Finalizada la hercúlea tarea de leer la última novela de Domingo Villar, " El último barco"...
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..y no porque la novela sea de difícil, lectura, todo lo contrario, sino por su volumen físico, más de 700 páginas, jugando en la categoría de cosas como "Guerra y Paz"... probad a mantener un libro así con los brazos extendidos, mientras estás tumbado tomando el sol en la Gorga, ya me diréis...
Las nuevas aventuras del inspector Leo Caldas, adscrito a la comisaría de Vigo, nos enganchan desde el primer momento, hasta llegar al último giro argumental que -como todos los giros argumentales- no deja de resultar un punto forzado, pero, bien mirado, así es la vida, nada que objetar, buena novela, leedla... pero, al igual que en sus obras anteriores, junto al Sherlock galaico juega un papel destacado su Watson aragonés, Estévez, caracterizado por ser -¿lo podríais imaginar?- bruto, pero noble...
Estando donde estoy, comprenderéis que ande uno hasta el pirulo de la boina de estereotipos étnicos, habida cuenta de que, a lo largo de la vida, ha conocido uno canarios nerviosos, andaluces sosos -uno de los tíos más sosos que he conocido es andaluz, no daré nombres...-, madrileños emprendedores, catalanes con alma de nardo, vascos pusilánimes y frugales, sorianos pródigos.... bueno, eso último, la verdad es que no, pero seguro que deben existir... ese prototipo aragonés "brutico, pero noble", sacaba de sus casillas a mi maestro, don Sebastián Martín-Retortillo... "¡cuando lo que nos ha caracterizado a los aragoneses ha sido siempre nuestra finura jurídica!" me decía a mí, que soy mestizo, él, de padre salmantino...
Dicho esto, y, partiendo de la base de que, bien mirado mi carácter puede aproximarse bastante más al del galaico Caldas que al del aragonés Estévez -por cierto, ¡qué apellido tan poco aragonés, y tan gallego...!- reflexiono sobre el asunto, y me vienen a la memoria historias vividas que, una vez más, y dicho en Gallego, vendrían a confirmar que, haberlas, hailas...
Recorría yo las tierras de Monforte de Lemos, en una campaña de promoción cooperativa, con la intención de explicar a los labradores y ganaderos las ventajas de la asociación: iba conmigo un compañero zaragozano, no excesivamente alejado del tópico, es este caso... nos dirigíamos a un pequeño grupo de ganaderos de una aldea cuando mi amigo, apuntando teatralmente a uno de los asistentes, le largó: "Por ejemplo, ¿usted, cuantas vacas tiene...?"
La reacción del paisano fue similar a la que habría experimentado si le hubiesen preguntado con cuantas señoras había puesto los cuernos -hablando de vacas- a su señora, y con cuantos señores se los había puesto ella a él: enrojeció hasta la raíz del abundante cabello, y comenzó a balbucear... "Eso depende muito, algunas casas teñen oito, outras doce..."
"¿Usted, usted, cuántas tiene usted...?" insistia mi compañero, insensible a los codazos que le estaba dando yo en pleno hígado...
"Unos años se teñen más, outros, menos, según..."
"¿Hoy, por ejemplo hoy, cuántas tiene...?" insistía el imprudente, mientras yo intentaba esconderme debajo de la mesa...
"¿Falamos de vacas...? ¿falamos tambén de terneras...? .¿el toro...?" se defendía, ya contra las cuerdas el paisano, ante el silencio horrorizado de sus vecinos, que temían que, luego, les tocase el turno a ellos...
Vamos, que no hubo manera... me costó Dios y ayuda levantar un poco el tono de la sesión y poder salir de allí con cierta dignidad... de todas maneras, creo que el resultado hubiese sido el mismo en cualquier territorio de nuestro mundo rural, con la no pequeña diferencia de que, en algunos sitios, lo hubiesen mandado a tomar por donde rezuman los cántaros, y allí el episodio se desarrolló con una exquisita cortesía...
Aún traumatizados por la experiencia, nos dirigíamos a otro pueblo de la comarca, cuando recogimos a dos chicas que hacían "auto-stop": resultaron ser dos enfermeras del Clínico de Barcelona, una de ellas gallega, la otra ni más ni menos que de Monzón, lo que son las cosas... empezamos a hablar y, como no podía ser menos, salió el tema: no era posible arrancar a un gallego una respuesta concreta, decía mi mosqueado amigo: prejuicios, estereotipos, historias antiguas, respondía la gallega... "¡Tú no te das cuenta, pero es verdad!", remachaba el clavo la de Monzón, yo dudaba...
Estábamos entrando ya en el pueblo de destino... fue nuestra pasajera gallega la que se dirigió a un paisano, en la puerta de un bar... "Por favor, ¿por dónde se va al Sindicato...?"
"¡Oh, estará cerrado...!" fue la respuesta del ciudadano...
No pudimos evitarlo; ante su perplejidad, soltamos los cuatro una sonora carcajada...
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domingo, 15 de septiembre de 2019
miércoles, 8 de marzo de 2017
"A usted... ¿cómo le llaman...?"
Así se nos dirigía un profesor que tuve en Bachillerato, un magnífico profesor de Literatura, culpable en parte de mis aficiones... porque es verdad, muy pocas veces "nos" llamamos; nuestro nombre nos lo ponen otros, lo usan otros, y trabajo nos cuesta cuando pretendemos, por ejemplo, que dejen de llamarnos por un apodo y lo hagan de otra manera...
Viene esto a cuento porque he leído que en breve, si no se ha presentado ya, se hará pública una lista de los nombres aragoneses de los Tresmiles de nuestro Pirineo: estoy deseando verla, para estudiarla y, después, modificar los hábitos adquiridos con los años... o no, según el caso. Y que conste que es un interés meramente platónico: o muy rápidamente se abaratan e incrementan su capacidad de carga los drones, o veo seriamente improbable que llegue yo a hollar una de esas cumbres, ya que, incluso en mis mejores momentos, me quedé a pocos metros de "hacer" un Tres Mil... me gusta verlos desde donde ahora puedo, desde abajo, admirarlos, fotografiarlos, y darles su nombre correcto... y eso no siempre es fácil, partiendo del hecho de que las montañas no están rotuladas, la cartografía disponible no permite, a veces, identificarlos adecuadamente y, por si algo faltase, es posible que sobre el nombre correcto de un pico haya más de una opinión... un poco de normalización, por lo tanto, es, por mi parte, entusiásticamente recibida.
Siempre he pensado que parte del problema reside en que los nombres de las montañas no siempre han tenido la importancia que les damos ahora; de un libro descacharrante, "El Antropólogo inocente", de Nigel Barley, aprendí hace años que el Ser Humano, en su innata vagancia -economía de medios, por decirlo en fino- no está especialmente interesado más que en aquello de lo que puede extraer un beneficio más o menos inmediato o, por el contrario, representa un peligro para él: durante siglos y siglos -y, por lo menos, tres o cuatro idiomas distintos- nuestro Pirineo ha estado poblado por sociedades pastoriles, viviendo siempre en el margen de la subsistencia, en un clima hostil, condiciones que difícilmente facilitaban ni hacían necesaria una exploración del territorio que no estuviese directamente ligada a sus necesidades; las tierras de pasto o de labor, los bosques donde se podía obtener madera y caza, las minas, los ríos, las fuentes, los puertos y pasos que te comunicaban con territorios vecinos... eran lugares necesarios, conocidos, apropiados y nombrados: pero las cumbres... si no sospechaba que se le había perdido una oveja por ahí arriba, ¿qué interés podía tener un sobrarbense de hace trescientos años en subir a un Tres Mil...? ¿Exponerse a romperse una pierna, accidente que, sin GREIM, era la muerte segura o, peor aún, la invalidez...?
Por supuesto, había otro interés hacia las montañas; el mágico, suponerlas refugio de las deidades que, más o menos, regulaban sus vidas, especialmente enviándoles tronadas, pedregadas, borrascas y otros alicientes por el estilo... pero ni ese interés ni el meramente orientativo ("Por allí... por allá...") requerían una gran precisión: aún hace algunos años recuerdo que, un día de borrasca, un anciano me decía: "Está nevando en os Puertos..."; los puertos, las estivas, los pasos y los pastos, tenían importancia: las cumbres... ahí estaban, ni molestaban ni importaban demasiado.
Seguramente el interés por parte de nuestros paisanos se disparó cuando llegaron gentes de fuera de las montañas que querían conocerlas, subir a ellas... y necesitaban los servicios de los montañeses como guías: es muy probable que alguno se apuntase sin tener ni idea de por dónde diablos se subiría ahí arriba, pero no era gran problema, costumbre de andar por peñas y riscos no le faltaba a ninguno... primero fueron cartógrafos militares, trazando la raya fronteriza con Francia, pero enseguida empezaron los visitantes extranjeros: nos llegaban los aires del Romanticismo y el descubrimiento del Paisaje, cuanto más pintoresco -propio de pintores-, mejor... lo que hasta entonces eran, meramente obstáculos, dificultades para ganarse la vida lo más placenteramente posible, que es a lo que cualquier persona sensata aspira, pasaban a ser ahora panoramas gigantescos, escenarios grandiosos, retos que estaban ahí para que gentes con las necesidades materiales resueltas -nuestros montes se pueblan de condes, princesas y rentistas- se jueguen la crisma por el placer, descrito como sublime, de contemplar paisajes desconocidos y, a ser posible, torcerse el tobillo en una garganta que se presentaba, ahora, como infernal, caótica, aterradora... cuando hasta aquel momento había sido, sencillamente, un fastidio.
¿Consecuencia inmediata...? Que los nombres de nuestras montañas fueron puestos por gentes procedentes de otras tierras, los que de verdad estaban interesados en ellas; transcribiendo con mejor o peor oído los nombres que mascullaban los lugareños -que, estoy seguro, muchas veces los inventarían, para cimentar su fama de guías avezados- o, sencillamente, poniendo nombres nuevos, en autohomenaje a otros descubridores como ellos, o fruto de sus fértiles imaginaciones, espoleadas por el calentón de la conquista de las cumbres.
Y no tiraron por lo bajo, no... llenaron nuestros mapas de Infiernos, Diablos, Maldiciones, historias mitológicas... no de la mitología local antigua, perdida ya desde siglos atrás, desconocida hasta por los lugareños, sino por recreaciones cultas de la Mitología clásica, conocida, tan solo, por los curas, como mucho, si habían prestado atención a los Clásicos en el Seminario... que se superponía a la mitología mucho más hogareña, de santos y vírgenes, que el pueblo realmente existente manejaba en terrenos situados a cotas accesibles... podíamos decir que hasta los 2.500 metros, más o menos a la cota del Pino Negro, llegaban los santos y las vírgenes de las beatas y los curas, y, a partir de allí, empalmaban con los territorios de los Atlantes, Roldán, Hércules o el Gigante Gerión, al que, os lo puedo jurar, he oído también mencionar hablando de pedregales de nuestras montañas.
Hay un caso paradigmático en Sobrarbe, y, además, afecta al macizo más característico, y que da nombre a nuestro Parque Nacional: Monteperdido, el Monte Perdido.
Parece clara la incongruencia de llamar "Perdido" a un macizo montañoso que se ve desde distancias increíbles: yo he podido divisarlo -y no soy un halcón, sino más bien miope- desde la vertical del Aeropuerto de Barcelona y desde una de las Torres del Pilar, a 300 y más de 200 kilómetros, respectivamente; desde La Panadella, desde Belchite... se ve también desde el Moncayo y, recientemente vi una foto obtenida desde tierras de Teruel... perdido, por lo tanto, no es que esté... si bien es cierto que, según te vas acercando a él, desaparece, salvo en Pineta, donde su cara Norte domina el valle... mucha de la gente que visita Ordesa se vuelve a casa sin haberlo visto si no llega a Soaso; por ejemplo, si viene desde Zaragoza o Huesca, pierde su última oportunidad en Monrepós... si sube desde Barcelona, en L'Ainsa... aunque desde el castillo de Boltaña, el observador avezado puede llegar a ver la puntita de su cumbre.
Por supuesto, el nombre se puso desde Francia, donde la cumbre del Perdido apenas si se avista desde algún lugar muy concreto del Valle de Gèdre, precisamente donde hay un Hotel du Mont Perdu... franceses fueron quienes primero se interesaron por él, por decirlo así, deportivamente -Heredia subió estando de servicio-, y franceses quienes le dieron su nombre... ¿si los guías nativos les hubiesen dicho que "aquello" se llamaba de otra manera, hubiesen ellos contestado: "Ah, mais non, ça s'apelle Mont Perdu, monsieur..!"? lo dudo, el toque exótico hubiese ganado... seguramente el tema del nombre ni se planteó... de cualquier manera, seguimos sintiéndonos ligeramente incómodos con "Monteperdido"; meterle mano al nombre implicaría nada menos que una modificación legislativa, ya que ha dado nombre, junto con Ordesa, a nuestro Parque Nacional; además, ¿qué ponemos en su lugar...? ¿Optamos por "Aso", como creo recordar que proponía el Dr. Plá, nuestro erudito boltañés de adopción...? creo que se plantea otra opción, "Puntón de Treserols", a la espera estoy de la famosa lista... pero no dejo de recordar que la cúspide de la Peña Montañesa recibe el nombre "popular" de "Puntón d'o Libro", que, supongo, hace referencia al libro de firmas -del que ya he conocido varias reencarnaciones- que difícilmente puede llevar allí demasiados años, y que vendría a ser como dar categoría de "Nombre popular" al "Tozal d'o repetidor de Vodafone", pongo por caso...
Pero es que el nombre de todo el macizo también ha sufrido sus altibajos: por lo menos, en este caso sí se conservaba un nombre popular: Treserols. "Erol", posiblemente preromano, lo encontramos también en la mismísima Barcelona, en la Serra de Collserola, "Coll s'Erola", pero... "Tres"? ¿Por qué no cuatro? De hecho, desde muchos lugares, el Cilindro queda escondido detrás de Monteperdido, y aparece como tercera cima, más baja, pero no por ello menos impresionante, la Punta de las Olas... podríamos concluir que los Tres Erols de Treserols, como los Tres Mosqueteros, son cuatro... pero el "Tres" tiene un prestigio mágico que difícilmente puede disputarle el "Cuatro", y así lo vemos, pocos cientos de metros al Este, cuando las Sucas o Zucas, las "Tres Marías"... vuelven a ser cuatro.
Treserols, como nombre, tenía un problema; ¿Qué c.... era un "Erol"? Rápidamente se encontró una solución: serían las "Tres Sorores", las Tres Hermanas, y eso daba un bonito juego a leyendas varias, tres hijas de un rey, tres damas de alta alcurnia -no podían ser tres cabreras, claro, aunque la tierra daba muchas más cabreras que princesas-, hechizos, maldiciones, petrificaciones... hasta Sender se sumó al carro, en una novela menor... las "Tres Sorores" siguen oyéndose, supongo que cada vez menos, pero se tarda años en reconducir situaciones así...
El Cilindro tuvo la inmensa suerte de parecer justamente eso, un Cilindro: pese al pliegue en su pared Este, llamado "la gamba", nadie, que yo sepa, se ha atrevido a hablar de la "Gamba de Marboré",o "Marmoré", que esa va a ser otra... pero la segunda cumbre del macizo conoció uno de los rebautizos de "Clase dos"; para honrar al Barón Ramond de Carbonières, pasó a ser llamado "Soum de Ramond"
No seré yo quien discuta los innumerables méritos de Louis Ramond de Carbonnières, amigo de Napoleón, Barón del Imperio, Prefecto, montañero, botánico... llevan su nombre tres cimas, un endemismo -la Ramonda pyrenaica-, una festuca... me tengo prometido aprovechar un viaje a París para visitar su tumba, en el romántico cementerio de Montmartre. Además, el nombre de su cima -consta que subió a Monteperdido al tercer intento, pero no sé si pasando antes por ella- ha quedado ya perfectamente integrado: Sunderamón, así tal cual... pero... aquí si parece claro que el nombre primigenio, o, por lo menos, el más nativo, sería Pico de Añisclo... Barón, su Soum peligra...
Como peligran también nombres de personas ante cuyo recuerdo debemos todos los que amamos estas tierras quitarnos la boina: Lucien Briet, mi amado Briet, que podría quedarse sin Mallo Gran, reducido a su monumento, eso sí, junto a la pradera de Ordesa que tanto quiso... Schrader, el Príncipe de la Moscowa -¡el hijo del Mariscal Ney, otro amigo de Napoleón!-, Lady Lyster, a la que imagino con sus enaguas almidonadas triscando por su Corredor, allá por el Vignemale, en realidad Vinhamala, en realidad, por nuestro lado, Comachibosa...
Siempre he sido amigo de paños calientes; propongo, por lo tanto, una solución de síntesis, de compromiso... demos a nuestros montes los nombres más apropiados posibles, aquellos que tengan un arraigo en la memoria de nuestras gentes, en el supuesto de que aún puedan encontrarse vestigios, más o menos creíbles, de cómo llamaron a aquellas montañas quienes junto a ellas -que no en ellas; ahí no vivía nadie en su sano juicio- vivían... pero no dejemos caer en el olvido aquellos otros bautizos que recordaban a gentes dignas merecedoras de eso y de más... me apunto a caballo ganador, porque imagino que esa será la solución real: yo la institucionalizaría: nombre oficial: Pico Añisclo/Sunderamón, así tal cual, con su barra inclinada.... honraremos así a nuestros Antepasados, y también a nuestros Antecesores en el amor a las montañas...
Viene esto a cuento porque he leído que en breve, si no se ha presentado ya, se hará pública una lista de los nombres aragoneses de los Tresmiles de nuestro Pirineo: estoy deseando verla, para estudiarla y, después, modificar los hábitos adquiridos con los años... o no, según el caso. Y que conste que es un interés meramente platónico: o muy rápidamente se abaratan e incrementan su capacidad de carga los drones, o veo seriamente improbable que llegue yo a hollar una de esas cumbres, ya que, incluso en mis mejores momentos, me quedé a pocos metros de "hacer" un Tres Mil... me gusta verlos desde donde ahora puedo, desde abajo, admirarlos, fotografiarlos, y darles su nombre correcto... y eso no siempre es fácil, partiendo del hecho de que las montañas no están rotuladas, la cartografía disponible no permite, a veces, identificarlos adecuadamente y, por si algo faltase, es posible que sobre el nombre correcto de un pico haya más de una opinión... un poco de normalización, por lo tanto, es, por mi parte, entusiásticamente recibida.
Siempre he pensado que parte del problema reside en que los nombres de las montañas no siempre han tenido la importancia que les damos ahora; de un libro descacharrante, "El Antropólogo inocente", de Nigel Barley, aprendí hace años que el Ser Humano, en su innata vagancia -economía de medios, por decirlo en fino- no está especialmente interesado más que en aquello de lo que puede extraer un beneficio más o menos inmediato o, por el contrario, representa un peligro para él: durante siglos y siglos -y, por lo menos, tres o cuatro idiomas distintos- nuestro Pirineo ha estado poblado por sociedades pastoriles, viviendo siempre en el margen de la subsistencia, en un clima hostil, condiciones que difícilmente facilitaban ni hacían necesaria una exploración del territorio que no estuviese directamente ligada a sus necesidades; las tierras de pasto o de labor, los bosques donde se podía obtener madera y caza, las minas, los ríos, las fuentes, los puertos y pasos que te comunicaban con territorios vecinos... eran lugares necesarios, conocidos, apropiados y nombrados: pero las cumbres... si no sospechaba que se le había perdido una oveja por ahí arriba, ¿qué interés podía tener un sobrarbense de hace trescientos años en subir a un Tres Mil...? ¿Exponerse a romperse una pierna, accidente que, sin GREIM, era la muerte segura o, peor aún, la invalidez...?
Por supuesto, había otro interés hacia las montañas; el mágico, suponerlas refugio de las deidades que, más o menos, regulaban sus vidas, especialmente enviándoles tronadas, pedregadas, borrascas y otros alicientes por el estilo... pero ni ese interés ni el meramente orientativo ("Por allí... por allá...") requerían una gran precisión: aún hace algunos años recuerdo que, un día de borrasca, un anciano me decía: "Está nevando en os Puertos..."; los puertos, las estivas, los pasos y los pastos, tenían importancia: las cumbres... ahí estaban, ni molestaban ni importaban demasiado.
Seguramente el interés por parte de nuestros paisanos se disparó cuando llegaron gentes de fuera de las montañas que querían conocerlas, subir a ellas... y necesitaban los servicios de los montañeses como guías: es muy probable que alguno se apuntase sin tener ni idea de por dónde diablos se subiría ahí arriba, pero no era gran problema, costumbre de andar por peñas y riscos no le faltaba a ninguno... primero fueron cartógrafos militares, trazando la raya fronteriza con Francia, pero enseguida empezaron los visitantes extranjeros: nos llegaban los aires del Romanticismo y el descubrimiento del Paisaje, cuanto más pintoresco -propio de pintores-, mejor... lo que hasta entonces eran, meramente obstáculos, dificultades para ganarse la vida lo más placenteramente posible, que es a lo que cualquier persona sensata aspira, pasaban a ser ahora panoramas gigantescos, escenarios grandiosos, retos que estaban ahí para que gentes con las necesidades materiales resueltas -nuestros montes se pueblan de condes, princesas y rentistas- se jueguen la crisma por el placer, descrito como sublime, de contemplar paisajes desconocidos y, a ser posible, torcerse el tobillo en una garganta que se presentaba, ahora, como infernal, caótica, aterradora... cuando hasta aquel momento había sido, sencillamente, un fastidio.
¿Consecuencia inmediata...? Que los nombres de nuestras montañas fueron puestos por gentes procedentes de otras tierras, los que de verdad estaban interesados en ellas; transcribiendo con mejor o peor oído los nombres que mascullaban los lugareños -que, estoy seguro, muchas veces los inventarían, para cimentar su fama de guías avezados- o, sencillamente, poniendo nombres nuevos, en autohomenaje a otros descubridores como ellos, o fruto de sus fértiles imaginaciones, espoleadas por el calentón de la conquista de las cumbres.
Y no tiraron por lo bajo, no... llenaron nuestros mapas de Infiernos, Diablos, Maldiciones, historias mitológicas... no de la mitología local antigua, perdida ya desde siglos atrás, desconocida hasta por los lugareños, sino por recreaciones cultas de la Mitología clásica, conocida, tan solo, por los curas, como mucho, si habían prestado atención a los Clásicos en el Seminario... que se superponía a la mitología mucho más hogareña, de santos y vírgenes, que el pueblo realmente existente manejaba en terrenos situados a cotas accesibles... podíamos decir que hasta los 2.500 metros, más o menos a la cota del Pino Negro, llegaban los santos y las vírgenes de las beatas y los curas, y, a partir de allí, empalmaban con los territorios de los Atlantes, Roldán, Hércules o el Gigante Gerión, al que, os lo puedo jurar, he oído también mencionar hablando de pedregales de nuestras montañas.
Hay un caso paradigmático en Sobrarbe, y, además, afecta al macizo más característico, y que da nombre a nuestro Parque Nacional: Monteperdido, el Monte Perdido.
Parece clara la incongruencia de llamar "Perdido" a un macizo montañoso que se ve desde distancias increíbles: yo he podido divisarlo -y no soy un halcón, sino más bien miope- desde la vertical del Aeropuerto de Barcelona y desde una de las Torres del Pilar, a 300 y más de 200 kilómetros, respectivamente; desde La Panadella, desde Belchite... se ve también desde el Moncayo y, recientemente vi una foto obtenida desde tierras de Teruel... perdido, por lo tanto, no es que esté... si bien es cierto que, según te vas acercando a él, desaparece, salvo en Pineta, donde su cara Norte domina el valle... mucha de la gente que visita Ordesa se vuelve a casa sin haberlo visto si no llega a Soaso; por ejemplo, si viene desde Zaragoza o Huesca, pierde su última oportunidad en Monrepós... si sube desde Barcelona, en L'Ainsa... aunque desde el castillo de Boltaña, el observador avezado puede llegar a ver la puntita de su cumbre.
Por supuesto, el nombre se puso desde Francia, donde la cumbre del Perdido apenas si se avista desde algún lugar muy concreto del Valle de Gèdre, precisamente donde hay un Hotel du Mont Perdu... franceses fueron quienes primero se interesaron por él, por decirlo así, deportivamente -Heredia subió estando de servicio-, y franceses quienes le dieron su nombre... ¿si los guías nativos les hubiesen dicho que "aquello" se llamaba de otra manera, hubiesen ellos contestado: "Ah, mais non, ça s'apelle Mont Perdu, monsieur..!"? lo dudo, el toque exótico hubiese ganado... seguramente el tema del nombre ni se planteó... de cualquier manera, seguimos sintiéndonos ligeramente incómodos con "Monteperdido"; meterle mano al nombre implicaría nada menos que una modificación legislativa, ya que ha dado nombre, junto con Ordesa, a nuestro Parque Nacional; además, ¿qué ponemos en su lugar...? ¿Optamos por "Aso", como creo recordar que proponía el Dr. Plá, nuestro erudito boltañés de adopción...? creo que se plantea otra opción, "Puntón de Treserols", a la espera estoy de la famosa lista... pero no dejo de recordar que la cúspide de la Peña Montañesa recibe el nombre "popular" de "Puntón d'o Libro", que, supongo, hace referencia al libro de firmas -del que ya he conocido varias reencarnaciones- que difícilmente puede llevar allí demasiados años, y que vendría a ser como dar categoría de "Nombre popular" al "Tozal d'o repetidor de Vodafone", pongo por caso...
Pero es que el nombre de todo el macizo también ha sufrido sus altibajos: por lo menos, en este caso sí se conservaba un nombre popular: Treserols. "Erol", posiblemente preromano, lo encontramos también en la mismísima Barcelona, en la Serra de Collserola, "Coll s'Erola", pero... "Tres"? ¿Por qué no cuatro? De hecho, desde muchos lugares, el Cilindro queda escondido detrás de Monteperdido, y aparece como tercera cima, más baja, pero no por ello menos impresionante, la Punta de las Olas... podríamos concluir que los Tres Erols de Treserols, como los Tres Mosqueteros, son cuatro... pero el "Tres" tiene un prestigio mágico que difícilmente puede disputarle el "Cuatro", y así lo vemos, pocos cientos de metros al Este, cuando las Sucas o Zucas, las "Tres Marías"... vuelven a ser cuatro.
Treserols, como nombre, tenía un problema; ¿Qué c.... era un "Erol"? Rápidamente se encontró una solución: serían las "Tres Sorores", las Tres Hermanas, y eso daba un bonito juego a leyendas varias, tres hijas de un rey, tres damas de alta alcurnia -no podían ser tres cabreras, claro, aunque la tierra daba muchas más cabreras que princesas-, hechizos, maldiciones, petrificaciones... hasta Sender se sumó al carro, en una novela menor... las "Tres Sorores" siguen oyéndose, supongo que cada vez menos, pero se tarda años en reconducir situaciones así...
El Cilindro tuvo la inmensa suerte de parecer justamente eso, un Cilindro: pese al pliegue en su pared Este, llamado "la gamba", nadie, que yo sepa, se ha atrevido a hablar de la "Gamba de Marboré",o "Marmoré", que esa va a ser otra... pero la segunda cumbre del macizo conoció uno de los rebautizos de "Clase dos"; para honrar al Barón Ramond de Carbonières, pasó a ser llamado "Soum de Ramond"
No seré yo quien discuta los innumerables méritos de Louis Ramond de Carbonnières, amigo de Napoleón, Barón del Imperio, Prefecto, montañero, botánico... llevan su nombre tres cimas, un endemismo -la Ramonda pyrenaica-, una festuca... me tengo prometido aprovechar un viaje a París para visitar su tumba, en el romántico cementerio de Montmartre. Además, el nombre de su cima -consta que subió a Monteperdido al tercer intento, pero no sé si pasando antes por ella- ha quedado ya perfectamente integrado: Sunderamón, así tal cual... pero... aquí si parece claro que el nombre primigenio, o, por lo menos, el más nativo, sería Pico de Añisclo... Barón, su Soum peligra...
Como peligran también nombres de personas ante cuyo recuerdo debemos todos los que amamos estas tierras quitarnos la boina: Lucien Briet, mi amado Briet, que podría quedarse sin Mallo Gran, reducido a su monumento, eso sí, junto a la pradera de Ordesa que tanto quiso... Schrader, el Príncipe de la Moscowa -¡el hijo del Mariscal Ney, otro amigo de Napoleón!-, Lady Lyster, a la que imagino con sus enaguas almidonadas triscando por su Corredor, allá por el Vignemale, en realidad Vinhamala, en realidad, por nuestro lado, Comachibosa...
Siempre he sido amigo de paños calientes; propongo, por lo tanto, una solución de síntesis, de compromiso... demos a nuestros montes los nombres más apropiados posibles, aquellos que tengan un arraigo en la memoria de nuestras gentes, en el supuesto de que aún puedan encontrarse vestigios, más o menos creíbles, de cómo llamaron a aquellas montañas quienes junto a ellas -que no en ellas; ahí no vivía nadie en su sano juicio- vivían... pero no dejemos caer en el olvido aquellos otros bautizos que recordaban a gentes dignas merecedoras de eso y de más... me apunto a caballo ganador, porque imagino que esa será la solución real: yo la institucionalizaría: nombre oficial: Pico Añisclo/Sunderamón, así tal cual, con su barra inclinada.... honraremos así a nuestros Antepasados, y también a nuestros Antecesores en el amor a las montañas...
miércoles, 30 de diciembre de 2015
Saint Ponç de Tomières y nuestra Historia
Volvemos ya hacia casa, vía Narbonne... el camino, casi sin pensarlo, nos lleva a un lugar sumamente evocador: Saint Ponç de Tomières...
Ya ni sé cómo escribirlo; Pons o Ponç, Thomières, Tomera... en cualquier caso, en este pacífico lugar, que atravesamos en una mañana lluviosa y turbia, nos detenemos para hacer pipí -y tomar un café- en un bar: en su pared, una enigmática placa recuerda el agradecimiento de los ciudadanos soviéticos a la villa... ¿todos los ciudadanos soviéticos...? eran un montón... ¿por qué? : nada dice; agradecería información adicional.
Atienden el café donde recalamos para nuestra escala técnica una amable señora y su hija; nos cuentan que han estado recientemente en Barcelona, hospedadas en un hotel de lujo, e hinchándose a hacer compras en el Passeig de Gràcia, ninguna de cuyas tiendas, palabra, está al alcance de mis ingresos de jubilado... cavilando sobre el insospechado cash flow que pueden generar los cafés de pueblo en el Midi francés, salgo a la carretera y contemplo largamente el enorme edificio religioso que tengo justo enfrente.
Allí, en aquel mismo lugar, se alzó durante siglos el Monasterio de San Pons de Tomères, o como coño se llame... a aquellos santos muros llegaba, en 1134, una curiosa comitiva: nobles aragoneses, desolados por el fallecimiento de su Rey, Alfonso el Batallador, y sumamente rebotados ante su testamento, que transmitía sus derechos sucesorios, literalmente, a Dios Nuestro Señor y, en su nombre, a las Órdenes Militares, buscaban una solución ligeramente más temporal y palpable, y no tenían más recurso que el único hermano del difunto, el Monje Ramiro, que en aquella santa abadía consumía su tiempo entre oración, meditación, y honestas labores de hortelano.
La Historia ya la conocéis: Ramiro asumió con resignación el marrón que le caía encima; tuvo sus más y sus menos con los nobles d'o lugar - de donde procede la encantadora leyenda de la Campana de Huesca- y se decantó por lo práctico; contrajo matrimonio temporal con una noble dama francesa, viuda, que ya había parido de su anterior esposo -valía comprobada como engendradora-, tuvo una hija -Petronila-, la casó a la tierna edad de un año con un vecino -Ramón Berenguer IV, Conde de Barcelona-, dejó todos los papeles arreglados y, en 1137 ya se volvía a lo suyo, es decir, las misas... a partir de entonces, la Casa de Aragón y la Casa de Barcelona quedaban ya unidas, en condiciones y con la letra pequeña que han dado trabajo -y el que darán- a cientos y cientos de estudiosos de uno y otro lado de la Clamor Amarga de Almacelles que, bien mirado, mientras se dedican a eso, poco mal hacen.
Unidas, pero no precisamente en el vacío... El difunto Alfonso, casado con Doña Urraca de Castilla y León, había ido a la greña con media Península Ibérica, reivindicando el título de Emperador de España, esa creación franquista, aunque entonces se llamase Hispania. El propio Ramon Berenguer era hijo en segundas nupcias de su padre, casado en primeras con la hija de un personaje tan poco nostrat como Don Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador... en aquellos tiempos sin Puente Aéreo ni AVE, lo que caracterizaba a la Península no era precisamente la "Desconexión", sino un auténtico batiburrillo de alianzas, matrimonios, traiciones, reivindicaciones, acuerdos y escaramuzas fronterizas, que recuerda más a las andanzas de los Barones Regionales del PSOE que a los altivos reinos independientes, autosuficientes y de espaldas los unos a los otros que algunos pretenden ver. Y todo eso en el marco de una intrincadísima política europea, con el Papa, como árbitro tramposo, pitando penalties a diestro y siniestro, y con el Moro pisándoles los talones por el siempre abierto Sur.
Medito hondamente sobre estas historias antiguas porque, últimamente, me están llegando ecos que me ponen el vello de punta; la cosa empezó en torno al 20 de Diciembre -de Abiento-, cuando se recordaba la ejecución del Justicia de Aragón, Don Juan de Lanuza. "A manos de las tropas invasoras de un rey extranjero: Felipe Segundo". Stop. Fin de la cita: Felipe Segundo fue, seguramente, un cabrón con pintas, un ciudadano verdaderamente desagradable, pero difícilmente se puede tildar de rey extranjero, en Aragón, al biznieto del último rey aragonés, Fernando el Católico, por cierto, un Trastamara castellano, aunque nacido en Sos... De todas maneras, los reyes extranjeros que hemos tenido en España -desde Amadeo de Saboya a Carlos Tercero- no desmerecen nada, al contrario, comparándolos con muchos otros de estricta producción local... muchas veces, como comprenderéis sabiendo donde nací y vivo, me he preguntado por la utilidad de interpretar hechos acaecidos trescientos o cuatrocientos años atrás desde categorías políticas propias del Siglo XIX, porque a las del XX aún no se ha llegado, y muy posiblemente a las del XXI no se llegue nunca. Utilidad sólo evidente para los muchos pícaros que viven de ello.
Ayer me llegaba un manifiesto abogando, ya directamente, por la creación de una República Aragonesa, para "librarnos definitivamente de España"... hay ideas originales, y también ideas buenas. Esta, sinceramente, no me parece original, pero si buena: no hay más que ver las horas y horas de honesta diversión que llevamos experimentando los ciudadanos de Cataluña/Catalunya gracias a parecidos planteamientos, ni el decidido impulso a la industria textil de alguna remota provincia china que ha significado la demanda de cientos de miles de toneladas de camisetas multicolores y banderas estelades que, de extenderse, cubrirían con creces el territorio dels Països Catalans que sacan en los mapas del tiempo de TV3... "Fun with Flags", como en el programa ideado por mi admirado Sheldon Cooper... en tiempos en que el llorado Jordi Pujol -porque muchos lo han llorado- popularizó, a golpe de partida presupuestaria, el lema "Som sis millions", aludiendo a la población del Principado pre-paquis y pre-ecuatorianos, corría un chiste por Barcelona -no me atrevo a asegurar nada fuera del Área Metropolitana-: visitaba nuestro Conductor la República Popular China y, presentado a un alto mandatario, le espetaba, con mal disimulado orgullo: "¡Somos seis millones...!" a lo que el chino, displicente, contestaba: "Ah, qué bien... ¿Y en qué hotel están...?" Imagino que, hablándole del millón y poco pico de aragoneses -incluidos los de la Diáspora-, sus opciones oscilarían entre un hotelito "con encanto" o, ya directamente, alguna vivienda de Turismo Rural.
Por supuesto, no voy a romper las amistades con nadie que se proclame independentista aragonés, como sigo manteniéndola con muchos amigos, y muchos de ellos muy queridos, independentistas catalanes. Incluso tengo una hermana. O dos, porque ya no me atrevo ni a preguntar... Total, muchos de los que me conocen, ante la evidencia de que no soy nacionalista catalán, y porque me quieren lo suficiente para no sospechar que pueda ser nacionalista español, llegan a definirme como nacionalista aragonés, porque de algún sitio se ha de ser nacionalista, digo yo... Justo es reconocer que les he dado pie, todo el día dando la brasa con Sobrarbe y Aragón y cantando canciones de la Ronda... y eso que no conocen las locuras de mis años mozos, cuando me manifesté en Caspe y en Zaragoza, exigiendo el Estatuto de Autonomía, cuando compré dos acciones de "Andalán", cuando no me perdía un recital de Labordeta, cuyo retrato estoy, en éstos momentos, mirando sobre mi mesa de trabajo -por decir algo-... y por esos mundos de Dios andan mis hijos, Badaín y Borja, y suerte que solo tuve dos, porque podría haber también un Úrbez, una Waldesca... ¡o incluso una Andregoto!
Tengo un recuerdo muy especial de la Manifestación del 23 de Abril de 1978: para asistir a ella cometí una de las mayores tonterías de mi vida: volar de Barcelona a Zaragoza, en un vuelo regular que, incomprensiblemente, existía entonces. Era un vuelo casi balístico; en aquellos felices e inconscientes tiempos, dejaban fumar en los aviones, entre el despegue y el aterrizaje; encendí un cigarrillo al despegar, y tuve que apagarlo casi a medias, porque ya estaban avisando de que aterrizábamos en Zaragoza. Encima, no era nada barato, pero yo no podía perderme el primer Día de Aragón... pronto me vi entre miles y miles de personas, Paseo de la Independencia abajo... acompañaba yo a Javier Maestre, de "La Bullonera", cuando la gente alrededor nuestro rompió a cantar una de sus canciones, de aquellas que se habían convertido para nosotros en auténticos himnos cívicos.
"Los de Huesca y de Teruel,
junto a los Zaragozanos..."
Pero, al llegar ahí, abandonaron los tonos épicos, y la versionaron libremente...
"Se van a ver "Enmanuelle",
se la cascan a dos manos...
¡¡Puestos en pie!!"
La cara de atribulada incredulidad de Javier era todo un poema... traté de consolarle... "Así es la vida, zagal; la canción ya no es tuya, se la has dado al Pueblo, y el Pueblo hace con ella lo que le sale del ciruelo, mismamente..." Pero, por debajo del bigote, me reía..."No se si ésta es mi Nación, ni me importa demasiado; pero tengo muy claro que ésta es mi gente..."
Ya ni sé cómo escribirlo; Pons o Ponç, Thomières, Tomera... en cualquier caso, en este pacífico lugar, que atravesamos en una mañana lluviosa y turbia, nos detenemos para hacer pipí -y tomar un café- en un bar: en su pared, una enigmática placa recuerda el agradecimiento de los ciudadanos soviéticos a la villa... ¿todos los ciudadanos soviéticos...? eran un montón... ¿por qué? : nada dice; agradecería información adicional.
Atienden el café donde recalamos para nuestra escala técnica una amable señora y su hija; nos cuentan que han estado recientemente en Barcelona, hospedadas en un hotel de lujo, e hinchándose a hacer compras en el Passeig de Gràcia, ninguna de cuyas tiendas, palabra, está al alcance de mis ingresos de jubilado... cavilando sobre el insospechado cash flow que pueden generar los cafés de pueblo en el Midi francés, salgo a la carretera y contemplo largamente el enorme edificio religioso que tengo justo enfrente.
Allí, en aquel mismo lugar, se alzó durante siglos el Monasterio de San Pons de Tomères, o como coño se llame... a aquellos santos muros llegaba, en 1134, una curiosa comitiva: nobles aragoneses, desolados por el fallecimiento de su Rey, Alfonso el Batallador, y sumamente rebotados ante su testamento, que transmitía sus derechos sucesorios, literalmente, a Dios Nuestro Señor y, en su nombre, a las Órdenes Militares, buscaban una solución ligeramente más temporal y palpable, y no tenían más recurso que el único hermano del difunto, el Monje Ramiro, que en aquella santa abadía consumía su tiempo entre oración, meditación, y honestas labores de hortelano.
La Historia ya la conocéis: Ramiro asumió con resignación el marrón que le caía encima; tuvo sus más y sus menos con los nobles d'o lugar - de donde procede la encantadora leyenda de la Campana de Huesca- y se decantó por lo práctico; contrajo matrimonio temporal con una noble dama francesa, viuda, que ya había parido de su anterior esposo -valía comprobada como engendradora-, tuvo una hija -Petronila-, la casó a la tierna edad de un año con un vecino -Ramón Berenguer IV, Conde de Barcelona-, dejó todos los papeles arreglados y, en 1137 ya se volvía a lo suyo, es decir, las misas... a partir de entonces, la Casa de Aragón y la Casa de Barcelona quedaban ya unidas, en condiciones y con la letra pequeña que han dado trabajo -y el que darán- a cientos y cientos de estudiosos de uno y otro lado de la Clamor Amarga de Almacelles que, bien mirado, mientras se dedican a eso, poco mal hacen.
Unidas, pero no precisamente en el vacío... El difunto Alfonso, casado con Doña Urraca de Castilla y León, había ido a la greña con media Península Ibérica, reivindicando el título de Emperador de España, esa creación franquista, aunque entonces se llamase Hispania. El propio Ramon Berenguer era hijo en segundas nupcias de su padre, casado en primeras con la hija de un personaje tan poco nostrat como Don Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador... en aquellos tiempos sin Puente Aéreo ni AVE, lo que caracterizaba a la Península no era precisamente la "Desconexión", sino un auténtico batiburrillo de alianzas, matrimonios, traiciones, reivindicaciones, acuerdos y escaramuzas fronterizas, que recuerda más a las andanzas de los Barones Regionales del PSOE que a los altivos reinos independientes, autosuficientes y de espaldas los unos a los otros que algunos pretenden ver. Y todo eso en el marco de una intrincadísima política europea, con el Papa, como árbitro tramposo, pitando penalties a diestro y siniestro, y con el Moro pisándoles los talones por el siempre abierto Sur.
Medito hondamente sobre estas historias antiguas porque, últimamente, me están llegando ecos que me ponen el vello de punta; la cosa empezó en torno al 20 de Diciembre -de Abiento-, cuando se recordaba la ejecución del Justicia de Aragón, Don Juan de Lanuza. "A manos de las tropas invasoras de un rey extranjero: Felipe Segundo". Stop. Fin de la cita: Felipe Segundo fue, seguramente, un cabrón con pintas, un ciudadano verdaderamente desagradable, pero difícilmente se puede tildar de rey extranjero, en Aragón, al biznieto del último rey aragonés, Fernando el Católico, por cierto, un Trastamara castellano, aunque nacido en Sos... De todas maneras, los reyes extranjeros que hemos tenido en España -desde Amadeo de Saboya a Carlos Tercero- no desmerecen nada, al contrario, comparándolos con muchos otros de estricta producción local... muchas veces, como comprenderéis sabiendo donde nací y vivo, me he preguntado por la utilidad de interpretar hechos acaecidos trescientos o cuatrocientos años atrás desde categorías políticas propias del Siglo XIX, porque a las del XX aún no se ha llegado, y muy posiblemente a las del XXI no se llegue nunca. Utilidad sólo evidente para los muchos pícaros que viven de ello.
Ayer me llegaba un manifiesto abogando, ya directamente, por la creación de una República Aragonesa, para "librarnos definitivamente de España"... hay ideas originales, y también ideas buenas. Esta, sinceramente, no me parece original, pero si buena: no hay más que ver las horas y horas de honesta diversión que llevamos experimentando los ciudadanos de Cataluña/Catalunya gracias a parecidos planteamientos, ni el decidido impulso a la industria textil de alguna remota provincia china que ha significado la demanda de cientos de miles de toneladas de camisetas multicolores y banderas estelades que, de extenderse, cubrirían con creces el territorio dels Països Catalans que sacan en los mapas del tiempo de TV3... "Fun with Flags", como en el programa ideado por mi admirado Sheldon Cooper... en tiempos en que el llorado Jordi Pujol -porque muchos lo han llorado- popularizó, a golpe de partida presupuestaria, el lema "Som sis millions", aludiendo a la población del Principado pre-paquis y pre-ecuatorianos, corría un chiste por Barcelona -no me atrevo a asegurar nada fuera del Área Metropolitana-: visitaba nuestro Conductor la República Popular China y, presentado a un alto mandatario, le espetaba, con mal disimulado orgullo: "¡Somos seis millones...!" a lo que el chino, displicente, contestaba: "Ah, qué bien... ¿Y en qué hotel están...?" Imagino que, hablándole del millón y poco pico de aragoneses -incluidos los de la Diáspora-, sus opciones oscilarían entre un hotelito "con encanto" o, ya directamente, alguna vivienda de Turismo Rural.
Por supuesto, no voy a romper las amistades con nadie que se proclame independentista aragonés, como sigo manteniéndola con muchos amigos, y muchos de ellos muy queridos, independentistas catalanes. Incluso tengo una hermana. O dos, porque ya no me atrevo ni a preguntar... Total, muchos de los que me conocen, ante la evidencia de que no soy nacionalista catalán, y porque me quieren lo suficiente para no sospechar que pueda ser nacionalista español, llegan a definirme como nacionalista aragonés, porque de algún sitio se ha de ser nacionalista, digo yo... Justo es reconocer que les he dado pie, todo el día dando la brasa con Sobrarbe y Aragón y cantando canciones de la Ronda... y eso que no conocen las locuras de mis años mozos, cuando me manifesté en Caspe y en Zaragoza, exigiendo el Estatuto de Autonomía, cuando compré dos acciones de "Andalán", cuando no me perdía un recital de Labordeta, cuyo retrato estoy, en éstos momentos, mirando sobre mi mesa de trabajo -por decir algo-... y por esos mundos de Dios andan mis hijos, Badaín y Borja, y suerte que solo tuve dos, porque podría haber también un Úrbez, una Waldesca... ¡o incluso una Andregoto!
Tengo un recuerdo muy especial de la Manifestación del 23 de Abril de 1978: para asistir a ella cometí una de las mayores tonterías de mi vida: volar de Barcelona a Zaragoza, en un vuelo regular que, incomprensiblemente, existía entonces. Era un vuelo casi balístico; en aquellos felices e inconscientes tiempos, dejaban fumar en los aviones, entre el despegue y el aterrizaje; encendí un cigarrillo al despegar, y tuve que apagarlo casi a medias, porque ya estaban avisando de que aterrizábamos en Zaragoza. Encima, no era nada barato, pero yo no podía perderme el primer Día de Aragón... pronto me vi entre miles y miles de personas, Paseo de la Independencia abajo... acompañaba yo a Javier Maestre, de "La Bullonera", cuando la gente alrededor nuestro rompió a cantar una de sus canciones, de aquellas que se habían convertido para nosotros en auténticos himnos cívicos.
"Los de Huesca y de Teruel,
junto a los Zaragozanos..."
Pero, al llegar ahí, abandonaron los tonos épicos, y la versionaron libremente...
"Se van a ver "Enmanuelle",
se la cascan a dos manos...
¡¡Puestos en pie!!"
La cara de atribulada incredulidad de Javier era todo un poema... traté de consolarle... "Así es la vida, zagal; la canción ya no es tuya, se la has dado al Pueblo, y el Pueblo hace con ella lo que le sale del ciruelo, mismamente..." Pero, por debajo del bigote, me reía..."No se si ésta es mi Nación, ni me importa demasiado; pero tengo muy claro que ésta es mi gente..."
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