también anterior, para presumir… accede el incauto abuelo. Tras la guerra, llega la desnazificación: las autoridades austríacas adoptan el siguiente criterio: carnés del NSDAP posteriores a la legalización; Nazi bueno, Nazi legal, kein problem… carnés anteriores -como el del abuelo-, Nazi malo, nazi ilegal, cárcel -poquita- y separado de la Función Pública…


Quería terminar éste recorrido con la quinta foto; un Porsche, claro ejemplo de la Austria de hoy, burguesa, rica y ligeramente progermánica… además -ni que decir tiene que no está hecha en el Museo de Historia Militar- lleva dos pegatinas interesante: el caballo de la Escuela Española de Equitación de Viena… y el Toro de Osborne: pero no puedo evitar ser un poco cabroncete, y os presento la sexta: noventa años después, Austria vuelve a meterse donde menos cabría esperar; en el avispero de los Balcanes… integradas el la multinacional KFOR, despliega sus blindados en Kosovo, de nuevo frente a los Serbios y ésta vez al lado de los Turcos, que a puntito estuvieron, en su momento, de hacer ondear sus banderas con el Creciente islámico sobre las iglesias de Viena, hecho que todos recordamos cuando nos desayunamos con un “croissant”… cientos de kilómetros más al norte, un nuevo Protector de los Eslavos, que ya no es Zar, pero casi, se lame las heridas y maquina respuestas gasísticas y petrolíferas, rodeado de rubias supermodelos… ¿Quién decía que la Historia había terminado…?







jueves, 30 de abril de 2015

Viena (Uno)

Wien (Ein) (o sea, Uno)

Yago y Ana, tíos de Blanca, tienen la inmensa suerte de viajar pronto a Viena: me piden que les cuente alguna cosilla… ¡De mil amores, por ser para ellos, y por hablar de Viena…! Empiezo ahora, ya me direis que pare…

Llegas al Aeropuerto de Viena, Flughafen Schwechat, ligeramente anticuado y no demasiado funcional, y un rápido y moderno tren verde, el CAT, por un importe sensato (11 oiros, que son los euros en Alemán), te conduce al centro de la ciudad: te acuerdas de Margaret Thatcher, de su santa madre, y del Gatwick Express, que es más caro que el vuelo desde Barcelona: sabes, desde el primer momento, que estás en un país y en una ciudad gobernados durante muchos años por honestos socialdemócratas, preocupados por ofrecer servicios de calidad a sus refunfuñantes conciudadanos que, no obstante, en los últimos años muestran una cierta tendencia al voto xenófobo y nacionalista…En el tren charlamos agradablemente, en correcto Portuñol, con un revisor angoleño, elegantísimo en su verde uniforme que contrasta con el negro lustroso de su piel: nos dice que vive bien en Austria… más a nuestro favor.

Hemos coincidido en el avión con un amigo y correligionario, que se desplaza a Viena para asistir a una importante reunión política: nos lo encontramos en el vuelo de regreso y me confirma que la reunión ha sido interesantísima, con el pequeño problema- eso sí- de que solo se hablaba en Inglés, y él -algo mayor que yo, y por lo tanto, francófono- no conoce ese idioma…le han prometido que le enviarán todos los documentos, para que se los haga traducir…En Austria, por supuesto, se habla Alemán, con algunas diferencias dialectales, sin importancia si no tienes que pedir albaricoques -se llaman “Marillen”- y si sabes que “Servus!” quiere decir algo así como “¡A su entera disposición!”, pero la mayoría de la población habla o por lo menos entiende el Inglés. Muchos hablan también Español de turista en las Baleares, por lo tanto, kein Problem!

Abandonas el agradable útero materno del CAT, y te encuentras en el mismísimo centro del Casco Histórico de Viena, a pocos metros de la Catedral. “Casco Histórico”, en zonas dentro del radio de acción de las Fuerzas Aéreas anglonorteamericanas, quiere decir edificios cuidadosamente reconstruídos a partir de postales, aunque conservando la estructura de calles y plazas, salvo en los lugares en que se permitieron alguna concesión a la modernidad, como el edificio de metal y cristal frente a la Catedral con el que tanto disfrutamos los fotógrafos, aprovechando los reflejos. El casco histórico de Viena es abarcable para un paseante, de calles anchas y bien organizadas, plazas donde deben estar, edificios que han sabido conservar muy bien el aire que debieron tener antes de que les pasase lo que les pasó, comercio de calidad y muy poco tráfico rodado. Algo así como el Paraíso del Peatón. Tan solo en la parte próxima al Canal del Danubio encuentras calles más estrechas e irregulares y con un cierto tonillo canalla, que no pasa de una mayor presencia de locales de kebab… y alguno de tapas españolas. Habrá, como en todas partes, una Viena cutre, pero el turista, si anda con tiento, no la ve.

Le falta, eso si, ¡ay!, buena parte de su alma, de aquello que hizo de Viena, durante un breve periodo de tiempo, algo así como la Capital del Mundo Civilizado, el lugar donde agonizaba toda una Civilización, la Viena que va de Metternitch a Dollfuss… todo un Mundo, cruel y duro en sus entrañas, pero suave y amable en la superficie -lo que no es poco-, que dio en Viena algunos de sus mejores frutos, justamente durante el larguísimo y letárgico reinado de Franz Joseph… y lo hizo en un caldo de cultivo ideal, la capital de un Imperio -“Cárcel de Pueblos”, lo llamaban los que aún no sabían lo que eran las cárceles de verdad-, que reunía en torno a la Corte ciudadanos venidos de todos sus confines: Polacos, gallegos de Galitzia, bohenios, moravos, eslovacos, ucranianos, húngaros, rumanos de Transilvania, eslovenos, italianos de Trieste y Friuli, croatas, bosnios… y judíos, muchos judíos… no es extraño que el jóven Hitler renegase de ella, al encontrarla “muy poco alemana”… falta ahora por completo ese aire “Kakano” tan magistralmente descrito por Musil… “Kakania”, el nombre que el escritor daba a su país, procede de “K und K”, “Kaiserlich und Königlich”, “Imperial y Real”, en referencia a la doble corona de los Habsburgo… pero “Kaka” viene a querer decir lo mismo que en Español… volveré a hablar de Hitler y de Musil, cuyo “Hombre sin Atributos” (horríble traducción de “Der Mann ohne Eigenschaften”, que hace pensar que el protagonista ha sufrido alguna dolorosa amputación; prefiero la traducción francesa, la primera que leí, “L’homme sans qualités”) recorrerá bastantes veces estas líneas.

Hoy, Viena es una ciudad absolutamente austriaca: blanca -rubia-, católica y con cierta tendencia al sobrepeso, que me la hace aún más agradable: ha intentado construir una identidad al márgen -ligeramente diferenciada- de la alemana, tarea tan inútil como lo sería para la Luna esquivar el campo gravitatorio de la Tierra, y lucha contra su complejo de país pequeñito y poco conocido con artificios tan inocentes como la venta en las tiendas de souvenirs del conocido rombo amarillo con un canguro en su interior -una señal de tráfico muy común en el Outback australiano- y la leyenda “No Kangaroos in Austria!”, “¡Ojo, no nos confundáis con Australia…!” Ignorando quizás que el primer descubridor español de las islas al Sur de Nueva Guinea las bautizó con el nombre de la dinastía entonces reinante en España: la casa de Austria…

Y esa germanicidad de Viena salta a la vista incluso en la presencia, en la mayoría de las sastrerías del Centro, de la vestimenta tradicional, que comparten con buena parte de Germania: los sombreros de fieltro verde, las chaquetas de Loden, los pantalones cortos de cuero -Lederhosen-, los Dirndl femeninos… que, además, ves lucir por la calle sin ningún motivo aparente… nos cruzamos con un grupo numeroso, posiblemente bajado de un autocar, vestidos todos con sus prendas tradicionales: tres turistas hispanos, desde la acera, los contemplaban con asombro… “¡Será una despedida de soltero…!”, zanjó el tema uno de ellos…

He hablado del “Canal del Danubio”, y ahí debo abordar un tema doloroso… el Danubio, Der blaue Donau, dejó hace años y años de pasar por Viena: en claro contraste con su hermana menor, Budapest, donde el río es eje, espejo y referencia continua de la ciudad, el río madre de Centroeuropa pasa por las afueras, entre torres de oficinas y polígonos industriales… queda, en zona urbana, un Canal del Danubio, muy correcto, donde atracan los barcos rápidos que van a Bratislava -ya hablaremos de ellos-, y que le devuelve un poco el toque fluvial que en su día pudo tener… pero, sorry -¡Perdón, Es tut mir Leid!-, Viena pertenece a la triste categoría de Ciudades Sin Río, y se ríen de ella Londres, París, Praga, Zaragoza… ¡y hasta Madrid, con su maquilladísimo Manzanares!

Lo que perdió en río, lo ganó en circunvalaciones: cuando se derribaron las murallas, sobre su trazado se construyó un paseo circular, como los bulevares parisinos, las Rondes barcelonesas, los Cosos aragoneses… el “Ring”, el “Anillo” que vertebra desde fuera el centro de Viena y, mediante una eficaz red de tranvías que lo recorren, hace muy fácil trasladarse de un punto a otro del casco histórico, ya que el Ring -que recibe distintos nombres según sus tramos- nunca está demasiado lejos. Dan al Ring algunos de los monumentos más conocidos de la ciudad -su impresionante Ayuntamiento, un pastiche neogótico de descomunales dimensiones, la parte posterior del Hofburg, la Ópera, la Iglesia de San Carlos Borromeo…- y, de una forma u otra, siempre vas a parar a él.

A cierta distandia del Ring -que es una vía pausada y urbana- rodea Viena una vía rápida y automovilística, el Cinturón, el “Gürtel”, ominoso término para los españoles, ya que un insospechado policía germanófono bautizó así la operación policial contra la corrupción cuyo principal sospechoso se llamaba Correa… de todas maneras, la Viena del Turista pocas veces exige cruzar el Gürtel; dentro del Ring hay distracción suficiente… ya hablaremos de ella en Wien, zwei…





Stephandom

Karlkirche