miércoles, 21 de octubre de 2015

P'alante, p'atrás... el último de los Cuentos del Oso...



Hoy es el día de "Regreso al Futuro"; no es que me haga especial gracia esa historia de incestos retroactivos -que hubiese hecho feliz al mismísimo Freud-, pero bueno es recordar que la Máquina del Tiempo ha sido una de las fantasías recurrentes de la Humanidad, y no tanto para conocer el Futuro, sino para enmendar las cagadas del Pasado... hace un año largo escribí mi -hasta el momento- último cuento del Oso -de los que ya he colgado un par en este blog- que, justamente, exploraba las posibilidades de dicha máquina, aplicada a la resolución de alguno de los momentos más difíciles de la Historia de España: hay en él referencias a algún personaje que aparece en cuentos anteriores, concretamente a Alte, un viejo oso que recorrió toda la historia de Europa desde la Segunda Guerra Mundial hasta nuestros días, pero ya vendrá el momento de presentároslo... tomadlo, una vez más, como una broma, y pensad que me reí bastante escribiéndolo...






¡Anda, tú por aquí, y entre semana….! ¿Jubilado…? Bueno, no me llores, tú has llegado, ya verás cómo va la cosa a partir de ahora, pobres, tendrán que ir a trabajar con el cuidador empujando la silla de ruedas… pero entra y siéntate, uno tiene un respeto por las canas, y no te conviene quedarte al relente, tienes que cuidarte; a tus años, un resfriadito cualquiera… sí, todo lo cabrón que tu quieras, encima que me preocupo por tu salud, luego se te complica y menudo alegrón le das a Montoro…

Además, te libras del pollo que hay liado por allá abajo, ¿no…?  Yo hice lo que pude, comiéndome a medio Tribunal Constitucional –te juro que, desde entonces, mi estómago ya no es lo que era…- pero ahora yo no le veo solución… cuando no hay cariño, a ver quién aguanta a quién, que cada uno es muy de su padre y de su madre… los que más sufriremos, los que tenemos una pata a cada lado, como tú y como yo… bueno, sí, yo dos patas a cada lado, eso es… que ahora, cuando me apetece, me doy una vuelta por la Artiga de Lin o por la Vall Fosca, y luego ya me dirás, que si papeles, que si doble tributación… nosotros eso no lo entenderemos nunca, somos Ciudadanos del Mundo, igual me dan los Pirineos que los Cárpatos o los Alpes Julianos… en Canadá y en Alaska, ahora que los primos polares empiezan a bajar, se cruzan con los Grizlies sin problemas… donde haya una cueva calentita, un puñado de bayas y una oveja despistada, yo estoy en casa.. ¡En fin, ja us ho fareu…!

Venga, ponte cómodo, que te cuento lo que he estado haciendo estos meses… mira tú que me han pasado cosas raras, pero como ésta…

Y todo empezó una tarde, aquí, sentado delante de mi osera, cuando vi que por el camino de San Úrbez subían dos mendigos: eran muy jóvenes, pero su rostro macilento, sus harapos sucios y raídos, su extrema delgadez, indicaban una depauperación casi terminal… años de hambre y vida a la intemperie, enfermedades mal curadas, quizás alguna adicción insuperable… uno de ellos, con sus escasas fuerzas, empujaba por las piedras un desvencijado carrito metálico, robado sin dudas en el aparcamiento de alguna gran superficie, del que sobresalían una maraña informe de piezas metálicas, cables eléctricos y desechos electrónicos difícilmente identificables.

“¡Dios os ampare, hermanos…! -saludé, conmovido por su triste aspecto- el comedor más próximo de Cáritas está a unos cincuenta kilómetros más abajo, pero si os arregláis con algunas bellotas de caxigo, que tengo preparadas para mi dieta otoñal de engorde acelerado prehibernación…”

“Muchas gracias, Señor Oso, porqué usted debe ser, sin duda, el Famoso Oso, y nos perdonará la gracieta… es a usted a quien buscamos, pero permítanos que recuperemos el resuello y nos presentemos debidamente, exponiéndole el motivo de nuestra visita…”

Se dejaron caer en el suelo, boquearon durante un ratito, y después el que parecía llevar la voz cantante, empezó ya sin más dilación su increíble relato:

“Aquí donde nos ve, tiene ante usted dos jóvenes y prometedores investigadores: mi nombre es Marc González, y mi compañero, Jordi López, Doctores en Física por una Universidad que, en su día, cuando tenía aún presupuesto, gozaba de una cierta fama en los medios científicos internacionales. Malvivíamos tirando de becas del CSIC y de programas europeos, con la esperanza más o menos remota de acceder a una plaza en propiedad, pero ahora ya todo eso pertenece al pasado: nuestro centro, cerrado, vendido el edificio a una inmobiliaria extranjera, desbandado nuestro equipo por los cinco continentes, buscándonos la vida de las formas más inimaginables posibles… se cuenta de un director de Departamento que, hábilmente travestido, vende su cuerpo por las noches en el Parking del Camp Nou… todo en aras del Nuevo Modelo productivo en el que tienen puestas sus esperanzas nuestros líderes políticos, que puede sintetizarse en el decidido propósito de poner la competitividad de nuestro tejido productivo al nivel de, por ejemplo, Bangla Desh…”

“Nuestra resistencia fue, aunque nos esté mal el decirlo, heroica: hasta el último día intentamos mantenernos al corriente de los últimos avances de la Ciencia a la que habíamos decidido consagrar nuestras vidas: bajándonos de Internet copias piratas de las últimas publicaciones, conectando con investigadores de otros países cuando venían de turismo al nuestro, a emborracharse y hacer balconing en los hoteles de la costa… llegamos a organizar partidas de triles en las Ramblas, para conseguir reunir algunos euros y poder pagar el recibo de la luz de los laboratorios, pero caímos en el error de encargar dicha función a los compañeros de matemáticas, se hacían la picha un lío con el cálculo de probabilidades, y siempre les ganaban los turistas incautos que se acercaban a sus tenderetes…”

“Pues bien; en esas patéticas circunstancias de extrema precariedad, floreció el ingenio del más prometedor de entre nosotros, Arnau Pérez, hasta lograr plasmar su genial intuición en el más prodigioso descubrimiento, destinado a revolucionar profundamente nuestra Relación con el Espacio y el Tiempo: ese, justamente, que ve usted aquí, en este humilde carrito exhipercor: ¡tiene usted aquí, en la puerta de su osera, el único ejemplar existente del Cañón de Bosones!”

“¿El cañón de quéeee?”

“Recordará usted, sin duda, el revuelo que se armó a nivel mundial, con el descubrimiento del Bosón de Higgs… pocas veces un descubrimiento semejante llega a los medios de comunicación, y un término científico se vuelve familiar incluso entre quienes tienen escasas, si no nulas, nociones de qué diablos puede ser… sabemos que es usted un ser culto, en especial para tratarse de un oso, pero que su formación se ha centrado más bien en el campo de las Humanidades. Simplificando, podemos decir que se trata de una partícula muy, muy pequeña, y muy, muy rápida… una cosa pequeñica y que va a toda leche, para entendernos… Arnau nos convenció de que, si lográbamos construir una fuente manejable y fiable de dichas partículas, se abrían ante nosotros posibilidades hasta ahora desconocidas; imaginó el procedimiento para lograrlo, a un coste extraordinariamente reducido, y nos pusimos a trabajar febrilmente en su concreción material, una vez resueltos sobre el papel –es un decir; ordenador, por lo menos, teníamos- todos los problemas teóricos.”

“Sostenía Arnau que los bosones, disparados en dirección a cualquier cuerpo sólido, chocarían con los átomos del mismo, y a tales velocidades, bosón y átomo saldrían disparados en la misma dirección que llevaba antes la partícula… se lo pondré más sencillo; imagínese una mosca volando en dirección Oeste, que choca contra el parabrisas del Fórmula Uno de Fernando Alonso -cuando a Alonso le corrían los coches- mientras ese se dirige hacia el Este… mosca y coche, ahora juntos, siguen desplazándose a alta velocidad en dirección Este… Pero, si en vez de una mosca ponemos un bosón, en éste caso, al ser muy pequeñito el bosón, pero desplazarse a una velocidad increíblemente alta –y más si el cuerpo que lo recibía estaba parado, o incluso desplazándose lentamente en cualquier dirección- a pesar de la evidente diferencia de masas, por mucho que corriese el coche, la mosca arrastraría el coche hacia el Oeste… ¿lo va pillando…?”

“En cualquier caso, la mosca acabaría hecha papilla… por no hablar de la caja de cambio del Fórmula Uno…”

“Bueno, sí, pero no es el caso… ahora recuerde usted que nuestro Planeta gira sobre si mismo, y que cada giro equivale a un día… el giro es de izquierda a derecha en nuestro hemisferio: si disparamos los bosones hacia la derecha, los átomos que se lleven por delante darán vueltas mucho más rápido que la Tierra, es decir, avanzarán en el tiempo… y si se disparan a la izquierda, al revés, irán hacia atrás… sencillo, ¿no?”

“Más o menos…”

“Y graduando la intensidad del chorrito de bosones, y dirigiéndolo hacia un punto determinado, podríamos ajustar en qué momento exacto y en qué lugar concreto caerían las parejas de bosones y átomos.. y como caerían juntos, allí mismo y en aquel momento, tendríamos otra vez el cuerpo previamente bombardeado, un poco mareado por la velocidad del viaje –si se tratase de un cuerpo vivo-, pero entero y verdadero, con unos cuantos bosones de más, nada de particular…”

“¡Coño, la Máquina del Tiempo…!”

“Algo así, pero no demasiado diferente, en esencia, de lo que hace Ryanair… con la ventaja de que, en éste caso, no hay limitación de equipaje: se bombardea la maleta, viaja contigo, y santas pascuas…”

Y mientras Marc explica los fundamentos teóricos del invento, Jordi va sacando el contenido del carrito, conectando cables, desplegando los diversos desechos que componen el cacharro, y veo con sorpresa cómo pequeñas pantallas se iluminan, y un ligero zumbido comienza a salir de su interior…

“Observe aquí esta especie de pitorro de botijo… en realidad es un pitorro de botijo reciclado, elegido por la elevada resistencia del barro cocido al roce de los bosones: por ahí sale el chorrito… con estas ruedas graduadas podemos modificar el tamaño del chorro y la velocidad de los bosones… esa otra rueda nos da la dirección y la altura, lleva el gps de un móvil que nos vendieron en un locutorio sin hacer demasiadas preguntas… el generador de pedales nos proporciona la electricidad necesaria, y nos da una autonomía que nos permite poner en funcionamiento el trasto hasta en éste culo de mundo, dicho sea con perdón… y hay poca cosa más, el cojín de ganchillo lo hizo mi abuelita, y es donde se sienta el voluntario que va a ser teletransportado…”

“¿Y esa palanca gorda…?”

“Fundamental: es la marcha atrás, sin ella, el cuerpo –o el fulano, hablemos ya sin tapujos, desde el primer momento pensamos en enviar gente…- se quedaría allí a donde lo hubiésemos mandado: dándole a la palanca, el aparato chupa los bosones y, con ellos, los átomos, y el cuerpo vuelva del lugar y del momento…”

“Es la parte más divertida –dice Jordi- te da como un gustito…”

“¡Calla, vicioso…! –dice Marc- por eso se apuntaba éste a todas las pruebas… empezamos, como es natural, con cosas sencillas: enviar a alguien a dentro de dos horas, o al piso de al lado… como todo funcionaba bien, fuimos arriesgando más, semanas, cambiando de código postal… Y todo funcionó siempre a la perfección…”

“¿Y siempre volvían todos los átomos…?”

“Veo que entiende usted los problemas teóricos asociados al proceso… entre tantos millones de átomos, es natural que algunos se despisten, caigan más allá de lo previsto, o más pronto, o más tarde… Nada significativo: hemos calculado que, en unos 100.000 viajes, la pérdida de masa corporal no llegaría al 1/1000… inapreciable… incluso nos contrarió un poco; habíamos previsto que la pérdida sería mayor, y pensábamos en comercializarlo como cura de adelgazamiento…”

“¿Y el cuerpo se recompone exactamente igual, tanto a la ida como a la vuelta…?”

“Básicamente, si todo funciona bien, si… hay problemas con las vísceras, salen siempre un poco revueltas, pero das dos saltitos, se colocan en su sitio, y listos… a veces han pasado otras cosas, claro… una de las primeras veces que enviamos a éste dos meses atrás, al volver tenía la minina en medio de la frente…”

“¡Jó…!”


“¡No veas… -dice el aludido-, qué cachondeo, parecía una tía en una despedida de soltera… me tiré cuatro o cinco días con una gorra de lana calada hasta las cejas…!”

“Todo se arregló enviándolo un cuarto de hora adelante, se ajustaron los átomos, y la pilila volvió a su lugar, pero ahora no me digas que no, lo pasaste mal…”

“Bueno, lo peor era al hacer pipí… ¡Esa última gotita…!”

“A veces hay también algún problema de fechas, o aparece a dos calles de distancia, pero, en general, el sistema puede considerarse plenamente fiable y seguro.”

“Sobre todo, cuando estaba Arnau…” dice Jordi…

“Arnau ya no está entre nosotros…” –explica Marc…

“¿Algún accidente…?”

“No, no, nada de eso… se fue a Alemania…”

“No me extraña, la Universidad Humboldt, el Instituto Max Plank, se lo habrán rifado… ¡Ah, esa Juventud, la mejor preparada que jamás habéis tenido… “

“Pues no se lo han rifado, no… de momento está vendiendo salchichas en Alexanderplatz, con un fogón colgando de la tripa, y una bombona de butano en la chepa… un minijob de esos de la Merkel… pero ha echado el currículum en muchos sitios, y parece que ya le han ofrecido algo en un Kebah…”

“Bueno, muchachos, todo esto es apasionante, pero no acabo de ver donde encajo yo en este asunto…”

“Perdone usted, Señor Oso, pero había hablado de unas bellotitas… ¿qué le parece si comemos algo y, después, se lo explicamos con más calma…?”

Devoran la mitad de mi provisión de bellotas, dos frascos de miel, y una mermelada de grosellas Prince of Wales que guardaba para las visitas de compromiso, y Marc reemprende su exposición, después de regüeldar  discretamente:

“Señor Oso; el aparato funciona con una pila de uranio enriquecido que, como comprenderá, no resulta fácil ni barato reponer: hemos usado una que le cambiamos a un general moldavo por tres botellas de orujo casero hecho por mi abuela, que es de Chantada, pero está ya marcando la reserva: tenemos apalabrado el recambio con los iraníes, pero nos piden que nos convirtamos al Islam –en eso no hay problema…- y, además, una pasta que ni tenemos ni tendremos. Nos queda para un viaje, pero debe ser un viaje decisivo...”
“Hemos reflexionado mucho sobre cómo conseguiríamos vivir en un país normal, tener unas expectativas laborales decentes… sin tener que emigrar, claro…: utilizar ésta fabulosa posibilidad de que disponemos para dar un empujoncito a la Historia en algún momento decisivo, en la dirección correcta, evitando alguna de esas cagadas en que parecemos habernos especializado… hemos hablado con muchos amigos, gente formada y con criterio, dentro de lo que cabe, y ha habido una asombrosa coincidencia en una fecha y un hecho concreto en un sitio determinado…¿adivina cual…?”

“¡Se me ocurren tantos…!  ¿El Dos de Mayo de 1808, Madrid, alzándoos contra Napoleón para volver a traer a Fernando Séptimo..?”

“Monumental cagada, ciertamente… pero no, no es esa: retenga este dato: Tetuán, capital del Protectorado Español en Marruecos, 7 horas 30 de la mañana, domingo, 19 de julio de 1936…”

“Me suena, pero no estoy muy seguro…”

“Sitúese: desde la tarde del 17 de julio, y a lo largo del día 18, se han ido sublevando contra la República distintas guarniciones en Marruecos y en la Península: ya se han empezado a cometer las primeras barrabasadas, pero hasta el momento no hay nada que no pudiese reconducirse con un poquito de suerte; pero a esa temprana hora llega al aeródromo de Tetuán el General Franco para asumir el mando de las tropas mejor preparadas del Ejército, las que, en definitiva, le van a dar la ventaja en los decisivos momentos iniciales, y en las que va a basar su posición de privilegio dentro del bando sublevado, que se traducirá en el poder absoluto durante cerca de cuatro décadas…”

“Había militares más preparados técnicamente, más condecorados, más reaccionarios, más brutos y sanguinarios… pero Franco se impuso a todos, y a él se debe, en sus elementos más esenciales, un régimen que nació de una guerra fratricida y desastrosa, y mantuvo después durante décadas a España en una especie de limbo de los infelices, mitad cuartel, mitad convento, al margen de lo mucho, muchísimo que estaba corriendo por Europa… en 1935 veías las mismas coristas en el Paralelo que en el Follies Bergère de París, con las medias un poco más remendadas y con algo de bigote, para entendernos: en 1975, para ver Enmanuelle, tenías que enseñar el pasaporte en la frontera… apliquemos lo mismo a la técnica, la filosofía, la pintura, la música, los platos de duralex… Franco no fue tan solo un capataz de la Derechona de siempre: aportó ese tonillo especial que nos sacó de la corriente, nos puso en la vía muerta, y cuando nos parecía que lo habíamos superado… ¡Zas, esto de ahora…!”

“Hombre, no exageres, no tendría Franco la culpa de todo…”

“Por supuesto que no; tuvo cómplices a punta pala, admiradores vociferantes, financieros financiadores, poetas pelotilleros, nostálgicos todavía, y por muchos años… pero estamos hablando de una operación quirúrgica, de un acto concreto sobre un elemento clave, y todos los dedos apuntan en la misma dirección: sin Franco podrían haber pasado muchas cosas en España, y seguramente habrían pasado… pero una cosa está clara: no habría habido Franquismo…”

“Sintetizando, Señor Oso –dice Jordi, que se levanta y apoya una mano en mi hombro- estamos diciendo que alguien debe viajar al 19 de Julio de 1936, a Tetuán, e impedir que Franco asuma el mando de la rebelión: en todo lo demás no podemos influir, con la poca carga que nos queda; tan solo podemos enviar un cuerpo, si bien es cierto que voluminoso, pero no nos quedan bosones para una pareja…”

“Será, con diferencia, el viaje temporal más largo que se habrá realizado con el Cañón de Bosones –en distancia lo hemos superado: fuimos por su cumpleaños a ver a Arnau a Berlín, y comprobamos que quince cervezas no te afectaban en lo absoluto para el viaje de vuelta…- pero ese salto temporal, en seres humanos, puede ser problemático. Lo vemos más seguro con seres evolutivamente un poco más elementales, no sé cómo planteárselo, los úrsidos, por ejemplo… nosotros, pongo por caso, podríamos perder el pulgar oponible…”

“Os estáis poniendo un poco pesados con eso del pulgar oponible de los cojones, ¿no…?”


“Y está, por supuesto, la capacidad craneana y la complejidad cerebral… tenemos tal cantidad de neuronas que hace falta un montón de bosones para teletransportarlas…”

“Para lo que os sirven…”

“Y, eso es lo más importante, es preciso enviar a alguien con la capacidad de iniciativa, la decisión, la sangre fría, el agudo criterio, el don de gentes, la mala leche, el altruismo…”

“Y que nos haga un presio…” concluye Marc.

“¡Ay, qué labia tenéis, no se os puede decir que no…!”: Nunca he sido insensible a los halagos y, total, hibernar, una vez que lo has probado, es más bien aburrido… “¿Cuándo tendría que salir…?”


“Dentro de unos días; antes tiene que documentarse bien sobre la época y el lugar: aquí, en este pendraif tiene copias piratas de todos los libros de Historia que hemos podido localizar sobre el tema: evite los de César Vidal y Pío Moa, que encima le entrarían ganas de echarle una mano a Franco… le enviaremos a unos meses antes, tiene que situarse allí para poder realizar con éxito su misión… los detalles, por supuesto, los dejamos a su criterio…”

“Sabemos que no es usted exactamente un mercenario, pero si un profesional: de algo tiene que vivir, qué nos va a contar a nosotros, y supongo que las dotaciones presupuestaria para el mantenimiento de la fauna protegida tampoco deben estar en su mejor momento… hemos hecho eso que ahora llaman crowfunding –y que antes era una cuestación- para poder ofrecerle algo por sus servicios; hemos explicado por encima en qué consistía su misión, y estamos en condiciones de poderle ofrecer…”

“Ochenta y dos euros, veinticinco cent” dice Jordi sin levantar demasiado la voz…

“¡Hombre, si voy con la historia a Génova y me ofrezco a traerlo de vuelta, de veinte millones no bajo…! Pero uno tiene sus ideas, qué le vamos a hacer… venga, ochenta y dos veinticinco, no se hable más, hecho…”

Jordi y Marc suspiran, satisfechos… “Sabíamos que podíamos contar con usted…” y oigo que Marc susurra a su compañero: “ja t’ho havia dit, per vuitanta hauria anat també…”

“Venga, poneos cómodos, que tenemos que trabajar mucho estos días…. Voy a recoger unas bellotitas para la cena…”


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Durante cerca de dos semanas, leo y releo los documentos que me han proporcionado, hasta adquirir unos conocimientos más que medianos de la situación política de la República a mediados de 1936, el Ejército de África, sus jefes, su organización, el Protectorado español en Marruecos y, sobre todo, mi objetivo, Francisco Franco: desde las biografías hagiográficas a las que lo ponen a bajar de un burro… poco a poco, empieza a interesarme un personaje potencialmente tan poco atractivo, tan diferente de los otros líderes fascistas a los que conoció Alte, y de los que tantas cosas me ha contado. Una persona tan gris, pese a haber vivido buena parte de su vida bajo los focos de la fama, alguien de quien ni tan solo los que más cerca estuvieron podían contar más que banalidades.

También hacemos prácticas con la máquina, sin atrevernos a probar una “transferencia” –así las llaman mis compañeros-, para no agotar más la carga de la batería, pero me siento en el cojín de ganchillo, miro fijamente hacia el puntito rojo que se ve en la pantalla principal, y escucho a Marc contar hacia atrás.. “Cinco, cuatro, tres…”

Así, el día definitivo, cuando la cuenta llega a “Cero”, cierro los ojos, y siento una especie de modorra y un calorcito agradable, mientras los bosones van recorriendo mi cuerpo y, literalmente, borrándolo a los ojos de mis compañeros, y mis átomos van tiempo atrás volando sobre el gobierno de Felipe González, la Transición, la Crisis del petróleo, los años del Desarrollo, la larguísima postguerra, la Guerra Civil….

Aparezco, de pronto, en el sitio que habíamos estado estudiando en Google Earth, pero un montón de años atrás: hace calorcito, el cielo es de un intenso azul, y a mis espaldas tengo un denso bosquecillo de chumberas: estoy al borde de un camino de tierra, por donde circula una enorme cantidad de gente, que me miran no sin cierto asombro: hombres de tez muy morena, vestidos con chilabas pardas o rayadas, montando en burros muy pequeños, que casi desaparecen entre sus piernas; mujeres con el rostro velado, y niños, montones de niños, descalzos y bulliciosos, que se acercan a mirarme y salen corriendo, entre risas, después de tirarme de los pelos. A lo lejos veo los tejados rojos y las blancas paredes de las casas de Tetuán, dominadas por los minaretes de las mezquitas desde los cuales, precisamente en aquel momento, los almuecines están llamando a la oración, y sus salmodias llenan el aire, hasta que las acalla el sonido de un cornetín que toca una llamada que muy pronto me será familiar…”¡Legionarios a luchar, legionarios a morir…!”

Detrás de mí, sobre una loma, un cuartel de torres y paredes almenadas, de un blanco deslumbrante, sobre el que ondea la bandera de la República: pintado sobre su puerta, el emblema de la Legión: entran y salen soldados de verde uniforme, y hacia allí dirijo mis pasos, con un nudo en el estómago: las piernas me tiemblan un poco, y siento algo parecido a un resacón mediano, pero he hecho una rápida comprobación y, al parecer, todas mis piezas básicas se encuentran en su sitio.

Me conducen hacia una pequeña oficina, donde reina un viejo sargento, delgado y fibroso, quemado por el sol, con patillas de boca de hacha, y una espectacular pelambrera en el pecho, que desborda la camisa, abierta casi hasta el ombligo, y desde la cual lanza destellos un Cristo de oro, de notables dimensiones, que parece un gorila escondiéndose en la densa selva congoleña…

“¿Qué se te ofrece, muchacho…?”

“A la Paz de Dios: que venía yo a ver si podía apuntarme a la Legión…”

“Al lugar adecuado has acudido, que éste es el Banderín de Enganche, y debo felicitarte por lo acertado de tu decisión, pues si buscas la Aventura, el Peligro, el Esfuerzo, una comida poco imaginativa pero sana y relativamente abundante, y una modesta retribución, vas a estar aquí muy a gusto, siempre que no nos toques los cojones a tus superiores, en cuyo caso te juro que vas a cagar sangre… sin ir más lejos, voy a apuntarte en mi pelotón, que no es de los peores, y me comprometo a hacer de ti un ejemplar legionario, a fuerza de hostias, si es el caso… ¿me dices con qué nombre quieres ser conocido…?”

“El Oso, simplemente…”

“Legionario Eloso, ese será tu nombre en la Legión, que aquí nos la trae floja lo que seas o dejes de ser en la vida que dejas atrás; hayas hecho lo que hayas hecho, eso queda olvidado, y aquí no te van a venir a buscar los guardias civiles, eso te lo aseguro… y si vienes aquí por mal de amores, tampoco te cortes por eso, que aquí hay hombres muy hombres con más cuernos que el papá de Bambi… tenemos de todo, desde seminaristas hasta sicarios cargados de crímenes, y no te cuento de los que han venido aquí porque ya no conocen más patria que la Guerra… tenemos un pelotón formado exclusivamente por exgenerales rusos blancos, y es una risa ver como discuten por los servicios echándose por encima grandes cruces, posesiones en Siberia y abuelas amantes del Zar…alemanes hay también un montón, y austríacos, y húngaros, y de todas las leches esas de países que antes no había…”

“No llegas en mal momento, dentro de todo, porque el Moro está así como conformado, después de la paliza que les dimos hace unos años, pero de confiarse, nada, porque tampoco hace tanto que nos hicieron correr como galgos… bueno, a los legionarios, no, pero nos dieron la del pulpo, desde Annual a Melilla, muriendo los nuestros como moscas, que decían que los buitres comían de comandante p’arriba… ahí donde los ves, pesados como la madre que los parió cuando te quieren vender un reloj falso, luchando son leones, y los tienen muy y muy bien puestos… aquí estamos mayormente con el ojo encima de lo que pasa en la Península, que ya sabrás que está todo muy revuelto, y nosotros, mientras tanto, preparándonos para lo que pueda venir… así que ya sabes lo que te espera: instrucción y más instrucción, hasta que sepas obedecer las órdenes hasta dormido, y aprenderte de memoria el Credo Legionario, que cada día me lo vas a recitar de corrido dos veces, una al derecho y otra al revés… recoge ahora el equipo, que es poco porque no dejamos de ser un país pobre, y, sobre todo, el fusil y el machete, que los vas a tener siempre a tu lado, limpios y preparados, y sal corriendo ahora mismo para tu compañía, que te quiero ver en diez minutos formando, ¡ A la puta carrera, ya…!”

Empecé mi periodo de instrucción, y lo hice  como debe ser, es decir, desde lo más modesto, que aquí equivale a limpiar letrinas, pelar patatas, barrer las compañías, y recoger las cagarrutas de la cabra que nos sirve de mascota… todo ello unido a interminables horas de marcar el paso, girar a un lado y otro, montar y desmontar las piezas del fusil, mantener limpio y brillante todo lo susceptible de limpiarse y de brillar… luego empezamos ya a correr por el campo, dándonos los grandes barrigazos al tirarnos al suelo, reptar como culebras en el polvo, intentar darle a blancos situados cada vez más lejos… vamos, las delicias de la vida militar, no sé si tú te libraste… ¡Vale!, pero ya eran otros tiempos y otro sitio y, además, seguro que estuviste enchufado… ¿Lo ves…?

Ya me vas conociendo, y entenderás que mi manera favorita de pasar una mañana de verano, a cerca de cuarenta grados, no es subir corriendo una ladera para, después, asaltar una trinchera, sortear alambradas, donde siempre te dejas marañas de pelos, sudar como un desesperado, todo ello adobado con juramentos, amenazas de arrestos a los poco entusiastas, patadas en el culo a los más remisos… Sin embargo, te contaré algo que me resulta difícil reconocer: 

Sabes que los osos somos gente solitaria: pasamos meses y meses sin ver ningún colega, incluso procuramos esquivarnos… a las osas las vemos solo en el celo –anual, por supuesto- y, como somos algo pichafrías, si un año no coincides, pues tampoco pasa nada… convivir día y noche con cien tíos malolientes y vociferantes, al principio, se me hacía más cuesta arriba aún que subir por la ladera: pero poco a poco le fui encontrando su gracia a las charlas sobre cualquier cosa, después de un día de ejercicio agotador, compartiendo una botella de un coñac de tercera o cuarta, y unos porritos de grifa, o las escapadas a Tetuán, a partirnos la cara en los cafetines con los Regulares o, peor aún, los soldados de reemplazo… Empezaba a encontrarme a gusto en la Legión.

Pero esos momentos de honesta diversión no podían enmascarar la dura realidad; éramos un ejército de ocupación en un país enemigo y hostil, con un pueblo determinado y valiente enfrente, y sólo controlábamos el terreno que pisábamos: “¡El Moro es muy traicionero!” avisaba sin tregua nuestro sargento, pero no pasaba día sin que viviésemos en nuestras carnes las consecuencias… la vuelta a nuestro acuartelamiento tras nuestras salidas vespertinas era el momento más peligroso: formábamos grupos numerosos, enviábamos patrullas por delante, para intentar asegurar el terreno… todo en vano: en cualquier momento, en cualquier recoveco de un callejón oscuro de la Medina, nos aguardaba la imagen terrible de unos ojos fríos y crueles, la sonrisa desdentada del moro que se lanzaba sin piedad sobre nosotros… “¡Espanioles, amigos, precio barato, buen precio, precios ripublicanos…!¿Relojo bonito, babuchas, chilaba diseño…?, ¡hierbas de Moro, hierbas buenas, quilé duro, mujera contenta…! ¿No mujera tú, maricón tu…? ¡No problemo,  hierba de moro, quilé duro, novio contento…! ¡¡Di tú el precio…!! ¿No dinero…? ¿catalán tú…? ¡Visca Companys, visca el Barça…!” Inútil resistirse: nuestras taquillas iban llenándose de babuchas, manos de Fátima y paquetitos de té moruno con hierbabuena…

Los días iban transcurriendo, yo iba siguiendo, por los pocos periódicos que podía trincar en la Cantina de Oficiales, la evolución de los hechos en la Península –evolución que, como suele ser habitual en esa pobre Península, iba de mal en peor- y veía como se acercaba el momento decisivo… las hojas del calendario caían aceleradamente, y, casi sin darme cuenta, me encontré viendo aparecer la correspondiente al 18 de Julio de 1936.

Durante todo el día, el cuartel se mantuvo en plena ebullición, recorrido por los rumores más variados: todos veíamos una concentración de oficiales absolutamente fuera de lo común, comandantes, tenientes coroneles y coroneles de otros cuerpos, que paseaban, nerviosos, acompañando a nuestros oficiales, fumando sin parar y hablando con un tonillo curioso, entre desafiante y conspirador: los suboficiales, alteradísimos ante la presencia de tantos mandos, descargaban en nosotros que, como suele ser habitual en esos casos, íbamos ligeramente más de culo aún que los días normales, y procurábamos escondernos de las formas más variadas para ver si amainaba el temporal.

A la hora de retreta, los rumores coincidían en que algo gordo estaba pasando en las restantes guarniciones africanas, e incluso en alguna de la Península: no faltaban quienes habían conseguido oír en los escasísimos aparatos de radio informaciones alarmantes sobre una insurrección militar, es decir, de nosotros… durante la cena –ligeramente mejor de lo habitual, otra señal preocupante- nadie hablaba: los cabos recibieron instrucciones de prepararse para repartir munición suplementaria… la ración de vino también fue aumentada: uy, uy…

Justamente aquella noche estaba yo de servicio, y me dirigía ya hacia el Cuerpo de Guardia para sumarme a mis compañeros, cuando el viejo sargento, saliendo de su oficina, me llamó y me hizo entrar, cerrando detrás de mí la puerta:

“Eloso, muchacho… no he encontrado ocasión para decírtelo, pero no quiero dejar pasar este momento sin que sepas que estoy muy orgulloso de ti: lo habrás sospechado al ver que sólo en muy raras ocasiones me cagaba en tu puta madre y te daba puntapiés en el culo…te has integrado perfectamente en el Tercio, y puedo decir con satisfacción que he hecho de ti un legionario ejemplar. Por eso, cuando me han pedido hoy que designase a una persona –más o menos- de mi entera confianza, para un servicio muy especial ,no he dudado ni un momento:”

“Mañana por la mañana, al toque de diana, te presentas correctamente uniformado y armado, y se te enviará al aeródromo, a recibir a un oficial muy, muy importante, que viene a ponerse al frente de algo que no me han dicho: se trata de un general que ha sido legionario, no te digo más, y si decís que yo tengo mala follá, -que no digo que no-, ni te imaginas ese, ahí donde lo ves, bajito y con voz de cura, que te mira con esos ojillos que tiene y se te suben los cohones tal que hasta aquí… te pones a sus órdenes, y lo traes al cuartel, que aquí estaremos todos esperándole para recibir sus instrucciones…”

“Por eso, déjate de guardias, te vas a la compañía, y te me duchas y te me cepillas el pelo bien cepillao, que no veas tú como le gusta la limpieza y el orden al muy jodido, y mañana, a primera hora, a cumplir con eses servicio… ¡Media vuelta, y cagando hostias, ya…!

Así lo hice; amaneció un día de julio africano, y cuando los primeros rayos del sol salían por detrás de las montañas, ya estaba yo en la pista del aeródromo, más tieso que un palo, saludando al general que descendía de la breve escalerilla del avión que, sin parar del todo sus motores, levantaba auténticas tempestades de tierra rojiza que nos envolvían, haciendo poco menos que inútiles mis esfuerzos higiénicos…

“A la orden de vuecencia, mi general: se presenta el Legionario Eloso, encargado de acompañarle a nuestro acuartelamiento…”

“Siga, siga en el primer tiempo del saludo, legionario… a ver… esas garras no brillan, y esos pelillos rizados en el cogote… apúntese la primera y la tercera imaginaria arrestadas, y preséntese mañana debidamente, o le meto un puro que se caga… y ahora, tenga la amabilidad de recoger esos tres baulitos en que transporto mis uniformes de gala, de media gala y de trapillo, y mis ya numerosas, aunque aún a años luz de lo que serán en el futuro, condecoraciones, y me sigue usted al trote, que he quedado con unos colegas en su cuartel, y no es cosa de tenerlos esperando…”

Así lo hago, y, resoplando como una locomotora, intento seguir el ritmo de su paso, sobre esas patillas cortas, pero engañosas… descendemos por la polvorienta carretera, hacia el puente que salva un mísero riachuelo, prácticamente seco, donde chapotean unos niños desnudos que se tiran alegremente piedras, ramas y pellas de barro.

“¡Fíjese lo que son las cosas, mi general… ahí donde lo ve, nadie diría que en este río de mierda –si me disculpa la expresión-, en unas recónditas gorgas a pocos cientos de metros de aquí, críanse los más hermosos, bravíos y saltarines salmones de esta parte de África…”

Una sonrisa beatífica ilumina su rostro… “¿Salmones…. Aquí, en Tetuán, está seguro…?”

“Lo que yo le diga a vuecencia, que, como oso que soy, de eso entiendo un rato… aquí los vengo a pescar a la hora del paseo, en vez de ir a los burdeles que uno es muy serio para esas cosas, como sin duda lo será vuecencia… y aquí pesco piezas de auténtica excepción, con las que contribuyo modestamente a mejorar nuestro rancho, sano y abundante, es bien cierto, pero pelín monótono…”

Lo veo vacilar… “Bueno, podríamos probar suerte… pero no he traído el material adecuado, es curioso, nunca sabes qué llevarte a un Golpe de Estado…”

“Por eso no pase pena, mi general, que con una cañabrava de esas que crecen generosamente en este terreno dejado de la mano de Dios y de Alah, y el cordón de mi alpargata-bota, le improviso yo un aparejo en un momento, y en un ratito, mala suerte tendremos si no pesca vuecencia tres o cuatro ejemplares de esos que luego sus amigos no se creen ni hartos de vino…”

“¡¡Venga –se decide- vamos a por esos salmones, legionario… total, es temprano, y aunque retrasemos una media horita la sublevación…!!”

Dejamos los baúles apoyados en el pretil del puente, y nos internamos alegremente por el sendero que, entre cañas y chumberas, se pierde río arriba.

…………………………………………………………………………………………

Poco rato después, me cuadro ante los mandos que abarrotan el patio del cuartel, frente a la tropa formada, y saludo a mi coronel, que me mira absolutamente desconcertado…

“¿Y el general Franco…?”

“Susórdenes, mi coronel: que me ha dicho que, a última hora, se lo ha pensado mejor, y que no se subleva: ha cogido el avión y me ha dicho que se iba a Inglaterra, que el clima le recuerda mucho el del Ferrol que ya nunca será del Caudillo, que lo siente mucho, que le disculpen, y que ustedes verán…”

Los coroneles presentes se miran en absoluto silencio… en todo el amplio patio de armas, con tres mil tíos formados, se podría oír el vuelo de una mosca… Yo, por si acaso, sigo firmes y mirando al frente, sujetando mi máuser…

“¡Joooder con Paco…!” rompe el silencio un coronel de Regulares….

“¡Jooooder!”, contestan todos a coro…

“Bueno, pues digo yo, si él no lo ve claro…”

“Hombre, claro, claro… yo tampoco lo veía…”

“Vale, sí, no sé yo si eso del fascismo tiene mucho futuro, la verdad..”

“Y con la calor que está haciendo, ahora, salir a pegar tiros…”

“Lo de sublevarse, bueno, de acuerdo, es una tradición, todo lo que queráis… pero, si sale mal, te fusilan, y eso, a la larga, a tu carrera no le favorece nada…”

“Y que la República tampoco está tan mal, vamos, digo yo…”

“Eso, que en Francia tienen, y bien buenas que están las tías…”

“Y hacen unas cosas…”

“¡Cuenta, cuenta…!”

Poco a poco, los oficiales se van marchando hacia su cantina… aún acierto a oír a uno de ellos que afirma que Azaña, en el fondo, no le cae mal del todo… mi coronel se vuelve hacia el viejo sargento y le dice, como de pasada… “Di a los muchachos que rompan filas, y que hoy, paella variada…”


Sigo al sargento hasta su oficina: se derrumba en su sillón, se afloja el cinturón, enciende una faria, y me mira largamente en silencio…

“Qué cosas, ¿no, Eloso…?”

“Si, ya ve usted, mi sargento…”

“No sabes tú bien el peso que me he quitado de encima… que, aquí donde me ves, yo soy más bien de Largo Caballero, y andaba yo en un ay… que estas cosas se lían a la que te descuidas, y luego a ver quién las arregla… si ese señor se ha ido, pues muy bien… ¿hace una copita de coñac..?”

“Venga esa copita, mi sargento…”

Deposito mi copa vacía en la mesa llena de estadillos y quemaduras de tabaco, y aprovecho para decirle: “Mi sargento, que quiero que lo sepa usted el primero: no me reengancho, me voy…”

“Pues mira, Eloso, ahí creo yo que la cagas, que ya te había propuesto para el ascenso a cabo, y cabo legionario ya es una carrera, que tienes tus tres pesetillas diarias, y a reírte del mundo, con el paro que hay ahí fuera… pero eso es como todo, que nadie sabe mejor que uno lo que le puede llegar a convenir, y que si ese es tu camino, tus motivos tendrás, y no voy a ser yo el que te critique por esa decisión… pero que sepas que aquí tendrás siempre tu casa, que el mundo da muchas vueltas, y si alguna vez quieres volver, aquí te estaremos esperando… ¡Y ahora, Eloso, un abrazo a tu viejo sargento…!

Nos fundimos en un abrazo osuno, echamos unas lagrimillas, entrego mi petate, y salgo zumbando hacia el punto de recogida, que tengo señalizado con un montoncito de piedras… se me está echando encima la hora de la succión de bosones y, la verdad, ya tengo ganas de salir de un siglo tan aperreado…

Me siento sobre el montoncito, cruzo los brazos, y experimento la sensación tan especial que ya me habían anunciado… es algo así como ser tragado por un gigantesco aspirador hacia un vórtice negro, girando en el vacío, pero, afortunadamente, la sensación es muy breve y, con un ligero costalazo, aterrizo en mi punto de destino.

Frotándome las partes doloridas –y comprobando de nuevo la situación de los elementos corporales más visibles-, miro a mi alrededor…. Estoy en un prado, pero, desde luego, no en Ballibió, porque, aunque se ven relativamente cerca montañas nevadas, por el lado opuesto los prados llegan hasta un acantilado que se despeña hacia un mar bravío. Los campos tienen un aspecto limpio y primigenio, y se ven pequeñas aldeas de casitas de piedra y techos de paja, entre las cuales pululan hombres y mujeres vestidos de pieles y toscos tejidos, que prensan manzanas en grandes recipientes de piedra, ordeñan vacas, amasan quesos que rápidamente se cubren de un moho maloliente, o bajan a pozos de minas, de donde sacan capazos de carbón…

Uno de aquellos varones se dirige hacia mí; lleva un venablo de hierro, y una corona de oro en difícil equilibrio sobre sus sucios cabellos…

”Usted ye un osu, ¿no es así…?”

“Pues si, no puedo negarlo… ¿Y con quien tengo el gusto…?”

“Favila, Rey de les Astúries…”

“Encantado…”

“Los reyes matamus osus…”

“Si, ya había tenido noticias de tan desagradable afición…”

“Tiene usted que comprendernus… no es nada personal: es por una cuestión de imágen: los paisanus se mosquean: se dicen “Esos guajes ni baixen a los pozus de les mines, ni ordeñen vaques, ni hacen quesus, ni sacan sidrina de les pomes, y bien que comen y beben cada día…” entonces tenemos que hacer proeces para que digan “¡Buenu, para algu sirven…!” Antes matábamos morus, pero echámoslos a todus más allá del Puertu Pallares, y cualquiera los va a buscar… sólo nos queda tirarnos paisanes, o cazar osus… ¿ha visto usted a las paisanes…? Tienen más pelus que usted, y huelen… casi todus preferimus los osus…”

“Pues mire usted, Su Majestad: así explicado, casi parece lógico; fíjese lo que tiene razonar las cosas bien, que no deja de fastidiar, pero se queda uno como más conformado… pero antes de proceder, abróchese la correa de la abarca, que se le ha desatado…”

Instintivamente, se agacha, buscando la correa con la vista… si quieres un consejo saludable, nunca, pero nunca, te agaches cuando tengas un oso delante. De hecho, tampoco debes agacharte teniendo un oso detrás, pero los riesgos, en ese caso, son de otro orden de magnitud… Esas cosas, si no te las dice un amigo, solo se aprenden con la práctica: lo malo es que pocas veces puedes aprovechar esa experiencia en sucesivas ocasiones: desde luego, Don Favila, pobrecito mío, no gozó de una segunda oportunidad.

Con el tiempo justo, vuelvo de nuevo al punto de recogida, cuando ya se empieza a notar de nuevo el chupeteo bosónico… cierro los ojos, pensando si el viajecito no me cortará la digestión, lo primero sólido que como desde la paella variada legionaria, pero casi sin darme cuenta estoy de nuevo en Añisclo, ante Marc, Jordi, y el humeante montón de chatarra y tecnología de baratillo que manejan…

“¡Lo hice, lo hice!- salto sobre mis patas traseras, palmoteando de alegría-…. ¡Ese no se subleva…!”

Me miran en silencio… es Marc quien me dirige la palabra: “Lo siento mucho: se sublevó; aquí lo dice la Wikipedia: ganó la guerra, gobernó ni se sabe de años, murió en su cama, en 1975…”

Mi desconcierto es total: “¿entonces…?”

“Siéntese y se lo explicamos: sabíamos que algo así podía suceder: que seamos becarios de un país en la ruina no quiere decir que seamos gilipollas… ¿Qué hubiese hecho usted, lo primero de todo, prioridad uno, si hubiese tenido una máquina del tiempo…?”

“Ir al lunes siguiente y…”

“Volver con los números de la Primitiva: por supuesto; y de la bonoloto, y de los euromillones, y de los ciegos, y del Gordo de Navidad, y de la Grossa, que para eso somos catalanes…”

“Lo hicimos varias veces; nos apuntábamos los números en un papelito –no le explico dónde lo guardábamos-, y, a la vuelta hacia atrás, apostábamos los pocos euros que nos quedaban: nada; siempre salían números diferentes… pillamos algún reintegro, pero nada…”

“El viaje a Berlín también nos dio una clave: nos pusimos ciegos de cerveza pero a la vuelta, ni una resaca… incluso yo me pegué un buen revolcón con una letona que estaba de Erasmus y ya me ve, con pintas de no haberme comido una rosca en mi vida. Arnau, que es el más espabilado, ya había sospechado algo así, por eso se fue a vender frankfurts, le veía más futuro…”

“Fue él quien dio con la solución teórica del asunto: sabrá usted que, desde hace años, los físicos andamos mosqueados porque hay algo que no nos cuadra: hemos calculado la cantidad total de materia que hay en el Universo: no le daré cifras, pero es una auténtica pasada… luego sumamos la masa de los cuerpos que conocemos: galaxias, estrellas, planetas, meteoritos, cometas… una mierda, una fracción infinitesimal de toda la que debería haber… para explicar ese fenómeno, hemos inventado la tontería esa de la “Materia oscura”…”

“Pues no: según Arnau, cada vez que se produce un salto hacia atrás y se toca algo de lo que ya ha pasado (nosotros hemos inventado la máquina, pero parece que, por causas naturales, eso puede estar sucediendo constantemente), se abre una nueva realidad alternativa… y en esos miles y miles de realidades distintas es donde está toda la materia que no encontramos…”

-“Como las diferentes páginas de un Excel…”- apunto-

“Exacto, lo ha cogido… si abre esa pestaña, verá una historia donde Franco no se sublevó, Azaña acabó su mandato como Presidente de la República…”

“Pero nosotros estamos en la otra, en la de siempre”, remata Jordi…

“Vamos a ver… yo me acabo de comer a Don Favila, y a Don Favila se lo comió un oso, eso hasta lo explicaban antes en la escuela…”

“Sería otro oso: entonces había muchos, y era un accidente muy frecuente…”

“Era la Enfermedad Coronaria de la época: en los registros parroquiales las causas de muerte que más aparecen son, por éste orden, “Cagaleras” y “Comido por osos”. “Alta prevalencia”, que dicen los epidemiólogos…”

Tristemente, fueron desmontando el aparato y guardándolo en el carrito de Gran Superficie… “Señor Oso, le estamos infinitamente agradecidos… Había que intentarlo, ¿verdad…? Seguiremos estudiando cómo mejorar el invento, no sé, igual le encontramos alguna utilidad, enviar japoneses a ver a Gaudí haciendo los planos de la Sagrada Familia, pagarían una pasta…eso sí, que no toquen nada… ya sabe dónde tiene usted dos amigos de verdad… y, usted perdone pero, si no es molestia… ¿le importaría que cogiésemos algunas bellotitas para el viaje de vuelta…? ¡¡Gracias, gracias mil…!!”

……………………………………………………………………………………………

Pues ya ves lo que me ha pasado esta vez: he vivido fuera de nuestra realidad por lo menos un par de veces, y ya me tienes otra vez aquí… a veces pienso que ha sido todo un sueño, pero he estado investigando por mi cuenta… por ejemplo, ya comprenderás que tuviese ganas de saber qué había sido de mi sargento; ahora por internet todo se sabe, aunque no seas Obama: mira lo que he encontrado: “Exuperancio Romerales: sargento de la Legión: se pasó al bando republicano en los primeros combates: teniente de milicias en la 43 División. Bolsa de Bielsa. Batalla del Ebro. Pasa a Francia, Maquis, División Leclerc. Legión Extranjera: brigada; campaña de Indochina; en Dien-Bien-Fu se pasa al Viet-Minh: ascendido a general; junto con un oso, asesor soviético, construye una red de túneles…”

-¡Alte!

-Me faltó tiempo para llamarle: se partía el pecho de risa… “¡Qué jodido, el general Loh-Meh…! Parecía vietnamita, así, chiquitito, pero tenía una mala hostia… y esa costumbre de comer chorizo… Fue el primero que entró en Saigón, se cargó la verja del Palacio Presidencial con un PT-76, dijo que le habían fallado los frenos…”

-Pero… si estuvo en la 43, bien pudo pasar por aquí…

-Pues mira lo que he encontrado aquí, en la pared de la osera…mira, ahí debajo, rayado en la piedra… “Eloso, Romerales estuvo aquí: ¡Viva la República y Viva la Legión…!” Le había hablado yo tanto de mi cueva… parece que la supo encontrar muchos años antes que yo… ¡Qué cosas…!

-Y ahora, en serio, en una realidad paralela…. ¿Te comiste a Franco?

-Nunca he dicho semejante cosa: simplemente, le disuadí: le enseñé recortes de periódico; su nieta en “¡Mira quien baila!”, su nieto cazando con Blesa, la Infanta y Urdangarín… no me costó mucho convencerle… cogió el avión, y se fue a Inglaterra: me dijo que tenía una oferta muy buena, capataz en una plantación en Kenia… ve tú a saber dónde habrá acabado…

-Y aquí me tienes… preparándome para hibernar otra vez, pero a ver quién me quita ahora esto… mira, aquí, entre los pelos del pecho… me lo tatué, como todos; el Cristo Legionario, y aquí pone “Amor de Madre”… pensé que se me iría al volver, pero no… y ya me dirás qué hago yo con siete pares de babuchas, que encima no son de mi número… ¿No te querrías llevar unas…? ¿Y unas manos de Fátima…? ¿Y un té moruno…?

Marzo de 2014.


Paris, Segunda Parte...

Disfruté contando mis experiencias en mi primer viaje a París, pero me dejé muchas cosas, no en el tintero -que no uso- sino en el teclado del Mac: ahí van algunas...



Los viajes te ofrecen la posibilidad de conocer personas con las que, en otras ocasiones, apenas hubieses tenido ocasión de mantener contacto: éste no fue una excepción; ya en el tren, uno de nuestro grupo se había encontrado con dos amigos suyos, estudiantes de periodismo, que iban también a pasar unos días en París: intercambiamos direcciones, y quedamos vagamente en vernos y visitar algo juntos, sin tener ninguno demasiado claro si aquel encuentro, en una ciudad tan grande, y donde todos íbamos a estar sometidos a tal cúmulo de experiencias. se concretaría, o no.

Dos días después, los vimos aparecer en nuestro hotel: estaban más o menos invitados a quedarse en casa de una amiga de amigos, pero, una vez allí, por determinadas circunstancias, no se sintieron cómodos: el piso era una especie de pensión, y ellos eran los únicos heteros; al principio, creyendo que eran pareja, fueron acogidos con toda normalidad, pero, una vez deshecho el equívoco, parece ser que algunos de los inquilinos extremaban sus atenciones hacia ellos, en un afán de proselitismo perfectamente comprensible, porque los dos futuros periodistas eran guapitos... quizás temían por la solidez de su orientación, puesta a prueba, según contaban, por un musculoso griego de cerca de dos metros, que tenía la costumbre -perfectamente helénica, por otra parte- de salir de la ducha completamente desnudo y secarse sensualmente con la toalla delante de nuestros amigos... en fin, por hache o por be, venían a sondear la posibilidad de que les diésemos acogida en nuestro hotel.

Ya os conté que, en aquel momento, el resto de los huéspedes y todo el staff del hotel estaba compuesto por antillanos de color: suponiendo que, con un grupo tan numeroso de blancos, que les debíamos parecer todos iguales, se descontarían y nos confundirían a unos con otros, accedimos a darles refugio, aprovechando que en varias habitaciones había camas vacías... allí se quedaron con nosotros, hasta el final de nuestra estancia, sin que nadie pareciese darse cuenta del asunto.

"Los periodistas" -lamento haber olvidado sus nombres- compartían algunas de nuestras actividades, pero también campaban por su cuenta, buscando contacto con cosas relacionadas con su profesión: y así llegaron a conocer, e incorporar al grupo en algunas salidas, a un personaje singular; un corresponsal de Radio Nacional de España, bastante famoso en aquella época, llamado Mariano.

Mariano era mucho mayor que nosotros, pero en seguida se adaptó a nuestras salidas nocturnas a Montmartre, y fue uno más, enbobándonos continuamente con sus historias... contaba, por ejemplo, como había cubierto, en Suiza, la larga agonía de Doña Victoria Eugenia, la viuda de Alfonso XIII, abuela de Juan Carlos... la ilustre dama, que había sobrevivido a los cuernos y los disgustos que le proporcionó su impresentable regio esposo, debía ser una mujer de hierro, porque agonizó durante días y días, ante el desespero de los periodistas que cubrían el evento, deseosos de cerrar el caso y dedicarse a cosas más interesantes que esperar el fallecimiento de una anciana... una noche, a altas horas de la madrugada, Mariano ya no podía con su alma: llamó a su informador, para ver la situación, le dijeron que "se estaba apagando", y ya le pareció bastante: llamó a Madrid, dijo, simplemente "Ya se ha muerto", y se lanzó de cabeza a la cama.

Despertó a media mañana, consciente de la magnitud de lo que había hecho, y llamó inmediatamente a Madrid, con la intención de presentar su dimisión: no fue preciso; le felicitaron por la presteza de su información y la fiabilidad de sus fuentes; el comunicado oficial sobre la muerte de la Reina se había producido apenas dos minutos después de su llamada.

No menos orgulloso estaba de otra gesta; la retransmisión del primer pedo trasatlántico... se encontraba con Cirilo Rodríguez, otro famoso periodista de la época, cubriendo desde Washington, para RNE, las elecciones en que venció Kennedy... con los medios de transmisión de datos de la época, y los husos horarios yankis, la cosa era más bien lenta y tediosa... para pasar el rato, propuso: "¿Y si nos tiramos un pedo en el micrófono...?" Dicho y hecho... "Madrid, Madrid, ¿habéis oído algo...?" "Si, un ruido fuerte..." "Nosotros también, será estática en la línea..." "El pedo se lo tiró Cirilo, pero la idea fue mía...", remataba, entre nuestras carcajadas...



Precisamente, una de las noches en que habíamos quedado con Mariano, tenía yo una cita en París: veraneaba en Boltaña una chica parisina, Danielle, bastante más joven que yo; era un encanto, guapa y simpática, pero con un serio handicap, que impedía que fijásemos nuestra atención en ella: su madre. La madre de Danielle era, sencillamente, una diosa, o así nos lo parecía a todo el grupo de amigos: encarnaba todo lo que, en nuestro imaginario juvenil, asociábamos a la Mujer Francesa: belleza, elegancia, chic, je ne sais pas quoi y- aquí empezaba nuestra imaginación calenturienta-, técnicas eróticas de segunda generación y uso masivo de lingerie de dentelles, preferentemente negra, nunca, nunca de color carne. incluyendo el liguero, ese Lince Ibérico de nuestro fetichismo corsetero, en vías de extinción ante el avance incontenible de los antiafrodisíacos panties... ante nosotros, paletos hispanos -doblemente paletos, por lo tanto-  la madre de Danielle eclipsaba al mismo Sol, calculad si nos dejaba energía para ocuparnos de su simpática y encantadora hija...

Nada más llegar a París, había telefoneado a Danielle, y vi colmadas mis mejores expectativas: quedábamos para vernos y, además sus padres me invitaban a comer en su domicilio, en un agradable suburbio -en el sentido yanqui del término-, no lejos del Aeropuerto de Orly.

La cita era a las doce del mediodía, una hora que me parecía tardía para los usos franceses, pero era cuando Danielle terminaba sus clases en una facultad técnica del Campus de Jussieu: en cuanto nos vimos, me propuso ir a tomar un café; yo no llevaba en mi cuerpo más que un croissant y el aguachirle que te daban por aquel entonces en los hoteles franceses de medio pelo, y hubiese preferido un aperitif o una cañita, a ser posible con tapas... pero aluciné al verme conducido a un café italiano, presidido por una majestuosa cafetera exprés "Gaggia", y casi me arrojé en brazos del dueño, italiano como el café, gritando: "¡Prego, hazme un café como Dios manda, como en tu tierra y en la mía...!"

Una vez confortado con el espresso, me propuso Danielle visitar la vecina Mezquita de París, en aquel entonces controlada por los Musulmanes Negros; nacidos en los ghettos norteamericanos, los Black Muslims representaban un intento de agrupar a los Pueblos de Color bajo el Islam, en una perspectiva revolucionaria: sus líderes más conocidos -Malcom X, Ángela Davis, el recientemente convertido Muhammad Alí- y los atletas afroamericanos levantando el puño en las olimpiadas... los habían situado bajo los focos de la opinión pública: nada que ver con el integrismo islámico que veríamos mucho más adelante.

Llamamos a la imponente puerta de la Mezquita, y nos atendió un auténtico armario de caoba, un gigante vestido de blanco de pies a cabeza; le informamos de nuestro deseo de visitar la Mezquita, y me preguntó, en Inglés, de dónde era yo: ante mi respuesta -"Spanish"-, una sonrisa de varias docenas de dientes blanquísimos iluminó su rostro... "¿Español?, ¡bienvenido, pasa, pasa, te gustará, la Mezquita es de estilo español...!"

En efecto; la mezquita era -y es, más adelante volví con Blanca- un simpático pastiche, mezcla de Mezquita de Córdoba y Alhambra de Granada: un poco harto ya de brumas carolingias y gótico ahumado, al recorrer junto a nuestro amable guía aquellos patios blanqueados y adornados con azulejos, la ventanas enrejadas, el murmullo de los surtidores cayendo sobre los estanques... no me avergüenza reconocer que me sentí en casa: afloró en mí no el Andaluz que llevo dentro -no es extraño, tengo un 50% de Andaluz- sino el Andalusí...

Salimos de nuevo a la calle, y yo seguía en mi Ramadán particular, cada vez más hambriento y extrañado... así que le dejé caer a Danielle... "¿No se nos estará haciendo tarde para ir a casa de tus papás...?" y me contestó: "¡Tranquilo, mientras estemos allí a las siete,,,!"

¡¡Maldición!! ¡¡había caído en la trampa semántica!! No me habían invitado a "comer", sino a "cenar"... sólo tenía dos salidas; admitir que había metido la pata y comerme un bocadillo en cualquier sitio -Danielle debía tener ya la comida en los talones- o disimular y aguantarme el hambre, como buen Caballero Español, especie acostumbrada a comer cuando puede, no cuando quiere y, además, a ser posible, de gorra... ya os podéis imaginar por cual opté...

Tras una agradable visita al Barrio Latino, y un breve viaje en tren -intentando yo que Danielle no confundiese mi expresión famélica con otra clase de apetitos-, llegamos puntuales a las siete al chaletito de su familia, donde fui recibido por la Diosa y el Dios consorte, un simpático caballero... tenían la mesa ya preparada, les arrojé al regazo la cajita de bombones que había comprado como presente, y me abalancé sobre la mesa... "He preparado algo ligerito...", anunció la Diosa... "¡Por favor, no tenía que haberse molestado.!", contesté mientras desplegaba la servilleta... pero... era verdad; era algo ligerito, sumamente ligerito... una tostada con paté de campagne, un cuarto de pollo muy, muy pequeño -¿o sería codorniz...?- una ensalada de Diente de León, el pissenlit, que ni siquiera sabía que se comiese, y un pedacito de fromage... casi he tardado más en contarlo de lo que me costó comérmelo todo, hasta las miguitas de la tostada....

Pero eso no fue lo peor: el padre de Danielle era de Burdeos, y tenía en los bajos del chalet una bodeguita muy bien provista, en la cual rematamos la corta velada; así, la parca cena vino regada con no menos de un par de botellas de unos vinos exquisitos -que las señoras ni probaron- y rematamos la jugada con dos copas cada uno de un Armagnac espléndido... resultado; a las nueve de la noche, entre poca comida y mucha bebida, llevaba yo una trompa más que regular.

El padre de Danielle me confesó que no iba mucho mejor que yo, pero, aún así, se atrevía a llevarme en París;  podía conducir por la autorroute, a poca velocidad, pero me dejaría en la Porte d'Italie, porque no se atrevía a meterse entre el tráfico urbano en semejante estado... así lo hicimos, condujo muy prudentemente, y nos despedimos entre grandes abrazos y promesas de reencontrarnos en Boltaña... promesas que no se cumplieron; dejaron de venir a veranear, cruzamos varias postales con Danielle, pero la relación fue muriendo, dejándome, eso sí, un magnífico recuerdo de ellos tres.

Y allí me encontraba yo, dispuesto a recorrer medio París en Metro, a una hora ligeramente tardía, cuando todos los escasos pasajeros del vagón ofrecían un aspecto pelín siniestro, aunque imagino que se trataba simplemente de cansancio... acerté a ver a dos policías, y me senté al lado de uno, preguntándoles si no les molestaría avisarme al llegar a determinada parada, si, caso probable, daba alguna cabezadita... "Bien sûr, Monsieur!", fue la atenta respuesta... y ya no recuerdo nada más hasta ver al policía, dándome cachetitos en la mejilla y diciéndome; "Monsieur, Monsieur, c'est ici...!" Me había dormido como un angelito, apoyado en su hombro...

Me incorporé de un brinco, deseando de todo corazón no haberle babeado el uniforme, agradecí calurosamente su amabilidad, bajé del tren y, dando saltitos de alegría, pero ya más templado, me encaminé Montmartre arriba hacia donde me esperaban mis compañeros, para contarles mis aventuras y rematar con un par de vasitos más un día tan especial...















viernes, 16 de octubre de 2015

Lugares donde buscarme si me pierdo: Miyajima

Con este mismo título escribí una pequeña entrada en Facebook: hoy, ante la feliz perspectiva de una cena kaiseky esta noche, la amplío y os la hago llegar...






No hemos ido a Hiroshima solo por la necesidad moral de visitar uno de los lugares donde más claramente se palpa la derrota ética de nuestra especie: allí enfrente, a pocos minutos en "ferry", la isla de Miyajima, paradójicamente, es un referente de paz, un remanso donde el tiempo parece haberse detenido, donde aún quedan esperanzas de una vida sencilla, en comunión con la Naturaleza y, al mismo tiempo, en contacto con ese anhelo indefinible de lo Sagrado, anhelo que muchos intuimos iluso, fruto de la rebeldía ante nuestra finitud, que tanto nos cuesta asumir.

Para recordarme aún más esas limitaciones, amanezco en Hiroshima bastante cojo, con un dolor en un tobillo que no sé a qué atribuir: ¿la radiación residual...?... entro en una farmacia y entablo una entretenida conversación medio en Inglés, medio en el lenguaje universal de signos, con un simpático boticario... salgo de allí con una venda elástica, que poco alivio me aporta; en la isla, más pragmático, compraré un bastón y, cuando vuelva de Miyajima, otra vez en la misma farmacia, una spray que ya había visto el día anterior... pero no mejoraré espectacularmente hasta que, aquella tarde, ya en Tokio, consiga elevar el tobillo hasta la boca de la olla de bronce donde arde incienso, en el templo de Kaminarimón, la Diosa de la Compasión, y consiga exponerlo, en pose digna de un jotero o, mejor, de un karateka, al humo sagrado que alivia los dolores: en efecto, vivimos instalados en la Contradicción... ¿qué passa...?

Miyajima es, de alguna manera, una reisla; porque es una isla en la costa de una isla -Honsu-, y en un mar que es el Mar Interior, aunque conectado con el Océano Pacífico: cada pocos minutos zarpan hacia ella los ferrys de Japan Railways, para los cuales vale el Japan Rail Pass, que hemos comprado en Barcelona y que, por algo más del precio de un Barcelona-Madrid ida y vuelta en el AVE, nos ofrece barra libre durante una semana en todos los trenes-bala japoneses, los Shinkasen -salvo en un modelo concreto, no sé por qué- y en la línea de circunvalación interna de Tokio, la utilísima Yamanote: justamente cuando estoy en la borda del ferry, observando la maniobra de zarpar, estoy a punto de perder mi Pass, que cae al suelo, a los pies de otro turista español, que me lo devuelve... ¡eternamente agradecido, majo...!


O Tori

Ya a media breve travesía, empezamos a distinguir el Tori de Miyajima, uno de los iconos turísticos del Japón: los Tori son las puertas de los santuarios sintoistas, pintadas de bermellón: ya en Kioto y Nara hemos podido admirar un buen número de ellas, pero la de Miyajima es singular, tanto por sus dimensiones -es enorme-, como por el hecho de alzarse en un estrecho golfo que la marea alta inunda, apareciendo entonces como surgida directamente de las aguas, el "Torio flotante" "O Tori", siendo "O" no el artículo determinado masculino singular, como en Aragonés, sino el indicativo de que algo es grande, noble y honorable... llegamos justamente con marea alta, tenemos el tiempo justo de encontrar nuestro Ryokan -el hotel tradicional japonés-, muy cerca del muelle, donde anuncian nuestro nombre en una pizarra, dejamos el equipaje en una hermosa habitación japonesa, y salimos pitando hacia el Templo de la Diosa del Mar, frente al cual se alza el Tori.

El día iba de hispanos... ¿Un Brown y un Moreno, no sería el mismo...?


Cruzamos el pueblo de Miyajima entre una pequeña riada de turistas; todas las casas son típicas Machiyas, de fachada dominada por una celosía vertical de madera oscura, aunque muchas están transformadas en tiendas de artículos para los turistas o restaurantes: Miyajima es un destino tradicional del turismo japonés, medio cultural, medio religioso, un turismo discreto, poco -o nada- ruidoso, cuidadoso en sus formas -nada de bañadores, nada de tops de tirantitos...-... un turismo perfectamente soportable: las señoras se cubren todo lo imaginable para evitar el sol: sombreros o gorras con enormes viseras, cogoteras, manguitos que cubren todo el brazo, dejando libre solo la punta de los dedos.. leggins en las piernas, rematados por calcetinitos con puntillas... todo eso en un día de calor y sol brillante, y al lado mismo de las playas, donde no veo a nadie bañándose.

Las "Machiyas"


Entramos en el Santuario -donde vemos, asombrados, la reproducción de una cuadra, tamaño natural, con un hermoso caballo de terracotta- y nos dirigimos hacia el muelle desde donde se divisa el Tori: el espectáculo es bellísimo... a su alrededor, todos los japoneses abandonan su recogimiento y se ponen, como posesos, a hacerse fotos con todo tipo de cámaras y móviles; unos piden a otros que se las hagan -aún no han hecho su aparición los palos para selfies- y todos, al ser fotografiados, sonríen de oreja a oreja y levantan los dedos abiertos en "V"... nos dejamos llevar por el entusiasmo colectivo, y acabamos haciéndonos las típicas fotos chorras.





Comemos en un encantador restaurante -no sé cómo decir "chiringuito" en Japonés- sobre la misma arena de la playa, y paseamos después por las calles de la pequeña población: a nuestro alrededor, sin prestarnos demasiada atención, pasan constantemente los ciervos, que encuentras por todos lados. Son como los que ya vimos en Nara, más pequeños que los nuestros, pero algunos machos muestran ya una cuerna bastante desarrollada: al contrario que en Nara, donde venden galletas especiales para darles de comer, aquí hay abundantes carteles que desaconsejan alimentarlos y, en general, tomarse demasiadas confianzas con ellos, recordando que son animales salvajes y de reacciones impredecibles... de todas maneras, se portan bien, y tan solo tenemos que advertir a una señora, que está sentada en un banco mirando el mar, de que un ciervo se le está comiendo una bolsa de papel donde lleva sus compras. Llegamos tarde, cuando ya han cerrado el teleférico que lleva a la cumbre más alta de la isla, y nos ahorramos conocer a los monos que allí viven, que gozan de una acrisolada fama de tener muy mala leche, por lo que nuestras relaciones con la fauna miyajimesa no llegan a alcanzar la menor conflictividad.



Al pasar junto a una de las tiendas, un aroma delicioso nos conduce hacia una ingeniosa máquina que fabrica galletitas en forma de hoja de arce, rellenas de una especie de crema... compramos una para cada uno -son bastante grandes., nos las entregan muy ceremoniosamente y, cuando nos hemos alejado unos pasos de la tienda, nos las empezamos a comer... observo con el rabillo del ojo que la que parece ser la dueña de la pastelería, alarmadísima, le da un codazo a una dependienta, que sale corriendo hacia nosotros, con dos tazas de té en equilibrio sobre una bandeja... queda claro que no pueden permitir que nos comamos sus galletas a palo seco... nos deshacemos en reverencias, arrigatos y oishis -que quiere decir "Está muy bueno"-...¡son la pera, estos japos, qué atentos...!

Haciendo tonterías, en la habitación del Ryokan


Poco a poco, la isla se va vaciando de turistas; nos vamos quedando los pocos que pernoctaremos allí y, al mismo tiempo, la marea va bajando... cuando nos damos cuenta, el Tori está ya sobre tierra más o menos firme, un lecho de arena surcado por múltiples canalillos que devuelven el agua al mar, junto a los cuales intentan pescar las garcillas: nos acercamos, admirados, porque si bello es verlo emerger de las aguas, no lo es menos verlo reflejarse en los charcos dejados por la marea... su enorme base parece recubierta de moluscos incrustados; al acercarnos, vemos que son monedas hundidas en la madera reblandecida... no podemos resistir a la tentación de acercarnos y palmotear su base y, por supuesto, clavar también nuestra moneda. Volvemos hacia al pueblo, admiramos una hermosa pagoda, y callejeamos a gusto entre las tiendas ahora cerradas; solo nos cruzamos con algunos lugareños, vestidos a la manera tradicional con sus yukatas de algodón, y calzados con getas... nos dejamos llevar por la sensación de paz y sosiego...



Modelito adecuado para pasear por marismas...





Pero no solo de paz vive el hombre; empezamos a tener hambre y, por suerte, localizamos uno de los pocos restaurantes que quedan abiertos por la noche. Cenamos regiamente; ostras de las innumerables bateas que rodean la isla, un sashimi de pescado fresco espectacular y, no sin cierta prevención, una media cabeza de pescado hecha sobre las brasas, cuya carne vamos separando cuidadosamente con los palillos, sin que ni Blanca ni yo hagamos caso de la recomendación del camarero y nos comamos también el ojo que nos mira, blanco, acusador...


La cena: en el bol azul, ¿veis el ojito...?

Volvemos hacia el Tori; la marea ha subido, y ahora está tenuemente iluminado; ha salido la luna, un creciente pálido y muy brillante, y el mar está sereno, ni una ola lo riza... no sé cuanto rato permanecemos allí, sin hablar, empapándonos de la belleza y la serenidad que nos rodea...son momentos en los que piensas que hay un antes y un después en tu vida, que algo de aquel entonces vas a conservarlo siempre, que estás a miles de kilómetros de tu casa, pero ha valido la pena... con auténtico dolor, nos levantamos -yo, además, cojeando- y nos dirigimos hacia nuestro hotel... mañana nos esperan emociones fuertes: Tokio...









miércoles, 14 de octubre de 2015

El día en que pude cambiar la Historia de España

Se acerca el 40 aniversario de la muerte de Franco... el otro día, un amigo con cuyas opiniones políticas no coincido demasiado -cada vez me pasa más, ventajas de vivir en un país dividido casi al 50%- decía: "¡Qué largo se me está haciendo el Franquismo...!" Al igual que en los Estados Unidos hay muchísima gente que cree que Elvis sigue vivo y que el Hombre no llegó a la Luna, hay muchos entre nosotros que niegan la Transición... lo siento, yo estaba allí, y claro que hubo... que la resultante te guste, o no, depende, fundamentalmente, de tu nivel de expectativas, y ahí ya entran los gustos y las opciones personales... pero quien crea que esto es Franquismo, o no entiende esto, o no se acuerda del Franquismo...

Hoy quiero contaros una historia de mi primera adolescencia: estaría yo en segundo o tercero de Bachillerato -después de tantos planes diferentes, hay que recordar que eso sucedía entre los 12 y 14 años, más o menos...- y en mi grupo de compañeros del Liceo "Ramon Llull" se había despertado una súbita afición por la Química: no se si se debía a nuestros primeros pasos en la asignatura, o a la difusión de un juego de química recreativa -"Cheminova", creo recordar que se llamaba- que todos habíamos pedido a los Reyes en los que ya no creíamos, y que nos permitía, entre otras cosas, transformar agua en "vino" echando en ella unos cristalitos de Permanganato... seguramente había influido nuestro profesor de Química, el Sr. Sánchez, todo un personaje... había dejado en su Huelva natal un empleo por el que le pagaban 30.000 pesetas -toda una fortuna en la época- y un chaletito con jardín, para venirse a Barcelona -entonces una ciudad gris y muy poco glamourosa- a explicarnos química a un puñado de mozalbetes: su anterior trabajo consistía en analizar muestras de explosivos en una cámara blindada... "Para enterrar a mi antecesor, tuvieron que estar raspando casi un día las paredes de la cámara..." nos contaba, sin duda exagerando un poquillo... Había conseguido de su experiencia profesional, eso sí, una úlcera de estómago en la que, según él -y quizás también exageraba-, "le cabía el puño".

Pese a tan descorazonador ejemplo, un grupo de seis o siete amigos decidimos dedicar nuestros ocios a experimentar con la Química: uno de ellos vivía en una casita de dos plantas, en cuyo jardín trasero había un semisótano que sus padres nos cedieron para instalar allí nuestro laboratorio: recuerdo que cuando lo ocupamos, emocionados, encontramos el pequeño recinto lleno de viejos colchones de lana, que habían criado una colonia de pulgas increíble, y tuvimos que exterminarlas con pozales de zotal y escobas... allí instalamos cosas realmente ingeniosas, como una auténtica campana extractora, gracias a cuyo buen funcionamiento puedo estar ahora contando estos recuerdos.

Porque lo que más nos atraía era, por supuesto, lo que podríamos llamar "Química de alto riesgo" en sus dos vertientes tradicionales; explosivos y venenos... aún ahora no me puedo creer que a nadie se le ocurriese averiguar qué hacíamos allí -empezando por los padres de nuestro amigo, que vivían encima del laboratorio-, mientras nos entreteníamos en cosas tan inocentes como la producción de nitroglicerina -la pólvora nos parecía, sencillamente, un juego indigno de nuestro nivel, cosa de niños; eso lo hacía yo con mis hermanos, en casa- o el ácido cianhídrico... que superásemos esa etapa todos vivos y con nuestros miembros en su sitio dice mucho en favor de nuestra profesionalidad y meticulosidad en el desarrollo de los experimentos o, simplemente, de nuestra buena suerte.

Además, no era una afición barata: consumíamos mucho material de laboratorio y productos químicos: eso si, eran muy fáciles de encontrar, porque existía por aquel entonces en Barcelona, en un local en plena Plaça de Catalunya, englobado hoy en el enorme complejo de El Corte Inglés, una fantástica droguería, Comercial Vicente Ferrer -nada que ver con el misionero y cooperante-, auténtico Jardín de las Delicias para un químico aficionado, donde podías comprar literalmente de todo y, además, te lo vendían sin pestañear ni hacer preguntas... de nuestras módicas pagas semanales, ahorrábamos y, cuando teníamos reunida una pequeña suma, preparábamos  nuestra "lista de la compra", en función de los experimentos que tuviésemos en mente, y uno de nosotros se desplazaba a comprar los ingredientes necesarios.

Precisamente aquel día me tocaba a mí, y así inicié mi excursión hacia el centro de Barcelona con los fondos de mis compañeros en el bolsillo: debía comprar unos cuantos tubos de ensayo -se rompían muchos-, una botella de ácido nítrico, y un frasco de barras de sodio metal: el sodio metal reacciona muy violentamente con el agua, incluso en pequeñas cantidades, y por eso se transporta siempre en un líquido inerte; lo echábamos después en un pequeño estanque del jardín, y el resultado era espectacular. Lo de la excursión también merece un comentario: vivíamos en el Baix Guinardó, y allí, era muy común la expresión "Hoy, bajo a Barcelona"; incluso en el Metro, que ya llegaba hasta nuestro barrio, era un viaje a otro Mundo, tanto por el tiempo que empleábamos, como por el diferente ambiente: de nuestra zona, donde abundaban aún las casitas en un entorno ajardinado, poco poblado y donde conocías a mucha de la gente con la que te cruzabas por la calle, hasta una ciudad entonces industrial, cubierto su cielo perennemente por una boina gris de contaminación... fue justo al salir de la boca del metro, cuando me sorprendió la profusión de banderas colocadas en las farolas o en guirnaldas cruzando las calles, la música patriótica que transmitían diversos altavoces y el ajetreo de cientos y cientos de personas, que empezaban ya a agolparse en las aceras, y recordé, de golpe, haber oído la noticia de que aquel día llegaba Franco a Barcelona.

Se ha comentado mucho sobre cómo conseguía el Régimen aquellos auténticos baños de multitudes; si se suspendían las actividades en las empresas, si se fletaban autocares gratuitos con ofrecimiento también de un bocadillo a los asistentes... supongo que algo de eso habría también, pero las explicaciones son mucho más sencillas: en primer lugar, Barcelona, incluso sin "guiris", -cosa que hoy nos resulta increíble- era una ciudad muy poblada -de hecho, el Centro ha perdido población desde entonces- donde las calles, con Franco o sin Franco, siempre estaban llenas: una visita así despierta su expectación... el fervor patriótico o la adhesión política son más discutibles, pero lo cierto es que, en aquella etapa del tardofranquismo, superados ya los excesos represivos de la postguerra, buena parte de la población vivía reconciliada con la situación política, sobre todo considerando que la económica había mejorado notablemente... las dictaduras no son tan malas como parecen, sobre todo si tienes la suerte de carecer de la valentía y la determinación para enfrentarte a ellas.. años después, cuando me manifestaba por las calles, tenía que oír muchas veces los comentarios de desaprobación de la gente desde las aceras... "¡Una guerra tendríais que pasar...!" No nos engañemos; aunque son hoy legión quienes recuerdan haber descorchado una botella de champán para celebrar la muerte de Franco, la auténtica explosión del Antifranquismo popular se produjo tres o cuatro meses después de su fallecimiento, como es más que natural, cuando el riesgo asociado a dichas posturas había alcanzado ya niveles asumibles.

De entre los innumerables chistes sobre Franco que se contaban, más o menos de tapadillo, recuerdo uno que reflejaba muy bien el ambiente de la época: Franco quería saber cómo vivía la gente normal y corriente; se disfrazaba y salía, con un asesor -entonces no había, sería un escolta, digo yo- y hacían auto-estop: paraba un señor con un "Seiscientos" -la gente aún recogía autoestopistas, un punto a su favor-, el escolta se sentaba junto al conductor y Franco, en silencio, ocupaba el asiento posterior... "¿Qué tal le va la vida?", preguntaba el escolta... "Pues mire usted, no me puedo quejar; tengo un pisito, un chaletito en la Sierra, este cochecito..." "¡Pues ahí detrás tiene usted al hombre al que le debe todo eso...!", afirmaba, triunfal, el escolta adulador... "¡Hombre- saltaba de alegría el conductor- no sabe usted las ganas que tenía de conocer al amante de mi mujer...!" Buenos tiempos, si no te preocupaban demasiado la dignidad y esas zarandajas.

Entré en Vicente Ferrer, hice mis compras, salí con un paquetito cuidadosamente envuelto en papel de estraza, y, ya que estaba allí, decidí quedarme a gozar del espectáculo: además, se me ocurrió un sitio privilegiado para presenciarlo, y hacia allí me dirigí: la subida de la Pia Almoïna, el único acceso en automóvil a la puerta de la Catedral, a donde sin duda iría Franco, a entrar en ella bajo palio -su deporte favorito, se decía que estaba presionando para que se admitiese el los próximos Juegos Olímpicos la prueba de "Mil metros bajo palio"- y oír el preceptivo Te Deum, con el cual la Iglesia honraba al que les había garantizado el chollo que, ese sí, les dura todavía.

Llegué al lugar y, a codazos, conseguí ponerme en primera línea, solo separado de la estrecha calzada por donde debían subir los coches por el cordón que formaban policías armados, con guantes blancos, por aquello del uniforme de gala, cogidos de la mano, más para contener a la gente que para proteger a los jerarcas que iban a pasar ante nosotros... había transcurrido un ratito cuando ya los gritos y los aplausos anunciaron que Franco se acercaba... al pie de la cuesta, la escolta de caballería que llevaba -que ya no era la imponente guardia mora que yo había visto de niño, con sus turbantes, sino unos lanceros con uniforme de opereta- se detuvo, y el coche de Franco, un Rolls-Royce descapotable, que ya he visto usar después de él a dos reyes -los Rolls-Royce es lo que tienen; si los cuidas bien, duran un huevo, más que un Régimen, y, a la larga, los amortizas...-  enfiló la cuesta pasando a escasos dos metros míos, con un sonriente Franco en uniforme de Capitán General, de pie y saludando con una manita ligeramente flácida, acompañado a su lado por el Alcalde de Barcelona: Don José María de Porcioles, antecesor de Ada Colau, notario y alcalde de Barcelona durante largos años, en los que se cometieron todo tipo de tropelías urbanísticas, era un señor bastante alto y elegante enfundado en su chaqué, todo lo contrario del Caudillo, al que sus irreverentes compañeros de armas, al parecer, llamaban "Paquita, la culona", aunque no delante suyo, por supuesto... cuando, años después, volvió Franco a realizar dicho recorrido, esta vez en el blanco uniforme de verano de la Armada, en compañía de Porcioles, la asistenta que venía a casa, despistada o corta de vista, le comentó a mi madre... "¡Hay que ver, Franco, qué buen mozo... y su señora, con aquel sombrerito blanco...!"

Entre la muchedumbre que, según decían en el peculiar lenguaje de la época, "prorrumpía en vítores y aclamaciones", apenas si pude esbozar una especie de aplauso de foca de circo, manteniendo apretado contra mi pecho el paquetito de papel de estraza... esperamos el rato que duró el Tedeum, y, una vez más, pasó el coche casi rozándome, con Franco aún más cerca, porque, como es natural, ocupaba el lugar preferente, a la derecha del automóvil, y otra vez le dediqué mi aplauso de circunstancias... de no estar en medio el Policía Armado, casi hubiese podido tocar el coche con la mano, como hacían muchos de los concurrentes, en signo no diría yo que de veneración, pero casi... años más tarde, en uno de esos baños de multitudes, algún monárquico aprovechado le birlaría un Rolex a Juan Carlos, que, supongo, debe conservar como reliquia, si no ha recibido ya una buena oferta por él... estad atentos al Wallapop.

Vaya por delante que Franco estuvo bien a salvo a mi lado, a pesar de sus desastrosas medidas de seguridad: ni albergaba yo a tan temprana edad la menor animosidad hacia él -en mi familia gozaba de cierta buena prensa- ni he tenido nunca vocación de mártir ni inclinación alguna hacia el magnicidio, si bien es cierto que no faltan gobernantes -de signos bien distintos- a los que, caso de tener garantizada mi impunidad, les daría con sumo gusto un buen capón o una patada en el culo... pero no es menos cierto que, si me llega a dar una ventolera y le tiro encima lo que llevaba, no digo yo que lo hubiese matado, pero seguramente habrían tenido buen trabajo los cirujanos plásticos, entonces en los primeros pasos de su arte, para que se volviese a parecer al de los sellos y las monedas. Un Franco muerto, o apartado del Poder, en 1963 habría, sin duda, cambiado la Historia de España: se hubiese visto entonces -como doce años más tarde- la imposibilidad de dar continuidad a un Régimen nacido en una circunstancia histórica completamente distinta, y tras una guerra atrozmente cruel: de una u otra manera, España se habría incorporado tempranamente a la construcción europea... o no, y hubiese surgido, como en Portugal, un Caetano que prolongase más allá de sus posibilidades biológicas el Salazarismo... todas las hipótesis están abiertas... por si acaso, yo me volví a casa con mi paquetito.

¿Cómo acabó todo aquello de la química...? por otras reacciones químicas; las que se produjeron en nuestras glándulas, elevando nuestra producción hormonal a máximos históricos; el laboratorio fue desmantelado, y allí empezaron a celebrarse guateques, con mis amigos dejándose melenita tipo Beatles y llevando pantalones acampanados y extrañas chaquetas negras sin solapa; yo fui más bien de Elvis y, como él, eché kilos... previsiblemente, todos acabaron orientándose hacia carreras de Ciencias, menos yo, que lo hice hacia la Economía, que no es una ciencia, como sospecháis, sino un artefacto ideológico, ya que toda Ciencia requiere experimentación -justo lo que hacíamos nosotros- y los experimentos en Economía han terminado siempre como el Rosario de la Aurora: y así asistimos ahora al espectáculo de auténticos vendedores de crecepelo -incluso algunos con chaquetas fosforito- loando las virtudes de la Desregulación y la Privatización y abominando del Intervencionismo Estatal, sobre las ruinas humeantes de Lehman Brothers y estando dispuestos a enviarnos a casa a la Guardia Civil para comprobar que no nos estamos calentando al Sol en la terraza en vez de usar sus carísimos kilowatios... en fín...

El autor, por aquellos años... ¿Me hubieseis vendido un frasco de Ácido Nítrico...?







miércoles, 7 de octubre de 2015

En el Vientre de la Bestia...

Hace pocos días se recordaba el aniversario de los últimos fusilamientos del Franquismo, en aquel agitado Septiembre de 1975, pocos meses antes de la muerte del Dictador. Fechas que tienen para mí un recuerdo imborrable y personal, porque las viví desde dentro mismo, como funcionario del Régimen... pongo en orden mis recuerdos, y los comparto con vosotros, sobre todo con los que, por su edad, no conocieron todo aquello...

Vaya por delante que ni bajo el más benigno de los criterios podía considerarse que yo fuese un opositor al Franquismo: por mi tradición familiar -familias claramente de derechas, abuelos presos durante la guerra en el bando Republicano, padre excombatiente y falangista- y por mi temprana militancia política en el Falangismo, aunque siempre en sus sectores más disidentes -más frikis, diríamos hoy- se me podía considerar dentro del bloque sociológico de los que, tantos años atrás, habían ganado la Guerra Civil. Pero había conocido la experiencia de la Universidad en momentos muy activos del Movimiento Estudiantil -había llegado a militar en el Sindicato Democrático de Estudiantes- y mi amistad, e incluso relación familiar, con militantes de la Izquierda entonces ilegal y perseguida, me habían colocado en un terreno, no ya neutral, sino cada vez más inclinado hacia las posiciones que después adoptaría.

Pero,  inicialmente, mi vocación estaba en el campo universitario, que siempre ha sido un Mundo aparte, y nada hacía prever que me decantaría hacia la Administración Pública pura y dura: a la Administración me llevaron las circunstancias: y esas circunstancias tienen nombre y apellidos; en realidad, un apellido, repetido: Joaquín Fernández Fernández, mi profesor en los últimos años del Bachillerato, el que me orientó hacia la Economía, con quien di mis primeros pasos en la docencia universitaria, mi maestro en tantas cosas, mi amigo hasta sus últimos días... no aprendí de él ni su incansable laboriosidad -siempre he sido un flojo- ni su rigor, ni su dedicación, pero sí encontró la forma de inculcarme algo de su curiosidad por la innovación, su sentido del humor y su talante liberal, que tanto sorprendían en un profesor de Formación del Espíritu Nacional, licenciado en Ciencias Exactas y en Ciencias Económicas, cuya fe falangista le llevó hasta encabezar alguna lista electoral bajo la sopa de siglas en que se transformó el Movimiento tras la Transición Democrática.

Habían nombrado a Joaquín Fernández Director Provincial de Cooperativas, en la Organización Sindical: último coletazo de las concepciones corporativistas que habían germinado en la Europa de anteguerra, el llamado "Sindicato Vertical" era un intento de agrupar, en una misma estructura, representantes de los Empresarios y los Trabajadores -también llamados "Productores"-, bajo una pretendida comunidad de intereses: la tozuda realidad, incluso en la España de Franco, se había terminado por imponer, y dentro de la estructura "Vertical" de los Sindicatos de Rama -Metal, Construcción, Artes Gráficas...- habían aparecido estructuras horizontales, las Uniones de Empresarios y las Uniones de Técnicos y Trabajadores, configurando un curioso entramado en damero de ajedrez -"Sindicato a cuadros", lo llamábamos-, que fue ganando representatividad en la medida en que los sindicatos obreros ilegales -muy especialmente, Comisiones Obreras- fueron aprovechando los resquicios legales para hacerse con el control de las Uniones. Los Empresarios, por supuesto, iban a su bola.

En los últimos años del Franquismo la ebullición social no se limitaba a la cada vez más presente Oposición: también dentro de los sectores afines al Régimen se vivía aquel ambiente de fin de etapa, y se recrudecían las luchas entre los partidarios de un continuísmo que chocaba con la inminencia de lo que, eufemísticamente, se llamaba el "Hecho biológico" -Franco estaba hecho unos zorros- y los que apostaban por las llamadas entonces "corrientes aperturistas", que oscilaban entre medidas cosméticas, como reconocer determinadas opciones políticas dentro de un juego democrático restringido, o la simple aceptación del hecho de que España debía dejar de ser una anomalía en el Mundo occidental, en cuyos mecanismos económicos y culturales estaba cada vez más integrada, pese a sus lamentables peculiaridades institucionales. Una de esas maniobras de posicionamiento había colocado al frente de la Organización Sindical de Barcelona a un "aperturista", José María Socías Humbert, después último alcalde franquista de Barcelona, y que terminó su vida política militando en el PSC, y uno de sus hombres de confianza, sensatamente elegido, era Joaquín Fernández.

Joaquín se entregó en Cuerpo y Alma al Movimiento Cooperativo, y yo, chupando rueda, detrás de él: heredero del Socialismo Utópico, pero también de movimientos cristianos y, en general, reformistas y críticos con el Capitalismo, el Cooperativismo representaba -creía yo, y sigo creyendo- una opción de organización económica democrática y autogestionaria, dentro de las limitaciones impuestas por el Sistema... empezamos a movernos en todo el incipiente andamiaje de apoyo al Movimiento Cooperativo, el Centro Nacional de Educación Cooperativa que organizaba en Zaragoza otro gran Joaquín, Joaquín Mateo, la Asociación de Estudios Cooperativos, -en cuyas reuniones mensuales, en Barcelona, se sentaba con nosotros el que luego sería una de las personalidades más relevantes del Socialismo catalán, Joan Reventós-... y luchamos, dentro de nuestras posibilidades, por integrar el Cooperativismo español en las grandes corrientes del Cooperativismo mundial, suspicaz ante la intervención estatal que nuestra misma presencia suponía, una contradicción más en unos momentos en que la Contradicción era, justamente, el pan nuestro de cada día.

Enseñando Economía en la Universidad Menéndez y Pelayo, Santander


Al volver yo del Servicio Militar, me planteó Joaquín la posibilidad de entrar a trabajar a su lado en la Dirección Provincial de Cooperativas, no ya como colaborador, sino como funcionario interino; había libre una plaza en el Cuerpo de Economistas Sindicales: presenté mi documentación y, a finales de mayo de 1975, se me comunicó que podía empezar a trabajar a primeros de Junio; pero...

Estábamos pendientes de ingreso un Economista -servidor- y cinco Abogados, y los trámites se eternizaban... hasta que nos llegó información sobre el motivo del retraso: ¡Uno de nosotros tenía Antecedentes Policiales...!

Reunidos los cinco afectados, nos mirábamos unos a otros, preguntándonos quién sería el peligroso Opositor del Régimen -preguntándome yo si sabrían esta o aquella otra cosita, con qué compañías me movía yo por Zaragoza...- cuando un compañero, navarro de la Ribera, después gran amigo, enrojeciendo, nos aclaró el tema: "¡El hijoputa del alcalde de mi pueblo..! estamos peleados por un asunto de riegos, y me denunció a la Guardia Civil por salir a cazar conejos, de noche, desde el tractor..."

Resuelto el último obstáculo, esperando de un momento a otro la orden de incorporarme a la Dirección de Joaquín, fui llamado por sorpresa por mis nuevos superiores: ¡Cambio de planes...! las Uniones de Empresarios pedían que se reforzasen sus órganos de apoyo; me incorporaría, con dicha finalidad, a las Delegaciones Comarcales de L'Hospitalet y el Baix Llobregat...

El Baix Llobregat, llamado entonces "El Bajo", era, sin lugar a dudas, la Comarca más conflictiva de Catalunya: apacibles pueblos de payeses de regadío, que habían multiplicado su población por varios dígitos gracias a la emigración y el desarrollo industrial de los años Sesenta, transformado entonces en un continuo periurbano de ciudades-dormitorio carentes de los mínimos equipamientos sociales y urbanísticos y unos polígonos industriales duramente golpeados por la crisis que, desde dos años atrás, a raíz de las turbulencias en el mercado del petróleo -pero no exclusivamente por eso- asolaba todas las economías occidentales. Todas sus Uniones de Técnicos y Trabajadores, después de las recientes Elecciones Sindicales -que habían seguido a un fuerte movimiento de huelgas- estaban en manos de militantes de Comisiones Obreras, y los empresarios, con buen criterio, evitaban poner los pies en los locales sindicales.

Una vez presentado a mis atribulados superiores comarcales -que no tenían ni idea de qué diablos hacer conmigo-, inicié los contactos con los representantes empresariales: el Presidente de la Unión Comarcal era un simpático caballero, de mediana edad, propietario de una muy pequeña empresa, y que gozaba de cierta aceptación por parte de los representantes de los trabajadores porque, decían, nunca se negaba a conceder a sus obreros anticipos sobre las retribuciones atrasadas que les adeudaba... lo llamé por teléfono, acogió con entusiasmo mi incorporación, y me citó, a la hora de la comida, en una Masía con ciertas pretensiones, donde tuvimos un agradable almuerzo de trabajo, intentando yo lanzar iniciativas que pudiesen fomentar la presencia de empresarios en nuestras actividades... al traer el camarero la cuenta, se palpó con gesto de alarma la americana... "Me parece que me he dejado la cartera en la fábrica... ¿te importaría...?" No, no me importaba, de hecho, estaba alucinado ante el volumen de mis nuevas retribuciones, a años luz de lo que cobraba en la Facultad, pero, aún así, capté malas vibraciones... por extraño que pueda parecer, volví a caer en la trampa otra vez, pero no hubo tercera: a partir de entonces, sólo acepté invitaciones a "tomar un café".

De todas maneras, el simpático gorrón me resolvía una de mis tareas mensuales: la Encuesta de Coyuntura Industrial; ante el cortadito que pagaba indefectiblemente yo, lo iba sometiendo a un hábil interrogatorio: "Construcción.... ¿cómo está la Construcción...?" "Hombre... hablé ayer con Fulano, y me dijo que jodido, pero que esperaba que le saliese una promoción nueva.." y yo anotaba: "Se detectan ciertos indicios de mejoría en la confianza empresarial..." "¿Artes Gráficas...?" "Mal, Mengano me dice que, si sigue así, se va a tomar por culo..." que, en mi informe, se transformaba en "La crisis sigue golpeando severamente al Sector, y cunde la desconfianza ante la previsible evolución futura.." Curiosamente, si en vez de un cortado era un carajillo, los densos nubarrones dejaban pasar algún que otro rayito de luz...

Visto lo visto, mis superiores decidieron dejar por imposible la atracción al Sector Empresarial, y, de facto, me incorporaron a donde de verdad hacía falta: la asesoría en los innumerables conflictos laborales que aparecían, día a día... tanto asesoraba a los trabajadores en su oposición a los Expedientes de Crisis -los ERE del momento- como presidía las llamadas Juntas Sindicales de Conciliación, donde se pretendía dar una solución consensuada a situaciones muchas veces gravísimas... tengo pendiente contar cómo intenté, con escaso éxito -uno tampoco era la Virgen de Lourdes- resolver un conflicto laboral que derivó en una Huelga General de quince días y decenas de miles de obreros en la calle... pero eso bien merece otra historia... a todo eso, tenía veintiséis años, y me comía los marrones en absoluta soledad, allí te tenías que espabilar, aún no sé cómo aguanté... creo que han sido los momentos más duros de mi vida laboral.

En un acto oficial, por aquellos años...


Curiosamente, logramos parar con éxito algunos expedientes de crisis, de puro chapuceros en su planteamiento, donde estaba claro que los empresarios sólo estaban interesados en cerrar, pasar el muerto a las Arcas Públicas, y pulirse después los activos o, simplemente, favorecer a alguna otra firma de su grupo empresarial, desprendiéndose de una plantilla envejecida y relativamente bien pagada... nada nuevo bajo el Sol, como veréis... cuando conseguías una prórroga -que siempre sospechabas temporal-, cuando veías la satisfacción y el alivio de los que, por el momento, conservaban su puesto de trabajo, podían seguir llevando un jornal a casa... sentías que todos tus esfuerzos se habían visto recompensados con creces... y la satisfacción de los trabajadores se transformaba también en reconocimiento a nuestro trabajo; recuerdo una ocasión en que habíamos conseguido parar un intento de deslocalización por parte de una multinacional: el Comité de Empresa nos invitó, al abogado y a mí, a una paella de conejo en un pueblo vecino: comimos y bebimos y, al acompañarnos de vuelta hacia Cornellá, donde teníamos nuestras oficinas, hicimos una escala técnica en un bar de camareras donde, a media tarde, unas aburridas señoritas se aprestaron a servirnos unos cubalibres... "Si queréis algo más... está todo pagado", nos susurró el Secretario del Comité... ante mi cortés y casta negativa, mi compañero, más liberal, me insistía... "Hombre, Antonio, digo yo que por no hacer un desprecio..."

Pero esos escasos éxitos no nos podían hacer olvidar que éramos un instrumento de un Estado represor y dictatorial, en sus últimos coletazos, que suelen ser los peores... y de ello nos daba buena cuenta la presencia constante, en nuestras instalaciones, de los agentes de la Brigada de Investigación Social de la Policía, los temidos "Sociales"... yo los había visto en la Facultad, dirigiendo a los Policías Armados, arrancando carteles... y en las manifestaciones, practicando detenciones; sabía, por amigos míos,  las sádicas torturas que les habían infringido, y ahora los tenía allí, como compañeros, otros servidores del mismo Estado, misma finalidad, distintos métodos.

Llegaban, todas las mañanas, en sus vehículos "camuflados"... ¡la mayor chapuza posible!; coches anodinos, blancos o grises, pero de modelos que apenas se veían -¡El 850 Cuatro Puertas, por Dios...!- con falsas matrículas de cualquier provincia lejana -de Badajoz, de Navarra...-, sin un solo elemento personal, ni una pegatina, ni una antena larga... me moría de risa: "¿Pero no se dan cuenta de que son los únicos coches que circulan por el Baix Llobregat sin un cojín de ganchillo o un perrito que mueve la cabeza...?" ya los conocíamos: Uno de ellos, Ignacito, era frágil y aniñado; otro respondía al improbable apellido de Macarro... a un tercero, sus compañeros le llamaban "El demócrata" porque, afirmaban, no le gustaba pegar a los detenidos... se sabían odiados, y lo expresaban a través del humor negro; hablaban un día de un dirigente sindical... "Es el tío más conocido del Baix", decía uno de ellos... "No, te equivocas... ¿sabes quienes son las personas más conocidas del Baix...? ¡Tu puta madre y la mía...!"...

Ese peculiar sentido del humor les había llevado a crear una fábrica ficticia, "Industrias de la Madera, 34 trabajadores" que, indefectiblemente, participaba en todas las huelgas que se convocaban en el Baix; cuando pasaban el parte por teléfono a sus superiores, siempre "Industrias de la Madera, 34 trabajadores" figuraba entre las que habían secundado los paros... colgaban y se reían como niños, niños peligrosos -todos eran más jóvenes que yo, que ya es decir- niños investidos de un poder espúreo, carne de olvido y postergación, una vez que sus servicios no fuesen necesarios, si algún día llegaba a producirse dicha feliz circunstancia...

Fue en ese marco esquizofrénico -cada día más consciente de los problemas sociales que, literalmente, eran mi trabajo cotidiano, cada día más opuesto al papel que jugaba la estructura represiva de la que yo era, aunque mínima, parte integrante, cada día más escéptico ante la posibilidad de instrumentalizar dicha estructura, de lograr, en su seno, resolver los problemas que veía a mi alrededor..-. cuando viví los últimos fusilamientos del Franquismo: mi sentimiento, como parte de las estructuras de un Estado que no sólo aplicaba penas de muerte -que ya mi formación jurídica me llevaba a considerar absolutamente desproporcionadas, inútiles, crueles e irreversibles-, sino que lo hacía en un marco de nulas garantías procesales, pese a que los condenados hubiesen practicado una lucha armada en la cual tampoco creía como solución, mis sentimientos, decía, fueron, fundamentalmente, de vergüenza y frustración... ¿Hasta cuando duraría aquello..?

La solución vino pronto. Y, además, fue uno de los "sociales" quien nos la anunció: teníamos en nuestras oficinas un retrato de Franco: no penséis en ningún mural norcoreano: una humilde foto tamaño octavilla, en blanco y negro, de un Franco sonriente y de unos cincuenta años, en un marco de acero inoxidable paradójicamente casi oxidado, sin cristal, decolorada y con algunas cagaditas de mosca... pasó a su lado Ignacito, y le dio la vuelta, teatralmente, colocándolo boca abajo, en la mesita donde estaba... "¡A éste ya lo podéis ir quitando... está jodido...!", anunció... "Hombre, por la tele han dicho que es un resfriado..." "¡Está jodido, está listo, de ésta no sale...!" insistió... eso era a principios de octubre, creo recordar; no faltaban ni dos meses para el 20 de Noviembre; pero esa es ya otra historia...


En 1975... ¿A que imponía respeto...?






martes, 6 de octubre de 2015

"¡Arre, arre, borriqué...!"

Me indica ayer mi madre, comentando lo escrito sobre mi tío Miguel... "Escribe algo mañana sobre tu abuelo Arsenio, que sería su cumpleaños..." pues ahí va, atendiendo a los deseos de tu nuera...


Arsenio Revilla Margalejo había nacido en Boltaña, hermano pequeño con tres hermanas, dominado el panorama familiar por el carácter y el empuje de la hermana mayor, Encarnación, verdadera matriarca de Casa Revilla... eso debió marcar desde pequeño el carácter de Arsenio, y lo hizo independiente, discreto, egoistón y amigo de pasar desapercibido y, a lo tonto, hacer lo que le saliese de las narices, entendiendo, como todos los animalitos débiles -era pequeñito y frágil- que el camuflaje, el difuminarse en el entorno, son con frecuencia las mejores armas.

Antonio Revilla Lanao, de Labuerda, y Andresa Margalejo Isac, de Boltaña, con sus cuatro hijos: Encarnación, Aurora, Carmen y Arsenio.


Fue un auténtico pionero de la despoblación de Sobrarbe, ya que abandonó Boltaña en los años de la Primera Guerra Mundial, trasladándose a Barcelona: la historia oficial quiere que, habiendo sido contratado como escribiente por una compañía eléctrica catalana, al cerrar ésta su oficina en Boltaña, le ofreciese la posibilidad de seguir trabajando en Barcelona: muchos años después, comprobando un cierto desfase cronológico entre la fecha de su matrimonio con mi abuela y el nacimiento de su primer hijo, sospechamos que también había podido pesar en su decisión el afán de ponerse fuera del alcance de vecinas chismosas y con conocimientos de aritmética reproductiva... lo cierto es que prestó sus servicios, hasta su jubilación, en la Compañía de Fluido Eléctrico, sita en el Carrer dels Arcs del Barrio Gótico barcelonés, justo donde hoy hay una macrotienda de Desigual, y viviendo en la cercana Plaça de Santa Catalina, en un edificio en cuyos bajos hay hoy un locutorio dominicano; cambiaron los emigrantes aragoneses por otros más coloreados, señoras con leggins y trencitas, que dicen "Mi amol..."

Tan discreto como era, para una vez que decide dar la campanada, la cagó bien cagada: Arsenio fue uno de los pocos sublevados civiles del Alzamiento Militar del 18 de Julio, que en Barcelona, de hecho, se produjo el 19 por la mañana; con un grupo de conjurados, se presentó en un cuartel del Ejército, a la espera de que les diesen armas: allí los hicieron pasar a una sala, donde consumieron buena parte de la mañana hasta que, de repente, se abrió la puerta y se presentaron unos milicianos de la FAI, que se los llevaron a todos manos arriba... no se qué militancia política tendría, supongo que ninguna; era, fundamentalmente, un beato, hijo de familia de beatos, Caballero del Pilar... seguro que estaba liado en algo de curas... de todas maneras, milagrosamente, salvó el pellejo, pasándose -eso si- toda la guerra en la Cárcel Modelo: es ahora la Leyenda quien explica que Arsenio -como todos los trabajadores de su empresa- estaba afiliado a la CNT, y que su hermana Encarnación bajó desde Boltaña dando gritos, entró hasta el despacho del Delegado de Orden Público de la Generalitat, también cenetista, y le hizo jurar que no le tocarían ni un pelo al Compañero Arsenio, que estaba allí por las malas compañías... no le oí ni una sola vez comentar nada de aquella historia, supongo que prefería olvidarla, aunque siempre lucía, en la cadena del reloj, la Medalla de Plata del Ayuntamiento de Barcelona... ahora la tengo en mi poder, escondida, no sea que se entere Ada Colau y me la haga devolver... pasó mucha hambre y perdió mucho pelo y muchos kilos, pero eso les pasó también a los que no estaban en la cárcel, así que... De todas maneras, dio motivos para hablar: ahora me viene a la memoria el amigo Pepe Vidal, eterno militante comunista, cuyo reciente fallecimiento aún no acabo de digerir, cuando, una noche de vinos, abrazándome, me decía: "¡Yo os he querido siempre mucho, a os de Casa Revilla, aunque fuesen fascistas...! por su conveniencia, ¿eh?" a lo que yo contestaba: "¡Y por sus ideas, Pepe, ya lo puedes decir...!"


Arsenio Revilla Margalejo

Yo lo recuerdo ya en fechas muy posteriores, cuando su vida y la de mi abuela Lucía había quedado marcada por el drama de la pérdida de su hijo Antonio, que no había tenido mejor idea que hacerse matar en Rusia, en las filas del Ejército Alemán... pequeño, delgado y frágil, tocado con su gorra de visera, siempre inquieto -si en Boltaña, planeando bajar a Barcelona: si en Barcelona, pensando en subir a Boltaña-, siempre camino de su partida de guiñote con los amigos de uno y otro lugar... he heredado de él esa ubicuidad, ese afán de pasar la vida con un pie a cada lado de la Clamor Amarga de Almacelles, que es la huega que espero ver, por siempre, libre de controles aduaneros y concertinas...

Siendo yo su primer nieto, y ahijado, no recuerdo que hiciese en mí demasiados gastos; la combinación de ser jubilado con pensión baja, y más prieto que un cerollo, no presagiaba grandes alegrías; recuerdo, eso sí, que me hizo el regalo que más me ha impresionado; un auténtico cordero vivo, "Lucerito", comprado en la Feria de Boltaña... pude disfrutarlo poco tiempo, pero aún me recuerdo corriendo detrás de él, calle San Pablo arriba... volvimos a Barcelona, y mi abuelo se quedó con el cordero; nunca había trabajado en la Agricultura ni la Ganadería, pero, pastor mínimo, llevaba su rebaño de uno atado con una cuerda, apacentándolo por los caminos de Boltaña... una bella historia con un final cruel: cuando volví a ver a "Lucerito", había superado con creces la condición de corderito, pasando a la peligrosísima categoría de ternasco, que pocos, muy pocos de los suyos superan... ¿Para qué seguir, verdad...?


Andarín como era -algo de eso he heredado también-, es curioso que muchos de mis recuerdos de él vayan ligados a la Equitación: desde muy pequeño me entusiasmaba que me dejase escuchar su reloj de bolsillo, marca "Elegance", en cuya tapa posterior corrían dos caballos, cuyos cascos creía yo oír en el tic-tac de la maquinaria... conservo ese reloj, despintados ya los brillantes colores de las libreas de los jockeys, pero los cascos han dejado de oírse... y recuerdo también cuando me sentaba sobre sus huesudas rodillas, haciéndome rebotar sobre ellas, mientras cantaba:

"¡Arre, arre, borriqué
de Boltaña a Margudgued
si vas por o'canto el río
no te morirás de sed...!"

Canción que tantas veces he cantado a mis hijos y, ahora, ya llevo varias a mi nieto Pablo...

Vino a morir mi abuelo en fecha sumamente inconveniente, estando mi madre a punto de dar a luz a la última de mis hermanas, lo cual nos impidió asistir a su entierro en Boltaña; subimos días después al Funeral, y nos acompañaba un amigo de mi padre, José María, personaje del cual también me gustaría hablar largo y tendido: le reservaron la alcoba de la sala de la casa... tendríais que haber visto aquella sala, que solo se abría para velatorios y visitas de respeto: cortinajes de terciopelo verde oscuro, tresillo a juego, suelo de tarima crujiente, y un despliegue de imágenes sagradas que incluía, tirando por lo bajo, un cuadro enorme de la Virgen del Pilar, un Sagrado Corazón sedente, con su lamparilla roja perennemente encendida, alguna capillita de las que pasaban de casa en casa -San Antonio, la Virgen del Carmen... -y un Niño Jesús ya crecidito, que, por su tamaño, parecía a punto de ser llamado a filas... yo dormía en una cama plegable, en medio de aquella auténtica sacristía... hundido en el fondo de la alcoba, sepultado bajo varias mantas -era Febrero, y hacía un frío pelón-, con la débil iluminación que, por aquel entonces, gastábamos en Boltaña, de bombillas de 15 watios, el pobre José María no las tenía todas consigo... cuando ya llevábamos un buen rato en la cama, con las luces apagadas, oí su voz trémula que indagaba... "Antonio... ¿y en qué habitación ha muerto tu abuelo...?" No pude por menos que reírme y tranquilizarle al respecto, pensando que, si ya es poco probable que los muertos vuelvan a la Tierra a tocar las narices a los que aquí seguimos, nada más lejos del estilo discreto de mi abuelo Arsenio, y que si hubiese vuelto, ya estaría mirando horarios de trenes y coches de línea para volver al Averno, o a donde estuviese, siempre que allí encontrase amigos para jugar al guiñote...


Arsenio y su hijo Guillermo, mi padre... ¡con lo que les gustaba viajar a los dos...!





lunes, 5 de octubre de 2015

"¡Instituto, Gloria a ti...!"

Hablando de la plaza de Boltaña, me llamaban la atención sobre el hecho de que ninguna Plaza Mayor de un pueblo aragonés estaba completa sin una mesa de jugadores de guiñote: tranquilizaba yo al amigo, dicíendole que, en nuestro caso, el tema estaba resuelto, pero la palabra "Guiñote" me ha arrancado muchas evocaciones...

Siempre he sido un negado para los juegos de cartas: me defendía pasablemente jugando al Rabino con mis primas y una botella de Magno encima de la mesa, en las largas sobremesas de Boltaña, o jugando al "King" con mis amigos de la Facultad, pero el Guiñote, un juego más cerebral, siempre se me ha resistido, y mi hermano Ricardo, mi resignada pareja, llegaba casi hasta la agresión física cuando me destriunfaba mal, o incluso olvidaba cantar... y eso que soy nieto de mi abuelo Arsenio, al que bien podríamos llamar Guiñotero de Dos Naciones, pues jugaba igual en el Centro Aragonés de la Calle Joaquín Costa de Barcelona que en su lugar favorito, el curioso templete de la Plaza de Latorrecilla, a donde iba desde Boltaña, andando por caminos viejos con su bastoncito, incluso cuando la diabetes había debilitado ya mucho su visión.

Pero a quien mejor recuerdo jugando al Guiñote en el bar de la Plaza de Boltaña es, sin lugar a dudas, a un benemérito guardia civil, con perdón por la redundancia: mi tío Miguel Pérez Ceresuela.

Había nacido Miguel, allá por los años de la Primera Guerra Mundial, en Vió, en el valle de su nombre: no eran tiempos fáciles en ningún sitio, pero en nuestros pueblos de montaña, la vida era especialmente complicada; antes de cumplir diez años, con sus abarquitas de cuero, salía Miguel al rayar el alba con las cabras de su casa, bajaba al Bellos, lo cruzaba por el Puente de San Úrbez, y las apacentaba bien arriba por las laderas de Sestrales: al caer la tarde, las reunía -con lo fácil que debía ser reunir un rebaño de cabras asilvestradas- y volvía a desandar el camino, con un desnivel positivo acumulado digno de Kilian Jornet, pero llevando en el zurrón poco más que un pedazo de pan y otro de queso duro para rosigar... reclutado por el Ejército Republicano durante la Guerra Civil, hecho prisionero por los Nacionales, que, una vez salido del Campo de Concentración, lo integraron en sus filas, al acabar la Guerra optó por ingresar en la Guardia Civil, pensando que siempre sería un trabajo más relajado que ir todo el día con las cabras arriba y abajo.

Supongo que, en líneas generales, acertó en su elección, pero tampoco eran tiempos cómodos para las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad; en plena postguerra, los Guerrilleros pasaban desde Francia y atravesaban constantemente Sobrarbe, a donde había sido destinado mi tío. Contaba, de entre sus innumerables servicios, uno que le marcó especialmente: había en uno de nuestros pueblos una viuda que concedía habitualmente sus favores al pastor de casa, visitándolo de noche -por el qué dirán- en la borda donde pernoctaba: habiendo salido el galán a pichar, vio venir a otro colega, que pasaba a saludarlo y echar un cigarrillo junto al fuego; para evitar que se descubriese el pastel, no se le ocurrió nada mejor que decirle que se fuese corriendo, que tenía en la borda unos "maquis" que lo habían secuestrado. Tiempo le faltó al otro para poner el hecho en conocimiento de la Autoridad y, al amanecer, la Guardia Civil de media Provincia, reunida a marchas forzadas -y, para forro botas, nevaba- rodeaba la cabaña. Al grito de "¡Alto a la Guardia Civil!" -confío en que no les pillase en pleno asunto- salieron por la puerta, brazos en alto, los pobres fornicadores... "Les llamamos de todo", recordaba mi tío... "Y alguna hostia se os escaparía, que os conozco..." "No te diré que no", admitía...

Uno de los servicios habituales era lo que llamaban "Correrías"; a años luz aún de los coches patrulla, salían mi tío -ya cabo- y un guardia, capote y mosquetón o naranjero al hombro, andando por esos caminos de Dios, a comprobar que todo estaba en orden. Cuando anochecía, buscaban una casa donde les daban cena y alojamiento; en aquel entonces, las camas no eran, estrictamente hablando, un equipamiento individual, y casi siempre les tocaba compartir en pareja un lecho que imagino de cama camera -algo más estrecha que las de matrimonio- con tres o cuatro pesadas mantas, colcha de ganchillo, imagen religiosa en la cabecera y orinal debajo. Una de esas noches, al despertarse, el guardia se quejó discretamente... "¡Menuda noche me ha dado, mi cabo... me echaba la pierna por encima y me decía "Concha, Concha"!" -Concha era su mujer, mi tía- "¡Haberme despertado!", contestó Miguel"No se preocupe, que si hubiese pasado a mayores, ya le hubiese dicho algo!", fue la tranquilizadora respuesta de su subordinado.

También el ámbito urbano requería de intervenciones de las Fuerzas de Orden Público para garantizar el mantenimiento de la Paz: daría algo por tener a mi alcance el relato versificado que realizaba nuestro excéntrico vate local, Félix de Mamés, de una de dichas actuaciones, en unos hechos acaecidos no ya en Boltaña, sino en mi mismísima Calle San Pablo: subía un viandante echando los bofes por la cuesta cuando, desde una ventana, fue alcanzado en pleno rostro por el contenido de un bacín, vaciado por una vecina desaprensiva; entró el hombre vociferando en la casa -nunca se cerraban las puertas en Boltaña- topó con el hijo de la señora en cuestión, y hubo más que palabras... resultado: fueron conducidos, los tres, ante el Sargento Pérez que, sin lugar a dudas, impartió justicia y restableció la Paz quebrantada...

Habilidoso y autosuficiente -como todos nuestros montañeses; tenía como afición encuadernar libros, no os digo más- no le faltaba tampoco a mi tío su vertiente empresarial: era lo que hoy llamamos "un emprendedor": detectó una oportunidad de negocio en los anticuados uniformes de la época -que yo llegué a disfrutar durante mi Servicio Militar- donde del cuello cerrado y los puños sobresalían unos ridículos falsos cuellos y puños de plástico blanco, destinados a dar un toque de distinción a nuestros hábitos de servidores de un Estado mísero: mi tío aprendió a fabricarlos, en su casa, en un rincón donde se distinguían el "taller" -la mesa donde hacía los cuellos y puños- y la "oficina", un calendario donde anotaba pedidos y ventas: no recuerdo si abastecía tan solo los puestos vecinos o llegó a exportar a otras Comandancias, ni creo que sus beneficios fueran elevados, pero se distraía con ello, completaba unos ingresos nunca muy generosos, y a mí me gustaba verlo entregado a su actividad fabril. Quizás con ese sobresueldo se permitía ofrecernos a sus sobrinos una propinilla si le cantábamos el Himno del Instituto, que aprendíamos de un "single" -un disco pequeño, vamos, cómo os diría yo- donde, en la otra cara, figuraba el del Servicio Topográfico del Ejército. Así, en actos institucionales en los que he participado después, he sorprendido a propios y extraños, entonando a pleno pulmón aquellas estrofas "¡Instituto, Gloria a ti...!" que tanto le gustaba escuchar.

Serían inagotables las anécdotas sobre mi tío, que podía compaginar un absoluto despiste con el estricto cumplimiento de sus funciones; estando destinado en Madrid, haciendo el curso de ascenso a oficial -autodidacta, gozaba de una buena cultura general, que le ayudó en su carrera desde los rangos más humildes- salió un día de su casa, de paisano, subió en el atestado "Metro", donde observaba que la gente lo miraba con curiosidad, hasta que uno de los pasajeros se dirigió a él, diciéndole: "Usted es Civil, ¿verdad...?"

- "¿En qué se me nota?" indagó Miguel...

-"Mayormente, en el tricornio..."

Su último destino, ya como teniente, fue al frente del puesto de Campo; acudimos mi prima Dulce y yo a pasar en su casa la Semana Santa y, el Jueves Santo, antes de acudir a los Oficios, lo vi muy atareado con su sable, ya en uniforme de gala, el tricornio con el galón dorado, el cinturón amarillo y sus condecoraciones: había perdido la arandela de cuero que sujeta la hoja del sable dentro de la vaina y, con las prisas, la substituyó con un papel de periódico doblado varias veces.

Estando ya en la iglesia, en plena ceremonia -él, como Autoridad, en la primera fila, junto al Alcalde- entre tanto arrodillarse y levantarse, de repente, un metálico "¡clang!" resonó en la bóveda del templo, seguido de un siseante y no menos metálico "¡shhhhhh!" y el movimiento al unísono de muchos de los asistentes que levantaban las piernas o se subían al travesaño de los bancos... el sable había salido disparado de su vaina, y no paró de deslizarse por el suelo hasta el centro del pasillo, a donde fue a recogerlo mi tío, colorado como una amapola.

Era una delicia acompañar a mi tío por el monte donde, una vez más, volvía a ser el pastorcillo de Vió: conservo de él una receta de cocina pastoril, que ahora comparto con vosotros; longaniza al abrinzón: cójase un pedazo de longaniza cruda, tamaño Nacho Vidal: envuélvase en papel de periódico empapado en vino de la bota: tómese un abrinzón -Genista hórrida, un almohadón verde de pinchos, abundante en nuestros montes-, y péguesele fuego con un mechero de yesca... cuando ha dejado de arder con llama viva, introdúzcase el papel de periódico con la longaniza dentro del abrinzón; deje pasar un tiempo prudencial, sáquelo pinchándolo con la navaja de Solsona, retire con dicho instrumento el papel carbonizado e introduzca la longaniza entre dos pedazos de pan... ¡rico, rico!; la mezcla del vino, el sabor de las brasas del abrinzón y la tinta de impresión del periódico le prestan un bouquet especial. Si aparece durante la operación cualquier agente del Seprona y le pilla incendiando el monte, alegue en su descargo que la receta procede de un compañero, a ver si cuela...

Pero donde más me gusta recordarlo es en sus momentos más felices; franco de servicio, jugando al guiñote en el bar de la Plaza de Boltaña: en la acera, en verano, junto a la estufa en el interior, en invierno, con sus amigos, compartiendo las palabras rituales siempre repetidas. "¡Arrastro..!" "¡o culo por as barzas!" "Las veinte en orines...!" "¡De ellas comeremos...!" "¡Las cuarenta!" "¡No joden, pero atormentan!"... entre vasito y vasito de vino, que, aunque fuesen pocos, le hacían volver a casa con la lengua ligeramente torpona.

El mal tiempo, que había sido su compañero tantas veces en su vida de pastor y de guardia civil de infantería, no lo abandonó tampoco en su último viaje: lo estábamos enterrando en Manzanera, el cementerio de Boltaña, un siete de julio, y borrasqueaba en la Peña Montañesa, tiñéndola de blanco, aquella Peña cuyas faldas había recorrido tantas veces... ¡Buen servicio, querido Tío Miguel...!