Mostrando entradas con la etiqueta Argentina. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Argentina. Mostrar todas las entradas

jueves, 2 de junio de 2016

Paseando por Palermo...

Me refiero, por supuesto, al barrio -enorme barrio- de Buenos Aires; no he tenido aún la oportunidad de conocer el Palermo siciliano, al que algún día pienso ir... mis breves jornadas en Buenos Aires empiezan ya a alejarse en el tiempo, pero no en la memoria; vuelvo a ellas con auténtico placer, espero que también os arranquen alguna sonrisa...

Vamos a Palermo siguiendo instrucciones -casi órdenes- de Sergi, el padre de Blanca, mucho más devorador de libros que yo... "Hay allí una librería, Eterna Cadencia, que no os podéis perder..." Tiene razón: bajo unas lámparas bellísimas, entre la mejor decoración posible -libros, libros, libros...- me entrego a lo que los franceses llaman "l'embarras du choix", no saber qué comprar, entre tanta maravilla... viendo mi foto, descubro tres cosas no demasiado placenteras: a) que estoy gordo como un tocino. b) y algo cheposo y c)  y que estoy perdiendo pelo en la coronilla. Pero poco me importan, tengo libros en mis manos, algún eurillo -algún pesillo-, algo voy a poder comprar... cuando estaba haciendo esto mismo -mirando libros- mataron a Canalejas, un Presidente del Gobierno, liberal, en plena Puerta del Sol. No creo que ningún anarquista tenga ganas de atentar contra mí, pero, si me ha de tocar la china, que me coja como a Canalejas, mirando libros, alargando mis manos pecadoras hacia ese de Alfaguara que está levantado...



En Eterna Cadencia también se come; y no se come mal; comida muy casera -casera argentina, por supuesto-, a buen precio, y en un ambiente sumamente agradable; un patio interior, sombreado, de suelo de bello pavimento hidráulico... Marc, el hermano de Blanca, geógrafo profesional, viajero con el culo pelado y guía vocacional, me explica la excursión del día siguiente; nada menos que a El Tigre...




Palermo es un distrito enorme, donde hay, literalmente, de todo: bosques, un hipódromo, donde se "corren pollas" (¡Ojo!: eso quiere decir que hay carreras de caballos con apuestas, no malpenséis...), barrios populares, edificios modernos, altísimos... lo cruza una vía férrea, que lo divide. Y, además, de verdad, porque es una línea de cercanías, muy transitada, y los pasos a nivel están cerrados con frecuencia...




Argentina, aunque no lo parezca, también está más lejos de Dios que de los Estados Unidos: solo así se entiende que a una pizzería se le ponga el nombre de "Kentucky", que uno asocia más a whisky clandestino o... a fried chicken, por supuesto... Además, es "To go" y "take away"... todo eso, dentro de una casa de plancha ondulada, de lo más porteño. El por qué lo que italianos y españoles llamamos mozzarella se ha transformado allí en "muzzarella" o, simplemente, "Muzza", es algo que ignoro...



Tiene esta parte de Palermo un ambiente muy especial; se nota que muchos jóvenes han abierto allí nuevos negocios, dirigido también a un público juvenil y relativamente alternativo: así, encuentras cosas tan graciosas como esta peluquería que se anuncia como "pelos de autor"...



... o esta óptica, que ofrece sus gafas recordando personajes famosos que las han usado -gafas, aunque sospecho que no precisamente las que ellos venden...-: reconozco a Cortázar, Fangio, Gardel, Evita, el Ché, Mafalda... medio Panteón argentino... ¿Usaba gafas Mafalda...? en un "Comic" que compré en Eterna Cadencia, que la retrata ya sesentona -y notablemente escorada a la Derecha- sí las lleva...Ojo al pronombre: "los". ¿Estarán pensando en "anteojos"...?



Justamente, hablando de Cortázar, ahí está, al lado mismo, la plaza que lleva su nombre. Bellamente sombreada por esos descomunales árboles, tan porteños... Es curioso,; nacido en Bruselas, su exilio hace que sea más fácil rastrear su fantasma por París -e incluso por la Barcelona del "Boom"- que por
un Buenos Aires donde, en definitiva, vivió poco tiempo; pero hay algo de Cortázar flotando siempre en el ambiente bonaerense...



Argentina, tierra de emigrantes, siempre ha tenido una composición étnica bastante variada: aunque descendientes de italianos y españoles -¡perdón, "gallegos"!- constituyan el grueso de su población, hay también una numerosísima colonia judia, "Turcos" -muchos de ellos, libaneses-, sin olvidar los amerindios, muy presentes, ni los alemanes, galeses, ingleses, suecos... del Sur. Se ven muy pocos afroamericanos, -pese a que hubo una importante población esclava-, y tampoco vi ningún musulmán claramente identificable por su atuendo... según me dice un informante, el tema de los orígenes étnicos se lleva con bastante naturalidad y buen humor, y así no me extraña ver algo impensable en otras latitudes, donde la corrección política impediría rotular una furgoneta cachondeándose del supuesto acento de los repartidores de shawarma...



También ha llegado a Argentina la pasión por lo japonés, de la que soy una conocida víctima... de hecho, llegó hace tiempo, como testifica la existencia de un Parque Japonés, por donde, dicen con gran enfado por parte de su madre, que vieron paseando a Garufa... No tengo noticias de que haya una colonia nipona importante, como si existe en los países americanos del Pacífico, pero aquí están un restaurante de Sushi, "Sensei", "Maestro", uno de los títulos más honorables que puedes recibir en Japón, y las pinturas que decoran una tetería en Palermo...








Me habían dicho muchas veces; "Palermo te recordará a la Vila de Gràcia"; algo hay de eso, quizás en esa convivencia de un barrio antiguo, tradicional, con una creciente presencia juvenil, pero las diferencia más notable es el espacio; Gràcia es una Villa europea, es decir, de un lugar donde el espacio es escaso y caro; Palermo es americano, de horizontes abiertos, casas bajas, calles anchas, hermosos árboles, donde esperas, al final de sus edificios, ver extenderse, en todas direcciones, la Pampa inacabable... Esta tienda, "La Esquina de las Flores", si podría encontrarse perfectamente en la Vila de Gràcia, con sus veganos, macrobióticos o, simplemente, amantes de la agricultura ecológica. Por cierto, a nadie parece importarle que no esté, como cabría esperar en una esquina...


Me encantan las esquinas de Palermo, en forma achaflanada, aunque mucho más reducidas que las del Eixample de Barcelona. Muchas de sus casas están pintadas en colores llamativos, chillones, que tienen, sin embargo, un encanto especial. Y los árboles, siempre esos magníficos árboles...




Junto a las viviendas sencillas, populares, no es difícil descubrir otras más pretenciosas, que denotan que allí también vivió una pequeña burguesía, posiblemente en los primeros años del Siglo XX, la Edad de Oro de Argentina, la primera Edad de Oro, antes de la próxima, que les deseo fervientemente...





Disfrutad del Buenos Aires monumental, el París -o el Madrid- del Cono Sur... pero reservaos algunos ratos para pasear, sin prisas, con todos los sentidos abiertos, por ese Viejo Palermo, que os reserva sorpresas agradabilísimas...

lunes, 18 de abril de 2016

Paseando por Buenos Aires: Recoleta



Serán pocos días, pero no me cuesta nada acostumbrarme a Buenos Aires: finjo que paseo por sus calles, como si lo hubiese hecho siempre, como si mis horas allí no estuviesen ya contadas…



Mi barrio, en Buenos Aires, es Recoleta: es un barrio “pijo”, ya me parece bien… allí se retiraron los antiguos porteños cuando las fiebres les hicieron desconfiar de las cercanas aguas del Río de la Plata. Nuestro hotel está en Lasheras, al 2100. Lasheras es un general, nada que decir, yo también nací y crecí en una ciudad llena de calles de generales: y “al 2100” es la forma correcta de decirlo; he probado otras alternativas “En el 2100”, “Número 2100”… y siempre he despertado gestos de incomprensión: debe ser lo mismo que, según dice nuestra Lehrerin, les pasa a los alemanes, que si no pones el verbo en segunda posición, no te entienden… Han desarrollado los bonaerenses un sistema de georeferenciación único en el Mundo: les digas la dirección que les digas, en un momento saben a cuantas “cuadras” estás y, más o menos, cuanto te puede costar llegar andando, en el “Subte” o en los “Colectivos”….El “Subte” es, por supuesto, el Metro; no hay muchas líneas, y suelen seguir grandes avenidas; me recuerda algo al de Nueva York, en el sentido de que uno y otro han conocido días mejores; en una de sus estaciones, un mural de mosaico, futurista, nos retrata cómo veían su ciudad en los años 30 del Siglo Pasado, una potencia económica, agazapada para saltar limpiamente hacia el Futuro… fueron, sin duda, años de optimismo desbordados y de vitalidad extrema.







Los “colectivos” -los autobuses- abundan a cientos… te colocas en el bordillo de una gran avenida, y pasan y pasan sin parar… la mayoría son modelos anticuados, de piso alto y mucho cromado, que requieren, en los “paraderos” unas aceras sobreelevadas, para subir o bajar con facilidad: empiezan a verse también autobuses de “Piso bajo”, confío en que se generalicen…. “Subte” y “Colectivos” son sumamente baratos (aunque creo que Macri acaba de subirlos drásticamente) y puedes pagarlos con una tarjeta-monedero de fácil recarga, la “Suve”…. si no, siempre te queda el taxi: hay muchísimos, normales y “remises” -tienes que pedirlos por teléfono-, a precios muy sensatos, y conducidos por gente, en general, sumamente amable. Por cierto; para pedir a un taxi que pare, debes indicar con la mano hacia abajo; si es a un “colectivo”, brazo arriba, a lo falangista… Para más comodidad, para un barcelonés, los taxis van pintados de negro y amarillo; ¡perfecto!





Me voy fijando en los coches; el estado del parque móvil es una buena señal de la situación económica; veo bastantes coches nuevos, pero de gama media-baja: hay unos Volkswagen “Gol”, que se quedan a medio camino entre el Golf y el Polo, y muchísimos Chevrolets fabricados en Argentina para el Mercosur… veo Mercedes, pero pocos BMW o Audis… De entre los modelos viejos, me sorprende ver aún muchos R-12 de Renault, coche que, supongo, se debió dejar de fabricar en los años 80, y un modelo de Peugeot que se fabricó en Argentina también hace muchos años… en Tierra de Fuego predominaban los coches pequeñitos -a pocos sitios se puede ir allí en coche-, y Patagonia era el reino de las pickups.

Recoleta, ya os lo he dicho, es un barrio elegante; elegante quiere decir también, generalmente, seguro; de día hay mucha presencia policial; policía municipal y metropolitana; me llaman la atención los coches policiales, de enormes parachoques; me dicen que es para arremeter contra los vehículos perseguidos o -cosa más creible- contra las barricadas. De noche la presencia flojea un poco, todos los gatos son pardos, y me sorprendo cuando me cuentan que, al acabar una cena o una fiesta, no es insólito que los amigos se llamen por teléfono para saber si han llegado bien a sus casas… la primera noche que salimos a cenar, vi un grupito de muchachos muy jóvenes, con cierto aire de malotes; con cambiar de acera, no problem, pero cuando no conoces los códigos, vas siempre un poco vendido.



¿Qué tiene Recoleta digno de ser visitados? tiene un bonito centro comercial, donde aún llego a pillar las rebajas de verano -que allí deben ser de Febrero, digo yo- y comprarme una camisa, tiene un montón de restaurantes, en especial uno, auténtico templo de la “Milanesa”, donde nos comemos sendas piezas de media hectárea, preguntándonos cómo diablos consiguen sacar algo tan grande de una simple vaca… pero, sobre todo, tiene cuatro cosas importantes, y a pocos metros de nuestro hotel; una iglesia, una plaza, un Centro Cultural, y un cementerio.

La Iglesia es la Iglesia del Pilar, uno de los edificios coloniales más antiguos de Buenos Aires… mirad por un momento el mapa de la América Hispana tal y como ellos lo veían; las tierras del Plata eran lejanas y, además, pese a su nombre, pocos metales preciosos producían; durante muchos años fueron un lugar remoto, gobernado desde el rico Perú, y no fueron ascendidas a Virreinato hasta los últimos años del dominio español: así, sus edificios coloniales no tienen nada que ver con la magnificencia barroca tan presente en otros lugares: son humildes, sencillos, y muy posteriores; pero El Pilar tiene un encanto especial, nacido precisamente de su sencillez exterior, y el contraste con su interior, ricamente ornamentado… además, ni que decir tiene que, para un medioaragonés, El Pilar nunca te deja indiferente: uno tendrá o dejará de tener sus creencias, pero el tótem de la tribu se respeta, claro que se respeta…



Muy cerca del Pilar, el Centro Cultural de la Ciudad de Buenos Aires; aprovecha un edificio viejo -es difícil aplicarles el concepto de “Antiguo” a edificios mucho más modernos que mi casa de Boltaña-, muy correctamente restaurado, y es un hormiguero de gente dirigiéndose a las muchas actividades que alberga; con mucho gusto hubiese dedicado varios días a pasear por su agenda, tan prometedora… pero dura es la vida del turista, incluso del que tiene vanas pretensiones de viajero; quieres ver, experimentar, oler, tocar… muchas cosas en poco tiempo, lo que ganas en extensión, necesariamente lo pierdes en intensidad, en fín…

La Plaza de Francia es muy grande, en fuerte desnivel; durante el fín de semana hay allí un mercadillo de artesanía, donde sucumbimos al color local y compramos una bella calabaza con su bombilla para el mate, decoradas en plata, y grupos de jóvenes se reúnen en su cesped, mateando, comiendo choripanes y tocando guitarras y bongos: tiene alguno de los árboles más grandes y bonitos que he visto en mi vida: hay extrañas araucarias, enormes “gomeros” y, especialmente, no menos enormes ejemplares de ombú, ese árbol que, en realidad, es una hierba gigante, y la sonoridad de cuyo nombre, recogido en una obra de Alejandro Casona, exiliado muchos años en Buenos Aires, tanto gusta a mi madre… un atlas metálico sustenta una gigantesca rama, frente a los agradables restaurantes con terrazas bajo las copas, iluminadas con velitas, en uno de los cuales cenamos. Por la mañana, cruzando la plaza, una pareja ya mayor, elegantemente vestida, se aproxima a nosotros, al vernos admirar los árboles… “Linda la plaza, ¿no? -nos dicen- nosotros llevamos treinta años viviendo aquí, y cada día salimos un ratito, a admirarla…” No es extraño, en Argentina, que gente que no conoces de nada te dirija la palabra, se interese por tu procedencia, cruce contigo unas frases siempre amables, pero es especialmente grato encontrarse con personas tan felices en su entorno; de acuerdo, es un entorno privilegiado, pero aún así hay quien se las ingeniaría para estar todo el día dando por saco hasta en el mismísimo Paraíso, y no digo ya en el Cristiano -que, sinceramente, me parece algo soso y aburridote- sino en el Musulmán, infinitamente más logrado y repleto de atractivos…







El Cementerio de Recoleta es justamente lo contrario de los cementerios que, para mí, aún tienen un pasar, y me reafirma en mi firme deseo de ser incinerado y aventadas mis cenizas en lugar que no diré, porque posiblemente -vamos, seguro- es ilegal, pero ya he cursado instrucciones muy precisas a mis herederos. Recoleta es una Ciudad de los Muertos pero, extrañamente en Buenos Aires, sin vegetación. Además es una ciudad de clase media-alta, todas sus tumbas son “Bóvedas”, que es como aquí llaman a los Panteones, con gran lujo de piedra o -me parece a mí- sobre todo, cemento y piedra artificial, o mármoles importados, en un terreno pampero donde el estrato rocoso debe andar varios cientos de metros por debajo de la superficie. Las familias patricias o, simplemente, ricas que aquí construyeron sus panteones se gastaron en alardes arquitectónicos y escultóricos lo que ahorraban en vegetación, solo presente en los más abandonados, donde los excrementos de las palomas, benéficos en este caso, han dejado caer semillas que germinan en un entorno tan hostil.




Todo el cementerio, por lo tanto, es un alarde escultórico, pero de una época en que la escultura -y no digo ya la funeraria- era de un clasicismo que tira, literalmente, de espaldas… en sus bóvedas, muchas veces con puertas de cristal que dejan ver el interior, reposan en sus ataudes -expuestos- lo más granado de las dos o tres generaciones que vieron a Argentina pasar de una ex-colonia de país segundón a país emergente en el concierto económico mundial. Chavales, allí hay poderío en cada metro cuadrado, hay lana, hay trigo, hay bifes de chorizo en cada querubín lloroso, en cada Piedad… me llama la atención ver bóvedas corporativas; colegios profesionales, asociaciones empresariales… una de las bóvedas, según la placa que campea en su pared, es ofrenda de los oficiales de su Regimiento a un Coronel; me los imagino sacando las perricas de sus magras nóminas -ya lo dijo Lope; la Milicia, “Religión de hombres honrados”- para pagar a escote el pastón que les costaría la bóveda del Usía…




Allí, en una calle lateral, sin nada que la identifique, salvo la acumulación de flores en sus puertas, está la tumba de su habitante más conocida; Eva Duarte de Perón. 

Dios me libre de meterme en los jardines de la Política Argentina, que conozco solo por referencias; de hecho, últimamente me produce urticaria hablar hasta de la Política Española -y no digamos ya de la Catalana-, políticas que conozco como si las hubiese parido… la figura de Evita es, en Argentina, omnipresente; bustos en lugares públicos, con o sin su marido, su imágen en un edificio en plena Avenida 9 de Julio, nombres en calles… incluso una ciudad, anunciada en su desvío en la autopista que conduce a Eceiza; allí, en la bóveda familiar -“Familia Duarte”- reposan sus restos, tras una muerte casi tan aventurera como su breve vida: murió a los 33 años y, según me dicen, mientras sus fieles descamisados la lloraban -aún la lloran ahora- sus enemigos políticos inundaron Buenos Aires de pintadas que rezaban: “¡Viva el cáncer!”. Su cuerpo, embalsamado por un doctor de apellido extrañamente familiar para un boltañés -Ara-, fue secuestrado y permaneció durante años en desconocido paradero, hasta que su viudo pudo recuperarlo y custodiarlo un tiempo en su chalet de exiliado de lujo, en Puerta de Hierro, hasta su regreso triunfal -el de ambos, no exento de serios problemas- a Argentina.





Pero mi Evita no es, por supuesto, la encendida oradora que levantaba a las masas, ni mucho menos la heroína de una ópera “Pop”, aunque “No llores por mí, Argentina” tiene una extraña belleza; el recuerdo de Evita, ”La Perona”, en España, no puede disociarse del hambre, auténtica hambre que pasaron mis paisanos en los durísimos años de la postguerra, cuando sólo el Gobierno de Perón se atrevía a mantener relaciones con el apestado dictador fascista -aún no reciclado por la Guerra Fría en fiel amigo de las Potencias Occidentales y Democráticas-, y los suministros argentinos -trigo, carne…- eran los únicos que llegaban a España… aún hoy, una judía verde -un “poroto”, en Argentina- es llamada “de La Perona”… cuando yo hacía el Servicio Militar, en 1974, un compañero fue enviado en un camión a recoger carne de un depósito militar; cuando volvió, pálido, me dijo “¡Nos estamos comiendo vacas que estaban ya muertas cuando yo nací!”. Vacas argentinas, congeladas desde hacía más de dos décadas… ¿Y sabéis una cosa…? la grasa estaba un poco rancia, pero nos las comíamos bien a gusto, después de una mañana de pegar barrigazos en el suelo, haciendo la instrucción… ante su lápida -quién no es agradecido, no es bien nacido- le doy las gracias, mentalmente, por sus bifes y sus porotos. y, por qué no decirlo, también por la ilusión que supo sembrar en miles y miles de personas… ilusiones no siempre correspondidas con la realidad pero… ¿por qué será que los únicos que cumplen con sus promesas son los que prometen jodernos, pero bien jodidos…?







jueves, 24 de marzo de 2016

El Tigre, un Buenos Aires diferente.


Por si no andábamos saturados de Naturaleza, utilizamos uno de nuestros días en Buenos Aires para visitar un lugar insólito y plenamente natural; El Tigre.





El Río de la Plata es el estuario del Paraná; pero, muchos kilómetros antes, el gran río que drena las aguas de una porción importante de Sudamérica forma un intrincado delta; allí confluyen aguas de los Andes, del Mato Grosso, del Pantanal, de los Esteros de Iberá… sobre parte de ese delta se ha asentado una muy curiosa población anfibia, El Tigre, que es, al mismo tiempo, reserva ecológica, lugar de recreo de la población bonaerense, segunda -o primera- residencia reciente de gentes amantes de vivir en contacto con la Naturaleza y, por lo que veremos, asentamiento permanente de una población más o menos autóctona -de unos cincuenta años, pongo por caso, que en estas tierras ya está cerca de la Edad Media-, de formas de vida también anfibias, a caballo entre el agua y la tierra. No soy animal de deltas, lo confieso, aunque he visitado muchos marjales y lagunas en busca siempre de pajaritos. Me gusta, como en mi casa de Boltaña. sentir bajo mis pies la roca viva, anclado en la rallera; pero haremos una excepción más...






Nuestro viaje comienza en la estación bonaerense de El Retiro, una imponente estructura de hierro y cristal, ejemplo de las similares que pueden encontrarse en París, Madrid… o Barcelona, a cuya Estación de Francia me recuerda poderosamente… como todo gran país, Argentina se construyó a lo largo de sus líneas férreas, que pusieron tierras lejanas al alcance del comercio, la industria y -¿por qué no decirlo? el Poder… como todo gran país que cayó en manos de mentalidades radicalmente liberales, en el mal sentido de la palabra, Argentina vió desaparecer la mayoría de sus líneas férreas, por poco rentables… aún me sublevo ante las visiones cortoplacistas y miopes, que juzgan la viabilidad de un ferrocarril por los ingresos que se obtienen vendiendo billetes, y de esos tengo muchos por mi tierra, y ya no hablemos de quienes despotrican contra las líneas de Alta Velocidad, olvidando que sustituyen tendidos de principios del Siglo XX… ahora parece que hay una cierta tendencia a recuperar, en Argentina, líneas años atrás cerradas; me alegro por ellos, sabia decisión…



De todas maneras, no es el caso de la Línea Mitre, por la que vamos a transitar, que se ha transformado en una línea de cercanías que da servicio a la zona noroeste de la conurbación bonaerense: cuando comentamos que vamos a ir a El Tigre, nos contestan que así podremos probar los nuevos trenes chinos, que són generalmente alabados por su rapidez y comodidad: lo comprobamos personalmente; son trenes muy modernos, cómodos, y están muy limpios y bien conservados… confío en que sigan así mucho tiempo. Tienen ese no se qué del diseño chino, siempre con un poquito más de plástico de lo estrictamente necesario, siempre con algún cromadito que rechina, pero, en conjunto, unos muy buenos trenes. Incluso con detalles curiosos, como unos “Soportes isquiolumbares” en las zonas destinadas a viajeros de pie, que supongo que los que padecen de dolores en la espalda agradecen mucho.

Indefectiblemente, esa parte de la realidad social que el viajero intuye, pero no ve, nos salta enseguida encima: al arrancar de la estación, a nuestra izquierda veremos los altos edificios de Palermo, el verde y bien cuidado hipódromo… y, a la derecha, una de las “Villas” más miserables de Buenos Aires; “Villas” son barriadas enteras, algunas con muchos miles de habitantes, de infraviviendas: recuerdo perfectamente las barriadas de barracas que había en Barcelona en mi infancia y juventud, y he tenido también la oportunidad -desagradable, por qué no decirlo, pero no tenemos derecho a mirar a otro lado, hay que aguantarse, y afrontar la realidad cara a cara- de rodear Kybera, en Nairobi, una de las mayores de África… esta “Villa” la vemos a distancia, pero impone; parecen predominar las viviendas autoconstruídas, de dos y hasta tres pisos, coronadas por depósitos de agua de plástico y antenas de televisión de todos tipos… como si fuese un embajador de su mundo, tan distante del nuestro, ha subido al tren un hombre de edad indefinida, pero que parece jóven; camisa abierta y desgarrada, cabellos encrespados, que no han visto el agua en meses, y pantalones remangados sobre unos flacos tobillos donde, me apostaría algo, aparecerán las marcas de los pinchazos… pasa a nuestro lado, sin mirarnos, lo miramos de reojo… ya me han contado que atraviesan por un serio problema de drogas; se venden, sobre todo, las más baratas y letales, las que hacen estragos entre la población con menos recursos, de todo orden… me temo que estoy llegando a la edad en que empiezo a reconocer que yo, estrictamente yo, no tengo todas las soluciones… me queda, eso sí, la rebeldía, y la esperanza de que otros más jóvenes y más fuertes den con ellas o, por lo menos, las busquen…






El tren atraviesa ahora una serie de pequeñas ciudades, un rosario de casitas de muy variados estilos, más opulentas unas, más sencillas las otras… parecen, desde la relativa velocidad del tren, lugares agradables para vivir; muchos serán los que nos comenten que prefieren esas pequeñas localidades a la vida en Buenos Aires: el sueño de la mayoría es una casita con jardín donde, los festivos, poderse reunir con los amigos y armar -se “arman” muchas cosas en Argentina- el asadito… lo comprendo plenamente, era el sueño de la menestralía catalana, que tan bién supo resumir su líder y profeta, Francesc Macià: “La caseta y l’hortet”, y que no se ha llegado a cumplir, para una parte importante de la población, hasta que el boom del ladrillo transformó segundos y terceros cinturones de nuestras ciudades en una constelación de pareados, adosados y grandes superficies comerciales, la “ciudad difusa” de la que abominan los urbanistas…

Mientras tanto, en el tren siguen pasando cosas: hay un desfile contínuo de vendedores; de “masitas” -una pareja, de aspecto andino; insisten en que las han hecho ellos mismos-, de turrones -barritas pequeñas, de maní-, de linternas, muy bien recibidas (durante el verano, por los aires acondicionados, menudean los cortes de fluído eléctrico; parece que la capacidad de generación está bastante al límite…-) Pasa un niño pequeño, muy pequeño… no vende nada, solo pide…



El tren está llegando ya a El Tigre, y descubro, sorprendido, una ciudad con amplias avenidas y casas de varios pisos, bien urbanizada, abierta a su puerto fluvial, donde embarcaremos en un pequeño buque que nos conducirá a Tres Bocas, nuestro destino final.




No puedo apartar la mirada, hipnotizado, de las aguas de estos brazos de río… estoy acostumbrado a ver aguas turbias en los ríos de Sobrarbe, cuando las tormentas de Agosto arrastran la tierra a los cauces, pero aquí son de un pardo rojizo oscuro, casi negras, a veces, según el ángulo con que las miras… aguas perezosas -casi no se vé corriente-, lentas, de profundidad desconocida… hoy está nublado y amenaza lluvia pero, en días buenos de verano, me cuentan que la gente se baña en ellas… no lo haría yo, por cierto… me baño en el Ara cuando baja revuelto, pero allí solo hay truchas, culebretas y, ahora -¡bendita sea!- una nutria… aquí no tengo ni idea, pero me pongo en lo peor… he leído avisos de que las lluvias en la parte alta de la cuenca han llenado las orillas y las plantas que flotan en el río de víboras venenosas… pero no es solo eso… sospecho yacarés, pirañas, incluso el bichito ese, el candirú, que, según la leyenda, va siguiendo el rastro del pipí y sube, sube… “El pez del Pito”, le llaman… busco en gúgel y parece ser que si, que hay algún caso documentado, hasta con radiografías… ¡Como para bañarse ahí…!




Además, ni falta que hace: en la “boletería” de la barca he visto que hay una amplia oferta de “recreos”, instalaciones donde, por precios muy razonables, puedes pasar el día, comerte un asadito, y bañarte en una “pileta” -una piscina-, sin miedo al candirú… más adelante descubriré que hay “recreos” sociales -de clubs muy variados-, e incluso… de sindicatos: pasamos junto al del Sindicato de “Luz y Fuerza”, donde se recuerda a uno se sus compañeros, caído, no sé en qué contienda… silenciosamente, me uno al recuerdo…



Después de un breve recorrido y varias paradas intermedias, llegamos a nuestro destino: ya no es el ancho brazo fluvial por el que nos hemos movido; ahora es un mundo de pequeños canales, rodeados de casas construídas sobre pilonas, por si las crecidas; alguna de ellas, bellísimas, por cierto… un cartel nos solicita que “respetemos la tranquila vida de los isleños”; nada más lejos de mi ánimo que perturbarla… hay una gasolinera flotante, y a ella acuden a repostar desde muchachos con su fastuosa moto acuática hasta personas de aspecto muy sencillito, con su camiseta imperio, en lanchas bastante baqueteadas; es una comunidad como las demás, en un medio distinto… tiene su iglesia y su escuela, ante la que esperan unas niñas, hablamos con ellas; al parecer, preparan sus exámenes de septiembre, que allí son de marzo, claro. Otros carteles, no tan tranquilizadores, nos previenen de las diversas enfermedades que nos pueden transmitir los picotazos de los mosquitos… cada vez más, por cierto…






Llegamos ya al restaurante que hemos elegido; un lugar agradabilísmimo, bajo frondosos árboles; la variedad de la vegetación me tiene impresionado; hay, literalmente, de todo; desde araucarias a palmeras, pasando por variadísima vegetaciñón de ribera, que son -o parecen ser- sauces llorones… pero lo que más me llaman la atención son los cipreses de pantano, que yo asociaba al Delta del Mississipi… casi esperas ver aparecer entre ellos el esclavo cimarrón, con sus grilletes rotos en los tobillos, seguido por la turba de white trash, borrachos como cubas de bourbon casero, armados con sus escopetas del 12…



Consultamos la carta, y yo me voy por lo seguro; bife de chorizo y una botella de litro de cerveza Quilmes, que me sirven dentro de una practiquísima funda de porispán, para evitar que se caliente:  Blanca y Marc piden “asado”, así, en genérico, y verduras también hechas a la brasa: el bife de chorizo está, sencillamente, imponente; me han hecho caso y lo han dejado jugoso… una delicia de comida.



Paseamos por la orilla de los canales, disfruto también viendo los distintos pájaros, que me cuesta identificar…  entretenido con los pajaritos, no miro al suelo, meto un pie en un agujero, y me doy una leche importante. Por suerte, caigo en seco y evito ir de cabeza a las turbias aguas donde me aguardan, impacientes, el yacaré, la piraña y el candirú.



Ahora bordeamos el canal principal, donde hay una actividad increíble: pasan barcos de transporte -uno cargado de maderos hasta bastante por encima de la borda-, vemos una ambulancia fluvial, un barco de la Prefectura Naval… nuestro barco de vuelta, tarda: entretenemos la espera hablando con una pareja que nos despista; por su aspecto, parecen mochileros bregados, pero, cuando empiezan a hablar, no dicen más que tonterías… son bretones, llevan días viajando por Argentina, cero de castellano, la comida no les ha gustado, los alojamientos incómodos… quizás han tenido malas experiencias, pero me parece detectar a esa gente tóxica, que siempre encuentra excusas para quejarse de todo… aprovechamos que llega el barco, bonsoir, y al otro extremo…



Hemos tenido suerte: las nubes, cada vez más amenazadoras, no han descargado la tormenta que todo hacía presagiar: tenemos el tiempo justo para volver a Buenos Aires, ir al hotel y cambiarnos para la divertidísima cena que nos espera, en casa de nuestra amiga Laura…












lunes, 21 de marzo de 2016

El Paine, en tierras de Chile





 Nuestra última excursión, en tierras australes, nos lleva al país vecino, Chile, y a un nuevo Parque Nacional; el del Paine.









Una vez más, el ritual de ser recogidos, a primeras horas de la mañana, en el hotel, por un microbús… pero hoy los viajeros han cambiado; somos, seguramente, los mayores de la expedición, y hay muchos extranjeros; veo varios orientales, e incluso una chica islandesa con un curioso gorrito de lana, debe ser algo típico, se lo preguntaré a mi amigo Haldor… además, nos comunican que nos van a transbordar al vehículo en que realizaremos la excursión; cuando lo veo, alucino… es un camión Mercedes todoterreno, de esos que ves en el París-Dakar, al que han adaptado una cabina de autocar: todo superreforzado, con barras antivuelco y cinturones de seguridad de verdad, de esos que hay que llevar abrochados… en la trasera, una aterradora cantidad de ruedas de repuesto y cosas de uso desconocidos… todo huele a aventura, ¡guau…!



El guía también es distinto; es chileno: ¿cómo lo sé, antes de que nos lo diga…? Muy sencillo; lleva una camiseta con la bandera de Chile, el acento es diferente, aunque no mucho, y hablará en todo el viaje, más o menos, lo que los otros guías en la primera hora… un chico amable, correcto, bien preparado, como todos los que hemos tenido, pero con una estrategia comunicativa ni mejor ni peor; distinta…

Arrancamos por carretera, a través de la pampa fría y seca que ya empezamos a conocer, pero pronto la abandonaremos y entraremos en una pista de ripio: en Invierno tendríamos que seguir hasta la ciudad fronteriza y minera de Rio Turbio para entrar en Chile, pero en verano se habilita un paso fronterizo que permite acortar considerablemente el viaje pero, eso sí, obliga a abandonar el asfalto: el camión-autocar está dotado de un ingenioso sistema -unos latiguillos metálicos que ya había visto en otros vehículos- que permite variar la presión de los neumáticos en marcha y desde el puesto del conductor. Invento argentino, nos dicen, como el bolígrafo -el Birone-, eso ya lo sabía… parece efectivo porque, aun sobre el ripio, la marcha es bastante confortable.

A unas dos horas de El Calafate, llegamos al puesto fronterizo argentino: esto no es una frontera de las que, hasta ahora, estábamos acostumbrados a cruzar en la Europa feliz de Schengen, antes de la oleada de xenofobia, xenomiedo y etnoegoísmo que nos azota: esto es una frontera entre dos estados que ahora conviven bien, pero no dejan de mirarse de reojo… hay que presentar los documentos a la Gendarmería argentina -el guía se ocupa de los “extranjeros”, gracias por la gauchada- y, a continuación, atravesamos los cientos de metros que nos quedan hasta la aduana chilena.

Pensaba yo que la frontera coincidiría con algún accidente geográfico, algún puerto de montaña… nada de eso, la misma pampa inmensa a lado y lado de la frontera… los carteles hablan del “Río de Don Guillermo” -¡qué nombre tan familiar, en un lugar tan alejado…!-, pero yo no veo ni río, ni cosa que se le parezca…



Frente al bonito edificio de la Aduana Chilena, de clara influencia inglesa, como muchos que hemos visto por la Patagonia,  todos a tierra y en columna de a uno: hay que pasar ante la Oficina de Emigración; todo se pega, menos la hermosura, y las policías del Mundo Mundial están adoptando los modales y los procedimientos de la “Migra” yanqui… foto mirando a la camarita, decir a donde vas… (todos ponemos; “Lugar de residencia: Paine”)… Pero aquí hay un elemento innovador: Chile tiene absolutamente prohibida la entrada de productos vegetales y animales: ya nos ha avisado el guía; si lleváis algo de fruta, comérosla en el autocar… un cartel con un simpático perrito nos invita a declarar cualquier cosa y, una vez dentro de la aduana, el perrito en persona nos va olfateando a la búsqueda de duraznos, zapallitos, choripanes y salames… se encariña de la mochila de dos jóvenes que, muy corridos, confiesan que habían traído fruta, pero ya se la han comido… el perro juguetea con su monitor, como un cachorro, pero, de vez en cuando, le debe llegar el olor, o el sentido del deber, su honrilla de funcionario, y vuelve a la mochila de los jóvenes, saltando a su alrededor… luego, los equipajes pasan por un escaner… prueba de la racionalidad que tantas veces acompaña a la acción administrativa -¡qué me van a contar a mí!- es que, mientras tanto, en nuestro autocamión o lo que sea nos esperan las bolsas de la “vianda” que nos ha preparado la agencia, en las que, por supuesto, hay productos vegetales y animales, no nos van a alimentar con píldoras, como a los astronautas… en fín…







¿Qué pienso al entrar en Chile…? el zurdo sentimental que anida en mí no puede apartar su mente del recuerdo de Salvador en La Moneda, con su jersey, de Víctor en el Estadio, sus manos… de Pablo en su Isla Negra… no estoy pisando sus calles nuevamente, porque aquí no hay calles, pero si su tierra… suerte que, en la aduana, he saludado el retrato de su Presidenta, Michelle Bachelet, señora a la que admiro por -creo yo- seria y conciliadora, y no deseo a los hermanos chilenos otra cosa que paz en su hermoso país.



Hermoso, pero no demasiado cómodo: hemos cruzado la frontera, y los indicadores de carreteras nos dicen que estamos muy cerca de Puerto Natales, en el Pacífico: me cuentan que, por debajo de Puerto Montt, el territorio chileno está partido por los fiordos a los que llegan los glaciares que se desprenden del Campo de Hielo; no hay comunicación por carretera: recuerdo como una alcaldesa chilena me contaba que, para llegar de su pueblo a la capital de su Región -Chile está dividido en Regiones, numeradas, y te dicen que viven en Región IX, como los franceses te dicen el número de su Departamento- le hacían falta unas veinte horas en ferry… supongo que la sensación debe ser parecida a lo que era, de pequeños y en vacaciones, compartir cama con mi hermano Ricardo, decididamente expansionista; toda la noche en el borde del colchón y, a veces, me llegaba a caer… Y, encima, con terremotos…

Superadas las formalidades aduaneras, y reconciliado con mis fantasmas familiares, corremos ahora por esa pampa que es prácticamente igual que la de la Patagonia argentina, pero empiezan a verse algunos árboles, señal de que la precipitación es mayor. También hay -o así me lo parece a mí- muchos más guanacos; el camión se detiene junto a un grupo numeroso, para que podamos bajar e “interactuar” con ellos, que no se espantan ni un pelo, y siguen pastando coirones, totalmente a su bola: ya nos han avisado de que, si les molestas, te escupen a la cara una baba bastante asquerosa, y que, entre ellos, cuando se pelean por un harén de guanacas, tienen la agradable costumbre de intentar castrar a sus adversarios… para eliminar la competencia, claro… Motivos todos más que suficientes para hacer las fotos a cierta distancia, para eso llevo un superzoom, para que ni me escupan ni me capen los guanacos…






Pero ya se acerca el momento… unos kilómetros más adelante, nos detenemos a la vista de una enorme laguna, la Laguna Azul- y al fondo, impresionante, el Macizo del Paine.






Al igual que el Fitz-Roy, el Paine está en los Andes, pero no es los Andes; es otro macizo granítico, surgido de las entrañas de la Tierra en fecha muy posterior a la aparición de la Cordillera; también en éste caso arranca desde el Campo de Hielo Patagónico, y su altura es moderada, otra vez estamos ante Tresmiles, pero tresmiles que arrancan casi desde la misma línea de costa… tiene el Paine dos formaciones famosas: las Torres -que son las que estamos viendo desde aquí, medio veladas por las nubes- , torreones macizos que a mí me recuerdan mucho el Naranjo de Bulnes, que solo he podido ver, como ahora, desde lejos y nublado- y los Cuernos, de los que podremos disfrutar -disfrutar de los cuernos, ¡vaya!- a lo largo del día, y desde mucho más cerca.





Estando allí, admirando por primera vez el Paine, el cóndor pasa… me las prometía yo muy felices: dicen que abundan, una rapaz necrófaga, se tirará horas colgado en las térmicas, como nuestros buitres, y lo podré ver a gusto… ¿Pero qué térmicas, infeliz, con el viento que sopla aquí…? el cóndor vuela como puede, a lomos del viento que le despeina las plumas, en Casa Pacha Mama, es decir, muy, muy alto… intenta describir círculos, como sus colegas eurasiáticos y africanos, pero allí arriba, y lo ves,  claro que lo ves, incluso distingo su moñete y su collar blanco, pero de eso a fotografiarlo bien… por lo menos disfruto mirándolo, veremos varios a lo largo del día, pero siempre muy altos…



Una vez más, al camión, y ahora ya nos encaminamos directamente al coloso; cada vez más cerca, hasta llegar a un lugar increible, al borde del precipicio donde, muchos metros abajo, el rio Paine se despeña en una cascada espectacular; allí hacemos un breve alto para comernos la “vianda” que ha superado los trámites aduaneros; un emparedado, una empanada -¡cómo estoy disfrutando, con lo que me gustan las enpanadas!...- y unos alfajores… sujetándolo todo con dos manos, porque el viento está arreciando…






Desde allí, entramos ya en el Parque Nacional de las Torres del Paine: es un territorio extrañamente vírgen, pese a que su buena infraestructura de caminos y refugios permite la circunvalación de todo el macizo, si tienes unos cuantos días y fuelle para afrontarlo; pero, en todo momento, no pierdes en contacto con la fuerza de la Naturaleza, que te recuerda, a cada momento, con un vendaval importante… ahora nos dirigimos hacia el Mirador de las Torres -que siguen casi cubiertas por las nubes, último baño en kilómetros- para, después, enfilar una larga loma, entre dos lagos a cual más bellos: a la derecha, el Nordenskjöld, glaciar, de aguas verde turbio; a la izquierda, el Sarmiento de Gamboa, de aguas filtradas desde el subsuelo, y de un azul cegador… ignoro quien fue Nordenskjöld, al que supongo persona de grandes merecimientos, pero si sé algo de Sarmiento: al parecer, pontevedrés, como nuestro Presidente en Funciones; descubridor, geógrafo y -cosa menos sabida- astrólogo, nigromante -es decir, practicante de la Magia Negra- y condenado en su día por la Inquisición por haber organizado un Auto de Fé en plan de cachondeo… bien orgulloso puede llevar su nombre un buque oceanográfico de la Armada Española, el personaje se lo merece…






Desde este punto, la visión de los Cuernos del Paine, allí mismo, apabulla; su silueta recuerda cosas: el Pedraforca, en Cataluña, el Midi d’Ossau… a través de la “uve” de los cuernos, se abre un mundo frío y distante, un anfiteatro de agujas graníticas, con los pies en el hielo… a su izquierda, la Cabeza del Indio, y, detrás, otras agujas más, la Aleta del Tiburón… y, cerrando el panorama por la izquierda, el Paine Grande, el “Tresmil”, cubierta su cima por las nubes… nos hemos detenido para iniciar una pequeña excursión de una hora, ida y vuelta, que debía conducirnos a un mirador sobre el lago y los Cuernos; nos ponemos en camino pero, al llegar al lugar más expuesto, el vendaval arrecia; una de las muchachas orientales, la más delgadita, está a un pelo de salir volando… nuestro guía ya nos había avisado; en caso de ver que estáis a punto de caeros, sentaos en el suelo... pero ahora nos convoca y nos dice que el riesgo es alto y, total, los Cuernos ya los estamos viendo perfectamente: media vuelta, y al camión… a cambio, nos detendremos de nuevo para contemplar uno de los espectáculos más bellos del parque; por un estrecho cañón rocoso, las aguas del Nordenskjöl se precipitan hacia el Lago Pehoé; es el Gran Salto, mezcla de catarata y rápidos vertiginosos, rodeados de brumas irisadas por el sol.














El camino sigue ya la orilla del Lago Pehoé; pasaremos junto al puente de madera que conduce a un delicioso hostal, el primer establecimiento hotelero que se construyó en la zona, y después veremos uno nuevo, dice el guía que caro y lujosísimo, pero sin el encanto natural del anterior… cae la tarde, estamos ya cerca de la salida del Parque, pero aún nos detendremos una vez más, para admirar el escenario que componen el macizo y el lago… unas imágenes inolvidables.







El camino de vuelta, después de contemplar tanta belleza, es triste y silencioso: más en nuestro caso, ya que nos estamos despidiendo de ese Sur que, en pocos días, tan profundamente ha calado en nosotros; mañana, Domingo, pasearemos por El Calafate, de tienda en tienda, disfrutando de esa extraña ciudad de pioneros donde -según nos contaba nuestra guía Virginia-, casi nadie ha nacido, pero son muchos los que se están labrando una vida nueva… dicen que en su despegue ha jugado un papel importante la dinastía de los Kirchner: el hotel más imponente es propiedad de un hijo de la Expresidenta, y afirman que no es infrecuente encontrársela por la Costanera, paseando un perrito… es, en todo caso, una ciudad a medio hacer, donde de las avenidas iluminadas y llenas de tiendas -en una de ellas me compro un cinturón adornado con hermosos bordados andinos, un capricho carito, de un cuero recio pero que se te desliza, suave, entre los dedos…- arrancan calles empinadas y sin asfaltar , rodeadas de casitas prefabricadas y hostales de mochileros… pero comprendo perfectamente el impulso que lleva a muchos jóvenes a construir allí su hogar, abierto a los vientos, a las vistas sobre el Lago Argentino, a los lejanos cerros nevados sobre la pampa sin fín… y -como, ¡al fín! me sucede a mí, en aquella última noche, fría como todas, pero limpia y estrellada-  pueden ver, brillando sobre sus cabezas, marcándoles el camino a otros, y diciéndoles a ellos que ya han llegado, la Cruz del Sur.