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jueves, 22 de septiembre de 2016

Japón: desayunos y bentos

No sé por qué me han venido a la memoria los desayunos y los bentos japoneses... ¿estaré pasando hambre...?


Bento en el Shinkasen, con una cervecita... ¡hummm!


Uno de los atractivos mayores del viaje al Japón fue disfrutar de su variada gastronomía: hay que reconocer que probamos pocas cosas que no conociésemos porque, enamorado desde hace ya muchos años de su cocina, había procurado irlo probando todo; aún así, comimos por primera vez sukiyaki y okonomiyaki y, por supuesto, múltiples variantes de platos ya conocidos, con el valor añadido de comerlos en su contexto: pero sí pudimos disfrutar de cosas poco frecuentes fuera de su país, como los desayunos japoneses y los bento.

Planeamos nuestro viaje como una pequeña inmersión cultural, dentro de los límites temporales y, sobre todo, lingüísticos; no sabiendo más que unas muy pocas palabras en Japonés, es absurdo pretender entrar en contacto con una cultura tan rica y tan diferente, pero, en la medida de lo posible, intentamos acercarnos a ella.

Por ejemplo, salvo una noche, reservamos todas nuestras estancias en Ryokanes, hoteles tradicionales japoneses: otro día os hablaré de ellos pero, en cualquier caso, ya implicaba un mayor grado de contacto con su cultura; así, la primera mañana, al entrar en el espacio reservado a los desayunos, se nos planteó la primera disyuntiva: ¿Desayuno occidental, o japonés...? "¡Japonés! dijimos Blanca y yo a coro... y así lo hicimos cada día.

Hay que añadir que, en los ryokanes, dispones de un yukata para usarlo dentro de las zonas comunes e, incluso, para salir a pasear por los alrededores: el yukata es un kimono muy ligero, de algodón, que se ata con un cinturón más o menos sencillo; no tiene bolsillos, pero sus amplias mangas permiten guardar alguna cosa en una especie de bolsas que forman: desde el primer día, adquirimos la costumbre de bajar a desayunar en yukata, más inmersión... por supuesto, nos compramos sendos yukatas, y aún lo uso en Barcelona en ciertas ocasiones, incluso, una noche, me atreví a ponérmelo para ir a cenar a un restaurante japonés cercano a nuestra casa: creo que nadie se volvió a mirarme, es realmente difícil hacer en Barcelona algo que llame la atención a la gente.

Correctamente ataviados para camuflarnos entre la población local -increíble el número de personas que veíamos ataviados con ropas tradicionales, en Kioto y Miyajima, especialmente- nos sentamos en la mesa, y pusieron ante nosotros nuestro primer desayuno japonés.

Desayunando correctamente ataviado...


La bebida, por supuesto, era té: un té verde muy ligero, nada que ver con el riquísimo macha que probaríamos en otros lugares: venía en cantidades ilimitadas, si te acababas la tetera, te la sustituían rápidamente por otra; además, también había agua, como en todas las mesas japonesas; jarras de agua fría, muchas veces con cubitos, y siempre gratis.

El desayuno lo componían, con escasas variaciones, un bol de arroz blanco, -gohan-, un pequeño bol de encurtidos bastante picantes -hojas de col, pepinillos, berenjena...- y un plato más fuerte; pescado a la plancha o frito -salmón, arenque, caballa-. y tortilla japonesa, muy parecida a la que se consigue cuajando huevos en un microondas. Sobre el arroz blanco se colocaban láminas secas de alga nori, de un fuerte sabor a mar y a ahumado, que se desmenuzaban y se comían mezcladas con el arroz.

Por último, remataba el desayuno un nuevo bol, en este caso de sopa de miso blanco, miso-shiru; muy parecida a la que puede encontrarse aquí en todos los restaurantes japoneses, rica y nutritiva, con algas y tofu: había que revolverla con los palillos para disolver bien el miso, que formaba entonces una nube lechosa en su interior.

Los bento fueron otro descubrimiento; había oído hablar de las cajas de comida para llevar que las amas de casa japonesa preparan para esposos trabajadores e hijos estudiantes, decoradas siempre con un sentido del gusto un pelín Hello Kitty, pero no por ello menos conmovedor; no tuvimos nadie que nos preparase esas maravillas, pero podías comprar bentos más o menos industriales casi en cualquier lugar; por ejemplo, en las estaciones de tren; era casi obligado, en los rápidos trayectos en Tren-Bala, los Shinkasen -no muy diferentes de nuestros AVE- tener ante tí un bento; si no lo habías comprado en la estación, unas amables señoras empujaban por los pasillos enormes carritos de bentos de todos los tipos, que podías comprar allí mismo; casi todo el mundo aprovechaba los viajes para comer, fuese la hora que fuese; incluso en uno de los recorridos, a media mañana, un alegre grupito de señores de mi edad, pasablemente cocidos, invitaban a todos los pasajeros a beber de unas botellas de aguardiente y a mascar algo así como una chistorra de pescado seco y ahumado, que olía a rayos; decliné graciosamente el ofrecimiento.

Un o-bento en condiciones...


En los bento sí había una amplia variedad, y se podían acompañar de té verde, cerveza -la "biro", realmente buena- o cualquier tipo de refresco, incluyendo las omnipresentes aguas aromatizadas y savorizadas que hace tres años aún no se conocían aquí: nunca faltaba en ellos el arroz, que se complementaba, una vez más, con algas y encurtidos, y un plato principal, ese sí muy variado: podían ser fideos con cualquier complemento, estofados de carne, carnes empanadas -los katsudones-, pescado... y, obviamente, sushi en todas sus variantes; makis, nagiris...

En cualquier caso, la presentación del bento -al que puede llamarse o-bento, siendo la "o", que traducimos a veces por "honorable", un tratamiento deferente- era siempre impecable; una delicia de colores, decorados, a veces, con vegetales recortados... por ejemplo, era muy común que el arroz se presentase en una bandeja rectangular, situando, en el centro, una ciruela roja agria; ¡Exacto, la bandera del Japón!, como en nuestras casas, de pequeños, adornaban la ensaladilla "nacional" -a la que no se podía llamar "rusa"- con tiras de pimiento morrón, formando sobre la mayonesa la bandera española.

Observen el arroz patriótico...

Esta última foto -en la que luzco un sombrerito absolutamente japo- tiene su historia, porque estábamos haciendo un picnic -o como se llame en Japonés- en los mismísimos jardines del Palacio Imperial, rodeados de ejecutivos haciendo exactamente lo mismo que nosotros, embutidos en sus trajes oscuros -aunque hacía un calor húmedo plenamente tropical- o sus trajes chaqueta ellas... a mí todavía me duraba la emoción, no por estar en los Jardines Imperiales -con todos los respetos hacia el Tenno, me impresiona tanto como su colega de aquí- sino porque acababa de pasar por delante del Budokan, el gigantesco local de espectáculos donde, en su día, actuó y grabó un LP en directo Bob Dylan, cuando aún no le había entrado la vena trascendente; y eso, amigos, son palabras mayores...


Budokan, Bob Dylan forever...!


lunes, 12 de septiembre de 2016

Sukiyaki...

El placer de comer cosas distintas, en ambientes diferentes, es, para mí, una componente esencial del placer de viajar... luego olvidas muchas cosas, pero sabores y olores siempre se recuerdan, y tienen un enorme poder de evocación...




En el japo que hay al lado de mi casa me han dado una sorpresa muy agradable; han incorporado a su carta un plato, el sukiyaki: eso les ha obligado también a tener una nueva mesa, con fogones incorporados. Ya hemos ido a probarlo, y el efecto ha sido inmediato: un salto atrás de tres años, y un salto al este de 10.000  kilómetros; hasta Kioto, nada menos...

Comimos el sukiyaki en un restaurante de Ponto-cho. se trata de un callejón paralelo al río Kamagawa -al río Kama, "Gawa" quiere decir río-: durante nuestra estancia en Kioto, el río bajaba manso y con poco caudal; justo cuando nos íbamos, llegaba un tifón, y vimos en la tele, atónitos, como sacaban gente en barcas de las casas junto al río, donde pacíficamente habíamos cenado.



Ponto-cho es un callejón lleno de vida y animación, desde primera hora de la mañana, pero al caer la noche es que ya no cabe un alfiler; está lleno de locales dedicados a varios placeres: por ejemplo, no hay geishas, como en el vecino Gion, el barrio al otro lado del río; aquí hay, directamente, bares de camareras. En el mejor de los casos; vimos uno que llevaba el equívoco nombre de "Señora Banana"... tiemblo al pensar en lo que evoca unir las palabras "señora" y "Banana", como para entrar... un cartel, en la puerta, indicaba los precios en función del tiempo; curiosamente, habían eliminado el correspondiente a la visita más rapidita: 30 minutos... supongo que, en tan poco tiempo, no te habrías podido recuperar de la impresión de la sorpresa... los japoneses, tan recatados, pueden ser muy explícitos cuando quieren.



Por si no había bastante riesgo en "Mrs Banana", justo al lado acechaba un enemigo peor: el famoso "Pez Globo", el Fu-gu... sus vísceras contienen una peligrosísima toxina, responsable de envenenamientos, con frecuencia mortales, si el cocinero no ha sido extremadamente diestro a la hora de eviscerarlo... Según dicen, cada año hay víctimas mortales: nosotros nos reímos -¡qué brutos, los japos, comerse una cosa que te puede matar!-, pero nos pasa exactamente lo mismo con las setas, cada año se va alguien al otro barrio por tragarse lo primero que pillan en el bosque... Dicen, eso sí, que el Fu-gu es delicioso, una experiencia extraordinaria, si puedes contarla, claro... los precios de una ración equivalían a un buen ratito con la Señora Banana. Ni se nos ocurrió, claro.



El sukiyaki es algo mucho más tranquilo, no se le conocen efectos secundarios: en una ollita, fundes algo graso y, allí, empiezas a cocinar finas lonchitas de Wagyu, la famosa ternera de Kobe. Es una raza exclusiva del Japón, aunque ahora se esté empezando a criar en otras partes; dicen que la alimentan con cerveza, le dan masajes, y así consiguen esa maravillosa calidad, con la grasa distribuida dentro de la masa muscular en forma de finas hebras, algo así como nuestro cerdo "pata negra"... su sabor es suave y delicado pero, al mismo tiempo, perfectamente reconocible, sabe a vaca, vamos... hay calidades y calidades, las normalitas son bastante caras, y las fuera de serie salen a precio de yate... supongo que nos pusieron algo bastante básico, pero el sabor era extraordinario.

A la carne se le van añadiendo verduritas cortadas en finas tiras -nabo, puerro, col-, setas shiitake y tofu, y una salsa a base de soja, mirin -vinagre de arroz- y azúcar: todo ello se cuece con el jugo de la carne, y, antes de comerse, pueden mojarse en huevo crudo batido... se añaden también udon, ese grueso fideo japonés, de trigo, que es mi favorito, que se rehoga también en la salsa, para así absorber el caldo que ha quedado; todo se aprovecha... curiosamente, el Budismo, tan extendido en Japón, había prohibido tradicionalmente comer carne, en especial la de vacuno, necesario para las tareas agrícolas; la costumbre de comerla fue una de las modernizaciones introducidas en la Era Meiji, la de la apertura del Japón al comercio con los países occidentales.

El sukiyaki es un plato contundente y de días fríos; lo hemos comido a muchos grados en Kioto, y a muchos en Barcelona, y aún, después, se fue nuestro hijo Víctor a jugar al Paddel... a mí, la verdad, me provocó una hermosa siesta... en Kioto nos tocaba volver a casa; al salir del restaurante, ya de noche cerrada, Ponto-cho tenía un cierto aire peligrosillo y macarra, todo lo peligrosilla que puede ser una calle en Japón, donde los jefes de la Yakuza, la mafia local, realizan frecuentes reuniones de coordinación con los mandos de la Policía... sin preocuparnos demasiado, nos dirigimos a nuestro hotel, por calles estrechas y poco iluminadas, disfrutando de la quietud nocturna de Kioto...







viernes, 16 de octubre de 2015

Lugares donde buscarme si me pierdo: Miyajima

Con este mismo título escribí una pequeña entrada en Facebook: hoy, ante la feliz perspectiva de una cena kaiseky esta noche, la amplío y os la hago llegar...






No hemos ido a Hiroshima solo por la necesidad moral de visitar uno de los lugares donde más claramente se palpa la derrota ética de nuestra especie: allí enfrente, a pocos minutos en "ferry", la isla de Miyajima, paradójicamente, es un referente de paz, un remanso donde el tiempo parece haberse detenido, donde aún quedan esperanzas de una vida sencilla, en comunión con la Naturaleza y, al mismo tiempo, en contacto con ese anhelo indefinible de lo Sagrado, anhelo que muchos intuimos iluso, fruto de la rebeldía ante nuestra finitud, que tanto nos cuesta asumir.

Para recordarme aún más esas limitaciones, amanezco en Hiroshima bastante cojo, con un dolor en un tobillo que no sé a qué atribuir: ¿la radiación residual...?... entro en una farmacia y entablo una entretenida conversación medio en Inglés, medio en el lenguaje universal de signos, con un simpático boticario... salgo de allí con una venda elástica, que poco alivio me aporta; en la isla, más pragmático, compraré un bastón y, cuando vuelva de Miyajima, otra vez en la misma farmacia, una spray que ya había visto el día anterior... pero no mejoraré espectacularmente hasta que, aquella tarde, ya en Tokio, consiga elevar el tobillo hasta la boca de la olla de bronce donde arde incienso, en el templo de Kaminarimón, la Diosa de la Compasión, y consiga exponerlo, en pose digna de un jotero o, mejor, de un karateka, al humo sagrado que alivia los dolores: en efecto, vivimos instalados en la Contradicción... ¿qué passa...?

Miyajima es, de alguna manera, una reisla; porque es una isla en la costa de una isla -Honsu-, y en un mar que es el Mar Interior, aunque conectado con el Océano Pacífico: cada pocos minutos zarpan hacia ella los ferrys de Japan Railways, para los cuales vale el Japan Rail Pass, que hemos comprado en Barcelona y que, por algo más del precio de un Barcelona-Madrid ida y vuelta en el AVE, nos ofrece barra libre durante una semana en todos los trenes-bala japoneses, los Shinkasen -salvo en un modelo concreto, no sé por qué- y en la línea de circunvalación interna de Tokio, la utilísima Yamanote: justamente cuando estoy en la borda del ferry, observando la maniobra de zarpar, estoy a punto de perder mi Pass, que cae al suelo, a los pies de otro turista español, que me lo devuelve... ¡eternamente agradecido, majo...!


O Tori

Ya a media breve travesía, empezamos a distinguir el Tori de Miyajima, uno de los iconos turísticos del Japón: los Tori son las puertas de los santuarios sintoistas, pintadas de bermellón: ya en Kioto y Nara hemos podido admirar un buen número de ellas, pero la de Miyajima es singular, tanto por sus dimensiones -es enorme-, como por el hecho de alzarse en un estrecho golfo que la marea alta inunda, apareciendo entonces como surgida directamente de las aguas, el "Torio flotante" "O Tori", siendo "O" no el artículo determinado masculino singular, como en Aragonés, sino el indicativo de que algo es grande, noble y honorable... llegamos justamente con marea alta, tenemos el tiempo justo de encontrar nuestro Ryokan -el hotel tradicional japonés-, muy cerca del muelle, donde anuncian nuestro nombre en una pizarra, dejamos el equipaje en una hermosa habitación japonesa, y salimos pitando hacia el Templo de la Diosa del Mar, frente al cual se alza el Tori.

El día iba de hispanos... ¿Un Brown y un Moreno, no sería el mismo...?


Cruzamos el pueblo de Miyajima entre una pequeña riada de turistas; todas las casas son típicas Machiyas, de fachada dominada por una celosía vertical de madera oscura, aunque muchas están transformadas en tiendas de artículos para los turistas o restaurantes: Miyajima es un destino tradicional del turismo japonés, medio cultural, medio religioso, un turismo discreto, poco -o nada- ruidoso, cuidadoso en sus formas -nada de bañadores, nada de tops de tirantitos...-... un turismo perfectamente soportable: las señoras se cubren todo lo imaginable para evitar el sol: sombreros o gorras con enormes viseras, cogoteras, manguitos que cubren todo el brazo, dejando libre solo la punta de los dedos.. leggins en las piernas, rematados por calcetinitos con puntillas... todo eso en un día de calor y sol brillante, y al lado mismo de las playas, donde no veo a nadie bañándose.

Las "Machiyas"


Entramos en el Santuario -donde vemos, asombrados, la reproducción de una cuadra, tamaño natural, con un hermoso caballo de terracotta- y nos dirigimos hacia el muelle desde donde se divisa el Tori: el espectáculo es bellísimo... a su alrededor, todos los japoneses abandonan su recogimiento y se ponen, como posesos, a hacerse fotos con todo tipo de cámaras y móviles; unos piden a otros que se las hagan -aún no han hecho su aparición los palos para selfies- y todos, al ser fotografiados, sonríen de oreja a oreja y levantan los dedos abiertos en "V"... nos dejamos llevar por el entusiasmo colectivo, y acabamos haciéndonos las típicas fotos chorras.





Comemos en un encantador restaurante -no sé cómo decir "chiringuito" en Japonés- sobre la misma arena de la playa, y paseamos después por las calles de la pequeña población: a nuestro alrededor, sin prestarnos demasiada atención, pasan constantemente los ciervos, que encuentras por todos lados. Son como los que ya vimos en Nara, más pequeños que los nuestros, pero algunos machos muestran ya una cuerna bastante desarrollada: al contrario que en Nara, donde venden galletas especiales para darles de comer, aquí hay abundantes carteles que desaconsejan alimentarlos y, en general, tomarse demasiadas confianzas con ellos, recordando que son animales salvajes y de reacciones impredecibles... de todas maneras, se portan bien, y tan solo tenemos que advertir a una señora, que está sentada en un banco mirando el mar, de que un ciervo se le está comiendo una bolsa de papel donde lleva sus compras. Llegamos tarde, cuando ya han cerrado el teleférico que lleva a la cumbre más alta de la isla, y nos ahorramos conocer a los monos que allí viven, que gozan de una acrisolada fama de tener muy mala leche, por lo que nuestras relaciones con la fauna miyajimesa no llegan a alcanzar la menor conflictividad.



Al pasar junto a una de las tiendas, un aroma delicioso nos conduce hacia una ingeniosa máquina que fabrica galletitas en forma de hoja de arce, rellenas de una especie de crema... compramos una para cada uno -son bastante grandes., nos las entregan muy ceremoniosamente y, cuando nos hemos alejado unos pasos de la tienda, nos las empezamos a comer... observo con el rabillo del ojo que la que parece ser la dueña de la pastelería, alarmadísima, le da un codazo a una dependienta, que sale corriendo hacia nosotros, con dos tazas de té en equilibrio sobre una bandeja... queda claro que no pueden permitir que nos comamos sus galletas a palo seco... nos deshacemos en reverencias, arrigatos y oishis -que quiere decir "Está muy bueno"-...¡son la pera, estos japos, qué atentos...!

Haciendo tonterías, en la habitación del Ryokan


Poco a poco, la isla se va vaciando de turistas; nos vamos quedando los pocos que pernoctaremos allí y, al mismo tiempo, la marea va bajando... cuando nos damos cuenta, el Tori está ya sobre tierra más o menos firme, un lecho de arena surcado por múltiples canalillos que devuelven el agua al mar, junto a los cuales intentan pescar las garcillas: nos acercamos, admirados, porque si bello es verlo emerger de las aguas, no lo es menos verlo reflejarse en los charcos dejados por la marea... su enorme base parece recubierta de moluscos incrustados; al acercarnos, vemos que son monedas hundidas en la madera reblandecida... no podemos resistir a la tentación de acercarnos y palmotear su base y, por supuesto, clavar también nuestra moneda. Volvemos hacia al pueblo, admiramos una hermosa pagoda, y callejeamos a gusto entre las tiendas ahora cerradas; solo nos cruzamos con algunos lugareños, vestidos a la manera tradicional con sus yukatas de algodón, y calzados con getas... nos dejamos llevar por la sensación de paz y sosiego...



Modelito adecuado para pasear por marismas...





Pero no solo de paz vive el hombre; empezamos a tener hambre y, por suerte, localizamos uno de los pocos restaurantes que quedan abiertos por la noche. Cenamos regiamente; ostras de las innumerables bateas que rodean la isla, un sashimi de pescado fresco espectacular y, no sin cierta prevención, una media cabeza de pescado hecha sobre las brasas, cuya carne vamos separando cuidadosamente con los palillos, sin que ni Blanca ni yo hagamos caso de la recomendación del camarero y nos comamos también el ojo que nos mira, blanco, acusador...


La cena: en el bol azul, ¿veis el ojito...?

Volvemos hacia el Tori; la marea ha subido, y ahora está tenuemente iluminado; ha salido la luna, un creciente pálido y muy brillante, y el mar está sereno, ni una ola lo riza... no sé cuanto rato permanecemos allí, sin hablar, empapándonos de la belleza y la serenidad que nos rodea...son momentos en los que piensas que hay un antes y un después en tu vida, que algo de aquel entonces vas a conservarlo siempre, que estás a miles de kilómetros de tu casa, pero ha valido la pena... con auténtico dolor, nos levantamos -yo, además, cojeando- y nos dirigimos hacia nuestro hotel... mañana nos esperan emociones fuertes: Tokio...









martes, 18 de agosto de 2015

"¡Demonios amarillos y patizambos...!"

En pocos días he hablado dos veces del revanchismo nipón... seguramente no he sido justo, me gustaría precisar más...

Todos somos hijos de nuestro tiempo; nacido en 1949, cuando aún casi humeaban las ruinas de la Segunda Guerra Mundial, sin duda he recibido unas influencias que muchos, más jóvenes, desconocéis, y no cabe duda de que han influido en mis opiniones, aunque después, en muchos casos, he tenido la oportunidad de reconsiderarlas, al contrastarlas con la realidad. O no...

Desde que me conozco, he sido lector de todo lo que se me ponía a tiro; ahora discrimino más pero, de crío y de jovencito, me lo tragaba literalmente todo: de bien pequeño, caían en mis manos obras muy variadas, de las que iba sacando mis propias conclusiones: y en mis primeros contactos con lo que había sido la reciente guerra mundial, influyeron mis lecturas de una colección de tebeos -hoy llamados "cómics" llamada "Hazañas Bélicas".

Curiosamente, no las compraban en casa, donde consumíamos el TBO, Tiovivo, DDT...; pero las devoraba, por ejemplo, en la peluquería que frecuentaba -siempre he llevado el pelo corto-, donde había un montón, manoseadas y llenas de pelillos cortados de clientes anteriores. Creo recordar que algún amigo también me dejaba ejemplares: entre una cosa y otra, los leí casi todos, supongo...

"Hazañas Bélicas", obra del dibujante Boixcar, era una auténtica hazaña postbélica en su momento; en tiempos políticamente muy duros en España, era difícil hablar de la Guerra Mundial sin meterse en jardines espantosos: en todo tebeo que se precie, ha de haber buenos y malos, por supuesto, héroes positivos y auténticos hijos de su madre... y ahí empezaba el problema...

El papel de "Buenos" no podía ir demasiado desligado del resultado real de la Guerra, de todos conocido. Países latinos y hermanos, como Francia e Italia, que habían hecho una magnífica Primera Guerra Mundial, no se habían lucido demasiado en la Segunda; derrotas, cambios de bando... tan solo los maquis y partisanos habían salvado sus respectivos honores pero... eran comunistas; si no todos, algunos, y eso, en la España de los Cincuenta, no se podía ni mencionar. Ni, por supuesto, la Unión Soviética -"Rusia", para entendernos- que difícilmente podía proporcionar héroes positivos para las historietas... Inglaterra -la Commonwealth-, había hecho una guerra magnífica... pero usurpaba el Peñón de Gibraltar: descalificados también...

Quedaban solo los americanos: guapos, ricos, limpios, habían ganado... tan anticomunistas como nuestros gobernantes y, además, estábamos firmando con ellos los primeros Tratados que nos incluirían, aunque por la puerta de atrás, en sus esquemas estratégicos. Eran, por lo tanto, nuestros héroes ideales.

¿Y los enemigos...? ¿Quienes podían ser los malos...? El dedo acusador señalaba directamente a los alemanes, pero... los nazis habían ayudado a Franco en la Guerra Civil, Franco había enviado una división de voluntarios a luchar en las filas alemanas -y en muchas familias ese era un recuerdo bien presente-, un Vicepresidente del Gobierno de Franco había sido General de División del Ejército Alemán, muchos civiles y militares lucían condecoraciones ganadas en el Frente de Rusia... ni siquiera eran aún muy claras las informaciones sobre las bestialidades cometidas por los Nazis... el papel de los alemanes en los tebeos era, por lo tanto, muy matizado; el soldado alemán -sobre todo, en Rusia- estaba equivocado -¡claro, por eso habían perdido!-, pero luchaba por su Patria, su madre, su mujer... como mucho salía algún nazi malo, malo, caracterizado frecuentemente por el monóculo, una auténtica aberración histórica, porque ese trasto era casi exclusivo del Cuerpo de Oficiales prusianos, los únicos que, en realidad, hicieron algo, aunque poco efectivo, por cargarse a Hitler, mientras que los verdaderos nazis de las SS, un ejército de obreros y campesinos de clase media y baja, se partían la caja cuando los veían con el cristalito en el ojo... Era muy útil la Guerra del Desierto, la llamada por los propios alemanes "Guerra sin odio", Krieg ohne Hasse, porque Alemanes, Italianos e Ingleses podían combatir caballerosamente, con fondos fáciles de dibujar -muchas veces, una simple raya horizontal- y, si había alguna baja colateral, era un libio, ya me diréis...

Quedaba un Enemigo evidente, cantado, con todos los números... estaba lejos, había perdido, no había ayudado a Franco -en forma visible-, había hecho muchas cabronadas y, además, no era ni siquiera occidental, ni cristiano... los japoneses proporcionaban ese enemigo ideal, con su carácter descrito como fanático y obstinado, el lío que se hacía la gente con los orientales, identificándolos con Fu-Man Chú, las trampas astutas, las torturas, los suicidios rituales antes de rendirse... eran más difíciles de dibujar, porque llevaban bandas en las pantorrillas, pero, total, de cara todos eran iguales... ¡Adjudicado...! Incluso, por increíble que parezca, se dice que Franco barajó la posibilidad de declarar la guerra al Japón -una declaración platónica, por supuesto- ante las barbaridades cometidas en la ocupación de las Filipinas, donde aún quedaban muchos ciudadanos e intereses españoles. Hubiese sido la Guerra de la Cerveza San Miguel...

Contra los odiosos japoneses se enfrentaban, por lo tanto, los héroes americanos de "Hazañas Bélicas", especialmente la pareja heroico-cómica formada por Johnny Comando y su fiel "Gorila" -un fornido suboficial, de rasgos negroides, situación impensable en el ejército USA de la época, que aún no estaba "integrado", es decir, negros y blancos combatían juntos, pero no revueltos...-, que muchas veces resolvían la situación a mamporro limpio contra sus enemigos, bien dotados de katanas, rifles Arisaka y pistolas Nambu, al grito de: "!Tomad vuestro merecido, demonios amarillos y patizambos...!"

Como veis, la corrección política aún tardaría años en llegar... muchas fueron las influencias posteriores que fui recibiendo sobre el Imperio del Sol Naciente: su milagroso despegue económico, (bien) la llegada a nuestro país de las primeras empresas niponas (mal; eran tan bordes, o más, que los de aquí), mis lecturas sobre su cultura y su historia, mi primer japonés de carne y hueso -la medio novia de un amigo, encantadora...- con algunas recaídas en lo negativo -"El puente sobre el río Kwai", "El Imperio del Sol"...-,  y nuevos imputs positivos -"El Imperio de los Sentidos"- o como ponerte a cien en Japonés-,  Akira Kurosawa, Tokio, nuestro pintor jotero en Sobrarbe, mis conferencias a alcaldes y concejales japoneses, y los profesores que los acompañaban, con los que llegué a establecer una buena aunque fugaz amistad-... se fue formando en mí un interés hacia todo lo japonés, que culminó con el descubrimiento de su cocina (¡Anna, del Ikkiu!), y que, tras mi viaje a Japón -que desearía no fuese el único-, se ha transformado en cariño y admiración. Aunque sean un poco revanchistas, que aquí también tenemos de todo...

Estoy en condiciones, pues, de afirmar solemnemente que:

.- Los japoneses no son demonios; son un pueblo serio, trabajador, disciplinado, extremadamente amable, amantes de su familia y de sus tradiciones... en momentos históricos determinados, arrastrados por líderes nacionalistas irresponsables, han podido cometer barbaridades, como muchos otros, y las que veremos... pero no son demonios.

.- Los japoneses no son amarillos: sencillamente, no les gusta tomar el sol, y se protegen de él con todos los medios imaginables: las mujeres, en pleno verano, con sombreros y gorras de viseras increíbles, con sombrillas -o paraguas-, con manguitos para los brazos, leggins para las piernas... vi curritos trabajando en obras, a pleno sol y sin preocupaciones, y tenían un tonillo dorado digno de un chiringuito de Marbella.

.- Los japoneses son patizambos: lo siento. Todos no, por supuesto, pero hay muchos. Hay diversas teorías para explicarlo... pero, vamos, lo que en mi pueblo llamamos "garrosos", lo son...


¡Ahí queda dicho...!





domingo, 16 de agosto de 2015

Yasukuni

Están pasando cosas en Japón: y no olvidemos que, entre Japón, las dos Coreas y China vive una parte importante de la Humanidad, reside una parte también significativa de la capacidad productiva mundial, y no faltan riesgos potenciales de enfrentamiento, con dos potencias nucleares, y los Estados Unidos metidos hasta el corvejón: crucemos los dedos.




Ayer, quince de Agosto, se cumplían setenta años justos de la Capitulación del Japón: fue día de conmemoraciones, y también de contrastes: por un lado, el Emperador Akihito, el que después de su muerte pasará a ser llamado Emperador Heisei, el nombre que recibe ya la era de su reinado, mostró su "Profundo arrepentimiento" por los sufrimientos infringidos injustamente por su país -del que era emperador su padre, el Emperador Showa-a los pueblos vecinos, y lo hizo inclinándose, él y su esposa, unos buenos 70º, que eso ya sabéis que tiene su importancia. Pero su primer ministro, el nacionalista de derechas Shinzo Abe, que hace muy poco presentó una reforma legislativa que suaviza las restricciones al uso de las Fuerzas Armadas japonesas (eufemísticamente llamadas "de autodefensa") en el exterior, fue mucho más tibio en sus planteamientos, levantando una oleada de indignación en los que fueron sus principales víctimas; China y las dos Coreas.

Curiosamente, tuve una breve y distante relación con Akihito, hará una cuarentena larga de años: viajaba yo de Barcelona a Sevilla en avión y, al hacer escala en Madrid, se nos comunicó que el vuelo a Sevilla se demoraba una hora por celebrarse la despedida del entonces Príncipe Heredero del Japón, de visita oficial en España: había una terraza en la terminal de Barajas, sobre la puerta VIP y, como no tenía nada mejor que hacer, me dispuse a contemplar el espectáculo, en primera línea, aferrado a la barandilla.

Estaba ya preparado en la pista el avión imperial japonés, la alfombra roja, y la compañía que iba a rendir honores: despedía al Príncipe Akihito su colega Juan Carlos, príncipe heredero también, aunque es mejor no recordar de quién: pues bien; en el momento en que hicieron su aparición ambos príncipes, se cernió sobre mí la sombra de algo de más de dos metros y doscientos kilos que, prácticamente sin tocarme, me inmovilizó contra la barandilla de la terraza: sólo acerté a ver, en la solapa de la cosa, el crisantemo, emblema imperial japonés... para rebajar un poquito la tensión, llegué a esbozar una especie de aplauso de foca con los muñones a que habían quedado reducidos mis brazos, lo más parecido a un movimiento que podía realizar en el escasísimo espacio vital que me dejaba aquella mole... fue cerrarse la portezuela del avión, y la sombra se desmaterializó, como tragada por la tierra, recobrando yo mi libertad. Lo confieso: no tuve pelotas para mirar atrás...

Shinzo Abe, por lo menos, ha tenido el detalle de no poner la guinda sobre el ultraje a las víctimas del imperialismo japonés, y se ha abstenido de visitar ayer el Yasukuni, como si lo hizo en 2013; ha enviado, eso sí, un arbolito para que lo plantasen allí, a varios de los ministros de su Gobierno y a un buen puñado de parlamentarios de su partido.

Situado detrás  de los jardines del Palacio Imperial, en lo más céntrico de Tokio, el Yasukuni es un memorial consagrado a los japoneses muertos por su Patria y su Emperador; más concretamente, es el lugar donde residen los 2.500.000 Kamis -dioses- en que se han transformado esos caídos. Ya me vais conociendo, ¿Me podía perder yo un sitio así...?

Por un cuidado parque, se accede al santuario -porque es un santuario sintoísta-, bajo un tori (puerta) de acero: todo llama la atención por su sobriedad: no ves más colores que el blanco del luto sintoísta, adornado con los crisantemos imperiales, que indican que se encuentra bajo la directa dependencia del Emperador. Carteles bien visibles indican -también en Inglés, si no, de qué me iba a enterar...- que está prohibido exhibir banderas y cantar canciones patrióticas, prohibición que no me afecta porque, en Japonés, no conozco ninguna... sin embargo el muchacho amputado de ambas piernas que veis en una foto, en su silla de ruedas deportiva, lleva una camiseta con aspecto harto sospechoso: imagino que el santuario es la meca del facherío nipón, que no debe andar escaso de efectivos; por si las moscas, extremo mis signos de recogimiento y respeto, y repito los ritos habituales en los templos: purificación de manos y boca con agua corriente, toque de campana para avisar a los kamis despistados de mi presencia, monedita -pequeña, no hay que pasarse- al cepillo de las limosnas, e inclinación con manos recogidas junto al pecho... no sé a ciencia cierta si hay por algún lugar osarios o cenotafios, pero he visto en un museo una foto de las fuerzas japonesas repatriadas desde Manchuria después de su derrota: todos los soldados llevan al cuello, colgadas de un cordel, cajitas de cartón con las cenizas de sus compañeros caídos.



He hablado de dos millones y medio de kamis; pero no solo a ellos está dedicado Yasukuni: hay también un recuerdo a los animales integrados en las fuerzas armadas -perros, caballos, y palomas mensajeras...- y otro, más justamente merecido aún, a las viudas de guerra, que debieron levantar sus familias sin la ayuda del marido muerto. Sus estatuas de bronce conmueven; niños sin padre, mujeres sin hombre, las auténticas víctimas de una guerra, más que los muertos que, total, ya ni sufren ni padecen ni tienen que ir a comprar cada día...




Tiene Yasukuni un pequeño museo y una boutique: ahorro a Blanca el museo, y me limito a contemplar las piezas que se exhiben en el exterior: un avión "Zero", el cazabombardero más utilizado por la aviación japonesa, una locomotora del ferrocarril de Birmania -el que pasaba por el Puente sobre el río Kwai- y una pieza de artillería desenterrada de los restos de un búnker destruido en la "Honorable derrota" de Okinawa.




Es en la boutique donde empiezo a ver cosas inquietantes: me compro un chambergo de camuflaje de las Fuerzas de Autodefensa actuales, y un muñequito de los que usan por miles los jóvenes japoneses para llevar colgando de sus móviles, que representa... un piloto Kamikaze, los pilotos suicidas que estrellaban sus aviones contra los navíos americanos en los últimos días de la guerra: su nombre, "Viento divino", hace referencia al tifón que desarboló la flota china cuando, siglos atrás, pretendía invadir Japón. Una estatua de un Kamikaze, orgulloso, con su hashimaki ciñendo la cabeza con la bandera japonesa, preside también un rincón del jardín... en la boutique, cómics con pilotos kamikazes... me juego un brazo a que puedes recorrer todos los kioskos de Alemania sin encontrar un solo cómic dedicado a Hans-Ulrich Rüdel, el piloto de Stukas, ni a Werner Möelders, el as de la caza durante la Segunda Guerra Mundial...


Y esa es la cuestión más inquietante que suscita Yasukuni: mis queridos y admirados japoneses, ese pueblo ejemplar por tantos conceptos... ¿han asimilado correctamente su culpa en la guerra, en la expansión imperialista, en los ataques "preventivos" a traición, en las masacres indiscriminadas, en el uso de miles y miles de mujeres coreanas como esclavas sexuales...? Entre los millones de inocentes que vagan por Yasukuni, pedazos de carne bautizados -a la sintoísta-, que no hicieron más que cumplir órdenes, muertos de miedo, hay también no menos de catorce criminales de guerra ejecutados por orden del Tribunal Militar aliado que los juzgó... y, precisamente, al único juez del Tribunal que no firmó las sentencias de muerte, un indio, está dedicada una hermosa placa en Yasukuni, donde se recogen sus siguientes palabras -cito de memoria- "Cuando pase el tiempo, cuando los hechos se vean con más objetividad, quizás los juicios sobre víctimas y criminales cambien..." Saquen ustedes mismos sus conclusiones...





sábado, 8 de agosto de 2015

Lugares de mal rollito: Hiroshima

Para mal rollo, Hiroshima... ya había visto algo parecido en Dresden, pero lo de aquí fue, para el momento, tecnología punta... se dijo que había inaugurado una Era: vaya mierda de Era, la verdad...




La estación de Japan Railways en Nara es nueva, funcional y bonita, y está limpia cual patena de iglesia con monaguillos competentes. Su bar es una "Boulangerie" francesa -las estaciones de Japan Railways son de lo más europeo que encuentras en Japón- pero, fiel a mi política de inmersión, pido lo más japo que veo: té Macha -ese delicioso té verde en polvo, que te disuelven en la taza con una  brocha como las de afeitar- y una especie de medio balón de hándbol, de un verde claro, que resulta ser algo así como una bola de harina de arroz, rellena de nata, y glaseada con sabor a melón: buenísimo, lo pediré otras veces...

Mi bollo es el de la izquierda: Blanca pidió esa especie de buñuelo


Tiene también la estación un eficiente servicio de información al viajero, atendido por una simpática señorita que habla el Inglés bastante mejor que yo, lo cual tampoco es difícil. Para ir a Hiroshima, nos da instrucciones precisas; en el Andén Tres, tren de las 8 16' a Ósaka -así, esdrújula, yo que llevo toda mi vida pronunciándola llana, a la aragonesa...- En Ósaka, lanzadera a Shin-Ósaka -lo he visto varias veces; tal sitio, y shin-tal sitio, será algo así como "nueva estación", digo yo...- De allí, Shinkasen (Tren-bala, nuestro AVE, vamos...) a Hiroshima, no tiene pérdida...


Son las 8 10': bajamos al Andén Tres: un tren espera con las puertas abiertas: entramos y nos sentamos; a las 8 14', con un discreto silbidito, cierra puertas y arranca; una voz desgrana la letanía de lugares a donde se dirige, supongo... no oigo ni Ósaka, ni Osaka, ni nada que me suene. Comprendo, desolado, que no estoy en el tren de las 8 16'....¡Mierda!

Detrás nuestro se sienta una señora de mediana edad: no, no habla Inglés; le pregunto, haciendo el signo internacional de "ir hacia" con la mano, por Ósaka: sonríe, pero no dice nada... la dejo por imposible.

No han pasado ni dos minutos cuando la señora me da un golpecito en la espalda; se ha bajado un traductor al esmartfone, y ha escrito luego en una tirita de papel lo siguiente: "Disculpen por no hablar Inglés; lo estoy aprendiendo. Bajen en la próxima estación, vayan al Andén Uno, y cojan el próximo tren; va a Ósaka... ¡Buen viaje!"

La benemérita señora se gana varias docenas de "Domo arrigato goishisame" y reverencias a sesenta grados; mi espalda no ha vuelto a ser la misma después del Japón, tanta reverencia... pero se las merecen, los jodidos, tan amables; hacen que viajar por su país sea sumamente sencillo. Sin más problemas, llegamos a Hiroshima.

La estación de Japan Railways de Hiroshima es nueva, funcional, bonita, limpia, y enooorme: tiene encima un Hotel que, como todos los de las estaciones de Japan Railways que he visto, lleva el castizo nombre de "Granvía". Subes al hotel directamente desde la estación, y allí hemos reservado habitación, porque también  allí hemos de tomar el tren, al día siguiente, para enlazar con el ferry a Miyajima: A la habitación nos acompaña un joven machacado por el acné, pero correctamente ataviado de Botones Sacarino cuyas reverencias se aproximan ya a los 75º.

La habitación, en un piso alto, nos ofrece una primera vista de la ciudad; rodeada de verdes montañas, es limpia y bonita. Y nueva, pienso yo, aunque justo debajo de la estación descubro dos o tres "machiyas", las casitas de madera tradicionales, que bien podrían ser supervivientes de la época: no sé si estamos a suficiente distancia...



El seis de Agosto de 1945, un B-29 americano lanzó sobra Hiroshima la primera bomba atómica operacional: explotó a seiscientos metros sobre la ciudad -la distancia calculada para optimizar el efecto destructivo- dejó la ciudad como un solar, y mató en el acto a unas 90.000 personas: 150.000 murieron después por efecto de las quemaduras y, sobre todo, de las radiaciones, una muerte que, al sufrimiento, añadía el macabro "plus" de lo desconocido, y que se ha prolongado en el tiempo, durante décadas... Hiroshima, con su gemela Nagasaki, han pasado, así, a ocupar un lugar de excepción en el nutridísimo catálogo de sitios testimonio de la barbarie humana. Y esa ciudad nos proponíamos visitar, con el corazón en un puño.

Un tranvía nos deja en el primero de los puntos memoriales de Hiroshima; el puente sobre uno de los numerosos brazos del río, próximo ya al mar, que sirvió de referencia a los tripulantes del bombardero: a su lado, el único edificio que sobrevivió a la explosión, esa famosa estructura de hierro en forma de cúpula de uno de los pocos edificios de hormigón armado, que alojaba, lo que son las cosas, una exposición de productos artesanales e industriales de la ciudad... paseamos junto al edificio con el ánimo acongojado, cruzamos el río, y nos acercamos al Parque de la Paz.


Lo de detrás es una simple nube, pero, allí, tenía su morbo...


No resisto a la tentación de tocar la gigantesca campana de bronce: las campanas japonesas tienen el badajo fuera, originalidades del lugar... tirando de una cuerda, un madero golpea la campana, y en ronco sonido reverbera unos instantes, en este caso, en homenaje a los que alrededor de este punto perdieron su vida... hay que ser muy insensible para no emocionarse en momentos así, y no os puedo ocultar que noto un nudo en la garganta...no tan solo por ellos: por todas las vidas segadas prematuramente por nuestra incapacidad para erradicar la violencia, esa lacra de nuestra especie que desmiente nuestra presunta racionalidad...



La visita al vecino Museo nos deja una impresión muy particular; hemos visitado varios memoriales alemanes, y el mensaje es claro y directo:  fuimos unos cabrones  -hubo cabrones, muchos, entre nosotros-, nos pusieron a gusto, nos lo teníamos merecido: lo siento,. me he equivocado, no volverá a pasar... en los memoriales japoneses el mensaje es mucho, muchísimo más matizado...



De entrada, las referencias a sus aventuras imperiales tienden a ser bastante neutras, por no decir francamente tergiversadoras: la conquista del norte de China, con el establecimiento de un régimen títere, es la consecuencia del "Incidente de Manchuria", así como la matanzas y violaciones indiscriminadas en las ciudades chinas de la Costa lo son del "Incidente de Nankín"... poco les falta para hablar también del "Incidente de Pearl Harbor"...

De la misma manera, el museo está dedicado, por una parte, a ponernos ante el puro horror de las dramáticas consecuencias de la bomba, pero también a desmontar la versión occidental del ataque como medio efectivo para impedir la continuación de la guerra, salvando así la vida de muchísimas personas más, si bien es cierto que una parte importante de ellas habrían sido U.S Marines. Una bomba humanitaria, vamos.

La versión que argumenta y documenta el Museo es diferente: en Agosto de 1945, Japón estaba ya contra las cuerdas; incluso había sufrido el bombardeo de Tokio, más mortífero aún que el de Hiroshima, y su capacidad industrial y militar era ya claramente residual; la capitulación era cosa de días, ni de semanas ni de meses.

Además, el ataque nuclear respondía a un plan ya establecido años atrás, que incluía dos decisiones trascendentes: lanzar la bomba sobre el Japón, no sobre Alemania -ahorrándosela a un país occidental-, y hacerlo sobre ciudades previamente elegidas que, por ello, serían preservadas de bombardeos convencionales, para así poder visualizar mejor los efectos de la nueva bomba. Además, en Hiroshima no había prácticamente prisioneros de guerra occidentales, aunque si una importante cantidad de trabajadores coreanos más o menos forzados.

Según se argumenta -e, insisto, documenta- en el Museo, detrás de la decisión de lanzar la bomba había dos móviles inconfesables: uno de ellos, de tipo interno e incluso me atrevería a decir que parlamentario: demostrar que los ingentes gastos originados por el Proyecto Manhattan -el programa nuclear americano- no habían caído en saco roto: una explicación tan bestia no nos resulta increíble a los que, como es mi caso, hemos dedicado nuestra vida a la Administración Pública: todos hemos visto casos así, no tan mortíferos, pero bastante similares.

El otro, también absolutamente creíble, era de política exterior: las relaciones entre los Estados Unidos y la Unión Soviética, ya no muy fluidas en tiempos de Roosevelt, se estaban deteriorando a ojos vista tras su muerte y el ascenso a la presidencia de Truman, y nunca estaba de más enseñarle a Stalin el juguetito de que disponían... tiempo le faltó a Don José para sacar de sus campos de concentración a todos los ingenieros nucleares alemanes y ponerlos a trabajar a marchas forzadas, iniciándose así una carrera que iba a continuar, por lo menos, durante toda la Guerra Fría.

Se articula así el discurso del Museo: nosotros tuvimos nuestras cosas, no lo negamos: pero con nosotros se pasaron dos pueblos, y, además, pagamos el pato por cosas que no venían a cuento: y esas fotos horribles de cuerpos carbonizados en vida, o, peor aún, supervivientes con su carne hecha jirones y la mirada vacía y extraviada de los que van a morir dentro de pocos días o años, entre tormentos atroces, esas brigadas de quinceañeros que trabajaban en Protección Civil transformadas en harapos ennegrecidos con sus botones metálicos fundidos, ese pobre infeliz sentado en una escalera de piedra del que solo ha quedado la sombra de su cuerpo... podrían haber muerto felizmente en sus camas, años y años después, o incluso ser los amables y sonrientes ancianos con los que te cruzarás, cuando salgas del Museo buscando una bocanada de aire fresco, y pasees por las calles de una ciudad viva, limpia, ordenada, con los uniformes de los escolares ya preparados en los escaparates para el nuevo curso, pero sobre la que planean, invisibles pero siempre allí, decenas y decenas de miles de ausencias.












lunes, 13 de julio de 2015

Noticias de una Katana...

Contaba ayer en Facebook que mi amigo Francisco Pizarro me ha enviado un regalo muy especial: una Katana. Me ha dado también una valiosa información sobre su origen... hoy paso a explicar algo más sobre ella.

Mi sorpresa fue grande cuando el empleado de Seur puso en mis manos el "paquete" procedente de Córdoba: su longitud, su peso, y el palpar, a través del papel, lo que sólo podía ser  la Tsuba de una Katana me convencieron de que tenía en mi mano un Nihon-to, "Sable japonés", posiblemente el nombre más correcto... valga decir que "Katana" ha pasado también al Portugués, y el el escudo y la bandera de Angola figura la "Katana", que es, en realidad, un machete...

Al deshacer el paquete apareció ante mí, efectivamente, una Katana que, por el estado de su Saya, o funda, recubierta de cuero marrón, denotaba una cierta antigüedad: la hoja no está afilada, y su Tsuba (la guarda que separa la hoja de la empuñadura, e impide a las manos deslizarse hacia el filo) y otros elementos decorativos son de latón y bronce, en muy buen estado. Tiene todos los elementos obligatorios, como los Menukis, que son pequeños amuletos de bronce, debajo de los cordones de seda que rodean la empuñadura, situados de tal manera que la mano del guerrero, sujetando la Katana para un mandoble, siempre estuviese en contacto con ellos, para poder ejercer su influencia positiva...

Hace ya años que me intereso por la cultura japonesa pero, desde que hace dos veranos viajé por primera vez a Japón -y digo "por primera vez", porque no he renunciado en lo absoluto a repetir la experiencia-, puede hablarse ya de "cuelgue" por todo lo japonés; y la katana, como símbolo de la historia medieval japonesa, tan poco conocida, y de la casta de señores guerreros que la protagonizaron, los Samurais, es uno de esos elementos culturales más definitorios. Y, además, son bonitas, auténticas obras de arte, si olvidas por un momento que una Katana bien templada y hábilmente manejada podía atravesar como mantequilla el casco de un guerrero, su cráneo. los huesos de su cara y su mandíbula superior, y quedar detenida entre los dientes de la mandíbula inferior. Con grave quebranto de su salud, por supuesto...

Paco Pizarro me informa de cómo llegó a sus manos dicho ejemplar... sin desvelar datos protegidos por la confidencialidad médica, baste decir que es regalo de una paciente agradecida, alemana e hija de un comandante de Ala de la Luftwaffe, que la había recibido, a su vez, como regalo en una visita al Japón, aliado de Alemania durante la Segunda Guerra Mundial: por motivos obvios -separados por potencias enemigas durante toda la Guerra- la visita tuvo que ser anterior al inicio de las hostilidades, con fecha límite en septiembre de 1939, lo cual da al instrumento en cuestión una antigüedad mínima de más de setenta años... ¡no está mal...!

El hecho de tratarse de un regalo protocolario explica que la hoja no esté afilada: no soy un experto en esos temas, pero parece ser de acero y, sin que seguramente haya seguido el procedimiento tradicional de forja -que sería un trabajo innecesario, dada su finalidad- parece sólida y nada parecida a las de aleación que vi vender en Japón a los turistas. Es muy similar a la hoja de un Kukri nepalí, que también figura en mi colección -éste si, afiladísimo- y que, tradicionalmente, están hechas de hojas de ballesta de camión; buen acero, endurecido por el uso...

Esta Katana tiene un elemento que no había visto yo en ninguna otra: adosado a la vaina, la Saya, tiene un pequeño cuchillo, de mango de bronce plano: seguiré buscando documentación, pero, visto su tamaño, no creo que se utilizase para uno de los ritos más comunmente asociados a la Katana: el Seppuku.

Lo que los occidentales llamamos "Harakiri" -que en Japonés es una expresión bastante grosera, que quiere decir, simplemente, "rajarse la barriga"- , el Seppuku, era la forma de suicidio tradicional de los Samurais, a la que recurrían cuando se consideraban deshonrados o, en otros casos, cuando su Señor se lo ordenaba... con un cuchillo más pequeño, el Tanto -hubiesen hecho falta los brazos de un orangután para poder usar la Katana-, el Samurai se abría el vientre, de abajo a arriba, y luego lateralmente, en forma de "T": era muy alabado quien tenía la suficiente presencia de ánimo para completar la "T", a pesar de que la cosa debía doler bastante: como tampoco se trataba de sufrir innecesariamente, un amigo situado al lado, con la Katana del oficiante del Seppuku, le cortaba la cabeza de un solo tajo, y daba por finalizado el ritual. Las mujeres podían también realizarlo, siempre que se atasen juntas las piernas, porque, si al morir las abrían, se consideraba un grave motivo de deshonor... siempre recuerdo un chiste al respecto: en la Academia Imperial de Guerra entra el profesor en clase: todos se levantan y lo saludan con una reverencia... "Hoy os enseñaré una de nuestras más queridas tradiciones: el Seppuku -dice-; prestad mucha atención, porque no lo repetiré..."

De todas maneras, si la situación lo requería, el ritual se simplificaba bastante; en la magnífica "Cartas desde Iwo-Jima", de Clint Eastwood, los últimos defensores de las posiciones japonesas en la isla recurren a un procedimiento mucho más expeditivo: activan una granada de mano, golpeándola en su casco y, luego, la abrazan contra su pecho...

La Katana, curiosamente, había quedado en desuso durante la Era Meiji, que significó la apertura del Japón a la cultura occidental; he paseado por el parque de Tokio donde los últimos Samurais -que me atrevería a comparar con nuestros Carlistas- libraron su batalla final contra las tropas del Emperador, entrenadas y armadas al estilo occidental: a partir de entonces se prohibió a los Samurais que llevasen katanas en público, e incluso las Fuerzas Armadas adoptaron modelos de sables que eran copia de otros occidentales... tuvo que llegar la reacción nacionalista y militarista, en la Era Showa, para que la Katana volviese a aparecer en el equipo de las Fuerzas Armadas Imperiales.

Pero los tiempos habían traído nuevas necesidades: los oficiales y suboficiales de Infantería y de Caballería podían usar katanas convencionales, pero... ¿Cómo podía un Samurai moderno entrar en un carro de combate, la carlinga de un avión, o las atestadas tripas de un submarino, arrastrando un trasto de más de un metro de largo...? ese problema ya se lo habían planteado los viejos Samurais que, junto a la Katana, llevaban siempre una reproducción a escala menor, el Wakizashi, que usaban cuando la pelea se producía en espacios cerrados: se crearon entonces Katanas reducidas, llamadas "de sentido común", que podían transportarse en los modernos medios de combate sin desdoro de la condición de Samurai de su propietario.

Hace unos años, tuve en mis manos una de esas Katanas reducidas, que intentaba venderme un chamarilero en una feria en Cangas de Onís: la verdad es que estaba en muy mal estado, oxidada, había perdido casi por completo sus Tsuka-ito -los cordones de seda que recubren la empuñadura-... me venció la tacañería, enemigo de todo buen coleccionista, y el hecho de que tenía que volver en avión a Barcelona, y me vería forzado a facturarla, si no quería dar demasiadas explicaciones a los de Seguridad del aeropuerto. Y, ¿por qué no decirlo?, la duda sobre si se trataría de una falsificación, que trataba de colarme el chamarilero, afirmando que, por lo menos, "me serviría para cortar el jamón". inicié el procedimiento de decirle que no, dar una vuelta, y dejarme caer luego con una oferta a la baja pero... cuando volví, había cerrado el chiringuito y se había esfumado... aún ahora me pregunto por qué oscuros caminos habría llegado una Katana "de sentido común" a una feria de Cangas de Onís, pero me quedé sin la oportunidad de comprobar si se trataba de una pieza original.

Me dijo Paco que pocas personas apreciarían como yo el regalo que me hacía: ¡Cómo me conoce...! Mi nueva Katana campea ya en un lugar de honor de mi sala, junto al Sable de Caballería Prusiana de la Guerra de 1870 que compré hace muchos años, y otras joyas de mi colección de armas blancas, que deben encongerle el ombligo a más de un visitante que ignore lo tranquilo y cobardón que llego a ser... ya os iré contando cosas de algunas de ellas, desde las más inocentes hasta las que incluso a mí me provocan un escalofrío, pensando en los hechos en que pudieron estar involucradas... ¡hay tema para rato! ¡Sayonara!








martes, 26 de mayo de 2015

Kioto: de filósofos, ratones y tanukis...

Mi amiga Neus me da una buena noticia: se va este Verano al Japón: si de mi dependiese, os mandaría a todos, disfruté tanto... le prometo colgar más crónicas japonesas es este Blog...


El  Camino o Paseo del Filósofo -llamado así por el Profesor Nishida, que gustaba de pasear por él -nace a las puertas del Templo del Pabellón de Plata, el Ginkaju:  el Pabellón es un pequeño edificio bellísimo, armonioso, perfectamente integrado en su entorno… pero, desde luego, no es de plata: debía haber estado recubierto de plata pero, al parecer, se quedaron sin presupuesto; consuela ver que a los japoneses también les pasan esas cosas. Lo rodea uno de esos jardines japoneses, perfecta combinación de vegetación y roca, que nunca sabes si es Naturaleza o hábil recreación de la Naturaleza. En su casa de té probamos el Macha, un té verde en polvo que se disuelve en el tazón con una especie de brocha de afeitar, junto con unos riquísimos dulces, que recuerdan en algo a nuestros polvorones.




Discurre el camino junto a un canal, bajo una cúpula de árboles, casi todos cerezos: debe ser maravilloso recorrerlo  en Primavera, cuando estén todos en flor, o bien entrado el Otoño, con las hojas rojas y doradas… en éste Septiembre, cálido y lluvioso, también tiene su gracia, profundamente verde. Plenamente ambientados -segundo día en Japón, que ya es..- Blanca  adopta posturitas de “japo" cuando la fotografío.




Se abren al camino diversos templos sintoístas; se puede entrar a curiosear, y nos llama la atención uno donde la mayoría de los exvotos son ratones; incluso vemos un Mickey Mouse… el amable monje que nos vende los exvotos nos aclara el porqué, en un Inglés bastante comprensible: “Los ratones son el camino hacia Dios”… primera noticia, os lo juro: a partir de ahora, cuando encuentre cagaditas en nuestra casa de Boltaña, me lo tomaré de otra manera…





Pero no son sólo los ratones los bichos que nos acompañan: también están los tanukis. El “tanuki”, traducido como “perro mapache”, es, en realidad, un pariente próximo del zorro, que se está expandiendo por Asia continental y, al parecer, llega ya a la Europa oriental; pero es, además, un personaje importante del folklore japonés, donde el tanuki, glotón, perezoso y bromista, se aparece en los cuentos a los humanos para tomarles el pelo, gastándoles bromas pesadas. Destaca el tanuki por el descomunal tamaño de sus testículos, fenómeno que los japoneses asocian a la buena suerte y el éxito económico; se dice que tiene “Bolas de oro”, e incluso hay canciones infantiles sobre las pelotas del tanuky: ocupa el nicho ecológico de nuestros enanitos de jardín, y preside la entrada de muchas casa, así como de restaurantes y tiendas, porque favorece el negocio… se le representa con un sombrero de paja -tambien lo vi con una concha de tortuga- para protegerse del Sol y de la lluvia, dos elementos que odian los japoneses, y, a veces, lleva también una botella de sake y un libro de contabilidad, por el asunto de los negocios… si aquí tuviesemos tanukis, llevarían DOS libros de contabilidad…



Desde el Paseo, por estrechas calles empinadas, puedes bajar hacia Gion y Ponto-cho, otros de los lugares claves de Kioto: pero dajamos esa historia para otro día…