miércoles, 9 de noviembre de 2016

No vamos a discutir por eso...

¿Las segundas de África...? ¿Las terceras...?... una cosa queda clara; no son las primeras. Como decía un supercompetitivo, "el segundo es el primero que no gana", ya son ganas de tocar las narices... no vamos a discutir por eso; las Cataratas de Calandula son hermosas, y punto....






Cacuso es una pequeña ciudad, de ambiente apacible y agradable, ya en la Provincia de Malange, y a más de 300 km. de Luanda; ayuda a esa buena impresión la temperatura -cálida, pero nada agobiante- y el hecho de que, justo enfrente del hotel donde estamos contratando habitaciones para pasar la noche, hay unas escuelas -un bonito edificio, muy probablemente de origen colonial rehabilitado-, y la calle está siempre llena de niños y mamás, con lo que eso alegra.



El hotelito está bien; nada lujoso, un poco en la línea de los hoteles para camioneros y viajantes de comercio que podías encontrar en España en los años setenta, y donde he pasado bastantes noches. Vamos, que en peores plazas he toreado... la habitación tiene aire acondicionado y lavabo con ducha: como "amenities" -ya sabéis, geles, champúes y cosas así-, solo localizo, en el cajón de la mesita de noche, varios palillos de dientes: le digo a Blanca que, si los usa, los vuelva a dejar en su sitio, para los viajeros que vengan detrás... tiene el África Negra otra ventaja importante; si encuentras en algún lugar un pelo negro y rizado, no tienes que ponerte necesariamente en lo peor... No es el caso, está todo razonablemente limpio, y el precio, en un país carísimo, no es excesivo. Aprobado alto.

Nos ponemos en camino hacia las Quedas de Calandula: la carretera está en sorprendente buen estado, quizás la mejor de todo el viaje, como si la hubiesen arreglado justamente para nuestra visita; en muy poco tiempo estamos ya viendo en la lejanía la nube de agua pulverizada que, en medio del bosque tropical, delata la localización de las cataratas.





Llamadas, en tiempos coloniales, "Quedas do Duque de Bragança", las Cataratas de Calandula son una impresionante caída de agua, donde el Lucala, afluente del Cuanza -o Kwanza, el río más importante de Angola, que da nombre a su moneda- se despeña por un tajo de unos cien metros de altura y, calculo a ojo, cerca de un kilómetro de longitud. Y eso que no estamos en la temporada de lluvias; de hecho, estaremos admirándolas desde unas rocas que, en época de crecida, quedan también dentro de la catarata; las aguas, al caer, con el ruido que os podéis imaginar, levantan una nube de agua pulverizada, sobre la cual la luz del Sol se descompone, formando un bellísimo Arco Iris. Su hermosura sobrecoge, te disminuye, te sientes pequeñito ante la fuerza de la Naturaleza, una saludable inyección de realidad. Aguas abajo, el Lucala sigue su curso por un bonito cañón, buscando el no muy lejano Cuanza. La mañana es limpia y soleada, y gozamos de la calma y la belleza del momento.







No hay ningún otro turista a la vista, y la única infraestructura es un mirador bastante feote, de cemento y ladrillo, hecho polvo y lleno de pintadas, reliquia seguramente de la época portuguesa, desde donde quizás estuvo mirando sus cataratas el mismísimo Duque de Bragança: hay esperando cuatro o cinco muchachos, que nos ofrecen sus servicios: Ramón contrata como guía a Antonio, al que ya conoce de otra vez, y -no en vano es psicólogo- encarga a otro que nos vigile el coche, diciéndole que, en su próxima visita, será él el elegido. Mi tocayo nos va a acompañar durante toda la jornada; es un muchacho discreto y habla un Portugués correcto: acepta uno de nuestros bocadillos y, para beber, coge una lata vacía que encuentra en el suelo, y la llena de agua en uno de los charcos que ha formado la corriente, ante nuestro horror... "Ya estoy acostumbrado", afirma...






Admiramos las cataratas desde distintos puntos, fotografiándolas como posesos, con dos cámaras y cuatro teléfonos móviles... no nos cansaríamos de mirarlas; comemos allí mismo, sobre las rocas, no sin cierta aprensión porque, según Antonio, hay cobras en la zona. Veo pasar, furtivo, algún tipo de roedor: espero que la cobra lo prefiera como presa...

Los que no se cortan un pelo son unos hermosos lagartos, primos hermanos de los que ya había visto en Kenia: los hay de tonos camuflados -no muy distinto de los uniformes de modelo francés que llevaban los soldados portugueses-, mientras que otros lucen una bella y vistosa coloración; son los machos, y me contaron que la viveza de sus colores indica el grado de disponibilidad sexual... una vez más agradezco íntimamente pertenecer al género humano, y que no se me noten las intenciones por los colores de la cara; me habría ganado muchos bofetones en mi vida, aunque, seguramente, también habría ligado más... algunos van a más de cien... pregunto a Antonio el nombre de los bichos, y me dice algo así como "Fardaos"... no puedo dejar de recordar al "Fardacho" aragonés, el Mundo es pequeño...



Pero tenemos que ponernos en marcha, porque nos aguarda la segunda maravilla del día; la cascada de Musseleje, mucho más pequeña que su hermana mayor, pero también lugar de una rara belleza; están cerca, a escala angoleña, es decir, a más de una hora de camino, y Antonio nos guiará.

Cruzamos la aldea de Calandula y, al poco, abandonamos la carretera y entramos en una pista de rojiza tierra africana, que se abre paso entre el bosque tropical; hay gente por todas partes, andando en todas direcciones, las mujeres casi siempre con grandes bultos en increíble equilibrio sobre sus cabezas; muchas llevan también un niño a sus espaldas, envuelto en un paño que ciñen a la cintura... no es exagerado afirmar que el Futuro de África camina sobre las cabezas y los riñones de sus admirables mujeres; quizás ese hábito hace su paso tan elegante, tan inimitable... Antonio va en la caja de la Pick-up, la "carrinha", y vamos ofreciendo "Boleias", es decir, cogiendo autoestopistas, que se le suman... Ramon no está muy seguro de si esa práctica es legal o no, cree recordar que se ha prohibido en zonas urbanas, para no hacer la competencia a los "candongueiros", pero en caminos rurales está ampliamente tolerada... les ahorramos un buen rato andando. Pasan motos con varios ocupantes en precario equilibrio; todos los varones llevan catana, el machete incorporado al escudo nacional.



Cruzamos varias aldeas; aquí si que el tiempo se ha parado años atrás; casas de adobes, chozas muchas veces con techo de paja, animales cruzando la pista... veo cabras, ovejas, cerdos pequeños, negros y peludos, primos muy cercanos a los jabalíes, gallinas con pollitos... ¡¡pollitos!! ¡¡hacía años que no veía pollitos, siguiendo a Mamá Gallina y picoteando entre el polvo...!! una de las casas lleva el nombre de su improbable propietario: Messi. Prometemos no decir nada a la Agencia Tributaria, a ver si aún le buscamos un disgusto... recuerdo que, años atrás en un pueblo próximo a Boltaña, la casa del rico era conocida como "Casa Onassis", los millonarios cambian, las costumbres no...



La pista gira en redondo, aparcamos bajo un árbol increíblemente frondoso, y nos acercamos andando a la Cascada de Musseleje; es un lugar mágico, uno espera ver surgir de las aguas viejos dioses africanos, atraídos por el murmullo de las aguas que se descuelgan, escalón tras escalón, formando sutiles columnas que se rompen en gotas al tocar nuevos resaltes de la piedra... Antonio, que ya ha demostrado su escaso respeto hacia las amebas, se queda en calzoncillos y se sumerge en la poza... con gusto lo haría yo, si no tuviese esos infundados temores de blanco cagueta hacia la microfauna que pulula en las aguas continentales africanas... es lo que tiene haber leído.... me conformo con extasiarme un ratito ante la belleza del lugar...





Pero hay que ir volviendo hacia Cacuso, porque pronto caerá la noche, y no es cuestión de que nos pille en la pista: cruzando una de las aldeas, mi Madre Teresa de Calcuta particular tiene la genial idea de ofrecer galletas a unos niños que juegan ante sus casas: ante mi horror, porque, rápidamente, me doy cuenta de que el número de galletas en un paquete es finito, mientras que el de niños en una aldea africana tiende a infinito: no tengo la impresión de que estén especialmente desnutridos; junto a las aldeas hay huertecitos, y se ve mandioca y bananas por todas partes; son, simplemente, niños a los que unos extranjeros raros les ofrecen "bolachas" -galletas- y "reboçados" -caramelos-... pronto estamos rodeados por docenas de manos, que agotan nuestras provisiones, y siguen saliendo más, a la carrera, de cada choza... empieza Madre Teresa a dar instrucciones... "dadle uno a aquel chiquitín..." "repartidlos con vuestros amiguitos..." observo, cínicamente, que dichas recomendaciones ya serían poco efectivas incluso en la puerta del Colegio Suizo de Plaça Molina, tanto más en una aldea del Malanje profundo, y que, al contrario, más de un agraciado se ganaría un pescozón por parte del más forzudo, pero menos afortunado... aparecen, sonrientes, las mamás, con cara de decir "¡La que estáis liando...!"





Salimos como podemos del atolladero, nos despedimos de nuestro guía, y pronto estamos cenando en nuestro hotel: hay, como es frecuente en Angola, un bufett libre, pero en todos ellos existe una peculiaridad; puedes llenar el plato hasta arriba, pero sólo una vez: si vuelves a pasar, aunque sea para ponerte más salsa picante en el funghe, vuelves a pagar... unos operarios chinos llenan sus platos de forma inverosímil; se lo comentamos a la simpática encargada del restaurante... "¡Cómo comen los chinos...!" "También les cobramos más", nos dice, con una sonrisa pícara...  cae, de golpe, la noche, y nos refugiamos en nuestras habitaciones; en el primer sueño, me despierta el ruido de alguien que intenta entrar en nuestra habitación... "¡Ocupado!", grito, como en un lavabo... alguien que se ha confundido, me siento absolutamente seguro y tranquilo en la noche africana, solo lamento que, una vez más, se ha nublado... sé que me marcharé de Angola sin ver mi constelación favorita, la Cruz del Sur...









lunes, 7 de noviembre de 2016

Viaje en el espacio, viaje en el tiempo... 1

Irene y Ramon quieren enseñarnos dos de los atractivos turísticos de Angola: las "Quedas" -cataratas- de Calandula, y las "Pedras Negras" de Pungo Andongo... dos días de viaje por el interior de Angola, un peculiar viaje también en el tiempo...



Salimos de Luanda de madrugada, aún de noche; los países tropicales viven en un perpetuo equinoccio; doce horas de día, doce horas de noche, y los ritmos se adecuan bastante al ciclo solar; se trabaja de seis de la mañana a seis de la tarde; pero como los tiempos de desplazamiento son muy largos, mucha gente sale de su casa de noche cerrada -los crepúsculos son muy breves-, y vuelve de noche también.

Circular a esas horas por las vías rápidas de Luanda es, sencillamente, aterrador; muchísima circulación, muchos vehículos en muy mal estado, altísimas velocidades... los "candongueiros", los microbuses colectivos, los hay a millares, entran y salen de las autovías cuando buenamente quieren; por los arcenes circulan también miles de peatones; como hay pocos pasos elevados, muchísimos se arriesgan y cruzan las autopistas, sorteando el tráfico... y no es fácil distinguir a una persona negra, vestida de oscuro muchas veces, y con las luces de cruce... si el Gobierno de Angola me aceptase una sugerencia, estoy seguro de que regalar a cada ciudadano un chaleco reflectante añadiría tres o cuatro años a la esperanza de vida...

Las autopistas y autovías urbanas están, generalmente, en buen estado: pero tienen una peculiaridad muy peligrosa: como no hay pasos a distinto nivel, los cambios de sentido se efectúan mediante vías lentas en el carril izquierdo y giros en "U", que te permiten incorporarte en sentido contrario, también por el carril de la izquierda, y todo eso con tráfico muy rápido: como los puntos de giro están bastante distantes, no es infrecuente, si vas, por ejemplo, en dirección Norte, entrar en la autovía y conducir varios kilómetros en dirección Sur, hasta poder girar... resultado: yo, que voy siempre de "paquete", me despisto por completo si me faltan puntos de referencia como, por ejemplo, el mar... veo el anuncio de una autoescuela "Aprender aquí te faculta para conducir en cualquier parte del Mundo".... estoy absolutamente de acuerdo: hasta en Italia, que ya es decir...

Ahora nos incorporamos a la autopista de 120 km. que circunvala toda la Provincia de Luanda: empezamos a ver cosas sorprendentes ... la primera: a pocos cientos de metros de la vía, se levantan enormes ciudades absolutamente nuevas; construidas por los chinos en los últimos años de bonanza económica, tienen 800.000, 500.000 habitantes... en una de ellas cabe todo Aragón, por ejemplo... edificios altos, aparentemente bien construidos; nos cuentan que las viviendas son amplias, cuatro o cinco habitaciones, adaptadas a la demografía angoleña, de familias muy numerosas... los servicios están muy por encima de los estándares del centro de Luanda; vemos muchísimas ventanas iluminadas, señal de que los va llenando una creciente clase media local... el problema es que son sólo ciudades-dormitorio, sin apenas puestos de trabajo, y las comunicaciones con Luanda son muy precarias, tan solo mediante el automóvil privado, por vías más que saturadas; se habla de crear un servicio de ferrocarril de cercanías, pero los proyectos, mientras no suba el barril de petróleo, están parados...

La autopista permite también tener una clara imagen de la presencia china en Angola: pasamos ante una "Chinatown" y una "Cidade China", extensísimos polígonos industriales y comerciales; la mayoría de los carteles que vemos están en Portugués y Chino, y, algunos de ellos, tan solo en Chino, ya os arreglareis... veremos también las plantas donde se construyen las primeras motocicletas y los primeros automóviles angoleños: la inmensa cantidad de contenedores nos hacen sospechar que, pese a los anuncios bien visibles y triunfalistas, son meras plantas de montaje, pero por ahí hemos empezado todos... junto a la autopista hay también modernos equipamientos deportivos: un Estadio que se da un aire al Allianz Arena de Munich, que parece que marca la tendencia en los nuevos estadios, el "Donut look", y un cúbico y polícromamente iluminado Palacio de Deportes, para una burrada de espectadores, donde recientemente se ha celebrado un campeonato mundial de Hockey sobre Patines... hay también un parque de atracciones que ha abierto hace poco... palpamos la pujanza de la Angola moderna, quizás algo agazapada ahora por la crisis económica, pero que está ahí, ahí está lo construido, hay potencial de futuro, sin lugar a dudas...



Salimos de la autopista en dirección Este; pasamos por la entrada del que será nuevo aeropuerto de Luanda -que dejará, así, de tener un aeropuerto urbano; desde allí al centro de la ciudad, hay prácticamente, con las vías actuales, una hora de camino-, y una enorme reserva de terrenos destinados a proyectos urbanísticos: el paisaje, al amanecer, nos muestra ya un cambio importante; atravesamos una sabana seca, donde dominan las siluetas espectrales de los baobabs, los "imbondeiros", que mañana, a la vuelta y con el sol poniente detrás, nos ofrecerán unas fotos espectaculares, la imagen misma de África... los pueblos escasean, las distancias entre unos y otros se van alargando...

Imbondeiros: bellísimos...


Pronto la carretera empieza a serpentear, adaptándose a un paisaje cada vez más montañoso: con la montaña vienen las nieblas, que se transforman en una suave llovizna; el paisaje es más verde, según vamos subiendo, y a ambos lados de la carretera nos envuelve el bosque tropical, con árboles más altos, adornados con lianas... se parece más a las selvas de nuestras películas africanas... para completar el cuadro, algunos tenderetes, al borde de la carretera, ofrecen "macacos" -monos- muertos, que son apreciados como comestibles, y unos grandes roedores, entre la rata y el conejo, llamados "ratas do mato", ratas de bosque... estamos dejando ya la llanura litoral, y entrando en las tierras altas del interior; sigue haciendo calor, pero más seco y saludable; con gran sorpresa y alegría, dejaré de sentir esa sensación pegajosa del calor húmedo que no me ha abandonado en Luanda salvo en los ratitos en que podía disfrutar del aire acondicionado.

Hemos entrado en la Provincia de Cuanza Norte, y el paisaje vuelve a ser más llano, pero mucho más verde, y cada vez las acacias africanas, de ancha copa, van ganando terreno a los imbondeiros. Las pequeñas aldeas se suceden; ahora predomina la construcción en adobe, con techos de chapa o de paja; a lo largo de la carretera hay puestos de frutas y verduras y, como veremos también, de carbón: el carbón se obtiene por el expeditivo procedimiento de quemar el bosque; vemos varias veces esos fuegos, que no parecen afectar grandes extensiones, ni propagarse fuera de control; tampoco se ven espacios quemados por fuegos anteriores; tengo la impresión, quizás equivocada, de que el impacto de esos fuegos no es excesivamente grave, y que la Naturaleza se recupera bastante bien.



Con sus antenitas...


En todas las aldeas ondean banderas del MPLA, el partido mayoritario, prácticamente igual que la bandera nacional: viniendo de la hiperventilada Catalunya, esa profusión de banderas no llama demasiado la atención; en todo caso, los mástiles no son tan altos y recios como los que sostienen estelades en los pueblos de la Catalunya interior; el aspecto positivo es que también se ven banderas de otras opciones; las de UNITA, con el gallo, las de otra escisión de UNITA... a un año de las elecciones, falta saber si su ley electoral ordenará prohibirlas durante el día de los comicios, y si los "sobas", los jefes locales, acatarán las sentencias al respecto... también se ven locales de los partidos y de la Unión Angolana de Mujeres, la rama femenina del MPLA. No sé si las mujeres de UNITA tienen organización propia...

Mención especial merecen las carreteras: su estado varía constantemente: a tramos recién construidos y con el firme en perfecto estado, suceden otros absolutamente hechos polvo, con socavones y zanjas prácticamente insalvables: vemos a un camión que ha hundido su rueda trasera en una de esas trampas; las ruedas delanteras están en el aire... por suerte, las carreteras son anchas y con buenos arcenes, porque en esos tramos se conduce, sin reducir demasiado la velocidad, zizagueando para esquivar los "buracos" -agujeros-; tan sólo se frena cuando los "buracos" cruzan toda la carretera; entonces hay que salvarlos como se puede... Ramon conduce como si hubiese nacido allí, ante nuestra total admiración; eso sí, cuando vuelva a la Península, le va a hacer falta un buen periodo de adaptación, si no quiere perder todos los puntos en una sola mañana...

Nos dicen que los accidentes de tráfico son la segunda causa de mortalidad, después de la diabetes que, al parecer, causa estragos; a un lado y otro de la carretera se ven los despojos calcinados de coches y camiones accidentados, que, por lo visto, nadie retira, ni tan solo para aprovechar la chatarra. Hay también algún tanque, reliquia de la guerra, pero la mayoría de los restos proceden de esa nueva guerra civil, la de los conductores contra un tráfico absolutamente indisciplinado y unas infraestructuras peligrosísimas. Me parece milagroso no haber presenciado ningún accidente serio, dejando aparte esas caídas de vehículos en simas...

Este no se cayó en un bache...


La presencia policial se reduce a controles, eso sí, frecuentes, pero algo peculiares.En el primero de ellos, un amable policía se nos dirige, sonriente, y pregunta si tenemos "una gasosa", que puede ser desde una cerveza a una cocacola... aclara que tiene hambre -"o fome...". El mensaje es claro; doscientos cuanzas -un euro- y podemos proseguir; nos despide haciendo adiós con la mano... pararemos más adelante en otro más serio, de la Policía de Emigración, acompañados de soldados en uniforme de camuflaje; en este caso, después de comprobar durante largo rato nuestros pasaportes, un policía elegantemente uniformado -con divisas que no llego a interpretar, parecen de oficial- nos expresa su alegría por ver que vamos a conocer las bellezas turísticas de su país, nos desea un feliz viaje... y no nos pide ninguna "gasosa". Quiero decir que no se puede generalizar.


La vía del tren...


Ahora vamos a atravesar N'Dalatando, la capital de la provincia, conocida durante el periodo colonial como Vila Salazar: nada que recuerde al viejo -creo que ya nació viejo - profesor de Economía -en eso, por lo menos, coincidimos-, beato y seguramente virgen, el más atípico de los dictadores fascistas, que murió sin saber que, por su avanzado deterioro físico y psíquico, había sido apartado del poder; N'Dalatando es un caos total, miles y miles de casitas de una sola planta, casi chabolas, sobre una enorme extensión, sin que se entrevea una trama urbana: aquí y allá, edificios administrativos, como el que, orgulloso, corona una colina en un extremo de la ciudad; la carretera pasa sobre una vía de ferrocarril, seguramente en desuso -se están recuperando ahora algunas de las líneas de la época colonial- rodeada también de construcciones sumamente precarias... tendremos tiempo, a la vuelta, de visitar su jardín botánico, su principal atractivo.

Paramos en una gasolinera. Como todas las que veremos, son modernas y están muy limpias. Tiene también una pequeña cafetería, donde tomamos algo; el café, como en todos las tierras que fueron portuguesas, es excelente. Hay unos estantes dedicados al "Club del Libro", ocupando el nicho ecológico que, en las gasolineras españolas,  corresponde a los videos pornos y los CD de "El Fary": me dirijo a ver qué tienen allí: Una edición, profusamente ilustrada, del Kamasutra: hasta ahora, bien; que no decaiga la afición. Una traducción de Maupassant. Un libro de crítica literaria sobre un autor que desconozco. Un informe sobre la producción de armamentos en el Mundo. Un estudio sobre el empleo correcto de un determinado tiempo verbal en el Portugués Moderno, tema seguramente conflictivo. Una cartilla escolar donde "Palanquinha", un simpático personaje, inspirado en la Palanca Negra, el antílope símbolo nacional de Angola, enseña a los alumnos lo que, en mi adolescencia, se llamaba "Matemáticas modernas", es decir, Teoría de Conjuntos... me alejo, alucinado... si éstos son los libros que se leen en una capital de provincia angoleña, esto es la Atenas de Pericles, pero con más cachondeo, lo digo por el Kamasutra...

Río Lucala


Seguimos nuestro viaje, por las tierras regadas por el río Lucala, al que veremos despeñarse en las famosas cataratas que vamos a visitar. Pero antes tenemos que llegar a Cacuso, donde reservaremos habitaciones en un hotel... apenas son las once de la mañana, pero eso queda ya para otro día...


Cacuso: las "Quedas", a cuatro pasos...








jueves, 3 de noviembre de 2016

Luanda en sus museos...

Integrado en dos de las tres categorías que suelen llenar los museos -turistas y jubilados-, no es raro que dedicase varias horas a recorres los museos más interesantes de Luanda. Y en ellos siempre se aprende mucho, aunque no necesariamente sobre lo que en ellos se expone...



Memorial Agostinho Neto


En efecto, junto a los estudiantes -en Angola, siempre uniformados con sus batas blancas-, los museos occidentales están siempre llenos de turistas y jubilados. En Angola no hay prácticamente turistas -ya explicaremos un poco el por qué-, y jubilados, en un país con una esperanza de vida de unos 60 años -eso sí, en rápido crecimiento- tampoco es que abunden demasiado. Teníamos, por lo tanto, los museos casi a nuestra entera disposición, compartiéndolos con numerosos grupos de estudiantes, bulliciosos pero correctos, muy amables con nosotros, y razonablemente atentos a las explicaciones de profesores y guías. Museos y visitantes dicen mucho sobre la realidad de un país, y lo digo desde la tristeza del que sabe que el más visitado en su ciudad natal no es ni el Museo Picasso, ni las fundaciones Tàpies o Miró, ni el magnífico Museu Nacional d'Art de Catalunya i Països Veïns, sino el del Barça, donde imagino a sus numerosísimos visitantes extasiándose ante las botas usadas por Messi en un afamado "hat trick", deseando sobornar al vigilante para que se las dejase tocar y oler.



El primero que visitamos fue el de las Fuerzas Armadas; y no solo por mi conocida afición hacia esos temas, sino porque, en un país que ha atravesado un periodo de 30 años de guerra, bien puede considerarse el auténtico museo de la Historia de Angola: enclavado en la antigua fortaleza portuguesa de San Miguel, que domina la Bahía, las vistas desde él bien merecen la visita: la propia fortaleza, decorada con bellísimos azulejos, compite con el interés del material expuesto; en su exterior, piezas de artillería, vehículos blindados tomados a las distintas facciones de la guerra civil, y, en lugares destacados, restos de aviones enemigos abatidos, en particular, a los sudafricanos.



Descubro allí blindados pertenecientes al "Exército racista de Sul-Africa", recuerdos de la ampliamente desconocida batalla de Cuito Kwanevale, donde los carros cubanos y de las FAPLA derrotaron a los "Oliphant" de los orgullosos blancos sudafricanos, abriendo el proceso que llevaría a la independencia de Namibia y a la propia caída del régimen del Apartheid; junto a ellos, unas viejas amigas; las Panhard de fabricación francesas, que en los años Setenta dotaban a nuestros Grupos Ligeros de Caballería, y que protagonizaron una de las más divertidas historias de mi ya de por sí divertido -no me importa reconocerlo- Servicio Militar.





El interior del museo, mucho más sistemático nos introduce en la conquista y la colonización portuguesa, las atrocidades coloniales -nos resulta difícil imaginar cometiendo atrocidades a nuestros sensatos y discretos hermanos lusos-, y los inicios del alzamiento popular anticolonialista, armados sus combatientes con arcos, flechas, lanzas, machetes y... ¡piedras! -de las cuales se exhiben algunos ejemplares, que me temo no son los originales-, hasta que empezaron a apoderarse de los G3 de sus adversarios y a recibir armas de países amigos... como cabía esperar, la durísima Guerra Civil ocupa buena parte del recorrido, acabando con los históricos tratados que supusieron su finalización y el inicio de un periodo de reconciliación nacional, no exento de contradicciones, pero ejemplar en muchos aspectos. Como en el Abrazo de Vergara con el que finalizaron nuestras Guerras Carlistas, fuerzas de las guerrillas opositoras se integraron en el Ejército Popular de Liberación de Angola... suele ser una solución letal para los Presupuestos, pero muy eficaz para calmar los ánimos; me cuentan que el actual Jefe del Estado Mayor de las FAPLA es un general de UNITA, la principal guerrilla de la oposición... para entender cuantas cosas podemos aprender de ellos, imaginad al General Rojo, o a Líster, dirigiendo, en los años Cincuenta, el Ejército de Franco...

La firma de los Acuerdos


No faltan en la fortaleza murales del más puro estilo realista socialista -tan poco realista, en realidad, con sus héroes victoriosos empuñando decididos las armas y mirando orgullosos hacia el futuro- ni una Bandera Monumento, ligeramente más comedida que la que puso Bono en la madrileña Plaza de Colón. Pero me llaman mucho la atención la estatua de la Rainha Ginga, una reina del Siglo XVII, que luchó contra los invasores portugueses, representada como una señora bastante maciza, con un hacha en la mano, y, agrupadas en un patio, las estatuas de los diversos navegantes y conquistadores lusos contra los que luchó la Rainha Ginga... entre ellos, un juvenil -y ligeramente moñas- Luís de Camoens, del que no me consta su presencia en Angola, aunque si en Goa y Moçambique, reunidos como en una tertulia de antiguos funcionarios coloniales, sobre una tierra que ya no es suya. Durante esos días se desarrollaba en Barcelona el sainete sobre la presencia de una estatua decapitada de Franco en una exposición histórica: todo parece indicar que los Pueblos Verdaderamente Oprimidos desarrollan un sentido común que puede faltar en otros...

Rainha Ginga e Rainha Branca...


El propio Memorial dedicado al líder de la Independencia y primer Presidente, Antonio Agostinho Neto, tiene también una sección museística, donde podemos contemplar el despacho de Agostinho y, entre otras cosas, la última guayabera que vistió el día antes de fallecer, durante una intervención quirúrgica, en un hospital de Moscú. Hay diversas versiones sobre la enfermedad que acabó con su vida: un cáncer de hígado, posiblemente ocasionado por el alcoholismo que también padecía, y es doloroso comprobar cómo en su obra poética hay continuas referencias a los efectos nocivos y degradantes de la bebida, que, por desgracia, debía conocer muy bien.




Visitamos también el Museo Nacional de Antropología, que las guías recomendaban como el más interesante de Luanda: está situado en una hermosa casa colonial, en el centro -la "Baixa"- de Luanda, a pocos metros del rascacielos donde trabaja nuestra hija Irene, y, por desgracia, se encontraba en obras, reduciéndose su visita a sólo una parte de lo que habitualmente se puede contemplar: pero es un museo sumamente pedagógico y bien estructurado; las escasas, pero seleccionadas piezas se exponen con criterios temáticos -"Agricultura", "Caza y pesca" "Organización social" "Creencias"...-, agrupando en cada una de ellas las diversas culturas nativas angoleñas, sin que falten los elementos introducidos, a lo largo de tantos siglos, por la presencia de la potencia colonial...seguíamos a un numeroso grupo de estudiantes, ya adolescentes, al que su profesor explicaba las piezas, en un bellísimo Portugués -es una delicia escuchar a los angoleños cultos; como los hispanoparlantes americanos, conservan toda la pureza de sus respectivos idiomas...- pero recordándoles los viejos nombres nativos, que seguramente la mayoría de ellos desconocían o ya habían olvidado...

"El Pensador", una famosa figura tradicional


Pero posiblemente el más emotivo de todos fuese el Museu Nacional de la Escravatura:  situado en una bonita casa colonial, dominando una bella laguna, recoge en su sencillez piezas que nos ponen ante el horror de lo que supuso la Esclavitud; no falta ni un detalle: las reatas de prisioneros que llegaban desde el interior, los grilletes, los inhumanos castigos a los que intentaban escaparse, el bautismo forzoso al que los sometían -a sus cuerpos podían darles por c..., pero había que salvar sus almas-, el "comercio triangular", mediante el que se amasaron  fortunas en Europa -tantas hermosas casas de indianos...-, el alcohol con el que se los embriagaba para afrontar el viaje, la disposición en las bodegas de los barcos negreros, que determinaba el fallecimiento de muchos de ellos antes de llegar a su destino... dos guías, un chico y una chica, desgranan ante nosotros, en forma objetiva y desapasionada, toda aquella serie de atrocidades, mientras nuestra vergüenza va en aumento... no puedo por menos que reconocerlo, y pedir perdón por lo que nuestros antepasados hicieron a los suyos... nos presentan el aspecto positivo; tantas cosas que creemos brasileñas -la Samba, la Batucada, la Capoeira- proceden, en realidad, de Angola... cuando, cabizbajos, abandonamos el museo, hay fuera un grupo de niños; su maestra nos dice que nos quieren ofrecer un obsequio; nos entregan, a Blanca y a mí, sendas macetitas, con una flor amarilla cada una...



Volviendo a Luanda, el cínico cabronazo que hay en mí bajo mi aspecto amable y bonachón reflexiona sobre los avances sociales, indudables, que jalonan la Historia de la Humanidad; todo aquel horror está ya superado: ahora ya no hace falta financiar carísimas expediciones para  capturar esclavos, ni fletar buques, expuestos al riesgo de naufragio o de abordaje por piratas, con probable pérdida de la carga...; ellos mismos se pagan el viaje y la patera, y, además, a precio de oro, y se te vienen a ofrecer por casi nada, y ni tan siquiera los tienes que alimentar, vestir y alojar; ya lo hacen ellos con la mierda que les pagas; con un poco de suerte, les puedes alquilar un piso de 20 m2 para cuarenta... Y si se ponen chulos, llamas a la policía y, de cabeza, al Centro de Internamiento de Extranjeros... ¿Quién, en su sano juicio, puede negar el Progreso...?











jueves, 27 de octubre de 2016

Hay muchas Luandas...

Luanda te atrapa, te gusta o te acojona, o las dos cosas a la vez... pero, ¿de qué Luanda estamos hablando?



Al borde de una bellísima bahía, separada del mar por una "Isla" que es, en realidad, una larguísima península, una barra de pocas decenas de metros de anchura, nació una apacible ciudad colonial portuguesa, doblemente apacible, por lo tanto; al pie de su fortaleza se fueron construyendo edificios más o menos inspirados en los de la Metrópolis, con gran lujo de azulejos y algún toquecillo de chantilly, tipo "Falcon Crest": por sus aceras debían circular bizarros militares, damas con sombrilla, comerciantes de blancos trajes de lino, y alegres negritos que servían, felices y confiados, a unos y otros, muy contentos de no haber sido seleccionados para su venta como esclavos al otro lado del Océano.


A mediados de los años Sesenta, una generación de arquitectos portugueses, que sesteaban bajo el peso agobiante del fascioclericalismo del "Estado Novo", vieron la oportunidad de marcharse a Angola, y crear allí todo un estilo arquitectónico distinto, al que llamaron "Moderno tropical"; arquitectura de la que me gusta a mí, ya me entendéis, bebida en las fuentes de la Bauhaus y de Le Corbusier -y, si, también de Sert-, líneas limpias, sin concesiones al ego del artista, al servicio del usuario, casas con soportales -o llueve, o hace sol-, de fácil mantenimiento, bajo consumo energéticos, barrios integrados, urbanismo razonable, calles caminables...



Llegaron las guerras; la guerra descolonizadora y, después, una larga, interminable, guerra civil a tres bandas... Luanda, tras los primeros sustos -la salvaron "in extremis" los internacionalistas cubanos- permaneció más o menos tranquila, en manos del MPLA -los "rojos", para entendernos-; pero las provincias se despoblaron; la gente huía de las tropelías de unos y otros, de las minas, del hambre... Luanda multiplicó por diez su población: de los quinientos mil a los cinco millones de habitantes; toda esa gente llegaba con lo puesto, o menos; construyeron chabolas con lo que buenamente encontraron: bloques de hormigón -los espabilados- chapa metálica, madera, cartones... nacieron monstruosos "barrios" o "museques": llevo vistos unos cuantos; desde la Kibera de Nairobi a las Villas de Buenos Aires, y aún guardo muy fresco el recuerdo de los que vi en la Barcelona de mi juventud: el Somorrostro, "La Perona", Francisco Alegre... hay una geografía, una Topografía de la Miseria, que cubre el Planeta, desde los Slums de la India a las Favelas brasileñas... los museques quedarían en un buen lugar en una hipotética competición entre ellos organizada por algún sádico...



Por fin, se hizo la paz, y el precio del barril de petróleo se disparó; empezó a afluir el dinero, mucho dinero... Luanda, literalmente, se vino arriba: empezó a crecer en vertical, rascacielos tras rascacielos, cristal y cemento, cemento y cristal... vías rápidas se llenaban de coches carísimos de los ricos, y de coches hechos polvo de los pobres... la fachada de la bahía, ya de por sí hermosa, se transformó en el escaparate de una ciudad con skyline... llegaron los chinos, miles y miles -son muchos-, a construir...



Hace dos años, el barril empezó a caer de precio; las grúas se pararon, dejando tras de sí un panorama de esqueletos de hormigón; la sombra del Pocero planea sobre Luanda...



Todas esas Luandas están allí, una junto a la otra, una encima de la otra: al lado de bellos edificios coloniales, en estados de conservación que oscilan entre lo correcto y lo lamentable, crece un rascacielos manhattaniano, rodeado de casitas de uno o dos pisos, en calles sin aceras, o con aceras de tierra, que bajo la lluvia serán barro... desde ellas, se ve el vecino museque, donde toneladas de basura dan un toque multicolor, confetti en la lejanía, mierda pura en la corta distancia... el Moderno Colonial sobrevive aquí y allá, donde no ha sido demolido por la especulación, o donde no se ha caído por la incuria... millones de coches recorren sus autopistas urbanas, o se amontonan, inmóviles en ellas, en uno de sus famosos "engarrafamentos", embotellamientos... el transporte público está en manos de los "candongueiros·, destartaladas furgonetas, generalmente Toyotas, pintadas de blanco y azul, frecuentemente con los cristales de las ventanillas, rotos los originales, sustituidos por cartones o plásticos, donde se amontonan una veintena de viajeros, que comparten más o menos la misma dirección, aunque, generalmente, tendrán que andar aún varios kilómetros hasta llegar a su destino...

Nuestros hijos viven en otra Luanda; de hecho, ni siquiera están en Luanda; los móviles nos indican que estamos en el vecino municipio de Belas; su barrio se llama Talatona; nos dicen que es el Sant Cugat de Luanda , los barceloneses ya me entenderéis. Con un toque de Santaco, añado yo, siempre tan cabrón... calles amplias, bloques de viviendas de calidad, colegios privados, restaurantes, centros comerciales... en medio, algunas casitas modestas, un paso por encima del museque, con bares populares, alguna lavandería... Y condominios.



Nuestros hijos, y todo el que puede, viven en un condominio. Un condominio es un no-lugar, donde se vive en un no-tiempo. Los aísla una muralla, rematada por concertinas rollo Melilla, con agentes de seguridad armados con fusiles de asalto -en el nuestro, para mi decepción, sólo con porras-, barrera tipo frontera pre-Schengen, llave electrónica, mirada escrutadora... dentro, el lujo no está tanto en los materiales de las viviendas -correctos, sin  más- sino en el espacio; muchos metros cuadrados de intimidad, con aire acondicionado y breve jardincito, en todos hay barbacoas... Frente a cada casa, uno, dos o tres todoterrenos, de bastantes decenas de miles de euros cada uno, mucho más caros allí, pero imprescindibles: sin coche, eres un inválido, o como se diga ahora en forma políticamente correcta. El condominio es claramente unirracial; lo habitan personas de raza rica, aunque de diversos colores de piel;  tiene un depósito propio de agua, que se carga con un líquido casi potable -puede usarse, por ejemplo, para cepillarse los dientes; para usos más conflictivos, mejor la embotellada, que puede valer hasta tres euros el litro y medio-, tiene también jardineros, armados con sus catanas -machetes-, generador eléctrico propio -los cortes de fluido eléctrico no pasan de los dos o tres minutos; en la ciudad, pueden llegar a los quince días...- y, al caer la tarde, recorre sus calles un Land Rover con dos extrañas toberas en su parte trasera, que expelen una humareda blanquecina: fumigan para evitar la aparición de mosquitos. Tiene zona deportiva, con un gimnasio para quien esté dispuesto a hacer máquinas a treinta grados y 100% de humedad, una sala polivalente -vemos un cumpleaños de algún vecinito, inmensos pasteles de todos los colores, que en Angola arrasan, y cientos de personas cantando "Parabens"- una cancha de basquet, y una piscina. La piscina abrirá a las doce del mediodía del último día de nuestra estancia en Angola, después de inacabables tareas de mantenimiento, a cargo de un, al parecer, poco eficiente, pero numeroso, grupo de operarios que realizan su trabajo metidos en el agua con su ropa de calle; podremos aprovecharla para darnos un par de baños, acompañados de unos negritos ricos y bulliciosos, vigilados por sus chachas filipinas. "Tres Mundos", resume Blanca.

Del condominio, ya os decía, o se sale en coche, o no se sale. De día, aún, veo algunos "runners"; pero de noche... una noche nos aventuramos a salir al supermercado situado bajo la piscina del condominio: setenta u ochenta metros en el espacio exterior y, por lo tanto, hostil; casi me mato, metiendo el pie en un hoyo de la acera sin iluminación, con coches pasando a cien por hora a pocos metros... luego, en el super, choco con la puerta de cristal, que no es de apertura automática, tal y como estoy acostumbrado, mal acostumbrado... el segurata se parte el pecho de risa, y el AK47 salta sobre sus costillas... creo que ver un blanco tan gilipollas le ha alegrado el día.

Hay muchas más Luandas, ya iré contando...




miércoles, 26 de octubre de 2016

... que vengo de Angola...!

De vuelta de las tierras angoleñas -o angolanas-, todavía situándome después de una experiencia tan fuerte, empiezo a escribir sobre ella, intentando aclararme las ideas...



Mis primeros recuerdos de Angola están ligados una niña que me gustaba mucho: rubia, de ojos azules, con un encantador acento malagueño, Marisol era, para muchos adolescentes de mi generación -apenas dejábamos de ser niños- algo parecido a un "sex symbol" en ciernes, cuando el sex se estaba convirtiendo en un complicado descubrimiento: nuestro país vecino y amigo, Portugal, se enfrentaba a una rebelión en sus colonias africanas, donde los ingratos negritos pagaban así los esfuerzos hechos por llevarles la Cultura y, sobre todo, la Religión Verdadera: el Régimen de Franco acudía solícito en su ayuda -el Fascismo es lo que tiene, une mucho- y, así como los hermanos lusos habían enviado a los valientes Viriatos a luchar en las filas nacionales, nosotros les enviábamos a Marisol, para animar con sus canciones a sus soldados, especialmente a los más orientados hacia la pederastia... cantaba una canción patriótica, "Angola é nosa", frente a carteles que reproducían el mapa de Europa con las siluetas superpuestas de Angola y Mozambique -Angola sola, un millón de kilómetros cuadrados, casi como Francia y Alemania juntas-, con una orgullosa leyenda: "Portugal nao es un país pequenho"...



Poco a poco, tanto Marisol como yo fuimos descubriendo que las cosas no eran exactamente como nos las contaban: que ni el Mau Mau había sido una banda de fanáticos tribales -asesinaron a unos doscientos colonos británicos; los súbditos de su Graciosa Majestad, tan sólo, se estima, a medio millón de kikuyus...- ni Lunumba un iluminado homicida, ni Tshombe un negro bueno y comprensivo con los intereses de las empresas mineras belgas, ni Bob Denard el valiente campeón de los valores europeos, defensor de las monjitas en trance de ser violadas... Marisol evolucionó en Pepa Flores, una bellísima e inteligente mujer, comprometida con sus ideales, y yo fui a parar en el rojillo que disfrutaba oyendo a Carlos Puebla cantar las gestas de los internacionalistas cubanos, apoyando a todas las causas de liberación en el continente africano... descubrí que mi solidaridad estaría ya, siempre, al lado de los oprimidos, y por eso me cabreo tanto cuando veo a quienes, incómodos en su "encaje -muchas veces con razón, no diré que no- usurpan esa digna y terrible condición. En los países oprimidos, ni hay restaurantes con tres estrellas Michelin, ni se comen txuletones en las sidrerías...



Pero no querría ocultar que, y me disculparéis por mi extrema juventud, Angola tenía también otras resonancias en mi grupo de amigos; supongo que muchos de vosotros habréis visto el video -piedra de escándalo para los bienpensantes- donde Echenique, político absolutamente atípico, canta junto a otros desocupados una jotica obscena, donde un maño le solicita a una tal Dominga determinada prestación erótica, con el único argumento de que viene de Francia, tierra de perversiones, donde dichas prácticas están, al parecer, sumamente extendidas... no os ocultaré que, entre nosotros, jóvenes irreverentes y de escaso fundamento, coplas como esa, y aún peores, eran sumamente frecuentes cuando, en Casa Solano, pedíamos un porrón de vino y una tortilla de patatas... y no faltaba quien, una vez cantada, solicitase: "¡Y ahora, la variante portuguesa...!", y la volvíamos a cantar, en un portugués macarrónico, donde rimaban cola, Manola... y Angola.

¿Quién me iba a decir a mí que, cincuenta años después, estaría bajando del avión en el aeropuerto de Luanda, en una madrugada ya cálida y de una humedad pegajosa, para sumergirme, por unos días, en el ritmo agitado, ruidoso, polvoriento, muchas veces desconcertante, pero vital, estimulante, rompedor de todos los esquemas, de ese lejano país, al que estamos ahora ligados por la presencia allí de una hija querida y su compañero...? hemos estado en Angola pocos días, pero el efecto nos durará años... intentaré reflejar algunas de mis sensaciones y percepciones para, al mismo tiempo, ir ordenando mis recuerdos... con las limitaciones obvias del que aterriza, de pronto, en medio de algo que desconocía, o conocía solo por referencias, e intenta comprender algo tan complejo como el funcionamiento de una sociedad humana...



Una de las primeras cosas que visitamos en Luanda fue el memorial dedicado a Agostinho Neto, su primer presidente, líder de la guerra anticolonialista y la Independencia: me impactó más que me gustó; una estética demasiado soviética, en el mal sentido de la palabra, demasiado grandielocuente....  los países jóvenes -y los no tan jóvenes- tienden a sobreactuar; pero me impresionó saludar con una inclinación de cabeza la tumba de aquella persona extraordinaria, médico y poeta, capaz de soñar un futuro mejor para su pueblo, y, sobre todo, leer allí, junto a su tumba, sus bellísimos poemas... no puedo dejar de citar los últimos versos de uno de ellos: "Hemos puesto todas las piedras de los cimientos/tenemos derecho, ahora, a un trozo de pan..."



Muchos años después de su muerte, Angola no deja de ser una sociedad sumamente contradictoria, en plena transformación; los avances son indiscutibles, espectaculares, pero es cierto que una parte importante de su pueblo sigue sufriendo, no me atrevo a decir si más o menos que antes, quiero creer que un poco menos... otros, por supuesto, se han creído con derecho a bastante más que un trozo de pan, y tampoco estamos nosotros en condición de reprochárselo, desde nuestras black y nuestros 3%... de todo eso seguiremos hablando: pero no quiero cerrar estas primeras líneas sin una mención emocionada a la mayor riqueza de Angola; sus niños, sus cantidades ingentes de niños, guapos, muchas veces alegres, incluso en medio de las dificultades, niños vivos, niños que son el Futuro... creamos en ellos, creamos en Angola...










lunes, 3 de octubre de 2016

Augsburg; banqueros benefactores y poetas que te engañan...

Planeando nuestro viaje por Baviera, decidimos visitar la ciudad de Augsburg... ahora os explico los motivos...




Augsburg es una pequeña ciudad, aunque con grandes fábricas: cartón, y los motores MAN (no en vano nació allí Ferdinand Diesel, el padre de los motores que tan artísticamente trucan los doiches); pero eso no justificaría una visita: la veo allí, al lado de Munich en el mapa, y se me ocurre una idea; buscaremos alojamiento para dos días en alguna aldea más o menos equidistante, y nos desplazaremos en transporte público para así poder visitar ambas ciudades: la capital del estado Libre de Baviera, y la antiquísima ciudad, fundada por los romanos, bastión de los financieros Fugger y cuna de Bertold Brecht, que eso si que son buenos motivos.

Luego, a la hora de la verdad, resulta que la aldea que elijo es demasiado pequeña, o los transportes públicos, después de tantos años de liberalismo, tampoco están a la altura de las circunstancias; encontramos un ferrocarril de cercanías que, más o menos cómodamente, nos acercará a Augsburg, pero lo de Munich ya resulta más difícil; acabaremos yendo en nuestro coche, como cabía esperar.




De todas maneras, Augsburg bien vale el corto espacio de tiempo que le vamos a dedicar, porque es una ciudad limpia y bonita, donde la necesaria reconstrucción -ya os podéis imaginar que las fábricas MAN serían un objetivo de primer orden para los atareados muchachos de las Fuerzas Aéreas angloamericanas- aún permiten entrever el aire de tranquila villa de provincias, no demasiado monumental, y poco o nada turística; nos movemos por su cuidado centro, en una tarde de calor bético, y recorremos su limpio y ordenado mercado, donde compramos unas orondas cerezas... vemos mucha actividad comercial, con varias tiendas, curiosamente, dedicadas a España, vaya por Dios, tan lejos de la Patria. Todavía, que sepamos, no hay ningún Zara, pero todo se andará...

Augsburg o Coria del Río...?


"Torobella"... ¿cabe algo más español...?

¡Busca algo así en Barcelona...!



Y no deja de ser lógico ese vínculo comercial, porque los banqueros de Augsburgo, los Welser y, sobre todo, los Fugger, desempeñaron un importante papel en la historia de España: los Welser, por ejemplo, financiaron expediciones de conquista al Perú y la cuenca amazónica, pero han sido los Fugger los que mayor influencia tuvieron, porque a ellos recurrió el Emperador Maximiliano de Austria para que le prestasen el dinero necesario para sobornar -bueno, digamos influenciar...- a los Electores, consiguiendo así la corona imperial para su nieto, Carlos Primero de España que pasó así a ser, también, Quinto de Alemania, Karl der Fünfte.

Por supuesto, los banqueros no son gente aficionada a dar cosas gratis, y los Fugger se cobraron con creces el préstamo; consiguieron, entre otros chollos, el monopolio durante muchos años de la explotación de las minas de cinabrio de Almadén, las principales productoras de mercurio del Mundo Occidental. Y os preguntareis: ¿pero tan importante era el mercurio, ya había termómetros...? no; era, en aquel entonces, imprescindible en la minería del oro y la plata, y eso eran palabras mayores, sobre todo cuando se estaban descubriendo los nuevos yacimientos americanos, y los metales preciosos comenzaban a inundar Europa, dejando, ¡ay!. escasos beneficios en los reinos peninsulares... en Almagro, Ciudad Real, aún puede visitarse el despacho que el representante local de los Fúcares -como eran conocidos en España- allí tenía, y aún ahora deja ver claramente lo que era poderío.

Pero no es ese aspecto de la historia de los Fugger el que me interesa, sino su papel de pioneros de la Vivienda Social: fueron los Fugger los primeros en construir un barrio entero -la Fuggerei- de pequeñas casitas, cuidadas y ajardinadas, para ciudadanos pobres, siempre que fuesen trabajadores, no mendigos, de buena conducta, con un alquiler sumamente moderado. En una Baviera asolada por las Guerras de Religión, los Fugger, católicos, no quisieron discriminar a los luteranos, muy abundantes -justamente en Augsburgo había presentado Lutero los principios de su reforma-; eso sí, establecía como condición que los beneficiarios rezasen, cada día, un "Ave María"... si los Protestantes no podían rezar semejante cosa, era su problema, y siempre podían recurrir a los alquileres del Mercado Libre, no en vano el Capitalismo estaba dando ya sus primeros pasos en aquellas benditas tierras.


La Fuggerei



Lo prodigioso es que, cuatro siglos y pico después, la Fuggerei sigue existiendo, cumpliendo idéntica misión, gestionada por un patronato que conserva el espíritu de los fundadores, sin que ninguna Ana Botella haya sucumbido a la tentación de vendérselo a un "Fondo Buitre": y allí están las coquetonas viviendas, tras una bella puerta acastillada, protegidas, eso sí, con un "Verboten" que impide el paso a los curiosos: yo, que respeto las prohibiciones hasta en mi tierra, que ya es decir, no voy a saltármelas a la torera justamente en Alemania; por la mañana, hemos visitado el campo de Dachau, para saber cómo las gastan los doiches con los que se pasan un pelín-; Blanca, que pese a su alta cuna parece nieta de Durruti, entra a verlas y, encima, se cachondea de mí... "¿Ves como no pasa nada...?" Yo me acuerdo del "Arbeit macht Frei", y se me abren las carnes.

Mucho más difícil es seguir la huella de Bertold Brecht; es mucho más fácil encontrarla en el Berlín de los tumultuosos y vitales años de Weimar, en su variado exilio europeo y, después, en los años de su crítica -y criticada- ciudadanía voluntaria en la República Democrática Alemana: pero no deja de ser cierto que nació aquí, en el seno de una familia burguesa, y aquí transcurrieron sus primeros años... aunque dejó escrito que "Lo mejor de Augsburg es su estación del ferrocarril, porque desde allí puedes ir a Munich" que, bien mirado, no parece la frase más adecuada para un folleto turístico.


"¡Aún quedan jueces en Prusia...!"

Y eso me lleva a recordar un equívoco involuntario, que me hizo buscar en un lugar concreto algo que no estaba allí: pude disfrutar de la contemplación, en Potsdam, junto al palacio de Sans Souci, del molino cuyo molinero pleiteó contra el Rey de Prusia, episodio recogido por Bretch en su obra de igual título, "El molinero de Sans Souci", donde le hace exclamar aquella famosa frase: "¡Aún quedan jueces en Prusia!", de tan agradable sonido para los que vemos, desde estas tierras, como cada día se denosta a la "Brigada Aranzadi"... el equívoco procedió de uno de sus bellos poemas de guerra: "Mi hermano era un piloto" "Mein Bruder war ein Flieger".

No se si lo conocéis; en google lo encontraréis en un momento; cuenta Brecht que su hermano, un piloto militar, recibió la orden de volar al Sur; quería conquistar tierras para su Pueblo, pero...

"La tierra que mi hermano conquistó/ está en el macizo del Guadarrama/ tiene 1 metro 80 de largo, y metro y medio de hondo..."

Recitaba yo ese poema, en mi Alemán macarrónico, mientras bajaba desde el Monasterio de Yuste al cercano Cementerio Militar Alemán: precisamente en Yuste vivió sus últimos años retirado, como Rey Emérito, Carlos Primero -ya no Quinto-, salvo opinión en contra de los presuntos neohistoriadores patrióticos que en Catalunya -para vergüenza de los independentistas serios, que los hay, y muchos, y profundo regodeo de los que no somos ni una cosa ni otra- aseveran que el Emperador se retiró a un monasterio de la Serralada Litoral barcelonesa, con el irrebatible argumento de que qué se le podía haber perdido al Amo de Europa en Extremadura, una Comunidad Autónoma Subvencionada.

El Soldatenfriedhof de Cuaco de Yuste es uno de los muchos que ha construido la Liga Popular para el Cuidado de las Tumbas de Guerra, una benemérita institución alemana que procura que reposen con dignidad los millones de conciudadanos enviados a morir por esas tierras de Dios por gobiernos seriamente cuestionables. Con independencia de que muchos de ellos fuesen muy a gusto, que ese es otro problema. Allí reposan soldados, aviadores y marinos de ambas guerras mundiales, junto a los miembros de la Legión Cóndor, la unidad de aviadores, carristas, artilleros y especialistas que envió Hitler para echarle una manita a Franco. No sé si los alemanes han tenido el detalle -como sí han hecho los italianos- de enterrar también en su cementerio militar a los combatientes de las Brigadas Internacionales, lo cual garantiza, por lo menos, interesantes debates el día de la Resurrección de los Muertos... repasé la lista de los allí enterrados: ""Brecht, Brecht, Brecht... ninguno". pero había suficientes Soldados Desconocidos para presuponer que no debía andar muy lejos el Flieger hermano de Bertold. Total, desde Yuste al Macizo del Guadarrama hay pocos kilómetros...


A un soldado alemán desconocido...


Muchos años después, consultando fuentes en Alemán, descubrí la verdad; el único hermano -"Querido hermano", decía el texto- de Bertold, un pacífico ingeniero especialista, como su padre, en la fabricación de cartones, falleció en su lecho en 1985, sin conquistar ni un palmo de tierra, ni en Guadarrama, ni en ningún otro lugar. Lo de "Hermano" era una figura poética, no una referencia biográfica.

No sé cómo no perdí definitivamente mi fe en los poetas cuando descubrí que quienes colgaban sus nidos en los balcones no eran las "oscuras golondrinas" (Hirundo rustica) sino los Aviones comunes (Delichon urbicum)... si buscas informaciones fiables, no recurras a quienes, por tal de ajustar una rima, son capaces de semejantes artificios... bien mirado, tampoco se hubiese perdido nada:

"Volverán los oscuros aviones/ a colgar sus nidos de mis balcones..."

Aunque, ahora que lo veo escrito, casi entiendo que Becquer quisiese huir del plural... en fin, los poetas, para lo que valen, y para el resto, las guías ornitológicas y los libros de historia.