viernes, 11 de marzo de 2016

La Bahía de la Media Vuelta

De repente, llegas a un lugar del que solo puedes salir dando media vuelta y volviendo sobre tus pasos. Te quedas con las ganas de seguir adelante, siempre adelante... pero la Vida es así, está llena de medias vueltas...




Después del madrugón en Buenos Aires y la navegación por el Canal del Beagle, se agradece que nuestra programación incluya un día sensato; levantarse a una hora decente, desayunar tranquilamente, visitar sin prisas el Parque Nacional de Tierra del Fuego y, a la vuelta, comer muy bien, y dedicar la tarde al spa del hotel... me relamo por anticipado, es bueno transformar los viajes en una alternancia de ritmo frenético y días relajados, ya no está uno para hacer cursos de comando...

Vienen a recogernos al hotel; un minibús donde ya viajan otros pasajeros. Entre ellos, una pareja madrileña increíble; la esposa, con una gravísima discapacidad física, solo puede desplazarse en una silla de ruedas motorizada; su marido debe subirla y bajarla en brazos en cada parada, y los demás ayudamos con la silla. Hablando con ellos, descubres que han viajado por medio Mundo, o quizás ya por el Mundo entero... Antes de ponerme en camino tenía yo mis dudas sobre si no habría dejado pasar demasiados años para viajar a Argentina... si hubiese ido años atrás, por ejemplo, me hubiese animado a montar a caballo, e incluso renuncié de entrada a hacer un trekking por el Glaciar Perito Moreno porque no admitían -y luego me dijeron que la cosa era bastante elástica- mayores de 60 años... viendo este ejemplo, me quito la boina, y me daría de bofetadas, queda claro que lo único que de verdad te limita es la voluntad.

Cruzamos Ushuaia, y nos encaminamos hacia la estación del Tren del Fin del Mundo: la excursión está pensada para realizarla, parcialmente, en dicho tren, aunque requiere entrada aparte; el precio es razonable, y prácticamente todos cedemos a la tentación. Tiene una historia curiosa: lo construyeron los presos del Presidio, para explotar la madera de los bosques vecinos, y al principio no era ni tan siquiera ferrocarril, porque corría sobre vías de madera: ¿Lignocarril?. Fue rehabilitado, como ferrocarril turístico, por una empresa extranjera -catalana, me dicen- y basta con ver su estación, atestada de gente, para descubrir que se ha transformado en un éxito de público; el recorrido es breve -una horita a paso de tortuga-, pero el paisaje es bellísimo, y la experiencia, sumamente aconsejable.






Ya en el andén, un empleado nos identifica rápidamente... "Españoles, ¿verdad..? pasen por aquí, quedan dos sitios... "¡Vaya por Dios, han montado un vagón de gallegos!", me digo... El tío debe ser un cachondo: el resto del vagón son chinos... pero no chinos cualquiera; conozco a muchos chinos parlanchines y comunicativos; estos son chinos autistas, entre tantos millones debe haber muchos... "Wereryufron?", pregunto, con la vana esperanza de que sean japos, y empezar con los "konichiwas" de rigor... "China", es la concisa respuesta, y la única palabra que oiremos en el vagón durante una hora... ni hablan entre ellos, ni miran el paisaje, salvo una chica que lleva una Nikon de alta gama; el resto se hacen selfies con el móvil, y punto pelota:  muchos son bastante mayores, y visten modestamente; uno de ellos empieza a silbar, y lo hará durante todo el viaje. Una canción china, por supuesto: podría ser "El Oriente es Rojo", el viejo himno maoista. O la Canción del Verano pasado, "La barbacoa" del Georgie Dann local, viene a ser lo mismo... molestar, no molestan, pobres, pero casi preferiría un grupo de jubilados del Imserso cantando "¡Para ser conductor de primera, acelera, acelera...!"

El ferrocarril se desplaza por un paisaje muy especial, de plena alta montaña, pese a estar, de hecho, muy pocos metros sobre el nivel del mar: los presos no estaban obligados a trabajar, pero muchos lo hacían voluntariamente, porque preferían la actividad física al aire libre a quedarse en su celda viéndole el careto al Petiso Orejudo, y los entiendo perfectamente; cortaban árboles, pero no se esforzaban demasiado ni se agachaban mucho: deforestaron una franja a cien metros de distancia de la vía, y dejaron los tocones de más de medio metro de altura. Y así siguen, extrañamente, tantos años después: ni los tocones se han podrido, ni nuevos árboles han crecido en la banda deforestada; el paisaje recuerda, así, fotos que he visto de los bosques centroeuropeos tras un bombardeo de artillería... en algunos lugares vemos plantones preparados para restituir el bosque; me parece una iniciativa muy positiva.

Son bosques magallánicos, de aspecto muy curioso; a primera vista, los podrías confundir con un hayedo europeo, pero los árboles son especies propias de la América austral, los llamados Nothophagus, "Falsas hayas", parientes lejanos de las europeas: lengas, ñires, robles... en estos bosques crecen muy juntos, de aspecto poco desarrollado, pero cuando los veamos aislados alcanzan un porte majestuoso... si los pueblos originarios de Sudamérica hubiesen conquistado Europa, nuestras hayas serían "falsas Lengas", pongo por caso... nos encontramos muchas veces con ese fenómeno, aves, mamíferos, que son "iguales" que los europeos... pero diferentes. Otras veces, no, son directamente introducidos: gorriones comunes hay en todas partes, y el zorro gris patagónico convive con el zorro rojo europeo, que a saber a quién se le ocurrió traer y que, con su capacidad de adaptación, ha encontrado un territorio propicio para sus correrías.




Los ríos atraen enseguida mi atención: son igualitos que los de Sobrarbe, de aguas limpias sobre gleras de piedra y curso trenzado; algunos tramos me recuerdan Planduviar, que tan bien nos explicaban los geólogos del Geoparque... ya le conté a Ánchel Belmonte lo que me estaba acordando de él en este viaje, y aún no habíamos llegado a los glaciares... nuestros guías nos explicarán muchas veces que el peculiar color de ríos y lagos -verde lechoso- procede de los sedimentos en suspensión en el agua de fusión de nieve... ¡es nuestro "maenco" o mayenco, el color de las aguas del deshielo, que todos los sobrarbenses reconocemos al instante...!

Visitamos una pequeña cascada, cerca del punto donde se cruzan los trenes: aún no estamos en el Parque Nacional, pero el terreno, cuando hay alguna atracción turística, está bastante adaptado, con pavimento, peldaños, barandas... hace años me hubiesen molestado esas intervenciones, pero cada vez, no sé por qué será, las entiendo más... hacen accesible los puntos más destacados pero, en compensación, me comentan que los Servicios Forestales argentinos establecen zonas de reserva integral, donde no se puede ni tan siquiera entrar y, en todos lugares, recomiendan no abandonar los caminos señalados; me parece una política muy interesante, pero, en gran medida, se la pueden permitir por lo inmenso de los territorios que protegen...

Dejamos el ferrocarril y nos adentramos en el Parque; el asfalto desaparece, y la carretera es, como era frecuente en Argentina hasta hace poco, "de ripio", es decir, de piedrecitas, para nosotros que conservamos ese término solo para los versos facilones... ahora pasamos junto a una castorera, testimonio de una cagada ecológica; ante el precio que alcanzaban las pieles de castor canadiense, algún genio ideó importarlos a la Tierra de Fuego; pero no tuvo en cuenta que los castores canadienses tienen una piel muy densa porque soportan temperaturas bajísimas, mientras aquí, incluso en pleno invierno, los termómetros no bajan demasiado; la piel de castor fueguino, por lo tanto, se hizo muy pronto menos densa, y no encontraba lugar en el mercado; moraleja; les dieron suelta, y ahora tenemos a los guardabosques cazándolos para evitar que dejen las riberas de los ríos hechas un bebedero de patos... en algún lugar ofrecen excursiones para "interaccionar" con los castores; posiblemente sea el único provecho que se pueda obtener de ellos; transformarlos en atracción turística... algo así pasó en Europa con un roedor sudamericano, el Coipú, enorme rata con cierto aire de nutria, que recuerdo haber visto en la Camarga y que, al parecer, puede encontrarse también en el Montseny...





Ahora remontamos el caudaloso río Lapataia, hasta llegar a un enorme lago limitado por nevadas montañas, aunque su altura supere en poco los mil metros; es la Cordillera de Darwin que, en esta isla singular, es la última alineación de los Andes que, para variar, ahora corre de Oeste a Este... dentro del lago está la frontera con Chile: el lago, en Argentina, se llama Roca, y en Chile, Errázuriz, por los respectivos presidentes que, en un abrazo fraterno, sellaron -por el momento- la división fronteriza.  Curioso; un descendiente de catalanes y un descendiente de vascos, el Catalunya-Euskadi, partido amistoso de selecciones cada Navidad... "se llamaba", debería decir, porque la fama de Julio Argentino Roca, el general y después presidente que protagonizó "La Conquista del Desierto" empieza a palidecer, y no faltan quienes le consideran un genocida de pueblos originarios... incluso un adhesivo con ese título poco honroso cubre su nombre en el letrero de la calle Roca de Ushuaia, y no descarto el día en que su apellido solo pueda leerse, como entre nosotros, en la porcelana sanitaria... El Servicio Forestal recomienda ahora usar el nombre Yámana: Acigami... observo en muchos detalles que Argentina está reconciliándose con su estrato originario, que quizás había quedado en un plano muy secundario cuando se afirmaba que los argentinos descendían "de los barcos"... encuentras en todas partes tiendas de artesanía originaria -de toda sudamérica-, veo en muchos lugares -por supuesto, en concentraciones reivindicativas- la Cruz Andina, incluso se aprecia una presencia importante, en las calles de Buenos Aires, de personas de rasgos amerindios... supongo que ha contribuido la emigración procedente de las zonas del Norte, donde la población originaria tiene mayor presencia, e incluso de países vecinos: Paraguay, Bolivia, Perú... No olvidemos el profundo cambio de consideración social y política de los pueblos originarios que podríamos ejemplarizar en la Bolivia de Evo Morales... esperemos que no paguemos el pato los "gachupines" que, si, seguramente éramos unos bordes, no digo que no, pero, como excusa, podemos asegurar que también lo éramos entre nosotros, en casa, no es que hiciésemos un extraordinario con ellos...






Reflexiono sobre estos temas en la orilla del Lago Acigami/Roca/Errázuriz, barrido por el viento helado, que riza sus verdosas aguas, pero ya estamos subiendo al minibús y descendiendo, otra vez junto al río, hacia nuestro destino final:la Bahía de Lapataia.







Lapataia es nuestra Bahía de la Media Vuelta: finaliza allí la Ruta Tres, la espina dorsal de la costa atlántica argentina... ningún punto más al Sur puede alcanzarse en vehículo rodado, un Finisterrae en toda la regla... Finis Argentinae también, porque, una vez más, estamos en la raya fronteriza con Chile: es una hermosa bahía, unas pasarelas de madera nos permiten llegar hasta la orilla, salvando turberas, justo donde unas pequeñas depresiones en el terreno y montones de conchas de moluscos (¿"conchas"...? ¿puedo decir "conchas"...?) indican un antiguo asentamiento yámana, los reyes destronados de estas aguas... junto al parking -el último parking de la Tierra-, un amistoso Carancho, al igual que el Oso Yogui, sueña en comerse los emparedados de los turistas y, para hacerse simpático, posa para que lo fotografiemos sin ningún problema... permanecemos largo rato mirando hacia el horizonte... sabemos que ha llegado el momento de volver sobre nuestros pasos, rumbo Norte; que nunca, hasta que por aquí volvamos, estaremos más al Sur,  y siento fuerte, muy fuerte, la atracción de esas tierras frías, puras, inhóspitas y, al mismo tiempo, extrañamente prometedoras...












jueves, 10 de marzo de 2016

Por mares procelosos...

Desde Ushuaia nos hicimos a la Mar; ahí va un breve relato de nuestras aventuras...



Del puerto turístico de Ushuaia -piratas ingleses not welcome- salen, básicamente, dos excursiones: la primera, de unas tres horas de duración, enfila hacia la Isla de los Pájaros -unas rocas con una impresionante colonia de Cormorán Imperial, Phalacrocorax atriceps-, después hacia la de los Lobos Marinos -sobre todo, Lobos de Un Pelo, Otaria flavescens- y, por último, al llamado Faro del Fin del Mundo, o "Des eclaireurs": media vuelta, y a casita.

La segunda, una vez llegado al faro, vira decididamente hacia el Este, y navega unas 50 millas por el Canal del Beagle, pasando cerca de las costas de la Isla Navarino, territorio chileno, hasta llegar -atravesado el punto más angosto del canal, de poco más de un kilómetro y medio de ancho -hasta la Isla Martillo, ya en territorio de la Hacienda Havelton, donde se encuentra una nutrida colonia de Pingüinos patagónicos, Sphenicus magellanicus, (y prometo no ponerme muy pesado con los nombres científicos, pero en unas aguas navegadas por Darwin, hay que esforzarse por dar el nivel) isla llamada, por ese evidente motivo, "la pingüinera": entre ida y vuelta, unas seis horitas. El precio no es excesivamente superior para la segunda; me recuerda algo aquella broma del Premio Filadelfia, una maldad sobre la seguramente bella e interesante ciudad estadounidense: Primer premio: una semana en Filadelfia; segundo premio; quince días en Filadelfia...



Un esquema tan sencillo me costó bastante trabajo de idas, venidas, emails y telefonazos con la agencia de viajes... "Si, tienes reservada la excursión a la Isla de los Pájaros..." "Noooo, pingüinos, yo quiero ir a los pingüinos... los pingüinos son pájaros, pero no todos los pájaros son pingüinos... no tengo nada contra los cormoranes, me caen muy bien, de verdad... pero, además, quiero ver los pingüinos..." (y, por cierto, me doy ahora cuenta de la cantidad de diéresis que hay que usar para contar estas cosas...). Utilizaba los símiles con las "Golondrinas" del Puerto de Barcelona... "Es como si vas al Port Olímpic, la otra es solo hasta delante de Montjuic..." Al final, lo logré, conseguí los vouchers deseados, y a eso de las 15 horas, con el cielo encapotado y un airecillo ligeramente amenazador, abordábamos el catamarán que nos iba a conducir hacia esas maravillas.



Me sorprendió encontrar un barco más bien grandote, de unas 50 o 60 plazas; yo hubiese preferido algo más íntimo... en su amplia proa acristalada nos sentamos junto a nuestros próximos amigos italianos, dos señoras francesas, o de Iparralde, ellas dijeron "francesas", de Biarritz, concretamente; buenas conocedoras de Saint Lary, mi ville jumelée; dos chicas, una colombiana, otra creo que española; una pareja argentina, muy joven, la madre, altísima, la iríamos encontrando muchas veces, con una niña de pocos meses... nada de garfios, patas de palo, ojos tapados con una cortinilla negra, nada que delatase curtidos Lobos de Mar, todo muy familiar... en la nave había hasta camareros, que nos enseñaron, como en los aviones, el uso de los chalecos salvavidas almacenados bajo los asientos... los miramos con cierto escepticismo; a la temperatura de las aguas del Beagle, ya me diréis para qué te puede servir un chaleco salvavidas, si en pocos minutos has llegado ya al estadio Findus...



Una vez iniciada la navegación, cuando ya llegábamos a la Isla de los Pájaros, se nos comunicó que podíamos salir al exterior: era más fácil decirlo que hacerlo; un estrecho pasillo, donde apenas si podían cruzarse dos personas, con una barandilla a la altura de las caderas, barrido por las olas que ya empezaban a azotar la embarcación, recorría toda la borda, y una escalera bastante empinada te permitía alcanzar la cubierta superior, donde, por lo menos, no te mojabas, pero el viento te depilaba el bigote... sobre los flotadores gemelos del catamarán, sendos "balcones", impracticables con la embarcación en marcha si no tenías una clara vocación de mascarón de proa: no faltaban las parejitas jóvenes que se hacían selfies en plan Di Caprio y su chica en el Titanic, lo cual contribuía a darle un toque ominoso al asunto... Blanca, en el pasillo de la borda, recibió una ola de lleno, suerte que, expuesta al viento, se secó enseguida: yo opté por la cubierta superior, pero la tarea de fotografiar pájaros y lobos marinos se mostró más complicada de lo que en principio parecía; los cormoranes, aún, pero los lobos -gente sensata, sin duda- estaban tumbados unos sobre otros, protegiéndose del biruji, más parecidos a un montón de sacos que a cualquier otra cosa.



Pasado el Faro, el viento parecía amainar, aunque, eso sí, lo recibíamos en toda la popa, yendo rumbo Este; el cielo empezó a abrirse, y pude disfrutar de las sensaciones, allá arriba, bajo una albiceleste que se movía de lo lindo... el paisaje era bellísimo, las verdes laderas con los bosques llegando casi hasta la orilla, la nieve en las montañas, ahí mismo... pronto empecé a ver albatros; también fue una sorpresa; sabía que podían verse por la zona, pero había muchos, muchísimos Albatros ceja negra, Thalasarche melanoprhys, y yo disfrutaba como un niño intentándolos fotografiar, siguiendo con la cámara sus evoluciones... empezó a invadirme una clara euforia, y hasta gritaba al viento, con cuidado de no asustar a los concurrentes... el catamarán parecía avanzar sin serias dificultades, pero nos cruzamos con una patrullera de la Prefectura Naval, que navegaba rumbo oeste, dirección Ushuaia, con las olas y el viento de cara; vi que las olas barrían casi toda su cubierta, y que hundía un tercio de su eslora en el mar... "¡Caramba -profeticé- la vuelta puede ser movidita...!"





Estábamos recorriendo tierras -es un decir- de los Yámanas o Yaganes,  pueblo de navegantes en canoa, arponeadores incansables de lobos marinos... vería sus figuras en el pequeño pero interesantísimo museito del Presidio de Ushuaia; ahí los tenéis; bajitos, pero cachas de cintura para arriba, de tanto remar: son evidentes los efectos benéficos de dicha actividad física sobre los pectorales femeninos, si bien es cierto que, seguramente, pocos llegarían a los cuarenta. El artista los ha reproducido con un púdico cache-sexe de cuero, aunque, al parecer, iban en pelota picada. Bien mirado, metiéndose continuamente en agua a dos o tres grados, exhibir a los varones en toda su desnudez tampoco hubiese supuesto un gran problema... ahí radica la clave del asunto; como aún no se había inventado el neopreno, si se hubieran vestido con pieles, hubiesen estado continuamente empapados; preferían cubrir su cuerpo con una gruesa capa de grasa de lobo marino y mantener siempre encendido un fuego dentro de su canoa y en sus casas. Se alimentaban, básicamente, de lobo marino, aunque también consumían grandes cantidades de centollas, ostras y mejillones. Para picar entre horas, digo yo... Se calcula que consumían unas 6.000 calorías diarias; aún me parecen pocas, para conservarse vivos en un ambiente tan hostil, y pensemos que estamos en pleno verano... brrrrr!



Tanta caloría les sirvió de poco; empezaron a llegar misioneros anglicanos y católicos, con el loable propósito de convertirlos a las diversas Fes Verdaderas; luego llegaron los estancieros que, no sé por qué, se ponían nerviosos de ver tanta gente remando y arponeando por ahí, y pagaban a los misioneros a tanto por cabeza si conseguían recluirlos en sus misiones... no sé si consiguieron enseñarles el Catecismo, pero les pegaron todas las enfermedades que no tenían, desde la Gripe al Sarampión; incluso dicen las malas lenguas que alguna enfermedad venérea... su censo fue declinando alarmantemente y apenas si quedan un puñado, en la Isla Navarino, y solo una anciana -según otras fuentes, ya fallecida- conserva su antiguo idioma y puede considerarse Yámana pura... no será la última triste historia de extinciones de culturas que oigamos estos días. Me gustaría comentar con Francesc Bailón, experto en Inuits, por qué dos culturas con tan parecidos condicionantes llegaron a finales tan distintos... sospecho que la suerte de los Inuits residió en que ningún hombre blanco, en su sano juicio, habría deseado ir a vivir a sus tierras, en fin...



Ahora costeamos la Isla de Navarino; vemos ya las casas de Puerto Williams, la única localidad que puede disputarle a Ushuaia el título de "Fin del Mundo". Pero, como dicen bien, Ushuaia es una ciudad, y Puerto Williams tan solo una base de la marina chilena, con pocos centenares de habitantes...Tras su caserío, los imponentes Dientes de Navarino, escarpadas agujas que imagino graníticas... resulta difícil no recordar que, apenas treinta años atrás, las disputas sobre la soberanía de estas tierras y estas aguas inhóspitas estuvieron a punto de llevar a la guerra a dos naciones vecinas y hermanas, y que hizo falta la mediación de un Papa -de hecho, de tres, porque les pilló la muerte de Pablo VI y el brevísimo papado de Juan Pablo I en medio- para llegar a un acuerdo... es tranquilizador comprobar -como haríamos después, en El Calafate- que argentinos y chilenos pueden hablar ya abiertamente sobre estos temas, incluso bromeando sobre ellos... si quieren un consejo de la Vieja Madre Patria, ¡no se nos peleen, chicos...!

Nos íbamos acercando a la pingüinera, y una preocupación me embargaba... recordaba el Diccionario de Coll, un divertidísimo libro de humor surrealista con el que tanto me reí allá por los años Setenta: una de sus entradas era: "¡Ningüino!: grito del cazador de pingüinos, cuando llega al lugar indicado, y descubre que no hay ninguno." "¿Mira que si, después de tanto dar la brasa con la pingüinera, llegamos y se han marchado todos...?" Me veía gritando "¡Ningüino!"... por suerte, no fue así, teníamos la Isla Martillo delante nuestro, su costa hervía de pingüinos, el mar alrededor suyo bullía también de pingüinos, olía intensamente a pingüino... ¡había pingüinos, vamos...!



¿Por qué nos caen tan simpáticos los pingüinos? ¿Por qué nos hacen tanta gracia? Hay mecanismos curiosos, recuerdo haber leído con mucha atención un estudio sobre las reacciones positivas que experimentamos hacia los individuos y especies neoténicas, es decir, que conservan rasgos propios de las edades juveniles... esa reacción positiva que hace que a la gente les gusten los peluches de oso -objetivamente, un animal de trato bastante complicado- y no tanto los de jabalí o, pongo por caso, los de rata... los pingüinos, tan redonditos, tan torpones... despiertan tus sentimientos protectores, los acunarías, los estrujarías... incluso a mí, que pese a ser ornitólogo aficionado, las plumas me dan dentera, ese plumón afelpadito de los pingüinos... una amiga mía, bióloga marina, que participaba en una marea pesquera, retiró un pingüino muerto de las redes de su buque: lo congeló y, a la vuelta a España, se lo regaló a su novio: vale que después se separaron pero... ¿hubiese hecho lo mismo con un cormorán o un albatros...?



Pues allí los teníamos delante nuestro; incontables, paseando torpemente sobre la playa, tumbados sobre su panza en el suelo, andando, rascándose, picoteándose amigablemente -¿despiojándose?- los unos a los otros... había, literalmente, miles; nos dijeron que, entre los pingüinos patagónicos había unas pocas decenas de Pingüinos de Papua, Pygoscelis papua, más grandes, con una característica ceja blanca sobre los ojos, y pico y patas rojos; entonces nuestra diversión era una especie de "¿Dónde está Wally?", hasta que conseguías identificar a los Papúas... el catamarán había prácticamente varado en la playa, pero mirábamos con poco disimulado odio a los afortunados que habían contratado con la única empresa que tiene la exclusiva de poder desembarcar turistas en la isla, que se movían entre ellos fotografiando a quemarropa... no éramos los únicos interesados en los pingüinos, por cierto; a corta distancia, un par de oscuros skuas, posados en una loma, acechaban a la espera de algún pichón poco precavido... ¡asesinos de pingüinos, lo último, qué vergüenza...!



El espectáculo, por cierto, recordaba bastante a las playas mediterráneas en verano, Benidorm o Platja d'Aro, pongo por caso, donde mis amigos me han contado que hay que poner la toalla lo más temprano posible por la mañana, si quieres tener sitio cerca del agua... prometo no volverme a quejar cuando la Gorga de Boltaña se llene de bañistas... hubiésemos seguido allí horas y horas, pero el tiempo corría, y era ya el momento de volver a puerto, si queríamos hacerlo aún con luz de día...



Casi llorando, nos despedimos de nuestros pingüinos, entramos en el interior del catamarán, y emprendimos el viaje de regreso: y la cosa cambió radicalmente; ahora enfilábamos hacia el Oeste, con el viento y las olas de cara; también aumentó la velocidad del buque, y el efecto fue inmediato: las olas empezaron a romper contra la proa acristalada, barriendo literalmente la cubierta, y el cabeceo se acentuó; muchas veces la ola rompía debajo del compartimento de pasajeros, y los vasos de las bebidas que algunos inconscientes habían comprado -también habían encargado empanadas y, creo, choripanes- empezaban a saltar de las mesas.

Durante cerca de tres horas disfrutamos de aquella auténtica atracción de feria: las olas rompían sobre nuestro parabrisas constantemente... el Antonio racional intentaba quitarle hierro a la cosa... "Debe ser normal, los camareros están muy tranquilos, esto estará bien construido, digo yo, ¡estás en el Primer Mundo, coño, hay inspecciones técnicas...!" Recordaba lo mal que lo había pasado mi hijo, Borja, en un transbordador de Bali... "Allí, si, pero esto no es Bali, esas cosas siempre pasan por ahí... para transbordadores, Bangla Desh..." Pero, por debajo, el Antonio cagón formulaba sus objeciones..."¿Y si se han dejado un tornillito sin apretar...? ¿Y si flota un tronco, o incluso un container, y nos lo comemos...?". No iba yo muy desencaminado: al parecer, esa tarde se había dudado si zarpar o no, dadas las condiciones del tiempo, y un camarero que había trabajado en el barco nos contaría, después, que sí se habían roto cristales en la travesía, y que, en cierta ocasión, tuvieron que esperar en la pingüinera hasta medianoche, porque no se atrevían a volver.

Súbitamente, los motores se pararon, y el catamarán se deslizó, limpiamente, por su propio impulso, por las tranquilas aguas del puerto de Ushuaia, donde ya se habían encendido las luces... eran, más o menos, las 21 horas, llevábamos seis navegando... mentalmente, agradecí la labor realizada a Paco Udaeta y Yurimar Bracho, mis dentistas: milagrosamente, no me había saltado ningún empaste... agarramos -ya nos habíamos acostumbrado a no "coger"- nuestras mochilas, salimos pitando del barco, pasando por la popa donde, al parecer, había habido un intenso flujo de visitas a los baños, y saltamos al muelle, resistiendo la tentación de, al uso papal, arrodillarme y besar la buena, firme, estable, quietecita tierra argentina...









miércoles, 9 de marzo de 2016

Ushuaia, donde todo comienza...

Nuestra primera etapa en el Sur, Ushuaia... un contacto con un mundo nuevo... !por lo menos, para nosotros!






Nuestro vuelo a Ushuaia sale a las cuatro de la madrugada; hay, por lo tanto, que levantarse a las dos: llegamos al hotel a las doce, después de una divertidísima cena en casa de nuestra nueva amiga, Laura, y un grupo de compañeros suyos; hemos probado -algo más que probado- muy buenos vinos argentinos, de la cepa Malbec, y he descubierto con cierto entusiasmo que Möet Chandon cría en Argentina un champagne bastante decente... total; nos dormimos, tiene que avisarnos el conserje del hotel, y nuestros ángeles guardianes nos llevan en volandas, una vez más, hasta el Aeroparque -el aeropuerto que cubre los vuelos nacionales, afortunadamente muy cerca del centro- y nos largan tal cual, sin duchar siquiera... ya lo arreglaremos en el Sur.

Por el camino, volamos en paralelo a una tormenta de narices que está cascando la costa atlántica: como animal de Pirineos que soy no le acabo de pillar el tranquillo a los Andes: allí llueve muchísimo en la vertiente chilena y menos en la argentina, y solo en la línea de cimas: tierra adentro, la precipitación decrece notablemente, hasta extremos desérticos, y nunca hay tormentas, una o dos veces al año, me dirán en El Calafate; el flujo Oeste-Este es tan fuerte, y los vientos tan constantes, que solo se forman nubes convectivas cuando llegan al Atlántico. En Ushuaia, como descubriremos, llueve cada día, y la cota de nieve debe andar por los 400 metros, lo cual, para estar -en equivalencia boreal- a finales de Agosto, ya marca tendencia.



El avión rompe el mar de nubes y baja en picado hacia un híbrido de aeropuerto y portaaviones, rodeado de agua casi por todas partes... peor que el de Hondarribia, que ya es decir... lo encara con maestría, y en un santiamén estamos en el Aeropuerto Malvinas Argentinas.

Porque Ushuaia es la capital de la provincia de Tierra de Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur: la "Provincia Grande", dos veces España, aunque -corramos un tupido velo sobre ese detalle- la soberanía efectiva solo se ejerza sobre la porción argentina de Tierra de Fuego, 21.000 km2... las referencias  al conflicto de Malvinas son constantes, incluyendo la prohibición de fondear en el puerto a los "buques piratas ingleses"... me pongo en situación rápidamente, y tarareo por lo bajini la Marcha de Malvinas: "Tras su manto de neblinas, no las hemos de olvidar..." ¡Cameron, fuck you...! Y pido mentalmente perdón por el hecho lamentable de que las bombas de Explosivos Alaveses que les vendimos a nuestros hermanos no hiciesen honor a su nombre, y no explotasen... Mañana, cuando, a las ocho se ice bandera en la base de la Armada Argentina, separada por una calle de nuestro hotel, asistiré al acto en correcta posición de firmes, uno tiene muy arraigados ciertos hábitos, y me acordaré de los pobres muchachos -soldados de leva, conscriptos, mal equipados y apenas entrenados- que la izaban en Puerto Argentino con el ombligo encogido, pensando en la Bruja Mala que les enviaba submarinos nucleares, Royal Marines, y hasta gurkhas de ojos rasgados y kukris capadores... Ahora los veo ir y venir por la base; son profesionales, parecen mucho mejor preparados, veo bastantes chicas... se dedican a actividades habituales en los guerreros, como pintar de blanco los bordillos de las aceras: en el Ejército Español teníamos una regla práctica: si se mueve, lo saludas; si no se mueve, lo pintas... se nota que tenemos tradiciones castrenses parecidas.








Decir que Ushuaia es bonita quizás sería pasarse un poco de frenada; es un pueblo del Far West, una ciudad de setenta mil habitantes ("Huesca y media", calculo mentalmente), pero ocupa una enorme extensión: tiene cuatro calles paralelas, de las cuales la segunda, San Martín, es la calle comercial, unidas por otras calles transversales que se precipitan en cuesta pronunciada hacia la bahía, como en un San Francisco en miniatura: la gente aparca con el neumático clavado en el bordillo, y aún así no creo que falten los sustos. Salvo en San Martín, la gran mayoría de las casas son de, como mucho, dos pisos, y predominan la madera y la chapa metálica, pintada de colores vivos; las hay francamente bonitas, y las hay más bien tirando a cutres; no se ve ni una teja, por motivos fácilmente comprensibles; habría que irlas a buscar cada noche al fondo de la bahía. Un poco tranquilizador cartel sobre las diversas especies de cucarachas, en una tienda de lucha contra plagas, parece indicar que hay algunos problemillas al respecto. Pero el marco natural es majestuoso, la bahía, bellísima, los bosques de lengas llegan casi hasta las casas, hay neveros muy, muy cerca, es Puerto Franco, hay industrias de informática y componentes electrónicos, y todo parece indicar que prácticamente no hay paro, los salarios son elevados, los alquileres razonables, y se vive bastante bien, qué más se puede pedir. El que quiera Sol, que busque otro sitio, que los hay, y más baratos.







Son apenas las nueve y no podemos ocupar la habitación del hotel hasta las dos; tenemos tiempo, por lo tanto, de apatrullar bien apatrullada la zona comercial de la ciudad; hay tiendas de recuerdos para turistas -mayormente, pingüinos-, tiendas de ropa de montaña -todas las marcas mundiales-, tiendas de chocolate artesano y restaurantes donde se rinde culto a las dos glorias locales:  la Centolla y la Merluza Negra. Descubrimos un bar-restaurante, que haremos nuestro punto de referencia: el Ideal, el más antiguo de la ciudad, de 1954 -la prehistoria, en términos fueguinos-: nos atiende un camarero que ha trabajado varios años en Tarragona -una constante; parece que el Atlántico no exista, no sé cómo hemos tardado tantos años en venir- y lo decoran multitud de banderas, entre ellas -¡vaya por Dios!- una Estelada, y, cosa más rara aún, sobre la barra hay extendida una bufanda del Real Zaragoza... hacen un arroz caldosito con marisco que está francamente bueno -lo comimos dos veces-, y puedo regarlo con una cerveza artesana local, cara de c...., pero muy rica. Ushuaia no es barato, pero, pensando los kilómetros que habrá tenido que viajar el arroz, lo entiendes... La Centolla y la Merluza Negra las probamos en otro sitio, un poco más aparente; la primera, de textura muy agradable, pero menos sabrosa que la gallega; la segunda, riquísima, untuosa y de aroma profundo y marino.







Nos hospedamos en el Hotel Cilene del Faro; aquí la habitación no es ya grande, sino enoooorme, un apartamento con cocina, sala de estar, e incluso una terraza abierta a la bahía; amaneceres y atardeceres serán, desde allí, inolvidables, viendo las lucecitas de los barcos que hacen cruceros hasta Valparaiso, e incluso a la propia Península Antártica; crees que has llegado al final, y te das cuenta de que aún quedan tierras más abajo, más remotas... cuando nieve, veremos borrasquear en las montañas vecinas cómodamente sentados en el sofá. El hotel tiene también un spa subterráneo, con claraboyas desde donde, cómodamente metido en el jacuzzi, ves pasar los coches por la calle. Tampoco es que haya demasiado tránsito, la verdad.




Coincidiremos en el hotel con una pareja de italianos -genoveses, concretan ellos- que serán también compañeros de excursiones, e incluso del vuelo a El Calafate: gente amable, aunque no hablan ni una palabra de Español, lo cual nos hace reverdecer nuestras habilidades en la lengua de Dante y Berlusconi; él es un caballero como a todos nos gustaría ser al llegar a su edad -que ya he llegado-; alto, elegante, con un cabello blanco habilísimamente trabajado, allí hay horas de estilista... Su esposa, cuando él está delante, literalmente desaparece; cuando se queda sola, resulta ser  viva e inteligente. Afirma que, desde que se jubiló, lo ve "inquieto", y tiene que mantenerlo continuamente en movimiento, viajando... Yo, que si me dejan en un sitio, al día siguiente puedo seguir allí, no acabo de comprender esas cosas... En el aeropuerto, cuando estemos esperando más de dos horas un vuelo "demorado" por un paro nacional de funcionarios públicos, se encontrará con un numeroso y ruidoso grupo de brasileños, que no perderán ni un momento en aclararnos que son "Del Sur" -es decir, el Norte-, y, además. italianos, nada que ver con los mulatos... como si no se viese: son grandes, desgarbados, pesadotes, y causarían el mismo efecto en una escuela de Samba que yo mismo, pongo por caso... ya he comprobado varias veces la rapidez con que los brasileños "del Sur" tiran de antepasados europeos... recuerdo un descendiente de alemanes al que me quedaron muchas ganas de preguntar si su abuelito tenía algún tatuaje raro en el sobaco... ¡en fín...!.



En la fundación de Ushuaia jugó un papel importante una idea bastante de época; a finales del Siglo XIX se les ocurrió que la mejor manera de promocionar la llegada de población sería establecer allí un Presidio para delincuentes reincidentes. Visitamos el edificio, cerrado por Perón hace ya muchos años, aunque  Frondizi aún envió allí peronistas e mediados de los Cincuenta. Es, como cabría esperar, un horror frío; sus paredes parecen rezumar el dolor y la desesperación de los que fueron a parar allí, purgando, sobre todo, el crimen de ser criminales, casi siempre pobres, casi siempre de los sectores más marginados de la Sociedad... también hubo anarquistas, e incluso intelectuales más o menos peligrosos. El penal estaba rodeado por una simple alambrada: ¿a dónde iban a escaparse...? parece que estuvo allí Carlos Gardel, no se puede asegurar, porque usó tantas identidades distintas... pero todo parece indicar que, por decirlo finamente, ejercía de macró, que así, en Francés, queda mejor que decir chuloputas.



Un recuerdo especial para uno de sus más famosos residentes: el Petiso Orejudo; bajito, feo a rabiar, tenía solo 17 años cuando fue condenado por una serie de crímenes crapulosos, cometidos con menores, a los que, preferentemente, estrangulaba con un lazo; también le gustaban mucho los incendios provocados, porque, decía, era lindo ver a los bomberos caer en el fuego. Sus colegas no debían apreciarlo demasiado, porque lo mataron a palos y eso, incluso entre gente brava, denota una cierta malquerencia... el Petiso se ha transformado en un icono de Ushuaia, casi tanto como los pingüinos; pintado en una pared de San Martín, nos mira con ojos insondables, donde un viejo optimista antropológico como yo busca leer  las privaciones de todo tipo -afectivas, formativas...- que lo transformaron, de un simple chico feo y canijo, en un cabrón con pintas... me estoy volviendo, si no lo fui siempre, un sentimental; hasta me cae simpático Rajoy cuando habla y se lía...



Desde Ushuaia haremos dos excursiones bien curiosas, una de ellas incluso con su puntito de riesgo, más o menos controlado... tres días y dos noches viviremos allí, colgados sobre el Fin del Mundo, como machaconamente repiten innumerables carteles... El Fin del Mundo, el Fin del Mundo... veo, incluso, uno más  autocrítico y desmitificador; "Culo del Mundo"... lo comento con un artesano, un chico de mi quinta, zurdo él -retrato del Ché bien visible-, larga melena, sombrero de cuero, al que le compramos unas pulseritas de plata... "¿El Fin del Mundo...? no lo crean; yo prefiero decir que aquí todo comienza...". Lo comprendo; tierra de segundas oportunidades, buen lugar para volver a empezar, país libre -aquí se celebró la primera boda gay de Argentina- debe ser lindo -ya se me está pegando- empezar una nueva vida en un lugar así, sin una pesada Historia detrás, limpio y abierto a todos los vientos, sin más fronteras que el mar...












lunes, 7 de marzo de 2016

El Buenos Aires que conoce todo el Mundo...

Hay una anécdota bonaerense que encanta a mi amigo Xavier Sanclimens: en su mesa de café -¿El Tortoni...?- Jorge Luís Borges diserta ante un nutrido grupo de "fans"; hace referencia al origen sánscrito de una palabra... una muchacha, admirada, pregunta: "Maestro, conocés el Sánscrito...?" "Y... bueno, el Sánscrito que conoce todo el Mundo..." contesta, displicente...





Hemos llegado a Buenos Aires después de una noche de duermevela, en ese tiempo-no tiempo de los vuelos en clase turista, en los que, durante horas y horas, no sucede absolutamente nada -y es lo mejor que puede suceder-, mientras miro, hipnotizado, el avioncito que, en el monitor, sobrevuela, a miles de metros de altura y decenas de grados bajo cero, abismos marinos y no menos insondables extensiones selváticas o duras sabanas del Planalto brasileño... a nuestro alrededor, débilmente iluminados por las lucecitas rojas, se agitan en sus butaquitas o se levantan a hacer pipí seres abisales, como nosotros, descalzos, las ropas desabrochadas, algunos curiosos collares cervicales aún sobre sus hombros. Predominan los argentinos -volamos en Aerolíneas-, y son frecuentes los grupos mamá-hijo o hija o papá-hijo o hija.. la emigración -reflexiono- no es un buen cimiento para las relaciones de pareja... quizás si el vuelo durase varios días, surgirían de aquí nuevas posibilidades, en fin...

En el aeropuerto Ministro Pisarini -es decir, Eceiza-, nos han recogido un guía de la agencia turística y un conductor que, a partir de ahora, serán, en la distancia, nuestros ángeles de la guarda: estamos acostumbrados a viajar por libres, pero esta vez -con tantos vuelos internos y tantas excursiones que coordinar- nos hemos puesto en manos de profesionales, y experimento la agradable sensación de no tener que tomar demasiadas decisiones y delegar en quienes más saben y, al fin y al cabo, ya está todo pagado... entrevemos una autopista de peaje, con más tráfico del que cabría esperar por la hora, calles y avenidas absolutamente urbanas y reconocibles para nuestros estándares europeos. Nos dejan, prácticamente en volandas, en el hotel Dazzler Recoleta, que será nuestro hogar en Buenos Aires durante nuestras dos breves estancias, y apenas si podemos descansar un par de horas en nuestra cama de media hectárea, que ocupa más o menos el centro de una habitación del tamaño de una manzana del Eixample... se confirma, una vez más, la no del todo ilógica correlación entre el tamaño del país y las dimensiones de las instalaciones hoteleras, que ya habíamos comprobado en Rusia... y, por el extremo opuesto, en Holanda o en el Japón.

Ducha, desayuno, y ya estamos en el minibús con el cual, durante tres apretadas horas, vamos a recorrer el Buenos Aires que todos conocemos: al igual que en el avión, predominan los argentinos; estos países enoooornes -y vuelvo a pensar en Rusia- se prestan mucho al turismo interior. El resto -me parece que hay otra pareja española- son brasileños, de la Potencia del Norte, y la guía explica el recorrido en una simpática síntesis de las dos lenguas hermanas, eso que suele llamarse "Portuñol"... emprendemos, por lo tanto, un recorrido por nuestra memoria preexistente de lo que es el Buenos Aires leído en tantos y tantos libros, entrevisto en tantas y tantas películas, contado por visitantes... los bosques de Palermo, el Parque Japonés -¡Ay, Garufa, vos sós un caso perdido!- la Avenida Más Ancha del Mundo, el Obelisco... hasta llegar a la Plaza de Mayo: parada, y galería para ir al baño y comprar imanes de nevera.





Imaginad que, en un espacio -grande, eso sí- se concentran un antiguo edificio colonial -de la colonia de los tuyos-, la catedral -rara, con pintas de Museo de Historia Natural- donde tuvo su cátedra el actual Papa, la Casa Rosada, rodeada de poco democráticas vallas -¡La Casa Rosada, los discursos de Perón, Evita, Frondizi, los militares, otra vez los militares, Alfonsín, el Turco, Kirchner, otra vez Kirchner...! -, pintados en el suelo, los blancos pañuelos de las Madres, un falso cementerio .-cruces blancas sobre pasto verde- de Héroes de Malvinas, una acampada de indígenas, con sus cruces andinas, una mesa pidiendo la libertad de una señora que no conocemos, detenida por algo que ignoramos, pero que firmo, porque lo pide el PCA, y uno, viejo zurdo, sigue teniendo reflejos disciplinados y, además, en general no me gusta que la gente esté en la cárcel, casi ni siquiera los que lo merecen... Evitas y Chés por todas partes, algo de artesanía más o menos étnica, redoble rítmico de tambores... todo eso, con jet-lag, tumbaría a un toro... aguanto como puedo, y vuelvo a subir, casi a gatas, al minibús que, por unos angustiosos momentos, habíamos perdido de vista...



Ahora circulamos por un Buenos Aires muy distinto, de calles más estrechas, muchas empedradas, edificios menos glamurosos... de pronto, todo alrededor toma una pátina de descuido, de decadencia, un aire ajado... y, de repente, una pedrada de colorido chillón y arrabalero, cientos de turistas, cientos de tiendas para turistas, cientos de tanguistas para hacerse fotos con los turistas... hemos llegado a Caminito, el corazón de la Boca.



Vaya por delante que no soy amigo de lo "pintoresco"; no me hace mucha gracia visitar sitios donde no me gustaría vivir, y donde no me gusta que otros no tengan más remedio que vivir; preferiría que todo el Mundo pudiese residir -ya que no en adosados- en anodinos pisitos de setenta metros cuadrados, con sofá y calefacción, en vez de en entrañables conventillos de chapa ondulada multicolor, animados por los vibrantes tangos que lanzan al viento las victrolas de los vecinos, con depósitos de agua en los oxidados tejados, cagaderos cutres en el patio posterior y redadas antidroga día sí y día no... pero la mañana es clara y soleada, hay más vendedores que -presumo- auténticos residentes, y el espectáculo es alegre... nos insisten en que mejor no se nos ocurra ir de noche y vuelvo a recaer en mis reparos; no me gustan los sitios que no puedo visitar de noche... pero luego, al fin, me dejo llevar por el encanto del lugar... una simpática señora nos vende imanes artesanales, que son auténticos cuadritos... "Mis papás son gallegos.. ¡bueno, de Galicia, quiero decir...!" Le confirmamos que a los de Galicia se les llama gallegos, sin ningún problema, y sin que se lo tomen a mal, al contrario... ¿Cuántas veces, a lo largo de los días, oiremos hablar de padres y abuelos españoles...?.





Otra vez al minibus, y nueva parada: esta vez, a un lugar de culto... exacto, la "bombonera", el estadio del Boca Juniors... otra vez aceras -perdón, veredas- de tiendas, y, curiosamente, y en pocos metros, los símbolos más internacionales de la Argentina del momento: Mafalda, la incombustible, Messi... y Bergogglio, el Papa Francisco. Agnóstico en materia de fútbol y religión, debo confesar que me siento más próximo de la fe que tuve y perdí que de la que nunca me ha dado ni frío ni calor, pero para eso ya está Blanca, culé de corazón... a Bergogglio, por lo menos, le deseo un mejor asesoramiento en materia fiscal del que, al parecer, recibe su paisano... curiosamente, esas dos figuras, demostraciones inequívocas de que Dios es argentino, no están exentas de polémica en su tierra; el Papa parece demasiado izquierdista a los que no lo son, o, en términos de la revista satírica "Barcelona", "Un neozurdo de mierda"; se comenta que su reciente recepción a Macri, el nuevo Presidente, fue notablemente fría. De Messi se dice que no se entrega cuando viste la albiceleste, y -sospecho yo- por cosas menores habrán ido algunos al paredón... en cuanto a Mafalda... en "Lenín y vos", un desternillante cómic que compraré días después, V.I. -tras confirmar lo que sospechábamos; que Felipe fue "desaparecido" en 1978- dice de ella: "El éxito de Mafalda es congelar el recuerdo de una Clase Media cuando aún era querible..."







Pero ahora, el minibus enfila hacia Puerto Madero... chavales, eso es otra cosa... habíamos pasado de calles y avenidas europeizantes, parisinas en su concepción, madrileñas en su concreción, a las viejas calles porteñas de emigrantes, carros de altas ruedas, y el fantasma de Marco y su mono Amedio en cada esquina, y ahora entramos en el Siglo XXI de verdad... aquí hay pasta, aquí hay guita, aquí hay modernidad, y Europa se va diluyendo... es curioso, pero América aflora en los detalles: la delatan sus árboles corpulentos, nada que ver con los europeos, ni siquiera con los árboles americanos trasplantados a Europa; la delatan también los coches de policía, con descomunales parachoques... Puerto Madero -dicen- se inspiró en las operaciones de la Vila Olímpica de Barcelona, pero donde los docks barceloneses apenas si miden cien metros, aquí van por kilómetros, y tus vértebras cervicales experimentan contorsiones neoyorquinas para llegar a ver los rascacielos en su fastuosa totalidad... ni siquiera un puente de Calatrava, milagrosamente intacto, acaba de despistarte... aquí está la vitalidad americana, el sueño americano, los réditos de la lana, el petróleo, la soja... sin descartar algún blanqueíllo de ricos de allá, es decir, de acá desde donde esto se escribe... aún recorreremos más veces esas avenidas a la sombra de los edificios más impactantes, sabiendo que esas aguas chocolate que los bañan son las del vecino Río de la Plata, a través del cual la sangre de media Sudamérica se entrega al Océano Atlántico millas y millas más al Este





La excursión toca a su fin,,, los turistas que querían comer en Puerto Madero ya se han bajado, y el minibús rueda ya por avenidas de tamaño razonable -dentro de lo grande, por supuesto-, hasta la esquina de la Calle Florida, esa sí plenamente madrileña si hubiese menos cambistas y más vendedores de lotería: allí nos está esperando Marc, el hermano de Blanca, que será nuestro cicerone por el Buenos Aires de verdad, el que aprenderemos a amar, un Buenos Aires poblado por gentes de carne y hueso, nuestra carne y nuestro hueso, no por muñecos de cartón piedra... el Buenos Aires que conocemos los que hemos tenido, siquiera por pocos días, el placer de recorrer sus calles.









viernes, 4 de marzo de 2016

Argentina: recuerdo de urgencia...

Llevo poco más de 20 horas en casa, y Argentina empieza a ser ya un recuerdo... estaré días hablando de ella, pero aquí van mis primeras líneas apresuradas...






Blanca y yo somos viajeros tardíos: aunque ella empezó fuerte, pronto estábamos los dos dedicados al cuidado de nuestras hermosas camada de subadultos, en nuestras primeras parejas primero, juntos después... hemos podido aprovechar estos escasos años entre sus felices emancipaciones y la inevitable decadencia física y económica que nos espera, para poder dar salida a nuestras ansias de ver todas las cosas que nos aguardaban ahí afuera... esa premura temporal nos acerca peligrosamente a la denostada figura del turista -si hoy es jueves, esto es El Chaltén-, de la que pretendemos. con más o menos éxito, huir, a través, primero, de la documentación previa -años y años de lectura en sillón te preparan mucho más de lo que parece, y ese es mi fuerte- y, después, por supuesto, durante el viaje, a través de la comunicación, materia en la que reconozco que Blanca está considerablemente más dotada que yo... Nada más lejos de nosotros que el fantástico personaje de Bill Murray en "Lost in traslation"; tenemos demostrado que hasta en Japón somos capaces de pegar la hebra con la población local, aunque sea por señas y reverencias.

Nuestro viaje a Argentina han sido, de hecho, dos diferentes; el magnífico viaje al Sur nos ha aproximado a una Naturaleza majestuosa, tanto por su enormidad -esos espacios desiertos increíbles- y la tensión interna de su dureza -hemos experimentado vientos huracanados, frío, oleaje embravecido... -como por su simbolismo de Finis Terrae, esa emoción que sentí al poder, por fin, identificar en un cielo vibrante de estrellas, la Cruz del Sur; pero también nos ha dado la oportunidad de compartirla con otros viajeros, que descubrían lo mismo y al mismo tiempo que nosotros -¡Chau, Ceci!-, y también con los que allí viven... cierto es que el contacto del viajero se reduce muchas veces a guías, taxistas, camareros..., pero entre ellos hemos encontrado personas magníficas e interesantísimas... relaciones todas ellas facilitadas por su amabilidad, tan ilimitada como sus tierras, su profundo poso cultural -si hay una palabra para definir a Argentina es esa; es una sociedad culta-, y esa familiaridad, casi hermandad, que crea un idioma común y querido, en el cual nos movemos, nos sentimos siempre como en casa.

Buenos Aires ha sido otra cosa; allí nos ha acompañado Marc, el hermano pequeño de Blanca, que la conoce como la palma de su mano; así, tras un primer recorrido turístico en microbús, donde, en tres horas, prácticamente nos comimos todos los tópicos -desde la Avenida Más Ancha del Mundo a la Bombonera del Boca Juniors- hemos podido abandonar el afán turístico de verlo todo para fingir, por poco tiempo, ser parte de su latido diario... sensación a la que ha contribuido decisivamente haber podido disfrutar de la compañía de su increíble grupo de amigas -y algún amigo-, que sentimos ya como propias, un mosaico de la realidad argentina actual y, al mismo tiempo -y lo hemos encontrado en todas partes- un profundo interés y un muy buen conocimiento de la movida realidad española... y catalana. Por no olvidar la felicidad del reencuento con nuestra amiga Cristina Argota.

La vuelta a casa no ha sido sencilla: aquí la vida seguía su curso, y, por desgracia, había malas noticias sobre una persona querida, que nos preocupan seriamente... los viajes no suspenden la vida, abren una ventana a nuevas situaciones, a nuevas tierras, a nuevas personas que atraviesan tu camino, y que esperas -o no, eso depende- reencontrar, pero después siempre regresas, no exactamente el mismo; algo más viejo, algo más cansado, algo más sabio, a veces algo más gordo -¡Éxito, he sobrevivido sin estragos al dulce de leche y el alfajor!-y, por supuesto, con bastante menos dinero en la cuenta corriente... pero no faltan ocasiones en que, por un momento, te parece ver algo así como un atisbo de otra vida posible, un desvío hacia otra realidad, donde tú podrías haber sido un tú distinto, ni mejor ni peor, diferente... por eso acabo esta primera entrada con una de las peores del millar largo de fotos que traigo: en la frontera con Chile -¡Qué mal rollito se traen los dos...!, lejos de la carretera, bajo un cielo inmenso, en una pampa nos menos inmensa, un jinete, cabalga en su caballo; parece encerrado en su mundo, ni siquiera mira hacia nosotros, no sabemos de donde viene, ni a donde va... quizás es uno de esos peones que, en los tiempos duros, apenas ganaban para comprar un par de alpargatas y unas velas, que se sublevaron contra los hacendados y que el Ejército masacró... quizás es un hacendado, de esos que cuentan sus hectáreas por decenas de miles...otra vida, otras preocupaciones, seguramente, en el fondo, tan parecidas a las nuestras...