viernes, 16 de octubre de 2015

Lugares donde buscarme si me pierdo: Miyajima

Con este mismo título escribí una pequeña entrada en Facebook: hoy, ante la feliz perspectiva de una cena kaiseky esta noche, la amplío y os la hago llegar...






No hemos ido a Hiroshima solo por la necesidad moral de visitar uno de los lugares donde más claramente se palpa la derrota ética de nuestra especie: allí enfrente, a pocos minutos en "ferry", la isla de Miyajima, paradójicamente, es un referente de paz, un remanso donde el tiempo parece haberse detenido, donde aún quedan esperanzas de una vida sencilla, en comunión con la Naturaleza y, al mismo tiempo, en contacto con ese anhelo indefinible de lo Sagrado, anhelo que muchos intuimos iluso, fruto de la rebeldía ante nuestra finitud, que tanto nos cuesta asumir.

Para recordarme aún más esas limitaciones, amanezco en Hiroshima bastante cojo, con un dolor en un tobillo que no sé a qué atribuir: ¿la radiación residual...?... entro en una farmacia y entablo una entretenida conversación medio en Inglés, medio en el lenguaje universal de signos, con un simpático boticario... salgo de allí con una venda elástica, que poco alivio me aporta; en la isla, más pragmático, compraré un bastón y, cuando vuelva de Miyajima, otra vez en la misma farmacia, una spray que ya había visto el día anterior... pero no mejoraré espectacularmente hasta que, aquella tarde, ya en Tokio, consiga elevar el tobillo hasta la boca de la olla de bronce donde arde incienso, en el templo de Kaminarimón, la Diosa de la Compasión, y consiga exponerlo, en pose digna de un jotero o, mejor, de un karateka, al humo sagrado que alivia los dolores: en efecto, vivimos instalados en la Contradicción... ¿qué passa...?

Miyajima es, de alguna manera, una reisla; porque es una isla en la costa de una isla -Honsu-, y en un mar que es el Mar Interior, aunque conectado con el Océano Pacífico: cada pocos minutos zarpan hacia ella los ferrys de Japan Railways, para los cuales vale el Japan Rail Pass, que hemos comprado en Barcelona y que, por algo más del precio de un Barcelona-Madrid ida y vuelta en el AVE, nos ofrece barra libre durante una semana en todos los trenes-bala japoneses, los Shinkasen -salvo en un modelo concreto, no sé por qué- y en la línea de circunvalación interna de Tokio, la utilísima Yamanote: justamente cuando estoy en la borda del ferry, observando la maniobra de zarpar, estoy a punto de perder mi Pass, que cae al suelo, a los pies de otro turista español, que me lo devuelve... ¡eternamente agradecido, majo...!


O Tori

Ya a media breve travesía, empezamos a distinguir el Tori de Miyajima, uno de los iconos turísticos del Japón: los Tori son las puertas de los santuarios sintoistas, pintadas de bermellón: ya en Kioto y Nara hemos podido admirar un buen número de ellas, pero la de Miyajima es singular, tanto por sus dimensiones -es enorme-, como por el hecho de alzarse en un estrecho golfo que la marea alta inunda, apareciendo entonces como surgida directamente de las aguas, el "Torio flotante" "O Tori", siendo "O" no el artículo determinado masculino singular, como en Aragonés, sino el indicativo de que algo es grande, noble y honorable... llegamos justamente con marea alta, tenemos el tiempo justo de encontrar nuestro Ryokan -el hotel tradicional japonés-, muy cerca del muelle, donde anuncian nuestro nombre en una pizarra, dejamos el equipaje en una hermosa habitación japonesa, y salimos pitando hacia el Templo de la Diosa del Mar, frente al cual se alza el Tori.

El día iba de hispanos... ¿Un Brown y un Moreno, no sería el mismo...?


Cruzamos el pueblo de Miyajima entre una pequeña riada de turistas; todas las casas son típicas Machiyas, de fachada dominada por una celosía vertical de madera oscura, aunque muchas están transformadas en tiendas de artículos para los turistas o restaurantes: Miyajima es un destino tradicional del turismo japonés, medio cultural, medio religioso, un turismo discreto, poco -o nada- ruidoso, cuidadoso en sus formas -nada de bañadores, nada de tops de tirantitos...-... un turismo perfectamente soportable: las señoras se cubren todo lo imaginable para evitar el sol: sombreros o gorras con enormes viseras, cogoteras, manguitos que cubren todo el brazo, dejando libre solo la punta de los dedos.. leggins en las piernas, rematados por calcetinitos con puntillas... todo eso en un día de calor y sol brillante, y al lado mismo de las playas, donde no veo a nadie bañándose.

Las "Machiyas"


Entramos en el Santuario -donde vemos, asombrados, la reproducción de una cuadra, tamaño natural, con un hermoso caballo de terracotta- y nos dirigimos hacia el muelle desde donde se divisa el Tori: el espectáculo es bellísimo... a su alrededor, todos los japoneses abandonan su recogimiento y se ponen, como posesos, a hacerse fotos con todo tipo de cámaras y móviles; unos piden a otros que se las hagan -aún no han hecho su aparición los palos para selfies- y todos, al ser fotografiados, sonríen de oreja a oreja y levantan los dedos abiertos en "V"... nos dejamos llevar por el entusiasmo colectivo, y acabamos haciéndonos las típicas fotos chorras.





Comemos en un encantador restaurante -no sé cómo decir "chiringuito" en Japonés- sobre la misma arena de la playa, y paseamos después por las calles de la pequeña población: a nuestro alrededor, sin prestarnos demasiada atención, pasan constantemente los ciervos, que encuentras por todos lados. Son como los que ya vimos en Nara, más pequeños que los nuestros, pero algunos machos muestran ya una cuerna bastante desarrollada: al contrario que en Nara, donde venden galletas especiales para darles de comer, aquí hay abundantes carteles que desaconsejan alimentarlos y, en general, tomarse demasiadas confianzas con ellos, recordando que son animales salvajes y de reacciones impredecibles... de todas maneras, se portan bien, y tan solo tenemos que advertir a una señora, que está sentada en un banco mirando el mar, de que un ciervo se le está comiendo una bolsa de papel donde lleva sus compras. Llegamos tarde, cuando ya han cerrado el teleférico que lleva a la cumbre más alta de la isla, y nos ahorramos conocer a los monos que allí viven, que gozan de una acrisolada fama de tener muy mala leche, por lo que nuestras relaciones con la fauna miyajimesa no llegan a alcanzar la menor conflictividad.



Al pasar junto a una de las tiendas, un aroma delicioso nos conduce hacia una ingeniosa máquina que fabrica galletitas en forma de hoja de arce, rellenas de una especie de crema... compramos una para cada uno -son bastante grandes., nos las entregan muy ceremoniosamente y, cuando nos hemos alejado unos pasos de la tienda, nos las empezamos a comer... observo con el rabillo del ojo que la que parece ser la dueña de la pastelería, alarmadísima, le da un codazo a una dependienta, que sale corriendo hacia nosotros, con dos tazas de té en equilibrio sobre una bandeja... queda claro que no pueden permitir que nos comamos sus galletas a palo seco... nos deshacemos en reverencias, arrigatos y oishis -que quiere decir "Está muy bueno"-...¡son la pera, estos japos, qué atentos...!

Haciendo tonterías, en la habitación del Ryokan


Poco a poco, la isla se va vaciando de turistas; nos vamos quedando los pocos que pernoctaremos allí y, al mismo tiempo, la marea va bajando... cuando nos damos cuenta, el Tori está ya sobre tierra más o menos firme, un lecho de arena surcado por múltiples canalillos que devuelven el agua al mar, junto a los cuales intentan pescar las garcillas: nos acercamos, admirados, porque si bello es verlo emerger de las aguas, no lo es menos verlo reflejarse en los charcos dejados por la marea... su enorme base parece recubierta de moluscos incrustados; al acercarnos, vemos que son monedas hundidas en la madera reblandecida... no podemos resistir a la tentación de acercarnos y palmotear su base y, por supuesto, clavar también nuestra moneda. Volvemos hacia al pueblo, admiramos una hermosa pagoda, y callejeamos a gusto entre las tiendas ahora cerradas; solo nos cruzamos con algunos lugareños, vestidos a la manera tradicional con sus yukatas de algodón, y calzados con getas... nos dejamos llevar por la sensación de paz y sosiego...



Modelito adecuado para pasear por marismas...





Pero no solo de paz vive el hombre; empezamos a tener hambre y, por suerte, localizamos uno de los pocos restaurantes que quedan abiertos por la noche. Cenamos regiamente; ostras de las innumerables bateas que rodean la isla, un sashimi de pescado fresco espectacular y, no sin cierta prevención, una media cabeza de pescado hecha sobre las brasas, cuya carne vamos separando cuidadosamente con los palillos, sin que ni Blanca ni yo hagamos caso de la recomendación del camarero y nos comamos también el ojo que nos mira, blanco, acusador...


La cena: en el bol azul, ¿veis el ojito...?

Volvemos hacia el Tori; la marea ha subido, y ahora está tenuemente iluminado; ha salido la luna, un creciente pálido y muy brillante, y el mar está sereno, ni una ola lo riza... no sé cuanto rato permanecemos allí, sin hablar, empapándonos de la belleza y la serenidad que nos rodea...son momentos en los que piensas que hay un antes y un después en tu vida, que algo de aquel entonces vas a conservarlo siempre, que estás a miles de kilómetros de tu casa, pero ha valido la pena... con auténtico dolor, nos levantamos -yo, además, cojeando- y nos dirigimos hacia nuestro hotel... mañana nos esperan emociones fuertes: Tokio...









miércoles, 14 de octubre de 2015

El día en que pude cambiar la Historia de España

Se acerca el 40 aniversario de la muerte de Franco... el otro día, un amigo con cuyas opiniones políticas no coincido demasiado -cada vez me pasa más, ventajas de vivir en un país dividido casi al 50%- decía: "¡Qué largo se me está haciendo el Franquismo...!" Al igual que en los Estados Unidos hay muchísima gente que cree que Elvis sigue vivo y que el Hombre no llegó a la Luna, hay muchos entre nosotros que niegan la Transición... lo siento, yo estaba allí, y claro que hubo... que la resultante te guste, o no, depende, fundamentalmente, de tu nivel de expectativas, y ahí ya entran los gustos y las opciones personales... pero quien crea que esto es Franquismo, o no entiende esto, o no se acuerda del Franquismo...

Hoy quiero contaros una historia de mi primera adolescencia: estaría yo en segundo o tercero de Bachillerato -después de tantos planes diferentes, hay que recordar que eso sucedía entre los 12 y 14 años, más o menos...- y en mi grupo de compañeros del Liceo "Ramon Llull" se había despertado una súbita afición por la Química: no se si se debía a nuestros primeros pasos en la asignatura, o a la difusión de un juego de química recreativa -"Cheminova", creo recordar que se llamaba- que todos habíamos pedido a los Reyes en los que ya no creíamos, y que nos permitía, entre otras cosas, transformar agua en "vino" echando en ella unos cristalitos de Permanganato... seguramente había influido nuestro profesor de Química, el Sr. Sánchez, todo un personaje... había dejado en su Huelva natal un empleo por el que le pagaban 30.000 pesetas -toda una fortuna en la época- y un chaletito con jardín, para venirse a Barcelona -entonces una ciudad gris y muy poco glamourosa- a explicarnos química a un puñado de mozalbetes: su anterior trabajo consistía en analizar muestras de explosivos en una cámara blindada... "Para enterrar a mi antecesor, tuvieron que estar raspando casi un día las paredes de la cámara..." nos contaba, sin duda exagerando un poquillo... Había conseguido de su experiencia profesional, eso sí, una úlcera de estómago en la que, según él -y quizás también exageraba-, "le cabía el puño".

Pese a tan descorazonador ejemplo, un grupo de seis o siete amigos decidimos dedicar nuestros ocios a experimentar con la Química: uno de ellos vivía en una casita de dos plantas, en cuyo jardín trasero había un semisótano que sus padres nos cedieron para instalar allí nuestro laboratorio: recuerdo que cuando lo ocupamos, emocionados, encontramos el pequeño recinto lleno de viejos colchones de lana, que habían criado una colonia de pulgas increíble, y tuvimos que exterminarlas con pozales de zotal y escobas... allí instalamos cosas realmente ingeniosas, como una auténtica campana extractora, gracias a cuyo buen funcionamiento puedo estar ahora contando estos recuerdos.

Porque lo que más nos atraía era, por supuesto, lo que podríamos llamar "Química de alto riesgo" en sus dos vertientes tradicionales; explosivos y venenos... aún ahora no me puedo creer que a nadie se le ocurriese averiguar qué hacíamos allí -empezando por los padres de nuestro amigo, que vivían encima del laboratorio-, mientras nos entreteníamos en cosas tan inocentes como la producción de nitroglicerina -la pólvora nos parecía, sencillamente, un juego indigno de nuestro nivel, cosa de niños; eso lo hacía yo con mis hermanos, en casa- o el ácido cianhídrico... que superásemos esa etapa todos vivos y con nuestros miembros en su sitio dice mucho en favor de nuestra profesionalidad y meticulosidad en el desarrollo de los experimentos o, simplemente, de nuestra buena suerte.

Además, no era una afición barata: consumíamos mucho material de laboratorio y productos químicos: eso si, eran muy fáciles de encontrar, porque existía por aquel entonces en Barcelona, en un local en plena Plaça de Catalunya, englobado hoy en el enorme complejo de El Corte Inglés, una fantástica droguería, Comercial Vicente Ferrer -nada que ver con el misionero y cooperante-, auténtico Jardín de las Delicias para un químico aficionado, donde podías comprar literalmente de todo y, además, te lo vendían sin pestañear ni hacer preguntas... de nuestras módicas pagas semanales, ahorrábamos y, cuando teníamos reunida una pequeña suma, preparábamos  nuestra "lista de la compra", en función de los experimentos que tuviésemos en mente, y uno de nosotros se desplazaba a comprar los ingredientes necesarios.

Precisamente aquel día me tocaba a mí, y así inicié mi excursión hacia el centro de Barcelona con los fondos de mis compañeros en el bolsillo: debía comprar unos cuantos tubos de ensayo -se rompían muchos-, una botella de ácido nítrico, y un frasco de barras de sodio metal: el sodio metal reacciona muy violentamente con el agua, incluso en pequeñas cantidades, y por eso se transporta siempre en un líquido inerte; lo echábamos después en un pequeño estanque del jardín, y el resultado era espectacular. Lo de la excursión también merece un comentario: vivíamos en el Baix Guinardó, y allí, era muy común la expresión "Hoy, bajo a Barcelona"; incluso en el Metro, que ya llegaba hasta nuestro barrio, era un viaje a otro Mundo, tanto por el tiempo que empleábamos, como por el diferente ambiente: de nuestra zona, donde abundaban aún las casitas en un entorno ajardinado, poco poblado y donde conocías a mucha de la gente con la que te cruzabas por la calle, hasta una ciudad entonces industrial, cubierto su cielo perennemente por una boina gris de contaminación... fue justo al salir de la boca del metro, cuando me sorprendió la profusión de banderas colocadas en las farolas o en guirnaldas cruzando las calles, la música patriótica que transmitían diversos altavoces y el ajetreo de cientos y cientos de personas, que empezaban ya a agolparse en las aceras, y recordé, de golpe, haber oído la noticia de que aquel día llegaba Franco a Barcelona.

Se ha comentado mucho sobre cómo conseguía el Régimen aquellos auténticos baños de multitudes; si se suspendían las actividades en las empresas, si se fletaban autocares gratuitos con ofrecimiento también de un bocadillo a los asistentes... supongo que algo de eso habría también, pero las explicaciones son mucho más sencillas: en primer lugar, Barcelona, incluso sin "guiris", -cosa que hoy nos resulta increíble- era una ciudad muy poblada -de hecho, el Centro ha perdido población desde entonces- donde las calles, con Franco o sin Franco, siempre estaban llenas: una visita así despierta su expectación... el fervor patriótico o la adhesión política son más discutibles, pero lo cierto es que, en aquella etapa del tardofranquismo, superados ya los excesos represivos de la postguerra, buena parte de la población vivía reconciliada con la situación política, sobre todo considerando que la económica había mejorado notablemente... las dictaduras no son tan malas como parecen, sobre todo si tienes la suerte de carecer de la valentía y la determinación para enfrentarte a ellas.. años después, cuando me manifestaba por las calles, tenía que oír muchas veces los comentarios de desaprobación de la gente desde las aceras... "¡Una guerra tendríais que pasar...!" No nos engañemos; aunque son hoy legión quienes recuerdan haber descorchado una botella de champán para celebrar la muerte de Franco, la auténtica explosión del Antifranquismo popular se produjo tres o cuatro meses después de su fallecimiento, como es más que natural, cuando el riesgo asociado a dichas posturas había alcanzado ya niveles asumibles.

De entre los innumerables chistes sobre Franco que se contaban, más o menos de tapadillo, recuerdo uno que reflejaba muy bien el ambiente de la época: Franco quería saber cómo vivía la gente normal y corriente; se disfrazaba y salía, con un asesor -entonces no había, sería un escolta, digo yo- y hacían auto-estop: paraba un señor con un "Seiscientos" -la gente aún recogía autoestopistas, un punto a su favor-, el escolta se sentaba junto al conductor y Franco, en silencio, ocupaba el asiento posterior... "¿Qué tal le va la vida?", preguntaba el escolta... "Pues mire usted, no me puedo quejar; tengo un pisito, un chaletito en la Sierra, este cochecito..." "¡Pues ahí detrás tiene usted al hombre al que le debe todo eso...!", afirmaba, triunfal, el escolta adulador... "¡Hombre- saltaba de alegría el conductor- no sabe usted las ganas que tenía de conocer al amante de mi mujer...!" Buenos tiempos, si no te preocupaban demasiado la dignidad y esas zarandajas.

Entré en Vicente Ferrer, hice mis compras, salí con un paquetito cuidadosamente envuelto en papel de estraza, y, ya que estaba allí, decidí quedarme a gozar del espectáculo: además, se me ocurrió un sitio privilegiado para presenciarlo, y hacia allí me dirigí: la subida de la Pia Almoïna, el único acceso en automóvil a la puerta de la Catedral, a donde sin duda iría Franco, a entrar en ella bajo palio -su deporte favorito, se decía que estaba presionando para que se admitiese el los próximos Juegos Olímpicos la prueba de "Mil metros bajo palio"- y oír el preceptivo Te Deum, con el cual la Iglesia honraba al que les había garantizado el chollo que, ese sí, les dura todavía.

Llegué al lugar y, a codazos, conseguí ponerme en primera línea, solo separado de la estrecha calzada por donde debían subir los coches por el cordón que formaban policías armados, con guantes blancos, por aquello del uniforme de gala, cogidos de la mano, más para contener a la gente que para proteger a los jerarcas que iban a pasar ante nosotros... había transcurrido un ratito cuando ya los gritos y los aplausos anunciaron que Franco se acercaba... al pie de la cuesta, la escolta de caballería que llevaba -que ya no era la imponente guardia mora que yo había visto de niño, con sus turbantes, sino unos lanceros con uniforme de opereta- se detuvo, y el coche de Franco, un Rolls-Royce descapotable, que ya he visto usar después de él a dos reyes -los Rolls-Royce es lo que tienen; si los cuidas bien, duran un huevo, más que un Régimen, y, a la larga, los amortizas...-  enfiló la cuesta pasando a escasos dos metros míos, con un sonriente Franco en uniforme de Capitán General, de pie y saludando con una manita ligeramente flácida, acompañado a su lado por el Alcalde de Barcelona: Don José María de Porcioles, antecesor de Ada Colau, notario y alcalde de Barcelona durante largos años, en los que se cometieron todo tipo de tropelías urbanísticas, era un señor bastante alto y elegante enfundado en su chaqué, todo lo contrario del Caudillo, al que sus irreverentes compañeros de armas, al parecer, llamaban "Paquita, la culona", aunque no delante suyo, por supuesto... cuando, años después, volvió Franco a realizar dicho recorrido, esta vez en el blanco uniforme de verano de la Armada, en compañía de Porcioles, la asistenta que venía a casa, despistada o corta de vista, le comentó a mi madre... "¡Hay que ver, Franco, qué buen mozo... y su señora, con aquel sombrerito blanco...!"

Entre la muchedumbre que, según decían en el peculiar lenguaje de la época, "prorrumpía en vítores y aclamaciones", apenas si pude esbozar una especie de aplauso de foca de circo, manteniendo apretado contra mi pecho el paquetito de papel de estraza... esperamos el rato que duró el Tedeum, y, una vez más, pasó el coche casi rozándome, con Franco aún más cerca, porque, como es natural, ocupaba el lugar preferente, a la derecha del automóvil, y otra vez le dediqué mi aplauso de circunstancias... de no estar en medio el Policía Armado, casi hubiese podido tocar el coche con la mano, como hacían muchos de los concurrentes, en signo no diría yo que de veneración, pero casi... años más tarde, en uno de esos baños de multitudes, algún monárquico aprovechado le birlaría un Rolex a Juan Carlos, que, supongo, debe conservar como reliquia, si no ha recibido ya una buena oferta por él... estad atentos al Wallapop.

Vaya por delante que Franco estuvo bien a salvo a mi lado, a pesar de sus desastrosas medidas de seguridad: ni albergaba yo a tan temprana edad la menor animosidad hacia él -en mi familia gozaba de cierta buena prensa- ni he tenido nunca vocación de mártir ni inclinación alguna hacia el magnicidio, si bien es cierto que no faltan gobernantes -de signos bien distintos- a los que, caso de tener garantizada mi impunidad, les daría con sumo gusto un buen capón o una patada en el culo... pero no es menos cierto que, si me llega a dar una ventolera y le tiro encima lo que llevaba, no digo yo que lo hubiese matado, pero seguramente habrían tenido buen trabajo los cirujanos plásticos, entonces en los primeros pasos de su arte, para que se volviese a parecer al de los sellos y las monedas. Un Franco muerto, o apartado del Poder, en 1963 habría, sin duda, cambiado la Historia de España: se hubiese visto entonces -como doce años más tarde- la imposibilidad de dar continuidad a un Régimen nacido en una circunstancia histórica completamente distinta, y tras una guerra atrozmente cruel: de una u otra manera, España se habría incorporado tempranamente a la construcción europea... o no, y hubiese surgido, como en Portugal, un Caetano que prolongase más allá de sus posibilidades biológicas el Salazarismo... todas las hipótesis están abiertas... por si acaso, yo me volví a casa con mi paquetito.

¿Cómo acabó todo aquello de la química...? por otras reacciones químicas; las que se produjeron en nuestras glándulas, elevando nuestra producción hormonal a máximos históricos; el laboratorio fue desmantelado, y allí empezaron a celebrarse guateques, con mis amigos dejándose melenita tipo Beatles y llevando pantalones acampanados y extrañas chaquetas negras sin solapa; yo fui más bien de Elvis y, como él, eché kilos... previsiblemente, todos acabaron orientándose hacia carreras de Ciencias, menos yo, que lo hice hacia la Economía, que no es una ciencia, como sospecháis, sino un artefacto ideológico, ya que toda Ciencia requiere experimentación -justo lo que hacíamos nosotros- y los experimentos en Economía han terminado siempre como el Rosario de la Aurora: y así asistimos ahora al espectáculo de auténticos vendedores de crecepelo -incluso algunos con chaquetas fosforito- loando las virtudes de la Desregulación y la Privatización y abominando del Intervencionismo Estatal, sobre las ruinas humeantes de Lehman Brothers y estando dispuestos a enviarnos a casa a la Guardia Civil para comprobar que no nos estamos calentando al Sol en la terraza en vez de usar sus carísimos kilowatios... en fín...

El autor, por aquellos años... ¿Me hubieseis vendido un frasco de Ácido Nítrico...?







miércoles, 7 de octubre de 2015

En el Vientre de la Bestia...

Hace pocos días se recordaba el aniversario de los últimos fusilamientos del Franquismo, en aquel agitado Septiembre de 1975, pocos meses antes de la muerte del Dictador. Fechas que tienen para mí un recuerdo imborrable y personal, porque las viví desde dentro mismo, como funcionario del Régimen... pongo en orden mis recuerdos, y los comparto con vosotros, sobre todo con los que, por su edad, no conocieron todo aquello...

Vaya por delante que ni bajo el más benigno de los criterios podía considerarse que yo fuese un opositor al Franquismo: por mi tradición familiar -familias claramente de derechas, abuelos presos durante la guerra en el bando Republicano, padre excombatiente y falangista- y por mi temprana militancia política en el Falangismo, aunque siempre en sus sectores más disidentes -más frikis, diríamos hoy- se me podía considerar dentro del bloque sociológico de los que, tantos años atrás, habían ganado la Guerra Civil. Pero había conocido la experiencia de la Universidad en momentos muy activos del Movimiento Estudiantil -había llegado a militar en el Sindicato Democrático de Estudiantes- y mi amistad, e incluso relación familiar, con militantes de la Izquierda entonces ilegal y perseguida, me habían colocado en un terreno, no ya neutral, sino cada vez más inclinado hacia las posiciones que después adoptaría.

Pero,  inicialmente, mi vocación estaba en el campo universitario, que siempre ha sido un Mundo aparte, y nada hacía prever que me decantaría hacia la Administración Pública pura y dura: a la Administración me llevaron las circunstancias: y esas circunstancias tienen nombre y apellidos; en realidad, un apellido, repetido: Joaquín Fernández Fernández, mi profesor en los últimos años del Bachillerato, el que me orientó hacia la Economía, con quien di mis primeros pasos en la docencia universitaria, mi maestro en tantas cosas, mi amigo hasta sus últimos días... no aprendí de él ni su incansable laboriosidad -siempre he sido un flojo- ni su rigor, ni su dedicación, pero sí encontró la forma de inculcarme algo de su curiosidad por la innovación, su sentido del humor y su talante liberal, que tanto sorprendían en un profesor de Formación del Espíritu Nacional, licenciado en Ciencias Exactas y en Ciencias Económicas, cuya fe falangista le llevó hasta encabezar alguna lista electoral bajo la sopa de siglas en que se transformó el Movimiento tras la Transición Democrática.

Habían nombrado a Joaquín Fernández Director Provincial de Cooperativas, en la Organización Sindical: último coletazo de las concepciones corporativistas que habían germinado en la Europa de anteguerra, el llamado "Sindicato Vertical" era un intento de agrupar, en una misma estructura, representantes de los Empresarios y los Trabajadores -también llamados "Productores"-, bajo una pretendida comunidad de intereses: la tozuda realidad, incluso en la España de Franco, se había terminado por imponer, y dentro de la estructura "Vertical" de los Sindicatos de Rama -Metal, Construcción, Artes Gráficas...- habían aparecido estructuras horizontales, las Uniones de Empresarios y las Uniones de Técnicos y Trabajadores, configurando un curioso entramado en damero de ajedrez -"Sindicato a cuadros", lo llamábamos-, que fue ganando representatividad en la medida en que los sindicatos obreros ilegales -muy especialmente, Comisiones Obreras- fueron aprovechando los resquicios legales para hacerse con el control de las Uniones. Los Empresarios, por supuesto, iban a su bola.

En los últimos años del Franquismo la ebullición social no se limitaba a la cada vez más presente Oposición: también dentro de los sectores afines al Régimen se vivía aquel ambiente de fin de etapa, y se recrudecían las luchas entre los partidarios de un continuísmo que chocaba con la inminencia de lo que, eufemísticamente, se llamaba el "Hecho biológico" -Franco estaba hecho unos zorros- y los que apostaban por las llamadas entonces "corrientes aperturistas", que oscilaban entre medidas cosméticas, como reconocer determinadas opciones políticas dentro de un juego democrático restringido, o la simple aceptación del hecho de que España debía dejar de ser una anomalía en el Mundo occidental, en cuyos mecanismos económicos y culturales estaba cada vez más integrada, pese a sus lamentables peculiaridades institucionales. Una de esas maniobras de posicionamiento había colocado al frente de la Organización Sindical de Barcelona a un "aperturista", José María Socías Humbert, después último alcalde franquista de Barcelona, y que terminó su vida política militando en el PSC, y uno de sus hombres de confianza, sensatamente elegido, era Joaquín Fernández.

Joaquín se entregó en Cuerpo y Alma al Movimiento Cooperativo, y yo, chupando rueda, detrás de él: heredero del Socialismo Utópico, pero también de movimientos cristianos y, en general, reformistas y críticos con el Capitalismo, el Cooperativismo representaba -creía yo, y sigo creyendo- una opción de organización económica democrática y autogestionaria, dentro de las limitaciones impuestas por el Sistema... empezamos a movernos en todo el incipiente andamiaje de apoyo al Movimiento Cooperativo, el Centro Nacional de Educación Cooperativa que organizaba en Zaragoza otro gran Joaquín, Joaquín Mateo, la Asociación de Estudios Cooperativos, -en cuyas reuniones mensuales, en Barcelona, se sentaba con nosotros el que luego sería una de las personalidades más relevantes del Socialismo catalán, Joan Reventós-... y luchamos, dentro de nuestras posibilidades, por integrar el Cooperativismo español en las grandes corrientes del Cooperativismo mundial, suspicaz ante la intervención estatal que nuestra misma presencia suponía, una contradicción más en unos momentos en que la Contradicción era, justamente, el pan nuestro de cada día.

Enseñando Economía en la Universidad Menéndez y Pelayo, Santander


Al volver yo del Servicio Militar, me planteó Joaquín la posibilidad de entrar a trabajar a su lado en la Dirección Provincial de Cooperativas, no ya como colaborador, sino como funcionario interino; había libre una plaza en el Cuerpo de Economistas Sindicales: presenté mi documentación y, a finales de mayo de 1975, se me comunicó que podía empezar a trabajar a primeros de Junio; pero...

Estábamos pendientes de ingreso un Economista -servidor- y cinco Abogados, y los trámites se eternizaban... hasta que nos llegó información sobre el motivo del retraso: ¡Uno de nosotros tenía Antecedentes Policiales...!

Reunidos los cinco afectados, nos mirábamos unos a otros, preguntándonos quién sería el peligroso Opositor del Régimen -preguntándome yo si sabrían esta o aquella otra cosita, con qué compañías me movía yo por Zaragoza...- cuando un compañero, navarro de la Ribera, después gran amigo, enrojeciendo, nos aclaró el tema: "¡El hijoputa del alcalde de mi pueblo..! estamos peleados por un asunto de riegos, y me denunció a la Guardia Civil por salir a cazar conejos, de noche, desde el tractor..."

Resuelto el último obstáculo, esperando de un momento a otro la orden de incorporarme a la Dirección de Joaquín, fui llamado por sorpresa por mis nuevos superiores: ¡Cambio de planes...! las Uniones de Empresarios pedían que se reforzasen sus órganos de apoyo; me incorporaría, con dicha finalidad, a las Delegaciones Comarcales de L'Hospitalet y el Baix Llobregat...

El Baix Llobregat, llamado entonces "El Bajo", era, sin lugar a dudas, la Comarca más conflictiva de Catalunya: apacibles pueblos de payeses de regadío, que habían multiplicado su población por varios dígitos gracias a la emigración y el desarrollo industrial de los años Sesenta, transformado entonces en un continuo periurbano de ciudades-dormitorio carentes de los mínimos equipamientos sociales y urbanísticos y unos polígonos industriales duramente golpeados por la crisis que, desde dos años atrás, a raíz de las turbulencias en el mercado del petróleo -pero no exclusivamente por eso- asolaba todas las economías occidentales. Todas sus Uniones de Técnicos y Trabajadores, después de las recientes Elecciones Sindicales -que habían seguido a un fuerte movimiento de huelgas- estaban en manos de militantes de Comisiones Obreras, y los empresarios, con buen criterio, evitaban poner los pies en los locales sindicales.

Una vez presentado a mis atribulados superiores comarcales -que no tenían ni idea de qué diablos hacer conmigo-, inicié los contactos con los representantes empresariales: el Presidente de la Unión Comarcal era un simpático caballero, de mediana edad, propietario de una muy pequeña empresa, y que gozaba de cierta aceptación por parte de los representantes de los trabajadores porque, decían, nunca se negaba a conceder a sus obreros anticipos sobre las retribuciones atrasadas que les adeudaba... lo llamé por teléfono, acogió con entusiasmo mi incorporación, y me citó, a la hora de la comida, en una Masía con ciertas pretensiones, donde tuvimos un agradable almuerzo de trabajo, intentando yo lanzar iniciativas que pudiesen fomentar la presencia de empresarios en nuestras actividades... al traer el camarero la cuenta, se palpó con gesto de alarma la americana... "Me parece que me he dejado la cartera en la fábrica... ¿te importaría...?" No, no me importaba, de hecho, estaba alucinado ante el volumen de mis nuevas retribuciones, a años luz de lo que cobraba en la Facultad, pero, aún así, capté malas vibraciones... por extraño que pueda parecer, volví a caer en la trampa otra vez, pero no hubo tercera: a partir de entonces, sólo acepté invitaciones a "tomar un café".

De todas maneras, el simpático gorrón me resolvía una de mis tareas mensuales: la Encuesta de Coyuntura Industrial; ante el cortadito que pagaba indefectiblemente yo, lo iba sometiendo a un hábil interrogatorio: "Construcción.... ¿cómo está la Construcción...?" "Hombre... hablé ayer con Fulano, y me dijo que jodido, pero que esperaba que le saliese una promoción nueva.." y yo anotaba: "Se detectan ciertos indicios de mejoría en la confianza empresarial..." "¿Artes Gráficas...?" "Mal, Mengano me dice que, si sigue así, se va a tomar por culo..." que, en mi informe, se transformaba en "La crisis sigue golpeando severamente al Sector, y cunde la desconfianza ante la previsible evolución futura.." Curiosamente, si en vez de un cortado era un carajillo, los densos nubarrones dejaban pasar algún que otro rayito de luz...

Visto lo visto, mis superiores decidieron dejar por imposible la atracción al Sector Empresarial, y, de facto, me incorporaron a donde de verdad hacía falta: la asesoría en los innumerables conflictos laborales que aparecían, día a día... tanto asesoraba a los trabajadores en su oposición a los Expedientes de Crisis -los ERE del momento- como presidía las llamadas Juntas Sindicales de Conciliación, donde se pretendía dar una solución consensuada a situaciones muchas veces gravísimas... tengo pendiente contar cómo intenté, con escaso éxito -uno tampoco era la Virgen de Lourdes- resolver un conflicto laboral que derivó en una Huelga General de quince días y decenas de miles de obreros en la calle... pero eso bien merece otra historia... a todo eso, tenía veintiséis años, y me comía los marrones en absoluta soledad, allí te tenías que espabilar, aún no sé cómo aguanté... creo que han sido los momentos más duros de mi vida laboral.

En un acto oficial, por aquellos años...


Curiosamente, logramos parar con éxito algunos expedientes de crisis, de puro chapuceros en su planteamiento, donde estaba claro que los empresarios sólo estaban interesados en cerrar, pasar el muerto a las Arcas Públicas, y pulirse después los activos o, simplemente, favorecer a alguna otra firma de su grupo empresarial, desprendiéndose de una plantilla envejecida y relativamente bien pagada... nada nuevo bajo el Sol, como veréis... cuando conseguías una prórroga -que siempre sospechabas temporal-, cuando veías la satisfacción y el alivio de los que, por el momento, conservaban su puesto de trabajo, podían seguir llevando un jornal a casa... sentías que todos tus esfuerzos se habían visto recompensados con creces... y la satisfacción de los trabajadores se transformaba también en reconocimiento a nuestro trabajo; recuerdo una ocasión en que habíamos conseguido parar un intento de deslocalización por parte de una multinacional: el Comité de Empresa nos invitó, al abogado y a mí, a una paella de conejo en un pueblo vecino: comimos y bebimos y, al acompañarnos de vuelta hacia Cornellá, donde teníamos nuestras oficinas, hicimos una escala técnica en un bar de camareras donde, a media tarde, unas aburridas señoritas se aprestaron a servirnos unos cubalibres... "Si queréis algo más... está todo pagado", nos susurró el Secretario del Comité... ante mi cortés y casta negativa, mi compañero, más liberal, me insistía... "Hombre, Antonio, digo yo que por no hacer un desprecio..."

Pero esos escasos éxitos no nos podían hacer olvidar que éramos un instrumento de un Estado represor y dictatorial, en sus últimos coletazos, que suelen ser los peores... y de ello nos daba buena cuenta la presencia constante, en nuestras instalaciones, de los agentes de la Brigada de Investigación Social de la Policía, los temidos "Sociales"... yo los había visto en la Facultad, dirigiendo a los Policías Armados, arrancando carteles... y en las manifestaciones, practicando detenciones; sabía, por amigos míos,  las sádicas torturas que les habían infringido, y ahora los tenía allí, como compañeros, otros servidores del mismo Estado, misma finalidad, distintos métodos.

Llegaban, todas las mañanas, en sus vehículos "camuflados"... ¡la mayor chapuza posible!; coches anodinos, blancos o grises, pero de modelos que apenas se veían -¡El 850 Cuatro Puertas, por Dios...!- con falsas matrículas de cualquier provincia lejana -de Badajoz, de Navarra...-, sin un solo elemento personal, ni una pegatina, ni una antena larga... me moría de risa: "¿Pero no se dan cuenta de que son los únicos coches que circulan por el Baix Llobregat sin un cojín de ganchillo o un perrito que mueve la cabeza...?" ya los conocíamos: Uno de ellos, Ignacito, era frágil y aniñado; otro respondía al improbable apellido de Macarro... a un tercero, sus compañeros le llamaban "El demócrata" porque, afirmaban, no le gustaba pegar a los detenidos... se sabían odiados, y lo expresaban a través del humor negro; hablaban un día de un dirigente sindical... "Es el tío más conocido del Baix", decía uno de ellos... "No, te equivocas... ¿sabes quienes son las personas más conocidas del Baix...? ¡Tu puta madre y la mía...!"...

Ese peculiar sentido del humor les había llevado a crear una fábrica ficticia, "Industrias de la Madera, 34 trabajadores" que, indefectiblemente, participaba en todas las huelgas que se convocaban en el Baix; cuando pasaban el parte por teléfono a sus superiores, siempre "Industrias de la Madera, 34 trabajadores" figuraba entre las que habían secundado los paros... colgaban y se reían como niños, niños peligrosos -todos eran más jóvenes que yo, que ya es decir- niños investidos de un poder espúreo, carne de olvido y postergación, una vez que sus servicios no fuesen necesarios, si algún día llegaba a producirse dicha feliz circunstancia...

Fue en ese marco esquizofrénico -cada día más consciente de los problemas sociales que, literalmente, eran mi trabajo cotidiano, cada día más opuesto al papel que jugaba la estructura represiva de la que yo era, aunque mínima, parte integrante, cada día más escéptico ante la posibilidad de instrumentalizar dicha estructura, de lograr, en su seno, resolver los problemas que veía a mi alrededor..-. cuando viví los últimos fusilamientos del Franquismo: mi sentimiento, como parte de las estructuras de un Estado que no sólo aplicaba penas de muerte -que ya mi formación jurídica me llevaba a considerar absolutamente desproporcionadas, inútiles, crueles e irreversibles-, sino que lo hacía en un marco de nulas garantías procesales, pese a que los condenados hubiesen practicado una lucha armada en la cual tampoco creía como solución, mis sentimientos, decía, fueron, fundamentalmente, de vergüenza y frustración... ¿Hasta cuando duraría aquello..?

La solución vino pronto. Y, además, fue uno de los "sociales" quien nos la anunció: teníamos en nuestras oficinas un retrato de Franco: no penséis en ningún mural norcoreano: una humilde foto tamaño octavilla, en blanco y negro, de un Franco sonriente y de unos cincuenta años, en un marco de acero inoxidable paradójicamente casi oxidado, sin cristal, decolorada y con algunas cagaditas de mosca... pasó a su lado Ignacito, y le dio la vuelta, teatralmente, colocándolo boca abajo, en la mesita donde estaba... "¡A éste ya lo podéis ir quitando... está jodido...!", anunció... "Hombre, por la tele han dicho que es un resfriado..." "¡Está jodido, está listo, de ésta no sale...!" insistió... eso era a principios de octubre, creo recordar; no faltaban ni dos meses para el 20 de Noviembre; pero esa es ya otra historia...


En 1975... ¿A que imponía respeto...?






martes, 6 de octubre de 2015

"¡Arre, arre, borriqué...!"

Me indica ayer mi madre, comentando lo escrito sobre mi tío Miguel... "Escribe algo mañana sobre tu abuelo Arsenio, que sería su cumpleaños..." pues ahí va, atendiendo a los deseos de tu nuera...


Arsenio Revilla Margalejo había nacido en Boltaña, hermano pequeño con tres hermanas, dominado el panorama familiar por el carácter y el empuje de la hermana mayor, Encarnación, verdadera matriarca de Casa Revilla... eso debió marcar desde pequeño el carácter de Arsenio, y lo hizo independiente, discreto, egoistón y amigo de pasar desapercibido y, a lo tonto, hacer lo que le saliese de las narices, entendiendo, como todos los animalitos débiles -era pequeñito y frágil- que el camuflaje, el difuminarse en el entorno, son con frecuencia las mejores armas.

Antonio Revilla Lanao, de Labuerda, y Andresa Margalejo Isac, de Boltaña, con sus cuatro hijos: Encarnación, Aurora, Carmen y Arsenio.


Fue un auténtico pionero de la despoblación de Sobrarbe, ya que abandonó Boltaña en los años de la Primera Guerra Mundial, trasladándose a Barcelona: la historia oficial quiere que, habiendo sido contratado como escribiente por una compañía eléctrica catalana, al cerrar ésta su oficina en Boltaña, le ofreciese la posibilidad de seguir trabajando en Barcelona: muchos años después, comprobando un cierto desfase cronológico entre la fecha de su matrimonio con mi abuela y el nacimiento de su primer hijo, sospechamos que también había podido pesar en su decisión el afán de ponerse fuera del alcance de vecinas chismosas y con conocimientos de aritmética reproductiva... lo cierto es que prestó sus servicios, hasta su jubilación, en la Compañía de Fluido Eléctrico, sita en el Carrer dels Arcs del Barrio Gótico barcelonés, justo donde hoy hay una macrotienda de Desigual, y viviendo en la cercana Plaça de Santa Catalina, en un edificio en cuyos bajos hay hoy un locutorio dominicano; cambiaron los emigrantes aragoneses por otros más coloreados, señoras con leggins y trencitas, que dicen "Mi amol..."

Tan discreto como era, para una vez que decide dar la campanada, la cagó bien cagada: Arsenio fue uno de los pocos sublevados civiles del Alzamiento Militar del 18 de Julio, que en Barcelona, de hecho, se produjo el 19 por la mañana; con un grupo de conjurados, se presentó en un cuartel del Ejército, a la espera de que les diesen armas: allí los hicieron pasar a una sala, donde consumieron buena parte de la mañana hasta que, de repente, se abrió la puerta y se presentaron unos milicianos de la FAI, que se los llevaron a todos manos arriba... no se qué militancia política tendría, supongo que ninguna; era, fundamentalmente, un beato, hijo de familia de beatos, Caballero del Pilar... seguro que estaba liado en algo de curas... de todas maneras, milagrosamente, salvó el pellejo, pasándose -eso si- toda la guerra en la Cárcel Modelo: es ahora la Leyenda quien explica que Arsenio -como todos los trabajadores de su empresa- estaba afiliado a la CNT, y que su hermana Encarnación bajó desde Boltaña dando gritos, entró hasta el despacho del Delegado de Orden Público de la Generalitat, también cenetista, y le hizo jurar que no le tocarían ni un pelo al Compañero Arsenio, que estaba allí por las malas compañías... no le oí ni una sola vez comentar nada de aquella historia, supongo que prefería olvidarla, aunque siempre lucía, en la cadena del reloj, la Medalla de Plata del Ayuntamiento de Barcelona... ahora la tengo en mi poder, escondida, no sea que se entere Ada Colau y me la haga devolver... pasó mucha hambre y perdió mucho pelo y muchos kilos, pero eso les pasó también a los que no estaban en la cárcel, así que... De todas maneras, dio motivos para hablar: ahora me viene a la memoria el amigo Pepe Vidal, eterno militante comunista, cuyo reciente fallecimiento aún no acabo de digerir, cuando, una noche de vinos, abrazándome, me decía: "¡Yo os he querido siempre mucho, a os de Casa Revilla, aunque fuesen fascistas...! por su conveniencia, ¿eh?" a lo que yo contestaba: "¡Y por sus ideas, Pepe, ya lo puedes decir...!"


Arsenio Revilla Margalejo

Yo lo recuerdo ya en fechas muy posteriores, cuando su vida y la de mi abuela Lucía había quedado marcada por el drama de la pérdida de su hijo Antonio, que no había tenido mejor idea que hacerse matar en Rusia, en las filas del Ejército Alemán... pequeño, delgado y frágil, tocado con su gorra de visera, siempre inquieto -si en Boltaña, planeando bajar a Barcelona: si en Barcelona, pensando en subir a Boltaña-, siempre camino de su partida de guiñote con los amigos de uno y otro lugar... he heredado de él esa ubicuidad, ese afán de pasar la vida con un pie a cada lado de la Clamor Amarga de Almacelles, que es la huega que espero ver, por siempre, libre de controles aduaneros y concertinas...

Siendo yo su primer nieto, y ahijado, no recuerdo que hiciese en mí demasiados gastos; la combinación de ser jubilado con pensión baja, y más prieto que un cerollo, no presagiaba grandes alegrías; recuerdo, eso sí, que me hizo el regalo que más me ha impresionado; un auténtico cordero vivo, "Lucerito", comprado en la Feria de Boltaña... pude disfrutarlo poco tiempo, pero aún me recuerdo corriendo detrás de él, calle San Pablo arriba... volvimos a Barcelona, y mi abuelo se quedó con el cordero; nunca había trabajado en la Agricultura ni la Ganadería, pero, pastor mínimo, llevaba su rebaño de uno atado con una cuerda, apacentándolo por los caminos de Boltaña... una bella historia con un final cruel: cuando volví a ver a "Lucerito", había superado con creces la condición de corderito, pasando a la peligrosísima categoría de ternasco, que pocos, muy pocos de los suyos superan... ¿Para qué seguir, verdad...?


Andarín como era -algo de eso he heredado también-, es curioso que muchos de mis recuerdos de él vayan ligados a la Equitación: desde muy pequeño me entusiasmaba que me dejase escuchar su reloj de bolsillo, marca "Elegance", en cuya tapa posterior corrían dos caballos, cuyos cascos creía yo oír en el tic-tac de la maquinaria... conservo ese reloj, despintados ya los brillantes colores de las libreas de los jockeys, pero los cascos han dejado de oírse... y recuerdo también cuando me sentaba sobre sus huesudas rodillas, haciéndome rebotar sobre ellas, mientras cantaba:

"¡Arre, arre, borriqué
de Boltaña a Margudgued
si vas por o'canto el río
no te morirás de sed...!"

Canción que tantas veces he cantado a mis hijos y, ahora, ya llevo varias a mi nieto Pablo...

Vino a morir mi abuelo en fecha sumamente inconveniente, estando mi madre a punto de dar a luz a la última de mis hermanas, lo cual nos impidió asistir a su entierro en Boltaña; subimos días después al Funeral, y nos acompañaba un amigo de mi padre, José María, personaje del cual también me gustaría hablar largo y tendido: le reservaron la alcoba de la sala de la casa... tendríais que haber visto aquella sala, que solo se abría para velatorios y visitas de respeto: cortinajes de terciopelo verde oscuro, tresillo a juego, suelo de tarima crujiente, y un despliegue de imágenes sagradas que incluía, tirando por lo bajo, un cuadro enorme de la Virgen del Pilar, un Sagrado Corazón sedente, con su lamparilla roja perennemente encendida, alguna capillita de las que pasaban de casa en casa -San Antonio, la Virgen del Carmen... -y un Niño Jesús ya crecidito, que, por su tamaño, parecía a punto de ser llamado a filas... yo dormía en una cama plegable, en medio de aquella auténtica sacristía... hundido en el fondo de la alcoba, sepultado bajo varias mantas -era Febrero, y hacía un frío pelón-, con la débil iluminación que, por aquel entonces, gastábamos en Boltaña, de bombillas de 15 watios, el pobre José María no las tenía todas consigo... cuando ya llevábamos un buen rato en la cama, con las luces apagadas, oí su voz trémula que indagaba... "Antonio... ¿y en qué habitación ha muerto tu abuelo...?" No pude por menos que reírme y tranquilizarle al respecto, pensando que, si ya es poco probable que los muertos vuelvan a la Tierra a tocar las narices a los que aquí seguimos, nada más lejos del estilo discreto de mi abuelo Arsenio, y que si hubiese vuelto, ya estaría mirando horarios de trenes y coches de línea para volver al Averno, o a donde estuviese, siempre que allí encontrase amigos para jugar al guiñote...


Arsenio y su hijo Guillermo, mi padre... ¡con lo que les gustaba viajar a los dos...!





lunes, 5 de octubre de 2015

"¡Instituto, Gloria a ti...!"

Hablando de la plaza de Boltaña, me llamaban la atención sobre el hecho de que ninguna Plaza Mayor de un pueblo aragonés estaba completa sin una mesa de jugadores de guiñote: tranquilizaba yo al amigo, dicíendole que, en nuestro caso, el tema estaba resuelto, pero la palabra "Guiñote" me ha arrancado muchas evocaciones...

Siempre he sido un negado para los juegos de cartas: me defendía pasablemente jugando al Rabino con mis primas y una botella de Magno encima de la mesa, en las largas sobremesas de Boltaña, o jugando al "King" con mis amigos de la Facultad, pero el Guiñote, un juego más cerebral, siempre se me ha resistido, y mi hermano Ricardo, mi resignada pareja, llegaba casi hasta la agresión física cuando me destriunfaba mal, o incluso olvidaba cantar... y eso que soy nieto de mi abuelo Arsenio, al que bien podríamos llamar Guiñotero de Dos Naciones, pues jugaba igual en el Centro Aragonés de la Calle Joaquín Costa de Barcelona que en su lugar favorito, el curioso templete de la Plaza de Latorrecilla, a donde iba desde Boltaña, andando por caminos viejos con su bastoncito, incluso cuando la diabetes había debilitado ya mucho su visión.

Pero a quien mejor recuerdo jugando al Guiñote en el bar de la Plaza de Boltaña es, sin lugar a dudas, a un benemérito guardia civil, con perdón por la redundancia: mi tío Miguel Pérez Ceresuela.

Había nacido Miguel, allá por los años de la Primera Guerra Mundial, en Vió, en el valle de su nombre: no eran tiempos fáciles en ningún sitio, pero en nuestros pueblos de montaña, la vida era especialmente complicada; antes de cumplir diez años, con sus abarquitas de cuero, salía Miguel al rayar el alba con las cabras de su casa, bajaba al Bellos, lo cruzaba por el Puente de San Úrbez, y las apacentaba bien arriba por las laderas de Sestrales: al caer la tarde, las reunía -con lo fácil que debía ser reunir un rebaño de cabras asilvestradas- y volvía a desandar el camino, con un desnivel positivo acumulado digno de Kilian Jornet, pero llevando en el zurrón poco más que un pedazo de pan y otro de queso duro para rosigar... reclutado por el Ejército Republicano durante la Guerra Civil, hecho prisionero por los Nacionales, que, una vez salido del Campo de Concentración, lo integraron en sus filas, al acabar la Guerra optó por ingresar en la Guardia Civil, pensando que siempre sería un trabajo más relajado que ir todo el día con las cabras arriba y abajo.

Supongo que, en líneas generales, acertó en su elección, pero tampoco eran tiempos cómodos para las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad; en plena postguerra, los Guerrilleros pasaban desde Francia y atravesaban constantemente Sobrarbe, a donde había sido destinado mi tío. Contaba, de entre sus innumerables servicios, uno que le marcó especialmente: había en uno de nuestros pueblos una viuda que concedía habitualmente sus favores al pastor de casa, visitándolo de noche -por el qué dirán- en la borda donde pernoctaba: habiendo salido el galán a pichar, vio venir a otro colega, que pasaba a saludarlo y echar un cigarrillo junto al fuego; para evitar que se descubriese el pastel, no se le ocurrió nada mejor que decirle que se fuese corriendo, que tenía en la borda unos "maquis" que lo habían secuestrado. Tiempo le faltó al otro para poner el hecho en conocimiento de la Autoridad y, al amanecer, la Guardia Civil de media Provincia, reunida a marchas forzadas -y, para forro botas, nevaba- rodeaba la cabaña. Al grito de "¡Alto a la Guardia Civil!" -confío en que no les pillase en pleno asunto- salieron por la puerta, brazos en alto, los pobres fornicadores... "Les llamamos de todo", recordaba mi tío... "Y alguna hostia se os escaparía, que os conozco..." "No te diré que no", admitía...

Uno de los servicios habituales era lo que llamaban "Correrías"; a años luz aún de los coches patrulla, salían mi tío -ya cabo- y un guardia, capote y mosquetón o naranjero al hombro, andando por esos caminos de Dios, a comprobar que todo estaba en orden. Cuando anochecía, buscaban una casa donde les daban cena y alojamiento; en aquel entonces, las camas no eran, estrictamente hablando, un equipamiento individual, y casi siempre les tocaba compartir en pareja un lecho que imagino de cama camera -algo más estrecha que las de matrimonio- con tres o cuatro pesadas mantas, colcha de ganchillo, imagen religiosa en la cabecera y orinal debajo. Una de esas noches, al despertarse, el guardia se quejó discretamente... "¡Menuda noche me ha dado, mi cabo... me echaba la pierna por encima y me decía "Concha, Concha"!" -Concha era su mujer, mi tía- "¡Haberme despertado!", contestó Miguel"No se preocupe, que si hubiese pasado a mayores, ya le hubiese dicho algo!", fue la tranquilizadora respuesta de su subordinado.

También el ámbito urbano requería de intervenciones de las Fuerzas de Orden Público para garantizar el mantenimiento de la Paz: daría algo por tener a mi alcance el relato versificado que realizaba nuestro excéntrico vate local, Félix de Mamés, de una de dichas actuaciones, en unos hechos acaecidos no ya en Boltaña, sino en mi mismísima Calle San Pablo: subía un viandante echando los bofes por la cuesta cuando, desde una ventana, fue alcanzado en pleno rostro por el contenido de un bacín, vaciado por una vecina desaprensiva; entró el hombre vociferando en la casa -nunca se cerraban las puertas en Boltaña- topó con el hijo de la señora en cuestión, y hubo más que palabras... resultado: fueron conducidos, los tres, ante el Sargento Pérez que, sin lugar a dudas, impartió justicia y restableció la Paz quebrantada...

Habilidoso y autosuficiente -como todos nuestros montañeses; tenía como afición encuadernar libros, no os digo más- no le faltaba tampoco a mi tío su vertiente empresarial: era lo que hoy llamamos "un emprendedor": detectó una oportunidad de negocio en los anticuados uniformes de la época -que yo llegué a disfrutar durante mi Servicio Militar- donde del cuello cerrado y los puños sobresalían unos ridículos falsos cuellos y puños de plástico blanco, destinados a dar un toque de distinción a nuestros hábitos de servidores de un Estado mísero: mi tío aprendió a fabricarlos, en su casa, en un rincón donde se distinguían el "taller" -la mesa donde hacía los cuellos y puños- y la "oficina", un calendario donde anotaba pedidos y ventas: no recuerdo si abastecía tan solo los puestos vecinos o llegó a exportar a otras Comandancias, ni creo que sus beneficios fueran elevados, pero se distraía con ello, completaba unos ingresos nunca muy generosos, y a mí me gustaba verlo entregado a su actividad fabril. Quizás con ese sobresueldo se permitía ofrecernos a sus sobrinos una propinilla si le cantábamos el Himno del Instituto, que aprendíamos de un "single" -un disco pequeño, vamos, cómo os diría yo- donde, en la otra cara, figuraba el del Servicio Topográfico del Ejército. Así, en actos institucionales en los que he participado después, he sorprendido a propios y extraños, entonando a pleno pulmón aquellas estrofas "¡Instituto, Gloria a ti...!" que tanto le gustaba escuchar.

Serían inagotables las anécdotas sobre mi tío, que podía compaginar un absoluto despiste con el estricto cumplimiento de sus funciones; estando destinado en Madrid, haciendo el curso de ascenso a oficial -autodidacta, gozaba de una buena cultura general, que le ayudó en su carrera desde los rangos más humildes- salió un día de su casa, de paisano, subió en el atestado "Metro", donde observaba que la gente lo miraba con curiosidad, hasta que uno de los pasajeros se dirigió a él, diciéndole: "Usted es Civil, ¿verdad...?"

- "¿En qué se me nota?" indagó Miguel...

-"Mayormente, en el tricornio..."

Su último destino, ya como teniente, fue al frente del puesto de Campo; acudimos mi prima Dulce y yo a pasar en su casa la Semana Santa y, el Jueves Santo, antes de acudir a los Oficios, lo vi muy atareado con su sable, ya en uniforme de gala, el tricornio con el galón dorado, el cinturón amarillo y sus condecoraciones: había perdido la arandela de cuero que sujeta la hoja del sable dentro de la vaina y, con las prisas, la substituyó con un papel de periódico doblado varias veces.

Estando ya en la iglesia, en plena ceremonia -él, como Autoridad, en la primera fila, junto al Alcalde- entre tanto arrodillarse y levantarse, de repente, un metálico "¡clang!" resonó en la bóveda del templo, seguido de un siseante y no menos metálico "¡shhhhhh!" y el movimiento al unísono de muchos de los asistentes que levantaban las piernas o se subían al travesaño de los bancos... el sable había salido disparado de su vaina, y no paró de deslizarse por el suelo hasta el centro del pasillo, a donde fue a recogerlo mi tío, colorado como una amapola.

Era una delicia acompañar a mi tío por el monte donde, una vez más, volvía a ser el pastorcillo de Vió: conservo de él una receta de cocina pastoril, que ahora comparto con vosotros; longaniza al abrinzón: cójase un pedazo de longaniza cruda, tamaño Nacho Vidal: envuélvase en papel de periódico empapado en vino de la bota: tómese un abrinzón -Genista hórrida, un almohadón verde de pinchos, abundante en nuestros montes-, y péguesele fuego con un mechero de yesca... cuando ha dejado de arder con llama viva, introdúzcase el papel de periódico con la longaniza dentro del abrinzón; deje pasar un tiempo prudencial, sáquelo pinchándolo con la navaja de Solsona, retire con dicho instrumento el papel carbonizado e introduzca la longaniza entre dos pedazos de pan... ¡rico, rico!; la mezcla del vino, el sabor de las brasas del abrinzón y la tinta de impresión del periódico le prestan un bouquet especial. Si aparece durante la operación cualquier agente del Seprona y le pilla incendiando el monte, alegue en su descargo que la receta procede de un compañero, a ver si cuela...

Pero donde más me gusta recordarlo es en sus momentos más felices; franco de servicio, jugando al guiñote en el bar de la Plaza de Boltaña: en la acera, en verano, junto a la estufa en el interior, en invierno, con sus amigos, compartiendo las palabras rituales siempre repetidas. "¡Arrastro..!" "¡o culo por as barzas!" "Las veinte en orines...!" "¡De ellas comeremos...!" "¡Las cuarenta!" "¡No joden, pero atormentan!"... entre vasito y vasito de vino, que, aunque fuesen pocos, le hacían volver a casa con la lengua ligeramente torpona.

El mal tiempo, que había sido su compañero tantas veces en su vida de pastor y de guardia civil de infantería, no lo abandonó tampoco en su último viaje: lo estábamos enterrando en Manzanera, el cementerio de Boltaña, un siete de julio, y borrasqueaba en la Peña Montañesa, tiñéndola de blanco, aquella Peña cuyas faldas había recorrido tantas veces... ¡Buen servicio, querido Tío Miguel...!


























lunes, 28 de septiembre de 2015

Krasnaia Ploshshad

No se puede decir que Moscú sea una ciudad acogedora: es, simplemente, desmesurada: ya desde el aire sobrecoge ver su extensión; las luces delimitan perfectamente sus Cinturones y, en el centro, una zona mucho más iluminada indica la Meca a la que dirigiré mis pasos en cuanto llegue al Hotel, duerma un rato y me dé una ducha: la Plaza roja, la Krasnaia Ploshshad.




Hemos llegado a Moscú de madrugada; en el Aeropuerto descubrimos que han perdido la maleta de nuestros cuñados, Cris y Javier: mientras formulan la reclamación, rodeados de ciudadanos de las repúblicas exsoviéticas, a los que tratan a patadas, salimos a explicárselo a la guía que acompaña al coche de la agencia de viajes: es una simpática y joven señora, a punto de salir de cuentas, que habla un Castellano impecable... charlamos un buen rato con ella: aunque estamos en Julio y hace calor, por lo primero que le preguntas a un ruso es por el frío, así de tópicos somos... "Hacemos vida normal, hasta que el termómetro llega a 20 bajo cero: entonces se cierran las escuelas..." le cuento que en Barcelona se cierran si hay amenaza de nieve: se parte el pecho...

Llegamos al hotel casi de día, después de tardar más de una hora en cruzar parte de Moscú: tan temprano, ya hay un tráfico infernal; destacan los trolebuses, cosa que en España hace años que no vemos. Hay muchas construcciones nuevas, centros comerciales, todos los anuncios que puedes ver en una ciudad europea... ves los barrios obreros, de casas altísimas prefabricadas, rodeados de jardines y parques infantiles que, desde el coche, tienen buena pinta -los pisos, no tanto...- Y verde, mucho verde, hay un anillo verde que rodea el centro, y allí verde quiere decir árboles; abedules, abetos... estamos hechos polvo, toda la noche en vela, y con un hambre atroz; decidimos desayunar antes de ir a dormir un par de horas: fastuoso desayuno ruso, con pescados ahumados, carnes ahumadas, sopas... empiezo a ver que comeré bien, y eso siempre anima.

La habitación del hotel -un hotel moderno, que se anuncia como céntrico, y eso quiere decir a veinte minutos en metro de la Plaza Roja- es, sencillamente, inmensa como la Madre Rusia: desde la cama casi no se ve, entre la bruma, el armario situado en la pared de enfrente... tiempo de dar una cabezada, ducha y... ¡a la calle, que Moscú nos espera...!

Ya había leído mucho sobre el Metro de Moscú, esa Catedral del Pueblo en la que Stalin puso un especial interés. Y cuando Stalin ponía un especial interés en algo, las cosas se hacían bien, a ver qué vida... Total, debía pensar, es el sitio donde más horas pasará la clase obrera... Pero hay que verlo; prodigio decorativo, miles de empleados -cuadrillas que, continuamente, limpian hasta el más pequeño rincón, señoras de mi edad, uniformadas de azul con gorritos rojos, parecen falangistas, sin más misión aparente que mirarnos, distraídas, a los viajeros...- precios baratos, pero controles inflexibles; Javier mete mal el billete y el torniquete se cierra de golpe y casi lo castra... pocas bromas en el Metro de Moscú... y las frecuencias... los trenes pasan cada treinta segundos, o cosa así; cuando uno va a salir, la gente ya ni corre por el andén, sencillamente espera al siguiente... vagones muy grandes -en Rusia tienen el mismo ancho de vía que en España-, de esa característica chapa acanalada tan frecuente en Rusia; sólidos de narices, poco diseño...



Ni diseño, ni grafismo; como viajero consciente, he dedicado varios días a aprenderme el alfabeto cirílico; tampoco es tan difícil, si conoces el griego: en la primera mañana en el metro el esfuerzo ya está amortizado: todos los nombres de las estaciones están en cirílico, los enlaces entre líneas están dentro de los andenes, las indicaciones en alfabeto latino son escasísimas... dentro del Metro sólo se indica la estación siguiente por los altavoces... el sistema es contar el número de paradas y, luego, llevar bien la cuenta. Pero es tan rápido que, si te pasas, cambias de andén, coges el siguiente y todo resuelto: veinte minutitos -habremos recorrido ocho o diez kilómetros- y ya estamos bajando junto a la Plaza Roja.

En Moscú, por lo menos en las grandes avenidas -casi todas las calles son grandes avenidas- no existen pasos de peatones; cada cien metros, o así, hay un paso subterráneo, un "Perijod", sobre el que pasan, a velocidades vertiginosas, Porsches, Audis y Bemeuwes. Los perijods son pelín siniestros, y están llenos de tiendecitas cutres, donde el moscovita del montón se provee de todo lo necesario: bragas, medias y calcetines, tabaco, fruta, aguas minerales coloreadas en todos los tonos del Arco Iris, periódicos y revistas... uno piensa que, durante el Invierno, deben agradecer mucho esos pasillos subterráneos, donde siempre hará menos biruji que en el exterior. Están limpios y no huelen, como cabría esperar, a pipí; de hecho, todo en Moscú está limpio: por las calles pasan sin cesar grupos de dos camiones juntos que no es que rieguen, es que provocan un auténtico diluvio que, al mismo tiempo, limpia el asfalto y a todos los coches que circulan a su lado...

Sales del perijod, deslumbrado por la luz del sol, cruzas frente a la imponente Biblioteca Pública, cambias de acera, y ya estas viendo la Puerta del Kremlim y, a su izquierda, detrás del historicista Museo de Historia, se abre ante tu vista la inmensa Plaza Roja.




Ya sé que se llamaba así desde varios siglos atrás, hay varias versiones; por las rojas murallas del Kremlim, porque "Rojo" quiere decir también "Bello"... lo siento, pero para los de mi generación, especialmente los "rojos" -aunque no necesariamente "bellos"-, la Plaza Roja será siempre lo mismo que la Plaza de San Pedro para los católicos, y sé de lo que hablo, como católico cultural que soy... te detienes, miras a izquierda a derecha, y al frente, tragas aire, y te convences de que estás en un lugar clave para la Historia de la Humanidad... aunque se admiten opiniones, por supuesto...



Para mí, la Plaza Roja está siempre ligada a un documental, en blanco y negro, donde, ante miles de soldados formados, el Mariscal Zukov arranca un galope solitario sobre su caballo, al frente del Desfile de la Victoria de 1945, cuando sus orgullosos frontyi, los héroes del Frente, irán arrojando en informe montón los estandartes y banderas nazis ante un Stalin que saluda medio militarmente -la mano no llega a la sién- con una sonrisita bajo el bigote... esa galopada tiene su historia; las malas lenguas dicen que Stalin, envidioso de la gloria del Mariscal, le prestó un caballo de su propiedad, especialmente borde, con la vana esperanza de que el viejo oficial de caballería se pegase un buen leñazo en público, al resbalar sobre el empedrado de la plaza... algo debe haber de eso porque, en la estatua que, junto a la plaza, inmortaliza esa cabalgada, Zukov no está galopando, sino trotando a la inglesa, sorprendido en el antiestético momento en que el culo se separa de la silla, como si montase padeciendo un ataque de almorranas... ¿venganza sutil de Stalin...? Que no es que fuese muy sutil, precisamente...



Podéis ver en cualquier guía las dimensiones de la Plaza Roja: es, en una palabra, enorme: la limitan, por sus lados mayores, la muralla del Kremlim, en la que se apoya el Mausoleo de Lenín -que, al mismo tiempo, servía de tribuna de autoridades en los desfiles- y, enfrente, dos edificios singulares: la Catedral de Kazán y los Almacenes GUM; al fondo, junto a la mole del Hotel Rossia, en obras, la Catedral de San Basilio el Bienaventurado, el icono quizás más conocido de Moscú: cierra el otro lado menor el rojizo Museo de Historia, en cuya puerta unos falsos stretsnyi, los fusileros de la guardia del Zar, enseñan a tirar con mosquete a unas turistas, y aprovechan, a lo Benny Hill, para tocarles el trasero.




No fue el primer, sino el segundo día, cuando nos pusimos en la inmensa cola para visitar el mausoleo de Lenín. antes, tuvimos que dejar en una consigna todas nuestras pertenencias, y sumarnos después a los miles de uzbekos, kazajos, armenios, georgianos... que esperaban disciplinadamente rendir su tributo a quién los hizo ciudadanos soviéticos... hay mucho turismo en Moscú, pero la mayoría parecen proceder de las vecinas repúblicas asiáticas, sin descartar que muchos sean también chinos, difíciles de distinguir para un ojo poco entrenado... todo ello contribuye a darle a Moscú un carácter decididamente oriental... a seiscientos kilómetros tan solo, San Petersburgo nos parecerá una gran ciudad europea: pero en Moscú se palpa que, saliendo de sus avenidas, se abre ya la inmensa llanura que, salvando la leve incomodidad de los Urales, llega hasta Vladivostok, en el Pacífico... Asia, traída por la Horda de Oro, está muy presente es una ciudad, paradójicamente fundada por nórdicos vikingos, los Variegos... punto de encuentro entre Mundos distintos, ciudad abierta, -no se defendió ante Napoleón, prefirió arder después, con el multinacional ejército imperial dentro, que tuvo que salir por piernas...- ante esta cola de turistas, ese carácter asiático, que es parte del encanto de Moscú -que lo tiene- se hace evidente.



Entramos, por fin, en el Mausoleo: llevo puestas las gafas de sol -he dejado las otras en la consigna-, no veo ni para jurar, y casi me como al policía tamaño armario que, con el dedo en los labios, ordena silencio a los visitantes. Allí está Lenín, en la oscuridad casi total, iluminados sólo su cabeza y sus manos -esas siempre impresionantes manos de muerto-, rodeado de banderas oscuras, que supongo rojas: lo saludo a nuestra manera, y canturreo por lo bajini las coplas que cantaba mi amigo Ricardo Conde cuando íbamos algo puestos:

"Vladimir Ilich Lenín
fue un tío extraordinario
que le enseñó al Proletario
que pué llegar hasta el fin,
siendo revolucionario..."

Casi me entra la risa tonta pensando en la cara que pondrían los policías si ahora me arranco a cantar Flamenco... tal como entramos, en correcta formación, salimos de nuevo a la luz de la Plaza Roja...

Pero antes, doy una vueltecita por la parte de la Muralla del Kremlim que tapa el Mausoleo y, exactamente, allí está José Stalin, medio escondido, exiliado de la compañía de Lenín -nunca se llevaron muy bien-, junto a una cohorte de revolucionarios, astronautas y premios Nobel de Física... la tumba tiene algunas flores... ¡Buen pedazo de cabrón estabas hecho, Pepe, las hiciste de todos los colores...! pero sin tu cabezonería, posiblemente yo viviría en el Gau de Ostspanien, eso sí, de una Europa Unida... y Adolfo, tu colega, hubiese muerto en la cama, con parte diario del Equipo Médico Habitual... viendo el lado bueno de las cosas, yo hablaría Alemán de corrido, y no me liaría con lo del verbo en Segunda Posición... sin el miedo que les metiste en el cuerpo a los que yo me sé, no tendríamos jubilación, ni subsidio de desempleo, ni casi vacaciones... eres, sin tú saberlo, el Padre del Modelo Europeo de Estado del Bienestar... el borrachuzo de Yeltsin se cargó tu invento, y todo entró en barrena... te debemos mucho más los occidentales que los pobres que tuvieron que aguantarte.



Justo enfrente de la Muralla del Kremlim, un enorme edificio de aire entre historicista y modernista... y ya tiene que ser grande, para parecerlo en esa Plaza... : los almacenes GUM, de antes de la Revolución, fueron, durante el periodo soviético lo que más visitaban los turistas, que se quedaban admirados ante los trajes de milrayas con hombreras y pantalones hasta el suelo y las fajas enterizas para las señoras que componían el estilismo habitual... ahora, completamente renovados, son una muestra de todos los productos de lujo occidentales, y de algunas cosas rusas incalificables, como la marca de prendas deportivas que diseñó el equipo de los olímpicos españoles, arrancando auténticas carcajadas... vemos también una charcutería donde reinan, ante la admiración de los moscovitas ricos, nuestros mejores "Cinco Jotas"... los precios, impresionan... Eso sí, hay en el hall de los Almacenes un bonito bar, con grandes samovares de cobre brillante, donde descubro lo que va a ser uno de mis mejores recuerdos de Rusia: el kvas, una bebida de la que había leído mucho en las novelas rusas -recuerdo al indolente Oblómov pidiéndole vasos de kvas constantemente a su viejo criado-, y no es otra cosa que agua con pan de centeno fermentado... si tiene alcohol, debe ser muy poco; bien frío, en días calurosos, está riquísimo: pediré kvas todas las veces que pueda, sin olvidar por eso la muy buena cerveza rusa, la "pibo"...




Al Este, cierra la plaza la impactante mole de la Catedral de San Basilio, el Bienaventurado: desde luego, si lo que querían lograr era impresionar, el objetivo se cubrió con creces: pero tanta cúpula policromada, a mí, no deja de recordarme algo a Disneyworld... no acaba de emocionarme, ante ella, sólo pienso... "¡Anda, qué brutos...!" Una de las cúpulas tiene los colores blanquiazules, del RCD Espanyol... bromeo diciendo que es el "sponsor", y que pronto pintarán otra del Barça...




Todo lo contrario me sucede con la Catedral de Kazán, en el otro extremo de la Plaza: pequeña, bonita, plenamente restaurada... durante los primeros años de la Revolución estuvo allí el Museo del Ateísmo, qué cosas, donde enseñaban los iconos trucados con los que hacían llorar sangre a los santos... luego, cuando la invasión alemana, Stalin se puso a bien con los popes, -total, él había sido seminarista- para que bendijesen la Gran Guerra Patriótica, y la cosa se suavizó. El ambiente de las iglesias ortodoxas es muy especial; el suelo cubierto de mullidas alfombras, los dorados iconos que cubren todas las paredes -incluso el biombo que tapa el altar, el Iconostasio; al cura solo se le ve en contadas ocasiones- y alguno de ellos vemos en  Sobrarbe, obras de Maite Larrosa...- el olor a incienso y a los cientos y cientos de velas... los encargados de la bien provista boutique de la Catedral, que saben un huevo de márketing, tienen puesto un cd de bellísimos cantos litúrgicos, entran fieles, santiguándose al revés... no es difícil sentir que tu espíritu se eleva de las cosas mundanas buscando algo que te gustaría que hubiese pero -ay!- sospechas que no hay... sólo me faltaría eso, recuperar la Fé en plena Plaza Roja, mi gusto por la contradicción y la paradoja, a veces, tiene esas cosas...




Salimos por donde hemos entrado, otra vez hacia la vecina Plaza de la Revolución... hay allí un edificio especialmente curioso: es asimétrico, tiene un cuerpo central con dos cuerpos laterales ligeramente distintos; en el izquierdo hay unas ventanas rematadas en arco de medio punto, y en el derecho son todas rectangulares... cuenta la Leyenda que el arquitecto preparó los planos con las dos opciones, para ver qué opinaba Stalin, y éste, que tendría la cabeza en otra cosa, dijo que le parecía bien, y nadie se atrevió a preguntarle cual de las dos mitades le parecía bien... si uno no hubiese sido funcionario toda su vida, no se lo llegaría a creer, pero he visto cosas parecidas... cuando alguien discutía una orden superior, siempre contaba yo el mismo chiste: las tropas de Pancho Villa habían tomado un pueblo, y el general, sobre su caballo, ordenaba: "¡A ver, mis cuates, viólenme a todos los hombres, y fusílenme a todas las mujeres...!" Se hacía el silencio, y una voz entre las filas decía... "Mi General... será al revés, ¿verdad...?", a lo que un pelotillero contestaba, raudo: "¿Qué, ya quieres saber tú más que el Jefe..?"




Allí mismo, en la Plaza de la Revolución, comemos en los bajos de un Centro Comercial moderno; la comida es rusa y buena: probamos la Salad Olivier, que no es otra cosa que la Ensaladilla Rusa que encuentras en todas las barras de bares de España, pero con una salsa mucho más ligera: durante los primeros años del Franquismo, pasó a llamarse "Ensaladilla Nacional", y se decoraba con tiras de pimiento morrón que, junto a la mayonesa, formaban los colores de la Bandera... aquí la bautizaron con el nombre del cocinero francés que la inventó, si puede llamarse invento a algo tan elemental... salimos de nuevo a la calle, queda Moscú para rato...