lunes, 4 de febrero de 2019

Carvalho, Zanón, o el arte de dar faisán por liebre...

Acabado anteayer "Carvalho problemas de identidad", de Carlos Zanón, ahí va una primera opinión...


El derecho del autor sobre su personaje -un problema metafísico, mucho más allá de las cuestiones de propiedad intelectual- es uno de los grandes temas de la Literatura de todos los tiempos, y no hay más que ver el rebote de Cervantes contra Avellaneda, que le costó a Aragón que El Quijote viajase a Barcelona sin pasar por Zaragoza... si muchos teníamos expuesto al lado de la maceta del potus aquel poema de Kalil Gibran, "Tus hijos no son tus hijos, son hijos e hijas de la Vida...", calculad cuando esos hijos andan sueltos por el Mundo a caballo de miles y miles -cuantos mal miles mejor- de copias impresas, o digitalizadas y diligentemente pirateadas, y cualquiera puede apropiarse de ellos mediante un bolígrafo o el teclado de un ordenador... además, hay personajes que mueren de muerte prevista, pero, en otros casos, lo hacen en plena juventud, pletórico de facultades y con mucha vida por delante, cuando desaparece, por el motivo que sea, su autor...  ese fue el caso de Carvalho, parte de la biografía sentimental de muchos, muchos de nosotros, y era cuestión de tiempo que cualquier, iba a decir desaprensivo, se atreviese a transformarlo en "revenant"... incluso yo, muy humildemente, me acuso de haberle hecho hacer un breve cameo -que no creo que llegase  ni a pecado venial- en uno de mis cuentos de El Oso, posiblemente el más salvaje e impresentable y que, por eso -no por el cameo- sólo ha visto la luz en círculos muy íntimos.

Por ese motivo era lógica la decisión de herederos de Manuel Vázquez Montalbán de tomar el toro por los cuernos y asumir el riesgo de patrocinar una resurrección controlada de Carvalho, un Carvalho que sólo había muerto por la muerte de su autor -aunque, premonitoriamente, ya en su última aventura era un Carvalho plenamente crepuscular-  y el riesgo se multiplicaba al encargar el asunto a un escritor de la talla de un Carlos Zanón, porque podían esperarse perfectamente las dos cosas que han sucedido: a) que del experimento saliese una magnífica novela y, b) que esa novela sea una novela de Carlos Zanón...

Con Carlos Zanón me une una relación curiosa: es un chico de mi barrio barcelonés -habremos vivido a menos de 500 metros-, pero no de mi tiempo; es mucho más joven que yo... por lo tanto, hemos conocido realidades distintas, porque ni mi barrio era el de Zanón, ni el de ahora es el suyo ni el mío... la primera novela suya que leí -"No llames a casa", ya hablaremos de ella- me deslumbró, recomiendo sus páginas finales a cualquier buen amante de la Novela negra-, todas las restantes me han gustado, e incluso he osado a cruzar unas palabras con él -en "Negra y Criminal, ¿dónde, si no...?-, cosa rarísima en mí, que me atrevo a hablar con cualquiera, salvo con los escritores que me gustan; ante gente superior, me corto mucho: no conseguí decirle nada a Vázquez Montalbán después de tragarnos un mítin entero-hablaba hasta Pasionaria- sentados codo con codo... quiere eso decir que me tenía ganado antes de abrir el libro... quiere eso decir que me extrañó que las primeras páginas se me hiciesen durillas, y quiere eso decir que no me extrañó en lo absoluto que muy pronto entrase de cuatro patas en su juego, me dejase envolver por su encanto, y disfrutase hasta el punto... ¿final...?

Porque la clave de éste Carvalho es, curiosamente, olvidarse de Carvalho: nunca me creí del todo el Carvalho de Vázquez Montalbán, ni creo que él pretendiese que lo creyeramos: Carvalho era él, Manolo, y su pretexto para meter a saco el bisturí del análisis marxista -como lo compartía y éramos camaradas, eso no me preocupaba lo más mínimo, al contrario- en una Sociedad en la que los dos -y muchos más, por supuesto- vivíamos, y ante la cual reaccionábamos de maneras parecidas, aunque Manolo lo hiciese desde unos supuestos éticos y estéticos -entre los que destacaban la Copla, el Barça y el pa  amb tomàquet- a cuyo encanto soy completamente ajeno... éste Calvalho, mucho más complicado, curiosamente, me resulta mucho más real, quizás por eso mismo: es el resultado de un juego de espejos: el Autor conoció al Carvalho real, lo encerró en sus novelas, el ser real se resistió -¡llegó incluso a cambiarse temporalmente el nombre!- aunque con poca resolución -no consta que interpusiese ningún procedimiento judicial contra Manolo-, Carvalho ha quedado desamparado ante la muerte del Autor, forzado a ser el único Carvalho realmente existente... y, paradójicamente -¿o no...?- llega a echar de menos al Autor-Secuestrador, en aquellos momentos en que cree que su Calvalho ficticio -y, como tal, menos complejo- resolvería mejor sus problemas que el Carvalho real de carne y hueso... que, como todos sabemos, es tan ficticio como el otro... ¿Os parece complicado...? ¡Pues anda que la vida...!

Como si no bastasen los problemas de identidad, esto, chavales, es una novela negra, y tiene que haber trama de novela negra.... de hecho, hay varias: una trama de cuernos mal llevados y amor prácticamente imposible, con alguna tangencial relación con la política, y un final "Eyes Wide Shut", cómo nos gusta Kubrick a quienes nos gusta..., una trama sórdida de pobres prostitutas asesinadas en lugares inhóspitos y cutres, y con un "malo" cuyo apodo requiere una cierta dosis de valor en la Cataluña de hoy, y una, más compleja aún, donde se combinan dos "hits" de la Crónica Negra barcelonesa de los últimos años con una autoreferencia al protagonista de "No llames a casa", que ha ahondado en su personalidad criminal, meramente utilitaria en la primera, con ciertas dosis de desequilibrio psíquico en esta nueva aparición...

Una novela situada en la Cataluña de hoy, y que se reclama -aunque sea en la forma en que lo hace- del espíritu de Carvalho, no podía dejar de abordar el Tema. y ahí el asunto se complica: porque todos daríamos algún órgano par y prescindible por saber qué opinaría Vázquez Montalbán de lo que está pasando, porque tenemos una cierta idea de qué opinan Herederos de Manuel Vázquez Montalbán -es público-, y porque también tenemos serias sospechas de cual es la opinión de Carlos Zanón... visto lo visto,  no es de extrañar que el Tema -hay varias aproximaciones fugaces anteriores- no quede sobre la mesa hasta la penúltima página, cuando el Detective y el Abogado Subirats, hasta el culo los dos de Ardbeg -es un Malt, supongo que caro, intentaré probarlo- hablan abiertamente de ello, evocando un Ulster entre católicos, cosas más raras se han visto, y queda provisionalmente resuelto, precisamente, entre los vapores etílicos, ya sabéis aquello de la "Exaltación de la Amistad"... "Yo quiero la Independencia, Pepe, pero si es a costa de que no seamos amigos, renuncio a ella..." exactamente lo que nos gustaría oír a muchos. A muchos millones, quiero decir, pero no nos lo dicen, ¡cachis...!

Voy a hacer una cosa poco frecuente en mí: ni hoy ni mañana, pero releeré el libro. Y os invito a leerlo a los que no lo hayáis hecho aún, y que contéis sin reparos vuestras impresiones... el título que le he dado a esta breve primera impresión resume mi opinión: Zanón nos da faisán por liebre: esperábamos un sabor recio, directo -la liebre, que sabe a persecuciones a campo abierto, a tomillo y romero- y nos encontramos algo mucho más aromático -aunque no todos los olores sean buenos-, más matizado, con ese inconfundible aroma a final, o a algo ya finalizado hace tiempo, la "podredumbre noble", que en las anteriores novelas de Carvalho estaba en el ambiente, pero no en su aparato digestivo... Pepe está malito: lo que tiene no me da buena espina, para mí que es cáncer, de ésta no lo sacan Zanón y Herederos si no es mediante intervención quirúrgica, tratamiento de radio y quimio -o la inmunoterapia que tan de moda está- o, alternativamente, viaje a Lourdes... porque Carlos Zanón, y eso es curioso en él, al que le gusta jodernos bien jodidos, nos hace un regalo imprevisto: una última palabra, un atisbo de esperanza...










martes, 29 de enero de 2019

Via Laietana, 16-18

Ayer pasaba frente a ese edificio -feo, no le demos más vueltas- y reflexionaba sobre hasta qué punto ha estado ligado a mi vida...






Pisé por primera vez Via Laietana 16-18 creo que en 1969, cuando Joaquín Fernández -el hombre que me orientó hacia los estudios de Economía, y de cuya mano entré también en el Departamento de Estructura Económica, una de las personas a quien más debo y, además, un amigo entrañable y divertido- fue nombrado Director Provincial de Cooperativas de la entonces llamada Organización Sindical: ni él ni yo sabíamos gran cosa de cooperativas, pero nos pusimos rápidamente a estudiar el tema -yo, Robin gordo de un Batman bajito y moreno y, además, trabajando "en negro"-, y descubrimos un movimiento social que coincidía mucho con nuestros planteamientos políticos, que podríamos situar en aquel momento en un sindicalismo autogestionario, que ya tenía bastante más de Ángel Pestaña que de José Antonio, aunque a Joaquín, por profundas lealtades biográficas, le costaba admitirlo...

Otra cosa era su situación en aquel entonces de la Historia de España -había habido algunos pufos sonados, uno de los cuales me había pasado muy, muy cerca- y, sobre todo, su regulación: la vigente ley de Cooperativas, de los primeros Cuarenta, declaraba en su preámbulo, que no engañaba a nadie: "Vencida ya toda ilusión democrática, se hace necesario adecuar las cooperativas a los principios que rigen el nuevo Estado...", y establecía una serie de controles radicalmente incompatibles con su espíritu democrático y apolítico... era, sobre todo, muy duro de aceptar por el Movimiento Cooperativo Internacional que el Delegado Provincial de Sindicatos pudiese vetar el nombramiento de cargos en las cooperativas. Organizamos una reunión con representantes de la Alianza Cooperativa Internacional, que agrupaba a las cooperativas de las democracias occidentales, para intentar convencerles de que, en la práctica, dicha intervención estatal no se aplicaba, pero uno de sus representantes me perseguía con una fotocopia de la Ley de Cooperativas en la mano, y me pedía: -"¿Vito, vito...?"-, que le buscase el artículo donde se establecía el veto oficial...

De todas maneras, conseguimos reactivar la Asociación de Estudios Cooperativos, bajo la presidencia, en su sección catalana, de Albert Pérez Baró, un viejo cenetista, referente del cooperativismo catalán, y con la presencia de Joan Reventós, el fundador del Partit Socialista de Catalunya, que después sería candidato socialista a la Presidencia de la Generalitat, con escaso éxito: me gustaría decir otra cosa, pero no recuerdo ninguna intervención suya de relevancia... como el búho del chiste, no hablaba, pero se fijaba mucho...

Creamos también una Escuela de Gerentes de Cooperativas, con un buen plantel de profesores, y, además de participar en su organización, aproveché para graduarme en su primera promoción... y me integré en el Centro Nacional de Educación Cooperativa, con sede en Zaragoza, participando en numerosas campañas de formación cooperativa por toda España, un trabajo apasionante, que me llevó a lugares poco frecuentado, y me permitió conocer a gentes de una calidad humana fuera de lo común... son algunos de los recuerdos más queridos de mi vida profesional...

El Servicio Militar lo hice ya de viejo, después de casi agotar las prórrogas, ya que mi absoluta incapacidad para trepar por una cuerda hizo perder al Ejército Español un oficial de complemento que, sin duda, le hubiese proporcionado nuevos días de gloria, y supuso, entre otras muchas cosas, una ruptura con Via Laietana 16-18, porque, al volver a la vida civil, los acontecimientos se precipitaron: sin abandonar mi actividad docente en la Universidad, ingresé como interino en el Cuerpo de Economistas de la Organización Sindical, y fui catapultado al frente, es decir, a la Delegación Comarcal del Baix Llobregat, donde los conflictos se estaban agudizando por momentos...

Volví a Via Laietana 16-18, ya superadas las oposiciones a funcionario, por una curiosa circunstancia:   mi superior jerárquico fue acusado de ciertas irregularidades administrativas -había utilizado el "Fondo de reptiles" de que disponía para actividades ciertamente reptilianas, pero poco acordes con la rígida integridad moral que regía en la Casa-, y todo su equipo de colaboradores directos -que nada habíamos tenido que ver en el asunto- fuimos enviados a otros destinos administrativos, que más sabían a destierro que a otra cosa... a mí me tocó integrarme en la Unidad de Convenios Colectivos, en Vía Laietana, y se me encargó la estadística de las condiciones salariales pactadas en convenios, al frente de una calculadora eléctrica de aquellas con manivela, yo, que en la "mili" ya había trabajado con ordenadores... la Estadística siempre me ha provocado urticaria, en la Facultad fue la asignatura que más me costó... se truncaba, además, una incipiente carrera politico-administrativa, ya que estaba designado "in péctore" para un importante cargo en La Rioja, que me hubiese posibilitado, en pocos meses, llegar a senador por la UCD, a poco que hubiese sabido menear el culo por los pasillos adecuados... no me recuperé nunca de ese golpe.

Cuando ya estaba considerando seriamente la posibilidad de tirar la p... calculadora por la ventana, que daba a la Calle Argentería, entonces Platería, el Destino vino en mi ayuda: por una curiosa modificación legal, hubo que renegociar, en plazo muy breve, la totalidad de los convenios colectivos vigentes: se tocó generala, y nos vimos entregados a un ritmo frenético, donde lo mismo me tocaba asesorar a los representantes de los trabajadores que presidir las deliberaciones de los convenios... unos meses de un trabajo intenso, pero sumamente gratificante que, además, me permitió recuperar el favor de mis superiores, lo que se tradujo en mi adscripción, como Asesor Técnico, al Gobierno Civil de la Provincia, si bien es cierto que sólo tuve que competir con un compañero -y buen amigo- que, previamente, se había declarado trotskista, y había estado mezclado en un confuso asunto relacionado con un subfusil Sten, una pistola Luger y dos granadas de mano, lo que, sin duda, no influyó favorablemente en sus expectativas...

Mi siguiente contacto con Via Laietana 16-18 se produjo en circunstancias bien distintas: legalizados los sindicatos, el edificio fue asignado -en salomónica decisión- a Comisiones Obreras y la CGT, dividiéndoselo con criterios parecidos a la ocupación de Berlín o, mejor, el Paralelo 38 entre las dos Coreas: afiliado yo a Comisiones Obreras, lo he frecuentado con regularidad, en particular cuando fui elegido a la Ejecutiva de mi Sindicato de la Función Pública, gracias, sobre todo, a mis éxitos sindicales en mi Departament, donde no conseguí, tras partirme los cuernos por la cepa, que el porcentaje de participantes en las huelgas que convocábamos llegase a los dos dígitos pero, eso si, cuando llegaban las elecciones, para compensarme, me votaban mayoritariamente...

Y ahí sigue Via Laietana 16-18, rodeado de redes metálicas para evitar que los fragmentos de su fachada, en avanzado estado de descomposición, le partan la crisma a algún transeúnte... ¡Por muchos años...!



jueves, 20 de diciembre de 2018

Presidentmontilla

Hoy me he cruzado en la calle con José Montilla... expresident de la Generalitat...


José Montilla tiene su despacho institucional justo en un lugar por donde paso cada día: ya es preocupante lo geográficamente rodeado que me tienen los Presidents de la Generalitat; sólo me falta el de Waterloo, y no es que lo eche de menos... bajaba Montilla de su coche oficial, acompañado por su escolta, cabizbajo y ensimismado; ni se me ha ocurrido saludarle, seguro que no se acuerda de mí...

Montilla fue mi último President de la Generalitat o, por decirlo así, el último al que serví fielmente como funcionario: del siguiente, el Astut, sólo esperaba el cese, y me tuvo con el corazón en vilo -defendido durante un tiempo por un Director General providencial, gracias, amigo Joan- hasta que, definitivamente, me cesó (por persona interpuesta, por supuesto, no tenía yo nivel para aspirar a un rayo directo de Júpiter), cuando sólo me quedaban ya seis meses para jubilarme: pero con Montilla estaba yo de lo más activo...

Y eso que habíamos empezado mal; Montilla le arrebató la alcaldía de Cornellá a mi compañero del PSUC Frederic Prieto que, además, había sido mi último cura en mi época final de práctica religiosa, y mi último confesor hasta que empecé a confesarme en este Blog; pero amistades comunes me alababan su seriedad y laboriosidad, y, por cierto, su actual esposa es una vieja conocida de la Facultad, y aunque no he hablado del tema con ella, han tenido trillizos, prueba también de un cierto nivel de compenetración... después del subibaja continuo y desconcertante de la presidencia de Maragall -y no, no era aún la enfermedad; Pasqual era así, tal cual...- la llegada de Montilla a la Presidencia auguraba tiempos de calma, tranquilidad y gestión... también despertaba mi simpatía por las críticas que le dirigían los más cerriles por el hecho culpable de ser andaluz, llamarse José, y no saber decir "Ádhuc" y "nogensmenys", palabras que nunca he tenido necesidad de utilizar en mi larga vida de catalanoparlante laboral...

¿Qué pasó...? Nos pilló el Tren de la Historia o, más castizamente, el carrito del helao: la sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatut d'Autonomía dio un vuelco al panorama político catalán, despertó demonios familiares aparentemente -sólo aparentemente- dormidos, y José Montilla padeció un grave caso de Síndrome del General de la Rovere, aquel estafador que, haciéndose pasar por general del ejército italiano, es detenido por los alemanes, condenado a muerte, y da un ejemplo de dignidad a sus compañeros de fortuna, asumiendo el papel del personaje por él creado: el President de la Generalitat de Catalunya José(p) Montilla se puso al frente del rechazo a la sentencia, e ingresó en el prestigioso y exclusivo club de los que convocan una manifestación y no puede seguirla hasta el final porque lo expulsan los manifestantes...

Pero mis recuerdos sobre Montilla, más allá de lo político, entran en aspectos personales: Montilla se sitúa justamente en las antípodas de los tópicos sobre el gracejo andaluz; es soso, profundamente soso... no olvidaré una experiencia casi traumática: lo acompañé a la despedida de un alto cargo militar, en el Palacio de Capitanía: saludó atentamente a sus anfitriones, y se retiró a un ángulo del salón, con una copa en la mano y con una sonrisa triste y distante... una jefa de gabinete perdía el culo entre los grupitos... "¡Dadle conversación, por el amor de Dios, dadle conversación, el President no puede estar ahí sólo...!": le presenté, sucesivamente, a todos los conocidos que pude: con todos tenía una o dos palabras amables, sonreía, y volvía a su mutismo.... probando ya el último recurso, conduje ante él a un coronel jurídico, andaluz, un tío muy simpático y que hablaba por los codos... "President, ¿va mucho por Iznájar...?" le preguntó...  su sonrisa se hizo aún más triste... "No, desde lo del pantano, no..., contestó, y volvió a sumirse en su mutismo...

¡Cómo lo entendí, en aquel momento...! ¿Cómo no iba a entenderlo un sobrarbense...? detrás de aquella máscara de atonía había un hombre herido por un pantano, un hombre al que una fuerza superior había arrebatado su paisaje infantil, sus recuerdos de primera juventud... no podemos entenderlo los que, como yo, paseo aún por las calles de Barcelona donde fui niño y joven, y me siento en mi terracita de Boltaña teniendo ante mí, más o menos intacto, el paisaje con el que aprendí a mirar el campo y las montañas... me quedé sin saber qué parte de José Montilla yace en el limo del fondo, hundida en las aguas de un negro pantano... en aquel instante, lo hubiese abrazado, antiprotocolariamente...

Pero tampoco hay que excederse; sigue siendo un soso, y conozco otros que lo llevan mejor... de todas maneras, ¡buenos días, President...!


jueves, 29 de noviembre de 2018

Buenas noticias sobre mi proceso de socialización

En la apasionante ruta hacia la más absoluta normalidad...

Siempre he sido rarito: no me ha importado demasiado, aunque no puedo dejar de pensar que me ha alejado de algunas satisfacciones normales... he tardado en poder autodiagnosticarme; creo que soy algo así como un Asperger desordenado, si ese síndrome ha sido ya descrito; hoy mismo se lo confesaba a Blanca, cuando, -¡por su culpa!- he tenido que retrasar siete minutos una de mis rutinas matinales... ¡Siete minutos...! "La vida es eterna en cinco minutos", cantaba Víctor Jara... ¡calcula en siete...!

Había en mi vida socioemocional y cultural dos grandes lagunas, dos carencias en principio incomprensibles, y que acentuaban el foso, ya de por sí profundo, que me alejaba del resto de mis conciudadanos y coetáneos: no me importaba el fútbol, y no veía series... en poco tiempo, casi milagrosamente, me encuentro en claras vías de superación de ambas carencias, y las lagunas empiezan a colmatarse...

Lo del fútbol era de traca; nunca he sentido el mínimo interés por el balompié: jugué -poco y mal- al Rugby, pero aprendí a quererlo y respetarlo y, para mí, que alguien sea o haya sido jugador de Rugby supone ya un indicio de fraternidad emocional: pero mis pocas experiencias con el fútbol como deporte fueron siempre decepcionantes, cuando no terroríficas -recibí un balonazo en mis partes que bien cerca estuvo de transformarme en eunuco, aún recuerdo a mis compañeros, a mi alrededor, animándome... "¡mea, mea...!"- y como espectador, ni que decir tiene, simplemente nulas: mi padre se empeñó en llevarme, en varias ocasiones, al campo del equipo del que era fiel seguidor, para descubrir, con desaliento, que me aburría como una ostra, no entendía nada, y sólo estaba interesado en los chupones de anís que me compraba...incluso una vez acompañamos en autocar a ese mismo equipo en un desplazamiento a Zaragoza, donde las turbas enfurecidas - ¿"habíamos" ganado?- amenazaron con tirarnos al Canal... es curioso, pero esa primera experiencia no consiguió enemistarme con Zaragoza, ciudad a la que profeso un profundo cariño, pero sí contribuyó a alejarme más del fútbol: aburrido, en el mejor de los casos, peligroso en otros...

Desde hace unos meses, por motivos estrictamente familiares, nos hemos convertido en seguidores de un equipo de fútbol. Y no de uno cualquiera, sino del mismo del que era hincha mi padre, tócate las narices, para que luego digan del Karma... es un equipo histórico, pero modesto, y eso ya me gusta, porque aporta un toque de distinción, en Barcelona ser seguidor suyo viene a ser, más o menos, como ser ateo en el Vaticano... incluso Blanca ha suspendido temporalmente su militancia "mainstream" y se ha puesto alarmas en el móvil para seguir sus éxitos y -¡ay!- desdichas... de momento"vamos" bien, sorprendentemente bien... "Ya vendrán tiempos peores", pienso yo, estadísticamente pesimista...  pero me ha hecho abrirme un poco a esas ignoradas pasiones, recordar que, de pequeñito, tenía un llavero con el escudo del club e incluso no descarto asistir a algún partido, si me invitan, especialmente al enterarme de que en la sala VIP tienen bocadillos y bebidas... para ser medianamente consecuente, en cuanto tenga un momento, prometo aprenderme el nombre de los jugadores, aunque me he llevado un susto al enterarme de que no son once -como cuando coleccionaba los cromos de Chocolates Ametller-, sino veintitantos...


Con las series aún era peor: no puedo decir que las ignorase -como el fútbol, están presentes en nuestras vidas por mil y un caminos-, pero, en este caso, es que no había visto ni un solo episodio de ninguna, si se exceptúa "Band of brothers", que mis hijos me habían regalado en DVD: me estoy refiriendo a las series buenas, a las americanas, a esas que dicen que son el Cine del Siglo XXI, que arrancan pasiones.. ¿Qué sabía de ellas...?  que "Los Soprano" iba de gansters, que "True Detective" iba de polis, que "Juego de Tronos" iba de reyes raros y con mala leche... en fin, lo incorporado a nuestro acervo cultural común... era seguidor de las que se habían colado en las televisiones digamos convencionales -especialmente de "The Big Bang Theory"- pero las restantes permanecían, para mí, envueltas en las brumas de lo desconocido... y lo malo es que, potencialmente, esas si me interesaban, pero me autocastigaba encerrado en un, en mí, poco habitual rechazo a la modernidad: generalmente me apunto a todo lo que suena a nuevo, cosas de ser progresista, digo yo, y andaba toqueteando ordenadores cuando muchos a mi alrededor creían que eran invento del Diablo...

Pues bien: tras ceder a los cantos de sirena de los comerciales de Vodafone, anteayer por la mañana un hábil operario nos puso fibra óptica en la tele, a primeras horas de la tarde me di de alta en HBO, y a media tarde ya me había metido en vena dos episodios de "Los Soprano".

¿Qué tiene en común mi vida con la de un ganster de New Jersey? A primera vista, más bien poco, pero confieso que Tony Soprano me resulta tremendamente próximo... ¡hasta nos llamamos igual...! quizás sus reacciones son un poco más violentas y primitivas que las mías -o yo no estoy acostumbrado a ponerlas en práctica- pero tenemos mucho en común,,, yo también hubiese llorado cuando se fueron los patitos, y también me "pone" su psiquiatra... lo único en lo que discrepo es en su gusto a la hora de elegir los nikis que me lleva... me he hecho el firme propósito de limitar su consumo a un episodio -o dos- al día, más o menos como con los polvorones, pero ahora sé que me costará mantener esa moderación...

¿Por qué HBO y no Netfix?, me pregunta Blanca... parece mentira que me pregunte esas cosas... porque estaba la primera en el menú de opciones disponibles, claro... "¡Pero en Netfix hay muchas más series...!", argumenta... las que hay en HBO no me las acabaré en la vida, pienso... luego me entero de que en Netfix está "Narcos"... ¿cómo voy a dejar de ver una serie en la que hay un tío que llama a sus enemigos "gonorrea"? intentaré aprovechar el periodo de un mes gratis... de momento, me concentro en HBO... ¿Reuniré el valor suficiente para sumergirme en "Juego de Tronos"...? ¡Winter is coming...!



lunes, 8 de octubre de 2018

En la muerte de Macià Alavedra

En una semana llena de emociones, se me pasó por alto la noticia de la muerte de Macià Alavedra...

Recordaba al respecto un amigo de facebook una de mis máximas favoritas: si no puedes decir nada bueno de un difunto, mejor no decir nada... de Hitler sólo se me ocurriría decir que adoraba a los perros y era muy amable con los niños (rubios), y de Franco aún encontraría alguna cosilla, pero de Macià Alavedra, curiosamente, tengo algunos recuerdos divertidos, de él, uno de los máximos exponentes del llamado "Sector Negocis" de Convergència, que acabó pillado en un señalado proceso judicial...

Macià Alavedra fue, durante unos años, Conseller de Governació y, por lo tanto, mi superior en el Departament en el que presté mis servicios -¡cobrando, por supuesto!- durante buena parte de mi vida laboral como funcionario de la Generalitat: y de aquella época proceden esos recuerdos, que no puedo dejar de evocar en el momento de su muerte...

En una ocasión, no recuerdo si en un Debate de Política General o en una moción que afectaba directamente a "nuestro" Departament, estábamos parte del staff de mi Dirección General metidos en una salita del Parlament, preparando las intervenciones del Conseller... en buena práctica, eso habría correspondido a los asesores parlamentarios, y no a nosotros, que cobrábamos por otros conceptos y, a esas horas, deberíamos estar en otros sitios haciendo otros trabajos, pero las fronteras entre competencias y actividades nunca han estado en la Generalitat excesivamente delimitadas... analizábamos las mociones presentadas por los distintos grupos parlamentarios, cuando entró el Conseller, con muchas prisas, y nos dijo que debíamos estudiar especialmente las propuestas de los Socialistas, con el fin de encontrar elementos que se pudiesen consensuar...

"Aquí hay una cosa de los de Iniciativa...!" empezó a decir mi subdirector...

"¡A los comunistas, que les den por culo!", tronó Macià Alavedra... yo, instintivamente, sujeté el asiento de la silla con las dos manos, intentando proteger mi integridad física; mis compañeros soltaron la carcajada, y el Conseller, que se dio cuanta de que aquel "Rivilla" que andaba por ahí tenía ciertas pintas de rojillo, también se rió, mientras nos dejaba con el encargo...

Por si le quedaba alguna duda, poco tiempo después, en plena campaña para el Referéndum sobre la permanencia en la OTAN, le quedó todo aclarado:  yo, como es de suponer, dada mi militancia, defendía activamente el "No", y pasé algunas horas pegando carteles por las calles de Barcelona: si de sabios es rectificar, debo estar llegando a la Sabiduría, porque hoy mi opinión al respecto sería bastante más matizada, no tanto por la contribución que hayamos podido prestar a la defensa de los valores occidentales, sino por los efectos beneficiosos que he apreciado en nuestras propias Fuerzas Armadas, pero... había participado en una marcha nocturna, que terminaba en la Plaça de Sant Jaume, junto al Palau de la Generalitat. Reconozco, también, que era una "Marcha de Antorchas", de esas que tanto gustan en ciertos sectores, aunque yo no llevaba ninguna, siguiendo los sanos consejos, recibidos ya en mi infancia, de no jugar con fuego si no quería, luego, hacerme pipí en la cama... la marcha se estaba disolviendo, y me alejaba, junto con un compañero -que se identifique él si quiere, porque seguramente lo leerá- cuando nos topamos con dos personas que, disimuladamente, salían del Palau de la Generalitat por una puerta lateral: eran Macià Alavedra, envuelto en un abrigo de pelo de camello de lo más británico, y su jefe de gabinete quien, al vernos, se llevó el dedo a los labios, pidiendo discreción...

"¡Conseller, por favor...!" dijimos a coro, nada más lejos de nuestro ánimo que delatar su presencia ante los miles y miles de peligrosos rojos que, en aquel momento, sólo pensaban -pensábamos- en encontrar algo abierto para tomarnos una caña, a altas horas de la noche...

Pocos días después, venía el Presidente del Banco de Crédito Local a firmar unas operaciones de préstamos con el Conseller, para financiar las obras de los municipios afectados por las riadas de 1982: yo era el responsable del tema, había preparado los documentos para la firma, y aparecí ante ellos, cargando con una montaña de expedientes... iba yo, como buen funcionario en acto de servicio, de americana y corbata -conjuntada- y zapatos especialmente lustrados... Macià Alavedra, al verme, no pudo contenerse... "¡Ay, Rivilla... que hoy vienes tan elegante, y la otra noche parecías un Tupamaro....!", me decía, muerto de risa... "Conseller -contestaba yo- hay que vestirse siempre según las circunstancias..."... y me delataba ante el Presidente del Banco de Crédito Local, socialista muy felipista... "¡No te fíes de Rivilla, que quiere que salgamos de la OTAN...!"

Viendo lo bronca que es hoy la vida política en Cataluña, donde tantos puentes se ha roto, no puedo dejar de sonreir ante estos recuerdos de momentos distintos, en que, como es natural, podíamos mantener posiciones políticas muy diferentes, pero siempre dentro de un ambiente de cierto respeto, aunque te enviasen a tomar por culo, pero sin acritud... descanse en paz, Conseller, a pesar de todo...




miércoles, 18 de julio de 2018

De río a río...

... y tiro porque me lleva la corriente... ¿Ah, que no era así...?




Dedico una mañana a dos visitas fluviales: para empezar, volvemos al Rhin, pero no en su tramo romántico, o sí, en el sentido más movido del Romanticismo, en el de "Sturm und Drang", el Vendaval y el Empuje, aquella explosión de vitalidad tan querida por los románticos alemanes: hoy visitaremos el Rhin en su tramo más espectacular, las cataratas más importantes de Europa, la Rheinfall, en Scharfhausen, Suiza... pero muy cerca de la frontera alemana, y en lo que bien podríamos llamar el límite sur de la Selva Negra.

Me cuesta un buen rato encontrar Scharfhausen en el Gúgel Maps, hasta que caigo en la cuenta de que debe ser la "Scafusa" que aparece más o menos en el sitio donde yo busco la ciudad suiza... supongo que es la costumbre que tenemos los meridionales de traducir o cambiar los nombres germánicos de ciudad, que da origen a engendros como "Munich", que no es München, ni Mónaco di Bavaria, como lo llaman los italianos... ya en mi anterior viaje en coche me costó reconocer en Regensburg la Ratisbona ligada a dos personajes tan dispares como Don Juan de Austria... y el Papa Emérito Ratzinger... días atrás, Maguncia se escondía tras las señales de autopista que indicaban "Mainz", y me quedé con ganas de visitar Triers, la ciudad donde, ahora hace doscientos años, nació Karl Marx, al que todos dábamos por originario de Tréveris, pero la verdad es que una y otra me caían algo a trasmano... un placer adicional en los viajes por tierras germanas...

La Autobahn deja paso a una buena carretera, el paisaje apenas si cambia -o no cambia nada, vamos-, y sólo pasar por una pequeña ciudad llamada "Zoll", "Aduana", indica que dejamos Alemania y entramos en Suiza; en los dos puestos fronterizos tan sólo se adivina, tras los cristales, algún aburrido policía... luego sólo tendremos constancia del cambio de país en el color de los carteles indicadores, y en que los suizos han pintado carriles bici en sus arcenes... pienso lo que debía ser esta frontera en los tiempos de la Segunda Guerra Mundial, cuando evadidos del nazismo intentaban cruzarlas para entrar en la poco acogedora, pero, por lo menos, no letal Suiza... mis imágenes de esta frontera estarán siempre ligados a Steve McQuinn intentando cruzarla en su moto, tras su Gran Evasión del Stalag Luft, el campo de pilotos aliados prisioneros de guerra... luego te enteras de que en los "Hechos reales" que dieron origen a la película no participó ningún piloto estadounidense, ni con guante de beisbol ni sin él, sólo ingleses, que el guión se modificó por conveniencias comerciales, y que las escenas de moto fueron iniciativa de McQuinn, gran motero, que quería lucir sus habilidades...

Pero en aquel momento me preocupa otro tema menor, pero no por ello menos estresante: ¿tendré que comprar la Vignette...? Los suizos obligan a comprar una pegatina para poder circular por sus autopistas, no por sus carreteras: la Vignette no es demasiado cara, pero fastidia pagar por todo un año cuando, como en este caso, voy a estar en Suiza un par de horas y, además, sus autopistas no están a la altura de su chocolate, su queso o su discreción financiera: abundan los tramos a 100 y 80 km/h, e incluso llegamos a ver un 60, en un túnel helicoidal... parece ser que no, que el tramo de unos dos kilómetros de autopista que deberemos recorrer está exento de Vignette, otra cosica es...

Nada más entrar en Scharfhausen una bastante cuidada señalización nos conduce directamente al parking -tampoco demasiado caro, en un país que es caro de narices- desde donde se accede a la maravilla natural: las Cataratas del Rhin.



Como cataratas, tampoco son tan impresionantes: veinte metros de desnivel: pero la cantidad de agua que baja por ellas las hacen dignas de contemplar: me comentan que esta Primavera, con el deshielo, han estado espectaculares, y aún está bajando mucha, mucha agua... el ruido es atronador, y una densa columna de agua pulverizada se eleva a bastante altura: el espectáculo acongoja... y lo más gracioso es que son unas cataratas urbanas; sobre ellas, a muy poca distancia, se ven casas de pisos, me imagino que con buen aislamiento sonoro... el efecto diurético es instantáneo, por suerte hay lavabos, muy limpios y gratuitos...

Hay una variada oferta de barquitos: unos te acercan al salto, y otros, para aventureros, te permiten acceder a las rocas que dividen en dos -o en tres- el salto principal... no me atrevo a montar en ninguno de ellos, con cierta decepción por parte de Blanca: el día es desapacible, nos vamos a poner perdidos de agua, no podré sacar fotos, si no me arriesgo a que se moje la cámara, y mi temprana formación como piragüista en manos de los amigos del Club Atlético Sobrarbe me enseñó a desconfiar muy mucho de los rebufos que se forman al pie de una cascada: si vulca la barquita, están todos bien jodidos... ¿para qué tentar a la suerte...?



Paseamos entre una densa marea de turistas: muchos, muchos ciudadanos de la Unión India: lo digo así, porque no son Indios -término ambiguo-, ni, necesariamente, hindúes, que es una religión... son señores y señoras muy morenos, ellas se parecen casi todas a Lola Flores... buena señal de que, al igual que en China, está surgiendo en la India una amplia clase media - ninguno tiene pintas de Maharajá, como mucho de probos oficinistas- con recursos suficientes para viajar, comprarse camisetas de la Selección Alemana -deben estar de oferta, después del fracaso de la Mannschaft- y comer algún Chicken Massala en el puesto de Indian Street Food que hay junto al embarcadero de los osados... bienvenidos al club, sahibs... observo que muchas señoras llevan pintado en la frente un lunar rojo, tengo que averiguar a qué casta pertenecen... porque la Constitución democrática abolió el sistema de castas, pero haberlas, háilas...

Subimos hasta los miradores superiores: hay una noria muy grande, que movía un molino, allá donde la caída es más gradual, casi unos rápidos... dicen que sólo las anguilas pueden remontar el cauce, por si acaso, una garza real vigila al borde de las rocas, esperando resolver su Früstück...



¡Ya vale de Rhin...! Desandamos en camino, volvemos a entrar en Alemania, y recorremos la poca distancia que nos separa de nuestro nuevo destino: Donauschingen, la Donau Quelle, la Fuente del Danubio...

Corremos ahora por tierras más llanas y menos boscosas, tierras de cereales y pueblos limpios y cuidados... no siempre fue así, por aquí nacieron linajes de caballeros folloneros y rapaces, los Furstemberg, los Hohenlohe... aunque en España los asociemos a la Jet Set de la Costa del Sol... justamente en Donaueschingen, en el cuidado jardín francés del palacio de los Furstemberg, nos espera la Fuente del Danubio. La Fuente Oficial, por decirlo así, porque hay otras...



Surge el Danubio -porque de una surgencia estamos hablando- en el centro de un laguito de pocos metros de diámetro: tendrá una profundidad de metro y pico, y un fondo recubierto de piedrecitas y de innumerables monedas que arrojan los turistas, sin un propósito determinado... ¿volver...? ¿que el Padre Danubio te conceda un deseo...? Por si las moscas, tiro cinco cent, tampoco hay que pasarse... del fondo de la surgencia crecen largos filamentos de algas, el verdete que se forma en la Gorga a finales de Septiembre... allí inicia el Donau, el Duna, el Danubio... un camino de 2.800 kilómetros, a través de diez países, hasta el lejano Mar Negro... ya lo he recorrido en cuatro de ellos, me faltan seis, no sé si llegaré a completar la colección, pero me gustaría conocer esa otra gran arteria de Europa, que ya he visitado de la mano de Claudio Magris...




Rodea el laguito una cuidada balaustrada neoclásica, y sobre ella se columpia un grupo escultórico... comparando fotos con mi madre, que lo visitó hace años, observamos ciertas diferencias; la cosa se aclara cuando me entero de que todo el conjunto fue remodelado hace seis años...



Justo encima de la Donau Quelle está en plena restauración una enorme iglesia barroca: entramos un momento: me gustan esas iglesias católicas alemanas, grandes, luminosas, limpias, de paredes blancas donde tanto destacan los retablos dorados y policromados: justo en la puerta, un San Antonio, mi Santo protector, que encuentro -¿o me encuentra? por todas partes... me siento y abro el libro de plegarias, en Alemán pero, ¡tan familiares...!, y resisto a la tentación de robarlo, el Malo está en todas partes... por un momento, mi alma de ateo católico se deja mecer por la calma del ambiente; Blanca, que no está por estos temas, salió muy rebotada de las monjas, se empieza a mover, nerviosa... ha llegado el momento de salir a la calle...


Hay poco más que ver en Donauschingen, como si el nacimiento del Danubio no fuese bastante; pero aún nos espera una agradable sorpresa: entramos en un Hoff, esas casas de pisos con un patio interior, como las corralas madrileñas: son muy abundantes en toda Alemania: en Berlín eran las viviendas de los obreros más pobres, "Miettenkasernen", "Cuarteles de alquiler", las llamaban... en el cuidado y ajardinado patio, hay un restaurante italiano: nos sentamos a la sombra -se ha arreglado el día, y vuelve a hacer calor-, y esperamos un cambio de dieta... sale un camarero, y nos dirige la palabra en Italiano... no he estudiado Italiano en mi vida, pero puedo hablarlo con cierta fluidez, tirando de mis recursos de latino militante... así, en Italiano, encargamos una comida italiana: pasta, cómo no, riquísima, en su punto perfecto de cocción, una salata muy rica -senza pomodoro-, un gelatto... nos despedimos del amable camarero... "Due piacere: mangiare bene, e parlare Italiano!", le digo... "Anche per me!"... me contesta... se está a gusto en Alemania, pero como en casa de uno, en ese Sur latino, desorganizado y corrupto...








martes, 17 de julio de 2018

Zum Rhein, zum Rhein, zum deutsches Rhein....!

No lo puedo evitar... el mar me gusta, para un ratito, pero soy animal de río...







Y en este viaje tenía un objetivo claro: ver el Rhin. Era una vergüenza no haberme asomado aún a esa gran arteria europea... de hecho, lo había cruzado una vez, hace cuatro años, pero antes de entrar en el Lago de Constanza.. el Rhin, y eso si que es original, lo atraviesa... por donde lo ví estaba canalizado y, la verdad, no me causó más impresión que el Canal de Monegros... una cequia grande, y ya está...

El Rhin no es sólo un río, ningún río lo es: ha sido también un sujeto pasivo de la Historia europea, motivo de disputa entre los herederos de Carlomagno, ese gran abuelo de Occidente, inspirador de todos los grandes estadistas europeos, de Macron a Junkers, de Puigdemont a Merkel... en sus orillas se han librado guerras cruentas e inútiles, pero en ningún lugar como Alemania ha jugado el Rhein un papel de galvanizador de conciencias nacionales... Die Wacht am Rhein, la Guardia del Rhin, que llama, con esos versos con los que encabezo esto, a defender el Rhin, "Tan alemán como nuestros pechos", es la canción patriótica que cantan los elegantes oficiales alemanes en la Taberna de Ricky, una canción nazi... de 1840... a la que, siguiendo la iniciativa del -ligeramente cocu- marido de Ingrid Bergman, contestan los franceses con su vibrante Marsellaise... bautizada por su creador como "Cántico de guerra para el Ejército del Rhin"... ¿Lo vais pillando...?



Para el que diga que la Unión Europea no ha servido para nada -¡vaya par de h... se merece!-, baste con recordarle cómo suenan anticuadas estas historias, ahora que pasas de Francia a Alemania sin más requisito que recordar las distintas velocidades máximas en Autobahnnen y Autorroutes, y cuando lo primero que encuentras en tierras francesas no es un fortín de la Línea Maginot, sino el parking de un Éclair... y eso, en una generación apenas... yo conocí a un francés de Alsacia, apellidado Kaufmann, que se jactaba de que su padre, en 1944, había bombardeado Alemania... "En un bombardero americano, ¿no?..." le pregunté: "Si, eso si..." me contestó...

Por eso me dirigía, feliz y tranquilo, por carreteras secundarias, llenas de obras -toda Alemania está en obras: parece que los socialistas, en la Gran Coalición, han convencido a la Merkel para que se ponga a gastar dinero como si fuese española...- hacia el Rhin que, más tranquilo aún que yo, brillaba allí abajo, en una mañana de un sol más propio de los  PIGS que de la severa Germania... mi destino era Bacharach, cuyo nombre me recordaba al compositor de una de mis canciones favoritas, "Raindrops keep fallin'on my head", pueblo del que nada sabía hasta que, pocos días antes, descubrí que un benemérito bloguero lo recomendaba como el más bonito del Rhin Romántico.






No sé si es el más bonito, pero, desde luego, Bacharach es un pueblo bonito: casas de entramado de madera -la Fachwerkhaus, omnipresente- perfectamente conservadas, limpias, llenas de flores, bajo la empinada colina que corona un castillo y, al lado, laderas cubiertas de viñas, que dan un vino blanco tremendamente agradable, responsable de que, durante estos días, le haya sido un poco infiel a la cerveza... por sus estrechas calles, inevitablemente, turistas... entre ellos, un autocar entero de españoles; nos saludamos, y nos hacemos los típicos favores de turistas; intercambiar folletos, y hacernos mutuamente fotos con el móvil de los otros, pensando que un paisano nunca va a echar a correr con mi Samsung de gama tirando a baja en la mano... ni siquiera nos preguntamos de dónde venimos -cosa que, últimamente, agradeces-, nos basta con reconocer acentos peninsulares... y si son latinoamericanos, igual da, paisanos también; eso, en cuanto estás en tierras de una lengua extraña, queda muy claro...

Allí, junto al Rhin, me dirijo a la caseta de los tíckets de los cruceros, y pregunto si es posible hacer un pequeño recorrido, para ver la Lorelei y volver, en un tiempo razonable... descubro que mi titubeante Alemán ha llegado ya al nivel de poder formular preguntas relativamente complejas, e incluso entender las respuestas... si, por supuesto... ¿somos mayores de sesenta años? sí... pues billete de "Senioren"... sale en un cuarto de hora...

He comprado un hin und zurück, un ida y vuelta,  hasta Sankt Goarhausen, el primer pueblo pasada la Lorelei... ¿Y qué es la Lorelei...? vamos a ver: el Rhin Romántico es el tramo del Rhin que corre relativamente encajonado entre laderas rocosas, coronadas por castillos y viñedos, y su punto más estrecho y -en su momento- peligroso, lo marca la Roca Lorelei, un promontorio de 120 metros sobre el nivel del río... cuentan las leyendas heretopatriarcales que en su cumbre habitaba una hermosa y rubia doncella, que peinaba su melena con peine de oro -¿os suena a las encantarias, las dones d'aigua, las lamiak...? y que distraían a los incautos navegantes con sus bellas canciones, hasta el punto de hacerles perder el rumbo, encallar en las rocas, y ahogarse... curiosa esa tendencia de los varones a echarle la culpa a las señoras si se afogan, que, desde la Odisea, ha llegado hasta "Titanic"... el poeta Henie compuso una "Lorelei" que, al parecer, se aprenden todos los muchachos alemanes en el Instituto que, por cierto, allí se llama Gymnasium... cuando yo estudiaba en el Gymnasium, me aprendí muchos poemas de memoria, en Español y en Francés; ahora no tengo ni idea de si se aprenden alguno, pero, por lo menos, sabrán buscarlos en el gúgel, que es lo que hago yo con la Lorelai de Heine...





Y viene eso a cuento porque, cuando después de pasar de pueblo en pueblo a bordo de nuestro, crucero, llegamos ante la Roca Lorelei, el barco toca la sirena, y por los altavoces recitan los versos de Heine: "Ich weiss nicht, was soll es bedeuten, das ich so Traurig bin...." "No tengo ni idea de por qué estoy tan triste..." insisto en que los he bajado del gúgel, entre el ruido del motor, que estoy medio sordo, y que era en Alemán, supongo que eran los versos de Heine, no un anuncio... pero esas cosas siempre impresionan... más que la roca en sí, que tampoco me pareció tan terrible... de noche, en invierno y en una barquita de remos, no digo yo que no, pero en aquel peazo de crucero, rodeado de japoneses haciéndose selfies, el dramatismo de la situación era mínimo, y no entendías por qué Heine se lo tomaba tan a pecho...

De Sankt Goarhausen guardamos un recuerdo curioso: por variar, es un pueblo bonito, al pie de un castillo, con casa de entramado de madera... hace, eso sí, un calor bético, como si estuviese bañado por el Guadalquivir, en vez de por el Rhin... entramos en un restaurante que nos parece agradable, y descubrimos que está regentado por una señora de origen desconocido, que comparte el local con un descomunal conejo, un Kaninchen, que roe filosóficamente alguna porquería apalancado en un sofá de cuero... la señora debe ser australiana, si no, no se comprende por qué ofrece -eso sí, por encargo- filete de cola de canguro... el restaurante está decorado a la antigua, y destacan, en una pared, enaguas, sujetadores y bragas absolutamente vintages, y de talla apta para el Kaninchen... comemos regular -pido una bruscetta, que nunca había probado, y que no me entusiasma- pero bebemos un vino extraordinario... al despedirnos, le pido permiso para hacerle una foto a su Kaninchen, a lo que no pone ningún obstáculo, pero el bicho ha abandonado el sofá y se ha refugiado vaya usted a saber dónde...



De vuelta al crucero, desnavegamos lo navegado: una vez más el barco saluda a die Lorelei con su sirena y los versos de Heine... hace tal calor que nos refugiamos en las sombras de la estructura... el Rhin, perezoso bajo el calorazo, centellea... en los bajos de rocas -esos si, bastante peligrosos- veo bañistas, con bañador, -Alemania es famosa por su culto al nudismo: anda por ahí incluso una foto de Doña Angela en dicha guisa, de jovencita- ... el Rhin sigue haciendo honor a su fama de arteria comercial; cruzamos gigantescas gabarras, con cargas de lo más variado: banderas belgas, holandesas, suizas... todas las gabarras llevan a bordo un coche, de gama alta, o muy alta, supongo que al servicio del capitán, aunque no descarto que también sea una mercancía... por las vías de ferrocarril, en ambas orillas, cruzan también constantemente trenes de mercancías, larguísimos, con dos locomotoras... por tierra o por agua, el Rhin sigue conectando tierras y gentes, en paz, bajo un sol de justicia, que arranca brillos de sus aguas no excesivamente turbias... sigue así, sigue así muchos
años...