jueves, 7 de mayo de 2015

Los accidentes te cortan el rollo

Escribí esto hace muchos, muchos años... hoy lo he encontrado y me ha apetecido enseñarlo; no he tocado ni una coma, aún tenía coche de cambio manual... :-) Ya os compensaré con algo más divertido, palabra...

Cuando vas a entrar en la autopista, lees en el panel luminoso “Accidente a 20 km. dirección Barcelona; precaución”, y, dentro del triángulo rojo, la silueta de un coche volcado, con más aspecto de dormido que de accidentado, la verdad.

“¡Coño, accidente!”, dices a tu compañera, e instintivamente levantas el pie del acelerador, y empiezas a calcular cuanto tiempo perderás en ese breve viaje rutinario, de vuelta a casa tras un fin de semana.

Los accidentes, por encima de cualquier otra consideración –humanitaria, sanitaria, técnica, económico-actuarial- la verdad es que te cortan el rollo; primero la retención, esa caravana que, no sabes por qué, parece diferente a las demás, las normales, las de esto no da más de sí. Luego, las luces a lo lejos; azules, ámbar... en fila india, y a paso de burra, pasas junto a los coches, los camiones, lo que sea, mirando de reojo para ver si adivinas lo ocurrido, pero con la suficiente diligencia para no irritar al guardia civil o el “mosso” que gesticula a mano limpia o con linterna de cucurucho.

Enseguida se sabe si ha habido muertos: en torno a los muertos se hace el silencio; son, por última vez –muchas veces, por primera vez- el centro de la atención de todos. Están allí, tapados con algo medianamente decente –o con esas horribles envolturas de polvorón-, y a su lado los agentes hablan bajito por las radios, los empleados de las grúas parecen afanarse más de lo corriente con sus cadenas, los bomberos y los sanitarios recogen sus instrumentos ya inútiles. Siempre hay un zapato en un lugar inverosímil, con su lazo correctamente anudado. Un superviviente llora en la cuneta, por la pérdida, por el marrón que le ha caído encima, o por las dos cosas a la vez.

Pero, por supuesto, para corte de rollo, el del muerto. Un tío como tu y como yo, con la cabeza en sus cosas, preocupado por el trabajo de mañana, satisfecho por la digestión de la comida del Domingo...

Mañana, en la oficina, no se hablará de otro tema; todos comentarán con horror lo sucedido, y se contarán unos a otros las últimas palabras intrascendentes, banales, que cruzaron con el muerto. Y lo más curioso es que lo hacen con extrañeza, como si los que se han de matar en un accidente de coche dos días después tuviesen que mostrar algún signo premonitorio; no sé, levitar, hablar con voz cavernosa, brillar en la oscuridad.... “Estaba como siempre, tan contento...””Tan lleno de vida...”, añadirá la compañera que se dio cuenta de que le mirabas el culo un momento más de lo socialmente aceptado.

Aún peor sería que hubieses dicho algo fuera de lo común. Imagínate que el viernes, al salir, cogiste a alguien por el codo, le miraste a los ojos, y le dijiste: ¡Hasta pronto!”. El acojono le durará semanas.

Nacer si que es difícil; millones de óvulos acaban cada día en compresas y tampones, billones de espermatozoides coletean desesperados en lugares inhóspitos e impropios. Nacer es un auténtico lujo,  en los países ricos y, sobre todo, en los del quiero y no puedo. Pero, una vez nacido, morir está al alcance de cualquiera. Mueren hasta auténticos imbéciles, que vivirían eternamente si morirse requiriese la más mínima habilidad. Es cuestión de tiempo y suerte.

Lo malo es que solo se muere una vez. Entendámonos; no es que sea malo. Recuerdas que Saramago le reprocha a Jesucristo la mala jugada que le gastó a Lázaro, obligándolo a morir dos veces. Lo que pasa es que, o te mueres de golpe, y casi ni te enteras, o estás tan hecho polvo que, la verdad, sueles hacer un papel lamentable. Suicidas y condenados juegan con un poco más de margen, pero poca gente tiene la suerte de Paquirri; morir como un señor, tranquilizando a la gente, dando instrucciones, el único con la cabeza en su sitio en medio del follón, y encima con las cámaras filmando.


Piensas todas estas tonterías mientras, mecánicamente, accionas el cambio de marcha, aprietas el acelerador, y te vas incorporando al tráfico de la autopista. Pero no te has dado cuenta de que ni los coches que han entrado delante de ti, ni los que están entrando ahora, han visto en el panel electrónico más que la señal de peligro y el texto “Atención /atenció/lluvia/pluja”. Porque ellos no se van a matar, como tú, veinte kilómetros más adelante, dentro de quince minutos, en el único accidente mortal que deslucirá un día especialmente tranquilo en las carreteras y autopistas catalanas. 

miércoles, 6 de mayo de 2015

Viena (Vier) El Hofburg y sus fantasmas



En el límite de la Viena histórica, junto al Ring, se encuentra el imponente edificio del Hofburg: El “Palacio-Castillo” que fue, durante muchos años, el centro de la Imperial y Real -“K und K”- Viena… hay un poco de todo; edificios antiguos y otros que no lo son tanto, dependencias oficiales aún en activo, y salas de museo, hombres, estatuas y caballos… pero, sobre todo, vagan por él fantasmas diversos, algunos más o menos amables, otros más o menos bordes, todos desdichados… seguidme y los presentiremos…


Os propongo una adivinanza: una joven y bella muchacha se casa con el heredero de un Imperio secular, señor serio y pelín aburridote, ligado, además, a una amante de siempre, sabia y comprensiva… la cosa, como es natural, no acaba de funcionar y la joven, ahora famosísima, transformada en un referente universal, vamos, una “Celebrity”, busca todo tipo de consuelos a su triste situación… desde el cuidado de su cuerpo, que lleva a extremos enfermizos, al más lógico y comprensible de echarse algún que otro amante… su huida hacia adelante la lleva a tierras extranjeras, donde encuentra la muerte en circunstancias especialmente trágicas… y una última pista: en su funeral NO canta Elton John…

Exacto: el primer fantasma con que nos toparemos en las salas del Hoffburg no es otro que el de Isabel de Baviera, la esposa del Emperador Francisco José, la Sissi (acentuado en la primera “i”) favorita del cine dulzón -¡Ay, mi admirada y guapísima Rommy Schneider!- y, al parecer, una señora sumamente interesante, con ideas propias en política, serios intereses literarios, y esa vena de excentricidad de los Wittelsbach, la casa real de Baviera, que afloró en su primo Luís, “El Rey Loco” -que no lo estaba: era, eso sí, gay, cultísimo, protector de Wagner, constructor de castillos sumamente rentables desde el punto de vista turístico y promotor de la industrialización de Baviera y de la Unidad Alemana…-, y en su hermano y sucesor, Otón I, que, ese sí, estaba como una reverenda cabra.

Podemos visitar en el Hofburg las habitaciones privadas de Sissi, donde admiraremos sus aparatos de gimnasia, las facturas de la Pastelería Demel, la mejor de Viena -curiosa afición en una vigoréxica, pero así somos los humanos, contradictorios…- y hasta el vestido negro -vistió de luto desde la trágica muerte de su hijo Rodolfo en Mayerling- que llevaba puesto cuando, en el lago Leman, la apuñaló con un estilete un anarquista italiano que allí estaba para atentar contra un príncipe francés, pero se enteró de su presencia por la Prensa -¡Ay, la fama…!- y, total, lo mismo le daba uno que otra, siempre que fuese de “La Casta”…



Justo al lado -juntos, pero no revueltos- los aposentos recorridos por el fantasma de su esposo, Francisco José: en sus 68 años de larguísimo reinado, su país vivió en guerra con medio Mundo, perdiéndolas prácticamente todas: con Francia e Italia, lo que le costó el norte de la Península Itálica; con Prusia, perdiendo cualquier posibilidad de hegemonía sobre los estados alemanes; entrando a saco en el avispero balcánico, lo que le llevó a enfrentarse con Rusia, su temprana aliada… y, en el interior -por decirlo de alguna manera-, los intentos de lograr algún tipo de coexistencia con Hungría y el encaje de bolillos para mantener bajo su corona un Imperio multinacional, multiconfesional y multicultural… y todo eso, que hubiese sido más llevadero para un monarca vivalavirgen y golfo, siendo un hombre honesto, trabajador y excelente burócrata, intentando gobernar desde su escritorio de probo funcionario aquella tormenta perfecta…  por no hablar de sus dramas familiares (hermano fusilado en México, hijo suicidado en Mayerling, heredero abatido en Sarajevo…) la suerte, que tan mal se portó con él, le permitió, por lo menos, morir antes de conocer la derrota en la Primera Guerra Mundial, pasándole el marrón a su pobre sucesor, Otto, que, si no recuerdo mal, anduvo exiliado y haciendo negocios por España… Existía en la dinastía Habsburgo una simpática costumbre que, entre plebeyos, hubiese costado más de un disgusto: después de contraído matrimonio, en la mañana siguiente a la consumación, el novio entregaba públicamente a la novia una cierta cantidad de dinero, la “Morgengabe”, algo sí como la “entrega matutina”: dicen que, pese a casarse muy enamorado, Francisco José tardó días y días en pagar la Morgengabe: con la vida que llevó, el pobre, no me extrañaría que también tuviese problemas para consumar… todas esas cosas suelen ir juntas…

Por los vecinos edificios de la Cancillería debe deambular también el alma en pena de Engelbert Dollfuss: pequeñito -metro y medio escaso-, ese social cristiano representó en la Austria de entreguerras los intereses del hinterland rural y católico, enfrentado a la Viena intelectual y proletaria, la Viena Roja, la Rote Wien… apoyándose en el ejemplo de su vecino, Benito Mussolini, consiguió acabar con la democracia republicana en Austria, tras una breve pero violenta guerra civil, a principios de 1934, e instaurar una dictadura reaccionaria y clerical. Pero, curiosamente, luchó también contra el partido Nazi, que propugnaba la integración de Austria en el Reich, y en eso contó también con la ayuda de Mussolini: para los que consideran Fascismo y Nazismo un único movimiento, baste con saber que la sincera admiración de Hitler hacia Mussolini, al que consideraba su inspirador, era correspondida con un escepticismo trufado de temor por parte del italiano, que se creía sucesor de la Roma clásica, hacia el bárbaro teutón…no en vano en 1914 Mussolini, entonces socialista, había roto con su partido para propugnar la lucha de Italia contra los Imperios Centrales… al final, fueron los nazis los que atentaron con éxito contra Dollfuss, al que de poco le valió la protección italiana, y la foto de su menudo cadáver, ensangrentado, sobre un sillón Chester de la Cancillería dio la vuelta al Mundo…

Y el ejemplo de lo sucedido en Austria, por raro que parezca, arrojó su negra sombra sobre la Historia de España: las izquierdas españolas, visto lo ocurrido en Italia en 1923 -el golpe de Mussolini, tan parecido en muchas cosas al de Primo de Rivera- y en Alemania en 1933 -la toma del poder por Hitler- entraron en pánico al ver cómo, incluso en la socialdemócrata Viena, las derechas acababan con la Democracia burguesa e imponían una sangrienta represión… el temor de que algo parecido pudiese suceder aquí está en la raíz de la insurrección de la Izquierda en Octubre del 34 frente al gobierno derechista de la República, ante el ascenso de Gil Robles, cristiano populista al que no cabía mucha imaginación para suponer otro Dollfuss, algo más alto… cómo esa reacción pudo dar argumentos a los que ya pocos necesitaban para apostar por un régimen autoritario ha sido el caballo de batalla de los historiadores revisionistas de los últimos años, la mayoría de los cuales no merecen ningún comentario por mi parte, pero entre los que se cuenta, con gran dolor para mí, Stanley G. Payne, que hace muchísimos años me ofreció un lugar como lector en la Universidad de Madison, Wisconsin, una oferta que, de haber podido aceptar, habría también cambiado mi vida, nunca sabré si para bien o para mal.

Por el extremo del Hofburg que toca al Ring, por la inmensa Helderplatz, la Plaza de los Héroes, seguro que deambula también un inquietante fantasma: el de un muchacho de provincias que llegó a la Viena imperial con el loable propósito de iniciar una carrera como estudiante de Bellas Artes, fue rechazado en el examen inicial y, ante la poco atractiva posibilidad de volver a Linz con el rabo entre las piernas, optó por quedarse en Viena malviviendo, en albergues de beneficencia, mientras desarrollaba una ira sorda hacia la multiracial y multicultural capital, donde veía reunidos todos los males que mantenían separada y hundida la Patria Germana… años después, esa Helderplatz sería testigo de la recepción multitudinaria que le reservaban sus admiradores austriacos, cuando, en un paseo militar, anexionó Austria a su nuevo y breve Imperio… “¡Cuando vino Hitler, aquí estaba toda Viena…!” me decía, vengativo, el conductor de la calesa en la que paseábamos por la noche, un presunto  Rom centroeuropeo, con su larga melena rizada azabache, quizás un descendiente de supervivientes de Porrajmos, la versión gitana del Holocausto judío…

Pero olvidemos los fantasmas, en una hermosa mañana de sol, y paseemos por los patios interiores del Hofburg, donde, por cierto, encontramos algunas tiendas artesanas muy interesantes… cerca se escuchan los acordes de la Música Militar -si, ya conozco la bromita sobre el oxímoron…-; es la banda del Regimiento Hoch und Deutschmeisters, el más querido de Viena, que ameniza una degustación de fresco y delicioso vino blanco vienés: levantemos la copa, mientras suena la Marcha Radetzky, de Johan Strauss (¿Cómo no recordar a Narcís Serra batiendo sus palmitas en el Concierto de Año Nuevo en la Musikverein…?), y brindemos también por la maravillosa novela de Joseph Roth, cuyas líneas releo y releo  mientras recorro las calles de esta Viena en la que siempre he estado un poco y de la que nunca me acabaré de ir del todo…



Banda del Regimiento Hoch und Deutschmeisters

Hofburg: fachada principal

Hofburg: nocturno

Dirección prohibida...

Hofburg: Cornisa

Entrada desde Helderplatz














La cesta


Escribí ésto hace muchos años... lo hice bajo un curioso seudónimo: "Black Bull" ya sabéis, "te da aaaaaalas..." :-): además, "bull", en Catalán, es un embutido...un homenaje a los embutidos más tradicionales de Sobrarbe, y a lo que me hacían sentir en mi infancia..¡ y ahora!

La cesta llegaba puntualmente cada año, semanas antes de Navidad. Era una de aquellas maletas de mimbre, con asa y herrajes pintados de un marrón oscuro, asegurada con cordeles, de los que colgaba una tarjeta de cartón con nuestro nombre en el anverso y la dirección de mis abuelos en el reverso.

Nos reuníamos alrededor de mi madre para no perdernos detalle del rito de abrirla, cortando con cuidado los cordeles, que se guardaban, e incluso la tarjeta, que podía reutilizarse escribiendo “remite” sobre nuestra dirección: como veis, el reciclado no es un invento moderno. La tapa se levantaba, y el contenido aparecía ante nuestros ojos admirados.


Lo primero que veíamos eran los membrillos y las nueces: el pardo oscuro de las cáscaras de nuez, y el amarillo dorado de la piel del membrillo. Conocíamos bien esas nueces, pequeñas y prietas, que aún conservaban su telilla negra, y esos membrillos fragantes y de carne dura, gustosa, que a veces se guardaban en los armarios, como precursores de los ambientadores; pero nueces y membrillos eran apartados, y mi madre levantaba la tela blanca que escondía los tesoros que todos esperábamos.

Nada más apartar sus pliegues,  allí estaban ante nosotros, negras, redondas, encerrando mil promesas de placer, las tortetas y las morcillas. Sabíamos que venían del mismo tocino que, durante el verano, habíamos alimentado en la cuadra, bajándole cada día su pozal de pastura, aquellos tronchos de col, las peladuras de patata cocidas durante largas horas sobe el fuego de la cocina de leña. De la sangre de aquel tocino, del arroz, de los piñones, del sabio trabajo de las mondongueras en la matacía, venían aquellas maravillas que ya degustábamos con la imaginación, fritas, calentitas… o, casi mejor aún, frías la mañana siguiente, cuando, más o menos furtivamente –porque todos sabían que era yo- acababa con los restos de la cena.

Pero mejor aún que la promesa del sabor era el olor, ese aroma que, ahora, cuando escribo, evoco con la misma intensidad de siempre. Olía las tortetas y las morcillas, aspiraba el aire intensamente, para que inundase mis pulmones, y el efecto era inmediato: salía de mi casa barcelonesa, volaba sobre las viejas carreteras interminables, las largas travesías de los pueblos, las incipientes caravanas de seiscientos, doscaballos y pegasos, pasaba ante las obras de los pantanos, erizadas de grúas, subía sin esfuerzo las rampas del Alto del Pino, y en pocos segundos ya tenía a mis pies los campos del Sobrarbe; dejaba a mi derecha la Peña Montañesa, saludaba las cimas nevadas de Treserols, y descendía lentamente, muy lentamente, guiado por los reflejos del sol en las aguas de mi río, entre los chopos desnudos y las sargas moradas del otoño.




Haciendo tortetas y morcillas en A Fueba

lunes, 4 de mayo de 2015

El Factor Humano

o ·



Al día siguiente de conocerse las causas de la tragedia del vuelo Barcelona-Dusseldorf, escribí esta nota:
La espeluznante revelación de ayer, sobre la causa del trágico accidente aéreo que nos ha conmovido esta semana, nos ha llevado a reflexionar sobre la relevancia del factor humano en muchas de las actividades que nos rodean; toda nuestra seguridad puesta en la técnica se tambalea cuando interfieren en ella la ignorancia, la estupidez, el descuido o, peor aún, el Mal, que -y en eso hay que dar la razón a los curas- existe, vaya si existe...
Soy, desde pequeñito, un apasionado de la aeronáutica: superada ya mi fase de devorador de revistas, y de chapucero constructor de maquetas -contrastaba con la precisión y pulcritud de mi amigo Paco Pizarro, no en vano cirujano infantil...- me he debido contentar con mis experiencias como pasajero en vuelos comerciales: disfruto, sobre todo, el el despegue, cuando, frente a los gestos crispados que, a veces, veo a mi alrededor, con una amplia sonrisa de felicidad, doy gas con mi mano izquierda, sujeto firmemente el joystick con la derecha (siempre despego en un caza), y me voy al aire mientras canturreo las primeras estrofas del himno de Aviación: "¡Alcemos el vuelo, sobre el alto cielo, dejando atrás la tierra...!", Mis vuelos preferidos eran los Barcelona-Burdeos, en un pequeño bireactor Embraer de 32 plazas, donde la sensación de vuelo era más viva, pero también he disfrutado en el A-380, el avión de pasajeros más grande del mundo, donde la Tierra discurre bajo tus pies sin apenas sensación de movimiento... he tenido también una experiencia, breve pero intensa, en un helicóptero, compartida con una amiga que leerá estas líneas, pero quizás encuentre más adelante el momento de contarla... He leído también todo lo que ha caído en mis manos sobre Aviación, desde el encantador Saint-Exupèry al deficiente demócrata, pero magnífico piloto, Has Ulrich Rudel, record mundial de destrucción de carros de combate con su artillado Ju-87 Stuka, pasando por el bienintencionado pero ligeramente fantasmón André Malraux...
En los últimos años tuve que visitar, en diversas ocasiones, la Base Aérea de Zaragoza, con la alegría que os podéis imaginar, y he disfrutado de experiencias como sentarme a los mandos de un F-18, siguiendo las instrucciones de una joven Teniente que, pese a su amabilidad, no accedió a mi súplica de darle a la llave de contacto y llevarme a dar una vuelta. Y, durante unos emocionados minutos, tripulé el simulador de un Hércules sobrevolando nada menos que Afganistán... ¡inolvidable!
Conociendo mi pasión, tuvo Blanca la magnífica idea de regalarme una hora de simulador en la Aeroteca, una librería especializada en el tema, donde me dejaría en pocos minutos la pensión del mes, en el barrio de Gràcia, muy cerca de nuestra casa: no se trata de un juguete, sino de un simulador profesional, apto para el entrenamiento de tripulaciones, y bajo las instrucciones de un auténtico Comandante, con muchísimas horas de vuelo en sus galones. Un regalo carillo y espléndido, que le agradecí desde el fondo de mi alma.
La primera sorpresa me la llevé cuando, sentado en la inesperadamente angosta cockpit de un B-737, se presentó el Comandante con un grueso fajo de papel impreso, donde venían determinados todos los parámetros de nuestro vuelo -un Barcelona- Palma de Mallorca- facilitados por el Dispatching... siguiendo sus instrucciones, introduje dichos parámetros en el ordenador y las frecuencias de radio por las que íbamos a ir pasando a lo largo de nuestro vuelo, y dejamos el aparato perfectamente programado para despegar, navegar y aterrizar en nuestro destino: en atención a mi primer vuelo, me dejó el Comandante intervenir manualmente en despegue y aterrizaje pero, insistía, el avión podía hacerlo por si mismo: nuestras funciones eran programarlo adecuadamente, comprobar cuidadosísimamente la configuración inicial y el correcto funcionamiento de todos los sistemas... e intervenir, por supuesto, en el caso de que algo fallase.
Una vez alcanzada la altura y velocidad de crucero, en vuelo con piloto automático, el Comandante me anunció que salía un momento, a hacer pipí, y pronunció las palabras rituales "Tuyo el avión", por las que me ponía al mando del aparato... y no habría tenido tiempo ni de bajarse la cremallera del pantalón, cuando intervino el dichoso factor humano: llevado por la emoción del momento, moví ligeramente la columna de dirección -esa de los "cuernos", con que se dirige el aparato-, gesto que desconecta los automatismos, y pasé a control manual.. ¡"mi" control manual...!
¡Qué segundos tan interminables...! Olvidé, por un momento, que estaba tranquilamente sentado en un sótano de un edificio de Gràcia, y me vi en las profundidades del Mediterráneo, siendo pasto de las sardinas... con todos mis escasísimos conocimientos prácticos en juego, intenté en todo momento, con los mandos aferrados, mantener el avión horizontal y en el rumbo establecido... según me dijo después el Comandante, no lo hice mal del todo, y el error que cometí tocando lo que no debía era frecuente y disculpable...proseguimos nuestro vuelo, y aterrizamos felizmente en Son Sant Joan.
Comprenderéis que, habiendo pasado por esa experiencia, aunque fuese entre los algodones del simulador, pude visualizar perfectamente la ocasión en que un copiloto, haciéndose con los mandos por una circunstancia tan banal, desencadene en un momento de no se sabe qué -desesperación, locura, el abismo insondable de la maldad...- una tragedia como la que, desgraciadamente, nos ha sobrecogido a todos... seguiré volando con absoluta tranquilidad, incluso con alegría, sabiéndome en un medio de transporte sumamente seguro, en manos de técnicos y pilotos altamente cualificados, pero nada impedirá que, el algún momento, fugazmente, relampaguee en mi celebro una lucecita que me recuerde que, en definitiva, siempre y en todo lugar, estamos en manos del Factor Humano...



Base Aérea de Zaragoza: con un F-18

Wien (drei): Cien años en seis coches...



A muchos de los que me conocen, les sorprende que un tío tan pacífico y cobardón como yo, incapaz de cabrearme -aunque sí de ponerme borde, todo hay que decirlo-, que no pasó en el Servicio Militar de Cabo Auxiliar de Perforista (¡atención, jóvenes: cuando yo tenía vuestra edad, los Kas y los Megas -Gigas no había- no se guardaban en pendrives ni en la cloud, sino haciendo agujeritos en una cinta de cartón, os lo juro por Steve Jobs!), les sorprende, decía, que me interesen tanto los temas militares… pues ya veis, he aprendido a vivir sumido en mis contradicciones, y me lo paso pipa leyendo a dos de mis gurús particulares en esta materia: +The War Nerd y +Jacinto Antón…os los recomiendo, con moderación, como todo en general...

Por el motivo antes expuesto, pasé un agradable rato en el Museo de Historia Militar de Viena: para no abusar de la paciencia de Blanca, me limité -que no es poco- a los últimos cien años, y os propongo un pacífico recorrido por ese periodo de la Historia a través de seis fotografías de vehículos:

La primera no puede ser otra que la del Gräft und Stift en que, el 28 de Junio de 1914, fue asesinado en Sarajevo el sucesor a la corona Imperial y Real, el Archiduque Francisco Fernando -y su pobre esposa, de la que nadie se acuerda-, hecho que dio orígen a la Primera Guerra Mundial. Francisco Fernando, sobrino del Emperador, era heredero por carambola, tras el suididio de su primo, Rodolfo, hijo del Emperador y de Sissi, después de matar a su amante plebeya, en lo que en aquel momento se consideró un drama romántico, y hoy describiríamos como un sórdido episodio de violencia de género.

Francisco Fernando estaba casado con una dama de la nobleza checa, Sofía Chotek, considerada también inadecuada para alcanzar el rango de Emperatriz… por ese matrimonio, y por sus planteamientos que podríamos llamar federalistas, el Archiduque era odiado por los nacionalistas pangermanos, que lo tenían por “checo”, e incluso cuenta Hitler que, al enterarse del atentado, su primera reacción fue de temor, pensando que el autor era uno de los suyos, lo cual hubiese desencadenado una dura represión. Pero no: ser sensato y moderado no te hace invulnerable ante los violentos, y ahí tenemos el caso de mi llorado Ernest Lluc, y de tantos otros… el asesino era un paneslavo, partidario de agrupar a todos los eslavos del sur en lo que después sería Yugoslavia… es dramático suponer que, de haber vivido Francisco Fernando, muy posiblemente se hubiese opuesto a la guerra, y decenas de millones de personas hubiesen muerto, muchos años después, de muerte natural. 

El segundo vehículo es el Kübelwagen, el todoterreno de la Wehrmacht durante la Segunda Guerra Mundial: Austria y Alemania perdieron la Primera, se creó en Austria una República democrática, que permitió el florecimiento de la Rote Wien, la Viena Roja -socialdemócrata, tampoco hay que exagerar- con conquistas obreras como la jornada de 8 horas, el subsidio de desempleo, y una política de viviendas que hace pocos días glosaba Jordi Évole… república ahogada en sangre por un Golpe de Estado conservador y reaccionario, que abre paso a la dictadura fascistona y clerical de Dollfuss… pero ser fascistón y  clerical tampoco te pone a salvo de los violentos, y Dollfuss es asesinado por un pronazi, creándose así las condiciones que harán posible el Anschluss, la anexión de Austria al Tercer Reich, el sueño de los nacionalistas pangermanos, encabezados por el austríaco -no tuvo nacionalidad alemana hasta que no fue nombrado Canciller- Adolf Hitler… os llamo la atención sobre el cartel que hay en segundo plano: Tercer Reich: más extenso que España o Francia, y con 75 millones de habitantes… pero no duró, ni de lejos, los Mil Años que pregonaban sus propagandistas… ya en 1944 se contaba, en voz muy baja, un chiste sobre dos soldados alemanes, en una posición en el Frente del Este, que fantasean sobre qué harían cuando acabase la guerra: uno de ellos dice: “cogeré mi bicicleta, y me iré a recorrer el Reich…” y el segundo le pregunta: “¿Y qué harás por la tarde…?”

El tercero, sobre el que me apoyo, no puede ser otro que la respuesta soviética al orgullo y poderío nazi: el T-34: un tanque basto y zaborrero, sin los refinamientos técnicos ni el perfeccionismo alemán, pero bien blindado y duro como él solo: aquellos “Untermensch”, los “subhombres”, sucios y oliendo a vodka, sobaco y tabaco malo, con sus armas de todo a cien, les dieron una lección de sufrimiento, determinación y… número, que, como decía el poema, “Dios ayuda a los malos/cuando son más que los buenos” De todas formas, Austria fue lo último que ocuparon los Aliados -los franceses, con republicanos españoles en sus filas, entraron también por Salzburgo-, dándoles tiempo a los nazis, al parecer, para sumergir cantidades ingentes de oro en algún lago alpino, tema que hubiese dado pie a Wagner para componer algunas óperas más…

Lo cual da paso al cuarto vehículo, uno de los mejor aprovechados de la Historia; el Jeep de la Policía Militar, con más banderas que la Foto de las Azores, en que patrullaban representantes de las cuatro potencias ocupantes: Estados Unidos, Unión Soviética, Reino Unido, y Francia… “Four men in a car” eran llamadas esas patrullas, que ejercitaron en Austria una función difícil: el hecho de que Austria hubiese aprobado supermasivamente en referendum su anexión al Reich, y de que los austriacos hubiesen servido lealmente y con entusiasmo -sobre todo, cuando iban ganando- en las fuerzas alemanas, no podía entrar en contradicción con la afirmación, según la propaganda aliada, de que Austria había sido una de las primeras víctimas del expansionismo nazi, tal y como hemos sufrido todos en “Sonrisas y Lágrimas”… se optó por declarar a Austria neutral, y aplicar, en el interior, una política de “desnazificación” que podríamos considerar como muy peculiar, y que acabó con el escándalo a escala mundial de haber enviado a las Naciones Unidas, como Secretario General, a un expresidente con un pasado pelín más pardo de lo socialmente aceptable.

No resisto la tentación de explicar un episodio, leído en una novela apasionante, “El Búnker”, escrita por un peridista estadounidense que descubre con horror, no exento de sentido del humor, su condición de hijo de un oficial de las SS: su abuelo, austríaco germanófono, tiene que abandonar su villa natal, en la Eslovenia que se incorpora a Yugoslavia tras la Primera Guerra Mundial, y refugiarse en Austria, donde se hace funcionario: allí milita en un partido nacionalista pangermano, legal, que no es el NSDAP nazi, prohibido por la legislación austriaca: tras la anexión al Reich, sale del armario pardo, se afilia al - ya legalizado- partido nazi, y un amigo suyo, tesorero de la organización local -¡esos tesoreros…!-, le hace una propuesta interesante; si cotiza los dos años anteriores, le dan un carné del partido con fecha también anterior, para presumir… accede el incauto abuelo. Tras la guerra, llega la desnazificación: las autoridades austríacas adoptan el siguiente criterio: carnés del NSDAP posteriores a la legalización; Nazi bueno, Nazi legal, kein problem… carnés anteriores -como el del abuelo-, Nazi malo, nazi ilegal, cárcel -poquita- y separado de la Función Pública…


Quería terminar éste recorrido con la quinta foto; un Porsche, claro ejemplo de la Austria de hoy, burguesa, rica y ligeramente progermánica… además -ni que decir tiene que no está hecha en el Museo de Historia Militar- lleva dos pegatinas interesante: el caballo de la Escuela Española de Equitación de Viena… y el Toro de Osborne: pero no puedo evitar ser un poco cabroncete, y os presento la sexta: noventa años después, Austria vuelve a meterse donde menos cabría esperar; en el avispero de los Balcanes… integradas el la multinacional KFOR, despliega sus blindados en Kosovo, de nuevo frente a los Serbios y ésta vez al lado de los Turcos, que a puntito estuvieron, en su momento, de hacer ondear sus banderas con el Creciente islámico sobre las iglesias de Viena, hecho que todos recordamos cuando nos desayunamos con un “croissant”… cientos de kilómetros más al norte, un nuevo Protector de los Eslavos, que ya no es Zar, pero casi, se lame las heridas y maquina respuestas gasísticas y petrolíferas, rodeado de rubias supermodelos… ¿Quién decía que la Historia había terminado…?







domingo, 3 de mayo de 2015

Veliki Novgorod





 Hemos llegado a Veliki Novgorod en un tren de cercanías exsoviético; nada que ver con su versión del AVE -el Sapsang, “Halcón”-en que hicimos en un plisplás los seiscientos ñilómetros entre Moscú y San Petersburgo, rodeados de ejecutivos pijos con tablets y esmartfones; éste es un honesto y renqueante convoy, aunque limpio como una patena, que tiene parada en todas las estaciones y apeaderos, donde descienden de él cientos de ciudadanos y ciudadanas bien provistos de cestitos de mimbre. Van -imaginamos- a recoger fresas, frambuesas y grosellas en los huertecitos de sus dachas: tarareo por lo bajini una canción de Los Gandules: “Bayas, bayas, el osiiiito come bayas…” La compra del billete, en mi escaso o nulo Ruso, ha sido toda una epopeya; en un momento, a la ajada funcionaria -que ya debía tener sofocos en tiempos de Breznev, que Gloria haya- se le ha ido la pinza, y me ha llamado “Tovarich”… ¡Ganas me han dado de besarla en los flácidos mofletes… “Da, da, Ya Tovarich”!, enseñando mi viejo carnet del PSUC…!

Otro día os contaré qué he venido a hacer en Veliki Novgorod; una vez cumplido mi cometido principal, nos ha sobrado algo de tiempo para visitar su hermoso Kremlim, más pequeño, pero no menos bonito, que el de Moscú, y acercarnos a las orillas del Volchov, un caudaloso y pacífico río de llanura, de aguas increíblemente azules, en las que se bañan los velikinovgorodenses…  en su ribera, me dejo mecer por mis lecturas de mi amado Chejov, y poco a poco, me voy sumiendo en otra realidad…

Estoy apalancado en una tumbona de lona, de rayas azules: llevo abierta la gimnastiorka de mi uniforme de teniente de Húsares: pronto voy a tener que incorporarme a mi regimiento, porque la cosa se está poniendo fea para Serbia, y aquí está el primo de Zumosol para sacarle las castañas del fuego… no se muy bien qué voy a hacer, porque me dieron el cargo por la buena amistad de mis papás -óptima, en el caso de mi mamá- con mi coronel, y sólo pedían ser chulo y guapito de cara, saber montar, y que alguna de tus abuelas hubiese sido amante del Zar, condiciones que cumplía escrupulosamente, en particular en lo referente a las abuelas…algo se me ocurrirá, total, los alemanes deben estar más o menos al mismo nivel…


A lo lejos, me llegan los hermosos cantos litúrgicos de los monjes del vecino Monasterio, y los más destemplados y aguardentosos de los trabajadores -hasta hace poco. siervos- de mis campos: mucho más cerca, bajo la pérgola del jardín de los cerezos, oigo a las múltiples mujeres de mi familia comentar los últimos chismes de la Corte; el Zarevitch, pobre, tan malito, el Zar, cada día más en la higuera, la Zarina, liada con ese hombre horrible que huele a macho cabrío… Sentado en una silla más bajita -no hay que dar excesivas confianzas-, mi administrador me comenta los problemas cotidianos de mi haciena. Me consta que me roba… ¿Cómo, si nó, con la mierda que le pago, podría haber enviado a su hija a la Universidad…? Por cierto que la niña está cada día más guapa, no desaprovecho ninguna oportunidad para lanzarle miradas incendiarias… ¡esa, cae, te lo digo yo…! Aunque la Okrana, nuestra eficiente Policía Política, ya me ha avisado de que ande con ojo, que, al parecer, en Moscú frecuenta malas compañías… esos estudiantes, siempre dando por saco, como ese Vladimir Ilich, al que hemos tenido que enviar al Lena, después de ahorcar a su hermano, por follonero, en la Fortaleza de Pedro y Pablo… Sigue el administrador enumerando vagones de trigo, sacos de patatas, libras de mantequilla, con sus rendimientos en rublos y kopecs, pero no le presto demasiada atención porque me acabo de dar cuenta de que todo ésto se va a ir a tomar vientos, y que dentro de muy poco, en el mejor de los casos, me veré conduciendo un taxi en París, donde las cocottes a las que tantas botellas de Roederer he pagado me racanearán la propina cuando las lleve a Chez Maxims… pero eso no pasará hoy; pido otro vaso de kvas bien fresquito, y noto en mi boca ese gusto amargo y sabroso del pan de centeno, mientras disfruto de la dulzura del verano ruso, entre un invierno cabrón y otro que no será muy bueno, porque no hay momentos mejores que los que vives entre las dificultades ya superadas y las que, sin lugar a dudas, te esperan en el porvenir.




Kremlim de Novgorod y Río Volchow

Jailhouse Blues



(Blanca me pregunta... ¿Por qué le pones ese nombre...? ¡Estos jóvenes...!: "Jailhouse Rock" es el famosísimo "Rock de la Cárcel" de Elvis Presley, y yo siempre he sido muy de Elvis, y me alegro mucho de que aún siga vivo, aunque abducido por extraterrestres... pero no quiero escribir un Rock; para hablar de la Cárcel de Boltaña prefiero algo más íntimo, más melancólico... algo así como un Blues, o, mejor aún, "Green grass of Home", al fin y al cabo, un blues carcelario...)


Uno de los equipamientos inherentes a la condición de Cabeza de Partido Judicial, de la que tan orgullosos estamos los boltañeses, era, por los años cincuenta, la llamada “Cárcel de Partido”, cuando los trullos, trenas, talegos, makos, cangrís y estariveles aún no eran designados con el aséptico nombre de “Centros de Detención”.

La Cárcel de Boltaña estaba en Calle San Pablo, pared con pared con la casa de mi familia: se contaban, en voz baja, historias terribles de los tiempos de la inmediata postguerra pero, en los años en que empiezo a tener recuerdos, para nosotros era, tan solo, la residencia de la familia vecina y amiga que la custodiaba y, eso sí, de algunos de sus peculiares huéspedes forzosos.

Recuerdo muy bien a uno de ellos: José: era jóven, y de aspecto culto y aseado; pasó tiempo allí, sin aclararme nunca el por qué -“!Una tontería”!, decía-, y no era infrecuente encontrarlo en la placeta frente a la cárcel, cortando leña con un hacha… si le llevabas un bocadillo de sardinas en aceite y el material adecuado, te hacía un perrito de algodón y alambre, con alfileres en el lugar de los ojos; a veces entraba en su celda -que siempre estaba abierta-, me sentaba con él en su catre, y charlábamos un rato… ¿Os imagináis qué hubiesen hecho los Servicios Sociales de ahora si se enterasen de que un niño de diez años entraba en la celda de un preso, por preventivo que fuese…?

Tiempo después, la cárcel conoció otro inquilino, inquilina en éste caso: en uno de nuestros valles, una señora mató a su marido a hachazos: la Opinión Pública matizaba que, francamente, eso estaba mal, pero no dejaba de reconocer que, en ese caso concreto, había circunstancias que lo hacían, si no justificable, por lo menos, explicable… la recuerdo bajita y gordita , tipo albondiguilla, siempre vestida de negro -por la viudedad, supongo, aunque fuera autoimpuesta…-, con aspecto frágil… la Policía Científica, por aquel entonces, estaba aún en mantillas, y no pasaba del interrogatorio a guantazos, innecesario en este caso ya que, desde momentos iniciales, confesó ser la única autora de los hechos: pero la Guardia Civil no acababa de creerse que una señora tan pequeñita hubiese podido acarrear al difunto que, al parecer, era grandizo; para que lo demostrase, le dieron un saco de patatas, y la señora hizo con él auténticos juegos malabares… se dio por buena su versión y, al tiermpo, fue enviada a Huesca, para su juicio… ignoro cómo acabó el asunto…

Años después, cuando ya no había presos en la cárcel, comentó mi tia Conchita, -prima hermana de mi madre, nuestra querida Tía Coqui-, que pasaba las vacacines con nosotros, que, a altas horas de la madrugada, se oían extraños ruidos en las celdas de la parte baja: la noche siguiente ya los oímos unos cuantos más y, la tercera noche, toda la família escuchaba, en vela, unos golpes rítmicos -toc, toc, toc-toc- toc…- que atravesaban las recias paredes de piedra… ¿Almas en pena…? ¿Recuerdos de algú intento de fuga, de las últimas horas de un condenado a muerte…? Decepción: nuestro, vecino, cazador, recargaba cartuchos con una pequeña maquinita: toc, pistón fuera: toc, nuevo pistón en su sitio: toc-toc, carga y perdigones…

Cuando dejó de prestar servicio como cárcel, fue transformada en Casa-Cuartel de la Guardia Civil, pese a no reunir las mínimas condiciones para ello: tantos hombres jóvenes allí hacinados, con instalaciones higiénicas muy precarias… se originó una auténtica epidemia de hongos que afectaban, especialmente, sus heróicas partes nobles. El médico -un amigo mío, que se estará riendo al recordarlo- les recetó recibir baños de sol en las zonas adecuadas, y te encontrabas, en las mañanas soleadas, civiles francos de servicio transformados en involuntarios nudistas, dirigiéndose al monte con una toalla y el periódico bajo el brazo… 

Afortunadamente, siendo Luís Roldán Director de la Guardia Civil, se construyeron  por doquier nuevas y funcionales Casas Cuartel… el pequeño detalle de que, por cada una de ellas, cobrase una sustanciosa comisión empaña un poco su mérito, pero no es menos cierto que las condiciones de vida de dichos servidores públicos mejoraron notablemente. La Cárcel de Boltaña quedó vacía de contenido y se fue deteriorando, deteriorando al mismo tiempo las relaciones de mis primos con el Ayuntamiento de Boltaña, a cuya deficiente conservación del edificio atribuían los desperfectos que sufría la casa familiar en sus paredes medianeras.


Pero no acaba allí su historia:  cuando empezaron a azotarnos los primeros coletazos de la crisis, mi llorado José Luís Rodríguez Zapatero, que en el Consejo de Estado esté, intentó, al igual que el heróico niño holandes, contener el Mar del Norte que se colaba por el dique metiendo un dedito en el agujero, y se pulió el primer superávit presupuestario de la Historia de España desde Don Pelayo en un famoso “Plan E” de infraestructuras municipales; el Ayuntamiento de Boltaña invirtió la parte que le tocó en consolidar el edificio de la Cárcel, cubillando de nuevo el tejado de losas ya casi caído, cerrando los accesos y, eso sí, cargándose el gracioso mirador adosado a la fachada, que estaba a punto de desplomare… y allí está el edicicio inacabado, esperando a un futuro Presidente del Gobierno keynesiano para transformarse en un nuevo equipamiento cultural, que espero ver algún día finalizado…



Antigua Cárcel de Boltaña