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lunes, 4 de febrero de 2019

Carvalho, Zanón, o el arte de dar faisán por liebre...

Acabado anteayer "Carvalho problemas de identidad", de Carlos Zanón, ahí va una primera opinión...


El derecho del autor sobre su personaje -un problema metafísico, mucho más allá de las cuestiones de propiedad intelectual- es uno de los grandes temas de la Literatura de todos los tiempos, y no hay más que ver el rebote de Cervantes contra Avellaneda, que le costó a Aragón que El Quijote viajase a Barcelona sin pasar por Zaragoza... si muchos teníamos expuesto al lado de la maceta del potus aquel poema de Kalil Gibran, "Tus hijos no son tus hijos, son hijos e hijas de la Vida...", calculad cuando esos hijos andan sueltos por el Mundo a caballo de miles y miles -cuantos mal miles mejor- de copias impresas, o digitalizadas y diligentemente pirateadas, y cualquiera puede apropiarse de ellos mediante un bolígrafo o el teclado de un ordenador... además, hay personajes que mueren de muerte prevista, pero, en otros casos, lo hacen en plena juventud, pletórico de facultades y con mucha vida por delante, cuando desaparece, por el motivo que sea, su autor...  ese fue el caso de Carvalho, parte de la biografía sentimental de muchos, muchos de nosotros, y era cuestión de tiempo que cualquier, iba a decir desaprensivo, se atreviese a transformarlo en "revenant"... incluso yo, muy humildemente, me acuso de haberle hecho hacer un breve cameo -que no creo que llegase  ni a pecado venial- en uno de mis cuentos de El Oso, posiblemente el más salvaje e impresentable y que, por eso -no por el cameo- sólo ha visto la luz en círculos muy íntimos.

Por ese motivo era lógica la decisión de herederos de Manuel Vázquez Montalbán de tomar el toro por los cuernos y asumir el riesgo de patrocinar una resurrección controlada de Carvalho, un Carvalho que sólo había muerto por la muerte de su autor -aunque, premonitoriamente, ya en su última aventura era un Carvalho plenamente crepuscular-  y el riesgo se multiplicaba al encargar el asunto a un escritor de la talla de un Carlos Zanón, porque podían esperarse perfectamente las dos cosas que han sucedido: a) que del experimento saliese una magnífica novela y, b) que esa novela sea una novela de Carlos Zanón...

Con Carlos Zanón me une una relación curiosa: es un chico de mi barrio barcelonés -habremos vivido a menos de 500 metros-, pero no de mi tiempo; es mucho más joven que yo... por lo tanto, hemos conocido realidades distintas, porque ni mi barrio era el de Zanón, ni el de ahora es el suyo ni el mío... la primera novela suya que leí -"No llames a casa", ya hablaremos de ella- me deslumbró, recomiendo sus páginas finales a cualquier buen amante de la Novela negra-, todas las restantes me han gustado, e incluso he osado a cruzar unas palabras con él -en "Negra y Criminal, ¿dónde, si no...?-, cosa rarísima en mí, que me atrevo a hablar con cualquiera, salvo con los escritores que me gustan; ante gente superior, me corto mucho: no conseguí decirle nada a Vázquez Montalbán después de tragarnos un mítin entero-hablaba hasta Pasionaria- sentados codo con codo... quiere eso decir que me tenía ganado antes de abrir el libro... quiere eso decir que me extrañó que las primeras páginas se me hiciesen durillas, y quiere eso decir que no me extrañó en lo absoluto que muy pronto entrase de cuatro patas en su juego, me dejase envolver por su encanto, y disfrutase hasta el punto... ¿final...?

Porque la clave de éste Carvalho es, curiosamente, olvidarse de Carvalho: nunca me creí del todo el Carvalho de Vázquez Montalbán, ni creo que él pretendiese que lo creyeramos: Carvalho era él, Manolo, y su pretexto para meter a saco el bisturí del análisis marxista -como lo compartía y éramos camaradas, eso no me preocupaba lo más mínimo, al contrario- en una Sociedad en la que los dos -y muchos más, por supuesto- vivíamos, y ante la cual reaccionábamos de maneras parecidas, aunque Manolo lo hiciese desde unos supuestos éticos y estéticos -entre los que destacaban la Copla, el Barça y el pa  amb tomàquet- a cuyo encanto soy completamente ajeno... éste Calvalho, mucho más complicado, curiosamente, me resulta mucho más real, quizás por eso mismo: es el resultado de un juego de espejos: el Autor conoció al Carvalho real, lo encerró en sus novelas, el ser real se resistió -¡llegó incluso a cambiarse temporalmente el nombre!- aunque con poca resolución -no consta que interpusiese ningún procedimiento judicial contra Manolo-, Carvalho ha quedado desamparado ante la muerte del Autor, forzado a ser el único Carvalho realmente existente... y, paradójicamente -¿o no...?- llega a echar de menos al Autor-Secuestrador, en aquellos momentos en que cree que su Calvalho ficticio -y, como tal, menos complejo- resolvería mejor sus problemas que el Carvalho real de carne y hueso... que, como todos sabemos, es tan ficticio como el otro... ¿Os parece complicado...? ¡Pues anda que la vida...!

Como si no bastasen los problemas de identidad, esto, chavales, es una novela negra, y tiene que haber trama de novela negra.... de hecho, hay varias: una trama de cuernos mal llevados y amor prácticamente imposible, con alguna tangencial relación con la política, y un final "Eyes Wide Shut", cómo nos gusta Kubrick a quienes nos gusta..., una trama sórdida de pobres prostitutas asesinadas en lugares inhóspitos y cutres, y con un "malo" cuyo apodo requiere una cierta dosis de valor en la Cataluña de hoy, y una, más compleja aún, donde se combinan dos "hits" de la Crónica Negra barcelonesa de los últimos años con una autoreferencia al protagonista de "No llames a casa", que ha ahondado en su personalidad criminal, meramente utilitaria en la primera, con ciertas dosis de desequilibrio psíquico en esta nueva aparición...

Una novela situada en la Cataluña de hoy, y que se reclama -aunque sea en la forma en que lo hace- del espíritu de Carvalho, no podía dejar de abordar el Tema. y ahí el asunto se complica: porque todos daríamos algún órgano par y prescindible por saber qué opinaría Vázquez Montalbán de lo que está pasando, porque tenemos una cierta idea de qué opinan Herederos de Manuel Vázquez Montalbán -es público-, y porque también tenemos serias sospechas de cual es la opinión de Carlos Zanón... visto lo visto,  no es de extrañar que el Tema -hay varias aproximaciones fugaces anteriores- no quede sobre la mesa hasta la penúltima página, cuando el Detective y el Abogado Subirats, hasta el culo los dos de Ardbeg -es un Malt, supongo que caro, intentaré probarlo- hablan abiertamente de ello, evocando un Ulster entre católicos, cosas más raras se han visto, y queda provisionalmente resuelto, precisamente, entre los vapores etílicos, ya sabéis aquello de la "Exaltación de la Amistad"... "Yo quiero la Independencia, Pepe, pero si es a costa de que no seamos amigos, renuncio a ella..." exactamente lo que nos gustaría oír a muchos. A muchos millones, quiero decir, pero no nos lo dicen, ¡cachis...!

Voy a hacer una cosa poco frecuente en mí: ni hoy ni mañana, pero releeré el libro. Y os invito a leerlo a los que no lo hayáis hecho aún, y que contéis sin reparos vuestras impresiones... el título que le he dado a esta breve primera impresión resume mi opinión: Zanón nos da faisán por liebre: esperábamos un sabor recio, directo -la liebre, que sabe a persecuciones a campo abierto, a tomillo y romero- y nos encontramos algo mucho más aromático -aunque no todos los olores sean buenos-, más matizado, con ese inconfundible aroma a final, o a algo ya finalizado hace tiempo, la "podredumbre noble", que en las anteriores novelas de Carvalho estaba en el ambiente, pero no en su aparato digestivo... Pepe está malito: lo que tiene no me da buena espina, para mí que es cáncer, de ésta no lo sacan Zanón y Herederos si no es mediante intervención quirúrgica, tratamiento de radio y quimio -o la inmunoterapia que tan de moda está- o, alternativamente, viaje a Lourdes... porque Carlos Zanón, y eso es curioso en él, al que le gusta jodernos bien jodidos, nos hace un regalo imprevisto: una última palabra, un atisbo de esperanza...










miércoles, 18 de octubre de 2017

¡Taxi, taxi...!

Por circunstancias de la vida, leo las últimas páginas de una novela profundamente barcelonesa durante una breve estancia en Madrid...siempre viene bien una cierta distancia emocional para esas cosas...

No es ningún secreto mi preferencia por la obra de Carlos Zanón, no confundir con Carlos Ruiz Zafón, cuya obra no menosprecio, pero no sigo... esperaba su última novela, Taxi y, como cabía suponer, no me ha defraudado...

Me unen a Zanón afinidades digamos geográficas, y me separan años y experiencias: nos hemos movido por las mismas calles, con algo más de quince años de diferencia, ese microcosmos que tiene por eje la Avenida Virgen de Montserrat (ahora Mare de Déu de), ¡Jose, el prota, vivía en casa de sus padres en la Calle Arco Iris, cuántos, qué pocos la conoceremos...! Pero esos años de diferencia, y unas preferencias musicales muy distintas, nos sitúan en realidades paralelas... bueno, no tan paralelas... yo más bien en el primer Dylan, Paco Ibáñez y los cantautores de aquí, él en sus Clash, que escucho en éste momento, como homenaje a su "Sandinista!"... yo, que estuve a un paso de irme a Nicaragua, Sandinista de verdad, cooperante con AK en los momentos más duros de la "Contra"... también hay en su obra -y en ésta, con cierto protagonismo- referencias a la química recreativa que diezmó su generación, y de la cual me mantuve siempre al margen, dejando aparte cuatro porretes... pero nuestros pies han pisado la misma ciudad, la hemos amado, cada uno a su manera...

He ido leyendo criticas de su novela, sumamente elogiosas... como no podía ser de otra manera, todos hemos captado el evidente vínculo con la Odisea, descubriendo que, después de Homero -que igual ni siquiera existió-, poco más se ha escrito de nuevo sobre un personaje que afronta pruebas y más pruebas en un largo camino de vuelta a casa, aunque este Ulises no tenga malditas las ganas de volver a ver a su Penélope, folle mucho por el camino, Polifemo lo ponga a gusto -aunque él se vengue hundiéndole su cueva-, y su Telémaca con pecas solo se deja ver, lejana e improbable, al final...

Pero hay otro elemento en esta obra que salta a la vista de los iniciados: la atraviesa un profundo impulso pijoapartesco: Pijoaparte es el improbable apodo de un personaje de Juan Marsé, arquetipo del charnego desclasado que busca su lugar al sol en la sociedad -alta o media- catalana de Cataluña a través de una nativa, Pocahontas sin mazorcas ni pavos silvestres, pero sí con tortells de nata los domingos... esa pulsión que todos los charnegos de ley hemos sentido, en vano, vana como todas las fantasías, y que hoy tan bien ejemplariza ese diputado guapito de cara y de boquita de piñón, de tuit fácil, sueño húmedo de tantas jóvenes indepes, ninguna de las cuales osaría llevarlo a casa de su abuela, el día de Sant Esteve, a comer los canelones, por miedo a que se llevase las cucharillas de plata en el bolsillo de los tejanos de pitillo... Jose, que demuestra ser de buen diente en sus relaciones sentimentales -por llamarlas de alguna forma, aunque el él hasta lo más epidérmico tiene un hondo contenido sentimental- se rinde ante Llámamenat, su sueño de algo más allá, más allá de su realidad, y de ella le viene la más profunda decepción, esas decepciones que sólo pueden proporcionarnos las cosas que, por un momento nos han parecido al alcance, y luego se alejan... Zanón está inmerso en la tarea de dar continuidad a las obras detectivescas de Vázquez Montalbán; imaginaos con qué ganas estoy esperando ver el resultado de esa tarea, y creo -vamos, estoy seguro- que hay algunas cosas carvallescas en Jose... Carvalho, ese pijoaparte de manual...

Hay en la obra un cameo de Jesús, que, por momentos, recuerda al Jesús en el que todos estáis pensando. Y hay un momento terrible en que parece que una vena de la peor violencia, la que se ejerce sobre los inocentes, va a hacer su aparición... "¡No, otro "no llames a casa", no...!" casi gritas... pero la madre -Jose es un Ulises con madre, una madre de tupper, de esas que te amarran a la realidad- resuelve airosamente la situación, y respiras... ni siquiera Llámamenat se merece eso...

Tiene, por último, la novela uno de los finales más abiertos que recuerdo, uno de esos finales que están pidiendo a voces una continuación... una jugarreta del Destino ha roto el vínculo de Jose con su vida anterior: si Musil escribiese su obra ahora la llamaría "El Hombre sin Móvil", y lo dejamos, en dirección al Norte brumoso, en la compañía más sugerente -por la moza- e inquietante-por el mozo- que podamos imaginar, garantía de que sus problemas no sólo no han acabado, sino que acaban de empezar, y ya puedes apostar que nunca alcanzará ese reposo en las verdes praderas de la Bretagne... deja detrás cosas que, algún día, deberá resolver, una búsqueda que, sin duda, tendrá que afrontar, una madre de tupper... ¡porfa, Carlos, no nos dejes así...!

PD: el cabrón con pintas que hay en mí no puede desperdiciar la oportunidad de no pasarle una ni siquiera a Zanón: página 15: "apretando un poco demasiado el embrague": imposible; el Prius es automático... me lo confirma un taxista que conduce uno, un joven educado y leído; le recomiendo "Taxi"... si te he ganado otro "fan" -que seguro, si me hace caso- me perdonarás esta pequeña maldad...












jueves, 27 de abril de 2017

Derecho Natural

Una magnífica obra de Ignacio Martínez de Pisón me despierta recuerdos...

De las cuatro asignaturas que constituían el programa del Primer Curso de la Licenciatura de Derecho en la Universidad de Barcelona, en los felices y ya lejanos años Sesenta del Siglo Pasado, el Derecho Natural era, con mucho, la más fácilmente superable; la impartía un catedrático de la vieja escuela, ya entrado en años y bastante duro de oído, cosas ambas que, en aquella época, consideraba yo como lejanas y ajenas a mi trayectoria vital, infeliz de mí... Don Enrique Luño Peña, aragonés, era amigo de dar facilidades a los alumnos, y ofrecía la posibilidad de superar la asignatura mediante varios exámenes parciales orales, donde, a decir de los informados, mientras desgranases latinajos en voz poco audible, tus posibilidades de aprobar eran altas...

Pero yo estudiaba, a la vez, Derecho y Ciencias Económicas, cosa que simultaneaba con trabajillos varios y, la verdad, no iba muy sobrado de tiempo; así que decidí prescindir de los exámenes orales, y jugármelo todo a la carta de un examen final; el temario no era complicado, pero el riesgo existía; el Primer Curso era "Selectivo", es decir, tenías que aprobar las cuatro asignaturas si aspirabas a matricularte en Segundo.

Me presenté al examen, conocía bien los temas que me tocaron y creí haberlo superado: pero, al recoger la papeleta conjunta con las notas de las cuatro asignaturas del curso, en la casilla correspondiente a Derecho Natural figuraba un "No Presentado" y, por lo tanto, había sus suspendido el Curso Selectivo.

Todo eso sucedía un viernes, a últimas horas de la tarde: en la Secretaría de la Facultad, ante mi desesperación -yo hubiese podido acepta un "Suspenso", pero en modo alguno un "No presentado", porque, por lo menos, era innegable que me había presentado- me facilitaron el teléfono particular del catedrático.

Conseguí localizarlo en su domicilio, ya de noche: escuchó atentamente mis explicaciones, y me citó en su despacho de la Caixa de Pensions, de la que era Director General o Presidente, no recuerdo, "a primera hora de mañana"... "¿Mañana, sábado....?" pregunté, incrédulo... "Si, mañana sábado", respondió...

Sin querer forzar mucho la máquina, me presenté en su despacho de la Via Laietana, en un impresionante edificio neogótico, a eso de las nueve y media... me esperaba con mi examen sobre la mesa, Corregido y puntuado con un notable bajo, pero notable... me pidió humildemente disculpas; el ejercicio había quedado, dividido en dos, en sobres distintos, entregados a dos profesores diferentes, y, el uno por el otro, ninguno lo había corregido; lo habían buscado, se lo habían hecho llegar a su casa, y él, personalmente, lo había corregido: "Vaya ahora mismo a la Facultad; le están esperando en Secretaría... su papeleta está corregida, ha superado Vd. el Curso Selectivo..."

Alucinando ante tal despliegue de eficiencia en día semifestivo, tan impensable en un hombre mayor, sordo y -entonces me di cuenta- con serios problemas de vista, me deshice en muestras de agradecimiento, que cortó en forma absolutamente iusnaturalista; "¡Por favor, no he hecho más que cumplir con mi obligación hacia un alumno..!"

¿Y cómo pagué aquel despliegue de inusitada eficacia administrativa...? Con la más negra ingratitud hacia la Cátedra; al año siguiente el Doctor Luño se jubiló, y asumió sus funciones otro profesor del Departamento, sobrino suyo, al que todos llamábamos, inevitablemente, "Luñito"; a su primera clase asistieron sus alumnos de Primero y, camuflados más o menos entre ellos, numerosísimos ociosos de cursos superiores, ansiosos de ver cómo resolvía la situación el novato...

Empezó su lección con los nervios que se le suponían, que trataba de superar con una actitud ampulosa y doctoral, ligeramente sobreactuada, pero todos los que hemos pasado por esas experiencias lo entendemos perfectamente... miró al aula repleta, y comenzó: "El Derecho Natural nos recuerda aquel viejo apólogo hindú de unos ciegos que se acercaron a un elefante: uno de ellos, pasando sus manos por el vientre, dijo: "¡Es una pared!": otro, tocando una de sus recias piernas, dijo: "¡Es el tronco de un árbol...!"

Y en aquel momento, entre los que se agolpaban al final del aula, un desaprensivo dijo, en voz bastante audible, si se considera que todo el mundo se queja de que hablo bajito: "Y otro, palpándole los coj...., dijo; "¡Es un cocotero!"

Amparados en la risotada general, un grupito, que ya habíamos tenido bastante diversión, salimos en tromba del aula, y nos dirigimos al bar, a celebrar la jugada...

¿Y a qué viene todo esto...? Viene a que, si alguien me hubiese aconsejado un libro sobre la infancia y juventud de un señor que aspira a convertirse en profesor de Derecho Natural, seguramente le habría agradecido educadamente la recomendación, pero no creo que la hubiese seguido; por suerte, el planteamiento era distinto; Conchita, mi bibliotecaria favorita, no tuvo más que decirme: "Tengo la última de Ignacio Martínez de Pisón": y con eso bastaba y sobraba: yo no me pierdo una de Martínez de Pisón, ni aunqe el tema sea la vocación por el Derecho Natural... Que, naturalmente, no es el caso.

Ni he comido riñones en Dublín -por limpios que estén, siempre me saben a pipí-, ni he departido amablemente con Madame de Guermantes en un salón parisino, carencias que no me han impedido disfrutar de Joyce y de Proust: Ignacio Martínez de Pisón lo tiene más fácil conmigo: me arrastra por lugares que conozco, casi palmo a palmo, muy especialmente en esta ocasión, y a través de tiempos que he vivido; me acerca a personas que he conocido, a gentes con las que he podido cruzarme veces y veces en el Metro -¡En la Avenida de la Luz...!- a dramas que he visto muy de cerca -a veces, demasiado de cerca...- y, lo que es mejor -o peor, vaya Vd. a saber-, a sentimientos que he compartido... hay un tema recurrente en sus novelas; la vida familiar, ese subconjunto apasionante de la interacción humana, donde se crean los lazos más fuertes, y se abren también las heridas más hondas... no sé nada de su vida, ni lo conozco, -aunque no nos falten amigos comunes, cosa normal, viviendo en una ciudad pequeña, se diga lo que se diga-, pero tengo la sensación de que nuestros pasos se han cruzado muchas veces, y reconozco muchas veces también mi mirada en su mirada... y le deseo, de todo corazón, que esa mirada crítica y lúcida, acerada como un bisturí, pero también, y al mismo tiempo, tierna, humana, próxima... proceda exclusivamente, con las mínimas gotas de experiencia personal, de su capacidad para captar la esencia de los sentimientos ajenos, de su habilidad para situarse en el lugar del otro, cualquiera que sea la circunstancia,  de su maestría para navegar por el  Océano sin límites de la Ficción...


jueves, 12 de enero de 2017

Resurrección

Vaya por delante que no soy, en lo absoluto, partidario de las resurrecciones: de entre los numerosos aspectos positivos de la Muerte, yo destacaría dos: su absoluta e igualitaria radicalidad democrática -todos nos morimos, o nos moriremos, podéis estar seguros- y su carácter de experiencia irrepetible: solo se muere una vez, y, por si hacía falta, así nos lo recuerda el Credo Legionario: si empezamos con excepciones, favoritismos y letra pequeña, la cosa pierde buena parte de su atractivo...

Pero es que, además, no le veo ninguna ventaja práctica a la resurrección: recuerdo que Saramago -muerto y no resucitado- le reprochaba a Jesucristo la resurrección de Lázaro, ya que, en su opinión, ningún ser humano -y menos el pobre Lázaro, del cual no hay en los Evangelios ninguna referencia negativa- merecía el castigo de pasar dos veces por el trance de la Muerte... por no hablar de los aspectos jurídicos y patrimoniales del tema, escalofríos entran... vamos, que no, que no me gustan las resurrecciones, y así lo recordaba hace pocos días en el Feis cuando comentaba, con horror, la posibilidad de que dos famosos cadáveres políticos estuviesen, con cierto disimulo, removiendo la losa de su sepulcro: uno, ya os lo adelanto, es José María Aznar: del otro, ni me atrevo a poner el nombre, dada su merecidísima fama de gafe, de jettatore, pero os ofrezco como pista que lleva el nombre de un rey legendario, y se apellida como un signo aritmético, no digo más...

Sin embargo, leo esta mañana que Carlos Zanón ha iniciado la recuperación para el Mundo de los Vivos Lectores de Pepe Carvalho, y mi opinión cambia por completo...

En primer lugar, Pepe Carvalho, el detective que, de la mano de Manolo Vázquez Montalbán recorrió con su mirada triste y crítica la larga transición de la Barcelona del inmediato postfranquismo a la cosa ésta de ahora, es un personaje potente, próximo, inolvidable, que, como se solía decir, no debería haberse muerto nunca... por supuesto, la temprana e imprevista desaparición de su creador -¡En el aeropuerto de Bangkok, toma escenario inesperado...!- aceleró el proceso, pero ya el último Carvalho mostraba signos evidentes de decadencia, de fin de ciclo, con una Charo retirada de sus actividades habituales -o. por decirlo de otra manera, sometida a un régimen de dedicación exclusiva-, un Bromuro fallecido y un Biscuter entregado profesionalmente a su pasión culinaria... ¿Presintió Manolo su propia muerte, y quiso ir rompiendo, poco a poco, los lazos de Pepe con la vida...? si el propio Flaubert reconocía que Madame Bovary era él mismo, nadie dudaba de la profunda identidad entre Manolo y Pepe que, por lo menos, no requería ninguna operación quirúrgica ni tratamiento hormonal.

Nos han faltado los dos, Manolo y Pepe, y muchas veces, a lo largo de los años transcurridos, he elevado mis oraciones laicas pidiendo su resurrección... Manolo nos ha faltado, sobre todo, a sus compañeros de partido y de ilusiones -me atrevería a decir que, sobre todo, de desilusiones-, que daríamos lo que fuese por escuchar su voz, baja y ronca, de persona profundamente tímida desde la fortaleza de su inteligencia, comentando los acontecimientos actuales en este rincón de Mundo, sin caer en las suposiciones sobre sus hipotéticos posicionamientos que la han atribuido personas muy próximas a él, pero distintas, como todos somos distintos de los demás... y Pepe nos falta, además, a muchísimos más, acostumbrados a ver cómo el bisturí de su mirada irónica y, curiosamente, también compasiva, abría en canal los abcesos de una Sociedad mediocre e hipócrita, la nuestra... Incluso yo, en mi modestia, caí en la tentación de ofrecerle a Pepe un breve cameo en uno de mis cuentos del Oso, el más circunstancial, salvaje e impublicable de todos... Pepe se merece, los Carvalhistas todos nos merecemos, su vuelta a la Vida, aunque sea una vuelta a las miserias y los desengaños, pero también a algún platillo delicioso, algún Malta sumamente potable, y algún polvo furtivo, inesperado y jubiloso, esas alegrías que, generosa al fin y al cabo, muchas veces nos ofrece la Vida, y con las que difícilmente podrá competir la densa calma de la Muerte.

Pero es que, además, Carlos Zanón me parece admirablemente dotado para llevar adelante esta operación: hay en él una mirada sobre la Sociedad suficientemente aguda para descubrirla desnuda, sin ilusorios disfraces, cruda tal como es... es también poeta, como Manolo, pero quizás ahí se acaban las semejanzas entre el maduro, miope, calvo y reflexivo intelectual, perdidas ya las ilusiones colectivas, e incluso quizás las individuales, y el hombre mucho más joven, con mucha más energía -esa es la impresión que de él saqué, la única vez que hablamos-, que posiblemente nunca se ha hecho demasiadas ilusiones, ni históricas, ni de las otras,  pero que se sabe afortunado por haber cruzado aguas sumamente revueltas, donde tantos y tantos han naufragado, y haber llegado a la otra orilla en buen estado, y disfrutar ahora de la serenidad que le permite mirar hacia atrás y ver, desde un lugar seguro -o eso, por lo menos, le deseo- pozos, trampas y arrecifes... su Carvalho no será el Carvalho Montalbán, ni falta que le hará, seguramente, pero será, y si no, al tiempo, otro Carvalho eterno e imprescindible.

Una sola cosa me preocupa: no puedo ver a Carlos Zanón separado de nuestro común Guinardó natal: hay entre nosotros una generación de diferencia, nuestras calles son las mismas -bueno, con nombres catalanizados: Varsovia- Varsòvia.... pero... ¡cómo habían cambiado...! Aún acerté a ver bares de camareras -como el eterno Marlène, con su incongruente casco prusiano de la Primera Guerra Mundial, nada que ver con los mucho más prácticos de la Segunda-, pero no el denso ambientillo y los personajes tempranamente derrotados por una Historia demasiado rápida y el brutal impacto del desembarco de la Química Recreativa que Carlos nos retrata... pero aún así, cada vez que voy a ver a mi madre, paso, con un estremecimiento, por la entrada del pasaje que un papel tan importante juega en una de sus novelas, quizás la más turbadora de todas ellas, y la que me "colgó" definitivamente de su autor.

Le propongo a Carlos Zanón un sencillo giro argumental: Pepe ha perdido su "torre" de Vallvidrera; la anciana propietaria que se la alquilaba por un precio razonable ha fallecido, y sus ávidos herederos se la han vendido a un "Fondo Buitre" que, rápidamente, y mediante novedosas tácticas de "mobbing" inmobiliario, han conseguido expulsarlo, para construir en ella un hotelito "con encanto": con sus ahorros, y contando con la generosa pensión que aún recibe de la CIA, ha comprado un pequeño sobreático en, digamos, la Fuente Fargas, la Font d'en Fargas, no le hagamos perder demasiado status, es un sitio que está muy bien, pero a pocos minutos andando de la Avinguda de la Mare de Dèu de Montserrat. Desde allí sigue teniendo a sus pies Barcelona, pero una Barcelona diferente: ya no es el Sarriá exmenestral y bienestante, de poéticas y deliciosas confiterías, el Sant Gervasi de damas de lencería negra fina, que tanto le ponían a Pepe -y a Manolo-, y, al fondo y hasta el mar, el ordenado damero del Eixample, roto al final por el caos medieval y multicultural del Casc Antic: ahora verá desde su terracita con geranios el Carmelo, de baterías antiaéreas y antifascistas y derrumbamientos chapuceros y tresporcientistas, nido de nouvinguts que ya no son nuevos, el Turó de la Peira, Verdún, Horta, sus casitas de veraneantes barceloneses rodeadas de ladrillos desarrollistas, la Meridiana, la Verneda, el Barri del Besos, las Tres Chimeneas del Chernóbil barcelonés, que nadie sabe bien qué hacer con ellas, Santa Coloma, la Santaco cada día más oriental, Badalona, Sant Adriá, con su Ciudad de los Gitanos aún no cantada por un nuevo Lorca... una Barcelona no menos viva, sino al contrario, no menos auténtica, sino al contrario... se acomodará en su Sillón Poang -la pensión de la CIA da para Ikea, pero poco más-, encenderá su chimenea de piedra artificial Leiro, y arrojará a las llamas, como en una pira hindú, como en un funeral vikingo -seguro que empezará por ahí- algún buen libro de Vázquez Montalbán...







lunes, 5 de diciembre de 2016

De Ceferino a Marcel...

Lector vicioso, que no ejemplar, tengo mis manías, como todos... una de ellas, los nombres de los personajes...

En efecto, los nombres de los personajes que aparecen en una novela pueden jugar sobre mí un particular efecto negativo; si el nombre me resulta chocante, inadecuado, tiendo a distanciarme, a no entrar plenamente en la trama... un nombre que chirríe resulta para mí absolutamente anafrodisíaco, no sé si me explico, vamos, que no... y puede ser por varios motivos: un nombre de personaje no puede ser premonitorio, no puede ser un "spoiler": si la protagonista lo va a pasar mal, francamente mal, no se debe llamar Angustias ni Dolores; la que más se acerca, la Colometa "Palomita" de "La Plaça del Diamant", que ya desde el principio sabes que acabará prácticamente desplumada... tampoco un futuro marido engañado debe llamarse Cornelio -¿Os imagináis, Monsieur Bovary...?- los nombres y apellidos deben ser realistas, no digo yo que tomados del Listín Telefónico -caso de que aún exista, hace tiempo que no veo ninguno-, pero no deben chocar innecesariamente; llevo años siguiendo fielmente la carrera de un suboficial de la Guardia Civil llamado Bevilacqua, que fuerza a su autor a explicar, en cada novela, la existencia de un padre uruguayo desentendido de su esposa e hijo, con la de tinta que se habría ahorrado llamándolo López, pongo por caso... mi situación de incomodidad llega al colmo cuando algún autor extranjero incorpora algún personaje hispano o español con nombres y apellidos auténticamente ridículos e improbables...

Si vamos a ver, tengo un cierto desencuentro con Cervantes ni más ni menos que por el nombre de Don Quijote... posiblemente no sospechó que la fama de su obra superaría, de lejos, la época en que se conservaba un recuerdo de los nombres de las piezas de las antiguas armaduras, pero... ¿quijote...?; mal empezamos si, a la primera página, nota aclaratoria... podría haberlo llamado "Don Yelmo", que aún mucha gente sabe lo que es, "Don Casco" "Don Peto", "Don Espaldar"... o, más abajo de los quijotes, "Don Espinilleras", nombres todos que, en diversas variedades y materiales high-tech, aún siguen usando deportistas y policías antidisturbios... pero fue a bautizarlo con una de las piezas que antes han pasado al olvido... acertó, eso sí, con Sancho Panza, al que sólo falta añadirle el adjetivo "Cervecera" para considerarlo plenamente vigente y actual.

Si, por el contrario, el nombre resulta correcto, según mis puñeteros estándares, tampoco es que lo considere un mérito especial; lo doy por bueno, pasa sobre mí fluidamente, y ya puedo concentrarme en la trama; de vez en cuando, me sorprende el acierto en la elección de alguno, pero no es lo más habitual...

En eso, como en tantas otras cosas, soy un rendido admirador de Marcel Proust: en "A la búsqueda del tiempo perdido", una obra fluvial, miles de páginas, cientos de personajes... ni un fallo, todos nombres admirablemente elegidos, Guermantes, Saint-Loup, Verdurin, Jupien... en orden descendente de clase social.... Palamède, para un varón tradiccionalista, Albertine, para una muchacha en flor que, posiblemente, escondía como referente real a un muchacho no menos en flor... quizás un pequeño "pero"; Swann, ¿no hubiese sido mejor "Schwan", "Cisne", en Alemán, y supongo que también en Yidish?... pero no vamos a discutir por una "ch" y una "n" de más o de menos, él sabría el por qué...

Y otro de sus grandes aciertos fue el de mantener, durante toda su obra, en el secreto el nombre del narrador y auténtico protagonista... ¿es eso cierto...? según y como...

Me leí de un tirón "A la recherche..." en los siete -me parece- volúmenes de una edición de bolsillo en Francés, prestada por una amiga, Pilar, todavía más francófila -y más francófona- que yo: lo hice, además, durante unas vacaciones en Boltaña -mi Combray y mi Balbec particulares, todo en uno-muchas veces entre baño y baño en la Gorga; Pilar había subrayado profusamente sus ejemplares, costumbre que yo no tengo, seguramente por falta de constancia, y eso me permitió descubrir -porque allí los subrayados alcanzaban ya su paroxismo- el único párrafo donde Marcel Proust baja la guardia, e insinúa indirectamente, en un suponer, por así decirlo, que su Narrador Sin Nombre podría llamarse como el autor del libro, Marcel, es decir, él mismo... no me resisto a citarlo literalmente:

"Albertine decía: "Mi" o "mi querido", seguidos uno y otro de mi nombre de pila, lo que, dando al narrador el mismo nombre que el autor de este libro hubiera sido: "Mi Marcel", "Mi querido Marcel""

Pelín liado, ¿verdad...? Pero así era Don Marcel, no le demos más vueltas, que ya bastantes le daba él...


Viene a cuanto todo esto porque el otro día celebraba yo la reciente concesión del Premio Cervantes a Eduardo Mendoza, al que admiro por muchos y variados motivos, y hacía referencia a uno de sus personajes con los que más sanamente me he reído; el Detective Sin Nombre.

Eduardo Mendoza, a la hora de poner nombres a sus personajes, arriesga, y de qué manera; ya en su primera novela, "La verdad sobre el caso Savolta", hizo auténticos equilibrios; de entrada, elegir un apellido catalán "salat" -encabezado por el el artículo "sa", que substituye al "la", determinado femenino singular, en el habla de las Baleares y, antiguamente, en buena parte de la costa mediterránea catalana- que no es frecuente... y, dos años después de la aparición de la novela, se estrenaría la primera película de John Travolta, que añadiría una peligrosa contaminación... también era arriesgado que un periodista anarquista, por menudo e inquieto que fuera, fuese conocido por el apodo de "pajarito" -que siempre asociaremos a José Luís López Vázquez en la película que se inspiró, bastante libremente, en la novela... volvió a hacer un triple salto mortal al bautizar al ingenuo extraterrestre que aterrizaba en Barcelona para conocer la marcha de los fastos olímpicos -y que, para evitar llamar la atención, adoptaba el aspecto físico de Marta Sánchez- con el nombre de Gurb, ignorando -¿cómo iba a saberlo?- que es un municipio de la Plana de Vic... acertaba de lleno en "La Ciudad de los Prodigios" al llamar a su protagonista Onofre Bouvila, no se me ocurre otro nombre que resuma mejor el origen campesino del Bou -buey- con la Vila -villa- que era su destino final... por no decir en una de sus más felices invenciones, Isabelita Peraplana, con el que he bautizado -secretamente, por supuesto- a todas las señoritas que he conocido de agradable presencia pero escaso desarrollo pectoral...

Su Detective Sin Nombre -frecuentemente escapado de la institución donde, con métodos francamente arcaicos, lo atendían de su tampoco nunca descrita enfermedad mental- no necesitaba ser llamado de ninguna manera porque, cuando lo hacían los demás, usaban epítetos sumamente insultantes, y cuando era él mismo quien se presentaba, se apropiaba del apellido -Sugrañes- del psiquiatra que con tan escaso éxito lo asistía... ni siquiera procedió nunca a tomarle la filiación el Comisario Flores, al que debo uno de los más brillantes términos de la inagotable cantera que encontramos en la obra de Mendoza, y que -ahora es el momento- me acuso de haber tomado prestado en alguna ocasión: ¿sabéis cómo se llama el periodo histórico transcurrido entre el 18 de julio de 1936 y el 20 de noviembre de 1975...?: "Prepostfranquismo".

Pues bien, en su más reciente aparición, en "El secreto de la modelo extraviada", el Detective Sin Nombre deja de serlo; sabemos ya que se llama Ceferino: nombre honesto y modesto, que denota antecedentes rurales y/o uso del Santo del Día, esa sabia tradición que tantos quebraderos de cabeza ahorraba. Recordaremos su nombre, y esperamos su pronta reaparición en la nueva obra que, desde ya, nos debe Eduardo Mendoza a sus leales admiradores.