lunes, 14 de diciembre de 2015

L'Aveyron...

Segundo día; salimos de Montpellier...

Y, a los pocos kilómetros, se acaba la Dulce Francia: la autovía se enrosca, curva tras curva, a las faldas de una montaña, y vamos subiendo, desde los pocos metros de Montpellier, al ladito del mar, hasta más de setecientos: allí la cuesta se detiene: llaneamos por una meseta dura como ella sola, piedra caliza, quejigos, algún prado, ni un alma... estamos en la Causse de Larzac, en l'Aveyron, tierra de jabalíes y de maquisards.

Pasamos por el desvío del Memorial Nacional de la Resistencia: me gustaría visitarlo, pero viajamos cuatro juntos, y eso siempre requiere un consenso... a cambio, canto a pleno pulmón Le chant des Partisans..."Ami, entends-tu le vol noir des corbeaux sur nos plaines...?" los cuervos parece que me escuchen, y vuelan por todas partes... ¿Qué hacían aquí, los partisanos...? ninguna vía férrea a sabotear, ninguna guarnición a emboscar... los emboscados eran ellos, huyendo del STO, el Servicio de Trabajo Obligatorio, la deportación forzada a Alemania, a cubrir en los talleres las bajas creadas por la picadora de carne congelada en que se había convertido el Frente del Este... a muchos no les fue tan mal el STO; no solo en los talleres había vacantes... muchos se levantaban  de entre los edredones floreados, procurando no mirar la cara de mala, muy mala leche con que los miraba un feldwebel desde la foto de la mesilla de noche... quizás el mismo que, a su vez, ligaba en las calles de Paris con belles demoiselles... en medio de aquella guerra civil que fue la guerra en Europa se gestó el primer Mercado Común, que no fue ni del carbón, ni del acero, como nos han hecho creer: fue el de los cuernos... me compadezco hasta de los boches que debían subir hasta aquí arriba, a perseguirlos por estos riscos, y que, además, no debían ser precisamente tropas de élite; rusos blancos de Vlasov, o, mejor aún, colaboracionistas franceses de la Milice de Darlán, con sus enormes boinas negras de Alpinos... homenaje a los héroes, y, a unos y otros, paz... "C'est nous que brissons les barreaux des prisons, pour nos frères..." Nunca, nunca más nos veamos en otra así...



La Couvertoirade es Uno de los Pueblos Más Bonitos de Francia; cuando uno oye eso, se pone en guardia, e imagina miriadas de turistas agolpándose en sus calles, y comprando en tiendas todas semejantes, regularmente abastecidas por otra miriada,  la de los fabricantes chinos de cosas típicas europeas... de acuerdo con las dimensiones de su parking, en temporada alta debe ser así, pero ahora no hay un alma, ni siquiera hay que pagar, y en todo el pueblo nos cruzaremos solo, repetidas veces, con otra pareja de españoles, con los que nos saludamos en voz baja, como si estuviésemos en un concierto, y sólo veremos un pequeño grupo de nativos, con todas las pintas de ser los albañiles de alguna obra, pelándose de frío en la puerta de un bar para fumarse un cigarrillo.Todo el pueblo para nosotros, en medio de la paz de una mañana neblinosa y fresquita de Domingo.



Es cruzar la puerta del recinto amurallado y experimentar, de golpe, un viaje trescientos años atrás y trescientos kilómetros al Sur..."¡Coño, es Ballibió...!", casi grito... estoy en casa; paredes de piedra, calles empedradas, casas de piedra, techos de losas -eso sí, aquí las redondean un poco- ¡Chimeneas de piedra..! chamineras como las de Sobrarbe, algunas cúbicas, otras troncocónicas, rematadas por su espantabruixas... Hasta el color de la piedra me recuerda el que puedes ver en Buerba o Vió... En algunas puertas, clavadas, carlinas.





Jugando al juego de las diferencias, enseguida descubro una importante; en Sobrarbe, la distribución entre la planta baja, dedicada a cuadras y corrales, y la planta de vivienda, se suele hacer desde el "patio", gran espacio interior: aquí la planta baja sobresale de la fachada,y tiene acceso directo a la calle, mientras a las plantas de vivienda se accede por una escalera exterior, a veces, doble, imitando las de los palacios nobles... tomo buena nota de ello, y lo documento... ¿tenemos tipologías parecidas por ahí?



El pueblo, amurallado, remata en lo que queda de un castillo, que fue templario hasta la disolución "manu militari" de la Orden; pasó luego a los Caballeros Hospitalarios... todo el Aveyron es zona de antiguas posesiones templarias, recuerdo del poderío que, a la larga, fue su ruina, por las envidias reales y la eficaz presión que ejercieron sus enemigos ante el calzonazos del Papa... hay también una hermosa iglesia, afeada por una de las pocas cosas que no me gustan de Francia... esas celosías que esconden de la vista las campanas... ¿Para qué las pondrán? Ni que las campanas fueran algo indecoroso, digo yo...



Fuera del recinto, como a unos quinientos metros y bastante en alto, hay un molino de viento absolutamente igual que sus parientes de la Mancha, de Menorca, el Moulin Rouge, el Molino de Sans Souci, los molinos holandeses, los de las islas griegas... no sé nada de molinos de viento, me gustaría saber donde se originó un diseño de tanto éxito... Blanca y Cris, jóvenes y alocadas, deciden subir a verlo de cerca; los varones adultos pasamos; visto un molino, vistos todos... en un instante, están allí arriba; las retrato con el zoom... ¡cuantos paseos inútiles me va a ahorrar el 600!




Recorremos todo el pueblo, disfrutando de su tranquilidad... hay tiendas -cerradas-, bares -cerrados- alguna cosa abierta, como una deliciosa tiendecita de quemadores de perfume en forma de cocina antigua de metal, en miniatura, por supuesto... me hago cruces ante el optimismo de quien mantiene, un día como hoy, semejante tienda. abierta.. ganas me entran de comprarle algo pero... ¿donde lo pongo...?

Dejamos La Couvertoirade casi con pena, pero nos quedan muchas cosas por ver: en la entrada del pueblo, bajo la Mairie, los carteles de las elecciones regionales: aquí ya no está mi primo Martinés, pero... veo un "Citoyens" y un "En commun"... ¿os suena...? ¿pagan royalties...? les deseo bonne chance a todos, especialmente a la camarada Sandra Torremocha (¿Torremochá?), de Lutte Ouvrière, que las dice como puños, como cabría esperar.



De nuevo en camino y, pocos kilómetros más allá, vemos a una considerable altura sobre la autopista las luces intermitentes azules de los pilares del viaducto de Millau... lo pasamos en silencio, admirando su belleza, pagamos el peaje, y nos detenemos en el área hábilmente dispuesta para gozar del espectáculo en toda su magnitud.



En el breve espacio de tiempo que media entre su inauguración, en 2004, y el año 20012, Millau fue el viaducto de carretera más alto del Mundo, con sus 243 metros, hasta que inauguraron en México una cosa de más de 400. No sé cómo será el mexicano, pero Millau es, además, bellísimo, una obra de arte, donde se ve la mano de Sir Norman Foster, un señor al que tengo un gran respeto, porque las cosas que hace son bellas y útiles, se parecen a lo que deben ser -si hace una torre de comunicaciones, parece una torre de comunicaciones, y si hace unas marquesinas para bocas de metro, parecen marquesinas para bocas de metro- y, además, prueba de su sensatez, se ha casado con una señora inteligente y hermosa... muchos sires andan por ahí con la mitad, o menos, de sus merecimientos... sin olvidar los méritos del ingeniero que lo diseñó, francés,  Michel Virgoreux... un pedazo de obra de ingeniería, que te reconcilia con la capacidad intelectual y tecnológica del Hombre, cuando no pone su ingenio al servicio de fines espúreos... Pasamos un rato muy agradable fotografiando el viaducto, jugando con un Sol que se esconde entre las nubes para aparecer cuando menos te lo esperas.





Por unas cuestas vertiginosas -tengo que poner las marchas manuales, porque el cambio automático no funciona bien en estas situaciones- bajamos a Millau, que es una pequeña y agradable ciudad. Allí vemos por primera vez el Tarn, que es un río grande y tranquilo, pasadas ya sus famosas gargantas, aunque hay en su cauce una pista de piragüismo en aguas bravas que me hubiese gustado probar en mis tiempos de aprendiz de kayaquista... preguntamos el camino a unos amables señores, que nos contestan con su acento sureño, tan curioso para los que aprendimos un Francés asépticamente parisino... Javier pregunta; "¿A druat?", y le contestan; "Oué, a druatte, a druatte...!"... "a druatte" sale la carretera que nos lleva a Roquefort, última parada de la mañana... la carretera pasa justo por debajo del viaducto; si, en vez de Foster, lo hubiese hecho uno que yo me sé, por los c.... iba a pasar yo por debajo, vamos...!



Roquefort es la prueba de que no todo lo útil es bello: como pueblo, no vale un pito, casi metido debajo de la visera de rocas, en cuyas profundidades, en recónditas cavas, ataca a los quesos ese mohíto verdoso que los hace tan ricos... tengo un hambre atroz -prueba de ello es que no tomo fotos, no estoy de humor, el hambre me pone de muy mala gaita-, el único restaurante está lleno, y nos salva la vida la benemérita responsable de la tienda de una de las Caves, que nos invita a una generosa degustación: en rápida sucesión, me como ocho o diez daditos de queso, de diversos grados de maduración... En un español perfecto, nos recomienda un restaurante a pocos kilómetros de allí. Se lo agradecemos de la mejor manera posible; haciendo gasto; compramos queso como para soportar un asedio mediano, y salimos de Caves Gabriel Coulet bien dirigidos. Tomad nota del nombre; buen queso, y buena gente.

El restaurante, con pintas de parador de carreteras, resulta agradable y barato; de entrada, nos traen una enorme ensalada de lechuga... con roquefort, mucho roquefort. Fuera, vemos pastar a las ovejas: ¡kilómetro cero en estado puro! Solo les falta entrar a preguntarnos si nos gusta su queso... A nuestro lado, come una anciana señora, con aspecto de estar muy enferma... sufro por ella, recuerdo que también Mitterand, en sus últimos momentos, encargó su plato favorito... acaba de comer, se levanta con apuros, y se va... respiro tranquilo. Acabado el segundo plato -estamos ya solos, la hora de comer de los franceses está más que superada- el joven camarero nos comunica que ha sobrado mucha ensalada... ¿queremos un segundo plato...?: si, lo queremos... nos vuelve a traer la enorme ensalada, con tostaditas recién hechas... ¿Amabilidad, o le han llegado noticias de la crisis...? "¡Pobres, les espagnols, traerán hambre atrasada...!" Esta vez no me cuesta que mis compañeras aflojen una buena propina.

Seguimos camino hacia el Ocaso, es decir, hacia el Oeste; la Causse ya no es tan dura, empiezan a verse viñedos... casi con las últimas luces, entramos en Albí... pero esa es ya otra historia...












jueves, 10 de diciembre de 2015

Sète y Montpellier...

Saliendo de Ceret, seguimos por l'Autorroute, camino de las tierras de l'Hèrault...

En la "bretelle" -¡Qué buena idea, comparar un desvío de autopista con unos tirantes!- dejo atrás el familiar desvío haca Toulouse, y me adentro en tierras mucho menos conocidas; pronto la dejamos, para dirigirnos hacia Sète vía Agde y Cap d'Agde: tierras desoladas, como todos los territorios de turismo playero fuera de temporada, con sus barcas varadas y cubiertas de lonas, sus supermercados cerrados, sus parques infantiles con columpios inmóviles y algún que otro gorila-tobogán amenazador... pero Cap d'Agde es también la tierra del turismo naturista y, cómo no, de las orgías, las "partouzes" tan detalladamente descritas por el cochon de Houellebecq... ¡humm, me relamo el bigote pensando... qué impresentable, el jodido, y qué feo, pero qué bien escribe...! Recuerdo que tengo pendiente "Sumisión", ahora de tan triste actualidad, pero quiero leerla en Francés... Javier dice que me la prestará.



Con Sète me pasó una cosa muy curiosa; la atravesamos yendo a la Camargue, con prisas, y se me quedó grabada la imagen de su Canal, rodeado de edificios de un aspecto deliciosamente italiano... y entonces yo aún no sabía que, efectivamente, había sido fundada por italianos. Poco después la vi desde un avión, volviendo de Venecia; hoy cumplo mi deseo de bajar del coche -en un bunkeriano parking subterráneo y submarino, "Le parking marin", cantaría Valèry- y pasear por su marina urbana y las calles vecinas, en una tarde de sábado repleta de padres y madres de familia anticipando compras navideñas... llegamos aún con luz diurna, lo dejamos con las primeras sombras de la noche, después de tomarnos enormes capuchinos rematados por auténticas montañas de nata... ¡cuanta leche mana Francia...! me acuerdo de Brassens, pero no canturreo ninguna de sus canciones, sino la que le compuso un amigo común, Labordeta... se les echa en falta a los dos... "Dime, joven difunto, Jorge Brassens, con quién te has encontrado en el Más Allá..."





Montpellier es, para mí, una novedad: cuantas veces había pasado por el desvío de la Autopista, había comentado: ""¡Pues me gustaría visitarlo...!" Hoy me voy a dar el gustazo de hacerlo, e incluso de pasar allí una noche, en esa vieja ciudad, tan importante en la Historia de la Corona de Aragón, puesto que aquí nació nuestro Jaime Primero, e incluso fue concebido -antes, por supuesto- en vaudevillescas circunstancias...como de costumbre, me pierdo, y un amable caballero nos guía desde su automóvil. Diré en mi descargo que mis pérdidas son siempre relativas; siempre sé en qué Hemisferio estoy, e incluso, apurando, en qué parte de la ciudad -si al Norte, al Sur...- me falla, eso sí, por mucho Google Earth que le eche y mucho Street View, la aproximación final... con las mozas solía pasarme lo mismo, siempre me pierdo en los detalles... cuando más despistado estoy, Blanca y Cris gritan al unísono ¡¡Aquí, aquí...!!, y una hábil y arriesgada maniobra me coloca ante la puerta de nuestro hotel.

Para dirigirnos andando al centro de la ciudad atravesamos un barrio increíble, obra de Ricardo Bofill: Antigone; una enorme extensión de viviendas y locales utilizando a fondo las formas clásicas, desde los Romanos a Palladio, es decir, desde los Romanos a los Romanos... estoy más familiarizado con sus aeropuertos, los uso con frecuencia: ahora mismo voy a ir a Terminal Uno, mucho más Aeropuerto que su bonita Terminal Dos,  la de los Juegos Olímpicos del 92, tan maltratada por los materiales defectuosos -decían que los mármoles que tan poco duraron y las palmeras liofilizadas procedían de alguna empresa de patricia y tresporciéntica familia...- pero Antiogone no me deja indiferente, y arranca también reflexiones a Javier, que sí es arquitecto -lo de Bofill no está tan claro...- "Quizás si que hay que volver a esas formas clásicas, que han funcionado siempre..." así que me envaino lo de "pastiche", y lo miro con otros ojos... conocí a un tío suyo, que era muy divertido, pero estaba como una cabra; un punto más a su favor. Y se casó con una señora muy guapa: dos puntos...





Atravesando un Centro Comercial y una Mediateca enorme y reluciente, se aterriza en el mismo corazón de Montpellier, la Place de la Comedie... la noche del sábado está en plena ebullición, y miles de persona se dirigen hacia el mercadillo navideño que, en Francia, siempre tiene un toque alsaciano, como si el Niño Jesús no pudiese llegar a término sin abetos nevados y casitas de madera llenas de embutidos hipercalóricos... domina la plaza un gigantesco Globo terráqueo de bombillas- más bien de leds- iluminados... las dos madres de la expedición entran en trance; Blanca tiene a su hija en Angola, y Cris a su hijo en Beijín -Pekín, para los de mi generación-; el Mundo se nos está quedando pequeño ante la diáspora de hijos, en nuestras preocupaciones paternales ya no se pone el Sol... ambas madres buscan con la vista las casas de sus hijos; Cris lo tiene mal, el Hemisferio Norte casi no se ve...

Nos adentramos en las calles medievales -o, por lo menos, antiguas- de Montpellier: ciudad universitaria, y eso se nota, entre nativos y erasmus, millones de jóvenes nos rodean, con evidentes ganas de jarana... Donde fueres, haz lo que vieres; acabamos en una Vinotheque, probando un vino más que decente y, de allí -y a propuesta mía, que ando algo exótico- a un Vietnamita llamado, incongruentemente, "Le Pekin"... comida sabrosísima, servida por La p'tite tonkinoise, que parece menor de edad, pero a lo mejor tiene hijos que ya se afeitan, aunque poco, siendo orientales... L'Indochine nunca está lejos en Francia, qué huella tan profunda dejó... me comentan que igual sucede allí, donde puedes encontrar baguettes bastante decentes en medio de los arrozales reventados por las bombas yankis, el Primo de Zumosol de los occidentales, llegados para vengar Diem-Bien-Fu, pero que también salieron con el rabo entre las piernas... "Los vietnamitas son chiquititos, son chiquititos, si, si...!", banda sonora de la reflexión a cargo de Carlos Puebla...





Volvemos paseando a nuestro hotel, otra vez a través de Antigone... me queda mucho por ver de Montpellier, pero ya he tenido un primer contacto... me voy con la pena de no haber visto ninguna Malpolon monspessulanus, la Culebra de Montpellier, la serpiente más grande de Europa, venenosa -aunque poco, y con los colmillos en un lugar demasiado retrasado para ser peligrosos...- por el nombre, parecería que aquí abundasen... antes de acostarme, miraré bien debajo de la almohada, no sea que me espere allí, enroscada, mirándome con sus fríos y crueles ojillos...






miércoles, 9 de diciembre de 2015

Ceret, primera etapa

El Puente de la Inmaculada Constitución varias veces nos ha pillado en Francia: está ahí mismo, te sientes como en casa, y tiene tanto por ver... un año una amiga nos llevó a una cena, en casa de amigos suyos cerca de Fontainebleau y, claro, los forasteros éramos el centro de la atención..."¿La Fiesta de la Constitución... y qué es costumbre hacer en España el Día de la Constitución...?" "¡Pues ya lo veis -respondí- echar a correr, y no parar hasta Francia...!" Este año viajar a Francia tiene un sentido especial: es bueno estar con los amigos en momentos duros, y encoge el ombligo ver los monumentos improvisados con los que recuerdan a sus muertos. Coincidimos, además, con la primera vuelta de unas Elecciones Regionales que, como síntoma, son más que alarmantes... ahí van las primeras impresiones de estos cuatro días.






Llegando a La Jonquera,  cola en la autopista... tardamos cerca de media hora hasta poder pasar, en columna de a uno, frente a tres señoras policías de la Police National que, animadamente, charlan de sus cosas, mirándonos de reojo... al lado, colegas españoles, con el doble cargador de sus G-36 atado con cinta aislante; Rambo a tope... nadie protesta, todos lo entendemos, estamos en alerta, pero no puedo dejar de echar una lagrimita interior por mi amado Schengen, que me había proporcionado ilusorias ínfulas de Ciudadano del Mundo.



Cambiamos de Estado, pero no de País... nuestra primera parada es Ceret, villa catalana, olores y colores absolutamente familiares -mediterráneos y de montaña-, pero, al mismo tiempo, francesa ya desde el Tratado de los Pirineos... refugio de artistas -de artistas que buscaban refugio, claro-, es una hermosa combinación de piedra, tejas rojas y altísimos árboles, plátanos de los paseos, que le dan un toque peculiar. El sábado, además hay mercado, motivo más que suficiente para visitarla... nos hemos dicho, al alimón, varios miles de ciudadanos del otro lado de la raya. Vamos con Cris, la hermana de Blanca y Javier, su marido, compañeros ya en varios viajes.



Grupos de música animan el mercado; unos, bastante buenos, tocan Jazz, entre la gente que llena las calles y se arremolina ante los puestos... hay de todo de lo que suele encontrarse en un mercado, pero destacan, por su hermosura, los bodegones que forman los productos de las huertas vecinas... Blanca se compra un cuello de falso conejo, que llevará durante todo el viaje, sin verdadera necesidad, porque el tiempo es inusualmente cálido para primeros de Diciembre. Las bragas, a precios muy razonables... eso sí, debes acertar a primera vista: no se admiten cambios ni devoluciones. Probamos vinos ecológicos, quesos de fermier, unas deliciosas gominolas de frutos naturales... no compramos nada -nos queda aún mucho viaje por delante- pero procuro repartir palabras amables y felicitaciones, la mayoría de los casos, sinceras... siempre he sentido un gran respeto hacia los feriantes, distingues a  primera vista al que -muy legítimamente- trata de ganarse la vida vendiendo cualquier cosa -bragas cutres, pongo por caso-, y al que, con orgullo, presenta ante los potenciales clientes el fruto de un trabajo en el que ha puesto mucho de sí mismo... no me importaría, en una nueva reencarnación, ser uno de ellos. A ser posible, con éxito...







Huyendo un poco del tumulto de las paradas del mercado- que ya están empezando a cerrar- llegamos a una tranquila plaza donde solo se escucha el murmullo de los chorritos de una fuente, coronada por un fiero león: comemos en un restaurante que va a reunir las características que nos acompañarán durante los cuatro días; buena comida, cuidadosamente elaborada, precios razonables, y un empleo del espacio digno de la propia NASA: en unos treinta metros cuadrados, que calculamos a ojo -Javier es arquitecto, sabe de qué va el tema- han logrado meter la cocina, un cuarto de baño, y mesas para doce o catorce personas... nos atiende una señora joven -por lo menos, para mí-, guapa y elegante, sobre unos vertiginosos tacones, el calzado más adecuado para moverse sobre las escasas baldosas que componen el espacio libre del restaurante... en Verano, suponemos que se amplía con mesas en una terraza; hoy ya está cayendo el sol.el suelo está húmedo, y se agradece el calor humano del atestado saloncito.



Volvemos hacia el coche disfrutando de la paz de la tarde; en muros metálicos dispuestos al efecto, los carteles de los partidos que se presentan a las elecciones de mañana: coaliciones para mi desconocidas -pocos partidos tradicionales- pero muchos apellidos familiares, cosa no extraña en un país cuyo Primer Ministro se llama Valls, y la alcaldesa de su capital, Hidalgo... desde uno de ellos me mira el Candidato Martínez; es mi cuarto apellido, y mis hijos lo llevan por partida doble... ¿cómo no voy a sentirme en casa...?








jueves, 3 de diciembre de 2015

Caput Mundi

Roma... no es una Ciudad cualquiera: te remueve posos, y te deja huella...




Nací en una tierra que, dos mil años atrás, ya era Provincia romana: en el 212 después de Cristo, gracias al Edicto de Caracalla, seguramente todos mis antepasados -incluyendo los probables moros y judíos- eran ciudadanos de Roma; mis lenguas familiares -mi lengua materna, la otra lengua que se habla en la tierra donde nací y vivo, la vieja lengua cuyas palabras oía yo en Boltaña, la primera lengua extranjera que aprendí...- son toscos dialectos del Latín tardío, esa lengua majestuosa y difícil que estudié en el colegio y escuchaba en las Iglesias que frecuentaba, franquicias locales de una Multinacional que en Roma tiene, por decirlo así, su Sede Corporativa... Barcelona, mi ciudad, está llena de ruinas romanas; en Boltaña había una villa romana, que se sepa; en casa de mis suegros, en Sant Esteve, hay un capitel romano... he vivido toda mi vida sometido a un derecho privado que es, en gran medida, derecho romano; en mis municipios gobiernan ediles, y el fin de los días activos de muchos políticos que conozco es el Senado... para colmo, llevo por nombre el de una gens romana... por eso, cuando el avión de Alitalia -después de sobrevolar majestuosamente el estrecho de Bonifacio, permitiéndome ver al mismo tiempo dos tierras que quiero visitar, Córcega, tierra de bandoleros, patria de Napoleón, y Cerdeña, tierra también de bandoleros, patria del queso con gusanitos, bellas ambas en su singularidad- empieza a descender sobre los campos del Lazio, dejando distinguir ya el parasol de sus hermosos pinos, acercándose al Aeropuerto de Roma, Caput Mundi, Cabeza del Mundo, aliso maquinalmente mi imaginaria toga: a ciencia cierta, no se si estoy llegando a Roma, o estoy volviendo a ella...



Una vez aterrizado, en el Cercanías ligeramente "vintage" que te conduce a Termini, ves desfilar tras tu ventanilla los patios traseros de cientos de casas suburbanas... si quieres saber algo de un país, mira sus patios traseros, que en las fachadas, la gente se esmera un poco... nada que ver con los que he visto en Francia, en Alemania, en Austria, cuidados como jardines, con sus barbacoas, sus enanitos, sus bebederos para pájaros... bicicletas viejas, lavadoras oxidadas, hierbajos hasta la cintura, mierda del año que le pidas... me recuerdan los que ves desde el Rodalies entre Barcelona y Sant Celoni... "Esto es como en casa -le digo a Blanca-, vete preparando..."


Peazo ruínas...!

Salimos de Termini y, a pie, nos encaminamos hacia nuestro hotel, que está a menos de un kilómetro... la primera impresión nos lo ofrecen las termas de Diocleciano; había visto en el mapa que allí estaban sus ruinas, pero no sabía qué quiere decir "ruinas" en Roma: en mi tierra, las ruinas romanas son muretes de pocos centímetros de alto, rescatados tras excavar y donde debes usar tu imaginación para adivinar perímetros de edificios o viales... aquí, de las Termas de Diocleciano se conservan prácticamente dos tercios de lo que eran cuando Diocleciano cortó la cinta... muros de muchos metros, bóvedas casi enteras, aprovechadas para viviendas, para iglesias... comprendes que los Bárbaros, cuando tomaron Roma, hicieron algunos desperfectos y que, desde entonces, la ciudad ha vivido de la acumulación, sin negar sus orígenes, construyendo sobre ellos... veremos eso en todas partes, en el inmenso casco antiguo de Roma, una urbe -la Urbe- que superaba el millón de habitantes hace dos mil años... en cualquier calle mal pavimentada y llena de miles de motos aparcadas, adosado a cualquier fachada desconchada -de ese bello color romano, dorado y rosado a la vez-, una columna labrada, un muro de sillar, incluso una estatua... en ningún momento olvidas que estás en la Capital de un Imperio que ha marcado la Historia de Europa y del Mundo... está ahí, vivo, en lo que dejó, y en lo que se reconstruyó tomándolo como modelo, y ahí entran tanto el Renacimiento y el neoclasicismo como -¡ay!- Mussolini... desde los balcones del Palazzo Venezia arengaba a las masas, haciéndoles creer en un ya imposible Imperio cuyo único recuerdo, a estas alturas, son las peanas de unas estatuas en la Vía del Foro, y su inapreciable contribución al esponjamiento del Casco Urbano de Barcelona...

¡Desde aquí hablaba Il Duce...!


Bueno, si son renovados...!


Pero Italia es también la capital del último Estado moderno constituido en Europa: ya se que hay muchos posteriores, pero ya me perdonarán...- Y eso se nota también... nuestro hotelito -pequeño, algo destartalado, pero elegante, encantador...-está en zona de embajadas y ministerios... en cuanto lo veo, empiezo a menear la cola, de contento... ¡funcionarios, aquello está lleno de colegas...! Entre otras cosas, eso supone pequeños restaurantes a precio arregladito y comida poco imaginativa pero agradable, donde incluso se puede pagar con los vales que nos daba la Generalitat antes de descubrir que, si nos los quitaba, tampoco pasaba nada... También tenemos enfrente la Embajada de Turquía, lo cual nos garantiza la presencia permanente de un coche de los Carabinieri, con sus tripulantes siempre al acecho con sus metralletas, esas pequeñas "Beretta" que parecen diseñadas por Armani... hay mucha presencia policial en Roma, cosa que siempre le da al turista un "plus" de tranquilidad, incluyendo unas curiosas garitas de cristales blindados, para un único "carabinieri", que encuentras en muchas calles...  me río pensando en el "casting" para las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad: los bajitos, morenos y con bigote, a la Polizia Nazionale -ahí hubiese ido a parar yo-; altos y más bien rubios, a los Carabinieri; elegantes como un embajador de país bueno, a la Guardia de Finanza... algo más allá del Hotel está la Porta Pía, por donde entraron los soldados de Italia, poniendo en fuga a los Zuavos pontificios, sellando así la Unidad de Italia y encerrando a Pio IX, -ese papa con nombre de pastelito- en la Ciudad del Vaticano, que el Concordato con Mussolini transformaría en Estado de opereta, y, detrás de la Porta Pía, el Policlínico Gemelli, donde hace pocos meses (estamos en 2005) había muerto Juan Pablo Segundo, el Papa Woytila, hoy ya santo...

Il Re...



Sigo escrupulosamente las instrucciones de la Guía, y compro, en un quiosco de prensa, diez billetes que sirven tanto para el Metro como para los autobuses urbanos: no presto mucha atención a la cara de asombro del vendedor: el Metro de Roma tiene -creo- solo dos líneas, y pocas estaciones: comprendo perfectamente que construir lineas de Metro en Roma debe ser un tormento; a cada paletada de tierra deben aparecer restos arqueológicos que, en cualquier lugar, haría paralizar las obras... bajamos a la estación de Termini, y descubro el por qué de la extrañeza del vendedor: hay, como en todas las estaciones de Metro, tornos que se accionan introduciendo el billete, pero nadie los usa: todo el mundo pasa por una puerta abierta, donde un cartel indica que se ha de enseñar el abono, pero nadie hace ademán de enseñar absolutamente nada... sentada en una silla de enea, una empleada mira, absorta, hacia la vecina pared, sin mover un músculo, casi sin pestañear... Igual pasa en los autobuses: la máquina de cancelar los billetes está en la puerta delantera, y la gente la evita entrando por cualquier otra... me entero de que la culpa de esta situación la tuvo un alcalde comunista, que estableció la gratuidad del transporte urbano: su sucesor -no tan comunista, por lo visto- restableció el pago, pero la gente ya se había acostumbrado... enseguida te acostumbras tú también a seguir la tónica general... ¡A tu salud, camarada sindaco!!

De todas maneras, por barato que te salga, no deja de tener sus riesgos; en el primer viaje en Metro, me roban del bolsillo del pantalón un monedero con tres o cuatro euros... el quebranto económico no es mucho, pero me sorprende la habilidad de los chorizos; cuando lo han intentado en Barcelona, siempre me he dado cuenta a tiempo... en evitación de males mayores, tomo medidas: llevo unos pantalones "The North Face" diseñados, sin lugar a dudas, por algún paranoico, para moverte por lugares peligrosos, con un bolsillo interior de muy difícil acceso; allí guardaré mi cartera a partir de ahora y, eso sí, en cada tienda donde compre o en cada restaurante donde coma, tendré que preguntar por los lavabos para allí, en la intimidad, proceder a la compleja operación de quedarme medio en pelotas para sacar de su escondrijo los billetes justos o la tarjeta de crédito y, una vez pagado, vuelta al lavabo... me entra la risa pensando en que, si alguien me siguiese, llegaría a la conclusión de que la comida romana me ha provocado un ataque de disentería...

Justamente, todo lo contrario: allí donde se puede comer pasta, soy feliz, y en Roma comes y cenas pasta cada día, si quieres...y los precios, algo carillos, pero dentro de lo razonable. Como en todas partes, hay que andar con ojo con el vino, pero la cerveza "Nastro Azzurro" es muy buena, y cubre perfectamente sus funciones... hay también ensaladas, muchas ensaladas, especialmente las riquísimas de ruccula y parmiggiano... descubrimos también la auténtica mozzarella, bastante mejor que los sucedáneos a los que estamos acostumbrados y, en una dirección que me pasa un amigo, unos magníficos filetes de bacalao "a la Romana", frito rebozado, de unas dimensiones importantes... y en cualquier calle, gelatti riquísimos; en una heladería, frente al Panteón de Agripa, comento con Blanca "¿Cómo se llamará eso...?" "Eso se llama "cucurucho"", contesta la dependienta, con acento centroamericano... "Eso será en tu pueblo y en el mío -le contesto- pero, ¿Y aquí...?": Cornetto, claro, son cornetti... comeremos en lugares muy variados, como un encantador restaurante bajo una higuera, en plena Roma histórica, junto a la Judería, o en una calla peatonal, al lado mismo de la Fontana di Trevi: siempre muy bien.

Aquí quedaba clara la especialidad: Filetes de bacalao...


En este caso, preferí no preguntar...





La omnipresencia de la Roma clásica -en una ciudad que incluso utiliza el anagrama SPQR, Senatus Populusque Romanus, el Senado y el Pueblo Romano, para la tapa de sus alcantarillas- y las evidentes señales de la capitalidad moderna -el majestuoso, aunque estéticamente discutible. monumento a Victor Manuel, el rey unificador- no empañan la presencia soterrada del recuerdo del régimen fascista... aquí la desfascistización no ha sido, ni de lejos tan intensa como en Alemania: no en vano en el Parlamento Italiano ha habido siempre presencia de diputados más o menos claramente fascistas, y la tumba donde descansan los restos de Mussolini, después de un periplo macabro deliciosamente italiano, está abierta al público y es objeto de visitas masivas en los días señalados... también los de la otra acera tenemos bien presente nuestros fetiches; no fui a ver San Juan de Letrán, frente al cual se alzaba la tribuna donde falleció, en pleno míting, Enrico Berlinguer, pero no hay que buscar mucho para dar con recuerdos del PCI, Il Partito, la mayor esperanza en su momento de un Comunismo democrático... y, en otro orden de cosas, sí pasé por la céntrica calle donde apareció el cadáver de Aldo Moro, junto al cual se enterraba también la esperanza del Compromiso Histórico, la infructuosa tentativa de aunar lo mejor de la tradición democristiana con el impulso popular del Comunismo, reconstruyendo la unidad de acción que, al fin y al cabo, ya se había dado en el Movimiento Partisano.




Cari compagni...!

A las dos Romas oficiales -la clásica y la capital del Estado moderno- hay que sumar, por supuesto, la Tercera Roma, el Stato della Cità del Vaticano, la mínima estructura de poder temporal que reviste la sede de la Iglesia Católica, de la cual, nominalmente, aún soy integrante... un territorio "independiente" -aunque sin fronteras, como a mí me gustan-, matrículas para los coches, sus monedas -aunque son euros-, sus sellos -aunque apenas se envíen cartas, son emisiones exclusivamente para filatélicos- ¡sus policías...! esos increíbles Guardias Suizos, cuerpo en cuyo seno se produjo un asesinato doble -o triple, ya no recuerdo- absolutamente novelesco... ahora me entero de que tienen hasta cárcel, donde pena sus errores un monseñor español con novio catalán "indepe"... y funcionarios, montones de funcionarios... el centro de Roma está lleno de curas y monjas impecablemente ataviados, guapos -y casi guapas-, recién afeitados -¿recién afeitadas?-, que van de un lado a otro cargados de maletines de ejecutivo, con ese paso apresurado de los atareados servidores públicos, aunque vayamos a tomar el café de las diez de la mañana... mientras tanto, por mi tierra, los curas tienen que negociar con la Guardia Civil para que no les controlen la alcoholemia porque, los domingos por la mañana, de tantos pueblos como cubren y tantas misas como dicen, seguro que darían positivo... ¡hasta en esto está mal repartido el Mundo, hay que joderse...! Decididamente, no es Roma lugar para recuperar la Fé Católica precisamente... aunque llegas a plantearte -como hacía un viajero- que, si después de dos mil años de intrigas, corrupción, luchas de poder, simonías varias, votos vulnerados, vicios... el montaje sigue en pie, quizás sea cierto que había algo de sobrenatural en sus orígenes...

¡Compañía, Il Papa...!


¡Que buena "mili" lleváis, colegas...!






Visita ad limina apostolorum...

Muchas más maravillas vi en Roma... y no descarto volver, por supuesto; además, lo tengo realmente fácil; como bien sabemos, todos, todos los caminos te conducen allí. Es cuestión de seguir cualquiera de ellos...


Bueno... quizás cualquiera, no...


miércoles, 2 de diciembre de 2015

"En este lugar sagrado..."

Prometí -y me prometí-, el Día Mundial del Retrete, dedicar unas breves líneas a lugar tan clave en nuestras preocupaciones cotidianas; luego, la cosa siempre se alarga... típico también de ese lugar, por cierto...

Los retretes han jugado un papel importante en mi vida; y no por los motivos obvios: como funcionario público, he vivido siempre de la rica tradición romana: casi nadie ha organizado la vida cotidiana de los occidentales después de Roma; todo lo que se ha hecho ha sido ir recuperando del olvido, limpiando y puliendo, cosas que ya habían inventado los romanos. Y no olvidemos que, para ellos, las cloacas, e incluso los retretes públicos, eran signos inequívocos de civilidad; la Ciudad, la "Civitas" romana, era el sitio donde la gente lo hacía sentado, y luego las aguas se encargaban de alejar sus consecuencias... todo lo demás era, en un primer cinturón, "ager", campo más o menos civilizado, donde sus habitantes trabajaban para vender frutas y verduras a los habitantes de la "Civitas", y más allá comenzaba el "Saltus", la selva ignota, poblada de fieras y bárbaros que cagaban en cualquier lugar y sin el menor decoro... puedo afirmar, por lo tanto, que los retretes han ocupado siempre un lugar de excepción entre mis intereses profesionales.

Y además ha sido así literalmente porque, cuando en 1977 me incorporé como Asesor Técnico al Gobierno Civil de Barcelona -estuve al servicio de tres gobernadores civiles, el último de ellos, Jorge Fernández Díaz, actual Ministro del Interior,  algún día os contaré cosas suyas...-, se me asignó, entre otras cosillas de poca monta, el cargo de Administrador del Patronato para la Vivienda Rural "José Antonio". Impresionado por el título, acudí a ver a mi antecesor, en el suntuoso piso que ocupaba en pleno Passeig de Gràcia, puerta con puerta del piso donde serían asesinados los esposos Viola, en un atentado cuyo autor intelectual, patriota local, tiene hoy, al parecer, alguna calle a su nombre... bella costumbre transversal, la de poner nombres de asesinos a las calles.

"¿Y cual es la finalidad del Patronato?"

"Dar créditos para que pongan cagaderos en las masías..." me contestó.

En efecto, créditos "blandos", término que, tratándose de la materia que nos ocupa, adquiría una especial pastosidad. Gracias a ellos, muchos habitantes de nuestro "ager" y "saltus" tuvieron su primer contacto con la porcelana sanitaria  y el depósito con cadena... muchos, aunque no todos; llegué a conocer en el Servicio Militar a un muchacho de lo más profundo del "saltus" osonenc que afirmaba que, pese a trabajar en una fábrica de productos cárnicos -supongo que bien provista de facilidades sanitarias-, cuando la ocasión le sobrevenía, salía al parking, cogía el coche, se alejaba unos centenares de metros, y obraba en el bosque, en directa comunión con la Naturaleza; era incapaz de hacerlo en otro entorno...  no os negaré que, a veces, recordando al pulcro y atildado Marqués de Estella -José Antonio, que, antes de ser fusilado, dobló cuidadosamente su abrigo inglés de pelo de camello-, y la vinculación de su Patronato con los payeses, sentados filosóficamente con los pantalones de pana sobre las espardenyes mientras leían el full parroquial, no podía contener la risa.

Cierto es que yo conocía también la situación, porque, en mi infancia, cuando llegábamos a la casa familiar de Boltaña, una de las cosas que más me sorprendía era el retrete, tabla pulida de madera, en cuyo centro una tapa circular, también de madera, daba acceso al profundo pozo del que emanaba un fortísimo olor amoniacal que te hacía lagrimear... atribuyo la persistencia de dicho sistema de evacuación más al conservadurismo de mis mayores que al estado sanitario del lugar, no en vano Boltaña, pequeña -muy pequeña- metrópolis, como capital que es, había disfrutado de alumbrado público eléctrico antes que la mismísima Barcelona. Y, sin ir más lejos, mis tíos Domingo y Guillermina vivían en una casa dotada no ya de un completísimo cuarto de baño, sino incluso de bidet, artilugio legendario de claro origen francés, desmintiendo así la teoría de que era desconocido en nuestras tierras, teoría que había dado origen a la historia -seguramente apócrifa- del escribano que, inventariando el mobiliario de una vivienda, anotaba: "Instrumento de uso desconocido, en forma de guitarra".

Y no se acabó allí mi vinculación profesional al tema, ya que, durante un periodo, desempeñé también la tarea de supervisar las Ordenanzas municipales en materia tributaria, antes de ser aprobadas -como era preceptivo entonces- por el Delegado provincial del Minsiterio de Hacienda. Existían por aquel entonces unas curiosas figuras, los Arbitrios con Fin no Fiscal, mediante los cuales se imponía una contribución a determinadas situaciones que se consideraba conveniente que los ciudadanos resolviesen por su cuenta: así, por ejemplo, se gravaban los solares sin cercar, las fachadas en mal estado de conservación... en una ocasión, por error mecanográfico, un Ayuntamiento aprobó un Arbitrio con Fin No Fiscal sobre "Fachas en mal estado de conservación": tiempo me faltó para fotocopiarla y hacerla llegar a muchos de mis compañeros, que reunían ambas condiciones: mal estado de conservación, y absolutamente fachas... "¡A partir de ahora, os van a cobrar un tributo!", les avisaba yo... pues bien; uno de dichos arbitrios recaía sobre "Retretes sin conexión al alcantarillado público", incentivando así la solución del problema: no sé si dicho Arbitrio se llegó a aplicar en Boltaña, pero lo cierto es que el retrete de la casa familiar fue sustituido por un inodoro de lo más convencional, e incluso la casa que hoy es nuestra, cuando la compramos, conservaba aún un retrete, pero convenientemente conectado al alcantarillado. Se acababa así el riesgo de lamentables accidentes, como el sufrido por una tía mía que, estando ya vestida para la bendición de la palma, el Domingo de Ramos, -me la puedo imaginar; zapatitos blancos, calcetinitos blancos...- tuvo la genial idea de intentar saltar sobre el montón de fiemo que estaban sacando de un pozo negro, con el resultado de hundirse en él casi hasta la cintura.

Por supuesto, esos arcaicos retretes de pozo no dejaban de ser una interesante innovación tecnológica; lo normal, en las aldeas, era que, al preguntar inocentemente por el excusado -como me ocurrió alguna vez-, te indicasen el camino del corral, donde pasabas un agradable rato en compañía de las gallinas que pululaban a tu alrededor... un amigo que tiene el amable detalle de leerme contaba una descacharrante historia en la que intervenían un corral, una joven maestra de la capital en sus primeras horas en Sobrarbe, y un buco, un macho cabrío... por no decir que, incluso en la casa familiar, los varones éramos muy aficionados a hacer aguas menores -sólo amparados por las tinieblas de la noche- en la galería exterior, mirando hacia el huerto, evitando, eso sí, hacerlo hacia la luna, el patio interior, actividad vetada por Tia Encarnación, la dueña de la casa, que nos advertía, a gritos... "¡No t'os espichorréis en as losas...!"

Más adelante, cuando trabajaba en la Dirección General de Administración Local, en materias relacionadas con la financiación de inversiones públicas locales, no lograba distanciarme del tema, si bien es cierto que ahora había abierto el foco de interés, pero, aquí entre nosotros, sin alejarme demasiado de la mierda... recuerdo la ocasión en que un alcalde, desesperado, me contaba su pesadilla: el núcleo antiguo de su pueblo, donde vivían los habitantes de toda la vida -y sus electores- estaba en una vaguada: por las vecinas laderas de las montañas trepaban las casas de las urbanizaciones de "forasteros"... durante la semana no había problemas pero, cuando llegaban los "forasteros" -fines de semana, vacaciones- y empezaban a usar sus casas, el sistema de alcantarillado, mal diseñado, se colapsaba, y las aguas fecales comenzaban a aflorar por los retretes del casco antiguo... "¡Si aún fuese al revés, pero que nos salga a nosotros la mierda de los forasteros..."! se lamentaba el pobre hombre.

Idéntica pesadilla, provocada también por la desdichada coincidencia ente topografía y mierda, padecía también otro alcalde no menos desesperado: "Tengo en el pueblo uno de los mayores mataderos de tocinos de Cataluña; cada día, dos o tres docenas de trailers atraviesan la carretera que cruza el pueblo y, al llegar justo al centro, giran noventa grados y encaran una fuerte subida, hacia el matadero; y entre el giro y la subida... ¿a dónde crees que va a parar la mierda de los tocinos...?"

No os extrañará, por lo tanto, que en mis viajes haya prestado siempre una especial atención a los retretes; son un atractivo más de la multiculturalidad, como, por ejemplo, puedes ver claramente en Berlín, donde frente a recintos Hig-Tech, con un cierto aire de cápsula espacial -y otro, más ominoso, de cámara de gas...- encuentras también, en zonas de mayoría turca, las adaptaciones a las abluciones manuales... Ni que decir tiene lo que disfruté en Japón, con sus avanzadísimos asientos de inodoro dotados de chorrito higiénico -dos chorritos, en realidad,; femenino y unisex- , e incluso unos efectos sonoros para evitar el desagradable sonido de inoportunas ventosidades... y, además, puedes utilizarlos sin temor a la barrera lingüística, ya que adecuados símbolos -como, por ejemplo, ese culo con surtidor debajo- te indican, sin lugar a error, lo que vas a encontrar. Por supuesto, la transformación cultural de la sociedad japonesa ha sido rápida, y aún cabe recordar a parte de su población que hay que usarlos sentándose en ellos, y no acuclillándose, como suelen hacer muchas veces en su vida cotidiana.

¡Contacto, motores, listos para despegar...!


Éste, con "Massage", sólo lo vi en una tienda...


Con chorrito, sin chorrito... para todos los gustos.


En Kenia no me resistí a fotografiar ese delicioso retrete decorado, de lo más naif... tiendes a creer que encontrarás servicios públicos en un deficiente estado de conservación pero, por , por menos en los que frecuenté -los de las gasolineras y tiendas de recuerdos para turistas- justo es decir que estaban impecables: la explicación reside en la abundancia y baratura de la mano de obra; siempre había alguien al lado encargado de su limpieza y, por supuesto, de recibir a cambio algunos centimillos, en la vieja tradición de "Madame Pipí", ese entrañable personaje -en Berlín eran, muchas veces, varones: "Herr Pipí"..- sustituido ya, en muchos países, por un anodino torno con ranura para la monedita, que ha dejado de ser "la voluntad" para pasar a transformarse en tarifa fija.



No menos interesantes eran los retretes instalados en los Parques Nacionales; tras recorrer interminables extensiones de sabana, fotografiando leones, guepardos y leopardos, no podías dejar de pensar que intentar tener unos momentos de intimidad solitaria en medio de aquellas amenazadoras hierbas altas que no sabías lo que podían ocultar, comportaba un riesgo de medio a elevado... por suerte, en lugares estratégicos -despejados, generalmente en puntos altos, de buena visibilidad- encontrabas retretes muy elementales, una simple caseta de obra, con -eso sí- una tranquilizadora puerta... una vez dentro, no existía más equipamiento que una superficie encementada en declive hacia un orificio lateral, y un cubo con agua que te permitía expulsar al exterior tu humilde contribución a la Tierra Africana... todo ello, eso sí, a salvo de cualquier riesgo.

En el otro extremo del desarrollo tecnológico de la Humanidad, me resultó sumamente interesante visitar en Toulouse, en la Ciudad del Espacio, la réplica de la Estación Espacial MIR... sin conocer aún el Sistema de Eliminación de Residuos Sólidos para su sucesora, la Estación Espacial Internacional, diseñado por mi admirado Howard Wolowitz, disfruté viendo como el ingenio soviético había resuelto el problema a base de sistemas de succión... fue una pena que la réplica, no operativa, nos impidiese experimentar su funcionamiento, pero ahí quedó la cosa...

Mucho más podría contar en relación con el tema que hoy nos ocupa... pero no quiero terminar sin recordar uno de los más bellos ejemplos que me ha sido dado contemplar: en una de las casas de Boltaña, cual garita de centinela avanzado ante el valle del Ara, oyendo el rumor de sus aguas a sus pies, ese retrete colgado, obra insigne de ingeniería, por cuyo orificio abierto al vacío sin duda sopla y silba el Viento de Puerto, cuando arrastra desde la cumbre del vecino Nabaín los primeros copos de nieve de finales del Otoño... ¿no notáis, no os digo donde, una cierta sensación de frío...?