miércoles, 11 de mayo de 2016

¡Más cine, por favor...!

Una entrada de urgencia: hay que apoyar el Cine en Sobrarbe; acudamos...




Nuestra magnífica Sala de Proyección: ¡Así tendría que estar siempre!





Las sobremesas de Agosto, en Boltaña, eran hipnóticas... ¡qué siestones, punteados por el canto de las cigarras y el zumbido de cientos y cientos de moscas -en cada casa había corrales, imaginad...-!: de repente, se oía una corneta, y, de un salto, nos precipitábamos a la galería; allá abajo, en la Carrereta, el pregonero voceaba: "¡De orden del Señor Alcalde, se hace saber... que, esta noche, cine en el Parador... se proyectará la película....., con los actores...!" y aquí venían, en versión aragonesa, los nombres de los más famosos actores de Hollywood, Gary Cooper, Clark Gable... que, total, tampoco ninguno sabíamos pronunciar correctamente, para qué vamos a decir una cosa por otra...

A la hora en punto, allí estábamos, en la sala interior del viejo edificio, el mismo que había conocido Lucien Briet. O, si la noche era buena -de rebequita, vamos, las noches del Verano boltañés-, en el espacio abierto donde, años después, se construiría nuestra única y breve piscina: sentados en sillas plegables o en viejas sillas de comedor, viendo la proyección, irregular, con saltos, en una sábana atirantada con listones de madera: alguien había pintado en la sábana, a lápiz, una cabeza de pato, y recuerdo una película sobre monjitas -cosa no extraña en la época; abundaban- donde el pato aparecía, indefectiblemente, sobre las blancas tocas...pero allí absorbíamos la magia del cine, historias que nos llegaban de lejanas tierras, o películas españolas en blanco y negro... volvíamos, cuesta arriba, a casa con las imágenes grabadas en nuestras asombradas mentes, hay que ver, lo que era el Cine...


Boltaña, años Sesenta; Cine Álamo


La notícia de que los de Casa Menac estaban construyendo un cine nuevo nos llegó puntual a Barcelona, por ese eficaz  "boca a oreja" de los emigrados... con el Cine Álamo entraba en Boltaña la modernidad, y no es casual que, haciendo sus cimientos, apareciese un enterramiento neolítico... me perdí su inauguración, - que, creo, no pudo ser "El Álamo"- pero pronto fui un fiel asistente, en el poco tiempo que, entonces, podía pasar en Boltaña: de construcción sencilla, pero con un detalle gracioso en piedra en su fachada, blanco como era entonces todo el pueblo, con un aparato de proyección bastante adecuado para la época, y sillones, de madera, pero sillones...

La asistencia al cine era todo un acontecimiento social: empezaba con los preliminares; la llegada, en el coche de línea, de la saca con las bobinas; alguna vez ayudé a transportarlas; recuerdo que, en una ocasión, venía con ellas una nota de la Censura: "Eliminar la escena donde dice: es una persona de confianza; durante la Guerra de España, pasaba armas a los Republicanos..." Muchas veces entrábamos también en la cabina de proyección, viendo cómo aquella imponente máquina devoraba velozmente la película, que había que ir empalmando, rollo a rollo...

Pero la sesión, en sí era un acto social; acudías en grupo, con los amigos, anticipando de antemano lo que sabías de la película; asistías en silencio... o no tanto; recuerdo el inicio de "El Tormento y el Éxtasis", sobre la vida de Miguel Ángel, y empieza con un impresionante trávelling aéreo sobre el Vaticano... todos pudimos oír la voz inconfundible de un amigo comentando, un punto más alto de lo estrictamente necesario... "¡Míala, a Cópula de San Pedro...!" y, a la salida, tiempo tenías para iniciarte en la crítica cinematográfica, otra vez en grupo, con tus amigos, tomando algo en los bares de la Carretera... mientras hubo soldados en los Cuarteles, una parte importante de los asistentes vestían de caqui y comían pipas, y un olor denso, profundo, a pies mal lavados y calcetines poco cambiados, flotaba en el ambiente, pero no parecía preocuparnos demasiado.

En los sillones de madera del "Alamo" vi muchas de las grandes películas de la segunda mitad del Siglo XX: empecé a los quince o dieciséis años, y llegué a ir con mis hijos, seguramente su primer cine; recuerdo que, cuando mi hijo Borja tenía dos meses -dos meses en que mi mujer y yo nos turnábamos para darle los biberones nocturnos- nos atrevimos a llevarlo al cine, para ver "Grease"... cometí un fallo; iba corto de sueño: me la dormí entera y verdadera; creo que iba de unos que bailaban...

Pero no son esos los únicos recuerdos del "Álamo"; la oscuridad de la sala te ofrecía momentos de intimidad difíciles de conseguir fuera... allí, emocionados, pudimos sujetar por primera vez en nuestra mano la de alguna chica, de la que estabas perdidamente enamorado para toda la vida o, por lo menos, para las próximas semanas, mientras sonaba alguna música que ya nunca olvidaremos... "Raindrops keep fallin' on my head..."

"El Álamo" cumplió su ciclo y, en su fase final, cubrió también una necesidad que aún sigue sin resolverse: ofrecer un lugar donde los jóvenes puedan agitar cubitos de hielo en un vaso tubo aguantando muchos decibelios, mientras niños y adultos duermen, tranquilos y felices, en sus lechos... por eso todos contuvimos la respiración cuando, como mariposa salida de la crisálida, eclosionó en su lugar nuestro magnífico Palacio de Congresos, dotado de una sala y unos medios técnicos de proyección comparables a los que podías encontrar en cualquier ciudad. En cualquier otra ciudad, porque colocaba a Boltaña, y a todo Sobrarbe, a un nivel de equipamiento plenamente ciudadano. Por lo menos, en eso...

Mis amigos de fuera alucinan cuando les cuento que, en una comarca de siete mil habitantes, tenemos un Festival Internacional de Documental Etnográfico, que va por su decimoquinta edición -¡ya hemos empezado a trabajar en ella!, una Muestra de Cine de Mujeres, el Festival de Cine Más Pequeño del Mundo, hemos recibido este año el Festival de Banff, de Cine de Montaña -y esperemos que se consolide-, y mantenemos desde hace meses un prometedor Cineclub, que utiliza nuestra entrañable sala de proyecciones de la Casa de Cultura. No se puede negar que hay en Sobrarbe interés por el Cine, y un puntal de ese interés ha de ser la programación de cine comercial, aprovechando las instalaciones del Palacio de Congresos.

Hasta el momento, la selección de películas que hemos podido ver me ha parecido, en líneas generales, muy acertada: obras importantes las hemos podido ver en Boltaña pocos días después de su estreno en Madrid y Barcelona, y, en los últimos meses, recuerdo llenazos en la proyección de películas recientes y taquilleras del cine español: "Palmeras en la Nieve", los "Ocho apellidos", en sus dos versiones y, a otro nivel artístico -más exigente, extremadamente bella-, "Bodas de sangre"... incluso hubo una buena entrada, recientemente, para la oscarizada "Spotlight", a pesar de que su temática podía resultar poco atractiva para algunos.

Pero, al parecer, los números no salen... ni en Boltaña, ni en muchas otras partes: se asiste a un goteo de cierres de salas, y eso nos pone el alma en vilo a los que amamos el Cine.

Todos conocemos las causas: el cine no es barato, el IVA cultural ha venido a añadir una nueva dificultad, y la gente reacciona "bajándose" las películas, aprovechando las facilidades para el pirateo informático... se sigue viendo cine, quizás más que nunca, pero no en las salas, no pasando por taquilla. Y ahí reside el problema: el Cine, además de un arte, es una industria. Y una industria de productos caros; cada película implica el trabajo, durante largos periodos de tiempo, de cientos y cientos de personas, que tienen que cobrar por ello, porque de ello viven: Y esa inversión, hoy por hoy, solo se recupera en taquilla. la Literatura requiere un hombre con ganas de contar algo, papel y un bolígrafo, o un ordenador; la piratería literaria -y no la defiendo, soy mínimo accionista de una pequeña editorial- no matará la Literatura: cualquiera puede montarse un blog y, os lo aseguro, está al alcance del más negado en materia de informática, soy buena prueba de ello... pero la piratería cinematográfica puede matar la Industria y, con ella, el Arte. Y en no demasiado tiempo, además...

¿Por qué hay que ir al cine en una sala de cine, es decir, pagando en la taquilla...? De entrada, niego la mayor; no es tan caro; te va a costar la entrada -a mí, por lo menos, mayor de 65- lo que una ronda de cervezas en un bar. Con la diferencia de que todas las cervezas son bastante parecidas -por mucho que diga Tosar y su piscina de pirañas-, mientras cada película es única en su género, aunque sea un  "remake" o una "precuela". Y, además, de todas ellas -y ahora me voy a pasar: incluso del género más despreciable: las de veinteañeros yankis obsesos sexuales y descerebrados- puedes salvar algo, puedes recordar algún momento...

Y, en segundo lugar, porque las películas están hechas para verlas en cines: durante la preselección de "Espiello" vemos los documentales en casa, en el ordenador o en el televisor: cuando volvemos a verlas, en la sala del Palacio de Congresos, sentados, en silencio, en medio de la oscuridad, envueltos en el sonido -cómo lo apreciamos los mediosordos-, en pantalla grande -aquí el tamaño importa, y mucho-... estamos viendo algo completamente distinto. Estamos dentro de la película. Eso es magia...

No dejemos caer nuestro cine comercial: hagamos todos los esfuerzos por mantenerlo, y me refiero, por supuesto, a los ciudadanos del montón, que solo podemos hacer una cosa; ir, pagando. Aunque llueva, aunque haga frío, aunque estés muy cómodo en tu sillón, junto al radiador... Lo que allí vas a ver, lo que sólo allí puedes ver, va a cambiar, aunque sea un poquito, tu vida... sin él, nuestras noches serían más oscuras, más tristes, más pobres... y Sobrarbe se alejaría un poquito del Mundo, se hundiría en esa bruma de la que, con el esfuerzo de todos, vamos saliendo día a día...














lunes, 9 de mayo de 2016

Confesión General (1)




Una norma no escrita, pero de todos conocida, recomienda no abordar en reuniones sociales temas tan potencialmente conflictivos como la Política o la Religión: pero esto es un Blog, es decir, una manifestación de la impudicia de un ciudadano que se permite hacer públicas sus opiniones ante un grupo, en principio, reducido y más o menos conocido, pero susceptible de ampliación hasta extremos, por definición, incontrolables; el impúdico bloguero larga como si estuviese en la más estricta intimidad, pero luego pierde por completo el control de su obra… eso debería imponer una cierta prudencia, pero es que, en mi caso, soy de la opinión de que todos, prácticamente todos los temas, pueden ser tratados, siempre que se haga con respeto y mesura, y en el supuesto de que quienes lean estas líneas sean personas de buen criterio aunque, si no fuese así, tampoco creo que lo en ellas contenido pudiese empeorar sustancialmente su ya comprometida situación.


Viene a cuento porque me propongo romper una de esas normas, y hablar un poco de Religión, o, por lo menos, de como la Religión ha incidido en mí, a lo largo de las diversas etapas de mi ya ligeramente prolongada vida: no penséis, ni por asomo, en que voy a entrar en disquisiciones teológicas, para las que no me siento, en modo alguno, capacitado, ni tan siquiera especialmente motivado: me conformaré con explicar algunas cosas relativas a cómo he vivido el hecho religioso o, incluso, y en cierto sentido, cómo he sobrevivido a través de él. Pido, de antemano, disculpas a todos los que, por uno u otro extremo, tengan percepciones distintas sobre el tema, seguramente tan dignas de respeto, por lo menos, como las mías: pero, para mí, esto es lo que hay…


Nací en Barcelona, España -así se afirmaba entonces- en 1949, apenas diez años después del final de la Guerra Civil. Nací y me crié en el seno de una familia cristiana. Las familias españolas se dividían, en 1949, en familias cristianas y famílias cristianas, a ver qué remedio… Cristiana quería decir católica, apostólica y romana; hasta llegar al Bachillerato, no conocí a mi primer Evangélico -el hijo de un Pastor, que nos hacía reir con desternillantes imitaciones de los sermones de su padre sobre el Juicio Final y las Penas del Infierno,- y mi primer Adventista, envidiado porque el viernes tenía permiso para saltarse la última clase de la tarde, permiso que siempre le recordaba nuestro volteriano profesor de química… “¡Fulanito, la Hora Nona, vaya recogiendo, deprisa, que se le echa encima el Sabbath…!”. Para llegar a mi primer Judío, tuve que esperar hasta la Facultad. Ateos, si los había, no se manifestaban abiertamente. Familia cristiana quería decir, en líneas generales, familia que había ganado la guerra. Todo cuadraba, perfecta armonía; había otro mundo, pero yo no estaba en él.


Ignoro si eso sucede también en otras religiones, pero la religión católica, religión sabia, tenía su versión especial infantil:  giraba en torno al Niño Jesús, que ni expulsaba mercaderes del tempo ni las pasaba canutas clavado en la cruz: era un niño rubito -improbable judío-, de aspecto saludable y sonrosado, vestido con limpia túnica, rodeado de corderitos tan limpios como él, y con el que podías mantener una relación especial porque, al fín y al cabo, “Jesusito de mi vida, tú eres niño, como yo…”. A su lado siempre estaba su mamá, la Vírgen, que también era nuestra mamá, algunos santos de confianza -San Juan Bautista, el primito del Niño Jesús, un poco mayor…- y, sobre todo, ingentes cantidades de angelitos… había tantos que hasta tenías uno propio, el Ángel de la Guarda -“dulce compañía”- que, auténtico guardaespaldas espiritual, no te abandonaba ni de noche ni de día, protegiéndote de los difusos peligros del Mundo y, muy especialmente, de la Tentación, esa innata inclinación a hacer cosas malas, aunque, por aquel entonces, apenas si se te ocurrían otras cosas malas que pelearte con tus hermanos o desobedecer a tus papás.




Había, eso si, que cumplir con una serie de preceptos religiosos: el más cotidiano era rezar siempre tus oraciones antes de irte a dormir: disponía, para ello, de una pequeña colección de imágenes, de entre las que recuerdo dos -por falta de una- Vírgenes de Lourdes, de material plástico fluorescente, tecnología punta por aquel entonces, un Santiago moliendo a espadazos desde su caballo a un ser que se retorcía a sus pies, en el que yo aún no identificaba a un musulmán, pese al turbante y el alfanje, y, en fecha muy posterior, un hermoso San Antonio de Padua, regalo de mi abuelo Julio… ante este pequeño panteón me arrodillaba y, juntando las manos, recurría a oraciones ya preestabledidas, incluyendo, a veces, alguna que otra petición de corte más personal. Sin faltar, cada noche, un rito tan invariable como, antes de acostarte, ir a hacer pipí.


Los Domingos… no se trabajaba (el Sábado, si, mañana y tarde, hasta se iba al colegio: la tarde de fiesta era la del Jueves), te arreglabas -o te arreglaban- especialmente, y se iba a misa: recuerdo todo el ciclo completo; desde ir andando hasta las iglesias más próximas; una de ellas, decididamente cutre, en los bajos de una casa de vecinos, donde un anciano sacerdote pasaba la bandeja personalmente, sin delegar en el monaguillo, agradeciendo cada monedita que en ella caía con la fórmula  “Déu us pagui la caritat” -el Catalán, para mí, en aquellos tiempos, era una lengua litúrgica, al igual que el Latín- y donde me hipnotizaba el espectáculo de las suelas de las zapatillas de una vecina que, ignoro por qué, aprovechaba las horas de Misa para pasear sobre la claraboya que iluminaba el local.


Pasamos después a otra ligeramente más alejada, pero de mayor empaque, un templo pseudogótico en cemento, gestionado por una comunidad, los Padres Mínimos, de hábitos negros, a los que rebautizamos con el nombre de “Padres Mininos”, y algo de gatuno sí había en sus felinos movimientos con el cordón del hábito. cual rabo, azotándoles los flancos… Y, cuando mi padre empezó a disponer de coche, la misa era la antesala de la salida, en verano, a bañarnos en la playa, y  durante el resto del año, a comer a cualquier restaurante de las afueras; durante mucho tiempo frecuentamos la pineda de Castelldefels, para lo cual parábamos en algunas parroquias que, más o menos, nos venían de camino: la Sagrada Familia -solo se usaba la cripta, congeladas sus obras en una especie de preruina- la Iglesia del Hospital de San Pablo, un colegio próximo, incluso la bella ermita de Bellvitge, detrás de la cual aún no había crecido una de las ciudades dormitorio mayores de Cataluña… perdía la misa así el poco sentido comunitario que había podido tener yendo a iglesias conocidas, y se transformaba en un trámite estrictamente familiar, si no individual; fichar antes del baño y la paella…


En el ciclo religioso anual jugaba un papel especial la Navidad, considerando como tal el largo espacio de tiempo comprendido entre las primeras festividades de Diciembre -en la Escola del Mar celebrábamos Sant Nicolau, el 6 de Diciembre, en que se hacía “cagar” al Tió, vieja tradicción catalana- hasta el siete de Enero, día en que, tradicionalmente, aún continuaban las vacaciones, para poder “jugar con lo que te habían traido los Reyes”: pero eran tantos los estímulos de todo tipo a los que estabas sometido durante aquellas fechas, que lo estrictamente religioso pasaba a un plano relativamente secundario: estaban, por supuesto, el Belén, los villancicos -algunos, de letras bastante profanas, por cierto- y, especialmente, la bellísima Misa del Gallo -tengo algunos recuerdos de Misas del Gallo en Boltaña, aunque generalmente pasábamos las Navidades en Barcelona-, pero dominaban los aspectos más mundanos, más directamente vinculados a alegrías familiares y/o placeres culinarios; la llegada de mis abuelos de Boltaña, con pollos vivos, tortetas y morcillas, las tardes de vacaciones, con visitas al cine -Walt Disney, nada de angelitos…- la cena de Nochebuena, la más familiar y tumultuosa; la comida de Navidad, más formal, con mis primos de Barcelona; la de Sant Esteve, al límite ya nuestra capacidad de seguir comiendo cosas ricas y poco habituales, Nochevieja, con uvas y las campanadas, primero en la radio y después en la tele… por no hablar de la Noche de Reyes y su amanecer… la Religión, mezclada con cosas excitantes y placenteras, ya no es Religión, entra directamente en el terreno de la Magia…


Para Religión en estado puro, Semana Santa: ahí ya se empezaba a romper el encanto de la religión infantil, y las cosas empezaban a ponerse durillas. De entrada, el Domingo de Ramos: un suplicio, sin más; vestido de punta en blanco desde primeras horas -soy el mayor de seis hermanos, el que menos riesgo corría de estropearse los zapatos nuevos, que solían doler, o arrugarse la ropa de estreno-: el paseo hasta la iglesia con el palmón -difícil de llevar, hasta pinchaba…- decorado con un lazo de la Bandera Nacional, las tediosas sesiones fotográficas,,, y se iniciaba así una semana de Pasión, pero de la buena; nada que oir en la radio, salvo música sacra; nada que ver luego en la tele, sino procesiones; nada que ver en el cine: películas monotemáticas -“La Túnica Sagrada”, “Los Diez mandamientos”- o frikadas del calibre de “Marcelino, pan y vino” que, encima, era de sustos… ni cantar podías, porque “estaba muerto Jesús”… Jueves Santo y Viernes Santo eran ya de pesadilla…la Visita a los Monumentos -había que entrar en qué se yo cuantas iglesias, todas iguales, con los santos cubiertos con paños morados y enormes adornos florales, que maldita la gracia que nos hacían- los oficios, fúnebres a parir… compensaba la semanita la alegría desbordante del mediodía del Sábado de Gloria, cuando la gente golpeaba cazuelas y sartenes, para celebrar que habíamos superado una nueva Semana Santa, y podíamos volver a oir en la radio las coplas de siempre, y canturrearlas también nosotros, si nos daba por ahí…


Procesión Viernes Santo en Boltaña...





¿Cómo se nos transmitía la Religión…? Creo que en forma similar al virus de la gripe; la transmisión era siempre personal, pero ya flotaba en el ambiente; había religión por todas partes; recuerdo perfectamente la tarde en que murió mi primer Papa, Pío XII… “¡Un santo!”, decían de él… después hubo opiniones más contrastadas… era impresionante pasear por las calles en silencio, la gente casi no hablaba, parecía esforzarse en no hacer ruído… supongo que a muchos de aquellos con los que me cruzaba les importaba un pito la muerte de aquel aristócrata romano, elegante y frío, y sobre cuya conducta durante la ocupación alemana cabía formular algunas objecciones, si bien es cierto que la Iglesia corrigió posteriormente su tibieza prestando ayuda, en momentos de tribulación, a los nuevos refugiados que buscaban su ayuda; los nazis… pero todos disimulaban, y el ambiente de recogimiento y dolor estuvo realmente muy logrado.


En los colegios, para qué hablar… no recuerdo nada especial en mi primer parvulario, pero siendo un colegio de monjas, cabe suponer que algo se notaría: pero en la Antiga Escola del Mar, una improbable superviviente del esfuerzo docente de la República -y, en este caso, de la Generalitat Republicana-, donde menos podía esperarse, flotaba también en el ambiente, incluso yo diría que especialmente, una forma muy particular de catolicismo catalán, donde confluían, supongo, viejas reminiscencias carlistas y pairalistas -ese culto a la religiosidad como columna vertebral de la sociedad tradicional-, con elementos más noucentistes, como las pinturas que decoraban sus muros, con tres referentes inexcusables; la Virgen de Montserrat, Sant Jordi, y el Sant Crist de Miramar, la imágen de Cristo crucificado, que había ardido en el incendio que destruyó el primer edificio de la Escola, en la Playa de la Barceloneta, originado por el bombardeo de un crucero italiano disfrazado de franquista. Lo curioso es que el hecho se produjo cuando buena parte del parque de crucifijos en cientos de kilómetros a la redonda había sido ya pasto de las llamas, y no precisamente por culpa de los fascistas, pero esa es otra historia…


En la Antiga Escola del Mar no solo se bendecía la mesa antes de comer; se bendecía también después, con la fórmula: “Ja hem menjat, ja hem begut, donem gràcies a Déu, que n’hi ha hagut” (“Ya hemos comido, ya hemos bebido, demos gracias a Dios porque hemos tenido de qué…”), que, bien mirado, para los años que corrían -yo llegué a tener cartilla de racionamiento, y se nos servían diariamente vasos de leche en polvo de la Ayuda Americana- quizás no estaba de más… el Virolai (Himno a la Vírgen de Montserrat) y el himno compuesto por el fundador de la Escola, Pere Vergès, al Sant Crist de Miramar, por supuesto también en Catalán, sonaban tan a menudo como el “Cara al Sol” que cada mañana entonábamos al izar las tres banderas oficiales; la Española, la de la Falange y la del Requeté… la esquizofrenia estaba servida, aún no sé cómo salimos relativamente normales de aquel trance.


En el ámbito estrictamente doméstico, la transmisión estaba también a la orden del día: curiosamente, no recuerdo que mis padres tuviesen una actividad muy intensa al respecto: supongo que mis primeras oraciones me las habría enseñado mi madre -ya me lo confirmará-, pero bastante tenía con ejercer de ama de casa para cinco o seis hijos y varios familiares más, para doblar jornada como catequista; y en cuanto a mi padre, pese a que anda por ahí su título de Caballero del Pilar -nacionalcatolicismo aragonés, en este caso-, tampoco recuerdo que fuese especialmente insistente en ese aspecto; se concentraba en espolearme en materia de estudios… dos personas, dos Encarnaciones, tuvieron un papel importante en mi formación religiosa: en Barcelona, mi abuela Encarnación, y, en Boltaña, mi tía Encarnación: en dos sentidos claramente diferenciados, por cierto.

Con mi madre y mi abuela Encarnación



Mi abuela materna, Encarnación Martínez Burgos, era una señora malagueña, de familia burguesa, que creo que nunca llegó a aclimatarse en Barcelona: contaban en mi casa que, inicialmente, si participaba en actividades religiosas colectivas; formaba parte, por ejemplo, de la Adoración Nocturna, fieles que se turnaban rezando rosarios ante el Sagrario, distribuídos en turnos, como las guardias de los soldados; en una ocasión, al llegar a su puesto, lo encontró ocupado por una señora enlutada y velada que rezaba ante el altar, donde un sacerdote mascullaba ininteligiblemente… “¡Me toca a mí!”, dijo mi abuela…    “¡Señora, que me estoy casando…!”, contestó la interpelada… una de tantas bodas “por poderes”, tan características en aquellos años, cuando las ceremonias civiles de la República habían quedado sin efecto, y había que regularizar las situaciones de hecho, muchas veces con el contrayente a kilómetros de distancia, en un presidio o un campo de concentración… pero, en la larga época en que convivió con nosotros, no recuerdo que frecuentase la Iglesia fuera de las misas dominicales, y concentraba todo su afán cristianizador en, sospecho, el nieto que más caso le hacía, es decir, por edad y carácter pacífico, un servidor de ustedes.


Mi abuela Encarnación tenía un concepto de la Religión eminentemente práctico; por ejemplo, ante el hecho de la Muerte, debían ser adoptadas medidas inmediatas, que alejasen de nosotros cualquier efecto perturbador; de ella aprendí que, al pasar, aunque fuese en coche, y lejos, ante un cementerio, había que proceder rápidamente a santiguarse… ¿Os podéis llegar a imaginar cuantos cementerios veías en el trayecto Barcelona-Boltaña, trescientos kilómetros por carreteras que, entonces, atravesaban todos los pueblos…? Si te cruzabas con un cortejo  fúnebre -en aquel entonces, recorrían a paso lento las calles desde el domicilio del finado hasta la iglesia y, después, ya más rápidos, hacia el cementerio-, ya no bastaba con santiguarse: había también que recitar una jaculatoria: “Su Majestad le haya perdonado/y de Gloria le haya coronado/Amén”, entendiendo que por Su Majestad Dios Nuestro Señor, y no el pretendiente juanista, en su exilio de Estoril… la cosa se liaba considerablemente si se avistaba un coche fúnebre vacío… mal fario, muy mal fario, cuestión de ponerse a rezar inmediatamente, y en serio…


Cementerios... ¡a santiguarse...!


Dentro de ese enfoque práctico de las cuestiones religiosas, ideó también mi abuela Encarnación un saquito conteniendo algunas reliquias, que no tuvo a bien detallarnos: cosíó con sus manos el saquito, de tela blanca nada sospechoso, y nos lo entregaba cuando salíamos de casa para examinarnos, enseñándonos a colgárnoslo en algún lugar poco visible con un pequeño imperdible… me ruborizaría si os dijese hasta qué avanzada edad cargué, en dichas ocasiones, con el saquito de marras; no es que creyese mucho en su efecto, pero… ¿quién se arriesgaba…? puedo confesarlo ahora, porque ya ha prescrito, pero me temo que muchas de mis calificaciones académicas podrían haber sido anuladas si se me hubiese sometido a un estricto control antidoping sobrenatural…


El seguimiento a rajatabla de una de las instrucciones de mi abuela Encarnación me causó un serio problema, que arrastré durante tiempo: me había dicho que era absolutamente imprescindible que, al salir de casa -lugar protegido, seguro- y abordar los peligros del Mundo, procediese siempre a santiguarme. Consejo de lo más sensato, que siempre he visto practicar a los toreros, e incluso a futbolistas que, bien mirado, sólo se exponen a lesiones y a que se acuerden de sus madres si fallan un penalty. Pero, lo confieso, siempre me ha gustado recibir instrucciones precisas y concretas: ¿Al salir del piso en que habitábamos? ¿Al cruzar el umbral del edificio?: en la duda, me santiguaba en los dos puertas: la primera, en la escalera, no presentaba mayores problemas, pero, la segunda, ya en la calle… la verdad, me daba un poco de corte, y procedía a efectuar un gesto rápido y confuso…y ahí empezaba el drama… ¿Habría valido…? por si las moscas, nuevo gesto extraño, que los viandantes podían confundir con yo qué sé qué, espantar una mosca… y de nuevo… ¿Habría valido con eso…? … ya os podeis reir, como yo me río de Sheldon, en “The Big Bang Theory”, llamando a la puerta (“Toc, toc, toc, Penny?”), pero si me hubiese visto un psiquiatra, me hubiese diagnosticado, sin lugar a dudas, un trastorno obsesivo-compulsivo… pero no había muchos psiquiatras entonces en España; aún estaban casi todos en Argentina; tuve que arreglármelas por mi cuenta, siempre se me ha dado bien el bricolage psicológico; solo me han quedado secuelas cuando hay de por medio galletas o croquetas. Repito, y repito, y repito…


Cuando me desplazaba de Barcelona a Boltaña, el ambiente cambiaba por completo: empezando por la casa; mi piso barcelonés -dejando aparte mi altar particular- apenas si tenía imágenes religiosas; recuerdo un crucifijo sobre la cama de mis padres y una Dolorosa en blanco y negro, pero poca cosa más… Casa Revilla de Boltaña era un auténtico santuario, en especial la Sala, reservada a las visitas, con su incómodo tresillo de terciopelo verde, donde se podían contabilizar, tirando por lo bajo, un Sagrado Corazón dentro de una campana de cristal, con su lucecita roja perennemente encendida, un cuadro enoooorme con la Vírgen del Pilar, y, especialmente, un Niño Jesús de tamaño suficiente para ser tallado para el Servicio Militar… todo eso, sin hablar de la bibliografía; la falsa -la buhardilla, para los no aragoneses- estaba llena de devocionarios, dejados por Mosén Domingo, el sacerdote que se pasó la Guerra allí escondido y que -me acuso colectivamente- en algunos casos fueron a parar, en épocas de mucha gente en casa, al gancho metálico junto al retrete: también acababan allí, -sic transit gloria mundi- las innumerables revistitas piadosas -“El Mensajero del Corazón de Jesús”, “El Mensajero de San Antonio de Padua”…- que llegaban regularmente, y en la intimidad y el aburrimiento del lugar, aún aprovechabas para echarles un último vistazo…

Mosén Domingo, el cura de casa...



Pero la imágen que más pesadillas me originaba era un cuadro que presidía una alcoba donde dormí muchas veces: vivamente coloreado, una Vírgen del Cármen parecía ofrecer ciertas esperanzas a una impresionante serie de Almas en Pena consumiéndose en el fuego del Purgatorio, y con señas evidentes de estarlas pasando muy, pero que muy putas… aquellas carnes desnudas entregadas a las llamas, aquellos rostros desesperados, aquellos brazos alzados ansiosos hacia una Vírgen que, mucha sonrisita, pero parecía estar, por el momento, pensándoselo, o directamente pasando de ellos… “¡Joder, cómo las gastan por ahí…!”, pensaba yo, arrebujado bajo las mantas…


Reinaba en la casa y la familia mi tía Encarnación Revilla Margalejo; era un liderazgo indiscutible e indiscutido, que no se basaba en su superioridad física -era extremadamente bajita, posiblemente por culpa de unas piernas torcidas hasta un extremo que no he vuelto a ver fuera del Japón-, sino en su empuje, su capacidad organizativa, y, por qué no decirlo, el mal genio que gastaba cuando algo no funcionaba exactamente como ella quería.


Para Tía Encarnación, la Religión no era, como para mi abuela Encarnación, un asunto de precauciones y búsqueda de protección sobrenatural ante el Mal en general; era, sobre todo, una actividad social. En primer lugar, de status: no teníamos un duro, pero sí capilla en la iglesia, y reclinatorio propio, con tarjetita… y, como muestra de ese status, Tía Encarnación era un pilar de la Comunidad,  una auténtica activista religiosa, una organizadora de eventos, diríamos ahora… junto con un grupo de compañeras, decoradas con vistosos escapularios, espoleaban el celo de los sucesivos párrocos, -que debían estar de ellas hasta las narices- y organizaban todo tipo de actividades; novenarios, rosarios, circuito de capillitas de casa en casa, representaciones teatrales más o menos relacionadas con temas piadosos… siempre con ese carácter comunitario, no recuerdo haberla visto nunca rezar en solitario, seguramente no tenía tiempo para eso.


Por lo que me han contado mis amigos boltañeses, una de esas actividades era la organización del Domund: el Domingo Mundial de la Propagación de la Fé era -sigue siendo, tengo entendido- una jornada dedicada a recoger fondos para las Misiones. Pasé años recolectando “papel de plata” -el papel de estaño, muy raro y caro en aquellos momentos, sólo se encontraba en las chocolatinas-, con el que formábamos enormes bolas, que se entregaban en la Iglesia “para bautizar a los chinitos”: años después me enteré de que, mientras yo intentaba sufragar sus “bautizos”, los chinitos estaban en plena revolución maoista, y no mostraban interés alguno en ser bautizados… durante el día señalado, niños en particular y fieles en general recorrían pueblos y ciudades armados con huchas de lo más políticamente incorrecto y racista que os podáis imaginar: cabezas de chinitos con gorro de paja y coleta, cabezas de negritos, de labios abultados y pelo encrespado, cabezas de indios, con sus plumitas… todas ellas con una raja de parietal a parietal, para depositar monedas o -en el caso de los fieles pudientes- billetes, a cambio de una banderita con un alfiler, que te clavabas en la solapa… para solemnizar el día, mi tía Encarnación organizaba una vistosa procesión, con niños y niñas disfrazados de las diferentes razas humanas en espera de la redención por la Fé verdadera, y años después buceábamos en los baúles de la falsa y nos maravillábamos ante las casacas de seda más o menos china y las falditas de rafia destinadas a encubrir desnudeces africanas.



Santa Lucía



Pero sus actividades favoritas eran las relacionadas con la Ermita de Santa Lucía que, a los pies del Castillo, preside el Casco Antiguo de Boltaña: había asumido las tareas de su conservación y constante mejora de sus instalaciones; ya tengo relatado en otra ocasión cómo consiguió colocar frente a la Ermita un Sagrado Corazón a escala 1:1 -más o menos- que, tras numerosas vicisitudes, aún sigue allí: para sufragar esa y otras mejoras, celebraba unas famosas tómbolas, a las que contribuíamos enviando todos los “pongos” que caían en nuestras manos, en especial en las de mi tía Conchita, enfermera en un hospital infantil y destinataria de los regalos más descabellados… recuerdo, muchos años después, haber sido invitado a tomar un vaso de vino rancio en casa de unos vecinos, y encontrarme sentado bajo un cuadro -el Gatito Pumby calzándose unos patines- hecho por mi madre, y que había estado en mi habitación infantil hasta que cambios en la decoración lo catapultaron hacia la Tómbola de Santa Lucía… durante muchos años, hubo en la puerta de le ermita una hucha con un cartel… “¿Más mejoras…? ¡Sí! Esperamos vuestra colaboración…” Cuando mi tía ya no podía subir el empinado camino a la ermita, encargaba a mi hermano Guillermo que recogiese periódicamente las limosnas, y lo compensaba con una propinilla con cargo a lo recolectado; así de patrimonializado estaba el asunto.

El Sagrado Corazón...



También fue en Boltaña donde entré en contacto con lo que podríamos llamar el Lado Oscuro de la Religión: la Blasfemia: yo sabía de su existencia por los carteles que decoraban los tranvías de Barcelona -“Se prohibe la blasfemia y la palabra soez”- y, por supuesto, por los Mandamientos, “No tomarás el nombre de Dios en vano”, pero no había sospechado que la gente se pudiese, literalmente, cagar en Él, como oí en una ocasión hacer, a coro, a varios concurrentes en un establecimiento comercial, entre grandes risotadas… el niño piadoso y prudente que era yo quedó, al mismo tiempo, escandalizado por tamaña barbaridad, y acojonado, pensando en que un Rayo del Altísimo pudiese entrar en aquel momento por la ventana, reduciendo a cenizas a aquellos impíos y, de paso, chamuscándome a mí… seguro que en Barcelona se juraba también, y en varias lenguas, además, pero no en los ambientes en que yo me movía: en Boltaña, por supuesto, en Casa Revilla jamás se oyó semejante cosa -el jurador hubiese salido por la ventana- pero fuera, se juraba, incluso sin atender a las prudentes restricciones que, según se contaba, habían llevado al alcalde de un pueblo a colocar, en lugar bien visible, un cartel: “Se prohibe blasfemar sin motivo justificado”… incluso los juradores más cautelosos habían inventado santos ficticios en los que cagarse impunemente.. “¡Me cago en San Patrás!” o “¡En San Barrambán…!”… la transformación de una sociedad rural a una sociedad de servicios parece haber atenuado esa fea costumbre (no se recibe a un turista diciéndole, como antes a las ovejas: “¡Passa, cagüen…!) y  no la reencontré en toda su intensidad hasta tropezar, en la Generalitat, con un Director General -y de un partido de derechas y muy de misa, además- que juraba como mis antiguos vecinos; eso sí, en correcto Catalán… un compañero, gay y muy cachondo, se reía de él… “¡Uy, este señor, qué incómodo, todo el día con el culo apuntando hacia arriba…!”

"En la casa del que jura, no faltará desventura"




Así, en esos ambientes, sometido a esas influencias, iba creciendo, acercándome a los siete años, edad que, por aquel entonces, se ingresaba oficialmente en la Razón… seguiré contando…

lunes, 25 de abril de 2016

Noticia de un Hombre Granizo

Ayer comentaba que había pasado el día en los bellísimos parajes de La Valle de Laspuña, y, de pasada, citaba la observación allí de un "Hombre Granizo" -o "Grandizo", que de las dos formas lo he visto escrito- hace ya más de cuarenta años. Algunos amigos me piden información adicional sobre el tema... ¡Con mucho gusto!

En una aburrida mañana de mi pacífico Servicio Militar, vinieron a verme, alborozados, dos compañeros de armas, aunque eso fuese mucho decir, porque solo tocábamos máquinas de escribir y escobas... "¿Antonio, tu eres medio de Boltaña, no? ¿Has leído lo que viene hoy en el Heraldo...?"

Pese a mis buceos por el gúguel, no he podido rescatar ninguna información al respecto; se lo pediré a mi madre, que es mucho mejor que yo buscando noticias antiguas: brevemente, y según recuerdo, los hechos descritos en el Decano de la Prensa Aragonesa eran los siguientes: unos leñadores (¿dos...? ¿más...?), que se encontraban en La Valle de Laspuña, entregados a las labores propias de su oficio, fueron sorprendidos por la aparición de un ser con las siguientes características: a) apariencia general humana. b) muy grande c) en pelotas, pero extremadamente peludo y c) dotado de una notable mala leche, porque avanzaba hacia ellos gritando y gesticulando, lanzándoles piedras, palos y -ahí ya no sé si entra en juego mi perversa imaginación - excrementos, ignoro si propios o cagajones de jabalí, tan abundantes -los jabalíes y los cagajones- en aquella zona.

Los leñadores, poco inclinados al heroísmo, emprendieron rauda y vergonzosa fuga.. al día siguiente -¿reconfortados con alguna copita de coñac?- volvieron al lugar de los hechos, y encontraron el torno metálico de grandes dimensiones que utilizaban para sacar troncos del bosque -creo recordar que le llamaban "El piojo"- completamente aplastado bajo piedras gigantescas. Fin de la información.

Ya en su momento, el tema me intrigó... una primera explicación corrió entre mi círculo de amistades... "¡Un maquis, superviviente de los que por allí campaban en los años 40...!" Rápidamente la descarté; el más joven maquis de 1945 debería andar ya cerca de la cincuentena, edad poco propicia para ir dando tumbos por el monte, habiéndose desprendido de su zamarra de cuero y su metralleta Sten, y, además, no constaba que hubiese lanzado "¡Vivas!" a la República ni se hubiese cagado en la madre del Jefe del Estado...

Mis explicaciones iban por otros caminos que, paulatinamente, la Ciencia ha ido confirmando: ahora es comunmente aceptado que nuestros antepasados Homo sapiens sapiens mantuvieron relaciones lo suficientemente próximas con otras especies humanas -los Neandertales y los Demisovanos- como para intercambiar dotación cromosomática... eso no quiere decir, necesariamente, que las relaciones fuesen pacíficas; no es infrecuente intercambiar dotaciones cromosomáticas con individuos con los que se mantienen relaciones problemáticas y, de hecho, muchos bufetes de abogados viven de eso... no me resulta difícil imaginar al Sapiens Sapiens mirando a los ojos de la Neandertala y diciéndole: "No eres tú... soy yo... ¡y deja de emitir sonidos guturales por tu poco desarrollada glotis!", y a la pobre Neandertala, con lágrimas en los ojos, pensando,,, "¡Siempre nos quedará Atapuerca...!" ¿Qué tendría de extraño que, en algunos pocos y privilegiados lugares, hayan sobrevivido poblaciones residuales de descendientes de aquellas lejanas relaciones, cuya guarda y custodia no fue encomendada a ninguno de sus progenitores, y que se han mantenido en la clandestinidad, evitando en todo lo posible las relaciones con sus evolucionados parientes..?

Hay, junto a nuestro Hombre Granizo, dos casos perfectamente documentados; en las altas tierras del Himalaya, entre Nepal y el Tibet, campa desde siempre el Yeti, del que ya nos daba noticias en sus viajes una fuente tan fiable como Tintín, el famoso reportero de "Le p'tit Vingtième". Creo que la última referencia procede de unos montañeros japoneses que, en 2008, han logrado fotografiar sus huellas y, creedme, lo que dicen los "japos" va a misa, aunque sea misa sintoísta...

Las heladas tierras de las Montañas Rocosas (O "Rocallosas", en las deliciosas traducciones al Latinoamericano de tantas y tantas películas) son zona de campeo del Sasquatch o "Big Foot", el Pie Grande: (por cierto, ¿Por qué "foot" y no "feet"...? ¿Vá siempre a la pata coja...?): en ese caso, tratándose de zonas más frecuentadas y con personal más dotado de adelantos tecnológicos, las pruebas de su existencia son abrumadoras... en los últimos cinco años se han producido más de diez observaciones, cifra muy superior a la de las ruedas de prensa de Rajoy, de cuya existencia nadie duda... en la última, en 2015, Bigfoot fue filmado en el mítico Parque de Yellowstone, ignoro si en compañía de mis amados Yogui y Boo-boo...Se trata de un individuo -o muchos, a saber...- de entre 2,1 y 2,2 metros, nada fuera de lo común en equipos de basket, y bastante por debajo del "techo" aragonés, marcado por el sallentino Fermín Arrudi, fallecido en 1913, que medía 2,29 y pesaba 170 kilos, y cuyos calzoncillos marianos, sostenidos a duras penas por dos mesaches, tengo el gusto de presentaros...





Afirmo, pues, salvo opinión científica mejor fundada, que nos hallamos ante un caso de pequeña población relicta, descendientes de devaneos -o relaciones más formales, vayan ustedes a saber- entre Sapiens Sapiens y Neandertales, acaecidas en los últimos 30.000 años, época en la cual poco o nada ha cambiado en La Valle de Laspuña: seguramente un análisis de ADN confirmaría sin lugar a dudas mi teoría; deberíamos, por lo tanto, buscar cualquier residuo de Hombre Granizo presente en la zona; ante la dificultad de encontrar pelos, me inclino por los excrementos; aconsejo investigar en todos aquellos que no tengan, en sus inmediatas proximidades, uno o varios kleenex...

Parece confirmar mi opinión la reciente filmación de lo que solo puede ser un Hombre Granizo en las pistas de Formigal, el pasado 16 de febrero, aunque, por desgracia, el medio donde fue publicado -Forocoches- no alcance los niveles de común aceptación, por su fiabilidad, que pudiese revestir, por ejemplo, National Geographic.

Sobre el hecho de que aparezcan desnudos y sumamente peludos, solo puedo formular hipótesis; es posible que algún proceso de evolución paralela les haya conducido a aceptar las evidentes ventajas morales y sanitarias del Nudismo, ya que se ven abocados por las circunstancias a la Alimentación Ecológica y, por otra parte -y hablo por propia experiencia- es prácticamente imposible encontrar prendas de ciertas tallas en HyM, Zara y otros establecimientos a precios asequibles... en lo referente al vello corpóreo, la práctica inexistencia en sus lugares de residencia de centros de estética dotados de tecnología laser les imposibilita un depilado medianamente eficaz, ya que debe ser punto menos que imposible hacerlo a la cera o la epilady... si bien es cierto que la visión de un Hombre Granizo con ingles brasileñas podría provocar serios trastornos psíquicos en el infortunado observador... cabe al respecto formular una última precisión: no se han descubierto evidencias cromosomáticas de cruce con Neandertales o Demisovanos en ninguna etnia subsahariana: eso explica que todas las observaciones incidan en el gran tamaño general, sin detenerse en detalles como, sin duda, hubiesen saltado a la vista en un hipotético cruce entre Neandertala y, pongo por caso, senegalés.

Me preguntan también algunos amigos por la posible relación entre el Hombre Granizo y Silván de Tella: tengo mis dudas, por dos fundadas razones: área de distribución, y posición en la Cadena Trófica.

En cuanto al área de distribución, es necesario recordar que entre La Valle de Laspuña y las altas tierras de Tella, pese a su proximidad geográfica, se encuentra un obstáculo difícilmente salvable; la A-138, con su intenso tráfico, sobre todo en verano y, muy especialmente, durante las Fiestas Mayores del mes de Agosto, cuando, además, una parte sustancial de los conductores no se encuentran en pleno uso de sus reflejos... las colisiones con Silvanes y Hombres Granizos estarían a la orden del día y, quizás, como en el caso del Lince Ibérico, hubiesen conducido a ambas especies a los umbrales de la extinción... Por no hablar de las primas que las Compañías de Seguros cobrarían a los conductores sobrarbenses...

Y, en lo referente a sus hábitos alimenticios, poco sabemos de los propios del Hombre Granizo, aunque todo parece indicar que puede mantenerse a base de una dieta generalista y omnívora, similar a la del oso, con preferencia por los alimentos de origen vegetal -hayucos, bellotas, bayas, tubérculos...- setas, miel, y algún aporte ocasional de carroña o de pequeñas presas. Ese carácter generalista y oportunista de su dieta juega, sin duda, a favor de la pervivencia de la especie, si bien es cierto que difícilmente pueda favorecer un despegue poblacional; no creo posible, en las presentes circunstancias, un "baby boom" de Hombres Granizos.

En cuanto a Silván, las informaciones son mucho más precisas; se alimentaba, preferentemente, de ovejas, sin descartar algún pastor, y, dada la proximidad de su guarida al Convento de las Devotas, muy seguramente integraba también a las monjas en su dieta... en este caso, me temo que sus requerimientos tróficos juegan abiertamente en contra de las posibilidades de supervivencia de su especie: en crisis la ganadería ovina de montaña, prácticamente extinguidos los pastores -salvo los eléctricos, que, a estos efectos, no cuentan- y  con serios problemas en lo referente a las disponibilidades de monjas, desaparecidas las jugosas novicias, a las cuales hincaba gustoso el diente incluso Don Juan Tenorio, y reducidas las poblaciones existentes a señoras de edad avanzada con zapatones ortopédicos, lamento afirmar que Silván, posiblemente, esté viviendo sus últimas horas como especie habitante de nuestras montañas, si no se producen rápidas y decididas intervenciones de los Poderes Públicos, reintroduciendo la Novicia, complementando las ayudas de la Unión Europea para el Ovino de Montaña y, a ser posible, creando algún Centro de Formación Profesional para pastores.








viernes, 22 de abril de 2016

A Carlos Zanón, con admiración...


(Que, encima rima…)




Ha aceptado mi “amistad” en Facebook el escritor Carlos Zanón; rodeado de tantos personajes (no hay más que abrir los periódicos) apenas merecedores de una breve mirada conmiserativa, es un placer tener contacto -siquiera sea digital y lejano- con alguien a quien consideras digno de admiración. Y ese es el caso de Carlos Zanón, cuya obra poética degraciadamente aún no conozco, pero alguna de cuyas novelas figuran entre las que mayor impacto me han producido en los últimos años. Las páginas finales de “No llames a casa” , por ejemplo, te abocan literalmente a un pozo negro, en cuyo fondo ves, con horror, reflejado tu propio rostro…”¡Me podría pasar a mí!”, te dices, con incredulidad, pero con la certeza de que, debidamente encadenadas las consecuencias de tus actos, difícilmente puedes prever  hasta dónde podrías llegar…

Además, Carlos Zanón nació, vivió y ha construído sus referentes creativos a pocos cientos de metros de donde nací y viví, Avenida Vírgen de Montserrat, esquina Luis Sagnier… él se mueve por el entorno de la Plaça Catalana, Amílcar, Varsovia… en uno de sus últimos cuentos aparece el Gimnasio Club Guinardó, en cuya sala el atlético Sr. Esquerra me introducía en el yoga, e intentaba, en vano, enseñarme a saltar el potro, único -e invencible- obstáculo que se interponía entre yo y la estrella de Alférez de Complemento, a la que me vi forzado a renunciar y cambiar por los no menos honrosos -pero peor pagados- galones de cabo… 

Sinceramente, nunca pensé que el Guinardó fuese un barrio especialmente literario, pese a que debiese su nombre al Roc Guinard retratado con tanto detalle y consideración en la Segunda Parte de “El Quijote”; pero ahora resulta que viví a cosa de un kilómetro -y diez o doce años después- del mundo de Marsé -al que pronto he de dedicar algunas líneas, en cuanto lea su nueva obra-, y a escasos trescientos metros -y diez o doce años antes- del mundo de Zanón… 

Si del mundo de Marsé me quedaba la absoluta prohibición de hablar con “Los niños de las barracas”, que veía, amenazantes, desde las ventanas de la Escola del Mar, con sus rodillas llenas de costras y sus alpargatas negras, y de los que debíamos mantenernos alejados, por si la miseria fuese contagiosa, el mundo de Zanón, que se superpone al mío de pocos años antes, me resulta curiosamente extraño: sospecho que, entre uno y otro, se sucedieron dos fenómenos que solo me tocaron muy de refilón: el Rock -yo me fui más hacia el Folk, cosas de la vida- y la heroína, el caballo desbocado que llevó al otro lado de la realidad -o, simplemente, a la muerte- a tantos y tantos de la generación inmediatamente posterior a la mía.  También mis calles se transformaron: empezaron a caer como moscas las casitas con jardín, desaparecieron la enorme granja de pollos y los grandes espacios libres, y comenzaron a crecer bloques y bloques de pisos pequeños, con bares de camareras en los bajos, que venían a competir con el mítico Marlène, con su casco prusiano en la puerta, propiedad, según decían, de un antiguo combatiente de la División Azul… pero no deja de resultarme inquietante pensar que, por la puerta de aquellos garitos donde los personajes de Zanón intentan resolver sus vidas -con un éxito perfectamente descriptible-, podía, en cualquier momento, pasar yo, con mi cartera llena de libros y mi despiste habitual, camino de la Facultad…


Tened un detalle con vosotros mismos; celebrad mañana el Día del Libro regalándoos una obra de Carlos Zanón. Por ejemplo, la última que ha publicado, “Marley estaba muerto”: me agradeceréis el consejo…

lunes, 18 de abril de 2016

Paseando por Buenos Aires: Recoleta



Serán pocos días, pero no me cuesta nada acostumbrarme a Buenos Aires: finjo que paseo por sus calles, como si lo hubiese hecho siempre, como si mis horas allí no estuviesen ya contadas…



Mi barrio, en Buenos Aires, es Recoleta: es un barrio “pijo”, ya me parece bien… allí se retiraron los antiguos porteños cuando las fiebres les hicieron desconfiar de las cercanas aguas del Río de la Plata. Nuestro hotel está en Lasheras, al 2100. Lasheras es un general, nada que decir, yo también nací y crecí en una ciudad llena de calles de generales: y “al 2100” es la forma correcta de decirlo; he probado otras alternativas “En el 2100”, “Número 2100”… y siempre he despertado gestos de incomprensión: debe ser lo mismo que, según dice nuestra Lehrerin, les pasa a los alemanes, que si no pones el verbo en segunda posición, no te entienden… Han desarrollado los bonaerenses un sistema de georeferenciación único en el Mundo: les digas la dirección que les digas, en un momento saben a cuantas “cuadras” estás y, más o menos, cuanto te puede costar llegar andando, en el “Subte” o en los “Colectivos”….El “Subte” es, por supuesto, el Metro; no hay muchas líneas, y suelen seguir grandes avenidas; me recuerda algo al de Nueva York, en el sentido de que uno y otro han conocido días mejores; en una de sus estaciones, un mural de mosaico, futurista, nos retrata cómo veían su ciudad en los años 30 del Siglo Pasado, una potencia económica, agazapada para saltar limpiamente hacia el Futuro… fueron, sin duda, años de optimismo desbordados y de vitalidad extrema.







Los “colectivos” -los autobuses- abundan a cientos… te colocas en el bordillo de una gran avenida, y pasan y pasan sin parar… la mayoría son modelos anticuados, de piso alto y mucho cromado, que requieren, en los “paraderos” unas aceras sobreelevadas, para subir o bajar con facilidad: empiezan a verse también autobuses de “Piso bajo”, confío en que se generalicen…. “Subte” y “Colectivos” son sumamente baratos (aunque creo que Macri acaba de subirlos drásticamente) y puedes pagarlos con una tarjeta-monedero de fácil recarga, la “Suve”…. si no, siempre te queda el taxi: hay muchísimos, normales y “remises” -tienes que pedirlos por teléfono-, a precios muy sensatos, y conducidos por gente, en general, sumamente amable. Por cierto; para pedir a un taxi que pare, debes indicar con la mano hacia abajo; si es a un “colectivo”, brazo arriba, a lo falangista… Para más comodidad, para un barcelonés, los taxis van pintados de negro y amarillo; ¡perfecto!





Me voy fijando en los coches; el estado del parque móvil es una buena señal de la situación económica; veo bastantes coches nuevos, pero de gama media-baja: hay unos Volkswagen “Gol”, que se quedan a medio camino entre el Golf y el Polo, y muchísimos Chevrolets fabricados en Argentina para el Mercosur… veo Mercedes, pero pocos BMW o Audis… De entre los modelos viejos, me sorprende ver aún muchos R-12 de Renault, coche que, supongo, se debió dejar de fabricar en los años 80, y un modelo de Peugeot que se fabricó en Argentina también hace muchos años… en Tierra de Fuego predominaban los coches pequeñitos -a pocos sitios se puede ir allí en coche-, y Patagonia era el reino de las pickups.

Recoleta, ya os lo he dicho, es un barrio elegante; elegante quiere decir también, generalmente, seguro; de día hay mucha presencia policial; policía municipal y metropolitana; me llaman la atención los coches policiales, de enormes parachoques; me dicen que es para arremeter contra los vehículos perseguidos o -cosa más creible- contra las barricadas. De noche la presencia flojea un poco, todos los gatos son pardos, y me sorprendo cuando me cuentan que, al acabar una cena o una fiesta, no es insólito que los amigos se llamen por teléfono para saber si han llegado bien a sus casas… la primera noche que salimos a cenar, vi un grupito de muchachos muy jóvenes, con cierto aire de malotes; con cambiar de acera, no problem, pero cuando no conoces los códigos, vas siempre un poco vendido.



¿Qué tiene Recoleta digno de ser visitados? tiene un bonito centro comercial, donde aún llego a pillar las rebajas de verano -que allí deben ser de Febrero, digo yo- y comprarme una camisa, tiene un montón de restaurantes, en especial uno, auténtico templo de la “Milanesa”, donde nos comemos sendas piezas de media hectárea, preguntándonos cómo diablos consiguen sacar algo tan grande de una simple vaca… pero, sobre todo, tiene cuatro cosas importantes, y a pocos metros de nuestro hotel; una iglesia, una plaza, un Centro Cultural, y un cementerio.

La Iglesia es la Iglesia del Pilar, uno de los edificios coloniales más antiguos de Buenos Aires… mirad por un momento el mapa de la América Hispana tal y como ellos lo veían; las tierras del Plata eran lejanas y, además, pese a su nombre, pocos metales preciosos producían; durante muchos años fueron un lugar remoto, gobernado desde el rico Perú, y no fueron ascendidas a Virreinato hasta los últimos años del dominio español: así, sus edificios coloniales no tienen nada que ver con la magnificencia barroca tan presente en otros lugares: son humildes, sencillos, y muy posteriores; pero El Pilar tiene un encanto especial, nacido precisamente de su sencillez exterior, y el contraste con su interior, ricamente ornamentado… además, ni que decir tiene que, para un medioaragonés, El Pilar nunca te deja indiferente: uno tendrá o dejará de tener sus creencias, pero el tótem de la tribu se respeta, claro que se respeta…



Muy cerca del Pilar, el Centro Cultural de la Ciudad de Buenos Aires; aprovecha un edificio viejo -es difícil aplicarles el concepto de “Antiguo” a edificios mucho más modernos que mi casa de Boltaña-, muy correctamente restaurado, y es un hormiguero de gente dirigiéndose a las muchas actividades que alberga; con mucho gusto hubiese dedicado varios días a pasear por su agenda, tan prometedora… pero dura es la vida del turista, incluso del que tiene vanas pretensiones de viajero; quieres ver, experimentar, oler, tocar… muchas cosas en poco tiempo, lo que ganas en extensión, necesariamente lo pierdes en intensidad, en fín…

La Plaza de Francia es muy grande, en fuerte desnivel; durante el fín de semana hay allí un mercadillo de artesanía, donde sucumbimos al color local y compramos una bella calabaza con su bombilla para el mate, decoradas en plata, y grupos de jóvenes se reúnen en su cesped, mateando, comiendo choripanes y tocando guitarras y bongos: tiene alguno de los árboles más grandes y bonitos que he visto en mi vida: hay extrañas araucarias, enormes “gomeros” y, especialmente, no menos enormes ejemplares de ombú, ese árbol que, en realidad, es una hierba gigante, y la sonoridad de cuyo nombre, recogido en una obra de Alejandro Casona, exiliado muchos años en Buenos Aires, tanto gusta a mi madre… un atlas metálico sustenta una gigantesca rama, frente a los agradables restaurantes con terrazas bajo las copas, iluminadas con velitas, en uno de los cuales cenamos. Por la mañana, cruzando la plaza, una pareja ya mayor, elegantemente vestida, se aproxima a nosotros, al vernos admirar los árboles… “Linda la plaza, ¿no? -nos dicen- nosotros llevamos treinta años viviendo aquí, y cada día salimos un ratito, a admirarla…” No es extraño, en Argentina, que gente que no conoces de nada te dirija la palabra, se interese por tu procedencia, cruce contigo unas frases siempre amables, pero es especialmente grato encontrarse con personas tan felices en su entorno; de acuerdo, es un entorno privilegiado, pero aún así hay quien se las ingeniaría para estar todo el día dando por saco hasta en el mismísimo Paraíso, y no digo ya en el Cristiano -que, sinceramente, me parece algo soso y aburridote- sino en el Musulmán, infinitamente más logrado y repleto de atractivos…







El Cementerio de Recoleta es justamente lo contrario de los cementerios que, para mí, aún tienen un pasar, y me reafirma en mi firme deseo de ser incinerado y aventadas mis cenizas en lugar que no diré, porque posiblemente -vamos, seguro- es ilegal, pero ya he cursado instrucciones muy precisas a mis herederos. Recoleta es una Ciudad de los Muertos pero, extrañamente en Buenos Aires, sin vegetación. Además es una ciudad de clase media-alta, todas sus tumbas son “Bóvedas”, que es como aquí llaman a los Panteones, con gran lujo de piedra o -me parece a mí- sobre todo, cemento y piedra artificial, o mármoles importados, en un terreno pampero donde el estrato rocoso debe andar varios cientos de metros por debajo de la superficie. Las familias patricias o, simplemente, ricas que aquí construyeron sus panteones se gastaron en alardes arquitectónicos y escultóricos lo que ahorraban en vegetación, solo presente en los más abandonados, donde los excrementos de las palomas, benéficos en este caso, han dejado caer semillas que germinan en un entorno tan hostil.




Todo el cementerio, por lo tanto, es un alarde escultórico, pero de una época en que la escultura -y no digo ya la funeraria- era de un clasicismo que tira, literalmente, de espaldas… en sus bóvedas, muchas veces con puertas de cristal que dejan ver el interior, reposan en sus ataudes -expuestos- lo más granado de las dos o tres generaciones que vieron a Argentina pasar de una ex-colonia de país segundón a país emergente en el concierto económico mundial. Chavales, allí hay poderío en cada metro cuadrado, hay lana, hay trigo, hay bifes de chorizo en cada querubín lloroso, en cada Piedad… me llama la atención ver bóvedas corporativas; colegios profesionales, asociaciones empresariales… una de las bóvedas, según la placa que campea en su pared, es ofrenda de los oficiales de su Regimiento a un Coronel; me los imagino sacando las perricas de sus magras nóminas -ya lo dijo Lope; la Milicia, “Religión de hombres honrados”- para pagar a escote el pastón que les costaría la bóveda del Usía…




Allí, en una calle lateral, sin nada que la identifique, salvo la acumulación de flores en sus puertas, está la tumba de su habitante más conocida; Eva Duarte de Perón. 

Dios me libre de meterme en los jardines de la Política Argentina, que conozco solo por referencias; de hecho, últimamente me produce urticaria hablar hasta de la Política Española -y no digamos ya de la Catalana-, políticas que conozco como si las hubiese parido… la figura de Evita es, en Argentina, omnipresente; bustos en lugares públicos, con o sin su marido, su imágen en un edificio en plena Avenida 9 de Julio, nombres en calles… incluso una ciudad, anunciada en su desvío en la autopista que conduce a Eceiza; allí, en la bóveda familiar -“Familia Duarte”- reposan sus restos, tras una muerte casi tan aventurera como su breve vida: murió a los 33 años y, según me dicen, mientras sus fieles descamisados la lloraban -aún la lloran ahora- sus enemigos políticos inundaron Buenos Aires de pintadas que rezaban: “¡Viva el cáncer!”. Su cuerpo, embalsamado por un doctor de apellido extrañamente familiar para un boltañés -Ara-, fue secuestrado y permaneció durante años en desconocido paradero, hasta que su viudo pudo recuperarlo y custodiarlo un tiempo en su chalet de exiliado de lujo, en Puerta de Hierro, hasta su regreso triunfal -el de ambos, no exento de serios problemas- a Argentina.





Pero mi Evita no es, por supuesto, la encendida oradora que levantaba a las masas, ni mucho menos la heroína de una ópera “Pop”, aunque “No llores por mí, Argentina” tiene una extraña belleza; el recuerdo de Evita, ”La Perona”, en España, no puede disociarse del hambre, auténtica hambre que pasaron mis paisanos en los durísimos años de la postguerra, cuando sólo el Gobierno de Perón se atrevía a mantener relaciones con el apestado dictador fascista -aún no reciclado por la Guerra Fría en fiel amigo de las Potencias Occidentales y Democráticas-, y los suministros argentinos -trigo, carne…- eran los únicos que llegaban a España… aún hoy, una judía verde -un “poroto”, en Argentina- es llamada “de La Perona”… cuando yo hacía el Servicio Militar, en 1974, un compañero fue enviado en un camión a recoger carne de un depósito militar; cuando volvió, pálido, me dijo “¡Nos estamos comiendo vacas que estaban ya muertas cuando yo nací!”. Vacas argentinas, congeladas desde hacía más de dos décadas… ¿Y sabéis una cosa…? la grasa estaba un poco rancia, pero nos las comíamos bien a gusto, después de una mañana de pegar barrigazos en el suelo, haciendo la instrucción… ante su lápida -quién no es agradecido, no es bien nacido- le doy las gracias, mentalmente, por sus bifes y sus porotos. y, por qué no decirlo, también por la ilusión que supo sembrar en miles y miles de personas… ilusiones no siempre correspondidas con la realidad pero… ¿por qué será que los únicos que cumplen con sus promesas son los que prometen jodernos, pero bien jodidos…?