miércoles, 8 de julio de 2015

No sé qué nombre me daríais...



Lo escribí hace bastantes años... ahora los chóbenes suben menos y llevan vidas más regulares, ya hay un nieto... pero pasado mañana subimos a Boltaña, y la cosa esa ya estará desperezándose, esperándonos...



No sé qué nombre me daríais, si pudieseis verme. Desde luego, no soy un fantasma; nada que ver con secretos trágicos, y nunca ha pasado por mi cabeza la idea de asustar a nadie. Tampoco soy un duende: tienen una clara tendencia al comportamiento juguetón y cachondo, y yo soy más bien tranquilo y apalancado. ¿Una presencia... ?; desde luego, estoy, pero eso no es decir mucho, y procuro que nadie sepa de mí, aunque siempre hay gente sensible que, sin saber exactamente qué, nota algo...

Imaginadme, mejor, como un animal doméstico: pensad en un bicho grande y peludo. Una marmota no, no jodamos; un perro lanudo, o un oso –si hay osos domésticos- que, cuando os oye abrir la puerta de casa, se abalanza sobre vosotros, os pone una pata en cada hombro, y os pasa y repasa por la cara una lengua húmeda y fresca, mientras mueve a un lado y otro, sin parar, su cola peluda. Todo eso, sin que vosotros me podáis ver, sin que tengáis conocimiento de mí.

Existo desde que la casa existe, pero he ido cambiando con ella, he ido creciendo. Igual que esas bolas de polvo que crecen en torno a un núcleo central –pongamos un cabello, que es lo más frecuente- y que acaban residiendo debajo de las camas, he acumulado, a lo largo de mi vida, partes de los que en ella habéis vivido, de las vidas de los vecinos, de las voces de los que pasan por la calle, de los pájaros, que me llenan de plumas, y hasta de los ratones.

¿Qué a qué me dedico...? Buena pregunta: podríamos decir que cuido de la casa, aunque hacéis bien en tener un seguro. La verdad es que mis éxitos son escasos; estoy muy orgulloso de haber podido evitar que se helasen las cañerías este invierno, pero durante la riada del verano,  entró agua a punta pala, ante mi impotencia. Muy útil no soy, como vigilante; lo mío es cubrir huecos, cuando no hay nadie, y, cuando estáis, hacer discretamente compañía.

Cuando comprasteis la casa, cuando Benito la arregló, cuando pasasteis horas y horas pintándola, quitando clavos, puliendo maderas... sentí que de nuevo volvía a ser útil, me di cuenta de que, una vez más, habría vida a mi alrededor. Y eso es muy importante, porque yo me alimento de la vida.

Ahora, las semanas tienen un nuevo aliciente: el jueves empiezo a ponerme nervioso, y el viernes ya no paro; subo y bajo las escaleras, moviendo la cola y haciendo crujir los maderos, con las orejas tiesas, atento, saltando ante cualquier ruido en la calle.

Luego, cuando dan las nueve en el reloj de la torre, sé que no vais a venir; busco algún rincón, me enrosco, y vuelvo a calmarme, qué remedio. Hasta la semana siguiente.

Pero llega el viernes en que, de pronto, oigo vuestros pasos y vuestras voces:  me pongo de pie de un brinco, pierdo el culo por las escaleras, y llego siempre a tiempo de saltar sobre vosotros y de pasaros la lengua por la cara. Esa es la sensación de fresco que siempre notáis, y que  creéis que es el aire de la bodega.

A partir de entonces, revivo, como revive la casa; el agua corre por las cañerías, las luces se encienden, se abren las ventanas... si hace frío, pronto se escucha el ronroneo de los calefactores, y se os oye subir y bajar, soplando bajo el peso de las maletas.

Me gusta entonces esperaros despierto cuando salís a cenar, me levanto temprano cuando vais de excursión, os veo preparar el desayuno y, horas después, llegáis hechos polvo, pero contentos por el esfuerzo. Yo soy feliz, porque os veo felices a vosotros, disfrutando de la casa.

¿Queréis hacerme más feliz aún?: encerad las maderas, pasad un buen rato leyendo, sentados en cualquier habitación y, sobre todo, Blanca, enciende cuatro leños en la estufa, y déjame notar como el humo sube hasta la chaminera.

En Semana Santa, en verano, se que estaréis más tiempo conmigo; vienen los chicos, esas mocetas que llenan el suelo de bragas, y los mocés que parecen bubones, que duermen de día y de noche no paran. Ton se apalanca en la terraza, con el libro y los prismáticos... me paso el día arriba y abajo, sin separarme de vosotros, y, cuando os vais a dormir, me siento en la puerta de vuestra habitación, por si os puedo servir de algo. Como si os pudiese servir de algo...


Luego, llega el día en que os marchais; lo noto en el recoger de ropas, en el cerrar ventanas. Me pongo de mala gana –debe ser contagioso, porque Ton jura en arameo-, y ni salgo a despediros. Pero pronto se me pasa, cuando la casa se vuelve a quedar en silencio, y empiezo a recorrer todos sus rincones, subiendo y bajando escaleras, y a contar los días hasta el próximo viernes.


Monteriggioni di Torri si corona...

Saliendo de siena, un pueblo bellísimo... y pequeño.



Si quieres dedicarte al turismo, un buen eslogan te viene como anillo al dedo: a mí siempre me han gustado mucho los de las hermosas postales, en blanco y negro, fotos de Adolfo Zerkowitz de Sobrarbe en General y Boltaña en Particular, distribuidas desde Broto por Silverio Pascual: "El Corazón del Pirineo Aragonés", para Sobrarbe, y, para Boltaña, simplemente, "Clima delicioso"...

Pero si el eslogan te lo deja hecho el mismísimo Dante... así dice,  en su Divina Comedia, que "Monteriggione di Torri si corona"...y, cuando ves su bella silueta desde el valle, no puedes dejar de pensar en qué hermosa corona mural -como la que adornaba el Escudo de la República- se ha organizado allí: tengo que preguntarle a mi suegro Sergi cómo recogió la frase su abuelo, el Marqués de Balanzó, cuando tradujo al Catalán la inmortal obra de Dante que -ya os lo adelanto-constituye una de mis numerosísimas lagunas culturales, quizás porque, en un primer intento, no conseguí encontrarle el lado cómico, si exceptuamos los chistecillos groseros y homófobos sobre Dantes y Tomantes... pero siempre se está a tiempo de dejarse llevar por el encanto de su métrica, no lo descarto en lo absoluto...

En el parking de pago, enorme y bello en su selvático entorno, nos espera la primera sorpresa: un benemérito caballero, que está ya saliendo con su coche, nos regala un tíquet con un número muy elevado de horas aún disponibles... se lo agradecemos profundamente, pero no dejo de preguntarme qué esperaba el buen hombre encontrar allí, si ya desde fuera se ve que el pueblo es bonito, pero pequeñito... cuando las primeras gotas de una lluvia largamente anunciada nos hagan marchar, hora y pico después, intentaremos pasar el tíquet a un nuevo usuario... pero nadie llega, y optamos por dejarlo, bien visible, encima de la máquina. Hemos gozado de esa solidaridad entre viajeros desconocidos en otras ocasiones -recuerdo el Puente de Berna-, y siempre es agradable comprobar que los buenos sentimientos -o el rechazo a la rapacidad municipal- persisten entre nosotros...




Monteriggione es una plaza y una calle... edificios de piedra, una pequeña iglesia, varios restaurantes y bares, tiendas de delicatessen locales y, en la calle paralela, varias hermosas casas, con aspecto de ser residencias secundarias... supongo que, a primera hora de la mañana, el primer tendero o restaurador abre las pesadas puertas de madera de la torre y, al caer la noche, el último apaga cuidadosamente el alumbrado público y las vuelve a cerrar con llave, dejándola bajo el felpudo.  Desde cualquier punto estas viendo -por dentro- sus murallas, y, en dos lugares, un andamio te permite recorrerlas por unas escasas decenas de metros, a un precio similar al que nos costará, dos días después, gozar de horas y horas de delirio estético en los Ufizzi... como somos turistas, pero no gilipollas, nos privamos de la experiencia... un cartel indica que pasa por allí la Vía Francígena, un antiguo camino de romeros -que, como su nombre indica, peregrinaban a Roma- que ya habíamos visto en Lucca: estando allí nosotros, llega un numeroso grupo de senderistas que siguen la Vía: la próxima etapa los llevará a Siena, un trayecto que, en coche, hemos hecho en unos veinte minutos,,, bastante accesible lo veo...



Por otro evento es famosa también Monteriggioine: al parecer, se rodaron aquí algunas escenas de "La Vita é Bella": hoy voy de lagunas culturales; no la he visto, y por tres motivos: Uno, mi acusada emotividad; sé que acaba mal y, si puedo, me evito sufrimientos innecesarios. Dos, ideológico: si me viese en semejante trance, le explicaría a mi hijo la situación, para que, por lo menos, pudiese morir conscientemente y con dignidad, en vez de creer que participaba en una especie de concurso televisivo de pésimo gusto... y Tres, el más inconfesable; el histrionismo de Benigni me pone mucho de los nervios... ¡lo siento!. De todas maneras, punto a favor del localizador de exteriores...

Un cartel te invita a entrar, gratis, en una exposición sobre Los Misterios de los Templarios... ¡Alto ahí!... conozco bastante sobre los Misterios de los Templarios, por lo menos, los Hechos Probados en los autos judiciales, como para, encima, entrar a verlos... no quiero ni pensar en que me obligasen a saludar a su adorado Demonio Bafometh con el infame Ósculo Negro en sus peludas y hediondas posaderas, ni que me llevasen a dar una vuelta montando dos muy juntitos en el mismo caballo, en postura más adecuada para un paseo por el Real de la Feria de Abril -o el desfile del Pride, si vamos a ver- que para una carga contra los Agarenos en Tierra Santa, ni que me ofreciesen la posibilidad de hablar con las cabezas cortadas -¡algunas de dos y tres caras!- con las que, mediante trucos nigrománticos mantenían conversaciones proféticas...ni siquiera que me enseñasen algunas de sus triquiñuelas financieras, que de ahí vino el problemilla que tuvieron... al parecer, el Rey de Francia se endeudó con ellos bastante por encima de sus posibilidades, y malmetió delante del Papa, calentándole los cascos, hasta que al Santo Varón no le quedó más remedio que acceder a sus peticiones, disolver la Orden del Temple, y mandar a la hoguera a su Maestre y muchos de sus caballeros, con la excusa de que eran blasfemos y sodomitas, magnífico sistema para reestructurar la deuda que muy bien podría utilizar Tsipras...



En vez de contemplar semejantes horrores, nos tomamos un gelatti en la terraza de un bar, disfrutando de la belleza del lugar y de la visión de los otros turistas, hasta que empiezan a caer gruesas gotas de lluvia; salimos por piernas hacia el coche, abandonamos Monteriggione, que de Torres se Corona, y nos dirigimos hacia Il Casolare; llegaremos cuando haya escampado, y aún tendré tiempo de darme un baño en la piscina, contemplando otras bellas torres, en este caso las de San Gimignano, antes de ir a cenar a La Lucciolaia... no se vive mal en la Toscana, no...







martes, 7 de julio de 2015

Siena: il Duomo

Aún quedan cosas por ver en Siena...

Una breve calle en cuesta nos conduce desde Il Campo a la Piazza del Duomo; ante nosotros, una de las más bellas catedrales de Italia, y de las pocas góticas de la Toscana; como siempre, impera el blanquísimo mármol blanco de Carrara, con franjas generalmente verde oscuro. El efecto es de limpieza y pureza, seguramente el buscado por sus constructores, y el esquema se repite hasta en pequeñas capillas que hemos ido viendo durante estos días.




Nos preguntábamos qué habría sido de la arquitectura y la escultura romana e italiana sin ese bellísimo mármol, de un blanco deslumbrante... antes de entrar en Lucca, cuando la Autostrada corre paralela al mar, vimos, a lo lejos -pero no muy lejos- las altas cimas de los Alpes de Apulia; en sus vaguadas, casi llegando hasta su base, descubro extensas manchas de un blanco muy vivo... ¿neveros, tan abajo, y en esta época del año...? Pronto cruzamos Carrara, con sus grúas-puente en los enormes parques donde se corta el mármol, y empiezo a sospechar -después lo confirmaría- que lo que he visto en esas montañas no es nieve, sino vetas, enormes vetas de blanco mármol...  llevan siglos y siglos extrayendo ese mármol, y no parece en vías de agotarse: en el Duomo de Siena lo vemos transformado en bellas formas, algunas inquietantes en las gárgolas. En la fachada, pinturas policromadas y doradas, de una clara influencia bizantina...



Tras la Catedral, y haciendo imposible contemplar su ábside, se levanta una extraña estructura del mismo mármol blanco que, a primera vista -y por la experiencia en iglesias del país Vasco y Navarra, me hace pensar en un sobredimensionadísimo frontón: nada de eso; la explicación es mucho más sencilla: en plena fase de expansión económica y demográfica de Siena, sospecharon que el Duomo -pese a sus descomunales dimensiones-, se les iba a quedar pequeño, y empezaron a construir una nueva, de la cual la antigua sería el crucero...la Peste Negra, que diezmó la población, y el auge de Florencia después, acabaron con esos delirios de grandeza... me recuerda la triste historia de la inconclusa Basílica de Santa Teresa, en Alba de Tormes, tal y como me la contó un amigo sacerdote: un obispo, de la Orden de Predicadores, un auténtico pico de oro, recorrió la Cristiandad dando sermones y recogiendo fondos para su construcción: su sucesor, poco dotado para la elocuencia, pero que se tenía por buen jugador de cartas, quiso emular a su antecesor, jugándose al subastado los dineritos que quedaban, con el trágico resultado que todos conocemos; una obra que parece una tarta cortada por el gigantesco cuchillo de un titán, a la altura, más o menos, de un tercer piso...


No todos es siena en Siena...

Contrada de L'Aquila





Detrás de la catedral, en rápidas cuestas, descubrimos algunos de los edificios más antiguos de Siena: un rótulo en una fachada proclama que estamos en la Noble Contrada de l'Aquila... por allí ganamos el camino que nos lleva fuera del Casco Histórico y hacia nuestro coche: le hacemos un feo horroroso a Santa Caterina (de Siena), Patrona de l'Italia, al ni siquiera visitar su santuario, pero es que, llegando a Siena, hemos visto sobre una colina la bella silueta de Monteriggione, y Blanca ha recordado que es uno de los lugares que le han recomendado vivamente visitar: y hacia allí nos dirigimos, bajo un cielo amenazador que nos asusta con sus primeras gotitas antes de llegar al refugio seguro de la nostra bella e brava, aunque algo abollada, macchina...




lunes, 6 de julio de 2015

Siena: il Campo

Siguen las grandes emociones: hoy, otro plato fuerte: Siena...




Siena fue, durante muchos años, la rival de Florencia por la capitalidad de la Toscana: el debate quedó zanjado, pero no deja de ser una gran ciudad, con un casco histórico impresionante: aparcamos gratis (¡Rara, muy rara avis, un parking gratuito!; no me lo creo, y doy varias vueltas buscando l'orloggietto de las narices...) en el foso de la Fortaleza Medicea, y hacia él nos encaminamos, guiados, como por un imán, por su espacio público más conocido y original: Il Campo.

La Piazza d'il Campo es un gigantesco semicírculo en acusado desnivel; su lado recto, presidido por el impresionante Palazzo Cívico, está en un plano inferior, y desde él se abre, hacia arriba y en abanico...es famosa porque allí de corre la carrera de caballos más salvaje del Mundo, Il Palio, en que los jinetes de los distintos barrios compiten por hacerse con la preciada bandera, montando a pelo y con vestimentas medievales... como es lógico, se corre por el circuito exterior, junto a las casas; como es menos lógico, el público asiste desde el centro, en el plano descendente, agrupado también por barrios, como los hinchas de fútbol en los partidos comprometidos, que son también separados por colores...



Los 17 barrios de Siena -las "Contrade"- son, todavía, el referente vital de los sieneses; incluso les conceden créditos para poner en marcha sus negocios... no me extraña que por su contrade sean capaces de jugarse en cráneo en el Palio: el trayecto está señalado por pilones de mármol de un metro de altura: como antiguo jinete, se me encoge el ombligo pensando en la posibilidad de galopar a pelo por semejante circuito, con el riesgo de salir despedido y dar con tu costillar en uno de esos piedros... llegamos tarde al primer Palio del año, que ha sido hace pocos días, y muy temprano para el segundo, que es en Agosto, pero creo que es de esos espectáculos -como los Sanfermines- que se aprecian mejor en la pantalla de tu televisor, en tu sofá, que en vivo y en directo...la imaginación calenturienta, en mi caso, aporta con creces el ambiente...



Rodean el Campo edificios de distintos portes y edades, todos ellos en los variados tonos que componen el famoso color Siena... que no es uno solo, sino una gama de tonalidades terrosas, amarillentas y rojizas... podríamos hablar de los "Colores Siena" que, por otra parte, podemos encontrar en toda la Toscana, y que Quim Nadal importó a las orillas del Onyar, en Girona, que yo siempre había conocido más grises que las furgonetas de la Policía Armada... quizás donde veremos el Siena elevado a su máxima expresión sea, precisamente, en Florencia, su rival vencedora que, sin embargo, no ha visto reconocido su nombre con la asociación a un color especial...así van las cosas de la fama...



El Palazzo Cívico impresiona, y explica bien a las claras el poder que llegaron a alcanzar aquellos ayuntamientos libres toscanos...vista su magnificencia, se entiende que les sobrasen recursos para construir también bellas catedrales, como muestra del prestigio de la Ciudad, y me hace recordar pueblos de nuestra tierra donde, junto a magníficos templos, encuentras Casas Consistoriales humildes y achaparradas... bajo la bella Loggia del Palazzo Cívico, unos jóvenes turistas, con toda la pinta de estar en viaje de Fin de Curso, mitigan su aburrimiento jugando a las cartas... entre el Síndrome de Stendhal, el arrebato estético que asaltaba a aquellos viajeros ricos que, Baedeker en mano, realizaban su "Grand Tour", y la postura displicente de estos jovenzuelos con acné, hay un profundo abismo, en cuya orilla cutre se alinean también quienes han hecho que el museo más visitado de Barcelona sea el del Barça. Me fastidia que uno de ellos tenga un balón de Rugby en la mano... yo también he jugado al Rugby, colega, y siempre alardeábamos de que era "Un deporte de bestias, jugado por caballeros", y ningún caballero va por la calle con semejante camiseta Imperio... además, aunque no sé a qué juegan, la mano del muchacho de la camiseta negra me parece más bien mierdosa... casi le aprovecharía más contemplar las hermosas estatuas que adornan la Loggia.




Dentro del Palazzo se exhibe la Alegoría del Buen y del Mal gobierno, de Lorenzetti... renuncio a visitarlo aunque, por variar, me hubiese gustado ver la Alegoría del Buen Gobierno... la del otro, me la sé de memoria, la he visto tantas veces... pero no dejo de captar un detalle curioso: en el Patio interior, una Loba romana, con sus chupópteros Rómulo y Remo succionando, tributo de la Ciudad a la "Siena Romana": una fecha en números latinos: 1940. Y, a su lado, también en números latinos, un 18... ¿sabéis qué quiere decir...? Es el mismo 1940 en años de la Era Fascista, desde la Marcha sobre Roma de Mussolini... ¿Ay, fachas picarones... creíais que no os pillaría...? Pasó la victoria aliada, setenta u ochenta años de Democracia, y nadie se ha acordado de quitar esas cosillas, Italia está llena, os pongo una foto de Roma: quien no se consuela...




Comemos ligerito, pero en una terraza en Il Campo; ya hemos decidido cenar bien en La Lucciolaia, y nos conformamos, yo, con una tabla de pecorini, y Blanca con una original ensalada que combina calamares, naranja y radiccio: para regarlo, la Birra Moretti, que nos hace más llevadero el caloret que empieza a notarse en cuanto no llueve... a dos mesas de distancia, un grupo de españolas de mi edad, e incluso más, canta, a voz en cuello, "Eres alta y delgada", ante la curiosidad benévola de los comensales y la actitud algo cohibida de sus escasos -a esas edades, predominan las viudas- maridos... reflexiono sobre las raíces profundas de los Coros y Danzas de la Sección Femenina, y lo que el Imserso ha hecho por la difusión de nuestra Cultura Popular en Europa, y me veo, dentro de algunos años, allí, haciéndoles los bajos...¡y me refiero, por supuesto, única y exclusivamente, al canto coral!




viernes, 3 de julio de 2015

Remignoli y La Lucciolaia




Il Casolare de Remignoli y La Lucciolaia, dos lugares que difícilmente olvidaremos...

Nuestra residencia en San Gimignano iba a ser Il Casolare de Remignoli, desde donde, al día siguente, bajaríamos a Siena: como os he contado, no fue fácil encontrar Il Casolare, en el endiablado dédalo de carreteras que rodean San Gimignano pero, una vez pudimos llegar, disfrutamos allí de algunas de las mejores experiencias del viaje.


Foto: Blanca de Balanzó


Habíamos seleccionado, preferentemente, residencias de turismo rural, cerca de los lugares que queríamos visitar y -capricho mío- con piscina; pensaba que ibamos a pasar mucho calor en el viaje -después tuvimos, sobre todo, lluvia-, y siempre es agradable poder descansar un rato por la tarde, dándote un baño, antes de cenar. Il Casolare cumplía perfectamente dichas condiciones; una antigua explotación agraria, a la que se llegaba por una pista no asfaltada, pero a escasos kilómetros de San Gimignano, una habitación sobria, pero confortable -y un magnífico cuarto de baño-, piscina, un porche donde pasaríamos ratos muy agradables -era donde mejor se conectaba el wi-fi- y un desayuno dentro de la tónica general del viaje: nada del otro Mundo, pero más que suficiente. La “Prima colazione” italiana tiene poco que ver con los desayunos pantagruélicos que encuentras por ahí: zumo de naranja roja, pan con salami -muy bueno siempre- y quesos más bien industrialillos, algún pastel también industrial, y unos croissants de una textura peculiar y un color amarillento, como hechos con harina de maiz, pero de gusto agradable… Alguna vecina, sin embargo, se las ingeniaba para llevarse comida suficiente para todo el día, hay gente ahorrativa…



Lo realmente espectacular era el paisaje que nos rodeaba: la zona de San Gimignano responde a lo que esperas encontrar en la Toscana: colinas suaves, muy verdes, donde se alternan cuidadas viñas con bosques frondosos, con el contrapunto siempre de los cipreses: en este caso, además, y dominando el paisaje, la silueta inconfundibe de San Gimignano, con sus múltiples y bellas torres; lo veíamos desde la piscina, y no lo veíamos también desde la ventana de nuestra habitación porque lo tapaba la copa de un cedro que estaba pidiendo a gritos una motosierra… y, por encima de todo, el olor a jazmín, que nos acompañó durante todo el viaje, y que siempre asociaremos a las tierras de la Toscana. Cuando llegamos al Casolare, en medio de una tormenta más que regular, la vista de San Gimignano era impresionante…


Foto: Blanca de Balanzó


Tras visitar la villa, se acercaba la hora de cenar, y en Il Casolare no había posibilidad de hacerlo: justo un kilómetro antes de llegar, había un corto desvío hacia una finca bastante grande, que veíamos desde el camino, “La Lucciolaia”, que se anunciaba como restaurante y venta de vinos de producción propia, pero, curiosamente, el recepcionista del Casolare nos recomendó un restaurante en la dirección opuesta, en un castillo… allí nos dirigimos por la pista sin asfaltar, entre robles centenarios -o, por lo menos muy grandes-, esperando encontrarnos en cualquier momento con un Cinghiali… lo que encontramos fue el castillo cerrado, así que no nos quedó más remedio que dar la vuelta, desandar lo andado, y dirigirnos a La Lucciolaia.



La primera sensación fue curiosa; preguntamos si podíamos cenar, y una amable señora -con la que después trabaríamos buena amistad- nos contestó que tenía que hablar con la Cocina, a ver si podían dar dos raciones más; incluso el comedor- donde ya cenaban varios grupos, algunas familias con niños- tenía un cierto aire de casa de colonias… la respuesta, afortunadamente, fue positiva, y pudimos disfrutar de una experiencia muy agradable:

La especialidad de La Lucciolaia es su producción propia de vinos; sus cenas son degustaciones de sus productos: por diez euros te ofrecían un plato, a elegir -escogimos pasta, el primer día, un delicioso rissotto el segundo-, mas un muy rico postre casero, agua y café… y varias copas de vino de sus viñas: pudimos así probar unos blancos afrutados y ligeros, y unos tintos con cuerpo y presencia, con ese sabor a vino que yo- que de vinos entiendo poco-tanto valoro y disfruto: nos acompañó durante toda la cena un gato, que se aficionó a nuestras chaquetas, y rematamos la jugada comprando algunas botellas de los vinos que más nos habían gustado.

Nos dijeron que, si queríamos repetir la noche siguiente, debíamos reservar por teléfono antes de las cinco de la tarde… así lo hicimos, y pudimos entonces cenar en la terraza exterior -el tiempo se había estabilizado bastante-, disfrutando de un bellísimo atardecer entre viñas; fuimos recibidos ya como clientes de la casa, cenamos otra vez estupendamente, e incluso nos pasamos un pelín en las catas de vinos, sin demasiada preocupación porque, como nos decían las camareras, era harto improbable que nos hiciese soplar la policía en un kilómetro de pista sin asfaltar… compramos alguna botella más, y nos despedimos de nuestras nuevas amigas prometiéndoles que, si volviamos por aquellas tierras -cosa que no descarto en lo absoluto- , pararíamos sin dudarlo ni un momento en La Lucciolaia.

Rissotto con zucchini y safrano... ¡Hummmm!

No lo había comentado pero, a lo largo de todo el viaje, cumplí con mi propósito de hablar exclusivamente Italiano; un Italiano muy malo, con muchas imprecisiones en los tiempos verbales -mucho más complicados de lo que parece- , pero más que suficiente para hacerme entender y, por supuesto, entenderlos a ellos.. lo digo porque, justamente en La Lucciolaia, un jóven camarero hacía intentos de dirigirse a mí en Inglés, que yo cortaba siempre con un “Prego, in Italiano…!” ¡Hasta por teléfono me defendía relativamente bien…! Salí con la moral muy alta después de la experiencia y, el lunes siguiente, ya en Barcelona, me sorprendí diciendo “Scusi!” a los turistas que obstruían las aceras de la Via Laietana…


Llegábamos al Casolare ya caída la noche, nos sentábamos en el porche a comunicar con nuestros hijos gracias al Wi-fi, y disfrutábamos de la experiencia más sorprendente que nos reservaba la noche toscana: “Lucciolaia” quiere decir algo relacionado con la Luciérnaga,  y, según vimos en la factura, Il Casolare pertenecía a una explotación  agraria llamada “Lucciola”, “luciérnaga”; nada mas justo porque, en la noche oscura, nos rodeaban decenas de luciérnagas, volando con sus destellos luminosos.. yo hacía tiempo que no veía luciérnagas macho, que son las que vuelan; hacía varios años había conseguido fotografiar una hembra en Sant Esteve de Palautordera, pero la increíble abundancia en aquella zona concreta nos dejó admirados… incluso salimos a dar un breve paseo por el bosque, con una linterna, y jugábamos a interponernos en el lentísimo vuelo de las luciérnagas, que siempre se apartaban antes de chocar contra nosotros, momento que aprovechábamos para enfocarlas con la linterna, y ver su decepcionante aspecto de escarabajillos no mayores que una mosca común… preferíamos apagar la luz y dejarnos rodear por la mágia de las pequeñas lucecitas intermitentes, bajo las estrellas que, luchando con las nubes, empezaban a brillar también en el cielo toscano…

Foto: Blanca de Balanzó


jueves, 2 de julio de 2015

San Gimignano.




Si os gustan los Pueblos Bonitos, si os gustan los Parques Temáticos, si os gustan los salchichones de jabalí y las espadas de madera... sin dudar, San Gimignano. Pero hay algo más, siempre hay algo más...




Salimos de Volterra y, al poco, empieza a llover; cruzamos ahora un terreno muy diferente; las montañas están cubiertas de bosques frondosos, de robles y castaños, y la carretera sube y baja, haciendo eternos los pocos kilómetros del recorrido. Toda la carretera tiene raya continua, pero eso no impide que, constantemente, me adelanten coches a velocidades ligeramente insensatas… llego a comentar con Blanca que quizás la raya continua no tiene el mismo sentido que en España, pero creo que no es así; simplemente, deben considerarlo una recomendación “Quizás sería mejor que esperases, para adelantar, a ver si viene alguien por detrás de aquella curva… ¡pero tu verás, faltaría más…!”

Nada más pasar el cartel que indica -supongo- el término municipal de San Gimignano, que imagino extensísimo, atravesamos un verde valle ocupado, casi en su totalidad, por feísimos edificios grises rodeados de alambradas, sin que falten las populares “concertinas”, o las “concertinas” populares yo ya me entiendo… Es un centro peninenciario, que imagino lleno hasta arriba de mafiosos, tan lejos de sus soleadas tierras, en aplicación de una política de dispersión. Recuerdo el tenebroso nombre popular que reciben en Italia las cárceles: “La Galera”…. se los imagina uno remando o, como se decía en nuestro Siglo de Oro, “Apaleando sardinas”… Ufff! 

Patrullando por la carretera vemos algunos vehículos de la “Polizia Penitenciaria”: me hago cruces ante la variedad de cuerpos policiales que hay en Italia: las Policías Locales, con graciosos cascos blancos de opereta, parecidos a los que se veían en Barcelona en los años cincuenta: Polizia Nazionale, la policía generalista, a la mayoría de cuyos integrantes -Montalbano, Brunetti…- conocemos como si fuesen de la familia: Carabinieri, un cuerpo policial con estructura y funciones también militares, como nuestra Guardia Civil o la Gendarmerie francesa: Guardia de Finanza: los vi un día en Roma, elegantes como embajadores en uniforme de gran gala; Polizia Stradale, que patrullan las autostradas en coche, pero con botas de montar hasta la rodilla, por el aquello de la estética… , ahora, Polizia Penitenciaria… no debe haber forma humana de coordinar algo así, seguro…

A la vuelta de una curva, ante nosotros, San Gimignano, la imagen tantas veces vista de sus murallas y sus innumerables -bueno, no tanto, pongamos que quince- torres… sigue lloviendo, y queremos encontrar Il Casolare di Remignoli, donde tenemos reservada habitación para dos noches…







Por Google Earth he localizado el lugar, realmente muy cerca de San Gimignano: incluso sé en qué SP (Strada Provinziale) se encuentra, información que sería de suma utilidad si por estas tierras tuviesen la peregrina costumbre de exhibir en lugares visibles la numeración de las carreteras, lo cual no es el caso… tienen curiosas peculiaridades en cuanto a señalización: en España, se eliminaron los árboles en los arcenes, ante la aterradora cifra de muertos que costaban tan bellas arboledas; en Italia, simplemente, colocan una señal: “Árboles en el arcén”, por si alguien no los había visto… si una rama de un árbol vuela muy baja sobre la carretera, no problem; cartelito de “Alberi fuori sagoma”, y a dejarte la baca del camper, a no ser que, por pura chiripa, sepas que “sagoma” viene a ser el gálibo, y tengas tan fresco el carnet que recuerdes qué quiere decir gálibo…

En pocas palabras: me pierdo, como suelo, y empiezo a dar vueltas, porque San Gimignano, como buena villa amurallada, se rodea en su totalidad… a la segunda vuelta, empezamos a preguntar, pero no será hasta la tercera cuando, saliendo del coche bajo un verdadero diluvio, que me deja empapado en un momento, un amable empleado de una gasolinera me informe de que estamos dando las vueltas en sentido contrario, y que, yendo hacia atrás, hay que buscar la palabra mágica, “Ulignano”, que es la aldea que está más cerca de nuestro destino, y la única que está señalizada, en una curva de cerca de 180º, eso sí…


S. Gimignano desde Il Casolare. Foto, Blanca de Balanzó


Llegamos al Casolare, se sigue cayendo el cielo y, poco rato después, escampa. Como ni un descerebrado como yo se atreve a meterse en la piscina después de semejante tormentón, propongo realizar ya la visita a San Gimignano, aprovechando la ventana meteorológica, porque ya se están levantando nuevas nubes…




¿Qué deciros de San Gimignano…? Aparcamientos de pago, hermosa villa medieval, torres por doquier, calles empedradas, casas de piedra, tiendas de salchichón de Cinghiale…todos los lectores de Asterix sabemos que el Sanglier francés, el Senglar catalán y el Cinhghiale italiano vienen del Latín “Porcus Singularis”, mientras que en Castellano -y en Aragonés-, llamamos a nuestro simpático, peludo y proliferante vecino con el nombre que le daban los conquistadores moros, Jabalí o Chabalín, el del Jebel, el monte… en Toscana hay salames de cinghiale por decenas de miles…Imagino inmensas piaras de jabalíes, como los ñus que vi en Masai Mara, cayendo bajo las armas de los cazadores, en un densísimo fuego cruzado, para, ipso facto, ser transformados en esos cortos salames toscanos…la verdad es que no los probé; cualquier sobrarbense ha comido muchas veces longaniza de jabalí, ¿verdad? Pues se los dejé a los que no lo conociesen…






La última novedad en las tiendas de recuerdos son las armas medievales -espadas, escudos, arcos, ballestas…-de madera; todas iguales en todas las villas turísticas; supongo que, en alguna lejana provincia china, hay una ciudad de tamaño mediano -pongamos tres millones de habitantes- donde enormes fábricas, creadas por antiguos cuadros del Partido, producen sin cesar armas medievales europeas con madera traída de las selvas tropicales de Borneo… “Este pedido, para dónde va, camarada encargado, para Rothemburg o para El Burgo de Osma…?” “Qué más da… todas las espadas europeas son iguales… en los escudos, pinta cruces bien gordas, y leones…” “¿No puedo pintar un panda…?” “No jodas, Wu, el panda es un animalito simpático para los europeos, solo peluches para niños…” “¡Pero si tienen muy mala leche…! A un tío mío, un panda le arrancó un brazo…” “Lo que yo te diga, Wu; leones… y deprisita, porque aún te falta medio container…” Han ocupado el nicho ecológico de las espadas de falso damasquinado de Toledo, así se evita que los niños se saquen los ojos con ellas…

Cuenta la leyenda que, en tiempos revueltos, las casas buenas levantaban torres defensivas: cuando un Señor vencía a otro, le obligaba a derruir su torre y, con las piedras, levantaba aún más la suya… ese darwinismo aplicado a la arquitectura militar redujo las más de setenta torres originales a las quince que hoy se conservan, eso sí, altísimas… lo que no queda claro es lo de las victorias y derrotas; no me imagino a los vecinos del San Gimignano medieval andando todo el día a la greña: el pueblo no es grande, y se hubiesen exterminado los unos a los otros… conociendo como conozco a los montañeses -y éstos lo son también-, se me ocurre una explicación más verosímil: en las largas veladas de invierno, se jugaban las torres al ghignotto, o como se llame lo que jueguen allí…llegaba el marido a casa, con dos copitas, y le decía a su mujer: “Recuérdame que mañana empiece a desmontar la torre, que me la ha ganado Piero di Casa Vichina…” “¡Desgraciado, mal hombre, destalentao, que te has vuelto a jugar la torre….!”




Mis amigos de facebook sabéis que, al salir, me equivoqué de puerta: en un recinto amurallado cerrado, ese no es un gran problema; lo recorres, y siempre llegarás al lugar que buscas; “¡Por aquí!”, dije asumiendo una pose de auténtico condottiero, y señalando hacia mi derecha… la cagué: el parking estaba a mi izquierda: tardamos cerca de media hora en encontrarlo…


¿San Gimignano si, o san Gimignano no…? Por supuesto, lo recomiendo; es bellísimo: un bellísimo parque temático de la Toscana medieval… pero, ¿Quién soy yo para criticarlo, si vivo en Barcelona, que cada vez es más un parque temático en torno a dos centros de interés dominantes: Gaudí y el Barça…? Lo miraba todo con cierto aire displicente, benevolente como siempre, pero no exento de cachondeo, cuando, de repente, aconteció lo que menos esperaba: a una bella loggia medieval, donde los turistas nos agolpábamos para admirar unas pinturas, empezaron a llegar señoras mayores, vestidas con batitas de estar por casa y zapatillas, que se traían la silla: en la loggia de enfrente, señores de parecida edad, con camisas de manga larga y chalecos, algunas gorras, incluso boinas… se sentaban en los bancos, y empezaban, al caer la tarde, a retomar la charla de cada día, de cada semana, desde hacía muchos, muchos años… supe entonces que San Gimignano, por debajo del parque temático, seguía vivo, me alegré enormemente por ello, y me hubiese encantado sentarme en cualquier corro a hablar con ellos de sus cosas que, estoy seguro, no diferirían mucho de las mías, de las de todos los hombres y mujeres del Mundo que, al caer la tarde, se sientan plácidamente a conversar…





miércoles, 1 de julio de 2015

Volterra, la Toscana dura.





Hay muchas Toscanas en la Toscana: en Volterra, una villa de montaña, veremos su aspecto más duro, pero no por ello menos bello...


Pasamos de largo Pisa por la Autostrada, hasta que se acaba: los carteles indican ya dirección Roma, y empiezan a verse los magníficos pinos en forma de parasol -piñoneros, diría yo- tan característicos de los paisajes romanos: pero no vamos hacia allí; nos desviamos tierra adentro y, poco a poco, entre tierras de viñedos, empezamos a ganar altura: cae un sol de justicia, los viñedos se acaban, empieza el cereal, siguen las montañas y al final, en la cresta de la más alta, el caserío amurallado de Volterra.

Es otra Toscana; no busquéis aquí la dulzura de las colinas de Lucca, ni el paisaje verde de los viñedos que pronto veremos en San Gimignano: Volterra, la vieja ciudad etrusca, se abre a un paisaje de tonos dorados, pajizos… tanto ese paisaje como sus propias casas, hoscas, rudas, de piedra parda, tienen un cierto aire familiar, no sabría decir si castellano o aragonés; las tierras que la rodean, y que preside desde su altozano, podrían ser los campos de la Alcarria vistos desde Sigüenza, o el Somontano desde Alquézar.




También está vivo el casco histórico de Volterra: es fácil verlo; basta con comprobar si hay bancos abiertos… los visitantes -que no turistas, no es muy turística Volterra- nos juntamos en sus calles con los nativos, que van a sus asuntos… la Plaza la preside el Palacio Prioral, sede de sus gobernantes, cuyos escudos campean en la fachada o en la oscura loggia interior: no parece tierra de nobles terratenientes acaudalados; más bien de familias enriquecidas con trabajos duros, quizás comerciantes de lanas… no se por qué, Volterra me huele a ganado, aunque no lo vemos por ningún sitio, tan solo en la variada oferta de quesos pecorinos.





Están muy preocupados en Volterra: una multinacional, de nombre anglosajón, cierra sus minas de sal, que daban trabajo a un buen número de obreros. No parece un lugar donde encontrar un nuevo empleo resulte cosa sencilla; en medio de uno días de vacaciones -Blanca; yo, de esos, tengo ahora todos los que quiero-, estar frente a un conflicto laboral nos devuelve a las preocupaciones del Mundo cotidiano; ¡vi tantos en los tiempos en que me dedicaba a esas cosas, y nunca me acostumbré a ser testigo, la mayoría de las veces, impotente, de la angustia de quienes no saben con qué mantendrán a su familia la semana siguiente…! les deseo suerte a los compañeros de las minas, sabiendo que, si una multinacional quiere cerrar, ya te puedes poner como te pongas.



Como aprieta el sol, aunque ya empiezan a verse nubes, comemos en el interior de un restaurante que nos parece frecuentado por gentes del lugar; acertamos de lleno: otra vez pasta, pero distinta de las anteriores… Mussolini, que era de la Romagna, tierra ya abierta a la polenta padana, detestaba la pasta; decía que hacía a los italianos pacíficos y culones, en vez de los héroes atléticos que ambicionaba para conquistar Etiopía… o Guadalajara; no le voy yo a discutir el tema, pero la verdad es que la pasta, en todas sus formas y manifestaciones, siempre que no esté bañada en infecto pomodoro, me gusta mucho, soy pacífico, y lucho para mantener mi culo dentro de proporciones aceptables… y, por supuesto, jamás se me ocurriría ir a conquistar Etiopía, pongo por caso…



Salimos de Volterra por sus calles tortuosas, entre casas fuertes y alguna tienda de salchichones de jabalí… nos dirigimos a San Gimignano, la segunda base de esta visita nuestra a la Toscana; nos aguardan sorpresas…