Desde Ushuaia nos hicimos a la Mar; ahí va un breve relato de nuestras aventuras...
Del puerto turístico de Ushuaia -piratas ingleses not welcome- salen, básicamente, dos excursiones: la primera, de unas tres horas de duración, enfila hacia la Isla de los Pájaros -unas rocas con una impresionante colonia de Cormorán Imperial, Phalacrocorax atriceps-, después hacia la de los Lobos Marinos -sobre todo, Lobos de Un Pelo, Otaria flavescens- y, por último, al llamado Faro del Fin del Mundo, o "Des eclaireurs": media vuelta, y a casita.
La segunda, una vez llegado al faro, vira decididamente hacia el Este, y navega unas 50 millas por el Canal del Beagle, pasando cerca de las costas de la Isla Navarino, territorio chileno, hasta llegar -atravesado el punto más angosto del canal, de poco más de un kilómetro y medio de ancho -hasta la Isla Martillo, ya en territorio de la Hacienda Havelton, donde se encuentra una nutrida colonia de Pingüinos patagónicos, Sphenicus magellanicus, (y prometo no ponerme muy pesado con los nombres científicos, pero en unas aguas navegadas por Darwin, hay que esforzarse por dar el nivel) isla llamada, por ese evidente motivo, "la pingüinera": entre ida y vuelta, unas seis horitas. El precio no es excesivamente superior para la segunda; me recuerda algo aquella broma del Premio Filadelfia, una maldad sobre la seguramente bella e interesante ciudad estadounidense: Primer premio: una semana en Filadelfia; segundo premio; quince días en Filadelfia...
Un esquema tan sencillo me costó bastante trabajo de idas, venidas, emails y telefonazos con la agencia de viajes... "Si, tienes reservada la excursión a la Isla de los Pájaros..." "Noooo, pingüinos, yo quiero ir a los pingüinos... los pingüinos son pájaros, pero no todos los pájaros son pingüinos... no tengo nada contra los cormoranes, me caen muy bien, de verdad... pero, además, quiero ver los pingüinos..." (y, por cierto, me doy ahora cuenta de la cantidad de diéresis que hay que usar para contar estas cosas...). Utilizaba los símiles con las "Golondrinas" del Puerto de Barcelona... "Es como si vas al Port Olímpic, la otra es solo hasta delante de Montjuic..." Al final, lo logré, conseguí los vouchers deseados, y a eso de las 15 horas, con el cielo encapotado y un airecillo ligeramente amenazador, abordábamos el catamarán que nos iba a conducir hacia esas maravillas.
Me sorprendió encontrar un barco más bien grandote, de unas 50 o 60 plazas; yo hubiese preferido algo más íntimo... en su amplia proa acristalada nos sentamos junto a nuestros próximos amigos italianos, dos señoras francesas, o de Iparralde, ellas dijeron "francesas", de Biarritz, concretamente; buenas conocedoras de Saint Lary, mi ville jumelée; dos chicas, una colombiana, otra creo que española; una pareja argentina, muy joven, la madre, altísima, la iríamos encontrando muchas veces, con una niña de pocos meses... nada de garfios, patas de palo, ojos tapados con una cortinilla negra, nada que delatase curtidos Lobos de Mar, todo muy familiar... en la nave había hasta camareros, que nos enseñaron, como en los aviones, el uso de los chalecos salvavidas almacenados bajo los asientos... los miramos con cierto escepticismo; a la temperatura de las aguas del Beagle, ya me diréis para qué te puede servir un chaleco salvavidas, si en pocos minutos has llegado ya al estadio Findus...
Una vez iniciada la navegación, cuando ya llegábamos a la Isla de los Pájaros, se nos comunicó que podíamos salir al exterior: era más fácil decirlo que hacerlo; un estrecho pasillo, donde apenas si podían cruzarse dos personas, con una barandilla a la altura de las caderas, barrido por las olas que ya empezaban a azotar la embarcación, recorría toda la borda, y una escalera bastante empinada te permitía alcanzar la cubierta superior, donde, por lo menos, no te mojabas, pero el viento te depilaba el bigote... sobre los flotadores gemelos del catamarán, sendos "balcones", impracticables con la embarcación en marcha si no tenías una clara vocación de mascarón de proa: no faltaban las parejitas jóvenes que se hacían selfies en plan Di Caprio y su chica en el Titanic, lo cual contribuía a darle un toque ominoso al asunto... Blanca, en el pasillo de la borda, recibió una ola de lleno, suerte que, expuesta al viento, se secó enseguida: yo opté por la cubierta superior, pero la tarea de fotografiar pájaros y lobos marinos se mostró más complicada de lo que en principio parecía; los cormoranes, aún, pero los lobos -gente sensata, sin duda- estaban tumbados unos sobre otros, protegiéndose del biruji, más parecidos a un montón de sacos que a cualquier otra cosa.
Pasado el Faro, el viento parecía amainar, aunque, eso sí, lo recibíamos en toda la popa, yendo rumbo Este; el cielo empezó a abrirse, y pude disfrutar de las sensaciones, allá arriba, bajo una albiceleste que se movía de lo lindo... el paisaje era bellísimo, las verdes laderas con los bosques llegando casi hasta la orilla, la nieve en las montañas, ahí mismo... pronto empecé a ver albatros; también fue una sorpresa; sabía que podían verse por la zona, pero había muchos, muchísimos Albatros ceja negra, Thalasarche melanoprhys, y yo disfrutaba como un niño intentándolos fotografiar, siguiendo con la cámara sus evoluciones... empezó a invadirme una clara euforia, y hasta gritaba al viento, con cuidado de no asustar a los concurrentes... el catamarán parecía avanzar sin serias dificultades, pero nos cruzamos con una patrullera de la Prefectura Naval, que navegaba rumbo oeste, dirección Ushuaia, con las olas y el viento de cara; vi que las olas barrían casi toda su cubierta, y que hundía un tercio de su eslora en el mar... "¡Caramba -profeticé- la vuelta puede ser movidita...!"
Estábamos recorriendo tierras -es un decir- de los Yámanas o Yaganes, pueblo de navegantes en canoa, arponeadores incansables de lobos marinos... vería sus figuras en el pequeño pero interesantísimo museito del Presidio de Ushuaia; ahí los tenéis; bajitos, pero cachas de cintura para arriba, de tanto remar: son evidentes los efectos benéficos de dicha actividad física sobre los pectorales femeninos, si bien es cierto que, seguramente, pocos llegarían a los cuarenta. El artista los ha reproducido con un púdico cache-sexe de cuero, aunque, al parecer, iban en pelota picada. Bien mirado, metiéndose continuamente en agua a dos o tres grados, exhibir a los varones en toda su desnudez tampoco hubiese supuesto un gran problema... ahí radica la clave del asunto; como aún no se había inventado el neopreno, si se hubieran vestido con pieles, hubiesen estado continuamente empapados; preferían cubrir su cuerpo con una gruesa capa de grasa de lobo marino y mantener siempre encendido un fuego dentro de su canoa y en sus casas. Se alimentaban, básicamente, de lobo marino, aunque también consumían grandes cantidades de centollas, ostras y mejillones. Para picar entre horas, digo yo... Se calcula que consumían unas 6.000 calorías diarias; aún me parecen pocas, para conservarse vivos en un ambiente tan hostil, y pensemos que estamos en pleno verano... brrrrr!
Tanta caloría les sirvió de poco; empezaron a llegar misioneros anglicanos y católicos, con el loable propósito de convertirlos a las diversas Fes Verdaderas; luego llegaron los estancieros que, no sé por qué, se ponían nerviosos de ver tanta gente remando y arponeando por ahí, y pagaban a los misioneros a tanto por cabeza si conseguían recluirlos en sus misiones... no sé si consiguieron enseñarles el Catecismo, pero les pegaron todas las enfermedades que no tenían, desde la Gripe al Sarampión; incluso dicen las malas lenguas que alguna enfermedad venérea... su censo fue declinando alarmantemente y apenas si quedan un puñado, en la Isla Navarino, y solo una anciana -según otras fuentes, ya fallecida- conserva su antiguo idioma y puede considerarse Yámana pura... no será la última triste historia de extinciones de culturas que oigamos estos días. Me gustaría comentar con Francesc Bailón, experto en Inuits, por qué dos culturas con tan parecidos condicionantes llegaron a finales tan distintos... sospecho que la suerte de los Inuits residió en que ningún hombre blanco, en su sano juicio, habría deseado ir a vivir a sus tierras, en fin...
Ahora costeamos la Isla de Navarino; vemos ya las casas de Puerto Williams, la única localidad que puede disputarle a Ushuaia el título de "Fin del Mundo". Pero, como dicen bien, Ushuaia es una ciudad, y Puerto Williams tan solo una base de la marina chilena, con pocos centenares de habitantes...Tras su caserío, los imponentes Dientes de Navarino, escarpadas agujas que imagino graníticas... resulta difícil no recordar que, apenas treinta años atrás, las disputas sobre la soberanía de estas tierras y estas aguas inhóspitas estuvieron a punto de llevar a la guerra a dos naciones vecinas y hermanas, y que hizo falta la mediación de un Papa -de hecho, de tres, porque les pilló la muerte de Pablo VI y el brevísimo papado de Juan Pablo I en medio- para llegar a un acuerdo... es tranquilizador comprobar -como haríamos después, en El Calafate- que argentinos y chilenos pueden hablar ya abiertamente sobre estos temas, incluso bromeando sobre ellos... si quieren un consejo de la Vieja Madre Patria, ¡no se nos peleen, chicos...!
Nos íbamos acercando a la pingüinera, y una preocupación me embargaba... recordaba el Diccionario de Coll, un divertidísimo libro de humor surrealista con el que tanto me reí allá por los años Setenta: una de sus entradas era: "¡Ningüino!: grito del cazador de pingüinos, cuando llega al lugar indicado, y descubre que no hay ninguno." "¿Mira que si, después de tanto dar la brasa con la pingüinera, llegamos y se han marchado todos...?" Me veía gritando "¡Ningüino!"... por suerte, no fue así, teníamos la Isla Martillo delante nuestro, su costa hervía de pingüinos, el mar alrededor suyo bullía también de pingüinos, olía intensamente a pingüino... ¡había pingüinos, vamos...!
¿Por qué nos caen tan simpáticos los pingüinos? ¿Por qué nos hacen tanta gracia? Hay mecanismos curiosos, recuerdo haber leído con mucha atención un estudio sobre las reacciones positivas que experimentamos hacia los individuos y especies neoténicas, es decir, que conservan rasgos propios de las edades juveniles... esa reacción positiva que hace que a la gente les gusten los peluches de oso -objetivamente, un animal de trato bastante complicado- y no tanto los de jabalí o, pongo por caso, los de rata... los pingüinos, tan redonditos, tan torpones... despiertan tus sentimientos protectores, los acunarías, los estrujarías... incluso a mí, que pese a ser ornitólogo aficionado, las plumas me dan dentera, ese plumón afelpadito de los pingüinos... una amiga mía, bióloga marina, que participaba en una marea pesquera, retiró un pingüino muerto de las redes de su buque: lo congeló y, a la vuelta a España, se lo regaló a su novio: vale que después se separaron pero... ¿hubiese hecho lo mismo con un cormorán o un albatros...?
Pues allí los teníamos delante nuestro; incontables, paseando torpemente sobre la playa, tumbados sobre su panza en el suelo, andando, rascándose, picoteándose amigablemente -¿despiojándose?- los unos a los otros... había, literalmente, miles; nos dijeron que, entre los pingüinos patagónicos había unas pocas decenas de Pingüinos de Papua, Pygoscelis papua, más grandes, con una característica ceja blanca sobre los ojos, y pico y patas rojos; entonces nuestra diversión era una especie de "¿Dónde está Wally?", hasta que conseguías identificar a los Papúas... el catamarán había prácticamente varado en la playa, pero mirábamos con poco disimulado odio a los afortunados que habían contratado con la única empresa que tiene la exclusiva de poder desembarcar turistas en la isla, que se movían entre ellos fotografiando a quemarropa... no éramos los únicos interesados en los pingüinos, por cierto; a corta distancia, un par de oscuros skuas, posados en una loma, acechaban a la espera de algún pichón poco precavido... ¡asesinos de pingüinos, lo último, qué vergüenza...!
El espectáculo, por cierto, recordaba bastante a las playas mediterráneas en verano, Benidorm o Platja d'Aro, pongo por caso, donde mis amigos me han contado que hay que poner la toalla lo más temprano posible por la mañana, si quieres tener sitio cerca del agua... prometo no volverme a quejar cuando la Gorga de Boltaña se llene de bañistas... hubiésemos seguido allí horas y horas, pero el tiempo corría, y era ya el momento de volver a puerto, si queríamos hacerlo aún con luz de día...
Casi llorando, nos despedimos de nuestros pingüinos, entramos en el interior del catamarán, y emprendimos el viaje de regreso: y la cosa cambió radicalmente; ahora enfilábamos hacia el Oeste, con el viento y las olas de cara; también aumentó la velocidad del buque, y el efecto fue inmediato: las olas empezaron a romper contra la proa acristalada, barriendo literalmente la cubierta, y el cabeceo se acentuó; muchas veces la ola rompía debajo del compartimento de pasajeros, y los vasos de las bebidas que algunos inconscientes habían comprado -también habían encargado empanadas y, creo, choripanes- empezaban a saltar de las mesas.
Durante cerca de tres horas disfrutamos de aquella auténtica atracción de feria: las olas rompían sobre nuestro parabrisas constantemente... el Antonio racional intentaba quitarle hierro a la cosa... "Debe ser normal, los camareros están muy tranquilos, esto estará bien construido, digo yo, ¡estás en el Primer Mundo, coño, hay inspecciones técnicas...!" Recordaba lo mal que lo había pasado mi hijo, Borja, en un transbordador de Bali... "Allí, si, pero esto no es Bali, esas cosas siempre pasan por ahí... para transbordadores, Bangla Desh..." Pero, por debajo, el Antonio cagón formulaba sus objeciones..."¿Y si se han dejado un tornillito sin apretar...? ¿Y si flota un tronco, o incluso un container, y nos lo comemos...?". No iba yo muy desencaminado: al parecer, esa tarde se había dudado si zarpar o no, dadas las condiciones del tiempo, y un camarero que había trabajado en el barco nos contaría, después, que sí se habían roto cristales en la travesía, y que, en cierta ocasión, tuvieron que esperar en la pingüinera hasta medianoche, porque no se atrevían a volver.
Súbitamente, los motores se pararon, y el catamarán se deslizó, limpiamente, por su propio impulso, por las tranquilas aguas del puerto de Ushuaia, donde ya se habían encendido las luces... eran, más o menos, las 21 horas, llevábamos seis navegando... mentalmente, agradecí la labor realizada a Paco Udaeta y Yurimar Bracho, mis dentistas: milagrosamente, no me había saltado ningún empaste... agarramos -ya nos habíamos acostumbrado a no "coger"- nuestras mochilas, salimos pitando del barco, pasando por la popa donde, al parecer, había habido un intenso flujo de visitas a los baños, y saltamos al muelle, resistiendo la tentación de, al uso papal, arrodillarme y besar la buena, firme, estable, quietecita tierra argentina...
jueves, 10 de marzo de 2016
miércoles, 9 de marzo de 2016
Ushuaia, donde todo comienza...
Nuestra primera etapa en el Sur, Ushuaia... un contacto con un mundo nuevo... !por lo menos, para nosotros!
Nuestro vuelo a Ushuaia sale a las cuatro de la madrugada; hay, por lo tanto, que levantarse a las dos: llegamos al hotel a las doce, después de una divertidísima cena en casa de nuestra nueva amiga, Laura, y un grupo de compañeros suyos; hemos probado -algo más que probado- muy buenos vinos argentinos, de la cepa Malbec, y he descubierto con cierto entusiasmo que Möet Chandon cría en Argentina un champagne bastante decente... total; nos dormimos, tiene que avisarnos el conserje del hotel, y nuestros ángeles guardianes nos llevan en volandas, una vez más, hasta el Aeroparque -el aeropuerto que cubre los vuelos nacionales, afortunadamente muy cerca del centro- y nos largan tal cual, sin duchar siquiera... ya lo arreglaremos en el Sur.
Por el camino, volamos en paralelo a una tormenta de narices que está cascando la costa atlántica: como animal de Pirineos que soy no le acabo de pillar el tranquillo a los Andes: allí llueve muchísimo en la vertiente chilena y menos en la argentina, y solo en la línea de cimas: tierra adentro, la precipitación decrece notablemente, hasta extremos desérticos, y nunca hay tormentas, una o dos veces al año, me dirán en El Calafate; el flujo Oeste-Este es tan fuerte, y los vientos tan constantes, que solo se forman nubes convectivas cuando llegan al Atlántico. En Ushuaia, como descubriremos, llueve cada día, y la cota de nieve debe andar por los 400 metros, lo cual, para estar -en equivalencia boreal- a finales de Agosto, ya marca tendencia.
El avión rompe el mar de nubes y baja en picado hacia un híbrido de aeropuerto y portaaviones, rodeado de agua casi por todas partes... peor que el de Hondarribia, que ya es decir... lo encara con maestría, y en un santiamén estamos en el Aeropuerto Malvinas Argentinas.
Porque Ushuaia es la capital de la provincia de Tierra de Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur: la "Provincia Grande", dos veces España, aunque -corramos un tupido velo sobre ese detalle- la soberanía efectiva solo se ejerza sobre la porción argentina de Tierra de Fuego, 21.000 km2... las referencias al conflicto de Malvinas son constantes, incluyendo la prohibición de fondear en el puerto a los "buques piratas ingleses"... me pongo en situación rápidamente, y tarareo por lo bajini la Marcha de Malvinas: "Tras su manto de neblinas, no las hemos de olvidar..." ¡Cameron, fuck you...! Y pido mentalmente perdón por el hecho lamentable de que las bombas de Explosivos Alaveses que les vendimos a nuestros hermanos no hiciesen honor a su nombre, y no explotasen... Mañana, cuando, a las ocho se ice bandera en la base de la Armada Argentina, separada por una calle de nuestro hotel, asistiré al acto en correcta posición de firmes, uno tiene muy arraigados ciertos hábitos, y me acordaré de los pobres muchachos -soldados de leva, conscriptos, mal equipados y apenas entrenados- que la izaban en Puerto Argentino con el ombligo encogido, pensando en la Bruja Mala que les enviaba submarinos nucleares, Royal Marines, y hasta gurkhas de ojos rasgados y kukris capadores... Ahora los veo ir y venir por la base; son profesionales, parecen mucho mejor preparados, veo bastantes chicas... se dedican a actividades habituales en los guerreros, como pintar de blanco los bordillos de las aceras: en el Ejército Español teníamos una regla práctica: si se mueve, lo saludas; si no se mueve, lo pintas... se nota que tenemos tradiciones castrenses parecidas.
Decir que Ushuaia es bonita quizás sería pasarse un poco de frenada; es un pueblo del Far West, una ciudad de setenta mil habitantes ("Huesca y media", calculo mentalmente), pero ocupa una enorme extensión: tiene cuatro calles paralelas, de las cuales la segunda, San Martín, es la calle comercial, unidas por otras calles transversales que se precipitan en cuesta pronunciada hacia la bahía, como en un San Francisco en miniatura: la gente aparca con el neumático clavado en el bordillo, y aún así no creo que falten los sustos. Salvo en San Martín, la gran mayoría de las casas son de, como mucho, dos pisos, y predominan la madera y la chapa metálica, pintada de colores vivos; las hay francamente bonitas, y las hay más bien tirando a cutres; no se ve ni una teja, por motivos fácilmente comprensibles; habría que irlas a buscar cada noche al fondo de la bahía. Un poco tranquilizador cartel sobre las diversas especies de cucarachas, en una tienda de lucha contra plagas, parece indicar que hay algunos problemillas al respecto. Pero el marco natural es majestuoso, la bahía, bellísima, los bosques de lengas llegan casi hasta las casas, hay neveros muy, muy cerca, es Puerto Franco, hay industrias de informática y componentes electrónicos, y todo parece indicar que prácticamente no hay paro, los salarios son elevados, los alquileres razonables, y se vive bastante bien, qué más se puede pedir. El que quiera Sol, que busque otro sitio, que los hay, y más baratos.
Son apenas las nueve y no podemos ocupar la habitación del hotel hasta las dos; tenemos tiempo, por lo tanto, de apatrullar bien apatrullada la zona comercial de la ciudad; hay tiendas de recuerdos para turistas -mayormente, pingüinos-, tiendas de ropa de montaña -todas las marcas mundiales-, tiendas de chocolate artesano y restaurantes donde se rinde culto a las dos glorias locales: la Centolla y la Merluza Negra. Descubrimos un bar-restaurante, que haremos nuestro punto de referencia: el Ideal, el más antiguo de la ciudad, de 1954 -la prehistoria, en términos fueguinos-: nos atiende un camarero que ha trabajado varios años en Tarragona -una constante; parece que el Atlántico no exista, no sé cómo hemos tardado tantos años en venir- y lo decoran multitud de banderas, entre ellas -¡vaya por Dios!- una Estelada, y, cosa más rara aún, sobre la barra hay extendida una bufanda del Real Zaragoza... hacen un arroz caldosito con marisco que está francamente bueno -lo comimos dos veces-, y puedo regarlo con una cerveza artesana local, cara de c...., pero muy rica. Ushuaia no es barato, pero, pensando los kilómetros que habrá tenido que viajar el arroz, lo entiendes... La Centolla y la Merluza Negra las probamos en otro sitio, un poco más aparente; la primera, de textura muy agradable, pero menos sabrosa que la gallega; la segunda, riquísima, untuosa y de aroma profundo y marino.
Nos hospedamos en el Hotel Cilene del Faro; aquí la habitación no es ya grande, sino enoooorme, un apartamento con cocina, sala de estar, e incluso una terraza abierta a la bahía; amaneceres y atardeceres serán, desde allí, inolvidables, viendo las lucecitas de los barcos que hacen cruceros hasta Valparaiso, e incluso a la propia Península Antártica; crees que has llegado al final, y te das cuenta de que aún quedan tierras más abajo, más remotas... cuando nieve, veremos borrasquear en las montañas vecinas cómodamente sentados en el sofá. El hotel tiene también un spa subterráneo, con claraboyas desde donde, cómodamente metido en el jacuzzi, ves pasar los coches por la calle. Tampoco es que haya demasiado tránsito, la verdad.
Coincidiremos en el hotel con una pareja de italianos -genoveses, concretan ellos- que serán también compañeros de excursiones, e incluso del vuelo a El Calafate: gente amable, aunque no hablan ni una palabra de Español, lo cual nos hace reverdecer nuestras habilidades en la lengua de Dante y Berlusconi; él es un caballero como a todos nos gustaría ser al llegar a su edad -que ya he llegado-; alto, elegante, con un cabello blanco habilísimamente trabajado, allí hay horas de estilista... Su esposa, cuando él está delante, literalmente desaparece; cuando se queda sola, resulta ser viva e inteligente. Afirma que, desde que se jubiló, lo ve "inquieto", y tiene que mantenerlo continuamente en movimiento, viajando... Yo, que si me dejan en un sitio, al día siguiente puedo seguir allí, no acabo de comprender esas cosas... En el aeropuerto, cuando estemos esperando más de dos horas un vuelo "demorado" por un paro nacional de funcionarios públicos, se encontrará con un numeroso y ruidoso grupo de brasileños, que no perderán ni un momento en aclararnos que son "Del Sur" -es decir, el Norte-, y, además. italianos, nada que ver con los mulatos... como si no se viese: son grandes, desgarbados, pesadotes, y causarían el mismo efecto en una escuela de Samba que yo mismo, pongo por caso... ya he comprobado varias veces la rapidez con que los brasileños "del Sur" tiran de antepasados europeos... recuerdo un descendiente de alemanes al que me quedaron muchas ganas de preguntar si su abuelito tenía algún tatuaje raro en el sobaco... ¡en fín...!.
En la fundación de Ushuaia jugó un papel importante una idea bastante de época; a finales del Siglo XIX se les ocurrió que la mejor manera de promocionar la llegada de población sería establecer allí un Presidio para delincuentes reincidentes. Visitamos el edificio, cerrado por Perón hace ya muchos años, aunque Frondizi aún envió allí peronistas e mediados de los Cincuenta. Es, como cabría esperar, un horror frío; sus paredes parecen rezumar el dolor y la desesperación de los que fueron a parar allí, purgando, sobre todo, el crimen de ser criminales, casi siempre pobres, casi siempre de los sectores más marginados de la Sociedad... también hubo anarquistas, e incluso intelectuales más o menos peligrosos. El penal estaba rodeado por una simple alambrada: ¿a dónde iban a escaparse...? parece que estuvo allí Carlos Gardel, no se puede asegurar, porque usó tantas identidades distintas... pero todo parece indicar que, por decirlo finamente, ejercía de macró, que así, en Francés, queda mejor que decir chuloputas.
Un recuerdo especial para uno de sus más famosos residentes: el Petiso Orejudo; bajito, feo a rabiar, tenía solo 17 años cuando fue condenado por una serie de crímenes crapulosos, cometidos con menores, a los que, preferentemente, estrangulaba con un lazo; también le gustaban mucho los incendios provocados, porque, decía, era lindo ver a los bomberos caer en el fuego. Sus colegas no debían apreciarlo demasiado, porque lo mataron a palos y eso, incluso entre gente brava, denota una cierta malquerencia... el Petiso se ha transformado en un icono de Ushuaia, casi tanto como los pingüinos; pintado en una pared de San Martín, nos mira con ojos insondables, donde un viejo optimista antropológico como yo busca leer las privaciones de todo tipo -afectivas, formativas...- que lo transformaron, de un simple chico feo y canijo, en un cabrón con pintas... me estoy volviendo, si no lo fui siempre, un sentimental; hasta me cae simpático Rajoy cuando habla y se lía...
Desde Ushuaia haremos dos excursiones bien curiosas, una de ellas incluso con su puntito de riesgo, más o menos controlado... tres días y dos noches viviremos allí, colgados sobre el Fin del Mundo, como machaconamente repiten innumerables carteles... El Fin del Mundo, el Fin del Mundo... veo, incluso, uno más autocrítico y desmitificador; "Culo del Mundo"... lo comento con un artesano, un chico de mi quinta, zurdo él -retrato del Ché bien visible-, larga melena, sombrero de cuero, al que le compramos unas pulseritas de plata... "¿El Fin del Mundo...? no lo crean; yo prefiero decir que aquí todo comienza...". Lo comprendo; tierra de segundas oportunidades, buen lugar para volver a empezar, país libre -aquí se celebró la primera boda gay de Argentina- debe ser lindo -ya se me está pegando- empezar una nueva vida en un lugar así, sin una pesada Historia detrás, limpio y abierto a todos los vientos, sin más fronteras que el mar...
Nuestro vuelo a Ushuaia sale a las cuatro de la madrugada; hay, por lo tanto, que levantarse a las dos: llegamos al hotel a las doce, después de una divertidísima cena en casa de nuestra nueva amiga, Laura, y un grupo de compañeros suyos; hemos probado -algo más que probado- muy buenos vinos argentinos, de la cepa Malbec, y he descubierto con cierto entusiasmo que Möet Chandon cría en Argentina un champagne bastante decente... total; nos dormimos, tiene que avisarnos el conserje del hotel, y nuestros ángeles guardianes nos llevan en volandas, una vez más, hasta el Aeroparque -el aeropuerto que cubre los vuelos nacionales, afortunadamente muy cerca del centro- y nos largan tal cual, sin duchar siquiera... ya lo arreglaremos en el Sur.
Por el camino, volamos en paralelo a una tormenta de narices que está cascando la costa atlántica: como animal de Pirineos que soy no le acabo de pillar el tranquillo a los Andes: allí llueve muchísimo en la vertiente chilena y menos en la argentina, y solo en la línea de cimas: tierra adentro, la precipitación decrece notablemente, hasta extremos desérticos, y nunca hay tormentas, una o dos veces al año, me dirán en El Calafate; el flujo Oeste-Este es tan fuerte, y los vientos tan constantes, que solo se forman nubes convectivas cuando llegan al Atlántico. En Ushuaia, como descubriremos, llueve cada día, y la cota de nieve debe andar por los 400 metros, lo cual, para estar -en equivalencia boreal- a finales de Agosto, ya marca tendencia.
El avión rompe el mar de nubes y baja en picado hacia un híbrido de aeropuerto y portaaviones, rodeado de agua casi por todas partes... peor que el de Hondarribia, que ya es decir... lo encara con maestría, y en un santiamén estamos en el Aeropuerto Malvinas Argentinas.
Porque Ushuaia es la capital de la provincia de Tierra de Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur: la "Provincia Grande", dos veces España, aunque -corramos un tupido velo sobre ese detalle- la soberanía efectiva solo se ejerza sobre la porción argentina de Tierra de Fuego, 21.000 km2... las referencias al conflicto de Malvinas son constantes, incluyendo la prohibición de fondear en el puerto a los "buques piratas ingleses"... me pongo en situación rápidamente, y tarareo por lo bajini la Marcha de Malvinas: "Tras su manto de neblinas, no las hemos de olvidar..." ¡Cameron, fuck you...! Y pido mentalmente perdón por el hecho lamentable de que las bombas de Explosivos Alaveses que les vendimos a nuestros hermanos no hiciesen honor a su nombre, y no explotasen... Mañana, cuando, a las ocho se ice bandera en la base de la Armada Argentina, separada por una calle de nuestro hotel, asistiré al acto en correcta posición de firmes, uno tiene muy arraigados ciertos hábitos, y me acordaré de los pobres muchachos -soldados de leva, conscriptos, mal equipados y apenas entrenados- que la izaban en Puerto Argentino con el ombligo encogido, pensando en la Bruja Mala que les enviaba submarinos nucleares, Royal Marines, y hasta gurkhas de ojos rasgados y kukris capadores... Ahora los veo ir y venir por la base; son profesionales, parecen mucho mejor preparados, veo bastantes chicas... se dedican a actividades habituales en los guerreros, como pintar de blanco los bordillos de las aceras: en el Ejército Español teníamos una regla práctica: si se mueve, lo saludas; si no se mueve, lo pintas... se nota que tenemos tradiciones castrenses parecidas.
Decir que Ushuaia es bonita quizás sería pasarse un poco de frenada; es un pueblo del Far West, una ciudad de setenta mil habitantes ("Huesca y media", calculo mentalmente), pero ocupa una enorme extensión: tiene cuatro calles paralelas, de las cuales la segunda, San Martín, es la calle comercial, unidas por otras calles transversales que se precipitan en cuesta pronunciada hacia la bahía, como en un San Francisco en miniatura: la gente aparca con el neumático clavado en el bordillo, y aún así no creo que falten los sustos. Salvo en San Martín, la gran mayoría de las casas son de, como mucho, dos pisos, y predominan la madera y la chapa metálica, pintada de colores vivos; las hay francamente bonitas, y las hay más bien tirando a cutres; no se ve ni una teja, por motivos fácilmente comprensibles; habría que irlas a buscar cada noche al fondo de la bahía. Un poco tranquilizador cartel sobre las diversas especies de cucarachas, en una tienda de lucha contra plagas, parece indicar que hay algunos problemillas al respecto. Pero el marco natural es majestuoso, la bahía, bellísima, los bosques de lengas llegan casi hasta las casas, hay neveros muy, muy cerca, es Puerto Franco, hay industrias de informática y componentes electrónicos, y todo parece indicar que prácticamente no hay paro, los salarios son elevados, los alquileres razonables, y se vive bastante bien, qué más se puede pedir. El que quiera Sol, que busque otro sitio, que los hay, y más baratos.
Son apenas las nueve y no podemos ocupar la habitación del hotel hasta las dos; tenemos tiempo, por lo tanto, de apatrullar bien apatrullada la zona comercial de la ciudad; hay tiendas de recuerdos para turistas -mayormente, pingüinos-, tiendas de ropa de montaña -todas las marcas mundiales-, tiendas de chocolate artesano y restaurantes donde se rinde culto a las dos glorias locales: la Centolla y la Merluza Negra. Descubrimos un bar-restaurante, que haremos nuestro punto de referencia: el Ideal, el más antiguo de la ciudad, de 1954 -la prehistoria, en términos fueguinos-: nos atiende un camarero que ha trabajado varios años en Tarragona -una constante; parece que el Atlántico no exista, no sé cómo hemos tardado tantos años en venir- y lo decoran multitud de banderas, entre ellas -¡vaya por Dios!- una Estelada, y, cosa más rara aún, sobre la barra hay extendida una bufanda del Real Zaragoza... hacen un arroz caldosito con marisco que está francamente bueno -lo comimos dos veces-, y puedo regarlo con una cerveza artesana local, cara de c...., pero muy rica. Ushuaia no es barato, pero, pensando los kilómetros que habrá tenido que viajar el arroz, lo entiendes... La Centolla y la Merluza Negra las probamos en otro sitio, un poco más aparente; la primera, de textura muy agradable, pero menos sabrosa que la gallega; la segunda, riquísima, untuosa y de aroma profundo y marino.
Nos hospedamos en el Hotel Cilene del Faro; aquí la habitación no es ya grande, sino enoooorme, un apartamento con cocina, sala de estar, e incluso una terraza abierta a la bahía; amaneceres y atardeceres serán, desde allí, inolvidables, viendo las lucecitas de los barcos que hacen cruceros hasta Valparaiso, e incluso a la propia Península Antártica; crees que has llegado al final, y te das cuenta de que aún quedan tierras más abajo, más remotas... cuando nieve, veremos borrasquear en las montañas vecinas cómodamente sentados en el sofá. El hotel tiene también un spa subterráneo, con claraboyas desde donde, cómodamente metido en el jacuzzi, ves pasar los coches por la calle. Tampoco es que haya demasiado tránsito, la verdad.
Coincidiremos en el hotel con una pareja de italianos -genoveses, concretan ellos- que serán también compañeros de excursiones, e incluso del vuelo a El Calafate: gente amable, aunque no hablan ni una palabra de Español, lo cual nos hace reverdecer nuestras habilidades en la lengua de Dante y Berlusconi; él es un caballero como a todos nos gustaría ser al llegar a su edad -que ya he llegado-; alto, elegante, con un cabello blanco habilísimamente trabajado, allí hay horas de estilista... Su esposa, cuando él está delante, literalmente desaparece; cuando se queda sola, resulta ser viva e inteligente. Afirma que, desde que se jubiló, lo ve "inquieto", y tiene que mantenerlo continuamente en movimiento, viajando... Yo, que si me dejan en un sitio, al día siguiente puedo seguir allí, no acabo de comprender esas cosas... En el aeropuerto, cuando estemos esperando más de dos horas un vuelo "demorado" por un paro nacional de funcionarios públicos, se encontrará con un numeroso y ruidoso grupo de brasileños, que no perderán ni un momento en aclararnos que son "Del Sur" -es decir, el Norte-, y, además. italianos, nada que ver con los mulatos... como si no se viese: son grandes, desgarbados, pesadotes, y causarían el mismo efecto en una escuela de Samba que yo mismo, pongo por caso... ya he comprobado varias veces la rapidez con que los brasileños "del Sur" tiran de antepasados europeos... recuerdo un descendiente de alemanes al que me quedaron muchas ganas de preguntar si su abuelito tenía algún tatuaje raro en el sobaco... ¡en fín...!.
En la fundación de Ushuaia jugó un papel importante una idea bastante de época; a finales del Siglo XIX se les ocurrió que la mejor manera de promocionar la llegada de población sería establecer allí un Presidio para delincuentes reincidentes. Visitamos el edificio, cerrado por Perón hace ya muchos años, aunque Frondizi aún envió allí peronistas e mediados de los Cincuenta. Es, como cabría esperar, un horror frío; sus paredes parecen rezumar el dolor y la desesperación de los que fueron a parar allí, purgando, sobre todo, el crimen de ser criminales, casi siempre pobres, casi siempre de los sectores más marginados de la Sociedad... también hubo anarquistas, e incluso intelectuales más o menos peligrosos. El penal estaba rodeado por una simple alambrada: ¿a dónde iban a escaparse...? parece que estuvo allí Carlos Gardel, no se puede asegurar, porque usó tantas identidades distintas... pero todo parece indicar que, por decirlo finamente, ejercía de macró, que así, en Francés, queda mejor que decir chuloputas.
Un recuerdo especial para uno de sus más famosos residentes: el Petiso Orejudo; bajito, feo a rabiar, tenía solo 17 años cuando fue condenado por una serie de crímenes crapulosos, cometidos con menores, a los que, preferentemente, estrangulaba con un lazo; también le gustaban mucho los incendios provocados, porque, decía, era lindo ver a los bomberos caer en el fuego. Sus colegas no debían apreciarlo demasiado, porque lo mataron a palos y eso, incluso entre gente brava, denota una cierta malquerencia... el Petiso se ha transformado en un icono de Ushuaia, casi tanto como los pingüinos; pintado en una pared de San Martín, nos mira con ojos insondables, donde un viejo optimista antropológico como yo busca leer las privaciones de todo tipo -afectivas, formativas...- que lo transformaron, de un simple chico feo y canijo, en un cabrón con pintas... me estoy volviendo, si no lo fui siempre, un sentimental; hasta me cae simpático Rajoy cuando habla y se lía...
Desde Ushuaia haremos dos excursiones bien curiosas, una de ellas incluso con su puntito de riesgo, más o menos controlado... tres días y dos noches viviremos allí, colgados sobre el Fin del Mundo, como machaconamente repiten innumerables carteles... El Fin del Mundo, el Fin del Mundo... veo, incluso, uno más autocrítico y desmitificador; "Culo del Mundo"... lo comento con un artesano, un chico de mi quinta, zurdo él -retrato del Ché bien visible-, larga melena, sombrero de cuero, al que le compramos unas pulseritas de plata... "¿El Fin del Mundo...? no lo crean; yo prefiero decir que aquí todo comienza...". Lo comprendo; tierra de segundas oportunidades, buen lugar para volver a empezar, país libre -aquí se celebró la primera boda gay de Argentina- debe ser lindo -ya se me está pegando- empezar una nueva vida en un lugar así, sin una pesada Historia detrás, limpio y abierto a todos los vientos, sin más fronteras que el mar...
lunes, 7 de marzo de 2016
El Buenos Aires que conoce todo el Mundo...
Hay una anécdota bonaerense que encanta a mi amigo Xavier Sanclimens: en su mesa de café -¿El Tortoni...?- Jorge Luís Borges diserta ante un nutrido grupo de "fans"; hace referencia al origen sánscrito de una palabra... una muchacha, admirada, pregunta: "Maestro, conocés el Sánscrito...?" "Y... bueno, el Sánscrito que conoce todo el Mundo..." contesta, displicente...
Hemos llegado a Buenos Aires después de una noche de duermevela, en ese tiempo-no tiempo de los vuelos en clase turista, en los que, durante horas y horas, no sucede absolutamente nada -y es lo mejor que puede suceder-, mientras miro, hipnotizado, el avioncito que, en el monitor, sobrevuela, a miles de metros de altura y decenas de grados bajo cero, abismos marinos y no menos insondables extensiones selváticas o duras sabanas del Planalto brasileño... a nuestro alrededor, débilmente iluminados por las lucecitas rojas, se agitan en sus butaquitas o se levantan a hacer pipí seres abisales, como nosotros, descalzos, las ropas desabrochadas, algunos curiosos collares cervicales aún sobre sus hombros. Predominan los argentinos -volamos en Aerolíneas-, y son frecuentes los grupos mamá-hijo o hija o papá-hijo o hija.. la emigración -reflexiono- no es un buen cimiento para las relaciones de pareja... quizás si el vuelo durase varios días, surgirían de aquí nuevas posibilidades, en fin...
En el aeropuerto Ministro Pisarini -es decir, Eceiza-, nos han recogido un guía de la agencia turística y un conductor que, a partir de ahora, serán, en la distancia, nuestros ángeles de la guarda: estamos acostumbrados a viajar por libres, pero esta vez -con tantos vuelos internos y tantas excursiones que coordinar- nos hemos puesto en manos de profesionales, y experimento la agradable sensación de no tener que tomar demasiadas decisiones y delegar en quienes más saben y, al fin y al cabo, ya está todo pagado... entrevemos una autopista de peaje, con más tráfico del que cabría esperar por la hora, calles y avenidas absolutamente urbanas y reconocibles para nuestros estándares europeos. Nos dejan, prácticamente en volandas, en el hotel Dazzler Recoleta, que será nuestro hogar en Buenos Aires durante nuestras dos breves estancias, y apenas si podemos descansar un par de horas en nuestra cama de media hectárea, que ocupa más o menos el centro de una habitación del tamaño de una manzana del Eixample... se confirma, una vez más, la no del todo ilógica correlación entre el tamaño del país y las dimensiones de las instalaciones hoteleras, que ya habíamos comprobado en Rusia... y, por el extremo opuesto, en Holanda o en el Japón.
Ducha, desayuno, y ya estamos en el minibús con el cual, durante tres apretadas horas, vamos a recorrer el Buenos Aires que todos conocemos: al igual que en el avión, predominan los argentinos; estos países enoooornes -y vuelvo a pensar en Rusia- se prestan mucho al turismo interior. El resto -me parece que hay otra pareja española- son brasileños, de la Potencia del Norte, y la guía explica el recorrido en una simpática síntesis de las dos lenguas hermanas, eso que suele llamarse "Portuñol"... emprendemos, por lo tanto, un recorrido por nuestra memoria preexistente de lo que es el Buenos Aires leído en tantos y tantos libros, entrevisto en tantas y tantas películas, contado por visitantes... los bosques de Palermo, el Parque Japonés -¡Ay, Garufa, vos sós un caso perdido!- la Avenida Más Ancha del Mundo, el Obelisco... hasta llegar a la Plaza de Mayo: parada, y galería para ir al baño y comprar imanes de nevera.
Imaginad que, en un espacio -grande, eso sí- se concentran un antiguo edificio colonial -de la colonia de los tuyos-, la catedral -rara, con pintas de Museo de Historia Natural- donde tuvo su cátedra el actual Papa, la Casa Rosada, rodeada de poco democráticas vallas -¡La Casa Rosada, los discursos de Perón, Evita, Frondizi, los militares, otra vez los militares, Alfonsín, el Turco, Kirchner, otra vez Kirchner...! -, pintados en el suelo, los blancos pañuelos de las Madres, un falso cementerio .-cruces blancas sobre pasto verde- de Héroes de Malvinas, una acampada de indígenas, con sus cruces andinas, una mesa pidiendo la libertad de una señora que no conocemos, detenida por algo que ignoramos, pero que firmo, porque lo pide el PCA, y uno, viejo zurdo, sigue teniendo reflejos disciplinados y, además, en general no me gusta que la gente esté en la cárcel, casi ni siquiera los que lo merecen... Evitas y Chés por todas partes, algo de artesanía más o menos étnica, redoble rítmico de tambores... todo eso, con jet-lag, tumbaría a un toro... aguanto como puedo, y vuelvo a subir, casi a gatas, al minibús que, por unos angustiosos momentos, habíamos perdido de vista...
Ahora circulamos por un Buenos Aires muy distinto, de calles más estrechas, muchas empedradas, edificios menos glamurosos... de pronto, todo alrededor toma una pátina de descuido, de decadencia, un aire ajado... y, de repente, una pedrada de colorido chillón y arrabalero, cientos de turistas, cientos de tiendas para turistas, cientos de tanguistas para hacerse fotos con los turistas... hemos llegado a Caminito, el corazón de la Boca.
Vaya por delante que no soy amigo de lo "pintoresco"; no me hace mucha gracia visitar sitios donde no me gustaría vivir, y donde no me gusta que otros no tengan más remedio que vivir; preferiría que todo el Mundo pudiese residir -ya que no en adosados- en anodinos pisitos de setenta metros cuadrados, con sofá y calefacción, en vez de en entrañables conventillos de chapa ondulada multicolor, animados por los vibrantes tangos que lanzan al viento las victrolas de los vecinos, con depósitos de agua en los oxidados tejados, cagaderos cutres en el patio posterior y redadas antidroga día sí y día no... pero la mañana es clara y soleada, hay más vendedores que -presumo- auténticos residentes, y el espectáculo es alegre... nos insisten en que mejor no se nos ocurra ir de noche y vuelvo a recaer en mis reparos; no me gustan los sitios que no puedo visitar de noche... pero luego, al fin, me dejo llevar por el encanto del lugar... una simpática señora nos vende imanes artesanales, que son auténticos cuadritos... "Mis papás son gallegos.. ¡bueno, de Galicia, quiero decir...!" Le confirmamos que a los de Galicia se les llama gallegos, sin ningún problema, y sin que se lo tomen a mal, al contrario... ¿Cuántas veces, a lo largo de los días, oiremos hablar de padres y abuelos españoles...?.
Otra vez al minibus, y nueva parada: esta vez, a un lugar de culto... exacto, la "bombonera", el estadio del Boca Juniors... otra vez aceras -perdón, veredas- de tiendas, y, curiosamente, y en pocos metros, los símbolos más internacionales de la Argentina del momento: Mafalda, la incombustible, Messi... y Bergogglio, el Papa Francisco. Agnóstico en materia de fútbol y religión, debo confesar que me siento más próximo de la fe que tuve y perdí que de la que nunca me ha dado ni frío ni calor, pero para eso ya está Blanca, culé de corazón... a Bergogglio, por lo menos, le deseo un mejor asesoramiento en materia fiscal del que, al parecer, recibe su paisano... curiosamente, esas dos figuras, demostraciones inequívocas de que Dios es argentino, no están exentas de polémica en su tierra; el Papa parece demasiado izquierdista a los que no lo son, o, en términos de la revista satírica "Barcelona", "Un neozurdo de mierda"; se comenta que su reciente recepción a Macri, el nuevo Presidente, fue notablemente fría. De Messi se dice que no se entrega cuando viste la albiceleste, y -sospecho yo- por cosas menores habrán ido algunos al paredón... en cuanto a Mafalda... en "Lenín y vos", un desternillante cómic que compraré días después, V.I. -tras confirmar lo que sospechábamos; que Felipe fue "desaparecido" en 1978- dice de ella: "El éxito de Mafalda es congelar el recuerdo de una Clase Media cuando aún era querible..."
Pero ahora, el minibus enfila hacia Puerto Madero... chavales, eso es otra cosa... habíamos pasado de calles y avenidas europeizantes, parisinas en su concepción, madrileñas en su concreción, a las viejas calles porteñas de emigrantes, carros de altas ruedas, y el fantasma de Marco y su mono Amedio en cada esquina, y ahora entramos en el Siglo XXI de verdad... aquí hay pasta, aquí hay guita, aquí hay modernidad, y Europa se va diluyendo... es curioso, pero América aflora en los detalles: la delatan sus árboles corpulentos, nada que ver con los europeos, ni siquiera con los árboles americanos trasplantados a Europa; la delatan también los coches de policía, con descomunales parachoques... Puerto Madero -dicen- se inspiró en las operaciones de la Vila Olímpica de Barcelona, pero donde los docks barceloneses apenas si miden cien metros, aquí van por kilómetros, y tus vértebras cervicales experimentan contorsiones neoyorquinas para llegar a ver los rascacielos en su fastuosa totalidad... ni siquiera un puente de Calatrava, milagrosamente intacto, acaba de despistarte... aquí está la vitalidad americana, el sueño americano, los réditos de la lana, el petróleo, la soja... sin descartar algún blanqueíllo de ricos de allá, es decir, de acá desde donde esto se escribe... aún recorreremos más veces esas avenidas a la sombra de los edificios más impactantes, sabiendo que esas aguas chocolate que los bañan son las del vecino Río de la Plata, a través del cual la sangre de media Sudamérica se entrega al Océano Atlántico millas y millas más al Este
La excursión toca a su fin,,, los turistas que querían comer en Puerto Madero ya se han bajado, y el minibús rueda ya por avenidas de tamaño razonable -dentro de lo grande, por supuesto-, hasta la esquina de la Calle Florida, esa sí plenamente madrileña si hubiese menos cambistas y más vendedores de lotería: allí nos está esperando Marc, el hermano de Blanca, que será nuestro cicerone por el Buenos Aires de verdad, el que aprenderemos a amar, un Buenos Aires poblado por gentes de carne y hueso, nuestra carne y nuestro hueso, no por muñecos de cartón piedra... el Buenos Aires que conocemos los que hemos tenido, siquiera por pocos días, el placer de recorrer sus calles.
Hemos llegado a Buenos Aires después de una noche de duermevela, en ese tiempo-no tiempo de los vuelos en clase turista, en los que, durante horas y horas, no sucede absolutamente nada -y es lo mejor que puede suceder-, mientras miro, hipnotizado, el avioncito que, en el monitor, sobrevuela, a miles de metros de altura y decenas de grados bajo cero, abismos marinos y no menos insondables extensiones selváticas o duras sabanas del Planalto brasileño... a nuestro alrededor, débilmente iluminados por las lucecitas rojas, se agitan en sus butaquitas o se levantan a hacer pipí seres abisales, como nosotros, descalzos, las ropas desabrochadas, algunos curiosos collares cervicales aún sobre sus hombros. Predominan los argentinos -volamos en Aerolíneas-, y son frecuentes los grupos mamá-hijo o hija o papá-hijo o hija.. la emigración -reflexiono- no es un buen cimiento para las relaciones de pareja... quizás si el vuelo durase varios días, surgirían de aquí nuevas posibilidades, en fin...
En el aeropuerto Ministro Pisarini -es decir, Eceiza-, nos han recogido un guía de la agencia turística y un conductor que, a partir de ahora, serán, en la distancia, nuestros ángeles de la guarda: estamos acostumbrados a viajar por libres, pero esta vez -con tantos vuelos internos y tantas excursiones que coordinar- nos hemos puesto en manos de profesionales, y experimento la agradable sensación de no tener que tomar demasiadas decisiones y delegar en quienes más saben y, al fin y al cabo, ya está todo pagado... entrevemos una autopista de peaje, con más tráfico del que cabría esperar por la hora, calles y avenidas absolutamente urbanas y reconocibles para nuestros estándares europeos. Nos dejan, prácticamente en volandas, en el hotel Dazzler Recoleta, que será nuestro hogar en Buenos Aires durante nuestras dos breves estancias, y apenas si podemos descansar un par de horas en nuestra cama de media hectárea, que ocupa más o menos el centro de una habitación del tamaño de una manzana del Eixample... se confirma, una vez más, la no del todo ilógica correlación entre el tamaño del país y las dimensiones de las instalaciones hoteleras, que ya habíamos comprobado en Rusia... y, por el extremo opuesto, en Holanda o en el Japón.
Ducha, desayuno, y ya estamos en el minibús con el cual, durante tres apretadas horas, vamos a recorrer el Buenos Aires que todos conocemos: al igual que en el avión, predominan los argentinos; estos países enoooornes -y vuelvo a pensar en Rusia- se prestan mucho al turismo interior. El resto -me parece que hay otra pareja española- son brasileños, de la Potencia del Norte, y la guía explica el recorrido en una simpática síntesis de las dos lenguas hermanas, eso que suele llamarse "Portuñol"... emprendemos, por lo tanto, un recorrido por nuestra memoria preexistente de lo que es el Buenos Aires leído en tantos y tantos libros, entrevisto en tantas y tantas películas, contado por visitantes... los bosques de Palermo, el Parque Japonés -¡Ay, Garufa, vos sós un caso perdido!- la Avenida Más Ancha del Mundo, el Obelisco... hasta llegar a la Plaza de Mayo: parada, y galería para ir al baño y comprar imanes de nevera.
Imaginad que, en un espacio -grande, eso sí- se concentran un antiguo edificio colonial -de la colonia de los tuyos-, la catedral -rara, con pintas de Museo de Historia Natural- donde tuvo su cátedra el actual Papa, la Casa Rosada, rodeada de poco democráticas vallas -¡La Casa Rosada, los discursos de Perón, Evita, Frondizi, los militares, otra vez los militares, Alfonsín, el Turco, Kirchner, otra vez Kirchner...! -, pintados en el suelo, los blancos pañuelos de las Madres, un falso cementerio .-cruces blancas sobre pasto verde- de Héroes de Malvinas, una acampada de indígenas, con sus cruces andinas, una mesa pidiendo la libertad de una señora que no conocemos, detenida por algo que ignoramos, pero que firmo, porque lo pide el PCA, y uno, viejo zurdo, sigue teniendo reflejos disciplinados y, además, en general no me gusta que la gente esté en la cárcel, casi ni siquiera los que lo merecen... Evitas y Chés por todas partes, algo de artesanía más o menos étnica, redoble rítmico de tambores... todo eso, con jet-lag, tumbaría a un toro... aguanto como puedo, y vuelvo a subir, casi a gatas, al minibús que, por unos angustiosos momentos, habíamos perdido de vista...
Ahora circulamos por un Buenos Aires muy distinto, de calles más estrechas, muchas empedradas, edificios menos glamurosos... de pronto, todo alrededor toma una pátina de descuido, de decadencia, un aire ajado... y, de repente, una pedrada de colorido chillón y arrabalero, cientos de turistas, cientos de tiendas para turistas, cientos de tanguistas para hacerse fotos con los turistas... hemos llegado a Caminito, el corazón de la Boca.
Vaya por delante que no soy amigo de lo "pintoresco"; no me hace mucha gracia visitar sitios donde no me gustaría vivir, y donde no me gusta que otros no tengan más remedio que vivir; preferiría que todo el Mundo pudiese residir -ya que no en adosados- en anodinos pisitos de setenta metros cuadrados, con sofá y calefacción, en vez de en entrañables conventillos de chapa ondulada multicolor, animados por los vibrantes tangos que lanzan al viento las victrolas de los vecinos, con depósitos de agua en los oxidados tejados, cagaderos cutres en el patio posterior y redadas antidroga día sí y día no... pero la mañana es clara y soleada, hay más vendedores que -presumo- auténticos residentes, y el espectáculo es alegre... nos insisten en que mejor no se nos ocurra ir de noche y vuelvo a recaer en mis reparos; no me gustan los sitios que no puedo visitar de noche... pero luego, al fin, me dejo llevar por el encanto del lugar... una simpática señora nos vende imanes artesanales, que son auténticos cuadritos... "Mis papás son gallegos.. ¡bueno, de Galicia, quiero decir...!" Le confirmamos que a los de Galicia se les llama gallegos, sin ningún problema, y sin que se lo tomen a mal, al contrario... ¿Cuántas veces, a lo largo de los días, oiremos hablar de padres y abuelos españoles...?.
Otra vez al minibus, y nueva parada: esta vez, a un lugar de culto... exacto, la "bombonera", el estadio del Boca Juniors... otra vez aceras -perdón, veredas- de tiendas, y, curiosamente, y en pocos metros, los símbolos más internacionales de la Argentina del momento: Mafalda, la incombustible, Messi... y Bergogglio, el Papa Francisco. Agnóstico en materia de fútbol y religión, debo confesar que me siento más próximo de la fe que tuve y perdí que de la que nunca me ha dado ni frío ni calor, pero para eso ya está Blanca, culé de corazón... a Bergogglio, por lo menos, le deseo un mejor asesoramiento en materia fiscal del que, al parecer, recibe su paisano... curiosamente, esas dos figuras, demostraciones inequívocas de que Dios es argentino, no están exentas de polémica en su tierra; el Papa parece demasiado izquierdista a los que no lo son, o, en términos de la revista satírica "Barcelona", "Un neozurdo de mierda"; se comenta que su reciente recepción a Macri, el nuevo Presidente, fue notablemente fría. De Messi se dice que no se entrega cuando viste la albiceleste, y -sospecho yo- por cosas menores habrán ido algunos al paredón... en cuanto a Mafalda... en "Lenín y vos", un desternillante cómic que compraré días después, V.I. -tras confirmar lo que sospechábamos; que Felipe fue "desaparecido" en 1978- dice de ella: "El éxito de Mafalda es congelar el recuerdo de una Clase Media cuando aún era querible..."
Pero ahora, el minibus enfila hacia Puerto Madero... chavales, eso es otra cosa... habíamos pasado de calles y avenidas europeizantes, parisinas en su concepción, madrileñas en su concreción, a las viejas calles porteñas de emigrantes, carros de altas ruedas, y el fantasma de Marco y su mono Amedio en cada esquina, y ahora entramos en el Siglo XXI de verdad... aquí hay pasta, aquí hay guita, aquí hay modernidad, y Europa se va diluyendo... es curioso, pero América aflora en los detalles: la delatan sus árboles corpulentos, nada que ver con los europeos, ni siquiera con los árboles americanos trasplantados a Europa; la delatan también los coches de policía, con descomunales parachoques... Puerto Madero -dicen- se inspiró en las operaciones de la Vila Olímpica de Barcelona, pero donde los docks barceloneses apenas si miden cien metros, aquí van por kilómetros, y tus vértebras cervicales experimentan contorsiones neoyorquinas para llegar a ver los rascacielos en su fastuosa totalidad... ni siquiera un puente de Calatrava, milagrosamente intacto, acaba de despistarte... aquí está la vitalidad americana, el sueño americano, los réditos de la lana, el petróleo, la soja... sin descartar algún blanqueíllo de ricos de allá, es decir, de acá desde donde esto se escribe... aún recorreremos más veces esas avenidas a la sombra de los edificios más impactantes, sabiendo que esas aguas chocolate que los bañan son las del vecino Río de la Plata, a través del cual la sangre de media Sudamérica se entrega al Océano Atlántico millas y millas más al Este
viernes, 4 de marzo de 2016
Argentina: recuerdo de urgencia...
Llevo poco más de 20 horas en casa, y Argentina empieza a ser ya un recuerdo... estaré días hablando de ella, pero aquí van mis primeras líneas apresuradas...
Blanca y yo somos viajeros tardíos: aunque ella empezó fuerte, pronto estábamos los dos dedicados al cuidado de nuestras hermosas camada de subadultos, en nuestras primeras parejas primero, juntos después... hemos podido aprovechar estos escasos años entre sus felices emancipaciones y la inevitable decadencia física y económica que nos espera, para poder dar salida a nuestras ansias de ver todas las cosas que nos aguardaban ahí afuera... esa premura temporal nos acerca peligrosamente a la denostada figura del turista -si hoy es jueves, esto es El Chaltén-, de la que pretendemos. con más o menos éxito, huir, a través, primero, de la documentación previa -años y años de lectura en sillón te preparan mucho más de lo que parece, y ese es mi fuerte- y, después, por supuesto, durante el viaje, a través de la comunicación, materia en la que reconozco que Blanca está considerablemente más dotada que yo... Nada más lejos de nosotros que el fantástico personaje de Bill Murray en "Lost in traslation"; tenemos demostrado que hasta en Japón somos capaces de pegar la hebra con la población local, aunque sea por señas y reverencias.
Nuestro viaje a Argentina han sido, de hecho, dos diferentes; el magnífico viaje al Sur nos ha aproximado a una Naturaleza majestuosa, tanto por su enormidad -esos espacios desiertos increíbles- y la tensión interna de su dureza -hemos experimentado vientos huracanados, frío, oleaje embravecido... -como por su simbolismo de Finis Terrae, esa emoción que sentí al poder, por fin, identificar en un cielo vibrante de estrellas, la Cruz del Sur; pero también nos ha dado la oportunidad de compartirla con otros viajeros, que descubrían lo mismo y al mismo tiempo que nosotros -¡Chau, Ceci!-, y también con los que allí viven... cierto es que el contacto del viajero se reduce muchas veces a guías, taxistas, camareros..., pero entre ellos hemos encontrado personas magníficas e interesantísimas... relaciones todas ellas facilitadas por su amabilidad, tan ilimitada como sus tierras, su profundo poso cultural -si hay una palabra para definir a Argentina es esa; es una sociedad culta-, y esa familiaridad, casi hermandad, que crea un idioma común y querido, en el cual nos movemos, nos sentimos siempre como en casa.
Buenos Aires ha sido otra cosa; allí nos ha acompañado Marc, el hermano pequeño de Blanca, que la conoce como la palma de su mano; así, tras un primer recorrido turístico en microbús, donde, en tres horas, prácticamente nos comimos todos los tópicos -desde la Avenida Más Ancha del Mundo a la Bombonera del Boca Juniors- hemos podido abandonar el afán turístico de verlo todo para fingir, por poco tiempo, ser parte de su latido diario... sensación a la que ha contribuido decisivamente haber podido disfrutar de la compañía de su increíble grupo de amigas -y algún amigo-, que sentimos ya como propias, un mosaico de la realidad argentina actual y, al mismo tiempo -y lo hemos encontrado en todas partes- un profundo interés y un muy buen conocimiento de la movida realidad española... y catalana. Por no olvidar la felicidad del reencuento con nuestra amiga Cristina Argota.
La vuelta a casa no ha sido sencilla: aquí la vida seguía su curso, y, por desgracia, había malas noticias sobre una persona querida, que nos preocupan seriamente... los viajes no suspenden la vida, abren una ventana a nuevas situaciones, a nuevas tierras, a nuevas personas que atraviesan tu camino, y que esperas -o no, eso depende- reencontrar, pero después siempre regresas, no exactamente el mismo; algo más viejo, algo más cansado, algo más sabio, a veces algo más gordo -¡Éxito, he sobrevivido sin estragos al dulce de leche y el alfajor!-y, por supuesto, con bastante menos dinero en la cuenta corriente... pero no faltan ocasiones en que, por un momento, te parece ver algo así como un atisbo de otra vida posible, un desvío hacia otra realidad, donde tú podrías haber sido un tú distinto, ni mejor ni peor, diferente... por eso acabo esta primera entrada con una de las peores del millar largo de fotos que traigo: en la frontera con Chile -¡Qué mal rollito se traen los dos...!, lejos de la carretera, bajo un cielo inmenso, en una pampa nos menos inmensa, un jinete, cabalga en su caballo; parece encerrado en su mundo, ni siquiera mira hacia nosotros, no sabemos de donde viene, ni a donde va... quizás es uno de esos peones que, en los tiempos duros, apenas ganaban para comprar un par de alpargatas y unas velas, que se sublevaron contra los hacendados y que el Ejército masacró... quizás es un hacendado, de esos que cuentan sus hectáreas por decenas de miles...otra vida, otras preocupaciones, seguramente, en el fondo, tan parecidas a las nuestras...
Blanca y yo somos viajeros tardíos: aunque ella empezó fuerte, pronto estábamos los dos dedicados al cuidado de nuestras hermosas camada de subadultos, en nuestras primeras parejas primero, juntos después... hemos podido aprovechar estos escasos años entre sus felices emancipaciones y la inevitable decadencia física y económica que nos espera, para poder dar salida a nuestras ansias de ver todas las cosas que nos aguardaban ahí afuera... esa premura temporal nos acerca peligrosamente a la denostada figura del turista -si hoy es jueves, esto es El Chaltén-, de la que pretendemos. con más o menos éxito, huir, a través, primero, de la documentación previa -años y años de lectura en sillón te preparan mucho más de lo que parece, y ese es mi fuerte- y, después, por supuesto, durante el viaje, a través de la comunicación, materia en la que reconozco que Blanca está considerablemente más dotada que yo... Nada más lejos de nosotros que el fantástico personaje de Bill Murray en "Lost in traslation"; tenemos demostrado que hasta en Japón somos capaces de pegar la hebra con la población local, aunque sea por señas y reverencias.
Nuestro viaje a Argentina han sido, de hecho, dos diferentes; el magnífico viaje al Sur nos ha aproximado a una Naturaleza majestuosa, tanto por su enormidad -esos espacios desiertos increíbles- y la tensión interna de su dureza -hemos experimentado vientos huracanados, frío, oleaje embravecido... -como por su simbolismo de Finis Terrae, esa emoción que sentí al poder, por fin, identificar en un cielo vibrante de estrellas, la Cruz del Sur; pero también nos ha dado la oportunidad de compartirla con otros viajeros, que descubrían lo mismo y al mismo tiempo que nosotros -¡Chau, Ceci!-, y también con los que allí viven... cierto es que el contacto del viajero se reduce muchas veces a guías, taxistas, camareros..., pero entre ellos hemos encontrado personas magníficas e interesantísimas... relaciones todas ellas facilitadas por su amabilidad, tan ilimitada como sus tierras, su profundo poso cultural -si hay una palabra para definir a Argentina es esa; es una sociedad culta-, y esa familiaridad, casi hermandad, que crea un idioma común y querido, en el cual nos movemos, nos sentimos siempre como en casa.
Buenos Aires ha sido otra cosa; allí nos ha acompañado Marc, el hermano pequeño de Blanca, que la conoce como la palma de su mano; así, tras un primer recorrido turístico en microbús, donde, en tres horas, prácticamente nos comimos todos los tópicos -desde la Avenida Más Ancha del Mundo a la Bombonera del Boca Juniors- hemos podido abandonar el afán turístico de verlo todo para fingir, por poco tiempo, ser parte de su latido diario... sensación a la que ha contribuido decisivamente haber podido disfrutar de la compañía de su increíble grupo de amigas -y algún amigo-, que sentimos ya como propias, un mosaico de la realidad argentina actual y, al mismo tiempo -y lo hemos encontrado en todas partes- un profundo interés y un muy buen conocimiento de la movida realidad española... y catalana. Por no olvidar la felicidad del reencuento con nuestra amiga Cristina Argota.
La vuelta a casa no ha sido sencilla: aquí la vida seguía su curso, y, por desgracia, había malas noticias sobre una persona querida, que nos preocupan seriamente... los viajes no suspenden la vida, abren una ventana a nuevas situaciones, a nuevas tierras, a nuevas personas que atraviesan tu camino, y que esperas -o no, eso depende- reencontrar, pero después siempre regresas, no exactamente el mismo; algo más viejo, algo más cansado, algo más sabio, a veces algo más gordo -¡Éxito, he sobrevivido sin estragos al dulce de leche y el alfajor!-y, por supuesto, con bastante menos dinero en la cuenta corriente... pero no faltan ocasiones en que, por un momento, te parece ver algo así como un atisbo de otra vida posible, un desvío hacia otra realidad, donde tú podrías haber sido un tú distinto, ni mejor ni peor, diferente... por eso acabo esta primera entrada con una de las peores del millar largo de fotos que traigo: en la frontera con Chile -¡Qué mal rollito se traen los dos...!, lejos de la carretera, bajo un cielo inmenso, en una pampa nos menos inmensa, un jinete, cabalga en su caballo; parece encerrado en su mundo, ni siquiera mira hacia nosotros, no sabemos de donde viene, ni a donde va... quizás es uno de esos peones que, en los tiempos duros, apenas ganaban para comprar un par de alpargatas y unas velas, que se sublevaron contra los hacendados y que el Ejército masacró... quizás es un hacendado, de esos que cuentan sus hectáreas por decenas de miles...otra vida, otras preocupaciones, seguramente, en el fondo, tan parecidas a las nuestras...
viernes, 19 de febrero de 2016
El reloj del Pont d'Esplugues...
Últimas horas en Barcelona: paso por un lugar que ha jugado un papel importante en mi vida, y empiezo a reflexionar sobe hechos lejanos y cercanos...
Con el corazón encogido característico de mis visitas al dentista -aunque sea una persona tan encantadora como mi doctora Yulimar Bracho-, mi autobús cruza el Pont d'Esplugues, y veo, por el rabillo del ojo, su reloj, limpio, minimalista y funcional, y la placa que recuerda la novela de Ignasi Riera que lleva su nombre: "El rellotge del Pont d'Esplugues". Este puente ha sido un lugar simbólico en una época especialmente decisiva en mi vida, y pensar en Nani Riera -y en los problemas que en su obra refleja, nada ajenos a los míos, por cierto- me lleva al PSUC, el partido en que ambos militamos en su momento... y a un suceso reciente, que ha conmovido Catalunya.
Si algo echo de menos cuando estoy lejos de Barcelona es su ordenado y relativamente pacífico tráfico, tan distinto del que ves y padeces en otras muchas ciudades de parecido o superior porte: pero esa engañosa civilidad no deja de encubrir peligros evidentes; recordemos que al propio Gaudí se lo llevó por delante un tranvía: hace muy poco, un atropello de bicicleta -de esas pacíficas y verdes bicicletas, cantadas por muchos de mis correligionarios- ha acabado con la vida de Muriel Casals, personaje emblemático del Procès, el Proceso político independentista que tiene encandilados e hiperventilados a, más o menos, la mitad de los ciudadanos de Catalunya, y sumidos, alternativamente, en la incredulidad y la zozobra a más o menos la otra mitad, entre los cuales, ¡ay!, me cuento.
No conocí personalmente a Muriel, y me extraña, porque hemos seguido trayectorias bastante comunes: posiblemente, por ser ella tres años mayor que yo, y esas distancias biográficas, a veces, pesan... estudiantes y profesores ambos de Ciencias Económicas, posteriormente militantes del PSUC... descubro, eso sí, que compartíamos gran número de conocidos y amigos comunes, cosa normal en una ciudad donde, a poco que rasques, todos nos movemos en círculos bastante compactos: sí fui durante un tiempo disciplinado militante bajo las amables órdenes de Emili, su compañero muchos años y padre de su hija... en el PSUC seguramente coincidimos, aunque lo cierto es que yo ingresé tarde, cuando los más espabilados ya iban saliendo; fui uno, aunque pocas uvas cogí, de los "vendimiadores de la última hora", como, en acertada parábola me llamó en una ocasión Alfonso Carlos Comín, acogiéndome en su seno: lo dijo ante un reducido grupo, pero mirándome fijamente, y él y yo sabíamos por qué; algún día me animaré a contarlo.
Ayer mismo, Blanca Vilà, una querida amiga, publicaba en Facebook el artículo que a Muriel ha dedicado otra de las personas a las que aprecio especialmente, a nivel intelectual y humano; Francesc de Carreras, de cuya amistad, y la de su esposa, Aurita, disfruté durante un agradable y recordado espacio de tiempo: desde una posición política claramente opuesta a la que Muriel representó en sus últimos años de vida pública, Francesc hace un ejercicio de elegancia ante el oponente y de cariño hacia la amiga muerta, justo lo que podíamos esperar de él quienes le queremos y admiramos. Casi preferiría no establecer comparaciones con la lamentable columna que dedicó a Muriel un personajillo que ya rozaba la abyección bastante antes de caerse del caballo, abandonar su decidida vocación de "enfant terrible" convergent, y reaparecer como fustigador de catalanistas en la peor prensa madrileña... ni con las esperadas, pero no por ello menos chocantes, reacciones hagiográficas del entorno oficial del Procès, lluvia de medallas de oro incluida...
Soy el primero en no sorprenderme de que del PSUC -aquel Partido que, en algunos momentos, monopolizó buena parte del espectro político de la Catalunya que no estaba muy a gustito dentro del caldo del Franquismo- haya salido tanto independentista... algo se debió oler el bueno de Stalin, cuando lo vigilaba tan estrechamente; y una duda terrible me asalta...¿Podría llegar yo a experimentar una evolución semejante...? conocedor de mi trayectoria personal y de mi escaso criterio en materia política, ¿me atrevería, honestamente, a descartarlo...? Estoy por decir que casi me alegraría; sería buena señal de que el Procès habría alcanzado, bastantes días antes, el punto más alto de su trayectoria parabólica, y los ánimos mayoritarios se orientarían ya a buscar soluciones en las zonas más templadas y razonables, aunque escasamente épicas, del diálogo y la convivencia...
Con el corazón encogido característico de mis visitas al dentista -aunque sea una persona tan encantadora como mi doctora Yulimar Bracho-, mi autobús cruza el Pont d'Esplugues, y veo, por el rabillo del ojo, su reloj, limpio, minimalista y funcional, y la placa que recuerda la novela de Ignasi Riera que lleva su nombre: "El rellotge del Pont d'Esplugues". Este puente ha sido un lugar simbólico en una época especialmente decisiva en mi vida, y pensar en Nani Riera -y en los problemas que en su obra refleja, nada ajenos a los míos, por cierto- me lleva al PSUC, el partido en que ambos militamos en su momento... y a un suceso reciente, que ha conmovido Catalunya.
Si algo echo de menos cuando estoy lejos de Barcelona es su ordenado y relativamente pacífico tráfico, tan distinto del que ves y padeces en otras muchas ciudades de parecido o superior porte: pero esa engañosa civilidad no deja de encubrir peligros evidentes; recordemos que al propio Gaudí se lo llevó por delante un tranvía: hace muy poco, un atropello de bicicleta -de esas pacíficas y verdes bicicletas, cantadas por muchos de mis correligionarios- ha acabado con la vida de Muriel Casals, personaje emblemático del Procès, el Proceso político independentista que tiene encandilados e hiperventilados a, más o menos, la mitad de los ciudadanos de Catalunya, y sumidos, alternativamente, en la incredulidad y la zozobra a más o menos la otra mitad, entre los cuales, ¡ay!, me cuento.
No conocí personalmente a Muriel, y me extraña, porque hemos seguido trayectorias bastante comunes: posiblemente, por ser ella tres años mayor que yo, y esas distancias biográficas, a veces, pesan... estudiantes y profesores ambos de Ciencias Económicas, posteriormente militantes del PSUC... descubro, eso sí, que compartíamos gran número de conocidos y amigos comunes, cosa normal en una ciudad donde, a poco que rasques, todos nos movemos en círculos bastante compactos: sí fui durante un tiempo disciplinado militante bajo las amables órdenes de Emili, su compañero muchos años y padre de su hija... en el PSUC seguramente coincidimos, aunque lo cierto es que yo ingresé tarde, cuando los más espabilados ya iban saliendo; fui uno, aunque pocas uvas cogí, de los "vendimiadores de la última hora", como, en acertada parábola me llamó en una ocasión Alfonso Carlos Comín, acogiéndome en su seno: lo dijo ante un reducido grupo, pero mirándome fijamente, y él y yo sabíamos por qué; algún día me animaré a contarlo.
Ayer mismo, Blanca Vilà, una querida amiga, publicaba en Facebook el artículo que a Muriel ha dedicado otra de las personas a las que aprecio especialmente, a nivel intelectual y humano; Francesc de Carreras, de cuya amistad, y la de su esposa, Aurita, disfruté durante un agradable y recordado espacio de tiempo: desde una posición política claramente opuesta a la que Muriel representó en sus últimos años de vida pública, Francesc hace un ejercicio de elegancia ante el oponente y de cariño hacia la amiga muerta, justo lo que podíamos esperar de él quienes le queremos y admiramos. Casi preferiría no establecer comparaciones con la lamentable columna que dedicó a Muriel un personajillo que ya rozaba la abyección bastante antes de caerse del caballo, abandonar su decidida vocación de "enfant terrible" convergent, y reaparecer como fustigador de catalanistas en la peor prensa madrileña... ni con las esperadas, pero no por ello menos chocantes, reacciones hagiográficas del entorno oficial del Procès, lluvia de medallas de oro incluida...
Soy el primero en no sorprenderme de que del PSUC -aquel Partido que, en algunos momentos, monopolizó buena parte del espectro político de la Catalunya que no estaba muy a gustito dentro del caldo del Franquismo- haya salido tanto independentista... algo se debió oler el bueno de Stalin, cuando lo vigilaba tan estrechamente; y una duda terrible me asalta...¿Podría llegar yo a experimentar una evolución semejante...? conocedor de mi trayectoria personal y de mi escaso criterio en materia política, ¿me atrevería, honestamente, a descartarlo...? Estoy por decir que casi me alegraría; sería buena señal de que el Procès habría alcanzado, bastantes días antes, el punto más alto de su trayectoria parabólica, y los ánimos mayoritarios se orientarían ya a buscar soluciones en las zonas más templadas y razonables, aunque escasamente épicas, del diálogo y la convivencia...
lunes, 8 de febrero de 2016
Argentina previsitada...
Dentro de pocos días, si todo va bien, estaré volando hacia Argentina...
Un viaje mil veces soñado es un viaje ya casi medio disfrutado: viajé por sorpresa a Kenia, un país que me atraía profundamente, pero que no estaba en mis planes poder visitar, y nos fuimos al Japón casi sin pensarlo, en una decisión rápida de la que nunca nos arrepentiremos. Pero -al igual que a la Toscana- siempre he pensado que iría a Argentina, faltaba buscar el cuándo y el cómo; parece que ya los tenemos aquí.
¿Qué busco en la Argentina...? cosas muy diferentes: bajaremos en los primeros días hasta Ushuaia, en la punta argentina de Tierra de Fuego, y navegaremos por el Canal del Beagle, sintiendo la atracción del gran vacío que se abre hacia el Sur, hacia los hielos de la Antártida, el auténtico Fín del Mundo... es curioso, pero he conocido a cuatro personas que han estado allí, lo cual debe suponer un porcentaje importante de sus escasísimos visitantes, incluyendo a dos -dos militares- que llegaron hasta el Polo Sur... a todos les he preguntado lo mismo: "¿Cómo es aquello...?" "Solitario, duro, puro..." ha sido su respuesta. Tierras -por decir algo- donde estás solo contigo mismo, si excluyes el hielo y cuatro pingüinos, tierras para conocerte mejor, en profundidad... suerte que no podré pisarlas nunca, prefiero conocerme solo superficialmente, la verdad... pero me apetece sentir mis pies firmes en la tierra fueguina -o en la cubierta del barquito de turistas- y, regado por los rociones de las olas, mirar hacia el Sur infinito... tengo también la obsesión de ver brillar, en el firmamento, la Cruz del Sur; en Kenia la entreví una sola vez, pero enseguida se nublaba; ahora me esperan días de luna llena, que no son los mejores para ver a Acrux y sus compañeras, y con un tiempo de perros, pese a estar en pleno Verano Austral, pero espero tener más oportunidades de seguir un rumbo hasta ahora desconocido para mí, que llevo toda una vida mirando al Norte.
Pero la estancia más larga la tendremos en El Calafate: busco en esas tierras el sentimiento de la soledad ante la inmensidad de los paisajes... para mí, la Naturaleza con mayúsculas han sido siempre los Pirineos, pero basta con sobrevolarlos en avión para situarlos en su justa perspectiva... recuerdo, hace años, que una institución pública organizaba "cursos de supervivencia"... en una estación de esquí: mi iconoclasta hermano Ricardo se partía el pecho... "¡No hay ningún punto de los Pirineos que esté a más de seis horas andando de un Supermercado...!", decía, exagerando, pero no mucho... Los Alpes te devuelven el sentido de la Montaña Salvaje... si eliminas, con un photoshop mental, telesillas y trenecitos que se encaraman a prácticamente todas sus cumbres. Entre las inmensidades patagónicas, espero disfrutar del mismo sentimiento que experimentaba cuando, en vuelo hacia Tokio, la pantalla del avión me informaba de que estaba cruzando la Siberia de Miguel Strogoff: visitaremos Perito Moreno, un glaciar que -cosa insólita- avanza, pero también haremos dos excursiones más largas, cada una de un día en carretera, que hasta hace pocos años ni siquiera estaba asfaltada, hacia El Chaltén, al pie del "Monte Humeante" que los primeros europeos llamaron Fitzroy y, en otra jornada de culos planos, muchas horas en coche hasta las Torres del Paine, ya entrando en Chile, viendo las últimas cumbres de los Andes. Modestos tresmiles, pero de perfiles verticales imposibles que hunden sus pies en los fiordos del Pacífico...
Y, al principio y al final, Buenos Aires. Si, como creo cada vez con más seguridad, la verdadera Patria es nuestra lengua materna, Buenos Aires es la mayor ciudad de mi Patria particular, si dejamos en otra categoría México D.F., que más que una ciudad es ya un mundo... antes de hacer un viaje, me gusta bucear un poco en la cultura local: en este caso, no es necesario, porque la Cultura argentina es, en gran medida, también mía... sin Borges y sin Cortázar no se entenderían mis primeros años de empedernido lector, y sin Manuel Puig me hubiese costado más desprenderme de mi homofobia primitiva, en la doble acepción de la palabra; inicial, y propia tan sólo de seres primitivos. Y me siento muy orgulloso de que "Los libros del Lince", la pequeña editorial de la cual somos pequeños accionistas, haya publicado hace poco una deslumbrante novela de Matías Néspolo, al que auguro una larga carrera como narrador..; tengo perdida la cuenta de las veces que habré cantado "Caminito" antes de pisar las calles de La Boca, y ya sabéis ante la puerta de qué número de Corrientes me detendré, sin necesidad de subir al segundo piso por el ascensor... mi visión de la vida sería distinta sin los dibujos de Quino, sin la desquiciada e irresistible música de Les Luthiers, y en mi corazón de rojo liberal hay siempre una velita ante el altar del Ché, "que era argentino y cubano": no puedo ver unas vaquitas yéndose por una senda sin recordar a Atahualpa Yupanqui, el vasco más argentino de la historia; no hace 48 horas que veía a Darín practicando el deporte de Levantamiento de Goyas... ¡Y aún suerte que nunca me ha importado el fútbol...!
Tengo ya, antes de ir, mi propia Argentina, el poso que en mí han dejado desde los primeros conocidos emigrantes que volvían a la triste España de los años 50 contando maravillas, y regalándome un billete de 1 Peso, hasta las Argentinas que me han contagiado tantos y tantos amigos, de todos los colores, a través de los cuales pude vivir su tragedia de los años 70, no tan distinta de la nuestra de los años 30: los periodistas radicales -¡qué guapa, ella...!- que me enseñaban a cantar la "Marcha de la Libertad", y que discutían con el conserje peronista -de Perón y, sobre todo, de Evita- de nuestra residencia, tomando mate cocido, al que tanto me aficioné; mi amigo "zurdo"-y judío, por más señas- que tuvo que poner Océano por medio para salvar su vida, casi el único de su grupo de amigos; el torturado torturador que, en una noche inolvidable, lloraba sobre mí descargando sus culpas... hasta su Guerra de las Malvinas fue un poco mía, porque puso en tensión todas mis costuras mentales... ¿Una Dictadura atacando a una Democracia, y yo dudando? pues si... hasta que me dejé llevar por mis simpatías y, lo confieso, por mi solidaridad entre europeos: ¿Y quién es más europeo, el que está a miles de millas pero siempre quiso serlo y, a la que puede, se planta en Madrid o en París, o el que está a pocos kilómetros, pero a regañadientes, pendiente siempre del primo rico, y dando por saco sin parar...?
Sé que encontraré una Argentina inmersa en varias crisis: la recurrente económica y social, originada por el contacto explosivo entre sus doradas esperanzas de futuro y su deprimente realidad actual; la creada por el reciente cambio político, la propia crisis demográfica -una emigración, que allí corre de Norte a Sur, qué cosas, y que la está haciendo cada vez más americana, más nativa, más reconciliada con sus raíces de antes de los barcos-... es igual; sea cual sea, siempre ha sido, siempre será mi Argentina... ¡esperá, que ya voy llegando...!
Un viaje mil veces soñado es un viaje ya casi medio disfrutado: viajé por sorpresa a Kenia, un país que me atraía profundamente, pero que no estaba en mis planes poder visitar, y nos fuimos al Japón casi sin pensarlo, en una decisión rápida de la que nunca nos arrepentiremos. Pero -al igual que a la Toscana- siempre he pensado que iría a Argentina, faltaba buscar el cuándo y el cómo; parece que ya los tenemos aquí.
¿Qué busco en la Argentina...? cosas muy diferentes: bajaremos en los primeros días hasta Ushuaia, en la punta argentina de Tierra de Fuego, y navegaremos por el Canal del Beagle, sintiendo la atracción del gran vacío que se abre hacia el Sur, hacia los hielos de la Antártida, el auténtico Fín del Mundo... es curioso, pero he conocido a cuatro personas que han estado allí, lo cual debe suponer un porcentaje importante de sus escasísimos visitantes, incluyendo a dos -dos militares- que llegaron hasta el Polo Sur... a todos les he preguntado lo mismo: "¿Cómo es aquello...?" "Solitario, duro, puro..." ha sido su respuesta. Tierras -por decir algo- donde estás solo contigo mismo, si excluyes el hielo y cuatro pingüinos, tierras para conocerte mejor, en profundidad... suerte que no podré pisarlas nunca, prefiero conocerme solo superficialmente, la verdad... pero me apetece sentir mis pies firmes en la tierra fueguina -o en la cubierta del barquito de turistas- y, regado por los rociones de las olas, mirar hacia el Sur infinito... tengo también la obsesión de ver brillar, en el firmamento, la Cruz del Sur; en Kenia la entreví una sola vez, pero enseguida se nublaba; ahora me esperan días de luna llena, que no son los mejores para ver a Acrux y sus compañeras, y con un tiempo de perros, pese a estar en pleno Verano Austral, pero espero tener más oportunidades de seguir un rumbo hasta ahora desconocido para mí, que llevo toda una vida mirando al Norte.
Pero la estancia más larga la tendremos en El Calafate: busco en esas tierras el sentimiento de la soledad ante la inmensidad de los paisajes... para mí, la Naturaleza con mayúsculas han sido siempre los Pirineos, pero basta con sobrevolarlos en avión para situarlos en su justa perspectiva... recuerdo, hace años, que una institución pública organizaba "cursos de supervivencia"... en una estación de esquí: mi iconoclasta hermano Ricardo se partía el pecho... "¡No hay ningún punto de los Pirineos que esté a más de seis horas andando de un Supermercado...!", decía, exagerando, pero no mucho... Los Alpes te devuelven el sentido de la Montaña Salvaje... si eliminas, con un photoshop mental, telesillas y trenecitos que se encaraman a prácticamente todas sus cumbres. Entre las inmensidades patagónicas, espero disfrutar del mismo sentimiento que experimentaba cuando, en vuelo hacia Tokio, la pantalla del avión me informaba de que estaba cruzando la Siberia de Miguel Strogoff: visitaremos Perito Moreno, un glaciar que -cosa insólita- avanza, pero también haremos dos excursiones más largas, cada una de un día en carretera, que hasta hace pocos años ni siquiera estaba asfaltada, hacia El Chaltén, al pie del "Monte Humeante" que los primeros europeos llamaron Fitzroy y, en otra jornada de culos planos, muchas horas en coche hasta las Torres del Paine, ya entrando en Chile, viendo las últimas cumbres de los Andes. Modestos tresmiles, pero de perfiles verticales imposibles que hunden sus pies en los fiordos del Pacífico...
Y, al principio y al final, Buenos Aires. Si, como creo cada vez con más seguridad, la verdadera Patria es nuestra lengua materna, Buenos Aires es la mayor ciudad de mi Patria particular, si dejamos en otra categoría México D.F., que más que una ciudad es ya un mundo... antes de hacer un viaje, me gusta bucear un poco en la cultura local: en este caso, no es necesario, porque la Cultura argentina es, en gran medida, también mía... sin Borges y sin Cortázar no se entenderían mis primeros años de empedernido lector, y sin Manuel Puig me hubiese costado más desprenderme de mi homofobia primitiva, en la doble acepción de la palabra; inicial, y propia tan sólo de seres primitivos. Y me siento muy orgulloso de que "Los libros del Lince", la pequeña editorial de la cual somos pequeños accionistas, haya publicado hace poco una deslumbrante novela de Matías Néspolo, al que auguro una larga carrera como narrador..; tengo perdida la cuenta de las veces que habré cantado "Caminito" antes de pisar las calles de La Boca, y ya sabéis ante la puerta de qué número de Corrientes me detendré, sin necesidad de subir al segundo piso por el ascensor... mi visión de la vida sería distinta sin los dibujos de Quino, sin la desquiciada e irresistible música de Les Luthiers, y en mi corazón de rojo liberal hay siempre una velita ante el altar del Ché, "que era argentino y cubano": no puedo ver unas vaquitas yéndose por una senda sin recordar a Atahualpa Yupanqui, el vasco más argentino de la historia; no hace 48 horas que veía a Darín practicando el deporte de Levantamiento de Goyas... ¡Y aún suerte que nunca me ha importado el fútbol...!
Tengo ya, antes de ir, mi propia Argentina, el poso que en mí han dejado desde los primeros conocidos emigrantes que volvían a la triste España de los años 50 contando maravillas, y regalándome un billete de 1 Peso, hasta las Argentinas que me han contagiado tantos y tantos amigos, de todos los colores, a través de los cuales pude vivir su tragedia de los años 70, no tan distinta de la nuestra de los años 30: los periodistas radicales -¡qué guapa, ella...!- que me enseñaban a cantar la "Marcha de la Libertad", y que discutían con el conserje peronista -de Perón y, sobre todo, de Evita- de nuestra residencia, tomando mate cocido, al que tanto me aficioné; mi amigo "zurdo"-y judío, por más señas- que tuvo que poner Océano por medio para salvar su vida, casi el único de su grupo de amigos; el torturado torturador que, en una noche inolvidable, lloraba sobre mí descargando sus culpas... hasta su Guerra de las Malvinas fue un poco mía, porque puso en tensión todas mis costuras mentales... ¿Una Dictadura atacando a una Democracia, y yo dudando? pues si... hasta que me dejé llevar por mis simpatías y, lo confieso, por mi solidaridad entre europeos: ¿Y quién es más europeo, el que está a miles de millas pero siempre quiso serlo y, a la que puede, se planta en Madrid o en París, o el que está a pocos kilómetros, pero a regañadientes, pendiente siempre del primo rico, y dando por saco sin parar...?
Sé que encontraré una Argentina inmersa en varias crisis: la recurrente económica y social, originada por el contacto explosivo entre sus doradas esperanzas de futuro y su deprimente realidad actual; la creada por el reciente cambio político, la propia crisis demográfica -una emigración, que allí corre de Norte a Sur, qué cosas, y que la está haciendo cada vez más americana, más nativa, más reconciliada con sus raíces de antes de los barcos-... es igual; sea cual sea, siempre ha sido, siempre será mi Argentina... ¡esperá, que ya voy llegando...!
lunes, 1 de febrero de 2016
Paseando por mi barrio (2)
Sigo calle Alfonso XII arriba...
La plaza de Molina (arquitecto del Siglo XIX) la domina un imponente edificio amarillo; me han dicho que es obra primeriza de Sert. A sus pies, el elegante templete que alberga una estación de los Ferrocarrils de la Generalitat,donde sólo para una línea urbana; las suburbanas pasan de largo, no se muy bien por qué.
Las terracitas de ese lado soleado de la plaza están siempre llenas; predominan los chicos y -¡guau! chicas de mi edad; unos, estrictos controladores de la PSA; las otras, en ese terreno indefinido entre Evax y Tena Lady. Podría intentar ligar con ellas, comparando nuestras recetas de Tratamientos de Larga Duración del Servei Catalá de la Salut, no sé, algo así... Las chicas de la generación anterior -ya quedan pocos chicos- van, en muchos casos, en sillitas de ruedas, propulsadas por sufridos y pacientes hijos e hijas del Altiplano andino. Muchas veces los veo conversar animadamente; ante la imposibilidad de usar sus nativos Catalán y Quechua -o Aymará-, recurren, como "lingua franca", al tosco Castellano de sus comunes invasores; no puedo por menos de recordar un documental visto recientemente, donde un prestigioso antropólogo catalán, tras experimentar una auténtica Epifanía nacional, informaba a sus conocidos de que ya no volvería a usar el Español, por ser "un idioma imperialista"; lo involuntariamente cómico es que se lo decía, en Inglés, a los ingleses... los imagino levantando una ceja y diciendo, displicentes, "Indeed?".
En este mismo edificio, en un Cock d'Or (la grafía era imprecisa) quedaba yo hace muchos, muchos años, con una chica que me gustaba mucho; investigando en Internet, descubrí que pintaba unos cuadros muy interesantes; le envié un messenger alabándoselos, pero no ha contestado. A veces funciona, a veces no, lo siento, pero gracias a las redes sociales, tan denostadas, he restablecido contactos con personas que han sido importantes en mi vida... te reconforta pensar que también has sido parte, por pequeña que sea, de algunos buenos recuerdos de los demás... brindemos por esos buenos recuerdos, aunque sea con un café, en la Plaza Molina, rodeados de viejos, inminentes colegas.
La Calle Balmes tiene su belleza en su utilidad, cosa que no puede decirse de todo el mundo... si no hay atascos, desde la Ronda de Dalt -el límite de Barcelona por debajo de Collserola - a Plaça Catalunya no estarás más de quince minutos en autobús, y una horita andando, que también es asumible, y todo cuesta abajo... Por mi barrio conserva la trayectoria curva de una antigua zanja de tren recubierta, y, pasada Diagonal, hacia abajo, se rectifica integrándose en la cartesiana trama de l'Eixample. En una pared de aguas -esa horrible herencia del crecimiento urbanístico anárquico-, un anuncio viejuno... "¡Terry me vá!", decía un tío... "¡Usted sí que sabe!", contestaba, picarona una jovencita... Era un coñac, cosa que tomábamos entonces... creo que solo conozco a mi prima Reyes que le siga fiel, aunque ella era más de "Magno".
La Ronda del General Mitre -también conocida como Ronda del Mig- cruza Balmes; pensada en su momento como vía rápida, conserva de tal época una mediana con palmeras. Única vía barcelonesa con nombre de militar -de las decenas que había en mis años mozos- tiene la supervivencia garantizada, por ser su titular argentino -como nuestro primer Teniente de Alcalde- y masón... Personaje legendario, enemigo de federalistas y confederales, llegó a ser amigo de Garibaldi... falleció -vaya por Dios- de colitis, y está enterrado en el cementerio de la Recoleta... dentro de pocos días seré vecino suyo, y prometo ir a hacerle una visita. En un piso de General Mitre conocí a Laura, mi primera mujer, y en otro, cerca de donde está hecha esta foto, nació Blanca. También Jordi Pujol vive en ella, hay Ronda General Mitre para todos los gustos.
En el parking de este inocente edificio, en las faldas ya del Putxet, un montículo recubierto de edificios residenciales y un hermoso parque, se cometieron años atrás dos horribles crímenes: en días muy próximos fueron asesinadas dos señoras, de parecida edad y aspecto, pero que aparcaban sus coches en distintas plantas, lo que dio pie a fantásticas elucubraciones sobre crímenes por encargo con inicial error en la víctima: la verdad, todavía más sórdida, era que un asesino que pretendía robar a sus víctimas las había elegido aleatoriamente... en los lugares donde se ha manifestado el Mal queda siempre flotando un algo impalpable, sientes un escalofrío recorriendo tu espina dorsal cuando pasas junto a ellos... brrrrr!
Junto a Balmes está el Parque de Monteroles, en una pequeña afloración rocosa, que lo hace montaraz y poco apto para viejos en Fase Dos. Desde las ventanas de su salón, mi amigo Miguel veía a los alumnos del vecino instituto dedicarse a fumar botánica recreativa, entre ellos a algún hijo nuestro... sacristán antes que fraile, se reía, y luego lo comentábamos... Desde lo alto del Turó de Monteroles, forzando la vista, se entrevé el mar, detrás de la increíble polución que cubre una Barcelona donde hace cerca de tres meses que no llueve ni una gota. Junto a una chica muy, muy rubia, que lee apoyada en su bicicleta, se posa una mariposa, una Vanessa atalanta... consigo fotografiarla, tras varios cómicos intentos, y la chica se ríe... al lado del parque está el Colegio Mayor Monterols, del Opus Dei: lo frecuentaba cuando Ximo, el "head hunter" que teníamos destacado en la Facultad de Derecho, me tiraba descaradamente los tejos. Nos invitaban a merendar, pero, antes, teníamos que cantar todos el "Pange lingua"... yo, con tal de comer de gorra... No lo tenían mal los del Opus conmigo, porque yo había sido un muchacho muy piadoso y, además, es un invento de uno de Barbastro, y a mí siempre me han caído muy bien los del Barranqué. Y, bien mirado, hubiese sido un muy competente Subsecretario de cualquier Ministerio... me tiró p'atrás lo del cilicio, yo, que tiemblo ante la idea de ir al dentista... una puerta que se me cerró, o dos, si contamos la del Cielo, en fin...
La plaza de Molina (arquitecto del Siglo XIX) la domina un imponente edificio amarillo; me han dicho que es obra primeriza de Sert. A sus pies, el elegante templete que alberga una estación de los Ferrocarrils de la Generalitat,donde sólo para una línea urbana; las suburbanas pasan de largo, no se muy bien por qué.
Las terracitas de ese lado soleado de la plaza están siempre llenas; predominan los chicos y -¡guau! chicas de mi edad; unos, estrictos controladores de la PSA; las otras, en ese terreno indefinido entre Evax y Tena Lady. Podría intentar ligar con ellas, comparando nuestras recetas de Tratamientos de Larga Duración del Servei Catalá de la Salut, no sé, algo así... Las chicas de la generación anterior -ya quedan pocos chicos- van, en muchos casos, en sillitas de ruedas, propulsadas por sufridos y pacientes hijos e hijas del Altiplano andino. Muchas veces los veo conversar animadamente; ante la imposibilidad de usar sus nativos Catalán y Quechua -o Aymará-, recurren, como "lingua franca", al tosco Castellano de sus comunes invasores; no puedo por menos de recordar un documental visto recientemente, donde un prestigioso antropólogo catalán, tras experimentar una auténtica Epifanía nacional, informaba a sus conocidos de que ya no volvería a usar el Español, por ser "un idioma imperialista"; lo involuntariamente cómico es que se lo decía, en Inglés, a los ingleses... los imagino levantando una ceja y diciendo, displicentes, "Indeed?".
En este mismo edificio, en un Cock d'Or (la grafía era imprecisa) quedaba yo hace muchos, muchos años, con una chica que me gustaba mucho; investigando en Internet, descubrí que pintaba unos cuadros muy interesantes; le envié un messenger alabándoselos, pero no ha contestado. A veces funciona, a veces no, lo siento, pero gracias a las redes sociales, tan denostadas, he restablecido contactos con personas que han sido importantes en mi vida... te reconforta pensar que también has sido parte, por pequeña que sea, de algunos buenos recuerdos de los demás... brindemos por esos buenos recuerdos, aunque sea con un café, en la Plaza Molina, rodeados de viejos, inminentes colegas.
La Calle Balmes tiene su belleza en su utilidad, cosa que no puede decirse de todo el mundo... si no hay atascos, desde la Ronda de Dalt -el límite de Barcelona por debajo de Collserola - a Plaça Catalunya no estarás más de quince minutos en autobús, y una horita andando, que también es asumible, y todo cuesta abajo... Por mi barrio conserva la trayectoria curva de una antigua zanja de tren recubierta, y, pasada Diagonal, hacia abajo, se rectifica integrándose en la cartesiana trama de l'Eixample. En una pared de aguas -esa horrible herencia del crecimiento urbanístico anárquico-, un anuncio viejuno... "¡Terry me vá!", decía un tío... "¡Usted sí que sabe!", contestaba, picarona una jovencita... Era un coñac, cosa que tomábamos entonces... creo que solo conozco a mi prima Reyes que le siga fiel, aunque ella era más de "Magno".
La Ronda del General Mitre -también conocida como Ronda del Mig- cruza Balmes; pensada en su momento como vía rápida, conserva de tal época una mediana con palmeras. Única vía barcelonesa con nombre de militar -de las decenas que había en mis años mozos- tiene la supervivencia garantizada, por ser su titular argentino -como nuestro primer Teniente de Alcalde- y masón... Personaje legendario, enemigo de federalistas y confederales, llegó a ser amigo de Garibaldi... falleció -vaya por Dios- de colitis, y está enterrado en el cementerio de la Recoleta... dentro de pocos días seré vecino suyo, y prometo ir a hacerle una visita. En un piso de General Mitre conocí a Laura, mi primera mujer, y en otro, cerca de donde está hecha esta foto, nació Blanca. También Jordi Pujol vive en ella, hay Ronda General Mitre para todos los gustos.
En el parking de este inocente edificio, en las faldas ya del Putxet, un montículo recubierto de edificios residenciales y un hermoso parque, se cometieron años atrás dos horribles crímenes: en días muy próximos fueron asesinadas dos señoras, de parecida edad y aspecto, pero que aparcaban sus coches en distintas plantas, lo que dio pie a fantásticas elucubraciones sobre crímenes por encargo con inicial error en la víctima: la verdad, todavía más sórdida, era que un asesino que pretendía robar a sus víctimas las había elegido aleatoriamente... en los lugares donde se ha manifestado el Mal queda siempre flotando un algo impalpable, sientes un escalofrío recorriendo tu espina dorsal cuando pasas junto a ellos... brrrrr!
Junto a Balmes está el Parque de Monteroles, en una pequeña afloración rocosa, que lo hace montaraz y poco apto para viejos en Fase Dos. Desde las ventanas de su salón, mi amigo Miguel veía a los alumnos del vecino instituto dedicarse a fumar botánica recreativa, entre ellos a algún hijo nuestro... sacristán antes que fraile, se reía, y luego lo comentábamos... Desde lo alto del Turó de Monteroles, forzando la vista, se entrevé el mar, detrás de la increíble polución que cubre una Barcelona donde hace cerca de tres meses que no llueve ni una gota. Junto a una chica muy, muy rubia, que lee apoyada en su bicicleta, se posa una mariposa, una Vanessa atalanta... consigo fotografiarla, tras varios cómicos intentos, y la chica se ríe... al lado del parque está el Colegio Mayor Monterols, del Opus Dei: lo frecuentaba cuando Ximo, el "head hunter" que teníamos destacado en la Facultad de Derecho, me tiraba descaradamente los tejos. Nos invitaban a merendar, pero, antes, teníamos que cantar todos el "Pange lingua"... yo, con tal de comer de gorra... No lo tenían mal los del Opus conmigo, porque yo había sido un muchacho muy piadoso y, además, es un invento de uno de Barbastro, y a mí siempre me han caído muy bien los del Barranqué. Y, bien mirado, hubiese sido un muy competente Subsecretario de cualquier Ministerio... me tiró p'atrás lo del cilicio, yo, que tiemblo ante la idea de ir al dentista... una puerta que se me cerró, o dos, si contamos la del Cielo, en fin...
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| Casa Sagnier, ya de vuelta... Aquí ich lerne Deutsch! |
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