lunes, 20 de julio de 2015

Tres días en La Pardina

Hace ya unos años, me animé a escribir un relato un poco más largo de lo habitual: aquí os lo presento, esperando que os entretenga... es un tributo a un mundo que ya prácticamente no existe, que se ha desvanecido bajo los ojos de mi generación, por más que en éste caso, uno de sus representantes, con una decidida capacidad de adaptación, parezca sobrevivir, aunque sin esperanzas...




Había dejado hacía rato la carretera que había venido siguiendo desde Boltaña, y ahora circulaba por una pista precariamente asfaltada, con unas profundas roderas en el maltrecho pavimento, que me hacían temer por la integridad de mis cubiertas. Pero esas preocupaciones no llegaban a empañar mi entusiasmo ante el paisaje que atravesaba:  bajo la clara luz de la tarde, se extendía, a ambos lados de la pista, una alfombra de abrinzones en flor, un manto amarillo que encubría las agudas espinas de la planta, y las suaves ondulaciones del paisaje: al fondo, los rayos del sol poniente doraban la nieve que aún cubría las cimas de las montañas; bajé la ventanilla, y un aroma dulce y salvaje a la vez invadió el coche: aún no había llegado, y ya empezaba a sentirme mucho mejor.

La decisión había sido rápida; las cosas no andaban ni medio bien con Laia, y tenía a mano una magnífica excusa, un informe de más de quinientos folios al que, un día u otro, tendría que hincarle el diente. Àlex llevaba días hablándome de su descubrimiento, un lugar muy especial para desconectar, perdido en lo más perdido de las montañas de Huesca, y, casi sin darme cuenta, ya estaba entrando en la web y reservando, para mi solo, un fin de semana –el siguiente, milagrosamente libre, seguramente una cancelación de última hora- en la Pardina de Crapamote, con acceso ADSL garantizado.

Salí de Barcelona al mediodía, pendiente de las instrucciones del navegador, y poco más de tres horas después estacionaba en la puerta de un chalé sorprendentemente moderno, en el que me pareció reconocer el estilo de algún arquitecto conocido: en su puerta me esperaba un hombre de mi edad, que me acogió afectuosamente, y me hizo pasar, por un momento, al interior donde destacaban un pulido parquet y un amplio estudio, con varios puestos de trabajo dotados de grandes monitores. Un muchacho más joven trabajaba ante uno de ellos, y me saludó con la mano.

Salí de allí con las llaves de la casa, un plano del acceso- que no era difícil, pero requería cierta atención- y un manual de instrucciones para el manejo de la casa que, según me dijeron, estaba “muy domotizada” y dotada de todo tipo de comodidades. Ya estaba ansioso por comprobar tales maravillas, algo alejadas de lo que uno suele esperar en zonas rurales.



Ahora, al final del último tramo de la pista, tenía ante mí la casa: una construcción de piedra, de dos plantas, no demasiado grande, con cubierta a cuatro vientos de losa de piedra también, coronada por una imponente chimenea. A su alrededor, varias pequeñas construcciones, corrales o cobertizos y, en un ángulo, un viejo landrover sobre cuatro bloques de cemento, con las ruedas desmontadas.  En el prado que rodeaba la casa pacían varias docenas de ovejas, vigiladas a distancia por un perrillo negro y, detrás de los edificios, varios árboles altos –que, casi adiviné, eran nogales- creaban una agradable zona de sombras en la ladera que descendía hacia el valle. A sus pies, una pequeña piscina, difícilmente utilizable salvo en pleno verano porque, al caer la tarde, empezaba a refrescar palpablemente.

Frente a la puerta, me esperaba un hombre sonriendo: vestía un viejo mono de Repsol,  calzaba unas nike antediluvianas, cuidadosamente recortadas para dar salida a unos juanetes de considerable tamaño, y se tocaba con una gorrilla de béisbol -afortunadamente con la visera hacia delante- con las siglas NYPD bordadas en dorado. Aparentaba unos setenta años largos, pero bien llevados, y mantenía una colilla de cigarrillo con filtro colgando de los labios, mientras se dirigía hacia mí, con la mano derecha adelantada.

“!Buenas tardes, turista,! ¿Has tenido buen viaje…? Catalán, ¿verdad…? ¿Te llamas Chordi..?”

“Marc” -respondí, estrechando la mano que me tendía.

“Bueno, era la otra opción, teneba un 50%... yo soy Ramón, tampoco es muy original: soy o dueño de Casa Pardina, es decir, o dueño jubilado, ya has visto a mi zagal, él se encarga ahora de todo, yo estoy por aquí, dando mal… ¿entramos, que te lo enseño…?”

El interior me sorprendió agradablemente: nada de yugos ni de arados, ni posters turísticos ni cacerías de zorros; pocos muebles, pero confortables y  tres buenas reproducciones en las paredes, una, casi seguro, un Rothko, una elección poco previsible para una casa de turismo rural. Un amplio ventanal se abría hacia el sur, hacia las cumbres aún nevadas de Guara, y en un rincón, tranquilizador, parpadeaba el wifi que me mantendría unido al mundo durante un largo fin de semana.

“Aquí tienes o baño, por si quieres lavarte antes de cenar: tiene yacuzi y ducha: water no, aquí cagamos en o corral…. ¡ye una broma! Ahí, detrás de esa puerteta de cristal….por aquí se pasa a la alcoba: tiene una cama grandiza pero, si vienes solo, poco te va a importar…aún tiene a cosa esa de plumas que de noche refresca, no te fíes… te dejo solo, si te falta algo, me das un grito, yo estoy aquí al lado; cuando quieras, pasa y tomamos algo, ya se ha hecho tarde, aquí se cena temprano, como los franceses…”

Me di cuenta entonces de que, junto a la puerta de mi apartamento, se abría
otra, que daba paso a un mundo muy diferente, sin duda la vivienda de Ramón. Los muebles eran allí más antiguos, cómodos, con aspecto de vividos: un televisor de tubo catódico lucía su anacrónico culo, y un fuego bajo, donde ardían con muy poca llama dos o tres troncos medio consumidos, ocupaba todo un ángulo de la sala. Un arco de piedra daba paso a la cocina, donde, todo hay que decirlo, reinaba un cierto desorden, y un puchero de hierro esmaltado hervía sobre un fogón de butano. Presidían la estancia un calendario de la Comarca de Sobrarbe, de varios años atrás, y la lámina, ya sin hojas colgando debajo, de un clásico calendario de la Unión Española de Explosivos, con gitana jamona artísticamente ligera de ropa.

“Ven, siéntate a comer algo, que vendrás con hambre. Yo ceno poco, ya ves, una sopeta de sobre y un yogur desnatado, pero puedo abrirte una lata de o que quieras, tengo también jamón de Teruel, chorizo Revilla….”

“¿No se hace migas…?”

“Pues no, zagal, todo eso ye colesterol y, además, con el bimbo no me salen bien, no se qué pasa… para mí, pocas cosas me hago, unas verduretas congeladas, que salen muy buenas, unas barritas de pescado, algún plato preparado de esos que calientas en o microondas…”

“¿Verduras congeladas….?”

“Claro que si, mocé, bien buenas que son… antes cada año ponía huerto, y comíamos os conejos, os chabalins y, si quedaba algo, hasta yo; pero picar, picaba yo solo…desde que pusieron el sabeco en Barbastro -¡¡y ahora hasta hay uno en Boltaña!!-, envié el jadico a tomar pol culo… eso, y o arcón. O arcón, con o landrover, es una de las cosas más grandes que se han inventado para a montaña, míralo, –y señalaba el gigantesco congelador que ocupaba todo una estancia aneja a la cocina- ahí tengo medio chabalín, tres crabitos, pescado para medio año, judietas, guisantes, croasanes, chelaus de esos del mágnum, que me gustan mucho, langostinos t’a las fiestas… las frutas si tengo que comprarlas para la semana: antes cuidaba unas manzaneras allá abajo, en o culo d’o barranco, daban unas manzanetas pequeñas, prietas, una de cada dos saleba cucada… ¡¡mira que manzanas como ahora! ¡grandes, majas, todas sanas…! ¡Lee o que pone aquí: Tirol! ¡Tú sabes o que yé o Tirol! Si, claro que o sabes… ¡¡Zagal, tengo de mediero al agüelo de Heidi…!!”

Acepté compartir la sopa de sobre y una manzana tirolesa, nos sentamos juntos en una mesa con mantel de hule a cuadros, absolutamente etnográfica, y allí estuvimos cenando tranquilamente, como dos viejos amigos: había algo en aquel tío que me sorprendía varias veces por minuto, pero, al mismo tiempo, me sentía a gusto a su lado, pese al suave olorcillo -mezcla de humo y  sobaco- que flotaba a su alrededor.



Después de cenar, sacó en mi honor –hizo constar varias veces que no solía beber, que era un extraordinario, porque no todos los días tenía un turista tan majo en casa- una botella de aguardiente de Colungo, que dejamos más que terciada mientras seguíamos charlando. Encendió un cigarrillo –“Yo solo fumo Winston, zagal, si tu quieres fumar alguna coseta rara, por mí no te cortes, tengo unos vecinos que tienen una plantación que parece un campo de panizo…”- y así estábamos tan ricamente cuando el reloj de pared recuerdo de Lourdes que tenía marcó la una, y nos dimos cuenta de que ya era hora de irnos ta cama, como dijo Ramón…  nos despedimos y, trastabillando un poco, crucé la sala de mi apartamento para irme a la cama grandiza, después de pichar tras la puerteta de cristal. Al pasar, el wifi me saludó con un parpadeo que contenía una buena dosis de reproche por mi absoluto desinterés.

Cuando me desperté, más que nada por las ganas de visitar de nuevo la puerteta, me di cuenta de que había dormido mejor que en muchos años, aunque el recuerdo del aguardiente de Colungo, en forma de discreto dolor de cabeza, me indicaba que ya no estaba tan acostumbrado a los excesos como en mis años mozos. Entraba ya bastante luz por la ventana, y un agradable olorcillo a café recién hecho recorría todo mi apartamento, llevándome directamente a los dominios de Ramón.

“’¡¡Buenos días, catalán!! ¿Has dormido bien? No te ha molestado el craberé…?”

Recordaba, vagamente, haber oído, entre sueños, el grito de un ave nocturna, pero no me había importado ni poco ni mucho. Según Ramón, el craberé anidaba en el mayor de los nogales de detrás de la casa. “Me hace mucha compañía, canta al anochecer y al amanecer, os viellos decían que traía mala suerte, que os que lo oían, morían, y si que era verdad, si, de los que o decían todos están muertos… ¡Venga, tómate un café…! ¿Te caliento un croasán conchelau en el microondas…?”

Se lo agradecí, pero le dije que prefería hacerme un bocadillo de pa amb tomàquet, y pasé a mi apartamento, para recoger las provisiones que había traído conmigo: él me miraba mientras untaba el tomate, meneando con desaprobación la cabeza… “¡Mira que fer ixo con o pan…!”, mientras comía sus bollos grasientos. Aceptó, eso sí, unas rodajitas de fuet, se sacudió las migas de la chaquetilla militar de camuflaje que vestía hoy, y se levantó de la mesa, diciendo: “¡Ven, catalán, me vas a adullar con as güellas…!”

Salimos juntos y nos acercamos al edificio de piedra, largo y bajo, donde el día anterior le había visto encerrar sus ovejas: tiró de la cuerda que cerraba la puerta de madera, silbó llamando al perrillo negro, que ya saltaba a su alrededor, y de la puerta abierta empezaron a salir, somnolientas y guarras, con las cagarrutas colgando de los vellones de lana, las ovejas del menguado rebaño.



Seguidos por las ovejas, que el perro estimulaba con breves ladridos, empezamos a avanzar por un camino que ganaba altura suavemente, serpenteando entre los abrinzones. El sol empezaba a calentar, ascendiendo en un cielo de un azul que pocas veces había visto. Ramón, otra vez con un cigarrillo en los labios, canturreaba absorto… “¡Vamos a tener buen día, mocé, sol y calor…!”

“¿Lo ves por los pájaros, por las ovejas….?”

“No, qué va, lo ha dicho en la Uno a moceta rubia esa tan maja que nunca sabe qué hacer con as manos… vas a tener suerte, porque el lunes viene borrasca atlántica, y  tenemos para tres días de agua…”

Llegamos hasta la cumbre de la loma, y un paisaje majestuoso se abría bajo nuestros pies: de izquierda a derecha, docenas de cumbres, aún nevadas pese a lo avanzado de la primavera, se desplegaban en distintos planos, desde algunas relativamente próximas a las que azuleaban en la lejanía: callamos un momento, abrumados por la belleza del panorama, y nos sentamos en la peana del mojón que señalaba la cima.

“Ahí tienes o Turbón, que está ya en o Ésera, más allá de A Fueba: ese altizo y aún nevau es Cotiella, una montaña con muy mala leche, seca y dura. Ahí tienes a Peña Montañesa, o primero que se ve cuando subes desde tierra baja, a esos praus, a la estiva, he puyao con unos amigos que subían allí sus güellas… ves o valle d’o Cinca, mira L’Ainsa ahí abajo, y detrás ya son picos más altos: Punta Llerga, encima de Lafortunada, Fulsa y Suelza, que ya están sobre Bielsa, allí hubo buen follón cuando a Guerra… ixe grande ye l’Orinal de Cristo, lo llamamos así porque tiene ixa forma como de palangana, detrás tienes as Tres Marías y as Puntas Verdes… ixe plano por arriba ye Sestrales, mira aquella aguja de piedra, O Fleire, y, detrás, ya tienes a o rey, Treserols, o Monte Perdido… debajo suyo, o puerto, todo eso lo tengo yo andau t’arriba y t’abajo, os picos no, ¿eh?, a os picos subís os turistas, algún pastor puyaba, si buscaba una güella perdida, o a cazar bucardos, cuando ne había… más a la izquierda son os picos de Ordesa, a Breca, por donde se pasaba t’a Francia, t’a treballar…



“¿No te sientes muy solo aquí arriba, Ramón…?”

“Mira, mocé, yo estoy solo desde casi siempre; mi mujer murió a os tres años de casados, el zagal no teneba ni dos. ¿Sabes de qué murió…? De falta de infraestructuras, ya te lo digo yo: le dio un dolor fuerte por la noche, yo pensé que eran cosas de mujeres, pero por la mañana ya ni se podía mover de a cama: llamé a o medico y, cuando llegó –que no creas tu que no pasaron sus buenas tres o cuatro horas-, ya me dijo que había que bajarla t’a Huesca ascape. En un macho la llevé a la punta la carretera, y allí nos recogió un amigo de Boltaña, que vivía en Barcelona, y que teneba un seat grande, de aquellos que se abrían por detrás. Allí la metimos, encima de un colchón de lana, con bien de mantas para que no se fuese dando de golpes en as curvas, y allá que nos fuimos, pero a pobre ya no aguantaba; paramos en Naval a ponerle agua a o coche y beber algo en a fuente, y allí se nos murió, con a mesonera intentando ayudar, pero no había  nada que fer… ¿Que de qué se había muerto? ¡¡A cosa estaba como para ceseís, zagal!!  El medico puso que de un paro cardiaco, claro, y ya está… ahora un poco mejor estamos, hay ambulancias, y nos han puesto hospital en Barbastro, pero cuida de que no te dé nada estando aquí… yo, ya lo tengo pensado; si me da un mal, como sea, agarro o móvil, me voy t’al barranco, marco el 112, pongo voz de forastero, y llamo a os civiles: “¡Escolti, escolti, que he tenidu un accident en una excursión…”, Y a la horeta justa, zagal, en San Jorge, y habiendo subido en licotero, que me hace mucha ilusión….”

“Pues eso pasó, zagal: se jodió mi mujer, pobre moza, que bien buena y bien maja era, me jodí yo, y se jodió Casa Pardina, que una casa sin mujer no ye nada, que no hay nada más inútil que un hombre solo en casa… o zagal se lo dejé a una hermana que tengo casada en Boltaña, bien se vale de ella, que ha sido como una madre… pero aquí faltó siempre una mujer, y si una mujer no te hace pensar en as cosas, es que ya no piensas, vives un día detrás de otro día… subo aquí con as güellas, me estoy con ellas, como, bajo a media tarde…. ¡Venga, zagal, que me estoy poniendo triste,! ¿Comemos…?

Allí mismo, entre abrinzones y cagarrutas, abrió la mochila raída y sacó dos bocadillos envueltos en papel de aluminio:  rebanadas de pan de molde, ¡sin tomate! y una especie de pasta de carne que identifiqué como chopped, aberración charcutera de la que tan solo había oído hablar, pero que allí, al sol, ante aquel paisaje, encontré comestible e incluso agradable.

Rematamos la parca comida con unas chocolatinas rellenas de cremas dulzonas, bebimos agua de una cantimplora abollada, y nos tumbamos al sol sobre una manta de sospechosa higiene, dejándonos arrastrar suavemente a una siesta pacífica y profunda.

Creo que nos despertó la brisa, que empezaba a refrescar, al tiempo que algunas nubes desfilaban por el cielo: nos levantamos, sacudiéndonos las brozas que cubrían nuestras ropas, y nos decidimos, no sin pesar, a empezar a recoger las ovejas, e iniciar el regreso a la Pardina.

Cuando ya volvíamos la espalda al valle, me señaló, entres dos montañas, los tejados que brillaban al sol allá abajo: “Mira, allá está Boltaña, cada vez más casas, cada vez más gente… ya incluso te cruzas con personas que no conoces y que no te saludan…”

Me sorprendió la observación, porque ni yo suponía a Ramón tan interesado en los contactos sociales ni, sinceramente, me había parecido Boltaña una gran urbe, por lo poco que había podido ver… 

Lentamente, deshicimos el camino hacia la Pardina, acompañando de nuevo el paso cansino de las ovejas: íbamos charlando de cualquier cosa, así que se nos hizo corto el camino y, al darme cuenta estábamos ya en la casa: Ramón entró en una de las construcciones de piedra, con algún propósito que se me escapaba, y yo empecé a considerar la posibilidad de ponerme a trabajar en los documentos que constituían mi coartada ante Laia y ante mi propia conciencia, que no dejaba de reprocharme haberme escondido en las montañas en vez de quedarme en Barcelona haciendo frente a los problemas.


Apenas había sacado el portátil de la funda y estaba lidiando con la habitual maraña de cables, cuando ya Ramón me llamaba a gritos “¡ Catalán, coño, ven a echarme una mano, que me s’escapan as güellas….!”

Vi con claridad que era tan solo un pretexto para seguir charlando, porque la situación no estaba demasiado descontrolada: cuatro o cinco ovejas corrían en diferentes direcciones, perseguidas por el perrillo que, en aquel momento, hubiese dado cualquier cosa por el don de la ubicuidad, mientras el resto, estrechamente agrupadas frente a la puerta del corral, contemplaban melancólicamente a sus revoltosas compañeras, con un cierto aire de reproche. Así que entré en el juego, empezando a correr sin demasiado sentido detrás de las fugitivas, tirándoles piedretas y rivalizando con Ramón en lanzar los juramentos y cagüentales bilingües más rotundos que se nos podían ocurrir.

Al cabo de un rato, las díscolas decidieron libremente unirse a sus compañeras, con gran alegría por mi parte, que estaba ya sudando y jadeando: en ese momento, el olfato me recordó que, por primera ves en muchos años, no me había duchado por la mañana, y que mi aroma empezaba a acercarse peligrosamente al de mi anfitrión… pero, la verdad, no me importó demasiado

“¡Buen trabajo nos ha dado tu jodido rebaño, Ramón…!”

“¿Rebaño, dices…? esto que tu ves no ye un rebaño, mocé, esto ye una cosa t’a entretenerme, un jobi, como dicen ahora… cuando tenebamos un rebaño en casa, eran tres mil, tres mil quinientas güellas, con sus mardanos, crabas y bucos, más os corderos que ya pastaban y os crabitos del año… cerca de cinco mil cabezas subíamos cada año a o Puerto, con cinco pastores y sus machos… salíamos de aquí enta Fuebla, cruzábamos o Ara por Jánobas y subíamos por Burgasé, hacia Cuello Trito; de allí, hasta Nerín, y luego, a Cuello Arenas… allí nos chuntábamos os de Valle  de Fiscal, os de Solana, os de Valle Bió, que estaban en casa.. o primer día del Puerto se oía misa, se contaban os rebaños, y se hacía buena fiesta, subían musicos… luego os señores nos bajábamos, y allí se quedaban os pastores; cada quince o veinte días les subíamos a sal para o rebaño y o suministro para ellos: panes grandes, que aguantaban días, judías, arroz, azúcar, café, tabaco, vino y algo de coñá… carne, claro, no ne hacía falta, se comían as moredizas, as güellas que morían, o hacían salón con ellas, y tampoco ninguno cuidaba de que no hiciesen de vez en cuando una caldereta con algún cordero o algún crabito…



“O tión de casa nuestra era quien subía siempre con os pastores.  En casa se había quedado Luisé, o hermano pequeño de mi padre, quince años mayor que yo, pero qué vida… os que no heredaban, si se quedaban en casa, ya se sabía, a obedecer a o señor, que era amo y jefe… a Luisé nunca le faltó su buena cama, ni sus mil durillos para as fiestas de Boltaña, pero había tiones que dormían toda su vida en a cadiera. En casa no, ya te lo digo, Luisé era, cuando faltó mi padre, quien más seguridad me daba, en quien siempre podeba confiar… él se subía a la Mallata, y era como si estuviese yo… ¡Pobre Luisé…! Cuando murió, todas as cosas que teneba cabían en una bolseta de plástico, de Adidas; dos camisas viejas mías, que le duraban hasta que se le caían a pedazos, unas fotos de cuando hizo el servicio en Cerro Muriano, una navajeta suiza, un reloj de pilas con calculadora, que le había comprado a un negro en una feria,  a libreta de la ibercaja, con medio millón de pesetas, unas bragas…”

“¿Queeee?”

“O que oyes, mocé, unas bragas: viellas, de nailon rosa, con as gomas dadas… ¿eran un recuerdo…? ¿Se las poneba cuando estaba solo en a Mallata…? ¡Qué me se yo! ¡Qué dura era la vida de los tiones, zagal, qué dura, qué solitaria…!”

Meditando sobre la dura vida de los tiones y sus insospechadas prácticas autoeróticas, entramos en sus aposentos y yo me senté directamente en la mesa de mantel de hule, mientras él preparaba, en un momento, una cena tan frugal como desconcertante: biscootes con queso light y caviar de arenque, unos fideos chinos muy picantes, hervidos al instante en sus envases de cartón –“O que no tengo, zagal, son palillos, nos los comeremos con as forquetas de plástico que traen”- y, de postre, un par de kivis “¡Míalos que hermosos, me recuerdan os cojones d’un verraco que teneba, cuando criaba tocinos…!”

La imagen del tión fetichista había llevado mis pensamientos hacia ciertos derroteros, por lo que no dudé en aprovechar la creciente intimidad que se iba creando entre nosotros para avanzar hacia terrenos bastante más personales…

“¿Qué haces cuando te sientes solo, Ramón…? Tantos años aquí, semanas sin ver hombres… ni mujeres, aquí tu y tus ovejas…. “

“¡Ay, Marc, maricón, que te veo venir, que tu has oído muchos chistes de pastores.., ! ¿Tu t’has mirau bien as güellas? ¿A ti te gustan…? Pobrinchonas, valen t’a o que valen, pero, como se dice ahora, sexis, sexis… no te digo yo que, de zagales en a escuela, no hayamos fateado con as gallinas alguna vez, pero con as güellas…. Si aún me dijeses con alguna crabeta…. No, zagal, no, t’a eso tengo o landrover….”

“¿Y qué haces con el land rover?”

“Pues, o primero, ponéle as ruedas: y luego, a paso de burreta, t’a Barbastro, que hay unos bares de camareras…”

“¡¡Collons, Ramón, te vas de putas!!”

“¡Mira que llegas a ser lenguarudo y faltón, zagal! ¡De putas, nada! unas zagaletas bien majas, te estás allí un raté, te tomas una cerveceta, te ríes, tiras un pizco…no te digo que la cosa a veces no vaya a más, pero eso queda entre ellas y yo… bien majas que son, hay una rusa, rubianca, grandiza, que ya te gustaría verla, pero esa va a durar poco de camarera, ya festeja con un zagal de su tierra que trabaja aquí en una obra, se ven espabilaos os dos… a mí me gustan más as latinas, que son tetudicas y culonas, que te dicen “mi amol” y se las entiende cuando hablan… mira bien o que te digo, valen más esas zagalas que muchos hombres que conozco, ahí están, con dos cojones, ganándose a vida, enviando dinero a su tierra t’a sacar adelante dos o tres hijos, o un marido gandul…”

”¡Vale, vale, Ramón, retiro lo de putas…!”

“No, si alguna razón llevas, algunas precauciones hay que tomar… ¡¡Y no te rías, crabito, que no me refiero a ixo!! Quiero decir que no hay que contar muchas cosas, que algunas, luego, pueden andar detrás tuyo… yo nunca digo que soy o señor de a Pardina de Crapamote; digo que soy de Puymorcat, o de Luparuelo….”

“¡¡Pero si eso está aquí al lado….!!”

“¿Y qué quieres que diga, que soy de Boltaña o de L’Ainsa….? Ya se ve que soy de aldea, os de pueblo grande tienen otro aire… y, sobre todo, a precaución más importante ye saber siempre o que eres, que no yes más que un viello y que si as mocetas te dicen algo, no será porque se hayan enamorado de ti, precisamente… que hay que ver o que han fateado hombres de mi edad por olvidar algo tan sencillo, y os ridículos que han hecho…”



Sus últimas palabras le habían puesto melancólico, así que se levantó súbitamente de la mesa, entró en la despensa donde ronroneaba continuamente “o arcón”, y salió con una botella y dos copitas desparejadas en la mano…

“!Venga, catalán, vamos a tomarnos una coseta de tu tierra; El Rhum Negus, zagal, que lo hacen en –deletreó- Vilafrancadelpenedès, especialmente t`a Aragón, que aquí nos o bebemos todo…! ¡O Negus, fíjate tú!, que aquí todos lo tenébamos en o más alto porque había luchado contra Mussolini, y luego resultó que era un cabrón muy grande, que Conchita me recomendó en a biblioteca un libro de un polaco –¡de Polonia, eh!- que lo ponía a parir…”

Empezamos la botella brindando por la memoria de Kapuszcinski, y, poco a poco, copeta a copeta, charlando y riendo, nos la bebimos entera y verdadera y nos dieron otra vez las tantas, antes de despedirnos y marcharse cada uno hacia su cama, pasando yo por la puerteta de cristal, y saludando con cierta sensación de culpabilidad, al wifi parpadeante y al jodido informe de quinientos folios que seguía allí, acusador y virgen, sobre la mesa de la sala. El craberé, harto ya de cantar lúgubremente en la noguera, debía andar hacía buen rato cazando ratones por los campos.

De un sueño profundo y reparador no me sacaron los cantos de los pajaritos en la canalera del tejado, sino un tiro que sonó peligrosamente cerca de mi ventana, arrancando ecos atronadores en el valle; casi me meo encima del susto, me incorporé de un salto, y, en cueros, tal como estaba, salí a la puerta del apartamento, mientras, en rápida sucesión, sonaban dos disparos más.

Fuera estaba Ramón, empuñando un rifle de aspecto peligroso y eficiente, no menos desnudo que yo, aunque calzando unas botas militares desabrochadas: miraba fijamente hacia unos bojes a pocos metros de la casa, y observé, en un momento, que varios casquillos brillaban, entre la hierba, al sol naciente que ya empezaba a calentar mi expuesto culo.

“¡Te juro que lo he de joder, a ixe cabrón! ¡Un gorrino chabalín de más de cien kilos, con unos colmillos que te cagas… me entra una noche si y otra también, pero esta vez se conoce que se ha quedado por aquí, y o he sentido desde a cama… ¡Venga, ponte algo, que no nos vamos a meter en pelotas entre as barzas!”

Me eché por encima lo primero que tuve a mano, los pantalones y la camisa del día anterior, y salí de nuevo al prado, agarrando al pasar una gayata que estaba apoyada junto a la puerta: Ramón, nuevamente de camuflaje militar, hurgaba ya con el cañón del rifle entre los bojes, mascullando “¡Sal de ahí, maricón, sal de ahí, si tienes cojones…!” Al verme, gritó “¡Echa una mano, da golpes con la gayata por ahí, a ver si lo hacemos salir…!” El perrillo se había sumado al grupo, y saltaba y ladraba, excitadísimo y contento de participar en el  lance cinegético.

La Naturaleza tuvo a bien escuchar mis oraciones laicas y el jabalí, que seguramente estaba ya a kilómetros de distancia, felicitándose por su buena suerte, no apareció por ningún sitio: sí había huellas por todas partes y, al ver las de sus  pezuñas, del tamaño de la palma de mi mano, sentí un sudor frío recorriendo mi espinazo.

Tras un rato registrando infructuosamente los alrededores, nos rendimos ante la evidencia y volvimos a la casa: Ramón puso encima del fogón una sartén, recalentó el café de la noche anterior en el microondas, y preparó unos huevos fritos, que nos comimos en un momento, acalorados por la persecución y con la adrenalina por las nubes.



Como ya conocía mis obligaciones, no hizo falta explicarme que debía tirar de la cuerda de la puerta del corral, mientras Ramón, jurando, y el perré, ladrando, animaban a salir a las ovejas, que me parecieron menos modorras que el día anterior, sin duda despiertas desde hacía rato por los disparos: saltando y largando cagarrutas en todas direcciones, ocuparon sus posiciones en el prado, donde el sol había secado ya por completo el rocío matutino en el que, una hora antes, me había lavado los pies.

Ramón se había sentado en el banco de la entrada y, con un trapo increíblemente sucio de grasa, limpiaba con cuidado el rifle: procurando, por si acaso, no cruzar la línea de tiro, me senté a su lado: “¿Te gusta, Marc? Un Cetmetón, un Mauser Coruña recalibrado para la caza, con bocacha de fusa, o mismo que teneba en la mili… ¡pega unas hostias…! pero lo uso bien, ya has visto o rápido que disparo, vienen pijos al coto con automáticos, y no me ganan… me hubiese gustado tumbar al gorrino para que lo vieras, tú, de ixos no habrás visto ninguno… “

Preferí no hablarle de mi safari fotográfico en Kenya, pero era verdad que no lo había vivido con tanta emoción: apenas si llevaba día y medio en la Pardina –y pocas horas me quedaban ya-, pero lo cierto es que aquel sitio, las historias que me había contado Ramón, su propia compañía… con sorpresa, me di cuenta de que el móvil no había sonado en ningún momento -¡ni siquiera sabía como había quedado el Barça!- y eso que comprobé que había cobertura más que suficiente: el cabreo de Laia debía ser importante, aquella noche no me quedaría más remedio que afrontar los hechos…

“Te veo muy callao, Marc, ¿en qué piensas...?”

“¡En el futuro!” contesté, medio riendo…

“Fíjate si pienso en cosas yo, y en ixo, nunca: ¿Quieres saber por que? Porque no en tengo: yo soy Casa Pardina, y esto se ha acabado, vamos, se ha acabado hace tiempo… muchas casas de a montaña se han espaldado, ésta ya ves que no, que está bien maja, pero por las perras que mete aquí mi zagal, que si no… y no te creas que lloro por eso, que aquí se han pasado bien putas, no te he contado o que fue después de a guerra, que yo era chicoté, pero bien me lo contaba mi padre; y mi mujer, ya ves como le lució o pelo a la pobrinchona, de haberse casado en casa buena… si se hubiese ido a servir, aún estaría viva… de todos estos pueblos, os que quedan bajan cada día a trabajar a Boltaña o a l’Ainsa y os que tenemos animales, como yo,  algún euro sacas, pero, as más de as veces, os tenemos como as viejas tienen perretes de ixos con lazos…  no te digo os que tienen vacas, pero esas están en granjas en llano, por aquí, si no tiras de as primas, os derechos y todas esas hostias de Bruselas, a cerrar… bien que me alegré cuando vi que mi hijo era florito…!

“¿Florito le pusiste a tu hijo?”

“Ya se puso él sólo, zagal, que no me entiendes… florito quiere decir que le van os tíos, que ye gay, vamos… ya desde pequeño le veía yo cosetas, pero, cuando me lo dijo, me alegré por él: así no tendría tentaciones de agarrarse a esto, aunque luego salió la película aquella de los vaqueros…; pero yo lo veía claro, o zagal tendría otra visión de as cosas, viajaría, y no como yo, con el Imserso a Benidorm…. Míalo, bien feliz que está, es diseñador gráfico.. -¡¡no te rías, hostias!!, ¿qué quieres que sea, ferrero?...- ha estudiado en medio mundo, ha vivido en Berlín, en Nueva York… y ahora está aquí, encantado de a vida, trabajando con sus ordenadores… ¡¡Poco contento que estoy de él, buen zagal y buen hijo…!! Lo que me hace duelo es no tener nietos, pero ya me tiene dicho que, si se arregla con o mocé con o que vive ahora, igual adoptan… a mí me haría ilusión tener un nieto chiné, que son espabilaos, trabajadores, y una miaja cabrones… dicen que o Mundo será de os chinos, bien pueden empezar por Casa Pardina de Crapamote…”

Reímos juntos un rato, imaginando al chiné haciendo tai-chi en el prado, rodeado de ovejas… me di cuenta, con inquietud, de que se me estaba haciendo tarde: quería comer ya en camino, llegar temprano a casa, y hablar con Laia lo antes posible…

“¡Ramón, majo, que me voy, te prometo que, antes del verano, vuelvo y nos tomamos alguna botelleta….!”

“Marc, mocé, no sabes o bien que o he pasado… una cosa te quiero pedir: cuando veas a mi zagal, no le digas que has estado conmigo: es que ye muy mirado y me lo tiene dicho muchas veces…”No les des la paliza a os turistas, padre, que tu te lías a hablar, y ellos suben a estar tranquilos y a sus cosas”… no ha sido tan grave ¿verdad?”

Le dije que hacía tiempo que no me lo pasaba tan bien, que no me sentía tan relajado, tan abierto a pensar en las cosas… recogí en un momento mi equipaje –que no había ni tocado-, agarré el portátil, el informe de los cojones y la gayata que Ramón me había regalado y, en pocos momentos, ya estaba en la pista, dando tumbos, despidiéndome de un Ramón que, con el perré dando saltos a su alrededor, me gritaba saludando con el rifle en alto:

“¡Vuelve cuando quieras, zagal, aquí tienes Casa Pardina…..!

Media hora después, paraba en la puerta del chalé de diseño; aún tuve que esperar un rato hasta que llegó el zagal, que venía de su sesión de jogging luciendo unos pectorales y unas tabletas de chocolate perfectamente envidiables bajo la camiseta… no pude por menos que pensar, mirando mi panza cervecera;  “¡Cómo se cuida…!”

“¿Qué, Marc, te ha gustado Casa Pardina, todo ha funcionado bien?”

“Si, mucho, todo perfecto”- contesté, distraído, mientras rellenaba el talón que, -collons!- correspondía a una cantidad algo elevada.

“No, te lo digo porque, a veces, ha fallado el agua caliente y como… je, je, je,… hueles un poquito a oveja….”

“¡Mira, noi, he pasado el fin de semana rodeado de ovejas, ya me dirás….!”

“Pues haces bien en contármelo, voy a tener que hablar con la Guardia Civil, eso es que algún vecino tiene un pastor de fuera, que no conoce el terreno y se mete en la Pardina por error”…-sonrió con cierta melancolía- “ya no hay ovejas en Casa Pardina, hace tres años que las vendí todas, ¿sabes…? después de morir mi padre…”.

14 de abril 2010








miércoles, 15 de julio de 2015

Florencia: los Uffizi...

Primera parada: la Galería degli Uffizi... no tengo Síndrome de Stendhal, pero empiezo a dar boqueadas...

Iba a decir una cosa muy pretenciosa: que cuando se ha tenido la inmensa suerte de, a los veinte años, haber visto ya el Prado y el Louvre, luego vas toda la vida cuesta abajo... pero hay que dejar siempre espacio para la admiración de la Belleza en estado puro, en el momento en que se ponga frente a ti, y la Galería de los Uffizi me va a dar motivos más que suficientes para entrar en trance.

Recién comidos, nos dirigimos a los Uffizi: he leído que se forman colas horrorosas, y que el truco es comprar la entrada con antelación, y así saltarte el turno; así que vamos a las oficinas para comprar entradas para el día siguiente; pero un amable joven -¿Un becario? ¿La versión italiana de los minijobs, que seguro que la tienen...? nos avisa de que, en aquel momento, hay muy poca gente en la Galería, y podemos entrar ahora mismo... pagamos un precio ridículamente bajo en proporción a lo que vamos a ver, y entramos sin dilación.

En los Uffici autorizan a tomar fotografías, con dos sabias prohibiciones: usar el flash, y molestar a los otros visitantes. Verdaderamente, hay poca gente en aquella primera hora de la tarde de un jueves, y puedo disfrutar del doble placer de contemplar, a mis anchas, algunas obras maravillosas, y, al mismo tiempo, tomar fotos de ellas, con escaso mérito artístico y técnico, pero con un potencial evocador incalculable.

Catálogo en mano, vamos pasando de sala en sala, de sorpresa en sorpresa, de placer en placer... como la mayoría, supongo, empezamos por el Nacimiento de Venus de Bottichelli, esa pintura bellísima, esa hermosa joven, de casta belleza, vestida solo con su rubia cabellera, ese esbozo de sonrisa, esos ojos tiernos y melancólicos, esa leve inclinación de la cabeza... llevo años y años enamorado de ella, y ahora está allí... creo que hasta me tiembla la cámara.


Pero hay que seguir... una tras otra, desfilan ante nosotros -es decir, nosotros desfilamos ante ellas- obras que has visto mil veces reproducidas, y algunas otras que descubres por primera vez, y no sé qué sensación es más gratificante... aquí están todos: un Miguel Ángel con los vivos colores que, hace ya años, una muy comentada restauración devolvió a los frescos de la Capilla Sixtina... y una inquietante revelación en el paisaje, tras el friso de atléticos caballeros en pelotas... ¿Es la Peña Montañesa vista desde San Beturián...? Pintó Miguel Angel en Sobrarbe, atraído por su belleza, como Pedro Almodóvar...?


Una Madonna de Rafael, con un jilguero -una cardelina, vamos- en las manos del Niño... delicadeza, dulzura, ingenuidad aún en los paisajes entrevistos en el fondo, con sus esquemáticos arbolitos... una Madonna culta, leyendo su novela, quizás de la Biblioteca Pública de Nazareth, y los niños dando por saco con el pajarito... ¿San Juan Bautista, un amiguito del Niño Jesús, un herético hermanito...? O complementaba la Virgen los magros ingresos de San José, autónomo en tiempos de crisis, haciendo canguros...?


Hay un elemento especialmente turbador en la pintura renacentista italiana: por primera vez, aquellos pintores que -no lo olvidemos- no eran artistas en el sentido que su versión bohemia y decimonónica ha popularizado, creadores libres, en búsqueda de sus vías de expresión, de su concepción del Arte, sino honestos artesanos, trabajando bajo pedido y con sus ingresos dependientes de la satisfacción del cliente; por primera vez, decía, están pintando hombres y mujeres concretos, realmente existentes, rostros que han visto, en el modelo sentado ante ellos, o en la gente con la que se cruzan por la calle, y ahora estamos viendo ante nosotros ojos que miraron, labios que besaron , cabellos que fueron peinados una y otra vez, personas como nosotros, muertos hace siglos y siglos, pero vivos aún, y confiemos en que por mucho tiempo... no os perdáis la cara de viciosilla -o viciosillo- del andrógino personaje que, una vez más -y eso indica cómo estaban cambiando los tiempos- sostiene un libro en su mano...


... o el niño gordinflón y zampabollos, tan contento de estar en brazos de su mamá...


 ... y el joven caballero que, orgulloso, enseña su medalla...



En los pasillos de la Galería, estatuas, generalmente reproducciones renacentistas de grandes obras clásicas: no puedo por menos de saludar a Trajano, el emperador sevillano, tan lejos de su calle de las Sierpes... y, hablando de sierpes, ahí tenemos la magnífica copia del Lacoonte con sus hijos, devorados por malvada bicha, que hinca sus colmillos en el costillar del pobre Lacoontito...





Los pasillos de la Galería se transforman también en un magnífico Belvedere: la vista del Arno y sus puentes, desde allí, es digna de mención...



Pero nuestras sorpresas no han terminado... hay en los Uffizi una pequeña, pero muy interesante, representación de la Pintura española... un autoretrato de Velazquez, tan parecido al que aparece en Las Meninas...



Un Greco, San Juan y San Francisco, de espectacular belleza cromática...




...Y, ¡sorpresa! una Condesa de Chinchón de Francisco de Goya... ¡¡Paisano, qué haces tan lejos de casa...! Inigualable la expresión, altiva y plebeya a la vez... esas señoras que tanto le ponían a don Francisco...



Hay también otras obras menores... disfruto con una Susana y los Ancianos, de factura muy poco lograda -el escorzo del personaje del ropón escarlata, para que se le vea bien la jeta de judío malo pintada por antisemita, es de pedrada...- pero es uno de los episodios bíblicos que más gracia me hace... "Viejo corrompido por la lascivia, ¿bajo qué árbol la viste pecar...?" ¿Y qué me decís de las Merceditas que calzan...?



Horas y horas hubiésemos pasado allí, y varias pasamos... pero toda una Florencia nos esperaba fuera: dijimos adiós a las maravillas de los Uffizi, pero no sin antes dedicar un último homenaje a una de sus más turbadoras joyas: la Venus de Urbino, de Tiziano... ¡sin palabras...! ¿Verdad que no hacen falta...?






martes, 14 de julio de 2015

Florencia: primer contacto...

Llegar a cualquier ciudad es un momento iniciático (claro, el inicio...). llegar a Florencia, que es algo más que una ciudad, un poquito más aún...

Esta vez lo tenía todo preparado: para moverme por una ciudad grandecita, y de tráfico que suponía complicado, había trabajado de firme sobre Google Earth, así que me sabía el recorrido desde las últimas rotondas hasta nuestro destino, il Borgho San Jacopo, poco menos que de memoria.

Y todo fue según lo previsto: después de rotondear, enfilé uno de los Lungarno, los paseos laterales del río, viendo ya por el rabillo del ojo la cúpula de Bruneleschi y, allá mismo, il Ponte Vecchio, a punto ya de babear, cuando, de repente, me encontré el paso cerrado por un semáforo en rojo permanente, y un enorme letrero donde indicaba que se trataba de una zona de tráfico restringido, solo para vehículos autorizados, controlada electrónicamente, y que me atuviese a las consecuencias si se me ocurría entrar en ella...

Tenía que ir, justamente, al otro lado del Ponte Vecchio, en la misma orilla del Arno; por detrás no se podía rodear, ya que un juego laberíntico de direcciones obligatorias me ponían, nuevamente, mirando hacia allá de donde procedía: debía, por lo tanto, dar la vuelta a todo el casco antiguo de Florencia, y buscar un nuevo puente sobre el río que me acercase a mi objetivo...a eso dedicaría los próximos 120 minutos, suerte que, en aquel momento, no lo sabía...

Mentiría si hablase de un tráfico caótico, propio de Nueva Delhi; en lo absoluto, una civilizada circumvalazione, con sus semáforos, todo muy arregladito y ajardinadito... pero, cada vez que intentaba tirar en dirección al Arno, me daba de bruces con el semáforo rojo y el cartelito de marras...

Frente a la estación de Ferrocarril, mi corazón dio un vuelco: ¡Una patrulla de la Polizia Locale!: me arrojé literalmente en sus brazos, explicándoles mis cuitas... en respuesta, un simpático agente -el otro, pasaba- se quitó la gorra, se rascó la coronilla, y sentenció: "É difficile...!" "¡Nos ha jodido, que me lo digan a mí...!" pensé... luego, con un vago gesto, señaló en dirección al Hemisferio Occidental y me dijo: "Pregunte por ahí..."

Mi cabreo empezaba a alcanzar proporciones homéricas; eso sí, me mantuve fiel a mi decisión de emplear, preferentemente, el Italiano... "¡Vafanculo!", prácticamente grité, me salté el semáforo y entré abiertamente en la zona prohibida. Igual lo del control electrónico era un farol, igual aquel día no funcionaban las cámaras, igual la multa no me llegaba... en pocos minutos estaba estacionado junto al Borgho San Jacopo, y subía a la que iba a ser nuestra casa por dos días, la Residenza d'Epoca San Jacopo.

La Residenza es, técnicamente hablando, un Bed and Breakfast, situado en los dos pisos superiores de un Palazzo, que en Italia es, simplemente, una casa de vecinos aunque, en este caso, por su prestancia, bien merecía el nombre. Lo habíamos elegido por una razón principal: estaba a cinco minutos -de reloj, y mirando escaparates- del Ponte Vecchio, y eso ponía todo el Casco Histórico de Florencia a alcance de paseo, con la ventaja que supone para ir i venir, descansar en tu habitación, darte una ducha y cambiarte, dejar las compras... en este sentido, la Residenza funcionó admirablemente.

Y en todos los demás; las instalaciones eran amplias y decoradas con gusto, la Prima Colazione, buena y abundante -dentro de los estándares italianos, que prefiero a las múltiples tentaciones en calorías vacías que ofrecen en otros países-... y nuestra habitación, amplia y muy bonita, con vistas sobre los tejados florentinos y el próximo Palazzo Pitti, y con un cuarto de baño muy original, aunque el abuhardillado te obligaba a ducharte con una cierta humildad, inclinando la cabeza... pero la belleza del entorno lo compensaba todo ampliamente.

Bianca in la Camera (Atribuida a Vermeer)


Me recibió en la Residenza su propietaria, Alessandra, una joven y bella señora, pero con unos rasgos y un rubio -hay muchos rubios en esta parte de Italia, pero es un color más dorado, más cobrizo, bottichelliano, vamos...- que no me encajaban en el entorno: luego nos lo aclaró todo, explicando que era ucraniana, o rusa ucraniana, y entendí por qué en la web de la Residenza indicaban que se hablaba Ruso... por suerte Alessandra llevaba allí un porrón de años y hablaba un Italiano perfecto -o eso me parecía a mí-, y no tuve que emplear mis mínimos, por decir algo, conocimientos de la hermosa lengua de Pushkin y la Sharápova... cuando nos despedimos, con un "Do svidania!" por mi parte, nos animó a visitar Ucrania, deseo que, me temo, tardaremos tiempo en poder realizar.

Alessandra tenía también resuelto mi problema principal: de acuerdo con mi petición, había reservado plaza para mi macchina en un parking cercano, y me informó de que ese hecho me transformaba, ipso facto, en "vehículo autorizado", y que el propio parking pasaba la matrícula a la polizia, para evitar cualquier sanción. Así debía de ser, porque no me ha llegado ninguna noticia de la Alcaldía de Florencia...

Dejamos, pues, nuestro fiel Ibiza en un increíblemente atestado parking, a escasos cien metros de la Residenza, seguramente por debajo del nivel del Arno, donde ingeniosos artilugios permitían almacenar coche sobre coche, y un habilísimo aparcador conducía los vehículos por el interior a velocidades de circuito de Fórmula 1... me fui absolutamente tranquilo por mi coche, que tengo abollado por los cuatro costados gracias a mi escasa pericia en la jodida rampa de mi parking... "Abollarlo más, no lo abollarán, y preñado no lo van a dejar...", subimos el equipaje a la habitación de la Residenza, y nos lanzamos a la conquista de Firenze.

No hace falta decir que nuestra primera visita fue para el Ponte Vecchio... lo había visto una y mil veces, en estampas antiguas y en fotos recientes, pero también en imágenes dramáticas en blanco y negro, cuando, durante la Guerra, fue el único no volado por los alemanes en su repliegue tras la Línea Gótica -vimos la placa dedicada al Cónsul alemán, enamorado de Florencia, que evitó su destrucción... por cierto. Angela, supongo que habréis pagado todos los puentes que volasteis, ¿verdad?, vosotros tan estrictos con las obligaciones...- o arrasado por las inundaciones de Noviembre del 66, que enterraron en lodo buena parte de la ciudad... el puente es bellísimo, con su doble función de paso sobre el río y punto cívico de encuentro, con su plaza central siempre llena de músicos callejeros de insospechada calidad, y de subsaharianos vendiendo bolsos Gucci y pelucos Panerai, más falsos que sus expectativas, pobrecitos míos, cuando se embarcaron en la patera... lo cruzamos bastantes veces en dos días, siempre admirándolo, y disfrutando, desde él, de puestas de sol sobre el Arno absolutamente inolvidables.


Foto: Blanca de Balanzó




Pasado el Ponte, el hambre acuciaba, y nos decidimos por un pequeño restaurante en unos bajos, junto al puente, al sospechar que estaba frecuentado preferentemente por nativos: mi detector de chanclas, pantalones pirata y camisetas imperio permanecía en un tranquilizador silencio... acertamos, la comida era honesta, y la compañía discreta...nos atendió un camarero que servía las mesas canturreando ¡"El pueblo, unido, jamás será vencido"! Rápidamente le preguntamos si era chileno: no, italiano, pero devoto de Allende, Víctor Jara, Quilapayún... los rojos no somos como los perros; no necesitamos olernos el culo para reconocernos: nos sirvió con exquisita atención, no exenta de camaradería, y, al traernos la cuenta -nada exagerada, por otra parte- nos descontó tres euros.



Confortados con la certeza de que el Internacionalismo no ha muerto, abandonamos el Ristorante y nos lanzamos, en tromba, hacia el vecino edificio de los Uffizi... pero esa es otra historia...




Reflexiones para un 14 de Julio

Cada mañana del 14 de Julio, como una oración civil, canto "La Marsellaise": este año, con más motivo aún...

Me gustaría vivir en una Europa de pueblos iguales y libres. En realidad, me gustaría vivir en una Europa de ciudadanos iguales y libres, pero ni una ni otra opción parecen, en estos momentos, viables. Rebajando aspiraciones, me gustaría vivir en una Europa de pueblos y ciudadanos relativamente iguales y libres, bajo la hegemonía de un Pueblo y sus dirigentes que me gustasen como amos... ¡pues ni eso, hay que joderse...!

No me gustan nuestros actuales amos: su pueblo me encanta, los quiero mucho, los he visitado muchas veces, estoy perdiendo algo del poco tiempo que me queda en aprender su idioma... me gustan trabajando, tan seriecitos, tan eficaces, y en sus fiestas, un poco borrachos y sentimentales, tan encantadores... pero sus jefes me dan repelús, no puedo evitarlo... esas caras feas, adustas, de seres convencidos de que están en la Verdad, de que tienen, no razón, sino La Razón... ¿quién los querría como amos...? ¿Os imagináis trabajando en una oficina donde, cada mañana, tuvieseis que verles el careto a Angela o a Schäuble, como jefes...? ¿Os imagináis a Schäuble llamándoos al despacho... "Herr Revilla, tenga la amabilidad de venir un momento..." Yo me cagaba, directamente, lo confieso...

Creo que Max Weber venía a tener razón: la Reforma tiene bastante que ver en todo eso: lo nuestro es lo católico, lo viejo, sabio, de vueltas de todo... hemos tenido Papas con hijos, obispos con amantes, curas pederastas... todo pasa, todo se perdona... creo que era Graham Greene quien contaba una historia de un criminal que buscaba, en vano, consuelo para su terrible sentimiento de culpa, hasta que llegaba a confesarse con un sacerdote católico: "Padre, he asesinado..." empezaba a decir... "¿Cuántas veces..?" preguntaba el cura... Grecia busca la absolución, la Quita, se ha endeudado, lo siente mucho, no lo volverá a hacer... nunca la encontrará entre esos duros hombres y mujeres del Norte...

Urge volver con Europa a donde Europa nació: a orillas del Mediterráneo, a las orillas latinas del Mediterráneo. Inglaterra, ni está, ni se la espera: ni es Europa, ni pretende serlo, ni ha hecho más que dar por saco: Por encima de donde Varo fue derrotado, por encima de donde la Civilización se desarrolló bajo la atenta vigilancia de las águilas de Roma, solo hay tinieblas de bosque ancestral, frío, niebla, y gente que solo sabe decir "¡Ya te lo decía, ahora, apechuga...!" Nunca, nunca, "Hoy por ti, mañana por mí, y, total..."

Y entre nosotros, los latinos, ¿quién puede asumir el mando...?  ¿Italia, España, Portugal, Grecia...? Estamos hablando en serio: o somos Estados Fallidos, o estamos a un pelo de serlo... sólo nos queda nuestra hermana mayor: ¡¡Venga, Francia, un paso al frente...!!

Recuerdo siempre, en medio del Franquismo, lo que sentía cuando cruzaba la frontera y veía la Tricoleur, tan limpia, tan fresca en su Blanco, Rojo y Azul, qué bocanada de libertad entraba en mis pulmones, martirizados por el tabacazo y el olor a pies cuartelero, y el incienso  de curas mal lavados y mal afeitados, de la Dictadura... parece mentira que, tantos años después, siga sintiendo lo mismo... son de los nuestros, tenemos muchas cosas en común, pero son más organizados, bastante más fiables, bastante más serios -sin pasarse-, tienen su país limpio y ordenado... o ellos, o la Barbarie, y la Barbarie ya la conocemos.

Ya tuvimos una Europa bajo hegemonía francesa: y daría cualquier cosa por volver a ella; primero nos trajeron los Borbones que, objetivamente hablando, eran una gran mejoría después de los coñazos de los Austrias: después, la República, que era mucho mejor que los Borbones... la Ilustración, que, poco a poco, fue disolviendo las tinieblas ¡Hasta Napoleón, un Dictador que se bañaba cada día en agua de colonia y escribía el Código Civil! ...las modas cambiaron: se pasaron un poco en los lacitos y los encajes, pero cuánto mejor que las sayas negras oliendo a sobaco y partes poco oreadas... Y, luego, desde los vestidos Imperio -¡los primeros Palabra de Honor!- a Cocó Chanel... en Literatura, no digamos... ¡Y la cuisine...! ¡pasar de las Ollas Podridas a los volovanes y las croquetas...! ¡y l'Amour...! Nos disteis a Brigitte Bardot y a Catherine Deneuve, para gustos bien variados... ¡El sexo, que dejaba de ser pecado, para abrir un abanico de nuevas posibilidades, de nuevas experiencias, a cual más agradable...! ¿Habéis oído nunca a nadie pedir que le hagan "Un Alemán..."?

Ya sé que no sois perfectos -¿cómo no iba a saberlo, siendo vecinos...?: ya sé que tenéis vuestros problemas, ¿quién no...? Pero la cosa es urgente; poneos al frente, y todos los latinos os seguiremos, como esos tristes pelotas, cada uno de su padre y de su madre, que hacen de palmeros a los alemanes... Deseo vivir bajo la hegemonía de un País -de un gran país, no de uno del montón- donde, en el entierro de un Presidente, puedan encontrarse su viuda y su amante, sin tirarse del moño. Quiero que, si me tiene que mandar alguien -que está visto que sí-, me mande gente civilizada... Chers amis, chères amies, je vous en prie...!




lunes, 13 de julio de 2015

Noticias de una Katana...

Contaba ayer en Facebook que mi amigo Francisco Pizarro me ha enviado un regalo muy especial: una Katana. Me ha dado también una valiosa información sobre su origen... hoy paso a explicar algo más sobre ella.

Mi sorpresa fue grande cuando el empleado de Seur puso en mis manos el "paquete" procedente de Córdoba: su longitud, su peso, y el palpar, a través del papel, lo que sólo podía ser  la Tsuba de una Katana me convencieron de que tenía en mi mano un Nihon-to, "Sable japonés", posiblemente el nombre más correcto... valga decir que "Katana" ha pasado también al Portugués, y el el escudo y la bandera de Angola figura la "Katana", que es, en realidad, un machete...

Al deshacer el paquete apareció ante mí, efectivamente, una Katana que, por el estado de su Saya, o funda, recubierta de cuero marrón, denotaba una cierta antigüedad: la hoja no está afilada, y su Tsuba (la guarda que separa la hoja de la empuñadura, e impide a las manos deslizarse hacia el filo) y otros elementos decorativos son de latón y bronce, en muy buen estado. Tiene todos los elementos obligatorios, como los Menukis, que son pequeños amuletos de bronce, debajo de los cordones de seda que rodean la empuñadura, situados de tal manera que la mano del guerrero, sujetando la Katana para un mandoble, siempre estuviese en contacto con ellos, para poder ejercer su influencia positiva...

Hace ya años que me intereso por la cultura japonesa pero, desde que hace dos veranos viajé por primera vez a Japón -y digo "por primera vez", porque no he renunciado en lo absoluto a repetir la experiencia-, puede hablarse ya de "cuelgue" por todo lo japonés; y la katana, como símbolo de la historia medieval japonesa, tan poco conocida, y de la casta de señores guerreros que la protagonizaron, los Samurais, es uno de esos elementos culturales más definitorios. Y, además, son bonitas, auténticas obras de arte, si olvidas por un momento que una Katana bien templada y hábilmente manejada podía atravesar como mantequilla el casco de un guerrero, su cráneo. los huesos de su cara y su mandíbula superior, y quedar detenida entre los dientes de la mandíbula inferior. Con grave quebranto de su salud, por supuesto...

Paco Pizarro me informa de cómo llegó a sus manos dicho ejemplar... sin desvelar datos protegidos por la confidencialidad médica, baste decir que es regalo de una paciente agradecida, alemana e hija de un comandante de Ala de la Luftwaffe, que la había recibido, a su vez, como regalo en una visita al Japón, aliado de Alemania durante la Segunda Guerra Mundial: por motivos obvios -separados por potencias enemigas durante toda la Guerra- la visita tuvo que ser anterior al inicio de las hostilidades, con fecha límite en septiembre de 1939, lo cual da al instrumento en cuestión una antigüedad mínima de más de setenta años... ¡no está mal...!

El hecho de tratarse de un regalo protocolario explica que la hoja no esté afilada: no soy un experto en esos temas, pero parece ser de acero y, sin que seguramente haya seguido el procedimiento tradicional de forja -que sería un trabajo innecesario, dada su finalidad- parece sólida y nada parecida a las de aleación que vi vender en Japón a los turistas. Es muy similar a la hoja de un Kukri nepalí, que también figura en mi colección -éste si, afiladísimo- y que, tradicionalmente, están hechas de hojas de ballesta de camión; buen acero, endurecido por el uso...

Esta Katana tiene un elemento que no había visto yo en ninguna otra: adosado a la vaina, la Saya, tiene un pequeño cuchillo, de mango de bronce plano: seguiré buscando documentación, pero, visto su tamaño, no creo que se utilizase para uno de los ritos más comunmente asociados a la Katana: el Seppuku.

Lo que los occidentales llamamos "Harakiri" -que en Japonés es una expresión bastante grosera, que quiere decir, simplemente, "rajarse la barriga"- , el Seppuku, era la forma de suicidio tradicional de los Samurais, a la que recurrían cuando se consideraban deshonrados o, en otros casos, cuando su Señor se lo ordenaba... con un cuchillo más pequeño, el Tanto -hubiesen hecho falta los brazos de un orangután para poder usar la Katana-, el Samurai se abría el vientre, de abajo a arriba, y luego lateralmente, en forma de "T": era muy alabado quien tenía la suficiente presencia de ánimo para completar la "T", a pesar de que la cosa debía doler bastante: como tampoco se trataba de sufrir innecesariamente, un amigo situado al lado, con la Katana del oficiante del Seppuku, le cortaba la cabeza de un solo tajo, y daba por finalizado el ritual. Las mujeres podían también realizarlo, siempre que se atasen juntas las piernas, porque, si al morir las abrían, se consideraba un grave motivo de deshonor... siempre recuerdo un chiste al respecto: en la Academia Imperial de Guerra entra el profesor en clase: todos se levantan y lo saludan con una reverencia... "Hoy os enseñaré una de nuestras más queridas tradiciones: el Seppuku -dice-; prestad mucha atención, porque no lo repetiré..."

De todas maneras, si la situación lo requería, el ritual se simplificaba bastante; en la magnífica "Cartas desde Iwo-Jima", de Clint Eastwood, los últimos defensores de las posiciones japonesas en la isla recurren a un procedimiento mucho más expeditivo: activan una granada de mano, golpeándola en su casco y, luego, la abrazan contra su pecho...

La Katana, curiosamente, había quedado en desuso durante la Era Meiji, que significó la apertura del Japón a la cultura occidental; he paseado por el parque de Tokio donde los últimos Samurais -que me atrevería a comparar con nuestros Carlistas- libraron su batalla final contra las tropas del Emperador, entrenadas y armadas al estilo occidental: a partir de entonces se prohibió a los Samurais que llevasen katanas en público, e incluso las Fuerzas Armadas adoptaron modelos de sables que eran copia de otros occidentales... tuvo que llegar la reacción nacionalista y militarista, en la Era Showa, para que la Katana volviese a aparecer en el equipo de las Fuerzas Armadas Imperiales.

Pero los tiempos habían traído nuevas necesidades: los oficiales y suboficiales de Infantería y de Caballería podían usar katanas convencionales, pero... ¿Cómo podía un Samurai moderno entrar en un carro de combate, la carlinga de un avión, o las atestadas tripas de un submarino, arrastrando un trasto de más de un metro de largo...? ese problema ya se lo habían planteado los viejos Samurais que, junto a la Katana, llevaban siempre una reproducción a escala menor, el Wakizashi, que usaban cuando la pelea se producía en espacios cerrados: se crearon entonces Katanas reducidas, llamadas "de sentido común", que podían transportarse en los modernos medios de combate sin desdoro de la condición de Samurai de su propietario.

Hace unos años, tuve en mis manos una de esas Katanas reducidas, que intentaba venderme un chamarilero en una feria en Cangas de Onís: la verdad es que estaba en muy mal estado, oxidada, había perdido casi por completo sus Tsuka-ito -los cordones de seda que recubren la empuñadura-... me venció la tacañería, enemigo de todo buen coleccionista, y el hecho de que tenía que volver en avión a Barcelona, y me vería forzado a facturarla, si no quería dar demasiadas explicaciones a los de Seguridad del aeropuerto. Y, ¿por qué no decirlo?, la duda sobre si se trataría de una falsificación, que trataba de colarme el chamarilero, afirmando que, por lo menos, "me serviría para cortar el jamón". inicié el procedimiento de decirle que no, dar una vuelta, y dejarme caer luego con una oferta a la baja pero... cuando volví, había cerrado el chiringuito y se había esfumado... aún ahora me pregunto por qué oscuros caminos habría llegado una Katana "de sentido común" a una feria de Cangas de Onís, pero me quedé sin la oportunidad de comprobar si se trataba de una pieza original.

Me dijo Paco que pocas personas apreciarían como yo el regalo que me hacía: ¡Cómo me conoce...! Mi nueva Katana campea ya en un lugar de honor de mi sala, junto al Sable de Caballería Prusiana de la Guerra de 1870 que compré hace muchos años, y otras joyas de mi colección de armas blancas, que deben encongerle el ombligo a más de un visitante que ignore lo tranquilo y cobardón que llego a ser... ya os iré contando cosas de algunas de ellas, desde las más inocentes hasta las que incluso a mí me provocan un escalofrío, pensando en los hechos en que pudieron estar involucradas... ¡hay tema para rato! ¡Sayonara!








jueves, 9 de julio de 2015

Arezzo, Capolona y Anghiari...

Última etapa, antes de Florencia: Arezzo y su hermoso entorno, y algunas sorpresas más...

Dejamos con pena Il Casolare y San Gimignano, y deshacemos lo andado el día anterior, porque el camino más corto hasta Arezzo pasa de nuevo por Monteriggione y Siena: pero esta vez tomamos la Autoestrada, rodeamos Siena y, en poco más de una hora, estamos en las tierras de Arezzo.



El paisaje ha cambiado de nuevo: hemos cruzado tierras de vides y cereal, y ahora nos dirigimos hacia unas verdes montañas, pobladas de bosques densos... esquivamos la ciudad, y vamos a buscar Capolona, un pueblo próximo, donde nos espera Villa Nussa, nuestra última residencia rural  antes de Florencia.

Debo estar cogiendo experiencia, porque esta vez no me pierdo; paro solo una vez, en una gasolinera, para confirmar que estoy en el buen camino, y pronto llegamos a nuestra nueva casa que, de hecho, es la última del pueblo; una hermosa villa, separada del Arno -que hemos vuelto a encontrar, desde Lucca- por un Museo dell'Aqua que, según nos explicarán luego, es una antigua central eléctrica construida por un socio de Volta, sí, ese mismo, el inventor de los voltios...

Nos acoge un simpático matrimonio, propietarios de la villa y del edificio anejo, que tendremos en exclusiva para nosotros, un apartamento con dos -o tres, al piso de arriba ya no subo- habitaciones decoradas con cierto aire de palacete rural: la propietaria habla bastante Castellano; tiene una amiga barcelonesa -que, casualmente, le llama mientras está hablando con nosotros- y viene bastante por aquí. Convive con ellos un anciano caballero, tío del marido, con más de 90 años, que ha vivido siempre en Florida; un "Mericano", vamos... Pese a su buen estado físico, es parco en palabras -pobre hombre, debe haberlo dicho ya todo- y viste con esos tonos pastel típicos de los "senior" americanos.



Dejamos el equipaje, y nos dirigimos a Arezzo: nuestra anfitriona nos ha recomendado un parking desde donde, por un complicado, pero cómodo, sistema de escaleras mecánicas, se sube hasta el Duomo, la cumbre de la acrópolis de Arezzo, que está construida en un pronunciado plano inclinado. Una vez más, nos encontramos en una ciudad toscana de montaña, y el parecido con Volterra es importante; nada de mármoles ni de fachadas estucadas; aquí hay piedra -piedra color siena, eso sí- por todas partes... nuestros pasos nos llevan a la Piazza Grande, muy hermosa, aunque ocupada por unas estructuras de mecanotubo para una recreación histórica que se celebrará el próximo fin de semana -y que, por los carteles que la anuncian, debe ser la bomba...- y, a su lado, una bellísima iglesia románica, Santa Maria della Pieve, que es como las que ya hemos visto en Pisa o Lucca, pero en piedra... nos resulta, por eso, más familiar.





Estamos en tierra de poetas; aquí nació El Aretino; con ese nombre, "se veía de venir"...; decían mis libros de Literatura: "El Aretino: poeta licencioso" Y en pleno Bachillerato, os lo aseguro, bastaba con eso para ponernos cachondos... tuvo que salir de aquí por piernas, recaló en Roma -donde colgaba sus poemas guarros en el Pasquino, aquella estatua mutilada a la que se atribuían todos los escritos inconvenientes-, también tuvo que huir de allí, y acabó en Venecia, que tenía tanta fama de licenciosa como él. Aunque, al parecer, también escribió obras moralizantes -supongo que para disimular-, un tipo con el que no me hubiese importado entrar en una de las muchas tabernas -como la que nos acoge para nuestra colazione de mezzogiorno- y tomarme unos vinos de la tierra, que no están nada mal.




También nació aquí el casto Petrarca, el poeta del Amor sublime, hay que ver, qué variedad... aunque también vivió poco aquí: pasó la mayor parte de su vida en Avignon, con estancias en Vaucluse, cerca de la mayor surgencia de Europa -sobrarbenses, con perdón de Chorro Fornos-, a donde me acerqué con devoción geológico-literaria... para encontrármela inactiva: la sequía impedía que las aguas que verdeaban en su fondo llegasen, como debían, a desbordar de la tenebrosa sima.... Pero fue en Avignon, no aquí, donde conoció -es un decir, más hubiese querido él- a su amor eterno, Laura de Noves, que, en la vida real, se casó con un antepasado del Marqués de Sade, jódo... También Petrarca se casó con otra y tuvo hijos... un "Plan B", por lo visto. Pero Madonna Laura conserva una calle en la ciudad natal de su platónico -con ella- adorador.

Después de comer, entramos en la Iglesia de San Francisco, el objetivo número uno de nuestra visita a Arezzo, donde se conservan los maravillosos frescos de Piero de la Francesca.

Impresiona estar frente a una obra señalada como clave en los inicios del Renacimiento: hay ya en Piero de la Francesca un empleo del color, de la expresión, del juego de los cuerpos, que lo distancia de la pintura medieval y nos trae los aires de lo nuevo que se está cociendo ya en ese rincón de Italia... aunque el tema que desarrolla, "La Legenda de la Vera Crocce" no deje de tener, para mí, lecturas varias... el triunfo de Constantino -en particular, la Batalla del Puente Milvio, allí profusamente ilustrada- me parece uno de esos momentos en que la Historia, ante una encrucijada, tiró por el camino equivocado... con Constantino muere el Cristianismo primitivo, libertador, revolucionario, el de los pobres y los soldados, las mujeres y los niños, y nace la Religión de Estado, la del "Cuios regios, religio", del Privilegio de Presentación, Franco bajo palio, el Santísimo Sacramento recibiendo honores de Capitán General, la cruz en la Declaración de Hacienda, y los curas escriturando a su nombre los bienes que les vienen en gana... Todas las veces que ese Cristianismo ha intentado rebrotar, alguien ha acabado en la hoguera, y de un pelo le fue al pobre Ernesto Cardenal, cuando aquel Papa Polaco -o Polaco Papa, que uno nuca sabía- se permitió el lujazo de echarle una bronca en público, teniéndolo de rodillas delante suyo... me alegro de que el infame Ponte Molle sirva ahora de soporte a la cursilada de los candados en la barandilla... no lo puedo evitar; mi héroe es su sobrino, Juliano el Apóstata... Y en cuanto a Santa Elena, la famosa coleccionista de reliquias, qué se puede decir... hectómetros cúbicos de madera transformados en reliquias de la Vera Crocce, que poco más debía ser que un poste de teléfonos...




Internacionalización del Conflicto: ¿Participó Fú Man Chú en la batalla de Ponte Milvio?


Aún sobrecogidos por tanta belleza, salimos de Arezzo: nuestra anfitriona nos ha recomendado Anghiari, otro de los "must"que Blanca había identificado, "Uno de los pueblos más bonitos de Italia, el de la famosa batalla..."

¡Y tan famosa...! No creo que ninguna otra haya pasado a la Historia por dos motivos semejantes; La menos mortal, y la inmortalizada por una pintura que no existe... veamos...

Fue una de la innumerables batallas que enfrentaron a los florentinos con sus belicosos vecinos, poco dispuestos a aceptar su hegemonía,  Maquiavelo, con toda su mala baba, se cachondeaba de ella diciendo que, en ocho horas de combate, sólo hubo un muerto, y no fue por herida de arma, sino por caída de caballo. Sinceramente, no le veo la gracia: nunca me han dado un mandoble con una espada, pero sí me he caído de un caballo y, creedme, duele un huevo... de todas maneras, a los florentinos les hacía ilusión recordarla -la ganaron, a coste cero-, y encargaron a Leonardo da Vinci que decorase el salón principal del Palazzo della Signoria con una pintura mural sobre el tema. Curiosamente, firmó el contrato -no puedo extenderme sobre si se respetaron las normas sobre Contratación Pública que estuviesen vigentes en el momento- el propio Maquiavelo. Leonardo lo desarrolló con su maestría arrolladora pero... problemas técnicos hicieron que la pintura se deteriorase rápidamente, hasta el punto que, en una posterior restauración del Palacio, Vasari, con todo lo que admiraba al Maestro, enterró la pintura bajo una propia...hay todo un debate sobre la conveniencia de utilizar la tecnología actual para recuperar la pintura original, de la que solo han quedado copias aunque, eso sí, de gente tan solvente como Rubens...

Hacia allí nos encaminamos, por una hermosa, pero endiablada, carretera de montaña, entre robles, castaños y algunos pinos... tierra de ceps, de Funghi Porchini, a los que tan aficionados son los toscanos -y un servidor, por otra parte-, el hongo que, junto a la trufa, il tartuffo, tiene una presencia constante en la cocina de estas tierras, y de los que, en estos días, estoy haciendo un consumo inmoderado... aunque me parece ver algún cartel que prohibe su recolección, porca misseria... pronto coronamos un puerto de montaña, y cambiamos de vertiente.

Porque, pese a estar a muy pocos kilómetros del Arno, ahora estamos en el valle del Tevere, el Tíber, el río de Roma... son, por lo tanto, los confines de la Toscana y, cuando lleguemos a Anghiari, contemplaremos un espectáculo sorprendente: el pueblo,  en un altozano, tiene un barrio, digamos moderno, construido sobre una carretera que, en una recta interminable -a ojo, diez o quince kilómetros, sin exagerar- desciende vertiginosamente hacia las tierras del Tevere, los verdes campos de la Umbría, no muy lejos del Gran Sasso, la cima de los Apeninos donde encerraron a Mussolini tras ser depuesto, y de donde lo sacaron, sin gran esfuerzo -no es tierra de batallas sangrientas, ni falta que le hace- los paracaidistas nazis de Skorzeni... Nos quedamos ratos y ratos mirando esa increíble pista de saltos de esquí, como la de los programas de Año Nuevo de TV1... "¡Buen sitio para quedarte sin frenos!", pienso... Luego me entero de que el pueblo grande que se ve al frente, ahí abajo, es el último de la Toscana,  Sansepolcro... bien elegido el nombre; se nota que alguien bajó ligeramente descontrolado...



En la Plaza de Anghiari, donde un alto muro salva el desnivel, nos recibe, en lo alto de su pedestal Giuseppe Garibaldi: el General de Dos Mundos lleva puesto su amado poncho argentino, que nunca abandonó -salvo en verano, supongo- cuando volvió de su aventura libertaria por aquellas tierras, anticipando el camino que tantos y tantos italianos han recorrido... "O Roma, o morte!" se lee en el monumento... desde Anghiari, en monopatín, hubiese llegado a cualquiera de las dos opciones en un plis plás... Personaje heroico y trágico, uno de esos soñadores que transforman el Mundo, pero no exactamente en la dirección que ellos querían... engañado, o rindiéndose a la realidad, tuvo que aceptar una Monarquía plenamente burguesa para su soñada Italia... saludo su heroísmo, y el de sus Camisas Rojas, y le dedico una lampedusiana reflexión sobre la conveniencia de que todo cambie para que todo siga igual...





El pueblo, en sí, merece su fama: es un pueblo de montaña -quiero decir que me siento como en casa- de esos que garantizan unos glúteos firmes y elásticos a quienes no tengan más remedio que subir y bajar por sus calles...y no está demasiado maquillado para el Turismo... en una de las pocas tiendas del lugar, me compro la navaja de Pedro Picapiedra, con una hoja sin desbastar, forjada a la usanza etrusca, y unas cachas de manzano silvestre tal cual sale del árbol, de la afamada marca (marchio depositato) "Il Coltello di Piero," fatti a mano... entramos en el Museo de la Batalla, con la vana esperanza de encontrar datos sobre el caballo homicida, y paseamos un agradable rato, arriba y abajo, hasta que el hambre nos devuelve a Capolona y el valle del Arno.





Una vez más, aprovecho unos momentos de descanso para darme un baño en las heladas aguas -calidad Gorga 11 de la mañana- de la piscina de Villa Nussa, situada en un auténtico bosque, donde no falta -¡Ay, mi Japón!- el bambú asilvestrado... nuestros anfitriones, impresionados por mi prueba de heroísmo, nos ofrecen un queso muy bueno y el vino de su producción, también excelente, y se ofrecen a reservarnos mesa en La Taberna dei Briganti, el restaurante más recomendado de la localidad.



En el corto paseo hacia el Ristorante -que, de hecho, está al otro lado del Arno y, administrativamente, en el pueblo vecino-, el cartel del término municipal de Capolona nos ofrece una nueva sorpresa: ¡Está hermanado con Sant Cebrià de Vallalta!: es un pueblo situado entre el Montseny y el Mediterráneo, por donde pasamos docenas de veces...





La Taberna nos reserva también sorpresas: el simpático dueño nos recibe en Castellano, declarándose fervoroso admirador de los Sanfermines, en los que se dispone una vez más a participar... y además, se da un aire -vamos, que podría ser su hermano- a mi amigo Patxi Giraldo... Después de aclararnos que los Briganti eran Banditti, má banditti buoni, nos presenta una carta muy apetitosa, de especialidades locales, con la que cenamos muy a gusto, nos despedimos de nuestro nuevo amigo con un chupito de limoncello, y cerramos nuestra estancia en Capolona, en la Provincia de Arezzo y en la Toscana rural: mañana.... ¡¡Florencia!!