jueves, 3 de diciembre de 2015

Caput Mundi

Roma... no es una Ciudad cualquiera: te remueve posos, y te deja huella...




Nací en una tierra que, dos mil años atrás, ya era Provincia romana: en el 212 después de Cristo, gracias al Edicto de Caracalla, seguramente todos mis antepasados -incluyendo los probables moros y judíos- eran ciudadanos de Roma; mis lenguas familiares -mi lengua materna, la otra lengua que se habla en la tierra donde nací y vivo, la vieja lengua cuyas palabras oía yo en Boltaña, la primera lengua extranjera que aprendí...- son toscos dialectos del Latín tardío, esa lengua majestuosa y difícil que estudié en el colegio y escuchaba en las Iglesias que frecuentaba, franquicias locales de una Multinacional que en Roma tiene, por decirlo así, su Sede Corporativa... Barcelona, mi ciudad, está llena de ruinas romanas; en Boltaña había una villa romana, que se sepa; en casa de mis suegros, en Sant Esteve, hay un capitel romano... he vivido toda mi vida sometido a un derecho privado que es, en gran medida, derecho romano; en mis municipios gobiernan ediles, y el fin de los días activos de muchos políticos que conozco es el Senado... para colmo, llevo por nombre el de una gens romana... por eso, cuando el avión de Alitalia -después de sobrevolar majestuosamente el estrecho de Bonifacio, permitiéndome ver al mismo tiempo dos tierras que quiero visitar, Córcega, tierra de bandoleros, patria de Napoleón, y Cerdeña, tierra también de bandoleros, patria del queso con gusanitos, bellas ambas en su singularidad- empieza a descender sobre los campos del Lazio, dejando distinguir ya el parasol de sus hermosos pinos, acercándose al Aeropuerto de Roma, Caput Mundi, Cabeza del Mundo, aliso maquinalmente mi imaginaria toga: a ciencia cierta, no se si estoy llegando a Roma, o estoy volviendo a ella...



Una vez aterrizado, en el Cercanías ligeramente "vintage" que te conduce a Termini, ves desfilar tras tu ventanilla los patios traseros de cientos de casas suburbanas... si quieres saber algo de un país, mira sus patios traseros, que en las fachadas, la gente se esmera un poco... nada que ver con los que he visto en Francia, en Alemania, en Austria, cuidados como jardines, con sus barbacoas, sus enanitos, sus bebederos para pájaros... bicicletas viejas, lavadoras oxidadas, hierbajos hasta la cintura, mierda del año que le pidas... me recuerdan los que ves desde el Rodalies entre Barcelona y Sant Celoni... "Esto es como en casa -le digo a Blanca-, vete preparando..."


Peazo ruínas...!

Salimos de Termini y, a pie, nos encaminamos hacia nuestro hotel, que está a menos de un kilómetro... la primera impresión nos lo ofrecen las termas de Diocleciano; había visto en el mapa que allí estaban sus ruinas, pero no sabía qué quiere decir "ruinas" en Roma: en mi tierra, las ruinas romanas son muretes de pocos centímetros de alto, rescatados tras excavar y donde debes usar tu imaginación para adivinar perímetros de edificios o viales... aquí, de las Termas de Diocleciano se conservan prácticamente dos tercios de lo que eran cuando Diocleciano cortó la cinta... muros de muchos metros, bóvedas casi enteras, aprovechadas para viviendas, para iglesias... comprendes que los Bárbaros, cuando tomaron Roma, hicieron algunos desperfectos y que, desde entonces, la ciudad ha vivido de la acumulación, sin negar sus orígenes, construyendo sobre ellos... veremos eso en todas partes, en el inmenso casco antiguo de Roma, una urbe -la Urbe- que superaba el millón de habitantes hace dos mil años... en cualquier calle mal pavimentada y llena de miles de motos aparcadas, adosado a cualquier fachada desconchada -de ese bello color romano, dorado y rosado a la vez-, una columna labrada, un muro de sillar, incluso una estatua... en ningún momento olvidas que estás en la Capital de un Imperio que ha marcado la Historia de Europa y del Mundo... está ahí, vivo, en lo que dejó, y en lo que se reconstruyó tomándolo como modelo, y ahí entran tanto el Renacimiento y el neoclasicismo como -¡ay!- Mussolini... desde los balcones del Palazzo Venezia arengaba a las masas, haciéndoles creer en un ya imposible Imperio cuyo único recuerdo, a estas alturas, son las peanas de unas estatuas en la Vía del Foro, y su inapreciable contribución al esponjamiento del Casco Urbano de Barcelona...

¡Desde aquí hablaba Il Duce...!


Bueno, si son renovados...!


Pero Italia es también la capital del último Estado moderno constituido en Europa: ya se que hay muchos posteriores, pero ya me perdonarán...- Y eso se nota también... nuestro hotelito -pequeño, algo destartalado, pero elegante, encantador...-está en zona de embajadas y ministerios... en cuanto lo veo, empiezo a menear la cola, de contento... ¡funcionarios, aquello está lleno de colegas...! Entre otras cosas, eso supone pequeños restaurantes a precio arregladito y comida poco imaginativa pero agradable, donde incluso se puede pagar con los vales que nos daba la Generalitat antes de descubrir que, si nos los quitaba, tampoco pasaba nada... También tenemos enfrente la Embajada de Turquía, lo cual nos garantiza la presencia permanente de un coche de los Carabinieri, con sus tripulantes siempre al acecho con sus metralletas, esas pequeñas "Beretta" que parecen diseñadas por Armani... hay mucha presencia policial en Roma, cosa que siempre le da al turista un "plus" de tranquilidad, incluyendo unas curiosas garitas de cristales blindados, para un único "carabinieri", que encuentras en muchas calles...  me río pensando en el "casting" para las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad: los bajitos, morenos y con bigote, a la Polizia Nazionale -ahí hubiese ido a parar yo-; altos y más bien rubios, a los Carabinieri; elegantes como un embajador de país bueno, a la Guardia de Finanza... algo más allá del Hotel está la Porta Pía, por donde entraron los soldados de Italia, poniendo en fuga a los Zuavos pontificios, sellando así la Unidad de Italia y encerrando a Pio IX, -ese papa con nombre de pastelito- en la Ciudad del Vaticano, que el Concordato con Mussolini transformaría en Estado de opereta, y, detrás de la Porta Pía, el Policlínico Gemelli, donde hace pocos meses (estamos en 2005) había muerto Juan Pablo Segundo, el Papa Woytila, hoy ya santo...

Il Re...



Sigo escrupulosamente las instrucciones de la Guía, y compro, en un quiosco de prensa, diez billetes que sirven tanto para el Metro como para los autobuses urbanos: no presto mucha atención a la cara de asombro del vendedor: el Metro de Roma tiene -creo- solo dos líneas, y pocas estaciones: comprendo perfectamente que construir lineas de Metro en Roma debe ser un tormento; a cada paletada de tierra deben aparecer restos arqueológicos que, en cualquier lugar, haría paralizar las obras... bajamos a la estación de Termini, y descubro el por qué de la extrañeza del vendedor: hay, como en todas las estaciones de Metro, tornos que se accionan introduciendo el billete, pero nadie los usa: todo el mundo pasa por una puerta abierta, donde un cartel indica que se ha de enseñar el abono, pero nadie hace ademán de enseñar absolutamente nada... sentada en una silla de enea, una empleada mira, absorta, hacia la vecina pared, sin mover un músculo, casi sin pestañear... Igual pasa en los autobuses: la máquina de cancelar los billetes está en la puerta delantera, y la gente la evita entrando por cualquier otra... me entero de que la culpa de esta situación la tuvo un alcalde comunista, que estableció la gratuidad del transporte urbano: su sucesor -no tan comunista, por lo visto- restableció el pago, pero la gente ya se había acostumbrado... enseguida te acostumbras tú también a seguir la tónica general... ¡A tu salud, camarada sindaco!!

De todas maneras, por barato que te salga, no deja de tener sus riesgos; en el primer viaje en Metro, me roban del bolsillo del pantalón un monedero con tres o cuatro euros... el quebranto económico no es mucho, pero me sorprende la habilidad de los chorizos; cuando lo han intentado en Barcelona, siempre me he dado cuenta a tiempo... en evitación de males mayores, tomo medidas: llevo unos pantalones "The North Face" diseñados, sin lugar a dudas, por algún paranoico, para moverte por lugares peligrosos, con un bolsillo interior de muy difícil acceso; allí guardaré mi cartera a partir de ahora y, eso sí, en cada tienda donde compre o en cada restaurante donde coma, tendré que preguntar por los lavabos para allí, en la intimidad, proceder a la compleja operación de quedarme medio en pelotas para sacar de su escondrijo los billetes justos o la tarjeta de crédito y, una vez pagado, vuelta al lavabo... me entra la risa pensando en que, si alguien me siguiese, llegaría a la conclusión de que la comida romana me ha provocado un ataque de disentería...

Justamente, todo lo contrario: allí donde se puede comer pasta, soy feliz, y en Roma comes y cenas pasta cada día, si quieres...y los precios, algo carillos, pero dentro de lo razonable. Como en todas partes, hay que andar con ojo con el vino, pero la cerveza "Nastro Azzurro" es muy buena, y cubre perfectamente sus funciones... hay también ensaladas, muchas ensaladas, especialmente las riquísimas de ruccula y parmiggiano... descubrimos también la auténtica mozzarella, bastante mejor que los sucedáneos a los que estamos acostumbrados y, en una dirección que me pasa un amigo, unos magníficos filetes de bacalao "a la Romana", frito rebozado, de unas dimensiones importantes... y en cualquier calle, gelatti riquísimos; en una heladería, frente al Panteón de Agripa, comento con Blanca "¿Cómo se llamará eso...?" "Eso se llama "cucurucho"", contesta la dependienta, con acento centroamericano... "Eso será en tu pueblo y en el mío -le contesto- pero, ¿Y aquí...?": Cornetto, claro, son cornetti... comeremos en lugares muy variados, como un encantador restaurante bajo una higuera, en plena Roma histórica, junto a la Judería, o en una calla peatonal, al lado mismo de la Fontana di Trevi: siempre muy bien.

Aquí quedaba clara la especialidad: Filetes de bacalao...


En este caso, preferí no preguntar...





La omnipresencia de la Roma clásica -en una ciudad que incluso utiliza el anagrama SPQR, Senatus Populusque Romanus, el Senado y el Pueblo Romano, para la tapa de sus alcantarillas- y las evidentes señales de la capitalidad moderna -el majestuoso, aunque estéticamente discutible. monumento a Victor Manuel, el rey unificador- no empañan la presencia soterrada del recuerdo del régimen fascista... aquí la desfascistización no ha sido, ni de lejos tan intensa como en Alemania: no en vano en el Parlamento Italiano ha habido siempre presencia de diputados más o menos claramente fascistas, y la tumba donde descansan los restos de Mussolini, después de un periplo macabro deliciosamente italiano, está abierta al público y es objeto de visitas masivas en los días señalados... también los de la otra acera tenemos bien presente nuestros fetiches; no fui a ver San Juan de Letrán, frente al cual se alzaba la tribuna donde falleció, en pleno míting, Enrico Berlinguer, pero no hay que buscar mucho para dar con recuerdos del PCI, Il Partito, la mayor esperanza en su momento de un Comunismo democrático... y, en otro orden de cosas, sí pasé por la céntrica calle donde apareció el cadáver de Aldo Moro, junto al cual se enterraba también la esperanza del Compromiso Histórico, la infructuosa tentativa de aunar lo mejor de la tradición democristiana con el impulso popular del Comunismo, reconstruyendo la unidad de acción que, al fin y al cabo, ya se había dado en el Movimiento Partisano.




Cari compagni...!

A las dos Romas oficiales -la clásica y la capital del Estado moderno- hay que sumar, por supuesto, la Tercera Roma, el Stato della Cità del Vaticano, la mínima estructura de poder temporal que reviste la sede de la Iglesia Católica, de la cual, nominalmente, aún soy integrante... un territorio "independiente" -aunque sin fronteras, como a mí me gustan-, matrículas para los coches, sus monedas -aunque son euros-, sus sellos -aunque apenas se envíen cartas, son emisiones exclusivamente para filatélicos- ¡sus policías...! esos increíbles Guardias Suizos, cuerpo en cuyo seno se produjo un asesinato doble -o triple, ya no recuerdo- absolutamente novelesco... ahora me entero de que tienen hasta cárcel, donde pena sus errores un monseñor español con novio catalán "indepe"... y funcionarios, montones de funcionarios... el centro de Roma está lleno de curas y monjas impecablemente ataviados, guapos -y casi guapas-, recién afeitados -¿recién afeitadas?-, que van de un lado a otro cargados de maletines de ejecutivo, con ese paso apresurado de los atareados servidores públicos, aunque vayamos a tomar el café de las diez de la mañana... mientras tanto, por mi tierra, los curas tienen que negociar con la Guardia Civil para que no les controlen la alcoholemia porque, los domingos por la mañana, de tantos pueblos como cubren y tantas misas como dicen, seguro que darían positivo... ¡hasta en esto está mal repartido el Mundo, hay que joderse...! Decididamente, no es Roma lugar para recuperar la Fé Católica precisamente... aunque llegas a plantearte -como hacía un viajero- que, si después de dos mil años de intrigas, corrupción, luchas de poder, simonías varias, votos vulnerados, vicios... el montaje sigue en pie, quizás sea cierto que había algo de sobrenatural en sus orígenes...

¡Compañía, Il Papa...!


¡Que buena "mili" lleváis, colegas...!






Visita ad limina apostolorum...

Muchas más maravillas vi en Roma... y no descarto volver, por supuesto; además, lo tengo realmente fácil; como bien sabemos, todos, todos los caminos te conducen allí. Es cuestión de seguir cualquiera de ellos...


Bueno... quizás cualquiera, no...


miércoles, 2 de diciembre de 2015

"En este lugar sagrado..."

Prometí -y me prometí-, el Día Mundial del Retrete, dedicar unas breves líneas a lugar tan clave en nuestras preocupaciones cotidianas; luego, la cosa siempre se alarga... típico también de ese lugar, por cierto...

Los retretes han jugado un papel importante en mi vida; y no por los motivos obvios: como funcionario público, he vivido siempre de la rica tradición romana: casi nadie ha organizado la vida cotidiana de los occidentales después de Roma; todo lo que se ha hecho ha sido ir recuperando del olvido, limpiando y puliendo, cosas que ya habían inventado los romanos. Y no olvidemos que, para ellos, las cloacas, e incluso los retretes públicos, eran signos inequívocos de civilidad; la Ciudad, la "Civitas" romana, era el sitio donde la gente lo hacía sentado, y luego las aguas se encargaban de alejar sus consecuencias... todo lo demás era, en un primer cinturón, "ager", campo más o menos civilizado, donde sus habitantes trabajaban para vender frutas y verduras a los habitantes de la "Civitas", y más allá comenzaba el "Saltus", la selva ignota, poblada de fieras y bárbaros que cagaban en cualquier lugar y sin el menor decoro... puedo afirmar, por lo tanto, que los retretes han ocupado siempre un lugar de excepción entre mis intereses profesionales.

Y además ha sido así literalmente porque, cuando en 1977 me incorporé como Asesor Técnico al Gobierno Civil de Barcelona -estuve al servicio de tres gobernadores civiles, el último de ellos, Jorge Fernández Díaz, actual Ministro del Interior,  algún día os contaré cosas suyas...-, se me asignó, entre otras cosillas de poca monta, el cargo de Administrador del Patronato para la Vivienda Rural "José Antonio". Impresionado por el título, acudí a ver a mi antecesor, en el suntuoso piso que ocupaba en pleno Passeig de Gràcia, puerta con puerta del piso donde serían asesinados los esposos Viola, en un atentado cuyo autor intelectual, patriota local, tiene hoy, al parecer, alguna calle a su nombre... bella costumbre transversal, la de poner nombres de asesinos a las calles.

"¿Y cual es la finalidad del Patronato?"

"Dar créditos para que pongan cagaderos en las masías..." me contestó.

En efecto, créditos "blandos", término que, tratándose de la materia que nos ocupa, adquiría una especial pastosidad. Gracias a ellos, muchos habitantes de nuestro "ager" y "saltus" tuvieron su primer contacto con la porcelana sanitaria  y el depósito con cadena... muchos, aunque no todos; llegué a conocer en el Servicio Militar a un muchacho de lo más profundo del "saltus" osonenc que afirmaba que, pese a trabajar en una fábrica de productos cárnicos -supongo que bien provista de facilidades sanitarias-, cuando la ocasión le sobrevenía, salía al parking, cogía el coche, se alejaba unos centenares de metros, y obraba en el bosque, en directa comunión con la Naturaleza; era incapaz de hacerlo en otro entorno...  no os negaré que, a veces, recordando al pulcro y atildado Marqués de Estella -José Antonio, que, antes de ser fusilado, dobló cuidadosamente su abrigo inglés de pelo de camello-, y la vinculación de su Patronato con los payeses, sentados filosóficamente con los pantalones de pana sobre las espardenyes mientras leían el full parroquial, no podía contener la risa.

Cierto es que yo conocía también la situación, porque, en mi infancia, cuando llegábamos a la casa familiar de Boltaña, una de las cosas que más me sorprendía era el retrete, tabla pulida de madera, en cuyo centro una tapa circular, también de madera, daba acceso al profundo pozo del que emanaba un fortísimo olor amoniacal que te hacía lagrimear... atribuyo la persistencia de dicho sistema de evacuación más al conservadurismo de mis mayores que al estado sanitario del lugar, no en vano Boltaña, pequeña -muy pequeña- metrópolis, como capital que es, había disfrutado de alumbrado público eléctrico antes que la mismísima Barcelona. Y, sin ir más lejos, mis tíos Domingo y Guillermina vivían en una casa dotada no ya de un completísimo cuarto de baño, sino incluso de bidet, artilugio legendario de claro origen francés, desmintiendo así la teoría de que era desconocido en nuestras tierras, teoría que había dado origen a la historia -seguramente apócrifa- del escribano que, inventariando el mobiliario de una vivienda, anotaba: "Instrumento de uso desconocido, en forma de guitarra".

Y no se acabó allí mi vinculación profesional al tema, ya que, durante un periodo, desempeñé también la tarea de supervisar las Ordenanzas municipales en materia tributaria, antes de ser aprobadas -como era preceptivo entonces- por el Delegado provincial del Minsiterio de Hacienda. Existían por aquel entonces unas curiosas figuras, los Arbitrios con Fin no Fiscal, mediante los cuales se imponía una contribución a determinadas situaciones que se consideraba conveniente que los ciudadanos resolviesen por su cuenta: así, por ejemplo, se gravaban los solares sin cercar, las fachadas en mal estado de conservación... en una ocasión, por error mecanográfico, un Ayuntamiento aprobó un Arbitrio con Fin No Fiscal sobre "Fachas en mal estado de conservación": tiempo me faltó para fotocopiarla y hacerla llegar a muchos de mis compañeros, que reunían ambas condiciones: mal estado de conservación, y absolutamente fachas... "¡A partir de ahora, os van a cobrar un tributo!", les avisaba yo... pues bien; uno de dichos arbitrios recaía sobre "Retretes sin conexión al alcantarillado público", incentivando así la solución del problema: no sé si dicho Arbitrio se llegó a aplicar en Boltaña, pero lo cierto es que el retrete de la casa familiar fue sustituido por un inodoro de lo más convencional, e incluso la casa que hoy es nuestra, cuando la compramos, conservaba aún un retrete, pero convenientemente conectado al alcantarillado. Se acababa así el riesgo de lamentables accidentes, como el sufrido por una tía mía que, estando ya vestida para la bendición de la palma, el Domingo de Ramos, -me la puedo imaginar; zapatitos blancos, calcetinitos blancos...- tuvo la genial idea de intentar saltar sobre el montón de fiemo que estaban sacando de un pozo negro, con el resultado de hundirse en él casi hasta la cintura.

Por supuesto, esos arcaicos retretes de pozo no dejaban de ser una interesante innovación tecnológica; lo normal, en las aldeas, era que, al preguntar inocentemente por el excusado -como me ocurrió alguna vez-, te indicasen el camino del corral, donde pasabas un agradable rato en compañía de las gallinas que pululaban a tu alrededor... un amigo que tiene el amable detalle de leerme contaba una descacharrante historia en la que intervenían un corral, una joven maestra de la capital en sus primeras horas en Sobrarbe, y un buco, un macho cabrío... por no decir que, incluso en la casa familiar, los varones éramos muy aficionados a hacer aguas menores -sólo amparados por las tinieblas de la noche- en la galería exterior, mirando hacia el huerto, evitando, eso sí, hacerlo hacia la luna, el patio interior, actividad vetada por Tia Encarnación, la dueña de la casa, que nos advertía, a gritos... "¡No t'os espichorréis en as losas...!"

Más adelante, cuando trabajaba en la Dirección General de Administración Local, en materias relacionadas con la financiación de inversiones públicas locales, no lograba distanciarme del tema, si bien es cierto que ahora había abierto el foco de interés, pero, aquí entre nosotros, sin alejarme demasiado de la mierda... recuerdo la ocasión en que un alcalde, desesperado, me contaba su pesadilla: el núcleo antiguo de su pueblo, donde vivían los habitantes de toda la vida -y sus electores- estaba en una vaguada: por las vecinas laderas de las montañas trepaban las casas de las urbanizaciones de "forasteros"... durante la semana no había problemas pero, cuando llegaban los "forasteros" -fines de semana, vacaciones- y empezaban a usar sus casas, el sistema de alcantarillado, mal diseñado, se colapsaba, y las aguas fecales comenzaban a aflorar por los retretes del casco antiguo... "¡Si aún fuese al revés, pero que nos salga a nosotros la mierda de los forasteros..."! se lamentaba el pobre hombre.

Idéntica pesadilla, provocada también por la desdichada coincidencia ente topografía y mierda, padecía también otro alcalde no menos desesperado: "Tengo en el pueblo uno de los mayores mataderos de tocinos de Cataluña; cada día, dos o tres docenas de trailers atraviesan la carretera que cruza el pueblo y, al llegar justo al centro, giran noventa grados y encaran una fuerte subida, hacia el matadero; y entre el giro y la subida... ¿a dónde crees que va a parar la mierda de los tocinos...?"

No os extrañará, por lo tanto, que en mis viajes haya prestado siempre una especial atención a los retretes; son un atractivo más de la multiculturalidad, como, por ejemplo, puedes ver claramente en Berlín, donde frente a recintos Hig-Tech, con un cierto aire de cápsula espacial -y otro, más ominoso, de cámara de gas...- encuentras también, en zonas de mayoría turca, las adaptaciones a las abluciones manuales... Ni que decir tiene lo que disfruté en Japón, con sus avanzadísimos asientos de inodoro dotados de chorrito higiénico -dos chorritos, en realidad,; femenino y unisex- , e incluso unos efectos sonoros para evitar el desagradable sonido de inoportunas ventosidades... y, además, puedes utilizarlos sin temor a la barrera lingüística, ya que adecuados símbolos -como, por ejemplo, ese culo con surtidor debajo- te indican, sin lugar a error, lo que vas a encontrar. Por supuesto, la transformación cultural de la sociedad japonesa ha sido rápida, y aún cabe recordar a parte de su población que hay que usarlos sentándose en ellos, y no acuclillándose, como suelen hacer muchas veces en su vida cotidiana.

¡Contacto, motores, listos para despegar...!


Éste, con "Massage", sólo lo vi en una tienda...


Con chorrito, sin chorrito... para todos los gustos.


En Kenia no me resistí a fotografiar ese delicioso retrete decorado, de lo más naif... tiendes a creer que encontrarás servicios públicos en un deficiente estado de conservación pero, por , por menos en los que frecuenté -los de las gasolineras y tiendas de recuerdos para turistas- justo es decir que estaban impecables: la explicación reside en la abundancia y baratura de la mano de obra; siempre había alguien al lado encargado de su limpieza y, por supuesto, de recibir a cambio algunos centimillos, en la vieja tradición de "Madame Pipí", ese entrañable personaje -en Berlín eran, muchas veces, varones: "Herr Pipí"..- sustituido ya, en muchos países, por un anodino torno con ranura para la monedita, que ha dejado de ser "la voluntad" para pasar a transformarse en tarifa fija.



No menos interesantes eran los retretes instalados en los Parques Nacionales; tras recorrer interminables extensiones de sabana, fotografiando leones, guepardos y leopardos, no podías dejar de pensar que intentar tener unos momentos de intimidad solitaria en medio de aquellas amenazadoras hierbas altas que no sabías lo que podían ocultar, comportaba un riesgo de medio a elevado... por suerte, en lugares estratégicos -despejados, generalmente en puntos altos, de buena visibilidad- encontrabas retretes muy elementales, una simple caseta de obra, con -eso sí- una tranquilizadora puerta... una vez dentro, no existía más equipamiento que una superficie encementada en declive hacia un orificio lateral, y un cubo con agua que te permitía expulsar al exterior tu humilde contribución a la Tierra Africana... todo ello, eso sí, a salvo de cualquier riesgo.

En el otro extremo del desarrollo tecnológico de la Humanidad, me resultó sumamente interesante visitar en Toulouse, en la Ciudad del Espacio, la réplica de la Estación Espacial MIR... sin conocer aún el Sistema de Eliminación de Residuos Sólidos para su sucesora, la Estación Espacial Internacional, diseñado por mi admirado Howard Wolowitz, disfruté viendo como el ingenio soviético había resuelto el problema a base de sistemas de succión... fue una pena que la réplica, no operativa, nos impidiese experimentar su funcionamiento, pero ahí quedó la cosa...

Mucho más podría contar en relación con el tema que hoy nos ocupa... pero no quiero terminar sin recordar uno de los más bellos ejemplos que me ha sido dado contemplar: en una de las casas de Boltaña, cual garita de centinela avanzado ante el valle del Ara, oyendo el rumor de sus aguas a sus pies, ese retrete colgado, obra insigne de ingeniería, por cuyo orificio abierto al vacío sin duda sopla y silba el Viento de Puerto, cuando arrastra desde la cumbre del vecino Nabaín los primeros copos de nieve de finales del Otoño... ¿no notáis, no os digo donde, una cierta sensación de frío...?




















jueves, 19 de noviembre de 2015

Mi 20-N, hace ya 40 años...

Cuarenta años ya, cuantos recuerdos... mi 20-N, los días anteriores, y los posteriores...



"Ab Hispanorum Duce Restaurata"...


El 20 de Noviembre de 1975 moría Franco, si no en su cama, si en una cama de hospital, pero cama al fin y al cabo, siendo aún Jefe del Estado... escapaba así al destino de sus colegas, dictadores fascistas o populistas de derechas de los tumultuosos años Treinta del Siglo pasado, que acabaron todos mal, francamente mal, con la posible excepción de su más cercano amigo, Salazar, que aunque murió depuesto ya del cargo, al parecer no llegó a enterarse... cuántas veces se habrá repetido aquello de que "el Dictador murió en la cama", para explicar las peculiaridades de nuestra Transición, y es bien cierto que el Invicto Caudillo murió así, invicto, si nos olvidamos de la última jugada que, ya en su lecho de muerte, le hizo Hassan Segundo; pero no es menos cierto que, al contrario que El Cid, después de muerto ya no volvió a ganar ninguna batalla, y a los que afirmen que Franco aún no ha muerto, sólo les pido que piensen, por un momento, lo que le parecería la realidad española actual si la pudiese ver por un agujerito.

Ya os he explicado que, aquel 20 de Noviembre, yo ya era funcionario, aunque interino, en la Administración del Estado; Estado franquista, por supuesto, porque no había otro: puedo decir que, a mí, Franco me dejó ya colocado y con la vida resuelta, y eso propició que viviese aquellos momentos en un peculiar estado de ánimo, donde se mezclaban la excitación generacional, ante un acontecimiento que sin duda iba a remover hasta sus cimientos la sociedad en la que llevaba viviendo ya ventiséis años largos, la esperanza política -en la medida en que había ido asumiendo posiciones cada vez más críticas hacia el Régimen, proceso al que mis improbables biógrafos sin duda ofrecerían todo tipo de matizaciones- y una cierta intranquilidad a nivel estrictamente personal, al pensar en qué pararía todo aquello.

Para ser veraces, me había preocupado mucho más año y medio atrás, cuando Franco enfermó, oficialmente, por primera vez; estaba yo cumpliendo mi servicio militar cuando, a primeros de Julio de 1974, Franco tuvo que ser ingresado a causa de una flebitis y -cosa inconcebible- delegó la Jefatura del Estado, temporalmente, en el entonces Príncipe Juan Carlos. Tras prácticamente agotar las prórrogas por estudios -y después de mi fracasado intento de llegar a Alférez de Complemento por mi manifiesta incapacidad para trepar una cuerda, disciplina en la cual ignoro si destacaron Napoleón, Alejandro Magno, Julio César...-, había elegido yo para entrar en el Ejército la primera quincena de Enero de  1974, ignorando -por supuesto- que, pocos días antes de mi incorporación, ETA iba a asesinar al Presidente del Gobierno, Carrero Blanco, lanzando el ladrillazo que alteró definitivamente, ya sin remedio, las turbias pero relativamente tranquilas aguas del prepostfranquismo, en acertadísimo término que tomo prestado a mi admirado Eduardo Mendoza. Otro día me gustaría contar mis experiencias en la Vida Militar que, en el fondo, fueron una aceptable preparación para lo que ha sido mi actividad profesional posterior, ya que, tras la preceptiva estancia en un Centro de Instrucción de Reclutas, fui destinado a una unidad administrativa, en Zaragoza,  donde, a todos los efectos- salvo en el sueldo, claro, y en tener que ponerme el uniforme de 8 a 15- trabajaba como funcionario.

Y allí, justamente, Cabo Auxiliar de Perforista, en los primeros balbuceos de la Informática, me sorprendió la brutal noticia; el Caudillo estaba malito, salía en las fotos y en la tele en bata y zapatillas, y el Ejército se acuartelaba, para responder así a cualquier amenaza que pudiese provenir del Enemigo. La primera consecuencia práctica era que se anulaban los pases que me permitían vivir cómodamente en un pisito y trabajar por las tardes en el Centro Nacional de Educación Cooperativa, y pasé a compartir unas cutres literas en un sótano húmedo -todo lo húmedo que puede estar algo, en Julio, en Zaragoza-, con veinte compañeros tan funcionarizados como yo.

Y, además, con serias responsabilidades militares; porque a las dos de la tarde, el Coronel se fue a su casa; a las dos y cuarto le siguieron los dos Comandantes y un Capitán, y a las dos y media. los dos Tenientes y el Sargento... al marcharse y ceder el mando de la unidad, hasta el día siguiente, al Cabo Revilla, uno de los tenientes me dijo, ya saliendo por la puerta:

"¡Y acuérdate de bajar las persianas!"

"¿Por qué, mi Teniente?"

"¡Coño, Antonio, por si tiran una bomba!"

Justo es reconocer que dicha oportunidad me permitió realizar mi más meritorio hecho de armas; arrebatar el fusil, cargado y acerrojado, con el que un compañero amenazaba de muerte a un albañil agregado de otra unidad, con el que compartía habitación, si no se cambiaba de calcetines; diré en descargo del compañero -al que yo apreciaba especialmente, porque era la única persona que conocía que usaba una gorra de un número mayor que el mío- que, tras ver el estado de los mencionados calcetines y valorar el hedor que desprendían, fui yo quien repitió la amenaza  en parecidos términos.

Y así estuvimos varios días hasta que, milagrosamente, el Caudillo se recuperó, recuperó también el Timón del Estado -con serio cabreo, al parecer, del Príncipe, que opinaba, y no sin motivo, que todo aquello no era serio- y se levantó nuestro acuartelamiento... y pude ser testigo directo de la sana alegría del Pueblo Español... "!Viva Franco!", "!Viva Franco -gritaban mis compañeros-, si ha aguantado hasta ahora, ese cabrón, qué más le da vivir seis meses más, hasta que estemos licenciados...!"

Un poco más vivió, pero, ya a mediados de Octubre de 1975, las noticias sobre lo que en principio no pasaba de un resfriado, se fueron haciendo más realistas: el viejo Dictador se moría, y los partes médicos del Equipo Habitual -del que actuaba, como auténtico comisario político, su yerno, el Marqués de Villaverde- popularizaba términos como "ascitis" y, sobre todo, "heces en melenas" que hablaban por sí solos de la gravedad de la situación.

¿Y cómo lo vivía la gente, a pie de calle...? Dentro de sus casas, la risa iría por barrios, desde los que afirmaron que preparaban ya el cava en la nevera -entonces aún lo llamábamos "Champán"- hasta los cada vez menos leales -menos en número, y menos en lealtad- que lo sentirían con mayor o menor intensidad, pero no se veían muestras exteriores, ni en un sentido, ni en otro; cierto es que las fuerzas políticas de la Oposición habían lanzado la consigna de evitar cualquier tipo de provocación, pero quizás no hacía falta; todo el mundo parecía contener la respiración, que pasase lo que tenía que pasar, y ya veríamos qué venía luego... hacía años que corría un chiste que resumía bien esa actitud:

"Papá- preguntaba un niño-, el día en que se muera Franco no habrá "cole", ¿verdad?"
"No, hijo mío...?"
"¿Y el día en que coronen al Rey...?"
"Tampoco..."
"¿Y el día en que echen al Rey y se proclame la República...?"
"Tampoco..."
"¡Jó -exclamaba el niño, alborozado- qué semanita...!"

Profetas, que éramos unos profetas...

En la Delegación Sindical Comarcal de Cornellà, ni funcionarios -oficialmente franquistas- ni representantes sindicales -oficiosamente de Comisiones Obreras y, por lo tanto, Comunistas- mencionábamos abiertamente el tema... las conversaciones eran crípticas... "Ya ves cómo está el asunto..." "Yo creo que de ésta..." "A ver luego..."Había en aquellos momentos algunos conflictos laborales muy serios, y ese panorama inmediato situaba "lo otro" en un plano relativamente secundario, aunque todos éramos conscientes de que gravitaba, y de qué manera, sobre nosotros... también aquí, en pocos meses, las posiciones de unos y otros podían cambiar radicalmente; todos lo sabíamos, pero cada uno se guardaba sus cartas, mirando de reojo.

En mi familia, el más afectado, como cabía esperar, era mi padre: soldado de Franco en la Guerra, falangista después, no era especialmente franquista: casi ningún falangista lo era; le reprochaban a Franco tanto sus escasos esfuerzos por evitar la ejecución de José Antonio -y, en éste caso sin discusión posible, haber condenado a muerte -aunque no ejecutado- a Manuel Hedilla, sucesor de José Antonio en la Jefatura  Nacional de la Falange- como la traición a sus vagos planteamientos revolucionarios, sustituidos por un régimen conservador, clerical y, a última hora, monárquico... hablando con mi padre -y yo lo hacía con frecuencia-, solía ser muy crítico con Franco; pero al final de sus días -de los de Franco, y de los suyos; le sobrevivió sólo dieciocho meses- a sus múltiples frustraciones personales se añadía un sentimiento de hundimiento generacional, de fracaso histórico... era consciente de que, como decía Simón Bolívar en su lecho de muerte, como posiblemente pensaba también Franco -como seguramente hubiese pensado de poder ver el Futuro... - había arado el mar.

Tampoco los demás se lo poníamos fácil; recuerdo al "rojo" oficial de la familia, mi hermano Ricardo, enviándole recados desde Zaragoza... "¡Decidle a Papá que la tía del arpa ya está en Prado del Rey...!" En las duras horas posteriores al atentado de Carrero, los espacios informativos de TVE eran cortados constantemente por unos "Minutos musicales", en los cuales una dama vestida de negro tocaba al arpa melodías convenientemente melancólicas... luego se vería que, tras la muerte de Franco, las reacciones de la Televisión oficial -que ya dirigía un poco conocido entonces Adolfo Suárez- no fueron, ni con mucho, tan solemnes y graves... puedo afirmar que se unieron al profundo suspiro general; la pesadilla de la larga agonía que nos había situado a todos en una especie de limbo, de espacio suspendido en el tiempo, había acabado; era cuestión de pasar página -"pantalla", se dice ahora- y esperar los nuevos acontecimientos.

Se acercaba el final, y la atención se centraba en ver si se cumplía una curiosa profecía numerológica -pitagorismo barato, kábala de charla de amigos tomándose el cortado- que andaba de boca en boca, escribiéndose en las servilletas de los bares: si sumabas la fecha del inicio de la rebelión de Franco -18-7-36- y del final de la guerra civil -1-4-39, el resultado era un ominoso 19-11-75... llegó y paso la fecha, amaneció el 20 de Noviembre, y ya a muy primeras horas de la mañana las radios avanzaron la noticia que luego un sollozante Carlos Arias, insospechado Presidente del Gobierno, inmortalizaría en uno de los videos más repetidos de la Pretransición: casi con las mismas palabras -"¡Franco ha muerto!"- me lo anunció mi padre, cuando me levanté a hacer pipí; "¡Vale!", fue mi fría respuesta, yendo yo a lo mío... ni enarbolé banderas, ni descorché botellas: simplemente, hice pipí.

El 20 de Noviembre no era una fecha inocente: había sido, durante todo el Franquismo, el Día de los Caídos, aniversario del fusilamiento de José Antonio; muchos sabíamos también que el mismo 20 de Noviembre de 1936 moría, con pocas horas de diferencia ,Buenaventura Durruti, el líder anarquista, víctima en éste caso, al parecer, de la imprudencia de un compañero... no faltaron las sospechas de que se había dilatado la desconexión de Franco para hacer coincidir la fecha de su muerte no con la de Durruti, por supuesto, sino con la de José Antonio, concluyendo así una triple vampirización; no sólo le había arrebatado el Partido por él fundado; ahora se quedaba con la fecha y, días después, al ser enterrado a su lado, en el Valle de los Caídos, lo transformaba en segundón y realquilado en su última morada... de acuerdo en que, al parecer, no se tragaban, pero quizás llevó demasiado al extremo las cosas.

A los dos días se abrió la capilla ardiente, ante la cual desfilaron miles y miles de personas... hay quien dice que muchos iban allí para comprobar que estaba realmente muerto, pero no cabe duda de que el Franquismo había arrastrado, a lo largo de años y años, a una parte significativa de la sociedad española, y muchos de aquellos franquistas sociológicos -por lealtad, por curiosidad, por lo que fuese...- aprovecharon para rendirle un último tributo: se sabe que entre ellos estaba un ciudadano que, años después, seria Conseller mío en la Generalitat de Catalunya, y que ahora, según me dicen, anda bastante indepe, o, por lo menos, andaba así hasta hace dos semanas... y no seré yo quien se lo reproche -como no se lo reprocho a ninguno de mis muchísimos familiares y amigos indepes, ¡faltaría más! -porque el caballero en cuestión es un simpático cachondo, con el que pasé muy buenos ratos...Y bien puede hablarse de último tributo, porque el posterior entierro fue más bien de trámite; baste con compararlo con el solemne de Carrero Blanco, el féretro en un armón de artillería tirado por caballos; a Franco lo plantaron encima de un todoterreno Pegaso, lo despidió una escasísima delegación extranjera,  donde destacaba por su estatura y su capa de Superhéroe el Supervillano Pinochet -al que aún no había considerado menos lesivo para los Derechos Humanos que Chávez o Maduro un incomprensible Felipe González-y le pusieron encima, lo más rápidamente posible, mil quinientos kilos de granito. Y allí acabó Franco, y no se han vuelto a acordar de él más que un cada año más menguado grupito de incondicionales, fieles remedos del Martínez el Facha tan acertadamente retratado en las historietas de El Jueves. Y los demás, para llamarnos los unos a los otros "¡Franquista!" a las primeras de cambio.

Sobre el Valle de los Caídos tengo sentimientos encontrados: en la época del Tripartit, cuando prestaba mis servicios en el Departament competente en materia de Memoria Histórica, me enseñaron varias propuestas normativas sobre el destino a dar al monumento, que incluían la exhumación de los restos de Franco y José Antonio y su entrega a sus familiares... como fiel funcionario, expresé lealmente mis opiniones, no demasiado partidarias del trasiego funerario... la cosa quedó ahí, aunque es tema recurrente; tiempo después, en un viaje a Madrid con mi entonces Directora General, cogimos un taxi cuya conductora, una agradable señora de mediana edad. al oír a mi jefa hablándome en Catalán, preguntó:

"¿Son ustedes funcionarios de la Generalitat?"
"Pues si, señora, efectivamente"
"¿Y en qué Departament están...?"
"En el de Joan Saura"
"¡Ah, qué bien, Saura me gusta mucho...! pero lo que no entiendo es eso de que quiera cambiar de sitio El Escorial..."

Intentamos sacarla de su error; no era El Escorial, ni pretendía exactamente cambiarlo de sitio... creo que la dejamos medio convencida, pero nos estuvimos riendo un buen rato de la ocurrencia... me temo que no tendríamos presupuesto para cambiar de sitio El Escorial ni, por supuesto, el Valle de los Caídos, aunque cosas más gordas se han visto.


Pero antes, el 22 de Noviembre, se había producido, en el Palacio del Congreso, sede entonces de las Cortes Españolas, la ceremonia de proclamación de Juan Carlos Primero, ceremonia en la cual, por imperativo legal, tuvo que jurar los textos legales vigentes en el momento... todos esperábamos sus primeras palabras como una pista sobre con qué intenciones venía el nuevo Monarca que, por la cuenta que le traía, se había tirado años y años en un mutismo total y, literalmente, pasando por tonto... en la Delegación de Cornellà solo había un televisor, en la habitación del vigilante nocturno, un antiguo representante sindical desfigurado por un accidente laboral; allí nos apiñamos la mayoría de los funcionarios de la casa, y se nos añadieron, a última hora, dos inspectores de la "social", afirmando que no tenían radio en el coche; supongo que, aquel día, les hacía falta compañía humana.

Escuchamos en religioso silencio las palabras del nuevo Monarca: cesaron sus palabras y los aplausos, y seguimos en silencio, digiriendo las nuevas ideas lanzadas en el discurso... y fue el vigilante quien rompió el fuego, resumiendo las palabras de Juan Carlos:

"O sea, que ha venido a decir que vamos a ser como un país europeo... ¿No es verdad?"

"Pues si, eso ha venido a decir..." contestamos.

"O sea, que vamos a ser un país normal..."

"Eso es", respondimos...

"¡Pues, ea, ya no me escondo más...!", exclamó y, echando mano debajo de su cama, sacó un considerable fajo de revistas pornográficas, que procedió a repartir entre la concurrencia.

Y así cerramos, mis compañeros y yo, aquella fecha histórica; discutiendo sobre dimensiones inverosímiles y posiciones en abierto desafío no ya a los Principios Fundamentales del Movimiento y la Ley Orgánica del Estado, sino a la mismísima Ley de la Gravedad, por no hablar de la Ley de la Impenetrabilidad de los Cuerpos.






















lunes, 16 de noviembre de 2015

Mis fotos de montañas...

Me apetece, entre tanto dolor, hablar hoy de un tema amable aunque, como veréis, no exento de frustraciones; mis fotos de montañas.



Soy, lo confieso, un apasionado de las montañas. Por desgracia, un aficionado más bien platónico; haber vivido casi constantemente por encima del peso aconsejable, y ser un comodón importante no me han facilitado demasiado conquistar esas cumbres que tanto me gusta contemplar desde sus faldas; tan solo en una época en que estuve bastante en forma, y, además integrado en clubs de montaña donde conviví con auténticos montañeros -nuestro Nabaín de Boltaña, y, cada vez más, en salidas conjuntas con nuestro club hermano -aunque vecino-, el CAS de l'Ainsa- me permití, aunque echando los bofes, el lujo de hacer bastantes cumbres en Sobrarbe; no llegué -¡por pocos metros!- a hacer ningún Tres Mil, pero de los dos mil y pico pocos se me resistieron, y eso me permite, al verlos desde abajo, la íntima satisfacción de decirme:"¡Tu estuviste ahí, zagal...!".

Eso sí, me queda el consuelo de los amantes impotentes; la fotografía... a donde no llego yo, llega mi objetivo: y si está lejos, tiro de zoom... en mis viajes, rara es la vez en que no tengo el propósito de traerme el recuerdo de una montaña admirada: pero no creáis que es fácil; ¿recordáis cómo pintaban en los tebeos las montañas más altas, con una nubecita alrededor de su cumbre? pues es verdad, aunque son muchas las veces en que la nube cubre toda la montaña, y te quedas con las ganas... muchas más de las que parece, sobre todo si, como suele suceder en los viajes, cambias de lugar con frecuencia, y solo puedes estar en el mismo sitio, a veces, durante unas pocas horas.

Cuando fuimos a Japón, por supuesto, mi objetivo era el Monte Fuji, el Fujiyama, esa montaña sagrada -como la mayoría de ellas-, cono volcánico perfecto, que domina la Región de Kanto -donde está Tokio- y que se ve, en todos los posters turísticos, acompañada por una flor de cerezo y un Shinkasen, un Tren-Bala pasando raudo a sus pies...  Fracaso total; conseguí verlo por los pelos, al aterrizar, ridículo conito oscuro saliendo de un mar de nubes; tuve un presentimiento y disparé, pensando que después ya tendría tiempo de verlo a gusto... pasamos dos veces a pocos kilómetros de sus faldas, y el manto de nubes nos impedía verlo; incluso, ya en Tokio, subimos al To-Cho, las oficinas de la Región Metropolitana, el más alto rascacielos, coronado por un magnífico mirador -gratuito, aviso a viajeros-..., donde un mapa indicaba dónde, precisamente, "en días buenos", el Fujiyama dominaba el horizonte... me quedé con las ganas, vamos... tan solo al despegar, en el breve espacio de buen tiempo que nos dio un tifón que estaba llegando -y que, al día siguiente, hizo estragos e incluso cortó la línea férrea- pude volver a verlo por un segundo, sin tiempo entonces para disparar... un motivo más para desear volver al Japón.



En Kenia rodeamos por dos veces el impresionante Monte Kenia; exactamente los mismo; nubes hasta la falda, y, eso sí, "en días buenos" se puede ver desde Nairobi; tan solo en el último amanecer en Sanburu- a unos cien kilómetros-, conseguí ver perfectamente su silueta; esa es la única foto que tengo de la segunda cumbre de África; dos horas después pasamos rozando sus estribaciones, y las nubes, de nuevo, me lo velaron...



Peor fue en Eslovenia; me había propuesto ver también el Triglav, esa montaña de triple cumbre -¿quién ha dicho que las lenguas eslavas son difíciles? tri quiere decir tres, ¿está claro, verdad...?- Estuvimos en el Lago Bohim, donde, "en días buenos" se refleja en sus tranquilas aguas... boira prieta, niet Triglav, vuelta p'a casa sin la montaña...

No voy a llorar más, otras veces lo he tenido más sencillo; por ejemplo, el Techo de Europa, el Mont Blanc, pude verlo -y fotografiarlo- sobre las no menos tranquilas aguas del Lago Leman, y en diversas ocasiones pasando en avión sobre su macizo: y hace dos años cumplí una de mis metas fotográfico-montañeras, haciéndome con la Pared Norte del Eiger y -forzadísima la foto, con un cable que está pidiendo photoshop a gritos- con las tres cumbres emblemáticas del Oberland bernés; Eiger, Monch y Jungfrau.






También se prestó a una buena sesión fotográfica el techo del territorio español, el Teide; subí en teleférico casi hasta su cumbre, y no pudimos seguir por estar prohibido el acceso por hielo... incluso reproduje la imagen que decoraba nuestros añorados billetes de mil pesetas...el Mulhacén caerá también cuando culmine mis planes para cubrir una de mis más imperdonables carencias viajeras; sólo he estado dos veces en Granada, las dos de noche, y las dos de paso.



Como cabía esperar, en Sobrarbe no he tenido grandes problemas: las tengo todas, y en todas las épocas del año; no me canso de Treserols, creo que jamás podría cansarme, pero siento también un cariño especial hacia la Peña Montañesa que, esa sí, he subido tres veces, y ya considero como mía.







Pero hoy quería hablar especialmente del Kilimanjaro: un amante de las Montañas y de Hemingway forzosamente tenia que soñar en ver, aunque solo fuese una vez, su gigantesca figura, coronada de nieves eternas -¡ay! cada día más escasas-, alzándose sobre la sabana africana... nuestro viaje a Kenia acababa, justamente, en Amboseli, el Parque más próximo al "Kili", aunque queda como a unos sesenta kilómetros... la montaña africana por excelencia está en territorio de Tanzania, que allí forma un entrante en el de Kenia, y por un motivo bastante curioso: el último Kaiser alemán era nieto de la Emperatríz Victoria de Inglaterra, hijo de una hija suya. Al parecer, la corte inglesa envió una comadrona de confianza para atender a su parto, y la pobre mujer no tuvo un día muy inspirado; por un error, le dejó al Kaiser un brazo tullido de por vida. Fuese o no por eso, la Emperatriz Victoria consideraba a Willy su nieto favorito y, a la hora de establecer con regla y cartabón las fronteras entre la colonia británica de Kenia y la alemana de Tanganika -hoy Tanzania- insistió especialmente en que, ya que el Monte Kenia estaba, inequívocamente, en Kenia, el Kili le tocase al pobre Willy...total, a los negros -todos Masais, a un lado y otro de la frontera- igual les iba a dar... no demasiados años después, Masais de ambos lados de la frontera luchaban, en plena Guerra Europea, sin moverse de sus casas, por su King and Country, o Für Gott und Vaterland...

Llegando por la noche al Lodge de Amboseli, nos avisaron de que la foto del Kili no era sencilla; podía verse bastante bien al amanecer, pero se nublaba enseguida, y ya era invisible durante todo el día: Kenia está encima del Ecuador, y en esa latitud, el sol sale -y se pone- muy rápidamente, y a las seis en punto; a esa hora, allí estábamos todos los fotógrafos del Lodge, varias docenas, pelándonos de frío -a cerca de dos mil metros de altura-, rodeados de monos que nos miraban con cara de sorpresa... "Para hacer esas chorradas -debían pensar- casi no vale la pena evolucionar..."

A las seis en punto, las tinieblas se retiraron, y el Sol doró por un momento la puntita nevada del Kili, saludado por docenas de alegres cortinillas que clicaban sin parar... pero había neblina, mucha neblina, que muy pronto se transformó en nubes que cubrieron por completo la montaña... hubo foto, por supuesto, pero muy por debajo de nuestras expectativas.



Por la mañana siguiente, a las seis en punto, de nuevo estábamos allí... nueva salida del sol, grititos de admiración porque había nevado un poco, y el casquete blanco cubría ahora toda la cumbre... pero, enseguida, la bruma, la nube, y todos a desayunar...

Desayunados y recuperados del madrugón y el frío, salimos en los coches a seguir nuestro safari fotográfico; las nubes se iban oscureciendo, incluso parecía que iba a llover -Amboseli es, paradójicamente, un lugar muy seco, aunque abundan las zonas pantanosas, alimentadas por las aguas subterráneas que llegan desde la montaña-... íbamos, como es natural, mirando en todas direcciones cuando, de repente, casi no pude contener mi alegría: por un jirón entre las nubes asomaba la cumbre del Kili y, en la llanura, a pocos metros de nuestro coche, un magnífico ejemplar de elefante recibía un rayo de sol... disparé casi instintivamente, y conseguí la mejor foto de un safari lleno de fotos inolvidables.

Por ponerle algún "pero"... el elefante es, evidentemente, un "bull", un macho, era temprano por la mañana, parece que los elefantes, cuando se levantan... pero ya somos adultos, alguna risita y ya está; mi Bull ha quedado guapísimo, y es un placer para mí presentároslo; aquí, unos amigos; ahí, el Elefante de Cinco Patas...






viernes, 13 de noviembre de 2015

Un chiste borde y cruel

Hoy os voy a contar un chiste borde y cruel que, en el fondo, son los que me gustan...

Padre e hijo, encorvados sobre sus azadones, están trabajando en su finca; junto a ellos, se detiene un coche de matrícula extranjera; baja la ventanilla y un caballero, sacando medio cuerpo afuera, les pregunta: 

"Do you speak English?"

Gesto de extrañeza de ambos... el caballero insiste:

"Parlez-vous Français?"

"Quéee...?"

"Sprechen Sie Deutsch?"

"¿Lo cualo...?"

"Lei parla Italiano...? Govoristi po Ruski...?

"Mire, señor, no le entiendo..."

El caballero saluda con la mano, sube la ventanilla, y arranca... padre e hijo lo ven alejarse... el hijo suspira y dice:

Ay, padre, qué bonito debe ser hablar idiomas...!"

Y el cabrón del padre le contesta: "¡Si, para que luego te sirva como a ese...!"

¿Y por qué os cuento esto...? no me quito de la cabeza la imagen de Artur Mas, la noche de las elecciones del 27 de septiembre, gritando con la mano extendida: "¡Hem guanyat, hemos ganado, nous avons gaigné, we have won...!" "¡Lástima -pensaba yo- que os hayáis visto en la imperiosa necesidad de matar al Padre, cosa sumamente recomendable, según Freud: él os lo podría haber dicho también en Alemán, Wir haben gewonnen!" Ahora, con las nuevas imágenes aún vivas del papelón que ha hecho en la Sesión de Investidura, mendigando limosna de amores a aquellos que, no hace tantos años, mandaba expulsar de la Plaça Catalunya a porrazo limpio, y viéndose negado dos veces -por lo menos no ha batido el "record" de Jesucristo- seguramente pensará que tanto idioma y tanto "Bussiness friendly" para eso...

En el fondo, te comprendo, Artur; yo también era el primero de mi clase -bueno; empatado con un amigo, y eso también explica cosas-, y sé muy bien cómo te marca, vaya si te marca... sólo te faltaba que esa especie de walkiria de cámara, ninfa tonante, sirena de secano que tenéis te escribiese un libro llamándote "Rey Artur"... no es que me compare contigo, por supuesto, nada más lejos de mi intención, tu has llegado ahí... si bien es cierto que las veces en que yo he hecho el ridículo -que no han sido pocas- no tenía allí la tele para retransmitir en directo la cara que se me quedaba... hoy, cuando lees un editorial en "La Vanguardia" -¡"La Vanguardia", que está en la mesa del desayuno de todas las Tietas Marias y Catalans Emprenyats del País!- donde tu subvencionadísima Prensa te recuerda que "Se puede perder todo, menos la Dignidad", el sapo te debe venir travesero, que es como peor se tragan.

No te preocupes demasiado, Artur; esas cosas pasan... lo malo es que, una vez que han pasado, ya no tienen remedio; podrás salirte con la tuya dentro de varios días o varias semanas, porque eres astuto o porque encuentres tus Tamayos -que debéis estar buscando hasta debajo de las piedras- pero el ratito de ayer ya no te lo quitará nadie, y cada vez que alguien, delante tuyo, parezca estar conteniendo una sonrisa, lo mirarás de reojo y pensarás: "¿Se estará riendo por aquello...?" O no, quizás ayer fue tu último gran momento, quizás le toca a otro ocupar tu lugar... también son cosas que pasan; no serías el primer Moisés que se queda atrás, viendo, a lo lejos, perderse la polvareda del Pueblo que marcha hacia la Tierra Prometida, ese mismo Pueblo que -tú bien lo sabes- estaba ayer al borde del abismo, y que gracias a tu esfuerzo, tu visión de futuro, tu tesón, tu mano firme... está hoy a punto de dar un gran paso hacia adelante.