lunes, 21 de marzo de 2016

El Paine, en tierras de Chile





 Nuestra última excursión, en tierras australes, nos lleva al país vecino, Chile, y a un nuevo Parque Nacional; el del Paine.









Una vez más, el ritual de ser recogidos, a primeras horas de la mañana, en el hotel, por un microbús… pero hoy los viajeros han cambiado; somos, seguramente, los mayores de la expedición, y hay muchos extranjeros; veo varios orientales, e incluso una chica islandesa con un curioso gorrito de lana, debe ser algo típico, se lo preguntaré a mi amigo Haldor… además, nos comunican que nos van a transbordar al vehículo en que realizaremos la excursión; cuando lo veo, alucino… es un camión Mercedes todoterreno, de esos que ves en el París-Dakar, al que han adaptado una cabina de autocar: todo superreforzado, con barras antivuelco y cinturones de seguridad de verdad, de esos que hay que llevar abrochados… en la trasera, una aterradora cantidad de ruedas de repuesto y cosas de uso desconocidos… todo huele a aventura, ¡guau…!



El guía también es distinto; es chileno: ¿cómo lo sé, antes de que nos lo diga…? Muy sencillo; lleva una camiseta con la bandera de Chile, el acento es diferente, aunque no mucho, y hablará en todo el viaje, más o menos, lo que los otros guías en la primera hora… un chico amable, correcto, bien preparado, como todos los que hemos tenido, pero con una estrategia comunicativa ni mejor ni peor; distinta…

Arrancamos por carretera, a través de la pampa fría y seca que ya empezamos a conocer, pero pronto la abandonaremos y entraremos en una pista de ripio: en Invierno tendríamos que seguir hasta la ciudad fronteriza y minera de Rio Turbio para entrar en Chile, pero en verano se habilita un paso fronterizo que permite acortar considerablemente el viaje pero, eso sí, obliga a abandonar el asfalto: el camión-autocar está dotado de un ingenioso sistema -unos latiguillos metálicos que ya había visto en otros vehículos- que permite variar la presión de los neumáticos en marcha y desde el puesto del conductor. Invento argentino, nos dicen, como el bolígrafo -el Birone-, eso ya lo sabía… parece efectivo porque, aun sobre el ripio, la marcha es bastante confortable.

A unas dos horas de El Calafate, llegamos al puesto fronterizo argentino: esto no es una frontera de las que, hasta ahora, estábamos acostumbrados a cruzar en la Europa feliz de Schengen, antes de la oleada de xenofobia, xenomiedo y etnoegoísmo que nos azota: esto es una frontera entre dos estados que ahora conviven bien, pero no dejan de mirarse de reojo… hay que presentar los documentos a la Gendarmería argentina -el guía se ocupa de los “extranjeros”, gracias por la gauchada- y, a continuación, atravesamos los cientos de metros que nos quedan hasta la aduana chilena.

Pensaba yo que la frontera coincidiría con algún accidente geográfico, algún puerto de montaña… nada de eso, la misma pampa inmensa a lado y lado de la frontera… los carteles hablan del “Río de Don Guillermo” -¡qué nombre tan familiar, en un lugar tan alejado…!-, pero yo no veo ni río, ni cosa que se le parezca…



Frente al bonito edificio de la Aduana Chilena, de clara influencia inglesa, como muchos que hemos visto por la Patagonia,  todos a tierra y en columna de a uno: hay que pasar ante la Oficina de Emigración; todo se pega, menos la hermosura, y las policías del Mundo Mundial están adoptando los modales y los procedimientos de la “Migra” yanqui… foto mirando a la camarita, decir a donde vas… (todos ponemos; “Lugar de residencia: Paine”)… Pero aquí hay un elemento innovador: Chile tiene absolutamente prohibida la entrada de productos vegetales y animales: ya nos ha avisado el guía; si lleváis algo de fruta, comérosla en el autocar… un cartel con un simpático perrito nos invita a declarar cualquier cosa y, una vez dentro de la aduana, el perrito en persona nos va olfateando a la búsqueda de duraznos, zapallitos, choripanes y salames… se encariña de la mochila de dos jóvenes que, muy corridos, confiesan que habían traído fruta, pero ya se la han comido… el perro juguetea con su monitor, como un cachorro, pero, de vez en cuando, le debe llegar el olor, o el sentido del deber, su honrilla de funcionario, y vuelve a la mochila de los jóvenes, saltando a su alrededor… luego, los equipajes pasan por un escaner… prueba de la racionalidad que tantas veces acompaña a la acción administrativa -¡qué me van a contar a mí!- es que, mientras tanto, en nuestro autocamión o lo que sea nos esperan las bolsas de la “vianda” que nos ha preparado la agencia, en las que, por supuesto, hay productos vegetales y animales, no nos van a alimentar con píldoras, como a los astronautas… en fín…







¿Qué pienso al entrar en Chile…? el zurdo sentimental que anida en mí no puede apartar su mente del recuerdo de Salvador en La Moneda, con su jersey, de Víctor en el Estadio, sus manos… de Pablo en su Isla Negra… no estoy pisando sus calles nuevamente, porque aquí no hay calles, pero si su tierra… suerte que, en la aduana, he saludado el retrato de su Presidenta, Michelle Bachelet, señora a la que admiro por -creo yo- seria y conciliadora, y no deseo a los hermanos chilenos otra cosa que paz en su hermoso país.



Hermoso, pero no demasiado cómodo: hemos cruzado la frontera, y los indicadores de carreteras nos dicen que estamos muy cerca de Puerto Natales, en el Pacífico: me cuentan que, por debajo de Puerto Montt, el territorio chileno está partido por los fiordos a los que llegan los glaciares que se desprenden del Campo de Hielo; no hay comunicación por carretera: recuerdo como una alcaldesa chilena me contaba que, para llegar de su pueblo a la capital de su Región -Chile está dividido en Regiones, numeradas, y te dicen que viven en Región IX, como los franceses te dicen el número de su Departamento- le hacían falta unas veinte horas en ferry… supongo que la sensación debe ser parecida a lo que era, de pequeños y en vacaciones, compartir cama con mi hermano Ricardo, decididamente expansionista; toda la noche en el borde del colchón y, a veces, me llegaba a caer… Y, encima, con terremotos…

Superadas las formalidades aduaneras, y reconciliado con mis fantasmas familiares, corremos ahora por esa pampa que es prácticamente igual que la de la Patagonia argentina, pero empiezan a verse algunos árboles, señal de que la precipitación es mayor. También hay -o así me lo parece a mí- muchos más guanacos; el camión se detiene junto a un grupo numeroso, para que podamos bajar e “interactuar” con ellos, que no se espantan ni un pelo, y siguen pastando coirones, totalmente a su bola: ya nos han avisado de que, si les molestas, te escupen a la cara una baba bastante asquerosa, y que, entre ellos, cuando se pelean por un harén de guanacas, tienen la agradable costumbre de intentar castrar a sus adversarios… para eliminar la competencia, claro… Motivos todos más que suficientes para hacer las fotos a cierta distancia, para eso llevo un superzoom, para que ni me escupan ni me capen los guanacos…






Pero ya se acerca el momento… unos kilómetros más adelante, nos detenemos a la vista de una enorme laguna, la Laguna Azul- y al fondo, impresionante, el Macizo del Paine.






Al igual que el Fitz-Roy, el Paine está en los Andes, pero no es los Andes; es otro macizo granítico, surgido de las entrañas de la Tierra en fecha muy posterior a la aparición de la Cordillera; también en éste caso arranca desde el Campo de Hielo Patagónico, y su altura es moderada, otra vez estamos ante Tresmiles, pero tresmiles que arrancan casi desde la misma línea de costa… tiene el Paine dos formaciones famosas: las Torres -que son las que estamos viendo desde aquí, medio veladas por las nubes- , torreones macizos que a mí me recuerdan mucho el Naranjo de Bulnes, que solo he podido ver, como ahora, desde lejos y nublado- y los Cuernos, de los que podremos disfrutar -disfrutar de los cuernos, ¡vaya!- a lo largo del día, y desde mucho más cerca.





Estando allí, admirando por primera vez el Paine, el cóndor pasa… me las prometía yo muy felices: dicen que abundan, una rapaz necrófaga, se tirará horas colgado en las térmicas, como nuestros buitres, y lo podré ver a gusto… ¿Pero qué térmicas, infeliz, con el viento que sopla aquí…? el cóndor vuela como puede, a lomos del viento que le despeina las plumas, en Casa Pacha Mama, es decir, muy, muy alto… intenta describir círculos, como sus colegas eurasiáticos y africanos, pero allí arriba, y lo ves,  claro que lo ves, incluso distingo su moñete y su collar blanco, pero de eso a fotografiarlo bien… por lo menos disfruto mirándolo, veremos varios a lo largo del día, pero siempre muy altos…



Una vez más, al camión, y ahora ya nos encaminamos directamente al coloso; cada vez más cerca, hasta llegar a un lugar increible, al borde del precipicio donde, muchos metros abajo, el rio Paine se despeña en una cascada espectacular; allí hacemos un breve alto para comernos la “vianda” que ha superado los trámites aduaneros; un emparedado, una empanada -¡cómo estoy disfrutando, con lo que me gustan las enpanadas!...- y unos alfajores… sujetándolo todo con dos manos, porque el viento está arreciando…






Desde allí, entramos ya en el Parque Nacional de las Torres del Paine: es un territorio extrañamente vírgen, pese a que su buena infraestructura de caminos y refugios permite la circunvalación de todo el macizo, si tienes unos cuantos días y fuelle para afrontarlo; pero, en todo momento, no pierdes en contacto con la fuerza de la Naturaleza, que te recuerda, a cada momento, con un vendaval importante… ahora nos dirigimos hacia el Mirador de las Torres -que siguen casi cubiertas por las nubes, último baño en kilómetros- para, después, enfilar una larga loma, entre dos lagos a cual más bellos: a la derecha, el Nordenskjöld, glaciar, de aguas verde turbio; a la izquierda, el Sarmiento de Gamboa, de aguas filtradas desde el subsuelo, y de un azul cegador… ignoro quien fue Nordenskjöld, al que supongo persona de grandes merecimientos, pero si sé algo de Sarmiento: al parecer, pontevedrés, como nuestro Presidente en Funciones; descubridor, geógrafo y -cosa menos sabida- astrólogo, nigromante -es decir, practicante de la Magia Negra- y condenado en su día por la Inquisición por haber organizado un Auto de Fé en plan de cachondeo… bien orgulloso puede llevar su nombre un buque oceanográfico de la Armada Española, el personaje se lo merece…






Desde este punto, la visión de los Cuernos del Paine, allí mismo, apabulla; su silueta recuerda cosas: el Pedraforca, en Cataluña, el Midi d’Ossau… a través de la “uve” de los cuernos, se abre un mundo frío y distante, un anfiteatro de agujas graníticas, con los pies en el hielo… a su izquierda, la Cabeza del Indio, y, detrás, otras agujas más, la Aleta del Tiburón… y, cerrando el panorama por la izquierda, el Paine Grande, el “Tresmil”, cubierta su cima por las nubes… nos hemos detenido para iniciar una pequeña excursión de una hora, ida y vuelta, que debía conducirnos a un mirador sobre el lago y los Cuernos; nos ponemos en camino pero, al llegar al lugar más expuesto, el vendaval arrecia; una de las muchachas orientales, la más delgadita, está a un pelo de salir volando… nuestro guía ya nos había avisado; en caso de ver que estáis a punto de caeros, sentaos en el suelo... pero ahora nos convoca y nos dice que el riesgo es alto y, total, los Cuernos ya los estamos viendo perfectamente: media vuelta, y al camión… a cambio, nos detendremos de nuevo para contemplar uno de los espectáculos más bellos del parque; por un estrecho cañón rocoso, las aguas del Nordenskjöl se precipitan hacia el Lago Pehoé; es el Gran Salto, mezcla de catarata y rápidos vertiginosos, rodeados de brumas irisadas por el sol.














El camino sigue ya la orilla del Lago Pehoé; pasaremos junto al puente de madera que conduce a un delicioso hostal, el primer establecimiento hotelero que se construyó en la zona, y después veremos uno nuevo, dice el guía que caro y lujosísimo, pero sin el encanto natural del anterior… cae la tarde, estamos ya cerca de la salida del Parque, pero aún nos detendremos una vez más, para admirar el escenario que componen el macizo y el lago… unas imágenes inolvidables.







El camino de vuelta, después de contemplar tanta belleza, es triste y silencioso: más en nuestro caso, ya que nos estamos despidiendo de ese Sur que, en pocos días, tan profundamente ha calado en nosotros; mañana, Domingo, pasearemos por El Calafate, de tienda en tienda, disfrutando de esa extraña ciudad de pioneros donde -según nos contaba nuestra guía Virginia-, casi nadie ha nacido, pero son muchos los que se están labrando una vida nueva… dicen que en su despegue ha jugado un papel importante la dinastía de los Kirchner: el hotel más imponente es propiedad de un hijo de la Expresidenta, y afirman que no es infrecuente encontrársela por la Costanera, paseando un perrito… es, en todo caso, una ciudad a medio hacer, donde de las avenidas iluminadas y llenas de tiendas -en una de ellas me compro un cinturón adornado con hermosos bordados andinos, un capricho carito, de un cuero recio pero que se te desliza, suave, entre los dedos…- arrancan calles empinadas y sin asfaltar , rodeadas de casitas prefabricadas y hostales de mochileros… pero comprendo perfectamente el impulso que lleva a muchos jóvenes a construir allí su hogar, abierto a los vientos, a las vistas sobre el Lago Argentino, a los lejanos cerros nevados sobre la pampa sin fín… y -como, ¡al fín! me sucede a mí, en aquella última noche, fría como todas, pero limpia y estrellada-  pueden ver, brillando sobre sus cabezas, marcándoles el camino a otros, y diciéndoles a ellos que ya han llegado, la Cruz del Sur.


jueves, 17 de marzo de 2016

Miles y miles de turistas no pueden equivocarse...

Si, señoras y señores, esa es la esencia de la Democracia: la gente, en líneas  generales, sabe lo que es bueno. O, dicho en negativo, recordemos la castiza frase: "Ningún bobo se chafa los c...."; ¿A donde van los turistas...? A lugares bellísimos, únicos, espectaculares... he estado en Venecia y en Florencia; hasta arriba de gente, pero sitios inigualables, mágicos. Incluso la Sagrada Familia, que no es santo de mi devoción, confieso que bien merece una visita. Tengo mis reservas sobre la otra gran atracción turística de mi ciudad; el Estadio del Barça y su fastuoso Museo, pero eso ya son rarezas mías...



Perito Moreno es universalmente reconocido como un "must", un sitio que, si puedes, no te debes perder; miles y miles de turistas cumplen, anualmente, con el rito de acercarse y admirarse ante su deslumbrante -en más de un sentido- belleza... Perito Moreno une a la hermosura fría, distante y hostil, de un glaciar, la inmediatez que supone su fácil acceso, e incluso su localización, estratégicamente situado frente a una península montañosa, que facilita su visión desde ángulos difícilmente alcanzables en otros casos, y estoy pensando en el Viedma, escondido y a tomar vientos...

Pero es que, además, el Glaciar Perito Moreno, a parte de ser bello, "hace" cosas; en un rato delante suyo, fácil es que puedas contemplar -o, por lo menos, oír- algún desprendimiento... y, de vez en cuando, pongamos cada cuatro años, regala un espectáculo difícilmente comparable: su rotura.





Venid conmigo a lo alto de su mirador, y os lo explico en dos patadas: intentad mirar las dos fotos a la vez: como veis, el glaciar avanza, en forma más o menos de "V", con su punta dirigida hacia las rocas de la Península de Magallanes, que es desde donde ahora lo contemplamos; cuando la lengua del glaciar choca con la roca, literalmente se monta encima suyo; es esa zona caótica y algo guarra que vemos en el centro, a la derecha de la primera foto, a la izquierda de la segunda. Así ha dejado el Lago Argentino dividido en dos partes; a la derecha, el brazo principal, alimentado por las aguas de fusión de otros glaciares más, aparte del Perito Moreno, es el que baña las orillas de El Calafate: a la izquierda, el Brazo Rico, queda aislado. Son lagos muy profundos, doscientos o trescientos metros… para los que conoceis Pineta, pongo por caso, como si el valle embalsase agua hasta el umbral de Lalarri.



A partir de ese momento, y por el principio de los vasos incomunicantes, cada brazo va a su bola; el Brazo Principal parece que, este año, está a un nivel muy alto, e incluso hemos visto como inunda zonas bajas cerca de El Calafate; el Brazo Rico va embalsando agua por encima del nivel del Principal; esas aguas van excavando una oquedad en la pared de hielo; se forma así “La Cueva”; cuando la cueva, transformada en túnel, perfora toda la punta del glacial, el agua del Brazo Rico se precipita, tumultuosa, hacia el Brazo Principal; su paso arrastra las paredes, las debilita, se transforma, efímeramente, en puente, pero los pilares erosionados no aguantan, y se derrumban…las aguas arrastran el hielo hacia el Canal de los Témpanos, ambos brazos quedan de nuevo comunicados, fin del ciclo, a esperar tres o cuatro años más…



Todo eso nos lo va contando el guía, en el relativamente breve -setenta kilómetros nada más- viaje desde El Calafate; hemos vuelto a coincidir con nuestros amigos argentinos de ayer, Cecy y su grupo… cruzamos una buena extensión de pampa seca, una zona de bosque de lengas y ñires y, de repente…. ¡Ohhhhh!: desde un mirador podemos contemplar, en toda su belleza, el lado Sur del glaciar… sus hielos brillan, hermosos, bajo el radiante Sol de ese día, y nos disponemos a embarcar en el pequeño buque que nos permitirá acercarnos lo más posible a su base.




Apenas si sopla el viento -cosa milagrosa-, y la navegación es muy agradable; nos dirigimos hacia las paredes, de más de treinta metros de altura… coronadas de almenas puntiagudas, auténticos cuchillos, sus grietas, a través de las cuales se filtra el sol, dejan ver toda la increíble paleta de colores del hielo, desde el blanco más puro al verde esmeralda, pasando por todos los tonos del azul… también se ven venas oscuras; no muy lejos de aquí, en territorio chileno, un volcán ha estado dando por saco recientemente, de ahí pueden venir las cenizas… o del también reciente incendio que destruyó parte de la infraestructura hostelera de la península, entre otras cosas, más de sesenta váteres, ya os podéis imaginar el caos que puede originar eso…






En la esquina izquierda del glaciar, vemos varios “gomones” -“Zodiacs”, diríamos nosotros-. que han desembarcado a los privilegiados -menores de sesenta años, quiero decir- que han contratado un trekking por el hielo; calzados con crampones, suben y bajan por el glaciar, y luego les invitan a un vasito de wisky con un cubito de hielo de ni se sabe de cientos de años, que me tomaría muy a gusto… por lo menos, puedo verlos desde abajo; parecen un desfile de hormigas, o los enanitos de Blancanieves, más adecuado aún al tema que nos ocupa…



Ahora enfilamos hacia el lado opuesto, donde ya se ha formado “La Cueva”; nuestros guías dicen que sí, que técnicamente hablando, se ha iniciado ya el proceso de rotura, pero que ellos lo ven muy verde… hoy es veintitrés de Febrero, fecha difícil de olvidar; el diez de Marzo, a las once de la mañana, ante más de dos mil afortunados, las aguas se abrirán paso hacia el Canal de los Témpanos, y Perito Moreno quedará roto, hasta que vuelva a cerrarse y romperse de nuevo, dentro de tres o cuatro años más… YouTube está lleno de videos sobre el fenómeno, que me envían también algunos amigos argentinos… me sabe mal relativamente hablando, bastante feliz he sido pudiendo verlo, tampoco hay que pedir demasiadas cosas a la Vida… el periódico “La Nación” aprovecha para preguntarse si hay que hablar de “Rotura” o de “Ruptura”; según la RAE, rotura es lo adecuado para cuerpos sólidos, mientras ruptura se aplica a las relaciones entre humanos… pero el Poeta que todo Argentino lleva dentro concluye que bien puede hablarse de la “ruptura” de las profundas relaciones establecidas entre el glaciar y la península… lindo, y cierto.




Desembarcamos, y de nuevo en el minibús -¿o cabe hablar de “minicolectivo”?- nos dirigimos ahora a la entrada de los miradores de la península; compramos “vianda” -lo que llamaríamos en Castellano peninsular “picnic”-, subimos a la cumbre de la península, y allí tenemos a nuestra disposición cinco kilómetros de “pasarelas”, de metal, perfectamente estudiadas, que nos permitirán, cruzando un hermoso bosque, contemplar hipnotizados la belleza de la otra rama del glaciar, la que se abre al Brazo Principal del Lago Argentino: nos detenemos en sus numerosos miradores, donde grupos de personas aguardan para presenciar algún desprendimiento; los hay que apuestan por determinados bloques o láminas, que ya parecen casi separadas de la pared, pero que muestran una decidida voluntad de permanecer allí: cuando las estás mirando… ¡Broooommm!, un fragmento se desprende en el otro extremo del glaciar, y ves la nube de hielo en polvo que levanta su caída, y las ondas en el agua allá donde se ha producido el impacto…




El tiempo apremia, hemos de regresar al Estacionamiento -lo que en Castellano peninsuar llamamos “Parking”-… mirando hacia atrás, como la mujer de Lot, para no perdernos los últimos destellos de belleza, recorremos casi corriendo los últimos cientos de metros; el Sol empieza a velarse con una fina capa de nubes, y las sombras de la tarde comienzan a avanzar sobre los hielos del glaciar…








Hacemos el viaje de vuelta casi en silencio, abrumados por tanta belleza como hemos absorbido… no sabemos que, al llegar a nuestro hotel, hay dias afortunados, nos espera una nueva maravilla; se ha formado un hermoso perihelio, el más grande que he visto en mi vida…






Un día tan redondo tenía que terminar por todo lo alto; nuestros amigos argentinos nos han invitado a unirnos a su grupo para probar el Cordero Patagónico: como buen mediosobrarbense, he comido cordero por toneladas y, además, me habían prevenido contra el cordero patagónico: “Lo encontrarás seco”, me habían dicho… ¡Inexacto! lo veo asarse lentamente, horas y horas debe llevar ahí, espetado ante el fuego, en La Tablita, el asador que han elegido nuestros amigos, y llega a la mesa en una pequeña hornilla: lo encuentro tierno, sabroso, jugoso, sin pizca de grasa, una maravilla… la agradable conversación con nuestros nuevos amigos, las botellas de magnífico vino argentino que tumbamos, el helado de calafate que pido, para ver si se cumple el dicho y vuelvo alguna vez a estas benditas tierras, cierran una velada inolvidable.





miércoles, 16 de marzo de 2016

¡Ahí está!

Muchas veces, el objeto de una excursión o un viaje está, más o menos, garantizado: si vas a ver un Museo, has sacado entrada por Internet, y has comprobado previamente que el día indicado está abierto, y no hay ninguna huelga, ni programada ni salvaje, sales hacia él con una cierta garantía de poderlo verlo... pero cuando vas a ver una montaña, en una zona donde el tiempo cambia cada media hora, con una conocida propensión a rodearse de nubes impenetrables, la cosa es bastante distinta...









Ya al salir de El Calafate, nuestra guía, Virginia, ha lanzado miradas inquisidoras hacia el Noroeste, donde se acumula un buen paquete de nubes... nos va diciendo por el camino que no nos preocupemos, que las previsiones meteorológicas son buenas... pero también se va curando en salud -no es que ella tenga ninguna culpa, ni pueda hacer nada, pero...- y reconoce que, más o menos, un tercio de los excursionistas que van a El Chaltén se vuelven con el rabo entre las piernas, sin haber llegado a ver el Cerro Fitz-Roy.

¿Y qué tiene de particular el Fitz-Roy? Que, sin lugar a dudas, la imagen del Cerro -cerro en el sentido argentino del término, que no se corresponde exactamente con el peninsular- alzándose, de golpe, sobre la llanura, con sus paredes verticales de roca y sus neveros rodeando su base, es una de las más bellas, impresionante, impactantes de la Patagonia, un ejemplo claro de la fuerza de la Naturaleza salvaje: son solo 3.400 metros, un poquito más que Monteperdido, pero arrancan de apenas 200 metros sobre el nivel del mar... aunque está muy cerca, ni el Fitz-Roy ni el Paine, que visitaremos dos días después, forman parte de los Andes: voy a meterme en camisas de once varas pero, mientras la Cordillera se forma hace unos 70 millones de años, por el choque de dos placas tectónicas, las gigantescas  masas graníticas, que luego serán modeladas por los elementos salen de las capas inferiores de la tierra en fecha mucho más reciente, en torno a 10 millones de años... los geólogos que saben de eso ya me corregirán... tras el Fitz-Roy se extiende una de las zonas del Campo de Hielo Austral, la tercera concentración mundial de glaciares, después de la Antártida y Groenlandia, desigualmente repartida entre Chile y Argentina, cuya frontera -después de agrias disputas, en las que llegaron a enfrentamientos armados- pasa, justamente, por la cumbre del Cerro.

Salimos de La Leona, y ya voy estirando el pescuezo, intentando ser el primero en ver la mítica mole rocosa... vamos ahora bordeando el Lago Viedma, nombrado por el capitán español que lo descubrió, y también el primer europeo en ver el Cerro: Francisco Moreno lo llamó Fitz-Roy, en honor del capitán del Beagle, y creyó que era un volcán; su propio nombre teuhelche, "Chaltén", "Montaña humeante", favorecía ese error: la columna de nubes que muchas veces lo corona no es humo, sino, simplemente, eso, nubes, arrastradas por el viento oeste, cuyos jirones quedan retenidos en su cumbre.

En esas estamos, escrutando la interminable recta de la Ruta Veintitrés, hacia un cielo cada vez más claro, en una soleada mañana, cuando... ¡Ahí está...! la inconfundible montaña se recorta contra el horizonte... es la imagen que he visto en tantas fotografías; la carretera -de ripio, en las más antiguas, asfaltada en las recientes- y, al fondo, la montaña... disparo desde dentro del coche, tiempo tendré después de reencuadrarla, y eliminar el rosario que cuelga del retrovisor de todos los minibuses que vamos a usar, como si fuese parte del equipo de fábrica...




A partir de aquel momento, el Fitz-Roy es el imán de todas nuestras miradas... cada vez de ve mejor, aunque, por otra parte, parece claro que no vamos a poder gozar de la contemplación de su compañero, el Cerro Torre, envuelto en una densa capa de nubes... pocos kilómetros más allá, el minibús se detiene en un mirador, y el macizo aparece en toda su hermosura ante nosotros... a sus pies, el pequeño pueblo de El Chaltén, y, frente a nosotros, el Fitz-Roy, acompañado por sus picos secundarios, Saint Exupery, Poincenot, Mermoz y Guillaumet, tres pioneros franceses de la aviación comercial transandina -uno de ellos, el escritor mundialmente conocido-, y uno de los miembros de la primera expedición que lo escaló, muerto al ahogarse en un río cerca ya de su objetivo... a sus pies, el Glaciar Piedras Blancas,,, no sé cuanto rato estamos allí admirándolo, el tiempo, sencillamente, no pasa, podría estar horas y horas viendo como las nubes cambian constantemente su aspecto, haciendo aparecer su falso penacho de humo...












Pero tenemos que reemprender la ruta, llevándonos la imagen del coloso en nuestras pupilas y, afortunadamente, también en todo tipo de soportes informáticos: cruzamos el breve pueblo de El Chaltén -luego podremos verlo con más tranquilidad- y seguimos el anchísimo Río de Las Vueltas; una vez más aguas de maenco, gleras blancas,,, me siento en un Sobrarbe sobredimensionado, porque el río es ancho de narices... a pocos quilómetros de El Chaltén, echamos pie a tierra para un mini-trekking, en realidad, un paseito de media hora, hasta una hermosa cascada; después de tantas horas de minibús, el paseo se agradece, el aire es fresco y -parece superfluo decirlo- puro,  el bosque de lengas y ñires, menos cerrado que en Tierra de Fuego, nos ofrece ahora hermosos ejemplares, de buen tronco y buena copa. No faltan las blancas y retorcidas ramas de árboles muertos, de una belleza espectral, quizás porque me recuerdan "La Novia Cadáver", de Tim Burton... siguiendo los sabios consejos de nuestra guía, nos hemos adelantado al numeroso grupo de pasajeros de un autocar; el espacio donde caen las aguas de la cascada es reducido y, cuando pocos minutos después se llene de gente, resultará un poco agobiante.







Volvemos a El Chaltén porque, entre otras cosas, empezamos a estar ligeramente hambrientos; es ya hora de "almorzar": la palabra se las trae; según el DRAE, puede ser, indistintamente, la comida ligera a media mañana, o la no tan ligera a mediodía, entendiendo el mediodía en el sentido tan elástico que le damos los peninsulares; en Argentina es exclusivamente esa segunda -o tercera- comida del día, que en España ha pasado a conocerse como, genéricamente, "comida": para forro botas, en Catalán, "esmorzar" es, exclusivamente, desayunar... en cualquier caso, vamos hacia El Chaltén, donde resolveremos el problema.

El Chaltén es el municipio más moderno de Argentina; fue creado en los años 80, en plena discusión de límites con Chile, para "crear soberanía" en una zona en disputa; me cuentan que, mientras nadie se interesó en irlo a habitar, se pobló con funcionarios municipales allí destinados... hoy es, claramente, un pueblo de pioneros, y cultiva esa imagen: "Capital Nacional del Senderismo", pueblan -muy escasamente- sus calles curtidos mochileros, y sus más que dispersos edificios son bares, restaurantes, albergues, tiendas de material deportivo y una farmacia.





Nos encaminamos al restaurante donde almorzaremos; el aspecto exterior es desconcertante, como edificio que hubiese crecido a lo largo de un breve espacio de tiempo, incorporando materiales y estilos -por llamarlos de alguna forma- de lo más variado; dentro, el ambiente es cálido y acogedor; sentados a una larga mesa, nos ofrecen locro; había oído hablar se ese plato tradicional andino, que en Argentina se asocia a los días de fiestas patrióticas; lo pedimos Blanca y yo, y a mí me entusiasma; es un plato de invierno, de cuchara, "con fundamento", diría Arguiñano, un guiso de carne con maíz, porotos -es decir, judías, habichuelas, de un tamaño similar a los judiones de La Granja o las fabes asturianas- y vegetales, entre ellos, la calabaza, o "zapallo". Bebo otra vez  buena cerveza artesana, y Blanca sigue con su Malbec... la foto que me ha enviado nuestra amiga Cecy da fe del buen ambiente, buen rollito, "buena onda" que reina durante la comida.





Al salir, el tiempo ha cambiado por completo; sopla un viento helador, y el cielo está cada vez más cubierto de nubes: desandamos el camino, y compruebo, con horror, que si llegase ahora apenas si podría ver la silueta del Cerro: volvemos hacia el Lago Viedma, donde nos espera una breve, pero intensa, experiencia de navegación hacia el frente de su glaciar.

Sin gozar de la fama del Lago Argentino y el Glaciar Perito Moreno, el Lago y el Glaciar Viedma -, mucho más grande que el Perito- nos causarán una gran impresión: ha caído una densa niebla que oculta las cumbres, y el viento, a bordo del pequeño buque, sopla de cara; entiendes perfectamente por qué, en Tierra de Fuego y Patagonia, tan importante como la temperatura es la sensación térmica; recuerdo mis mañanas de invierno en Boltaña, a cuatro o cinco bajo cero, pero con el solecito en la cara, protegido tan solo por un cortavientos; aquí voy tapado hasta las orejas, solo dejo fuera la punta de la nariz, estoy muerto de frío, y no debemos estar a menos de seis o siete grados sobre cero... navegamos sobre aguas de un verde plomizo, tan plomizo como el cielo, y pronto, al doblar un cabo en el lago, tenemos ante nosotros la impresionante lengua del glaciar; relativamente estrecha, alta, con sus hielos de un azul verdoso profundo, el glaciar se rompe en témpanos de distintos tamaños y formas, entre los cuales navegamos; uno, caprichosamente, ha tomado las formas aerodinámicas de una moto de agua, de un limpio color azulado ; más allá, otro, sucio y medio fundido, simula ser los restos oxidados de un barco hundido... protegiéndome tras la caseta del piloto, y sacando el morro lo imprescindible para fotografiar, me deslizo a la velocidad -considerable- de nuestro barquito hacia un mundo helado, salvaje, extraño y hostil.





El buque se detiene a cierta distancia y, lentamente, vira para ofrecer ahora su popa al glaciar; posiblemente la navegación no es tan segura cerca de los témpanos... "¡Titanic, Titanic!", gritan mis neuronas cobardes... "Jó, qué cosa tan bonita...!" , contestan mis neuronas aventureras... al virar, parece que el viento nos está dando un respiro, y puedo disfrutar durante largos minutos del espectáculo, mecido allá, solo -eso me parece- frente aquella masa de hielo...






Los motores se ponen de nuevo en marcha, y ahora nos alejamos; si mientras nos aproximábamos nos acongojaba la fuerza del paisaje, ahora casi empiezas a echarlo de menos, cuando la estela del barquito va dejando atrás aquel muro de hielo... parece que el cielo se va abriendo un poco, se filtran unos rayos de sol, y al incidir sobre el viento cargado de gotas de agua, aparece, sobre las rocas de la orilla y los témpanos flotantes, un bellísimo arco iris, uno de esos momentos mágicos, intensos en su brevedad, un último regalo del Glaciar y su lago, que guardaremos siempre en nuestro corazón...




lunes, 14 de marzo de 2016

De cuando este humilde cronista se enamora, perdidamente y sin remedio, de la Patagonia

Hay enamoramientos tardíos, graduales... de la gente, de las cosas y de los sitios, en eso hay poca diferencia... Otras veces, te viene de golpe, dices... ¿Anda, seré tonto, no me he enamorado...? Pues eso me pasó a mí, aún me dura, y creo que va para largo...




Nuestra salida de Ushuaia es más bien accidentada: nos pilla -aquí si que podría decir "coge"- una huelga nacional de empleados públicos, a la que se adhieren los controladores aéreos, y ya se sabe que nunca tan pocos pueden dejar en el suelo a tanta gente...viejo sindicalista del Sector Público, poco me puedo quejar, al contrario, admirar la habilidad de mis colegas para montar un buen quilombo: me he pasado toda la vida diciendo aquello de "Cuando los trabajadores van a la huelga, no es que no quieran trabajar; es que quieren trabajar en mejores condiciones..." así que paciencia y barajar; nos demoran el vuelo, qué se le va a hacer, esperamos dos o tres horas y, al final, salimos y llegamos a El Calafate ya oscurecido, a un aeropuerto igualito que el de Ushuaia, de agradable aspecto de montaña.

Han cambiado nuestros ángeles guardianes, pero no su "modus operandi"; nuevamente tomados en volandas, microbús, y eficiente distribución por los hoteles; entrevemos la pequeña ciudad, todas las tiendas y restaurantes -es decir, todo- encendidas y llenas de gente que pasea por la calle, que aquí no se llama San Martín, sino Libertador, que viene a ser lo mismo.



Llegamos, tras un buen rato, al que va a ser nuestro hogar durante cuatro noches; el Hotel Edenia Punta Soberana: descubrimos varias cosas: que está muy lejos del pueblo -y parte por una carretera de ripio-, pero un eficaz servicio de lanzadera resuelve a la perfección el pequeño problema: que está en un lugar privilegiado, con unas vistas impresionantes sobre el Lago Argentino: que la habitación, como cabía esperar, es de dimensiones adecuadas a la grandiosidad del paisaje que nos rodea, y, por último, que hay un muy digno restaurante, con un personal atentísimo, dispuesto a plegarse a nuestros problemas de agenda, con una comida más que aceptable, y con unos precios sumamente razonables... yo puedo elegir entre cerveza artesana -y cara- o Quilmes industrial, muy buena y más barata, y Blanca tiene copas de un malbec que, por la cara que pone, está muy rico... he toreado en peores plazas, puedo asegurarlo...


Eso sí, nos dicen en Recepción que tenemos aviso de que, al día siguiente, nos recogerán muy temprano; nuestra primera excursión es a El Chaltén, uno de los platos fuertes del viaje... Dormimos como angelitos, nos dejan desayunar antes de la hora de apertura del restaurante, y aún podemos disfrutar del amanecer sobre el Lago Argentino mientras llega el minibús, rodeados de apacibles caballos que pastan en el campo, iba a  decir "los campos", pero es que solo hay uno, ilimitado... pasa un zorro, escaqueándose, como siempre, me parece que es rojo, otro que descendió "de los barcos"...




Llega el minibús, y con él uno de los descubrimientos del viaje; nuestra guía, Virginia; una señora importante -me saca una cabeza-, simpática y preparada como ella sola... en otra de las paradas recogemos a un animado grupo de argentinos, con los que estableceremos también una buena amistad, una de cuyos componentes, Cecy, estará leyendo estas líneas... pocos, pero bien avenidos, enfilamos el camino -doscientos sesenta kilómetros, más o menos- que nos llevará a El Chaltén; nos esperan sorpresas y maravillas...

Nada más cruzar el curioso arco triunfal del control policial que marca los límites de El Calafate, La Patagonia se nos ofrece en toda su magnificencia: cielo azul, recorrido por nubes veloces, impulsadas por el viento, la mancha permanente de azul profundo del Lago Argentino -luego será el Viedma- y, entre los dos azules, no el blanco de la bandera, sino el amarillo del coirón, la hierba ahora ya seca -aquí no podrán decir "agostada".. . ¿será "afebrerada...?" y los arbustos de calafate, que dan nombre a la ciudad; dicen que quien come de su fruto, vuelve a Patagonia; me puse hasta arriba de helado de calafate, porque era buenísimo, y con la secreta esperanza de que surtiese el mismo efecto... solo se ve algún guanaco, algún cholque -un ñandú pequeño-, una pareja de zorros grises... hay ovejas, por supuesto, pero no se ven; con estos pastos, cada oveja necesita cinco hectáreas; una vaca, diez, quince un caballo...

Virginia -luego nos explicaría que tuvo que pasar un serio examen para poder ser guía en la Provincia de Santa Cruz, que es en la que nos encontramos- nos va explicando la historia de estas tierras: a propósito; al próximo que me diga que Sobrarbe está despoblado, me río en sus narices; Santa Cruz; la mitad de la extensión de España; 290.000 habitantes... Magallanes la atravesó por abajo, por el estrecho de su nombre; la expedición del "Beagle" recorrió parte de sus tierras; Francisco Moreno, el famoso Perito Moreno, descubrió el Lago Argentino, el Viedma, el Fitzroy... pero, curiosamente, no llegó al glaciar que lleva su nombre... durante la Colonia, estas tierras duras, el fondo del Imperio, no merecieron mucha atención, con la salvedad de un pequeño asentamiento costero, llamado Floridablanca, que tuvo que ser abandonado... el dato me endereza las orejas, porque según mi abuelo murciano, Don Julio Delgado, que bien debía saberlo, estábamos emparentados con el Conde, mira por donde me viene a mí el cuelgue con la Patagonia...



De todas maneras, esta era tierra de Tehuelches - "gente brava", el nombre que les daban los Mapuches-  pueblo de cazadores nómadas; medían cerca de dos metros, en una época en que la talla media de los europeos no superaba el metro y medio, y la de los españoles -ya se sabe, bajitos, morenos y con bigote.- aún debía andar bastante por abajo. Vivían casi exclusivamente del guanaco, el camélido salvaje que aún se ve abundantemente por estas tierras; de él se alimentaban, con sus cueros se vestían y construían sus tiendas... lo cazaban con boleadoras, lanzas y flechas pero, en todo caso, corriendo detrás suyo; lástima que no hayan sobrevivido más, serían unos buenos competidores en las maratones para etíopes y keniatas... dos desgracias acabaron con ellos: la invasión de los Mapuches, procedentes de Chile, y la llegada de colonos con el "guanaco blanco", la oveja... los Tehuelches descubrieron que era más fácil matar ovejas que guanacos, y los colonos valoraron muy negativamente ese cambio de hábitos; en cada estancia había un "leonero" -el encargado de matar pumas- y otro, al que supongo que no llamaban "tehuelchero", pero ya os podéis imaginar cuales eran sus funciones... fueron notablemente más competentes que los leoneros; pumas aún se ven por estas tierras, pero Tehuelches quedan muy pocos, casi ninguno de ellos puros, en tres o cuatro asentamientos en la provincia. Curiosamente, según los censos argentinos, el lugar donde pueden encontrarse hoy más Tehuelches es... Buenos Aires, por supuesto.

Recorremos, ilustrados con las historias de Virginia, la Ruta 40, la mítica espina dorsal de Argentina, que la recorre de Norte a Sur; cruzamos en Río Santa Cruz, por el que desagua hacia el Atlántico el Lago Argentino, y ahora estamos llegando a las orillas del otro gran lago, el Viedma: los une el Río de La Leona, y allí vamos a encontrar el único asentamiento humano -cuatro o cinco estancias a parte- del largo camino, el Parador de La Leona, un lugar legendario.



Francisco Moreno le puso ese nombre porque, a orillas del río que une los dos lagos, fue atacado por una hembra de puma -¿una "pumesa...?"-; más tarde, se creó el parador, en el lugar en que los pastores usaban una barca para pasar, de orilla a orilla, sus rebaños: hoy es un lugar de culto, barra cafetera y baño, y una enorme tienda de recuerdos para turista, a precios, por cierto, bastante sensatos... un poste indica las distancias a distintos sitios; descubre que, incluso los más próximos -Buenos Aires, por ejemplo- están lejísimos; ya no te digo Madrid, 12.700; súmale 500 km. para Boltaña, súmale 600 km. para Barcelona... ¡¡Dios, qué lejos estoy de casa...! En las orillas del río, una bandera argentina ondea sobre unas ruedas de los carros pamperos, tan características...



Pero hay algo más... se dice, se comenta, se sospecha... que por aquí pudieron pasar Butch Cassidy y Sundance Kid, los míticos bandidos, Sundance acompañado por su Etta, la maestra que, con veintisiete años, estaba aborrecida de su vida sedentaria y unió su suerte a aquellos forajidos... sus carteles -wanted!- decoran el Bar de La Leona, por donde, sin duda, los rastrearon los sabuesos de la Agencia Pinkerton, los feroces cazarecompensas... no puedo olvidar al Kid y Etta, montados en su velocípedo -que ni a bicicleta llegaba- mientras suena en el cine "Raindrops keep falling on my head..."y estrecho en mi mano la de una maestra que, a sus veintisiete años, quizás valoraba demasiado la rutina y no se atrevía a saltar al vacío...



Por la noche, hechos polvos por el viaje, volveremos a recorrer la Ruta Veintitrés y, después, la Cuarenta, ya al caer la tarde... la visión hipnótica de la cinta asfaltada sin fin, hacia los blancos neveros del horizonte, con su mezcla de señales de circulación europeas y norteamericanas, la señal de curva en la única curva que debe haber en todo el recorrido, y el frenazo del que, seguramente, ya se había dormido... la Patagonia sigue entrando dentro mío, la noto ya en lo más profundo, y creo que va a estar mucho tiempo ahí, quizás para siempre...