Hablábamos anteayer de Moriello de Sampietro... hoy, de Sampietro y Sampablo.... os preguntaréis qué obsesión me ha entrado con el Santoral, pero es que, hoy, me lo han puesto a huevo...
Hoy celebra la Santa Madre Iglesia la festividad de San Pedro y San Pablo: cuando pongáis la cruz en la casilla de la Declaración de Renta, recordad que poco habría durado el invento sin la aportación de estos dos gigantes: sin quitarle méritos a Jesucristo -sólo me faltaría, a estas horas, recibir un rayo, por blasfemo-, la Iglesia Católica en particular, y el Cristianismo en general, son fruto del esfuerzo de Simón, llamado "Piedra", Kefas", el tozudo pescador de Tiberiades, y de Saulo de Tarso..., el judío culto y pijo, ciudadano romano helenizado, convertido a la Fé Verdadera a última hora... todo el que ande por el mundo de la emprendeduría y las start ups, ahora tan de moda, sabrá que buenas ideas las tienen muchos, pero que el éxito empresarial requiere de la capacidad organizativa y el empuje, que, en éste caso, aportaban Pedro -el tradicionalista- y Pablo -el transgresor-, padres al alimón de aquella locura que fue el primer Cristianismo, al que se apuntaban emigrantes, pobres, esclavos, mujeres y militares sin graduación, y en cuyas filas no me hubiese importado figurar, aunque solo fuese por meter la mano debajo de las togas purpúreas y tocarle bien tocadas las narices al corrupto establishment romano... felicidades, pues a todos los Pedros, los Pablos -empezando por mi nieto, por supuesto-, las Petras y las Paulas... y, ahora que definitivamente ha entrado en su ocaso el Sol de nuestra efímera gloria futbolera, un cariñoso recuerdo al Pulpo Paul.
Me hubiese gustado poder felicitar hoy, y desear los mayores éxitos, al Presidente y el Vicepresidente de un futuro gobierno de regeneración moral y democrática de mi país: el orden, la verdad -ya sé que a ellos no- me importaba un pito, porque el uno sin el otro poco podrían hacer... pero mis conciudadanos no han estado por el tema... en mi ya lejana juventud era relativamente conocido un trío musical de folk, Peter, Paul and Mary; me encantaban sus canciones... pues bien, ni Peter ni Paul; se ha llevado el gato al agua Mary... ano. A Pablo, como a su antecesor, le han cortado la cabeza; Pedro sigue teniendo las llaves en su mano, pero todos sabemos a quién se las va a dar, y, si no, al tiempo... la Voz de Dios ya ha tronado desde El País, y dudo mucho que se atreva a desafiar sus iras, buen chico como es...
La Fortaleza de Pedro y Pablo, sobre las frías y limpias aguas del Neva, domina la vecina ciudad de los tres nombres: San Petersburgo, Petrogrado, Leningrado, otra vez San Petersburgo... la aguja dorada que la corona rivaliza con su vecina del Almirantazgo. La Petropavloskaya es hoy un pacífico parque de recreo, donde vi a un orgulloso padre enseñar a su hijo de diez o doce años a manejar un cañón... ese especial cariño de los rusos hacia la Artilleria, "Vojna Bog", "Dios de la Guerra", la llaman... Hay hasta un pequeño restaurante de aire bastante soviético -es decir, frugal, cutrecillo y tirando a honrado- donde, por cuatro cuartos, comí un Borsch muy rico y una lengua guisada sensacional.
Pero no siempre fue un lugar tan inocente; cuando las Fuerzas del Orden reprimieron la Revolución de Diciembre de 1825, un primer intento de jóvenes militares -procedentes de la aristocracia- de limitar la autocracia zarista, cinco de los sublevados fueron condenados a muerte: pusieron la soga al cuello del poeta Kondrati Ryleyev, se abrió la trampilla bajo sus pies, la cuerda se rompió, y se pegó una enorme culada en el foso... se levantó, sacudió el polvo de su uniforme, y masculló con desprecio a sus verdugos... "¡No sabéis ni ahorcar...!" ¡Gloria a ti, poeta inconformista, y a todos los que se han dado alguna culada en su vida, y las que se darán... !
PS: en la primera versión, Ryleyev participaba y moría en la Revolución de 1905; para esas fechas, habría ya muerto igualmente, pero de viejo: la Desembskaia ocurrió realmente en 1825; gracias a mi sabio amigo Joan Auladell por descubrir mi metedura de pata...
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miércoles, 29 de junio de 2016
lunes, 28 de septiembre de 2015
Krasnaia Ploshshad
No se puede decir que Moscú sea una ciudad acogedora: es, simplemente, desmesurada: ya desde el aire sobrecoge ver su extensión; las luces delimitan perfectamente sus Cinturones y, en el centro, una zona mucho más iluminada indica la Meca a la que dirigiré mis pasos en cuanto llegue al Hotel, duerma un rato y me dé una ducha: la Plaza roja, la Krasnaia Ploshshad.
Hemos llegado a Moscú de madrugada; en el Aeropuerto descubrimos que han perdido la maleta de nuestros cuñados, Cris y Javier: mientras formulan la reclamación, rodeados de ciudadanos de las repúblicas exsoviéticas, a los que tratan a patadas, salimos a explicárselo a la guía que acompaña al coche de la agencia de viajes: es una simpática y joven señora, a punto de salir de cuentas, que habla un Castellano impecable... charlamos un buen rato con ella: aunque estamos en Julio y hace calor, por lo primero que le preguntas a un ruso es por el frío, así de tópicos somos... "Hacemos vida normal, hasta que el termómetro llega a 20 bajo cero: entonces se cierran las escuelas..." le cuento que en Barcelona se cierran si hay amenaza de nieve: se parte el pecho...
Llegamos al hotel casi de día, después de tardar más de una hora en cruzar parte de Moscú: tan temprano, ya hay un tráfico infernal; destacan los trolebuses, cosa que en España hace años que no vemos. Hay muchas construcciones nuevas, centros comerciales, todos los anuncios que puedes ver en una ciudad europea... ves los barrios obreros, de casas altísimas prefabricadas, rodeados de jardines y parques infantiles que, desde el coche, tienen buena pinta -los pisos, no tanto...- Y verde, mucho verde, hay un anillo verde que rodea el centro, y allí verde quiere decir árboles; abedules, abetos... estamos hechos polvo, toda la noche en vela, y con un hambre atroz; decidimos desayunar antes de ir a dormir un par de horas: fastuoso desayuno ruso, con pescados ahumados, carnes ahumadas, sopas... empiezo a ver que comeré bien, y eso siempre anima.
La habitación del hotel -un hotel moderno, que se anuncia como céntrico, y eso quiere decir a veinte minutos en metro de la Plaza Roja- es, sencillamente, inmensa como la Madre Rusia: desde la cama casi no se ve, entre la bruma, el armario situado en la pared de enfrente... tiempo de dar una cabezada, ducha y... ¡a la calle, que Moscú nos espera...!
Ya había leído mucho sobre el Metro de Moscú, esa Catedral del Pueblo en la que Stalin puso un especial interés. Y cuando Stalin ponía un especial interés en algo, las cosas se hacían bien, a ver qué vida... Total, debía pensar, es el sitio donde más horas pasará la clase obrera... Pero hay que verlo; prodigio decorativo, miles de empleados -cuadrillas que, continuamente, limpian hasta el más pequeño rincón, señoras de mi edad, uniformadas de azul con gorritos rojos, parecen falangistas, sin más misión aparente que mirarnos, distraídas, a los viajeros...- precios baratos, pero controles inflexibles; Javier mete mal el billete y el torniquete se cierra de golpe y casi lo castra... pocas bromas en el Metro de Moscú... y las frecuencias... los trenes pasan cada treinta segundos, o cosa así; cuando uno va a salir, la gente ya ni corre por el andén, sencillamente espera al siguiente... vagones muy grandes -en Rusia tienen el mismo ancho de vía que en España-, de esa característica chapa acanalada tan frecuente en Rusia; sólidos de narices, poco diseño...
Ni diseño, ni grafismo; como viajero consciente, he dedicado varios días a aprenderme el alfabeto cirílico; tampoco es tan difícil, si conoces el griego: en la primera mañana en el metro el esfuerzo ya está amortizado: todos los nombres de las estaciones están en cirílico, los enlaces entre líneas están dentro de los andenes, las indicaciones en alfabeto latino son escasísimas... dentro del Metro sólo se indica la estación siguiente por los altavoces... el sistema es contar el número de paradas y, luego, llevar bien la cuenta. Pero es tan rápido que, si te pasas, cambias de andén, coges el siguiente y todo resuelto: veinte minutitos -habremos recorrido ocho o diez kilómetros- y ya estamos bajando junto a la Plaza Roja.
En Moscú, por lo menos en las grandes avenidas -casi todas las calles son grandes avenidas- no existen pasos de peatones; cada cien metros, o así, hay un paso subterráneo, un "Perijod", sobre el que pasan, a velocidades vertiginosas, Porsches, Audis y Bemeuwes. Los perijods son pelín siniestros, y están llenos de tiendecitas cutres, donde el moscovita del montón se provee de todo lo necesario: bragas, medias y calcetines, tabaco, fruta, aguas minerales coloreadas en todos los tonos del Arco Iris, periódicos y revistas... uno piensa que, durante el Invierno, deben agradecer mucho esos pasillos subterráneos, donde siempre hará menos biruji que en el exterior. Están limpios y no huelen, como cabría esperar, a pipí; de hecho, todo en Moscú está limpio: por las calles pasan sin cesar grupos de dos camiones juntos que no es que rieguen, es que provocan un auténtico diluvio que, al mismo tiempo, limpia el asfalto y a todos los coches que circulan a su lado...
Sales del perijod, deslumbrado por la luz del sol, cruzas frente a la imponente Biblioteca Pública, cambias de acera, y ya estas viendo la Puerta del Kremlim y, a su izquierda, detrás del historicista Museo de Historia, se abre ante tu vista la inmensa Plaza Roja.
Ya sé que se llamaba así desde varios siglos atrás, hay varias versiones; por las rojas murallas del Kremlim, porque "Rojo" quiere decir también "Bello"... lo siento, pero para los de mi generación, especialmente los "rojos" -aunque no necesariamente "bellos"-, la Plaza Roja será siempre lo mismo que la Plaza de San Pedro para los católicos, y sé de lo que hablo, como católico cultural que soy... te detienes, miras a izquierda a derecha, y al frente, tragas aire, y te convences de que estás en un lugar clave para la Historia de la Humanidad... aunque se admiten opiniones, por supuesto...
Para mí, la Plaza Roja está siempre ligada a un documental, en blanco y negro, donde, ante miles de soldados formados, el Mariscal Zukov arranca un galope solitario sobre su caballo, al frente del Desfile de la Victoria de 1945, cuando sus orgullosos frontyi, los héroes del Frente, irán arrojando en informe montón los estandartes y banderas nazis ante un Stalin que saluda medio militarmente -la mano no llega a la sién- con una sonrisita bajo el bigote... esa galopada tiene su historia; las malas lenguas dicen que Stalin, envidioso de la gloria del Mariscal, le prestó un caballo de su propiedad, especialmente borde, con la vana esperanza de que el viejo oficial de caballería se pegase un buen leñazo en público, al resbalar sobre el empedrado de la plaza... algo debe haber de eso porque, en la estatua que, junto a la plaza, inmortaliza esa cabalgada, Zukov no está galopando, sino trotando a la inglesa, sorprendido en el antiestético momento en que el culo se separa de la silla, como si montase padeciendo un ataque de almorranas... ¿venganza sutil de Stalin...? Que no es que fuese muy sutil, precisamente...
Podéis ver en cualquier guía las dimensiones de la Plaza Roja: es, en una palabra, enorme: la limitan, por sus lados mayores, la muralla del Kremlim, en la que se apoya el Mausoleo de Lenín -que, al mismo tiempo, servía de tribuna de autoridades en los desfiles- y, enfrente, dos edificios singulares: la Catedral de Kazán y los Almacenes GUM; al fondo, junto a la mole del Hotel Rossia, en obras, la Catedral de San Basilio el Bienaventurado, el icono quizás más conocido de Moscú: cierra el otro lado menor el rojizo Museo de Historia, en cuya puerta unos falsos stretsnyi, los fusileros de la guardia del Zar, enseñan a tirar con mosquete a unas turistas, y aprovechan, a lo Benny Hill, para tocarles el trasero.
No fue el primer, sino el segundo día, cuando nos pusimos en la inmensa cola para visitar el mausoleo de Lenín. antes, tuvimos que dejar en una consigna todas nuestras pertenencias, y sumarnos después a los miles de uzbekos, kazajos, armenios, georgianos... que esperaban disciplinadamente rendir su tributo a quién los hizo ciudadanos soviéticos... hay mucho turismo en Moscú, pero la mayoría parecen proceder de las vecinas repúblicas asiáticas, sin descartar que muchos sean también chinos, difíciles de distinguir para un ojo poco entrenado... todo ello contribuye a darle a Moscú un carácter decididamente oriental... a seiscientos kilómetros tan solo, San Petersburgo nos parecerá una gran ciudad europea: pero en Moscú se palpa que, saliendo de sus avenidas, se abre ya la inmensa llanura que, salvando la leve incomodidad de los Urales, llega hasta Vladivostok, en el Pacífico... Asia, traída por la Horda de Oro, está muy presente es una ciudad, paradójicamente fundada por nórdicos vikingos, los Variegos... punto de encuentro entre Mundos distintos, ciudad abierta, -no se defendió ante Napoleón, prefirió arder después, con el multinacional ejército imperial dentro, que tuvo que salir por piernas...- ante esta cola de turistas, ese carácter asiático, que es parte del encanto de Moscú -que lo tiene- se hace evidente.
Entramos, por fin, en el Mausoleo: llevo puestas las gafas de sol -he dejado las otras en la consigna-, no veo ni para jurar, y casi me como al policía tamaño armario que, con el dedo en los labios, ordena silencio a los visitantes. Allí está Lenín, en la oscuridad casi total, iluminados sólo su cabeza y sus manos -esas siempre impresionantes manos de muerto-, rodeado de banderas oscuras, que supongo rojas: lo saludo a nuestra manera, y canturreo por lo bajini las coplas que cantaba mi amigo Ricardo Conde cuando íbamos algo puestos:
"Vladimir Ilich Lenín
fue un tío extraordinario
que le enseñó al Proletario
que pué llegar hasta el fin,
siendo revolucionario..."
Casi me entra la risa tonta pensando en la cara que pondrían los policías si ahora me arranco a cantar Flamenco... tal como entramos, en correcta formación, salimos de nuevo a la luz de la Plaza Roja...
Pero antes, doy una vueltecita por la parte de la Muralla del Kremlim que tapa el Mausoleo y, exactamente, allí está José Stalin, medio escondido, exiliado de la compañía de Lenín -nunca se llevaron muy bien-, junto a una cohorte de revolucionarios, astronautas y premios Nobel de Física... la tumba tiene algunas flores... ¡Buen pedazo de cabrón estabas hecho, Pepe, las hiciste de todos los colores...! pero sin tu cabezonería, posiblemente yo viviría en el Gau de Ostspanien, eso sí, de una Europa Unida... y Adolfo, tu colega, hubiese muerto en la cama, con parte diario del Equipo Médico Habitual... viendo el lado bueno de las cosas, yo hablaría Alemán de corrido, y no me liaría con lo del verbo en Segunda Posición... sin el miedo que les metiste en el cuerpo a los que yo me sé, no tendríamos jubilación, ni subsidio de desempleo, ni casi vacaciones... eres, sin tú saberlo, el Padre del Modelo Europeo de Estado del Bienestar... el borrachuzo de Yeltsin se cargó tu invento, y todo entró en barrena... te debemos mucho más los occidentales que los pobres que tuvieron que aguantarte.
Justo enfrente de la Muralla del Kremlim, un enorme edificio de aire entre historicista y modernista... y ya tiene que ser grande, para parecerlo en esa Plaza... : los almacenes GUM, de antes de la Revolución, fueron, durante el periodo soviético lo que más visitaban los turistas, que se quedaban admirados ante los trajes de milrayas con hombreras y pantalones hasta el suelo y las fajas enterizas para las señoras que componían el estilismo habitual... ahora, completamente renovados, son una muestra de todos los productos de lujo occidentales, y de algunas cosas rusas incalificables, como la marca de prendas deportivas que diseñó el equipo de los olímpicos españoles, arrancando auténticas carcajadas... vemos también una charcutería donde reinan, ante la admiración de los moscovitas ricos, nuestros mejores "Cinco Jotas"... los precios, impresionan... Eso sí, hay en el hall de los Almacenes un bonito bar, con grandes samovares de cobre brillante, donde descubro lo que va a ser uno de mis mejores recuerdos de Rusia: el kvas, una bebida de la que había leído mucho en las novelas rusas -recuerdo al indolente Oblómov pidiéndole vasos de kvas constantemente a su viejo criado-, y no es otra cosa que agua con pan de centeno fermentado... si tiene alcohol, debe ser muy poco; bien frío, en días calurosos, está riquísimo: pediré kvas todas las veces que pueda, sin olvidar por eso la muy buena cerveza rusa, la "pibo"...
Al Este, cierra la plaza la impactante mole de la Catedral de San Basilio, el Bienaventurado: desde luego, si lo que querían lograr era impresionar, el objetivo se cubrió con creces: pero tanta cúpula policromada, a mí, no deja de recordarme algo a Disneyworld... no acaba de emocionarme, ante ella, sólo pienso... "¡Anda, qué brutos...!" Una de las cúpulas tiene los colores blanquiazules, del RCD Espanyol... bromeo diciendo que es el "sponsor", y que pronto pintarán otra del Barça...
Todo lo contrario me sucede con la Catedral de Kazán, en el otro extremo de la Plaza: pequeña, bonita, plenamente restaurada... durante los primeros años de la Revolución estuvo allí el Museo del Ateísmo, qué cosas, donde enseñaban los iconos trucados con los que hacían llorar sangre a los santos... luego, cuando la invasión alemana, Stalin se puso a bien con los popes, -total, él había sido seminarista- para que bendijesen la Gran Guerra Patriótica, y la cosa se suavizó. El ambiente de las iglesias ortodoxas es muy especial; el suelo cubierto de mullidas alfombras, los dorados iconos que cubren todas las paredes -incluso el biombo que tapa el altar, el Iconostasio; al cura solo se le ve en contadas ocasiones- y alguno de ellos vemos en Sobrarbe, obras de Maite Larrosa...- el olor a incienso y a los cientos y cientos de velas... los encargados de la bien provista boutique de la Catedral, que saben un huevo de márketing, tienen puesto un cd de bellísimos cantos litúrgicos, entran fieles, santiguándose al revés... no es difícil sentir que tu espíritu se eleva de las cosas mundanas buscando algo que te gustaría que hubiese pero -ay!- sospechas que no hay... sólo me faltaría eso, recuperar la Fé en plena Plaza Roja, mi gusto por la contradicción y la paradoja, a veces, tiene esas cosas...
Salimos por donde hemos entrado, otra vez hacia la vecina Plaza de la Revolución... hay allí un edificio especialmente curioso: es asimétrico, tiene un cuerpo central con dos cuerpos laterales ligeramente distintos; en el izquierdo hay unas ventanas rematadas en arco de medio punto, y en el derecho son todas rectangulares... cuenta la Leyenda que el arquitecto preparó los planos con las dos opciones, para ver qué opinaba Stalin, y éste, que tendría la cabeza en otra cosa, dijo que le parecía bien, y nadie se atrevió a preguntarle cual de las dos mitades le parecía bien... si uno no hubiese sido funcionario toda su vida, no se lo llegaría a creer, pero he visto cosas parecidas... cuando alguien discutía una orden superior, siempre contaba yo el mismo chiste: las tropas de Pancho Villa habían tomado un pueblo, y el general, sobre su caballo, ordenaba: "¡A ver, mis cuates, viólenme a todos los hombres, y fusílenme a todas las mujeres...!" Se hacía el silencio, y una voz entre las filas decía... "Mi General... será al revés, ¿verdad...?", a lo que un pelotillero contestaba, raudo: "¿Qué, ya quieres saber tú más que el Jefe..?"
Allí mismo, en la Plaza de la Revolución, comemos en los bajos de un Centro Comercial moderno; la comida es rusa y buena: probamos la Salad Olivier, que no es otra cosa que la Ensaladilla Rusa que encuentras en todas las barras de bares de España, pero con una salsa mucho más ligera: durante los primeros años del Franquismo, pasó a llamarse "Ensaladilla Nacional", y se decoraba con tiras de pimiento morrón que, junto a la mayonesa, formaban los colores de la Bandera... aquí la bautizaron con el nombre del cocinero francés que la inventó, si puede llamarse invento a algo tan elemental... salimos de nuevo a la calle, queda Moscú para rato...
Hemos llegado a Moscú de madrugada; en el Aeropuerto descubrimos que han perdido la maleta de nuestros cuñados, Cris y Javier: mientras formulan la reclamación, rodeados de ciudadanos de las repúblicas exsoviéticas, a los que tratan a patadas, salimos a explicárselo a la guía que acompaña al coche de la agencia de viajes: es una simpática y joven señora, a punto de salir de cuentas, que habla un Castellano impecable... charlamos un buen rato con ella: aunque estamos en Julio y hace calor, por lo primero que le preguntas a un ruso es por el frío, así de tópicos somos... "Hacemos vida normal, hasta que el termómetro llega a 20 bajo cero: entonces se cierran las escuelas..." le cuento que en Barcelona se cierran si hay amenaza de nieve: se parte el pecho...
Llegamos al hotel casi de día, después de tardar más de una hora en cruzar parte de Moscú: tan temprano, ya hay un tráfico infernal; destacan los trolebuses, cosa que en España hace años que no vemos. Hay muchas construcciones nuevas, centros comerciales, todos los anuncios que puedes ver en una ciudad europea... ves los barrios obreros, de casas altísimas prefabricadas, rodeados de jardines y parques infantiles que, desde el coche, tienen buena pinta -los pisos, no tanto...- Y verde, mucho verde, hay un anillo verde que rodea el centro, y allí verde quiere decir árboles; abedules, abetos... estamos hechos polvo, toda la noche en vela, y con un hambre atroz; decidimos desayunar antes de ir a dormir un par de horas: fastuoso desayuno ruso, con pescados ahumados, carnes ahumadas, sopas... empiezo a ver que comeré bien, y eso siempre anima.
La habitación del hotel -un hotel moderno, que se anuncia como céntrico, y eso quiere decir a veinte minutos en metro de la Plaza Roja- es, sencillamente, inmensa como la Madre Rusia: desde la cama casi no se ve, entre la bruma, el armario situado en la pared de enfrente... tiempo de dar una cabezada, ducha y... ¡a la calle, que Moscú nos espera...!
Ya había leído mucho sobre el Metro de Moscú, esa Catedral del Pueblo en la que Stalin puso un especial interés. Y cuando Stalin ponía un especial interés en algo, las cosas se hacían bien, a ver qué vida... Total, debía pensar, es el sitio donde más horas pasará la clase obrera... Pero hay que verlo; prodigio decorativo, miles de empleados -cuadrillas que, continuamente, limpian hasta el más pequeño rincón, señoras de mi edad, uniformadas de azul con gorritos rojos, parecen falangistas, sin más misión aparente que mirarnos, distraídas, a los viajeros...- precios baratos, pero controles inflexibles; Javier mete mal el billete y el torniquete se cierra de golpe y casi lo castra... pocas bromas en el Metro de Moscú... y las frecuencias... los trenes pasan cada treinta segundos, o cosa así; cuando uno va a salir, la gente ya ni corre por el andén, sencillamente espera al siguiente... vagones muy grandes -en Rusia tienen el mismo ancho de vía que en España-, de esa característica chapa acanalada tan frecuente en Rusia; sólidos de narices, poco diseño...
Ni diseño, ni grafismo; como viajero consciente, he dedicado varios días a aprenderme el alfabeto cirílico; tampoco es tan difícil, si conoces el griego: en la primera mañana en el metro el esfuerzo ya está amortizado: todos los nombres de las estaciones están en cirílico, los enlaces entre líneas están dentro de los andenes, las indicaciones en alfabeto latino son escasísimas... dentro del Metro sólo se indica la estación siguiente por los altavoces... el sistema es contar el número de paradas y, luego, llevar bien la cuenta. Pero es tan rápido que, si te pasas, cambias de andén, coges el siguiente y todo resuelto: veinte minutitos -habremos recorrido ocho o diez kilómetros- y ya estamos bajando junto a la Plaza Roja.
En Moscú, por lo menos en las grandes avenidas -casi todas las calles son grandes avenidas- no existen pasos de peatones; cada cien metros, o así, hay un paso subterráneo, un "Perijod", sobre el que pasan, a velocidades vertiginosas, Porsches, Audis y Bemeuwes. Los perijods son pelín siniestros, y están llenos de tiendecitas cutres, donde el moscovita del montón se provee de todo lo necesario: bragas, medias y calcetines, tabaco, fruta, aguas minerales coloreadas en todos los tonos del Arco Iris, periódicos y revistas... uno piensa que, durante el Invierno, deben agradecer mucho esos pasillos subterráneos, donde siempre hará menos biruji que en el exterior. Están limpios y no huelen, como cabría esperar, a pipí; de hecho, todo en Moscú está limpio: por las calles pasan sin cesar grupos de dos camiones juntos que no es que rieguen, es que provocan un auténtico diluvio que, al mismo tiempo, limpia el asfalto y a todos los coches que circulan a su lado...
Sales del perijod, deslumbrado por la luz del sol, cruzas frente a la imponente Biblioteca Pública, cambias de acera, y ya estas viendo la Puerta del Kremlim y, a su izquierda, detrás del historicista Museo de Historia, se abre ante tu vista la inmensa Plaza Roja.
Ya sé que se llamaba así desde varios siglos atrás, hay varias versiones; por las rojas murallas del Kremlim, porque "Rojo" quiere decir también "Bello"... lo siento, pero para los de mi generación, especialmente los "rojos" -aunque no necesariamente "bellos"-, la Plaza Roja será siempre lo mismo que la Plaza de San Pedro para los católicos, y sé de lo que hablo, como católico cultural que soy... te detienes, miras a izquierda a derecha, y al frente, tragas aire, y te convences de que estás en un lugar clave para la Historia de la Humanidad... aunque se admiten opiniones, por supuesto...
Para mí, la Plaza Roja está siempre ligada a un documental, en blanco y negro, donde, ante miles de soldados formados, el Mariscal Zukov arranca un galope solitario sobre su caballo, al frente del Desfile de la Victoria de 1945, cuando sus orgullosos frontyi, los héroes del Frente, irán arrojando en informe montón los estandartes y banderas nazis ante un Stalin que saluda medio militarmente -la mano no llega a la sién- con una sonrisita bajo el bigote... esa galopada tiene su historia; las malas lenguas dicen que Stalin, envidioso de la gloria del Mariscal, le prestó un caballo de su propiedad, especialmente borde, con la vana esperanza de que el viejo oficial de caballería se pegase un buen leñazo en público, al resbalar sobre el empedrado de la plaza... algo debe haber de eso porque, en la estatua que, junto a la plaza, inmortaliza esa cabalgada, Zukov no está galopando, sino trotando a la inglesa, sorprendido en el antiestético momento en que el culo se separa de la silla, como si montase padeciendo un ataque de almorranas... ¿venganza sutil de Stalin...? Que no es que fuese muy sutil, precisamente...
Podéis ver en cualquier guía las dimensiones de la Plaza Roja: es, en una palabra, enorme: la limitan, por sus lados mayores, la muralla del Kremlim, en la que se apoya el Mausoleo de Lenín -que, al mismo tiempo, servía de tribuna de autoridades en los desfiles- y, enfrente, dos edificios singulares: la Catedral de Kazán y los Almacenes GUM; al fondo, junto a la mole del Hotel Rossia, en obras, la Catedral de San Basilio el Bienaventurado, el icono quizás más conocido de Moscú: cierra el otro lado menor el rojizo Museo de Historia, en cuya puerta unos falsos stretsnyi, los fusileros de la guardia del Zar, enseñan a tirar con mosquete a unas turistas, y aprovechan, a lo Benny Hill, para tocarles el trasero.
No fue el primer, sino el segundo día, cuando nos pusimos en la inmensa cola para visitar el mausoleo de Lenín. antes, tuvimos que dejar en una consigna todas nuestras pertenencias, y sumarnos después a los miles de uzbekos, kazajos, armenios, georgianos... que esperaban disciplinadamente rendir su tributo a quién los hizo ciudadanos soviéticos... hay mucho turismo en Moscú, pero la mayoría parecen proceder de las vecinas repúblicas asiáticas, sin descartar que muchos sean también chinos, difíciles de distinguir para un ojo poco entrenado... todo ello contribuye a darle a Moscú un carácter decididamente oriental... a seiscientos kilómetros tan solo, San Petersburgo nos parecerá una gran ciudad europea: pero en Moscú se palpa que, saliendo de sus avenidas, se abre ya la inmensa llanura que, salvando la leve incomodidad de los Urales, llega hasta Vladivostok, en el Pacífico... Asia, traída por la Horda de Oro, está muy presente es una ciudad, paradójicamente fundada por nórdicos vikingos, los Variegos... punto de encuentro entre Mundos distintos, ciudad abierta, -no se defendió ante Napoleón, prefirió arder después, con el multinacional ejército imperial dentro, que tuvo que salir por piernas...- ante esta cola de turistas, ese carácter asiático, que es parte del encanto de Moscú -que lo tiene- se hace evidente.
Entramos, por fin, en el Mausoleo: llevo puestas las gafas de sol -he dejado las otras en la consigna-, no veo ni para jurar, y casi me como al policía tamaño armario que, con el dedo en los labios, ordena silencio a los visitantes. Allí está Lenín, en la oscuridad casi total, iluminados sólo su cabeza y sus manos -esas siempre impresionantes manos de muerto-, rodeado de banderas oscuras, que supongo rojas: lo saludo a nuestra manera, y canturreo por lo bajini las coplas que cantaba mi amigo Ricardo Conde cuando íbamos algo puestos:
"Vladimir Ilich Lenín
fue un tío extraordinario
que le enseñó al Proletario
que pué llegar hasta el fin,
siendo revolucionario..."
Casi me entra la risa tonta pensando en la cara que pondrían los policías si ahora me arranco a cantar Flamenco... tal como entramos, en correcta formación, salimos de nuevo a la luz de la Plaza Roja...
Pero antes, doy una vueltecita por la parte de la Muralla del Kremlim que tapa el Mausoleo y, exactamente, allí está José Stalin, medio escondido, exiliado de la compañía de Lenín -nunca se llevaron muy bien-, junto a una cohorte de revolucionarios, astronautas y premios Nobel de Física... la tumba tiene algunas flores... ¡Buen pedazo de cabrón estabas hecho, Pepe, las hiciste de todos los colores...! pero sin tu cabezonería, posiblemente yo viviría en el Gau de Ostspanien, eso sí, de una Europa Unida... y Adolfo, tu colega, hubiese muerto en la cama, con parte diario del Equipo Médico Habitual... viendo el lado bueno de las cosas, yo hablaría Alemán de corrido, y no me liaría con lo del verbo en Segunda Posición... sin el miedo que les metiste en el cuerpo a los que yo me sé, no tendríamos jubilación, ni subsidio de desempleo, ni casi vacaciones... eres, sin tú saberlo, el Padre del Modelo Europeo de Estado del Bienestar... el borrachuzo de Yeltsin se cargó tu invento, y todo entró en barrena... te debemos mucho más los occidentales que los pobres que tuvieron que aguantarte.
Justo enfrente de la Muralla del Kremlim, un enorme edificio de aire entre historicista y modernista... y ya tiene que ser grande, para parecerlo en esa Plaza... : los almacenes GUM, de antes de la Revolución, fueron, durante el periodo soviético lo que más visitaban los turistas, que se quedaban admirados ante los trajes de milrayas con hombreras y pantalones hasta el suelo y las fajas enterizas para las señoras que componían el estilismo habitual... ahora, completamente renovados, son una muestra de todos los productos de lujo occidentales, y de algunas cosas rusas incalificables, como la marca de prendas deportivas que diseñó el equipo de los olímpicos españoles, arrancando auténticas carcajadas... vemos también una charcutería donde reinan, ante la admiración de los moscovitas ricos, nuestros mejores "Cinco Jotas"... los precios, impresionan... Eso sí, hay en el hall de los Almacenes un bonito bar, con grandes samovares de cobre brillante, donde descubro lo que va a ser uno de mis mejores recuerdos de Rusia: el kvas, una bebida de la que había leído mucho en las novelas rusas -recuerdo al indolente Oblómov pidiéndole vasos de kvas constantemente a su viejo criado-, y no es otra cosa que agua con pan de centeno fermentado... si tiene alcohol, debe ser muy poco; bien frío, en días calurosos, está riquísimo: pediré kvas todas las veces que pueda, sin olvidar por eso la muy buena cerveza rusa, la "pibo"...
Al Este, cierra la plaza la impactante mole de la Catedral de San Basilio, el Bienaventurado: desde luego, si lo que querían lograr era impresionar, el objetivo se cubrió con creces: pero tanta cúpula policromada, a mí, no deja de recordarme algo a Disneyworld... no acaba de emocionarme, ante ella, sólo pienso... "¡Anda, qué brutos...!" Una de las cúpulas tiene los colores blanquiazules, del RCD Espanyol... bromeo diciendo que es el "sponsor", y que pronto pintarán otra del Barça...
Todo lo contrario me sucede con la Catedral de Kazán, en el otro extremo de la Plaza: pequeña, bonita, plenamente restaurada... durante los primeros años de la Revolución estuvo allí el Museo del Ateísmo, qué cosas, donde enseñaban los iconos trucados con los que hacían llorar sangre a los santos... luego, cuando la invasión alemana, Stalin se puso a bien con los popes, -total, él había sido seminarista- para que bendijesen la Gran Guerra Patriótica, y la cosa se suavizó. El ambiente de las iglesias ortodoxas es muy especial; el suelo cubierto de mullidas alfombras, los dorados iconos que cubren todas las paredes -incluso el biombo que tapa el altar, el Iconostasio; al cura solo se le ve en contadas ocasiones- y alguno de ellos vemos en Sobrarbe, obras de Maite Larrosa...- el olor a incienso y a los cientos y cientos de velas... los encargados de la bien provista boutique de la Catedral, que saben un huevo de márketing, tienen puesto un cd de bellísimos cantos litúrgicos, entran fieles, santiguándose al revés... no es difícil sentir que tu espíritu se eleva de las cosas mundanas buscando algo que te gustaría que hubiese pero -ay!- sospechas que no hay... sólo me faltaría eso, recuperar la Fé en plena Plaza Roja, mi gusto por la contradicción y la paradoja, a veces, tiene esas cosas...
Salimos por donde hemos entrado, otra vez hacia la vecina Plaza de la Revolución... hay allí un edificio especialmente curioso: es asimétrico, tiene un cuerpo central con dos cuerpos laterales ligeramente distintos; en el izquierdo hay unas ventanas rematadas en arco de medio punto, y en el derecho son todas rectangulares... cuenta la Leyenda que el arquitecto preparó los planos con las dos opciones, para ver qué opinaba Stalin, y éste, que tendría la cabeza en otra cosa, dijo que le parecía bien, y nadie se atrevió a preguntarle cual de las dos mitades le parecía bien... si uno no hubiese sido funcionario toda su vida, no se lo llegaría a creer, pero he visto cosas parecidas... cuando alguien discutía una orden superior, siempre contaba yo el mismo chiste: las tropas de Pancho Villa habían tomado un pueblo, y el general, sobre su caballo, ordenaba: "¡A ver, mis cuates, viólenme a todos los hombres, y fusílenme a todas las mujeres...!" Se hacía el silencio, y una voz entre las filas decía... "Mi General... será al revés, ¿verdad...?", a lo que un pelotillero contestaba, raudo: "¿Qué, ya quieres saber tú más que el Jefe..?"
Allí mismo, en la Plaza de la Revolución, comemos en los bajos de un Centro Comercial moderno; la comida es rusa y buena: probamos la Salad Olivier, que no es otra cosa que la Ensaladilla Rusa que encuentras en todas las barras de bares de España, pero con una salsa mucho más ligera: durante los primeros años del Franquismo, pasó a llamarse "Ensaladilla Nacional", y se decoraba con tiras de pimiento morrón que, junto a la mayonesa, formaban los colores de la Bandera... aquí la bautizaron con el nombre del cocinero francés que la inventó, si puede llamarse invento a algo tan elemental... salimos de nuevo a la calle, queda Moscú para rato...
domingo, 3 de mayo de 2015
Veliki Novgorod
Hemos llegado a Veliki Novgorod en un tren de cercanías exsoviético; nada que ver con su versión del AVE -el Sapsang, “Halcón”-en que hicimos en un plisplás los seiscientos ñilómetros entre Moscú y San Petersburgo, rodeados de ejecutivos pijos con tablets y esmartfones; éste es un honesto y renqueante convoy, aunque limpio como una patena, que tiene parada en todas las estaciones y apeaderos, donde descienden de él cientos de ciudadanos y ciudadanas bien provistos de cestitos de mimbre. Van -imaginamos- a recoger fresas, frambuesas y grosellas en los huertecitos de sus dachas: tarareo por lo bajini una canción de Los Gandules: “Bayas, bayas, el osiiiito come bayas…” La compra del billete, en mi escaso o nulo Ruso, ha sido toda una epopeya; en un momento, a la ajada funcionaria -que ya debía tener sofocos en tiempos de Breznev, que Gloria haya- se le ha ido la pinza, y me ha llamado “Tovarich”… ¡Ganas me han dado de besarla en los flácidos mofletes… “Da, da, Ya Tovarich”!, enseñando mi viejo carnet del PSUC…!
Otro día os contaré qué he venido a hacer en Veliki Novgorod; una vez cumplido mi cometido principal, nos ha sobrado algo de tiempo para visitar su hermoso Kremlim, más pequeño, pero no menos bonito, que el de Moscú, y acercarnos a las orillas del Volchov, un caudaloso y pacífico río de llanura, de aguas increíblemente azules, en las que se bañan los velikinovgorodenses… en su ribera, me dejo mecer por mis lecturas de mi amado Chejov, y poco a poco, me voy sumiendo en otra realidad…
Estoy apalancado en una tumbona de lona, de rayas azules: llevo abierta la gimnastiorka de mi uniforme de teniente de Húsares: pronto voy a tener que incorporarme a mi regimiento, porque la cosa se está poniendo fea para Serbia, y aquí está el primo de Zumosol para sacarle las castañas del fuego… no se muy bien qué voy a hacer, porque me dieron el cargo por la buena amistad de mis papás -óptima, en el caso de mi mamá- con mi coronel, y sólo pedían ser chulo y guapito de cara, saber montar, y que alguna de tus abuelas hubiese sido amante del Zar, condiciones que cumplía escrupulosamente, en particular en lo referente a las abuelas…algo se me ocurrirá, total, los alemanes deben estar más o menos al mismo nivel…
A lo lejos, me llegan los hermosos cantos litúrgicos de los monjes del vecino Monasterio, y los más destemplados y aguardentosos de los trabajadores -hasta hace poco. siervos- de mis campos: mucho más cerca, bajo la pérgola del jardín de los cerezos, oigo a las múltiples mujeres de mi familia comentar los últimos chismes de la Corte; el Zarevitch, pobre, tan malito, el Zar, cada día más en la higuera, la Zarina, liada con ese hombre horrible que huele a macho cabrío… Sentado en una silla más bajita -no hay que dar excesivas confianzas-, mi administrador me comenta los problemas cotidianos de mi haciena. Me consta que me roba… ¿Cómo, si nó, con la mierda que le pago, podría haber enviado a su hija a la Universidad…? Por cierto que la niña está cada día más guapa, no desaprovecho ninguna oportunidad para lanzarle miradas incendiarias… ¡esa, cae, te lo digo yo…! Aunque la Okrana, nuestra eficiente Policía Política, ya me ha avisado de que ande con ojo, que, al parecer, en Moscú frecuenta malas compañías… esos estudiantes, siempre dando por saco, como ese Vladimir Ilich, al que hemos tenido que enviar al Lena, después de ahorcar a su hermano, por follonero, en la Fortaleza de Pedro y Pablo… Sigue el administrador enumerando vagones de trigo, sacos de patatas, libras de mantequilla, con sus rendimientos en rublos y kopecs, pero no le presto demasiada atención porque me acabo de dar cuenta de que todo ésto se va a ir a tomar vientos, y que dentro de muy poco, en el mejor de los casos, me veré conduciendo un taxi en París, donde las cocottes a las que tantas botellas de Roederer he pagado me racanearán la propina cuando las lleve a Chez Maxims… pero eso no pasará hoy; pido otro vaso de kvas bien fresquito, y noto en mi boca ese gusto amargo y sabroso del pan de centeno, mientras disfruto de la dulzura del verano ruso, entre un invierno cabrón y otro que no será muy bueno, porque no hay momentos mejores que los que vives entre las dificultades ya superadas y las que, sin lugar a dudas, te esperan en el porvenir.
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| Kremlim de Novgorod y Río Volchow |
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